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1h WE My es earce 4 Felve Jordan Jiménez | f| absurdo Oxi F600 = Ja=2070- 14 0037957 5 ° A i PROLOGO IMPRESCINDIBLE ‘Loos protogos no suelen importarle a mucha gente, ni siquiera a los mas lectores. Tal parece que los prélogos na- cieron para ser ignorados y solo servir para abultar mds el ntimero de paginas de algtin raquitico libro. Triste destino el de los prélogos. Sin embargo, este prologo que re- cién comienza, no lleva el calificativo de “imprescindible” ast porque s{ no més. No, realmente es imprescindible leerlo para entender mejor el por qué de los nombres de los personajes. Estos nom- bres no son un mero capricho del autor, sino que tienen directa relacién con lo que es, y cémo es, el personaje. Claro, porque un personaje debe llevar un nombre que le acomode, que realmente loidentifique. A un gigante, por ejemplo, no podemos llamarlo Pepito, asi como el nombre Hércules no queda bien para una hormiga, zme entienden? Los personajes de este relato llevan nombres especiales, porque ellos lo son y, a medida que lean, se darén cuenta por qué. Pero, para eso, es absolutamen- te necesario este prologo, que da pistas de cémo son los personajes, explicando- nos el origen de sus curiosos nombres. Pero ojo, no voy a decirles aqui nada de los personajes, eso lo descubrirén después, ahora solo me referiré a los nombres. Empezaré por los mds importan- tes: Manfred von Richthofen: (se pro- nuncia RIJTOFEN) fue el mas famoso as” de la aviacién alemana durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y quizés lo conozcan por el sobrenombre de Barén Rojo (pues su avién estaba pintado de ese color). De més esté decir que era un hébil piloto. Fausto: personaje creado por el aleman Wolfgang Goethe, que era un hombre ya mayor, muy estudioso y que buscaba afanosamente encontrar Ia ver- dad de cada cosa. Asi se mete en varios ios, pero baste decir eso por ahora. icaro: personaje mitolégico griego, que puede volar gracias a las alas crea- das por su padre Dédalo. Su historia es trdgica, pero eso no nos importa aqui. ‘Tonati (o Tonatiuh), que suena tan raro: es uno de los tantos nombres que recibe el sol en la cultura azteca y es una palabra néhuatl, que era la lengua que hablaban los aztecas. Lucrecia Borgia: noble italiana naci- da el siglo XV, tristemente célebre por repartir veneno a destajo. Vito Corleone: protagonista del ilme El Padrino, mafioso de los mas malos que se han visto. ‘Aurora: la de los rosados dedos, como le decian los griegos, que la tenfan por la diosa del amanecer. Falstaff: personaje del inglés Shakes- peare, famoso por ser bueno para comer y pasarlo bien. Stuka: no es ni persona ni perso- naje, sino un tipo de avién de combate alemdn, muy usado en la Segunda Gue- ara Mundial (1939-1945). Nosferatu y Barnabés: vampiros del cine que, como tales, preferfan salir de noche que de dia y esaes la caracteristica que vale en este relato. Entonces, una vez leido este necesa- rio prélogo, se hace imprescindible aho- ra, leer el resto del libro. Obvio, no? Adelante. 10 Richthofen se colocs contra el viento y se mantuvo quieto en las altu- ras, escudrifiando la tierra alld abajo en busca de algtin ratén desprevenido que le sirviera de desayuno. Pero entre los matorrales achaparrados, chahuales y cactus, nada se movia, como no fueran. las pelusas de alguna semilla llevadas por la brisa. Al parecer, era demasiado lemprano atin, y el sol apenas si se aso- maba tras el manto de nubes que cubrian las cimas de los cerros cercanos y que impedian que el amanecer Iegaza ya. " Hacia el oeste, sin embargo, el cielo se extendia limpio y azul por sobre el mar tranquilo, augurando un dia soleado y calido. Con su mirada aguda, el halc6n corté la distancia hacia el horizonte y descubrié el revuelo de una bandada de gaviotas, que escoltaban a un extra- fio animal, que no era pez, puesto que corria por sobre el agua, pero tampoco era un ave, a pesar de las blancas alas que elevaba hacia el cielo. Richthofen renuncié a reconocerlo por el momento, més tarde le preguntaria asu padre qué era eso, Un halc6n comtin y corriente no hubiera prestado atencién a algo como aquello. Normalmente, los halcones solo piensan en dos cosas: una, volar; la otra, comer. Pero Richthofen no era” un halcén comin y cortiente, a pesar de (uc amaba volar y también comer. Blera inquieto y curioso, observaba todo a su alrededor maravilléndose con Ja varie- dad, las formas, los colores, los so- nidos, preguntandose el por qué 10 de esto y el cémo de aquello. Por eso guard6 en un rinc6n de su memoria la imagen del no-pez-ni-pajaro para mas tarde, cuando el hambre no le mordiera el estomago... Fausto dormia placidamente, aferrado a su rama-cama, en el tronco- dormitorio de su 4rbol-casa. A pesar de que hacfa mucho rato ya que el sol estaba alto y pegando fuerte, él, cubier- to por la fresca sombra del follaje, no se daba por enterado de que el mundo giraba a su alrededor. Pero su tranquilo Sueiio se vio interrumpido por los gritos desconsiderados que lo lamaban desde lejos. “;Padre... padre!”, oy6 por sobre sus ronquidos y el letargo se disipé a medias; lo suficiente para abrir un ojo y descubrir al tunante que osaba desper- tarlo. Sobre una rama cercana reconoci6 Ia figura esbelta de un haleén que cla- vaba sus penetrantes ojos en él, con el brillo de Ia ansiedad en sus pupilas. —jRichthofen, gqué haces’ 13 reproché bostezando—. No ves que estoy durmiendo...? —Perdona, padre, pero vi algo en el mar y necesito saber qué era... —res- pondié el halcén saltando a una rama mas cercana. —Si estaba en el mar, seria un pez —teplicé Fausto cerrando su ojo para seguir durmiendo. —No, no iba por debajo del agua, sino por encima... ;Y era muy grande! —Entonces era una ballena...—Faus- to perdi la paciencia—. Richthofen, soy una lechuza, se supone que cazo de no- che y duermo de dia... Téilo sabes mejor que nadie. —Pero, padre, tui me dijiste que te preguntara sino sabia algo...—Ie recor- d6 el haleén—. Y no era una ballena. La lechuza largo un suspiro resig- nado y abrié ambos ojos esta vez. —De haber sabido que esto pasaria, note lo hubiera dicho nunca—rezongo, luego alz6 la vozy exclamé—: De haber sabido que cada tres dias me ibas a des- 15 pertar para preguntarme algo, no habria dejado que tu madre me convenciera de hacerme cargo de ti... Eres un zancudo en el ofdo! —Padre, sé que no es cierto lo que dices —sefialé burlén Richthofen— Ademés, ti me criaste asf: pregunt61 ono? —iMm...! Zancudo preguntén... —murmur6 la lechuza, luego inquiri6— {Grande y flotaba... y no era ballena? —No... —Tal vez un pariente de dofia ba- lena... —aventur6 Fausto, tratando de recordar qué parientes de la ballena conocfa. —Tendria que ser uno con alas muy grandes... —dijo el halcén sin pensar. —Jo, jo...! {Una ballena con ala: —se burlé la lechuza, pero stibitamente entendié-— jEh! ¢Dijiste que no se su- mergia y tenia alas? —Sj... era un verdadero monstruo marino —contest6 Richthofen. —Y dime, zno viste otro animal... 16 ee sobre su lomo? —pregunté Fausto, que se habia despertado del todo. —No... pero las gaviotas volaban por encima de 61 —respondié el hal- con. Y hacia dénde se diriga? —inte- rrogé de nuevo Fausto. —Iba hacia el lugar de donde vienen las gaviotas... ¢Qué pasa, padre? ¢Qué era eso...? —quiso saber Richthofen. —Algo para nada extraordinario, hijo —respondié Fausto— lo que viste fue un barco... —Un barco? —el haleén no enten- dia nada. —Un animal construido por los hombres y que los lleva a través del mar... —explicé la lechuza. —jHombres! Ya veo por qué pre- guntaste tanto —dijo Richthofen—. No sabia que podian viajar por el mar... Cref que solo vivian en la tierra, metidos en esos animales ruidosos que corren como locos por el rio gris-duro. —iNo te has acercado al rio gris- 17 2. —pregunté la lechuza. duro, or? Bare, no te he desobede- cido.. —se apresur6 a explicar el hae c6én—. Trato de evitar cruzarlo y silo g uy alto. HB io Injen! —-auspit6 aliviado Fausto—. Bueno, buenoocooousurn Satisfecha tu curiosidad y con os hom bres lejos, puedo volver a dormir. “padre. eo how! gAhora qué, Richtho- fen? —la lechuza sacudio su cabeza Wolesta, como sien verdad un zancudo pambon rondara por sus ofdos. Por qué no te gustan los hom- pres? —-pregunt6 el haleén, muy serio. "Mim... —dud6 Fausto un mo” mento, pero luego contest6—- Port meson confiables, hijo. Los animales Tyvimos regidos por nuestro instinto: Puscamos comida, nos cuidamos ¥ = nemos hijos que harén lo mismo. NO peleamos entre nosotros, no Nos SES flamos mmutuamente, NO NOS robamos..- Ellos hacen todo eso. El hombre es un animal muy extrafio y, a veces, muy cruel... gsabes por qué? —No... nunca me has hablado de él —respondié Richthofen, sorprendido por la vehemencia con que Fausto se expresaba. —Porque es el tinico animal que no siempre mata para comer, sino que la mayor parte de las veces, lo hace por “diversion”... —explicé la lechuza en un tono bajo y melodramatico. —jAh...!—Richthofen pegé un res- pingo que casi lo hace perder el equi brio y caer de la rama, tuvo que abrir las alas para mantenerse en su lugar y, aun con ese percance, no dejé de mirar a su padre adoptivo con los ojos y el pico muy abiertos, signo de su sorpre- sa— {Me lo dices en serio 0 me estds tomando las plumas de la cabeza? —Nunea te he mentido, hijo —le vespondio muy serio la lechuza—. Por oso te alejé de ellos cuando me hice car- no de ti... Le prometi a tu madre que te protegerfa y cerca de los hombres corria 19 el riesgo de no cumplirle. —;Pero, eso es... es absurdo! —ex- clamé el halcén entre estupefacto e indignado—. {Matar una presa y no comérsela es un crimen innecesario! {Una brutalidad! ,Qué clase de animal hace eso? Los hombres, en realidad, no son animales, Richthofen —le contesté Faus- to, mirandolo tristemente. . —;Qué son entonces? —pregunts el hale6n. ; —Son... humanos, hijo —por pri- mera vez, Fausto se vio en problemas para explicarle algo al joven rapaz—. Parecen animales, pero no tienen plu- mas, ni escamas y su escaso pelaje no los abriga, entonces, se ponen pieles extrafias, de colores mds extrafios atin... Tampoco tienen garras 0 colmillos, por lo que construyen todo tipo de “cosas que pinchan, cortan, se clavan, rompen, queman o hieren, para matarnos o, in- cluso, matarse entre ellos... — {Qué barbaros! —exclamé Richtho- 20 fen con desprecio—. gPor qué existe un ser asf en la tierra, padre? —Naturaleza debe saberlo... —res- pondié la lechuza—. Sin embargo, hijo, la verdad es que no todos son tan ma- los... Unos pocos son... digamos... cas como nosotros: viven, o tratan de hacer- lo, en pazy armonfa con Naturaleza, sin dafarla... 0 eso creen al meno: UE... Afortunadamente, aquf no hay hombres —dijo aliviado el halc6n, pero luego de pensarlo un instante, pregunt6 preocupado—. Son muchos, padre? ;Cudntos hombres hay? —Imposible saberlo, hijo, pero... —Fausto se detuvo indeciso. —Pero... ;qué? —Richthofen presin- tid que no debié preguntar. —Son mas que muchos, hijo, mas de los que ellos mismos pueden contar —respondié la lechuza—. Y su ntimero crece cada dia. —zTantos? ;Pero dénde estan? —pregunté dudoso el haleén, pues él nunea habia visto a un hombre de cerca 21 en toda su vida. —No aqui, eso es evidente, mu- chacho —contesté burlén Fausto—. Se amontonan en lugares que llaman ciu- dades... Ahf construyen nidos extrafios, apifiados unos sobre otros en medio de miles de rios gris-duro... —{Ciudades? —interrogé Richtho- fen. —St... ciudades Ilenas de ruido, humo y basura... —completé el cuadro la lechuza’ —2Y los que viajan en... barcos? A donde van? ;También ellos viven en ciudades? —el halcén querfa saberlo todo. —Adiés suefio... —se dijo la lechu- za, luego contest6—. Algunos hombres viven fuera de las ciudades, en el campo y cultivan la tierra. Otros van por el mar en sus barcos, llevando cosas 0 pescan- do, como el que viste. —zCémo sabes que estaban pes- cando? —a Richthofen nunca dejaba de sorprenderle la agudeza mental de 22 su padre. —Por las gaviotas, muchacho, ellas siempre estén donde hay comida facil yun barco de pescadores ofrece mucha comida facil... — Sttiora, eso equivale a preguntar silas Aguilas siguen volando —respon- di6 vivaracho, Oxi, ili, ji, —rid Albapluma—, iTodo un loro, sin duda...1 43 —No nos desviemos de nuestro asunto, por favor —pidié Stuka, serio como un halcén—. gDices que leg con una familia humana? gCudndo? Fausto conté entonces todo lo que habfa hablado con el loro después de que Richthofen se lo trajera. —jSetamos sonados, mis amigos! —exclam6 el jote cémicamente resigna- do—. Mucho se habia deromado... demo- rado el hombre en llegar aqui. —Pero... qué haremos? ;Qué ho- rror.| —pregunté angustiada la loica. —jHuyan a las colinas! ;Sélvese quien pueda! ;A los botes salvavidas! {Mujeres y loritos primero...! Urrre... —grité Oxi. 2Qué podemos hacer? O nos va- mos de aqui o nos quedamos a lo que Naturaleza quiera... —sentencié Alba- pluma encogiéndose de hombros, si es que las guilas tienen hombros. —jHuir? Los halcones no huimos —replicé Stuka frunciendo el cefio—. Ademés, jadénde irfamos? Me he co- 44 municado con mis parientes y me dicen gue los ‘hombres estan por todos lados. ‘omo Falstaff dijo, mucho fan demorado en venir... we hablar —A ver, sefior loro, g Aver, » gcuintos hom- bres viste en el lugar donde tu bandada mana construyé su nido? —pregunto el dguila, ee —¢Cudntos...? i “I teplicé Oxi—. jBsa es la pregunta del millén! :Podra ol lorito contestarla? Sera ésta Su ultima Prueba? jNo se pierdan la respuesta en a Préximo capitulo, a esta misma bati. ‘ora y en este mismo baticanal...! —iLoro! : —jPerdon.. iPerdOn... me aloqué...! —conti- ans el pajaro verde—. Muchos, pero no tantos como en la Oi zs ciudad... Oigan, —No creo que im; i porte demasiado Santos son —Io interrumpio Fausto—, “Jo mismo si son mil o uno solo. Si ese solohombre viene dispuestoa levantar su nid ‘© aqus, seré un peligro constante... Y los sabemos que no vendrd solo uno, —Me gustaria saber... —intent6 de nuevo el loro, pero no lo dejaron seguir. —Y traerdn sus perros y sus gatos... iBrrr...! ;Atroz, atroz!—intervino la loica 2 2¥ qué tal es su soba: sabor? —pregunt6 Falstaff, que seguia echando de menos su desayuno. —Sefior jote. | 1Otre vez! —ex- m6 indignada la loica. , = “"jChombaringo.- digo, Chimba- rongo! Disclupe, dama —se excus6 el carronero. —Oxi quiere preguntar... —Diran que estoy loca, pero re jue debamos preocuparno Sai gel eer ne pluma quien no dej6 hablar al loro—. Por lo que entendi, pasaré todavia un buen tiempo antes de que Ieguen, efectivamente, hasta aca. Y cuando lo hagan, sera cosa de aguantarlos los veranos solamente... —iTiempo, tiempo...! Debo saber... 46 saiQué debemos entender por “aguantarlos los veranos”? —pregunts ptuka, dejando a Oxi con la palabra on Ia boca. ~Mantenernos lo més alejados que sig Posible de ellos —explics el égutla, Sin refrse esta vez. La seriedad del har, C6n era contagiosa. ja ot favor, el lorito tiene una pre- gunta,. —iOigan! jEl rolo... digo, el loro duiere...! —Falstaff intents darle la pa- Iabra al “artista invitado”, pero éete 1 interrumpi6, indignado. —iYa esta bueno! —grité exaspera- do—. jExijo una explicacion! Primero, Pierdo a mi familia y, cuando la estoy Duscando, seme vieren encima dos hah ones ¥ me traen a la casa de los Locos Adams, donde una lechuza es el padre de un haleén y tres pajaros carntvoros, oas un jote con la lengua disléxica'y una foica pituca, me interrogan... Jura rece Ia verdad, toda la verdad y nada mar que la verdad... St, juro... y respondo y respondo, jpero nadie me escucha cuando quiero preguntar yo. Cuando se call6, todos lo estaban mirando estupefactos —Perdonen, sus sefiorias —el loro bajé la voz y sonrié nervioso—, pero soy un péjaro hablador y no puedo estar caillado... —{Qué querias decir? entonces Fausto. —iAh, sf! gPor qué tanta preocu- pacién por los hombres? —inquirié a su vez Oxi—. Digo, ya sé que no son una maravilla, pero... —gCémo que por qué? —replics Ja loica—. Nos tiran piedras con sus honda: —Envenenan o espantana los rato- nes, conejos, cullebras y todas las presas que comemos... —agregé el estirado halcén, sin perder su seriedad. —Entierran los dacdveres... caddve- res muertos de los facellidos... digo, falle- cidos que ya estiraron la pata —senialé el jote. Je pregunts —Destruyen nuestros nidos y ro- ban los huevos 0 pichones, quizas con qué fin macabro —acots el aguila. —Pero, lo peor es que arrasan con todo lo que Naturaleza ha hecho, dejandonos sin hogar... —concluy6 la lechuza, —Comprendo... Diez cuatro... Capto... —contesté Oxi, sin embargo afiadié—. Pero mi bandada humana no hace eso. Papa y mamé ensefian a sus polluelos a querer a los animales y ano tirar basura en los bosques... Siempre que se puede, viajamos donde haya Arboles y animales salvajes y se maravi_ lan con eso. Asf me uni yo a la famili. ellos encontraron a Oxi pequefiito, heri. do y solo en el bosque, y lo recogieron y lo curaron. Sin ellos, estaria muerto y han sido buenos conmigo... Los demas no dejaron de sentirse un poco incémodos ante lo que el loro decia, pues también sabian que muchos hombres se esforzaban por evitar los abusos y desastres causados por sus congéneres. Sin embargo, eran muchisi- jos més los que destrufan y mataban y bso era un hecho que la historia del loro no podia cambiar. Fausto guards silencio, meditan- do lo que Oxi habia dicho. Si era cierto, jos hombres no parecerian tan peligro sos a Jos més jévenes, en especial a Ri- chthofen, que habia manifestado mucho interés en conocerlos, haciendo inttiles todas sus prevenciones para evitarlos. Naturaleza regfa a Jos animales con un cédigo que, si bien no era absoluto, sf cra simple y claro para todos. Aun ast, Ja lechuza se lo habia saltado dos veces: una, cuando adopts al haleén como hijo, después de encontrarlo junto a fa madre moribunda una Tluviosa noche de invierno; y la segunda, al seguir protegiéndolo y alecciondndolo, a pesar Ge que Richthofen ya era capaz de s0- brevivir por sus propios medios. Tanto era el carifio que sentia por el halcén, que inconscientemente postergaba el thomento en que debfa dejarlo decidir por s{ mismo su destino. Ahora temia que, una vez libre de su tutela, Richtho- fen partiera a satisfacer esa curiosidad, emponitndose al peligin. Como meanest Jo hab{a hecho antes, Fausto lament6 el haber fomentado en su hijo la pasion por saberlo todo. Por su parte, Richthofen e fcara volvian de su excursién por la costa, un poco desilusionados de no encontrar el barco que buscaban. Volaban sin prisa y silenciosos, dejéndose llevar por el viento. La suavidad del vuelo, el cielo intensamente azul, la belleza del paisaje bajo ellos, todo el entorno en realidad, hizo que se aquietaran sus espiritus y sus mentes, normalmente alertas a lo externo, desviaron su atencién hacia ellos mismos y comenzaron a divagat. Richthofen, sin atreverse a mirarla di- rectamente, espiaba con el rabillo del ojo a su amiga, admirando su gracia y precisién al volar, aunque lo que mas le atrafa eran sus ojos color noche, esos 51 ojos que lo ponian tan nervioso cuando se clavaban en él, haciéndolo sentirse como una indefensa presa frente a ella. Elhalcén sabia lo que le estaba pasando, Fausto se lo habia aclarado todo tiempo atras, cuando inquieto por las extrafias sensaciones que Icara despertaba en él, habia acudido a su padre para desaho- garse. “Tienes la enfermedad mds vieja del mundo”, le explicé la lechuza sonriendo, “El mal de la primavera: estas enamorado” . Enfermedad o no, Richthofen no crefa que el amor fuera malo, lo desastroso era lo que el enamorarse trafa como consecuencia: declararle su amor a cara, esperando que ella sintiera lo mismo por ély convertirse en pareja... con nido y todo. Esa parte del amor lo asustaba y no se decidfa a hablar con su amiga de una buena vez. En todo caso, ésta no seria la oca~ sién de hacerlo. Hacia el sur, volando en direcci6n a ellos, aparecié una ban- dada de gaviotas, graznando bulliciosas y despreocupadas. No eran muchas, 52 cinco o seis alo sumo, 10 suficient?, RO obstante, para preocupatse y tomay Pte- cauciones. Los halcones no Je temjan & nada y menos a las gaviotas, a Jag que consideraban cobardes y desleaieg, AUN entre sf, pero con ellas nunca so sa{>{a--- Richthofen e feara se miraron y, pep!SaN- do lo mismo, comenzaton a gfey ATSC, para dejar pasar a las otras poy dep AiOY evitarlas, Sin embargo, Movidas qutiZ4S por qué malévolo imputlso, las gavir-ot@s hicieron lo mismo, acetcéndgse ¢=ada vez mas a los halcones, que sigyje@FOR impasibles su vuelo, aungie sin qAejar de vigilarlos disimuladameyte jCuf, cu... jHalconcites, hale 28+ ti !—eantd en ong burttlon una las gaviotas cuandy pyqiep2FON —iLa novia y el novie, volando j¢'JU™ iC... —siguid otra, ngs gordirda y —jHey, halconcitos...! zdénde y2 Va" lan juntitos? —pregunté on. "2° —Apuesto que.a su Nidh,. -y ng no a comer ratones precisamente! —respon- i6 la primera. —jCut, cuf, cut. ramente todas. Los halcones no les hicieron caso, limitandose a apurar un poco el vuelo, para dejarlas atrds. Pero las gaviotas no querfan dejar su juego molesto, al parecer. —Por qué tan apurados, halcon- citos? —pregunt6 la gaviota gorda, volando por delante de ellos— ¢Acaso nos tienen miedo? —Suefia, gaviota, suefia...—replicd Richthofen, sin poder contenexse mds. Cui, cuf...1 ;Sabe hablar...!—graz- nla gorda—. {Qué bien, porque quiero hacerte una pregunta, halconcito...! Res- ponde y los dejamos en paz... —Si eso me libra de ver tu cara, pregunta entonces—replicé Richthofen, burlén. Cut, cuf...1 Ojo, halconcito, que puedo dejar de ser amable...| —amenaz6 la gaviota, luego pregunt6—: Quiero —se rieron grose- 64 saber, qué cosa era ese bicho verde que vi volando con ustedes esta mafiana... —Z¥ qué te puede importar a ti eso? —inquirié a su vez el halcén. —Todo lo que pasa por aqui me in- teresa, halconcito—respondi6 la otra—. Este es nuestro territorio y a mi lider le gusta estar enterado de cada cosa que suceda.... —Pues entéralo de que este terri- torio no es suyo entonces —replicé Richthofen molesto. jCut, cut...! ;No abuses de nuestra paciencia, halconcito! ;Responde lo que te pregunté! —exigié la gaviota en tono amenazador. —No te ensefiaron a pedir por fa- vor? —pregunts burlén el halcn. —jCut...! [Las gaviotas nunca pe- dimos por favor, halconcito! —grazn6 furiosa la gorda—. |Creo que debemos cnsefiarle a este pajaro cémo pedimos las cosas, muchachos! Las gaviotas se agruparon dispues- las a irse encima de los halcones, pero o & antes que se dieran cuenta, éstos ple- garon las alas y entraron en un picado veloz, alejindose de ellas. Echando una maldicién, la bandada los siguié tratando de alcanzarlos, Pero por algo el halc6n es el ave més répida del mun- do y, también, una de las més dgiles y habiles maniobrando. Después de caer unos cincuenta metros, Richthofen ¢ fcara abrieron sus alas y sus colas, dis- minuyendo abruptamente la velocidad y empezaron a remontar el vuelo, des- cribiendo una curva perfecta y suave. Las gaviotas, en cambio, se pasaron de largo por veinte metros y casi choca- ron unas con otras tratando de frenar. La gorda empujé a maldiciones a sus compajieras para que se elevaran tras los halcones, que se burlaban de ellas, seguros de su superioridad en el vuelo. — {Qué pasa, gaviotitas...? gEs que no saben volar? —preguntaba con sorna Richthofen, muerto de la risa. —jCreo que estén muy gordas, gaviotitas, deberfan comer menos y practicar mas! —le segufa el juego feara, también riéndose con ganas. Por fin, las gaviotas lograron remon- tary acercarse a ellos, pero, cuando ya los halcones se preparaban para un nuevo pi- cado, una gran sombra pasé por sobre sus cabezas y se abalanz6 contra las gaviotas. —jAqut est4 mi almuerzo, al fin...! —grité Tonati al tiempo que proyectaba sus garras hacia delante, amenazando a las gaviotas. La gorda y sus compinches no qui- sieron més. Aterrorizadas por el aguila que se les venfa encima con cara de ham- bre, se desbandaron chillando espantadas. Pronto se perdieron de vista. —~Qué tal, chicuelos? —saludé alegremente Tonati—. Me imagino que tenfan todo bajo control, pero no pude evitar jugarles una mala pasada a esas mi- serables... .. Te agotaron las palabras... —iNo digas sandece: ellider—. zPor qué este Paj 106 quiere hablar? »Por QUE me insulta asi> Teinvito a mi casa, fe oftezco hospita. lidad y _ ame? de pido a cambio N Poco de ameng conversacion, pe iniente,..) ee. "Nada en tation Ja mirada expectante de todos, abrié el pico y... Después hubo tres segundos de un silencio de muerte. —jUrtrrc...? —repitié don Corleo- ne, pélido de furia—, {Urrrre...? Qué es es0? —Tal vez sea el principio de un be- lo discurso, capo... —aventuré Lucrecia timidamente. —ah...! ;Voy a rostizarlos vivos ati ya tu péjaro verde, gorda indtil! —grits jracundo don Corleone. Y ya iba dar orden de que se hi- cieran cargo de Oxi, cuando una sombra vertiginosa paso rozando su cabeza y, antes de que se diera cuenta de qué o quién lo habia atacado, un segundo Bélido lo oblig6 a echarse a tierra, asus- tado. Entonces sobrevino el caos en las gaviotas que, entre el intentar ayudar a su Ifder y esquivar un nuevo ataque de aquellos proyectiles, no atinaron a nada y terminaron todas lanzéndose de 108, cabeza al suelo. —jLos halcones! —grité alguien reconociendo a los atacantes. —Los halcones? —pregunto sin entender don Corleone—. Qué quieren esos halcones? — {Los falcones? —repitié la gorda, cayendo en cuenta de lo que pasaba—. jElloro...! Fue demasiado tarde. Con todas las gaviotas en desbandada, Oxi se vio solo de repente, confundido por Ia batahola y sin saber qué hacer. Una sombra lo cubri6 entonces y las garras de Tonati lo aferraron firme, pero sin daftarlo, para sacarlo de allf. Sorpren- dido, vio como el suelo se alejaba y las gaviotas se iban haciendo pequefiitas, a medida que el éguila se elevaba més y mas. El pobre loro, muy péjaro serfa, pero jamés habia volado tan alto ni tan rapido y sufrié la peor humillacién que un ave puede pasar: se mareé con la al- tura, echando afuera todo el desayuno y algo mas también. 110 —jOye...! ;Cuidado, que me ensu- cias las patas! —reclam6 Tonati sin dejar de subir. —Lo siento, compadre... {Urre! —se disculp6 el loro, casi inconsciente ya. —iLo hicimos, lo hicimos! —grité emocionada Icara, apareciendo tras el Aguila—. {Te rescatamos, Oxi...! —Gracias, gracias, querido pibli- co... 0s amo, os adoro... —dijo é1 total- mente perdido de lo que pasaba. —Ahora... jArriba y al sur! —ex- clamé Richthofen alinedndose junto a Ieara Esas gaviotas no nos alcanzaran jamas —Mira quién viene a cenar... —re- plicé Oxi con los ojos extraviados—. iEl arcéngel San Miguel...! Pax vobis- cum... ora pro nobis... te deur... _ —¢Qué le pasa al loro? —pregunté cara. —Creo que es la primera vez que vuela de verdad... jje, je, je...! —respon- did Tonati divertido. 1a paz sea contigo. reza por nosotros. Se. Ul m1 ‘Abajo, en tanto, don Corleone, guar- dandose las ganas de desplumar a la gorda, le ordené: 74... Toma todas las gaviotas que esit atro infames... sites y ve tras esos CuK plumas las que vuelen... 2Capite? —(Glup) Entiendo, sf... capo —res~ i6 la gorda. Pond Bo, una gigantesca bandada despegaba desde los toquerfos, rumbo al sur. Poco a poco, Oxi desperts de stt desmayo, quejandose y mirandoles a todos con cara de no saber nada de nada. Estaban en una alta roca sobre Jadera de un cerro, que all formaba un acantilado, y el dia ya se iba con el so} tras el horizonte. Richthofen, feara y Tonati lo miraban aliviados de tenerlo consciente otra vez, pues mo) sabian Si. a Joros eran capaces de resistir las mism: iciones de vuelo que ellos. 7 Aguilas y, més atin, los halco- nes, han sido disefiados por Naturaleza para volar casi sin limitaciones fisicas: remontan a alturas siderales, se lanzan en picados vertiginosos, alcanzan ve- locidades increfbles y hacen las acro- bacias y piruetas mas extremas que se puedan imaginar, sin que tengan pro- blema alguno. Un halcén puede volar a toda velocidad dentro de un bosque, esquivando fécilmente los arboles, sin agitarse siquiera. Pero no todas las aves voladoras son iguales y el loro es un cla- ro ejemplo de eso: su cuerpo més bien rechoncho, sus alas pequefias y su cola larga, le permiten volar siempre cerca del suelo, porque su alimento se encuen- tra en los Arboles, entre cuyas ramas se camufla gracias a su color y no necesita volar répido o muy alto para escapar de un depredador. Por eso, las rapaces estaban pre- ocupadas por Oxi, pues, en su afan de escapar, no pensaron en que el loro no cra como ellos. Sin embargo, Oxi des- perté y al parecer bien, pues segufa tan 113 hablador como siempre, a pesar de lo de don Corleone. —iAy, ay... ay! —se quejé primero y después pregunté—: ;Dénde estoy? éQuiénes son ustedes? :Quién soy yo...? jOh, no...! ;Oxi perdié la memoria. —zCémo te sientes, loro exagerado? —le pregunto [cara con sorna. —Necesito al doctor Doolittle? —respondié—. Creo que me fracturé el nervio ciatico y perdf la muela del juicio... —Me parece que estd bien —con- cluy6 Richthofen—. Sigo sin entender nada de lo que dice. —Lleg6 el circo? —replicé irénico el loro, luego pregunté—: ;Dénde es- tamos? —Ya que ti no podias retrasarnos —explicé Richthofen—, aprovechamos de avanzar rapido hacia el sur. No sé exactamente cudnto recorrimos, pero volamos buscando nidos humanos y no los encontramos... hasta que llegamos aqui, hace un buen rato ya, pues el sol ronaje de fb ingles. Era ws veterinari que pose el dom Ue tnblar con los animales, pero al gue todos crea loco. 115 atin estaba alto cuando descendimos en. esta roca. —jEncontraron mi casa? —el loro se olvidé de sus dolencias y se levanté ani- mado por la noticia—. {Donde esta? —No sabemos si es tu casa —le re plicé el haleén—. Eso tienes que verlo td... Esta por allé, cerca del mar —le mostré feara—. Cruzando el rio gris- duro que se ve abajo. oes jLa nueva autopista conce- jonada... el orgullo de la nacién. —exclamé Oxi—. Mi casa esta cerca de ella... Con una vista al mar tnica y espectacular... ;Vamos...! pestUn momento, pichén —lo detuvo Tonati— hay un problema... —zQué problema? —pregunté el loro. “_Recuerdas que vi uno de esos animales rugientes de los hombres? —explicé el éguila—. Pues bien, cuan- do me percaté del incendio, volvf pre- ocupado por ustedes y descubri a dos hombres que subieron a él y salieron disparados hacia el sui —Y...? —Oxi no entendia hacia dénde iba Tonati. —Que antes de que escaparan, los vi arrojar palos encendidos hacia los ma- torrales que atin no ardfan —concluyé éste muy serio. —iLos hombres provocaron el in- cendio que casi nos mata! —dijo el loro, luego afadié abatido—: Punto para Fausto... Pero no veo fuego por aqui, epor qué...? —Oxi —lo interrumpis Richtho- fen—en la casa que encontramos... esté también el mismo animal rugiente que vio Tonati en el pastizal... —Oh... dijo Oxi con un hilo de voz apenas, sin embargo, después de unos segundos se recompuso y exclamé—: jAlto, alto! No saquemos conclusiones apresuradas... Todos son inocentes has- ta que se demuestre lo contrario... Mi familia no haria eso, no... —Nadie cree nada.. atin —replicé 117 fcara—. Solo te hemos dicho lo que vi- mos. —Entonces, mayor raz6n para ir y ver esa casa... Tengo que saber... —el loro no terminé lo que iba a decir. —Bien, pero no sera hoy —respon- dié Richthofen—. Ya oscurece y estamos cansados... Mafiana temprano bajare- mos y verds si ése es tunido ono. —jAh, qué terrible infortunio...! ;Tan cerca y tan lejos a la vez...! —suspiré el loro—. jHogar, dulce hogar...! Oxi, déjanos dormir, por favor —pidié feara. : —Dormir o no dormii dilema. —jLoro! —Ya, me callo, me callo... jhe ahi el Las estrellas brillaban en todo su esplendor y el silencio reinaba en el am- Diente. La luna, apenas una Ifnea curva en su fase creciente, se asomaba timida tras los cerros, mientras el mar susurra~ ba tranquilo su arrullo nocturno. Todo parecfa en calma entre las sombras, tanto en el norte, como en el sur. Los perros permanecian echados a la puerta de la casa, pero sin dormir. Les gustaba la os- curidad y, sobre todo, darse importancia como los guardianes del hogar. Por eso velaban atentos y preparados. —Otste eso? —pregunt6 Barnabs, el mas joven de los dos —Un par de murciélagos cazando polillas —explicé calmadamente Nos- feratu, el mayor. —Ah.. Silencio otra vez. Pero no por mu- cho tiempo. —2Y eso...? —inquirié Barnabas parando las orejas. —Un conejo oun ratén entre los ma- torrales junto al portén... —respondid Nosferatu sin mirar siquiera..—. :Por qué estas tan nervioso, eh? —No lo sé... —replicé el otro—. Creo que es porque este lugar es tan nde y ahora solo somos dos... —Ahora? jSiempre hemos sido dos! —le recordé Nosferatu divertido, pero luego agregé—: jAh...! Te refieres al loro... —Bueno, sf... —admitié un poco cor- tado Barnabas—. Con él éramos tres.. —Ese loro no servia para nada —dijo el perro més viejo, fingiendo in- diferencia. —Pero nos hacfa refr con sus paya- sadas... —respondié el mas joven—. Eso no puedes negarlo... s Pino, no puedo... —concedis Nos feratu—. {D6nde estar ese loro aturdi- do? —Crees que vuelva? —pregunté Barnabés. —No tengo idea... ;Eh! —el perro paré las orejas hacia la oscuridad—: Qué fue ese ruido? —No sé... jOye...! Qué esta pasan- di —Eso es lo que vamos a averiguar... —contest6 Nosferatu levantandose y Janzdndose hacia la oscuridad. Barnabas fue tras él. 120 — Hey, Oxi...! —dijo Icara tratando de despertar al loro. —No... no quiero ir al colegio hoy, mamita... —respondié Oxi, atin dormi- do. —Pero si quieres ir a casa con tu familia... —le recordé ella burlona. —Familia, sf... tu familia nunca te abandona... zzz... {Familia...? |Mi fa- milia, si...! ;Ya estoy listo! —dijo el loro, despertando por fin, —Bien —propuso Richthofen— el sol ya salié y nosotros ya comimos, busca qué comer... —En el camino comeré —Io inte- rrumpié Oxi impaciente—. Y si no en- cuentro comida, en casa me esperan mis galletas de chocolate... ;Vamos! Yseeché a volarlo mas répido que pudo. Los halcones y el 4guila lo siguie- ron intercambiando miradas burlonas. Aunque el sol habia salido, la mafiana estaba fresca y corria mucho viento des- de el mar, por lo que les costé bastante 421 avanzar. El horizonte estaba oculto por unmanto de nubes gordas y negras, que se movia lentamente hacia tierra, lo que hacfa muy probable que lloviera duran- teel dia. Cruzaron la carretera vacia y se acercaron ala linea costera, siguiéndola hacia el sur, siempre luchando contra el viento que los empujaba tierra adentro. El paisaje se veia htimedo y triste, sin la algarabia de pajaros que habia més al norte, signo, segiin Richthofen, de que habia hombres cerca. De pronto, tras un promontorio plagado de chahuales en flor, el escenario varié bruscamente, Hlendndose de arboles altos y frondosos, aunque ocupaban solamente el espacio entre el mar y el camino, después del cual, hacia los cerros, todo seguia siendo semi érido. Eran, evidentemente, arbo- les trasplantados, lo que confirmaba la tesis del halcén. Por eso, volaron con mas cuidado y poniendo mucha aten- cién a todo lo que se movia abajo. En cierto momento, Richthofen, que encabezaba el grupo, disminuyé la velo- 122 cidad y bajo lentamente hasta posarse en lacopa de un arbol muy alto. Sus amigos seacomodarona su alrededor. Desde ahi podfan distinguir, a lo lejos, las blancas paredes de una casa semi oculta por los arboles, : —Esaes, Oxi—dijo Richthofen mos- tréndole el edificio—. Es ésa tu casa? Pero el loro negé de inmediato c la cabeza, diciendo: oe —Esa no es Ia casa... ni éste es el Iu- No hay tantos Arboles cerca de mi UE... qué alivio! —{Qué pasa? Cref que querias encon- trar a tu familia— le pregunté Tonati. —Si, pero ésta es la casa de los in- cendiarios, no la de mi bandada... Eso es bueno —explicé Oxi. —Tunnido debe estar un poco mé: u més al sur —dijo Richthofen. ° —~Un poco...? —dud6 feara. —{No lo crees? — Z ees? —le 2 pregunt6 el —Hay algo que no entiendo —dijo clla, miraéndolo muy seria—. Cuando 123 te encontramos, le dijiste a Fausto que habjas visto por ultima vez a tu familia la tarde anterior, eso quiere decir que fuiste en menos de un dfa desde, mas © menos, aqui hasta donde te encontra- mos... gCdmo es que demoraste menos de un dia en recorrer la misma distancia en la que ahora hemos demorado mas de dos? —jMuy buena su pregunta, sefiorita! —exclamé el loro—. Y se responde facil- mente: yono me perdf desde la casa, sino desde el auto. fbamos de paseo al norte y nos detuvimos no sé por qué... mi jaula estaba abierta cuando desperté y pensé en dar una vueltecita para estirar las alas y asf empez6 todo.. —jEspera! zDijiste “cuando desper- t6’2 —pregunt6 Richthofen repentina- mente interesado en el relato de Oxi—, zEs que estabas dormido mientras via- jaban? —Siempre me duermo en el auto —confirm< el loro—. Apenas me suben, me pongo a roncar... 124 —jLoro! —exel i exclamé el ha desaliento. 7 —{Qué? —pregunt6 Oxi si prender, pee a —zNo te d 2 ic Ri . jas cuenta? —explicé Ri- chthofen molesto— Siestabas dormido, no sabes exactamente cudnta distancia recorrieron... —Y...? —el loro seguia si eer ‘guia sin com- —jQue tu casa puede estar much més al sur de lo que podemos ir! con. i! —con- cluyé Richthofen, = Eldesaliento del haleén se contagis a los demas, especialmente a Oxi, que se sintié doblemente afectado: por un lado, habfa quedado como un tonto frente 2 todos y, por otro, volver con su familia se hacia casi imposible, pues al no saber qué distancia habia recorrido hacia el norte, tampoco sabfa, entonces, cudnto debia devolverse hacia el sur. —Es el fin... —dijo tri . —dijo tristemente—, Me perd/ y la culpa fue mia... Me quedé Wolo... 125 Oxi se aparté un poco y se quedé mirando hacia el sur un largo rato en silencio. Sus amigos lo dejaron tranquilo y también callaron, pensando cada uno on qué debian hacer ahora que regresar al loro con su familia se habia hecho muy dificil. Para Richthofen, especialmente, las cosas habfan cambiado radicalmente: habia comenzado el viaje motivado por ver de cerca de los hombres, cosa que atin no lograba, pero, a medida que pa- saba més tiempo con el loro, y a pesar de lo molesto que el pajaro hablador a veces era y de lo frfo que el haleén aparentaba ser, fue tomandole carifio y llevarlo con su familia se convirtié en jo més importante de la aventura. Sin ‘embargo, nunca pensé en la posibilidad de no hallar la casa de Oxi. Por eso se enfrentaba a un duro dilema: seguir con Alhasta encontrarle un hogar, lo que era incierto, o abandonarlo a su suerte, es- perando que el loro pudiera adaptarse y sobrevivir solo. Sacudié la cabeza, como queriendo desprenderse de sus dudas, pero fue intitil, no sabfa qué hacer. Entonces sinti6 una gota golpear su cabeza, alz6 la vista y descubris el cielo gris y la Iluvia que comenzaba a caer. Cruz6 miradas con {cara y Tonati, pen- sando lo mismo que ellos: debian salir ya de la copa del arbol en que estaban y guarecerse luego, antes de que sus alas se empaparan y se les hiciese mas diffcil volar. —Loro...—dijo el halcon a Oxi—esta loviendo, debemos irnos de aqui... 2Eh...? Sf, entiendo, sf...—respon- di6 el otro como despertando—. Vole- mos... no sé ad6énde, pero volemos. Se elevaron justo cuando la Iluvia empezaba a arreciar y les costaba bas- tante volar. Ademés, aunque no sabjan cuanto tiempo habian estado en el arbol, sus estémagos vacios les aseguraban que yaera la hora del almuerzo. Atin asf, no podfan pensar en cazar con la Iluvia cayendo cada vez ms fuerte. Tendrian suerte si lograban llegar a las rocas de la ladera donde habfan pasado la noche. 127 Pero no la tuvieron. Un graznido desagradable les le- g6 desde arriba, recordéndoles algo que ya crefan terminado. Voltearon sus ca- bezas para descubrir la enorme bandada de gaviotas que se les venfa encima, con la gorda a la cabeza. Richthofen echo una maldicién mental, no solo estaban en desventaja numérica, sino que, ade- mis, por ser aves acudticas, las gaviotas tenfan sus plumas impermeables y no se vefan mayormente afectadas por la luvia. Aun asi, la superioridad de las rapa- ces en el vuelo podia salvarlas, si logra- ban la altura y velocidad adecuadas. El halc6n pensé rapido y antes de que las gaviotas pudieran alcanzarlos, dijo: —jHay que separarse...! ;Tonati, toma al loro y Ilévalo de vuelta a los Arboles para que se esconda... cara y yo te cubriremos! —jEsté bien... pero déjenme algu- nas! jJe, je, je...! —replicé el dguila y luego, aferrando al loro con sus garras, 128 bati6 fuerte sus alas y se alejé de vuelta hacia la costa. —iAqui vamos de nuevo! —se quej6 Oxi, dejandose Hevar—. Por suerte no desayuné.., Los halcones, en tanto, se elevaron casi verticalmente, atrayendo a las ga- viotas mds adelantadas hacia la altura. Eso era lo que querfan. Subieron unos cuantos metros més y, sibitamente, ce- rraron las alas y, en un eterno segundo, sus cuerpos se suspendieron en el aire, antes de voltearse y caer como dos rayos sobre sus perseguidoras. Cuatro gavio- tas recibieron el impacto de aquellos ae- rolitos emplumados y cayeron al vacio inconscientes; tardarian mucho tiempo en recuperarse del porrazo. Las dems, sorprendidas y atemorizadas por la te trible demostracién de los halcones, se replegaron indecisas. Pero Lucrecia no estaba para salir derrotada otra vez y, sacando valor de su rencor, se adelanté gritando: —iA ellos cobardes. éLe temen a 120 dos halcones empapados? jAtaquen, ataquen! —2Y el dguila, jefa? —pregunté un secuaz. —jUstedes vayan por ella! —orde- n6—. jLos demés, siganme...! Y se lanz6 tras los halcones, que remontaban buscando altura de nue- vo. Tonati estaba por Iegar a los Arboles, cuando las gaviotas lo alcan- zaron. Como llevaba al loro, no pudo defenderse de los primeros embates y recibi6 un par de duros golpes que casi lo descalabran. —jSuéltame y dale su merecido a esas cobardes! —Ie grité Oxi— Olvidate de mi...! Suéltame y luchemos...! Soy una bestia cuando me enojo y estoy furioso...! — Estés seguro? —pregunt6 Tona- ti, que ya no querfa recibir otro golpe sin contestar. —iSi! jHoy es mi dfa de furia!... —contests el loro, decidido. a Tonati lo solt6 y, casi simulténea- mente, se gir6 sobre si mismo, quedando de espaldas en el aire, al tiempo que pro- yectaba las garras hacia la desprevenida gaviota que pretendia golpearlo en ese momento. La cogid y la solté en segui- da. Un solo apretén basté y la gaviota se desprendio hacia el suelo. Las dos que venian detras de ella recibieron el mismo tratamiento y las tres quedaron fuera de combate, rengueando tiradas en tierra, Oxi, en tanto, volé hacia los 4r- boles seguido de cerca por una gaviota que lo cteyé presa facil. Pero el loro no solo era un “ave divertida y alegre”, sino que era astuta también. Cuando estaba a punto de ser alcanzado, simplemente... dejé de aletear y cayé, saliéndose de la linea de vuelo de su perseguidora que, por seguirlo con Ia mirada, no vio por donde iba y se estrellé contra un Arbol. —sLe doli6? —se burlé el loro- iDuro de matar! jAsi s uién sigue...? 131 Otra gaviota se le fue encima, pero alentado por su reciente victoria, Oxi se intern entre los arboles haciendo que Io siguiera. Pronto la tuvo confundida entre tanta rama y terminé atrapada en el follaje. —iVan dos y quedan... un montén! —exclamé al ver venir una bandada completa tras él—, jOh - oh!... Me pa- recié ver una linda gaviotita. iVémonos de aqui. agarréndolo otra vez—. enfrentarlas tti solo, o s{? —¢Por qué no? Ya no tengo banda- da, qué mas puedo perder...?—replic6 Oxi amargamente. —Escucha, péjaro bobalicén... —le contesté el 4guila molesto—. Por si no te has dado cuenta, Richthofen, fara y yo estamos peleando por ti... Nosotros somos tu bandada ahora, asf que cuf- date! Y volvi6 a soltarlo para enfren- larse con las gaviotas que los acosaban. ELloro se quedé aténito unos instantes, dijo Tonati No pensabas sorprendido por lo que Tonati le habia dicho. Por lo mismo, reaccioné presto cuando vio que atacaban a su amigo por la espalda y se lanzé a ayudarlo. —jAl abordaje, muchachos...! jA luchar por la justicia...! —grit6 y golped a una sorprendida gaviota que no se lo esperaba y continu6 déndole picotazos, mientras le decia—: jAtrds, bellaca...! ;No me simpatizas...! ;Eres dessspreciable... Pero, aun con toda su valentia, no duré mucho como atacante, su rival se revolvid y lo mandé al suelo de un aletazo. El porrazo no fue nada, lo peor vino después, cuando tres gaviotas le cayeron literalmente encima. Tonati, atacado por todos lados, también fuea dar por tierra, aunque de pie y mante- niendo a raya a sus rivales a picotazos ;olpes de ala. we -F Ponganse a régimen, por favor! —exclamé el loro, aplastado—. gNo han ofdo hablar de la dieta de la luna?... —iPor fin podré hacerte callar, pa- jarraco! —le replicé una de las gaviotas 134 con rabia. Pero no pudo hacerlo. Desde los matorrales cercanos, dos enormes bestias irrumpieron en la escena y se arrojaron sobre ellas, grufiendo y mostrando sus afilados dientes. El panico invadi6 a las gaviotas que, olvidéndose del loro y del Aguila, huyeron para no volver mas. Un poco mas al sur, llovia fuerte y el agua dejaba sentir su peso en las alas de Richthofene fcara, que trataban de es- capar de la bandada que la gorda guiaba tras ellos. Habfan logrado derribar unas cuantas gaviotas més, pero el cansancio los estaba agotando y pronto no podrian seguir volando. Lo Gnico que podian intentar en esas condiciones, era inter- narse en los drboles y tratar de perder a sus perseguidoras entre las ramas. Pero, cuando estaban por lograr su objetivo, fueron alcanzados por las gaviotas mas veloces y tuvieron que pelear. El primerataque lo rechazaron répi- damente, dejando a un par de rivales sin poder volar por un tiempo. Sin embargo, 135 en la segunda arremetida, fara recibié un picotazo en la cabeza y se desprendié semi inconsciente hasta el suelo. Tres 0 cuatro gaviotas la siguieron. ; ~ifeacel —exclamé Richthofen sin tiendo que el coraz6n le daba un vuelco enel pecho. Una gaviota intent6 golpearlo, pero la esquivé y, furioso, se lanzé a ayudar a su amiga. Su agudo chillido de guerra espants a las atacantes de feara, que no lo pensaron dos veces al verlo caer desde el cielo como un rayo, ¥ huyeron sin mirar atrds. El halc6n frené bruscamente junto a ella. —jlcara! —dijo preocupado—. cEs- tds bien? s —Si, sf...! le respondié inquie- ta—. Pero, jelévate, elévate...! —No sin ti —replicé él. —jCuidado, cuidado! —grit6 fcara, pero demasiado tarde. Richthofen oy6 el desagradable graznido apenas un segundo antes de sentir el golpe y de verse arrastrado 136 por el fango, enredado en una especie de abrazo con la gorda Lucrecia, que se arrojé sobre él sin medir su propia fuer- za. Por eso terminaron revolcados por el suelo barroso, llevandose la peor parte el halcén, que apenas podia moverse empapado como estaba. icara se puso junto a Richthofen, mientras, la gorda se levantaba sin quitarle sus ojos cargados de odio de encima. A su alrededor, el resto de las gaviotas fueron aterrizando una a una, cercdndolos lentamente y graznando amenazadoras. —jCut..! Volvemos a encontrarnos, halconcitos —dijo con sorna Lucrecia—. 2Quién reird ahora, halconcitos? —Suefia, gaviota, suefia...—replicé bravucén el haleén, clavando su mirada penetrante en la gorda que, a pesar de su ventaja, titubed un segundo. —Suefia td, halcén... —respondié la gorda recuperandose—. Esta vez no habré dguila que te salve... —jError, gordita! jHay aguila... y un 137 loro aperrado! —la interrumpié una voz bastante conocida. Gaviotas y halcones alzaron la vista, y gaviotas y halcones se quedaron con el pico abierto, estupefactos. Oxi volaba raudo y decidido hacia ellos, tras él venfa Tonati y, tras ellos... dos enor- mes perros que se abalanzaron sobre la bandada atacante, repartiendo ladridos y mordiscos a diestra y siniestra. —jLlegé la caballeria...! —continué el loro entusiasmado—. ;Atin tenemos patria, ciudadanos...! ;Temporada de gaviotas...! ;A la carga...! ;Banzai...! Pero no hubo batalla. Las gavio- tas se desbandaron espantadas y sin dignidad alguna. La gorda Lucrecia, incluso, dejé las mejores plumas de su cola en el hocico de uno de los perros, de modo que volaba dando tumbos sin poder controlar su direccién. Reboté varias veces contra el suelo antes de poder elevarse definitivamente y huir echando maldiciones. —jHazme feliz, nena... no vuelvas 1 Grito de guerra de los pilotesjaponeses durante la Segunda Guerra Mundt. 138 nunca mas! —le grits Oxi a modo de despedida, luego siguié—: ;Victoria! iVictoria! We are the championst... —Ya, célmate, loro... Ie dijo uno de los perros, el mas viejo, —iAh... Nosferatu! jY Barnaba iQué alegria volver a verlos! —exclamé Oxi exultante, luego, volviéndose hacia los halcones, explicé—: Richthofen, fca- 1a... ellos son los perros de los que l hablé... Saben lo que eso significa? —Que por fin nos deshicimos de ti —le contest el halcén burléndose. iSt...1 Encontré a mi familia... jSoy el rey del mundo... —concluyé el lore alegremente. —No sé por qué no me extraiia todo esto —declaré Nosferatu irénico—. So. lamente ti eres capaz de perderte por dias y aparecer siendo amigo deun aguila y dos halcones, como si eso fuera la cosa més normal del mundo... —Y sélo tti podfas provocar una guerra entre pajaro: —Tienen razén... —dijo Tonati si- guiendo la broma—. Si este pajarraco hablador es de ustedes, se lo devolve- mos... jY vigflenlo bien para que no se les vuelva a perder! jJe, je, je —Tuviste suerte, loro —explicé entonces Nosferatu—. Anoche descu- brimos a las gaviotas merodeando y las ofmos hablar de un péjaro verde y bocafloja que no podia ser otro mas que tii, asf que las seguimos y te encontra- mos... La verdad es que no sé por qué lo hicimos... —Ya esté bien... Me gustan cuando callan... —replicé el loro, cortado—. Estoy seguro de que asf y todo me ex- trafiaron... Ahora, vamonos a casa... Oxi tiene hambre... jUrrrc! La casa no estaba muy lejos en rea~ lidad. Un par de kilémetros al sur, 0 sea cinco minutos para el 4guila y los hal- cones, o quince a trote de perro. Pero, a vuelo de loro fue bastante mas. Aun asf, Iegaron y debieron despedirse. En la cima de un pequefio en fi los desde el que se podia ver la casa, cuatro amigos se dijeron adiés. No fue una despedida muy larga, nadie queria Morar, aunque Oxi debié hacer un enor- me esfuerzo por controlarse. —No se olviden de mi —les pidié emocionado—. Y ustedes dos invitenme ala boda... construyan un bonito nido y tengan muchos polluelos... 0 pichones, como sea... Tonati ser un buen padrino ije, je, je-..!). : 7 v eeria imposible olvidarte, loro —le respondio fcara—. Y nuestros hijos sabran de ti... y nuestros nietos también. ; Richthofen la miré sorprendido, 0 feliz. ‘ 2 —jAdiés! —dijo Oxi y se echo a volar tras los perros que ya corrfan la- drando hacia la casa. : —jAdiés! —le contestaron y lo vie- ron alejarse. a Cuando estaba por llegar, grité: —iVilma... ya regresé... sirveme 142 a cena..! jEI lorito quiere una galleta! iCar’ehuevo, car’ehuevol... Su familia humana, alertada por los ladridos, salié a recibirlo. Sin duda, lo querfan y lo habian extrafiado, pues dieron muestras de mucha alegria al verlo de nuevo. Los halcones y el Aguila, un poco entristecidos, pero al mismo tiempo sa- tisfechos, se aprestaron a volar de vuelta a su hogar. Sin embargo, un llamado inesperado los hizo volverse hacia la casa otra vez. Volando a toda prisa, el loro venia hacia ellos. —iRichthofe: —grité desde el aire—. {No querias conocer a los hom- bres de cerca? ;Ven conmigo y no te Preocupes.. Y, dando media vuelta, volvié hacia la casa, deteniéndose en la punta de un poste, a unos veinte metros de su familia, que lo miraba extrafiada de su comportamiento. Richthofen dud6 un momento, pero, después de cruzar una mirada 143 con {cara, batié las alas y Ientamente y con cuidado, se acercé a la casa. Oxi, entonces, abandoné el poste y bajé hasta elhombro de un hombre alto y gordo, el lider de su bandada, al parecer. El hal- c6n comprendié y se poss suavemente en el poste y desde alli observé a los humanos, que se quedaron wiendole tan sorprendidos y extrafiados como é aellos. : : Muy despacio y sin hacer movi- mientos bruscos, el hombre gordo cogié a la mas pequefia de sus polluelas de Ia mano y avanz6 unos pasos hacia el poste. Richthofen escuché los sonidos que emitfan, aunque no entendié lo que cian. — Qué pajaro es ése, papé? —pre- gunts la nifia. . : —Es un haleén, pequefia... un ave —contesté el padre. mpl Que counave rapaz? —volvié a tar ella. Biel ave cazadore: hija —fue la respuesta. 144 —iHuy... —exclamé la pequetia—. éQuiere comerse a Oxi? —No lo sé... Si no ha comido, tal vez... —contest6 sincero el padre, —O quizds sea su amigo y sélo quiere despedirse de él —dijo la nina sonriendo. —Quizds... En este mundo, todo es posible —concedié el hombre, también sonriendo. —A lo mejor el haleén también quie- re vivir con nosotros, papa —aventurd la pequefia inocentemente. —No lo creo, hija... neg el padre, luego agreg6—: Un halcén no es como un loro... Un loro es un pajaro que vive en bandadas, o sea, en familia, por eso Puede adaptarse y vivir con nosotros. Pero un halcén... miralo, pequefia, es un ave hecha para volar... y para volar como un halcén, se necesita mucho espacio, mucho... No, hija, ese halcén naci6 para ser libre. Como respondiendo alo que el pa- dre decia, Richthofen abrié sus alas y se 145 eché a volar... feliz de haber visto a un hombre de cerca y, sobre todo, feliz de ser un halcon. FIN