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a aT ,Quién le tiene miedo a Demetrio Mi casa, miércoles31 de julio Hoy cs mi cumpleafios. Y estoy escribiendo acd, en mi diario. Me lo acaba de regalar mi tia Eulalia. ‘Mi tia Eulalia viene de visita para los cumpleaiios. y para las fiestas (escribo “fiestas”, asi aman en la te- levisién a Navidad, Afio Nuevo, etcétera, pero en mi ‘casa no hacemos muchas fiestas; es més, nunca hici- ‘mos ninguna). Lo que quiero decir es que viene en oca- siones especiales, ya que se fue a vivir a Mar Bueno, a trescientos kilémetros de aqui, porque buscaba inde- pendizarse de la familia, Eso me cuenta cada vez que viene: “Me fui a Mar Bueno antes de que nacieras para independizarme de la familia, jpero los extrafo tanto! Y ahora, sobre todo, a vos”. Alla, en Mar Bueno, es vi- drierista, o sea, decora vidrieras, y siempre que puede viaja por el mundo con su amiga Chichi, que es soltera como ella. Hablo primero de ella porque fue la que me regalé cl diario. ¥ porque creo que es mis facil hablar de los ‘otros que de uno mismo. Pero me Ilegé la hora. Me presento: soy Demetrio Latov, hoy cumplo doce aftos y me aburro como un hongo. Primera verdad sobre mi vida: no tengo amigos, No conozco chicos de mi edad. Aunque suene rato, asi. ‘Nunca me Ilevan a ningén lado ni me dejan salir solo. Hoy e5 mi cumpleatios (ya lo dije) y ningin invitado. Bueno, si, tros,y mis padres, que son muy buenos. Pero no chicos de doce aftos. Ni de once ni de trece. Ninguno. Segunda verdad (me da vergiienza ponerla) no voy al colegio. Mis padres no me mandan. No sé por qué. ‘Cuando les pregunto me dicen cualquier cosa. Pero no tengo ganas de hablar de eso ahora. tia Eulalia, mi abuela, que vive con noso- Dejé por un rato el diario porque no sabia qué po- nef, pero ahora lo agarro de nuevo. Le dije a mi tia —Me da mucho trabajo escribir en mi diario. Sien- to que tengo que pensar en cada palabra. ‘Mi tia Eulalia se rid y después me contesté: —Te cuesta estrenarlo, Pero vas a ver dentro de unos dias. Vas a volver corriendo del lugar al que ha- yas ido para buscar tu diario y te vasa poner a escribir desenfrenadamente. Dentro de unos dias. Y siguié nombrando todas las cosas que me pasa- rian con mi diario dentro de unos dias. A ella le gusta usar palabras como “desenfrenadamente” y cosas asi No sé lo que voy a hacer dentro de unos dias, ni si voy a escribir en mi diario, pero mientras mi tia hablaba, ‘me puse a imaginar que mis padres me dejaban ir solo ala ciudad y que yo daba vueltas,tomaba el tren, ibaa acscucla, todos me saludaban, etcétera,etcétera. ¥ que después subia por el sendero de la montafia corriendo, y Ilegaba a mi cuarto con la lengua afuera La verdad, aunque me duela,es que yo fui pocas ve- ces a la ciudad, y hace tanto tiempo que es.como si no hhubiera ido nunca, Desde el baleén de mi cuarto la veo, bien chiquita, como si estuviera a mis pies. A veces pienso, cuando la miro, que la podria agarrar con la ma- no, Pero de esto tampoco tengo ganas de hablar ahora. De lo que si tengo ganas de hablar es de las tapas de mi diario, Mi diario es gordo, mas chico que un cua- derno. Venia en una caja de cartén que decia: Color: carmest” No me acordaba de cuAl era el color carmesi, y le pregunté a mi ta —Rojo. Rojo carmesi —me contest Enseguida se pusora cantar: “Tus labios de rubi, de rojo carmesi, larailai ra la lai.” (etcétera) ‘A mi el rojo ¢s el color que mas me gusta. Abri la ‘aja Alli estaba el diario Lo abri. Le oli las hojas. Lo acaricié. Le di mas ‘wueltas que a una pelota. Mejor dicho, yo di ochocien- tas vueltas alrededor de mi diario antes de empezar acscribir. En eso, en medio de todas esas dudas, pas6 mi abuela. Mi santa abuela. Y dijor —Qué costumbre mas antigua, regalarle un diario aun chico. ‘Mi abuela es la persona mas antigua que conozco, y eagrada lo antiguo: las puntillas, las costumbres anti- guas,los cuentos antiguos la vista al cementerio antiguo, Pero evidentemente quiere tener un nieto moderno. Por un lado, me Heva al cementerio a charlar con los pa- rrientes, me cuenta historias viejisimas, pero, por el otro, cuando alguien me quiere anticuar,a ella no le gusta De todas maneras, a mi si me est gustando la idea antigua del diario. Escribir en el cuaderno escarlata. Rojo carmesi. Si tuviera un amigo, capaz. que hasta le regalaria un diario, para que escribicra las cosas que le pasan a él ‘A mi no me pasan cosas grandes, debe ser porque los que me rodean no son muchos. Mi familia de los vivos y mi familia de los muertos. Nada més. Después, a la noche, vamos a ir con mi abuela a contarles a los muertos lo de mi cumpleatios. El tinico amigo que tengo es Rouch, el lobo blanco. Mi casa, jueves 1 de agosto Estoy en el balcén de mi cuarto, que da al Este y mira a mi ciudad. Casas y caminos, alld abajo. Si esti- rara la mano, la podria alcanzar. En el medio hay una mancha verde. 10 —La plaza —me haba dicho mi abuela—, jte acordas? Cuando eras més chico a veces te llevabamos. — Podemos ir? —Tus padres no quieren. Pero, qué les pasa a mis padres que no me dejan ira mi ciudad? En esas calles viven mis amigos y todavia no los conozco. Cuando sea mas ey ee rodando de esta ‘montafia. Quizés en el préximo cumpleafios me anime. ‘Muchas veces pienso en escaparme y algunas veces lo intenté. La primera ver Ilegué hasta el camino de aromos, pero me hizo dar vuelta tras el chillido de un pijaro al que imaginé gritando mi nombre. La iltima, logré acercarme hasta el arroyo, y me asustaron las vo- ces de unos pescadores. Alli estaban, en la otra orilla Me subi a un arbol y me quedé escondido, espiando. En todo el rato que estuve no pescaron nada. Conver- saban poco y en un momento se empezaron a pasar una flauta de pan a la que daban mordiscos. En eso, uno de ellos levanté la vista y creo que me vio. Me ba- jé del arbol y no paré de correr hasta llegar a mi casa Mi madre me esta Ilamando para tomar el té. Lo tomo y vuelvo para contar la visita al cementerio. Volvi. Anoche fui con mi abuela al cementerio, a visitar a los parientes y a que me dijeran “Feliz.cum- pleafios”. Muchas noches voy con mi abuela al ce- menterio, Por supuesto que no al de la ciudad, sino al u que queda en el fondo del jardin, justo donde empieza el bosque, Mi tatarabuelo Lart es el mejor contador de histo- rias que jamés he conocido. Cuenta historias de terror y de vampiros, donde hay mucha sangre y cosas mis- teriosas. ‘Mi abuela se enoja un poco cuando mi tatarabuelo empieza con las historias, y le dice: —Dejé en paz al chico. Todo cambié desde que te moriste lo sabré yo... contesta mi tatarabuelo desde su tumba, y larga una risotada que hace volar un poco de tierra. La tumba de mi tatarabuelo es la tercera empezando por la izquierda. Las tumbas son quince y se encuen- tran casi en semicirculo, Son tumbas bajo tierra, cada tuna con su lapida. El cementerio es mas 0 menos asf: 2 Entre las tumbas hay pasto crecido y es medio sal- vaje. Cada tanto voy con mi papé a arreglar, aunque lo dejamos asia propésito. Un poco de maleza por aqui, ‘tro poco por alld. El me dice que es més lindo de esa ‘manera, y yo creo que tiene raz6n. La cuestién es que anoche nos sentamas en la pie- dra que cubre la tumba de mi tatarabuelo, ya es cos- tumbre sentarse en esa piedra. De todas formas, los de- mas también participan en la conversacién, pero mi tatarabuelo es el que Hleva la batuta. Dicen que era asi también en vida (esto lo dice mi tatarabuela Argenta, ‘enterrada a su izquierda). Luego de haberme cantado el “Feliz cumpleafios”, mi tatarabuelo, para variar, se puso a hablar de mi abuelo, —Ese simple mortal —suele llamarlo asi, “ese sim- ple mortal”, en vez de “Alberto”. — ;Qué pasa con ese simple mortal? —pregunt6 entonces mi abuela, —Haberte casado con ese simple mortal. Qué des- perdicio —contesté mi tatarabuelo—. Y no haberle dado ni siquiera un beso. — {Claro que le di un beso! —exclamé mi abue- Ja. Ademis, ge6mo te creés que nacieron tus bisnie- tos, Eulalia y Conrado? Ademis, ,quién no fue un simple mortal alguna vez? —Si, pero tu marido: el més mortal de todos.Sigui6 mortal después de muerto. No como nosotros, que po- demos sentarnos a conversar aun debajo de cien kilos 1B de tierra. No hiciste lo que tendrias que haber hecho de acuerdo con nuestra estirpe, eso ¢s lo que pasa. —Lo queria demasiado como para hacerle eso. ~Y de alli, entonces, empezaron a salir estos en- gendros. Esta descendencia mortecina. —jAbuelo! ‘Yo no entendia del todo estas conversaciones, no sa- bia qué querian decir exactamente con eso de “mortal” y “no mortal", lo de no hacer lo normal para nuestra estirpe. ¥ evidentemente mi abuela no queria que en- tendiera porque me mandaba a poner flores a uno y flores a otro, y a que regara con Sanrecol. Pero estaba seguro de que cuando el tatarabuelo habia dicho “es- tos engendros” y “descendencia mortecina’, se habia referido a mi, A lo que la abuela, después de gritar: “{Abuclo!”, respondié: —Nada de engendros. Gente civilizada —Si, gracias a la civilizacién y al invento del San- recol hemos perdido nuestra valentia y nuestras ganas de tragarnos el mundo, —Sobre todo nuestras ganas de tragarnos el mundo, Jo que me parece muy bien —contest6 la abuela. —Ja, algiin dia uno de los nuestros... —el tatara- buelo hizo una pausa. Luego casi pude ver su dedo debajo de la tierra, sefialndome— Seris vos, mi tata- ranieto,el que recupere el honor de la familia y las vie- jas costumbres. —Luego cambié el tono:— Al chico también le dan Sanrecol? “4 —No es necesario. Su padre tuvo que tomarlo has- ta los veinte afios. Después listo. —Si, pero no olvidemos que su madre también proviene de una familia de las nuestras.¥ sin intrusos como tu marido, verdad, pero su madre también tomé Sanre- col. No queda un rincén de la Tierra en donde no se haya dado Sanrecol a los que son como nosotros. — Ahora solo queda esperar — Esperar qué? —Que el chico despierte. Que vomite todo ese San- recol que han tomado sus padres. —iAh, qué absurdo! —No olvides que Fue una de las posibilidades que se podrian dar, segtin el médico: que los descendientes refuercen los impulsos incivilizados. Que el Sanrecol haga el efecto conteario en los nuevos nacidos. —No hubo ningtin sintoma de esto. — Por las barbas de Tatuto que pasar como digo! Yo andaba regando con Sanrecol la tumba de la tia bisabuela Ninf, aunque no quedaba gota en la regade- 1a, Pero desde ahi podia escuchar Ia extrafia conversa- ci6n. En eso, mi abuela dio vuelta la cabeza y me vio. —Cht —le dijo al tatarabuelo, Y a mi-— Vamos? —Pero abuela, el tatarabuelo no me conto todavia ninguna historia. —Oro dia —y me agarré de un brazo y nos tuvi- mos que ir. Casi sin saludar. 45 Por el sendero le hice varias preguntas a mi abuela, pero no me quiso contestar ninguna. Bueno, me las contest6 todas, pero ninguna con la respuesta correcta. Yo no quiero decir que mi abuela mienta, pero lo que si puedo decir es que mi abuela no quiere que sepa al- sgunas cosas. Por ejemplo: — Por qué el abuelo Alberto no esta enterrado en este cementerio? —Porque cuando él se murié ya no permitian en- terrar més en los cementerios de jardin, habia que ha- cerlo en el cementerio de la ciudad. — Por qué el tatarabuelo te dijo que no hiciste lo normal para los de nuestra estirpe? —Ah, veo que estabas escuchando. Lo que quiso decir tu tatarabuelo es que yo nunca me aproveché de la bondad del abuelo, El abuelo era muy bueno, pero yo nunca abusé de eso. — {Hacer lo normal para nuestra estirpe es abusar de la gente buena? — Noo! El tatarabuelo no quiso decir eso; en reali- dad, lo que queria era hacerme enojar. Es su manera de divertirse, hacer enojar a los demas. No le hagas caso. —Claro, claro, para hacerte enojar. Otra cosa: nunca me-explicaron bien para quées el Sanrecol. Por qué lo tuvieron que tomar mis padres? Por qué regamos el cementerio con Sanrecol?