Olimpotosí

(ninis: ni cuentos ni poemas)

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Texto, fotos, ilustraciones y diseño:

© Alexandro Roque, 2011
Hecho en México

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Vampírico

La noche. Toda la noche es un abrazo aunque ya
no lo siente. Si durara para siempre pero con el
ser amado, al menos con su recuerdo, sería ideal.
¿Pero cómo estar en la eternidad sin esa imagen?

Esto es el terror, piensa cada vez que se toca el
cuello y siente el par de heridas sin cicatrizar.
Se muerde para no sentir hambre y se sabe solo.
¿Una estaca? Florecería.

Quisiera besarte, posar mis manos en las tuyas,
piensa Narciso cada vez que pasa frente a un es-
pejo. Y suspira.

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Me quiere, no me quiere...

En cuanto arrancó el último pétalo el enamora-
do se cimbró ante la carcajada de la margarita. Si
serás pendejo, le dijo la flor, aún agitada por el
ataque de risa. En primer lugar, no haces la pre-
gunta adecuada. En segundo lugar, no deberías
condicionarte a dos respuestas, sino abrir tu men-
te, nunca son sólo dos caminos. Y en tercer lugar,
inútil, ¿quién diablos les dijo a los humanos que
las margaritas estamos para resolverles sus dudas
de amor? Por una estúpida costumbre ni siquiera
saben a cuál flor preguntarle.

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Instantes

Sentado en el sillón, su espalda se hunde en el ter-
ciopelo. Ella se aproxima hacia él, desnuda, son-
riéndole coqueta, tomando su vino con un gemi-
dito travieso. Él se relame los labios cuando ella
pasa su lengua por su cara y el vino demuestra su
color y su sabor afrutado.
Él no se puede mover, es como si estuviera
amarrado. Sus ojos son los únicos que pueden
cumplir con el mandato del alma, su cuerpo está
anclado al sillón y la música crece su deseo, como
en los viejos tiempos. Ni siquiera una palabra sale
de su boca. Ella lo sabe y en un segundo se aleja
de él, dándole la espalda; con rapidez se pone la
ropa, una que no le queda nada bien, y sale de la
habitación como si él no existiera.
Así es desde que él murió. Cada noche ha de
regresar a casa para ver vestirse a su amada. Un
parpadeo. Sólo eso.

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Oído por azar

Si, hasta ahorita conseguí un teléfono de mone-
das... Sí, te extraño... Mucho... Claro que me gus-
taría hacértelo... La verdad y acá entre nos me en-
cantaría que mis amigos te tuvieran para que vean
lo que es una hembra, para que conozcan la poesía
encarnada... ¿Y qué más...? Y mis enemigos tam-
bién, ¿por qué no? Para que se mueran de envidia,
para que conozcan mi dicha. Es más, debería ser
una experiencia obligatoria estar entre tus pier-
nas, para que sientan una verdadera entrega total,
el vértigo agonizante de una experiencia animal
que los haga llegar al infinito, que se llenen de
color, de ese rubor que hace palicecer el nombre
carmín, de la piel morena que se apodera de mi
alma haciéndola estallar a tu creciente ritmo. Por
mí te tomaría videos, fotos, que todos sepan que
el paraiso existe. Debería ser una asignatura obli-
gatoria para graduarse en sexo, para decir que se

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ha amado en esta vida. Quisiera hablar en público
de tu botón agigantado, de tu vagina, tu selva y tu
olor a flora, de tu gemidos, de todo lo que hace-
mos en privado. Pero no te preocupes, ante todo
soy un caballero. Bueno, chiquita, se me acaban
las monedas... sí, yo también...mucho...

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Mititos (1)

Bien, ya que has demostrado tanto amor, puedes
marcharte del infierno, los dioses lo permiten,
vete y no vuelvas jamás. Hay un sola condición,
que en el camino al exterior no puedes volverte a
mirar al objeto de tu deseo o todo lo perderás.

Anda, anda y no voltees a ver el espejo, Narciso.

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Mititos (2)

No hacían falta las palabras. Lo siento, no tengo
la culpa de que hayas comprobado lo que todos
decían de ti. Yo sólo alcé mi escudo como defen-
sa. Es la realidad la que te ha petrificado y te ha
mostrado lo que eres.

Tal vez por eso dicen que una imagen dice más
que mil palabras, monstruo.

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Mititos (3)

—Ya estuvo.
—¿Y qué te dijo la Esfinge, Edipo?
—Dijo que por haber adivinado su acertijo
me voy a ir a chingar a mi madre...

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En la carretera

Después de tres horas de camino desde San Luis
Potosí decidió sintonizar la estación de radio de
Matehuala. Faltaba una hora para llegar a ese
municipio pero quería irse aclimatando a la mú-
sica del desierto. Alcanzó a escuchar “y contiene
documentos de interés solamente para su dueño”,
con los datos de una credencial del IFE.
El nombre era el suyo, pero apenas se dirigía
hacia una ciudad en la que nunca había estado,
donde nadie lo conocía. Se vio con atención en el
retrovisor, trató de palpar la cartera en su bolsillo.
No estaba. Amodorrado, sintió una gran tranqui-
lidad: el despertador debería sonar en cualquier
momento, sería mucha coincidencia, aunque lo
mismo debe de haber pensado el conductor del
trailer que lo embistió, que no recordaba dónde
había dejado la cartera.

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Apostolado (1)

Ay, maestro. Bueno, que quede en treinta, pero
que incluya un besito, ¿no?

Nomás no me vaya a dejar colgado...

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Apostolado (2)

Sí, estuve en la cena pero me cai que no lo co-
nozco. Pregúntenle a Judas, él fue el que pagó la
cuenta porque acababa de recibir un dinerito.

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Apostolado (3)

Señor, si ya sabías que toda Pasión lleva al Cal-
vario ¿pa qué le mueves? Sabías que en toda
Pasión alguien se lava las manos y, al amane-
cer, cuando el gallo canta, alguien lo niega.

Perdónanos, señor, porque en toda Pasión na-
die sabe lo que hace.

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Impávidos

Cada noche, Midas se casaba para aumentar su
colección de jóvenes de oro. Hasta que Schere-
zada le contó una historia que lo dejó petrificado.

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In conciencia

Ojos rojos, un perro aulla. Prendo la luz. Noche
negra con pantalla en blanco, tantos sueños y tan
poco sueño cuando Morfeo se convierte en sal al
mirar hacia atrás. Si no era Morfeo (¿su esposa?)
era parecido, feo de nombre, feo final. La música
es la misma, creo. Conmueve igual.

La pantalla sigue en blanco: sólo se me ocurren
lugares comunes para nombrar lo extraordinario
de este sueño, el que no llega.

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Mentiras

No lo dije, nunca lo dije. Eso que dice que dije fue
el canto que quiso escuchar, atada al mástil. Iba de
carrera. Yo dije ven. No escuchó en realidad y el
barco se perdió de vista.

Hizo bien: los sirenos y las musas somos apenas
un episodio o cuento corto para quien quiere es-
cribir. Al menos eso quiero creer.

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Mitotauro (1)

Desde que entré al laberinto me siento minotauro:
ando medio wey.

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Mitotauro (2)

Ahí está, con sus mamas enhiestas, minotaura,
dispuesta a embestirme. Y yo que no traje un hilo
ni de seda. Gran cogida.

Ni hablar: hoy me pierdo en el laberinto, no soy
un héroe.

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El metiche

Mi cuerpo se llagó y el dolor era insoportable. Ni
las drogas más potentes lograban que tuviera un
momento de paz. Después de tan larga agonía la
muerte fue para mí una bendición.

Quería ir al encuentro con Dios. Por fin descansé.

Lo malo es que luego llegó mi primo, al que nunca
había visto, y me dijo: “Lázaro, levántate y anda”.

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Mítica

Ariadna: ojalá nuestra hija sea minotaura, con tu
belleza y mi cabeza porque, la verdad sea dicha,
eres bastante pendeja.

Mira que no poder salir del laberinto por más hi-
los que me echas.

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Olvido

Al califa le dio el mal de alzheimer y por eso Sche-
rezada se salvó: ella tampoco recordaba cómo
acababan las historias que había memorizado de
niña. Sólo sabía que eran maravillosas y que eran
en un lugar muy lejano. Como todo matrimonio
que olvida, el califa y Scherezada fueron felices
para siempre.

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Cíclope

¿Dónde está la entrada a la cueva? Nadie pene-
tra al lugar donde escribo. ¿Dónde está la salida?
Nadie me ha leído el día de hoy. Quizá es que soy
apenas un mito. De narrador a personaje, el cora-
zón devorado una y otra vez. Narciso reflejado,
el otro. Nadie de nuevo. Eco de una voz que hizo
naufragar mi barca, ay Ulises, enamorada de esa
imagen distorsionada por el agua. Mirada y canto,
cuento de nunca acabar, tejido en la espera mil
veces para evitar el recuerdo y mantenerlo vivo...
A los dioses les encantan las comedias de enredos.

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Matemáticas

Su mujer era muy equis. Lo condenaron por des-
pejarla de su ecuación.

Fue entonces que se sintió muy tranquilo: en la
cárcel ya no habría incógnitas.

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Cita

Yo le dije nos vemos en mis sueños como una
romántica despedida, una mera galantería poéti-
ca, pero anoche llegó como si fuera la dueña del
lugar, la dueña de ese prostíbulo vacío que es mi
mente (si despierta no funciona, dormida no tie-
ne ni puta idea). Casi todas llegan sin avisar, y se
marchan igual, pero ella dijo ya ves, ya vine como
habíamos quedado. Yo estaba echado en una ha-
maca y ella me llevó a otro sitio, algo oscuro, don-
de apenas se veían sus ojos, me forzó a sentarme
frente a una máquina de escribir bajo la única luz
y me mostró su espalda. Escribe, ordenó.
Al despertar vi en el espejo dos levísimas
marcas de una especie de letras en mi cuello.
No sangran, espero que desaparezcan al dormir.
Y ahora, tengo que ver su espalda.

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Despertar

Cuando me desperté una mañana después de un
sueño intranquilo, me encontré sobre mi cama
convertido en tu amante, en el amante de una
monstruosa mariposa.

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Privado

De frente a mí, su voz adoptó tono de azafata:
“Por arriba de la tanga, por favor”.

Y despegamos.

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Tinturas

La casa está hecha un desastre. Desde que una ma-
ñana desperté convertido en poeta, con mis seis
brazos como es menester, octópodo en su tinta, ya
no me puedo detener, y escribo y escribo y escribo
y hasta dormido algunas de mis manos siguen sol-
tando tinta como si las palabras fueran útiles.
¿Cómo llegué a esto? A quién le importa: na-
die le preguntó a Gregorio, déjenme en paz... afue-
ra pasa y se regresa frente a la ventana una mari-
posa colorida. No pienso preguntarle cómo llegó a
serlo, pero se ve tan alegre volando.
Sueño con poder leer de nuevo, con escribir
como acostumbraba, con apenas dos dedos en el te-
clado, pero empiezo a aventar letras como loco, con
tinta roja que sale de mis manos. Como dijo aquel,
preferiría no hacerlo... Bueno, sí. Cansa, pero satis-
face.
Tengo poemas en el tendedero sólo porque ya

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no sé dónde ponerlos, y nada que se secan, siguen
salados, húmedos como en las mañanas romanas.
Los cajones están llenos y en la libreta se desparra-
man por las líneas de cada hoja.
Malditos, rencorosos, los hay que a veces me
quieren morder y los amenazo con el borrador. Hay
poemas en el hueco de la videocasetera, en la caja de
los pañuelos desechables (es que a veces es lo mis-
mo). Algunos, pobrecillos, se sienten cuentos, pero
les falta mucha historia por delante. A otros, según su
sabor, los caliento y los paladeo, como aperitivo para
la futura noche de un pasado perfecto. Los que dejé
en el congelador allí seguirán, porque podrán enfriar-
se las palabras, pero no he encontrado dónde enfriar
las miradas... afuera pasa y se regresa la mariposa,
se posa en los poemas del tendedero, sonríe y se va;
se niega a entrar por la ventana, se esconde y luego
muestra orgullosa sus colores y sigue allá afuera.
Vaya, debo conseguir papel atrapamoscas a
ver cómo se escribe en él.
Y luego en las alas de una mariposa.

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Vértigo

Las calles coloniales tienen nuevos colores. Una
ciudad que conozco y que me desconoce me abre
paso, curiosa, burlona, haciéndome protagonista
de un capítulo al azar. Mirada a mirada, la ciudad
desaparece, el rojo se apodera voraz de cada se-
máforo, en tanto el tinto da paso a la tinta con que
la escribo.
Bé-be-me, una orden que transforma (en) to-
dos los sentidos. Ya no puedo describirla, oculta
en las cortinas de mi ventana, encerrado en tonos
de morado, con la pantalla en blanco y en la noche
más negra, esclavo voluntario, enfermo terminal
que cambia de forma al beberla. Pongamos que
hablo del País de las Maravillas.
Me asomo y lloro porque allá no hay nada.
No sé si existo fuera de mi cuarto.
Asomado a lo alto de la ciudad las palabras
vuelan, y uno sabe que si se avienta la poesía no

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dejará que caiga, aunque el cuerpo se expanda
en recuerdos, en sensaciones, confesiones y todo
estalle. La ciudad es deseo, cada ruido de ella es
música y cada palpitación es un escalofrío.
To-ma-me. No sé si es un sueño, como aquel
en el que supe que estaba soñando y decidí volar.
Tengo acrofobia, no me puedo asomar a la distan-
cia vertical sin un mareo pero sé que el vértigo no
ha empezado al estar arriba de la ciudad, sino al
arribar al aleph... creo que la idea me la robó un
tal Borges, y antes un tal Ercilla, o sintieron lo
mismo, ¿cómo saberlo? No hay pasado ni futuro,
todo se concentra en una esfera frágil en la que la
vida se detiene.
Desperté y la ciudad sigue aquí. Y para estam-
par su estampida me propone literatura de viajes.
Todas las ciudades mienten. A alguna parte
hemos de llegar, espero. Si no, no estaríamos aquí.

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Temperatura

Tengo descompuesto el termostato. No marca la
temperatura adecuada, no avisa que el gas sigue
subiendo y el botón de apagado no funciona. An-
tes era tomarse de las manos y decir “mira, estás
muy calientito”, y hoy me he vuelto un personaje
febril de un mal poema. Hiervo. Ya no sé si llamar
al médico o a un electricista. Eso de sudar como
cerdo —error de dedo: dudar como cerdo— y
despedir chispas a toda hora no es normal, cual-
quier día voy a amanecer en calidad de cocido.
Lo peor es que el cerebro se empieza a freir
—tal vez debería servirlo rebozado, con mucha
lechuga y un buen Trumpeter— y ya no distingue
realidad de sueño, confunde colores, se queda es-
perando un segundo mientras pasan horas, se en-
cela de nada (y de todo), se vuelve sombrío y trata
de explicarse lo que nadie le pide y ni siquiera
le importa porque son circunstancias que a otros

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pertenecen y que no quieren explicarlo. Frito, el
cerebro, lo que queda de él, suda, pero el sudor
no sólo sale por los poros, sino por los ojos. El si-
lencio está, ese sí, en su punto, listo para el festín.
La realidad se ha vuelto viscosa y estas chis-
pas pueden terminar incendiando mi cocina si no
reparo el termostato.

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Servicio social: memoria extraviada

Se solicita la amable colaboración de los lecto-
res para localizar una memoria que el dueño de la
misma extravió el pasado fin de semana cuando
estuvo de visita en Aguascalientes. Es una memo-
ria usb marca kingston y no tiene señas particu-
lares. Contiene fotos y documentos de gran va-
lor sentimental para su dueño. Si encuentran una
memoria usb y al abrirla el documento que está
primero en la lista es 000novela.doc, esa es.
Pueden vender y revender las fotografías de
desnudo si tal es el gusto de quien la encuentre,
pero pide, por amor de dios, sólo suban a Internet
las más de mil fotos que fueron bajadas de él, es
decir, las que están en la carpeta Wow, no las que
están en la carpeta que se llama Digitales. Pueden
copiar y borrar, incluso, las de artistas famosas,
las de las modelos en close ups y en long shots
que durante tantas horas el dueño de la memoria
fue recopilando para encontrar alivio tras el trance

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amargo del abandono de su esposa, o las de las
artistas que dieron consuelo con sus rebuscadas
poses al que perdió la memoria desde que supo
teclear una computadora, hace algunos años.
De la carpeta de videos, pide que sólo copien
los de la carpeta De Otros, que contiene algo así
como 300 cortos de su grupo en yahoo, donde no
se oyen sino gritos. Los de la carpeta XXX pide
que no lo vean, porque son escenas que grabó con
varias compañeras que lo odiarían si llegaran a
verse en la red, y sobre él caería el descrédito que
reguramente acomete a los altos funcionarios que
como él gustan de guardar recuerdos de momen-
tos amorosos. La alta encomienda de velar por los
intereses del pueblo no obsta para no ser humano,
asegura, tan humano como su corazón le permi-
te amar y ser amado y guardar recuerdos. Si de
cualquier modo alguien desea hacerlos públicos
el dueño de la memoria pide encarecidamente
sean borradas las voces, ya que en cada uno suele
decir el nombre de su amada y ella repite el suyo

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hasta el hartazgo. Asismismo, si no hubiera más
remedio, solicita sean difuminados los rostros y
otras señales como tatuajes y piercings que pu-
dieran llevar a la identificación de los respectivos
amorosos.
La carpeta Digitales es la única que verdade-
ramente necesita de la memoria el dueño, porque
todas sus amantes y sus dos esposas tienen dere-
cho a que no se sepa que saben posar como las
mejores, o a que nadie tenga que ver sus caras de
éxtasis o sus partes íntimas, por no hablar de sus
cicatrices o hasta de su celulitis. El dueño pide
que algún alma caritativa cambie el nombre de
cada subcarpeta por el de alguna estrella de la fa-
rándula o les deje un número consecutivo. Si, sea
por dios, quien encuentre su memoria se empeña
en compartir las imágenes en algún blog o red so-
cial, el ya entonces no tan anónimo dueño ruega
se pixeleen las sonrisas en su rostro.
El dueño, de San Luis Potosí, pide que si al-
guien se compadece de él dejen la memoria en un

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sobre cerrado en el hotel Quinta Real, para él pa-
sar a recogerla en cuanto pueda (preguntar por don
Cosme, el botones). A manera de pago, incluso,
dice que si alguien se atreve a quedarse con los tex-
tos que están en ella, pueden usarlos con confianza,
en concursos o revistas de segunda (porque advier-
te que las de primera tal vez no los acepten). Hay
cuentos y supuestos poemas, esbozos de novela fir-
mados por un tal Rubén Mendoza (nombre ficticio)
y muchos textos bajados de Internet, la mayoría de
autores no muy famosos. Hay también documentos
en acrobat que son de interés, no para mucha gente
sino para algunos estudiantes de literatura: Stend-
hal, Goethe, Cioran, Eco y otros.
Aclara esa persona desesperada que los men-
sajes de correo capturados en documentos de
word en ningún caso se refieren a ese conocido
político ni a la afamada escritora, pues cambió los
nombres e inventó los supuestos diálogos de di-
chos mails, no para quedarse con evidencias sino
más bien como un ejercicio de la imaginación.

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Si alguien encuentra la memoria pero se nie-
ga a entregarla, como último y más triste final del
caso, el dueño pide que por lo menos borren la
carpeta que se llama nips, que en realidad contie-
ne oraciones a diversos santos y cadenas de Inter-
net elaboradas en powerpoint.
Asimismo, el dueño desea, de todo corazón,
que nadie, nunca, pierda una memoria tan llena de
recuerdos, todos inventados, como la suya.

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Ceguera

Salió del baño con las manos por delante, desnu-
do. Nunca había estado en ese hotel y sintió que
ver le era más necesario que nunca. El, que se
preciaba de que en sueños tenía excelente vista,
un sentido que muchos no deberían extrañar, con
tanto que tocar y qué oír, pero en ese instante él
quiso saber qué se siente aproximarse al lecho
donde yace un cuerpo que espera amoroso y apre-
ciar sus curvas, su colores, sus imperfecciones y
hasta sus lunares. Ojos para leer ese cuerpo y la
mirada. Ella lo debió guiar con la voz para que él
se ubicara en la dirección correcta.
Anda, Jorge, ven que te espero. Te imaginaba
más viejo pero eres aún maduro, luces muy bien.
Ansiaba estar contigo, y por fin aquí estamos, uno
para el otro, sin preocupaciones, sólo unidos por
las palabras y la carne. “He nombrado los sitios
donde se desparrama la ternura y estoy solo y con-

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migo”, le dijo él al oído y dejó que la oscuridad se
asentara entre las sábanas.
Anda, Jorge Luis, recítame algo, quiero oír tus
palabras inmortales, dijo ella cerrando los ojos.
Ven, que ya estamos igual, no veo nada y quiero
que los colores se formen en nuestra imaginación.
Te he admirado desde hace mucho y quiero llorar
de emoción.
Las palabras inventan el mundo y todos in-
ventamos el amor, que suele nacer de la vista. Y
Todo lo que no tenemos se vuelve una tragedia
para uno y un peligro para el otro. Él aborrece los
espejos, eso dice, y la transforma en aleph, por
muchos minutos, convirtiendo ese encuentro en
tantos otros, cuando no hay más historia que la
entrega.

Ni la intimidad de tu frente clara como una
[fiesta
ni la privanza de tu cuerpo, aún misterioso
[y tácito de niña,

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ni la sucesión de tu vida situándose
[en palabras o acallamiento
serán favor tan misterioso
como mirar tu sueño implicado
en la vigilia de mis brazos.

Anda Jorge Luis, dime lo que sabes. Tu poesía es
mi mejor estimulante, todo me lo sé de memo-
ria, hasta tus comas, tus silencios, porque has sido
mío desde que abrí tus libros. Él no puede ver
nada, pero cierra los ojos y responde concentrado
al sudoroso embate.

Virgen milagrosamente otra vez por la virtud
[absolutoria del sueño,
quieta y resplandeciente como una dicha
[en la selección del recuerdo,
me dejarás esa orilla de tu vida que tú misma
[no tienes.

41
—¡Jorge! ¡Jorge Luis, eres el mejor poeta del
mundo! —Gritó ella estremeciendo al vecindario.
Ambos se toman de la mano y se tienden boca-
rriba, con una sonrisa que no se comparten pero
suponen.

Él se quitó la venda de los ojos y la miró complacido.
—Bien, querida, ¿mañana qué escritor quieres
que sea?

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43
2011

http://alexandroroque.blogspot.com

debajodelagua@gmail.com

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