Fiesta de San Pedro y San Pablo

2 julio 2017

Evangelio de Mateo 16, 13-19

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus
discípulos:
— ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
Ellos contestaron:
— Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno
de los profetas.
Él les preguntó:
— Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
— Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Jesús le respondió:
— ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado
nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo:
Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del
infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que
ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra
quedará desatado en el cielo.

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JESÚS NO FUNDÓ NINGUNA IGLESIA

Las palabras finales de este texto se han utilizado como “prueba” de que
Jesús habría fundado directamente la Iglesia y, dentro de ella, habría colocado
a Simón Pedro como máxima autoridad.
A partir de ahí, el propio magisterio eclesiástico iría elaborando
posteriormente la doctrina de la “institución divina” de la Iglesia, y la primacía
de Pedro, como “pontífice máximo” o “primer papa”, al que habrían de ir
sucediendo todos los demás, en una cadena ininterrumpida hasta el día de hoy,
en que el Papa Francisco haría el número 265.
Apoyados en aquellas palabras, los fieles han ido viviendo varias
actitudes a lo largo de la historia: confianza inquebrantable (“ el poder del
infierno no la derrotará”); amor a la Iglesia, aunque a veces acompañado de
una absolutización e idealización de la misma, como si fuera poco menos que
una “encarnación continuada” de la divinidad; amor igualmente a la figura del
papa, no exento con frecuencia de una especie de papolatría mítica o
intantiloide; sin olvidar que, sobre este mismo texto que estamos comentando
se asentó toda aquella doctrina del poder absoluto de los papas –recuérdese la
“lucha de investiduras”-, quienes eran vistos directamente como “vicarios de

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Cristo”, detentadores de un poder prácticamente omnímodo, incluida la
infalibilidad.
Si todo poder encierra riesgos graves –más graves cuanto más
absolutista sea-, la Iglesia no fue una excepción. En una doble dirección: “hacia
dentro”, convirtiendo la institución eclesial en una especie de monarquía
absoluta, con una única autoridad inapelable, que terminaría socavando todo
atisbo de colegialidad; y “hacia fuera”, apareciendo la Iglesia como instancia de
dominio y de control, que solo fue cediendo en la medida en que le era
arrebatado por una sociedad que luchaba cada vez más por su autonomía.
En la práctica, en la Iglesia se olvidaron muchas veces las palabras
sabias de Jesús, que siempre receló del poder: “ Sabéis que los que figuran
como jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y que sus magnates las
oprimen. No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser grande entre
vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre
vosotros, que sea esclavo de todos” (Mc 10,43-44).

Pues bien, sin dejar de reconocer la legitimidad del proceso histórico por
el que se constituyó la Iglesia, actualmente hay acuerdo entre los exegetas más
rigurosos en el hecho de que las palabras que comentamos en ningún caso las
habría pronunciado Jesús. Se trataría de una reflexión de la propia comunidad
de Mateo, ya evolucionada, que el autor pondría en boca del Maestro para
dotarlas de mayor autoridad.
De hecho, resultaba ya significativo el dato de que es únicamente Mateo
el que trae esas afirmaciones. En los textos paralelos de Marcos (más original, y
al que el propio Mateo sigue) y de Lucas, encontramos la misma doble
pregunta de Jesús a sus discípulos (“¿Quién dice la gente que es el Hijo del
hombre?”; “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”). Pero acaban ahí (Mc 8,27-
30; Lc 9,18-21): en ellos no aparece el añadido específico de Mateo. Nos
hallamos, por tanto, ante una lectura de la comunidad mateana, pero no ante
una palabra del Jesús histórico.
Tal modo de escribir no era extraño en la antigüedad: aquello que un
grupo determinado consideraba importante podía ser atribuido directamente a
algún personaje famoso –en este caso, al propio Maestro-, para dotarlo de
mayor autoridad.
Al comprenderlo, relativizamos sanamente toda aquella doctrina cuasi
fundamentalista que se fue construyendo sobre la Iglesia y el papado, y
recuperamos la sencillez del evangelio, a cuya luz también la propia Iglesia
habrá de ir renovándose.
Lo que parece claro es que el de Jesús no fue un mensaje propiamente
“religioso”, ni tampoco fundó una iglesia específica. El suyo fue un proyecto
espiritual (profundamente humano), con el que puede “conectar” cualquier
persona.
Si el mensaje espiritual –caracterizado por su inclusividad, como un
abrazo universal que no se encierra en ningún gueto- es lo prioritario, la Iglesia,
el papado y la religión únicamente tienen sentido en tanto en cuanto se viven
en función de aquel: al servicio de la persona y de la espiritualidad abierta.

www.enriquemartinezlozano.com

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