Fiesta de la Trinidad

11 junio 2017

Evangelio de Juan 3, 16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
— Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no
perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino
para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no será condenado; el que no cree ya está
condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

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SOMOS EL HIJO ÚNICO DE DIOS

Es característico del lenguaje religioso que únicamente tenga sentido
para quienes comparten esa religión. Porque se trata de un “idioma particular”,
que utiliza las claves propias del mismo.
Por eso, cuando se toma en su literalidad, solo será captado por aquellas
personas que comparten ese mismo credo y, además, se hallan situadas en el
mismo nivel de consciencia en que el texto fue escrito.

Eso es lo que puede ocurrirnos en la lectura de este texto. Da por
supuesta la existencia de Dios, como un ser separado, y quiere mostrarlo como
amor hacia la humanidad. Y la “prueba” de ese amor es que entrega a su
propio Hijo.
Mientras lo lee una persona cristiana que se halla en un nivel de
consciencia mítico y en una perspectiva dual (mental, teísta), el texto no ofrece
dificultad, porque está escrito precisamente en esas mismas claves.
Para un cristiano que se encuentra en ese estadio, se trata sencillamente
de la adhesión mental a una creencia: Dios ha enviado a su Hijo, para
salvarnos, y eso constituye la mayor prueba de su amor por nosotros.

Sin embargo, en cuanto se modifica la perspectiva del lector –porque ha
superado el estadio mítico o empieza a moverse en una perspectiva no dual-,
las dificultades surgen inmediatamente. Porque se han modificado las “claves”
de lectura y, con ellas, las imágenes empleadas.
Si, por otro lado, se acerca al texto una persona no religiosa, no podrá
entrar en sintonía con él, ya que su propio “idioma particular” constituirá un
obstáculo prácticamente insalvable.
Con todo ello, parece que será necesario un doble cuidado en su
“traducción”: por un lado, habrá que utilizar un lenguaje “universal”, en el que

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todos puedan reconocerse; por otro, habrá que trascender la literalidad y
desentrañar el contenido que se percibe desde la perspectiva no-dual.

Si el término “Dios” hace referencia al Misterio de lo que es, su “Hijo” es,
sencillamente, todo lo que percibimos. La tradición cristiana lo ha personalizado
en Jesús de Nazaret. Pero, desde la no-dualidad, Jesús es sencillamente
expresión de lo que somos todos.
Hablar de un Dios personal que “entrega” a su Hijo para salvarnos, y que
eso se presente como prueba de amor hacia nosotros, se parece demasiado a
una proyección de nuestros modos humanos de hacer. Sin embargo, la intuición
es acertada: el Misterio de lo que es, se nos está “entregando”
permanentemente en el despliegue de todo lo que se manifiesta. Por eso, en
cualquier persona, en cualquier objeto, en toda circunstancia, podemos apreciar
su “rostro”. Y, más allá de las “peripecias” existenciales que nuestra mente
toma por “reales”, ese Misterio es amor desbordante.

Porque el amor no tiene que ver con lo emocional ni, mucho menos, con
los apegos característicos del yo apropiador.
Amor es la consciencia clara de no-separación de nada. Por eso, es la
primera constatación: no existe nada separado de nada; todo se halla
admirablemente interrelacionado, es decir, todo es amor. Más allá de lo que
ocurra, más allá de cómo se sientan los yoes, todo constituye una única red, de
la que nunca podremos separarnos.
Quizás sea este hecho el que ha llevado a las religiones a proclamar que
el “primer mandamiento” había de ser el de “amar a Dios sobre todas las
cosas”. Con el cambio de perspectiva, lo que pudo parecernos una exigencia de
un Dios celoso, lo percibimos como una declaración de sabiduría: amar a Dios
sobre todas las cosas significa reconocer la unidad de todo, y vivir en
coherencia con ello.

Quien percibe esto, ya está “salvado”. Quien no lo percibe –añade el
texto- “ya está condenado”. Pero no porque no tenga una adhesión mental a la
persona de Jesús –como entendía la lectura mítica, que condenaba a quienes
no profesaran, mentalmente, la “fe verdadera”-, sino porque permanece en la
confusión de creer que somos como islotes separados, y que el pequeño yo o
ego constituye nuestra identidad última.
Creer en el “Hijo único de Dios” es abrir nuestro corazón y nuestra
mirada a reconocer que todo es Uno: todos –todo- somos el Hijo único de Dios,
la expresión que toma el Misterio en tantas formas cambiantes.

www.enriquemartinezlozano.com

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