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SEMANA 1 ÉTICA Y RESPONSABILIDAD SOCIAL

SEMANA 1

ÉTICA Y RESPONSABILIDAD SOCIAL

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RESPONSABILIDAD SOCIAL EMPRESARIAL (RSE) Y ÉTICA. CONCEPTOS BÁSICOS

1. Concepto de RSE, razones de su surgimiento histórico y áreas temáticas.

La RSE es una nueva visión de gestión empresarial y de hacer negocios, que se encuentra en pleno desarrollo (Acción Empresarial, 2003).

El propósito de la RSE es que la empresa, junto con ocuparse de que sus operaciones sean económicamente sustentables, asuma un compromiso consciente de cumplir con que éstas sean también sustentables en el ámbito social y ambiental; esto, en atención al reconocimiento de los intereses de los distintos grupos sociales con los que se relaciona, pensando en salvaguardar y preservar el medio ambiente y en la sustentabilidad de las generaciones futuras (Acción Empresarial, 2003).

Desde una mirada ética, se conceptualiza la RSE como una visión de negocios sistémica que integra, como parte estructurante de su gestión, los valores éticos que van en beneficio del respeto a las personas, a las comunidades y al medioambiente, colaborando de esta forma con el bien común. El cumplimiento de dichos valores se ha convertido en un requerimiento ético universal, independiente de los productos o servicios que la empresa ofrece, del sector empresarial al que pertenece, de su tamaño o de su nacionalidad (Acción Empresarial, 2003).

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Razones del surgimiento histórico de la RSE

El surgimiento de esta iniciativa se sitúa en la década de los 60-70, anteriormente se hablaba de filantropía por parte de particulares o de empresas prósperas (Acción RSE y La Segunda, 2006).

La década de1970 marca un hito la propuesta del reverendo estadounidense León Sullivan. Éste, comprendiendo que las empresas jugaban un rol central en el mejoramiento de la vida de las personas, propone un marco ético de referencia que enfatiza el respeto a los derechos humanos para las empresas que operaban en tiempos del apartheid en Sudáfrica. Dicho marco de referencia, conocido como los principios Sullivan, está vigente como un estándar ético internacional para las empresas (Acción Empresarial, 2003).

En una mirada más abarcadora, cabe entender el surgimiento de la RSE más allá de un solo hecho; ella comparece en un marco mayor de cambios profundos, en plena marcha aún, que se inician en la sociedad en general a mediados del siglo XX. Dichos cambios implican el advenimiento de la posmodernidad.

Cuatro

hitos,

vinculados

entre

sí,

inciden

directamente

en

el

surgimiento de la RSE (Fernández, H. 2010):

necesario

El cambio desde el paradigma racional-mecanicista-economicista (moderno), al paradigma complejo o sistémico (posmoderno) aún en pleno desarrollo.en el surgimiento de la RSE (Fernández, H. 2010): necesario El advenimiento de la globalización. El

El advenimiento de la globalización.complejo o sistémico (posmoderno) aún en pleno desarrollo. El cambio radical del rol del Estado, desde

El cambio radical del rol del Estado, desde un Estado de bienestar a uno neoliberal.al paradigma complejo o sistémico (posmoderno) aún en pleno desarrollo. El advenimiento de la globalización. 2

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Lea esto primero. UNIACC, semana 1 La organización de las propias personas y comunidades, exigiendo sus

La organización de las propias personas y comunidades, exigiendo sus derechos y buscando gestionar su propio bienestar, en vistas que el Estado no lo hace, y junto con ello el surgimiento de las ONG.

El primer hito mencionado incide en el surgimiento de la RSE, en el sentido que el nuevo paradigma se presenta con una mirada más integradora que el paradigma anterior (al menos teóricamente). El concepto de sistema conlleva, entre sus múltiples significados, el concepto de red, que a su vez indica que donde sea se dirija la mirada, no existen entidades aisladas. De este modo, lo que pasa a una parte del sistema, ocurre también al resto y, a su vez, se afecta la red o el sistema completo.

Con respecto a la globalización, ésta ha sido fundamentalmente de naturaleza económica (aunque no todo en ella lo es). Esto implica el surgimiento de las empresas transnacionales y la complejidad de sus dinámicas económicas, medioambientales y sociales.

En lo que se refiere al tercer hito, en la actualidad se aprecia la escasa intervención del Estado en la sociedad, en beneficio de la actividad privada de alcance nacional y multinacional, siendo ahora el mercado la nueva centralidad. En este escenario, surge la necesidad que las empresas asuman su responsabilidad ante la sociedad, atribuyéndose roles que tradicionalmente competían a los estados, evitando daños y contribuyendo a resolver problemas sociales, en lugar de permanecer ajenas a las condiciones de vida de las sociedades.

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Como cuarto hito, destaca el reclamo de la sociedad en general en torno a sus derechos: derechos humanos, cuidado del medio ambiente, trabajo digno, combate a la corrupción, entre otros. Ante esto, las empresas precisan considerar la ética en su gestión.

Por su parte, las ONG desafían al Estado por su índole global y por la especificidad de sus conocimientos, muchas veces realizando labores que incumben al Estado. En este respecto, en la década de 1970 comparece con

fuerza el tema ambiental en Estados Unidos. En gran medida, constituyó la

punta de lanza de lo que hoy es la RSE.

medioambiental no había sido preocupación de los gobiernos ni de la opinión pública, pero la situación cambió con la aparición de algunos casos judiciales de relevancia en Estados Unidos (Texaco-Chevron, en México), que concluyeron en grandes indemnizaciones por daños. Las empresas petroleras, mineras y petroquímicas se dieron cuenta de que en muchos países donde operaban, no existía legislación suficiente para prevenir daños ambientales, porque la realidad era (y en muchas partes lo es) que los Estados no estaban ni técnica y políticamente preparados para regular el tema. En otras palabras, cumplir con la legalidad no aseguraba que no hubiera daño ambiental. De este hecho se genera que las propias empresas incorporan, de manera voluntaria, normas ambientales más estrictas que las del país anfitrión. “Voluntariamente” es la clave para definir las acciones de las RSE, lo cual se denomina también como “autorregulación” (Fernández H., 2010).

Hasta ese momento, el tema

Sintetizando, hoy las empresas, a fin de poder expandirse, han asumido una serie de funciones que tradicionalmente pertenecieron al Estado nacional o local. Por su parte, la opinión pública, afectada y más informada que antaño, se percata de la incapacidad del Estado para abarcar múltiples responsabilidades. De este

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modo, las comunidades reclaman su legítimo derecho a saber quién se hace cargo de aquellas situaciones medioambientales y sociales que les afectan negativamente. Las comunidades exigen a las empresas respuesta y bienes públicos que tradicionalmente eran provistos por el Estado, como seguridad, educación y salud, entre otros (Fernández H., 2010).

Junto con la exigencia de bienes tangibles, las comunidades demandan también conductas de responsabilidad ética a las empresas, debido al impacto de las decisiones y actividades empresariales sobre la comunidad. Al respecto, se conocen escándalos emblemáticos como Enron, Parmalat, Worldcom (2001) o Celco (este último en Chile), sucesos que siembran la desconfianza de las personas en las empresas.

En algunos países operan las multinacionales y, en ausencia total de regulación estatal, las empresas moldean a la comunidad. En el mejor de los casos, se responsabilizan construyendo escuelas, hospitales, manteniendo la seguridad, entre otras acciones. Estas empresas, a través de la RSE, junto con favorecer sus ganancias, asumen funciones que tradicionalmente pertenecieron sólo a los Estados nacionales o locales. La dinámica ocurre, actualmente, entre voluntariedad-obligatoriedad (por parte del Estado). En este sentido, el rol del Estado hoy es de promotor, facilitador, incentivador y, a la vez, regulador, garante y vigilante de que se cumpla la legalidad (al menos en la teoría). Sin embargo, esta regulación debe ser calibrada de tal manera, por parte del Estado, de no “estrangular” a la empresa privada. En buenas cuentas, no queda claro hasta dónde llega o debe llegar el límite que la legalidad impone a las empresas en cada país donde se instalan.

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En lo que respecta a nuestra realidad, el primer Balance Social realizado por una empresa en Chile, y en Latinoamérica, fue elaborado en 1975 por la Asociación Chilena de Seguridad (ACHS) (antes lo habían realizado algunas universidades y colegios). Dicho balance ha constituido un hito y un modelo válido hasta hoy. Actualmente, la Fundación Prohumana contabiliza alrededor de 150 empresas que lo realizan (Acción RSE y La Segunda, 2006).

En Chile, la RSE ha tenido una maduración importante, la que comienza a ocurrir alrededor de los años 2005-2006, estando actualmente bien posicionada en Latinoamérica. Una de las razones es la integración económica de Chile con el mundo globalizado, dada su economía estable, la que favorece las inversiones a largo plazo (Acción RSE y La Segunda, 2006).

En los últimos seis años (desde 2005-2006), ha cambiado la percepción de los consumidores chilenos respecto de premiar o castigar a las empresas socialmente responsables. Según datos del Sernac (Servicio Nacional del Consumidor cuya

misión es educar, informar y proteger a los consumidores de Chile, a través de la Ley

19.496 de los Derechos del Consumidor) (http://www.sernac.cl/frecuentes/s_funciones.php#1,

extraído el 03 febrero 2012), el 92% de los consumidores reclama cuando las empresas no respetan sus derechos; de ellos, 74% además de reclamar, castiga a las empresas dejándoles de comprar, y el 36% está dispuesto a denunciar (Sernac, 2011, Esta actitud ciudadana de premiar (comprando) o castigar (no comprando sus productos) a las empresas, es parte del denominado “consumo consciente”, el que ocurre en Chile y en muchas partes del mundo. Para no recibir el castigo de los consumidores, actualmente el esfuerzo está enfocado hacia un cambio de mentalidad de los ejecutivos chilenos respecto de la RSE, hacia la comprensión de que no se trata de una moda pasajera, sino una variable fundamental para la subsistencia de la empresa a largo plazo. Un ejemplo es la iniciativa chilena de elaborar un ranking nacional de empresas que cumplen con la

RSE (realizado por PROhumana). Según sus ejecutores, se trata de una iniciativa

única y pionera en el mundo, la que busca medir la RSE a través de variables

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cuantificables.

Para

las

empresas

constituye

una

herramienta

de

gestión

importante.

En Chile, varias empresas cuentan con sus correspondientes sitios web bien documentados, donde se puede acceder a una información completa relativa a los diversos temas que abarca la RSE, por ejemplo: http://www.accionrse.cl/,

Siendo la RSE un concepto relativamente nuevo, probablemente existan personas que aún piensan en ella como una suerte de filantropía, por lo que es necesario aclarar los conceptos. Etimológicamente, el término “filantropía” deriva del griego, significa “amor a la humanidad” o “amor al género humano”.

Dicho amor se

resuelve en una ayuda no planificada y desinteresada a los demás, esto es, sin fines lucrativos. Por lo tanto, no se requiere de intercambio o respuesta alguna. Otra característica propia de la filantropía es que, por lo general, es de carácter anónimo. Se trata entonces de una conducta voluntaria, netamente altruista, vinculada a la caridad y a la beneficencia que apunta a mejorar la calidad de vida de las personas. A la luz de esta definición, cabe entender claramente que la RSE no se trata de filantropía, porque es una estrategia de gestión planificada, propia de la empresa, de la cual se espera reporte económico (Acción RSE y La Segunda, 2006).

(http://es.wikipedia.org/wiki/Filantrop%C3%ADa, extraído el 03 febrero 2012).

Otro concepto central, sin el cual es imposible comprender lo que la RSE significa, son sus áreas temáticas. Como modelo de gestión de negocios, la RSE considera en sus decisiones estratégicas las variables ambientales, económicas y sociales. Al interior de dichas variables, se encuentran las cinco áreas temáticas, hacia las cuales han de dirigirse las buenas prácticas de la empresa:

(Acción RSE s.f.)

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Ética y gobierno corporativo.

Calidad de vida laboral.

Medio ambiente.

Clientes y cadena de valor.

● Comunidad.

A continuación, se explicitarán las cinco áreas temáticas ya mencionadas.

Ética y gobierno corporativo: esta área temática se resuelve en la forma en que la compañía integra, en todos sus estamentos, un conjunto de valores en sus prácticas, políticas y toma de decisiones. Esto implica normativas éticas internas, así como también adhesión y práctica de las normativas éticas internacionales. En atención a esta área, hoy los programas de ética en la empresa, en su mayoría, están elaborados en torno a la ética de valores, los cuales son aplicables a la resolución de los dilemas éticos, más o menos complejos, que se presentan diariamente, es decir, en la toma de decisiones en todos sus niveles, con la finalidad de lograr un buen equilibrio entre las responsabilidades éticas con las económicas. En general, la forma en que estos valores se institucionalizan, formalmente son:

o

Declaración de misión de la empresa.

o

Declaración de valores éticos y principios.

o

Comunicaciones éticas.

o

Capacitación ética.

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Para la realización de esta gestión ética, las empresas cuentan con abundantes recursos y herramientas teóricas y prácticas de carácter nacional e internacional, los cuales apuntan a fortalecer la ética y el gobierno corporativo. Estos recursos son clasificados en áreas de gobernabilidad, transparencia y políticas públicas (Acción RSE s.f.).

Como parte de la gestión ética de la empresa y dentro de las políticas de recursos humanos que afectan de manera directa a los empleados, se encuentra la calidad de vida laboral. Ésta se entiende como la carrera administrativa, beneficios y compensaciones, diversidad, horarios flexibles de trabajo, balance trabajo-tiempo libre, salud y bienestar, seguridad laboral, cuidado a sus dependientes y beneficios domésticos, atracción y retención de talentos. Este concepto apunta a considerar y respetar las necesidades de los trabajadores, dentro del marco de los objetivos de la empresa (Acción RSE s.f.).

Los vertiginosos cambios económicos propios del momento histórico, la competencia internacional, las presiones que ejercen sobre las empresas los medios de comunicación, los consumidores e inversores exigiendo ambientes de trabajo justos, potenciadores y productivos, todos apuntan a las exigencias acerca de la calidad de vida en las empresas. De modo que, junto a la exigencia de corporaciones innovadoras y flexibles, en posición de remodelar permanente del ambiente laboral, está también la exigencia de hacer los cambios, sin descuidar la equidad y no discriminación (Acción RSE s.f.).

Junto a la calidad de vida, y como otra de las áreas de competencia de la RSE, se encuentra el respeto al medioambiente, al entorno y los recursos naturales, pensando tanto en las generaciones presentes como en las futuras. Esta idea se

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fundamenta en la optimización de los recursos y la sustentabilidad. Incluye a todos los seres vivos y al sistema biofísico del cual forman parte activa (atmósfera, suelo, clima, agua, humanos, animales, plantas, microorganismos), más los componentes sociales del sistema de relaciones entre cultura, economía e ideología. Este es uno de los retos más complejos de la empresa, puesto que se trata de balancear la generación de riquezas con la preservación del medio ambiente, en el cual se encuentra instalada la corporación. Esto implica que la empresa, inevitablemente, debe considerar, como elemento importante en la toma de decisiones, los factores ambientales, aspirando a la máxima calidad. Las iniciativas medioambientales constituyen un valor central del negocio de las empresas, en todos sus niveles, incluyendo un considerable número de categorías, como uso eficiente de energía, ecología industrial, prevención de la polución, diseño medioambiental amigable, desarrollo sustentable, administración de la cadena de distribución, entre otros (Acción RSE, s.f.).

Incumbe también a la RSE, dentro de sus áreas temáticas,

A continuación, se transcribe un texto que clarifica con precisión el concepto:

la cadena de valor.

(http://definicion.de/cadena-de-valor/, extraído el 30 diciembre 2011)

La cadena de valor es un modelo teórico que describe cómo se desarrollan las actividades de una empresa. Siguiendo el concepto de cadena, está compuesta por distintos eslabones que forman un proceso económico: comienza con la materia prima y llega hasta la distribución del producto terminado. En cada eslabón, se agrega valor, que es, en términos competitivos, la cantidad que los consumidores están dispuestos a pagar por un producto o servicio.

El análisis de la cadena de valor permite optimizar el proceso productivo, ya que puede verse, al detalle y en cada paso, el funcionamiento de la empresa. La reducción de costos y la búsqueda de eficiencia en la

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utilización de los recursos suelen ser los principales objetivos del empresario a la hora de revisar la cadena de valor. De esta forma, la empresa logra ampliar su margen (la diferencia entre el valor total y el costo de las actividades).

Por otra parte, el estudio de la cadena de valor posibilita lograr una ventaja estratégica, ya que existe la chance de generar una propuesta de valor que resulte única en el mercado.

Hay especialistas que distinguen dos subsistemas en la conformación de la cadena de valor. Una cadena de demanda, que involucra a los procesos vinculados con la creación de la demanda, y una cadena de suministros, dedicada a la satisfacción de la demanda en tiempo y forma.

También es posible diferenciar entre dos tipos de actividades de valor. Las actividades primarias son las que están implicadas con la creación física del producto y su transferencia al comprador. Las actividades de apoyo, en cambio, sustentan a las primarias y suponen la participación de los recursos humanos, los insumos y la tecnología, por ejemplo.

De acuerdo al texto citado, cabe entender que toda empresa está constituida por una serie de partes, que confluyen o se resuelven en el proceso de creación del producto o servicio, por lo cual estas partes no pueden operar aisladas sin referencia al sistema. El concepto de “cadena de valor”, es un concepto del todo sistémico, pues las partes (eslabones) que constituyen esta cadena son todas

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interdependientes y ligadas entre sí. De esta manera, lo que ocurra a uno de los eslabones, impactará en los demás y en la cadena como una unidad-totalidad.

La aspiración es promover el alineamiento de todos los “eslabones” con los principios de RSE, de modo que los estándares nacionales e internacionales puedan ser aplicados a toda la cadena productiva incluyendo proveedores y contratistas. Esto implica poner atención en cada una de las partes de la cadena, detectando en qué medida se encuentran o no alineadas bajo los principios de RSE, es decir, en qué medida es social y ambientalmente responsable. La idea, en último término, es agregar valor al negocio, optimizar la productividad, ganar ventajas competitivas y posicionarse en mercados cada vez más exigentes.

En relación a la comunidad, como la última de las áreas temáticas de la RSE, cabe considerar todas las acciones e iniciativas de la empresa encaminadas a mejorar la calidad de vida de las comunidades en las que opera, fomentando iniciativas y causas sociales. Dichas iniciativas, estratégicamente programadas, benefician tanto a los integrantes de la comunidad como la reputación de la empresa, sus marcas, productos y valores, ya sea a nivel local o internacional. Son diversas las formas y razones por las que las empresas se involucran con la comunidad; donaciones o préstamo de servicios y/o productos a la comunidad, proyectos de trabajos voluntarios, apoyo a causas sociales en ámbitos como la educación y la salud, entre otros. El ideal es que la red de impacto de la empresa en las sociedades sea cada vez más positiva. De esto, sin duda, la primera que se beneficia es la propia empresa (Acción RSE s.f.).

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Fundamentación de la ética y conocimiento de los conceptos básicos inherentes a ella

La ética es un tipo de saber de los que pretende orientar la acción humana en un sentido racional; es decir, pretende que obremos racionalmente. A diferencia de los saberes preferentemente teóricos, contemplativos, a los que no importa en principio orientar la acción, la ética es esencialmente un saber para actuar de un modo racional (Cortina, 2006).

Etimológicamente, la palabra “ética” proviene del griego éthike, un adjetivo que deriva del nombre êthos, que significa “carácter”, “modo de ser”, también significa “morada”, “habitación” (Escríbar, A., Pérez, M., Villarroel, R. 2004).

La ética es sinónimo de filosofía moral, en tanto es una de las ramas de la filosofía (por ende, un saber teórico-filosófico), que da cuenta racionalmente de la dimensión moral humana. “Racionalmente” implica, entre otras cosas, que se construye utilizando el rigor conceptual y los métodos de análisis y explicación propios de la filosofía. La ética orienta nuestro actuar de un modo racional no sólo en momentos puntuales como ocurriría con un saber técnico por ejemplo, sino que se trata de actuar racionalmente en el conjunto de la vida (Chomalí, F. y Majluf. F 2007, p.49).

“Orientar”, en este contexto, debe entenderse como aprender a deliberar bien, con el propósito de tomar decisiones acertadas y prudentes a lo largo de nuestra existencia, lo que ha de resolverse finalmente en aprender a vivir bien y a tener

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una vida satisfactoria y feliz, a partir de una toma de decisiones acertadas. La persona que aprende a actuar en forma reflexiva, se acostumbra a tomar decisiones acertadas, al punto que esta capacidad reflexiva pasa a constituirse en parte importante del carácter.

Según la concepción aristotélica, el saber ético es la capacidad de deliberar rectamente acerca de lo que es bueno y conveniente para el ser humano, en un sentido integral, para desarrollar una vida lograda y buena.

Queda claro, entonces, que en ética, las decisiones no son arbitrarias, sino que responden a una racionalidad lógica, resuelta en una metodología que incluye principios y valores que resguardan, entre otros, la dignidad de las personas, al tratarse de una disciplina que ayuda a orientar nuestros comportamientos. Se trata de un conocimiento de carácter normativo y teórico, que reflexiona acerca de las distintas morales y los diferentes modos de justificar racionalmente la vida moral. Que sea una disciplina racional-reflexiva y “orientadora” de las acciones humanas (visualizándolas en términos de correctas o incorrectas), no significa necesariamente que se esté ante una disciplina restrictiva (aunque al interior de las variadas propuestas éticas hay algunas que si tienen este carácter). Quien así conciba la ética está en un gran error, pues está visualizando sólo una de las tantas teorías éticas existentes, la cual es bastante extemporánea.

La ética no consiste en un catálogo de prohibiciones ni de castigos, muy por el contrario, es una disciplina que entrega variados elementos de juicio para tomar las mejores decisiones concretas y crecer como seres humanos excelentes en el respeto a nosotros mismos, a los demás y al medio ambiente que nos sustenta y nos permita la vida.

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Al ser una disciplina orientadora de la conducta humana, la ética constituye un tema netamente antropológico, puesto que sólo atañe al ser humano (los otros reinos no tienen la experiencia ética). Visto el ser humano desde su condición biológica y su estructura, cabe afirmar que es inevitablemente moral. Todo organismo vivo enfrentado al reto de sobrevivir frente a su medio y los estímulos que éste le presenta, necesita generar una respuesta al respecto. La dotación biológica del animal le permite responder de manera “automática” y “ajustadamente” al medio. En el ser humano, sin embargo, la respuesta no ocurre ni de forma automática, ni determinada ni siempre “ajustada”, por el contrario, puede tener a su disposición un abanico de opciones posibles y, será él quien se autodetermine por alguna de ellas, lo cual le exige primero discernir y después optar. Es ahí donde comparecen las facultades propiamente humanas: el discernimiento, la voluntad y la libertad para elegir la respuesta (Cortina, s.f.).

El ejercicio de tales facultades conlleva una justificación de la decisión por la cual la persona optó; es este hecho precisamente el que hace al ser humano inevitablemente moral. Dicho de otro modo, su condición humana le obliga a estar, frente al medio, en una permanente dinámica de concretar opciones y renuncias, las cuales necesariamente debe justificar. Es inconcebible prescindir de la justificación, porque tal prescindencia significaría una “mente en blanco” y, por ende, una parálisis para la acción, sin posibilidad de concretar avances en la resolución de problemas. Es en ese trance, precisamente, cuando se bifurcan los caminos de las decisiones, en que necesitamos elementos de juicio conceptuales (éticos), que nos orienten hacia la concreción de la mejor de las opciones para nosotros y para todos los implicados en la decisión. Las orientaciones teóricas son necesarias, puesto que rara vez los caminos opcionales muestran concretamente y con claridad las circunstancias en pros y en contra.

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Dichas orientaciones no sólo alcanzan el plano personal, también alcanzan la conducta cívica. Al respecto, Adela Cortina hace una distinción entre una ética de máximos y una ética de mínimos. Los conceptos hacen referencia a dos niveles en la ética:

La ética de máximos tiene un carácter subjetivo y se refiere a los ideales de la vida buena y tiene un carácter subjetivo y se refiere a los ideales de la vida buena y a los valores que cada cual considera apropiados para aspirar a la excelencia, realización y felicidad personal. “Personal” se refiere a que son modelos de perfección, que constituyen una opción de

carácter individual (biográfico) y que, por lo tanto, no pueden ser exigibles

a todos los seres humanos, dado que no todos comparten los mismos

valores y el mismo concepto de bien o de vida buena. En el principialismo, esta ética de máximos descansaría en los principios de beneficencia y autonomía.

La ética de mínimos, por su parte, está conformada por aquellos valores básicos – mínimos- y principios universalizables, , por su parte, está conformada por aquellos valores básicos mínimos- y principios universalizables, en los que todos consensuamos y que posibilitan una buena convivencia entre personas con valores personales diferentes. La ética de mínimos apunta a asegurar una convivencia respetuosa y democrática en las sociedades plurales. En el principialismo, la ética de mínimos descansaría en los principios de no maleficencia y justicia, pues es esta última un mínimo necesario en una convivencia social. Ambas éticas necesitan de una coexistencia, en vistas

al desarrollo personal (máximos) y la otra en vistas a la coexistencia social

digna (mínimos) (Cortina, A. 2003).

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Por otra parte, el concepto de moral, proviene del latín mos mores y tiene el

mismo significado que el término griego ethos, es decir modo de ser, costumbre,

carácter (Escríbar, A., Pérez, M., Villarroel, R. 2004).

Si la ética pertenecía al ámbito de la reflexión teórica-filosófica, la moral pertenece al ámbito de la vida cotidiana en la concreción de su quehacer diario, pues allí el humano toma opciones relacionadas, inevitablemente, con tres instancias: consigo mismo, con los demás y con el medio ambiente. Cada vez que esa relación ocurre, sea que el agente moral esté o no consciente de ello, la conducta no puede ser moralmente neutra. Lo decíamos al especificar que el ser humano es inevitablemente moral, pues mientras esté vivo y despierto, y en tanto esté en relación con esas tres instancias que lo constituyen, no puede eludir la moral, pues sus acciones, inevitablemente, van a tener un impacto positivo o negativo- en su propia persona, en las demás personas o en el medio ambiente. Esta dinámica cotidiana e inevitable de toma de decisiones, que permea el vivir humano en su cotidianeidad, es precisamente el que la ética, en tanto disciplina teórica, quiere orientar, aportando elementos de juicio, a fin de que cada elección sea la mejor para todos los implicados (García, 2011).

Dentro del concepto de moral, encontramos la moral heterónoma y la moral autónoma. Esta última equivalente a lo que Kolberg denomina estadio postconvencional (Fernández, 2005). Este autor considera que el desarrollo moral de las personas pasa por tres niveles o estadios: preconvencional, convencional y postconvencional (Arenas, A.M s.f).

, convencional y postconvencional (Arenas, A.M s.f). El estadio preconvencional obedece a conductas

El estadio preconvencional

obedece a conductas heterónomas, en que

la persona orienta su accionar a partir de un mandato externo a ella, el

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cual puede provenir desde distintas instancias; otra persona, una ideología, una creencia, religión o cultura o de los padres en la infancia. Este estadio es, precisamente, el que corresponde a la niñez, cuando el ser humano, en su condición de dependencia, necesita obedecer a los padres.

En el estadio convencional, si bien la persona ha dado un paso más en su desarrollo moral, aún , si bien la persona ha dado un paso más en su desarrollo moral, aún está dentro de la heteronomía orientando su conducta, ahora, desde las convenciones sociales. Si estas conductas heterónomas perduran hasta la adultez (especialmente el estado preconvencional), entonces entendemos que esa persona se ha quedado en el primer estadio moral evolutivo de infancia moral y no ha crecido como un adulto moral. Esto significa, en la práctica, que elude crecer moralmente, para no responsabilizarse de las consecuencias de sus decisiones, por lo cual siempre buscará a otros para que decidan por él y, ciertamente, que siempre habrá alguien (desde el poder o desde la sobreprotección) que le siga el juego.

La moral autónoma obedece al estadio postconvencional ; ahora el sujeto se determina a actuar libremente moral autónoma obedece al estadio postconvencional; ahora el sujeto se determina a actuar libremente desde sí mismo, desde su propia voluntad y desde la intimidad de su conciencia. Una moral autónoma tiene como condición necesaria la libertad o libre albedrío de la persona. En la práctica, se traduce en la capacidad de autodeterminación, entendida como el derecho de cada ser humano a decidir desde sí mismo. En tal caso, podemos decir que estamos frente a un adulto moral, o un agente moral capaz de decidir deliberadamente y de hacerse cargo de las consecuencias de sus decisiones.

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Todos estos conceptos relativos a la ética y la moral,

el pilar conceptual de la ética en general: el concepto de agente moral o adulto

moral.

se encuentran reunidos en

El ser humano es capaz de tomar decisiones, precisamente, porque es un agente

moral. Originalmente, el concepto lo acuñó Kant en su artículo ¿Qué es la Ilustración? (siglo XVIII), artículo que constituye un hito en la historia de la ética occidental.

La idea de fondo es que para que exista una experiencia moral, es necesario un adulto moral o agente moral. Éste se define como aquella persona a la cual se le puede imputar responsabilidad moral en sus actos, porque es capaz y competente. Esto significa que este individuo cuenta con un desarrollo psíquico e intelectual normal, que lo capacita para desarrollar una evaluación y decisión moral. Este hecho es, precisamente, el que hace posible responsabilizarlo de las consecuencias de sus dichos y actos (García, 2011).

A continuación, se especifican las facultades que entran en juego en el agente

moral o adulto moral, al deliberar y tomar una decisión de cuyas consecuencias

tendrá que hacerse cargo:

Inteligencia. Acotamos aquí el concepto de inteligencia al discernimiento. La conducta del agente moral, al poder Acotamos aquí el concepto de inteligencia al discernimiento. La conducta del agente moral, al poder discernir, es racional, por lo que sigue un orden mediante la comprensión del sentido de lo que hace.

Junto al discernimiento, la voluntad permite al agente moral la toma de decisiones. El agente moral decide desde su voluntad permite al agente moral la toma de decisiones. El agente moral decide desde su voluntad, soberana y

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autónomamente, con una clara determinación de fines, pues cuenta con discernimiento.

Unida a las dos facultades anteriores, se encuentra la del libre albedrío. Ésta permite que el agente moral o adulto moral cuente con libertad, que libre albedrío. Ésta permite que el agente moral o adulto moral cuente con libertad, que le permite decidir sin coacción. Precisamente porque su decisión es libre (autónoma y no heterónoma), es que se le puede imputar responsabilidad moral. Así, la primera condición para que exista un agente moral o adulto moral, es la libertad

Sobre la base de la conciencia en general, existe como una forma específica de ella, la facultad de la conciencia moral. Esta facultad permite que el agente moral tenga sentido de lo correcto e conciencia moral. Esta facultad permite que el agente moral tenga sentido de lo correcto e incorrecto, o del bien y del mal. En el lenguaje popular, esta facultad se denomina como “voz de la conciencia” y es la capacidad humana de hacer una revisión crítica del propio comportamiento.

Contar con las cuatro facultades que se han explicado, permite que el agente moral pueda tener responsabilidad sobre sus actos. Se entiende como responsabilidad la capacidad de hacerse cargo de las consecuencias de los dichos y los actos. Esto es posible en el agente moral, dado que el discernimiento le permite tener sentido de futuro para dimensionar los efectos de sus actos, sean éstos inmediatos o mediatos.

Quienes no cuentan con dichas capacidades (como bebés, niños, personas con

demencia senil, entre otras)

son personas necesariamente heterónomas, por lo

que no son susceptibles de imputación moral,

porque no pueden “agenciar” su

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vida ni sus decisiones autónomamente. Por esto, se les denomina “pacientes morales”, y otros, los agentes morales, tendrán que decidir por ellos brindándoles cuidado, respeto y protección dada su vulnerabilidad.

Hasta aquí, se ha presentado una síntesis de los conceptos básicos y centrales, tanto de la RSE como de la ética, A continuación se verá, de manera general, la forma en que ellos convergen.

Ética y RSE convergen necesariamente, porque sin ética no podría existir ni el concepto de RSE ni la realidad concreta correspondiente a dicho concepto. La ética, por tanto, es un factor consustancial, estructurante y equilibrante de la RSE por muchas razones. El motivo central es que la empresa está conformada por personas, se relaciona con éstas y con el medio ambiente, por lo tanto, su conducta no puede ser moralmente neutra.

Siendo la toma de decisiones parte constitutiva de la empresa, cuyas consecuencias impactan sistémicamente, de manera inmediata o mediata en personas y en el medio ambiente, es necesario que dichas decisiones estén orientadas responsablemente por la ética, a fin de que todos los implicados (personas y medioambiente) puedan beneficiarse de sus consecuencias.

Otra razón que se presenta en esta convergencia entre ética y RSE, es que siendo las empresas parte importante del tejido social, ejercen una influencia sobre millones de personas. De este hecho se deriva una gran responsabilidad para los directivos que tienen a su cargo las decisiones, puesto que si éstas tienen en su base criterios éticos, y no sólo económicos, podrán significar un impacto beneficioso y positivo para la sociedad. Pensar que la responsabilidad de la

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empresa se agota en lo económico, lo técnico y lo comercial, constituye una visión bastante empobrecida de lo que la sociedad espera de ella. Como dice el profesor Argandoña: “Ser ético en la empresa no es opcional: „eso es lo que hay que hacer‟ porque así es como se debe dirigir una empresa para que sea exitosa” (Argandoña, A. 2011).

En la convergencia mencionada, entre RSE y ética, surgen necesariamente los conceptos de ética empresarial y ética aplicada: si bien la ética es una disciplina teórica, sus contenidos no se quedan en el plano teórico, puesto que su razón de ser es que éstos sean aplicables a los distintos ámbitos concretos de la vida personal y social, y de hecho así ocurre. Ésta se aplica a variadas disciplinas como la medicina, el periodismo, la política, la economía, entre otras.

A modo de resumen, la ética empresarial se manifiesta en diferentes aspectos y

a través de distintos instrumentos: orienta las decisiones, eslabona e integra

transversalmente los diferentes aspectos de la empresa, como relaciones humanas, operaciones, servicios, productos (piénsese, por ejemplo, en la cadena de valores) apuntando a satisfacer a los distintos grupos de interés sin perder de vista el respeto a las personas. Adela Cortina (2003) afirma que “los marcos éticos sin herramientas para integrarlos en la vida cotidiana están vacíos, y las herramientas sin marcos están ciegos”. Esto indica que la fundamentación teórica de los marcos éticos y su aplicación revisten igual importancia. En la práctica, las empresas cuentan con un variado bagaje de recursos éticos orientadores, los propios elegidos y elaborados por la empresa más la normativa ética nacional (misión, códigos de ética, comités de éticas, capacitación, entre otros) e internacional (Pacto Global, norma 26000, Informe Anual, entre otros).

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