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José NataNsoN Pablo stefaNoNi mario raPoPort gabriel Puricelli aNNe vigNa martiNe bulard JohN kerry igNacio ramoNet serge halimi

el dipló, una voz clara en medio del ruido febrero 2017 Capital Intelectual S.A. Paraguay
el dipló, una voz clara en medio del ruido
febrero 2017
Capital Intelectual S.A.
Paraguay 1535 (1061)
Buenos Aires, Argentina
Publicación mensual
Año XVIII, Nº 212
Precio del ejemplar: $70
En Uruguay: 100 pesos
www.eldiplo.org
0021 2
9 771514 522005
La (des)integración de América Latina En un contexto de crisis de la globalización, el estancamiento
La (des)integración de América Latina En un contexto de crisis de la globalización, el estancamiento
La (des)integración
de América Latina
En un contexto de crisis de la globalización,
el estancamiento de los procesos de integración
profundiza las fracturas regionales.
Dossier

Luis Fernando Benedit, San Martín en Chacabuco, 2002 (gentileza de Fundación OSDE y de los herederos del artista)

el oscuro futuro de francia

François Denord Paul Lagneau-Ymonet Willy Pelletier

Ante una izquierda desconcertada y dividida, las elecciones del 23 de abril probablemente se definan entre el candidato ultraliberal y católico conservador, François Fillon, y la xenófoba de ultraderecha Marine Le Pen. Págs. 21 a 25.

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2 | Edición 212 | febrero 2017 La integración es un elefante blanco por José Natanson

Edición 212 | febrero 2017

La integración es un elefante blanco

por José Natanson

C omo esas gigantescas estructuras sin terminar de paredes descasca- radas, techos semiderruidos y gen- te viviendo adentro que, de la To- rre de David caraqueña al Elefante

Blanco porteño, proliferan por América Latina, la integración regional tiene algo de inconclu- so, un eterno work in progress que encierra una dimensión monstruosa. Y ello a pesar de que se trata de una región homogénea del planeta desde el punto de vista cultural y religioso, sólo comparable al mundo árabe, que comparte un so- lo idioma y una única cultura pero que se encuen- tra cruzado por conflictos interreligiosos morta- les. Desprovista de armas nucleares, con la ame- naza terrorista felizmente ausente y sin tensiones interestatales de envergadura, América Latina es una zona pacífica y de fronteras estables. Como recuerda Andrés Malamud (1), en los últimos dos siglos ningún Estado latinoamericano desapare- ció del mapa y sólo se crearon tres (Uruguay, Re- pública Dominicana y Panamá). Sin embargo, el fin del ciclo político de la iz- quierda encuentra a la integración regional –una vez más– sin vigas y sin revoque. Tras una déca- da de gobiernos nacional-populares, la evidencia indica que los avances en términos de inclusión social, crecimiento económico y estabilidad po- lítica no se vieron acompañados por progresos equivalentes en materia de integración: más allá de una retórica patriagrandista que por momen- tos pareció más orientada a disimular los fraca- sos que a festejar los éxitos, lo cierto es que el co- mercio intra-zona del Mercosur, el bloque más consolidado de América Latina, sigue estanca- do por debajo del 16 por ciento, frente al 60 de la Unión Europea, que la institucionalidad latinoa- mericana se reduce a un conjunto de estructuras burocráticas incapaces de asumir un liderazgo político (2) y que se han ido apilando una serie de proyectos inacabados, desde los más razo- nables como el Banco del Sur a los interesantes pero impracticables como la moneda única (que hasta tenía nombre: SUCRE) y los directamen- te extravagantes, como el Gasoducto del Sur. En palabras del especialista inglés Laurence Whi- tehead, un “mausoleo de modernidades” que su- braya nuestra esencia inconclusa (3). Esta persistente parálisis se explica esencial- mente por tres motivos, el primero de los cuales es tan claro que hasta un economista podría en- tenderlo: pese a los recurrentes intentos a lo lar- go de la historia y algunas islas de innovación, las exportaciones de América Latina siguen des- cansando básicamente en commodities , que re- presentaban el 54 por ciento del total en 2002 y representan el 60 por ciento en la actualidad, con la consecuente orientación de los vínculos comerciales hacia las potencias extrarregiona- les demandantes de materias primas, sobre to- do China, antes que a los países vecinos. La des- unión latinoamericana es, más que cualquier otra cosa, una suma de primarizaciones nacio- nales. Como demuestra la experiencia del com- plejo automotor argentino-brasilero, el ejemplo

más avanzado de articulación industrial entre dos países de la región, la interdependencia exi- ge sofisticación productiva. Sin agregación de valor no hay integración posible.

El segundo motivo es la carencia de lideraz- go. A lo largo de la historia, Brasil se ha mostra- do lo suficientemente poderoso como para blo- quear los intentos de protagonismo de otros paí- ses latinoamericanos (México en el siglo XIX, Argentina a comienzos del XX), pero no ha si- do lo suficientemente potente, o audaz, para im- poner una hegemonía regional duradera. No es solo una cuestión de peso relativo, pues Bra- sil representa la mitad, aproximadamente, del PBI, el territorio y la población de Sudamérica,

o sea más que Alemania en relación a Europa,

sino más bien de subdesarrollo: a pesar de los impresionantes avances de la última década,

Brasil sigue siendo un país desigual y violento cuyos gigantescos problemas internos modelan una secuencia histórica entrecortada en la que los períodos de proyección regional son sucedi- dos por otros de displicente apatía, reforzados estos últimos por su singularidad lingüística, la autopercepción de un destino nacional mani- fiesto y el tradicional ensimismamiento here- dado de los portugueses. Para colmo, el impeachment a Dilma Rousseff demostró que la estabilidad política brasilera si- gue siendo frágil y reveló los límites de los países de la región a la hora de evitar las torsiones de- mocráticas. Especulemos: ¿qué hubiera cambia- do si el juicio político contra la presidenta petista se hubiera intentado en un contexto de gobier- nos de izquierda consolidados, con el kirchne- rismo ejerciendo el poder en Argentina? Proba- blemente nada, a juzgar por la dificultad que en su momento encontraron esos mismos gobier- nos progresistas para evitar el desplazamiento de Fernando Lugo de la presidencia de un país mucho más influenciable como Paraguay. En to- do caso, los desalojos más o menos irregulares de presidentes latinoamericanos ponen en cues- tión uno de los pocos avances realmente concre- tos de los últimos años: la capacidad de garan- tizar la continuidad de los gobiernos democrá- ticamente elegidos mediante el diálogo inter- presidencial, el acompañamiento amistoso y las presiones, estrategia que había dado resultado en las crisis ocurridas en Venezuela, Bolivia y Ecuador pero que fracasó en Paraguay y Brasil. El tercer motivo que explica la parálisis inte- gracionista es de inspiración. Los dos ejemplos más avanzados resultan, por motivos diferen- tes, inaplicables a la realidad latinoamericana. El primero, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), se fundamenta en

la necesidad de Estados Unidos de expandir sus

mercados de exportación por vía de la anulación de las barreras comerciales: su origen a partir de una imposición Norte-Sur, su condición cuasi- imperial y un diseño a la medida de los reque- rimientos de Washington, basados en el libre tránsito de bienes, servicios y capitales pero no

de personas, lo hacían imposible de replicar in- cluso antes de la decisión de Donald Trump de enterrarlo bajo un muro. El otro modelo es el europeo. Aunque más profundo, equitativo y casi diríamos humano que el norteamericano, es consecuencia de las condiciones irrepetibles de los años 40. Como señala Tony Judt en su monumental Postguerra (4), “la Europa postnacional, del Estado de Bien- estar, cooperante y pacífica, no nació del proyec- to optimista, ambicioso y progresista que los eu- roidealistas de hoy imaginan desde la pura re- trospectiva: fue el fruto de una insegura ansie- dad. Sus líderes llevaron a cabo reformas socia- les y fundaron nuevas instituciones como medi- da profiláctica para mantener a raya el pasado”. En un contexto de estancamiento de los pro- cesos de integración, con estructuras producti- vas primarizadas, sin liderazgos nítidos y huér- fanos de modelos, los países de la región cami- nan sueltos. México y las naciones centroameri- canas, umbilicalmente atados a Estados Unidos, sufren el drama de verse sometidos a un presi- dente al que no eligieron pero cuyas decisiones los afectan tanto o más que las de sus impoten- tes gobiernos. Las economías pro-mercado del Pacífico (Colombia, Perú y Chile) insisten con un modelo que asegura crecimiento y exporta- ciones pero que profundiza la desigualdad, en tanto los países bolivarianos resisten el cambio político que ya ocurrió en los dos principales so- cios del Mercosur. En suma, la región vive una etapa de transi- ción que aún no ha dado forma a una nueva he- gemonía política reflejada en un clima de época, como fueron el neoliberalismo en los 90 o la nue- va izquierda en la primera década del siglo XXI. En el primer caso, el influjo fue casi total: aun- que con diferentes tiempos (comenzó en Chile y luego se fue expandiendo hasta alcanzar su cé- nit en los 90), intensidades (más radical en Ar- gentina y Perú, más tímido en Uruguay y Costa Rica) y resultados (más exitoso en Chile y Brasil, un desastre en la mayoría de los países), el Con- senso de Washington se extendió por toda la re- gión. La hegemonía de la izquierda, en cambio, fue más parcial, aunque en su mejor momento llegó a gobernar casi toda Sudamérica, además de Nicaragua y El Salvador. Hoy prevalece sobre todo en Bolivia, Ecuador y dificultosamente en Venezuela, y en este sentido resulta interesan- te constatar que el modelo bolivariano de refor- ma constitucional y concentración caudillista del poder aguantó mejor el cambio de época que la izquierda institucionalista de Chile, Brasil e incluso Argentina: en términos de continuidad (no necesariamente de resultados), el chavismo le ganó al lulismo. Pero decíamos que el cambio político no es completo. La nueva derecha, tal como la he- mos definido en otras oportunidades (5), no se ha convertido aún en un movimiento auténti- camente regional: el recuerdo todavía fresco de las conquistas socioeconómicas de la izquierda

Editorial

Editorial

y el pasado trágico del neoliberalismo

le impiden construir un consenso sóli- do en torno a su programa de reformas incluso en aquellos países que, como el nuestro, la eligieron para gobernar. Porque además el viento internacio- nal está cambiando: parte del éxito de los ciclos políticos anteriores radicaba

en su capacidad para sintonizar con el “estado del mundo” en el que se inserta- ban, caracterizado, en el caso del neoliberalismo, por la abundancia de capitales, la apertura eco-

nómica y el dominio unipolar de Estados Unidos,

y

censo de China en el caso de la izquierda. Esta transformación aún en curso del sistema internacional quizás contribuya a explicar algu- nos desaciertos recientes del gobierno argentino

a

ca exterior. Los politólogos del macrismo, menos numerosos pero tan influyentes como los del kir- chnerismo, harían bien en desempolvar los vie- jos apuntes de estudios internacionales y revisar la bolilla de la escuela de pensamiento realista. Surgida como reacción al idealismo wilsoniano de principios del siglo XX, la perspectiva realista concibe un escenario global compuesto por Esta- dos que buscan maximizar su poder mediante una serie de decisiones egoístas y racionales, donde el derecho internacional y las instituciones multila- terales son poco más que papel mojado. Incluso relativizando esta interpretación, no deja de resultar llamativa la desorientación in- ternacional de un gobierno que a menudo pare- ce ingenuo y al que, parafraseándolo, hasta po- dríamos calificar de ideológico, porque solo eso explica la intención de ingresar a acuerdos de libre comercio que sus mismos creadores dina- mitan por injustos, el vistoso pero al fin y al ca- bo inconducente acercamiento a las potencias tradicionales y el desdichado episodio de los li- mones tucumanos, que demostró que un país puede cumplir prolijamente todos los procedi- mientos legales, administrativos y fitosanita- rios pero que la lapicera de un presidente aman- te de los golpes de efecto al final puede más que cualquier contrato. g

la hora definir los términos exactos de su políti-

por los altos precios de los commodities y el as-

1. “El malentendido latinoamericano”, Revista Nueva

Sociedad, Nº 266, noviembre-diciembre de 2016.

2. No existe una organización que reúna, así sea para la

foto, a todos los países de América Latina. La Organización de Estados Americanos (OEA) incluye a Estados Unidos

y Canadá, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y

Caribeños (Celac) no, pero sí a los países anglófonos y de

habla holandesa del Caribe, la Unasur es solo sudamericana

la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi) está compuesta por sólo 13 de los 20 países latinoamericanos.

y

3. Latin America: A New Interpretation, Palgrave

Macmillan, Nueva York, 2006, citado por Malamud.

4. Postguerra. Una historia europea desde 1945, Taurus, 2005.

5. Le Monde diplomatique, edición Nº 185, noviembre de 2014.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

Staff

Director: José Natanson

Redacción Carlos Alfieri (editor) Pablo Stancanelli (editor) Creusa Muñoz (editora) Luciana Garbarino Laura Oszust

Secretaria Patricia Orfila secretaria@eldiplo.org

Corrección

Alfredo Cortés

Diagramación

Ariana Jenik

Cristina Melo

Colaboradores locales Natalia Aruguete Fernando Bogado Federico Casiraghi Nazaret Castro Julián Chappa Marcelo Falak Julián Kan Carolina Keve Gabriel Puricelli Mario Rapoport Josefina Sartora Pablo Stefanoni

Ilustración

Gustavo Cimadoro

Sike

Traductores Julia Bucci Victoria Cozzo Georgina Fraser Teresa Garufi Aldo Giacometti Florencia Giménez Zapiola Víctor Goldstein Patricia Minarrieta Bárbara Poey Sowerby Gustavo Recalde María Julia Zaparart Carlos Alberto Zito

Diseño original Javier Vera Ocampo

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Pte. Luis Sáenz Peña 1836, Tel. 4305 3160. CF. Argentina. La circulación de Le Monde diplomatique,

La circulación de

Le Monde diplomatique,

edición Cono Sur, del mes

de enero de 2017 fue

de 25.700 ejemplares.

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Internet: www.monde-diplomatique.fr | 3 La revancha del Estado-nación por Marcelo Falak* D e

| 3

La revancha del Estado-nación

por Marcelo Falak*

D e repente, el mundo parece romperse en mil pedazos. Por lo menos el mun- do de los procesos de integración, que tomó forma tras la ruptura del último paradigma precedente, el que

ordenaba todo (bien, mal, ese es otro tema) en torno

al clivaje capitalismo-comunismo.

Caído el muro, la integración económica era en los años 90 la norma y el entonces exitoso modelo europeo, la referencia. El Mercosur y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) fueron exponentes destacados de una moda que parecía hacerse tendencia. El panorama hoy es muy diferente. La pro- pia Unión Europea, el gran paradigma, acaba de sufrir un desgajamiento doloroso con el Brexit

y puede que otros países sigan el mismo cami-

no. Algo poco sorprendente tras varios años de crisis económica y de sostenimiento forzado de una unión monetaria que deja sin esperanza a los miembros menos competitivos. El Mercosur, en tanto, naufraga entre conflictos ideológicos y economías en crisis. Donald Trump liquidó a sola firma el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) y se dispone a clavarles un puñal al TLCAN y a México. Otro muro, esta vez en la frontera de Estados Unidos con ese país, será pronto el símbolo de un nuevo cambio de era.

¿Cómo nos explicamos esto?

Básicamente, recordando que no hay proceso de in- tegración que funcione sin crecimiento económico

y sin una perspectiva de desarrollo. La UE y el Mer-

cosur son ejemplos acabados de esto. Pero hay algo más de fondo. La globalización no es un fenómeno nuevo y, si no nació con la Revolu- ción Industrial, al menos adquirió mayor velocidad, tanto que, aun sin esa etiqueta, fue el concepto sub- yacente en los desarrollos de los economistas clási- cos, de Smith y Ricardo a Marx. La explosión tecno- lógica de los 90 impuso definitivamente el imperio de las finanzas. Con él, la dosis de globalización se hizo demasiado alta, con esquemas económicos ca-

da vez más avaros en el reparto de la riqueza. Como el Brexit y los nacionalismos europeos, el fenómeno Trump es hijo del grito contra la globa- lización. Mientras, México se aferra al TLCAN, es- to es al libre comercio y a la globalización de la pro- ducción. Curioso: tras veintitrés años de vigencia plena, casi la mitad de los mexicanos sigue viviendo en la pobreza. ¿Sirvió para algo diferente que para mejorar la tasa de ganancia de las multinacionales? Cuando la globalización aprieta, los pueblos se refugian en un viejo conocido: el Estado-nación. Y así será mientras este sea el escenario excluyente de

la acción política y el voto solo rija (al menos medu-

larmente) dentro de sus fronteras. El Estado-nación puede haber perdido su vie- jo sitial y verse obligado cada vez más a compartir poder con actores corporativos, supranacionales y

ONG. Pero dista de estar muerto. g

* Editor jefe de Internacionales en el diario Ámbito Financiero. © Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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4 | Dossier La (des) integración de América Latina Edición 212 | febrero 2017 Tras el

Dossier

La (des)

integración de

América Latina

Edición 212 | febrero 2017

Tras el fenómeno inédito de una larga década de gobiernos nacional-populares en varios países de Sudamérica, la derecha ha retomado el gobierno en los principales de ellos para redirigirlos a “la normalidad”. Pero una reimplantación pura y dura del neoliberalismo tropieza también con complejos obstáculos.

El nuevo mapa político en Sudamérica

La hora de la realpolitik

por Pablo Stefanoni*

Sudamérica La hora de la realpolitik por Pablo Stefanoni* A mérica Latina se ha “normalizado”. La

A mérica Latina se ha “normalizado”. La “excepción”, que al decir del his- toriador británico Perry Anderson, representó la larga década progre- sista latinoamericana (1) llegó a su fin. Esos años de rebeliones socia-

les antineoliberales, cierta experimentación políti- ca estatal y un recambio de elites más o menos pro- fundo según el país, se llevaron a cabo en un contexto global de hegemonía neoliberal: ni Europa, ni Asia ni África conocieron procesos semejantes a los vividos en América Latina. Y en ese sentido, “normalización” significa el ingreso en un período más híbrido, regio- nalmente más disperso, con proyectos en disputa que probablemente no logren la hegemonía ni el entusias- mo del pasado (como los neoliberales o los nacional- populares) y con formas de integración regional más posideológicas y menos “nuestraamericanas”. Pero también la “vuelta” a un mundo incierto: si en la déca- da pasada, la hegemonía neoliberal no estaba en juego en el Norte global, hoy en Europa y Estados Unidos se profundiza la grieta entre fuerzas antagónicas que

tienen como punto de desencuentro, más que el libe- ralismo económico, la globalización. “El futuro, en Estados Unidos y en el mundo, será definido por la oposición entre mundialistas y anti- mundialistas”, explicaba un joven doctorando y en- tusiasta votante de Donald Trump en un reportaje sobre la extrema derecha estadounidense (2). En es- te terreno aparecen los llamados populismos de de- recha –formas punitivas de repolitización social (3)– que en muchos sentidos operan como fuerzas nacio- nal-liberales, ya que a menudo combinan posiciones nacionalistas y xenófobas con liberalismo económi- co en el ámbito nacional. Y es en este mundo donde debe insertarse ahora América Latina. Las recientes amenazas de Trump contra las automotrices que in- viertan en México (4) –y los estallidos sociales de es- tas semanas– parecen solo una advertencia con con- secuencias aún no muy claras para un país carcomi- do por la violencia y la inequidad social. Al mismo tiempo, la afinidad de Mauricio Ma- cri con la candidatura de Hillary Clinton pone de relieve también las dificultades de las derechas

Leonel Luna, Los 33 orientales, 2004 (gentileza Fundación OSDE)

recién llegadas al poder para “volver al mundo” cuando “el mundo se fue”, como ironizó el politó- logo Andrés Malamud (5).

¿Fin del progresismo? El agotamiento de la agenda progresista en América Latina puede verificarse donde hubo derrotas elec- torales (Argentina), donde se produjeron “golpes ins- titucionales” sin posibilidad de organizar una resis- tencia social ante ellos (Brasil) e incluso donde la iz- quierda sigue gobernando (Bolivia, Venezuela). En el caso argentino, existió la ilusión de que el kirchneris- mo se iba con “la plaza llena” y que eso lo mantendría como una fuerza social capaz de vigilar y poner lími- tes a la primera experiencia de una derecha democrá- tica en la Casa Rosada. Pero ello tuvo un efecto iluso- rio. Es cierto que Cristina Fernández podría ser –al parecer– una buena candidata para las Legislativas de este año, pero el kirchnerismo como tal carece de segundas líneas presentables y, más importante aun, el rechazo al gobierno kirchnerista de la mitad de la población fue tan fuerte que se mostró como una base

sólida y perdurable para el macrismo (que finalmen- te es antikirchnerismo) pese a los magros resultados económicos de su primer año. Incluso, como advir- tiera José Natanson, la forma en que se “gestionó” la memoria de la década anterior hizo que el recuerdo fuera incluso peor que la realidad vivida (6). En el caso de Brasil, no deja de ser sorprendente que no se pudiera organizar una resistencia callejera digna del otrora mítico Partido de los Trabajadores (PT), alguna vez la principal fuerza de la izquierda latinoamericana. Y en la explicación de este fenó- meno están las políticas de estos últimos años, que incluyeron derivas “ortodoxas” en el ámbito econó- mico, pero, más importante aun, el fuerte debilita- miento de los lazos entre partido y movimientos so- ciales, incluyendo los de nuevo tipo, marcados por la participación de capas de jóvenes cuyas formas de politización difieren notablemente de las de los años 70 y 80. Pero también se produjeron quiebres entre el gobierno y el PT: mientras que en el interior del partido se mantenía un discurso socialista más bien clásico y poco conectado con la realidad, el gobierno avanzaba por las vías del ajuste, los pactos non sanc- tos que exige el poco democrático sistema electoral brasileño (7) y esquemas de financiamiento de la po- lítica que estallaron con el Petrolão. La amplia inclu- sión social (y simbólica) alcanzada no fue suficiente para enfrentar el desgaste. Venezuela y Bolivia representan casos diferen- tes. Venezuela se encuentra sumida en el caos eco- nómico (8) y el socialismo del siglo XXI se vio em- pantanado en el fango de la imposibilidad de poner en pie un Estado mínimamente eficiente. Si bien las elites venezolanas promovieron –y en muchos ca- sos aún promueven– salidas desestabilizadoras, las comparaciones con el Chile de Salvador Allende no resisten un análisis serio acerca de las deficiencias intrínsecas del “socialismo petrolero” venezolano, agravadas por el autoritario y a la vez desorgani- zador liderazgo de Maduro-Cabello. El problema del chavismo es que el llamado “populismo” puede forzar los marcos legales –y suele hacerlo– en nom- bre de una voluntad del pueblo despojada de lími- tes institucionales percibidos como simples obstá- culos para el cambio, pero para ello debe mantener un apoyo electoral plebiscitario. Por eso, a diferen- cia de sistemas más institucionalizados, los presi- dentes “nacional-populares” no pueden ganar por uno o dos puntos; deben arrasar en las urnas. Pero Maduro no solo ganó con lo justo en 2013 sino que el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) perdió dos años después –y por amplio margen– las elecciones parlamentarias. Si bien, siendo fiel a la tradición “populista” de reconocer los resultados, el PSUV aceptó el dictamen de las urnas, siendo también fiel a su “populismo” desconoció luego, en gran medida, al Poder Legislativo. ¿Y por qué incluir a Bolivia en esta deriva? Evo Morales es, a diferencia de Maduro, un presidente exitoso en términos económicos. El país creció en estos años y está haciendo un aterrizaje suave lue- go del descenso de los precios de las materias pri- mas. En Bolivia, por el momento, los problemas son más políticos que económicos. Ante el hori- zonte del fin de su mandato a inicios de 2020, Mo- rales convocó un precipitado referéndum en fe- brero de 2016 y, luego de ganar elección tras elec- ción con porcentajes superiores al 60%, lo perdió por estrecho margen (9). Y, más grave aun, el go - bierno no pudo “digerir” su derrota: a diferen- cia de los enfrentamientos con las viejas elites –sobre todo la burguesía de Santa Cruz– ahora el de- safío provenía de las urnas, es decir, de una parte del pueblo. Frente a esa nueva coyuntura se esgrimió en- tonces que los electores votaron “engañados” por un supuesto “cartel de la mentira” integrado por varios medios de comunicación (10) y se comenzó de inme- diato a buscar vías para mantener, pese a todo, la po- sibilidad de repostulación de Evo para un cuarto pe- ríodo: la más comentada hasta ahora es una renun- cia anticipada que volvería su actual mandato “in- completo”, por lo que, tras un dictamen del Tribunal Constitucional, podría habilitarse, ya que solo debe-

rían contarse los mandatos de cinco años completos. Para ello, el procurador general del Estado, Héctor Arce, ha esgrimido dos casos históricos parcialmen- te comparables (11), pero ello tiene un fuerte costo

político-simbólico: al compararse con “viejos” po- líticos, el líder boliviano debilita el carácter “refun- dacional” de su gobierno y proyecta una imagen de viveza criolla incompatible con la construcción del nuevo Estado Plurinacional. De hecho, el proyecto reeleccionista está crecientemente desacoplado de un proyecto de futuro, hoy limitado a una desdibu- jada Agenda Patriótica 2025 que desnuda que la in- tención de Evo es ser el presidente del Bicentenario. Finalmente, un elemento transversal a todas es- tas experiencias: la corrupción. En todos los casos existieron casos emblemáticos –de mayor o menor envergadura económica– que, junto a la acción de la prensa opositora, dieron forma a repolitizacio- nes sociales en clave de la “honestidad” que erosio- naron el capital simbólico de procesos que hicieron de la “nueva política” una de sus banderas. Aun así, las derivas de la corrupción –real o percibida– ope- raron en diferentes escenarios: en Argentina las investigaciones fueron realizadas tras la salida del kirchnerismo del poder por jueces que mientras duró la hegemonía justicialista solían “cajonear” las causas judiciales, y la ofensiva judicial incluye decisiones cuestionadas como la larga detención preventiva de Milagro Sala en Jujuy (12); en Brasil las denuncias fueron impulsadas por un poderoso Poder Judicial “independiente” –al menos del go- bierno– que manejó un eficaz timing de filtraciones

a la prensa para potenciar las movilizaciones ca-

llejeras anti-PT, aunque también encarceló a em- blemáticos personeros de la derecha. Finalmente, en Bolivia, el malestar social, sobre todo entre las clases medias urbanas, se asocia a la poca indepen- dencia de la Justicia, lo que ha llevado al gobierno a sobreactuar algunas detenciones, incluso abusando de la detención preventiva (como en los casos de la ex ministra de Tierras Nemesia Achacollo o de la ex pareja de Evo, Gabriela Zapata).

Paraísos perdidos Es en este marco que asistimos a la pérdida de algu-

nos “paraísos” de la etapa inicial de la ola, que lleva- ron a la decepción a muchos intelectuales primero

y a un debilitamiento de los relatos después, junto a

un renovado “realismo capitalista”. Fue el caso del “socialismo del siglo XXI”, que en los comienzos de la “década ganada” prometía un horizonte poscapi- talista, el “vivir bien” de matriz supuestamente in- dígena como modelo de bienestar no materialista, la

utopía desarrollista brasileña –con fuerte énfasis en polémicas “grandes obras” y salarios bajos– o inclu- so el más modesto “país normal” que ofreció el kir- chnerismo. Es cierto que hubo avances a menudo muy significativos en términos de inclusión social, aumento del consumo y formas de democratización

a veces paradójicas. Pero, al mismo tiempo, se invisi-

bilizó la persistencia de formas de precariedad social extendida, así como las dificultades para construir

Estados más modernos y eficientes, y en algunos ca- sos se proyectó una imagen de “soberbia” oficial que alejó sobre todo a sectores medios. Al mismo tiempo, las sociedades fueron mutando, sin que las (centro)izquierdas en el poder lograran en muchos casos leer las nuevas demandas y sensi- bilidades y terminaran repitiendo consignas del pa- sado (a veces demasiado “setentistas”) o apelando a golpes de efecto para retomar aunque sea brevemen- te la iniciativa. Un ejemplo actual: la transformación del pasaje del rally Dakar por Bolivia –rechazado por sectores de la oposición, sobre todo en las redes so- ciales– en una causa nacional e incluso en prueba de “descolonización” (13), deja ver la necesidad de estas iniciativas efectistas de corto plazo en detrimento de reformas estructurales pendientes y necesarias pa- ra Bolivia, como las de salud o educación. Pero aun más: la hiperbólica defensa de esta iniciativa depor- tiva cambia parte de la matriz discursiva oficial por una especie de nacionalismo escolar de viejo cuño. Ahora bien, la crisis mexicana, los crecientes

viejo cuño. Ahora bien, la crisis mexicana, los crecientes | 5 cuestionamientos al modelo chileno y

| 5

cuestionamientos al modelo chileno y la incerti- dumbre acerca del futuro económico argentino de- jan ver que una mera restauración del neoliberalis- mo podría concitar niveles poco tolerables de pro- testa social. La década progresista fue también una década de repotenciamiento de los movimientos

sociales y sindicales en muchos de los países –sobre todo los sudamericanos– y la inexistencia de crisis económicas catastróficas –como las de los años 80– permitieron la perdurabilidad de ese capital orga- nizativo incluso donde los gobiernos de izquierda

o centroizquierda retrocedieron. En ese marco, las fuerzas progresistas se verán frente a diversos ti-

pos de reconfiguraciones nacionales y regionales (donde proyectos como el tren bioceánico se ne- gocian con menos pasión latinoamericanista y or- ganismos como el Mer- cosur enfrentan una re- configuración ideológica significativa). Por eso, la consigna kirchnerista “vamos a

volver” simplifica dema- siado los cambios opera- dos en 2016 a una escala latinoamericana: los triun- fos de las nuevas derechas no parecen solo un pa-

réntesis –una especie de error histórico que se po- dría corregir en breve– sino la expresión de nuevas realidades –y de cansancios sociales– que los oficia- lismos de turno no lograron interpretar a tiempo y que estas fuerzas, enarbolando la bandera del cam- bio, pudieron hegemonizar. Y con ello corrieron al- gunos de los ejes del debate, introdujeron nuevos lenguajes y entroncaron con ideas “simples” de la felicidad, dando lugar, como escribió Beatriz Sarlo,

a formas de neopopulismo cool en contextos de baja

politicidad (14). En su capacidad para actuar en es- te tipo de contextos –después de una década de ele- vadísima politicidad, a veces incluso excesiva– se definirá posiblemente el futuro de los partidos pro- gresistas y movimientos sociales del continente. g

Las sociedades fueron mutando, sin que las (centro) izquierdas en el poder lograran leer las nuevas demandas.

1. Perry Anderson, “Crisis in Brazil”,

London Review of Books, Vol. 38, Nº 8, abril de 2016.

2. Laura Raim, “La derecha ‘alternativa’ que agita a Estados

Unidos”, Nueva Sociedad, Nº 267, enero-febrero de 2017.

3. Juan Carlos Monedero, “La democracia agredida.

Populismo, posdemocracia y neoliberalismo”, Nueva

Sociedad, Nº 267, enero-febrero de 2017.

4. Sandro Pozzi/David Marcial Pérez, “Trump obliga a Ford y

General Motors a dejar México”, El País, Madrid, 4-1-017.

5. Pablo Stefanoni, “Balance 2016. América Latina:

una época más híbrida que refundacional”, supl. Ideas, La Nación, Buenos Aires, 18-12-16.

6. José Natanson, “Diálogos sobre la transición

argentina”, La Izquierda Diario, 24-7-16.

7. Germán Lodola, “Brasil abre una peligrosa caja de

Pandora”, La Nación, Buenos Aires, 26-4-16.

8. Renaud Lambert, “Contrarrevolución en la contrarrevolución”,

Le Monde diplomatique, ed. Cono Sur, Nº 210, diciembre de 2016.

9. Pablo Stefanoni, “Referéndum por penales”, Le Monde

Diplomatique, Nº 200 (ed. web), febrero de 2016.

10. Se refiere a la existencia no comprobada de un hijo

de Evo en el marco de un caso de posible tráfico de

influencias de su ex novia, la joven Gabriela Zapata.

11. Héctor Arce, “Habilitación por renuncia”, El

Deber, Santa Cruz de la Sierra, 6-1-17.

12. Roberto Gargarella, “El caso de Milagro Sala como oportunidad

de ponernos a prueba”, Panamá revista, Buenos Aires, 2-1-17.

13. “Quintana vincula Dakar a la necesidad de política interna”,

Erbol, La Paz, 8-1-17. Allí, el ministro de la Presidencia acusó a

los detractores del rally de “nuevos invasores, los Almagros, los Pizarros modernos, rufianes, sicarios políticos, lacayos del imperio, empleados de [opositor Samuel] Doria Medina”.

14. Beatriz Sarlo, “Primer año de gobierno:

neopopulismo Macri”, revista Noticias, 16-12-16.

*Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires. Jefe de Redacción de la revista Nueva Sociedad.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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6 | Dossier La (des) integración de América Latina Edición 212 | febrero 2017 El sesgo

Dossier

La (des)

integración de

América Latina

Edición 212 | febrero 2017

El sesgo hacia un mayor contenido político y de defensa de los intereses comunes de los países asociados, que impulsaron en el Mercosur los gobiernos llamados progresistas entre 2004 y 2015, se invierte ahora con la llegada al poder de las fuerzas conservadoras en Argentina y Brasil.

Arduo pasado y dudoso futuro de las uniones regionales

Un proceso de desintegración

por Mario Rapoport* y Julián Kan**

de desintegración por Mario Rapoport* y Julián Kan** U na cuestión que forma parte del discurso

U na cuestión que forma parte del discurso “globalizador” se refie- re al tipo de relaciones existen- tes entre la globalización y las integraciones regionales, ya sea los espacios económicos regio-

nales marcados por procesos de integración “de iu- re” –Unión Europea, Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), Mercosur– o, “de he- cho”, (Asia-Pacífico). Estos procesos son considera- dos, por algunos especialistas, como mero reflejo y cauce de la globalización económica. Los mercados ampliados se deberían, sobre todo, a un salto cuanti- tativo en las corrientes de inversión transnacionales y en las modalidades de fusiones y asociaciones em- presarias, dando como resultado una expansión de la inversión directa de distinto origen en las diferen-

tes áreas regionales consideradas en su conjunto (1). Esta concepción globalista de la regionalización entiende que la tendencia a la conformación de mer- cados protegidos y a la constitución de bloques co- merciales es una consecuencia no deseada del pro- ceso globalizador, atribuible, exclusivamente, a las

decisiones subjetivas de los Estados. Se escinde así la economía de la política y de la historia, dejando fuera del campo de análisis una serie de factores. Uno de ellos es la diversidad de orígenes y ten- dencias determinantes de cada proceso de integra- ción tal como se verifican en la realidad. La unifica- ción europea tuvo desde sus inicios una fuerte con- notación geoestratégica y económica en los marcos de la asociación con Estados Unidos frente a la ex- pansión comunista (cuyos comienzos se encuentran en el Plan Marshall) y, más tarde, como instrumento para una mejor defensa de los intereses propios con respecto a la hegemonía estadounidense. El TLCAN constituye, por un lado, la corona- ción de un proceso previo de asociación económica con desiguales características entre Canadá y Esta- dos Unidos y este último país y México y, por otro, un movimiento de respuesta político-estratégica de Washington al proceso de regionalización europea y al desafío asiático. El mismo se procuró proyectar hacia el resto del hemisferio americano, con la Ini- ciativa de las Américas, luego transformada en el re- cordado ALCA, pero resistido posteriormente por

Leo Chiachio-Daniel Giannone, Próceres, 2004 (gentileza Fundación OSDE)

los países del Mercosur y por un heterogéneo con- junto de sectores sociales y políticos de la región. En un proceso aún no definido, el Mercosur, na- cido en 1991 aunque empezó a funcionar en 1995 co- mo Unión Aduanera, constituye la dificultosa cul- minación de una serie de viejas iniciativas frustra- das. Concebido para el logro de mayores niveles de desarrollo nacional basado en la ampliación de los mercados internos y de los intercambios comercia- les y de una potenciación del poder negociador de los distintos países en el orden mundial, el Mercosur atravesó diferentes etapas, tanto de logros como de crisis y tensiones. En este contexto, la problemática del Mercosur ha sido tratada numerosas veces e in- cluye un dilema: lograr una mayor convergencia con el proyecto hemisférico norteamericano o promover una política de creciente diversificación comercial y económica con el resto del mundo. Con la vuelta de las fuerzas conservadoras al sur de la región pareciera que el primer camino está por predominar. El continente es un caldero en ebulli- ción, donde las democracias han reemplazado ahora a las políticas de los viejos gobiernos militares me-

diante el bombardeo de los medios de comunicación, la transgresión de las libertades civiles y nuevos re- partos de riqueza a favor de las corporaciones y sec- tores económicos más poderosos. Subsisten además serias contradicciones en el seno de cada proceso de integración entre fuerzas económicas divergentes, regiones desarrolladas y subdesarrolladas y Estados nacionales, como las diferencias de tamaño y poder económico entre las naciones y dentro de los mis- mos países entre las diferentes regiones. A su vez, la funcionalidad de esos procesos regionales que res- pondía a trayectorias históricas y procuraba hacer avanzar a los antiguos espacios nacionales a nuevas etapas de desarrollo, facilitó la expansión de empre- sas multinacionales por sobre sectores empresarios locales, y en ellos también juega la competencia eco- nómica, política y estratégica mundial.

El rechazo al ALCA La primera década del siglo XXI trajo la crisis de la gobernabilidad neoliberal y con ella el rediseño de

las iniciativas de integración regional provenientes de los años noventa, en la que el mercado y los capi- tales fueron los sujetos destacados de los principales acuerdos regionales. En un contexto de cambios políticos en el conjun- to de la región desde el “Consenso de Buenos Aires” firmado por Kirchner y Lula en octubre de 2003, el bloque Mercosur tuvo una gran revitalización, tanto económica como política. La mayor cohesión inter- na lograda por él y los acuerdos con la Venezuela de Hugo Chávez jugaron un papel estelar en la derrota del ALCA en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata. Dice Jorge Taiana, un protagonista del hecho:

“El ALCA había empezado en la primera reunión en Miami en 1994 (que iba a ser su sede). En 1994, con Clinton se hace la segunda reunión, después en Chi- le en el 98, y todos estaban a favor del ALCA, de un acuerdo de librecomercio. Luego hubo una tercera reunión que fue en Quebec y ahí hubo dos problemas:

el primero es Chávez, que no está de acuerdo, dice ‘yo

no estoy de acuerdo, no firmo’[…]. El único de los 34

que se opone en esta cumbre fue este hombre […] el otro dato que llama la atención es que hay moviliza- ciones en contra. La cumbre de Quebec es una cum- bre que por primera vez tiene que estar cerrada, ya que hay miles de tipos que protestan en la puerta” (2). Si bien las tensiones económico-comerciales entre Argentina y Brasil continuaron, tuvieron otro tratamiento político desde las cancillerías, los ministerios de Economía y las secretarías de Comercio, a la vez que nuevas áreas de integración tuvieron significativos avances (educación, migra- ciones, cultura y ciudadanía) (3). En ese contexto, se desarrollaron instancias de in- tegración y cooperación regional más políticas; por un lado el ALBA, con un modelo alternativo de inte- gración mediante intercambios solidarios y coope- rativos, emanado de los acuerdos entre Venezuela y Cuba, a los que luego se sumaron Bolivia, Nicaragua

y Ecuador. Por otro lado, la UNASUR y la CELAC,

que desarrollaron una mayor cooperación política entre los países de la región con una agenda orienta- da por temas de soberanía, recursos naturales y de- fensa, entre otros, que la diferencia de los objetivos que persiguen los TLC. Sin la presencia de Estados

Unidos, constituyeron una novedad en la historia de los procesos de integración latinoamericanos. Todas estas iniciativas presentaron una mayor coordina- ción política regional, el intento de una integración con mayor autonomía y, a su vez, desplazaron a un segundo plano la cuestión comercial como eje rector de la vinculación entre los países de América Latina, en consonancia con el proceso de repolitización post neoliberal en el interior de varios de ellos. Con el comienzo de la crisis global en 2008, se

volvió a instalar la necesidad, tanto por parte de los grandes capitales como de los Estados centrales, de relanzar iniciativas que profundizaran o expan- dieran los lazos económicos comerciales a diversas partes del globo, para levantar niveles de consumo

e intercambio, expandir inversiones, llegar a nuevas

áreas de influencia y sin duda frenar el despliegue de

los BRICS, sobre todo de China. Ese nuevo avance se enfrentó a una región en el momento de hegemo-

nía de los denominados gobiernos progresistas que desplegaron aquella integración regional más polí- tica, algo más proteccionista desde lo económico y más reacia a abrirse al mercado mundial. Aun así, el nuevo empuje del capital hacia mega acuerdos globales se terminó afianzando en los últimos tres

o cuatro años, y este intento de recuperar la región

por parte de los países centrales y los grandes capita-

les comenzó a tener impacto en el presente de Amé- rica Latina. Por ejemplo, la consolidación de la AP (Alianza del Pacífico) y ésta como puente de ingreso al TPP (Acuerdo Transpacífico), constituyen parte de esta nueva escalada.

Reconstitución del eje neoliberal Cuando entre 2003 y 2005 el ALCA se tornó inviable,

el despliegue de los Tratados de Libre Comercio bila-

terales (TLC) aseguró a Estados Unidos una base mí- nima para poder reconstituir un vínculo con la región. El desarrollo de una política regional que fomenta una integración basada en el intercambio comercial y cer- cana a la política exterior y regional norteamericana se asocia a la manutención en el orden interno de las políticas económicas neoliberales. En efecto, a con- tramano de lo acontecido en el resto de la región en- tre 2005 y 2015, Chile, Perú, Colombia y México con- servaron políticas más cercanas al ideario neoliberal

y priorizaron la negociación de un TLC con Estados

Unidos y un acercamiento a su política externa (4). El ingreso como observador de Argentina a la AP en la última cumbre de Santiago de Chile, a partir del

cambio de gobierno de diciembre de 2015, empezó a plasmar en hechos el reiterado anuncio de “abrirse al mundo” y a los mercados realizado por el núcleo gobernante de Cambiemos. La crisis del Mercosur, con el todavía indeterminado ingreso de Venezuela

en función de su situación política interna, el perma- nente descontento de Uruguay y Paraguay con el blo- que, y la reanudación de las negociaciones por un TLC entre el Mercosur y la UE, saludada con énfasis por los nuevos mandatarios de Argentina y Brasil, dan una muestra del cambio de dirección en los modelos de in- tegración (o desintegración) regionales. En efecto, la Argentina de Macri y el Brasil de Temer son más propicios a reformular el Merco- sur. Lo más probable es reducirlo a una zona de librecomercio, eliminando la política aduanera co- mún, que lo caracteriza como unión aduanera den- tro del sistema jurídico internacional. Otra opción es flexibilizar la posibilidad de que algunos de sus miembros firmen acuerdos de preferencia arancela- ria o TLC en forma individual. También, acercarse como bloque a un acuerdo preferencial con la AP y profundizar el acuerdo de librecomercio con la UE (sobre lo que sí se han manifestado claramente am- bos gobiernos) o asociarse a los mega acuerdos de li- beralización comercial en danza. Por el momento, los dos nuevos gobiernos se concentran en la situa- ción de Venezuela y acordaron alentar su salida del Mercosur, al menos mientras continué en el poder Nicolás Maduro, lo que a su vez repercutirá en una mayor debilidad para el ALBA. ¿Cómo impactará en el escenario latinoamericano actual el acercamiento de Estados Unidos a Argenti- na y Brasil y sus nuevos gobiernos de derecha desa- rrollado por Obama, con la llegada de Trump? ¿Có- mo convivirán el UNASUR y la CELAC, organismos

máspolíticoseindependientes,conlosgobiernosque

potencian nuevamente ese modelo exclusivamente económico-comercial de integración? ¿Se reducirá el Mercosur a una zona o área de librecomercio elimi-

nando la política arancelaria común que lo identifica como unión aduanera? ¿Existirá un acuerdo de libre- comercio como bloque con la AP o con Estados Uni- dos? ¿Cuál será el futuro del ALBA? Difícil es esbozar una respuesta clara a todos estos interrogantes. A su vez, la actual desglobalización establece entre los Estados una competencia feroz en el comercio internacional en retroceso, donde los países más poderosos siguen siendo proteccionistas

a ultranza, como Estados Unidos con sus subsidios

a ultranza, como Estados Unidos con sus subsidios | 7 agrícolas o Europa con su política

| 7

agrícolas o Europa con su política agrícola común,

o utilizan devaluaciones competitivas. En el caso de

Argentina el intercambio con Estados Unidos es ab- solutamente negativo y el intento de conformar un acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea sólo beneficia a las transnacionales, en un continente en problemas porque tampoco sus integrantes están de acuerdo en abandonar su proteccionismo agrario

(5). Hay que tener en cuenta que más allá de las tra- bas comerciales, a los europeos les interesa avanzar en el área de servicios, privatizaciones, recursos y desregulación financie-

ra, para lo que cuentan ahora con gobiernos más propensos a ello en el Cono Sur. Si las agendas de negociación por este acuerdo de librecomer- cio, al igual que las de las iniciativas más globales como el TPP y TISA (6), continúan siendo silen- ciosas, las posibilidades de intervenir sobre ellas

son menores y los efectos sobre la autonomía regio- nal lograda en la primera década del siglo XXI serán aun peores. La caída del comercio y los mercados mundiales no tiene que ver sólo con el proteccionismo, tiene que ver también con el menor interés de las empresas multina- cionales en invertir en otros países que consideran in- seguros. De todos modos, el comportamiento de la in- versión extranjera directa no ha traído nunca grandes beneficios al país. Por un lado, ha succionado riquezas

a través del flujo de sus ganancias hacia el exterior; por

otro, no ha incorporado procesos tecnológicos nuevos que aporten a nuestro desarrollo económico (7). Pero aprovecharon claramente los procesos de integración regional, comenzando por el Mercosur, ampliando sus mercados en la región, y ahora resultan más beneficia- das con la liberalización de controles y la disminución de tributos y retenciones, mientras el empleo y el merca- do interno resultan afectados. Sin embargo, los pueblos de nuestra región cuentan con una experiencia reciente de resistencia y terminarán haciendo memoria ante el fracaso del neoliberalismo y un contexto internacional diferente, convulsionado con la llegada de Trump, e irán dandorespuestaamuchosinterrogantes. g

El nuevo empuje del capital hacia mega acuerdos globales se terminó afianzando en los últimos tres o cuatro años.

1. Charles Oman, Globalization and Regionalization: the

challenge for developing countries, OCDE, París, 1994.

2. Entrevista a Jorge Taiana, en Mario Rapoport,

Historia oral de la política exterior argentina 1966-2016, Buenos Aires, Editorial Octubre, pp. 808-809.

3. A partir del Consenso de 2003 se avanzó en aspectos políticos

e institucionales. Entre otras cuestiones del recordado

encuentro, se decidió dar inicio al Parlamento del Mercosur.

4. Sobre el ciclo reciente (2005-2015) de la integración regional,

véase Julián Kan (comp.), El No al ALCA diez años después. La Cumbre de Mar del Plata y la integración latinoamericana reciente, Editorial de la FFyL-UBA, Buenos Aires, 2016.

5. Vale la pena recordar que las negociaciones entre el Mercosur

y la UE se detuvieron en 2005 por los mismos motivos que las del

ALCA –aunque sin el impacto político que tuvieron las de éste–, como el problema de los aranceles y subsidios internos que los países centrales no se comprometían a levantar, la exigencia de

una fuerte desgravación arancelaria de las estructuras productivas de la región, una gran presión por las compras gubernamentales, las patentes intelectuales y nuevas formas de soberanía financiera en beneficio de las multinacionales, entre otros aspectos.

6. Podemos también incluir la agenda que retomará la OMC

en su próxima reunión global en diciembre de 2017, que tendrá lugar nada menos que en la ciudad de Buenos Aires.

7. M. Bekerman y D. Vásquez, “Inversión extranjera

directa y estructura productiva en la posconvertibilidad”, en Desarrollo Económico, Vol. 56, Nº 219, Buenos

Aires, septiembre-diciembre de 2016.

*Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires. **Doctor en Historia de la UBA. Investiga- dor del CIHERSI-IDEHESI (UBA-CONICET).

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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8 | Dossier La (des) integración de América Latina Luis F. Benedit, Agrupación Baigorrita A ,

Dossier

La (des)

integración de

América Latina

8 | Dossier La (des) integración de América Latina Luis F. Benedit, Agrupación Baigorrita A ,

Luis F. Benedit, Agrupación Baigorrita A, 2008 (gentileza Fundación OSDE)

El Mercosur, piadosamente definido como “unión aduanera imperfecta”, no ha superado su condición de zona de librecomercio. Sus respuestas políticas no lo preparan para los nuevos desafíos que le plantea el discurso incendiario de Trump.

Frente al reflujo de la globalización

Luces de alarma en el Mercosur

por Gabriel Puricelli*

L a “globalifobia”, ese talante político que cuando cambiábamos de siglo se le adjudicaba, con el mismo desapego que un mal médico le endosa una pa- tología a un paciente, al movimiento

que impugnaba la agenda de entonces de la Orga- nización Mundial del Comercio (OMC), es desde el 20 de enero de 2017 la nueva ideología oficial de la Casa Blanca. Con sobretonos ultranaciona- listas que lo ponen en las antípodas de la retó- rica cosmopolita de aquel movimiento, Donald Trump vino a anunciarles a los estadouniden- ses la distopía de una fortaleza comercial y eco- nómica amurallada que amenaza con dislocar las cadenas de valor globales con la promesa de regresar a un tiempo de aislamiento olímpico que nunca fue.

En un contexto mundial, marcado por este advenimiento, el Mercosur debería destacarse

como un emprendimiento que permitiera gua- recerse de esa intemperie. Sin embargo, por mo- tivos que anteceden en mucho a la ola en la que se encaraman no sólo Trump, sino la británica Theresa May y las ultraderechas europeas que tienen a Marine Le Pen como principal abande- rada, el bloque sudamericano vegeta en su faceta comercial y convulsiona espasmódicamente en su faceta política. Nos encontramos con un Mercosur mal pre- parado para un cambio del viento largamente anunciado y no es la primera vez que sucede. La más reciente coyuntura crítica global que tuvie- ra que enfrentar, la desencadenada por la quie- bra de Lehman Brothers en 2008, vio a los dos socios principales del Mercosur, Brasil y Argen- tina, prodigarse todo tipo de chicanas protec- cionistas. Así, en una coyuntura crítica que de- mandaba solidaridad y coordinación comercial

Edición 212 | febrero 2017

y macroeconómica, la escena que se volvió más común en la frontera fueron las largas colas de camioneros durmiendo en sus vehículos noche tras noche a la espera de autorizaciones admi- nistrativas para seguir viaje que se demoraban con cualquier pretexto. Claro que la sintomato- logía que evidenciaba un Mercosur anémico no se agotaba en estos chispazos entre los dos gran- des del bloque, sino también en los rigores que los grandes dispensaban a los pequeños, como se vio durante la larga guerra fría que Argentina le declarara a Uruguay tras la puesta en marcha de la construcción de una fábrica de pasta de celu- losa en Fray Bentos, en 2005.

Una misión inconclusa Haríamos bien, sin embargo, en no contentarnos con una casuística limitada para elaborar un jui- cio sobre el estado general del Mercosur. Si am- pliamos el campo de visión, hay un hecho que se impone por sí mismo como el más elocuente indicador de ese estado: la falta de implementa- ción de la unión aduanera. Visto de cerca, el Mer- cosur, piadosamente definido como una “unión aduanera imperfecta” en parte de la literatu- ra especializada, no ha superado aún su condi- ción de zona de librecomercio, tantas son las ex- cepciones a su Arancel Externo Común (AEC). La adopción del código aduanero del bloque, en 2010 (falta aún su internalización en el derecho de los Estados parte), no fue seguida de la im- plementación de la aduana única. Es decir, la ta- rea principal que las autoridades del bloque se habían fijado para esta etapa, está inconclusa. Y eso ocurrió, curiosamente (o no) en momentos en que la retórica contraria al librecomercio al- canzó su clímax. Mientras rechazaban esa pres- cripción para el librecomercio en todo el hemis- ferio, los líderes del Mercosur se revelaban inca- paces de superarlo como máximo estadio de las relaciones entre sus propios países. Sin embargo, aunque esa retórica no se co- rrespondiera con lo que las autoridades de los países del Mercosur estaban dispuestas a enca- rar en el plano comercial, hay que decir clara- mente que sí cumplió una función relevante. Lo que muchas veces, en análisis que nos permiti- mos considerar superficiales, se ha tomado como demostración de la consolidación del Mercosur, ha sido más bien un mecanismo para compensar la ausencia de avances en el desarrollo de un pro- yecto que sigue siendo, mientras no se reforme el Tratado de Asunción, comercial. La lectura que proponemos implica entender la profusión de declaraciones políticas en las cumbres y otras instancias de menor jerarquía del Mercosur co- mo expresión de la voluntad política de no dejar morir idealmente el proyecto, aunque esa mis- ma voluntad careciera del vigor de hacerlo avan- zar comercialmente. Las iniciativas políticas no han sido de ningún modo decorativas: han traí- do consigo la construcción de nuevas instancias institucionales que, aunque problemáticamente inscriptas en el derecho que emana del tratado que funda el bloque, crean prácticas y preceden- tes que lo mantienen vivo y que lo han hecho evo- lucionar en dirección a un modelo más político que estuvo en el espíritu de quienes lo concibie- ron pensando en la hoja de ruta que recorrió la actual Unión Europea desde la firma del Tratado de Roma, en 1957. La incorporación de Venezuela como miem- bro pleno del Mercosur, el hecho cuya reversión es hoy lo que más fuertemente suscita la necesi- dad de hablar del estado y del futuro del Merco- sur, se decidió bajo ese signo. Aunque la agenda comercial seguía sin mostrar avances y aunque los lábiles sectores industriales y agroindustria- les venezolanos no podían beneficiarse realmen- te de la adopción de las pautas arancelarias del Mercosur y sobrevivir (no ya fortalecerse) con el librecomercio dentro del bloque, se optó por una visión “politicista” (que además satisfacía algu-

nos apetitos brasileños de acceso al mercado de Venezuela) y se avanzó con su incorporación. Lo que en 2006, cuando Caracas firmó el protoco- lo de adhesión, aparecía como una situación en la que ganaban todos (el “viejo” Mercosur mos- trándose en expansión, Venezuela demostrando que no podía ser aislada geopolíticamente), ter- minaría implosionando cuando ese cálculo polí- tico fue dejado de lado por nuevos líderes en los países miembros. Como era de esperarse, Venezuela careció de la capacidad de adecuarse en los plazos espera- dos en el plano comercial y su gobierno se con- tentó (antes de derretirse el poder político del que alguna vez dispuso el chavismo para hacer avanzar cualquier cosa a golpes de voluntad) con exhibir la membresía plena en el Mercosur co- mo un talismán ante adversarios internaciona- les reales o convenientemente imaginados. La inversión de Argentina y Brasil en formalizar la integración venezolana fue ingente. Lo que en 2006 se presentaba como un envión vigoro- so y luego se empantanó en las aguas turbias de los senados brasileño y paraguayo tenía todavía en 2012 tanta importancia para los gobiernos de los dos países, que se aprovechó la circunstancia desgraciada de la destitución de Fernando Lu- go en Paraguay y la lógica subsecuente suspen- sión de ese país del bloque para darle plena ciu- dadanía política dentro del bloque a Caracas. Po- co importó que hacerlo de ese modo condenara a esa decisión a tener pies de barro: un Chávez menguante obligaba al esfuerzo de mantener a Venezuela a corta distancia, en previsión de lo que pudiera pasar. Nos hemos detenido en particular en este he- cho puntual porque es tal vez el que mejor re- fleja esta dinámica política sostenida a marcha forzada sin correspondencia con el sistema cir- culatorio comercial del bloque. Una dinámica, además, a la que luego se le suman las necesida- des políticas domésticas propias de cada país, la suma de las cuales no se traduce nunca en la polí- tica virtuosa que necesita el Mercosur como en- tidad que trasciende a los países. De ahí la profu- sión de declaraciones políticas en las cumbres, que se espectacularizan para satisfacer necesi- dades simbólicas de las bases de apoyo de algu- nos de los gobiernos. De ahí también lo que po- demos ver desde el cambio de gobierno en Para- guay tras las elecciones de 2013: con la llegada de Horacio Cartes al gobierno la política hacia el Mercosur de ese país queda de rehén de la agen- da doméstica, de la reivindicación nacionalista del país pequeño y mediterráneo supuestamen- te “humillado” por una suspensión decidida por sus socios. En todos los casos, la política girando en falso en ausencia de una agenda concreta para implementar.

Después de la fuga hacia adelante Las fisuras en el Mercosur, por otra parte, no son solamente las que separan desde hace tiempo al hiperactivismo político del pantano de las rela- ciones comerciales. Por el contrario, la voluntad

política ha tenido sus alzas y sus bajas. Una evi- dencia temprana de ello es el destino corrido por la presidencia de la Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur (CRPM). Como una muestra más de la imbricación permanente en- tre la política doméstica de cada país del bloque

y la política regional, el Mercosur fue para Nés-

tor Kirchner, en 2003, el lugar perfecto para de- positar el jarrón chino en que se había conver- tido su mentor Eduardo Duhalde. Al entonces flamante presidente no le costó convencer a los gobiernos de los países socios de construir un si- llón a la medida de Duhalde, que lo instalara có- modamente en Montevideo, a suficiente distan- cia de Buenos Aires como para no interferir en la conquista por el presidente y su esposa del apa- rato del peronismo bonaerense. Lo que sin duda servía a un propósito doméstico, tenía de todos modos una proyección virtuosa: Duhalde era (y sigue siendo) un entusiasta del bloque regional, tenía una relación con Lula infinitamente más desarrollada que la que tenía Kirchner, y en un condición de elder statesman le proporcionaba al Mercosur una vocería unificada y una cara reco- nocible dentro y fuera del Hemisferio Occiden- tal. La institución creada a medida de Argentina debió haber evolucionado hacia un cargo en cu- ya necesidad todos los socios coincidieran y que pudiera rotar entre ellos. Sin embargo, finaliza- do el período de Duhalde, recayó otra vez en Ar- gentina, ante la deserción y el desinterés de los demás, la tarea de encontrar a alguien con su- ficientes blasones: fue entonces el ex vicepre- sidente Carlos Chacho Álvarez el que ocupó el cargo, no por uno, sino por dos mandatos, hasta 2009, cuando (con una inevitabilidad con trazos

trágicos) se decidió que en el futuro sí sería rota- tiva, pero quedaría a cargo de burócratas de ca- da país. Creada en un momento caliente, cuando sobrevino la anemia la presidencia de la CRPM quedó reducida a una figura más en la maraña del organigrama montevideano del bloque. La pregunta que se impone en la coyuntura actual del Mercosur es qué sucede cuando la vo- cación por sostener el Mercosur con el placebo político no sólo se vuelve anémica, sino que se esfuma. Si la plétora de declaraciones y accio- nes políticas de la década pasada fue una forma particular de fuga hacia adelante, de sostener un “como si” que de todos modos construyó pautas

y rutinas que mantuvieron andando malamente

el bloque, ¿qué sobreviene cuando los gobiernos que apuntalaron el pulso del bloque de ese mo- do particular son reemplazados? Los cambios de gobierno sucesivos en Paraguay, Argentina

y Brasil no significan automáticamente dina-

mitar un edificio perfecto, pero dado el estado precario que describimos, basta con olvidarse de apuntalar una viga para que empiecen a apare- cer las rajaduras que se habían disimulado hasta ahora. Más allá de la retórica y de las escenas tra- gicómicas que rodearon a la decisión de suspen- der la membresía plena de Venezuela, lo que ha sucedido en este caso es que ya no están los go- biernos dispuestos a mirar para otro lado mien-

los go- biernos dispuestos a mirar para otro lado mien- | 9 tras Venezuela pasa diez

| 9

tras Venezuela pasa diez años sin completar su adecuación. Se podrá decir que pasó por alto un ultimátum de sus socios y que esos socios tienen bases legalmente dudosas para emitir ese ulti- mátum, pero lo que no se puede obviar son los hechos: Venezuela gozaba de una dispensa que le podía ser retirada cuando cambiara la situa- ción política en algún país, como es de esperar que ocurra en algún momento. Se podrán cruzar acusaciones cargadas de los más vehementes ad- jetivos: lo único que hay detrás es una situación precaria que nadie se preocupó de consolidar a su debido tiempo. Un ex presidente de la CRPM diagnosticó el Mercosur de hoy en estos términos: “la crisis de Venezuela, los problemas de legitimidad en Brasil y el disconformismo de Uruguay son fac- tores que empujan al Mercosur en su conjunto a pensar que el acuerdo con la Unión Europea es

la única tabla de salvación que tiene”. Si lo enhe- bramos con nuestro argumento, el acuerdo bi-re- gional de librecomercio sería la fuga hacia ade- lante definitiva: un Mercosur que no se realiza como bloque comercial y político sudamericano, sino que se disuelve en un área de librecomer- cio más amplia. Las garantías de que en la UE va

a seguir habiendo un talante abierto a negociar

ese acuerdo son más débiles que las que tenía Venezuela de seguir integrando el Mercosur si cambiaban los gobiernos. Un inventario rápido: Argentina es uno de los grandes del bloque y no tiene problemas domés- ticos que le impidan proyectar una visión clara hacia sus socios, sólo que no sabemos cuál es esa visión. Tampoco hay problemas de gobernabili- dad en Uruguay ni en Paraguay, pero en ninguno de los dos países pequeños del bloque parece ha-

ber hoy una convicción de que el Mercosur debe- ría ser su herramienta preferida. Brasil está inca- pacitado de proyectarse hacia afuera y su diplo- macia está encabezada por un notorio y explícito enemigo de la idea del Mercosur, que ha abando- nado esa retórica simplemente para que le den las llaves de Itamaraty. Venezuela ya no está. La profesión de fe globalista se ha chocado ya con el muro comercial que ha comenzado a cons- truir Donald Trump en Estados Unidos: ¿basta- rá eso para que suene la alarma en el Mercosur de que ya no hay fuga hacia adelante posible y de que hay que retomar la agenda del comercio regional? Un Mercosur que no mire ni con inge- nuidad ni con reticencia al comercio internacio- nal, que articule integración regional e inser- ción global y se preocupe por mejorar los efectos distributivos de ese comercio no debería sonar

a utopía, pero entre la resaca de la retórica de la

década pasada y la perplejidad de los librecam- bistas ingenuos ante el reflujo de la globaliza- ción, es una idea a la que le cuesta abrirse paso. g

* Coordinador del Programa de Política Internacional, Labo- ratorio de Políticas Públicas (http://lppargentina.org.ar). © Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

Maestría en Relaciones Internacionales Abierta la inscripción 2017 Diana Tussie Directora Área de Relaciones

Maestría en Relaciones Internacionales

Abierta la inscripción 2017

Diana Tussie

Directora

Área de Relaciones Internacionales FLACSO Argentina mri@flacso.org.ar Tel: 541152389377

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10 | A principios de enero, los enfrentamientos entre organizaciones criminales brasileñas causaron la muerte de

A principios de enero, los enfrentamientos entre organizaciones criminales brasileñas causaron la muerte de 56 detenidos en una prisión de Manaos y de otros 33 en Roraima. La población carcelaria se multiplicó por siete en veinte años, y la mayoría de los detenidos fueron condenados por robo o narcotráfico.

En medio del caos penitenciario brasileño

Infierno en las cárceles

por Anne Vigna*

brasileño Infierno en las cárceles por Anne Vigna* Enfrentamientos de organizaciones criminales, Natal, 19-1-17

Enfrentamientos de organizaciones criminales, Natal, 19-1-17 (Andressa Anholete/AFP)

U na de las pocas imágenes que se conocieron públi- camente de la cárcel de Vila Independência, en San Pablo: hamacas en-

trelazadas que forman una telaraña donde aparecen, aquí y allá, el brazo colgando o la pierna de un preso. En las paredes se distingue el esqueleto de metal sobre el cual está colgada la estructura de cuerdas, que debilita la del edificio. A falta de espacio su- ficiente en el suelo para los cincuen- ta y cuatro detenidos alojados en cel- das previstas para doce, el espacio su- perior está saturado: una “solución” adoptada en muchas cárceles de Bra-

sil, frente a una sobrepoblación car- celaria más preocupante que nunca. “Estamos al borde de la implosión”, reconoce Thiago Joffily, fiscal del Ministerio Público del Estado de Río de Janeiro, encargado del control de las cárceles. En veinte años, Brasil vio multi- plicarse por siete su población car- celaria: de 90.000 personas en 1995 a 623.000 en la actualidad (1), lo que ubica al país en el cuarto puesto mun- dial. Pero mientras que en Estados Unidos, China y Rusia –los tres paí- ses que encabezan la clasificación– el número de presos disminuyó estos úl- timos años, aquí sigue creciendo (2).

A pesar de la construcción de unas

236.000 plazas estos últimos quince años, seguirían faltando por lo me- nos 250.000. “Creemos que falta un número de plazas mucho mayor que ése –nos explica Valdirene Daufem- back, directora del Departamento de

Políticas Penitenciarias en el seno de

la administración federal (DEPEN)–.

Un estudio señala que entre los que

se encuentran detenidos por un largo

período y los que permanecieron sólo unos meses, alrededor de un millón de personas fueron encarceladas en Bra- sil en 2014.” Este “encarcelamiento masivo”, tal como lo definen los especialistas, no

Edición 212 | febrero 2017

se tradujo en una reducción de la in- seguridad. Por el contrario: los críme- nes y delitos aumentaron, con 58.467 muertos por homicidio doloso en 2015 (3), es decir, dos veces más que en 1990. Los robos y el tráfico de drogas siguen la misma tendencia. “En reali- dad, la población carcelaria aumentó porque la sociedad reclama siempre una mayor firmeza contra el delito. Y esta política de ‘tolerancia cero’ tiene un efecto desastroso. Todos los estu- dios lo señalan, tanto en Brasil como en otras partes”, agrega Joffily.

Aumento imparable del delito Como suele suceder en A mérica Latina, algunos crímenes cuyas víc- timas pertenecían a la clase domi- nante (4) generaron mucho ruido en la prensa, la cual reclamó un endure- cimiento de las leyes. En 1990, bajo el mandato del presidente Fernando Collor de Mello, una nueva ley defi- nió la gravedad de los delitos en el Código Penal; el tráfico de drogas se ubicó en la categoría más alta, junto con el asesinato, el secuestro y la vio- lación. Las penas aumentan y el obje- tivo de desarrollar regímenes abier- tos (que permiten al detenido salir para trabajar) se aleja cada vez más. Los condenados por asesinato siempre fueron una minoría –el 12% de la población carcelaria–, ya que el porcentaje de esclarecimiento de los homicidios sigue siendo muy bajo: en- tre el 6% y el 8%. La mayoría de los de- tenidos fueron condenados por robo (43,4%) o tráfico de drogas (25,5%). “Las cárceles están llenas de perso- nas detenidas en flagrante delito por

la policía militar, la que, en Brasil, no investiga sino patrulla. Quienes se en- cuentran en prisión no son pues ni cri- minales peligrosos ni grandes trafi- cantes, sino pobres: autores de peque- ños delitos o toxicómanos que venden droga para asegurarse su consumo”, explica la socióloga Jacqueline Sinho- retto, especialista en cárceles del Fo- ro de Seguridad Pública, un instituto de investigación de San Pablo. En 2006, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, frente al aumento del número de detenidos por tráfico de drogas, implementó una reforma de la legislación en materia de drogas con- siderada audaz por los especialistas, ya que conducía a una despenaliza- ción de los consumidores. Por prime- ra vez, éstos eran considerados dro- godependientes, y ya no delincuentes. Se los derivaba a servicios médicos y condenaba a trabajos comunitarios en vez de al encierro. Esta nueva ley contiene sin embar- go una importante falla: no precisa la dosis de estupefacientes a partir de la cual un consumidor debe ser conside- rado un traficante. Esta apreciación queda en manos del juez, en función de criterios judiciales (los anteceden- tes penales, la cantidad de produc- to incautada), pero también sociales:

la actividad profesional, la conduc-

ta y

el domicilio del acusado. “En la

práctica, la ley provocó un aumento del número de condenas por tráfico de drogas, cuando apuntaba a lo con- trario. Si el acusado es un joven negro que vive en un barrio pobre, es auto- máticamente considerado un trafi- cante por jueces mayoritariamente conservadores. En cambio, si el acu- sado, en posesión de la misma canti- dad de droga, es blanco y pertenece a la clase media, suele ser considerado

un consumidor”, nos explica Rafael Custódio, abogado y responsable del programa Justicia de la organización no gubernamental (ONG) Conectas. Mientras que los blancos se benefi- cian con la despenalización, las penas para los consumidores negros o los pequeños traficantes son mayores. En consecuencia, la proporción de ne- gros (incluyendo mestizos) en prisión no dejó de aumentar para alcanzar el 67% en 2016.

Prejuicios de los jueces La ley hace sin embargo una distin- ción entre “pequeños” y “grandes”

traficantes: los primeros gozan de una reducción de penas (de una sexta par-

te a dos tercios de la pena); los segun-

dos no. Pero, también allí, los criterios están sujetos a interpretación. Para pertenecer a la categoría “pequeños”,

el

acusado no debe ser ni reincidente

ni

pertenecer a una organización de-

lictiva. “Ahora bien, para un juez, un acusado que vive en una favela es au-

tomáticamente miembro de una orga- nización delictiva, ya que estas orga- nizaciones existen principalmente en los barrios pobres. A partir de esta ley, vimos a miles de jóvenes condenados

a más de cinco años de prisión por una pequeña cantidad de droga, cuando

en la mayoría de los casos se trataba de consumidores que traficaban para su propio consumo”, agrega Custódio.

A partir de la ley, el número de con-

denados aumentó de 31.000 en 2005 a más de 140.000 en 2014 (5). La población femenina se vio aun más afectada: en 2014 (últimas cifras disponibles), el 63% de las mujeres encarceladas lo fueron por tráfico de estupefacientes. Y su número prácti- camente se septuplicó entre 2000 y 2014 (6). Los grupos criminales utili-

zan cada vez más sus servicios, ya que

la policía sospecha menos de ellas,

en particular para el transporte de la droga. Ahora bien, el encierro femeni-

no genera un costo social mucho más importante: “Las mujeres suelen ser abandonadas por sus compañeros al

entrar a la cárcel, y dejan detrás de sí

a familias que dependían de ellas. Los

niños son pues las primeras víctimas de la cárcel”, estima la jurista Maíra Fernandes, autora de un estudio sobre las mujeres embarazadas en las cárce- les de Río de Janeiro (7). En el 70% de los casos, el cuidado de los niños que-

da a cargo de los abuelos, en general enfrentando grandes dificultades. Pe- ro, en aproximadamente uno de cada cinco casos, terminan en las estruc-

turas públicas dedicadas a la infan- cia, muy precarias. “Lo que es injusto, más aun cuando muchas mujeres po- drían gozar de medidas alternativas de castigo, comenzando por las acu- sadas. En nuestra investigación en las cárceles de mujeres en Río de Janeiro,

el 70% de las detenidas aún no habían

sido condenadas”, agrega Fernandes. La situación de los acusados expli- ca en gran medida la sobrepoblación carcelaria. Doscientas mil personas (mujeres y hombres) esperan actual- mente ser juzgadas: un número ape-

nas inferior al de las plazas faltantes en las cárceles. En el 37% de los ca- sos, el período de encarcelamiento al momento del juicio supera la pena a

la cual son condenados. “Ese tiempo

pasado en prisión es pues ilegal y ab-

surdo. Sin mencionar que la ley prevé que las personas que no hicieron uso de la violencia y que no representan

un peligro para la sociedad esperen su juicio en libertad; una libertad con es- trictos controles, por supuesto. Otra ley que no es respetada por los jueces”, exclama Custódio. La ley sobre soluciones alternativas al encarcelamiento, sancionada en 2011, fue la principal medida del go- bierno de Dilma Rousseff para luchar contra el aumento de la población car- celaria. Pero no tuvo demasiado im- pacto. En 2015, el ministro de Justicia

El Primer Comando de la Capital (PCC) gobierna en más del 90% de las 160 cárceles del estado de San Pablo y está presente en el resto del país.

José Eduardo Cardozo insistía nueva- mente sobre su implementación en su Plan Nacional de Política Criminal y Penitenciaria. El documento señala la necesidad de castigar con menor se- veridad delitos como el robo por arre- bato (90.000 presos involucrados) y el pequeño tráfico de drogas. Pero es en gran medida ignorado. Según un estu- dio realizado por la Presidencia de la República (8), muchos jueces estiman que el tráfico de drogas constituye la puerta de entrada a delitos más graves. Los castigan pues con mayor seve- ridad, considerando que las penas al- ternativas equivaldrían a una forma de impunidad.

Como insectos “La sociedad quiere tratar a los pre- sos como insectos, sin reconocerles la menor dignidad. Se justifica el hecho de que las cárceles sean lugares ho- rribles, sin entender que el preso va a salir un día, mucho más peligroso que cuando entró y a menudo enfer- mo”, explica Fernandes. Aunque las autoridades de cada Estado limiten las miradas externas sobre la cárcel, prohibiendo las visitas de periodis- tas, investigadores y representantes de ONG, el cuadro es por todos cono- cido. Guardias, personal hospitalario, religiosos, ex presos dan cuenta de la situación. Un índice a menudo utili- zado para evaluar el estado sanitario de las cárceles es el de la tuberculo- sis: se corre allí veintiocho veces más riesgo de contraer esta enfermedad que en libertad, ya que prolifera en es- pacios poco luminosos y densamente poblados. Detectarla requiere de per- sonal médico; curarla también. A falta de ello, el primer enfermo contagia a los demás. “Hasta 2004 –explica Lú- cia Lut, médica desde hace veinticinco años en las cárceles de Río de Janei- ro– disponíamos de cinco hospitales, un sanatorio, y el triple de personal. Hoy no tenemos más que un hospital y un sanatorio, mientras que el número de presos no dejó de aumentar.” En efecto, existe un consultorio médico en cada cárcel de Río de Ja- neiro, pero es atendido por enferme- ros. Los salarios para los médicos ya no resultan demasiado atractivos. “El año pasado, lanzamos una convo-

catoria para ocupar cuarenta y tres puestos de médico. Ningún candida- to se presentó”, declara Yvonne Pes- sanha, responsable del área de salud para la administración penitenciaria en Río de Janeiro. La sobrepoblación complica el traslado de los presos a los hospitales; la mortalidad aumen- ta. En 2014, la tasa de mortalidad en el sistema carcelario alcanzaba el 8,4 para 10.000 personas en un semestre, lo que equivale a 167,5 muertos para 100.000 presos en un año. Seis veces más que la tasa de homicidios en el país en 2013. Los presos carecen de todo: de es- pacio, colchones, alimentos, produc- tos de higiene. Las mujeres utilizan por ejemplo miga de pan para fabri- car algo que se asemeja a toallas feme- ninas. “Son los grupos criminales los que proveen lo que el Estado no brin- da. El jabón o el dentífrico, el teléfo- no o el abogado: todo eso se ‘ofrece’ a los detenidos. Pero nada es gratuito en esta relación”, nos cuenta Camila Caldeira Nunes Dias, especialista en el más importante grupo criminal de América Latina, el Primer Comando de la Capital (PCC), actor ineludible de las cárceles de San Pablo, donde surgió en 1993. “Estamos obligados a alojar presos en función del grupo criminal al que pertenecen y negociar con ellos el buen funcionamiento del establecimiento. No tenemos perso- nal ni medios suficientes como para combatir su influencia”, reconoce Gu- tembergue de Oliveira, presidente del Sindicato del Personal Penitenciario del Estado de Río de Janeiro. Según una investigación del Minis- terio Público, el PCC gobierna en más del 90% de las 160 cárceles del Esta- do de San Pablo, pero está presente en casi la totalidad de los estableci- mientos del país. En 2006, fue capaz de coordinar un motín en setenta y cuatro cárceles de San Pablo, mien- tras que sus miembros en libertad atacaban a varios bancos. Los “her- manos”, tal como se autodenominan, dan muestras de una disciplina y una solidaridad totales respecto del gru- po; su supervivencia en la cárcel suele depender de ello. “Cuanto más se en- carcela, más se fortalece el PCC. Cada vez que el Estado abandona sus res- ponsabilidades respecto de los presos, el PCC interviene. Además, la ideolo- gía según la cual el PCC es el único ca- paz de enfrentar al Estado gana terre- no cuando las condiciones de vida en la cárcel empeoran. Es una catástro- fe”, concluye la especialista. Si los detenidos no estaban vincu- lados a un grupo criminal al entrar a la cárcel, es prácticamente imposible

Archivo

Brasil sangra

por Marcelo Falak, Nº 211 , enero de

2017.

Recuperar la radicalidad por Guilherme Boulos, Nº 211, enero de 2017.

La crisis del posneoliberalismo por Federico Vázquez, Nº 202 , mayo de

2016.

El desarrollismo brasileño en peligro por Marcelo Falak, Nº 202 , abril de

2016.

en peligro por Marcelo Falak, Nº 202 , abril de 2016. | 11 que no se

| 11

que no se sumen a uno durante su es- tadía. Cuando son liberados, con fre- cuencia, es también el PCC el único en ayudarlos. A cambio, a veces deben dar su vida por él. En octubre de 2016, más de una treintena de ellos murie- ron en guerras territoriales entre el PCC y sus enemigos: los grupos riva- les de Río de Janeiro, en particular el Comando Rojo, que le disputa actual- mente el control del tráfico de drogas en la región de la Amazonia brasile- ña fronteriza con Venezuela, Colom- bia, Perú y Guayana. Después de estas primeras masacres, los gobernadores de los Estados afectados pidieron al gobierno federal el envío de refuer- zos policiales para evitar nuevas tra- gedias; en vano. La primera semana del año 2017, un centenar de deteni- dos, presuntos miembros de grupos criminales, fueron asesinados y sus cuerpos mutilados en la misma re- gión. Cada vez, el Estado brasileño se mostró incapaz de controlar la situa- ción y finalmente dejó que hicieran. Peor aun: en Manaos, los servicios de inteligencia de la policía reconocieron haber interceptado llamados sobre la organización de la masacre. Lo que no impidió al presidente Michel Temer calificarla de “espantoso accidente” cuando la mencionó finalmente, cua- tro días después de los hechos y de las oraciones del papa Francisco por las víctimas. En medio de la emergencia, el go- bierno anunció la construcción de nuevas cárceles y presentó un pro- yecto –al que inmediatamente los es- pecialistas consultados por la pren- sa le atribuyeron un “0,4% de impac- to real”–. Ya en noviembre, el pre- sidente anunciaba su intención de reformar la ley de ejecución penal y endurecer más las penas para los crímenes violentos (9). ¿Nuevo ata- que de ceguera política? ¿Regalo al sector privado, que interviene cada vez más masivamente en el área? ¿O simple demagogia? Sea como fuere, las autoridades no logran imaginar otra política que la de la “ma no dura”, que parece ser en gran medida responsable del caos actual. g

1. Estadísticas del Departamento

Penitenciario Nacional (DEPEN), Ministerio de Justicia, Brasilia, 2015.

2. Entre 2008 y 2014, la población carcelaria

se redujo en Estados Unidos (8%), China (9%) y Rusia (24%). En Brasil, aumentó un 36%. World Prison Brief, International Centre for Prison Studies, Londres, 2016.

3. Anuario Brasileño de Seguridad Pública 2016,

Foro Brasileño de Seguridad Pública, San Pablo.

4. Una “ola” de secuestros en San Pablo y Río

de Janeiro, y luego el asesinato de la actriz

Daniella Peres. Con la ayuda de la cadena Globo, su madre reunió un millón de firmas para endurecer las leyes contra los homicidios.

5. Estadísticas del DEPEN, 2015.

6. El aumento fue del 567%. Las mujeres sólo

representan el 6,4% de la población carcelaria.

7. Luciana Boiteux, Maíra Fernandes, Aline

Pancieri y Luciana Chernicharo, “Mulheres e crianças encarceradas: um estudo jurídico- social sobre a experiência da maternidade no sistema prisional do Rio de Janeiro”, Universidad Federal de Río de Janeiro, 2015.

8. “A aplicação de penas e medidas

alternativas”, Instituto de Pesquisa

Econômica Aplicada (IPEA), Brasilia, 2015.

9. Folha de S. Paulo, 14-10-16.

* Periodista, Río de Janeiro. Traducción: Gustavo Recalde

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12 | Sike (www.elsike.com) La necesidad de huir del estruendo del mundo a veces invita a
12 | Sike (www.elsike.com) La necesidad de huir del estruendo del mundo a veces invita a

Sike (www.elsike.com)

La necesidad de huir del estruendo del mundo a veces invita a soñar con sus márgenes lejanos y puros. En el extremo meridional del continente americano, Tierra del Fuego ejerce fuerte atracción sobre un público en busca de otros destinos. En medio de dilatados espacios, descubren un… supermercado y sus habituales estanterías.

¿Qué hacer en Chile?: comprar y comprar

El supermercado del fin del mundo

por Georgi Lazarevski*

¡Zona Franca: todo lo mejor que produce el mundo, en un único lugar!”. Anunciada por una voz nasal, la frase resuena en ambas márgenes del Estrecho de Maga- llanes. En ese paraje barrido por vien- tos con fama de provocar locura, las ondas sonoras se introducen en todos los ámbitos: “¡Más de nueve millones de clientes, 300 millones de dólares de volumen de ventas este año, visítenos!”. Entre dos jingles, la radio desgrana sus eslóganes publicitarios. Todos elogian el mismo lugar: la Zona Franca, esa vasta extensión de centros comercia- les erigidos sobre las costas del estre- cho, en la exacta ubicación de la “punta de arena” que dio su nombre a la gran ciudad del sur de la Patagonia chilena, Punta Arenas. Este puerto conoció su momento de gloria a comienzos del siglo XX, antes de la construcción del Canal de Panamá. En ese entonces era un paso obligado para los barcos que unían los océanos Atlánti- co y Pacífico y huían de las tempestades del cabo de Hornos. Actualmente, paque- botes tan grandes como edificios, rumbo

a Ushuaia, hacen escala en esos lugares

y allí descargan sus miles de turistas en busca de evasión.

Paraíso consumista Aquí, “el fin del mundo” es ante todo un label, una marca destinada a inspirar el ensueño. Y que conoce una infinidad de declinaciones: cervezas, cafés, res- taurantes, circuitos turísticos e inclu-

so rutas nacionales, como esa porción de la Ruta 9, rebautizada “ruta del fin del mundo”. A los recién llegados se les promete el ingreso a los márgenes de la sociedad, parajes “impolutos”. Se les da

a entender que cortaron el cordón um-

bilical con su vida de todos los días; que en este lugar, todo sería aún posible. Los

que lo crean no se verán defraudados. Los guías turísticos los conducirán por el camino correcto: “¡Imposible visitar Punta Arenas sin hacer shopping en la Zona Franca, el centro comercial más grande de la Patagonia!” (1) El visitante descubre entonces que el centro del mundo no esperó a los paque- botes turísticos para posicionarse en las márgenes con sus senderos de cemen-

to, sus depósitos, sus concesionarios de autos, sus galerías comerciales donde se amontonan las pantallas LCD último modelo, sus botellas de bebidas alcohó- licas libres de impuestos, sus muebles de fórmica y sus artilugios de camping que permiten vivir en plena naturaleza sin re- nunciar al confort. Bienvenidos a la mo- derna Patagonia. La zona franca de Punta Arenas fue creada en 1977, bajo la dictadura del ge- neral Augusto Pinochet, e inaugurada por el intendente de la región de Magalla- nes, el general Nilo Floody, muy conoci- do por las asociaciones de defensa de los derechos humanos por su participación, en noviembre de 1973, en la “limpieza de los grupos extremistas armados”, según la terminología de la época. Bajo el impulso del ministro de Eco- nomía de Pinochet, José Piñera, y sus “Chicago boys” (2), la región se convir- tió en uno de los principales laboratorios de la globalización. Las empresas públi- cas –petróleo, agua, teléfono, transporte aéreo– pasaron bajo la égida del sector privado, a precios rebajados. En esta zo- na, la más austral de Chile, que ninguna

Edición 212 | febrero 2017

ruta une con la capital, Santiago, situada

a tres mil kilómetros al norte, se podía

comprar de todo. El gobierno no ahorró esfuerzos para atraer a nuevos habitan- tes, mientras que el poderoso vecino ar- gentino reivindicaba las islas del cerca- no Canal de Beagle. La Zona Franca pa- só a ser la punta de lanza del desarrollo de ese territorio, en consonancia con una política de colonización que, un si- glo antes, había llevado al exterminio de los pueblos indígenas de los onas, alaka- lufes y yaganes. Cuatro décadas después, frente al Mar de Magallanes siguen levantándose los gal- pones, salpicados por las olas. Con regula- ridad se los repinta de colores vivos, como intentando mantener un sueño. La Zona Franca pregona su volumen de venta anual, en crecimiento, apenas afectado por la

creación de un centro comercial competi- dor en la misma ciudad: el espacio Pionero, delgrupoestadounidenseWalmart. Patricia Rebolledo, una joven emplea- da de la compañía Securitas encargada de vigilar el lugar las veinticuatro horas del día, efectúa su ronda diaria. Por la noche, cuando con un último chirrido se inte- rrumpe el ballet de carritos sobrecarga- dos, recorre los senderos de la zona para cerrar las puertas de acceso, rodeadas de alambradas de púa y garitas. Aquí, es hora de encerrar los bienes de consumo. Des- pués de todo, el decorado no cambió tanto desde la fundación de la ciudad, en 1848. En esa época Punta Arenas era una “co- lonia penal”, donde se pudrían los prisio- neros allí enviados. El clima glacial, hú- medo, implacable, aseguraba la severidad del castigo. Aquellos que se arriesgaban a evadirse morían de frío. En 1877, tras una rebelión de guardias a quienes el Estado había privado de subsidios y vivían en un desamparo semejante al de los detenidos, la región cambió de estatus: la “colonia penal” se convirtió en “territorio de co- lonización”, un espacio donde el Estado buscaría afirmar su soberanía a través de la creación de una ciudad. Esa revuelta encontró eco en un levan- tamiento más reciente, en 2014, cuando los magallánicos –los habitantes de la re- gión– protestaron masivamente contra la supresión de un subsidio que les permitía pagar el gas más barato que en otras par- tes del país. Cientos de barricadas parali- zaron toda la región, bloqueando a los tu- ristas durante una semana, antes de que el gobierno retrocediera y cuatro minis- tros renunciaran. ¿Cómo explicar seme- jante movilización, inédita desde las ma- nifestaciones contra el régimen de Pino- chet? Sin duda porque el gas que se extrae cerca de Punta Arenas todavía está consi- derado como un bien público, vital en una región glacial cuyos habitantes se consi- deran pioneros, portadores de la utopía nacional que Chile intenta mantener de ambos lados del Estrecho de Magallanes,

a pesar del clima y la geografía. En 2014, la presidenta Michelle Ba- chelet mantuvo el subsidio al gas. Pero las desigualdades siguen siendo llamativas.

Un imperio de la desigualdad Una decena de familias se reparten Chile, entre ellos los Fisher, que poseen la con- cesión de la Zona Franca hasta 2030. El grupo, presente en el sector inmobiliario, explota centros comerciales y casinos en todo el país (entre ellos el casino Dreams, adyacente a la Zona Franca) así como en Perú, América Central y Sudáfrica. Posee importantes partes de la multinacional Aquachile, de la familia Puchi, cuya prin- cipal actividad, la salmonicultura indus- trial, provoca innumerables escándalos ecológicos, como la destrucción del fondo marino de la isla de Chiloé, más al norte.

La inmensa mayoría de chilenos so- brevive acumulando pequeños trabajos pa-

ra llegar a fin de mes. Rebolledo no escapa

a la regla. Empezó a trabajar a los 15 años,

para pagar su uniforme escolar. Devenida en madre de familia muy joven, tuvo que abandonar sus estudios. Pero su salario de guardiana, 250 dólares, no alcanza para cubrir las necesidades de sus cuatro hijos. En su cabaña, al tiempo que vigila el acce-

so norte de la zona, lee los avisos clasifica- dos.Hayunoqueproponeunacapacitación en el manejo de maquinarias industriales. Seguirla le permitiría postularse en la Mi- na Riesgo, la inmensa mina de carbón que la familia Luksic acaba de abrir a algunos kilómetros más al norte, para gran disgus- to de los ecologistas, cuyas recriminaciones ella ignora: “Las minas son el maná del país, lo que reporta más”. Se pone a soñar con otrotrabajo,otravida. Detrás de ella, en las negras aguas del estrecho, los paquebotes se deslizan en si- lencio, resplandecientes de luces. Rumbo a Ushuaia, pasan por delante del resto de los barcos que yacen en el estrecho, transpor- tando hacia los mares de hielo a los turis- tas y sus sueños de aventuras, bien calenti- tos. En tierra, los buses turísticos bordean miles de kilómetros de cercados destina- dos a delimitar las parcelas. Afanándose por inmortalizar con sus smartphones los paisajes que atraviesan, los pasajeros ape- nas prestan atención a esos alambres de púas que, sin embargo, resumen la histo- ria de la colonización de ese territorio. Da- do que antes del turismo y su promesa de espacios vírgenes, antes de la Zona Franca

y su espejismo de felicidad que brinda el

consumo, hubo otros paraísos, otras fan- tasías de pioneros que se desvanecieron

tan rápidamente como habían aparecido. En 1945, el descubrimiento de petróleo al otro lado del estrecho, en Tierra del Fue-

go (al norte de la sierra Boquerón, isla divi-

didaentreArgentinayChile),suscitógran-

des expectativas. Pero el boom sólo duró un tiempo. La pequeña ciudad de Cerro Som- brero, que había surgido de la nada, con ci- ne, piscina y parque de atracciones, y que exhibía la tasa de casamientos más alta del país, ya no es ni la sombra de sí misma. Un pueblo aburrido encaramado en una árida colina, que reivindica su lugar en la historia a través de estatuas de estilo art pompier y

“¡Imposible visitar Punta Arenas sin hacer shopping en la Zona Franca, el centro comercial más grande de la Patagonia!”

viejas cabezas de perforadoras. La explo- tación de los yacimientos de gas que se ha- bían descubierto inmediatamente después conoce un destino semejante: las reservas disminuyen y hoy hay que buscar a mayor profundidad, utilizando la fracturación hi- dráulica,quedevastalossubsuelos.

Los tiempos de Braun-Menéndez Antes del oro negro, hubo incluso oro blan- co: la lana, en la gran época de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego (SETF),

creada por la familia Braun-Menéndez a fi-

nes del siglo XIX. Apodada “el cangrejo co- loso”, la sociedad extendía su imperio por toda la Patagonia, elevando la cría de ove- jas al rango de industria. Eliminando poco

a poco los obstáculos, logró conquistar tres

millones de hectáreas, es decir alrededor de un cuarto de la superficie de Inglaterra.

La SETF –“la Explotadora”– ya se ins-

cribía en la lógica del capital destinado

a organizar la circulación de seres y ob-

jetos. En la estela de los primeros nave- gantes del estrecho, para ella se trataba de asegurar el control de los pasos fron- terizos y los puntos de cruce. Así, las to- neladas de alambre de púas provenientes de Europa desembarcadas para delimitar las tierras, respondían menos a una obse- sión territorial que a regular los distintos tráficos que había que proteger del pro- blema de los indios, los sindicatos obreros

y la competencia de otras empresas. Para las grandes familias, extender su dominio sobre todo el territorio implicó la eliminación (por la ley o por la fuer- za, que a menudo eran una sola cosa) de una primera ola de colonos: una horda de miserables que se habían precipitado a Tierra del Fuego cuando se había descu- bierto oro, a principios de los años 1880. Hoy subsiste un puñado de buscadores de oro en el Cordón Baquedano, una cadena montañosa al norte de Tierra del Fuego. Su vida casi no cambió. Gaspar Geissel pasa sus días con el pi- co entre las manos, cavando una tierra que no le pertenece. El propietario vive en Santiago y delega la gestión de su bien en un gaucho (pastor de rebaños de ove- jas), que tolera la presencia de Geissel. Es- te levanta piedras, cava, revisa el lecho de

de Geissel. Es- te levanta piedras, cava, revisa el lecho de | 13 los ríos. Desde

| 13

los ríos. Desde hace treinta años, antes y siempre. Gana poco, trabaja duro, pero prefiere su condición a la de los obreros que embalan salmón en la planta Porve- nir, a treinta kilómetros de allí, o que se agotan manteniendo el camino que ahora pasa por delante de su cabaña. A veces lo toman algunos turistas. Entonces se detienen delante de un car- tel que él plantó: “Aquí, un buscador de oro”. Mediante unos pesos, tienen dere- cho a una rápida inmersión en su vida de minero. Él también querría aprovechar el boom turístico. Pero lejos del itinera- rio que lleva a Ushuaia, los autos y los buses escasean. Sigue pues extrayendo las astillas de oro y pesándolas minu- ciosamente en el rincón de su estufa a leña. Cuando llegue el invierno y la nie- ve y el hielo se vuelvan a apoderar del lugar, tomará la lancha para ir a Punta Arenas, del otro lado del estrecho, y allí vender su oro. Mientras tanto, su pequeña radio a pi- las lo une al mundo moderno. Con regu- laridad, la misma voz nasal anuncia las noticias del día, la cotización del oro. Y el precio de los productos en promoción en la Zona Franca. g

1. “Punta Arenas Tax-Free Area”,

www.interpatagonia.com

2. Nombre familiar de una escuela de

economistas liberales representada en especial por Milton Friedman (1912-2006).

*Documentalista, director de Zona Franca (2016). Traducción: Teresa Garufi

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14 | Mientras una ola de xenofobia sumerge a Europa y Estados Unidos, el primer ministro

Mientras una ola de xenofobia sumerge a Europa y Estados Unidos, el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, no cesa de proclamar su amor por el multiculturalismo y la diversidad. Pero su “progresismo” hasta ahora no se condice con sus acciones.

Entre las armas y los derechos humanos

Canadá, el falso progresismo

por Jordy Cummings*

humanos Canadá, el falso progresismo por Jordy Cummings* Justin Trudeau, Primer Ministro de Canadá, Ottawa, 29-11-16

Justin Trudeau, Primer Ministro de Canadá, Ottawa, 29-11-16 (Chris Wattie/Reuters)

Nuevo superman de la política”, se- gún Le Point (2-5-16), “hombre del año” para Courrier international (19- 10-16), “cara amable de América” pa- ra El País (27 -11-16) y “ejemplo para el mundo” a los ojos de The Economist (29-10- 16): los medios se vuelven locos con Justin Trudeau, el dirigente del Partido Liberal de Canadá (PLC) que se convirtió en primer ministro después de obtener la victoria en las elecciones federales de octubre de 2015. Joven, elegante, tatuado con el emble- ma de una tribu autóctona sobre su bíceps izquierdo, el hombre con tres millones y medio de amigos en Facebook fue califica- do por los medios estadounidenses, desde el sitio E! Online (20-10-15), como “golosi- na de jarabe de arce que hace de él un rico bocado”. Combinando el poder de seduc- ción mundial de un George Clooney con el carisma distinguido de un Barack Obama, Trudeau hace gala también de una con-

vivialidad típicamente canadiense, igual que su padre, el “bon vivant” Pierre Elliot Trudeau, primer ministro de 1968 a 1979 y, más tarde, de 1980 a 1984. Posa para la fo- to con refugiados sirios en el aeropuerto de Toronto; destaca las “contribuciones inestimables de nuestra floreciente comu- nidad musulmana” en un discurso en una mezquita de Ottawa; recuerda cada vez que puede sus convicciones feministas y su obligación para con la causa indígena. Un primer ministro “cool”, que se compro- metió a favor de la legalización del canna- bis y cuya cara luce ya en los paquetes de papeles para enrollar de la marca Zig-Zag. Como Matteo Renzi o Emmanuel Macron, encarna para sus admiradores una “iz- quierda moderna”, el progresismo del siglo xxi. En suma, la antítesis de su predecesor conservador Stephen Harper, de Theresa May en el Reino Unido o del nuevo presi- dente estadounidense Donald Trump.

Mientras una ola de xenofobia sumer- ge a Europa y Estados Unidos, Trudeau no cesa de proclamar su amor por el mul- ticulturalismo y la diversidad. En las re- des sociales y en los medios, muchos que- daron asombrados por la formación de su gabinete que cuenta tantos hombres como mujeres, cuatro sikhs, dos indígenas, una musulmana, un judío… pero también un 45% de políticos de carrera, un 19% de ad- ministradores privados o públicos y un 13% de abogados. Muy orgulloso de su equipo, el jefe de Gobierno presentó especialmen- te a su ministro de Defensa, el sikh Harjit Sajjan, como un “ejemplo de la magnífica diversidad de Canadá”. Los comentaristas se hicieron eco de esta retórica, pero no se demoraron en la trayectoria de este ex ofi- cial de policía de Vancouver, inventor de una máscara de un gas especial para barbu- dos, que patentó en 1996, y agente de infor- mación canadiense. En el transcurso de los

Edición 212 | febrero 2017

años 2000, Sajjan trabajó para los servicios secretos en Afganistán; entregó, por ejem- plo, prisioneros de guerra a las autoridades afganas, que a continuación los torturaron. Asistió también a los estadounidenses en sus operaciones, llevadas a cabo fuera de todo marco legal, en secuestros puntuales

y en traslados de prisioneros. Se puede lu-

cir un turbante, una barba, un bigote y ser- vir a los intereses del Pentágono…

Una “política positiva” Además de estar comprometido a favor del multiculturalismo, Trudeau se hizo elegir

denunciando la austeridad, las desigualda-

deseconómicas,losestragosdelmedioam-

biente. Promueve lo que llama una “políti- ca positiva”, que rompa con la morosidad del entorno. “Hemos combatido el mie- do gracias a la esperanza, el cinismo gra- cias a un duro trabajo, la política negativa gracias a una visión unificadora y positiva […]. Sendas luminosas, amigos míos, sen- das luminosas, eso es lo que abre una po-

lítica positiva”, lanzó la tarde de su victo- ria. Sus proyectos de inversiones públicas en infraestructura y de ruptura con la aus- teridad lo colocan a la izquierda del Nuevo Partido Democrático (NPD), el partido tra- dicional de la clase obrera, que se hizo más moderado desde la muerte de su dirigente carismático en 2011 y su reemplazo por un ex miembro del Partido Liberal de Quebec, Thomas Mulcair. El PLC ganó así el sostén de muchos sindicalistas, que antes apoya- ban la formación del difunto Jack Layton. “Hay un sentimiento de optimismo dentro del movimiento sindical”, declara- ba en septiembre de 2016 el presidente del Congreso del Trabajo de Canadá y miem- bro de Unifor Canadá, Hassan Yussuff. Es- ta declaración, pronunciada algunos días después del arreglo (temporario) del con- flicto entre Postes Canadá y el poderoso y combativo Sindicato de los Trabajadores

y Trabajadoras de Correo, ilustra más las

débiles expectativas del dirigente sindi- cal que el compromiso de Trudeau a favor de los asalariados. Para obtener este visto bueno, el gobierno liberal se comprometió simplemente a dejar que las negociaciones

de la convención colectiva se desarrollasen

y a no obligar a los eventuales huelguistas

a volver a sus puestos –contrariamente a

lo que había hecho Harper–. Ahora bien, mientras que Yussuff elogiaba al primer ministro, Unifor Canada firmaba con los “tres grandes” del automóvil (General Mo- tors, Ford, Chrysler-Fiat) una nueva con- vención colectiva que, a cambio de vagas promesas de inversión, otorgaba concesio- nes en materia de salarios y de jubilaciones. Partidarios en gran medida de la noción de “competitividad progresista”, los princi- pales dirigentes sindicales sostienen a Tru- deau, persuadidos de que es el más indicado para atraer a inversores. “Con su estabilidad económica, fiscal, política y social, Canadá es un país muy atractivo para hacer nego- cios”, declaraba recientemente. Sin embar- go, muchos militantes se oponen a su políti- ca. El 25 de octubre de 2016, fue invitado a un foro de jóvenes trabajadores; en la asis- tencia, hubo quienes denunciaron su apoyo al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por su sigla en inglés); más tarde lo abuchearon cuando declaró que la precariedad era un “hecho de la vida”. Para él ser competitivo es, primero, comprometerse a promover el TPP y el Acuerdo Económico y Comercial Global entre la Unión Europea y Canadá (AE- CG, en inglés CETA). Mientras que mu- chos dirigentes políticos y economistas se convirtieron recientemente a una for- ma de proteccionismo, él sigue siendo un apologista del librecomercio, con argu- mentos salidos directamente de los años 1990: la libertad de comerciar permitiría

la apertura y la fraternidad entre los pue- blos, explica sin descanso el niño mima- do de The Economist.

Las dos caras de una misma moneda Sin vacilar nunca a la hora de separar los he- chos de las palabras, Trudeau se propone como defensor de los derechos humanos, al tiempo que su gobierno realiza ventas de armas sin precedente a diversas dictadu- ras. Canadá que, en 2014 estaba clasificado en el sexto lugar entre los exportadores de armas a Medio Oriente, ocupa ahora el se- gundo lugar gracias a contratos colosales con Arabia Saudita. Esta mejora de los “la- zos comerciales” con el régimen wahabita, que el ministro de Relaciones Exteriores, Stéphane Dion, presentó como un medio de ejercer sobre él una influencia benéfica, es el resultado de un cambio legislativo. Antes, las exportaciones de armas estaban condi- cionadas a la organización de “vastas con- sultas” realizadas por las autoridades fede- rales con el fin de evaluar las implicaciones en términos de seguridad internacional y de derechos humanos. Estas consultan ya no se requieren. Durante la Guerra Fría, Pierre Elliot Trudeau creó una diplomacia original, lo- grando cierto equilibrio con los “dos gran- des” –su país, vecino de Estados Unidos, mantenía entonces buenas relaciones con Cuba o China– al establecer un Estado de Bienestar sólido e intervenir sin dudar en la economía, por ejemplo para nacionalizar la producción de petróleo. Su hijo se compro- metió también en un acercamiento a China, poniendo fin así a las tensiones que reinaban desde Harper, quien se había negado con in- sistencia a asistir a los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008. En agosto de 2016, fue reci-

bido con honores en China, donde el millo- nario Jack Ma, propietario del sitio de venta on line Alibaba.com reconoció “el futuro de Canadá”. Tressemanas despuésde esteviaje,

quereportó1.200millonesdedólaresencon-

tratos, el primer ministro chino, Li Keqiand, llegaba a Ottawa. Durante una conferencia

de prensa, los dos jefes de gobierno anun- ciaron su intención de iniciar negociaciones en vistas a un tratado de libre comercio. Esta

perspectivaencantóalasmultinacionalesca-

nadienses del sector minero, el agroalimen-

tarioyeldelasfinanzas,comotambiénalám-

bito de los negocios sino-canadienses, que financian generosamente el Partido Liberal. Aunque este acercamiento con China puede inquietar a Trump en un momento en que promete entablar una guerra comercial con Pekín, el nuevo presidente de Estados Unidos puede también encontrar puntos de convergenciaconOttawa.Trudeauaprueba también la explotación intensiva de las are- nas bituminosas y el proyecto de oleoducto Keystone XL, combatido por los militantes ecologistas y las comunidades autóctonas. Por otra parte, proclama su amistad con el presidenteMauricioMacri,cuyopadretuvo negocios con Trump en los años 1980. Por último, a pesar de sus promesas de campaña, no rompió con la política proisrae- lí mantenida durante diez años por Harper. Incluso la acentuó, en febrero de 2016, cuan- do se alineó detrás de una moción, propues- ta por los conservadores, que condena toda promoción del movimiento Boycott Desin- vestissement Santions (BDS) pretendiendo que“lademonizaciónyladeslegitimización” del Estado de Israel reforzarían el antisemi- tismo. En agosto, una docente de Mississau- ga (Ontario) fue suspendida de sus funciones porhabertomadolapalabraenunaasamblea

a favor de los derechos de los palestinos. No obstante, Trudeau anuncia su preocu- pación frente a la “colonización” en particu- lar en Canadá: “Hemos marginado cons- tantemente [a los pueblos originarios], he- mos tenido actitudes coloniales, actitudes destructivas, actitudes asimilacionistas que plantean todavía problemas a una gran can- tidad de personas que viven en Canadá y que son autóctonas”, afirmaba durante un en- cuentro con estudiantes de New York Uni- versity en abril de 2016. Aunque contrasta con la denegación de la era Harper, esta de- claración no deja de recurrir a una fórmula ambigua. Pues los pueblos originarios no son “personas que viven en Canadá” o “mino- rías”(comolosjudíosoloscoreanos):desde los primeros tratados con los colonizadores europeos, en el siglo XVII, son reconocidos como “naciones”, que discuten como tales con el Estado canadiense. Del mismo modo, después de haber ofendido a muchos fran- cófonos en ocasión de la fiesta nacional, el 1 de julio último, presentando a Canadá como “una única nación”, el primer ministro tuvo que reconocer que los quebequeses forma- ban una nación, conforme a la resolución vo- tada en la Cámara de los Comunes en 2006. Más allá de esta cuestión de vocabulario –que contradice su promesa de establecer una “relación renovada de nación a nación” con los pueblos originarios–, Trudeau se preocupa tan poco de la suerte de estos últi- mos como Harper. En octubre de 2015, algu- nos días antes de las elecciones, en el trans- curso de un programa difundido por la Red de Televisión de los Pueblos Originarios, afirmó que las comunidades indígenas de- bían disponer de un derecho de veto sobre los proyectos de desarrollo minero que pa- saban por sus tierras. Un compromiso con-

minero que pa- saban por sus tierras. Un compromiso con- | 15 forme a la Declaración

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forme a la Declaración de Naciones Unidas sobre estos pueblos (2007), que precisa que “los Estados consulten a los pueblos origi- narios implicados […] en vista de obtener su consentimiento, dado libremente y en cono- cimiento de causa, antes de la aprobación de todo proyecto que tuviera incidencia sobre sus tierras o territorios y otros recursos”. Pero finalmente dio luz verde a proyectos de oleoductos y de prospección sísmica ne- fastos para el medioambiente y combatidos tanto por los tsleil-waututh de los suburbios de Vancouver (Columbia Británica) como

por los inuit de Clyde River (Nunavut). Para justificar este giro, el ministro de Recursos Naturales Jim Carr explicó que el gobierno

buscabadesarrollaruna“versióncanadien-

se” de la Declaración de Naciones Unidas, que ni Harper ni Trudeau firmaron… Aun así, el primer ministro canadiense es uno de los últimos dirigentes en defender a los migrantes, los derechos de las minorías, la apertura. Observando a Donald Trump, Vladimir Putin, Viktor Orbán, Narendra Modi o Theresa May, sus conciudadanos se sienten empujados a lanzar un suspiro de alivio. Pero quizás ese sea el peligro. El nue- vo “progresismo” de Trudeau participa de la mutación de los clivajes políticos. El enfren- tamiento clásico entre la izquierda, la dere- cha y el centro se ve reemplazado por una nueva oposición, entre los que sostienen un nacionalismo económico e identitario y los defensores de la globalización económica y cultural. Trump y Trudeau representan las dos caras de la misma moneda. ¿No es ya tiempo de cambiar esta moneda? g

* Doctorando y docente en Ciencias Políticas en la Universidad York de Toronto (Canadá). Traducción: Florencia Giménez Zapiola

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16 | Edición 212 | febrero 2017 Represa hidroeléctrica de Rogun, Tayikistán, 29-10-16 (Stringer/Tayikistán

Edición 212 | febrero 2017

16 | Edición 212 | febrero 2017 Represa hidroeléctrica de Rogun, Tayikistán, 29-10-16 (Stringer/Tayikistán

Represa hidroeléctrica de Rogun, Tayikistán, 29-10-16 (Stringer/Tayikistán President Press Office/AFP)

La construcción de la represa más alta del mundo, que fue relanzada en octubre pasado, es una cuestión crucial para la idea nacional y el desarrollo de Tayikistán. Pero al amenazar la economía y el medio ambiente de otros países, la obra suscita tensiones geopolíticas en Asia Central.

Una obra que pertenece al ideario nacional tayiko

Rogun, la represa de la discordia

por Régis Genté*

T ayikistán se ubica en el corazón del continente eurasiático, en- tre cordilleras, ríos de hielo y la- gos, a una altura promedio de 3.000 metros sobre el nivel del

mar. Cuando nuestro avión inicia su descen- so hacia Dusambé, la capital –cuyo nombre, “lunes”, recuerda el día en el que se realiza- ba el mercado–, las agujas blancas y los relie- ves escarpados dejan lugar a una meseta co-

lor pastel, verde y beige. Vistos desde el cielo, lostechosdefibrocementoyelcoloróxidode

lasfábricasabandonadasrevelanlosprime-

ros indicios: vamos a aterrizar en la más po- bre de las ex repúblicas soviéticas. El produc- to interno bruto (PIB) por habitante se ele- va a menos de 1.000 dólares (9.100 en Rusia, 36.200 en Francia) yes inferior en un tercio al de hace veinticinco años (1). Desde el aeropuerto, el viajero descu- bre lo que alimenta el orgullo y la ambi- ción del país. En tayiko (lengua persa es- crita en cirílico), en ruso y en inglés, un gran cartel proclama: “Los glaciares de Tayikistán son la principal fuente de los ríos de Asia Central”. Si bien el país con- tiene el 69% de las reservas de agua de la cuenca del Mar de Aral, explota menos del 5% de un potencial hidroeléctrico es- timado en 527.000 millones de kilovatios- hora. Detrás de este eslogan, un proyecto suscita toda la atención del presidente ta- yiko, Emomali Rahmon: Rogun, la repre- sa más alta del mundo, en el río Vajsh, uno de los principales afluentes del Amu Da-

2013, la Federación de Rusia endureció las condiciones de estadía de los trabajadores extranjeros: nuevas reglas para conceder permisos de trabajo; instauración de exáme- nes pagos, como pruebas de lengua y de co- nocimiento de la legislación o de la historia rusa… En 2016, las remesas de dinero de los inmigrantes habrían caído más del 75% en relación con 2013 (en su equivalente en dóla- res). Desde esa fecha, la cantidad de trabaja- dores temporales tayikos en Rusia habría ba- jado un 15%, según las estadísticas rusas. Por eso, todas las miradas vuelven a dirigirse ha- cia Rogun, comenzando por la de Jamshed:

“Esa represa sería formidable para el país”. Para los tayikos, el dominio del agua sim- boliza la entrada de su país en la modernidad. Convertida en república soviética en 1929, la antigua provincia periférica del Imperio zarista ambicionaba dejar tras sí su econo- mía hortícola de montaña para desarrollar una industria pesada. En la década de 1960, los planificadores soviéticos imaginaron la construcción de tres represas gigantes: Ro- gun, Nurek y Sangtuda. La segunda entró en servicio en 1972 y la última en 2008. Nurek, situada a setenta kilómetros aguas arriba de Rogun, es la segunda represa más alta del mundo (300 metros, con una potencia de 3.000 megavatios). La obra fue construida al mismo tiempo que la planta fabricadora de aluminio de Tursunzoda, gracias al es- fuerzo de una generación de jóvenes entu- siastas, que soñaban construir el “País de los Soviets”. En conjunto, esos dos proyectos debían constituir la columna vertebral del Tayikistán moderno. Una época que no pu- do cumplir todas sus promesas…

Devoradora fábrica de aluminio Para fabricar el aluminio tayiko, la compañía Talco absorbe cerca del 40% de la corrien-

te producida en el país. A pesar de esas dos obras grandiosas, la electricidad debe ser ra- cionada en forma regular, lo que explica en parte el letargo económico. La escasez de la energía favorece que se recurra a los sobor- nos, que sobrecargan el presupuesto de los pequeñosempresarios.Losadministradores

delsectorenergéticoylosresponsablesloca-

les,quetienenalgoparadecirsobrelossecto-

ria, que se extiende hasta Afganistán antes de hundirse hacia las planicies áridas que lo llevan al Mar de Aral camino a perecer.

ría de los establecimientos industriales están en estado de abandono. Pequeñas empresas ocuparon algunos baldíos para almacenar

mundial(2).

res prioritarios para la alimentación de elec- tricidad, venden muy caras sus firmas. Por eso, los 8,2 millones de tayikos confían en Ro- gun para salirde la penuria y la miseria.Espe- ranza que,porel momento, quedó como letra muerta. En el camino de su desarrollo, Tayi-

Una antigua aspiración Más que una proeza técnica, se trataría de una“idea nacional”, segúnlaspalabrasdelje-

materialesdeconstrucciónoinstalartalleres. El sector de la construcción goza de un mayor dinamismo. En la ruta, cruzamos barrios enteros de casas en construcción,

kistán se topa con la oposición de Taskent. La sede del poder uzbeko se preocupa al ver que el “hermanito menor” tayiko controla los flu- jos de agua que descienden de las montañas

demanerataldesatisfacertantolasnecesida-

des en electricidad de la región como la irri-

fe de Estado. El proyecto inicial preveía una contención de 335 metros para una potencia de 3.600 megavatios (el equivalente de los cuatro reactores nucleares de la central de Bugey, en Francia). Los primeros planes se remontan a 1959 y las obras comenzaron en

que familias de inmigrantes construyen por el equivalente de 25.000 euros, con cla- raboyas y galerías cerradas con ventanas en PVC. A menudo las obras llevan años, por falta de fondos. Pero la expresión “casa de campo” –que se usa aquí– no debe gene-

AlaiyPamir… En su origen, el proyecto de las tres re- presas apuntaba a aumentar las superficies irrigables de la cuenca del Amu Daria en las repúblicas socialistas soviéticas (RSS) de Uz- bekistán y Turkmenistán, al tiempo que per-

1982.

Aunque se habían realizado dos tercios,

rar demasiadas ilusiones: nada que ver con

mitía que Tayikistán se industrializara. Las

fueron interrumpidas a la caída de la URSS, en 1991, y una inundación se llevó la parte principal de las construcciones en mayo de

la campiña inglesa… En un patio, a la salida de Faizabad, un grupito de hombres trabaja alrededor de una

descargas de agua tenían que ser calculadas

1993.

Pero, más allá de las dificultades vincu-

máquina de cortar y doblar planchas para te-

gación de las tierras agrícolas. Los campos de

ladas con una obra faraónica, el proyecto se topó sobre todo con los intereses del pode- roso vecino, Uzbekistán. El segundo expor- tador mundial de algodón ve con malos ojos

chos a partir de rollos de acero rojos o verdes importados de China. Jamshed, de unos cua- renta años, es el dueño. Pero solamente seis meses por año. “La mitad del año no tenemos

algodón, en particular, se habían convertido desde la década de 1930 en la especialidad de Asia Central y másparticularmente de Uzbe- kistán, en el marco de la planificación soviéti-

la captación de las aguas de un río que irriga

más que cincoo seis horasde electricidad por

ca.Parasatisfacersusnecesidadesdecalefac-

a

buena parte de Asia Central. Sin embar-

día, incluso menos. Entonces, mis obreros y

ción,Tayikistánpodíacontarconotrasfuen-

go, la situación podría cambiar. Ferozmente

yo trabajamos en Rusia”, explica. Como cer-

tes de energía y en especial con el gas uzbeko.

opuesto al proyecto desde hace dos décadas,

ca de un millón de gastarbeiter tayikos –pala-

Tras la caída de la Unión Soviética, des-

el

presidente uzbeko Islom Karimov falleció

bra de origen alemán que en Rusia designa a

aparecieron poco a poco los mecanismos de

el

2 de septiembre de 2016, a los 78 años…

lostrabajadores“invitados”–,cadamesenvía

solidaridad energética entre las cinco repú-

El distrito de Faizabad languidece. Es cer- ca de aquí donde debe erigirse la futura re- presa, unos cien kilómetros al este de la ca- pital. La agricultura local, famélica, contras- ta con los carteles instalados a lo largo de las rutas, que muestran al presidente Rahmon

algunos centenares de euros a la familia que se quedó en el kishkag (pueblo). En Rusia, las transferencias de dinero de los trabajadores emigrantes representaron cerca de la mitad del PIB a fines de los años 2000: un récord

blicas de Asia Central, que se habían vuelto independientes. En 2009, Kazajistán y Uzbe- kistán se retiraron de la red eléctrica común. Kai Wegerich, experto en la gestión del agua, explica: “Desde la época de la hegemonía so-

en medio de abundantes vergeles. La mayo-

Pero Jamshed está preocupado. Desde

viética, el aumento de las capacidades de los depósitos aguas arriba servía a un proyecto

de integración más amplio. Actualmente, el resurgimientodeplanescomo el de Rogun es percibido [por la región ubicada aguas abajo]

comounaamenaza”(3).

Las negociaciones fracasan particular- mente en la cuestión del tamaño de la re- presa. Cuanto más se eleve el dique por encima del lecho del río, más tiempo lle- vará llenar el depósito: entre siete y doce años, según la altura del proyecto elegido. La variante alta del proyecto (335 metros) incrementaría en la misma proporción el control de Tayikistán sobre el caudal de los ríos. Taskent teme que su vecino reserve las descargas de agua para el invierno.

Esperanza de acuerdos En una carta de febrero de 2013, la ministra de Economía uzbeka, Galina Saidova, acu- saba a Dusambé de violar el único acuerdo regional vigente relativo al uso del agua –la Declaración de Nukus de 1995–, que otorga cuotas de aprovisionamiento a cada país. La ministra aprovechaba para enumerar una serie de problemas: construcción en una zo- na sísmica, frecuencia de deslizamientos de tierra o amenazas “sobre el caudal del río y sobre la garantía de que el régimen hidroló- gico pueda satisfacer las necesidades de irri- gación” de su país. Aunque su gobierno tiene razones legíti- mas para temer la finalización de la represa, su oposición se basa también en argumen- tos discutibles. Según Wegerich, Uzbekis- tán y Turkmenistán “están comprometidos actualmente en estrategias de control de los recursos, acrecentando su demanda de agua sin renegociar los acuerdos regionales”. La desecación del Mar de Aral en la segunda parte del siglo XX ya reveló el fracaso de un modo de gestión del agua enfocado esen-

cialmente hacia el monocultivo intensivo de algodón. Según el politólogo tayiko Parviz Mullodjonov, “no es imposible una coope-

ración.Podríamosregularjuntoslasdescar-

gas de agua, invertir en común y compartir los beneficios. Todos ganaríamos más coo- perandoantesqueoponiéndonos”. Aprovechando la situación de enclave de su vecino, Taskent usó todos los medios a su alcance para trabar el proyecto de Rogun, como el bloqueo regular de los trenes que transportan el material necesario para su construcción o la interrupción de los envíos de gas. Por su parte, las autoridades tayikas amenazaron más de una vez con retomar las obras, antes de retroceder, por falta de apoyo internacional. En 2008, por ejemplo, Rah- mon intentó una aprobación por la fuerza al anunciar la reanudación de la construcción. Terminó dando marcha atrás bajo la presión de los occidentales, que temían fuertes ten- siones –incluso una “guerra del agua”– en- tre dos socios claves de la Fuerza Internacio- nal de Asistencia a la Seguridad en Afganis-

tán(FIAS)(4).

En busca de inversores y a pesar de sus

reticencias en volver a inclinarse hacia el an- tiguo centro del poder soviético, primero el presidente confió en Moscú, que finalmente se abrió del proyecto. Entonces buscó otras soluciones. En 2010, el gobierno lanzó una colecta popular. “Rogun es un deber cívico

paracadaconciencia,paralaspersonasapa-

sionadas y fieles”, proclamaba Rahmon en su discurso anual ante sus ciudadanos. De los 1.400 millones de dólares esperados, fi- nalmente sólo se juntaron 184 millones en- tre los ciudadanos, los que estiman que no siempre pudieron elegir. Jamshed cuenta:

“Realmente no queríamos comprar esas ac- ciones, porque ya de por sí no somos ricos.

Pero los representantes del poder local pu- sieron mucho empeño; querían mostrarle a Rahmonqueeranbuenospatriotas”. Con un ojo pendiente de las contribucio- nes de sus conciudadanos, los funcionarios tayikos viven además al ritmo de los infor- mes del Banco Mundial, que financió estu- dios de factibilidad, de evaluación de ries- gos, de impacto social y medioambiental. Unacondiciónpreviaindispensable,estima el gobierno, para que un inversor interna- cional acepte poner un dólar en el proyec- to. La institución financiera sabe dar prue- bas de inventiva para calmar la ansiedad de Dusambé sin aparentar oponerse a la “idea nacional”. Habitualmente más prudentes, sin embargo, sus informes de septiembre de 2014 sorprendieron agradablemente a las autoridades tayikas: “Con la salvedad […] de las modificaciones identificadas y las medidas de observación recomendadas, cada una de las versiones propuestas para la represa de Rogun puede ser construida y puesta en funcionamiento según las nor- mas internacionales de seguridad” (5). Los uzbekos vieron en ello la confirmación de las “ideas preconcebidas” del Banco Mun- dial sobre el tema, como lo había escrito Sai- dova en su carta de febrero de 2013. Por el momento, los organismos interna- cionales de préstamo se muestran reticen- tes a apoyar el proyecto: ¿no amenaza este con agravar el desvío de los frutos del desa- rrollo en beneficio de la familia presiden- cial? Un ejecutivo de una institución finan- ciera internacional en Dusambé, comenta:

“Ya embolsan el grueso de las ganancias de Talco, como lo revelaron asuntos que se di- vulgaron en el exterior. Diversos esquemas complejos hacen que Talco no necesaria- mente pague sus cuentas a Barqi Tojik [la

no necesaria- mente pague sus cuentas a Barqi Tojik [la | 17 empresa nacional de electricidad]

| 17

empresa nacional de electricidad] para ga- rantizar mejores dividendos”. La muerte del presidente Karimov, que mantenía malas relaciones personales con su par tayiko, ¿puede cambiar la situación? Inmediatamente después de los funerales, Dusambé expresó su voluntad de retomar relaciones sobre nuevas bases con su suce- sor, Shavkat Mirziyoyev, electo el 4 de di-

ciembre de 2016. Semanas más tarde, Rah- mon se mostraba al volante de una topadora en la obra de Rogun, al frente de las operacio- nes para desviar el río Vajsh, en señal de lan- zamiento oficial de la construcción de la re- presa.Algunosmesesantes,anunciabahaber firmado un contrato de 3.900 millones de dó- lares con la compañía constructora italiana Salini Impregilo, cuyo primer tramo de 1.950 millones fue depositado después de haber

sidoextraídodelpresupuestonacional.Tas-

kent no protestó. Para muchos observadores, tal vez sea la señal de que tayikos y uzbekos por fin encontraron un terreno de entendi- miento. g

1. PIB por habitante en dólares estadounidenses

actuales, para el año 2015, Banco Mundial.

2. Marie Coiffard, “Les déterminants et impacts

macroéconomiques des transferts de fonds des migrants: une analyse du cas des pays fortement dépendants”, tesis de doctorado en Ciencias

Económicas, Universidad de Grenoble, 2011.

3. Kai Wegerich, “Hydro-hegemony in the Amu Darya

Basin”, Water Policy, Vol. 10, N° 2, Londres, 2008.

4. Coalición militar dirigida por la Organización del

Tratado del Atlántico Norte (OTAN) de 2001 a 2014.

5. “Techno-Economic Assessment Study for

hydroelectricconstructionproject”,Banco

Mundial,Washington,DC,1-9-14.

*Periodista. Traducción: Bárbara Poey Sowerby

hydroelectricconstructionproject”,Banco Mundial,Washington,DC,1-9-14. *Periodista. Traducción: Bárbara Poey Sowerby

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18 | Hanoi, 13-11-14 (Nguyen Huy Kham/Reuters) En menos de cuarenta años, Vietnam experimentó un crecimiento
18 | Hanoi, 13-11-14 (Nguyen Huy Kham/Reuters) En menos de cuarenta años, Vietnam experimentó un crecimiento

Hanoi, 13-11-14 (Nguyen Huy Kham/Reuters)

En menos de cuarenta años, Vietnam experimentó un crecimiento notable que mejoró la vida de su población: el hambre desapareció, y los jóvenes acceden a las redes sociales. Sin embargo, las condiciones de trabajo siguen siendo muy duras y la economía es cada vez más dependiente del capital extranjero.

El desarrollo económico de Vietnam

El segundo taller del mundo

por Martine Bulard*, enviada especial

P elo negro que le cae sobre la frente, unos dinámicos cin- cuenta años y una chispa en los ojos, Nguyen Van Thien se cuenta entre aquellos a quie-

nes el Partido Comunista de Vietnam

(PCV) llama “los soldados del tío Ho en el frente de la economía” –en referencia

a Ho Chi Minh, héroe de la independen-

cia y fundador de la República Democrá-

tica de Vietnam–. Él libra el combate en el frente de la indumentaria, con multi- nacionales como la estadounidense Gap,

la japonesa Uniqlo, la española Zara… To -

dos clientes mundialmente conocidos, y se siente muy orgulloso. Nos encontramos con él en una de las fábricas que pueblan los campos cerca- nos, en el gran suburbio de Bac Giang, a una hora y media en auto de la capital, Hanoi. En sus cuatro corredores de lar- gos hangares se amontonan máquinas y obreros –mayormente mujeres–. En un edificio levemente descentrado están las modestas oficinas. Hay también un al- tar del genio de la fortuna, garante de la prosperidad, según las creencias ances- trales. Lo veremos en todas las empresas que vamos a visitar, más o menos impo- nentes, afuera, como en esta fábrica, o en

el hall de entrada. A veces arden algunas varas de incienso. Nguyen Van Thien es el director ge- neral de la empresa Bac Giang Garment Corporation (BGGC), desconocida para el gran público vietnamita. Fabrican cam- peras, sacos y pantalones destinados a la exportación. No se pueden vender en el mercado local, para no desprestigiar a las marcas y por lo tanto desvalorizarlas: está en los contratos. Como si los empleados, que ganan entre 3 y 5 millones de dongs (entre 120 y 210 euros por mes) por seis días de trabajo por semana se pudieran pagar ese tipo de indumentaria.

Crecimiento de la producción Hace diez años BGGC tenía una sola fá- brica, 350 empleados y su actual director general era simple jefe de control técnico. Fue antes de la privatización, palabra que nunca se pronuncia. Ni acá ni en ninguna otra parte. Se habla en cambio de “socia- lización”, “accionarización” y a veces in- cluso de “nacionalización”. Asombroso desvío del lenguaje para significar que las acciones ya no le pertenecen al Estado si- no a los empleados, que son prioritarios (si pueden comprar), y a todos aquellos que las “quieren”. La empresa se vuelve

entonces un “bien común de todos los vietnamitas”, según la terminología ofi- cial. Aunque en principio el reparto pue- de parecer equitativo, los que disponen del capital social y de los recursos finan- cieros al final se quedan con la parte del león. En BGGC, Nguyen Huu Phay (1), ex empleado y miembro del PCV, cuya foto- grafía preside la sala en la que se recibe a las visitas, cuenta él solo con el 40% del capital, gracias a la recompra de accio- nes y a aumentos de capital. Al menos la empresa prosperó, con sus cinco fábricas, sus 14.000 empleados y sus cuadernos de pedidos bien llenos. Antes, en tiempos de la estatización generalizada, las órdenes salían del Co- mité Popular y del Departamento de Co- mercio, dirigidos por el Partido. Desde 1987, con la “economía de mercado de orientación socialista”, según la denomi- nación consagrada, son las grandes mar- cas occidentales las que controlan todo, del diseño a los botones y los hilos que se utilizan, y las que imponen sus precios. Feliz de haber escapado “al yugo estatal y su papelerío”, Nguyen Van Thien saca la moral de la fábula: “Se gana dinero”. No todas las experiencias de salida del sistema de antaño son tan exitosas. “La

Edición 212 | febrero 2017

mayor parte de los grupos públicos, ‘ac- cionarizados’ o no, pierden dinero”, ase- gura un abogado de renombre que pre- fiere quedar en el anonimato. Este ex al- to cuadro de Estado dirige ahora un gran estudio especializado en derecho comer- cial –una trayectoria que sigue perfecta- mente la evolución de Vietnam–. Claro, después del lanzamiento de la política conocida como “de la renovación” (Doi Moi), en 1986, algunas empresas se des- tacaron del resto, como Vingroup, cuyo

presidente-director general, Pham Nhat Vuong, es el único vietnamita que figura en la larga lista de millonarios en dólares que establece la revista estadounidense Forbes, o la número uno de la telefonía VietTel, o incluso la empresa de la indus- tria láctea Vinamilk. Pero se lo deben a circunstancias particulares. La primera se beneficia de mercados públicos y con- cesiones inmobiliarias extraordinarios que le permiten hacerse de enormes ga- nancias; la segunda pertenece al Ejército

y dispone de un acceso privilegiado a los

satélites y a las frecuencias; la tercera es propiedad de grupos extranjeros, entre

los que se cuenta un fondo de Singapur. Las demás sólo abrieron tímidamen- te su capital escapando al control del Es- tado, y registran pérdidas gigantescas –“una mezcla de incompetencia y co- rrupción”, asegura el abogado–. El ejem- plo más sorprendente es acaso PetroViet- nam, en la cual varios dirigentes se vieron obligados a renunciar luego de pérdidas abismales y prebendas confirmadas. Por- que el poder dirigido por el secretario ge- neral del Partido, Nguyen Phu Trong, de- cidió a las claras iniciar una cruzada con- tra la corrupción que socava la vida diaria de los vietnamitas, y que termina debili- tando una economía cada vez más abier- ta a los movimientos de capital. “Los em- presarios vietnamitas nadaron siempre en un charco muy pequeño, el charco del diablo –explica nuestro abogado francó-

filo–. Pero ahora el océano los espera.” El océano tempestuoso del libre comercio y la competencia despiadada. La empresa textil BGGC sabe de qué se trata. “Para ejercer presión sobre los costos, algunos clientes grandes plantean

el juego Vietnam contra China y vicever-

sa”, atestigua su director general, que tu- vo que “recortar en todo”, sin verdadera- mente querer precisar lo que ese “todo” significa. Así, Uniqlo congeló sus aprovi- sionamientos en el Imperio del Medio en beneficio de la subcontratación en Viet- nam. Leverstyle, otro de los proveedores de la marca nipona, redujo sus efectivos chinos en un tercio y va a fabricar de este lado de la frontera el 40% de sus ventas de acá a 2020, cuando hace cinco años es- taba todavía ausente (2). Desde el princi- pio de la década, las grandes marcas y sus subcontratistas están abandonando pro- gresivamente el territorio chino, como la taiwanesa PouChen (Nike, Adidas, Puma, Lacoste…), que invirtió más de 2.000 mi- llones de dólares en los parques indus- triales que rodean Ciudad Ho Chi Minh, en el sur del país.

La dependencia internacional Según Truong Van Cam, vicepresidente de la Asociación de Empresas Textiles y de Indumentaria (organización patro- nal conocida con el nombre de Vitas), “el 65% de las exportaciones vietnamitas de textiles las efectúan empresas de capita- les extranjeros o de ordenantes extranje- ros”. Un hecho más bien positivo, según este dirigente con más aspecto de buró- crata soviético de los años 1970 que de jo- ven americanizado como con los que de vez en cuando nos cruzamos. Recuerda sin embargo que los primeros pedidos de

reformas llegaron de las filas de Vitas, pa- ra responder a las necesidades diversifi- cadas de una población joven que recha- za la uniformización y “a la cual le tene- mos que dar trabajo; es nuestra única ri- queza”. Su organización fue por lo tanto pionera. Para él, “la economía mundial marcha por oleadas de deslocalizaciones. Partie- ron de Europa para ir hacia Japón y Corea del Sur, después pasaron a China. Con el aumento de los salarios chinos, ahora lle- garon a Vietnam, a Bangladesh, a Birma- nia. Es la ley natural, ya que el objetivo de las empresas es tener ganancias. Son ci- clos de diez o quince años”, lo que debería “darnos tiempo para calificar a los traba- jadores y mejorar los rendimientos”, dice. Una creería estar escuchando a Pascual Lamy, socialista francés de buen tono y ex director general de la Organización Mun- dial del Comercio (OMC)… Como la mayoría de los dirigentes eco- nómicos, Truong Van Cam contaba con el Acuerdo Transpacífico (conocido con el nombre inglés de Trans-Pacific Part- nership, TPP), entre Estados Unidos y once países, del que se esperaba trajera el oro y el moro. Entusiasta, Barack Oba- ma lo había calificado como “el acuer- do comercial más progresista de la his- toria” (3). Provistos con los cálculos del Banco Mundial, los patrones de la in- dustria textil esperaban un alza vertigi- nosa de su parte del mercado mundial –de 4% actualmente a 11% en 2025–; los de la industria electrónica, un salto de las exportaciones del orden del 18%, y los di- rigentes vietnamitas contaban con un cre- cimiento suplementario de entre el 0,8% y el 2% anual durante la próxima década (4). Esta alentadora promesa contribuyó mucho en el fulgurante aumento de ins- talaciones extranjeras de estos últimos años. Claro, la lógica del dumping salarial motivó a más de un inversor, como lo ex- plican un poco solapadamente Shimizu Tatsuji y La Van Tranh, el dúo nipo-viet- namita al frente de la empresa japonesa Foster Electric, que nos reciben en su usi- na de fabricación de micrófonos (para los iPhones de Apple) y de altoparlantes (pa- ra los constructores de automóviles ex- tranjeros): “Los obreros vietnamitas son muy competitivos. En el arranque están mucho menos formados, pero aprenden rápido. Acá nosotros empleamos a 30.000 personas, y el salario básico gira alrededor de los 150 a 200 dólares por mes, contra un promedio de 650 dólares en China. Se ahorra mucho dinero”. Una fortuna, en efecto. No sólo para Foster, que redujo sus instalaciones chinas, sino también para Samsung, que invirtió 15.000 millones de dólares y que emplea a 46.000 personas – una ciudad en sí misma–. O incluso Fox- conn, Apple, Canon… Pero no es la única motivación. El boom de los últimos años se debe en gran medida a las bajas de los derechos de aduana previstos por Estados Unidos y los otros once países del Pacífico (5), has- ta su desaparición completa con horizon- te en 2025, en el marco del TPP. De mane- ra tal que los negociadores estadouni-

d

del TPP. De mane- ra tal que los negociadores estadouni- d | 19 L a s

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Las interrupciones de trabajo rrespondiese a las cajas de seguridad

social y que las llevaría ante la justicia de ser necesario. En efecto, como otras multinacionales, Pou Chen recauda las retenciones pero no las transfie- re, como así tampoco aporta su cuota parte obligatoria por el seguro médi- co, el desempleo y la jubilación. Visi- blemente, la amenaza no tuvo ningún efecto: durante la última sesión de la Asamblea Nacional, en noviembre de 2016, el ministro de Trabajo recordó que las deudas sociales sobrepasaban los 13.000 millones de dongs (cerca de 550 millones de euros), y una vez más criticó a los directivos de las empresas. Tanto en esta como en otras cues- tiones, la CGTV no entra. Cabe men- cionar que los dirigentes sindicales co- bran de las mismas empresas. En cuan- to a la elección de los representantes de los trabajadores, es puramente for- mal. En estas condiciones, se com- prende que la combatividad no esté en los genes del sindicato. Sus responsa-

bles citan con mayor agrado su rol de “armonización” de las relaciones em- pleadores-empleados que de defensa de los trabajadores (2). “En los papeles –asegura Erwin Schweisshelm, direc- tor de la Fundación Friedrich Ebert, especializada en las cuestiones socia- les–, la voluntad de reforma existe. Los dirigentes son conscientes de que, con la ‘economía de mercado de orienta- ción socialista’, el sistema no puede ser el mismo que en tiempos del socialis- mo sin más. Intentan entablar nego- ciaciones colectivas.” Pero el cambio se muestra arduo. Paradójicamente, los partidarios de un cambio contaban con el Acuer- do Transpacífico (TPP en inglés), en- cabezado por Washington, para dar vuelta el orden establecido. ¿Estados Unidos garante del orden social? Esto sí que habría sido una primicia mun- dial. Claro, el tratado comercial tiene prevista explícitamente (artículo 19) la llegada del pluralismo sindical. No es necesariamente sinónimo de mejora de las condiciones de vida y de trabajo;

lo que no impide que el gobierno viet- namita y Barack Obama hayan firma- do un acuerdo en el que se detallan los pasos a seguir para construir sindica- tos a la manera estadounidense (3). Re- gularmente, el gran amigo del Pacífico enviaba a sus especialistas para verifi- car el camino recorrido. Nada asegura que Donald Trump vaya a seguir por este camino. g

si no es bajo la directiva del sindicato

El gremio como armonizador Sin embargo, se contaron 5.722 huelgas entre 1995 y 2015, según Do Quynh Chi, que dirige el Centro de Investigación de Relaciones Laborales, una especie de estudio que se maneja con capitales propios. Pero ninguna fue iniciada por la Confederación General del Traba- jo de Vietnam (CGTV) –lo que es muy molesto, pues, aunque el derecho a huelga figura en la Constitución desde 1995, en principio no se puede ejercer

Duyen, “con este sistema, no nos bene- ficiamos con la mejora. Nosotros per- demos, la empresa gana”. ¿Y el sindica- to? La pregunta parece incongruente. Existe, por supuesto, pero no para apo- yar las reivindicaciones…

Huelgas sin sindicato

“Cuando uno tiene más de 30 años ya no se puede hacer más este trabajo. Se es demasiado viejo, el cuerpo no aguanta”, asegura Phan Duyen. Con

32 años, empleada en una fábrica ja-

ponesa de vino de arroz, está feliz de haber abandonado su puesto en la fa-

bricación para acceder al de controla- dora de calidad. Nos encontramos con ella y su marido y otros siete colegas en su pequeña vivienda coqueta al fondo de una callecita, en una parte muy po- pular del 7º distrito de Ciudad Ho Chi Minh (ex Saigón). Todos confirman la dureza del trabajo en la producción en 3x8, con un solo día libre por semana. Demasiado poco para poder volver a provincia, de donde vienen todos. Ape- nas suficiente para recuperar fuerzas. Sin embargo, nadie se queja. A ima- gen de una sociedad con un dinamismo a toda prueba, estos jóvenes miran ha- cia el futuro. Quieren “ahorrar” y vol- ver un día al pueblo, unos para “abrir un comercio”, otros para “construir una casa y poder alquilarla” o incluso para “agrandar la granja familiar”. Só- lo dos jóvenes mujeres no tienen pen- sado volver al campo. La primera to- ma clases de inglés por la noche, en un instituto que queda a casi una hora en moto de su residencia, con la esperan- za de conseguir un día un trabajo de oficina en la ciudad; la segunda pagó

90 millones de dongs (un año y medio

de salario), gracias a ahorros y présta- mos familiares, para formarse en un instituto que le garantiza un empleo en Japón durante tres años. Vietnam firmó acuerdos con varios países para lanzarse en una curiosa experiencia: la exportación de mano de obra (115.000 personas en 2016) (1). A la espera de que se realicen sus sueños, todos estos jóvenes, con sa- larios básicos muy bajos (menos de 2 millones de dongs, 84 euros por mes), hacen horas extras, pagadas al 150%. Imposible saber exactamente cuán- tas. Teóricamente no pueden ser más de doscientas horas anuales, trescien- tas en casos excepcionales, es decir, de cuatro a seis horas por semana además de cuarenta y ocho horas legales. Sin lugar a dudas, estos obreros hacen más, sin necesariamente ganar más. Mucho más tarde en la conversación, nos va- mos a enterar de que sólo algunas son pagas; las otras se transforman en “ho- ras de recuperación” a utilizarse cuan- do la dirección lo decida. “Querría- mos guardarlas para la fiesta del Têt [a principios de año, cuando cada uno se reúne con su familia], pero no es posi- ble –explica uno de los jóvenes–. La di- rección nos obliga a tomarlas de a me- dias jornadas en las que no podemos

hacer nada.” Sobre todo, insiste Phan

único–. Entonces se transforman un poco las palabras, y las huelgas se vuel- ven… “interrupciones de trabajo”. Sea el que sea el nombre con el que se los defina, los trabajadores paran cada vez con mayor frecuencia: me- nos de un centenar de movimientos en 2000; alrededor de quinientos en 2016. En el 70% de los casos, se lle- van a cabo en empresas extranjeras, donde la concentración obrera es más fuerte (tres cuartas partes de las em- presas vietnamitas son pequeñas o medianas). Motivos principales: los salarios, las condiciones de trabajo y la calidad de la comida en las cantinas. “Por lo general –cuenta Do Quynh Chi–, un grupo de trabajadores le lle- va a la dirección los reclamos que se

juntaron, o a veces al sindicato oficial. No hay respuesta. Estalla la huelga.” Se arma entonces el zafarrancho de combate. La CGTV se moviliza y hace de intermediaria con la dirección. La mayoría de las veces, destaca Do Quynh Chi, los pedidos son atendidos

y las huelgas se levantan. Raramente

duran mucho tiempo. Cuando se trata de aumentos salariales, por lo general se extienden a todas las empresas del parque industrial en el que está im- plantado el grupo y a todas las que tie- nen la misma nacionalidad, dado que los empleadores están coordinados por origen geográfico.

Sucede a veces que las “interrupcio- nes de trabajo” cuestionan al mismo

gobierno. En marzo de 2015, los 90.000 obreros de la fábrica Yue Yuen (del grupo taiwanés Pou Chen), en el par- que industrial de Binh Tan, en Ciudad Ho Chi Minh, frenaron las máquinas

y cortaron la ruta para protestar con-

tra una ley que reducía sus derechos a

la jubilación. El gobierno tuvo que en-

mendar su proyecto. Nunca visto. Después prometió controlar que las empresas depositaran lo que les co-

1. “L’exportation de main-d’œuvre augmente au fil

des années”, Le Courrier du Vietnam, 14-12-16.

2. Véase el documental de Tran Phuong Thao Rêves

d’ouvrières, 2015, y la película de estudio de Doan Hong

À qui appartient la terre?, Ateliers Varan, París, 2013.

3. “US-VN plan for the enhancement of trade and

labour relations”, Oficina del representante de Estados

Unidos para el comercio, https://ustr.gov, 4-2-16.

M.B. Traducción: Aldo Giacometti

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20 | d denses promulgaron una regla estric- ta conocida como regla “de origen”, y que

d denses promulgaron una regla estric-

ta conocida como regla “de origen”, y que

impone que los productos exportados

sean enteramente fabricados en Vietnam

o a partir de elementos que provengan

de los países miembros del famoso tra- tado, del cual China está excluida. Ya no es cuestión de conformarse con ensam- blar acá los elementos fabricados allá. De donde se desprende el gran movimiento que se experimentó desde el inicio de la década. Con la ayuda de Washington y del TPP, Vietnam ya se veía a sí mismo como el se- gundo taller del mundo, listo para ponerle palos en la rueda a su socio tan privilegia- do como detestado: China, su primer pro- veedor y su primer cliente, pero también su adversario en el Mar de China (conoci- do en Vietnam como “Mar del Este”). Es- te tratado de libre comercio tenía un al- cance tanto político como económico (6). Pero la hostilidad con que lo mira Donald Trump hace que pueda cambiar la situa- ción. En este día de noviembre, un panel azul estático invade la pantalla de televi- sión, e interrumpe el noticiero del canal estadounidense Cable News Network (CNN) “a causa de contenido inapropia- do”. Nos enteraremos más tarde que el locuaz Trump había estado protestando contra los “productos vietnamitas de bajo costo” que amenazaban con invadir Esta- dos Unidos. Había que ahorrarles esa vil acusación a los oídos castos de los vietna- mitas, suponiendo que miren CNN… Por el momento, los dirigentes del país esperan que Walmart, Nike, Apple, Mi- crosoft y otros consigan que el excéntri- co presidente vuelva a entrar en razón. Mientras tanto, el primer ministro Ngu- yen Xuan Phuc recordó en la Asamblea Nacional, el 18 de noviembre, que Viet- nam había “firmado ya doce acuerdos de libre comercio” y que pretendía “seguir la integración económica”, con o sin el TPP. Actualmente, las inversiones extranjeras llegan sobre todo de Asia (Japón, Taiwán, Singapur, Corea del Sur, China). El jefe del Gobierno apuesta también al acuerdo firmado con la Unión Europea y ratifica- do –sin mucho debate– por el Parlamento francés en junio de 2016. Hanoi tiene puestas sus esperanzas de crecimiento en el todo-exportaciones y en atraer capitales extranjeros, a los que les ofrece un puente de oro: exención total de tasas y de impuestos durante cuatro años y de la mitad durante los nueve años siguien-

tes, accesos preferenciales a las tierras (en detrimento de la agricultura), ayudas su- plementarias de los gobiernos locales, sim- plificacionesadministrativas,etcétera.Eso hace que funcione la máquina: 6,5% de cre- cimiento en 2016 (con un ritmo de entre el 5,5% y el 7,6% desde 2000). Lo que hace so- ñar, incluso en la región. Pero esta estrategia tiene un precio: la dependencia. Las empresas extranjeras efectúan más de dos tercios de las expor- taciones: sólo Samsung, por ejemplo, con- centra el 60% de las ventas de electrónicos

al extranjero. Si el gigante surcoreano to-

se (como con su Galaxy Note 7, cuyas bate- rías se queman), todo Vietnam se resfría. Nguyen Anh Duong, con quien nos en- contramos en el Instituto Central para la Gestión (CIEM), un centro de investiga- ción que depende del muy poderoso Mi- nisterio de Planificación, no niega los pe- ligros. Aunque critica a la “nueva clase de ricos y empresarios vietnamitas que quie- ren cuidar sus privilegios”, este joven di- rector adjunto del Departamento de Po- lítica Económica explica sin rodeos: “Las empresas extranjeras tienen capitales y nosotros no tenemos. Mejor extranjeros que apuestan a la inversión que vietnami- tas que apuestan al mercado inmobiliario.

Edición 212 | febrero 2017

al mercado inmobiliario. Edición 212 | febrero 2017 Además, eso crea competencia con las empresas locales,

Además, eso crea competencia con las empresas locales, lo que las incita a mejo- rar su gestión”. Y resume el pensamiento dominante: “Estas inversiones extranje- ras directas [IED] constituyen efectiva- mente una apuesta al futuro. Con ellas, hay una posibilidad de que la cosa mar- che, pero sin ellas sabemos que no nos va- mos a desarrollar”.

Los límites del desarrollo ¿Cómo, en efecto, salir del subdesarrollo cuando no se cuenta ni con capital ni con tecnología y se tiene una población joven (la mitad tiene menos de 30 años), numerosa

(53,8 millones de personas en edad laboral), educada (98% saben leer y escribir)? Las autoridades vietnamitas cuentan con el peligroso dogma que les dio poder a Singapur, Taiwán o China: el bajo costo de la mano de obra. Con una diferencia, destaca Erwin Schweisshelm, director de la Fun- dación Friedrich Ebert en Vietnam:

“Esos países protegieron de alguna ma- nera sus mercados e impusieron regula- ciones. Todavía al día de hoy, es imposi- ble poseer una compañía china al 100%,

y algunas inversiones tienen que aportar

además traspaso de tecnología. Vietnam,

por su parte, está abierto a todos los vien- tos. No tiene ninguna exigencia sobre la instalación o la utilización de los recur- sos nacionales, ninguna recomendación”.

Y controla poco las infracciones al dere-

cho laboral, que suscitaron conflictos en grandes empresas (ver página 19). La vigilancia no es para nada más es- tricta en cuanto a las normas ambienta- les. Como atestigua el caso Formosa –por el nombre de la empresa taiwanesa ins- talada en la provincia de Ha Tinh– en el centro del país. Esta desechó al mar pro- ductos tóxicos de su acería: doscientos kilómetros de costas contaminadas, to- neladas de peces muertos, más de 40.000 pescadores sin trabajo, el turismo ame- nazado. En un primer momento, el re- presentante de Formosa en Hanoi, Chou Chun Fan, se sintió lo suficientemente protegido como para declarar: “No pue- den tenerlo todo. Tienen que elegir entre los peces, los camarones y una acería” (7). Era no tener en cuenta a los pescadores,

quienes vieron peligrar su subsistencia

y se quejaron. Ni a las clases medias ur-

banas inquietas por la calidad de la ali- mentación, que se manifestaron masiva-

mente en Ciudad Ho Chi Minh (ex Sai- gón). El gobierno arrestó a uno o dos de los supuestos cabecillas del movimiento

y detuvo durante algunas horas a varias

decenas de manifestantes; pero llevó a ca-

bo una investigación, impuso el pago de indemnizaciones para los pescadores y Chou Chun Fan tuvo que renunciar. Algunos años antes, en 2009, la explo- tación de una mina de bauxita por parte de la empresa china Chinalco había mo- vilizado multitudes, haciendo incluso que el general Vo Nguyen Giap, héroe de la guerra, alzara la pluma contra los “se- rios riesgos de daños ecológicos” (8). En vano. El apetito de crecimiento prevale- cía sobre todo. La sed de consumo satura las ciudades de autos y de vehículos de dos ruedas mo- torizados en una mezcolanza inverosímil, haciendo que cruzar las calles se vuelva al- go engorroso y el aire totalmente irrespi- rable. Sin embargo, algunas asociaciones

u organizaciones de lucha contra la conta-

minación y a favor de la seguridad alimen- ticia empiezan a aparecer. En la primavera de 2016, los habitantes de Hanoi se movi- lizaron para impedir la tala de decenas de árboles centenarios –con éxito–. Luong Ngoc Khue, joven empresario especialista en informática, nacido en el delta del Me- kong, espera juntar “gente de la ciudad y campesinos” contra la posible llegada, con los tratados de libre comercio, de maíz o arroz estadounidenses, “seguramente ge- néticamente modificados, seguramente Monsanto” –empresa de siniestro recuer- do en Vietnam–. Por el momento, su grupo no parece juntar en las redes sociales más que algunas decenas de jóvenes a la moda. “Sabemos juntarnos en cuestiones pun- tuales, como el affaire Formosa –observa el documentalista Dao Thanh Huyen, coau- tor de un libro sobre la batalla de Dien Bien Phu (9)–. Pero todavía no para reflexionar sobre la pregunta: ¿cómo sumarnos al de- sarrollo, estando a la altura de la mundia- lización, y preservar nuestra cultura mile- naria, nuestros valores de solidaridad, de

Hanoi, 19-10-12 (Nguyen Huy Kham/Reuters)

respeto a los ancianos, de relación entre las generaciones, de ética?” El Partido Comunista tomó la decisión de postergar para más adelante la res- puesta a este tipo de interrogantes. Hay muchas divergencias de opiniones, como demostró el XII Congreso que, en enero de 2016, ha visto excluido al primer mi- nistro promotor de las privatizaciones

y ganar autoridad al secretario general.

Pero el debate sólo se centra en el ritmo de las reformas, no en su contenido: unos

piensan que hay que acelerarlas y utilizar los acuerdos de libre comercio como me- dio de presión para cambiar las normas

y las prácticas (en previsión del TPP, se-

senta leyes que tratan sobre las cuestio-

nes sociales y económicas ya habían sido modificadas); otros piensan que hay que

ir más despacio para conservar el control

de los cambios. La elección se resume en-

tre una economía de mercado libre o una economía de mercado regulada. En cuan- to a la orientación socialista… g

1. Ningún lazo familiar con el secretario general: más

o menos la mitad de los vietnamitas tienen el apellido

“Nguyen”, y por lo general son los nombres los que se utilizan, sin que eso implique ningún parentesco.

2. “China manufacturers survive by

moving to Asian neighbors”, The Wall

Street Journal, Nueva York, 1-5-13.

3. Jennifer Wells, “Will the TPP transform

the garment manufacture in Vietnam:

Wells”, The Toronto Star, 6-10-15.

4. “Potential macroeconomic implications of the

Trans-Pacific Partnership”, Global Economic Prospects, Banco Mundial, Washington, DC, enero de 2016.

5. Además de Estados Unidos y Vietnam, el PTP

incluye a Canadá, México, Chile, Perú, Australia,

Nueva Zelanda, Singapur, Japón, Brunei y Malasia.

6. Véase Xavier Monthéard, “Una alianza

insólita, Vietnam y Estados Unidos”, Le Monde

diplomatique, edición Cono Sur, junio de 2011.

7. “Hécatombe de poissons: Formosa s’excuse,

l’enquête continue”, Le Courrier du Vietnam, 27-4-16.

8. Véase Jean-Claude Pomonti, “Le Vietnam,

la Chine et la bauxite”, Planète Asie, 3-7-

09, http://blog.mondediplo.net

9. Colectivo, Dien Bien Phu vu d’en face. Paroles de

bô dôi, Nouveau Monde Éditions, París, 2010.

* Jefa de Redacción, Le Monde diplomatique, París. Traducción: Aldo Giacometti

Dossier Protesta contra la reforma de la ley laboral francesa, Nantes, 17-5-16 (Stephane Mahe/Reuters) Francia:

Dossier

Dossier Protesta contra la reforma de la ley laboral francesa, Nantes, 17-5-16 (Stephane Mahe/Reuters) Francia: entre

Protesta contra la reforma de la ley laboral francesa, Nantes, 17-5-16 (Stephane Mahe/Reuters)

Francia:

entre derecha y ultraderecha

Todo indica que en las próximas elecciones presi- denciales francesas, que se realizarán el 23 de abril, los dos grandes protagonistas serán el ultraliberal y católico conservador François Fillon, candidato de la derecha representada por el partido Los Repu- blicanos, y la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen. Detrás de Fillon se alinean las grandes fuerzas empresariales y financieras.

¿De quién es testaferro François Fillon?, por François Denord y Paul Lagneau- Ymonet I 22 “Mi vecino vota al Frente Nacional”, por Willy Pelletier I 24

por François Denord y Paul Lagneau- Ymonet I 22 “Mi vecino vota al Frente Nacional”, por

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22 | Edición 212 | febrero 2017 Dossier Francia: entre derecha y ultraderecha François Fillon, Estrasburgo,

Edición 212 | febrero 2017

Dossier Francia: entre derecha y ultraderecha François Fillon, Estrasburgo, 7-11-16 (Vincent Kessler/Reuters)
Dossier
Francia: entre
derecha y
ultraderecha
François Fillon, Estrasburgo, 7-11-16 (Vincent Kessler/Reuters)
Ultraliberal y admirador de Margaret Thatcher en lo económico y católico
tradicionalista en lo moral-religioso, François Fillon representa claramente
al establishment francés. Sus lazos con el empresariado son estrechos, y en su
equipo figuran destacados ex directivos de grandes multinacionales.
La trama detrás del candidato presidencial de la derecha
¿De quién es testaferro
François Fillon?
por François Denord y Paul Lagneau-Ymonet*
E n torno de los principales candida-
tos a la elección presidencial fran-
cesa trabaja un grupo de colabo-
radores. Esos equipos, exhibidos
delante de las cámaras, y esos orga-
nigramas publicados por la prensa,
no representan únicamente una concentración de
poderes, de ambiciones y de conocimientos: ex-
presan además compromisos entre fracciones de
la clase dominante, e imprimen su marca a los di-
versos programas. Luego de Nicolas Sarkozy en el
rol de “presidente de los ricos” (1), ahora tenemos
a François Fillon, su ex primer ministro, un apóstol
de la empresa, de la autoridad y de la fe.
En la aritmética del poder, no todas las rique-
zas valen lo mismo. El dinero se impone ante las
otras (cultura, conocimientos y prestigio) y pone
frente a frente sus magnitudes relativas. Lo mis-
mo ocurre con los aliados de Fillon: los financistas
fijan el rumbo, los estrategas organizan la campa-
ña, mientras los comunicadores le sacan brillo a la
imagen del candidato.
El polo económico está en manos de Henri de
Castries, ex presidente-director general de la pri-
mera aseguradora mundial, Axa, un grupo al que se
unió luego de participar de las primeras privatiza-
ciones (1986-1988) como jefe de oficina en la Direc-
ción General del Tesoro. En esa empresa que insiste
desde hace años en difundir su credo liberal, par-
ticularmente a través del Instituto Montaigne, un
grupo de reflexión fundado en 2000 por su antiguo
dirigente Claude Bébéar, De Castries se siente a sus
anchas. Reclama “líderes fuertes, que desarrollen
una verdadera visión del mundo, una verdadera es-
trategia de futuro, y que sean inflexibles en su eje-
cución. Claro está, hay que escuchar las protestas,
pero siendo conscientes de que ellas representan
intereses particulares. Pero hay que saber mante-
ner el rumbo. Es algo digno y virtuoso llevar adelan-
te las reformas” (Le Figaro, 2-11-16).
Con Jean de Boishue, su consejero en la oficina
de Primer Ministro, e Igor Mitrofanoff, su “pluma”,
Fillon ya contaba con amigos rusófilos. De Castries
le acercó sus contactos atlantistas. En 2013, lo invi-
tó a los encuentros del grupo Bilderberg, cenácu-
lo que, desde su creación en 1954, reúne a jefes de
empresa, políticos, ex militares y algunos perio-
distas. El hombre de la compañía de seguros tam-
bién inspiró el programa del candidato a lo largo
de las primarias. Luego del triunfo de su elegido,
De Castries sigue de cerca el desarrollo de la cam-
paña y excita a las redacciones teatralizando sus
ambiciones ministeriales (Le Monde, 14-12-16).
No hay jefe sin estrategia. En las grandes em-
presas, ese papel queda destinado a los consulto-
res. Estos juegan un rol clave junto al candidato
de la derecha francesa. Formado por los jesuitas,
y luego en la Harvard Business School, François
Bouvard supervisa la elaboración del programa,
una misión análoga a las que cumplía para las di-
recciones de las multinacionales, o de adminis-
traciones centrales cuando trabajaba para el es-
tudio McKinsey (1989-2013). Cuando, en 2007, el
gobierno de Fillon lanza la revisión general de las
políticas públicas (RGPP), que aplica a las admi-
nistraciones las reglas de las empresas privadas,

el comité de seguimiento de los auditores cuenta como uno de sus animadores a Jean-Paul Faugè- re, por entonces director de gabinete del primer ministro. Este ya pretendía “hacerlo mejor con menos”, y McKinsey presentaba la RGPP como un ejemplo (2).

Empresarios en primera línea Luego del estratega, el manager: Pierre Danon, di- rector de campaña adjunto durante las primarias. Al frente de Numericable entre 2008 y 2011, tomó contacto con Fillon cuando su gobierno puso en venta una cuarta licencia de telefonía móvil. Pero para este especialista en la “reducción de costos” que participa en numerosos consejos de adminis- tración, la revelación política se remonta a 2012:

“Las críticas a la familia Peugeot, que siempre de- fendió el empleo en Francia, me parecieron detes-

tables. Me chocó la distancia adoptada respecto de Alemania, con el fin de seducir a España y a Italia”, (L’ Opinión, 21-9-16). Desde entonces Danon orga- niza encuentros con Fillon y empresarios y grupos de trabajo para redactar el programa económico,

a la vez que recorre Francia para asistir a reunio- nes públicas. Una tarde de otoño, en la Bolsa de Trabajo de Massy (Essonne), logra entusiasmar

a su auditorio. “Y si fuera necesario, [Fillon] sa-

brá enviar el ejército para desalojar una refinería” (L’Humanité, 18-11-16). Actualmente, figura como uno de los portavoces oficiales de su candidato; en el organigrama, aparece ligado al “polo sociedad civil”, que coordina un ex director del Medef en- cargado de los afiliados. Financiera de alto vuelo, su esposa, Laurence Danon-Arnaud, presidió entre 2005 y 2013 la co- misión “Prospectivas” del Movimiento de Empre- sas de Francia (Medef ), el cual logró hacer incluir muchas de sus ideas en el programa del candidato Fillon. Dorothée Pineau, directora general adjun- ta del Medef, trabajó mucho en ocasión de las pri- marias (Marianne, 23-11-16), al igual que la presi- denta del Syntec, la federación patronal de las em- presas de asesoramiento y consejo, Viviane Chai- ne-Ribeiro, que aspiraría a suceder a Pierre Gattaz

a la cabeza del Medef, y que también forma parte

de los portavoces oficiales de Fillon. Para la comunicación, Fillon recurre a una de las más prestigiosas consejeras de prensa de Pa- rís. Luego de pasar por la Facultad de Ciencias Po- líticas y por la de Derecho de Assas, Anne Méaux, llegó al Palacio del Elíseo, donde trabajó para el presidente Valéry Giscard d’Estaing (1974-1981), pasando luego al servicio del grupo parlamenta- rio de la UDF (Unión para la Democracia Fran- cesa) en la Cámara de Diputados. Actualmente dirige Image-7, que se presenta como la “primera agencia de comunicación independiente de Fran- cia”. Su clientela comprende establecimientos públicos, organismos territoriales, gobiernos ex- tranjeros e importantes empresarios cuyas firmas cotizan en el índice bursátil CAC 40. Es justamen- te a uno de ellos, François Pinault, dueño de Ke- ring (ex grupo Pinault-Printemps-Redoute, PPR), que Anne Méaux debe su posición. Ella lo desig- nó su padrino cuando recibió la insignia de oficial de la Legión de Honor (Le Figaro, 10-6-16). Sus convicciones liberales hicieron que esta admira- dora de la novelista libertarista estadounidense Ayn Rand decidiera seguir a François Fillon (3) (L’Opinion, 21-11-16). Los libertaristas glorifican al individuo libre y rechazan las convenciones. Pero entre los que ro- dean al candidato de la derecha, la pertenencia a grandes familias y la adecuación a los estilos de vida más tradicionales siguen siendo de rigor, y se busca siempre lograr fructíferas alianzas ma- trimoniales. El hombre a cargo de los donantes, Arnaud de Montlaur, trabaja para Quilvest. Ese conglomerado financiero pertenece desde hace siete generaciones a los herederos Bemberg, fa- milia que acumuló una fortuna con la fabricación de cerveza en Argentina desde fines del siglo XIX, para aliarse luego a la nobleza europea. El conde De Castries, por su lado, se casó con la hija de una prima suya, cuyos padres y aliados poseen par- celas enteras del faubourg Saint-Germain. Los miembros de la gran burguesía, generalmente en- trados en años y ejerciendo un poder en el seno del Estado o en el orden económico, perpetúan el

poder de los linajes –a veces de origen aristocrático– cuyos integrantes se sienten depositarios del interés general y de la continuidad de la historia nacional.

Dinastías Entre los que apoyan a Fillon se cuentan muchos hijos o padres de altos funcionarios del Estado, re- cibidos en las escuelas públicas más prestigiosas (la Politécnica o la Escuela Nacional de Adminis- tración, ENA), que hicieron fructificar sus conoci- mientos de los secretos administrativos para enri- quecerse al margen del sector público o en el pri-

vado. El prefecto y consejero de Estado, Jean-Paul Faugère –también hijo de un Prefecto– obtuvo, lue- go de haber dirigido el gabinete de Fillon, la presi- dencia del consejo de administración de CNP Assu- rances, una empresa estatal pero que cotiza en Bol- sa. “¡Trescientos cincuenta mil euros por no hacer nada, qué locura!”, se habría lamentado François Hollande en 2012, cuando Jean-Marc Ayrault le contó que Fillon –su antecesor en el cargo de pri- mer ministro– le había “pedido un solo favor: ubi- car en algún lado a su director de gabinete” (4). En 2015, la dura tarea de Faugère le dejó sin embargo tiempo para presidir los jurados de la ENA. El candidato puede contar también con Antoi- ne Gosset-Grainville. Recibido en la ENA, como su padre, este inspector general de finanzas aban- donó la función pública a comienzos de la déca- da de 2000 para convertirse en abogado. Director adjunto del gabinete de Fillon, y luego de la Caja de Depósitos, ocupó el cargo de administrador en varios grandes grupos, para crear luego un estu- dio de abogados especializado en las operaciones de fusiones-adquisiciones, BDGS Associés. Una trayectoria típica de otros altos funcionarios, a los cuales la retirada del Estado del área productiva,

la desregulación y la apertura a la competencia in-

ternacional les permitieron realizar provechosas reconversiones profesionales; lo que no le impi- de a Gosset-Grainville definirse como un “animal aparte” (L’Opinion, 15-1-16). Sin embargo, ese puro producto de la “nobleza de Estado” sirvió al poder público. Marc Ladreit de Lacharrière, en cambio, renun- ció desde que egresó de la ENA, en 1968, para ir a trabajar a la Compagnie de Suez, y luego pasar a la dirección financiera de L’Oréal. Actualmente mul- timillonario, dirige su holding personal, Fimalac, que posee, entre otros activos, La Revue des deux mondes. Allí emplea a Penelope Fillon, y designó como directora de la redacción a Valérie Toranian,

ex directora de la revista Elle y cónyuge del edito- rialista Franz-Olivier Giesbert, el que forma parte del comité de la revista junto a Élise Longuet, hija del ex ministro Gérard Longuet y directora de rela- ciones exteriores de Fimalac. El venerable periódi- co que publicó en sus páginas los poemas de Char- les Baudelaire y las reflexiones de Stendhal, publi- ca actualmente “las intervenciones de pensadores

y de hombres de acción contemporáneos, como

François Fillon, Édith de la Héronnière o Georges Charpak”, proclama el sitio del holding.

La presencia católica La decana de las revistas liberales reivindica una “voluntad de moderación, de prudencia, un re- chazo de las posturas extremas, un espíritu prag- mático”. Jérôme Chartier, consejero especial de François Fillon, también llama a la sobriedad in- telectual. Ese diputado de Val d’Oise, que compar- te su vida con la presidenta del consejo de control de Eurodisney, Virginie Calmels, organiza cada año, bajo las arcadas de la abadía de Royaumont, reuniones llamadas “Encuentros”. Allí, dirigentes económicos, altos funcionarios y representantes de diversos cultos acuden entusiastas. El tema de la edición 2016 tenía todo para que le gustara al candidato a la presidencia: “Creyente y ciudada- no. El gobernador del Banco de Francia, François Villeroy de Galhau, evocó allí “la experiencia de Jesús manager” y “la forma increíble en que dirige su equipo: arranca con doce galileos bastante rús- ticos y con eso crea la empresa internacional más duradera del mundo”. Los fieles seguidores de François Fillon son sin duda creyentes. Su director de campaña, Pa- trick Stefanini, ex mano derecha de Alain Juppé, es considerado el artífice de la adhesión del movi-

es considerado el artífice de la adhesión del movi- | 23 miento Sens commun al diputado

| 23

miento Sens commun al diputado de París. La por- tavoz de esa emanación de la Manif pour tous, Ma- deleine de Jessey, incluso encontró un lugar en el organigrama de la campaña. La coordinación de la misma recayó en un católico intransigente, Bruno Retailleau, senador de la región de Vendée y conse- jero de Philippe de Villiers. Convertido al protes- tantismo, Gérard Larcher, presidente del Senado,

sería partidario del diálogo con todas las confesio- nes: su misión es establecer lazos entre Fillon y la dirección de las confederaciones sindicales. Jérôme Chartier lo asegura: “François Fillon nun- ca tuvo ninguna relación con la extrema derecha”

(BFM TV, 23-11-16). Todos los que lo apoyan no pue- den decir lo mismo. Her- vé Novelli, que fuera se- cretario de Estado, y Ge- rard Longuet, ex ministro, forman parte, como Anne Méaux, de la “generación Occidente”, antiguos mi- litantes duros anticomu- nistas, que pasaron de la ultraderecha al giscardis-

mo en la década de 1970 (5). Por su lado, algunas figuras que manifestaron su apoyo, como Charles Millon, ex ministro de Defensa, y su esposa, la filósofa Françoise Delsol, son importantes referentes de una derecha instalada en Lyon, tradicionalista y cercana al Opus Dei. Situados en la primera línea del liberalismo económico más descabellado durante las décadas de 1970 y 1980, parecen haber encontrado el candidato que sabrá “liberar la economía”. Hervé Novelli, amigo de Alain Madelin, frecuentó asiduamente la Asociación para la libertad económi- ca y el progreso social (Aleps), una de las más firmes avanzadas del neoliberalismo en Francia (6). Redac- tor del programa ultraliberal del Frente Nacional en 1973, Longuet fue durante mucho tiempo miembro de honor del muy derechista Club de l’horloge [Club del reloj]. Su posición sobre la inmigración o la ho- mosexualidad lo acercan a la extrema derecha. Símbolo de la marginalización de la referencia gaullista, Fillon recibió el apoyo de dos voces impor- tantes de la galaxia liberal: la de Nicolas Baverez, que fuera consejero del Tribunal de Cuentas, convertido en abogado y cronista de Le Point y del Figaro, en- tusiasmado por un “verdadero programa, que es un programa liberal” (BFM Business, 28-11-16), y la de Mathieu Laine, ensayista y director de un gabinete de consejeros. Laine se muestra encantado por el cambio ideológico de quien fuera partidario del “no” al referéndum de Maastricht, en 1992; y se congratu- la que ahora vea “la urgencia de liberalizar nuestra economía […] desinflando el Estado-precaución, en beneficio de un Estado soberano recientemente de- bilitado” (Le Monde, 22-11-16). Más allá de las particularidades vinculadas a la pertenencia de Fillon a la burguesía católica, ese apoyo del sector bancos-seguros, del mundo de la gestión empresarial y de la comunicación, se puede hallar, bajo formas y encarnaciones diferentes, en el entorno de otros candidatos, en particular en el de Emmanuel Macron. Este marca la culminación del proceso de neoliberalización que, en Francia, afecta a la estructura del poder desde hace cuaren- ta años, y que se manifiesta en un menor control po- lítico sobre el orden económico y por la avanzada de potencias financieras e industriales privadas. g

“Y si fuera necesario, [Fillon] sabrá enviar el ejército para desalojar una refinería [ocupada].”

1. Michel Pinçon y Monique Pinçon-Charlot, Le

Président des riches. Enquête sur l’oligarchie dans la France de Nicolas Sarkozy, Zones, París, 2011.

2. François Bouvard, Éric Labaye y Karim Tadjeddine,

“Case study: Undertaking reform in France”,

McKinsey Quarterly, París, junio de 2009.

3. Ver François Flahault, “Ni dieu, ni maître, ni impôts”,

Le Monde diplomatique, París, agosto de 2008.

4. Gérard Davet y Fabrice Lhomme, “Un président ne devrait

pas dire ça…”. Les secrets d’un quinquennat, París, 2016.

5. Frédéric Charpier, Génération Occident, Seuil, París, 2005.

6. Le Néolibéralisme à la française. Histoire d’une

idéologie politique, Agone, Marsella, 2016.

* Sociólogos. Autores de Le Concert des puis- sants, Raisons d’agir, París, 2016. Traducción: Carlos Alberto Zito

24 |

24 | Edición 212 | febrero 2017 Dossier Francia: entre derecha y ultraderecha Fréjus, 18-9-16 (Jean-Paul

Edición 212 | febrero 2017

Dossier Francia: entre derecha y ultraderecha Fréjus, 18-9-16 (Jean-Paul Pelissier/Reuters) ¿Combatir un partido
Dossier
Francia: entre
derecha y
ultraderecha
Fréjus, 18-9-16 (Jean-Paul Pelissier/Reuters)
¿Combatir un partido implica condenar a aquellos que consiguió seducir? Un
viejo militante de diversas organizaciones anti racistas de extrema izquierda
analiza los métodos de lucha que se han usado, sin éxito, contra el Frente
Nacional. Su testimonio ayuda a comprender cómo este último se convirtió en
un actor decisivo de la próxima elección presidencial.
El partido de Marine Le Pen ante las elecciones
“Mi vecino vota
al Frente Nacional”
por Willy Pelletier*
P articipé en la alegría, el impulso,
la impresión de servir a los puñe-
tazos contra los mitines del Fren-
te Nacional (FN), a la denuncia de
“asuntos” donde estaba implicado,
a demostraciones “expertas” de
la incoherencia de sus programas, etc. Esas vir-
tuosas indignaciones no impiden que se vote a Le
Pen. Incluso podemos preguntarnos si el senti-
miento de superioridad moral de esos arcánge-
les exterminadores que no conocen ni a un solo
“votante” Le Pen, ni a un solo adherente FN y los
imaginan poseídos por pasiones bajas, brutales,
espantosas, no da prueba sobre todo de su propio
“racismo de clase” (1).
Dos ejemplos entre muchos otros. El comuni-
cado de la Liga de los Derechos Humanos del 15
de noviembre de 2013 titula: ¡Conjuremos la estu-
pidez y el cinismo, rechacemos el odio y el racis-
mo! y denuncia “una estupidez y una ignorancia
que se infiltran en todos los engranajes de la vi-
da social”. En la edición del 11 de febrero de 2012
de La Règle du jeu, Romain Goupil invita a diri-
gir “un insulto por día contra el Frente Nacional”,
que “reúne a toda la Francia enmohecida y ran-
cia”; propone “que nos soltemos… ¡No intentemos
más convencer!”
21 de abril de 2002, 18:00 horas. Estamos en la
Mutualité, vaciados, preocupados, tras una exal-
tada campaña. Instantes fluctuantes, dos horas
de incertidumbre y ansiedad. Los militantes reu-
nidos se impacientan.
A las 20:00 horas, resultados definitivos. ¡Le
Pen supera a Jospin! Acudimos a la asamblea ge-
neral, consternados, impactados. Nosotros (al-
gunos, decepcionados hasta casi las lágrimas),
reducidos a nada por el enemigo que triunfa,
pero de pronto tan cercanos. Varias veces, ca-
si a los gritos, el puño en alto, cantamos La In-
ternacional con la garganta tensa.
Los cantos, las consignas disuaden a “aque-
llos que no son”. Pero también fortalecen
(¿sobre todo?), en “los que son”, la comunión,
las certezas compartidas. ¿Quiénes están allí?
Algunos asalariados de nivel medio, dema-
siado intelectualizados y en contradicción;
profesionales de la acción social confronta-
dos a límites y redefiniciones de sus tareas,

que cuestionan; sindicalistas demasiado re- beldes para “lograrlo”; estudiantes sobre to- do militantes; “intelectuales” demasiado su- mergidos en actividades políticas para ser in- telectuales de pleno ejercicio; profesores que habrían obtenido el puesto si no se hubieran comprometido por entero en política, etc. Recuerdo el resto de la noche como un encan- tamiento. Nadie sabe quién hizo correr la voz. Apretados, comprimidos, derecho a los autos. Di- rección Odéon: de a cuarenta, luego cincuenta, luego cien, doscientos, rápidamente llegan otros, Hartos del Frente, libertarios, estudiantes, eco- logistas, comunistas. ¿Para hacer qué? No sabe- mos. Estar contra Le Pen. ¿Pero cómo? Nada se sabe. Estar allí, sólo estar allí. Reunidos en un idéntico desconcierto, asqueados por ese “voto de los franceses” que cuestiona todos los valo- res indiscutidos, todas las creencias indiscutidas que constituyen nuestras vidas. Estar allí, “cuán- ta felicidad, esto empieza, no sabemos dónde se detiene”, dice Sophie, profesora de primaria,

que su ex marido, a quien dejó de un día para otro por Éric, según ella, se las deja demasiado po- co. Anissa y Éric se casaron, ahorran y alquila- ron con opción de compra “una casa de verdad,

de

piedra”, dice Anissa. En el trabajo, Éric tiene

pasantes, pero “apenas si te escuchan, sólo atien- den sus videos, se drogan… La otra vez, uno me dijo si podía enviarle un mail para poder ver có- mo funciona la máquina… Acababa de decírselo:

no

escucha o me toma por estúpido” ¿Su empresa

va

a resistir? “Todo es yanqui, incluso la recep-

ción, no se entiende un pito y eso provoca despi- dos, despidos, nadie lo impide”. Éric y Anissa nos proveen de lechugas, zapa- llos, rábanos. Les damos nueces, frambuesas. Juntos tomamos aperitivos. Una noche, Éric me dijo haber sido “durante mucho tiempo un poco racista”, pero ya no lo es, después de haber ido a Senegal (al Club Med, su único viaje). Por la tarde

eran las partidas de dominó “eternas” con el per- sonal del hotel, “tipos con cerebro”. Lo que lo ha- bía “hecho un poco racista” fue que Anissa “casi

 

es

despedida porque aceptó el cheque de un ne-

Sud-Educación, veinte años de Liga (2), que pasa- ba de grupo en grupo en la Mutualité, repitiendo:

“Él sube al poder, estamos en los campamentos, seguro”. Una especie de standing-ovación de no- sotros mismos, reivindicando ese derecho de ser “exactamente como somos”, dice Françoise, en- fermera, comisión LGBT (3). Nos mantenemos motivados, nos “mantene- mos bien”. Los que van llegando, muchos son co- nocidos, los besan, los aprietan en abrazos eter- nos, que deshacen con dificultad. Las miradas muestran una afligida ternura y agradecen a los vecinos. Expresan el reconocimiento. De inmediato somos miles, un torbellino. Al- gunos llegan en bicicleta, las mejillas rojas, es- tán los que se envuelven en banderas, las enar- bolan, las depositan en los bancos, las dejan allí, las parejas se toman de la mano, hay niños. ¿Adónde vamos? En ese desorden, de improvi- so, desbordando las veredas apenas vaciadas, no sabemos, nunca lo supimos, corriendo allá, aquí, entusiastas por las calles laterales, confuso bai- le que aplauden desde los balcones en esa cálida noche. Vale la pena vivir allí, irritados, magu- llados, furiosos, pero apaciguados en esa oscu- ra calidez. Arnaud, cuarentón, un biologista que defiende la DeepWeb me dice: “La gente es de- masiado linda para Le Pen”. La noche palidecía, se tornaba rosa. Esta larga marcha agria y alegre se extendió por los distri- tos 10, 11 y por el borde de los 12 y 20, reunien- do a manifestantes liberados de la necesidad de levantarse temprano. En los barrios populares o más allá de la periférica, nadie oye hablar de esto. En ninguna otra parte sucedió algo parecido. En sus territorios de elección, de residencia, de afi- nidades, manifestaron aquellos que, bajo el efec- to del voto Le Pen, de pronto se sentían extran- jeros al mundo social que esperaban conquis- tar. Los que votan FN no nos vieron. No viven en nuestros barrios. Hace tres años que mi pareja y yo habitamos en Aisne, entre Chauny, Soissons, Noyon, Vic- sur-Aisne, entre campos de remolachas y bos- ques, perdices, faisanes. Un caserío de veinte viviendas. Salvo dos parejas que se invitan, na- die frecuenta a nadie (muchos jubilados se en- claustran). Nosotros tenemos como casi vecinos, a diez minutos de ruta, a Éric y Anissa. El her- mano de Éric nos vendió muebles de granja. “Mi sueño son los limoneros –dice Éric–, fanático de invernaderos”: “En tu invernadero te olvidas de todo, no viene a molestarte ningún imbécil. […] El padre de Anissa cultiva limoneros, es lógico, está en su invernadero H24, lo adoro, eso le hace recordar su país”.

gro, un joven, además por una suma importante, pero que era falso. Sin embargo, ella le pidió el documento de identidad”. Un día, al atardecer, en su invernáculo el aire

tornó pesado sobre la fertilidad del suelo –pe-

se

ro

además habíamos tomado varios tragos–, Éric

me dijo: “No repitas esto a Anissa, ella no quiere que te lo diga porque eres parisino, yo voté a Ma-

rine, dos veces… Cuando la escucho, se me eriza

el

pelo… No sé, la manera en que les habla a los

franceses te hace sentir orgulloso… en esta zona,

el

partido de Marine ayudó a mucha gente… Casi

llegué a pagar mi cuota, pero me detuve, incluso

no

voté… Por esto estuvimos un año enojados con

Thierry y Marie-Paule… Ella es una roja, labura

en

el colegio, en el comedor… Yo no estaba enoja-

do, es una estupidez… Ya no querían vernos. ¿Te enojarías por eso? ¿Crees que es grave?”. No le contesté. Estaba ebrio y el olor ácido, profundo, de las plantas del invernadero me as- fixiaba. Tampoco lo consideré grave. ¿Quizás porque mi existencia se había cerrado en torno a ese caserío aislado? ¿Quizás porque hace tres años que dejé de ver a muchos militantes? De

“100% militante” pasé a ser “militante jubilado”, menos compenetrado con los grupos a los que les

di

tanto. ¿Quizás porque con el reconocimiento

del medio restringido que valoró mi vida militan-

te

ya no tengo que probar que soy un militante

modelo? ¿Quizás porque Éric es una de esas per- sonas de las que uno se despide de mejor humor? En cada ida y vuelta de Leclerc o Carrefour, cruzo gente sin dinero, abandonada. En los alre- dedores, rutas con asfalto roto, caminos depar- tamentales a veces cerrados… En los pueblos que atravieso ya no hay ni oficina de correos, ni mé- dicos, ni enfermeras, ni farmacia, casi ni bares,

acceso a internet, sino comercios cerrados y a ve- ces, en las ventanas, banderas azul-blanco-rojo. Las escuelas primarias y las iglesias cierran. Las asociaciones deportivas ponen llave a la puerta. Las sociedades de caza y las animadoras difícil- mente se renuevan. El volumen de los impagos EDF (4) explotan. Los jóvenes huyen en cuanto pueden. Las denuncias de vecinos en la agencia tributaria aumentan, las violencias intrafami- liares y el abordaje a muchachas, al límite de la agresión, también. No hay trabajo. En cada po- blado se ven casas viejas y deterioradas en venta. En Noyon, Chauny, Compiègne, Soissons, invier-

no

tras invierno, se suprimen trenes. En el cam-

Un clima de oportunidad Éric, de 48 años, es obrero especializado en em- balaje industrial, poliéster, PVC plastificado. An- tes, trabajó durante dieciséis años en Saint-Go- bain, pero en Soissons: “Todo lo que es vidrio, es jodido”. Anissa –cuyos padres vinieron de Ma- rruecos en los años 1970– es vendedora de ropa. Tiene 43 años. Fue despedida tres veces porque las tiendas cerraban. “A menudo tiene ganas de llorar” por no ver bastante a “sus dos pequeñas”

Archivo

Los nuevos miedos por Ignacio Ramonet, Nº 204, junio de 2016.

El Frente Nacional, cerrojo del orden social por Serge Halimi, Nº 199, enero de 2016.

Las piruetas de Le Pen por Eric Dupin, Nº 154, abril de 2012.

piruetas de Le Pen por Eric Dupin, Nº 154, abril de 2012. | 25 po, circulan

| 25

po, circulan cada vez menos vehículos. Y luego, a la entrada de los poblados, banderas de un amarillo vivo, un ojo (iris celeste) en el cen- tro, con la advertencia “Vecinos vigilan” (a pesar de que los robos son excepcionales). Aquí, hace veinte años que todo se degrada continuamente. No sólo los puntos de encuentro desaparecen (por falta de gente que se ocupe de ellos); desaparecen

también los medios para llegar: las rutas, el dinero, las redes de acceso. Las comunas entre Chauny,

Soissons, Noyon, Vic (salvo pocos guetos de ricos) están casi arrui- nadas. Los ancianos son demasiado pobres para ayudar a sus hijos y los hijos son demasiado po- bres para ayudar a sus padres. En este contexto el FN obtiene buenos re- sultados (5). El hermano mayor de Éric heredó la granja familiar de ciento vein- te hectáreas. Éric le da una mano. Resistieron, pero se resignan a ven- der. Lo único que da ganancias es el vasto

monocultivo de remo- lachas. Los pequeños agricultores se desem- barazan como pueden de las tierras, que compran barato los grandes propietarios (cuyas familias controlan con fre- cuencia las municipalidades). Éric y su herma- no tienen tres caballos. No saben qué hacer con ellos: cuesta demasiado mantenerlos. El alqui- ler con opción de compra es una inversión pesa- da. Los trabajos de restauración de su casa es- tán abandonados. El desempleo amenaza tanto a Anissa como a Éric. En su aldea y en los alrede- dores, los vecinos son personas mayores pobres o asalariados sin trabajo (a menudo uno de los dos integrantes de cada pareja). Pero aquellos a quie- nes llaman “parisinos”, y a los que parece que “les va bien”, también viven allí: familias de ejecu- tivos o de profesiones liberales (con puestos en Compiègne, Soissons, Amiens), que compran por su “carácter” (y su precio) los edificios de gran- jas (que restauran). En el trabajo, Éric estima que los jóvenes no lo respetan: a pesar de que antes se ocupaba de un equipo de cadetes, pero su club de fútbol se fusionó con otro. Viviendo allí, inmo- vilizado en un espacio en decadencia, impotente frente al derrumbe de un mundo que ya no resis- te, cuando había creído poder mantenerse (con la granja) y ve que su territorio se puebla de “pari- sinos”, ¿cómo Éric podría sentirse “orgulloso”? No me pareció grave el voto de Éric. El 21 de abril lo hubiera detestado espontáneamente, in- juriado incluso, juzgándolo “súper grave”. Pero hoy me es difícil ver en él al “principal enemigo”. En él que, como él dice, “desborda de un amor in- conmensurable por Anissa y sus niñas”, que ayu- da a Mateo a terminar obras de apuro, y los sába- dos de invierno recoge ropa vieja y juguetes para dárselos al cura. Sin duda también porque poner una boleta en la urna no tiene, para él como para tantos otros, nada de la importancia que le atri- buyen los profesionales de la política, los comen- taristas patentados y los militantes. g

Los ancianos son demasiado pobres para ayudar a sus hijos y los hijos son demasiado pobres para ayudar a sus padres. En este contexto el FN obtiene buenos resultados.

1. Véase Claude Grignon y Jean-Claude Passeron, “Racisme et

racisme de classe”, Critiques sociales, Nº 2, diciembre de 1991.

2. Liga Comunista Revolucionaria (LCR), a la cual en 2009

sucedió el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) (ndlr).

3. Lesbianas, gays, bi y trans (ndlr).

4. Electricidad de Francia (ndlr).

5. En Aisne, en las elecciones regionales de 2015, la lista “Marine Le

Pen” ganó con el 43,5% de los sufragios emitidos, contra el 25% para la lista de derecha con Xavier Bertrand a la cabeza, que triunfó en la segunda vuelta gracias al masivo aporte de votos de la izquierda.

* Coordinador, junto con Gérard Mauger, de la obra colec- tiva Les Classes populaires et le FN. Explication de vote, publicada en enero de 2017 en las ediciones del Cro- quant, en colaboración con la Fundación Copérnico. Traducción: Teresa Garufi

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26 | En España, Podemos se había dado como objetivo “tomar el cielo por asalto”: derrocar

En España, Podemos se había dado como objetivo “tomar el cielo por asalto”: derrocar el sistema político por medio de elecciones generales. Pero sin éxito. Las fuerzas progresistas, críticas de la austeridad, registraron sus principales éxitos a nivel municipal conquistando grandes ciudades, como Madrid y Barcelona. Pero cambiar de alcalde ¿permite cambiar el mundo?

Límites de los triunfos electorales progresistas en España

¿Cambiar el mundo desde un municipio?

por Pauline Perrenot y Vladimir Slonska-Malvaud*, enviados especiales

Perrenot y Vladimir Slonska-Malvaud*, enviados especiales Marcha del cambio organizada por Podemos, Madrid, 31-1-15

Marcha del cambio organizada por Podemos, Madrid, 31-1-15 (Benjamin Mengelle/Hans Lucas/AFP)

U na montaña de flores y de crucifijos se alza sobre la Plaza del Pilar, a media- dos del último octubre, en ocasión de la fiesta anual

de Zaragoza. Las calles están repletas de turistas, las grandes tiendas no dan abasto: no hay ningún soviet, no hay ninguna toma de un Palacio de Invier- no ibérico. Aquí como en Madrid, Cádiz, Santiago de Compostela, Barcelona, Va- lencia, Ferrol, La Coruña o incluso Ba- dalona, una “coalición de unidad popu- lar” formada por militantes del movi- miento social y de diversos partidos de izquierda ganó las elecciones municipa- les de mayo de 2015. Pero a despecho de

que los conservadores gritan como des-

cosidos, alarmados por esas victorias, la revolución es discreta. “No se transforma una ciudad en un año y medio”, alega Guillermo Lázaro, coordinador del grupo municipal de la coalición Zaragoza en Común (ZeC) (1). Antes de añadir que, a pesar de las pro- mesas de progreso social que figuran en los programas electorales, el cambio al que aspira la población no consiste tanto en abolir la propiedad privada como en barrer la “casta”: “La gente no esperaba tanto un cambio real de sus condiciones de vida como el acceso al gobierno de personas normales, que se le parezcan”. En Santiago de Compostela, la pla- taforma victoriosa Compostela Aberta nació de “un hastío”, nos explican Mari-

lar Jiménez Aleixandre y Antonio Pérez Casas, respectivamente portavoz y mi- litante de la coalición. “Apenas un año después de su elección, el alcalde ante- rior, el conservador Gerardo Conde Roa, fue condenado por fraude fiscal”. Otros dos se sucedieron en el curso de un man- dato ritmado por los casos judiciales, lo que le valió a la ciudad que la rebautiza- ran “Santiago de Corruptela”. Esta crisis de la representación po- lítica, motor del movimiento del 15-M (nacido el 15 de mayo de 2011 en Ma- drid), favoreció la creación de coali- ciones heteróclitas, que renovaban el perfil de los ejecutivos tradicionales:

“Compostela Aberta se compone en par- te de ex militantes de grandes partidos,

Edición 212 | febrero 2017

pero no únicamente –indican Jiménez Aleixandre y Pérez Casas–. Muchos de sus miembros nunca habían hecho an- tes política, o vienen de las asociaciones de vecinos (2), del movimiento feminis- ta o sindical, de colectivos de lucha con- tra la especulación inmobiliaria, etc. Encontramos también personalidades, escritores, representantes del mundo de la cultura, así como gente surgida del 15-M”. Y no todo el mundo se define co- mo “de izquierda”. Utilizada por sus adversarios y por una parte de la prensa, el apelativo “al- caldías Podemos” (por el nombre del partido que apareció en octubre de 2014) borra las relaciones delicadas, hasta conflictivas, que esos equipos mantienen con la joven formación. Por otra parte, “más allá de nuestras dife- rencias con las otras coaliciones mu- nicipales, tenemos un punto en común –observa Aleixandre–: no nos concebi- mos como partidos. En su gran mayoría, los partidos de izquierda tradicionales dan prioridad a los intereses de sus nú- cleos dirigentes: conservar su puesto, sin dialogar siempre con los militantes. Se observa una evolución similar en el seno de Podemos. Nosotros examina- mos diversas formas de organización para dar prioridad a nuestro programa”.

Ambiciones comunes De una ciudad a otra, las hojas de ruta integran muchas ambiciones comunes:

democracia, distribución de las rique- zas, reducción del peso de la Iglesia, reapropiación de los servicios públicos, derechos de las mujeres, etc. Nuestra entrevista apenas acaba de comenzar cuando el alcalde de Santiago de Com- postela, Martiño Noriega Sánchez, se levanta: “Voy al patio –avisa–. Organi- zamos un minuto de silencio cada vez que una mujer muere como resultado de la violencia de un hombre”. En esta ciudad de cerca de cien mil habitantes, tales acciones acompañan la rehabili- tación de un centro de acogida para las mujeres víctimas de agresiones, así co- mo campañas destinadas a hacer más visible su lucha. El 25 de noviembre, de- signado por las Naciones Unidas como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, la ciudad se viste de negro, y los ómnibus y las vitrinas enarbolan la inscripcion “Contra la violencia”. A su regreso, el alcalde nos expone el plan de prestaciones sociales que en- tró en vigor en octubre y del que desea se inspiren otros gobiernos. “‘Compos- tela Suma’ es el programa más ambicio- so que hayamos preparado hasta el pre- sente. Firmamos acuerdos con hoteles, asociaciones como la Cruz Roja, y des- bloqueamos medios para alojar a los sin techo, utilizando edificios de la alcaldía que nunca habían sido destinados pa- ra eso”. El programa procura acudir en ayuda de los habitantes considerados como “demasiado ricos” para benefi- ciarse con el subsidio de inclusión social de Galicia (Risga). Noriega Sánchez, además, no vacila en exhibir su apoyo a los huelguistas durante las grandes jor- nadas de movilización de los trabajado- res precarios y de los tercerizados de Telef ó nica-Movistar, el principal ope- rador de telecomunicaciones de España. Entre los objetivos de los nuevos equipos municipales hay algunos sím- bolos. En Barcelona, la reaparición de una estatua decapitada del general Franco escandalizó a los conservado- res. Para la Epifanía, el 6 de enero de 2016, la alcaldía madrileña había escan- dalizado al reemplazar algunos reyes

magos por reinas. ¿Provocaciones gra- tuitas? Más bien, se trataría de sacudir las herencias franquista y católica, en consonancia con la aspiración republi- cana del 15-M. La cual sigue flotando so- bre las manifestaciones españolas a tra- vés de la bandera violeta, amarilla y roja (los colores de la Segunda República Es- pañola, 1931-1939). Una vez definido el programa y gana- da la elección, hay que gobernar. La en- trada en la institución de ex militantes asociativos habituados –por haberlas padecido– a las relaciones conflictivas con los equipos municipales provocó un cambio de actitud del nuevo poder lo- cal frente al sector asociativo. “Se com- prueba una voluntad de incluirnos en los procesos de decisión –se felicita En- rique ‘Quique’ Villalobos, presiden- te de la Federación de las Asociaciones Barriales de Madrid (FRAVM)–. Se ha vuelto más fácil obtener informaciones. No parece gran cosa, pero es un paso gi- gantesco porque, una vez en posesión de esas informaciones, podemos reclamar. Los conflictos que actualmente nos opo- nen a la alcaldía ¡fueron facilitados por la misma alcaldía!”. Trabajar hombro con hombro, pe- ro sin renunciar al frente a frente: para los colectivos militantes, colaborar con viejos compañeros también implica con- servar su independencia, para “mante- ner la presión”. Porque la mejoría de las relaciones entre los actores de las esferas pública y política no ofrece una garantía de avanzadas sociales, así como tampo- co la cordialidad es sinónimo de colabo- ración. “Nosotros tenemos una mirada mitigada sobre los primeros tiempos del gobierno de Barcelona en Comú –decla- ra Daniel Pardo, miembro de la Asam- blea de Barrios por un Turismo Soste- nible (ABTS)–. Se abrieron espacios de diálogo, mientras que antes las cuestio- nes ligadas al turismo eran el coto pri- vado de la institución, enlazado con la industria: la que decidía era la segunda, la primera firmaba. Pero nos sorprende bastante ver que nuestra voz, que defien- de el interés general, se coloca en el mis- mo plano que la opinión del primer hote- lero que se ponga por delante”.

No desmovilizarse Acompañado por una veintena de mili- tantes reconocibles por sus remeras ver- des y sus eslóganes desenfadados, Car- los Macías, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) de Barcelona, manifiesta delante de la al- caldía, en este día de octubre de 2016 en que se celebra el consejo municipal. Se acaba de adoptar una moción que ellos solicitan desde hace meses, que apunta a una cláusula que prevé la indexación de los intereses de ciertos préstamos inmo- biliarios sobre un índice cuyo método de cálculo fue revisado de manera muy fa- vorable a los bancos por una ley de sep- tiembre de 2013. Más de un millón de préstamos estarían involucrados, impi- diendo que numerosas familias paguen sus mensualidades a causa del impor- tante sobrecosto engendrado por esa disposición que en general es conside- rada abusiva por los tribunales. En Barcelona, la municipalidad se compromete en adelante a dejar de tra- bajar con los bancos que la utilizan y a suministrar una ayuda administrativa a las víctimas. A escala nacional, el papel de las alcaldías es sin embargo limitado:

a lo sumo, pueden solicitar al gobierno español que cambie la ley, que establezca un sistema de préstamos a tasa cero así como un reembolso de todos los intere- ses injustamente percibidos por los ban-

cos. Algo para hacer temblar a los gran- des financistas. “Sé que es poco probable que la alcaldía deje de trabajar con esos establecimientos financieros –confie- sa Macías–. Quedarían dos bancos, a lo sumo, y ninguno que pueda prestarle di- nero. Pero estoy convencido de que hay que seguir poniendo presión para que el equipo municipal no baje los brazos.” No desmovilizarse, ésa sería la prio- ridad. “Barcelona en Comú o Podemos tienen una responsabilidad: la del dis- curso –prosigue Macías–. Si usted en- vía a su propio campo el mensaje: ‘Todo va bien, tranquilicémonos, llegamos al poder y todo va a arreglarse’, es porque no aprendió nada en el curso de los úl- timos cuarenta años.” Los nuevos equi- pos dicen estar conscientes del riesgo:

“A ningún precio queremos reprodu- cir el error de 1982, cuando la victoria del PSOE [Partido Socialista Obrero Español] desembocó en la fragmen- tación del movimiento social –quiere tranquilizar Luisa Capel, miembro del equipo de comunicación de Ahora Ma- drid–. En esa época, la izquierda esco- gió una lógica de democracia represen-

Para la Epifanía, el 6 de enero de 2016, la alcaldía madrileña había escandalizado al reemplazar algunos reyes magos por reinas.

tativa, y perdimos poder en la calle. Eso ocurrió a todo lo largo de los años no- venta, con efectos devastadores. Lo que nosotros queremos es que el movimien- to social siga desempeñando su papel para ayudarnos a llevar a cabo nuestra política. Los de enfrente, por su parte, no se privan de tratar de influir”. No obstante, esta invitación provo- ca algunas tensiones. En Barcelona se cristalizan alrededor de la lucha con- tra el turismo masivo, punto fuerte del programa de Barcelona en Comú. En el verano 2015, la alcaldesa, Ada Colau, adoptó una moratoria de un año (pro- longada hasta junio de 2017) sobre las licencias que permiten la apertura de nuevos alojamientos turísticos, mien- tras se establece una política de largo plazo en una ciudad donde todos los barrios padecen el desarrollo del tu- rismo masivo. Si la moratoria –para el gran perjuicio de los industriales– res- ponde a la primera de las exigencias de la ABTS, el Plan Especial Urbanístico de Alojamientos Turísticos (PEUAT) que la acompaña padeció el fuego gra- neado de sus críticos. Todavía en discusión tras haber re- cibido un centenar de enmiendas, esta reglamentación apunta a definir cua- tro zonas urbanas. En el centro, la zo- na llamada de “decrecimiento natu- ral”, no se autorizaría ninguna nueva construcción hotelera, y los estableci- mientos existentes no podrían ser ni ampliados ni reemplazados por otros si su actividad fuera a cesar. En la se- gunda zona se mantendría el statu quo, y se entregarían licencias de manera “sostenible” en los barrios periféricos del tercer y cuarto cordón, con restric- ciones en función de la superficie y de

la cantidad de plazas de los estableci- mientos. “Sabemos que este proyecto es lo más audaz que se hizo en Barce- lona, pero también sabemos hasta qué punto es insuficiente –explica Pardo–. La alcaldía nos pide que la apoyemos, pero no podemos firmarle un cheque en blanco. El ‘decrecimiento natural’ es un juego de manos lingüístico. En estas condiciones, algunos de los ba- rrios representados en nuestras asam- bleas se verían inmediatamente a mer- ced de la especulación. ¿Nuestra exi- gencia? Una moratoria indiferenciada. Políticamente es tal vez un suicidio, pero no podemos pedir menos”.

De la calle a las instituciones Cada día, las “alcaldías del cambio” se ven enfrentadas con las dificultades que implica el paso de la calle a las ins- tituciones. Esta mutación priva al mo- vimiento social de una parte significa- tiva de sus fuerzas. Sentada en la terra- za de un café, Ana Menéndez, recien- temente propulsada a la cabeza de la Federación de las Asociaciones de Ve- cinos de Barcelona (FAVB), enumera a aquellos de sus ex compañeros que tra- bajan ahora para los servicios munici- pales. El fenómeno es un calco del tras- vasamiento de numerosos animadores del movimiento social por Podemos. En las filas de Compostela Aberta, Ji- ménez Aleixandre no logra disimular su desaliento cuando analiza el impac- to de un año y medio de presencia en las instituciones sobre la acción mili- tante: “Estos últimos tiempos, el fun- cionamiento de Compostela Aberta, como el de las otras ‘alcaldías del cam- bio’, fue muy afectado por los procesos electorales. ¡En un año y medio tuvi- mos una elección municipal, dos gene- rales y una regional! Nos involucramos en cuerpo y alma, y ellas absorbieron una enorme parte de la energía que ha- bríamos podido consagrar a la ciudad. Sin contar las tensiones internas que provocó ese proceso, porque las coali- ciones cambiaban en función del tipo de elección”. Estas tensiones no resultan sola- mente de visiones divergentes. Ellas revelan la dificultad de reproducir en las instituciones políticas las prácticas y las consignas del movimiento social. Adeptos al concepto de empowerment, retomado y desarrollado por Podemos, las nuevas alcaldías piensan el terreno institucional como un campo de expe- rimentación política. Ellas invierten medios en la concepción de platafor- mas digitales ciudadanas (3); una pro- longación de los métodos en boga du- rante el 15-M, donde cada uno, en el rincón de una plaza, en el recodo de un debate, podía inscribir sus proposicio- nes en un pizarrón blanco. “El objetivo es romper con esa bu- rocratización de la participación para hacer algo más dinámico, más en el es- píritu del 15-M, en el cual los acuerdos se obtienen por consenso y donde no es necesario pertenecer a una asociación declarada para poder participar”, ex- plica Capel en Madrid. Pero esta inventiva digital –que el periodista Ludovic Lamant califica de “técnica de profanación de las institu- ciones” (4)– y la buena voluntad que la acompaña en ocasiones tropieza con las prácticas de los habitantes. “Mu- chos finalmente descubrieron que la institución no es Twitter”, comprue- ba el director de la FRAVM. En Santia- go de Compostela, el voto de los pre- supuestos participativos movilizó a un millar de personas, vale decir, un poco

movilizó a un millar de personas, vale decir, un poco | 27 menos de un habitante

| 27

menos de un habitante sobre cien. En Madrid, durante la vasta campaña de rehabilitación de la Plaza de España, 31.761 personas votaron en línea por los diversos proyectos: alrededor del 1% de la población total de la Capital. La elección de la distribución de los 60

millones de euros del presupuesto par- ticipativo, por su parte, suscitó el inte- rés de 45.522 habitantes. ¿Chismes de altura o “democracia real”? Para el al- calde de Santiago de Compostela, No- riega, esas herramientas demostrarán

su eficacia de manera retroactiva, “una vez que los habitantes hayan podido comprobar que las proposiciones que imaginaron realmente fueron adopta- das y puestas en funcionamiento”.

Sin mayoría absoluta

A condición, sin embargo, de poder

presentar esas medidas y hacerlas

adoptar por el consejo municipal. Nin- guna de las coaliciones de izquierda que llegaron al poder en mayo de 2015 goza de una mayoría absoluta. “Go- bernamos la ciudad, pero no tenemos

el poder”, resume Pablo Hijar, conce-

jal de ZeC. El apoyo de otros grupos –a menudo el PSOE, o partidos regiona-

les como Chunta Aragonesista (Unión Aragonesista, CHA), movimiento na- cionalista y ecosocialista, en Aragón–, por lo tanto, resulta indispensable. En Zaragoza, “los socialistas nos impiden aplicar criterios de progresividad fis-

cal”, se irrita el alcalde Pedro Santis- teve. “El PSOE traba sistemáticamen-

te las grandes decisiones, aquellas que

cuestionan el sistema capitalista”, in- siste Lázaro, de ZeC. Sin contar con que cierta cantidad de medidas que figuran en los progra- mas electorales dependen de prerro- gativas regionales o nacionales. “Si hubiera existido un cambio simultá- neo en esas escalas habría podido ser más fácil –suspira Villalobos–. La re- gión de Madrid administra los hospi- tales, la educación pública, la ley del suelo. Cantidad de decisiones de la al-

caldía, pues, son accesorias: ella invita

a la región a tomar tal o cual medida…

la mayoría de las veces sin obtenerla”.

Los medios no bastan para poner en marcha las medidas radicales prome-

tidas contra las expulsiones. Y tanto menos cuanto que las alcaldías pade- cen la presión presupuestaria de Ma- drid: “Del presupuesto nacional, sólo

el 12,8% les llega –prosigue Santiste-

ve–. Sin embargo deben responder a las necesidades elementales de los ciu- dadanos en materia de transporte, de tratamiento de las aguas y de los des- perdicios”. La estrategia de “cambio del inte-

rior” promovida por los nuevos ejecu- tivos municipales tropieza con la defi- nición de sus competencias, heredada de la transición democrática y de las leyes nacionales. En particular la ley de “racionalización y sostenibilidad de

la administración local”, llamada ley

Montoro, por el nombre del ministro de Finanzas de Mariano Rajoy, Cris- tóbal Montoro, que la hizo adoptar en

2013. La primera frase de su preámbu-

lo no deja lugar a ninguna duda sobre

sus objetivos: “La reforma del artícu-

lo 135 de la Constitución española […]

consagra la estabilidad presupuestaria como principio rector que debe presi- dir las actuaciones de todas las Admi- nistraciones Públicas”. Dictada por el “cumplimiento de los compromisos europeos sobre consolidación fiscal”,

en la línea de las políticas de austeri- dad, esta ley, además de la reducción

d

y

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28 | d del déficit, impone destinar todo eventual excedente presupuestario al reembolso de la deuda.

d del déficit, impone destinar todo eventual excedente presupuestario al reembolso de la deuda. Más allá de las exigencias de su política, las alcaldías deben llevar a cabo un combate sobre la concepción misma de la acción mu- nicipal: ¿hay que satisfacerse con con- vertirse en los ejecutantes locales en el marco previsto por el Estado, o bien tratar de consolidarse como entidades políticas con todas sus ventajas y dere- chos, en la línea de la tradición “muni- cipalista” arraigada en la historia del país desde el siglo XIX? Esta situación obliga a las coaliciones progresistas a extrañas contorsiones en materia de comunicación. Si bien todas

pueden enorgullecerse de haber sanea- do las cuentas públicas y liberado un có- modo excedente presupuestario desde que tomaron el poder (5), en virtud de

la ley Montoro tuvieron que devolverlo a

los bancos –dos mil trescientos millones de euros acumulados (6)–. No obstante, algunas optaron por poner al mal tiem- po buena cara: a falta de poder invertir el dinero recuperado, eligen presentar esos reembolsos como la prueba de su buena gestión. Semejante estrategia no impide que las figuras señeras del movimiento tra- ten de obtener una modificación de la ley. Con el apoyo de los “alcaldes del cambio”, el grupo parlamentario Pode- mos en el Congreso presentó un proyec- to de ley que va en ese sentido en octu- bre de 2016. A fines de noviembre, unos cincuenta representantes municipales se reunieron en Oviedo con el objeto de lanzar un ciclo de encuentros para de- nunciar la deuda ilegítima y los cortes presupuestarios. Lejos de estar aisla- da, la reunión de Oviedo depende de un proceder familiar a las “alcaldías rebel- des”: “hacer frente”. Así, los días 4 y 5 de septiembre de 2015 se celebraba en Bar- celona la cumbre “Ciudades por el bien común. Ganar compartiendo experien- cias de cambio”, prolongada en La Coru- ña un mes más tarde. En los dos casos se trataba de intercambiar propuestas so- bre los temas más conflictivos: la remu- nicipalización de los servicios públicos, los centros de retención administrativa, los refugiados, la memoria.

Lentitud y desilusión Para algunos, sin embargo, doce meses bastaron para suscitar un sentimiento de decepción. Sucesor de Colau en el papel de portavoz de la PAH de la capi- tal catalana, Macías deplora la lentitud de los cambios prometidos: “Tomemos la cuestión de la sanción de los bancos propietarios de viviendas que se man-

tienen vacías: la alcaldía no cumplió su misión. Puso entre cincuenta y sesen- ta multas; tendría que haber hecho dos mil. O bien no va en la buena dirección,

o es excesivamente lenta. Y sobre esta

cuestión no hay debate por lo que res- pecta a sus prerrogativas: realmente es de su incumbencia”. A comienzos de 2016, un conflicto

movilizó al equipo municipal, critica- do por su gestión de la huelga de los tra- bajadores de los transportes públicos. Convocadas en el momento del Mobile World Congress, vitrina internacional del sector de la telefonía, a fines de fe- brero de 2016, las movilizaciones exi- gían el fin de los contratos precarios, el descongelamiento de los salarios y la publicación de los ingresos de los cua- dros dirigentes. Tras el rechazo por los sindicatos de las soluciones propuestas por la “alcaldía rebelde” para detener

la huelga, Colau calificó al movimiento

de “desproporcionado”, y su consejera

Edición 212 | febrero 2017

y su consejera Edición 212 | febrero 2017 de la movilidad, Mercedes Vidal, ape- ló a

de la movilidad, Mercedes Vidal, ape- ló a la “responsabilidad” de los huel- guistas. “Esta posición totalmente hos- til a la huelga, tal vez más feroz que la de otros equipos municipales, fue muy sorprendente –refiere José Ángel Ciér- coles, delegado de CGT-Metro, el sin- dicato mayoritario en esta rama de los transportes–. Es evidente que quienes habían votado por Ada Colau se sintie- ron traicionados.” Presidente de Ateus [Ateos] de Cata- luña, una asociación nacional que de- nuncia el peso de la religión católica en

“No se transforma una ciudad en un año y medio”, alega Guillermo Lázaro, coordinador del grupo municipal de la coalición Zaragoza en Común (ZeC).

la sociedad española, Albert Ruba Ca- ñardo se pregunta cuándo se darán los resultados del censo de las propiedades inmobiliarias de la Iglesia –y de sus pri- vilegios–, que él reclamó a la alcaldía de Barcelona y que considera como un dato clave de la cuestión de la vivien- da. “El concordato, que nosotros quere- mos abolir, exonera de impuestos a las propiedades de la Iglesia referenciadas como lugares de culto. Pero es una hi- pocresía. Usted puede tener un edifi- cio gigantesco, con una fachada de más de cien metros y que da sobre una plaza

central de la ciudad, que pertenece a la Iglesia, con oficinas de abogados, tien-

das, todas alquiladas, en su interior. Y sobre ese edificio la Iglesia no paga nin- gún impuesto. ¿Por qué? Porque instaló

la escultura de un santo en un rincón”.

Tomando el relevo de la derecha du- ra, como en Madrid, donde Manuela Carmena llegó después de veinticua- tro años de gobierno del Partido Popu-

lar (PP), las coaliciones a veces here- dan acuerdos y proyectos anteriores. Los recién llegados padecen entonces

el fuego de una crítica que en gran par-

te se debería dirigir a sus predecesores.

Así, la capital española acaba de avalar la construcción del barrio Los Berro- cales, imaginado por la antigua alcal- día. Más de 22.000 viviendas deberían construirse allí de aquí a 2018. “El PP dejó a sus espaldas toda una herencia de contratos a lo largo de treinta años

o más con tal o cual empresa –comen-

ta Villalobos–. Cuestionarlos implica- ría indemnizaciones enormes. Los Be- rrocales, por ejemplo, es una locura. La ciudad dispone hoy de una cantidad

suficiente de viviendas para los treinta

o cuarenta próximos años. Si construi-

mos el nuevo barrio, algunas permane- cerán vacías”. Carmena había prometi- do no autorizar nuevas obras urbanas de esa amplitud; no obstante, consideró que no podía revocar ese proyecto con- cebido por sus adversarios políticos. En abril de 1931, la victoria de las fuerzas progresistas en varias grandes ciudades del país, entre ellas Madrid, había prefigurado la Segunda Repú- blica. Algunos ven en las “alcaldías del cambio” una repercusión de ese pre- cedente. Pero sobre el terreno acecha una forma de decepción, a la medida del entusiasmo que habían suscitado esas victorias en 2015, en un contexto diferente. En esa época, nuevas forma- ciones políticas, Podemos a la cabeza, se beneficiaban con una fuerte diná- mica. Esperaban triunfar en las elec-

Málaga, 10-6-16 (Jon Nazca/Reuters)

ciones legislativas de diciembre. Sus dirigentes teorizaban la idea de un “asalto institucional”: la conquista rá- pida del poder en todos los niveles por el sesgo de una estrategia electoralis- ta asumida, que no produjera muchas fracturas (el discurso del “ni derecha ni izquierda”) y abiertamente reivindi- cada como “populista”. En la espera de un nuevo asalto, y más allá de sus propias contradiccio- nes, las “alcaldías del cambio” deben hacer frente a ejecutivos nacionales y regionales estructuralmente más po- derosos, y bien decididos a hacerlas fracasar. g

1. Formada por Podemos, Izquierda Unida

(unión del viejo Partido Comunista de España

y otros partidos de izquierda radical), Equo

(ecologistas), Puyalon (soberanistas aragoneses anticapitalistas), #Somos (republicanos de izquierda), Demos Plus (nacido del movimiento

social de defensa de la salud y de la educación públicas) y Piratas de Aragón (Partido pirata).

2. El movimiento de las asociaciones de vecinos

ocupa un lugar particular en España desde

la

dictadura franquista. Presentes en todo

el

país, éstas se agrupan por federaciones en

las comunidades autónomas y participan de

manera muy amplia en el debate público.

3. La alcaldía de Madrid, por ejemplo, creó

la plataforma https://decide.madrid.es

4. Ludovic Lamant, Squatter le pouvoir. Les mairies

rebelles d’Espagne, Lux Éditeur, Montréal, 2016.

5. Madrid, en particular, hace las veces

de “buen alumno” por haber reducido la deuda pública en 19,7% en un año.

6. Eduardo Bayona, “La deuda en los

ayuntamientos del cambio se reduce 160.000 euros cada hora”, Público, 26-11-16.

* Periodistas. Traducción: Víctor Goldstein

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30 | El acceso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos fue celebrado con

El acceso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos fue celebrado con entusiasmo por la extrema derecha israelí, que espera contar con su apoyo irrestricto para sus planes de expansión territorial, una de cuyas aspiraciones mayores –y más audaces y radicales– es la anexión de Cisjordania.

El expansionismo de Israel, cada vez más explícito

De la colonización a la anexión

por Dominique Vidal*

De la colonización a la anexión por Dominique Vidal* “ Lo único previsible de [Donald] Trump

Lo único previsible de [Donald] Trump es que será imprevisible” (1). Globalmente pertinente, esta reflexión de Noam Chomsky lo es menos si se trata de Medio Orien- te. Tres tomas de posición del magna- te republicano jalonan su prometida política presidencial frente al conflic- to israelí-palestino: el compromiso de trasladar la embajada de Estados Uni- dos de Tel Aviv a Jerusalén (2); la nega- tiva a considerar la colonización de los territorios ocupados desde 1967 como un obstáculo al proceso de paz; la deci- sión de ya no presionar más al gobierno israelí para que negocie. Al menos dos designaciones resultan igualmente sig- nificativas: la del yerno del presidente, Jared Kushner, quien sostiene financie- ramente a los colonos, para la función

Campo de refugiados palestinos de Al Fara, 10-1-17 (Abed Omar Qusini/Reuters)

de “asesor principal de la Casa Blanca”, y la de David Friedman, quien preside la asociación Amigos de Beit El, un vie- jo asentamiento judío en Cisjordania, para el puesto de embajador en Israel. El diplomático improvisado expresó de inmediato su “impaciencia” por traba- jar “desde la embajada estadounidense en la capital eterna de Israel” (3). ¿Coincidencia? La llegada de esta nueva administración se produce cuan- do la extrema derecha israelí milita por un punto de inflexión histórico de la po- lítica palestina de Tel Aviv: la anexión de Cisjordania. Naftali Bennett, diri- gente del partido religioso ultranacio- nalista Hogar Judío, ministro de Edu- cación y de Asuntos de la Diáspora, re- comienda desde hace mucho tiempo la anexión de la zona C. Esta última, que

los Acuerdos de Oslo colocaron bajo el control exclusivo de Israel, represen- ta más del 60% de Cisjordania, en par- ticular el valle del Jordán, pero tam- bién el conjunto de las colonias y las ru- tas que la rodean. El 5 de diciembre de 2016, Bennett pasó al acto: hizo que la Knesset votara en lectura preliminar un texto que legaliza 4.000 viviendas en “puestos avanzados”, esas colonias que incluso el derecho israelí conside- raba hasta entonces ilegales, por estar construidas en terrenos palestinos pri- vados expropiados (4). Es una violación flagrante de la IV Convención de Gine- bra y de las resoluciones de las Nacio- nes Unidas. De todos modos, para que ese texto entre en vigencia, le harán fal- ta tres nuevas lecturas y luego la valida- ción de la Corte Suprema.

Edición 212 | febrero 2017

“Es la ley más peligrosa dictada por Israel desde 1967”, afirmaba poco des- pués de la votación Walid Assaf, minis- tro palestino encargado del asunto de la colonización (5). El procurador general de Israel, Avichai Mandelblit, se opo- nía a ese texto contrario a la jurispru- dencia de la Corte Suprema, que el jefe de la oposición laborista Isaac Herzog presentaba como un “suicidio nacio- nal” (6). De la misma manera, doscien- tos veteranos responsables de los servi- cios de seguridad que se presentan co- mo los “Comandantes por la Seguridad de Israel” denunciaban en el proyecto de anexión el fin del carácter “judío y democrático” del Estado. Estas reac- ciones no le impidieron a Bennett pro- meter una nueva ley que consagrara la anexión de Maale Adumim, uno de los tres principales bloques de colonias is- raelíes, en la parte oriental de Jerusa- lén. Para la Autoridad Nacional Pales- tina, ese punto de inflexión equivale a una sentencia de muerte: la anexión de Cisjordania le dejaría poco para admi- nistrar y todavía menos para negociar. ¿Excepto su autodisolución? Hace cincuenta años, tras finalizar la Guerra de los Seis Días, el gobierno de Levi Eshkol fingía no querer modi- ficar el estatus de los territorios ocupa- dos, con la excepción de Jerusalén Es- te, anexado desde 1967 y que, en 1980, se convirtió con Jerusalén Oeste en la capital “entera y unificada” del país (7). En ese entonces su ministro de Relacio- nes Exteriores, Abba Eban, pretendió que se trataba de una “carta” para jugar en futuras negociaciones de paz. To- dos los sucesivos gobiernos, incluidos los más de derecha, como los de Ariel Sharon y Benjamin Netanyahu, se atu- vieron oficialmente a esta versión. Sin que eso les impidiera colonizar en for- ma cada vez más masiva Cisjordania: de 5.000 colonos en 1977, fecha de la pri- mera llegada de la derecha al poder, se pasó en este 2017 a más de 400.000, sin contar los 200.000 israelíes que viven en Jerusalén Este. Esta ambigüedad presenta una ven- taja política y diplomática fundamen- tal: le permite a Tel Aviv no pronunciar- se sobre la suerte de los palestinos. A la inversa, anexar Cisjordania implicaría conceder a estos últimos los mismos de- rechos que a los israelíes, incluido el de votar, lo que abriría una larga batalla por una igualdad real en el futuro Esta- do común. En caso de rechazo, el Esta- do único se exhibiría claramente como una variante del apartheid sudafricano, dado que un solo pueblo se arrogaría to- dos los derechos. Para escapar a ese dilema, sigue pre- sente un escenario todavía más negro:

una nueva ola de expulsiones de pales- tinos de Cisjordania, o sea del Estado de Israel. Este último no se habría vuelto mayoritariamente judío sin la Nakba (“catástrofe”, en árabe) de 1947-1949, que expulsó a 850.000 palestinos, o sea cuatro quintas partes de aquellos que vivían en ese entonces en su terri- torio. Israel continuó esa limpieza étni- ca aprovechando la guerra de 1967, con la Naksa (“derrota”): en aquel entonces 300.000 nuevos refugiados huyeron de los territorios ocupados por el ejército israelí. Y a Ariel Sharon le gustaba repe- tir que “la guerra de independencia de Israel no ha terminado” (8). Desde en- tonces, por supuesto, el contexto cam- bió. Es difícil organizar una deporta- ción masiva ante las cámaras del mun- do entero –por lo menos en frío–. Pero ¿en caliente? La guerra que se lleva a ca- bo en Siria crea un precedente temible:

con la intensificación de los combates, en cinco años, más de uno de cada dos habitantes tuvo que abandonar su ho- gar, de los cuales cerca de la mitad tuvo que optar por el exilio. La extrema derecha ya no duda en inscribirse abiertamente en la pers- pectiva de la anexión. “El camino de las concesiones, el camino de la división fracasó. Tenemos que dar nuestras vi- das para extender la soberanía de Israel en Cisjordania”, afirma sin rodeos el lí- der de Hogar Judío (9). Si bien el jefe del Likud comparte esta línea, le cuesta ex- hibirla. Su último cambio de opinión lo prueba: el 5 de diciembre pasado, votó en lectura preliminar la ley de anexión, que ahora se dedica a enterrar. Sus zigzags no datan de hoy. En 2009, en su discurso en la Universi- dad Bar Ilán, Netanyahu admite, con reticencia, la posible creación de “un Estado palestino desmilitarizado”. Seis años más tarde, en vísperas de las elecciones legislativas, jura que no ha- brá Estado palestino en tanto él esté al mando. Apenas vuelve a asumir co- mo primer ministro, se contradice… y lo niega: “No he desmentido nada de lo que dije hace seis años, cuando llama- ba a una solución con un Estado pales- tino desmilitarizado que reconociera al Estado hebreo. Sencillamente digo que, hoy, no están reunidas las condiciones para ello” (10). La razón de estas acrobacias es que el aislamiento creciente de Israel preocu- pa al Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS). En su informe anual, que sienta autoridad, escribe: “La ima- gen de Israel en los países occidentales sigue decayendo; una tendencia que in- crementa la capacidad de grupos hosti- les a llevar a cabo acciones para privarlo de legitimidad moral y política y lanzar operaciones de boicot” (11). Si la extre- ma derecha no se preocupa por esto es porque, además de en la nueva admi- nistración estadounidense, se basa en una opinión israelí radicalizada. El Es- tado de guerra permanente –reforzado estos últimos meses por la “Intifada de los cuchillos”–, la intensidad de la mani- pulación mediática, pero también, y se- guramente sobre todo, la ausencia de to- da alternativa política son otros tantos factores que explican la adhesión de la mayoría de los judíos israelíes a las tesis extremistas.

Marea ultraderechista Efectivamente, todas las encuestas confirman los resultados de la vota- ción del 17 de marzo de 2015, que lle- vó a la constitución del gobierno más de derecha de la historia de Israel. En todos los sondeos, una mayoría recha- za la creación de un Estado palestino, apoya la anexión de Cisjordania y de- sea la “transferencia” de los palestinos, incluidos –algo nunca visto– los de Is- rael (12). Hay que decir que, según el mismo estudio, seis de cada diez judíos israelíes piensan que Dios les dio la tie- rra de Israel a los judíos. A este consen- so contribuye también desde hace poco tiempo un poderoso arsenal represivo contra los recalcitrantes. Un acontecimiento simboliza es- ta radicalización hacia la derecha: las reacciones por el juicio del soldado franco-israelí Elor Azaria, acusado de haber asesinado de un tiro en la cabeza a un atacante palestino ya herido, que estaba tirado en el suelo, inconsciente, en el centro de Hebrón, el 24 de marzo de 2016. Preocupado por la imagen del ejército tras la difusión de las imágenes del asesinato en el mundo entero, el Es-

tado Mayor quiso que sirviera de ejem- plo. Y, el 4 de enero, el tribunal militar juzgó al acusado culpable de “homici- dio” –la sentencia, que todavía se espe- ra, podría llegar hasta los veinte años de reclusión–. Siempre y cuando los tres magistrados no retrocedan ante la fuer- te resistencia que generó su veredicto:

el primer ministro y la cuasi totalidad del gobierno, prácticamente toda la cla-

La extrema derecha ya no duda en inscribirse abiertamente en la perspectiva de la anexión.

se política y el grueso de los medios de comunicación exigen que se indulte al asesino, como el 67% de los judíos israe- líes encuestados. Ante la multiplicación de las amenazas de muerte, incluso hu- bo que brindar a los jueces una protec- ción especial, mientras que el jefe del Estado Mayor del Ejército también era hostigado por extremistas. El punto de inflexión que se perfi- la evidentemente aclara el sentido de la Resolución 2.334 contra la coloni- zación, adoptada el 23 de diciembre de 2016 por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas gracias a la abstención estadounidense –una novedad desde 1980–, y de la cumbre que se llevó a ca- bo en París el 15 de enero en presencia del entonces secretario de Estado esta- dounidense John Kerry. Hace falta todo el desparpajo del ministro de Defensa israelí Avigdor Lieberman para ver en ello un “caso Dreyfus moderno” (13): la “comunidad internacional”, incluido Estados Unidos, se contentó con rea- firmar el objetivo de los dos Estados y condenar todo lo que lo comprometa, en primer lugar la colonización. El proceder estadounidense sería

loable si no ocurriera tan tarde y, en es- pecial, después de que la administra- ción saliente concluyera un acuerdo histórico con Tel Aviv por una ayuda militar de 38.000 millones de dólares

a lo largo de diez años. Pero el momen-

to elegido no es lo único que está en en- tredicho. Más grave aun: la ausencia de mención de una sanción potencial en esas maniobras realizadas a último minuto, justo antes de la llegada de Do- nald Trump a la Casa Blanca. Aunque el líder centrista Yair Lapid matiza: “Esta Resolución no habla de sanciones, pe- ro provee la infraestructura para futu- ras sanciones; eso es lo alarmante. Esto puede dar lugar a denuncias ante juris- dicciones internacionales contra Israel

y sus responsables” (14). En efecto, la evolución interna de Israel demuestra, por si todavía fuera necesario, que sólo una fuerte presión internacional, acompañada de medi- das coercitivas, económicas y jurídi- cas, podría volver a la sensatez a sus dirigentes. Además, en 2015, cons- ciente de lo que estaba en juego, el pri- mer ministro israelí calificó la cam- paña Boicot, Desinversión y Sancio- nes (BDS) de “amenaza estratégica”. Según la Rand Corporation, un think tank estadounidense, esta podría cos- tarle a la economía israelí hasta 47.000

millones de dólares en diez años (15). Dado que se extiende como una man- cha de aceite hasta el nivel institucio- nal: en gran cantidad de países, fon- dos de pensión, grandes empresas –en Francia, Orange y Veolia– y bancos se retiran de las colonias, o sea de Israel. Por su parte, la Unión Europea pide que los productos de las colonias sean etiquetados como tales, para que ya no se beneficien de las ventajas que el acuerdo de asociación concede a los de Israel; pero esta exigencia tiene un al- cance más limitado… Otra señal, esta vez política, provino de la Comisión Europea, generalmente tan complaciente respecto de Tel Aviv. Al tiempo que se declaraba opuesta al boicot de Israel, la alta representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Federica Mog- herini, afirmó: “La UE se mantiene firme en la protección de la libertad de expresión y libertad de asociación de acuerdo con la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, de aplicación en el territorio de los Es- tados Miembros de la UE, inclusive en lo relativo a las acciones de BDS que se lleven a cabo en este territorio”. Y co- mentó: “La libertad de expresión, tal y como se señala en la jurisprudencia de la Corte Europea de Derechos Huma- nos, también se aplica a la información o a las ideas que ofendan, consternen o molesten al Estado o a cualquier sector de su población” (16). En ca mbio, bajo la d i rección de François Hollande y Manuel Valls, las autoridades francesas lograron ac-

y Manuel Valls, las autoridades francesas lograron ac- | 31 tuaciones judiciales y fuertes multas contra

| 31

tuaciones judiciales y fuertes multas contra los activistas BDS. Las acciones de estos últimos fueron absurdamen- te presentadas como una “incitación al odio racial”, mientras que militan por el fin de la colonización y la igualdad de derechos. Un objetivo que comparten con… las Naciones Unidas. g

1. L’Humanité, Saint-Denis, 30-11-16.

2. Ese traslado, votado por el Congreso

en 1995, no fue puesto en práctica en lo sucesivo por ningún presidente.

3. Le Monde, 16-12-16.

4. Haaretz, Tel Aviv, 5-12-16.

5. Agencia France-Presse (AFP), 7-12-16.

6. AFP, 5-12-16.

7. El 14 de diciembre de 1981, Israel también

anexó los Altos del Golán, tras la declaración del estado de sitio en Polonia por parte del general Wojciech Jaruzelski.

8. Le Monde, 7-1-06.

9. Jacques Benillouche, “En Israël, la

tentation d’un État binational qui annexerait la Cisjordanie”, Slate.fr, 29-10-16.

10. Le Monde, 19-3-15.

11. Anat Kurz y Shlomo Brom (directores), “Strategic

Survey for Israel 2016-2017”, INSS, Tel Aviv, 2016.

12. Haaretz, 8-3-16.

13. Le Monde, 26-12-16.

14. Le Monde, 23-12-16.

15. Financial Times, Londres, 12-6-15.

16. The Times of Israel, 31-10-16,

http://fr.timesofisrael.com

* Periodista e historiador, director junto a Ber- trand Badie de L’État du monde (La Découverte). Traducción: Bárbara Poey Sowerby

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32 | El discurso del ex secretario de Estado de Barack Obama, John Kerry, a finales

El discurso del ex secretario de Estado de Barack Obama, John Kerry, a finales de 2016, sorprendió por la claridad y crudeza de sus críticas a la política israelí de continuar estableciendo colonias en los territorios palestinos que ocupa desde 1967.

Estados Unidos y la guerra contra el terrorismo

Un peligro para la solución a dos Estados

por John Kerry*

xQuiat res dolupta quibusdam quam, ilicabo ruptat. Laboressi veris aut apient dusam, omniaturibus nonet laccusxxxx
xQuiat res dolupta
quibusdam quam,
ilicabo ruptat.
Laboressi veris
aut apient dusam,
omniaturibus
nonet laccusxxxx
xxxxxxxx

Manifestante palestino durante un enfrentamiento contra tropas israelíes, Kofr Qadom, 30-12-16 (Mohamad Torokman/Reuters)

E l 23 de diciembre de 2016, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas adopta- ba por catorce votos y una abstención la Resolución

2.334 que condena “la construcción y la expansión de las colonias de asenta- miento” en los “territorios palestinos ocupados”. Cinco días más tarde, en un discurso muy crítico respecto de la política israelí, el entonces secretario de Estado John Kerry justificaba que Estados Unidos no hubiera recurrido a su derecho de veto para bloquear ese texto [extractos]. Seamos claros acerca de la situación en Cisjordania. En público, el primer mi- nistro israelí apoya una solución a dos Es- tados; pero la coalición de la que actual- mente forma parte es la coalición más de derecha de la historia de Israel, y su pro- grama lo dictan sus elementos más extre- mos. La acción de este gobierno, descripto por el mismo primer ministro como “más abocado a sus colonias que todos sus pre- decesores”, se mueve en la dirección de la solución a un Estado. Israel efectivamente reforzó su influencia en una gran parte de Cisjordania para servir a sus propios inte- reses, invirtiendo así la transición hacia el fortalecimiento de la autoridad civil pales- tina que reclaman los Acuerdos de Oslo. Yo pienso que la mayoría de las per- sonas, en Israel y a fortiori en el resto del

mundo, ignoran hasta qué punto este pro- ceso se amplificó y se generalizó. Pero los hechos hablan por sí mismos. La pobla- ción de las más o menos 130 colonias al este de las fronteras de 1967 no paró de crecer. Desde la firma de los Acuerdos de Oslo [en 1993], la cantidad de colonos au- mentó en unas 270.000 personas sólo en Cisjordania –sin contar Jerusalén Este–, 100.000 de ellas desde el inicio del man- dato de Barack Obama en 2009. Es inútil hacer de cuenta que eso sólo concierne a las grandes colonias. Cerca de 90.000 colonos viven al este del muro de separación construido por Israel justo en el medio de lo que, según cualquier de- finición razonable, constituiría el futuro Estado palestino. Y la población de estas pequeñas colonias lejanas aumentó en 20.000 personas desde 2009. Además, el gobierno acaba de aprobar una nueva ins- talación todavía más al este del muro, más cerca de Jordania que de Israel. ¿Qué es lo que eso les dice a los palestinos, pero tam- bién a Estados Unidos y al resto del mun- do, de las intenciones de Israel? Quiero aclarar que no se trata de afir- mar que las colonias son la única o la prin- cipal causa del conflicto. Evidentemente ese no es el caso. Tampoco podemos decir que la eliminación de las colonias alcan- zaría para establecer la paz. No se llega- ría a eso sin un acuerdo más amplio. Por supuesto, un acuerdo acerca de la situa-

ción final deberá integrar ciertas colo- nias a Israel de manera tal que queden re- flejados los cambios que se produjeron en el transcurso de estos últimos cuarenta y nueve años; eso lo entendemos. Del mismo modo, las nuevas realidades democráticas y demográficas que existen en el terreno deberán ser tenidas en cuenta. Pero si ca- da vez más colonos llegan para instalarse en territorios palestinos, va a ser tan difí- cil separar a los dos territorios como ima- ginar un traspaso de soberanía, y ese es exactamente el fin que persiguen algunos. Seamos claros: la expansión de las colonias no tiene nada que ver con la se- guridad de Israel. Al contrario, muchas de ellas vuelven más pesada la carga de seguridad de las fuerzas de defensa is- raelíes. Y los líderes del movimiento de colonización están motivados por im- perativos ideológicos que ignoran com- pletamente las aspiraciones legítimas de los palestinos. La ilustración más inquietante la ve- mos en la proliferación de los puestos de avanzada de colonos, ilegales incluso pa- ra la ley israelí. Con frecuencia instalados en terrenos privados palestinos, ocupan posiciones estratégicas que vuelven im- posible la solución a dos Estados. Existen más de cien puestos de avanzada de este tipo, y, desde 2011, cerca de un tercio de los mismos fueron legalizados –o están en vías de serlo–, a pesar de las promesas

Edición 212 | febrero 2017

de los gobiernos anteriores de desmante- lar la mayor parte. Ahora bien, algunos representantes del movimiento de colonización propu- sieron una nueva legislación que legali- zaría todos los puestos de avanzada. Por primera vez, eso significaría aplicar en Cisjordania la ley nacional de Israel en lu- gar de la ley militar, lo que sería una etapa mayor hacia el proceso de anexión. Cuan- do la ley superó la etapa de la primera lec- tura en la Knesset (el Parlamento israelí), uno de sus principales promotores de- claró orgullosamente: “Hoy la Knesset abandonó la idea de crear un Estado pa- lestino para ir hacia la soberanía israelí en Judea y en Samaria”. Incluso el ministro de Justicia israelí afirmó que este proyec- to de ley era inconstitucional y que infrin- gía el derecho internacional. Quizás escuchen a los defensores de las colonias diciendo que las colonias no son un obstáculo para la paz, so pretex- to de que los colonos que se negarían a partir [en caso de partición] podrían sin problema quedarse en Palestina, como los árabes que viven en Israel. Pero eso sería olvidar un elemento crucial. En tanto que ciudadanos de Israel, los ára- bes israelíes viven bajo el derecho israe- lí. ¿Quién puede de verdad creer que los colonos aceptarían plegarse al derecho palestino en Palestina? Del mismo modo, algunos partidarios de las colonias dicen que los colonos po- drían simplemente quedarse en sus colo- nias sin dejar de ser ciudadanos israelíes en enclaves separados en el medio de Pa- lestina, bajo la protección del ejército is- raelí. Y bien, hay más de ochenta colonias al este del muro de separación, de las cua- les muchas en emplazamientos que vol- verían imposible la creación de un Estado palestino continuo. ¿Se puede de verdad pensar que, si los colonos se quedan ahí donde están, sería posible instaurar un Estado palestino viable? Algunos se preguntan por qué no cons- truir en las zonas en las que todo el mundo sabe que van a terminar siendo de Israel. Si la instalación de nuevas colonias en esas zonas o en otras partes de Cisjordania des- pierta semejante oposición, es porque la decisión de lo que constituye un conjunto de colonias se toma de manera unilateral por parte del gobierno israelí, sin consul-

tar, sin el consentimiento de los palestinos, que no cuentan con el derecho equivalente de construir en el territorio de lo que pro- bablemente vaya a ser parte de Palestina. En pocas palabras, sin acuerdo y sin reci- procidad, las elecciones unilaterales se vuelven temas de litigio, y eso en parte ex- plica cómo llegamos hasta acá. Quizás oigan decir que esas colonias le- janas no plantean un problema porque só- lo representan una ínfima porción del te- rritorio. Pero nunca dejamos de repetirlo:

la cuestión no trata tanto de la cantidad de

terreno disponible en Cisjordania como de su continuidad. Si está conformada por pe- queñas parcelas esparcidas, como un gru- yere, no va a poder constituir un verdadero Estado. Mientras más puestos de avanza- da se construyen, más se aleja la posibili- dad de crear un Estado de un solo partida- rio. Más allá de la superficie que ocupan las colonias, su emplazamiento tiene con- secuencias en los movimientos de la pobla-

ción, en la capacidad de las rutas para unir entre sí a las personas y las comunidades

y en la noción de Estado, que cada nueva

construcción debilita. Quienquiera que

encare seriamente la paz no puede ignorar

la realidad de las dificultades que plantean

las colonias para llegar a esta paz. g

* Ex secretario de Estado de Estados Unidos. Traducción: Aldo Giacometti

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Donald Trump, tanto en su campaña como en el discurso de asunción presidencial, se ha expresado en contra de la inmigración latina y a favor de la construcción de un muro que divida Estados Unidos de México. Aquí, Ignacio Ramonet analiza los problemas que estas murallas reales y simbólicas provocarían.

El futuro de las relaciones exteriores de Estados Unidos

El año de la Gran Muralla

por Ignacio Ramonet*

Unidos El año de la Gran Muralla por Ignacio Ramonet* Frontera entre Estados Unidos y México,

Frontera entre Estados Unidos y México, Tijuana, 25-9-16 (John Moore/AFP)

E s posible que 2017 sea recordado en la historia como el año de la Gran Muralla. ¿Por qué? Porque Donald Trump, el nuevo presi- dente de Estados Unidos, está

Comoseguiránpasando,haciaEstadosUni-

dos, los mexicanos, los centroamericanos,

los caribeños, los musulmanes

En la eter-

na dialéctica militar del escudo y la espada,

la respuesta a la Gran Muralla de Donald

decidido a edificar una monumental ba- rrera de protección en la frontera con Mé-

Problemas y contradicciones

Trump serán los miles de túneles subterrá- neos que probablemente los parias de la tie-

xico para impedir, según él, la “invasión” de los inmigrantes ilegales venidos del “peligroso Sur”.

Al mandatario estadounidense alguien de- bería recordarle lo que la Historia precisa- mente enseña: que casi nunca esas cicló- peas fortificaciones detuvieron nada. ¿No

rra ya están perforando Pero es que, además, surge otra contra- dicción. Por una parte está el anunciado plan de inversiones de Trump de un “mi- llón de millones de dólares” en obras públi- cas para reconstruir, como en un nuevo New Deal, las infraestructuras, aeropuertos, ca-

rreteras, puentes y túneles en todo el país. Lo cual debe relanzar la actividad económica,

construyeron acaso los chinos, en la Anti-

el

crecimiento y, sobre todo, crear millones

güedad, la impresionante Gran Muralla pa-

de empleos. Pero, por otra parte, ya hay ple-

ra detener a los mongoles? ¿No elevó el Im-

no empleo en Estados Unidos

Bajo el pre-

perio Romano, en el norte de Inglaterra, el

sidente Barack Obama se crearon doce mi-

colosal Muro de Adriano para rechazar a los

llones de puestos de trabajo (1). La paradoja

bárbaros de Escocia? Es conocido, en ambos

es

que, en realidad, hace falta mano de obra

ejemplos históricos, que los gigantescos va-

Y

faltará todavía más si Donald Trump ex-

llados fracasaron. Los mongoles pasaron, y

pulsa, como prometió, a once millones de

también los manchúes, y los caledonianos

trabajadores inmigrantes ilegales

¿Quién

construirá la Gran Muralla, los puentes, las carreterasylostúneles? Otro problema: las estadísticas oficiales estadounidenses señalan que el índice de jubilados por trabajadores activos no cesa de aumentar. O sea, como en todas las socie- dades desarrolladas, el número de personas de la tercera edad crece más rápido que el de jóvenes. Consecuencia: las cinco primeras ocupaciones que ofrecerán más empleo en la próxima década son las siguientes: ayu- dantes de cuidado personal, enfermeros, ayudantes del hogar y auxiliares sanitarios, trabajadores del sector de la comida rápida y vendedores en comercios al por menor. Todas actividades duras y mal pagadas, tra- bajos clásicos de los inmigrantes. Si se alza la “Gran Muralla” en Estados Unidos, ¿quién losejercerá? Otro aspecto del problema: las migra- ciones nunca se realizan por capricho. Son el resultado de guerras o conflictos, de de- sastres climáticos (sequías), de la demogra- fía, de la urbanización acelerada del Sur, de la explotación, de la mutación económica

(disminución del campesinado), de los sal- tos tecnológicos y de los choques culturales. Hechos sociológicos que están empujando

a la gente de los países pobres –sobre todo a los más jóvenes– a emigrar en busca de me- jor vida. Hechos que están por encima del control de cualquier político y que un Muro puede quizás frenar, pero no podrá detener ni desvanecer. Además, si Donald Trump está obsesio- nado con los inmigrantes latinos, que vaya preparándose para las otras “invasiones” que vienen. África subsahariana, por ejem- plo, contaba en el año 2000 con 45 millones de personas de entre 25 y 29 años, que es la edad en la que más se emigra. Hoy los sub- saharianos de esa edad ya son 75 millones y,

en 2030, serán 113 millones

El Banco Afri-

cano de Desarrollo estima que, de los 12 mi- llones de subsaharianos que ingresan cada año en la fuerza laboral, apenas 3 millones encuentran empleo formal. El resto –o sea,

9 millones de jóvenes cada año– constituye una reserva cada vez mayor de migrantes

En India, cada mes, un millón

de jóvenes cumplen 18 años y muchos sue-

ñanconemigrar(2).

potenciales

El muro económico Aunque la “Gran Muralla” de Donald Trump hay que entenderla también en sen-

tido metafórico, pues significa, asimismo, una barrera de aranceles para dificultar el acceso de productos extranjeros al mercado

interior:contasasanunciadasdel45%sobre

las importaciones provenientes de China y

del 35% para las de México

cionismo comercial duro, que fue uno de los ejes centrales de la campaña electoral. Y que es el verdadero significado de la elección del nuevo Presidente de Estados Unidos, quien

arrancó su primera semana en el poder con un gesto hacia los votantes de la clase obrera que le ayudaron a ganar el 8 de noviembre pasado y que se sienten perjudicados por las deslocalizaciones industriales. Trump cumplió su promesa y firmó un decreto para

retiraraEstadosUnidosdelAcuerdoTrans-

pacífico de Cooperación Económica (TTP, Trans-Pacific Partnership), un acuerdo con once países de la cuenca del Pacífico promo- vido por Barack Obama. También anunció que renegociará el tratado de libre comercio con México y Canadá (NAFTA) (3). Todo ello significa una derrota de la glo- balización neoliberal, del libremercado y de las deslocalizaciones. Basta con ver, sobre este tema, el berrinche interminable y el pa- taleo permanente contra Donald Trump de todos los partidarios del ultraliberalismo. Empezando por los grandes medios de co- municación dominantes, que ahora arre- meten sin tregua –cosa inaudita– contra el propio presidente de Estados Unidos co- mo si de Chávez se tratara. Léase, por ejem- plo, en España, el incontrolable furor anti- Trump del neoliberalísimo diario El País. En este año en el que se celebra el cente- nario de la revolución bolchevique de octu- bre de 1917, el “sacudón” que Donald Trump está imprimiendo en los asuntos internos estadounidenses y en la geopolítica interna- cional no deja, pues, de estremecer al mun- do. En algunas cosas para bien, en muchas otrasparamal. g

O sea, protec-

1. El presidente Obama ha dejado una tasa de desempleo

del 4,7%, un nivel cercano al pleno empleo.

2. Todas las estadísticas provienen del semanario

TheEconomist,númeroespecial“TheWorld in 2017”, Londres, diciembre de 2016.

3. El NAFTA, que une Canadá, Estados Unidos

y México en una sola área comercial, se aprobó en 1994 siendo presidente de Estados Unidos el demócrata Bill Clinton, esposo de Hillary Clinton.

Donald Trump ha afirmado que no se retirará del acuerdo,porahora,sinoquequiererenegociarlo.

* Director de Le Monde diplomatique, edición española. © Le Monde diplomatique, edición española

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34 | El mito del vampiro, nutrido de ciertas leyendas de Europa Oriental, conoció su ingreso

El mito del vampiro, nutrido de ciertas leyendas de Europa Oriental, conoció su ingreso triunfal en la literatura en el siglo XIX, y en el cine en la centuria siguiente. Pero la mutación de su índole, desde metáfora diabólica hasta encarnación de lo diferente, pasando por una sublimación del sexo, ha sido permanente.

Los vampiros siempre vuelven

Sangre de tu sangre

por Hubert Prolongeau*

siempre vuelven Sangre de tu sangre por Hubert Prolongeau* P ensábamos que no íbamos volver a

P ensábamos que no íbamos

volver a verlo, tan categó-

rica había sido su creadora. Pero al fin, Anne Rice cedió.

a

A

los 75 años, con El príncipe

Lestat (1) y El príncipe Lestat y los reinos de Atlantis (cuya publicación está pre- vista para octubre de este año), vuelve a dar vida a Lestat el vampiro, que quizá sea el más famoso portador de colmi- llos, desde el Drácula de Bram Stoker. Tras un duelo terrible (su hija murió de leucemia), Rice escribe Entrevista con el vampiro, en la que un tal Luis cuenta su historia a un periodista. Su novela, publicada en 1978, es un éxito mundial. El conjunto de su obra se vendió en más

de cien millones de ejemplares. Rice se concentra luego en un perso- naje secundario de Entrevista… Lestat de Lioncourt. Torturado, violento, se- ductor y bisexual, Lestat se convierte

Sin título, Carlos Wetzler (Gentileza Galería Van Riel)

en el protagonista de una serie que hoy

cuenta con catorce volúmenes. Fascina tanto como aterroriza. A la inversa del Drácula de Stoker, narrado por las víc-

timas del “monstruo”, Lestat toma la palabra él mismo y da su punto de vis- ta. Sus problemas ocupan la delantera de la escena: convertido en vampiro en 1789, por las buenas artes de un prede- cesor en la carrera, busca todo el tiem- po el modo de conciliar sus necesidades y una forma de ética, su respeto por el hombre y sus instintos. Derivado de un término serbocroa- ta, la palabra “vampiro” surge aparen- temente en la lengua alemana en 1721. Como todos sabemos, designa a “un ser imaginario que saldría de la tumba por la noche, para chupar la sangre de los vivos” (2). La figura del bebedor de san- gre que absorbe la energía de su vícti- ma aparece en algunas mitologías asiá-

ticas, y se alimentaría después de la leyen- da negra de personajes muy reales como el príncipe valaco Vlad Dracul, alias “el Empalador” o, en el siglo XVI, la condesa húngara Erzsébet Báthory, sospechosa de matar a jovencitas para regenerarse gra- cias a su sangre…

Un siglo de vampirismo En el plano literario, su aparición se re- monta a 1748, cuando Heinrich Von Os- senfelder escribe la primera novela dedi- cada a él. A continuación, nada menos que Goethe toma la posta, con su poema La novia de Corinto, de 1797, y luego John Wi- lliam Polidori, en 1819, con The Vampyre, la nouvelle atribuida durante un tiempo a Lord Byron, con quien mantuvo una bre- ve amistad. En 1872, el escritor irlandés Sheridan Le Fanu feminiza audazmente a la criatura en su novela Carmilla, e inven- ta el personaje del cazador de vampiros.

Edición 212 | febrero 2017

Todo el siglo XIX está subterránea- mente marcado por cierto romanticis- mo negro, nacido bajo el impulso de la moda “gótica”, que adora los subsue- los que se ocultan bajo los castillos de- rruidos y pone en escena pulsiones que la moral reprueba. Ese es el mundo de Ann Radcliffe (Los misterios de Udolfo, 1794), o de Matthew Gregory Lewis (El monje, 1796, traducido por Antonin Ar- taud). De manera que las apariciones de muertos vivientes sensuales, desde La muerta enamorada de Teófilo Gau- tier (1836) hasta La ciudad vampiro del autor de folletín Paul Féval (1875), pa- sando por La dama pálida de Alejandro Dumas (1849) marcará el compás de la modernidad técnica y de las revolucio- nes perdidas. Y será la novela Drácula del irlandés Bram Stoker, publicada en 1897 con un éxito colosal, la que duran- te cerca de un siglo, fijará las caracte- rísticas del héroe. Él es entonces maléfico. Puramente maléfico. Cuando el cine se lo apropia, no le cambia nada, y el Nosferatu de Friedrich Wilhelm Murnau (1922), ce- lebrado por los surrealistas, tiene una apariencia más que inquietante. En el Drácula muy estático de Tod Browning (1931), el actor Bela Lugosi da de él una visión bastante grotesca: lívido, ridícu- lamente pertrechado de colmillos y con un acento grotesco, se mueve con noto- ria lentitud… La mayoría de los autores utilizan esa imaginería a su gusto. Pa- ra algunos, el vampiro no se refleja en los espejos; para otros, no puede sopor- tar los rayos de sol, o se espanta frente a la cruz, o frente al ajo. Más que una seducción natural, ejerce un hipnotis- mo que conduce hacia él a sus víctimas, cuya sangre aspira y a las que transfor- ma a su vez en vampiros. Detrás de él se oculta el atractivo del otro mundo, de una sexualidad desviada que a cual- quier precio hay que neutralizar. En una serie de películas, a partir de 1958, el actor británico Christopher Lee fija para siempre la imagen de Drácula. Pero el final de su carrera muestra la expiración del mito. En Drácula padre e hijo, de Édouard Molinaro (1976), se au- toparodia deliberada… pero lastimosa- mente. La Hammer, compañía que dio sus mejores películas al género gracias al cineasta Terence Fisher, disuelve a su personaje en una seguidilla de subpro- ductos inundados de erotismo. La ima- gen del monstruo desprovisto de senti- mientos y que se debe erradicar, resulta profundamente alterada. Los tiempos cambian. El fin de la Segunda Guerra Mundial, luego el de la Guerra Fría, llevan poco a poco a la desaparición de esos malvados absolu- tos. Como el peso de la religión dismi- nuye, la destrucción por la cruz o por los diversos símbolos ligados al poder de la fe no aparecen tanto. Pero antes de humanizarse, el vampiro encarna otros temores. Para algunos autores, su condición es a consecuencia de una en- fermedad más que de una maldición. Así entonces, si bien siempre es peligroso, el monstruo también es víctima. En Soy leyenda (1954), el héroe de Ri- chard Matheson, único en haber esca- pado a un misterioso virus que trans- forma a los demás humanos en vam- piros, se pregunta por el sentido de su resistencia –quedar como el único “sano” en un universo poblado de en- fermos…–. En su Drácula, adaptación, por lo demás, extremadamente fiel a la novela de Stoker, de 1992, Francis Ford Coppola resquebraja la inhumanidad del personaje, haciéndole vivir una his- toria de amor.

Con Anne Rice, desaparece el folclo- re, y también el maniqueísmo. Nace un héroe atormentado y sensual, dividido entre su naturaleza humana y sus ne- cesidades asesinas: Lestat, interpreta- do en el cine por Tom Cruise en 1994, se interroga sobre su identidad. Los vampiros de Rice son a la vez los seño- res de nuestro mundo y las víctimas de su poder. Si luchan, lo hacen ante todo contra sí mismos. La autora hace de la mordedura-beso un don creador, y de la maldición de la víctima, una gracia otorgada al elegido. Rompe con los ar- quetipos, para crear, a lo largo de sus novelas (3), toda una mitología donde aparecen los primeros creadores, y ha- ce que el origen de los vampiros se re- monte al Antiguo Egipto. Los descen- dientes de esos primeros maestros se integran debidamente a la vida moder- na: cuando se convierte en una estrella de rock, Lestat da a conocer su condi- ción al mundo.

Dilemas, erotismo, modernizaciones Twilight (2005-2008), la serie de cua- tro novelas de Stephanie Meyer, con- tinúa ese proceso, convirtiendo a su personaje –aunque es claramente más asexuado y puritano que los de Rice– en el héroe de una historia de amor im- posible y en un objeto de deseo, mucho más que de repulsión. La mediocridad literaria de la saga, y la de las películas que inspira, no impide su enorme éxito. El vampiro ya no atemoriza: da envidia. Lo que tiene de oscuro y mortífero es- tá casi totalmente borrado, y la belleza pasa a ser su principal característica. Eros venció a Tánatos.

Entretanto, en los años 80, surgió en la literatura fantástica un subgénero, la urban fantasy, que inyecta mitos ma- ravillosos en un universo urbano. Con Sunglasses After Dark, Nancy Collins es, según parece, la primera que intro- duce al vampiro en la ciudad, en 1989. Hombre o mujer, este podrá abando- nar, de ahí en más, sus castillos aristo- cráticos y ejercer todos los oficios, has- ta los más proletarios: profesor en El tapiz del vampiro (Alamut Ediciones) de Suzy McKee Charnas (1990), bai-

En la época de Drácula, la alteridad del vampiro sólo llevaba a la destrucción. Hoy ya no ocurre eso.

larina en Rouge flamenco (Pocket) de Jeanne Faivre d’Arcier (1993), prostitu- ta en Lot Lizards de Ray Garton (1991)… Nada parece detenerlo. Los vampiros están en todas partes, circulan en gru- po, son feos, hermosos, viejos, pobres… La película de Joel Schumacher Gene- ración perdida (1987) utiliza incluso es- te eslogan: “Ser vampiro es genial”. La serie estadounidense Buffy la ca- zavampiros (1997-2003) da vida al per- sonaje más popular de esa tendencia.

Buffy es una colegiala dotada de po- deres sobrenaturales, que protege al mundo de algunos demonios. Lejos de ser monolíticos, sus enemigos, en par- ticular el sulfuroso Angel, que se hará acreedor de su propia serie, se sienten desgarrados entre su condición y su atracción por la humanidad. De tem- porada en temporada, lo fantástico se convierte en metáfora de la evolución de la heroína, jovencita que se trans- forma en mujer, y cuya personalidad se forjará enfrentándose a “monstruos” que no siempre lo son tanto. Buffy abre la puerta a novelas cuyo personaje principal suele ser una mu- jer y que mezclan el romance y el horror, haciendo del vampiro un amante a ve- ces ideal. Ya sean ellas mismas vampiras o perseguidoras de la bestia, las heroí- nas chocan contra unos seductores pe- ligrosos y a menudo vacilan entre su misión y su atracción hacia sus perse- guidos. La serie de Laurell K. Hamilton Anita Blake, que empezó en 2002, o la de Charlaine Harris Los misterios de los vampiros del sur (2005-2014), procuran insertarse en un entorno de público fe- menino y libros terroríficos. Los miste- rios de los vampiros del sur da lugar in- cluso a una serie de televisión con un estilo de gran guiñol de Alan Ball, San- gre verdadera (2008-2014), cuya inven- tiva hace del vampiro, entre otras enti- dades fantásticas (metamorfos y otros hombres lobo), un potente símbolo eró- tico. Es el nacimiento de la bit-lit (lite- ralmente, biting literature: la literatura que muerde). El editor francés Brage- lonne se especializa en el género, y lo

francés Brage- lonne se especializa en el género, y lo | 35 registra incluso como marca.

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registra incluso como marca. Siempre en Francia, Marjane (Poc- ket), de Marie Pavlenko, con sus vam- piros que se abren paso en París en medio de las ondinas (divinidades de las aguas), o L’Héritière (Actu-SF), de Jeanne-A Debats, cultivan los mismos terrenos. El mundo de los niños no se sustrae al fenómeno: una serie colombiana a medio camino entre la telenovela y la película de terror, Chica Vampiro, pone en escena a una adolescente que lucha contra su deseo, para no tener que con- denar a su enamorado. La serie susci- tó una decena de novelas, un disco, un juego de sociedad y una comedia musi- cal, el “Vampi Tour”, representada en todo el mundo. En la época de Drácula, la alteri- dad del vampiro sólo llevaba a la des- trucción. Hoy en día, se lo considera un defensor del derecho a la diferencia, y es precisamente su alteridad lo que lo vuelve perturbador. En un mundo que reflexiona cada vez más sobre el mesti- zaje, esta transformación de un ícono de la cultura popular sin duda no está exenta de sentido. g

1. Anne Rice, El príncipe Lestat, Ediciones B,

Barcelona, 2015, 560 páginas, 22 euros.

2. Véase la entrada “Vampire” del Centre national

des ressources textuelles et lexicales, www.cnrtl.fr

3. El conjunto se divide en dos subseries,

las “Crónicas vampíricas” y los “Nuevos cuentos de vampiros”. Entrevista con el vampiro está publicado en Ediciones B.

*Periodista. Traducción: Patricia Minarrieta

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36 | Gustavo Cimadoro (cima-cima-doro.tumblr.com) La vida cotidiana está signada por necesidades biológicas, materiales
36 | Gustavo Cimadoro (cima-cima-doro.tumblr.com) La vida cotidiana está signada por necesidades biológicas, materiales

Gustavo Cimadoro (cima-cima-doro.tumblr.com)

La vida cotidiana está signada por necesidades biológicas, materiales y espirituales que al ser satisfechas transforman la sociabilidad, el mercado y el medioambiente. ¿Cómo diferenciar entre las necesidades imprescindibles para vivir y las que son sólo un lujo irracional?

La propuesta de una sociedad “negawatt”

Necesidades humanas:

artificiales vs legítimas

por Razmig Keucheyan*

L a transición ecológica implica tomar decisiones respecto del consumo. ¿Pero en base a qué? ¿Cómo se distinguen las nece- sidades legítimas, que podrán

satisfacerse en la sociedad futura, de las necesidades egoístas e irrazonables, a las que habrá que renunciar? Es la cues- tión que aborda el Manifiesto Negawatt, una de las obras de ecología política más alentadoras que se han publicado en el último tiempo, escrito por especialis- tas de la energía (1). Un negawatt es una unidad de energía ahorrada (“nega” por negativo). Según los autores, mediante las energías renovables, el aislamiento de edificios, y reduciendo los circuitos

económicos, es posible poner en mar- cha un sistema económico que sea via- ble desde el punto de vista ecológico a nivel nacional, e incluso a mayor esca- la. En el estado técnico actual, nuestra sociedad ya contiene importantes “yaci- mientos de negawatts”.

Lo esencial y lo prescindible El consumismo reinante no puede conti- nuar, ya que aumenta sin cesar el flujo de materias primas y el consumo de energía. Además, ya no cabe ninguna duda res- pecto de los efectos alienantes que pro- duce en las personas. Una sociedad “ne-

gawatt” es una sociedad sobria que des- carta ciertas posibilidades de consumo por considerarlas como nefastas. ¿Pero con qué criterio? Para responder a esta pregunta, los autores del Manifiesto distinguen las necesidades humanas auténticas, legí- timas, que habrá que seguir satisfacien-

do, de las necesidades artificiales, ilegí- timas, de las que habrá que deshacerse. En el primer grupo, incluyen aquellas que definen como “vitales”, “esenciales”, “indispensables”, “útiles” y “convenien- tes”. En el segundo, las que consideran “prescindibles”, “inútiles”, “extravagan- tes”, “inaceptables”, “egoístas”. A partir de ahí, aparecen dos proble- mas. En primer lugar, ¿cómo se define una necesidad “esencial”? ¿Qué la dis- tingue de una necesidad “prescindible”

o “inaceptable”? Y luego, ¿quién decide? ¿Qué mecanismos o instituciones legi- timan la decisión de qué necesidad hay

o no que satisfacer? El Manifiesto ne- gawatt no dice nada al respecto.

Para responder a estas preguntas, va-

le la pena recurrir a dos pensadores críti-

cos y pioneros de la ecología política, An- dré Gorz y Ágnes Heller. En los años 60

y 70, desarrollaron una sofisticada teoría de las necesidades, muy actual (2). Am- bos autores abordaron estas cuestiones

partiendo de una reflexión sobre la alie- nación, la cual puede medirse a la luz de las necesidades auténticas. En efecto, la alienación se manifiesta en relación a un estado ideal al que se quiere volver o al que se quiere por fin llegar. La noción de- signa el proceso por el cual el capitalismo genera necesidades artificiales que nos alejan de dicho estado. Además de alie- nantes, la mayoría de esas necesidades son ecológicamente inviables. ¿Qué es una necesidad “auténtica”? Desde luego, son las que exige el organis- mo tanto para sobrevivir como para su bienestar: comer, beber, protegerse del frío, por ejemplo. En los países del Sur, e incluso del Norte, algunas de esas nece- sidades básicas no son satisfechas. Otras, que antes lo eran, lo son cada vez menos. Hasta hace poco, se daba por sentado que se respiraba un aire no contaminado; es- to se ha vuelto difícil en las megalópolis contemporáneas. Lo mismo sucede para dormir. Hoy en día, la contaminación lu- mínica hace que para muchas personas sea difícil conciliar el sueño, la omnipre- sencia de la luz en las ciudades retrasa la síntesis de melatonina (también llamada “hormona del sueño”). En ciertos países, la lucha contra la contaminación lumíni- ca dio lugar a movimientos sociales que reivindican el “derecho a la oscuridad” y

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piden que se abran “parques de cielo os- curo” que no estén contaminados por la luz artificial (3). Para muchos citadinos, el ejemplo de la contaminación auditiva es también elocuente. Se invierte cada vez más di-

nero en el aislamiento de las viviendas, para satisfacer una necesidad –el silen- cio– otrora gratuita. Esos nuevos gastos son susceptibles de disminuir los márge- nes de beneficios, pero ofrecen al mismo tiempo fuentes de enriquecimiento para, por ejemplo, las empresas especializadas en la insonorización. No todas las necesidades “auténti- cas” son de orden biológico. Amar y ser amado, cultivarse, actuar con autono- mía y creatividad manual e intelectual, participar de la vida pública, contem-

plar la naturaleza

mente prescindir de ellas en el plano fi- siológico, pero son consustanciales a la definición de una vida humana digna de ser vivida. André Gorz las llama “necesi- dades cualitativas” y Ágnes Heller, “ne- cesidades radicales”. Las necesidades cualitativas o radica- les se basan en una paradoja. Al mismo tiempo que explota y aliena, el capita-