Fiesta de la Ascensión

28 mayo 2017

Evangelio de Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que
Jesús les había indicado.
Al verlo ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
— Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced
discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del
Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he
mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del
mundo.
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MISIÓN Y CONFIANZA

Con este texto, acaba el evangelio de Mateo. Se recogen en él
tres temas muy importantes en las primeras comunidades: la fe en el
Resucitado, la misión y la confianza en su presencia permanente.
Querría comentar algo sobre cada uno de ellos.

1. A veces, tal como se presentaban los relatos de las
apariciones en la catequesis o la predicación, daba la impresión de
que los primeros discípulos no tuvieron ningún problema de fe. Según
esas presentaciones, ellos habrían visto al resucitado de un modo
similar a como lo vieron antes de su muerte.
Sin embargo, no pudo ser así, e incluso hay textos –como este-
que no lo ocultan. Al mismo tiempo que presenta la actitud del
creyente con el signo de la postración –reconociendo a Jesús como el
Señor-, no esconde que “algunos vacilaban”.
No; los primeros discípulos no tuvieron más “ventajas” que los
que habrían de venir más tarde. Para unos y para otros, la presencia
del resucitado no es accesible –por usar un lenguaje clásico- al “ojo de
la carne” ni al “ojo de la mente”. Se requiere aprender a mirar con el
“ojo del espíritu” (o “tercer ojo”), lo cual es posible en la medida en
que acallamos la mente y nos abrimos a experimentar el Misterio, en
cuanto núcleo íntimo y omnipresente de nuestro propio ser.

2. La misión, tal como se presenta en este relato, adopta una
forma que no se remonta al Jesús histórico. De hecho, el envío que
hace Jesús –y que relata el propio Mateo- presenta unas
características bien distintas: “Id anunciando que está llegando el

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reino de Dios. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad
a los leprosos, expulsad a los demonios” (Mt 10,7-8).
¿Qué ha ocurrido para se expliquen las diferencias entre
ambos? Algo muy simple: el primero recoge más bien el sentido de
Jesús –favorecer la vida- y contiene directamente su propio sabor; el
segundo –que habla ya incluso del bautismo en el nombre de la
Trinidad- nace en el contexto de una comunidad de discípulos
bastante desarrollada, que entiende la misión en clave proselitista,
como cualquier grupo religioso que se inicia.

3. Y la última frase de todo el evangelio es una promesa, fuente
de confianza. Las primeras comunidades debieron vivir la certeza de
la presencia de Jesús con notable intensidad. El Apéndice del
evangelio de Marcos termina con una frase similar: “Ellos salieron a
predicar por todas partes y el Señor cooperaba con ellos” (Mc 16,20).
La confianza brota de la certeza de la unidad: “Yo-con-
vosotros”. Siempre sucede así, incluso en los niños más pequeños. La
confianza psicológica del niño, que podrá constituir una plataforma
segura en la que apoyarse a lo largo de toda su existencia, se
fraguará, básicamente, en el la experiencia de “apego seguro” con la
figura materna, en la “urdimbre afectiva” (J. Rof Carballo) entretejida
con la madre y otras figuras significativas para él.
De un modo similar, la confianza existencial se apoya en la
vivencia de la unidad con todo. El yo, al percibirse aislado y separado
del conjunto, está condenado a la soledad, al miedo y a la ansiedad.
Superado ese engaño, al acceder a nuestra verdadera identidad,
descubrimos que podemos descansar confiadamente en lo que es (lo
que somos).
Pero, además, el autor del evangelio parece hacernos un guiño
intencionado y cargado de sentido. El “Yo estoy con vosotros”
podemos tomarlo como un nombre propio de Jesús, en cuanto remite
al primer capítulo del evangelio mateano, en el que, citando al profeta
Isaías, se dice: “Le pondrán por nombre Emmanuel (que significa:
Dios con nosotros)” (Mt 1,23).
Es decir, Mateo hace lo que se conoce como una inclusión: Jesús
es el Dios-con-nosotros (Emmanuel). Así se nos presenta y así se
despide.
Y con este hermoso y acertado nombre, somos conducidos de
nuevo a percibir la Unidad del Misterio, en sus dos caras –lo divino y
lo humano, lo invisible y lo manifiesto-, abrazadas en la no-dualidad.
Como Jesús, todo lo que es, contiene ese “doble rostro”: somos
la forma concreta en que se manifiesta la Consciencia una. Esa es la
fuente de toda confianza.

www.enriquemartinezlozano.com

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