Está en la página 1de 7

www.recopilandoypensando.blogspot.

com

LOS MAPUCHES EN LA INDEPENDENCIA DE CHILE

El objetivo general de la investigación está en consonancia con la naturaleza de su problema medular


y se enfila a producir una explicación historiográfica del fenómeno de irrupción indígena en las luchas de
independencia, atendiendo a la red de intereses intraétnicos de largo y corto plazo que detonan la ingerencia de la
sociedad mapuche en un conflicto que dividía severamente a la sociedad global (chilena); asumiendo, por tanto, una
perspectiva más interiorizante de dicho acontecer, habida cuenta de los enfoques periféricos privilegiado por la
historiografía nacional sobre este particular.

El proyecto, ciñéndose a este Objetivo General, se encamina a aplicar una indagación historiográfica
sistemática en relación al complejo de causas que llevaron a las principales alianzas territoriales
mapuches (conocidas en la literatura colonial como butalmapus o vutamapus) a alinearse
decididamente con los bandos occidentales (patiotas o realistas) que a partir de1810 se enfrentan en
torno a la cuestión de la independencia nacional. Se entiende que una investigación de este tipo
implica una revisión atenta de las tesis establecidas por la ciencia histórica chilena en relación al
tema, –a partir de los presupuestos interpretativos fijados por los historiadores decimonónicos. Sin
embargo, se le otorga preeminencia analítica la incidencia que en el alineamiento de las parcialidades
mapuches en pro o en contra de la revolución de independencia pudo tener el equilibrio de poderes
y los conflictos (potenciales o abiertos) que condicionaban las relaciones entre las confederaciones
etno-territoriales y en las dirigencias étnicas más influyentes al interior de la geografía política de la
Frontera en 1810. Sobre esta base, nuestro problema sustantivo de investigación es determinar la
gama de factores endógenos que llevan a los colectivos mapuches afincados al sur de la línea
fronteriza, a afiliarse como “patriotas” (o aliados de O´Higgins) y/o realistas e intervenir
abiertamente en la contienda bélica desatada entre republicanos y monarquistas por el proceso de
Independencia. Se entiende que la investigación propende a construir hipótesis y explicaciones
autónomas y críticas de los supuestos con los que hasta la fecha la ciencia histórica chilena ha
interpretado la intervención indígena en la independencia nacional.
La unidad de análisis implicada en el problema está constituida por las asociaciones pantribales de habla
mapuche de Araucanía; en cuanto al rango temporal del estudio, éste se circunscribe al periodo
extendido entre 1810, año que inaugura la crisis del orden colonial en chile, y 1825, en que las
políticas de negociación emprendidas por el estado criollo afianzan una pacificación progresiva del
territorio indígena austral, fuertemente alterado por el estallido de lo que se suele denominar en la
literatura especializada, la “Guerra a Muerte”, conflicto en el que numerosas montoneras realistas,
aliadas a tribus mapuches, opusieron una tenaz resistencia armada a la causa separatista del bando
patriota o republicano.
La unidad de análisis implicada en el problema está constituida por las asociaciones pantribales de habla
mapuche de Araucanía; en cuanto al rango temporal del estudio, éste se circunscribe al periodo
extendido entre 1810, año que inaugura la crisis del orden colonial en chile, y 1825, en que las
políticas de negociación emprendidas por el estado criollo afianzan una pacificación progresiva del
territorio indígena austral, fuertemente alterado por el estallido de lo que se suele denominar en la
literatura especializada, la “Guerra a Muerte”, conflicto en el que numerosas montoneras realistas,
aliadas a tribus mapuches, opusieron una tenaz resistencia armada a la causa separatista del bando
patriota o republicano.
www.recopilandoypensando.blogspot.com

El estudio puede ser definido claramente como una indagación de causalidad en tanto se ocupa
preferentemente de establecer el grupo de causas que detonó la participación indígena en la guerra
independentista, intentando en este terreno buscar explicaciones alternativas a las avanzadas por la
historiografía chilena que ha postulado una visión denigradora de la irrupción aborigen en la
coyuntura de la Emancipación, alegando que ella se produce como efecto de la caotización que
produjo la Guerra a Muerte en la Frontera, conflicto desatado por jefes y montoneras realistas que
intentaban resistir el movimiento separatista en el sur. De esta forma, las partidas mapuches no
serían más que protagonistas de un agudo estado de anomia social que incitaba a todos los
elementos “primitivos” o “indeseables” de la sociedad austral a dedicarse al pillaje, el asesinato y
cuanta violencia podía estimular un proceso de descontrol social y falta de institucionalidad.
Desde una perspectiva claramente contraria, nosotros postulamos que la intervención mapuche en la
guerra tuvo motivaciones más racionales e inteligibles desde el punto de vista historiográfico. Según
esto, el impulso básico que las condujo a sumarse a la confrontación patriota-realista, pese a que
pudo ser instigada en parte por la propaganda y manipulaciones de uno u otro de las partidos
occidentales que se enfrentaban, en lo sustantivo obedeció a las propias expectativas y designios de las jefaturas
y alianzas tribales indígenas que participaron en aquella; estímulos que tuvieron su origen en la
situación interna que se gesto en la frontera austral en los últimos decenios de la dominación colonial
y en los desequilibrios políticos que el manejo de las relaciones fronterizas llevado adelante por la
clase política hispana. Vale decir, las causales se hallan dentro de la propia Araucanía y no fuera de
ella, como pensaron los historiadores clásicos; y mucho más concretamente al interior de las fisuras y
fricciones que aquejaban a las grandes confederaciones pantribales y territoriales que hegemonizaban
el territorio “araucano” al detonar la Independencia.

Contraviniendo los presupuestos de la historiografía oficial que ha visto la intervención mapuche en


la Emancipación chilena como una mera expresión colectiva del “deseo salvaje” (pillaje, venganza
entre grupos, tendencias sanguinarias), sin mayores motivaciones políticas, la hipótesis que
sustentamos plantea la siguiente explicación:

La irrupción mapuche en la coyuntura de Independencia se explica por la pugna intestina que venía desarrollándose en
la sociedad indígena entre linajes y jefaturas territoriales que, dentro del orden de frontera impuesto por el régimen
colonial en el siglo XVIII, habían obtenido acceso desigual a los estatus, poderes y bienes valorados proveídos por la
administración borbónica. Luego, el proceso de Emancipación vino a radicalizar dichos antagonismos étnicos, sobre la
base de la oferta criolla de otorgárselos a quienes se afiliaran a su causa, propuesta que encontró eco entre los liderazgos
y agrupaciones que se conceptuaban excluidos o minusvalorados dentro del “pacto colonial”; así como también,
producto de la estrategia realista dirigida a concientizar a las dirigencias y linajes indígenas en orden a “conservar” las
posiciones y estatus privilegiados obtenidos por ellos dentro del sistema de frontera administrado por el Antiguo Régimen
monárquico.

En lo principal, la historiografía decimonónica estableció las líneas gruesas del enfoque oficial que
durante largo tiempo se ha mantenido acerca de la participación mapuche en la guerra
independentista. Diego Barros Arana en su Historia General de Chile, dejó bien asentado que la
irrupción masas indígenas en la Independencia se reducía a las andanzas de “numerosas bandas de
indios atraídos por la sed del robo y del pillaje” (1890, XI, 132). Incluso los angolinos (arribanos) se
www.recopilandoypensando.blogspot.com

pasaron al ejército patriota en 1820 en momentos en que los auxiliares indígenas de los realistas
“incitados a la guerra con las promesas de ofrecerles un abundante botín y de hacerles los codiciados
regalos, se mostraban inquietos y turbulentos al ver que no obtenían el provecho que esperaban”
(Id., 549). Sólo entonces los angolinos “se mostraron dispuestos a sublevarse contra sus aliados”
(Id.) B. Vicuña Mackenna fue tanto o más concluyente en su Guerra a Muerte.. “Ninguna
diplomacia, excepto la del botín, impera en su ánimo”, dice al referirse a los “araucanos” de Chile
austral (1868, 182). Los guerrilleros monarquistas les franqueaban la posibilidad cierta de “incendiar
pueblo, dándoles en premio cuanto pudiesen cargar sobre el lomo de sus caballos, y por esto eran
realistas” (Id.). Como “el robo era su única divisa” y no teniendo los patriotas “botín que ofrecerles
(...) eran sus enemigos” (Id.)+ Por naturaleza, “en el indio (.. ) no había afecciones, no había
recuerdos, no había propósito alguno, excepto el del saqueo” (Id.).Al cabo, afirma, haciendo suya la
dura sentencia de un ex intendente de Concepción- los aborígenes durante la “Guerra a Muerte” se
suman a “ las partidas de malvados que lo solicitan” en tanto mediante esa alianza negra veían “el fin
de sus criminales deseos”. Esto es, aplicarse “al robo y a la destrucción de sus semejantes” (Id. 183).
Por contraste, los toquis aliados de la república se encontraban poseídos no por el anhelo de pillaje
sino por “odios profundos, tradicionales, de raza, de tribu a tribu” (id.). Particularmente hacia los
caciques máximos Mañil y Mariluán que militaban en el bando monarquista, hecho suficiente como
para que sus eternales adversarios, Colipi y Coñoepán lo hicieran automáticamente en el de los
separatistas (Id.). Por ende –concluye- no había en “aquella adhesión casual un principio, un
sentimiento, un instinto siquiera del cambio por el que luchaban nuestros soldados” (Id., 184). M. L.
Amunátegui, en el capítulo que dedicó a la Guerra a Muerte en La Dictadura de O’ Higgins (1853)
insistió en ideas semejantes. Tomás Guevara, consecuente con esta óptica, en su maciza obra Los
Araucanos en la Guerra de Independencia (1911) puso el acento en el encono y los resentimientos
innatos que gobernaban la sicología indígena. “El indio odiaba a la raza antagónica, escribe, fuera
de españoles natos o de sus descendientes chilenos”; igual le daba “volver sus armas contra unos u
otros: cuestión de oportunidad o conveniencia” (1911, 242). Sin embargo, las instigaciones de los
capitanes de amigos y lenguaraces de signo realista la revolución supondría, gestaron en ellos un
aborrecimiento radical hacia la causa separatista y sus agentes. La rencorosa prédica antirrepublicana
del clero secular y regular, al cual prestaban asenso exclusivamente “porque despertaban sus peores
sentimientos, el odio y la venganza” (1911, 243), terminó por definirles un enemigo winka sobre el
cual volcar el uno y la otra. Era el mismo sentimiento que movía a la pequeña fracción de “caciques
patriotas” (abajinos) alineados con la Revolución. Estaban en ella sencillamente porque los
detestados arribanos se habían convertido en “Indios del Rey. Por lo demás, aquellos toquis sólo
entendían su rencor. Ninguno de los ideales políticos superiores que movían a los patriotas hacía
nido en su cerebro. El pillaje y la devastación eran una secuela natural y esperable de su aversión
ingénita. Francisco Antonio Encina no está lejos de esta línea interpretativa. En su Historia de Chile,
sostuvo que del consorcio entre el cerebro delirante de Vicente Benavides, “uno de esos
desconformados mentales que las revoluciones movilizan” (1983, XIV, 221), y la irrefrenable
tendencia del pueblo mapuche al pillaje y al aventurerismo se había alimentado la guerra del sur. “La
cabeza de Benavides –afirma- había transformado en el nervio de una guerra organizada, los
instintos de correrías y de pillaje que dormitaban en el fondo del alma criolla del pueblo mapuche”
(Id., 226). El “nervio” de la contienda no estaba en idearios y lealtades políticas sino en los instintos
atávicos y oscuros del alma araucana. La historiografía del siglo XX en buena medida se dedicó a
retocar las líneas del retrato que trazara la del XIX. J. Eyzaguirre, en su propia Historia de Chile, y F.
Campos Harriet, en Los Defensores del Rey, dedican breves y duros juicios a la “barbarie” indígena
cuyo único designio eran el botín y el crimen. Ferrando, en su Así Nació la Frontera, lleva al extremo
esta visión denigradora. Pero hay matices. Mario Góngora vio en las guerrillas y fuerzas irregulares
que invadieron la Frontera entre 1817 y 1832 una profundización del “fuerte bandolerismo” que
agobió a Concepción desde el siglo precedente (Vagabundaje y sociedad fronteriza en Chile,1980,
382). No obstante, a la postre todos -patriotas e indígenas incluidos- participan de una “guerra
bandolerizada” (Id. 383). “Ejército de línea, indios amigos, milicias y montoneras observan (...) las
www.recopilandoypensando.blogspot.com

mismas reglas de la guerra del pillaje” (Id.). La diferencia con los raseros del XIX es que nadie era
inocente en la frontera. Cualquiera se aplicaba a las expediciones rapiña. Los fines políticos se han
diluido y los contenidos ideológicos degradado. De cualquier forma, la historiografía tradicional hizo
del individuo extraordinario la clave explicativa de la guerra. Esta, en definitiva ocurrió porque el
cerebro desequilibrado de Benavides lo quiso así. Para García Reyes (Introducción a la obra de D.
Barros Arana, Vicente Benavides y las Últimas Campañas de la Guerra de Independencia en el Sur,
1850: I) la amenaza real para la república de 1819 no fueron las masas monarquistas del sur sino el
“puñal sangriento de un bandido” que podía llegar a “extinguir su corta pero brillante existencia”.
Barros Arana creía que esa guerra aniquiladora había sido impulsada por el fanatismo realista de
Benavides, su marcado deseo de gloria y, especialmente, por el inextinguible resentimiento que le
provocara la violación de su esposa –Teresa Ferrer- cometida por un oficial patriota. Miguel L.
Amunátegui sugiere que la causa no era el estupro sino los celos enfermizos que levantaron en el
guerrillero los galanteos que dicho oficial hizo en Concepción a la Ferrer. Tomás Guevara, en esta
línea subjetivista, hizo de Benavides –ese “desgenerado mental superior”, “perverso moral” y
“embustero congénito, como lo llama- la ´”figura céntrica de ese drama” (la guerra de montoneras)
y el personaje vital que “encarnó la resistencia española en los campos históricos de la Araucanía”
(1911, 265 y 274; destacado nuestro) La guerra desatada en la frontera (el “drama”) no era más que
una emanación, una suerte de corporización de un cerebro enfermo. Esta línea interpretativa anclada
en la incidencia avasallante de la personalidad anormal en los procesos históricos, alcanza su
maduración (y uno de sus hitos más extravagantes) en el sicologismo de Francisco Antonio Encina,
para quien la Guerra a Muerte, a la postre, es un desvarío no sólo de la mente delirante de Benavides
sino de las facultades cerebrales decadentes del propio San Martín, que convirtió al guerrillero chileno
en símbolo e instrumento de su deseo sadista (inconsciente) de ejercer una venganza colectiva contra
el pueblo chileno al que odiaba profundamente (Ed. 1983, XIV, 210 y ss. ).. Uno de estos disensos –
probablemente el más valioso- ha sido formulado por José Bengoa, en su Historia del Pueblo
Mapuche, intuye en la posición asumida por los principales linajes mapuches en pro o contra la
Independencia estrategias calculadas de resistencia o de incorporación negociada a la sociedad criolla.
Costinos y arribanos la resistían porque la caída de la monarquía, que había garantizado la soberanía
mapuche –consagrada en los tratados coloniales- habría paso a un tipo de estado que, al desconocer
la legitimidad jurídica y política de la monarquía absoluta, inevitablemente debía hacerlo también con
los estatutos territoriales privilegiados establecidos para el etno mapuche, como los reconocidos
desde el parlamento de Quillín (1641) en adelante. Los abajinos, por contraste, postulaban una
estrategia de integración ventajosa a la sociedad nacional, sin menoscabo del rango y poderío que ya
ostentaban en la sociedad mapuche mapuche. Una alianza con el estado chileno les permitiría
afianzar el liderazgo “nagche” de la sociedad mapuche, potenciar el prestigio y la riqueza de sus
linajes principales e incrementar su capacidad bélica disuasiva vinculándose a su brazo armado, el
ejército fronterizo (1987, 74-78). Esta línea de actuación estaría dictada por un sentido de
“realpolitik”. “Percibían con claridad que tarde o temprano deberían unirse al país del Norte”, y
buscaban hacerlo con el mayor provecho alcanzable (Id., 80). Sin embargo, reconoce Bengoa, no es
fácil atinar con las causas que llevaron a los caciques abajinos a sumarse al partido independentista.
Acaso, se pregunta, sería que en este sector indígena “se venía dando un proceso más pronunciado
de desestructuración social y, por tanto, (de) mayor apertura al cambio cultural, a la transformación
social y a la receptividad a las nuevas ideas” (Id., 79). El problema es probar documentalmente este
supuesto. Alternativamente, Jorge Pinto en Modernización, inmigración y mundo indígena. Chile y
la Araucanía en el siglo XIX, advierte en las luchas entabladas en la frontera entre 1810 y 1830 una
resistencia general desatada por la sociedad regional penquista, incluidos importantes contingentes
mapuches, al proyecto emancipador. El alto nivel de integración que, a su juicio, este espacio había
logrado durante la dominación ibera, la complementariedad producida entre las redes productivas y
comerciales indígenas y aquello que denomina redes capitalistas criollas, y la firme articulación de la
región con el resto de la economía colonial habría consolidado una serie de intereses que ninguno de
quienes participaban de ellos quería poner en riesgo ante un plan independentista cuyo trasfondo era
www.recopilandoypensando.blogspot.com

incierto (Pinto, 1998, 30). Cualquier cambio era mirado como una amenaza por los sectores sociales
y económicos, fueran indígenas o hispanos, constituidos en la antigua frontera austral (Id.). La
propia “Guerra a Muerte” puede entenderse como una resistencia regional gatillada por la
preservación de este orden de intereses locales, supuestamente amenazados por la Revolución (Id.).
No obstante, en nuestra visión, tal planteamiento sirve al intento de comprender las razones que
movieron al conjunto –mayoritario, sin duda- de la sociedad penquista, a pronunciarse por la defensa
de la monarquía (incluida una parte considerable de los indígenas territoriales) pero deja sin explicar
por qué hubo significativos segmentos aborígenes que se sublevaron contra el rey y se apartaron de la
defensa corporativa del statu quo ¿ Acaso no se encontraban integrados a ese conjunto local de
intereses amenazados por la emancipación o se hallaban francamente excluidos de ellos ¿ Pinto deja
este interrogante sin contestar pese a verificar la activa actuación de agrupaciones mapuches
proclives a la patria (Id., 31 y ss.). Empero, es indudable que si tales grupos de interés existían y se
hallaban coaligados en la antigua provincia de Concepción para sostener la causa real, no
representaban a la totalidad de los sectores regionales. Por lo menos, a los “indios de la patria”, que
desertaban de esa tácita alianza para sumarse justamente a quienes amenazaban el sistema de arreglos
y conveniencias heredado de la colonia.

La relevancia del Proyecto se deja ver en que, casi al borde del Bicentenario de la Independencia,
pese a la ingente cantidad de obras concernientes al proceso independentista editadas en los últimos
199 años raras son las que se han preguntado sí a más de perseguir aviesos propósitos de pillaje o
saciar apasionadas vendetas tribales (tales son las causas o motivaciones que se suelen señalar) las
entidades mapuches que se involucraron en la guerra civil republicano-realista de los decenios de
1810 y 20, por razones de mayor envergadura, que pudieran ser accesibles a la lógica investigativa.
La historiografía tradicional –vale decir aquella que se adscribe a la prestigiosa corriente de la historia
ad narrandum o historia narrativa instaurada en Chile por Claudio Gay, la misma escuela que fuera
defendida teóricamente por A. Bello contra el enfoque ad probandum intentado por Lastarria y
llevada a su excelencia por Diego Barros Arana, no profundizó en aquella dirección. Dominada por
la primacía de la erudición y la exposición lineal o cronológica centrada en el acontecimiento
(principalmente en el político, diplomático y militar) reparó ante todo en el tema de la violencia étnica
ejercida sobre la sociedad criolla, particularmente durante la “Guerra a Muerte” Tanto en su
vertiente liberal (Barros Arana, Vicuña Mackenna, Miguel, Gregorio y Domingo Amunátegui,
Guevara, Medina, Feliu-Cruz, Donoso, Heise) como en su veta más conservadora y prohispánica
(Sotomayor Valdés, Encina, Eyzaguirre, Campos Harriet, Vial) la posición asumida por la tradición
narrativa no ha sido otra la que de reiterar en los temas del pillaje, amor por la depredación y las
venganzas de sangre entre cabecillas y facciones como causas eficientes del accionar aborigen, entre
preferido la mera constatación superficial de la actuación de una respetable facción mapuche que
luchó denodadamente por la emancipación ante y durante la “Guerra a Muerte” (1819-1824). Lo
asombroso es que aquellas corrientes que se inscriben en una línea historiográfica innovadora o
crítica (Góngora, Collier, Martínez Neira, Vitale, Casanova, Segal, o Jobet) respecto a la historia
historizante, tan cuestionada por la Escuela de los Annales, siguiendo la dichosa expresión hayan
insisitido en aludir a las mismas causales apuntadas por los historiógrafos del XIX, o, lisa y
llanamente, hayan omitido completamente el tratamiento del asunto al ocuparse de realidades como
la cuestión fronteriza mapuche-criolla, la coyuntura de la independencia o las relaciones políticas
del estado nación chileno y la sociedad indígena austral. La ciencia histórica chilena, afianzada en
una óptica que se pliega a los criterios fijados por la historiografía decimonónica ha observado y
enjuiciado la cuestión relativa al compromiso indígena con la gesta separatista a través de un prisma
www.recopilandoypensando.blogspot.com

teñido de etnocentrismo criollo y que hacía gravitar el análisis reconstructivo en factores y


determinantes externas al etno mapuche (v.gr., la propaganda realista, las manipulaciones de Vicente
Benavides, los incentivos de la guerra de bandidaje desatada por las montoneras campesinas de la
Frontera, etc.). El visor historiográfico ha estado, de esta suerte, largamente dirigido a detectar las
causalidades exoétnicas de la “Guerra a Muerte” y de los levantamientos antirepublicanos de las
reducciones mapuches desde 1813 en adelante. En ese campo visual, los delirios mentales de
Benavides, la estrategia de guerra adoptada por el coronel realista Francisco Pico o la eficacia
montonera de clanes criollos como los Pincheira, resultaban más definitorios que las posiciones
asumidas por el liderazgo nativo de la Araucanía o la red de intereses y expectativas intestinas que
movían a los grupos corporados y alianzas zonales mapuches a sumarse a las fuerzas monarquistas o
a las de la Patria. La mirada de la historia académica ha estado invariablemente dirigida al contorno y
no a los ejes particulares que definían la cultura política de las comunidades aborígenes de ultra-
Biobío al momento de producirse el movimiento separatista chileno. Curiosamente, el núcleo de
referencia utilizado para explicar el comportamiento del sujeto indígena durante el proceso
independentista no ha sido este mismo sino su contraparte etnológica: criollos y mestizos ajenos a los
límites del mundo indígena. Las peculiaridades de un sujeto antropológico ha proporcionado,
paradójicamente, la base para explicar a otro. Así, las razones para entender las motivaciones
mapuches no se han hallado en la antropología política prevaleciente al interior de las fronteras de los
llamados “Arauco Patriota” o “Arauco Realista” sino en su periferia étnica.
Dicho lo anterior, queda en claro que nuestro enfoque es radicalmente distinta. Descansamos en el
principio de observar el desarrollo del problema descrito a partir del sujeto indígena implicado,
atendiendo a sus motivaciones endógenas. Vale decir, sin descartar el influjo que sobre las
parcialidades mapuches que se comprometen en la crisis de la Emancipación pudieron tener las
manipulaciones y estímulos que ejercen las estrategias adoptadas por los bandos criollo y peninsular,
le damos privilegio a los objetivos propios y autónomos que las fuerzas nativas tuvieron para
integrarse a dicho proceso. La hipótesis se hace cargo de esto. Ella plantea que en algunos
segmentos de la sociedad nativa subsistía hacia 1810 un creciente nivel de descontento e
insatisfacción con los beneficios y cuotas de poder y prestigio recibidos en el contexto de las
relaciones fronterizas que la administración borbónica desarrolló en Araucanía entre fines del siglo
XVIII y principios del XIX. Insatisfacción astutamente manipulada por el bando criollo, lo que
condujo a una parte importante de las agrupaciones indígenas australes a comprometerse con la causa
separatista y combatir al lado de los republicanos. Por la inversa, los sectores étnicos que para
entonces habían conseguido cotas relevantes de poder, influencia y ventajas materiales gracias a su
más completa integración al “orden de frontera” montado por la administración ibera, sistema que
ayudaba a garantizar la paz étnica y social en Araucanía, tomaron posición a favor de la conservación
del régimen monárquico, amenazado de desintegración. Con otras palabras, entendemos que en
1810 en los territorios indígenas meridionales a la línea del Biobió, se agitaban y enfrentaban
diversos grupos de interés que el régimen colonial no había conseguido conciliar del todo, y a los
cuales la coyuntura de independencia ayudó a radicalizar.
A inicios de 1800, Araucanía se encontraba seccionada en cuatro grandes butalmapus (o vutamapus)
o “tierras grandes” como suele llamar la documentación colonial a las cuatro grandes divisiones
territoriales que caracterizaban a ese territorio aborigen; a saber: butalmapu costero (lafquenmapu),
abajino (situado en los faldeos orientales de la cordillera de Nahuelbuta), arribano (establecido en la
franja precordillerana) y pehuenche (cordillera andina). Abajinos y arribanos en realidad formaban
parte de una realidad geográfica común, los llanos o lelfunmapu, es decir, el valle central situado
entre las cadenas montañosas de Nahuelbuta y los Andes. Con todo, los primeros, conocidos como
nagches, dominaban en la sección occidental del valle intermedio, en tanto los segundos, llamados
comúnmente huenteches, lo hacían en la parte oriental de los llanos. Debe aclararse que los
butalmapus constituían largas franjas territoriales extendidas longitudinalmente, cada una de las
cuales aglutinaba a una diversidad de rehues y aillarehues que se conceptuaban aliados entre sí e
integrantes de unidades espaciales distintas. En los hechos, cada butalmapu representaba una
www.recopilandoypensando.blogspot.com

macroalianza tribal autónoma y, en ocasiones, se señalaba como adversaria de alguna de las restantes.
Desde luego, los conflictos sostenidos entre una y otra gran alianza pantribal, llevaba a que, también,
se produjeran alianzas transversales entre algunos de los butalmapus para contener o combatir la
expansión o hegemonía de algún otro. A la época de la Independencia, los butalmpaus costeros y
arribano aparecían como los más entusiastas y firmes aliados de la administración española, en
contraposición al abajino, cuyo apoyo a la misma no sólo era más frío sino que llegaba, en ciertos
sectores de esta alianza, a francas muestras de hostilidad a la causa monárquica. En el butalmapu
pehuenche, las posiciones fueron variadas. Esta osciló desde la adhesión permanente al rey hasta la
rebelión frente a sus representantes locales, sin que faltaran agrupaciones que se declararan, con gran
sentido de la oportunidad, neutrales, en medio de un conflicto de “huincas”. En ciertos episodios,
puso verse a sectores pehuenches sumarse decididamente a las fuerzas realistas durante una campaña
específica, para, en la siguiente, aliarse con el ejército republicano que combatía a las montoneras que
proliferaron en el sur al desatarse la Guerra a Muerte (1819-1825). A la larga, los mayores aliados del
bando republicano fueron los abajinos, algunas parcialidades de la parte meridional del valle central
cercanas al río Cautín y ciertos núcleos pehuenches, principalmente los del llaima. El que arribanos y
costinos apoyaran firmemente a la monarquía parece comprensible. Sus caciques principales tenían
trato privilegiado con la planta civil y militar de la administración borbónica regional, así como
fuertes relaciones con el clero realista. Muchos eran caciques gobernadores, un puesto relevante en
términos de liderazgo y preeminencia social creado expresamente por la jefatura colonial, en tanto
sus comunidades se beneficiaban con artículos y donaciones suministrados por el poder civil y
eclesiástico monárquico. Incluso había segmentos, pequeños pero destacados, que militaban con
sueldo y reconocimientos en el ejército del rey. La situación no parecía ser la misma en el butalmapu
abajino. Si bien los caciques-gobernadores de Angol siempre merecieron un trato deferente por parte
de las autoridades españolas y gozaron de prebendas, entre los cacicazgos ubicados más al sur de
Nahuelbuta la adhesiones al realismo se diluían marcadamente. Varios linajes relevantes (Coñoepán,
Colipi, Melín,etc) no sólo fueron muy poco permeables al discurso promonarquistas sino que
rápidamente se declararon contra quienes lo sostenían al interior de la sociedad mapuche. Los
historiadores decimonónicos dieron a entender que sus principales cabezas se hicieron patriotas
como respuesta al hecho que jefes arribanos, con los cuales competían y se odiaban, se declararan
realistas. Con todo, ninguno de ellos se preguntó la ganancia que buscaban al abrazar la causa
contraria. Precisamente, los patriotas le ofrecían al liderazgo abajino aquello que costinos y arribanos
habían ganado crecientemente en los años finales del orden colonial: nombramientos prestigiosos,
cargos, sueldos y grados militares en el ejército, apoyo armado a su propio poder personal, ventajas
pecuniarias, trato preferente a sus linajes. La apuesta parece haber consistido en que, producida la
victoria, en la “nueva frontera” surgida de la Independencia, jefaturas, estatus elevados y captación
importantes de los bienes y servicios que el estado solía suministrar gratuitamente a los linajes y
liderazgos leales, serían detentado preferentemente por los aliados indígenas de la causa separatista.
Por consiguiente, la pregunta debería ser no sólo qué y cuánto ganaban quienes en el mundo abajino,
llanista y pehuenche secundaban a los republicanos sino qué y cuánto perdía sus enemigos de los
butalmapus arribano y costino. No era por tanto una cuestión de odiosidades como ha pensado
preferentemente la historiografía clásica sino de altos intereses. En ese sentido, las elites y linajes
mapuches no pensaban tan diferentemente de los grupos de interés realista y criollo que velaban por
la conservación o reformulación de sus propias posiciones de poder político y económico.
Finalmente, estimamos que institucionalmente el Proyecto reevalúa la figura y la obra del Libertador
O´Higgins, muy poco conocida en este aspecto de su alianza con los mapuches del sur.