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SOBRE MI PADRE Gracias a él aprendí a disfrutar ese sonidito que da el silencio Ahora él se rompe se parte la cabeza esa compañía que da la soledad. remendando o remembrando Aprendí que si no sé cantar buscando a ver si encuentra puedo al menos revelar aprecio tratando a ver si cabe al oficio y su antigüedad. alguna respuesta a alguna clave Y si por si acaso no sé bailar en el vetusto ahora de su labor historia puedo valerme de algún artificio en las arrugas de la veterana retentiva en caso haya necesidad. en su marcha en sus inquietudes Aprendí que es mejor ayudar en la reconocida greda y ese que no importa el sacrificio reloj que no derriba su trayecto que mientras se pueda a alguien salvar en esa colección de no saberes vale la pena al menos el bullicio en esas lindas cuentas patriarcales esa pequeña delegación de la amistad en esos tiempos vivos del recuerdo esa muestra no de piedad cuando era yo un porífero epistémico esa pauta no de cansancio cuando era él mi germen de instrucción. ese no acto crediticio ese simple hecho de aprender a amar. Ya han pasado muchos años ya a mi edad entiendo la preocupación Sus señales atraviesan el tiempo esos insomnios esa fuerza ahora entiendo su trabajo ese templo esas escaleras en la vida su rostro en el mío esos golpes que le dieron esa continuación esa valentía para continuar sus palabras mi respeto su empeño y yo con todo orgullo ese ejemplo sigo siendo un hijo que no deja ya a mi edad al fin comprendo de parecerse cada día y veo esos pasos un poquito más a él esa arena removida esa línea marcada sigo siendo el mismo porífero epistémico esos kilómetros de afecto confiado en la confianza su cansancio su trayecto en su germen de instrucción. esa jornada. CARTA A FULANA Usted me gusta como la verdad para morirme y me cubre como un manto que descubre lontananzas -me deja vacío y me llena de usted, me muero en usted- a mitad de sus ojos, hundido, pozo de luz, tierna mariposa. He pensado en el diáfano repique lánguido, la he soñado a mitad del día y me he sentido Gene Kelli en Cantando bajo la lluvia. Esto es en verdad asunto grave y usted me gusta, la gravedad del asunto se resume, o mejor dicho, se extiende (disculpe usted lo galimatías, es un taciturno folio escarlata) en magnitud de sacarle regiones a las cuentas y confesarle: me gusta más que Las Variaciones Goldberg de Bach, más que los poemas del barbudo Walt Whitman, más que El Quijote de Cervantes, más que Terrasse du café le soir, Place du forum, Arles, más que Las Cuatro estaciones de Vivaldi, más que las paredes y el techo de la Capilla Sixtina, más que Prélude en el Cello de Mischa Maisky, más que mi biblioteca y el café a las tres de la tarde, más que Le Penseur de Auguste Rodin, más que mi libertad, más aún más usted me gusta. Usted me gusta como el paraíso para matarme en la muerte paradisiaca del alumbre de su tacto. Me gusta su serenidad, su aroma, sus pocas palabras, -relámpago que cae cuando el idioma eclipsa- sus nubes blancas, su cintura, su risa; cerca, muy cerca, su mejilla para mis manos. Usted me gusta para que conozca mis pequeñas rarezas, para conocer esos sueños suyos, sus gozos y sus penas, para que el oleaje nos ampare cuando la hora duerma, para que la aurora despierte soles en su cara, para que el misterio surja y abra puertas en cada gota de plata, para que sus gráciles pies galopen bajo mi noche punto, para que desciendan sus límpidas manos sobre el laberinto de mi silencio, para perfumar el aliento de nuestras almas consumidas en los parques fantásticos vestidos de blanco recuerdo, para verla alumbrar éter encantado, aura tibia amada, para quererla mística y cándida, dormida y despierta, prosternando el sueño fragante y sereno en que su hermosa cabeza rumorosamente se recuesta. Usted me gusta como la milenaria verdad morirme y como en los siglos el ladrón paraíso matarme -de mis profundidades las voces encendidas- entre el velo de los bramidos sordos porque nunca me ha juzgado. Usted me gusta (aún si acaso no lo entienda) porque me transfigura desde las entrañas, porque nunca he tenido el corazón tan rojo, porque aunque grosera, la cópula no es obligatoria y me quedo porque quiero y la quiero, porque sin usted muere abandonada la alegría, porque el corazón me resbala por sus colinas, porque quiero largarme de aquí, porque la quiero conmigo, porque no concibo una vida sin poesía.