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EMORIAS DE LA REPRESION Monumentos, memoriales RM UE ete ee lost (a9 Elizabeth Jelin Aso couc Metter tel (comps.) Este volumen forma parte de la serie de libros Memorias de la Represién que pone a disposicidn del piblico los resultados de un programa desarrollado por el Panel Regional de América Latina (RAP) del Social Science Research Oe ek a er ka nent investigadores sobre las memorias de la represién politica en el Cono Sur. Bajo la direccién de Elizabeth Jelin y Carlos Ivan Degregori, y con fondos propor- cionados por las fundaciones Ford, Rockefeller y Hewlet, el programa apoyé ‘mediante becas a cerca de 60 investigadores jovenes de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Peri, Uruguay y los Estados Unidos, El programa fue disefiado para encarar tres cuestiones diferentes, aunque relacionadas entre si, La primera es la necesidad de generar avances tedricos Re aR nena edt ce Teen de las memorias en la regidn, sobre su rol en la constitucién de identidades SOE SUM ce ea ee ea ee Pricticas sociales y politicas en sociedades en transicién, La segunda cuestion Uobjetivo es promover el desarrollo de una nueva generacién de investigadores con una formacién teorica y metodolégica s6lidas, preparados para articular ee en ond eee ees et ae cere tambien para abordar la gran variedad de temas candentes que surgirin en el Seer gen ene ty Se Ue See a eee eet tates el estudio de la memoria societal y temas relacionados con ella Esta coleccién de libros pretende contribuir al avance del conocimiento See eRe a cng amplio: entre estudiantes y docentes, entre activistas y ciudadanos, de cada uno de los paises involucrados, pero también en un debate comparativo y ransnacional Pere Penton oe) Arena i Pes Prasanna © 5 MEMORIAS DE LA REPRESION| Monumentos, ats e CNC 4 iE BRe MC seehee ee TCT Poteeire eer Langland (comps) Elizabeth Jelin Victoria Langland (comps.) Monumentos, memoriales WAUCter Lec sosts sett t ry ERR) Py eR) PSU id REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS “Anderson, Benedict (1991), hnagined Communities, Londres: Verso. “Ascareli, Attilio (1992), Le Fosse Ardeatine, Roma: Anfim. Bhaba, Homi (1990), Nation and Naraton, Londres: Routledge: De Felice, Renzo (1995), Rosso ¢ Neto, Milan: Baldini & Casto Foa. Vittorio (1996), «Introduziones a Mario Avaglano, I patigiano Teve 1 generate Sabato Marelli Castldi dalle vie delaria ale Fosse Antatine, Cava dei Tirreni: Avagliano. Foreella, Enzo (2000), La Resstenza in convento, Turin: Einaudi Toaneeschini, Luigi (1993), 30 anni dopo, Rievcazone dei combatinentin- eit dai wCaranatir Saar alle porte di Roma 8 iL 9 il 10 st Tembre 1943, Roma: Museo storico dei Granaticn Gall Della Loggia, Ernesto (1996), La morte della patria, Bari: Latersa. Giardina, A., G. Sabbatucci y V.Vidotto (1992), Manuale di storia ~ 3. Lert contemporanca, Roma Laterza. Maurizio. 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EL LUGAR DE LA MEMORIA, A PROPOSITO DE MONUMENTOS (MOTIVOS Y PARENTESIS) Hugo Achugar* Este trabajo intenta reflexionar sobre un aspecto de la problemiti~ ca de la memoria tal como se formula desde Ia critica cultural, o si | se prefiere dentro de lo que la tradicién académica angloparlante llama «Estudios culturales», aunque no necesariamente ambas tra- diciones 0 ambitos intelectuales sean sindnimos. En particular, teste texto se centra en la relacién que la memoria tiene con los monumentos. No se trata de un trabajo que resume posiciones aunque recoge algunas; es decir, no se trata de un relevamiento ccitico o de aun estado de la cuestiéne sobre cl tema sino de una y, reflexién que, desde el Uruguay, y por lo tanto desde la periferia, intenta intervenir en un debate: el debate sobre la pertinencia 0 no ¢ del monumento en relacién con la historia cultural y politica mis reciente de lh regidn. ee Todo ello, en la etapa postic~ tadura o de «vuelta a la democraciay que comenz6 oficialmente el 1° de marzo de 1985, Una iiltima advertencia tiene que ver con el estilo del presente trabajo, que recurre mas a la tadicién ensayistica latinoamericana que a los requisitos genéricos consi- derados apropiados por el discurso universitario contemporaneo. ) prolume e dm ba Hrolerenat en &mm mo Wadlac d yione® , abs free ——— poco intraien decir def paredo: + Exe texto es una versidn revitda del trabajo preparado para cl Seminario «Memoria Colectiva y Represiine organizado por el Social Science Research Council en el marco del programa de formacién e investigacién sobre Memoria CColectiva y represin:perspectivas comparadas sobre el proceso de democratizacibn cenel Con Sur de América Latina, Montevideo, 16y 17 de noviembre de 1998. we Oxo wy 192 Hugo Achugar MoTIvo El fantasma de un Alzheimer colectivo recorre el presente fin de si- glo. Todos estin, estamos o parecen, parecemos estar atemorizados por una pérdida de la memoria. Todos estan, estamos, parecen, pare~ ‘cemos estar angustiados por la imposicién del olvido. O, si no es lo mismo es parecido, todos parecen estar, estamos o estin preocupa- dos por democratizar el pasado, descentralizar la historia 0 descolo- nizar la memoria. Pierre Nora dice que hablamos tanto de memoria porque queda muy poco de ella (Nora, 1989). Algo parecido sostie~ ne Andreas Huyssen,al afirmar que la obsesién actual con la memo- ria choca contra el pinico o temor a olvidar (Huyssen, 2000). El tema de la memoria es central en el debate que, en la socie~ dad uruguaya y por razones propias, se abre con la década de los ochenta, Por un lado, por el trauma de la dictadura y el proceso de elaboracién de dicho trauma durante la llamada eposdictadura», y por otro, por la integracién regional del Mercosur, que funciona a lh vez como ebendicin» y como vamenazadora catistrofen. Por si fuera poco, a lo anterior cabe agregarse que durante ese mismo periodo se intensifican tanto el proceso de globalizacién econémi- ca.como la globalizacién producida por la actual revolucién tecno- logica y la transformacién de los medios de comunicacién. Todo esto ha implicado una reevaluacién del pasado nacional asi como la discusién acerca de la propia viabilidad de Uruguay como Esta~ do-nacién. Todo esto ha implicado la biisqueda de origenes y de claves que den cuenta del momento presente '. “Por eso pienso que En el mo- o\, Rumento y en los que wienen detris de los que construyeron el So * se supone habri de avisarles a los que vienen detris qué fue lo que oo pasé antes. En el monumento como objetivacién de la memoria. " El presente trabajo fe realizado antes de que comenzara la crisis econ6- ‘ico-financiera de la regién a fines de 2001. Si bien ha sido revisido, el tra- bajo fue pensado y redactado antes de es fecha y por lo mismo no incorpora plenamente la coyuntura de esa crisis, Piatt El ugar de la memoria, a propésito de monumentos os» (Choay citado por Salda- rriaga Roa, 1988: 18) Pero todo lo que se «abarque ‘on la vista como patrimonio cultural tiene por doquier una procedencia en la que no se puede pensar sin espanto, No solo debe su existencia a los grandes genios que lo han creado, sino también al vasallaje anénimo de sus contemporineos. No existe un documento de la cultura que no sea a la vez de la barbaries (Benjamin, 1996: 52). Esto lo decia 0 lo escribja Walter Benja- min en la década de 1930. La mencién de la fecha no es trivial; Benjamin escribia o razonaba en pleno nazismo. El problema es si la afirmacién sigue teniendo sentido hoy. Pues si Benjamin sigue teniendo raz6n, no es posible el monu- mento democritico, Pero zqué seria un monumento democritico? Cuil seria la memoria no autoritaria? :Es posible esa memoria, ese monumento democritico? Democracia es sinénimo de consenso? 2Es deseable el monumento consensuado? Quizé la pregunta clave es: gnecesitan monumentos las democracias contemporaneas??. PRIMER PARENTESIS La primera versién de este trabajo comenzaba con una serie de preguntas referidas a la memoria y a las politicas del conoci- miento, Se trataba de un ensayo que se habia originado, por un lado, en la preocupacién por establecer el lugar desde donde se habla, y por otro, en la voluntad de participar en la discusién que se venia desarrollando en el émbito de la critica cultural a partir de nociones/problemas como nacién, desterritorializacién, centro Algo similar se pregunta Saldarriaga Roa al decir «Necesita monumen= tos la sociedad contemporinea? La nocidn de lo transitorio y de lo fragmen- tario que se ha impuesto en ef mundo rechaza, por principio, todo aquello ‘que signifique permanencia o eternidads (1988; 28). 198 Hugo Achugar: y periferia, poscolonialismo, subalternismo. En verdad, se trataba y en mi caso se sigue tratando— de discutir, a la vez, proble- mas propios de la posdictadura uruguaya y problemas de las po- liticas del conocimiento. Es decir, no se trataba s6lo de debatir problemas tedricos sino ademis, o al mismo tiempo, de interve~ nir en el debate que la fractura de la dictadura introdujo en la umente en rela sociedad uruguaya, en particular aunque no Gn cién con la revisi6n de la autoimagen nacional La memoria como lugar desde donde se habla fie creciendo en mi reflexién de modo incontenible. Crecié y se contaminé con otros temas y problemas. Asi, cada vez que me asomaba a un nuevo término —como me ocurrié con «monumento» y con emuer- ter— se me iba configurando un territorio o un paisaje de proble- mas que amenazaba terminar engullendo todo lo que tocaba, Uno de los iiltimos términos o problemas se me instal no hace mucho, cuando tuve conciencia de que la memoria no sélo variaba en fancion del poder de clase, etnia, género y demiis riables conocidas n fancién de la edad. Después de todo, como dice Saldarriaga Roa, «cada generacién aporta y elimina algo. Lo que sobrevive, sumando a los aportes, se traslada a otras generaciones» (1988: 14) Para decirlo de un modo mis simple y directo: el Giltimo pro- blema surgid cuando me di cuenta de que no se trataba s6lo de no también que el poder de la academia del Primer Mundo —o, como pre- fiero Hamarlo, del «Commonwealth tedrico»— terminara por borrar toda memoria o toda agenda politico-tedrica que no fue: ala vigente en el entorno de sus universidades sino que también era mas que posible que los jévenes, incluso los mis jévenes de los jévenes, podian llegar a claborar un lugar de memoria total- estar describiendo y a eliminar de la memoria algo 0 mucho de lo que habia parecido fundamental mente ajeno al que cre > Por otra parte, este trabajo se integra en un proyecto mucho # pretende considerar 0 analiza Ios sugares de enunciaci donde se hablir y no solo el amplio que (0 los slugares desde ugar de la memoriaeo el agar de la peter ‘ote sentido, hay o habria otros shigares tales como el sugar de la pester sugar dlel bien» e] Iagar del intelectual o del Ietrados, el slugar de la mers etcétera 3. propésito de monumentos Memorial de los Detenidos-Desaparecidos, Montevideo. 196 Hugo Achugar. para mi generacién. Mejor todavia, podia legar a ocurrir que el monumento que se construy6 en Uruguay como «Memorial para los detenidos/desaparecidos durante la dictaduray en el Par- ‘que Vaz Ferreira, en las laderas del Cerro de Montevideo no sig nificara nada para los mas jovenes. O peor atin, que significara algo que pertenecia al mundo de los viejos; es decir, al mundo de os otros. ¥ en este caso los otros éramos nosotros, los viejos para quienes dictadura, democracia, politica, etcétera, tenian sentido por el simple hecho de que habjan formado parte de nuestra ex- periencia de vida. Porque, precisamente, el tema de la memoria y el del lugar desde donde se habla estaban y estan relacionados para nosotros con el debate sobre democracia, ciudadaniz dernidad, asi como con el realineamiento tanto del debate politi- co como del intelectual en este presente fin de siglo. Es imprescindible aunque evidente sefialar que el «nosotros» acechado no es universal. No es universal por el hecho de que, ademis de la obvia diferencia marcada por la pertenencia ideold- gica 0 por la extraccién socioeconémica o por aquellas que sur- gen de las diversas identidades marcadas por el género, la etnia, hh religi6n y la orientacién sexual, esti Ja de la edad; es decir, la diferencia establecida por la marca etaria. Una marca etaria que disefia un mapa diferenciado en el que por un lado estin aque- llos cuya experiencia histérica es bisicamente la del siglo xx, y por otfo, aquellos que, por su juventud, estin mis volcados al si- glo x14 Los primeros —junto al milenarismo apocaliptico, a la ex- plosin de las «pestes» contemporineas y al inexorable proceso “No resulta impertinente recordar que, por ejemplo, en Paraguay 0 en Venezuela, cerca del 50 por 100 de la poblacién es menor de 18 aos. 0 gue para un altisimo porcentaje de los argentinos, chilenos © uruguayos que viviein su adultez en el siglo xx1, personajes como Allende © hechos como la Guerra de las Malvinas 0 el golpe del 27 de junio de 1973 en Uruguay serin meros datos de una historia sino remota, muy alejada; mientras que para snosotros —los que hemos vivido la mayor parte de nuestra aduleez en el siglo xx— son parte central de la historia de nuestras respectivas so- ciedades, El lugar de la memoria, a propésito de monumentos 197 de globalizacién—, nos vemos enfientados a la amenazante cer~ tidumbre de que ya somos individuos del siglo pasado. Es decir, pronto dejaremos de ser parte del presente para ingresar en la categoria de sobrevivientes del pasado; perteneceremos a la his- toria. La memoria viva sera sustituida, en el mejor de los casos, por la historia y en el peor, por el mero olvido. Seremos ya ma. teria para el documento, memoria de piedra 5, ya desgranada materia, involuntario y no elegido olvido. En ese sentido, la an- gustia nace no s6lo de la mas que probable posibilidad de trans- formarnos de sujetos de la memoria en objeto de la memoria, sino también de transformarnos de amos de nuestra memoria en esclavos de la memoria de otros. Para los mis jvenes —aquellos que no han ingresado toda- via en la adultez o no han siquiera abandonado la nifiez—, la memoria viva esti en pleno proceso de construccién e incluso es todavia parte del futuro, Para éstos, categorias como «olvido» y «memoria» apenas comienzan a cargarse de sentido. En el caso de estos jévenes lo que estin construyendo no es s6lo, como suele decirse, su futuro, sino fundamentalmente su. memoria. 2Quiero decir que la memoria y el lugar de la memoria no tie~ nen continuidad? ¢Que mi memoria 0 la memoria de otro son imposibles de integrar, aunque mis no sea, parcialmente en una memoria colectiva e histérica? Hemos atacado la memoria congelada por el autoritarismo de los sectores hegeménicos, objetivada en el «canon» artistico y literario, y hemos estado dispuestos a crear una cultura mis de- mocritica. Estébamos y estamos convencidos de que habia y hay tuna instancia de constitucién del poder y de batalla por el po- der, que se concentra en el ambito configurado por la proble~ mitica de la memoria. En ese sentido y tal como afirma Miquel Izard, «el poder del poder es tan colosal que le permite tergiver- sar la actualidad y, asimismo, el pasado» (Izard, 1994: 9), Mis aun, como sugiere Singh: > © como sugiere Maurice Halbwachs, sla historia comienza euando ‘memoria terminas, Es decir, cuando la memoria viva termina, comenzatia la historia (citado por Koonz, 1994: 276) 198 Hugo Achugar Como parte del interjuego entre historia y memoria, los grupos margina- lizados a menudo intentan mantener en el centro de la memoria nacional Jo que el grupo dominante querria a menudo olvidar. Este proceso tiene como resultado una memoria colectiva siempre en flujo: no una memoria sino miltiples memorias luchando constantemente por ocupar y attaer la atencién en el espacio cultural. (Singh et af., 1996; 6) Las afirmaciones de Izard y de Singh son elocuentes: una h bla del poder y la otra de la lucha por el poder. ingh, por su parte, seitala que la conflictiva relacién entre historia y memoria leva a que no existe ni una memoria ni un relato histérico sino que hay una constante batalla por el poder librada por las diver~ sas memoria. A diferencia de lo que se podria creer, el hecho, considera~ do en larga duracién, no es nuevo. Honrar la memoria de la comunidad ha estado presente en todos los pueblos conocidos; borrar la memoria del enemigo es algo tan antiguo como la destruccién de Cartago *, Memoria, comunidad y relato © pre~ servacién del pasado han estado ligados desde siempre en la cons truccién de monumentos, especialmente en los funerarios. Mis ain, muerte y monumento, memoria y comunidad, pasado y relato del pasado han sido materia permanente de las mis di- versas sociedades a lo largo de la historia. También lo ha sido la indiferencia, otto de los nombres que adquiere el olvido. El pro~ blema —o la duda— es si en el proceso de deconstruir la memoria autoritaria de las clases hegeménicas no habremos perdido algo fundamental. MOTIVO/ESTRIBILLO En el monumento esti la clave. En el monumento y en los que vienen detras de los que construyeron el monumento. En el mo- © Al respecto es mis que elocuente el caso de Haiti y en particular el de Sans Souci estudiado por Trouillot (1995) Et lugar de la memoria, a propésito de monumentos 199 numento como signo que intenta vincular pasado y futuro. En el monumento o en la lipida que se supone habri de avisarles a os que vienen detris qué fue lo que pasé antes. En el monu- mento como objetivacién de la memoria. De vencer tiempo y olvido, de eso trata el monumento. Pero... la indiferencia puede llegar a ser un modo de vencer al monumento? ;Cmo evitar la irrisién del monumento? ;Cémo hacer que el monumento no termine siendo un modo de la perversi6n? ;Cémo hacer para que el monumento no sea el ejercicio del autoritarismo? SEGUNDO PARENTESIS: MONUMENTALIZACION DE LA MEMORIA. (© LAMEMORIA EN PIEDRA Leo que, en 1974, Phillipe Ariés responde al pedido de Orest Ranum de que hable sobre «historia y conciencia nacional» pro- poniéndole una serie de conferencias que luego se titularon En- ssayos sobre la historia de la muerte en Oxcidente, Muerte, historia y conciencia nacional se me vuelven a unir. La muerte y los ritos fiincbres no han permanecido inmuta~ bles a lo largo de la historia. Es cierto que hay una historia dind- mica y extremadamente variada del modo en que los seres hu- manos hemos vivido y conmemorado la muerte pero también es cierto —incluso es obvio— que los seres humanos hemos hecho de la muerte una instancia particular, Muerte y olvido, muerte y recordacién, son temas permanentes de nuestras culturas. Pero la cultura y el cultivo de la memoria han tenido desde la antigtiedad una misma actividad: la de la conmemoracion, Segan_ cuentan, la poesia mas antigua conservada de la Grecia clasica nace de los epitafios grabados en las estelas funerarias. En ese sen tido, los graffiti —inscriptos en la piedra o en el mirmol de las Ii pidas— constituyen la primera escritura poética entre los griegos. Esta poesia en piedra, esta poesia monumental es wnalforma rasinaienicomonnnsesees 3 de la memoria de los miem- bros de la polis ofrecida a la polis mediante el monumento como un modo de la autocelebracién y de la identificacion. Esa. parece haber sido la funcién central del monumento o de la Monendohded y Conweweretion dove =) Hugo Achugar Et agar de la memoria, 2 propésito de monumentos 201 \., Memoria en piedra; nial o gran parte de la produccién académica de etnégrafos, his- iy toriadores y artistas plisticos. La misma preservacion de fiestas, identidad del ciudadano y de la polis. En ese sentido, se trata de ' rituales, transmisiones orales y «escrituras en el aire» —como las la memoria de quienes tenian el poder y es obvio que quicnes denomina Antonio Cornejo Polar (1994)—, han sido y son in- no pertenecian a la polis eran considerados «barbaros» 0 «ex- tentos © acciones de reparacién del olvido o de resistencia a la tranjeros» que no hablaban el idioma de la polis y que no mere- memoria oficial en que se ejercia la cultura y a su vez el cultivo cian ser objeto de la memoria oficial. de la memoria de aquellos que no pertenecian a la ciudadania de _ ott’ Hay otro modo de la monumentalizaciénjo de la conmemo- ha polis. We) racién (Jane Kramer) que apunta no sélo a una politica de la ‘i “yet? memoria desde el poder sino a ton one 4 . De este ‘miento-gay cuando gjercicio de la memoria como ejercicio del poder y de su tras- mutacin en olvido monumentalizado tenemos ejemplos mas que conocidos en América Latina, En nuestros paises —aunque + no sélo en América Latina— la memoria piblica ha sido instru- mento de un poder que ha construido monumentos en piedra pero que también ha derruido los monumentos en piedra de aquellos a quienes se habia vencido, se habia dominado o se ha bia exterminado” Paradéjicamente sin embargo, también hay monumentos que =quizas involuntariamente— rmias en Uruguay y que, —a pesar de la primaria y eventual «inocenciar ideoldgica—, Por su parte, las acciones de reparacién 0 de contramemoria o de resistencia a la monumentalizacién de la memoria construida sdesde el poder han inspirado tanto La visién de los vencidos de oS Fl 1 Miguel Le6n Portilla como la mis reciente produccién testimo- Como ha seialado Garcia Canclini sla versién liberal del tradicionalismmo, [.-] disimula que los monumentos son, con frecuencia, testimonios de la do- minacién mis que de una apropiacién justa y solidaria del espacio territorial y del tiempo histéricos (1992: 179) * Como ha sostenido Walter Benjamin, dettis de todo monumento de la civilizacin hay siempre un monumento de la barbaric iertos individuossicomo ocurre con el monumento a los cha y las convierte en iconos de su propia comunidad interpretativa —como ocurre con la asacteada imagen de San Sebastiin— 0 cuando se articula el tema de la nacién al de la homosexualidad (Epps, 1996). O como ocurre también con algunos: movimientosy incluso, con ciertos grupos musicales que toman las imagenes de los préceres nacionales y los desacralizan”. Desde los dias de Grecia y de la conquista de México a los del presente, los avatares de las politicas de la memoria o de la conmemoracion y del olvido han sido mas que agitados. Sin embargo, en las diltimas décadas esos avatares " se han intensifi- cado y han movilizado memoria y olvido. También han genera~ do distintos tipos de conmemoraciones y desagravios. De he- Esto es lo ocurrido por ejemplo con el «Cuarteto de Nos» grupo mu- sical uruguayo— que toma a imagen de Artigas y la pone en un contexto scotidianoe, lo que para varios representantes del poder politico significé un agmivio a la figura del pricer nacional e incluso provocd que el Ministro de Educacién y Cultura enviara al Paslamento uruguayo un proyecto de ley rela- tivo al tratamiento de los siconos» nacionales. ™ Me refiero a hs miikiples dictaduras, a revoluci6n cubana y la sandinis ta, los movimiientos de los sin tierra, los desaparecidos y torturados, is guerras dle fronteras, la migracién y movimientos como los de Chiapas o los de los ‘campesinos bolivianos, al igual que la presencia masiva de palestinos y corea- nos en algumas regiones de América Latina 202 Hugo Achugar cho, lo que ha ocurrido es que las politicas de la memoria he- redadas del siglo XIX y que tuvieron vigencia durante la primera mitad del siglo xx han sido fuertemente cuestionadas, y la na~ tracién que organizaba las memorias latinoamericanas ha sido scontaminada» por nuevas memorias que complican el relato. Es como si esa turbulencia de transformaciones sociales y poli- ticas hubiera estimulado 1a reflexién sobre la historia y la me- moria en funcién del cuestionamiento de las antiguas situacio- nes de dominacién y de las nuevas configuraciones sociales y culturales que volvieron obsoleto el relato del conocimiento hhasta entonces dominante, si no para la totalidad de estas socie~ dades al menos para aquellos sectores que han dejado de ser invisible» (Hannah Arendt citada por Lefort, 1988). En ese sentido, el debate sobre la visibilidad o la invisibilidad de la me- moria se relaciona estrechamente con el debate sobre Ia consti tucién de la ciudadania a nivel nacional y transnacional no sélo en el ambito politico general sino también en el de las politicas del conocimiento. vin Mas todavia, la actual suerte de frenética sucesion de mues- tras plisticas, simposios, coloquiios e investigaciones centradas en el tema de la memoria (las ha habido a lo largo de toda América Latina pero también en los Estados Unidos y en Europa) parece indicar que, en un mundo consciente de sus miitiples origenes, se ha vuelto imprescindible la revisién del o de los pasados. El principio rector de la memoria en estos tiempos, multiculturales y politicamente correctos, ya no esti sintetizado en la imagen de la taiz o de las raices —a pesar de eventos mediiticos que osten- taron la metéfora de las raices en sus propios titulos— sino que parece ser sustituido por el del rizoma, Es decir, no por el con- junto articulado de origenes o mitos fundadores de una tinica memoria colectiva sino por esa proliferacién de raices que es el rizoma de las contramemorias. Pero si bien es posible pensar que esta suerte de inflamacién Jezamiana del universo en torno a la memoria ha sido alimen da también por las transformaciones tecnologicas —en particu- lar de los medios de comunicacién—, creo que en las horas fi- nales del siglo Xx y en el comienzo del presente siglo XX1 se han despertado otros fantasmas de los muchos que nos estin ace- Ellugar de la memoria, a propésito de monumentos 203 chando y que no surgen sélo de esa tercera revolucién tecnolé- gica. 7 feereum do on. Albiekmer tect del ar Hal co mienzo inunda las paginas de los periédicos "'. La proliferacion de textos autobiogrificos y testimonios asi como la abundancia de reflexiones te6ricas concentradas en el examen de las herencias histérico-culturales © de los legados de las memorias silenciadas muestran no sélo una suerte de «espiritu. apocaliptico de los tiempos» sino y fundamentalmente la profunda necesidad de la sociedad humana por saldar las cuentas pendientes de la historia en este fin de siglo. Pierre Nora, ademas de seftalar que hablamos tanto de me- motia porque queda muy poco de ella, precisa que: [..1] en una sociedad donde el sentido de una identidad comin y de his- toria ha sido convulsionado [.. los lugares de la memoria [son] la apro= piacin vehemente de lo que sabemos que ya no es nuestro [J Lal jus- tificacion fiandamencal al [fijar] un lugar de la memoria es parar el tiempo, detencr el trabajo del olvido, y fjar un estado de las cosas (citado por En- sglund, 1992: 304), Es cierto que en el lamento de Nora hay un tono «elegiaco, un tardio Iamento imperial por la herencia clisica que inexora- blemente desaparece...» (Englund, 1992: 304). Pero la observa cién de Nora es acertada al seflalar el hecho de que se ha per dido «el sentido de una identidad comin», Esta pérdida tiene que ver con has transformaciones sociales y culturales de las til- timas décadas, pero ademis se relaciona con la descentralizacién de los discursos tedricos y con Ia erosion del poder del sujeto de la enunciacion de la modernidad. La sensacién de una acele~ racién del tiempo, alimentada por la transformacién de los me "Al especto y slo como una muestra, restringida al Ambito de algunas publicaciones del mundo anglosajén, de la generalizacién de preocupacién por el pasado, vale Ia pena revisar el niimero de febrero de 1997 de World Press, cuya nota de tapa, «Healing Nations, se refiere precisamente a la revi- sin del pasado. También es significativa la serie de articulos bajo el ctulo The Future of the European Paste. J yw 208 Hugo Achugar dios de comunicacién, no ha hecho mis que exacerbar tanto la fascinacién ante lo nuevo como la eangustiar de la pérdida de Jo conocido; al menos para aquellos que aspiran a una nostilgi- a srestauraci6n del pasado» o que han intentado «normalizar el pasado». El cambio no es, sin embargo, s6lo tecnologico. La sensacion de un «cambio civilizatorio» se fundamenta ademas en una trans formacién del papel que en el presente estin juigando los sujetos sociales «tradicionales» asi como en la emergencia de «nuevos» sujetos. Esta emergencia de nuevos sectores sociales —aunque mejor seria decir de sectores sociales antes marginados © no visibles, para continuar con lo planteado por Hannah Arendt— © de estos «nuevos» citidadanos, ha conllevado la emergencia o el Alesatio de ememorias otras» antes no contempladas y/o silencia~ das por la memoria piiblica o por la memoria oficial. qué 9 ser preservado, recordado, transmitido y qué debe ser des hado, olvidado, entetsado? Y, ademis, zdesde donde y desd uign elaborar esa evaluacién? Es decir, :desde la regibn, desd nacin, desde la comunidad, desde la etnia, desde el género, 1: clase, la preferencia sexual, el partido, el Estado? O, idesde lo: ‘cnicos, desde la academia?, y en ese caso, zqué academia? Otr jodo de formular lo mismo seria el de preguntar desde qu ente —Estado, sociedad civil, academia, intelectuales, curado- — y desde qué lugar ci i. eventual angustia que pueden transmitir estas preguntas tiene que ver, como sefialabamos antes, con la mis que probable posibilidad de transformarnos de amos de nuestra memoria en es- clavos 0 «colonizados» —para evocar un término de particular y actual predicamento— de la memoria de otros, Para aquellos que “ Esta pregunta por la posicionalidad esti presente —creo— en la teori- zacién sobre lo sfronterizov o el sin between» de que habla Homi K. Bhabha en Location of Culture, aunque con un interés diferente de lo desarrollado en el presente ensayo (Bhabha, 1994). El lugar de la memoria, a propésito de monumentos 205 habrin de heredar 0 no las memorias y Ia historia pasada —ya sean los que vendrin o los que en el futuro estén excluidos—, el problema es otto.¥ es otro porque su memoria ser otra. Asi como hubo un tiempo para enterrar 0 preservar memo- rias, ahora parece haber Ilegado el tiempo de desenterrar ident dades, de resucitar historias, de construir nuevos monumentos y de deconstruir o de transformar, mediante la apropiacién, los an tiguos ", Pero, zqué son estas historias, estas identidades, estos monumentos, estas lipidas, tumbas, cenotafios, inscripciones y «documentos de piedra» "? ZFormas de la memoria 0 meras coat tadas para el olvido? ;Monumentos, lipidas, tumbas, cenotafios, inscripciones de la memoria, sinocentes» formas del poder eri- gidas con el afin de ritualizar la memoria de sus triunfos y sa~ ctificios 0 modos de teatralizar el poder (Garcfa Canclini, 199: 151-155) y de universalizar una memoria, una historia, una identidad que supone la inexorable postergacién, el necesario olvido, el absoluto silenciamiento de los vencidos, el voluntario 0 involuntario «ninguneo» de los desposeidos o de las otras identi- dades encerradas en diversos closets? : Memoria piblica, memoria oficial, memoria colectiva o memoria popular? Memoria en singular 0 memorias en plural? :Consenso de la memoria, me- moria transnacional y globalizada o fragmentacin de la memo- ria? Raices o rizomas? © Una discusién de lo implicado por la idea de tuna revision del debate sobre el movimiento antimonumentos excede los K- ayo. La lectura del trabajo de Koshar (1994) me hizo) mplica un pasado, ana his- rites del presente pensar, sin embargo, que el monumento refiere toria, un relato, pero al mismo tiempo inauguta otro, uno propio, que es el del monument, En este sentido vale la pena revisar lo planteado por Kos har asi como por Gillis (1994) en relacién con el movimiento antimona- mentalist “ Sobre Ia nocién sdocumentos de piedras ver lo anotado por Koshar (1994-218). A pars de la expresion sdocumentos de piedrav nos tomamos la libertad de hablar de «memoria en piedrav 206 Hugo Achugar MOTIVO/ESTRIBILLO zEsté en el monumento la clave? La lipida es también un mo- numento, La lipida en tanto imagen comparte con la célebre cortina de Parrasio el mismo efecto de trompe Veil. Ambas anuncian que hay algo detris, pero en realidad son ellas mismas el objeto de la representaci6n. En ese sentido, el monumento de la memoria en piedra es, mis que una representacin de otra cosa, la cosa mis- ma. E] monumento es el objeto y el objetivo de la representacién El monumento, en tanto hecho monumentalizado, constituye la celebracién del poder, de poder tener el poder de monumenta~ lizar. En ese sentido, el monumento, al igual que la cortina de Parrasio, es en si mismo y a la vez, lo representado y la represen- tacién, Pero al mismo tiempo, la representacién es un borra- miento, una tachadura, una cancelacién, pues el monumento borra, tacha, cancela toda otra posible representacién que no sea la representada por el monumento. La visibilidad del monumen- to vuelve invisible todo aquello y a todos aquellos que el monu- mento niega 0 contradice. La cortina de Parrasio cubre lo que no se puede ver pues lo tinico que hay para ver es la propia cor- fina; de ese modo realiza el mayor efecto del poder de la repre~ sentacién y de la celebracién: condena al olvido, a la invisibili- dad, a la no presencia a aquellos 0 a aquello que no tiene el poder para representarse y ser representados, O planteado de otro modo, la politica de la memoria impli- cita en el monumento "? opera también en las politicas del reco- nocimiento, del conocimiento, y en las de la academia —inclu- > Aunque la referencia al monumento es literal, muchas de las reflexiones en este ensayo son validas para otras formas de la representacién como podria setlo una smuestr* o una sexhibicién» plistica. En ese sentido, es posible re- Alexionar en torno de la politica de la memoria implicita en ciertas «muestrase realizadas por curadores tanto en museos como en otros ambites. Aunque ces mucho mis evidente en el caso de las emuestras retrospectivas», tabi posible analizar las politicas de la memoria implicitas en smuestras no retros- pectivase El ugar de la memoria, a propésito de monumentos 207 yendo sus representantes «solidarios» 0 «progresistas» y también por supuesto a mi mismo— que se erigen como una autocele~ bracién 0, lo que es lo mismo, como una celebracién de su po- der de conocer o de establecer los campos legitimos de la activi- dad académica, condenando a la invisibilidad a aquellos que no tienen el poder para representarse. O, también, la politica de la memoria opera en el monumento offeciéndose como un «capi~ tal cultural» (Bourdieu) © como un «patrimonio» (Garcia Can~ clini) que se ejerce para que tenga lugar la sdistincién» (Bour dieu) consolidadora del poder dominante tanto dentro como fuera de la academia, dentro y fuera de la sociedad civil. LUGAR Y TIEMPO DE LA MEMORIA La pregunta por la memoria que organiza estas piginas es, pues, también una pregunta por la evaluacién de la memoria. De he- cho no es una pregunta sino varias, todas ellas formuladas desde un lugar preciso: hablo desde una ciudad que se apoya sobre la margen norte del Rio de la Plata aunque no todo es geografia. En realidad, hablo desde un lugar construido, desde un lugar imaginario que llamo Montevideo. Es decir, hablo desde un es- pacio te6rico que se Hama Montevideo y no necesariamente desde la convergencia geogrifica de la avenida 18 de Julio y la calle Andes. Hablo desde una memoria que se construye en parte en ha confluencia de esa avenida con esa calle en la que durante el invierno de 1950 surge un mito, hoy obsoleto, que mareé una etapa del Uruguay. Hablo desde ese lugar como otros segura- mente podrian decir que hablan desde los agitados dias de 1948, cen Santafé de Bogoti o desde la crisis de los misiles en los afios sesenta. Alguien también, quizis algunos de mis hijos, podrian decirme que su memoria se construye desde un Montevideo co- nectado a MTV y que ignora todo lo referido a 1950, a la crisis de os misiles o a los posteriores wcordobazos» y «caracazos». ZY esto qué quiere decir?, se preguntarin ustedes con todo derecho. Me tefiero a que el lugar teérico desde donde se habla esti configurado entre otros muchos elementos por la memoria. Una 208 Hugo Achugar memoria que es local aunque atravesada por lo nacional, lo re~ gional y lo internacional, Es decir, hablo desde un lugar conta- minado por la memoria y poblado de monumentos que no siempre tienen la matetialidad del mérmol, del bronce o de la escritura, Desde ese lugar pregunto: :qué evaluacién supone el disefio de las politicas culturales y académicas que se intenta llevar ade~ lante en este tiempo democritico posdictatorial de integracién regional y de globalizacién? La otra pregunta, contenida en la anterior, se relaciona con las politicas de las identidades y con las del conocimiento: zquién establece dicha evaluacién y desde donde se Jo hace? © formulado de otra manera, sdesde la me~ moria de quién se organiza el conocimiento y la cultura? Tam- bien se podria preguntar zqué memoria?, local 0 global? Por €s0 hablo de monumentos, que es una de las formas de la me- moria, En América Latina, a fines del siglo xix, cuando el proceso de construcci6n nacional estaba en su apogeo, ocurrié el tiem po de los proceres muertos. El lugar de la memoria estuvo cons- tituido por la voz de los padres de la patria inscripta en mirmol y bronce. La monumentalizacién de la memoria proclamaba una memoria tinica, nacional y homogeneizadora , Entre finales del "© En La leyenda patria (1879), de José Zorrila de San Martin, la vor posti- ‘ca sentencia: «Es la voz de la patra... Pide Gloria../ Yo obedezeo a esa voz. A su llamado,/ Siento en ef alma abiertos/ Los sepulcros que pueblan mi me- joriae: y unas estrofas mis adelante la misma vor poética se lamenta y dice: S1Oh! Qué no habré un recuerdo, que levante/ De la tumba musgosa del pa sado,/ Un grito,al scrficio aparejado,/ Que al opresor espante..s, pata ter sinar enunciando todo un programa politico que extablece: «Cante el yungue tos salmos del trabajo/ Muerda el cincel el alma de la roca/... Muera el espa- io, y vibre el pensamiento,/ en las viriles arpas de tus bardos,/ Palpiten ls paternas tradiciones,/ ¥ despierten la cumbas a sas muertos/... Piss tumba de héroes.../ (Ay del que las profane!/ Protege oh Dios la tumba de los li- brev/.... Bs el pasado que habla o mejor, es Ia memoria monumentalizada en el timulo fiinebre a quien se evoca y a hi que se equivale con la voz de la Pa ‘ria. Al parecer, el lugar de la memoria, para Zorrilla¢s, a la vez, el lugar de los imuertos y el lugar del monumento, De hecho, quien ha de hablar es la vor de ! lugar de la memoria, a propésite de monumentos 209 siglo xix y las primeras décadas del xx se suiceden en distintos paises de América Latina los monumentos que adornan plazas y Parques disefiando un espacio urbano que eta a la vez el espacio de la memoria. Pero, zcuil es y qué constituye el lugar de la me~ moria en este fin de siglo, en este trinsito entre dos siglos? EI signo inscripto cn el papel de la pagina, pintado en la tela de los cuadros, grabado en la piedra de los montmentos o digita- lizado sobre la pantalla liquida de las computadoras o sobre el in~ tangible ciberespacio del presente mediitico parece ser entendido como la memoria misma. De ahi, la historia oficial y el archivo, la biblioteca y el musco nacional —real o virtual—; de ahi, todas las ‘otras formas de sacralizacién y almacenamiento de la memoria ri tualizada por el poder que los seres humanos han ideado. La memoria ritualizada del poder es y ha sido la memoria ofi- cial. Pero memoria oficial no es necesariamente igual a memoria piblica 0 memoria colectiva. En ese sentido, se debe distinguir tanto entre memoria colectiva y memoria publica como entre memoria popular y memoria oficial. La memoria publica —en la presente apoteosis de los medios de comunicacién— no es una ‘memoria construida por los Estados nacionales ni por la sociedad civil sino por el propio sistema de los medios de comunicacién 1a patria a través de Jos muertos invocados por la vor del vate. Zortlla,y esto no es novedad, encarna la funcién del intelectual del siglo x1X que se alinea con el proyecto de construccién nacional y su imagen de la tumba o de los ‘muertos como depositarios de la verdad es en si misina uma imagen tradicio- nal propia del pensamiento conservador de la época, La historiografia oficial ha consolidado la imagen romantico-nacionalista del intelectual Zorrilla de San Martin, quien, a pesar del juicio de los stécnicos, es reconocido por el rueblor como st portavoz. Asi se cuenta que aungue fie otto el premiado, el piblico asistente —en la historiografia oficial se dice «pueblo» en lugar de spiblicor— reunido para escuchar el recitado del poema por el propio Zotti- lls To unge como el verdadero ganador mientras el otro poeta premiado por los stéenicose ofrece a Zorrilla la medalla de oro. La leyenda patria, entre otras ‘operaciones y manipulaciones ideol6gicas, omite la vor de los indios; Zorrila scribe Tabaré varios aitos después para dar lugar a la mujer y al estéril mesti 20, quien, paradéjicamente, terminari por ser asumido por los uruiguayos ‘como uno de los emblemas de su identidad nacional 210 Hugo Achugar que tampoco necesariamente es un sistema controlado por el Es- tado. Pero también es posible entender la memoria piiblica como lo hace Koonz cuando sostiene que sla memoria piiblica es el campo de batalla en el que los dos tipos de memoria [la memoria oficial y la memoria popular] compiten por la hegemoniay (1994: 261, mi traduccién). Lo anterior obligaria a preguntarse si las distintas memorias establecen o funcionan en distintos espacios. Mas aun, cabria preguntarse si en algunos casos” los monumentos o los lugares histéricos donde se localiza la memoria no terminan por ser la materializacién de ese campo de batalla de la memoria piiblica donde se combate por el poder. El monumento o el lugar his- térico ” puede @mbién no tener una materialidad o una locali- zacion fisica sino ser un espacio intelectual 0, a los efectos de la presente argumentacién, puede estar constituide por el propio Como parece ser el de los campos de concentracién nazis tanto en las dos Alemanias como en Joe otros pafses ocupados por los nazis, segin sostiene Koonz (1994), Aunque no podemos discutir en esta oportunidad lo que arguments Koshar (1994), en el sentido de slugar+ como sedificioe 0 patrimonio historic, es necesario sefialar que en es linea de pensamiento el Inyar de memoria es también el lugar fxico 0 lo que se conoce como slandmarks 0 «patrimonio his t6ricoe. Al respecto, eambién se podria considerar la nocién de spatrimonio de Ja humanidad» que maneja UNESCO y analizar sus implicaciones dentro de las politicas multculturales y universalistas, Ver ademis lo planteado por Garcia ‘Canclini (1992) en su capftulo «El porvenir del pasados. ' El lugar historico —pienso en especial en aquellos lugares donde ocu- rrieron hechos principales de las gestas independentistas de América Latina— fimeiona de hecho como un «espacio monumental» adonde se remite la me- moria oficial que sacriliza lo que el poder hegeménico entiende como cons- ‘itutivo del Estado-naci6n. La particularidad de este tipo de smonumentaliza- An del espacio historicos por el poder hegeméni se lo contronta con lo realizado por individuos de Ia sociedad civil en relacién. ccon sus vidas privadas, Al respecto, resultaria interesante considerar casos como el muy reciente de un grupo de ciudadanos argentinos —familiares de victimas de un accidente aéteo ocurride en territorio uruguayo— que gieron un timulo recordatorio —una suerte de lipida coleetiva— en un te reno privado, logrando de hecho emonumentalizar el espacio. resulta mis clara cuando El lugar de la memoria, a propésito de monumentos an Ambito del debate académico. En ese sentido, la memoria pabli- ca en tanto campo de batalla puede también ser identiticable con la esfera piiblica 0 con esa forma jibarizada de la esfera pi- blica que es el imbito académico de la iglesia universitaria™” El «lugar de memoriay que propone Pierre Nora, aunque podria parecer eficaz, necesita de una conceptualizacién mas cuidadosa, pues dicha nocién termina por admitir cualquier am- bito como elugar de memoria» (Nora, 1992). En ese sentido, el «lugar de memoria» de Nora debe ser acompaiiado por otra no- cién que ademis de apuntar al lugar del enunciado incluya Ja enunciacién; es decir, dé cuenta del «lugar desde donde se hablay (Achugar, 1994) 0 como dice Mignolo (1996) de los «loci de la enunciacién»”, Entender el slugar de la memoria» como un es- pacio geocultural 0 simbdlico no es suficiente si no se tiene en cuenta la enunciacién —en su dimensién pragmitica— y, sobre todo, el horizonte ideolégico y el horizonte politico o la agen~ da» politica desde donde se construye dicha enunciacién. ‘También cabria la posibilidad de preguntar si el lugar de ta memoria es 0 sigue siendo el lugar del pasado. O, quizi deberia preguntarse: zcuil es el tiempo de la memoria?, zel pasado?, aun que, parafraseando a Habermas, se deberia preguntar: zel pasado como futuro? Esto vuelve necesario conjugar la nocién «lugar de memoria» con la de «enunciacién de la memoria» y con la de «tiempo de la memoria», La evaluacién del pasado es central en la construccién de lr memoria, sobre todo, en el diseiio de las po- i, la memoria se constituye en el campo de batalla en donde el presente debate el pasado como un modo (Otro aspecto, que mereceria un tratamiento mis detenido del que po=