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La Muerte no usa Sombrero

Era un buen día para que los múltiples universos colisionaran entre ellos. Bueno casi
como cualquier otro día.
La Muerte se encontraba tamborileando sus falanges contra la repisa donde
todos los relojes de arena, que representan cada uno una vida, se alineaban uno al lado
del otro en miles de filas bien distribuidas sobre la madera, como soldaditos de plomo
de un niño con un toc bastante avanzado.
Entonces sobrevino el cataclismo.
Uno se imagina que estas cosas toman milenios, y si lo piensa detenidamente, la
mayoría de los universos son lo suficientemente grandes para que al chocar entre ellos
apenas y se roce una estrella con mala racha contra otra. Pero este cataclismo sucedió en
lo que dura un suspiro, y no tuvo mayores incidentes que unos cuantos billones de
estrellas menos, unos agujeros negros que se volvieron blancos y unos cuantos planetas
que se cayeron por la orilla de su respectivo universo.
Pero la mayoría ni lo notó.

En la pequeña casa de La Muerte no hubo muchos cambios, excepto que unas cuantas
almas entraron de pronto en su jurisdicción.
Una mano apareció por sobre la superficie que era el mar de relojes de arena que
llenó la habitación, la casa y el valle circundante, y se sujetó del estante para poder salir
a flote.
La Muerte miró en rededor, su rostro no parecía impresionado, pero tampoco es
que contara con los músculos suficientes para ello. Avanzó entre la marea y comenzó a
figurarse el origen de todas esas nuevas almas, y a sacar cuentas de lo que ganaría si le
pagaran por aquel trabajo. Finalmente llegó hasta la puerta de su casa, miró el valle y
emitió algo parecido a un largo suspiro.

Es del conocimiento de todos que La Muerte no pierde el tiempo, así también, que los
diminutos relojes de arena que inundaban el valle representaban el tiempo de vida de
cada alma en el (ahora) multiverso. Es por eso que camino a buscar a su corcel para
comenzar a trabajar, se topó con un reloj que llamó su atención.
La arena no caía, como la gran mayoría, sino que se mantenía estancada, con los
finos granos resistiéndose avanzar. Siempre existe uno que otro que se rehúsa morir,
como ese tal Lanre que hace mucho tiempo venía borrando sus pasos para que ella no lo
encontrara; esas personas le daban algo más de trabajo, pero le ayudaban a salir de la
rutina.
Leyó la inscripción sobre en la base del reloj:
—SOMBRERERO. CURIOSO NOMBRE. —Dijo para sí, con una voz que
parecía un trueno dentro de una caverna.
Pensando en la clase de sombrero que podría hacer juego con una túnica negra y
una guadaña, La Muerte montó a su corcel y se fue al País de las Maravillas.

El viaje no estuvo exento de complicaciones, pero luego de preguntar a un gato con
sonrisa, o a una sonrisa con un gato (como se le quiera ver), La Muerte dio con el lugar
exacto donde el Sombrerero pasaba la tarde.
— ¿SOMBRERERO?
— ¡Has llegado justo a tiempo! —Dijo el hombrecillo mirando fijamente su
reloj...
—NO PENSÉ QUE ME ESTARÍAS ESPERAN...

Al menos no se trataba de esas partidas simbólicas de . —Te diré un acertijo. —Señaló con una mueca nerviosa. El Sombrerero salió por el otro extremo de la mesa. El Sombrerero saltó de su silla y se escondió bajo la mesa. —Dijo una sonrisa flotante al lado de La Muerte—. —Mejor quédate quieto —Le dijo el gato al notar que el Sombrerero retrocedía ante el avanzar de La Muerte—. para quedar frente a frente con la huesuda cara de La Muerte. — ¿No podrías llevarte un pastelillo en vez de mi alma? La Muerte pasó a través de la mesa haciendo caso omiso de la ofrenda. ES INMORTAL.Para la hora del té! El Sombrerero sirvió dos tazas y les vertió un fino chorro de té. ¡Te reto! La Muerte se detuvo. no le dificultes la tarea a la parca. lo peor era que La Muerte siempre aceptaba estos retos. —Así que lo hallaste.. — ¡¿Demasiado?! —Chilló el hombrecillo aferrándose a su reloj—. —. ¡Pero si siempre han sido las 6 pm! —EN CUANTO TE LIBERE DE TU CONDENA SERÁ RESTABLECIDO TU TIEMPO. —Le susurró Chesire al oído del hombrecillo. Pero si no. También está maldito. —HABLA. —Por cierto. y caminó hacia él. — ¿Con una o dos de azúcar? —AÚN LOCO. —Respondió La Muerte. De pronto el azucarero pasó a través de su cabeza. La Muerte avanzó inexorable. La Muerte. A fin de cuentas la vida es un hábito del que uno se termina acostumbrando. Si lo logras descifrar me iré contigo sin rechistar. —No es que él pretenda la inmortalidad —agregó el gato encogiéndose de hombros—. Finalmente asintió. lo que sucede es que la Reina de Corazones le condenó a vivir siempre a las 6 pm. Vaya a saber uno si por gusto u obligación. —ENTONCES ESTARÁ AGRADECIDO DE MORIR. está loco. A lo largo del tiempo no son pocos quienes tratan de engañar a La Muerte con una apuesta o un juego. poco acostumbrada con la palabra «debes». —QUEDARÁS AL DEBE CON ALGUNOS SIGLOS. —Puntualizó el gato—. y luego una taza. Como te dije. — ¿Y si mejor te llevas a esa sonrisa flotante? —Preguntó desesperado el Sombrerero. —NO PUEDO PERMITIR ESTAS INCONSISTENCIAS. ¿me puedo quedar con tu sombrero? No te hará falta en el más allá.. me debes dejar en paz para siempre. — ¡Espera! ¡Espera! —Chilló el Sombrerero—. —Quizá no tanto como te imaginas. analizó por un momento la apuesta. Al hombrecillo no le gusto nada cómo sonó eso. — ¿Y si mejor te llevas a mi compañero? —dijo apuntando a la liebre que dormía en el otro extremo de la mesa—. — ¿Y cuánto me quedará de vida luego de eso? —Preguntó el Sombrerero sopesando las palabras de La Muerte. HAS TENIDO DEMASIADO TIEMPO. estiró el brazo como pudo hasta su taza y le dio un sorbo apresurado. Cogió un plato. El hombrecillo saltó a una silla y luego a la mesa.

literalmente. —EDGAR ALLAN POE ESCRIBIÓ SOBRE AMBOS.ajedrez que tanto temía jugar. . Finalmente ésta le puso su delgada mano en el hombro. ya que siempre se le olvidaba cómo movía el caballo. El sombrero dio una vuelta en el aire y cayó sobre la cabeza del gato de manera impecable. —Musitó con una larga sonrisa. sus ojos brillaban de la emoción por burlar la muerte. El Sombrerero se mordió la uña del pulgar. —Te prometo que lo cuidaré. DI TU ACERTIJO. —ESTÁ BIEN. — ¿En qué se parece un cuervo a un escritorio? La Muerte no dijo nada.

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