Corazón de Reyes

Fernando Carrasco
© Herederos de Fernando Carrasco 2017

Reservados todos los derechos. «No está permitida la reproduc-
ción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni
la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea me-
cánico, electrónico, por fotocopia, por registro u otros métodos,
en el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.»

Edición al cuidado de: Rosa García Perea
NOTA DEL EDITOR

Fernando era un escritor meticuloso y disciplinado. Poco
amigo de buscar el aplauso fácil por lo que no acostum-
braba a enseñar sus obras a no ser que estuvieran acaba-
das. Con la hermosa excepción de su esposa, Libia, que
siempre fue el remo firme para él, mirada dulce pero
crítica. Por eso cuando nos hizo llegar a Esperanza y a
mí (con esa humildad suya tan de verdad) estas primeras
páginas de «Corazón de Reyes» nos sentimos tremenda-
mente privilegiadas.
Reconozco que las leí atropelladamente, como leemos
por desgracia los editores, con el hambre de buscar la
obra, el pellizco, lo único... y lo encontré, vaya si lo encon-
tré... Aunque mis ojos estaban acostumbrados a la maes-
tría de Fernando, esta novela tenía algo especial. Algo que
le había movido a enseñarla a sus editoras cuando toda-
vía era un inicio, aunque estoy convencida de que en su
cabeza ya era una realidad completa.
Muchas conversaciones produjeron estas páginas.
Aunque a Fernando no se le podía poner fecha porque
en esa profesionalidad que le caracterizaba tanto como
periodista como escritor, siempre existía un tiempo de
documentación y preparación. De «El hombre que escul-
pió a Dios» hasta «INRI» pasaron cinco larguísimos años.
Pero siempre merecía la pena la espera. Siempre.
Ahora, que se ha marchado a escribir a otro sitio, se nos
quedaron estas páginas huérfanas de lectores. Hoy que
Fernando está más presente que nunca en el panorama

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literario con ese rotundo éxito de la reedición de su obra
con la editorial Almuzara, nos preguntábamos si era justo
dejar en un cajón guardados estos primeros capítulos de
«Corazón de Reyes». La respuesta, tanto de Libia y como
mía ha sido unánime. No. No lo es. Por eso, su familia (fiel
reflejo de la generosidad de Fernando) ha querido com-
partir desinteresadamente estas páginas con todos. Y aquí
están, tal como Fernando las dejó, sin corregir, señalando
en negrita lo que posteriormente él revisaría una y otra vez
hasta que quedara perfecto. Hemos querido que fuera así,
porque es otra forma de mostrarles al autor, su obra y su
meticulosidad, que no es ni más ni menos que el resultado
del gran respeto que le tenía a sus lectores.
«Corazón de Reyes» hubiera sido un gran éxito. Estoy
más que convencida, porque el olfato de editora no me
engaña. Hubiéramos disfrutado mucho editándola, pen-
sando en la portada, organizando la presentación, las fir-
mas, las Ferias del Libro, las innumerables charlas y todo
ese camino que ya habíamos recorrido con «El último
Imán de Ishbiliya», «El hombre que esculpió a Dios» y con
«INRI»... No ha podido ser. Pero cumplimos la parte más
importante de ese camino, que esté en las manos de sus
lectores.

Rosa García Perea

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I

Alcázar de Sevilla,
Madrugada del 29 de mayo de 1252

La convulsión hizo que todo el cuerpo, de manera vio-
lenta, se arquease. No había amanecido todavía y tan
sólo una pequeña lámpara de aceite, que comenzaba a
debilitarse por el paso de las horas, iluminaba la estancia,
decorada con una sencillez impropia de la persona y del
lugar. Por uno de los grandes ventanales entraba la luz
de la luna, llena, posibilitando que parte de la habitación
no estuviese tan a oscuras. El frescor provocado por los
árboles y plantas del inmenso jardín producía una sensa-
ción de placidez extraordinaria. El aroma embriagaba los
sentidos, máxime en aquellas calendas, cuando el calor
comenzaba a hacer estragos y las noches, largas, se veían
envueltas en el sofoco por el aire cálido y asfixiante que,
de manera imperturbable, hostigaba una y otra vez y se
hacía compañero inseparable no más despuntaba el sol
por encima de las almenas de los torreones de la magní-
fica fortificación.
Otra nueva sacudida, mucho mayor, puso sobre aviso
al fraile, que dormitaba en un mullido sillón. Apoyada la
mano derecha en la mejilla, trataba de pasar las horas en
un duermevela no exento de vigilancia. Pero el cansancio
podía y a pesar de estar pendiente de todo cuanto pudiese
acontecer, sucumbía finalmente.
No le importaba estar allí de manera perenne. Es
más, se quedaba con satisfacción, la que produce estar

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al cuidado del más grande señor que los Reinos habían
dado: hombre justo, ecuánime; persona equilibrada que
pudo con el invasor y que, enarbolando la bandera del
Cristianismo y teniendo como norte y guía a la Santísima
Trinidad, no cejó en su empeño de devolver a Castilla
toda su grandeza.
En realidad suponía, en esas horas inciertas, una
recompensa al alcance de muy pocos, máxime para él.
«Debo estar alerta. Su salud flaquea; su ánimo decae y
no puedo consentir, no puedo, que acabe de esta manera
quien tanta gloria nos ha dado. Es mi deber; la vida debe
irme en ello después de todo el mal que hice. Sólo así
podré morir en paz. Es la deuda que tengo que pagar y
que gracias al Supremo, podré saldar ahora».
En cuanto oía el más mínimo quejido, un cambio de
respiración o un movimiento en la cama, se levantaba
presto de su asiento para asistirle. No era muy alto, y a
pesar de no llegar a los treinta, su rostro aparecía enve-
jecido, demacrado por el paso del tiempo, algo que se
acentuaba más debido a una alopecia que le confería
un más claro aspecto de religioso que, en cierta medida,
él no trataba de ocultar. El hábito estaba desgastado y
raído por la parte baja, que arrastraba la mayoría de las
veces por el suelo, y el cordón que se ajustaba a la cin-
tura mostraba la suciedad del duro trabajo diario. No en
vano, antes de ocuparse del Rey, recorría toda la ciudad
antes de que amaneciese. Y no por placer, esto es, por
dar paseos como hacían sus hermanos de hábito muchas
veces. Lo hacía para redimir almas en unas calles en las
que el pecado se había instalado una vez el invasor pasó
a ser un vago recuerdo que iba olvidándose a medida que
se iba alzando, poco a poco, la Catedral más grande que
el Cristianismo habría de admirar.
Pero aquella extraordinaria obra trajo el pecado a la
ciudad. Vacía cuando entraron, como si el diablo hubiese
pasado por allí, quedó consternado la primera vez que
contempló el paisaje. Como si una pandemia hubiese
arrasado a las miles de almas que, meses antes de aquel
día, pululaban por sus callejuelas intentando conservar lo

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poco o casi nada que tenían de patrimonio: enseres que,
en la mayoría de las ocasiones no servirían después de
abandonada la plaza.
Él ya entró como fraile. Lo hizo de los últimos, para no
destacar en demasía. Antes fueron las órdenes militares
y religiosas enarbolando sus pendones, sus blasones y sus
armas; los caballeros montando poderosos caballos que
harían estremecer en la batalla al más osado guerrero.
Y también lo hicieron las mesnadas del Rey, sus súbditos
leales que le acompañaron en todo momento y nunca des-
fallecieron en el fragor de tantas y tantas batallas.
Un extraordinario ejército que había subyugado al
invasor, aunque éste hubiese nacido precisamente allí.
Pero al fin y al cabo, aquélla era ciudad cristiana. Siempre
lo había sido y no podía dejar de serlo por más tiempo.
Lo sabía el Rey, que entró triunfante a sabiendas que se
iba a encontrar con una ciudad en silencio, vacía de todo.
Ni siquiera perros o gatos pudieron verse en los primeros
momentos. Un aspecto desolador que contrastaba con la
algarabía de aquel tropel inmenso que tomaba posesión
de Sevilla y con ello, asestaba uno de los más duros golpes
al Islam.
Ahora, en cambio, se encontraba a los pies del Rey, de
uno de los reyes más admirados. Cuidaba de él y en la
habitación tan sólo permanecían ambos. Cualquier ruido
o movimiento del monarca hacía que acudiese raudo y
veloz. Era lo menos que podía hacer después de haberlo
deshonrado. Fueron otros tiempos, otras formas. El
pecado se instaló en él y trajo, también, la lujuria, el des-
enfreno y, finalmente, la traición. «¿Cómo pude, mi señor,
fallarte? Yo, que luché a tu lado, que blandí mi espada
para ensalzarte y defender con mi vida, si era preciso, la
tuya ¿Cómo fui capaz de darte la espalda, conspirar con-
tra ti e incluso desear tu muerte? Ahora, en cambio, aquí
me tienes, a tu lado, dispuesto a preservarte de todo mal y
a paliar tu sufrimiento. Con eso ya me doy por satisfecho
y lo único que espero es que el Dios Todopoderoso que
nos guía por el camino verdadero, se apiade de mi alma
cuando tenga que presentarme ante Él». Pensamientos

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que solían acudir a su mente cuando, derrumbado por
todo lo realizado durante el día, caía en el butacón en el
que pasaba todas las noches desde que el Rey empeoró y
tuvo que quedarse en cama. A pesar de ello, no cejaba en
su empeño de poner todo de su parte para que aquellos
sufrimientos fuesen más livianos para su señor.
Justo al lado del sillón, una gran vasija con agua y varios
trapos, estaba preparada para enjugar el rostro del hom-
bre enfermo, aliviarle el dolor, la fiebre; apaciguarle en
aquellos momentos. Dios lo había querido así, a pesar de
haberlo enaltecido durante toda su existencia. Mas ahora,
todavía joven y fuerte, su cuerpo se debilitaba a marchas
forzadas y su corazón, impávido en tantas y tantas bata-
llas y sensible pero justo y severo para con el vencido, se
negaba a latir con toda su fuerza y se iba apagando. Cada
vez más lento, cada vez más lejano.
Saltó del asiento con la sagacidad de una gacela. En
dos zancadas se apostó en el lateral derecho del tálamo.
Comprobó que sudaba, que se movía de manera convulsa
y que agitaba brazos y piernas de forma inconexa. Le aga-
rró del brazo izquierdo, sujetándolo con fuerza. Tenía
mucha fiebre. La calentura de la piel así lo delataba. Puso
la mano en su frente y la apartó con rapidez, consternado
por la temperatura tan alta que desprendía.
Se volvió como un resorte y se dirigió hacia donde
estaba la vasija. La noche entraba con toda su intensidad
por los ventanales de la habitación. El rumor del agua de
las fuentes apaciguaba todo; un ruido cansino pero pla-
centero que desprendía tranquilidad, la que ahora le fal-
taba a su señor, que seguía agitando su cuerpo de un lado
a otro.
Cogió dos de los paños y se los echó al hombro dere-
cho. Luego tomó con cuidado el gran cuenco. El agua
fluctuó de derecha a izquierda como si se estuviese pro-
duciendo un oleaje. Llegó nuevamente hasta la altura de
la cama y depositó en el suelo la vasija. De manera rápida,
deshizo los lazos que, a la altura del pecho, cerraban la
camisola blanca, ya empapada de un sudor que comen-
zaba a enfriarse. Mojó uno de los trapos en el agua y lo

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aplicó, con delicadeza, en la frente de aquel hombre. La
frialdad del líquido elemento se tornó, en cuestión de
segundos, en calor. El agua fresca recalentada nada más
entrar en contacto con el cuerpo febril. Volvió a mojar el
paño y repitió la misma operación. Pareció, esta vez sí, cal-
marse algo. Pero de nuevo el agua se volvía tibia. Apartó el
trapo y tomó el otro. Dejó que se empapase más tiempo.
En esta ocasión lo puso contra el pecho. El contacto del
agua hizo que diese un respingo. Apretó un poco más. Se
dio cuenta de que los labios aparecían secos, agrietados.
Cogió una copa que se encontraba en una mesita justo
al lado de la cama y vertió en ella el agua de un jarro
de cerámica. Dejando el trapo en el pecho, introdujo su
mano derecha entre la cabeza, a la altura de la nuca, y
el almohadón, levantándola suavemente. Luego, acercó la
copa a la comisura de los labios y dejó caer, de manera
lenta, un poco de agua. Al entrar en la garganta, hizo
que tosiese, expulsándola violentamente. Este gesto vino
acompañado de otra convulsión, que propició en la copa
se derramase por el cuerpo.
El fraile se apresuró a coger otro paño para limpiarlo.
En verdad, le venía bien que el agua se hubiese despa-
rramado. Pero ahora no sabía qué hacer, cómo actuar.
Fallaba la aplicación de agua para contener la fiebre y todo
hacía indicar que el enfermo se encontraba peor. Volvió
la cabeza, sin dejar de sujetar la del hombre, y echó una
visual por toda la estancia. Buscaba algo que no encon-
traba. De pronto, se fijó en uno de los aparadores. Allí
estaba. Era una pequeña bacinilla de metal, apropiada
para lo que quería. Depositó con sumo cuidado la cabeza
en el almohadón y fue a buscarla. Luego, repitió la manio-
bra de incorporarle la cabeza y situó justo debajo de su
boca el objeto metálico. Al cabo de unos segundos, la tos
volvió a aparecer y, tal y como había previsto, el hombre
vomitó. De nuevo la arcada se dejó sentir por toda la estan-
cia, rompiendo el silencio de la noche. Pero allí estaban
los dos solos, en la inmensidad de aquel momento, sin que
nadie pudiese atisbar algo.

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Cuando comprobó que no expulsaría nada más, retiró
la bacinilla, apartándola para que el mal olor no provo-
case una nueva vomitera. Acto seguido, de nuevo aplicó
uno de los paños mojados sobre la frente y lo pasó tam-
bién por los labios. La expresión del rostro denotó que se
encontraba más aliviado si bien la fiebre no había bajado.
Fue entonces cuando, de manera lenta, comenzó a
entreabrir los ojos. El fraile dobló la almohada de manera
que quedase a modo de respaldo. Asió al enfermo por las
axilas y lo incorporó un poco más, quedando parte de la
espalda en el improvisado reposadero.
El hombre se había dejado hacer durante todo ese
tiempo que le pareció eterno, como eterno también se le
hizo al religioso. Éste se quedó mirando a quien yacía en
la cama. Aparecía ahora más tranquilo, más sereno. Alzó
la mano derecha muy despacio, como si quisiese hacer un
gesto. Luego, la bajó enseguida y volvió a entreabrir los
ojos hasta que, por fin, de sus labios salió la voz, una débil
y apagada voz.
—¿Quiénes sois?
El fraile no contestó enseguida. Pensó qué debía decir
a quien se encontraba a su cargo pero que no parecía
conocerle a pesar de estar allí todas las noches. En todo
caso, mejor así. Calibró sus palabras y, por fin, respondió.
—Mi señor, soy vuestro siervo, quien os cuida para que
no desfallezcáis.
—¿Y mi hijo? ¿Dónde está mi hijo? ¿Y mi esposa? ¿Acaso
no saben nada de mí?
—Volvió a responder de manera pausada.
—Están en sus aposentos, mi Rey. Descansan a estas
horas como vos debéis hacerlo. No os conviene sofocaros.
En cuanto amanezca diré que los llamen ante vuestra pre-
sencia, si es que eso es lo que deseáis.
—¿Por qué estoy solo contigo?
—No estáis solo. Vuestra familia descansa detrás de
esas puertas, en otros aposentos del edificio. Vuestra
guardia vigila constantemente y la única forma de que
podáis estar tranquilo es así, sin nadie que os moleste. El
estado en el que os encontráis así lo demanda. Descansad,

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mi señor. Pronto amanecerá y será otro día. Aprovechad
que todavía no hace mucho calor. Por cómo está trans-
curriendo la noche, mañana el sol volverá a castigar en
cuanto se haga presente.
Tras un tiempo sin decir nada, el enfermo volvió a
hablar.
—Quiero que venga mi hijo Alfonso, necesito hablar
con él ahora mismo. Hacedle venir, os lo ruego. Me muero
y no quiero hacerlo solo.
Aquellas palabras hicieron que un escalofrío recorriese
cada rincón del cuerpo del fraile. Intentó aliviar el dolor
del moribundo colocando otro paño mojado en la frente.
Volvió a verter algo de agua en la copa y se la ofreció con
cuidado para que no se derramase otra vez.
El hombre, esta vez sí, bebió más tranquilo. Tragó el
líquido elemento y pareció apaciguarse más. Él mismo, de
manera pausada, se echó la mano a la frente para tocar
el paño. Estaba caliente. Lo apartó y lo dejó caer en uno
de los lados de la cama, el más apartado de su enfermero.
Entreabrió la boca y apareció la punta de su lengua, que
paseó por los labios, sin duda para humedecerlos.
—Me muero y no quiero estar solo —repitió una vez
más—. Hacedme el favor de llamar a los míos. Os lo
ruego. Tened caridad de un pobre hombre como yo.
—Mi Rey —acertó a contestar de manera embarullada
el religioso—, no me asustéis. Todavía quedan muchos
días de gloria para vosotros, para vuestro pueblo y para
el Reino. El Dios Todopoderoso que siempre ha guiado
vuestras acciones os tiene preparados más momentos en
los que podáis seguir ensalzándolo. No conozco a nadie
que, como vos, haya hecho tanto por la Cristiandad.
Las miradas de ambos coincidieron. Se dio cuenta el
fraile que, en verdad, aquel hombre se encontraba en las
postrimerías de su vida. Suplicaba un último favor: estar
con los suyos, quizá despedirse de ellos. ¿Cómo era aque-
llo posible? ¿Acaso Dios lo iba a abandonar así, de esa
manera? ¿No merecía, por todo lo realizado en su nom-
bre, tener otra muerte? «La grandeza de los hombres

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reside en su sencillez, y vive Dios que éste es grande entre
los grandes».
—Os lo vuelvo a suplicar. Me encuentro algo más lúcido
y quiero hablar con ellos. Sólo así podré descansar en paz
y reunirme con el Altísimo. Os lo ruego...
Se apartó de la cama y soltó la copa con la que momen-
tos antes le había dado de beber. Retiró también el paño
que tenía en la frente y acomodó al hombre para que se
sintiese más a gusto. De nuevo sus miradas volvieron a
coincidir y comprendió que lo que le pedía era urgente y
que no podía esperar más.
—Mi Rey, soy vuestro siervo. Un siervo más que no
merece el honor de serviros en estas estancias. No debéis
preocuparos. Ahora mismo mando llamar a la Reina y a
vuestro hijo Alfonso. ¿Necesitáis algo más?
—Por favor, que acudan ante mi presencia...
Se dirigió hacia la puerta de la alcoba, situada frente
al gran ventanal. Justo antes de abrirla, se dio la vuelta y
pudo contemplar el jardín. La tonalidad del cielo comen-
zaba a cambiar. Pronto sería de día. Ahora, en aquel
momento, las estrellas parecían refulgir más, clavándose
en sus pupilas, ofreciendo todo el esplendor de la madru-
gada sevillana. Algún pájaro comenzó a piar. Estaba a
punto de comenzar un nuevo día en la ciudad. Quién
sabe si el último para su Rey.
El ruido del cerrojo hizo que, detrás de la hoja de
madera finamente labrada con elementos vegetales, se
oyese algo. Era uno de los guardias que custodiaban la
estancia. Cuando abrió por completo la puerta, el fraile
se encontró frente al soldado que, en posición de alerta,
esperaba a que el hombre le hablase.
—Guardia —dijo con voz temblorosa—, id y avisad a
la Reina y a su hijo don Alfonso. Y también al obispo don
Remondo. Por favor, rápido.
El soldado dio la media vuelta y comenzó a andar, de
manera ligera, por el largo pasillo que, a diferencia de
la habitación que vigilaba, vestía grandes tapices por sus
paredes que colgaban prácticamente del techo hasta el
suelo. El artesonado era de una singular belleza y la pie-

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dra de las columnas, portentosamente rematadas por
capiteles, confería a aquel lugar la solemnidad que debía
tener un edificio de aquellas características. El propio Rey
se asombró cuando entró por vez primera en él y com-
prendió la grandeza de la arquitectura musulmana. Es
por ello que la fortificación lucía sus mejores galas desde
que la ciudad fue reconquistada. Quiso que aquello per-
maneciese así, que fuese al fin y al cabo un legado para el
pueblo, para la ciudad, para los Reinos cristianos.
Los pasos del soldado fueron alejándose mientras el
fraile, que se había atusado el cabello de las partes late-
rales de la cabeza —sin duda intentando representar un
aspecto algo más decoroso y decente para cuando llega-
sen la Reina y su hijo—, entrelazó los dedos de las manos
y, de manera inconsciente, comenzó a jugar con ellos,
denotando nerviosismo por la situación.
Se volvió un momento hacia la puerta de los aposentos
del Rey y miró al lugar donde se encontraba la cama. Lo
vio allí, con los ojos cerrados, dormitando quizá o a lo
peor habiéndose dado por vencido. «No sois vos persona
que se deje amedrentar. Un hombre de vuestra firmeza y
creencias no puede terminar así su paso por este mundo.
Sé que vais a luchar, como lo hicisteis contra el invasor.
Nunca disteis un paso atrás, jamás un no por repuesta a
los vuestros ni un solo síntoma de abatimiento. ¿Y ahora
queréis rendiros? ¡Luchad, mi Señor! ¡Luchad con todas
vuestras fuerzas para seguir glorificando a Dios y a su
Madre la Virgen! ¡No podéis abandonaros a la suerte!
¡Sois vos quien ha sido capaz de unir de nuevo a todos
los cristianos de los reinos españoles! ¡Vuestra espada
doblegó a los más fuertes, a los más insumisos y herejes!
¡Y no tembló ante amenazas ni conspiraciones! ¡Resistid,
mi Rey, resistid!».
Unas voces al final del largo pasillo le sacaron de su
ensimismamiento. Entrecerró la puerta y pudo vislum-
brar, acercándose de forma presurosa, a doña Juana
de Ponthieu, don Alfonso y al obispo de Segovia, don
Remondo, confesor del Rey. Tras ellos el soldado que
hacía guardia avanzaba junto con el capitán del puesto de

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mando de aquella noche, además de otros cuatro o cinco
soldados.
Llegaron a la puerta de la habitación con evidentes sín-
tomas de preocupación. El fraile hizo una reverencia a
todo el grupo, bajando la cabeza. Se adelantó el obispo,
que extendió su mano derecha para que el religioso besase
su anillo. Fue don Alfonso quien habló primero.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué nos habéis hecho llamar?
Con las manos entrelazadas de nuevo y mirando hacia
el suelo, sin levantar la cabeza, el fraile respondió con voz
tímida, trastabillándose al responder.
—Mi Señor, mi... mi Señor. El Rey os ha mandado
venir. Quiere veros.
—¿Está peor? —inquirió con rapidez la Reina.
—Tiene fiebre, mi señora. Ha estado convulsionando
pero ahora se encuentra mejor. En un momento de luci-
dez me ha rogado que os avisase. Quiere hablaros.
Fue el obispo quien, de nuevo, se adelantó y tomó el
mando de la situación.
—Abrid paso, fraile —le dijo mientras hacía un ade-
mán de apartarlo de la puerta para pasar a la alcoba.
—Perdonad mi insolencia, pero don Fernando ha
pedido que entren su esposa y su hijo.
Don Remondo se paró en seco y, contrariado, volvió la
vista hacia la Reina, que asintió con la cabeza.
—Esperad aquí, os lo ruego, don Remondo. Hagamos
la voluntad del Rey.
Acto seguido, la mujer avanzó hasta la puerta de
entrada, seguida por su hijo. Fue el religioso quien les
franqueó el paso, abriendo totalmente una de las hojas.
Doña Juana de Ponthieu era una mujer esbelta, bella de
rostro y de una finura en sus rasgos que llamaba la aten-
ción a cuantos la veían por vez primera. El cabello, largo y
extendido por regla general, aparecía en aquellos momen-
tos recogido en una especie de moño justo encima de la
nuca. Casada en segundas nupcias con don Fernando,
supo asumir el papel que se le había encomendado.
Se echó las manos a la boca cuando vio a su esposo pos-
trado en la cama, con los ojos cerrados, como si hubiese

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acontecido el fatal desenlace. No pudo reprimir su angus-
tia y dejó escapar un pequeño gemido de dolor. Don
Alfonso, en cambio, permaneció impertérrito; callado,
clavó fijamente sus ojos en el rostro del padre y escrutó
cada palmo del mismo. A diferencia de la Reina, lo veía
sereno, descansando de, sin lugar a dudas, una noche muy
mala. Pero en ningún momento se le pasó por la cabeza
que estuviese ya muerto.
Era el hijo que más consejos había dado al Rey durante
los años de batallas y enfrentamientos con los musulma-
nes. Jugó un papel fundamental en la reconquista de
Sevilla y estaba llamado a heredar el trono de Fernando
III, algo que le producía cierta desazón, sobre todo por
no saber cómo iba a reaccionar cuando su padre fuese
llamado por el Altísimo. Hasta ahora habían convivido
codo con codo y los consejos del progenitor se le antoja-
ban fundamentales y decisivos para seguir hacia adelante.
¿Qué ocurriría cuando no fuese ya así? Interrogantes que
aparecían en su mente y que se clavaban como una daga
en sus pensamientos.
El ventanal de la habitación dejaba entrever que
comenzaba a amanecer. La estancia estaba fresca en aque-
llos primeros momentos del día. El cantar de los pájaros
era fuerte y el sonido del agua de las distintas fuentes se
podía distinguir con toda claridad. La lámpara de aceite
se había apagado por completo pero, a pesar de ello,
podía verse la alcoba. No obstante, el fraile se apresuró a
encender, de nuevo, la lámpara para que hubiese más luz.
Nadie se movió. Fue el cuidador del Rey quien, de manera
parsimoniosa, como sin querer perturbar el momento de
placidez en el que parecía estar sumido don Fernando, se
acercó hasta la cama, mientras que su esposa e hijo per-
manecían a los pies de ella.
Acercó su rostro hasta el del monarca y, susurrándole
al oído, le habló.
—Mi Señor, sus deseos son órdenes para mí. Ante
vuestra presencia se encuentran su esposa y su hijo don
Alfonso.

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Fue entonces cuando el Rey abrió, de forma lenta, los
ojos. No del todo pero sí lo suficiente como para distin-
guir, justo enfrente suya, a dos personas. Fijó algo más la
vista y, de pronto, sus labios esbozaron una tímida son-
risa. Acto seguido levantó, también parsimoniosamente,
el brazo derecho, alzando la mano en señal de saludo.
—Acercaos, os lo ruego —dijo con voz extenuada por
la fiebre—. Acercaos junto a mí, quiero veros mejor.
Tanto la Reina como Alfonso no reaccionaron de inme-
diato. Fue el hijo quien, finalmente, se adelantó y se puso
en el lado izquierdo de la cama. Miró a su padre y cogió
su mano suavemente.
—Mi Señor... padre, ¿cómo os encontráis?
El monarca entrecerró los ojos por un instante y, ense-
guida, volvió a abrirlos.
—¿Tenéis todo bajo control? —preguntó.
—¿Qué queréis decir con eso?
Le costaba trabajo mantener una conversación. Las
palabras salían de sus labios de forma apagada, lejanas.
—¿Dónde está la Reina?
—Aquí, mi Señor. A vuestro lado. ¿Qué podemos hacer
por vos?
De nuevo el silencio se hizo en la estancia. El obispo
don Remondo, a la altura de la puerta sin haber cruzado
su dintel tal y como le dijo la Reina, hizo un gesto al
fraile para que se retirase y dejase sitio a doña Juana de
Ponthieu. Éste lo comprendió al momento. La Reina se
puso en el lado opuesto de Alfonso y con su mano dere-
cha tocó la frente del moribundo.
—Juana, mi amada esposa. Estáis tan espléndida como
siempre. Siento defraudaros y que en esta postrera hora
no esté a la altura que corresponde a tan alta dama.
—No digáis esas cosas, mi Señor. Os conviene descan-
sar. Es menester que durmáis para así, dentro de unas
horas, sentiros mucho mejor.
—No puedo. Se acerca el final y quiero estar en paz
con Dios, con vosotros y con el Reino.
Aquellas palabras resonaron en toda la habitación.
Alfonso apretó con fuerza la mano del padre y cerró los

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labios. En verdad aquel hombre se encontraba a punto de
reunirse con el Todopoderoso. No pudo evitar un senti-
miento de rabia y a la par de tristeza. Sabía que llegaba el
final para uno de los más grandes hombres, valedor siem-
pre del Cristianismo y látigo severo e implacable contra el
invasor.
De nuevo volvió a hablar el Rey.
—Hijo mío, quiero que seas quien siga adelante con
mis sueños.
—Claro que sí, padre. Pero aún os queda mucho
tiempo a vosotros para enarbolar el pendón y la espada
que tanto bien han hecho a lo largo de los años en tantas
y tantas batallas por poner a Dios en su sitio y devolver a
los reinos sus ciudades.
Sonrió tenuemente el monarca.
—Te agradezco tus palabras de ánimo pero, ya ves, hijo,
aquí estoy sólo a la espera de que Dios de llame. Mi tarea
ha concluido en este mundo. Sólo espero que se apiade
de mi alma y que comprenda que todo lo que hice fue en
su nombre y para mayor gloria suya. Ahora —hizo una
pausa a la par que miraba al resto de las personas que se
encontraban en la estancia—, quiero que me dejéis a solas
con don Alfonso. He de hablar con él.
Nadie respondió. Pasados unos segundos, aquel grupo
comenzó a andar de espaldas buscando la puerta de la
alcoba. Doña Juana de Ponthieu le pasó la mano por el
contorno de la frente y luego, lentamente, la retiró. El
obispo esperó a que ella pasase, lo mismo que el fraile y el
capitán de la guardia.
Cuando tan sólo quedaron en la estancia padre e hijo,
el Rey volvió a hablar.
—Alfonso, ¿Y la Virgen?
—¿A qué Virgen os referís, mi Señor?
—A la mía. A mi Virgen. ¿Dónde ésta?
—Donde siempre. En el mismo sitio que cuando entras-
teis con
Ella en Sevilla. No se ha movido y, gracias al Dios
Todopoderoso, es venerada por súbditos, caballeros y
religiosos.

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—¿Y Axafat? ¿Dónde está Axafat?
—Tranquilo, padre, todo está bien. No hay por qué
temer. Estáis a salvo, en vuestra fortaleza. Nada ni nadie
os puede hacer daño. A vuestra mente acuden imágenes
de otros tiempos. No debéis preocuparos. A quien bus-
cáis no se encuentra aquí y fue él, por su propia voluntad,
quien decidió abandonar la ciudad una vez comprobó que
nada podía hacer ante vuestra incontestable grandeza por
devolver a Castilla lo que es de ella.
Cerró pausadamente los ojos y respiró de forma pro-
funda antes de volver a dirigirse a su hijo.
—No quiero que nadie pueda llevarse a la Virgen ¿Lo
entiendes? Tiene que permanecer aquí. Si por ventura
Axafat vuelve, tienes que hacerle frente. Sé que serás
capaz.
—Claro que sí, padre. Pero no va a volver. Está en
África y nadie sabe de su paradero exacto. Cruzar el mar
le sería poco menos que imposible sin ejército ni nadie
que le financie y, sobre todo, habiendo claudicado y tirado
por los suelos su reputación. Es ya un vago sueño, mi Rey.
Descasad y reponed fuerzas. Os queda mucha batalla que
presentar al invasor que, con tan sólo escuchar vuestro
nombre y vuestra estirpe, retrocede. Y eso sólo lo consi-
gue alguien magnánimo y que tiene al Altísimo a su lado,
velando por él y obrando el milagro de cada victoria.
Justas han sido todas, y nada ni nadie os puede reprochar
vuestras campañas. Es imposible que Axafat regrese a la
ciudad que le vio marcharse contrito y deshonrado pero
habiendo salvado su vida. Tranquilizaos, os lo ruego.
—Ahora quiero me prometas, por tu honor, una cosa.
—Sus deseos son órdenes, mi Señor.
—Júrame ante Dios que nunca, nunca, consentirás que
la Virgen abandone Sevilla. Tiene que permanecer aquí
siempre, siempre.
—Claro que sí, padre. Pero eso no hace falta jurarlo.
Entonces fue el Rey quien apretó la mano con fuerza a
su hijo y haciendo un ademán de incorporarse del lecho,
le miró a los ojos fijamente.
—¡Júramelo, Alfonso!

18
II

Afueras de Sevilla,
Verano de 1247

Despertó sobresaltado. El sudor le recorría la frente y caía
hasta el mentón, a la par que el corazón golpeaba con
enorme virulencia su pecho. Se echó mano a la zona e
intentó, por medio de pequeños masajes, que bajasen la
intensidad y la frecuencia de los latidos. Quedó sentado
en el camastro, esperando recuperar la serenidad. Se sen-
tía aturdido por el despertar repentino. Todavía no había
amanecido y se preguntó qué hora sería y si sus hombres,
aquella inmensa soldadesca que pudo reunir a lo largo de
tantos años de batalla por toda la península, estarían ya
preparándose para marchar sobre la ciudad.
Se puso las manos sobre la cara esperando borrar
aquella visión que, desgraciadamente, se le aparecía con
demasiada asiduidad. No podía evitarlo aun a sabiendas
de que sólo era un sueño, un mal sueño que tenía insta-
lado en su mente pero que, de forma periódica, volvía a
hacerse presente.
Bajó de la cama. La camisola que llevaba puesta estaba
empapada de sudor. La humedad, por la cercanía del río,
estaba instalada en la tienda y se mezclaba con el frío que
hacía en aquella época del año. Buscó por la estancia y,
sobre un arcón finamente labrado, encontró su batín. Se lo
puso con rapidez. Acto seguido, más entonado el cuerpo,
cogió una de las teas que iluminaban el espacio y se diri-
gió hacia la entrada. Con la mano derecha descorrió la

19
cortina que hacía de puerta. Al momento, un soldado que
se encontraba justo en ese lugar se giró, sorprendido y sin
decir nada, en espera de que fuese él quien hablase.
—¿No ha amanecido todavía? —preguntó.
—No, mi señor. Quedan al menos tres horas para que
se vislumbre el sol.
El hombre oteó el horizonte. Recorrió de derecha a
izquierda la inmensa explanada que se le ofrecía a la vista.
Cientos de hogueras se distribuían de manera irregular
por todo aquel terreno. Fijó mucho más la vista y comenzó
a distinguir las tiendas de campaña, a los hombres que se
arremolinaban en torno al fuego y a los que iban de un
lado para otro acarreando material, preparando la mar-
cha que poco después tendría lugar.
El relinchar de los caballos, nerviosos sin duda alguna
al presentir lo que se avecinaba, rompía el silencio de la
madrugada. También comenzaban a escucharse voces de
los soldados, apagadas por el ruido metálico que hacían
las armas al ser depositadas en carros, en el suelo o incluso
siendo afiladas por los herreros.
Se asomó un poco más y, dirigiendo su mirada hacia la
izquierda, intentó escudriñar el horizonte. A lo lejos, toda-
vía muy difuminadas y cuasi camufladas por la bruma que
salía del río y comenzaba a instalarse en el aire, pudo ver
las murallas de la ciudad. Diminutas lucecitas la jalona-
ban, recorriéndolas de un lado a otro. «Están alerta, vigi-
lando. Y eso que saben que estamos preparándonos para
atacar. Pero no pueden evitarlo». Contempló la silueta
de la extraordinaria torre alminar de la mezquita aljama
de la ciudad. Le pareció mucho más esbelta y alta que
en otras ocasiones. A pesar de la oscuridad, la gran can-
tidad de fogatas que se presumían allende las murallas
parecían iluminar de manera increíble el minarete almo-
hade, que se levantaba desafiante a las tropas cristianas.
«Ahí siguen, altaneros, orgullosos. Están cediendo, pero
no ha sido como en otros lugares. Es plaza ésta funda-
mental para el Reino; sin ella todo lo anterior no habría
valido nada. El esfuerzo ha sido grande, muy grande. La
salud no es buena y, sin embargo, debo sacar fuerzas de

20
donde no me queden. Imposible flaquear o dar muestras
de debilidad. Nunca lo hice y no va a ser ahora. Bien sabe
Dios, y su Madre, que todo lo hago por la Cristiandad.
Pero muchas han sido las bajas en estos años de dura
lucha contra el invasor; muchas las pérdidas y ahora, a las
puertas de Sevilla, es cuando viene la recompensa para
Gloria del Señor, el único Dios Verdadero. ¿Qué pensará
en estos momentos él? ¿Será verdad que está dispuesto a
abandonar la ciudad, a irse de una plaza que es santo y
seña para los suyos? ¿Y si realmente no es así y se trata de
otra nueva estratagema? Imposible saberlo hasta que no
ocurra. Será lo que Dios quiera, pero por mi parte no va
a quedar. Si está escrito que sea aquí donde muera, así
será. Si no, seguiré adelante, no retrocederé ni un paso
y continuaré con la misión que me ha encomendado el
Sumo Hacedor».
Volvió de nuevo la vista hacia el soldado que, imperté-
rrito, no había movido ni un solo músculo de su cuerpo.
Erguido, en posición de firmes, aguantaba la presencia
del rey. Tan sólo pudo decir aquella frase en respuesta a
la pregunta del señor. Lo hizo en tono balbuceante, inti-
midado al ser requerido por quien servía. Era primera vez
que el rey se le dirigía. Ni en sus mejores sueños lo había
vivido. Aguantó el tipo como pudo, con la cabeza alta y la
mirada al frente, a la nada. De pronto, volvió a escuchar
la voz.
—Soldado, que avisen ahora mismo a mi lugarteniente.
El joven —no pasaría de los 16 años— recogió la lanza
e hizo ademán de marcharse para cumplir con la orden
encomendada cuando de nuevo la voz lo paró por com-
pleto en seco.
—Muchacho, ¿cuánto tiempo llevas a mis órdenes?
La pregunta le dejó helado. Al cabo de unos segundos
se atrevió a responder.
—Va para cuatro años, mi señor.
—¿De dónde eres?
—De un pueblecito de Ávila, mi señor.
El rey quedó a la espera de que continuase hablando.
—De Arenas de San Pedro.

21
—En el castillo del Señor de Luna estuve hace años. Y
Vive Dios que el conde es persona magnánima. ¿Cómo
llegasteis a mis huestes?
—Cuando mi Señor estuvo precisamente en Arenas,
supe que mi destino estaba al lado vuestro. No quería,
por nada del mundo, que se fuese de la villa y me quedase
herrando caballos, burros y mulas, que es lo que siempre
he hecho desde que tengo uso de razón. Me uní a vues-
tra tropa, cuyos mandos me aceptaron de buen agrado.
Desde entonces sigo los pasos que lleváis y ahora he tenido
la fortuna de poder custodiar vuestro descanso.
—Bien, muchacho, eso me gusta. Y, dime, ¿qué opi-
nión te merece lo que vas a vivir hoy?
—Disculpe mi Señor, pero no le entiendo...
—¿Estás dispuesto a morir si finalmente no firma la
capitulación Axafat?
El chavalín, de gran estatura a pesar de su corta edad,
tensó aún más su cuerpo antes de responder.
—Por mi Rey doy la vida en el momento en el que se
me pida.
No dijo más el monarca. Con un leve gesto de que fuese
a buscar a quien le había dicho, giró sobre sí mismo y vol-
vió a introducirse en la tienda. Se sentó en la silla de cam-
paña desde la que dirigía las operaciones. Cruzó las pier-
nas y miró a su alrededor. Llevaba quince meses de asedio
a Sevilla y ahora, por fin, entraría en sus calles triunfal.
Reconquistaba Sevilla, como había sido su anhelo.
Pero no estaba satisfecho del todo. La tarde anterior
aquella visita le había cambiado no sólo el humor, sino
también varias concepciones de lo que era aquella ardua
batalla. Por eso despertó sobresaltado momentos antes.
—¿Y quiénes decís que son?
—Se han presentado en la tienda del capitán, diciendo
que querían ver al Rey, que le traían lo que con tanta avi-
dez estaba buscando. El bulto es grande.
—¿Les conocéis?
—De nada, mi Señor.
—Bien, hacedles pasar.

22
Al cabo de un rato entró un muchacho. Delgado, con
el pelo rubio ensortijado, cayéndole varios mechones por
la frente, se postró ante el Rey Fernando III. Portaba, efec-
tivamente, un objeto que traía envuelto en una sábana.
Miró al chaval por espacio de unos segundos. Junto al Rey
estaban su lugarteniente, el almirante Bonifaz, que días
antes, al mando la flota castellana, pudo cortar el puente
de barcazas que unía las dos orillas de la ciudad, dejando
a los almohades sin suministros, y don Remondo, obispo
de Segovia. En la puerta, varios soldados hacían guardia.
Al muchacho le acompañaban otros dos. Tendrían la
misma edad que el primero y quedaron algo más rezagados.
Le sorprendió a Fernando que se pareciesen tanto: mismo
color de pelo, estatura e incluso en la fisonomía de la cara.
Reparó, en cuestión de segundos, en sus ojos: azules. No
parecían que fuesen lugareños y mucho menos que viviesen
dentro de las murallas que circundaban y protegían Sevilla.
Al fin, el Rey habló, dirigiéndose a quien portaba aquel
bulto.
—Dime qué es lo que traes a tu Señor tan importante
y que tienes que entregarme en mano.
—El joven barbilampiño, sin levantar la mirada del
suelo, respondió.
—Perdonad mi atrevimiento, pero... no puedo ense-
ñároslo delante de todas estas personas.
Un silencio inundó la estancia. Fernando III miró con
gesto de extrañeza a don Remondo y luego al almirante
Bonifaz. Nadie supo qué decir en ese momento. Al cabo
de un rato, el Rey levantó la mano.
—Está bien, salid de la tienda un momento.
—Pero mi Señor... —dijo Bonifaz.
—Tranquilos. No creo que haya venido hasta aquí para
acabar con mi vida. Es más, su expresión me inspira con-
fianza. Salid, os lo ruego.
Acatando los deseos del monarca, los tres hombres
abandonaron la tienda. Hicieron lo mismo los dos jóve-
nes que acompañaban al otro. Uno de los soldados corrió
la cortina. Quedaron entonces solos, en medio de la
estancia.

23
—Levantaos —le conminó al muchacho con un tono
mucho menos grave que anteriormente—. ¿Cómo te
llamas?
—Mi nombre no importa, mi Señor. Soy un humilde
siervo suyo nada más —respondió mientras recuperaba
la total verticalidad y quedaba a escasos dos metros del
monarca.
—¿Qué es, entonces, lo que me traes que tienes que
dármelo en mano y sin nadie por testigo?
Entonces depositó en el suelo, con sumo cuidado, el
bulto que aferraba desde el primer momento bajo el brazo
derecho. Parecía que le fuese la vida en ello. Tras compro-
bar que quedaba bien fijada al suelo, habló.
—La imagen con la que entraréis triunfante en Sevilla
y recorreréis sus calles para mayor gloria del Cristianismo.
—¿Cómo sabes tú qué es?
—La habéis buscado con denuedo, me consta. Y ante
vuestra presencia se han postrado los mejores escultores
para hacer realidad la talla con la que soñasteis una noche
pero que hasta ahora nadie ha sabido reflejar.
El Rey retrocedió dos pasos. Hablaba el muchacho con
una seguridad impropia de su edad. Se sorprendió de
que supiese lo que andaba buscando. En efecto, Fernando
III quería entrar en Sevilla con la imagen de la Virgen,
como símbolo del poder cristiano frente al invasor musul-
mán. La vio en sueños, se le apareció y le dijo que Ella
era la Reina de Reyes. Su rostro se le quedó incrustado
de manera indeleble en la mente. La describió a cuan-
tos escultores acudieron hasta su presencia. Pero nadie,
nadie supo plasmarla en la madera. Una tras otra fueron
desechadas las tallas presentadas. Ahora, en cambio, el
muchacho aseguraba que la imagen que se escondía tras
aquel trapo era la que había estado buscando sin éxito
alguno.
—Si es así lo que me dices —terció—, muéstramela
para que pueda comprobarlo.
Entonces alargó su mano derecha hasta la parte más
alta del bulto. Fue a tirar de la sábana cuando, de pronto,
se paró en seco.

24
—Antes de que la veáis, Señor, debéis prometerme
algo.
Volvió a quedar sorprendido de las palabras y las pre-
tensiones de aquel jovenzuelo.
—¿Qué debo prometeros?
—Que la salvaguardaréis de todo mal. Sólo así, por los
siglos de los siglos, Sevilla seguirá siendo cristiana y la Fe
en Jesucristo permanecerá inalterable...
—¿Por qué habría de ser otra cosa?
—Os ruego me hagáis caso. De Ella depende lo que os
acabo de contar. Es imprescindible que la Virgen no sólo
entre con vosotros en la ciudad sino que sea la que reine.
La Reina de todos los Reyes. Si no es así, con el paso de
los siglos la historia puede volverse en contra de Sevilla.
—Comprendo y admiro tu fe, pero no sé cómo puede
cambiarse la historia dentro de cientos de años. Los
musulmanes llevan ocho siglos en los Reinos, y ahora con-
cluye el cautiverio de este pueblo. A partir de ahora todo
cambiará. Somos nosotros los que estamos escribiendo la
Historia. Y no vamos a permitir que vuelva a repetirse lo
que han vivido estas gentes.
—Sea así, mi Señor. Pero os lo ruego, juradme que Ella
siempre estará en Sevilla, presidiendo el lugar más alto de
la más grande iglesia que haya en la ciudad. Sólo así la fe
pervivirá en Sevilla.
El Rey Fernando III estaba estupefacto. No entendía
tanta insistencia y le sorprendía la perseverancia y el énfa-
sis que ponía el chaval no sólo en sus palabras, sino en ese
juramento que quería, a toda costa, hiciese.
—Así sea.
Tras esa respuesta, el rubio muchacho extendió de
nuevo su mano derecha y, con sumo cuidado, fue desta-
pando a talla que ocultaba aquella especie de sábana. Lo
hizo de manera lenta, de abajo a arriba, dejando al descu-
bierto primero la pequeña peana que la sustentaba.
Mientras eso ocurría, los ojos del monarca se iban
agrandando. No daba crédito a lo que estaba viendo.
Parecía que se encontraba en el sueño que se le repetía
una y otra vez y que le angustiaba cada noche. Pensó que

25
de nuevo soñaba, que no era real aquel momento en el
que ese muchacho dejaba al descubierto la imagen que
él tenía en su mente y que nadie, hasta ahora, había sido
capaz de plasmar con la gubia.
Se frotó los ojos, como queriéndose convencer de que
era realidad lo que estaba viviendo en esos momentos. Y
así era. La tenía delante de él: tal y como la imaginó en
sus sueños. Una Virgen diminuta, preciosa, que irradiaba
amor en su expresión. Parecía sonreírle; hubiese jurado
que quería hablarle, decirle: «Soy Yo, la que tanto tiempo
anduviste buscando en tus sueños. Por mí, a través de
ti, Fernando, reinarán los Reyes. Tú eres quien debe lle-
varme a las puertas de Sevilla; tú eres quien debe prote-
germe para que, a su vez, Yo proteja a mis hijos».
En su regazo, un pequeño Niño Jesús también le
miraba. Tenía cara de juguetón y hubo un momento en
el que el Rey pensó que aquel Niño Dios se iba bajar de
las faldas de la Madre para ponerse a dar vueltas por la
tienda y corretear. Tenía una sonrisa especial, llena de
dulzura, al igual que Ella.
Allí estaban ambos. Y él, el más grande Rey de Castilla,
por fin hacía realidad su sueño. Era imposible que aquel
muchacho supiese cómo era la Virgen que vislumbró
en sus sueños y que él mismo había esculpido centíme-
tro a centímetro. No podía ser verdad que, de la noche
a la mañana lo que con tanto ahínco había buscado se le
presentase y lo tuviese delante de sus ojos. «¿Un milagro
quizá?» pensó Fernando III sin dejar de clavar su mirada
en la de la Virgen. «¿Puede que Ella misma sea quien se
haya presentado aquí a través de estos jóvenes? ¿Quiénes
son que conocen mis pensamientos? ¿Cómo saben que es
Ella la que tanto tiempo he tenido en mis sueños y nadie
ha sido capaz de ponerle rostro? ¿Estaré delirando? ¿Es
que el fragor de esta campaña me está haciendo perder
la razón?»
Seguía mirándole. Cada segundo que pasaba se mos-
traba más convencido de que se trata de un milagro que
la propia Virgen había obrado. Se adelantó dos pasos
de manera lenta, como no queriendo romper aquel

26
momento que estaba viviendo. Alargó su brazo derecho y,
tímidamente, acercó su mano hasta una de las mejillas de
la Virgen. Entonces, de nuevo, comprobó que le sonreía.
«Me habla. Me está diciendo algo con su mirada; me dice
que es Ella a quien tanto y durante tanto tiempo espe-
raba. Aquí estás, por fin, Madre del Sumo Hacedor. Soy tu
súbdito más fiel y leal. Sólo contigo, a tu lado, reconquis-
taré Sevilla para tu Hijo y para la Cristiandad. Has venido
Tú a buscarme cuando ya había perdido toda esperanza
de encontrarte. Has llegado hasta mi tienda, te has pre-
sentado y me dices que eres Tú, la Virgen María. Y traes
a tu Hijo en tus brazos, ofreciéndomelo para que los tres
seamos uno entrando en tu ciudad, Sevilla. ¿Cómo es
posible, Reina de Reyes, que sepas lo que tanto tiempo
ha pasado por mi mente? ¿Acaso estabas esperando a que
decidiese entrar por fin en Sevilla para hacerte presente?
¿Es una señal de tu Hijo? Dime algo, Madre mía. Dime
que es así. Dame sólo una prueba, por pequeña que sea,
y alzaré mi espada para que los miles de hombres que
se encuentran ahí fuera griten al unísono tu nombre
mientras llegamos a las murallas de la ciudad para entre-
gártela, para ponerla a tus pies. Sólo dímelo y marcharé
con todas mis fuerzas, con toda mi Fe junto a Ti. Tú eres
quien debe entrar triunfante en Sevilla; Tú eres quien
tiene que decirle a los invasores que estás en tu casa, que
tomas posesión de tu lugar. Sólo a Ti te pertenece, Reina
de los cristianos; Reina de Reyes. Reina del mundo».
Posó delicadamente sus dedos en el rostro de la imagen
y un escalofrío recorrió su cuerpo. Pareció como si una
fuerza interior irradiase de la Virgen. Entonces compren-
dió que era Ella, la Virgen. Y le decía que sí, que tenía
que entrar en Sevilla, devolver la ciudad a la Fe católica y
hacer llegar a los últimos confines de la Tierra la Palabra
de Dios.
Ahora estaba convencido de que así debía ser. Parecía
que sus dedos no quisieran dejar de acariciar tan ange-
lical rostro. Lo miró una y otra vez. Tenía frío. Mucho
frío. Como si de repente, en pleno verano, el invierno se
hubiese instalado en aquella húmeda vega a las puertas

27
de Sevilla. Una corta por la que se diseminaban miles de
hombres a la espera de una orden.
Y del frío, repentinamente, pasó al calor. «No es posi-
ble, Madre mía, Salvadora, lo que te estoy escuchando.
Me hablas a través de tu mirada. Aquí estoy ante Ti, tu
fiel servidor, tu mejor escudero. Te alzaré por encima de
todos los hombres para que puedan verte, para que te ala-
ben y recen mientras haces tuya Sevilla. Has venido sin
preguntar, sabiendo que estaría esperándote; me cono-
cías desde que emprendí esta hazaña para mayor gloria
de la Cristiandad. A partir de ahora no me separaré de
tu lado. Pídeme lo que quieras, Virgen mía, y tus deseos
serán órdenes para mí y para todos los cristianos».
En ese momento, Fernando III se arrodilló ante la ima-
gen que tenía delante, se despojó de sus vestiduras que-
dándose tan solo con una camisola y comenzó a rezar
mientras por sus mejillas discurrían las lágrimas.

28
III

Un estruendo recorrió de parte a parte todo el campa-
mento. En esos momentos nadie sabía qué había pasado.
Como relámpagos, los hombres dieron un salto casi al uní-
sono. La confusión se apoderó, en esos instantes y por un
tiempo que pareció eterno, de todos los que dormitaban.
Tampoco se dieron cuenta los centinelas que hacían guar-
dia en los distintos puntos de control. Los gritos comenza-
ron a oírse por todo el contorno y las carreras se sucedían
de un lado para otro. Hombres corpulentos, la mayoría
de ellos en ropa interior, buscando desesperadamente sus
ropajes de guerra, armaduras, armas. Un caos en medio
de la noche que las fogatas no alcanzaban a descifrar.
Los jefes daban órdenes sin que nadie las escuchase.
Los más corrían prestos a ponerse a salvo de un peligro
que no se sabía de dónde había venido pero que causó tal
estremecimiento que todos pensaban que se trataba del
fin del mundo, como si la tierra hubiese temblado con la
mayor de las virulencias.
Cayeron algunas tiendas, más por el fragor del desen-
freno con el que se iba de un lado a otro, tropezándose con
ellas, que por aquel ruido infernal que destrozó la tranqui-
lidad de la noche. Miles de hombres sorprendidos cuando
más silencio había. El pavor se apoderaba a medida que
pasaban los segundos, los minutos, y seguía sin saberse a
ciencia cierta qué es lo que estaba ocurriendo.
Los animales, enloquecidos, intentaban zafarse de sus
ataduras para echar a correr. Los mozos pretendían calmar-
los pero era tal la furia y el miedo que tenían los equinos

29
que era poco menos que imposible retenerlos. Rompían las
bridas y comenzaban a galopar de manera incontrolada,
arrollando a quienes se encontraban a su paso.
Un zumbido lejano comenzó a acercarse. De repente,
en la oscuridad de la noche, el silbido se hizo más intenso
y en lontananza empezó a divisarse una luz. Luego, ésta
pareció que se abría y todo se iluminaba por unos ins-
tantes. Eran más puntos. Y de nuevo llegó el estruendo.
Como el anterior. Y del cielo empezaron a caer bolas de
fuego. Llovía fuego, podría pensarse. Los distintos impac-
tos en el suelo precedieron a más ruido. Y gritos de des-
esperación. Daban en todo: tiendas, animales, fogatas,
hombres… rebotaban en el duro suelo y tomaban otra
trayectoria, llevándose por delante lo que encontraban en
carrera vertiginosa hasta pararse por completo.
—¡Son piedras incandescentes! —acertó a decir uno
de los soldados en medio de la devastación que comenza-
ban a producir aquellos proyectiles.
Los cogieron desprevenidos. Un ataque por sorpresa
jamás imaginado y del que no tenían noticias a pesar de
los espías que se encontraban en la ciudad. Un ataque
total, porque seguían cayendo del cielo piedras y más
piedras y la soldadesca, sin atender a las órdenes que se
ahogaban en medio de aquel desastre, seguía buscando
un lugar bajo la tierra para no ser alcanzada por tamaña
embestida. Pero los cuerpos comenzaban a desgajarse, a
esparcirse por todos los lados al ser blanco de aquellos
objetos que surcaban el cielo a gran velocidad para caer
sobre sus cabezas. Un espectáculo horrible que parecía
agrandarse conforme pasaban los minutos.
El Rey había salido, como todos, de la tienda. Estaba
durmiendo cuando le sorprendió el inmenso ruido. Justo
en la puerta se encontraban ya varios soldados que acu-
dieron raudos cuando vino la primera atacada. Uno de
ellos, incluso, trató de protegerlo poniendo su cuerpo
como pantalla.
Miró al cielo intentando encontrar el lugar exacto
de donde provenían aquellos proyectiles que estaban
haciendo diana en todo el campamento.

30
—¿Nadie se ha dado cuenta de esto? —gritó a aquellos
hombres que se esforzaban por salvaguardarlo— ¿Y mis
generales? ¿Dónde están mis generales?
De repente, una de las bolas impactó a escasos tres
metros de la tienda del Rey, estallando y rompiéndose en
decenas de pedazos más pequeños que salieron despedi-
dos en todas direcciones. El acto reflejo para cubrirse el
rostro no sirvió de nada a uno de los soldados, que reci-
bió el impacto de manera directa. La cabeza salió despe-
dida y un chorro de sangre, como un manantial, manchó
a los que estaban a su lado. Fernando tropezó con algo al
echarse para atrás y cayó de forma violenta al suelo. Más
trozos atravesaron las gruesas lonas de la tienda, estrellán-
dose contra el mobiliario y haciéndolo añicos.
Todavía tumbado bocarriba, acertó a ver el cielo
cubierto de aquellas piedras que parecían venir despedi-
das de un volcán en erupción. «¿Qué hacer?», se preguntó
en esos momentos. No había órdenes, nadie atendía a
nada y los almohades, estaba claro, habían comenzado
una ofensiva tremenda, sin solución de continuidad.
Continuaban los gritos desgarradores propiciados por
el dolor de los que eran alcanzados. Imposible responder
al ataque. Había que retroceder, al menos hasta quedar
fuera de la línea de impacto, y rehacerse. No se podía
hacer otra cosa.
Una voz pareció haber leído los pensamientos del Rey.
—¡Retroceded! ¡Retroceded! ¡Buscad cobijo! ¡Fuera
de su línea de tiro!
Era Garci Pérez al frente de cuatro caballeros, todos a
caballo. Lo pudo distinguir el Rey cuando se incorporó.
Venía hacia él, espada en una mano y escudo en otra, sor-
teando a los soldados caídos que, acongojados, se queda-
ban bocabajo en el suelo, rezando para no ser alcanzados
por los proyectiles. Llegó hasta la altura del Rey y paró en
seco su caballo.
—¡Mi Señor! ¡Subid conmigo, os lo ruego!
Garci Pérez le extendió el brazo derecho y tiró hacia
arriba del Rey, que se aupó a la grupa. Los soldados que

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protegían al monarca se habían puesto ya de pie e inicia-
ban la retirada de manera rápida aunque alocada.
—¡Iremos hacia el río! —gritó el caballero volviéndose
hacia Fernando III— ¡Allí estaremos a salvo!
Hincó espuelas fuertemente y el equino levantó las
manos para comenzar a galopar. Les siguieron los otros
caballeros. Pasaron por entre las tiendas, las fogatas y la
multitud de hombres que se dirigían al mismo lugar. No
se había podido repeler el ataque que lanzaron los almo-
hades de forma sorpresiva y total. ¿Cómo era posible que
no se les hubiese avisado de lo que estaban preparando?
Era algo que no alcanzaba a comprender el Rey que, justo
detrás de su fiel caballero, miraba ensimismado el caos
que era el campamento. Miles de hombres corriendo sin
saber a dónde y sin un líder que los guiase. Se sintió ofus-
cado. Pero también enrabietado. No podía ceder terreno
de esa manera. Esta estrategia haría que Axafat se rear-
mase de moral y, como era previsible, lanzase un ataque
con sus huestes intentando aniquilar a los temerosos sol-
dados, ahora indefensos.
De pronto se acordó de su hijo Alfonso. No estaba en
el campamento. Venía de camino hacia las afueras de
Sevilla. «Seguro que en cuanto llegue podremos rehacer-
nos», pensó el Rey mientras se alejaba hacia el río. No
entraba en sus planes esta emboscada. Una defensa de la
ciudad de lo más atípica, conociendo al Rey almohade y
sabiendo éste de la superioridad de las tropas cristianas.
Pero como guerrero que era, defendía la plaza con uñas
y dientes. «Un exceso de confianza, el mío, que me puede
costar muchas bajas. He sido un negligente y la culpa es
mía, sólo mía», se repetía una y otra vez Fernando III con
la vista puesta en ninguna parte. Al cabo de unos minu-
tos que a él se le hicieron interminables, el caballo se
detuvo. Entonces el Rey volvió la vista hacia la parte del
campamento que habían abandonado, dándose cuenta
de la cruda realidad: un reguero de hombres iban de un
lado a otro; el fuego se había extendido por la mayoría de
las tiendas y en la tierra podían verse cientos de cadáve-

32
res esparcidos, la mayoría de ellos descuartizados por la
fuerza de los impactos de las piedras ardiendo.
Garci Pérez esperó a que el monarca bajase del caba-
llo. Luego lo hizo él y quedó a su derecha, un poco más
retrasado, dirigiendo la mirada hacia el mismo lugar. El
panorama era desolador. Los proyectiles seguían cayendo,
aunque no con tanta intensidad como en los primeros
momentos y ya sin poder alcanzar a los que se habían
refugiado en la ribera del río.
Fernando III avanzó tres pasos. Se llevó la mano dere-
cha al rostro y la pasó por su contorno. No tuvo tiempo de
ponerse la armadura. Todo sucedió muy deprisa, en cues-
tión de segundos. Por fortuna, sus hombres reaccionaron
bien y lo pudieron poner a salvo. Pero, ¿y la mayoría de
los soldados que habían caído víctimas de aquel ataque?
¿Y los artesanos, herreros, forjadores, orfebres y todos
cuantos acompañaban al Rey en esta Cruzada contra el
invasor? ¿Habrían podido escapar con bien? Él era el res-
ponsable de aquella masacre que tuvo lugar, quizá, por
ser demasiado confiado. Ahora, incluso, sus lugartenien-
tes podrían recriminarle su falta de vigilancia y esmero a
la hora de defender su posición.
Garci Pérez se acercó hasta el monarca y, con voz muy
débil, le habló como si supiese lo que estaba pensando en
aquellos momentos.
—Mi Señor, no debéis sentiros culpable. Ha sido un
ataque imprevisto. Sin duda alguna ha sido planeado con
celeridad para que nuestros hombres infiltrados en la ciu-
dad no pudiesen avisarnos.
El Rey se volvió y fijó sus ojos en los de su caballero.
Permaneció callado durante unos segundos y luego
respondió.
—¿Y eso, mi fiel Garci Pérez, me exculpa de todo?
¿Creéis, por ventura, que los hombres que han caído, que
las mujeres que han quedado viudas y los niños que son
ahora huérfanos de padre lo comprenden?
El caballero apartó la mirada y agachó la cabeza.
—Mi Señor —dijo en voz baja—… las guerras se ganan
pero también se pueden perder. Esto no ha sido nada más

33
que una escaramuza de Axafat. Un canto del cisne de
quien se ve acorralado, vencido y humillado por la gran-
deza del Rey de Castilla. Hemos perdido hombres, quizá
muchos. Pero no han ganado la guerra. Es sólo un obs-
táculo más de los que hemos sorteado y nos quedan por
pasar hasta que crucéis el umbral de la puerta de la ciu-
dad, enarbolando las banderas de vuestro Reino, las de
las órdenes militares… pero todo tiene un sacrificio y un
precio que pagar. Y éste es uno de ellos.
Cuando iba a responder el Rey de nuevo, el ruido de
los cascos de caballos hizo que se volviese en esa direc-
ción. A lo lejos pudo distinguir a más jinetes. Sin lugar
a dudas, muchos de los soldados habían podido retener
a algunos de los animales. Serían unos quince o veinte
los caballeros que se acercaban hacia el lugar donde él
se encontraba. Detrás venían decenas de hombres: algu-
nos armados; otros en ropa interior. Una debacle que le
produjo una sensación de tristeza por el paisaje que con-
templaba en aquellos momentos, con soldados al pie del
río, sentados, de pie; echados al borde de la orilla. Una
desazón muy grande recorrió su ánimo.
Al poco llegó el grupo de jinetes. Por delante de él,
reconoció al almirante Bonifaz. También, al igual que
Garci Pérez, había podido tomar sus armas y armadura.
Se paró a unos tres metros de donde se encontraba el
Rey y descabalgó de manera ágil y rápida, plantándose
delante de él.
—¡Mi Rey! —exclamó mientras realizaba una pequeña
genuflexión para incorporarse enseguida—. ¡Ha sido un
ataque realizado desde el flanco sur de la ciudad! Sin duda
alguna nos ha hecho mella en nuestras huestes, pero nos
estamos recomponiendo ya. Decidnos qué debemos hacer.
El Rey volvió a mirar hacia aquella parte del campa-
mento. Su frustración era grande. No asimilaba todavía
cómo había podido ser tan incauto. Finalmente, se dirigió
a sus hombres de confianza.
—Empezad a hacer un recuento de bajas. Quiero que
todos los hombres se reorganicen. Parece que el ataque ya
ha cesado. Por fortuna no ha habido una carga de caba-

34
llería. Eso es lo que nos ha salvado de un desastre mayor.
Está claro que se han quedado sin proyectiles.
Tomó aire antes de seguir hablando.
—Pronto amanecerá. Retrasad el campamento hacia
esta zona pero hacia el lado contrario a las márgenes del
río. Si se lanzasen contra nosotros, estaríamos cercados
por el agua y la escabechina sería extraordinaria. Reunid,
Garci Pérez, a todos los caballeros y a las órdenes milita-
res. Que cada uno reagrupe a sus soldados. En cuanto
haya salido el sol el campamento tiene que estar en per-
fecto estado, como si no se hubiese producido el ataque.
Recoged a los muertos y quitarlos de la vista de Axafat y los
suyos. No quiero que se regodee con nuestras bajas. Y en
cuanto se haya montado mi tienda, quiero veros a todos
allí. Y haced llamar a nuestros hombres en la ciudad.
—Mi Señor —espetó el almirante Bonifaz—. Lo que
queréis va a ser complicado que sea una realidad antes de
que el cielo se aclare y salga el sol.
Fernando, que continuaba con la vista fija en el lugar
en el que se produjo la masacre, respondió de manera
pausada.
—Si no estáis convencido de ello, podéis volveros a
Castilla ahora mismo.


Al menos hubo medio millar de bajas. Los muertos fue-
ron retirados de forma rápida. Carromatos y esteras sir-
vieron para despejar el paisaje dantesco. La claridad del
cielo se iba haciendo cada vez más presente y los trabajos
de recomposición del campamento se producían ritmo
vertiginoso. Las tiendas que no habían sido dañadas
empezaron a elevarse; multitud de soldados ya se mostra-
ban preparados para recibir cualquier carga que pudiese
venir a partir de entonces por parte del enemigo. A unos
cientos de metros de las tiendas se abrían fosas para depo-
sitar a las personas caídas en aquella emboscada sin igual.
Las armas se amontonaban y se disponían de manera
que pudiesen ser blandidas si había que luchar. Se apaga-

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ron las fogatas que ardían en el momento del ataque y se
encendieron otras delante de la improvisada ciudad que
era aquel campamento con más de 40.000 almas entre
soldadesca y hombres y mujeres que acompañaban a las
huestes del Rey para realizar trabajos de manutención,
limpieza y cualquier oficio que sirviese para la mejora de
la tropa y del propio monarca.
Pasado un tiempo el sol ya dejó ver los rastros de la
masacre. Un paisaje desolador del que todavía quedaban
muchos restos. Desde las murallas de la ciudad podía
contemplarse algo de lo que había acontecido. No era
normal, no obstante, que lo que parecía un golpe mor-
tal al enclave y a sus moradores, no hubiese tenido una
mayor repercusión. Así, al menos, pensaron los hombres
de Axafat, que escudriñaban todo el contorno. A lo lejos,
casi sin divisarse, vieron cómo salía humo y, en la línea
que separa la tierra y el cielo, el perfil del campamento;
de un nuevo campamento levantado a golpe de trabajo
y fuera de la zona de tiro. Muchos no podían creer que
en tan corto espacio de tiempo se hubiesen rearmado los
cristianos. No era normal. El ataque tenía que haber pro-
ducido muchas bajas. Y, sobre todo, debería haber minado
la moral de aquellos hombres y la de su Rey. ¿Cómo era
posible que siguiesen en pie, que no anduviesen ya muy
lejos de la ciudad?
—Os creíais que este ataque supondría una especie de
abdicación por parte del Rey cristiano, ¿no es así?
El hombre que acababa de hablar se había situado
justo detrás de otro que oteaba el horizonte. La mañana,
a pesar de la época del año, era fresca. Se veían revolo-
tear bandadas de pájaros por encima de las aguas del río,
que aparecían serenas. Sin embargo, éstas se movían. La
corriente no era grande pero sí constante. El hombre se
volvió entonces.
—No lo comprendo, mi señor. Estaba todo planeado
para que fuese un ataque demoledor. Nuestros hombres
pudieron obtener la información necesaria para que el
éxito imperase. Pero parece que han estado atentos.

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—No lo creas. Les cogió desprevenidos pero supieron
reaccionar. Más vale, en estas ocasiones, retroceder. Y eso
es lo que hicieron anoche. Un ardid que les ha funcio-
nado. Ahora están más alejados. Se lamerán las heridas
durante varios días pero volverán a la carga.
Se colocó al lado de aquel hombre y también miró a
lo lejos. Entrecerró los ojos intentando divisar algo más
de lo que se veía, a simple vista, desde aquella posición.
«Eres valiente, Rey cristiano, y no te vas a dar por ven-
cido. Quieres entrar, tomar esta plaza como hiciste con
tantas otras. No nos hemos visto de frente todavía, pero
estoy seguro que será pronto. Yo, Axafat, Rey de Sevilla,
descendiente de los guerreros más valientes que los almo-
hades han tenido, estaré esperándote. No te va a ser fácil
dominar a mi pueblo; no vas a entrar de manera triunfal
como en Córdoba, Baeza, Écija, Cantillana, Carmona…
esta batalla será distinta. Tal vez dure tiempo, mucho
tiempo, y habrá muchos muertos. Veremos al final quién
es el vencedor».
El frescor de la mañana se dejaba sentir en el rostro.
En verdad se trataba de una sensación placentera a esas
horas. Pensó que sería extraordinario si no fuese por la
situación en que se encontraba la ciudad. De nuevo se
dirigió al hombre que tenía a su lado.
—¿Hay noticias de los otros flancos de la ciudad?
—Por ahora no, pero no creo que haya ningún pro-
blema. Ayer tarde se produjeron algunos movimientos a
las afueras de las murallas, pero sin llegar a acercarse tro-
pas. No sabemos si esta pasada noche ha habido más.
—La concentración de hombres es ya importante.
—Me temo que sí. No sé cuánto tiempo podremos
resistir en estas circunstancias.
—El que haga falta y el que Alá, el Todopoderoso, y su
profeta Muhammad nos concedan. Y ten por seguro que
será mucho.
En aquellos momentos un grito lejano se dejó oír.
Ambos hombres se volvieron. Desde el alminar de la
Mezquita Aljama el muecín comenzó a llamar para la ora-
ción. Se arrodillaron y comenzaron a hacer genuflexiones

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a la par que otros soldados que se encontraban en aquella
parte de las murallas hicieron lo mismo.
El Rey Fernando estaba arrodillado y tenía las manos
entrelazadas a la altura del mentón. La tienda había sido
levantada durante la noche. Se zurcieron las partes en las
que los proyectiles musulmanes hicieron mella. Las lonas
aparecían parcheadas pero, de nuevo, el cuartel general
del ejército cristiano estaba en pie.
El monarca miraba fijamente a un cuadro de la Virgen
mientras susurraba unas palabras. Rezaba y daba gracias
a la Madre de Dios por haber salido con bien de aquella
escaramuza. «Gracias Ti, Virgen Santísima, puedo seguir
intentando devolver a la Cristiandad la ciudad de Sevilla.
Te doy gracias por no haber sucumbido en este ataque. Sé
que muchos de los míos han perecido. Cuando sigo aquí
es porque me tienes preparadas otras metas que aque-
llos que ya están gozando de tu presencia. Te ruego sigas
cubriéndonos con tu manto de esperanza y bondad y que
pueda culminar mi misión. Sólo así podré ser digno de Ti
y de tu Hijo Jesucristo».
Aquellos pensamientos quedaron rotos por el ruido que
podía escucharse fuera de la tienda. Se levantó del recli-
natorio en el que estaba postrado y se dirigió a la puerta.
Había revuelo en el campamento. Los hombres iban de
un lado para otro y se aprestaban a recibir a alguien. Era
Alfonso, su hijo, que se acercaba con al menos un cente-
nar de jinetes al galope. Detrás de ellos, una decena de
carromatos y, según pudo distinguir en ese momento,
unos cincuenta o sesenta hombres a pie.
Se despegó de la tienda y esperó a que la comitiva lle-
gase hasta allí.

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