LOS SIETE (Y MÁS) PECADOS CAPITALES

DEL MAL HISTORIADOR

"...la historia que se nos enseñaba a hacer
no era, en realidad, mas que una deificación
del presente con ayuda del pasado. Pero
rehusaba verlo -y decirlo-".
Lucien Febvre, Combates por la historia, 1953.

La mala historia es mil veces más fácil de hacer y de enseñar que la buena historia, que la
historia crítica. Por eso, entre otras razones, ha proliferado tanto y se ha mantenido viva, en
nuestro país y en muchas otras partes del mundo, durante tanto y tanto tiempo.
Pero si es mucho más fácil y exige mucho menos esfuerzo ser un mal historiador, también
es cierto que la medida de esa dificultad reducida y de esos magros esfuerzos, es igualmente
la medida de los limitados resultados y de las pobres obras históricas que se obtienen.
Porque el fruto directo de esa mala historia hecha y enseñada, son justamente esos libros
aburridos y pesados en tantos sentidos, que nadie lee y que nadie toma en cuenta, con la
excepción de los pobres estudiantes a los que se obliga literalmente a revisarlos y a
consultarlos, para poder obtener la nota o la calificación necesaria correspondiente.
Libros y artículos que duermen en las bodegas de las editoriales universitarias, o en los
anaqueles de las librerías y bibliotecas públicas, que sólo se dedican a repetirnos por
enésima vez, en relatos grises y sin chiste, las "Actividades del Congreso Constituyente del
Estado de x, en el momento de la revolución de Y" o "La biografía del general M, líder del
movimiento N, en los años de 18.. 19..", o también "La historia del Virrey B, en el siglo c"
o "La historia de la inmigración E, y su influencia en nuestro país durante los años de la
Revolución F". Ensayos y libros que, en su mayoría, no contienen ni siquiera investigación
empírica nueva de hechos históricos relevantes, sino que en el peor de los casos resumen lo
ya dicho e investigado por otros autores, y en el mejor de los casos sólo rescatan el fruto
casual de algún trabajo directo de visita a cierto Archivo, realizado de manera azarosa y sin
sistema, y en el que los datos e informaciones que se recolectan no tienen ningún orden ni
sentido, al carecer de la definición de una problemática histórica específica, y de un sólido
cuestionario que hiciese posible organizar dicha recolección de aquellos datos y hechos
históricos que sean realmente los hechos significativos, en torno al problema concreto y
específico que se quiere resolver. Trabajos pues característicos de esa mala historia
positivista, perezosa y fácil, que generalmente terminan por recuperar y poner juntos, de
manera indiscriminada, lo mismo sucesos y datos importantes para los procesos históricos
generales, que acontecimientos e informaciones totalmente irrelevantes e inesenciales.
Mala historia, fácil de hacer y aburrida para enseñar, y que se plasma en una gran mayoría
de los libros de historia que hoy se escriben y se editan en nuestro país, y que generalmente
reproduce, en mayor o en menor medida, a los siete y a veces más pecados capitales" del
mal historiador, pecados que abordamos a continuación.
El primer pecado capital de los malos historiadores actuales es el del positivismo, que
degrada a la ciencia de la historia a la simple y limitada actividad de la erudición. Muchos
historiadores siguen creyendo hoy en día, en pleno comienzo del tercer milenio
cronológico, que hacer historia es lo mismo que llevar a cabo el trabajo de investigación y
de compilación del erudito. Y aunque ha pasado ya más de un siglo, desde la época en que
fue escrito el tristemente célebre Manual de Ch. V. Langlois y Ch. Seignobos, titulado
Introducción a los Estudios Históricos, este libro continúa siendo todavía la
Biblia de esos malos historiadores positivistas.
Como si todo el siglo veinte cronológico, y toda la historiografía contemporánea que
arranca con el proyecto crítico de Marx, desde los años de 1848, no fuese justamente una
protesta permanente y una crítica sistemática de esta versión empobrecida de la historia
que ha sido la historia positivista. Una historia que limitando el trabajo
del historiador, exclusivamente al trabajo de las fuentes escritas
y de los documentos, se reduce a las operaciones de la crítica
interna y externa de los textos, y luego a su clasificación y ordenamiento,
y a su ulterior sistematización dentro de una narración
que, generalmente, solo nos cuenta en prosa lo que ya estaba dicho
en verso en esos mismos documentos.
Historia positivista que se autodefine justamente como la "ciencia
que estudia el pasado", y que autoconcibiéndose a sí misma
como una disciplina hiperespecializada, ya terminada, precisa y
cerrada, es alérgica y reticente frente a la filosofía, la teoría, la
metodología, e incluso frente a cualquier forma de interpretación
audaz y creativa de los hechos históricos. Teniendo entonces horror
respecto de toda interpretación que se despegue, aunque solo sea
un poco, de la simple descripción de los datos "duros" "comprobados"
y "verificables", esta historia positivista reduce no obstante
dicha Verificabilidad' a la simple existencia o referencia de dichos
datos, dentro de un documento escrito de archivo, que sea siempre
posible citar, con toda precisión, en el pie de página correspondiente.
Una historia justamente enamorada de los "grandes" hechos
políticos y de las acciones resonantes y espectaculares de los Estados,
igual que de las "grandes" batallas militares, que es también
generalmente acrítica con los poderes y con los grupos dominantes
que existen en cada situación.
Y si bien es claro que sin erudición no hay historia posible, también
es una gran lección de toda la historiografía contemporánea,
desde Marx y hasta nuestros días, que la verdadera historia solo se
construye cuando, apoyados en esos resultados del trabajo erudito,

accedemos al nivel de la interpretación histórica, a la explicación
razonada y sistemática de los hechos, de los fenómenos y de los
procesos y situaciones históricas que estudiamos. Porque solo transitamos
desde esa erudición todavía limitada hasta la verdadera
historia, si reconocemos la importancia fundamental de este trabajo
de la interpretación y de la explicación históricas, que construyen
modelos comprehensivos, que ordenan y dan sentido a los hechos
y fenómenos históricos, integrando a estos últimos dentro de las
grandes tendencias evolutivas del desarrollo histórico, y estableciendo
de modo coherente y sintético, también los porqués y los
cornos de los distintos problemas investigados.
Porque ¿de qué nos sirve saber cuándo y dónde acontecieron
ciertos hechos históricos, si no somos capaces de explicar también
las causas profundas, mediatas e inmediatas, que provocaron y
suscitaron estos hechos, y si no tenemos la habilidad de explicar,
igualmente, las razones concretas y el sentido esencial que determinan
que tal hecho se haya producido en ese momento y no antes
ni después, en ese lugar y en ninguna otra parte, y además que
haya acontecido del modo concreto en que sucedió y no de otra
forma, teniendo por añadidura el peculiar desenlace o resultado
que tuvo y no cualquier otro destino posible?. Y son precisamente
todo ese tipo de preguntas, las que nunca se plantea el historiador
positivista, ocupado solo de expurgar los documentos de archivo,
para fijar únicamente las fechas y los lugares de los "hechos tal y
como han acontecido".
Marginando entonces a un plano secundario, cuando no ignorando
de plano, este nivel imprescindible de la explicación histórica,
y de la genuina reconstrucción del sentido profundo que tienen los
problemas históricos, los malos historiadores positivistas se dedican
solo a componer esas "colecciones de hechos muertos" que ya
Marx ha criticado acertadamente desde sus propios tiempos.
El segundo pecado capital del mal historiador es el del anacronismo
en historia. Es decir, la falta de sensibilidad hacia el cambio
histórico, que asume consciente o inconscientemente que los hom-
bres y que las sociedades de hace tres o cinco siglos o de hace más
de un milenio, eran iguales a nosotros, y que pensaban, sentían,
actuaban y reaccionaban de la misma manera en que lo hacemos
nosotros. Es decir, una historia que proyecta al actual individuo
egoísta y solitario de nuestras sociedades capitalistas contemporáneas,
como si fuese el modelo eterno de lo que han sido los individuos,
en todo tiempo y lugar, y a lo largo de toda la curva del
desarrollo humano.
Pero con esto, se cancela una de las tareas primordiales de la
historia, que es justamente la de mostrarnos, primero a los historiadores
y después a toda la gente, en qué ha consistido precisamente
el cambio histórico, qué cosas se han modificado al paso de los siglos
y cuáles se han mantenido, y también cuáles han sido las diversas
direcciones o sentidos de esas múltiples mutaciones históricas.
Y no para afirmar, al modo de la mala historia oficial y tradicional,
una "necesaria" evolución o progreso ineluctable y fatal de la
humanidad, sino más bien para comprender de manera crítica y
autocrítica, el camino que hemos recorrido y los muchos errores
que hemos cometido.
Así, no hay buena historia posible sin la capacidad de "extrañamiento"
y de "autoexilio" intelectual de nuestra propia circunstancia
histórica, y también de nuestros propios valores y modos de
ver, capacidad que nos prepara, justamente, para percibir y aprehender
realmente otras culturas y oíros modos de funcionamiento
de la economía, de la sociedad y de la política, y por lo tanto, para
comprender de manera adecuada esas otras etapas y momentos de
la historia que son también parte de nuestras preocupaciones.
¿Cuántas biografías "históricas" de personajes del pasado no
hemos leído, en donde su sicología y su actitud nos son tan cercanas
como si fuesen nuestros contemporáneos, a pesar de haber
vivido hace treinta, o cien, o trescientos o más años?. ¿Y cuántas
historias del siglo xix, o de la Independencia, o del periodo colonial
no hemos leído, que ignoran por completo que, en el transcurso
de uno o dos siglos y a veces en periodos aún más cortos, mutan
completamente las técnicas militares, o los hábitos sexuales, o las

formas de organización de la familia, o los modos de explotación
económica, o las formas de conflicto entre las clases, o las cosmovisiones
culturales, entre tantos y tantos elementos que, sin decirlo
explícitamente, se asumen como si fuesen idénticos o casi, en todos
estos periodos mencionados?.
Y si todo el mundo comprende que no se piensa igual cuando
uno vive en un palacio que cuando uno vive en una cabana, entonces
también debería de ser claro que la vida y el mundo en su conjunto,
no se construyen del mismo modo hoy que en la primera
mitad del siglo xx, y mucho menos en el siglo xix o xvi, o vn, o
antes. Así, por ejemplo, ¿qué noción del tiempo y de la distancia
puede tener un habitante de Nueva España, cuando las noticias de
la Metrópoli tardan alrededor de noventa días en llegar a la Colonia
y viceversa?, y ¿qué idea del mundo puede tener un campesino
francés del siglo xm, que puede nacer, vivir y morir sin haber salido
jamás en su vida de un radio de solo cien kilómetros, en torno de
la pequeña aldea en la que vio la luz por vez primera?, ¿y qué significan,
en cambio, nociones incluso como las de "China" o "Rusia"
o "África" para un niño urbano conectado a través del Internet,
de cualquier ciudad del mundo hoy?. Estas son preguntas que los
malos historiadores nunca se plantean, lo que los hace ver la historia
como una misma tela gris, en donde cambian solo los nombres,
las fechas y los lugares, pero donde todo el resto permanece
como si no existiera el cambio histórico de las sociedades, de las
culturas, de las economías y de las psicologías de los diferentes
grupos humanos.
Un tercer pecado capital de la mala historia, hoy todavía imperante,
es el de su noción del tiempo, que es la noción tradicional
newtoniana de la temporalidad física. Una idea del tiempo que lo
concibe como una dimensión única y homogénea, que se despliega
linealmente en un solo sentido, y que está compuesto por unidades
y subunidades perfectamente divididas y siempre idénticas,
de segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, lustros,
décadas, siglos y milenios. Es decir, una idea que asume que el
ANTIMANUAL DEL MAL HISTORIADOR
tiempo de los relojes y de los calendarios, es también el tiempo de
la historia y de los historiadores, y que por lo tanto, cualquier siglo
histórico tiene siempre cien años, y cualquier día de la historia es
idéntico a cualquier otro, aunque el primero sea el 9 de noviembre
de 1989 ó el 1 de enero de 1994, y el segundo sea el 17 ó el 18 ó el 19
de junio del año de 2001.
Pero como nos lo han explicado tan brillantemente Marc Bloch,
Norbert Elias, Walter Benjamín o Fernand Braudel, entre otros, el
tiempo newtoniano de los físicos, medido por calendarios y relojes,
no es nunca el verdadero tiempo histórico de las sociedades y de los
cultivadores de Clío, que es más bien un tiempo social e histórico,
que no es único sino múltiple, y que además es heterogéneo y variable,
haciéndose más denso o más laxo, más corto o más amplio, y
siempre diferente, según los acontecimientos, coyunturas o estructuras
históricas a las que se refiera. Porque para el buen historiador
cada siglo tiene una temporalidad distinta, lo que le permite
hablar lo mismo del "largo siglo xix" que comienza con la Revolución
Francesa y termina con la Primera Guerra Mundial, que del
"breve siglo xx", iniciado con esa primera guerra y con la Revolución
Rusa de 1917, y concluido con la caída del Muro de Berlín en
1989. Y si los siglos o las jornadas históricas no son nunca iguales,
tampoco son precisas las fechas de múltiples acontecimientos y
fenómenos históricos, como por ejemplo la 'revolución cultural de
1968' que en algunos casos comienza en 1966 y en otros en 1967,
pero también a veces desde 1959, y otras solo hasta 1969 inclusive.
Además, como bien lo saben los historiadores críticos, no son
iguales los tiempos en que una sociedad vive una verdadera revolución
social, que los tiempos de lenta evolución, igual que difieren
las temporalidades para una sociedad que se encuentra en pleno
auge y crecimiento, que para otra que vive en cambio su proceso
de decadencia y eclipsamiento social. Puesto que si cada fenómeno
histórico tiene su singular y específica duración que le corresponde,
y si la historia no es, en ese sentido, más que la compleja síntesis
de todas esas múltiples y diversas duraciones históricas diferenciadas,
entonces lo que el historiador tiene que aprender a detectar
y establecer, es justamente esas múltiples temporalidades o duraciones
históricas distintas de todos los fenómenos que investiga,
asumiendo las implicaciones complejas que esa misma diversidad
temporal conlleva para sus análisis.
Ya que los presidentes y los gobiernos pasan mientras que las
sociedades permanecen, recorriendo estas últimas lo mismo ciclos
económicos expansivos y luego depresivos, que coyunturas culturales
a veces de florecimiento y ebullición y a veces de aletargamiento
y repliegue, en dinámicas en donde hoy se habla casi la
misma lengua que hace trescientos años, y se comen los mismos
alimentos que hace un milenio, pero donde también se han instalado
formas de urbanización que datan de hace solo unas pocas
décadas, o medios de comunicación que tienen solo unos cuantos
años de existencia. Y son solo estas nociones del tiempo y de la
duración, múltiples, variables y flexibles, las que permiten captar la
inmensa riqueza y diversidad de la historia, reducida en cambio en
las visiones de la historiografía tradicional, a siglos uniformes y a
fechas rigurosas, siempre bien ordenadas y siempre bien ubicadas
en ese tiempo vacío, homogéneo y lineal de los malos historiadores
positivistas.
El cuarto pecado repetido de la mala historia, en los diversos
manuales tradicionales, es el de su idea limitada del progreso. Lo que
está directamente conectado con el pecado anterior, con la noción
del tiempo como tiempo físico, único, homogéneo y lineal. Pues si
el tiempo histórico es concebido solo como esa acumulación ineluctable
de hechos y sucesos, inscritos progresivamente en la sucesión
de días, meses y años del calendario, la idea del "progreso"
que desde esta noción temporal se construye es también la de una
ineluctable acumulación de avances y conquistas, determinadas
fatalmente por el simple transcurrir temporal.
Una idea del progreso humano en la historia, que parece afirmar
que inevitablemente, todo hoy es mejor que cualquier ayer,
y todo mañana será obligatoriamente mejor que cualquier hoy.
Entonces, la humanidad no puede hacer otra cosa que avanzar
y avanzar sin detenerse, puesto que según esta construcción, lo
único que ha hecho hasta hoy es justamente "progresar", avanzando
siempre desde lo más bajo hasta niveles cada vez más altos,
en una suerte de "escalera" imaginaria en donde estaría prohibido
volver la vista atrás, salirse del recorrido ya trazado, o desandar
aunque solo sea un paso el camino ya avanzado. Y no cambia
demasiado la cosa, si esta idea es afirmada por los apologistas actuales
del capitalismo, que quieren defender a toda costa la supuesta
"simple superioridad" de este sistema sobre cualquier época del
"pasado", o si es afirmada por los marxistas vulgares -que no por
los marxistas realmente críticos-, marxistas vulgares que han pretendido
enseñarnos que la historia avanza y tiene que avanzar,
fatalmente, del comunismo primitivo al esclavismo, del esclavismo
hasta el feudalismo, y de este último hacia el capitalismo, para
luego desembocar, sin opción posible, en el anhelado socialismo y
tal vez después en el comunismo superior. Una visión extremadamente
simplista del progreso y de la historia, que el propio Marx
ha rechazado, y que ha sido tan brillantemente criticada también
por Walter Benjamín, en sus célebres "Tesis sobre la filosofía de la
historia".
Pero basta observar con cuidado lo que realmente ha sido la historia,
para percatarse de que su desarrollo no tiene nada de lineal
y de simple, y que lejos de esa "escalera imaginaria" de avances
y conquistas ineluctables, sus itinerarios se despliegan más bien
como una especie de complejo "árbol de mil ramas", que a veces
abandona totalmente una línea evolutiva que había seguido por
siglos y hasta milenios, para recomenzar de nuevo desde otro punto
de partida, mostrando además en esos múltiples itinerarios, igual
avances que retrocesos o largos estancamientos, combinados con
saltos dramáticos de un nivel a otro, con rupturas radicales de
toda continuidad, pero también con líneas que, efectivamente, progresan
y se enriquecen sucesivamente de manera permanente.
Frente a esta idea entonces limitada y demasiado simple del progreso,
propia de los malos historiadores positivistas, que lo concibe
como una línea recta, siempre ascendente, majestuosa y llena de
avances y conquistas sin fin, el buen historiador crítico restituye a
la noción de progreso un sentido totalmente diferente, mostrando
esa multiplicidad de líneas y de trayectorias diversas que lo integran,
en un esquema que nos recuerda un poco al trabajo de los
científicos, que acometen muchas veces un problema hasta encontrar
su solución, ensayando y equivocándose, avanzando en un
sentido y luego dejándolo de lado, consolidando ciertas certezas
adquiridas y recuperando en un momento posterior resultados que
anteriormente creían poco útiles, y recomenzando la tarea tantas
veces como sea necesario, hasta encontrar el buen modo de resolución
de dicho problema.
Y es así como "progresa" la humanidad: explorando y avanzando
primero casi a ciegas en su propia evolución, para ir muy
poco a poco siendo consciente de lo que ha hecho y de por qué
lo ha hecho, a la vez que va asumiendo también, lentamente, la
responsabilidad consciente de que es solo ella misma la que debe
construir la historia, y la que debe elegir de manera también consciente
los rumbos de su futuro desarrollo.
Otro pecado capital del mal historiador, el quinto, es el de la
actitud profundamente acrítica hacia los hechos del presente y del
pasado, y hacia las diferentes versiones que las diversas generaciones
han ido construyendo de ese mismo pasado/presente. Es decir,
la típica actitud pasiva que los historiadores positivistas mantienen
siempre frente a los testimonios y a los documentos, lo mismo
que frente a los resultados y a los hechos históricos "tal y como
han acontecido". Porque el mal historiador actual, educado en el
Manual de Langlois y Seignobos, o en el equivalente nacional de
este mismo texto, no sólo es incapaz de leer los documentos con los
que trabaja de una manera que no sea su lectura literal, sino que
también es incapaz de "preguntarle" a esos testimonios escritos,
algo distinto a lo que ellos declaran o pretenden decir de manera
explícita. Es decir, que los malos historiadores ignoran por completo
lo que Marc Bloch llamaba la "lectura involuntaria" de los
textos, en donde una memoria autobiográfica puede usarse más

bien para reconstruir la cultura de las clases dominantes de una
época, o en donde un documento de gobierno puede ser utilizado
más bien como fuente para la reconstrucción de las formas de
exclusión social de una determinada sociedad.
Con lo cual, esta historia acrítica no solo tiende a ser involuntariamente
ingenua, y también cómplice de las ilusiones que los
individuos se han hecho sobre sí mismos y sobre su mundo en
cada época dada, sino que también termina por legitimar y hacer
pasar como verdaderas, a esas falsas percepciones sociales que
existen siempre en toda sociedad, y que prosperan persistentemente
dentro de la cultura y el imaginario colectivo de los pueblos
y de las sociedades humanas. Además, y en la medida en que
cada época histórica rehace siempre el pasado, en función de sus
intereses y urgencias más importantes, este historiador positivista
acrítico va también haciéndose solidario de esas diferentes visiones
sesgadas y sesgadoras de los hechos históricos, al recoger de
manera solo pasiva y puramente receptiva esas distintas reinterpretaciones
de las historias anteriores, codificadas en cada uno de
los momentos ulteriores a su propio desarrollo.
Por eso, es natural que este mal historiador tenga casi horror al
uso del razonamiento "contrafactual", y que rechace toda especulación
acerca de lo que hubiese podido acontecer si el desenlace del
drama histórico hubiese sido distinto al que fue. Pero si la historia
la han hecho siempre los propios hombres -de modo más o menos
consciente-, y si los resultados de cada encrucijada histórica han
sido siempre el fruto de la confrontación y el combate entre distintos
proyectos de futuro, igualmente impulsados por clases sociales
o por grupos humanos, entonces la historia que hemos vivido y
construido no era la única posible que podía desarrollarse, y solo se
ha afirmado sobre la derrota y el sometimiento de las varias historias
alternativas, vencidas pero igualmente factibles.
Por lo demás, es claro que esta historia acrítica con los documentos
y con las mismas versiones ya rehechas del pasado, es
totalmente compatible con el statu quo que existe y que domina
en cada momento. Pues si la historia que fue, era la única que

podía ser, entonces el último eslabón de esa cadena de necesidades
ineludibles es la historia que es hoy, con los grupos y con las clases
que hoy dominan, y con los hombres y personajes que hoy disfrutan
de esa dominación, la que por lógica derivación, es también
"necesaria" y es la "única posible". Explicar entonces, de manera
crítica, por qué la historia que aconteció, lo hizo de esa forma y
no de otra -una tarea primordial del historiador crítico-, implica
igualmente demostrar las otras diversas formas en que pudo haber
acontecido, explicando a su vez las razones por las cuales, finalmente,
no se impuso ninguna de esas otras formas, igualmente
posibles pero a fin de cuentas no actualizadas.
Un sexto pecado capital de los historiadores no críticos es el del
mito repetido de su búsqueda de una "objetividad" y "neutralidad"
absoluta frente a su objeto de estudio. O dicho en otros términos,
la pretensión de no tomar partido, no juzgar, no apasionarse y
no involucrarse para nada con los personajes o con las situaciones
que se investigan. Una idea ampliamente difundida de la posibilidad
de hacer una historia completamente "aséptica", que incluso
se utiliza como argumento para negarle al historiador la posibilidad
de ocuparse, con mirada igualmente histórica, de los candentes
y comprometidos hechos del "presente". Pero, como lo han
demostrado incluso la física y la química contemporáneas, resulta
imposible estudiar cualquier fenómeno de manera científica, sin
intervenir de manera activa dentro del propio proceso que se estudia,
y por lo tanto, sin modificar en mayor o en menor medida las
condiciones mismas del objeto que se analiza. Lo que en el caso de
las ciencias sociales y de la historia, se complementa además con
el hecho de que somos nosotros mismos los que hemos construido
nuestra propia historia, a la que luego intentamos explicar y analizar.
Por lo tanto, es imposible una historia que sea realmente neutral,
y que sea "objetiva" si por esto último entendemos una historia
en la cual no nos involucremos de ninguna manera, manteniendo
un desinterés, una distancia y una indiferencia totales hacia lo que
examinamos. Pero en cambio, si es posible una historia científica-
mente objetiva, en el sentido de no estar falseada conscientemente
con ciertos fines de legitimar tal o cual interés mezquino o particular,
o en el sentido de silenciar aquellos hechos o fenómenos que
no concuerdan con una interpretación preestablecida, que es lo que
en realidad si hacen las historias positivistas, las que sin embargo
claman de manera tan ruidosa por esta falsa 'objetividad' ya mencionada.
Así, puesto que toda historia es hija de su época y de sus circunstancias,
y dado que el historiador es también un individuo que
tiene un compromiso específico con su sociedad y con su presente,
toda historia reflejará necesariamente las elecciones y el punto de
vista del propio historiador, los que se proyectan incluso desde la
elección de los hechos que son investigados y los que no, hasta el
modo de organizarlos, clasificarlos, interpretarlos y ensamblarlos
dentro de un modelo más comprehensivo que les da su sentido y
significación particulares. Y dado que no existe ni puede existir
esa historia desde el punto de vista atemporal, eterno, ahistórico
y fuera del mundo que proclaman los malos historiadores positivistas,
que claman por esa imposible neutralidad/objetividad, y
puesto que toda historia lleva entonces la marca de sus propios
creadores, lo más honesto e inteligente por parte del buen historiador
consiste en hacer explícitas las específicas condiciones que han
determinado su investigación, declarando sin ambages sus tomas
de posición determinadas, así como los criterios particulares de
sus distintas elecciones del material, de los métodos, de los paradigmas
y de los modelos historiográficos utilizados.
Renunciando entonces a la falsa objetividad del mal historiador,
el historiador crítico asume sin conflicto los sesgos de su trabajo
y de su resultado hisfonográfico, convencido de que la verdad
absoluta no existe ni existirá nunca, y de que el modo más pertinente
de acercarnos a verdades cada vez más científicas aunque
siempre relativas, es justamente este que hace explícitos los límites,
las condiciones y los sesgos de su propia actividad en el terreno de
la historia.
El séptimo pecado capital de los historiadores que son seguidores
de los Manuales hoy al uso, es el pecado del postmodernismo en
historia. Porque haciéndose eco de algunas posturas que se han
desarrollado recientemente en las ciencias sociales norteamericanas,
y también en la historiografía estadounidense, han comenzado
a proliferar en nuestro país algunos historiadores que intentan
reducir a la historia a su sola dimensión narrativa o discursiva, evacuando
por completo el referente esencial de los propios hechos
históricos reales. Así, siguiendo a autores como Hayden White,
Michel de Certau o Paul Veyne, estos defensores recientes del postmodernismo
histórico, llegan a afirmar que lo que los historiadores
conocen e investigan no es la historia real, la que muy posiblemente
nos será desconocida para siempre, sino solamente los discursos
históricos que se han ido construyendo, sucesivamente y a lo largo
de las generaciones, sobre tal o cual supuesta realidad histórica,
por ejemplo sobre el carácter y los comportamientos del sector de
la plebe romana, en las épocas del Bajo Imperio.
Desplazando así la atención del historiador, desde la historia
real hacia los discursos sobre la historia, esta postura de los malos
historiadores termina por desembocar en posiciones abiertamente
relativistas e incluso agnósticas. Pues si según este punto de vista,
cada discurso histórico es siempre diferente, y siempre correspondiente
a la época en que es producido, entonces no es posible establecer
jerarquía o comparación entre todos esos discursos, lo que
significa que no podemos saber si hoy conocemos más o conocemos
menos de la historia del Imperio Romano que lo que han
conocido los hombres y los autores del siglo xix, o del siglo xvi, o
durante el siglo x. Y tampoco podemos decir que nuestra visión
actual es más o es menos "científica" o mas o menos Verdadera'
que la que construyeron los historiadores de hace tres o siete o
trece siglos.
Incluso, y prolongando hasta el final su argumento, estos autores
posmodernos llegan a descalificar la pretensión misma de construir
una ciencia de la historia, afirmando que los historiadores sólo
escribimos "relatos con pretensiones de verdad", relativos a distin-

tos "regímenes de verdad" siempre cambiantes y siempre relativos.
Por eso pueden concluir, sin sonrojo alguno, que la escritura de la
historia se reduce, en última instancia, a la reconstrucción de una
historia de la escritura, y que las razones para dedicarse a la historia
no son la búsqueda de una verdad histórica científica, en el
fondo imposible e inalcanzable, sino puramente razones de orden
estético.
Pero más allá de estas divagaciones logocéntricas, y de estos
desvarios de claros tintes idealistas, persiste el hecho innegable de
que los historiadores hacemos historia con el objetivo de conocer,
comprender y luego explicar la historia real, la que constituye sin
duda nuestro objeto de estudio principal. Además, hacemos historia
convencidos de que somos capaces de establecer, cada vez más,
verdades históricas científicas, y además, verdades cada vez más
precisas y más capaces de dar cuenta real de los problemas concretos
históricos que investigamos. Desde una posición abiertamente
racionalista, y que aspira a ser científica, los historiadores
críticos son también capaces de comparar y de criticar las distintas
interpretaciones que se han hecho de un cierto problema histórico,
haciendo evidente como nuestras explicaciones actuales son, en
general, mucho más sofisticadas y complejas que las anteriores,
y en términos generales, más adecuadas para captar los hechos
históricos y más finas para poder encuadrarlos dentro de modelos
globales que les restituyen, cada vez de manera más precisa, su
verdadero sentido profundo. Porque "los hechos son testarudos",
y más allá de las sutilezas del lenguaje, continúan desafiándonos
para que seamos capaces de explicarlos de un modo racional y
coherente.
Y si bien es obvio, que no existe historia posible que no se
exprese a través de una cierta construcción narrativa, también es
un abuso ilegítimo querer reducir por ello a la historia a su sola
dimensión narrativa. Igual entonces que la erudición, que no es
historia pero si es una de sus condiciones imprescindibles y uno
de sus elementos importantes, así la narración y el discurso no son
tampoco historia, aunque si son también uno de sus componentes
fundamentales e ineludibles.

Son estos los siete (y más, pues los mismos se manifiestan
después en múltiples maneras) pecados capitales del mal historiador.
Y si, con un comportamiento virtuoso y con una mirada vigilante
y crítica, logramos esquivar el caer en todos ellos, podremos
intentar hacer y enseñar una historia diferente y muy superior a
la que existe hoy en nuestro país. Pero ¿cómo elaboramos esta historia
distinta y mejor?. Tratando de seguir las lecciones que nos
han dado los historiadores realmente críticos, durante los últimos
ciento cincuenta años, lecciones que pasamos a ver a continuación.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful