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HANS URS VON BALTHASAR Tu tienes palabras de vida eterna Meditaciones sobre la Escritura Fenny To Ecdic jones Titulo original Du bast Worte ewigen Lebens Schrifibetrachtungen © 1989 Johannes Verlag, Einsiedeln/Trier o1 Ediciones Encuentro, Madrid Traduccién José Pedro Tosaus Disefio de la coleccién E. Rebull Queda rigurosamente prohibida, sin la autonzaciOn escnita de los titulares del Copyright’, bajo las sanciones estable- cidas en las leyes, la reproducci6n total o parcial de esta obra por cualquier medio 0 procedimiento, incluidos la reprografia y el tratamiento informatico, y la distribucién de cjemplares de ella mediante alquiler o préstamo publicos Para cualquier informacién sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a: Redaccién de Ediciones Encuentro Cedaceros, 3-2* - 28014 Madrid - Tel. 532 26 07 Cuando Hans Urs von Balthasar murié el 26 de junio de 1988, la redaccién de estas med:taciones estaba concluida. C1en habia planeado él; han resultado ciento una Un tercio de ellas lleg6 a revisarlas personalmente. Con rica plenitud, y en un Ultimo esfuerzo, stembra una vez mis la semulla de la palabra de Dios, como ha hecho desde hace décadas en las comunidades fundadas por él, con la confianza creyente en la vitalidad y fuerza salvadora de esta Palabra El autor ha puesto en boca de san Serafin de Sarow el deseo ardiente y la intencién que animan este libro Todos los Santos de 1988 -En nuestros dias, la santa fe en nuestro Seftor Jesucristo se ha hecho tan tibia, y la insensibilidad ¢ indiferencia por la comuni6n con Dios ha crecido tanto, que realmente se ha de decir que nos hemos alejado casi por entero de la verdadera vida cristiana. Muchos pasajes de la Sagrada Escritura se han hecho hoy comple- tamente extrafios para nosotros, hay gente que la califican de incomprensible. ,cOmo ha de ser posible que los hombres contem- plen a Dros de manera tan concreta? Pero esto no es en absoluto tan incomprensible, el hecho de que ya no entendamos las cosas se debe a que nos hemos alejado de la sencillez original del cono- cimiento cristiano, y nos vemos arrastrados a tal oscuridad de igno- fancia por una supuesta ilustracion. hoy en dia consideramos incon- cebible todo aquello de lo que los antiguos tenian un concepto lo bastante claro como para hablar entre ellos de la revelacién de Dios al hombre como de un hecho generalmente aceptado- Yo pregunté entonces al padre Serafin «Pero huma- nos; se trata Gnicamente de mirar el signo tal y como éste signi- fica. En una curaci6n corporal, por ejemplo, si se interpreta de forma correcta, resulta inmediatamente visible que el Ho huma- nado es el que sana de manera real y divina, el Salvador. En el modo en que habla (Jam4s un hombre ha hablado como habla ese hombres, Jn 7,46), se pone inmediatamente de manifiesto que habla con una -autoridad> -completamente nueva-, verdadera- mente divina (Mc 1,27). JesGs subraya continuamente que en su ser y su obrar ticne lugar de forma inmediata ese paso de la superficie a la profundidad, que se encuentra junto al hombre s6lo si éste tiene ojos para verla, oidos para oirla, hmpieza de coraz6n para contemplar lo divino en lo humano (Mt 5,2ss.). Pero con ello simplemente hemos pasado de una imagen a otra, y gacaso no es el afan de toda contemplaci6n llegar mas alla de lo imaginario? Pero cristianamente no hay ninguna posibilidad de llegar hasta la -Imagen., la -Palabra+ 0 el «Hijo» de Dios, sin asi mismo -ver- inmediatamente en él su origen carente de imagen. -Muéstranos al Padre-, pide uno. Jess replica: -Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces? El que me ha visto a mi ha visto al Padre. No crees que yo estoy en el Padre y el Padre est4 en mi? In 14,9s ). Ninguna deducci6n racional con- duce del Hijo al Padre, sino la fe en la perfecta unidad de Dios, en la que imagen y no imagen, nacimiento y progenitor estan sencillamente uno en otro, El Hijo es hasta tal punto pura expre- 12 Meditaciones sobre la Escritura sién del Padre, que no se le puede encontrar de otro modo que en cuanto interpelado por el Padre. Su amor humano, y dentro de él divino, es en su integridad la palabra de amor que el Padre nos dirige. Por tanto, en el cristuanismo, toda la altura y profundidad de la contemplacién no es nada que supere el marco de la sencilla fe cristiana: que, en Cristo, Dios y hombre son una persona, y que, en Dios, las personas del Padre, el Hijo y el Espiritu no son tres dioses, sino uno solo. La contemplaci6n no es otra cosa que caer en la cuenta de lo que est4 ya siempre presente en la fe cris- tiana (que es una gracia de Dios), un caer en la cuenta que el cristiano tiene la posibilidad de llevar a cabo confiando en la gra- cia divina misma, aun cuando la gracia, en su hbertad, puede dar alas y elevar al que contempla por encima de sus propias posi- bilidades activas, m4s para experimentar la verdad divina, que para alcanzarla activamente (pati divina). Esta profusion, sin embargo, es siempre la profundidad de lo que ha empezado en los simples acontecimientos evangélicos, incluso cuando Ia vista de la imagen terrena nos ha apartado de la Imagen eterna. Pues no hay otro acceso a lo carente de ima- gen: -Todo el que niega al Hijo tampoco posce al Padres (1 Jn 2,23), pues tal contemplativo, dejando a un lado el amor absolu- to, se precipita al vacio absoluto. Ciertamente, se puede designar al Padre -vacio- de toda imagen, pues é1 habita -en una luz inac- cesible- (1 Tm 6,16); pero é] es la positiva exuberancia mas alla de toda imagen, pues es, en su totalidad, el amor que se entre- 8, que se engendra eternamente a su amado, su imagen y seme- janza. DIOS ES INFINITO Y DETERMINADO. Para nosotros los hombres, todo lo determinado es limitado; donde se suprimen las fronteras, las cosas se vuelven vagas. Por eso nos parece que la idea de que Dios sea trino contiene una contradicci6n, pues si el Hyo no es el Padre, y el Espiritu no es ninguno de los dos, debe existir entre las personas divinas una frontera. ;Se puede allanar esta aparente contradicci6n? Es una verdad de fe que Dios Padre se ha expresado perfec- tamente en su Palabra e Hijo. No ha retenido para si nada de lo 13 Ta uenes palabras de vida eterna que es, puede, sabe o quiere, pues él es, como Padre, ese acto de expresarse, de entregarse. De otro modo, el Hijo no podria ser Dios, igual a él en esencia, ... y nosotros seriamos arrianos. Esta claro que ninguna criatura, al expresarse, engendrar o dar a luz, puede ser idéntica a ese acto suyo, pero en Dios debe ser asi, pues é] no tiene simplemente amor, como la criatura, sino que es amor. Pero si el Padre entrega al Hijo todo lo que él es, en el Hyo est4 todo lo que el Padre es, puede, sabe y quiere, y también viceversa, naturalmente, aun cuando el Hijo es la Palabra de uno que habla, y no el que habla mismo. Pero, una vez mis, si el que habla se expresa en su totalidad y con ello pone en su palabra todo lo que él es, no queda tras la Palabra nada sin decir, pues el que habla y su habla son de la misma amplitud o -de igual esenciar, Sin embargo, el que engendra infinitamente no es cl infinitamente engendrado. Para que pueda tener realmente lugar el nacimiento, en el acto de este engendramiento infinito se encuentra necesariamente, por tanto, una separaci6n: si el dador no se separara de su don, no tendria lugar de hecho ningGn dar. Esto no significa en nin- gun caso que el que se da se retenga, pues esto frustraria su intencién mas intima; pero, para meterse plenamente en el don, debe ser precisamente el que da, y no el dado La distincién se hace mds perceptible, incluso, alli donde el dador con su don no quiere expresar otra cosa que a si mismo, es decir, su amor. Por tanto, si en Dios Padre es una entrega ilimitada, que engendra al Hijo, Padre e Hyo son igualmente infinitos e ilimita- dos —en cuanto son dador y receptor— sin coincidir. En esto no se puede hablar de que el Hijo sea la antitesis del Padre (Hegel), pues en ese caso tendria que ser finito en contraposici6n al Padre, y nosotros volveriamos a ser arrianos. Por eso el Espiritu Santo, que se debe a ambos, tampoco puede ser su sintesis, en la que se superaria su diferencia (aun cuando con el sentido ambiguo que tene en Hegel la palabra -superaci6n:). Pero ¢cémo cabe entonces representarse la esencia del Espintu Santo, que no ha de ser ni el Padre ni el Hijo, donde, sin embar- go, todo parece haber llegado ya a su fin (infinito) mediante la dimitada autoentrega del Padre? Pues sdlo de modo que el Espiritu como Espiritu del amor se encuentre ya como un todo en la autoentrega del Padre e igualmente como un todo en el 14 Meditaciones sobre la Escnitura amor receptor del Hijo (esto es necesario, pues de otro modo el Padre no le habria entregado todo su amor), pero de manera que la necesana distnci6n (entre dador y don o receptor) en el amor se desborde —sin borrarse— en la reciprocidad del amor, que procede de la distinci6n como algo nuevo y completo. Que la reciprocidad es algo nuevo se puede expenmentar en la mirada, pues quienes aman reconocen que, no sélo uno ama al otro, sino que su amor es comin y se encuentra precisamente el uno con el otro; el acto de unién sexual es, por ello, s6lo una prueba que implica también al cuerpo y que de forma natural produce lo nuevo (cl hijo), que ya se encuentra de forma germi- nal en el encuentro del amor reciproco. Ahora bien, sucede que en Dios, el Padre aspira desde siem- pre, en el acto de la autoentrega que engendra, a esta reciproci- dad, y por esa raz6n el Hijo, con la plenitud del amor recibido, da gracias infinitamente por éste; y en la reciprocidad no brota un c4lculo precisamente, sino que sélo se revela por entero el mulagro del amor que todo lo nge. ser m4s que lo que se puede calcular, ser mAs que uno mas uno (cosa que un amor abnegado nunca puede ser), precisamente la exuberancia ilimitada que como tal, es la determinaci6n de lo divino, También en la expe- riencia creatural el amor reciproco abre para los amantes un Ambito en cierto modo tlimitado de posibilidades; un 4mbito, por tanto, de libertad, por lo cual es adecuado aproprar en Dios al Espiritu Santo la libertad y el amor absolutos La unidad y la distinci6n en Dios est4, pues, mas alld del namero que cuenta porque calcula con limites, también mas alla de toda secuencia temporal, de modo que el amor respuesta del Hijo y la reciprocidad del Espiritu son perfectamente «sumulta- neos- con el acto de engendramiento del Padre, y pueden co- influenciar permanentemente en la eternidad a éste en cuanto origen permanente de todo LA VOLUNTAD DE DIOS ES DETERMINADA En Dios, su voluntad est4 determinada por su esencia: el Bien infinito. En su creaci6n, limitada de miltiples maneras, la volun- tad divina que lo abarca todo sigue siendo siempre igualmente ilimitada: es hacer tomar parte al mundo en su bondad sin res- 15 ‘Ta tienes palabras de vida etema tricciones, partucipaci6n que para toda cntatura significa plenitud bienaventurada. Al descender a las situaciones concretas de las criaturas racionales y libres, la abarcadora voluntad de Dios, a la vez ilimitada y determinada, parece limitarse en cuanto a su con- tenido, Dios quiere ahora esto y no aquello; pero esta limitacion es apanencia; lo limitado es sélo la situaci6n, no la voluntad divina. A la vista de la ilimitada voluntad total del Padre, Cristo ha podido llevar a cabo su cumplimiento del mandato (mandatum) determinado del Padre como cumplimiento del amor ilimitado, y ha dado esta equivalencia como norma a sus discipulos: Como el Padre me am6, yo también os he amado a vosotros, permane- ced en mi amor. Si guard4is mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado cl mandamiento de mi Padre y permanezco en su amor. Este es el mandamiento mio: que os améis los unos a los otros como yo os he amado- (Jn 15,9s.12). Este mandamiento (en singular) contiene en si todas las instruc- ciones relativas a situaciones concretas: El amor es la ley en su plenitud- (Rm 13,10) Por ello la voluntad de Dios es para el cris- ano obyetivamente clara en cada situaci6n, y supone desbordar la situaci6n delimitada conforme a la voluntad global de Dios, tal y como se nos hizo comprensible en el modelo de Cristo (su cumplimiento del mandato del Padre). Esta perspectiva sobre la voluntad total se abre paso a través de todo lo que aparentemente obstaculiza, se contrapone, resulta incomprensible: la muerte, la enfermedad incurable, el sufrimien- to, la injusticia infligida, la humillacion impuesta. Posiblemente, a partir del amor al projimo o a la vista de la propia misiOn, se ofre- ce una reacci6n en el marco de lo oportuno: Jests se oculta a sus enemigos porque no ha llegado todavia su hora, 0 pertenece a su misi6n censurarlos y rechazar sus disculpas. Pero hay también momentos en los que no repele los ataques y deja caer el escar- nio sobre si. En ambos casos cumple la voluntad de! Padre, no en virtud de su propia decisién, sino con una obediencia al Espiritu Santo divino, que le explica la voluntad paterna en la situaci6n correspondiente, La voluntad absoluta del Padre, en lo tocante a la salvacién del mundo, resulta conocida para el Hijo humanado, no se le tiene que aclarar, el mandato del Espiritu afecta Gnica- mente a la forma que dicha voluntad tiene que asumir dentro de una situaci6n delimitada, 16 Meditaciones sobre la Escritura Ahora bien, silos hombres se preocupan del conocimiento de la voluntad de Dios, determinada en cada momento, ésa es la pri- mera informaci6n de que les resulta conocida la abarcadora e ili- mitada voluntad divina, También se pueden acordar de que la voluntad de Dios como tal es idéntica a la absoluta libertad de Dios, y que, para el hombre, el cumplimiento de la voluntad divi- na en toda ocasi6n (aunque sea dificil) actéa sobre €1 de forma liberadora. La segunda informacién la ha dado Cristo: que la yoluntad de Dios siempre ¢s amor; que en cada caso concreto se ha de buscar, por tanto, en la direccién hacia un amor mayor —sea al prépmo 0 a la razonable complacencia de Dios en mi— Dicha complacencia de ningGn modo estnba necesariamente en lo que me parece dificil. Tampoco queda fiyada legal ni literal mente en su forma, cosa que me privaria de la libertad de hijo de Dios de moverme dentro de una amplitud de direcciones elegi- bles y de tomar mi decisin con una mirada respetuosa y libre (y no temerosa y servil) a Dios A menos que yo haya sacnficado voluntariamente a Dios esta amplitud cn una obediencia eclesial, para someterme al manda- to de un superior eclesialmente confirmado; en este caso, habré de seguirlo siempre que no -mande [algo] manifiestamente con- trario a Dios: (Ignacio), y él me podra asignar de nuevo, en la obediencia eclesial, el margen de decision propia. La voluntad de Dios, en si ilimitada, pero determinada, se puede revelar a través de numerosos estratos de la realidad crea- da. Como fundamento se ha de considerar lo naturalmente con- veniente, en lo personal y en lo social, lo cual exige sopesar con inteligencia y sin miedo las alternativas (Debo acoger a mi anciana madre en nuestra casa, aunque sé que mi marido no la soporta?-). Ya aqui se da un examen detenido ante Dios, benefi- cioso, por tanto, en una actitud de oracién, aun cuando no se ha de esperar una inmediata -locuci6n: de lo alto, En otro plano se toman decisiones fundamentales en las que parece insertarse el infinito amor de Dios como un foco de luz que ilumina la existencia especial de la persona Se trata, pues, de las decisiones vitales que constituyen el nicleo de los -Ejer- cicioss. ¢Qué forma de entrega vital quiere Dios de mi. estado reli- gioso, sacerdocio, matrimonio? También aqui la voluntad de Dios va en verdad encaminada a la persona como un todo, pero no por eso queda recortada: indica al individuo el puesto que ha de 7 TG tenes palabras de vida eterna ocupar en el plan universal de salvacién. Puesto que esta volun- tad reclama a la persona entera, no se dispone aqui ninguna abertura de la posibilidad de eleccin: tengo que -clegir el esta- do 0 la vida que Dios nuestro Seftor me regala para que la esco- ja y en ella pueda llegar a la perfecci6n- (Ejerc , 135). Esta elec- cién no se puede llevar a cabo apoyAndose en ninguna regla general, sino s6lo en el cara a cara entre Dios y el individuo. En ningdn caso, sin embargo, se trata de la perfecci6n pnvada de éste, sino del lugar que ha de ocupar en el designio salvifico glo- bal de Dios Est4 claro que en ello la inteligencia reflexiva natu- ral ha de desempefar su papel; pero la decisién como tal slo se puede dar en la oraci6n y bajo su salvaguarda e iluminacién, de manera que toda la hbertad ofrecida a Dios por el hombre, que asi y slo asi se da, encuentre la libertad de Dios. NINGUNA OTRA SENAL SALVO LA DE JONAS Jcsas no quiere dar «a esta generacién malvada- otra scfial «que la sefial de Jonas. Mateo y Lucas explican dicha seftal de mane- ra diferente, y los exegetas se inclinan a dar la precedencia a Lucas: «Porque, asi como Jonds fue sefa! para los ninvitas, asi lo sera el Hyo del hombre para esta generaci6n-; los ninivitas reco- nocieron en el profeta el signo de Dios y se convirtieron, por eso «se levantarin en el juicio con esta generacin y la condenarin; porque ellos se convirtieron-, mientras que los oyentes de Jesis no, y sin embargo «aqui hay algo mAs que Jonas (Le 11,29-32). En Mateo, Jestis alude al primer episodio del libro de Jonas «|Generacién malvada y adiltera! Una sefial pide, y no se le dara otra sefal que la sefal del profeta Jonas. Porque, de la misma manera que Jonds estuvo en el vientre del cetdcco tres dias y tres noches, asi también el Hijo del hombre estar4 en el seno de la terra tres dias y tres noches-. Y de nuevo sigue la condena de esta generacion por -los ninivitas, -y aqui hay algo mAs que Jonds- (Mt 12,38-42). No se puede demostrar que Jestis no haya aludido también al segundo punto de comparaci6n, que tiene en comGn con el pri- mero el ser lo contrario de una sefal visible como la que la +generacion malvada: exigia de JesGs. Pide una -experiencia: para deciduse a creer. -Si no veis senales y prodigios, no creéis« Jin 18 ‘Medhtaciones sobre la Escntura 4,48). Tambi¢n los discipulos querian una sefal a fin de poder Pprepararse para la vuelta de Cristo «Cuil sera la sefial de tu veni- da? (Mt 24,3). La sefal de la resurreccién de Jesis sera su muerte; precisa- mente en esto aparentemente contradictorio debe mostrar su vic- tona sobre el mundo la fe que Jess exige. {Qué sefial hizo Jonds cuando anunci6 a la ciudad de Ninive su destrucci6n? Cierta- mente ningGn prodigio visual, pero en su proclamacion debia de haber, no obstante, una fuerza inexplicable, de manera que toda la ciudad, hasta el rey, lo crey6... Una cualidad de su palabra que estaba en él, pero que trascendié al coraz6n de sus oyentes. S6lo una cosa se les pide para que este trascender se produzca: que no se cierren a la fuerza y virtud de esta palabra -Ninguna otra sefial-, dice Jestis. Es como si borrara con ello todas las curaciones y exorcismos, todas las muluplicaciones del pan y los apaciguamientos de tempestades, como si todas estas sobras> no survieran como sefiales validas, y él se limitara, donde se trata de la decisin Ultima, a si mismo, que sobrepuja la con- dici6n de sefial de Jon4s £1 lo supera mediante su propia insig- nificancia (-hasta la muerte de cruz-, Fip 2,8) que llega hasta la permanencia durante tres dias en el vientre de la tierra. Los que exigen una sefal no reciben otra cosa que la cualidad de la Palabra (divina encarnada) en su humillada figura cotidiana. Esta y s6lo ésta es creible; toda sefal ostentosa seria indigna de fe y remitiria a un poder antidivino (Ap 13,3s.13-15). El hecho de que Jonas fuera arrojado a tierra al tercer dia, el hecho de que Jesis resucite al tercer dia, no se da como senal a -esta generaci6n malvada-, la resurrecci6n no es —en contraposi- cién con la curacién de la bestia mortalmente herida en el Apocalipsis— algo curioso en lo que se cree. En ningtin lugar se indica como «scfials, y a Tomds se le encarece de forma impre- sionante: «Dichosos los que no han visto y han creido- (Jn 20,29). Se debe creer a los testigos, a Jonas que testimonia el encargo de Dios, a Jestis que es el testigo del Padre, y a los discipulos, testi- gos de Jestis (Hch 13,31; 10,41). Tendran que testimoniar la cruz y la resurrecci6n; pero la cruz es el signo visible, la resurreccién, el invisible. La cruz aparece como derrota, la resurrecci6n no apa- rece como victoria. Por eso la Iglesia de Cristo apareceré en el mundo bajo el signo de la humullacién, la persecucién y la muerte, y su resu- 19 ‘Ti uenes palabras de vida eterna rrecci6n sera real, es verdad, pero permanecerd oculta. El mundo se maravillara continuamente de por qué la Iglesia no est4 toda- via definitivamente muerta. Esta tampoco llevar4 por delante una cruz triunfante que poder anunciar a los pueblos, sino s6lo una cruz en la que se muere. Sélo puede predicar a un Cristo por quien se debe perder la vida para, en virtud de esta pérdida, ganarla. Y si se le concede la realizact6n de un prodigio (pues asi se le ha prometido), sus sefiales no seran prodigios vistosos, sino casi siempre callados, inadecuados para fines publicitarios En la historia de la Iglesia puede que se hayan dado miles, pero siem- pre fue facil olvidarlos o ponerlos en duda o simplemente no hacer caso de cellos. Pablo s6lo alude de pasada a los milagros que obré en Corinto (2 Cor 12,12), la fuerza testimonial que valo- ra desde el principio hasta el fin es su existencia crucificada, obje- to de todo upo de escarnio, puesta en el Gltmo lugar. También a él, como a Cristo, se le exige una sefial de su autenticidad: «que- réis una prueba de que habla en mi Cristo- (2 Cor 13,3). Pero él no puede ni quiere presentar nada mAs que Ia visibilidad de su humillacién (por parte de los hombres y de Dios mismo), pues a través de €sta produce su efecto el poder oculto de la vida resu- citada, Dificilmente renunciar4 nunca el mundo, renunciarin los cris- tianos mismos, a exigir de Dios, de Cristo, de la Iglesia, la sefial por la que prometen creer. jOjald la Iglesia misma no se intente disfrazar con una sefial asi! DIOS ESTA DE VIAJE +Me dicen todo el dia: ;En dénde esta tu Dios? (Sal 42,4). Est4 de viaje. ‘Un hombre noble marché a un pais leyano, para recibir la investidura real y volverse- (Le 19,12). JesGs, que cuenta la parabola de este hombre, est4 a punto de marcharse de viaje con la cruz y la muerte; el dia de su regreso no lo puede indicar, por- que ni siquiera él lo conoce, sino s6lo el Padre (Mc 13,32). No tiene sentido seguir buscando con la mirada al desaparecido: -Galileos, qué hacéis ahi mirando al cielo? (Hch 1,11). Antes de su partida, el -hombre noble- llam6 a sus siervos y -les encomend6 su hacienda- (Mt 25,14) —esto de forma perfecta- mente clara, pues no se habla de limitaci6n alguna, y se dice que 20 Meditaciones sobre la Esenitura les entreg6 sobre ella la -exousias, la -autoridad- (Mc 13,34)—; pero lo asignado a cada individuo lo determiné atendiendo a su -capacidad:. -Y se ausent6+ (Mt 25,15). Lo que Dios posee, lo confia a los hombres; en ello se encuen- tra un acto inexplicable de confianza, al ponerles en las manos todo lo que tene —mis no les puede dar—, con la plenitud de lo suyo lo tienen a él mismo como realmente dado a ellos y, al mismo tiempo, no obstante, como lo suyo que les ha sido con- fiado para que lo administren. Y, puesto que no pueden esperar de éI nada mayor, tras el don desaparece. Quien en el don reconoce al dador sabe inmediatamente que aquél s6lo se puede admunstrar en el espintu del dador: en el acto de donaci6n original se encuentra una generosidad y fecun- didad a la que s6lo se puede responder con una administracion igualmente generosa y fecunda Es importante que los siervos vean la perfecta unidad entre el don y la exigencia inserta en él, la exigencia de hacer frucuficar se encuentra inmediatamente en la generosidad del regalo En modo alguno pueden los siervos distinguir entre -entregado realmente: y «simplemente prestados. Esto resulta plenamente evidente cuando desde la parabola observamos la verdad en ella significada: lo que nos es confiado por Dios, nuestra existencia con todas sus posibilidades, se nos confia realmente, de forma tan definitiva, que ya no se nos puede retirar; y, sin embargo, este regalo es un préstamo tomado del tesoro de Dios (que es todo ser), en ello estriba el hecho que el regalo se ha de tratar en correspondencia con su caracter de don. Quien ha comprendido que su existencia es, inseparable- mente, puro regalo y préstamo reconoceri en ello la idiosincra- sia del dador -que est4 de viajes, que se hace invisible para que lo reconozcamos en el caracter de don de nuestra existencia —pues alli esta presente, ya que -no se encuentra lejos de cada uno de nosotros: (Hch 17,27), -lo invisible de Dios .. se deja ver a la inteligencia a través de sus obras+ (Rm 1,20)—. Otros, que no consiguen esta visién de lo invisible en sus obras, gritan cier- tamente todo el dia: «En dénde esta tu Dios’. Y, puesto que no. lo encuentran (por gritar asi) en el A4mbito de lo que pueden reconocer, se construiran un suceddneo de Dios, vacuidades (Rm 1,21). El hombre de la parabola que s6lo recibié un talento no entendié la unidad de regalo y préstamo. No reconoce en el rega- 21 To tenes palabras de vida eterna lo la bondad, sino sélo la exigencia, ¢ incurre, por tanta, en abierta contradiccién. Cuanto es llamado a ayustar cuentas, con- fiesa: Sefor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedos... —ahora cabria esperar que diyera que se habia esforza- do con el sudor de su frente para contentar a este sefior impla- cable, pero no es asi—: -Por eso me dio miedo, y fui y escondi en terra tu talento Mira, aqui tienes lo que es tuyo-. Ha recibido su existencia bajo el signo del miedo, de un miedo que lo para- liza para realizar algo acorde con el sentido del regalo. Lo que enterr6 fue el sentido del don y la fecundidad, y asi el don mismo se volvié absurdo para él. No devuelve lo recibido con la fecun- didad que en ello se encuentra, sino que se lo arroya al dador, de modo parecido a como Judas arroja en el Templo las monedas de plata, cuando ni él ni los sumos sacerdotes saben ya qué hacer con ellas (Mt 27,5). Al -siervo perezoso» le quitan lo que tenia desaprovechado, y se lo dan al que ha reconocido la esencia del don. -Al que no tene, aun lo que tiene se le quitard- (Mt 25,29) significa, por tanto: quien en el «Dios que esta de viajes no reco- noce al que esta presente en su don —aunque podria hacerlo (pues se contradice a si mismo)—, desvaloriza tanto su existen- cia (lo que -tiene-), que ya no tiene nada en ella. *MUERTOS A LOS ELEMENTOS DEL MUNDO» Los -elementos del mundo son para Pablo (Col 2,20) poten- cias césmicas que pretenden aparecer como divinas, simulan ante los hombres una aparente trascendencia sobre lo creado para hacerse adorar por ellos; pero Cristo los ha -despoyado de su poder y los ha puesto ptblicamente en la picotas y los ha «incor- porado a su cortejo triunfal- (Col 2,15). Con ello han perdido tam- bién para los crisuanos su fascinacion de apariencia divina; éstos estén -crucificados con Cristo para el mundo, y el mundo» para ellos (Ga 6,14); por tanto, también, necesariamente, a los -Princi- pados y las Potestades+ césmicos, a los que no deben adoracién alguna y que, en Gltima instancia, nada les pueden hacer. -Ni los Angeles ni los principados... ni las potestades ni la altura ni la pro- fundidad ni otra cnatura alguna podr4 separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo JesGs» (Rm 8,38s ) 22 Meditaciones sobre la Escritura Estos elementos del mundo son aquello en lo que dan los hombres, y a merced de lo cual quedan, cuando no quieren reco- nocer su superacion a cargo de Cristo. Todos los elementos sin excepcin son mundanos, aun cuando se dan aires de misterio- sa supeniondad sobre la esfera de lo cotidiano. Su rasgo idenufi- cativo es que, para acercarse a ellos, se precisa una especie de iniciacién, con la que se verifica algo asi como una experiencia de su supramundanidad. Hay que «ser iniciado- en su esfera, y entonces se consigue ver algo fascinante. Pablo describe de forma muy concreta esta iniciaci6n, a la que en otro lugar llama ssabiduria carnal. (2 Cor 1,12), cuando habla de la -sumusién+ resultante de lo -que al entrar (en la secta o el club secreto) con- sigui6 ver-, y debido a lo cual -esté vanamente hinchado por su mente carnal- (Col 2,18). Las formas de esta fascinacién cambian, pero en el fondo sélo exteriormente, pues los elementos del mundo siempre son los mismos, s6lo cambian de disfraces En otro tiempo, los -primuti- vos: veian en toda la Naturaleza fuerzas ocultas con las que habia que congraciarse mediante ntos mgicos, culturas superiores podian estar construidas totalmente sobre el culto a los antepa- sados y el misterioso poder y presencia de estos ancestros, des- pués fueron de actualidad fantasmas y duendes de todas clases, que podian ser conjurados y manipulados por brujos y brujas con fines perversos, después las almas de los muertos se transforma- ron en las «Animas del purgatorio cristianas, con las que se man- tenian numerosas formas de trato supersticioso; y todos estos contactos con el més allé siempre iban de la mano de cultos dia- bélicos propiamente dichos: conocer las profundidades de Satin. ya resultaba seductor en Tiatira (Ap 2,24), y lo ha seguido sien- do hastg hoy a través de todas las vanaciones histéricas, pasan- do por el Blocksberg y llegando hasta Baudelaire y Lautr¢amont, aunque el culto a Satan rara vez exhibe mds fantasia que una dosis de aburida impudicia. Qué modernos son, sin embargo, todos estos antiquisimos intentos de ampliar el horizonte de conciencia en zonas de lo supraconsciente y lo subconsciente, donde ya no se encuentran arquctipos ms o menos vivos ni principios teos6fico-antropos6- ficos, sino a uno mismo (en la figura extrafia que, metempsicosis mediante, posey6 en una existencia anterior) o bien, de forma espintista, voces y matertalizaciones de un determinado més alla 23 TO tienes palabras de vida eterna del que la mayoria de las veces se experimenta también —para irrision del temor al juicio de los cristianos— lo agradable que resulta vivir en el paraiso de la luz, mas all4 de este mundo terre- no. Los materialistas se dedican hoy a esta investigacién de los elementos del mundo- con fines cientificos y —tal vez— politi- cos. Cabe prepararse para un sincretismo de todos estos intentos de trascendencia, en un futuro proximo, que se contraponga de forma poderosa, como una -nueva era: de un -humanismo totals, a la menguada fe cristiana. Los intentos mds antiguos de evasi6n del hombre (que se remontan hasta el animismo) se presentan sin cesar con nuevos atuendos, y ni siquiera rehGyen incrementar su actualidad apelando al hecho de su edad legendaria, cuya sabi- duria se ha transmitido siempre como un saber secreto. Los cristianos que se aburren en la iglesia, donde no hay -nada que ver, se marchan hoy en masa a los cultos de los elementos del mundo-. Esto significa, de modo memorable, un retroceso, de la hbertad de los hijos de Dios, a la servidumbre de la ley pre- cristiana, de la corporalidad s6lida de Cristo y su Iglesia, a un reino de sombras (Col 2,17). Ante todo, el myste o -iniciado- en todas estas esferas y potencias queda atrapado irremisiblemente dentro del cosmos, del que, sin embargo, intenta evadirse con todas sus fuerzas. La hhbertad buscada s6lo toca en suerte a aquel que ha -muerto a las potencias del mundo-. -habéis muerto, y vuestra vida est4 oculta con Cristo en Dios Cuando aparezca Cnsto, vida nuestra —junto con quien habéis resucitado antici- padamente (Ef 2,6}—, entonces también vosotros apareceréss glo- nosos con él (Col 3,3s ). EL BAUTISTA Ninguna figura se encuentra en la Biblia més aislada que el Bautista, no lo podemos considerar plenamente del Antiguo Testamento, ni totalmente del Nuevo, y tampoco somos capaces de componer con los fragmentos que de él hablan una imagen apreciable. Ni siquiera él pudo, pues tras su triple negativa a dejarse clasificar Jin 1,19ss.), se compar con una inaprensible voz en el desierto. Se sabia linea fronteriza, y asi lo caracteriza también Jess: por un lado, es el mds grande de los nacidos de mujer; por otro, el m4s pequefio en el reino de los cielos es 24 Meditaciones sobre la Escritura mayor que él (Mt 11,11). -*M4s que un profetas (Mt 11,9): gqué puede haber en la Antigua Alianza mayor que un profeta? El -enviado- para preparar el camino, el -Elias- de los Glumos tiem- pos, con quien lo compara Jestis, que debia anunciar al que era mayor que ¢l y, sin embargo, no lo pucde localizar sobre el abis- mo que separa ambas economias. «Eres ta el que ha de venir, o debemos esperar a otro? (Mt 11,3). Tuvo que hacerse una ima- gen de aquel inconcebiblemente mayor que él, para poder anun- ciarlo: frente al agua con que €! bautiza, «Espiritu Santo y fuego; y este fuego, muy cercano al -fuego que no se apaga: en el que se quemard todo lo que no esté preparado (Mt 3,11s ; Le 3,16s.). Sin embargo, le preocupaba ante todo Ia insalvable distancia: junto al triple no, que rechaza todo acercamiento err6neo, el gesto de la postraci6n: indigno hasta de arrodillarse para desa- tarle la correa de las sandalias (Mc 1,7). La negatividad de su misiOn se aclara en su sobriedad, «vino Juan, que ni comia ni bebia- (Mt 11,18), y también en su retroceso ante la exigencia de bautizar al que viene detras de él -Soy yo el que necesita ser bau- uzado por Ui, gy tG vienes a mi?» (Mt 3,14). Pero el hecho de que él, en su humildad, se cuente entre lo viejo que ha menguado (Jn 3,30) nada dice sobre el juicio de Jess relativo a su pertenencia. Desde la -sentencia de los asal- tantes- (Mt 11,12; Lc 16,16) no se puede aclarar este juicio, pues segin Lucas -la Ley y los Profetas llegan hasta Juan: y s6lo «desde ahi comienza a anunciarse la buena nueva del reino de Dios-, mientras que segin Matco el Bautista pertenece ya a la nueva €poca: -Desde los dias de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia... Pues todos los profetas, lo mismo que la Ley, hasta Juan profetizaron- (Mt 11,12s ). Pero aun cuan- do se considere que Lucas refleya mds exactamente el sentido on- ginal, no se debe olvidar que, segdn el relato lucano de la infan- cia, el que habia de venir detr’s santificé a su precursor en el seno materno, es decir, lo pertrech6 para su misi6n. Si se quiere ver en ello un acontecimiento que se relaciona incluso con toda la Antigua Alianza —segin Pablo vemos ya a Cristo como roca espiritual que camina con el pueblo por el desierto y le dispen- Sa agua (1 Cor 10,4); segun la carta a los Hebreos, Moisés prefi- 116 el oprobio de Cristo a los tesoros de Egipto (Hb 11,26)—, sin embargo, la vocaci6n se produjo explicitamente en el encuentro concreto de las dos mujeres, y permanece igualmente concreto e 25 Ta tienes palabras de vida eterna individual en la declaraciOn: «Y ti, nifio, seras llamado profeta del Altisimo, pues iras delante del Senor para preparar sus caminos+ (Le 1,76). Innegablemente, el adolescente sabe de esta su elec- cién personal; desde esta conciencia habra encontrado también el simbolo, imposible de deducir, de su bautismo en el Jordin. Con ello nos acercamos a la imagen del Bautista del evange- lio de Juan, que no puede ser un repinte posterior porque, muy verosimilmente, el discipulo que lo cuenta fue seguidor del Bautista (jn 1,35s.). Aqui, la imagen apocaliptica del que viene detras, que el heraldo necesita, ha cedido ante una interpretaci6n mucho mas profunda con Espiritu y fuego: -Aquel sobre quien veas que baja el Espiritu y se queda sobre él, ése es- (Jn 1,33). De algan modo, con ello debe prevalecer la comprensi6n de que el fuego divino quemar4 a los mismos que se deciden, como a uno de los corderos degollados. A partir de alli, la -voz que clama en el desierto- se convierte en dedo que sefala: -He ahi el cor- dero de Dios+; Juan encamina a sus discipulos al seguimiento de aquél, no se les opone, si en lo sucesivo acude més gente a ellos que a él (Jn 3,26s.); de hecho, se alegra de que su misi6n ahora mengiie, porque la del que viene detrs de é1 crece. La manera en que él, en cuanto pertenece a la Antigua Alianza, va disminuyendo se vuelve a partir de ahora plenamen- te neotestamentaria; él mismo debié de tener conciencia de ello, pues prolonga la imagen del arrodillarse de quien no es digno en la del amigo que se alegra cuando puede entregarle ya al novio la novia que él ha conducido a su presencia, y prolonga también su propia condici6n de voz -en la voz del novio-. La -alegria plena- del Bautista (Jn 3,29) muestra hasta qué punto est4 ya incluido también —precisamente como el que renuncia— en las bodas de la Nueva Alianza. Pero él mismo no se sitGa en ningGn lugar; le basta ser puro paso (pascha). PRESENTACION EN EL TEMPLO La representaci6n de] acontecimiento est4 claramente estiliza- da. Comienza con una triple menci6n de la -Leys —sea de la «Ley de Moisés, sea de la -Ley del Senior: (Le 2,22ss.)—, y el episodio entero concluye con la mencién, una vez mas, de la -Ley del 26 Meditaciones sobse la Escritura Sefior- (2,39) En primer lugar, la parturienta debe ser -purificada- a los cuarenta dias del nacimiento de un var6n -segtin la ley de Moisés», porque cultualmente es impura En segundo lugar, como. dice el texto, -todo varon primogénito- (Ex 22,28s ) se debia con- sagrar a Dios como perteneciente a él y, por tanto, ser -rescata- do-; el evangelista aparta la mirada de este tema y la pone en la presentacién del pequefio Samuel, al que su madre consagra a Dios de por vida. Finalmente, se menciona expresamente la ofrenda de purificaci6n de los pobres (segin Lv 12,8): -Un par de tértolas o dos pichones». Asi, todo se hace -segin la Ley del Sefior —se ha satisfecho -lo que la Ley prescribia- (quinta men- ci6n en Le 2,27), A este tema insistentemente subrayado de la obediencia se contrapone de forma igualmente insistente el tema del Espiritu. Tres veces se menciona a éste en relacién con la persona y el comportamiento del anciano Simeén el -Espintur est «sobre él, permanentemente, y este Espiritu le habia revelado que veria al Mesias antes de su muerte; finalmente, este hombre, «movido por el Espiritu, vino al Templo: en el instante en que los padres entra- ban en él con el nifio. Y todo el himno de acci6n de gracias que dirige a Dios con el nifo en los brazos, y no menos la profecia que sigue, los pronuncia manifiestamente en el Espintu Santo, no de otro modo que las profecias no recogidas de la -profetisa: Ana Lo asombroso de este relato es que la obediencia tan minu- ciosamente descnta de la Nueva Alianza se refiere a la Ley del Antiguo Testamento; mds adn, que con ello el relato oculta, hasta hacerlo practicamente invisible, lo distintivo del Nuevo Testa- mento. como si el nifio, que procede de Dios y le pertenece como ningiin otro, aGn se le debiera -prescntar- y entregar expre- samente, como st la que concibié sin pecado y dio a luz virgi- nalmente precisara de una purificaci6n. No se podia extender un velo mis tupido sobre el misterio de Madre e Hijo. Y asombroso es también, por otro lado, que el pueblo antiguo empiece a bri- llar al resplandor del Espiritu Santo, que de antemano promete la vista del Nuevo y origina el primer encuentro posible con él Profeta y profetisa quitan el velo que oculta el misterio y revelan toda la amplitud del plan divino de salvaci6n. Es -luz para ilumi- nar a los gentiles-, -salvaci6n .. a la vista de todos los pueblos-, pero partiendo de la -redencién de Jerusalén- (2,38) y, por con- siguiente, de la «gloria de tu pueblo Israel- (2,32). -La salvacion 27