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La vida como narración y el Alzhéimer

Pensar en el Alzhéimer y verlo de cerca me ha hecho cambiar considerablemente la idea que tenía sobre
la conciencia. Tendemos a creer que nuestra forma de ver el mundo es un reflejo bastante fiel de este
mundo. Sin embargo la conciencia no está al servicio de la verdad, sino al servicio de la supervivencia, y
es que nuestra conciencia estructura nuestro mundo de la forma más conveniente para nosotros; quiero
insistir en eso porque es la idea principal de este escrito: la conciencia no es objetiva, sino que trabaja al
servicio de nuestros intereses. Como el resto de nuestras capacidades, es un producto más de la
selección natural, y se ha mostrado ventajosa cuando contribuye a aumentar nuestra felicidad y a
disminuir nuestro dolor.

Según las últimas investigaciones parece que nuestra conciencia es múltiple. Tenemos un yo
experimental, que se encarga de interactuar con el mundo, y un yo narrativo, que se encarga de
alimentar la memoria o, mejor dicho, que utiliza nuestra memoria para construir nuestro mundo y
nuestra biografía. El primero experimenta los acontecimientos vividos de manera individual y en función
de las disposiciones biológicas de nuestro organismo; en ese sentido cada vivencia es única. El yo
narrativo se encarga de dar coherencia a los contenidos de nuestra memoria y es el encargado principal
de construir nuestro pasado y, al final, es el pasado que recordamos y que contamos a los demás. El yo
narrativo minimiza unas experiencias y multiplica otras con el fin de dar coherencia a nuestro pasado,
pero siempre procurando que el resultado final nos resulte lo más agradable posible y lo menos
doloroso.

Por ejemplo, cuando realizamos un viaje típico de vacaciones es posible que más de la mitad del tiempo
estemos viviendo momentos desagradables, como esperas, privaciones, malas comidas, masificaciones,
caminatas, cansancio, tostones, etc. Evidentemente también hay buenos momentos, pero cuando el yo
narrativo construye esa parte de nuestro pasado siempre se quedará con lo mejor, atenuando u
olvidando los malos momentos con el fin de que el balance final sea positivo, para compensar la
inversión realizada en el viaje. Claro, aceptar esto es difícil porque lo hacemos de manera inconsciente y
seguiremos pensando que nuestro relato es un fiel reflejo de la realidad. De este mecanismo nos damos
cuenta cuando lo utilizan los demás mejor que cuando lo hacemos nosotros; este fenómeno es distinto
de mentir, porque el mentiroso oculta o distorsiona la verdad conscientemente.

La conciencia de un enfermo de Alzhéimer está mucho más distorsionada porque su cerebro no
almacena los momentos vividos por su yo experimental, pero el yo narrativo busca igualmente la
coherencia del relato; para este fin utiliza antiguos recuerdos como si fueran actuales y trata de
configurar su día de ayer recurriendo a los únicos recuerdos de que dispone, los más antiguos. Los fallos
de su memoria impiden a estas personas realizar tareas bastante cotidianas, pero nunca lo reconocerán
porque utilizan los recuerdos de cuando sí eran capaces de hacerlas. En las fases terminales de la
enfermedad falla también su yo narrativo y empiezan a estar cada vez más alejados del mundo y del
entorno porque son incapaces de construir el relato de su vida, el relato que nos permite integrarnos en
la realidad social.

Así pues, parece que nuestra vida es altamente subjetiva y que lo que llamamos hechos y objetividad no
es más que intersubjetividad, es decir, un intento de convencer a los demás de nuestra propia historia.

¿A qué viene todo esto? Pues, hombre, ser un poco más conscientes de estos procesos puede contribuir
a hacernos un poco más tolerantes, a ser más receptivos con las historias de otros y a relativizar
nuestras propias convicciones.

Jesús Angel Martín Martín.

Valladolid, abril de 2017