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Georges Duby Mansién celeste y gineceo EI suefio feudal El repertorio documenta! de que dispone el historiador a la hora de reconstruir precisamente aquello que no consta en los documentos —la vida privada— tiene mucho que ver con los suefios y las fantasfas. Georges Duby desmenuza aqui algunos mitos cuiturales que aparecen como responsables de la confi- guracién espacial de la vivienda medieval. La morada celeste. irasunto de la terrenal, proporciona el punto de partida para una reflexion en la que el concepto de una feminidad amena- zante se convierte en el eje de un complejo sistema de valores. El sueio Para tratar de entender lo gue eran las relaciones de poder en el interior de Jas grandes Familias feudales, los uso: Titos de una sociabilidad privada, no es ‘caso lo mejor comenzar por considerar los suefios, las representaciones imagin Flas de la perfecta morada, y partir del paraiso, de la estancia de los elegidos en el ‘otro mundo? De los textos que lo deseriben, cabe fijarse ante todo en los que cita Jacque Le Goff en su Purgatorio (pp. 152-153) procedentes de la més alta Edad Media. Segin la vision de Sunniulfo, relatada por Gregorio de Tours, ios que triunfan en las pruebas de este mundo acceden a a gran mansién resplandeciente de blancura», es decir, algo semejante a o que aleanza a ver dos siglos mas tarde otro visionario: «Al otro lado del rio, grandes y altos muros resplandecientep»; San Bonifacio, sin em- 1 argo, que es quien deja constancia de este segundo suefio, pone en guardia a sus lectores, y explica: «Se trataba de la Jeru- salén celestial». Por tanto, no una mau sin, sino una ciudad: Ia metifora es poli tice, urbana, se refiere 2 la ciudad que, a pesar de su decadencia de entonces. sigue siendo fascinante gracias a todos aquellos monumentas al borde de Ia ruina que traen a colacién el recuerdo de Roma, un refugio —pllblico desde Inego— dispuesto 1 acoger a todo el pueblo de Dios. Por otra parte, las arcadas que enmar- ccan las figuras de los evangelistas en Jas miniaturas carolingias no evocan precisa mente una carte, sino los porticos del forum. Sobre esta imagen primitiva vino ‘mis tarde a superponerse la figura domés- tica: Ja iglesia romana pretende seguir apareciendo como Is representacion de una fortaleza y, sin embargo, sigue siendo ante todo morada: sobre el timpano de la abadia de Conques, a la derecha del Cris- to-juez, del lado bueno y oponiendo sus aliengeiones sosegadas al desorden de la parte izquierda en el que se ven engullidos os condenados, puede distinguirse un simbolo arquitectonico: unas hornacinas abiertas a un lugar de concordia —a esa 2 de la que se disfruta en comunidad en el corazén de la clausura—, pero cubier- fas como por un manto y reunidas en uns habitacion colectiva por wna sola techum- bre protectora. Por la misma época, Ber~ nardo de Claraval apostrofaba al paraiso en estos terminos: «Oh mansion maravi- llosa, preferible a las mis queridas tien- das», es decir, como un recinto solidamen- te construide para afincarse en él y des- cansar tras la vida inestable, desorientada, del homo viator: una morada, indudable- mente Dejando el mando de lo imaginario propio de los hombres de la Iglesia y pasando ya al de la caballeria, hay un texto escrito a fines del siglo Xill para Ia diversion mundana, en el cual, aungue consiruido sobre un tema sagrado, el espititu cortés penetra de manera casi sacrilega; se titula la Court de paradis (lit. Corte de paraiso © poradisiaca). «Court» con una t, 0 sea curtis. Pero también curia: Dios Padre «quiere reunir su corte», tuna corte plenatia, el dis de Todos los Santos. Convoca, por tanto, a los sefiores y @ Jas damas de gu casa; sus heraldos van ‘por los dormitorios, las cimaras y los refectorios». La mansion es vasta, distri- buida en varias piezas, como lo estin en esta epoca los castillos mis modernos, estanco cada una de ellas reservada a una categoria particular de la sociedad domés- tica: una cdmara es para los angeles, otra para las doncellas... En cualquier caso, la reunion que va a celebrarse es la propia de tuna familia, y, de Recho, lo que Jesucristo tiene ante sus ajos es su «mesnada», «apa rejada para regocijarse». He aqui la expre- sidn clave: una fiesta y, en esta ocasion, un baile. En el lugar de honor preside la seftora de Ia casa: Nuestra Sefiora. Miisica y danza: la sociedad entera invitada a ‘cantar. Ingenuamente, se nos muestea el 12 (1987) ARV paraiso como una casa jubilosa, reunida, al unisono del senior, cuyo deber consiste en wentretener a la corte», Aqui se interfieren Ia visi sagrada —alegria inefable. c: caridad unificanto— y le tés —el amor delicado que, a catidad, reine en un cuerpo. pai orden, @ todas los comensales cipe Un poema como éste nos llev tar las pesquisas hacia Ia literatura de evasion cuyos vestigios se multiplican a ppattir de finales det siglo xu. E Gesoubren mansiones de ensueio que ya no son celestiales. De los textos mas Sigt Ficativos, analizados durante uno de nues tros encuentros en Sénanque por Michele Perrot, emergen principaimente tes im- presiones. La primera es la de una impres cindible clausura, y se advierte asi, en cuanto nos aproximamos al umbral ds sigio Il, cémo se-despuebla el sirea cit- ‘cunserita por estos muros y cémo se con- vierte en el marco de una aventura solita- Segundo rasgo: Ia imagen doméstica ideal se halla muy fuertemente erotizada cen aquellas obras compuestas por «jave- nes», por hombres eéiibes; Ia imagen es la de una especie de reserva de mujeres, encerradas, guardadas y tanto més tenta- doras: Ja torre de las doncellas, lena de muchachas. Se transparenta aq tasma recurrente y reprimido de copulacién que tamt se —aungue traspuesto a mito de los origenes— en el relato de Dudon de Saint Quentin, de comienzas del siglo x: también en aquellas conversaciones mani- rel cura Clergues en Montaillou que los de- fensores de la ortodoxia proyestaron a su vez, con intencién difamante, sobre las reuniones secretes, nocturnas y fascinan- tes de las sectas heréticas, Sin embargo, en Ja novela cortés, cuando ha de ubicarse e! juego amoroso —cuando, une vez forza- do el recinto cerrado, el héroe logra apo- derarse de une de las mujeres. probibi- das— la unién adiiltera tiende a consu- del prin- ellos se A&V (1987) 12 cuando es ilicito, ha de Por el conteario, en el suefio profuno (y sta es Ia tercer a perfect oscuridad accsada por sminarias. “La za con el recuerdo de sobre el Orontes, de las deli- de todos los aderezos imaginables. sin abundantemente poblada, exultante, y la casa perfecta como un paraiso relum: rante, preparado para las dichas de la EI peligro: las mujeres a amenaza el orden establecido rdamente de lo mas inti oportuna, ya que en ningén momento resultaban inguietantes las. alteraciones provocadas por las mujeres del servicio sobre las que gravitaba, con todo su peso, el poder de fa dueaia de la casa. El proble. ima de la paz, de la paz privada, se plan- teaba solamente 2 propésito de las muje- res de alta cuna: por ello, precisamente, se hhaileban estrechamente vigiladas y se les exigia sumisién. El eje mas sblido del sistema de valores al que se hacia siempre referencia en fa casa noble para la buena conducta se apoyaba en este postulad fondado a su v2 en Ia escritura: que las mujeres, mis débiles y més inclinadas al pecado, debian hallarse muy controladas, E| primer deber de jefe de la easa era el de vigilar, corregir, y alin matar, si era preci- 50, @ $u mujer, a sus hermanas, a sus hijes, alas viudas y'a las hijas huérfanas de sus hermanos, de sus primos y de sus vasallos. La potestad patriarcal habia de mante se reforzada Sobre la feminidad, porque la feminidad representaba el peligro. Se in- tentaba conjurar este ambiguo peligro en- cerrando a las mujeres en el lugar mas estanco del espacio doméstico, es decir en Ja wedmara de las damasy, que 20 bay tomar por tn espacio de la seduccion, del placer, sino més bien pof un lugar de relegacién: se las recluia alli porque los hombres las temian, Los varones tenian acceso a la cdmara y, en particular, el amo con toda libertad; los relatos nos lo pre- sentan en ella de buena gana, acudiendo al anochecer, después de la cena, para tomar la fruta, relajado, con la cabeza sobre las rodillas de las’ doncellas de Ia familia que le tastoment, le peinan, o le espiojan: se trataba de uno de los place- res de los seniore, de los afortunados que cjercian su dominio sobre una casa. Habia también otros hombres a los que se intro- ducia en la cdmara.para las diversiones intimas, para la lectura 0 para el canto, pero eta el patron quien los escogia y requeria su presencia, acogiéndolos en vi- sitar transitoria: Ia literatura de_ficci6n le tinica o easi la Ginica fuente de infor- macién— no refleja como residente en la cémara a ningim varén con las excepcio- nes del jefe de la casa y de sus jovencis ‘mos reiofios, asi como de los heridos 0 enfermos, encomendados hasta st cura- cidn a los cuidados femeninos. BI gineceo, entrevisto por los hombres pero del que se hallan naturalmente excluidos, se ofrece a sus ojos como un dmbito «extrafio», como un principado segregado cuya goberna- cién ostenta, por delegacién de su sefior, la sefiora, y que esti ocupado por una 23 1 poblacién hostil y seductora cuya parte is (ragil es Ia que se encuentra Ia Jas veces mas estrictamente encerrada y oculta, es decir, todavia mejor, en una comunidad religios ‘ento interior regido por una reels y pue to bajo la autoridad de una supe ro es la esposa del sefior, sino un: de la parentela o una mujer so hha conseguido casarse. La parte femenina de la familia constituye por tanto un cuer- po autosuficiente, un Estado dentro del Estado que escapa al poder de cualquier var6n, salvo el del jefe de la casa, por mas que no se trate sino de un poder de contral —como el de un soberano— y sea frecuente que haya eclesiasticos que se lo disputen so pretexto de la direccién de Accste inquietante grupo de mujeres se le adjudicaban tareas especiticas, porque fen tanto que scres demasiado fragiles y cuya ociosidad se consideraba parti mente peligrosa, era preciso que estuvie- ran ocupadas. B] ideal estaba en un repar- to equilibrado entre la plegaria y el tra- bajo, sobre todo el trabajo textil. En la ‘Amara se hilaba, se bordaba y cuando los, poetas del siglo Xt tratan de concederles la palabra & las mujeres componen cancio- nes «de hila», De las manos femeninas salian, en efecto, todas las prendas de vestir del grupo familiar, asi como los tejidos oramentales que decoraban la ci- mara misma, la sala y la capila, es decir, tuna parte considerabie de lo que llamaria- ‘mos la creacién attistica, tanto sagrada como profana, aunque realizads en mate- riales tan perecederos que sélo 2! infimos jirones subsisten en fa setuslidad ‘No obstante, ni las oraciones ni las tareas aludidas —llevadas a cabo en equipo ‘como lo eran por parte de los hombres la guerra y la caza— eran suficientes para tranguilizar a los varones, persuadidos como estaban de ia perversidad estructu- ral de la condicion femenina, sujetos a ‘una inquietud obsesionante y maniaca: igué es lo que hacen las mujeres cuando estén juntas, a solas, cuando se hallan encerradas en la camara? 24 ‘Los gajes del honor En un tiempo en el que fa Iglesia seguia conservando ain casi integramente el mo- nopolio de la escritura —razbn por la que précticamente s6lo es accesible a! historia dor el pensamiento de los eclesiasticos—, son los moralistas quienes parecen sentir se mas inequivocamente obsesionados pot la inquietud de los placeres culpables a los que, sin ningin género de dudas, se entre- gan las mujeres en el gineceo, o bien solas, © bien con sus compafieras y con los adolescentes. Porque la mujer, 1s mujer joven, segin se lee en una de las versiones ela vida de santa Godelieva compuesta @ ‘comienzos del siglo XM, se siente siempre entregada al aguijén incontenible del de- seo; lo satisface habitualmente mediante la homosexualidad, y esta grave sospechs se ve favorecida por la practica general de acostarse varias personas del mismo sexo ‘en un mismo Iecho. Por lo demas, en su vida privada se supone que ls mujeres intercambian unas con otras Jos secretos de un saber al que los hombres no tienen acceso y que transmiten a las mas jovenes aguellas «vigjecitas» presentes en multitud de relatos, como las que, por ejemplo, en la case paterna de Guibert de Nogent anudaban o desanudaban los herretes, © ensefiaban en las aldeas las operaciones migicas que un Etienne de Bourbon per- seguia en el siglo xu. El poder mascufino se sentia impotente ante los sortilegios, los filtros que debilitaban o curaban, estimu- Inban el deseo o lo apagaban. Se detenia a Ja puerta de fa camara donde se concebian las hijos y desde la que mis tarde se los empujaba a Ia vida exterior, donde se curaba a los enfermos, se lavaba a los muertos y en donde, bajo la autoridad de la mujer, en lo mas privado, se extendia cl dominio tenebroso del placer sexual, de la reprodueci6n y de la muerte. ‘La sociedad doméstica estaba, por tan- to, atravesada por una franca separacion entre lo masculino y Io femenino, riguro- samente institucionalizada y que reper- catia sobre la mayor parte de los compor- tamientos y de las actitudes mentales. En cl interior de Ia casa sélo la conjuncién oficial, ostensible, piblica, unia al sefior y a la sefiora, y toda la organizacion de la casa estaba dispuesta de tal modo que semejante encuentro fuese perfecto, o sea fecuado. Pero no dejaban de producirse otros muchos encuentros, ilegitimos y ‘ocultos, Hay mil indicias que nos hablan de la exuberancia de una sexualidad pri- vada que se desplegaba en los lugares y los tiempos mas propicios, los det secreto y Ja oscuridad —la umbria del vergel, Ia bodega, los rincones—, asi como durante Jas tinieblas nocturnas que las pocas velas que habia no eran capaces de traspasar, tal como ocurria también en el monaste- rio, En un espacio asi, tan mal clausura do, les resultaba facil a los hombres desli- zarse basta el Iecho de las mujeres; de ‘hacer caso a los moralistas y a los autores de relatos era, sin embargo, mas frecuente ef transito a Ia inversa: sin obstaculos para las uniones fugaces, la casa se muestra lena de mujeres provocativas y dispuestas ‘a consentir con facilidad. El caso se dari desde luego, con las sirvientas, pero como no pasaba de ser un asuato de poca mon- ta, nila literatura doméstica ni el relato ros hablan demasiado de ellas, Se trata 12 (1987) A&V mis bien de las mujeres de la fail, madrastas, cufladas 0 tias, y puede adivi- narse, en casos no infrecuentes, el incesto ceasional. Entre tales parientes, las mis activas, de acuerdo con lo que se nos cuenta, eran las mujeres bast Familia, hijas del padre, de los tios candni- pos, madres x su vez de futuras coneubi- nas. {Y qué sucedia con las «doncellasy, hijas legftimas del ama? {Se las of veras con toda liberal errantes, de acuerdo ‘buena hospitalidad, como pretende hacer- nos crver le literature de diversion? ;¥ es cierto que los hombres se veian arranca- dos de su sueiio por unas féminas insacia- bles con tanta Frecuencia como se nos relata en las biografias de los santos? 70, en todo caso, eS que idad asi, que reunia en toro a la pareja convugal a tantos hombres y mujeres solteros, su inevitable promiseui- dad y la conducia prescrita con respecto a los hnuéspedes, amigos o extrafios, ante los cuales era de buen tono exhibir a las mujeres de la casa como se exhibia el tesoro —por vanidad— eran cosas que mantenian viva en el sefior responsable del orden doméstieo y de la gloria familiar luna preocupaciéa primordial, que era Ia del honor. Todavie esta por’ escribir la historia del honor que Lucien Febvre Pedia hace mucho tiempo que se escribie- Ta. Al menos es evidente que en los tiem- pos feudales, ei honor, empaiiado por el miedo a la afrenta, era asunto masculino, piblico, pero que dependis esencialmente del comportamiento de fas mujeres, o sea de lo privado. E] hombre se veia abocado a Ja infamia por obra de les mujeres sometidas a su autoridad y en primer lugar por la suya. El gran reto, tal como Jo describe la literatura cortés, invitaba a los varones jévenes, para manifestar sw valor, a seducir 2 la sefiora, a apoderarse de ella. Un reto y un juego, pero que se hhallaba inscrito en un marco real, el de la vida. Indudablemente, ta esposa del amo era codiciada y el deseo que inspiraba, sublimado en delicado y superior amor, se empleaba, como ya se ha visto, como un A&Y (1987) 12 medio de disciptinar a la juventud domés- tica. Habia enérgicas prohibiciones que impedian su posesiin efectiva, pero no dejaba de acontecer en ocasiones que se la tomara por la violencia. El lugar atribui- do u Ia violacién en la intriga de los relatos de entretenimiento refleja con toda evidencia la realidad: jeémo dejar de esta- bdiecer ci paralclismo entre el briban de Renart gozando de la reina y Geoffroi Plantagenet forzando a Leanor de Aqui- tamia en la propia casa de su esposo, el rey de Francia? También podia sueeder que fuese la dama quien se entregara. Obse- sion por el adulterio, mientras espian to- dos los ojos y los envidiosos acechaban el encuentro dé los amantes. El tributo a la vergtienza consistia ante todo en extender una pantalla frente a lo piibliea: el temor de verse infamado por Jas mujeres de la casa explica al mismo tiempo la opacidad dispuesta en torno a la vida privada y el deber de vigilar de cerca 2 las mujeres, de mantenerlas enclaustra- das en la medida de lo posible y, si no habia otro remedio que dajarles salir para Jas ceremonias de ostentacion o para las devociones, hacerlas escoltar. Cuando la mujer salia de viaje, todo el cuerpo de casa se_desplazaba, asegurando asi su sconducta», a fin de que no pudiera resul- tar seducida. Durante la larguisima pere- grinacién que hizo a Roma a mediados el siglo x1 Adela de Flandes, permanecié recluida en una especie de casa ambulan- 41 Et ey de Norgalessorprende a su hija en bs brazos del eaballeto Gawain, 2 La doncallaraptada Iteacion det Roman de Trision 3. La sje fila en se esclsibn mientes tos Sabalerosdeparien La estangueidas, in embargo, no era perfect Iistracion dele Fiore Solactique de Pizre le Mangour 4 Eleistigo. Mstracién det Romar dela Rove 5 Mlstracion de la Bilin ce Sts Lorenzo de Lisi Sito x1 tes, una litera con lis cortinas constante- ‘mente echadas, Mujeres encerradas, esca- pandose a veces, de madrugada, como Corba de Amboise, raptada —y encanta- da de serlo— por sv primo, al salir de isa, en Tours. Mujeres secuestradas den- ‘ro del recinto familiar, para que los hom: bres de la casa no se vieran salpicados por sus desatinos, y pudieran éstos mantener se camuflados en el secreto de la privacy, Salvo en el caso de que la falta o el adulterio pudieran aprovecharse para des- hhacerse de una esposa estéril o pesada, 0 de una hermana de la que se sospechaba que iba a solicitar una parte de la heren- cia. Entonees el jefe de la familia descorria el velo, fanzaba el grito, y publicaba ~hacia publico— el desliz femenino, a fin de poder castigar con toda legitimidad a la culpable, echarla de casa, si es que no decidia quemarla viva a