Domingo VI de Pascua

21 mayo 2017

Evangelio de Juan 14, 15-21

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
— Si me amáis, guardareis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre
que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la
verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce; vosotros,
en cambio, lo conocéis porque vive en vosotros y está con vosotros.
No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me
verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces
sabréis que yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros. El que
acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama, lo amará
mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.

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ESPÍRITU DE VERDAD, ESPÍRITU DE UNIDAD

Para el cuarto evangelio, el Espíritu es “otro Paráclito” porque
aquellas comunidades de finales del siglo I tienen claro que el “primer
Paráclito” es el propio Jesús.
El término griego “Parakletos”, que se suele traducir como
“Defensor”, significa literalmente “el que está al lado”, para defender,
apoyar, consolar, sostener… Por ese motivo, alguien ha insinuado que
la traducción más acorde sería, tanto la de “abogado defensor”, como
la de “asistente social”.
En la misma evolución de las comunidades, se fue produciendo
lo que los expertos denominan un “dualismo eclesiológico”: es decir,
se marcaron cada vez más distancias entre la propia comunidad y
“los de fuera” (el “mundo”). El redactor de esta época ya tardía no
pierde ocasión para insistir en que el don de Jesús se dirige
únicamente a la comunidad de discípulos: “Lo conocéis vosotros [la
propia comunidad joánica]”, pero “el mundo no lo conoce…”;
“vosotros me veréis, pero el mundo no me verá”...
Se trata de una distancia, característica de todo grupo sectario
(no en el sentido peyorativo, sino etimológico), que se suele ver
agudizada –como era aquel caso- cuando la comunidad se siente
perseguida.

Más allá de las anécdotas históricas, el Paráclito es llamado aquí
“Espíritu de la verdad”. Y la verdad –parece añadir más adelante- es
que “yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros”.

1
La verdad –no podía ser de otro modo- tiene sabor de unidad.
Nos faltan palabras para poder expresarlo adecuadamente, pero
unidad no es suma o yuxtaposición. La unidad tampoco es algo que
podamos producir, ni siquiera gracias al amor. No es, en fin, el
“resultado” de nada.
Es más bien al contrario: lo primero es la unidad. Todo es Uno.
Lo demás –amor, cercanía, equipo…- es simplemente consecuencia
de lo que ya es.
La unidad se puede percibir como un sentimiento profundo de
pertenencia o de vinculación, en un nivel infinitamente más profundo
que el psicológico.
Se trata de una vinculación del orden del ser: no es que nos
hagamos uno, ni siquiera que nos sintamos así. Es que lo somos.
El Espíritu de la verdad puede recibir otro nombre como Espíritu
de la unidad. Pero no como una entidad separada, tal como nuestra
mente pensaría. Si se llama Espíritu de unidad es porque se trata de
ese Misterio único del que todos participamos, que todos
compartimos, en el que todos somos uno.

El resultado de esta comprensión y vivencia no puede ser otro
que el amor. No un amor entendido como movimiento sensible o
emocional, sino el que se percibe como consciencia clara de no-
separación de nada. Amor, por tanto, que se traduce en empatía y
compasión.
Pero tal comprensión va necesariamente unida a una
percepción adecuada de la propia identidad. Porque, mientras yo siga
pensando que el yo constituye mi identidad, me estaré cerrando al
amor, porque no podré percibir la unidad que somos. Desde el yo
(ego) pondré en marcha un comportamiento egocentrado. Solo
cuando comprendo que no soy el yo, podrá modificarse radicalmente
mi perspectiva. A partir de ahí, ya no “mediré” las cosas desde el
interés del ego, sino desde la identidad amplia y una que
compartimos. Y descubriré que, con frecuencia, lo que parece “malo”
para mi ego puede que sea lo más acertado. Y a la inversa, quizás lo
que mi ego persigue con tanta fuerza no sea lo que realmente me
(nos) construye en lo que soy (somos).
Y aquí nos resuenan las palabras sabias del propio Jesús, que
brotaron sin duda de esta misma comprensión: “El que quiera salvar
su vida [psiché, ego] la perderá, pero el que pierda su vida, la
salvará. Pues, ¿de qué le sirve a uno [al ego] ganar todo el mundo si
pierde su vida? ¿Qué puede dar uno a cambio de su vida” (Mc 8,35-
36).
No son palabras de amenaza, ni –en primer término- de
exigencia o de mortificación. Son palabras de sabiduría, que llaman a
“despertar”, a salir de los engaños en que nos encerramos, como
consecuencia de haber absolutizado la visión estrecha de la mente, y
a descubrir la luminosa verdad de que somos Unidad.

www.enriquemartinezlozano.com

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