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ICARO. O la roca parlante.

Te parto relatando esta historia dentro de mi carta, así no dirás que es un informe metódico
de las cosas que he hecho hasta el momento. En realidad, no ha podido serlo, tal parece que
los asuntos han hecho que cualquiera intento de metodicidad se agotase en el trabajo. Sé
que esto te parecerá un diario de sobreviviente, y en pocas líneas intentaré explicarte lo que
ha pasado conmigo, pues no me atrevo a decir: “me ha pasado”
Sé como te aburren mis descripciones, así que lo haré corto. Ya haz de sospechar el porqué
de mi intempestuosa venida, casi huida, hacia mi propio terruño. Fue raro, coincidía
exactamente como las memorias de mi infancia: El humo subiendo, gente llorando en las
calles, frente a piedras amontonadas. Ya sabes la primera parte: aquella en que un hombre
se me acerca, y al saber dos cosas: mi nacionalidad y mi profesión, decide contratarme.
Parece un raro cuento de hadas, pero de estas tierras cualquier cosa puede salir.
Mi trabajo es casi el de siempre, pero los problemas con que comúnmente cuento, aquí se
ven aun mas agrandados. Esto es casi una tarea imposible, pues una parte del museo era de
arte contemporáneo, y ya sabes las típicas preguntas que se hacen a menudo los estudiantes
y que me hace la gente cuando se enteran en qué trabajo. Pero es aún mas complicado,
debido a que no hay archivos, no hay fotos, sólo un montón de escombros, unos obreros
sonrientes pero ignorantes, gente que se acercaba a cooperar o saltear el museo.
De a poco las cosas fueron mejorando, al principio, como te dije, el lugar era sólo
escombros amontonados. Una que otra sala se salvó de derrumbarse. Creo que me di el lujo
de ser más artista de este museo que su curadora. No sabía si mostrar las obras restauradas,
o los restos que quedaran de ellas. En unos casos perdía su poder de imagen, de expresión
original hacerlo así. Además, descubrí que algunas estaban en internet, y me contacté con
artistas. Así fue con una de las obras, reconocí en algo la forma, a través de los escombros-
es una estrella de ocho puntas sujeta dentro de una habitación [1]. De a poco las cosas
empezaron a acelerarse.
Pero hay obras que se perdieron por completo, y no sólo obras, registros. Había una sala de
la biblioteca del museo donde eran filas de estantes, a lo matrix, de videos. Pero con el
calor, han quedado inservibles. Se que no se podrá sostener por mucho tiempo, por
cuestiones de costos, pero tras limpiarla, la dejé tal cual. Sólo modifiqué un poco los
accesos a los pasillos.
Lo que más me intranquilizaba en un principio, era la misma pregunta que se le ocurre a
todo el mundo, según me has dicho, cuando ven este tipo de cosas por televisión. ¿Para qué
dar tanta urgencia a un museo, y de arte moderno? Había gente sin solución habitacional,
con problemas de agua y abastecimientos de lo mínimo, pero era de suma urgencia reabrir
el museo. Supongo que empecé a intuirlo cuando viajaba buscando por el país pistas. Hay
una multiculturalidad increíble, diferente a la de allá. Todos tienen esas tierras, según ellos,
desde tiempos ancestrales. Viven a unas pocas horas de distancia, y sus idiomas son muy
diferentes, sus comidas, su forma de vestir. No necesitaban tanto recordar esa historia que
los separaba, quizá, sino esas ganas de mirar juntos el futuro. No todos comparten la visión
de futuro, y por lo que entiendo, este museo es uno de los pocos que logró, por la anterior
curatoría, hacer convivir los distintos sueños.
Cada obra, según algunas definiciones, son soluciones a problemas estéticos o formales.
Son propuestas, a su vez. Cada obra parece dar testimonio de algo, pero no siempre se logra
descifrar. Hay algunas que estaban casi intactas, casi mando a la basura una obra que me
pareció hierro torcido, pero era una obra. Estaba cerca de un plinto, [2] y… justo un
visitante la reconoció, cuando la tenía en la mano. En realidad fue una salvada. Tiene unos
efectos de luz fantásticos.
Una de las que más me gustó entender, sin embargo, fue un avión de papel, [3] bastante
grande. Cuando lo restauré, (menos mal había registros fotográficos, en el sentido que se
salvaron algunos catálogos) me quedé mirándolo, tan simple, se parecía a los que hacía de
niña mientras no ponía atención a las clases de matemática. Pero luego noté, al reconstruir
la escena, que estaba en una oficina. Y comprendí que no era una pieza del museo, sino un
diseño exclusivo de mesa de té. Otra fue una que salvé también casi casualmente, me di
cuenta que había un cambio en el material, que parecía de construcción. No estaba pintado
a diferencia de las paredes, pese a que era de concreto [4]. Revisé bien los restos y más o
menos pude armarlo. Parecía un pequeño castillo.
Y me pregunté un poco qué sentido tendría este trabajo. Lo más probable es que en pocos
años haya que reconstruirlo de nuevo. Nuestra misma cultura, pudiera tener que ser re-
imaginada, paso a paso, para entender un alfiletero o un abrelatas.
Las mujeres no todas se cubren, como creí.
Pero la mas decisiva, en mi decisión de quedarme aquí, fue una obra que no logré nunca
reconstruir. Era imposible, sencillamente. Al igual que la última que te mencioné, se
distinguía por ser un trozo que estaba pintado. Se distinguían algunas letras allí. Lo
descubrí cuando recién me trajeron al museo. Me senté en la cima de las rocas, a esperar
que llegaran los obreros, con mi bolsa de dormir y mi cambio de ropa. El silencio era tal
que sentí una opresión en la garganta. Una mujer cogió esta piedra, y lloró. En un momento
creí que podría ser una obra de su hijo. Pero nunca apareció de nuevo, y la roca permaneció
en un pedestal, como la portada del museo. Fue la primera roca que me di cuenta no era
escombro.

PD: “mi casa es mi tumba” decía la roca. Logré traducirla.

Obras usadas:
[1] Fanous, Lara Baladi.
[2] Vase 04 Karen Chekerdjian
[3] Icare Karen Chekerdjian, fotografía de Nadim Asfar.
[4] “Sin título” Federico Asler.

Bibliografía web
www.karenchekerdjian.com
www.nadimasfar.com
www.mac.uchile.cl

Jacqueline Herrera

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