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Jack Terrell odiaba conducir en carretera, y por buenas razones.

Si bien era cierto que no había
sufrido ningún accidente que le hiciera aborrecer esas interminables serpientes de asfalto y
cemento, también era cierto que no necesitaba llegar a tales extremos para darse cuenta de la
inutilidad de ese esfuerzo.

Todos los días se repetía la misma rutina, la misma danza caótica a alta velocidad. La
interminable fila de coches (con sus ocupantes aún medio adormilados, pensó), jugaba una
especie de juego de Tetris absurdo, que obligaba a estar atento todo el tiempo para no chocar o
ser chocado por alguien. Los movimientos de los automóviles mostraban el lugar que sus dueños
pretendían ocupar en la escala social. Llamativamente, no eran los Lexus o los parcos sedanes
Mercedes los que más rápido adelantaban y se perdían en las cintas de asfalto y cemento; ellos
ya estaban en la cima de la pirámide. En cambio, eran los coches compactos y populares los que
más molestaban: una fauna variopinta de distintos modelos de Honda, Chevrolet y Ford que no
pasaban los veinticinco mil dólares ni siquiera nuevos. A esto se le unían los escasos deportivos
-Mustangs, Camaros, algún que otro Corvette o 911- que podían surcar una ruta estatal a las
siete y diez de la mañana.

Todos esos autos lucían colores llamativos, nunca azules antracita o negros mate discretos,
como el suyo: y todos ellos iban peleando por ir sorteando a los demás, de seguro corriendo para
llegar más rápido y encontrar lugar en los aparcamientos corporativos de sus respectivas
empresas. Los demás conductores, más tranquilos, dejaban espacio para que los pilotos
frustrados dieran rienda suelta a su ansia de velocidad. Eran el grueso del rebaño de acero, por
decirlo de alguna manera.

Terrell, agente senior del FBI, estaba entre estos últimos. Como formaba parte de la directiva del
NSAC, la agencia de vigilancia del Bureau, disponía de su propia plaza de estacionamiento
otorgada, por lo que no tenía sentido apresurarse. En la oficina le esperaría, además del dossier
del día, un té de hierbas recién hecho. Nada de estimulación. Bastante ya tenía con las
filtraciones de última hora de WikiLeaks, esa fábrica de soplones y arrepentidos que no hacían
más que seguirles el juego a los enemigos del país.

Como si ya no fuera estimulante vigilar y cazar posibles terroristas, para que además le
agregaran obstáculos en el camino.

El agente maldijo, mientras frenaba levemente y acomodaba el vehículo hacia la derecha para
darle paso al intruso. Un Acura azul metalizado se había colado temerariamente entre su Grand
Cherokee y una van Econoline delante suyo, a apenas diez metros de distancia. Terrell llegó a
distinguir una placa de matrícula provisional y varias pegatinas sacadas del Need For Speed,
apenas visibles por encima de su alerón deportivo. De seguro, algún adolescente alocado en un
auto nuevecito comprado por sus papás. Peligro puro. Segundos después, el Acura desaparecía
en nuevos zigzags y acelerones, pasando a los demás como una flecha. El viejo sacudió la cabeza.
Esos idiotas formaban parte de las razones por las que odiaba la ruta. A pesar de la creciente
tecnología, que asistía bastantes de las tareas más engorrosas -aunque los puristas opinaran que
disminuía “las sensaciones”, tal como los promiscuos afirman que el sexo sin condón produce

algo fácilmente reconocible para cualquiera que no fuera un analfabeto tecnológico. y la reparación del viejo sistema de calefacción central. el display se oscureció de repente. Y (mucho se temía) ni siquiera Google. tenía que contentarse con su Jeep Grand Cherokee para todo uso. le había abierto las puertas de un Departamento del Bureau tan secreto como altamente técnico. con todo su poder. con sus firmes de tierra apisonada y grava. y sugería contactarse con el de emergencia. Lucía orgulloso. Los caminos tranquilos que todo sureño criado en una granja podía presumir de conocer. Sabía que las máquinas a veces fallaban. Así celebraba su primer home run. Una pantalla de error le indicó que el servidor habitual no estaba disponible. contagiándose por un instante con la alegría de Matthew. y no se conseguía nada despotricando contra ellas. Terrell obedeció. al decir de los psicólogos. pese a que en carretera no tenía un andar tan noble como fuera de ella. buscando el estado del tiempo. más familiar…un espacioso y ancho sedán de marca alemana. del sistema de “casa inteligente”. y eso no se evitaría hasta que el último de ellos -y él mismo. así que la sumó mentalmente a su lista de preocupaciones pospuestas “por el momento”. sostenía un bate de madera flamante. Jack Terrell sonrió también. el navegador web se conectó con la supuesta aplicación de Accu-Wheater. y los estrechos y desiertos caminos entre pueblos.menos placer. Por eso. En fin. No recordaba la fecha exacta en que las había cambiado. Pero en vez de mostrar un sol radiante. El agente tocó un par de botones táctiles en la amplia pantalla del centro de entretenimiento e información del vehículo. Terrell prefería los más relajantes senderos rurales. mostrando una pantalla de bienvenida con un pingüino de fondo. Por suerte.debiera ceder el control a un sistema de conducción automático.la cuestión se reducía a evitar o sobrepasar imbéciles durante horas. la computadora del vehículo se reinició. perdiendo tiempo que podía emplearse en averiguar cómo funcionaban y por qué cometían esa clase de errores. Un niño. Sistema operativo Linux. diseñado desde cero para transitar en autopistas de seis carriles con el baúl repleto de maletas y bolsos. Así las cosas. nada que pudiera encontrarse de camino al trabajo. Tras un par de segundos de espera. Terrell disponía de reservas infinitas de paciencia para todo aquello relacionado con la electrónica y la computación. su hijo menor. y las cuotas de la nueva TV de pantalla curva de 65 pulgadas. En condiciones ideales hubiera comprado un tercer auto. para sacarse el mal humor de encima. Tal vez fuera por culpa de las ruedas taqueadas. Pero era un lujo que no se podía permitir…no teniendo que pagar la hipoteca de una casa en Tribeca. tras meses sin uso -dado que se limitaba a usar el aparato para . lograría que los idiotas cedieran el control de sus mimados cascarones de metal con motor. Revisó brevemente la foto en su celular. las clases de computación y artes marciales de Matthew. las de danza de Michelle. con una sonrisa casi tan grande como la gorra de béisbol que adornaba su cabeza y tapaba su pelo rojizo. Supuso que. caviló. a saber cuál de sus innumerables versiones. sin desconfiar para nada. vomitando apenas un par de líneas de código verduzcas sobre un fondo negro como la noche. Su “perfil conciliador”. Acto seguido. pulsando sobre un hipervínculo.

Eso. se apagarían también. una señal falsa fue inyectada en el . Acto seguido. El sensor pasó los datos al bus CAN que controlaba todas las funciones vitales del coche. y las luces de stop. mostrar una señal destellante en el retrovisor izquierdo y acelerar levemente el vehículo para evitar la amenaza-. Aceleró un poco más. Por alguna razón. detectó una amplia señal infrarroja seis metros detrás del vehículo. Pensó en girar la llave de contacto hacia la izquierda. Aterrado. mientras trataba de reducir el volumen del equipo. sin el acompañamiento de las escobillas. pero pudo permanecer en su vía. el sistema de seguimiento de la carretera incorporado en el Jeep seguía funcionando de manera automática. la cámara central retrovisora funcionaba a la perfección. aprovechando que pasaba de la Ruta Estatal VA-3 a la más grande Interestatal 95. Un segundo después. El aparato no respondió. Aunque nunca llegaría a saberlo. Los limpiavidrios lanzaron un chorro de líquido sobre el parabrisas. denominado por el fabricante “sistema de control de punto ciego”. Entonces. lo que debía desencadenar una respuesta adecuada -o sea. el agente del FBI se dio cuenta de lo obvio: ya no controlaba su coche. pero llegó a la conclusión de que eso firmaría su sentencia de muerte: al apagarse el vehículo. lo que obstruyó su campo de visión hacia delante. delante de un enorme camión Kensworth con tráiler. y bien jodido. o algún pequeño error de código. Aturdido. Allí fue que empezó a funcionar todo mal. provocando que las puertas delanteras se abrieran con el coche en marcha. Presionó suavemente el freno. Terrell casi dio un volantazo del susto. aunque no mostraba imagen alguna en el display táctil. todo se precipitó. apenas rebasando los ciento diez kilómetros por hora para evitar problemas. El sensor de distancia doble. algo que tal vez no era posible interferir desde fuera. que usualmente estaba sintonizada en una emisora de música country medianamente conocida. Terrell se desacomodó en el asiento. la escasísima advertencia que podría darle a los demás conductores. mientras el cinturón le presionaba la barriga casi hasta el punto de cortarle la respiración. y con el vehículo detenido. La radio. distancia que se ocupó de medir un transceptor de microondas instalado en el paragolpes. Intentó doblar a la derecha. el volante se movía sin problemas.ver películas o escuchar cd´s en los viajes familiares-. por razones de seguridad. sin obtener más respuesta que el plegado automático de los espejos retrovisores. el navegador de internet de su coche habría recibido una actualización que obligaba a reiniciarlo. sin éxito. Alguien había jodido el cerebro del Cherokee. Pero la computadora central nunca recibió dicha información. Ya tendría tiempo de discutirlo con sus compañeros de trabajo. Los segundos finales le mostrarían hasta qué punto era cierta esa suposición. pero el vehículo parecía tener vida propia. el sistema de respuesta ante accidentes fue engañado de manera remota. y a su tráfico pesado. No obstante. esto debía suceder sólo en caso de accidente. pasó súbitamente a un ensordecedor ruido blanco. Se situó cómodamente en el carril central. la columna de dirección se inmovilizaba de manera automática. tratando desesperadamente de cerrar la puerta rebelde de su lado. hacia el arcén. los pestillos no funcionaban.

torció de manera brusca y sin motivo aparente. sino que además lanzó a su conductor fuera de la escasa seguridad que le podía brindar el cascarón de metal y plástico diseñado para protegerlo. pero el dolor no duraría mucho. dueño de una armería y tienda de supervivencia. arrastrándolo por más de treinta metros antes de detenerse. que hasta entonces se mantenían casi cerradas por la presión del aire. Cinco minutos después. pero la imposibilidad de detener un monstruo de tres toneladas en tan poca distancia selló la suerte del accidentado. el amasijo de acero que antes había sido un automóvil se detuvo en mitad del carril rápido. los amortiguadores se zambulleron hasta el suelo. Virginia. Luego de cuatro vueltas de campana. no. Un sedán BMW serie 7 casi lo esquivó. Las treinta toneladas del Kensworth con tráiler encontraron a Jack Terrel con medio cuerpo fuera del vehículo. El abrumador peso del camión aceleró de manera forzada al vehículo más pequeño. impactó con el cráneo sobre el asfalto. arrastrando la derecha el brazo del conductor. pero todavía vivo. La parte posterior del Cherokee desapareció instantáneamente por el choque: los neumáticos traseros se aplanaron sobre el asfalto. Al mismo tiempo. pero llegó a rozarle el paragolpes trasero. El agente senior sintió cómo el tirón quebraba su muñeca en varias partes. El piloto del Yukón. el programador Edmond Torres. Frenó. El impacto no sólo arrugó el enorme SUV como si fuera de cartón.que terminaron convirtiendo al vehículo en un caro e inútil acordeón. en dirección a Crystal City. Otro coche se hubiera inclinado y vuelto a su posición normal. casi un tanque con ruedas. El ocupante del Hummer. un enorme GMC Yukón proveniente de Quántico. reventados por la súbita presión a la que fueron sometidos. causando que el sistema de asistencia al frenado pasara al Cherokee de 110 kilómetros por hora a sólo 40 en apenas treinta metros. Treinta segundos más tarde. ahora de abrieron de golpe. con su conductor herido. y su manguera de combustible chorreando nafta de 95 octanos sobre el motor todavía caliente del otro vehículo. No duraría mucho en ese estado. embistió la camioneta aplastada de tal manera que quedó montado por encima. regándolo de fragmentos de hueso y masa encefálica. con su cárter a escasos centímetros de la cabeza del otro conductor. El agente. lograría escapar a tiempo antes de que ambos coches se incendiaran. un Tesla S dobló de forma cerrada contra el arcén de la US-1. Pero eso no fue lo peor. que terminó dirigiéndose hacia él en lugar de evitarlo. El macizo todoterreno. aunque algo ladeado. pero rápida. Debido al impulso. siendo arrancados de las llantas por la fricción. Las puertas. apenas sujeto por el cinturón de seguridad. con uno de sus brazos ya roto al zafarse del cinturón. Una muerte violenta y sucia. el Yukón giró como una peonza enloquecida y se desplazó medio metro a la derecha del carril. Pero no todo fueron malas noticias: aunque la conductora (agente senior Valerie Resch) sufrió fracturas en . el inesperado movimiento confundió al dueño de un imponente Hummer H2. Al choque se unieron dos SUV -una Chevrolet Traverse y una Ford Explorer. pero el GMC era demasiado alto e inestable como para recobrarse. La siguiente víctima no tendría tanta suerte. mientras circulaba en el carril medio de la US-1 rumbo a Alexandria.sistema de prevención de accidentes.

las noticias llegaban a Dan Bledstone. Nada contento. una pierna. claro. la habían sacado de en medio. Para todos los efectos. . Alguien en Washington no iba a estar contento. y se vería obligada a usar una prótesis de cadera durante el resto de su vida. eso no significaba que estuviera apta para el servicio antes de seis u ocho meses de recuperación y dolorosa fisioterapia. pudo salvarse. Aunque.ambos brazos. ambulancias y cámaras de televisión. el Director adjunto del FBI. A medida que los lugares de los siniestros se iban llenando de curiosos. que apenas podía dar crédito a las informaciones que le llegaban.