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Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales

Sede Gualeguaychú

Carrera: Profesorado de Pedagogía

Cátedra: Pedagogía y Didáctica

Profesor de cátedra: Prof. Marina Virué

Práctico Nº 3

Tema:

¿A qué nos referimos cuando hablamos de “violencia escolar”?

Alumnos: Dearmas, Sheila María Liz1

EMAIL: shedear@hotmail.com

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MAESTRA DE ENSEÑANZA BÁSICA
ÍNDICE

Portada……………………………………………..........1

Índice………………………………………………........2

Resumen…………………………………………….......3

Introducción………………………………………….….4

En torno al concepto de violencia………………………5

Formas de violencia……………………………………. 6

Acerca de la autoridad…………………………………..9

Conclusión……………………………………………..12

Bibliografía…………………………………………….13

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Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales
Profesorado de Pedagogía- Subsede Gualeguaychú

¿A QUÉ NOS REFERIMOS CUANDO HABLAMOS DE


VIOLENCIA ESCOLAR?
Autor: Dearmas, Sheila María Liz

Resumen o Abstract

“Violencia escolar” es una expresión utilizada frecuentemente en el ámbito docente


e institucional, pero más aún, está siendo utilizada por los medios de comunicación para
referirse a los incidentes que tienen como protagonistas a niños y jóvenes de diversas
escuelas de nuestro país.
Generalmente, cuando hablamos de violencia escolar tendemos a generalizarla y
pensamos que sus manifestaciones siempre son similares como así también sus causas y
efectos. No obstante, si nos detuviéramos a pensar con más cuidado podríamos advertir
que la violencia no es tan uniforme.
En primer lugar, la violencia se manifiesta de distintas formas y responde a muchas
causas, por ese motivo tampoco se presta siempre a la misma solución. Su significado se
ha ampliado conforme al cambio en las subjetividades, es decir, lo que hace un par de
décadas no se catalogaba como violencia actualmente sí lo es.
Por otro lado el concepto de autoridad también ha variado a lo largo de la historia y
hoy nos encontramos con una tensión producida por esos viejos modelos de autoridad y
las nuevas formas que deben asumir las relaciones entre adultos y niños tanto en el seno
familiar como en el ámbito educativo.
Para muchos la escuela debería estar preservada de lo que ocurre afuera, debería
ser un espacio en el que las prácticas que consideramos violentas o moralmente
reprobables estén ausentes. Sin embargo, la escuela no puede escapar a la fragmentación y
precarización de los lazos sociales y la imagen que proyecta en este sentido es a la que
culpabilizamos por acción u omisión de todos los hechos violentos que protagonizan
nuestros niños y jóvenes.

Palabras claves: crisis, violencia, autoridad

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Introducción

La escuela en la que realizo mis prácticas es una institución situada en un barrio


periférico a la que asisten niños en situación vulnerable. En reiteradas oportunidades he
podido presenciar situaciones a las que generalmente se las denomina “violentas”, y en las
que los protagonistas muchas veces no solamente son los alumnos sino también los
docentes y demás agentes escolares.
Aunque estos incidentes no suceden con tanta frecuencia y generalmente no
revisten mayor gravedad, la “violencia escolar” es tema de discusión en las jornadas
institucionales pero su tratamiento es siempre abordado desde la misma perspectiva: los
“culpables”, por llamarlos de alguna manera, siempre son los alumnos, su falta de respeto
hacia a la autoridad escolar, su falta de interés por lo que el docente enseña, sus
condiciones socioeconómicas y culturales.
Reflexionando acerca de estos acontecimientos cabe preguntarse qué situaciones en
particular provocan estos incidentes y si las maneras de actuar del equipo docente de la
escuela son las correctas a la hora de enfrentarlas. Cuestionar si esto que denominamos
“violencia escolar” realmente lo es y hasta qué punto la institución educativa es
responsable por acción o por omisión. También podríamos preguntarnos si el contexto
incide de alguna manera y si es verdad que los niños han perdido el respeto a la escuela y a
la autoridad que ella detenta.
Es mi intención en este trabajo encontrar alguna respuesta a estos interrogantes y
analizar desde otras miradas el fenómeno de la “violencia escolar”. Poder comprender la
realidad de la institución a la que hago referencia desde un marco teórico pertinente y
tener otra perspectiva a la hora de resolver un conflicto en mis tareas cotidianas. Para ello
he consultado material bibliográfico específico del Observatorio Argentino de Violencia
en las escuelas, organismo dependiente del Ministerio de Educación y otras publicaciones
que detallaré en el apartado Bibliografía.

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En torno al concepto de violencia

Al escuchar la palabra violencia no podemos dejar de asociarla inmediatamente


con golpes, intimidaciones, maltrato físico y hasta con armas de fuego. Sin embargo
violencia es un término polisémico que reúne varios y diversos fenómenos que van desde
la violencia física específicamente hasta casos de violencia simbólica.
Los profesionales del Observatorio Nacional de Violencia en las Escuelas adoptan
el enfoque que considera a la violencia como modos de interacción globales donde lo que
se observa son los comportamientos y no los individuos.
“Desde esta perspectiva, toda violencia es un acto a través del cual se
avanza de manera destructiva sobre la subjetividad del otro e implica,
siempre, una coacción, esto es una aplicación unilateral de fuerza
contraria a la voluntad (así sea potencial) o a los intereses de quien la
sufre.”(Observatorio Nacional de Violencia en las Escuelas: 2008)
Puede además ser ejercida desde un lugar jerárquico o entre pares, pero en ambos
casos implica una relación de poder que se sostiene según la vulnerabilidad de los sujetos
involucrados.
Asimismo este organismo hace una diferencia entre lo que habitualmente
llamamos violencia escolar y lo que él denomina “violencia en la escuela”. Indica que la
primera alude a las relaciones propias de la comunidad educativa en el ejercicio de sus
roles dentro de ese ámbito y la segunda refiere en cambio, a los hechos que tienen a la
escuela como escenario y reflejan el contexto social del que forma parte.
Cabe aclarar que el concepto de violencia escolar que tiene la sociedad
actualmente no es azaroso. Luego de la matanza de Carmen de Patagones en el año 2004
donde un alumno de 15 años disparó el arma reglamentaria de su padre contra sus
compañeros matando a tres chicos e hiriendo gravemente a cinco, los medios de
comunicación han catalogado como violencia escolar cualquier hecho violento
relacionado con la escuela sin importar si ésta es blanco, escenario u origen de la
violencia. Esto sobredimensiona la responsabilidad de la escuela, culpabilizándola por
omisión de todo lo que ocurre en ella.
En algunas oportunidades sólo basta con mencionar que los protagonistas del
incidente son “alumnos de”, “salían de la escuela” o “se dirigían a la escuela” para poder
enmarcar el incidente dentro del rótulo violencia escolar.

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Formas de violencia

Como dijera al comienzo de este trabajo es mi intención analizar los hechos


violentos desde varias perspectivas para encontrar algunas respuestas a mis interrogantes
para lo cual haré referencia a las diversas formas de violencia que existen al interior de las
instituciones educativas ya que varios grupos de fenómenos guardan poca o ninguna
relación entre sí, y sus causas, dinámica, frecuencia y distribución varían enormemente.
Al respecto de esta cuestión Daniel Míguez señala en su informe realizado para el
Observatorio Nacional de Violencia en las Escuelas que se pueden distinguir dos tipos o
formas de violencia: una de índole emocional y/o simbólica y otra física.
La primera de estas formas se manifiesta como una suerte de conflictividad sorda
en las instituciones que genera malestar a docentes y alumnos. Expresa además que es la
más frecuente y la que tiene mayor incidencia, debido a que presenta modulaciones y
variaciones que responden a cada comunidad escolar y a los distintos sectores sociales.
La segunda apunta a episodios singulares de violencia física específicamente que
no siempre responden a las mismas condiciones o contextos que los de la violencia
emocional y/o simbólica y son mucho menos comunes.
Aunque en numerosas ocasiones estas dos formas están muy relacionadas no
siempre la primera deriva en la segunda y a menudo la violencia física no está articulada
con la simbólica y/o emocional.
Para esclarecer un poco más el tema este investigador realiza una especie de
clasificación entre los conflictos de acuerdo al sector social en que se desarrollen según
sea en sectores medios o en contextos de marginalidad y pobreza. Se basa en estudios de
casos realizados por profesionales del Observatorio Nacional de Violencia en las Escuelas
aclarando que no siempre es válida dicha clasificación pues si bien los conflictos
observados son bastante frecuentes no corresponde universalizarlos.
La primera de estas diferenciaciones corresponde a sectores medios como antes
mencionara. Allí se pudo observar una relación docente- alumno que se puede calificar de
“refractaria”, es decir, docentes y alumnos no consiguen construir un campo de intereses
compartidos que le dé significado a su propia actividad, convirtiendo ese malestar en
violencia simbólica y emocional.
“…se está sometido a una rutina vacía que obliga a repetir una
actividad a la que no se le ve propósito alguno y que muchas veces

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deriva en formas de agresión gestual: las actuaciones de mutua
indiferencia…” (Míguez: 2008)
Señala además que estos conflictos se vinculan a instituciones escolares en donde
no hay pautas claras y compartidas ni roles visiblemente establecidos por consiguiente
dependen de las particularidades de los actores institucionales en cuanto a carisma y
habilidad para construir relaciones e interpelar la subjetividad del otro.
En cuanto a los contextos de marginalidad y pobreza esta forma de violencia se
agrava debido a las situaciones familiares conflictivas muchas veces violenta y la escasez
material, condiciones sociales que exceden a la institución y que en la mayoría de los
casos afecta la integridad emocional y a veces cultural de los sujetos involucrados
jugando en contra de las estrategias que los docentes implementan. Esta situación
aumenta la sensación de frustración y hastío de los maestros minando su integridad
psicológica.
Coincido con el autor al afirmar que los docentes no son indiferentes a las
problemáticas de sus alumnos. Intentan todas las estrategias posibles para que el alumno
sienta ganas de aprender, desde las más sutiles como tratar de establecer un vínculo más
cercano con el alumno a través de la comprensión y contención, hasta las más rígidas y
autoritarias como amenazas y sanciones. En numerosas ocasiones estas estrategias no son
convencionales pues el docente apela a su creatividad para abordar el problema y seguir
atendiendo al resto de la clase.
En los casos en que los conflictos exceden la relación docente- alumno es
necesario recurrir al equipo directivo de la institución o al Servicio de Apoyo
Interdisciplinario Educativo (SAIE) que poseen sus modelos de intervención. En el caso
del equipo directivo las medidas son las tradicionales que también enfrentan dificultades.
Citar a los padres muchas veces resulta un fracaso debido a que el acompañamiento
familiar es casi nulo en contextos de disgregación familiar y en el caso de que concurran
al llamado de la institución la mediación no es la esperada. Las amonestaciones se tornan
ineficaces ya que al ser reiteradas o cotidianas pierden sentido. La suspensión del alumno
o la expulsión del establecimiento es ciertamente un impulso a la deserción. Como se
puede apreciar estas medidas son las que generalmente se aplican en situaciones
conflictivas y no se puede negar que todos los docentes las hemos utilizado en algún
momento sin reparar en sus consecuencias.
El SAIE sufre estas intervenciones tradicionales pues se ve desbordado en sus
posibilidades de acción por la cantidad de casos derivados y pierde eficiencia. Su

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estrategia de intervención implica un tratamiento del alumno con profesionales que
muchas veces necesita ser prolongado y requiere de la disposición del alumno y su
familia. Es aquí donde el sistema vuelve a fallar pues los servicios disponibles para este
sector de la población en el área de salud son muy precarios y el tratamiento no tiene la
regularidad necesaria porque los turnos son muy distanciados.
Luego de lo mencionado anteriormente y siguiendo el pensamiento de Daniel
Míguez se puede observar que alumnos que entran en conflicto con la institucionalidad
escolar permanecen dentro de ella sin que existan formas preestablecidas de tratamiento
del conflicto generando una magnificación del problema. Esta situación produce
acusaciones recíprocas de inoperancia e imputaciones acerca de los roles incumplidos
aumentando el malestar existente.
Hasta aquí se ha analizado solamente la violencia simbólica y/o emocional
refiriendo a niveles de conflictividad que no involucran violencia física pero que permean
la vida de las comunidades escolares y se caracteriza por vaciar de sentido y transformar
en algo mecánico y vacuo a las actividades de los actores que la integran porque no les
permite satisfacer las necesidades y expectativas que han depositado en la escuela. De este
modo en muchas ocasiones esta sensación de malestar da lugar a conflictos interpersonales
porque cada uno de los involucrados hace responsable al otro de su condición.
La escuela de nuestros días ya no utiliza la violencia física como mecanismo de
regulación, no obstante en algunas ocasiones la violencia física irrumpe en ella y muchas
veces no posee mecanismos para resolver este tipo de conflictos, sigue aplicando los
viejos instrumentos de disciplina porque no aparecen sustitutos consensuados que puedan
suplantarlos.
Para Míguez cuando violencia física y conflicto se asocian es resultado del
desconocimiento de acciones institucionales aplicables para intervenir en un episodio de
violencia y deriva en un conflicto institucional, o también podría ser que no resulte claro
cómo solucionar un conflicto institucional y concluye en episodios de violencia.
Las dinámicas de interacción que resultan en hechos de violencia física se
inscriben también en múltiples procesos es por eso que no responden a las mismas causas
y formas de abordaje. En primer lugar hay que discernir si el contexto escolar es
“escenario” del hecho o si en algunos episodios queda directamente implicada. Cuando la
violencia física ocurre en el entorno escolar pero su desarrollo indica un proceso
independiente de sus dinámicas vinculares, la violencia surge en la escuela y la “invade”
pero no es producto de ella como podría ser el caso de rivalidades entre pandillas o peleas

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barriales. Sin embargo cuando la violencia física aparece enmarcada por la dinámica
institucional y tiene que ver con la interacción misma al interior de la escuela podría
decirse que las pautas de vinculación que se naturalizan en el exterior de las escuelas, en
las relaciones entre pares o el entorno barrial son “importadas” hacia la escuela y se
aplican en la relación con los docentes o directivos evidenciando que intervienen en las
relaciones propias de la comunidad escolar y que forman parte de ellas.

Acerca de la autoridad

Este apartado refiere al cambio en la relación entre adultos y niños a lo largo de la


historia, pues las transformaciones en los vínculos intergeneracionales se pueden observar
también en la escuela. Me centraré especialmente en los vínculos de autoridad en la
escuela ya que como mencionara anteriormente las instituciones escolares parecen estar
sufriendo una crisis que debilita la autoridad tradicional que ella detenta.
Me basaré en un trabajo realizado por Gabriel Noel para el Observatorio Nacional
de Violencia en las Escuelas en donde muestra cómo la conflictividad y la violencia en las
escuelas parecerían estar relacionadas con escenarios en donde la regulación de las
vinculaciones entre pares (niños y /o jóvenes) y entre éstos y los miembros adultos de la
comunidad escolar se enfrentan a dificultades para su desarrollo armónico.
Para comenzar habría que definir a qué llamamos autoridad y cuál es el tipo de
autoridad que se adjudica a la escuela. Noel nos propone tres clases de autoridad a las que
la gente puede obedecer, en primer lugar nos habla de una autoridad tradicional que
responde justamente a la fuerza de la tradición o la costumbre, a la que se respeta porque
el otro es un superior natural cuya distinción aparece como obvia e indiscutida. Esta clase
de autoridad es atribuible a los reyes de antaño por ejemplo, también a los padres para con
sus hijos o a los adultos que detentan autoridad hacia los niños.
En segundo lugar aparece la autoridad racional- burocrática, es la autoridad que
se adjudican ciertas instituciones con diseños que definen relaciones de poder
preestablecidas entre quienes ocupan determinados roles, esta clase de autoridad es
aplicable por ejemplo al ejército u otras instituciones con órdenes jerárquicos a los que se
debe obedecer para permanecer en ellas.
Estas dos primeras clases de autoridad tienen en común que la autoridad ejercida
no corresponde a la persona que la detenta, sino al rol o al lugar que ella ocupa, es decir,

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no se la obedece a título personal. Otras personas que ocupen un lugar idéntico o
equivalente, al mismo tiempo o en sucesión, reciben automáticamente la autoridad sin
importar sus atributos personales.
Una tercera clase es la autoridad carismática que contrasta con las dos anteriores
en la manera de legitimizar la autoridad otorgada, ya no se trata de orden jerárquico
preestablecido ni de tradiciones, sino que una persona posee autoridad sobre otras por su
carisma, por alguna cualidad o atributo que la hace excepcional a los ojos de quienes la
siguen y la ven digna de poseerla. Esta clase de autoridad es la dada por ejemplo a los
fundadores de religiones o movimientos políticos.
De este modo la autoridad carismática puede ser adquirida “de la nada” según
palabras de Noel, pero como contrapartida también puede ser perdida rápidamente si ese
líder carismático exhibe una o más conductas inconsistentes con el atributo que lo
reconoce como tal. Además a diferencia de las dos primeras esta clase de autoridad no se
delega, comparte o transfiere pues es legitimizada por particularidades personales.
Gabriel Noel expone asimismo que la autoridad ya no tiene la fuerza que tenía en
otros tiempos y en lo que hace a estas tres clases expresa que han sufrido una erosión a
través del tiempo. Con respecto a la autoridad tradicional:
“…desde fines de la Edad Media, y con más o menos matices,
encontramos que en Occidente la autoridad tradicional es en general
vista cada vez más como sospechosa, en el marco de un proceso de
emancipación y de racionalización creciente que encuentra uno de sus
picos más manifiestos en la Revolución Francesa, y que se plantea como
objetivo explícito erosionar estas formas de autoridad a las que se
considera como irracionales…” (Noel: 2008)
También indica que actualmente nos mostramos muy desconfiados de esta forma
de autoridad porque nos parece irracional, opresiva y lesiva a nuestra dignidad de seres
racionales y justamente pensar de este modo nos llevó como hombres modernos a
deshacernos de monarcas e inquisidores con poder inapelable.
En lo que respecta a la autoridad racional-burocrática nos dice:
“…la modernidad ha estado en términos generales acompañada de un
proceso de creciente individuación en el que las personas se conciben a
sí mismas cada vez como más y más “autónomas” (siempre en términos
relativos) de las diversas instituciones entre las que dividen sus
pertenencias…”(Noel: 2008)

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Señala que aunque las personas se involucren con las instituciones lo hacen desde
una postura crítica, condicional y variable, están cada vez menos sujetas a sus dictados ya
que en ocasiones esos dictados son aceptados pero en otras son comentados,
seleccionados, impugnados o tomados en parte.
Para este investigador la única autoridad que aún subsiste es la más frágil de todas,
la autoridad carismática, pues existen innumerables ejemplos de personas que son seguidas
por alguna cualidad o atributo personal que se supone encarnan.
En lo que compete a la escuela, la clase de autoridad que esta tiene es del tipo
racional- burocrática pues se asienta en el diseño institucional que determina una asimetría
entre el docente y el alumno en el que el primero detenta poder sobre el segundo. Además
en circunstancias ideales esta autoridad se ve reforzada, según Noel por una delegación de
la autoridad tradicional de los padres hacia los maestros y también excepcionalmente por el
carisma del docente, ya sea por la admiración que despierta por sus conocimientos o por su
manera de enseñar. Acuerdo con el autor al señalar que este plus carismático no es
indispensable a la hora de ejercer la autoridad escolar pues no todos los docentes son
reconocidos por sus atributos personales para establecer vínculos con sus alumnos y sin
embargo ostentan algo de autoridad.
Entonces, debido a esa erosión que mencionara anteriormente, la autoridad escolar
está sobrellevando una crisis que poco a poco debilita las bases del dispositivo escolar que
sustenta la combinación de la autoridad racional- burocrática y la tradicional haciéndola
cada vez menos operativa a la hora de su ejercicio por parte de los docentes. A esto habría
que agregarle que en la actualidad la “buena onda” es el atributo al que los maestros apelan
para basar su autoridad sin reparar en que a los ojos de sus alumnos “buena onda” y
autoridad son incompatibles.
Esta crisis crea un vacío que intenta ser llenado con alguna otra forma de poder:
“…desaparecida la autoridad, la única opción que parece quedar
abierta para el ejercicio del poder es la de la coacción, es decir, el uso
de la fuerza o de una amenaza de uso de la misma para intentar imponer
la propia voluntad, o para resistir el intento de otro por
imponerla.”(Noel: 2008)
Según investigaciones del Observatorio Nacional de Violencia en las Escuelas este
reemplazo de autoridad se ha generalizado actualmente en muchas escuelas y es lo que
permite explicar las causas de la conflictividad que sobreviene a todo intento de lograr el
consentimiento y la legitimidad que implica su uso.

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Conclusión

Luego de recorrer estos conceptos creo que es fundamental pensar la “violencia


escolar” como una confluencia de factores sociales y de representaciones culturales más
que como un problema del alumno o del docente. Es tarea difícil ya que la escuela es una
institución constituida por una diversidad de personas con diferentes representaciones y
subjetividades que dificultan la comprensión de los nuevos paradigmas de violencia.
A mi entender la violencia escolar debe ser abordada desde un marco preventivo y
es la escuela la encargada de este trabajo, en particular los docentes, ya que los conflictos
se hacen cada vez más complejos y debemos enfrentarnos a ellos cotidianamente con
estrategias de intervención acordes a cada situación particular, además es en la escuela
donde los niños expresan lo que les ocurre. En este punto no se pretende recargar al
docente con otra tarea que lo evada de las específicamente pedagógicas sino tratar de crear
un espacio de capacitación que ayude a visualizar los signos de alarma y actuar en
consecuencia.
La escuela no escapa a la crisis que actualmente atraviesa la sociedad y a esto se
suman la declinación de las autoridades tradicionales como los padres y docentes y la
desvalorización de la palabra como límite generando una sensación de inseguridad a la que
las instituciones escolares responden con su modelo tradicional de autoridad simplemente
porque desconocen otras formas de intervención.
Considero que los vínculos significativos docente- alumno y escuela- comunidad
son indispensables para la convivencia pacífica pues contribuyen a la búsqueda de
soluciones integrales. Asimismo se debe contribuir desde la escuela a la conformación de
sujetos íntegros educados en valores que tiendan al respeto por el otro, a la solidaridad,
fomentar el sentido crítico que analicen lo que ven y sean capaces de saber lo que hacen y
por qué lo hacen. Para esto es necesario dedicar tiempo al intercambio de opiniones y de
reflexión.
Opino que en un clima donde todos son escuchados es posible restablecer
relaciones consensuadas de autoridad que de algún modo puedan influir en el quehacer
cotidiano de las escuelas para disminuir el malestar generador de violencia.

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Bibliografía

 Violencia en las escuelas: un relevamiento desde la mirada de los alumnos.


Buenos Aires: Ministerio de Educación, 2008.
 La violencia en las escuelas desde una perspectiva cualitativa. Buenos Aires:
Ministerio de Educación de la Nación, 2009.
 Educar para la convivencia: Experiencias en la escuela. Buenos Aires: Ministerio
de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, 2007.
 Miradas Interdisciplinarias sobre la Violencia en las Escuelas. Buenos Aires:
Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, 2006.
 http://www.todosobremediacion.com.ar/articulos/delequipo/79-mas-alla-de-la-
mediacion-educativa-y-la-convivencia-escolar
 http://www.fundacionlebensohn.org.ar/download/xlp2.pdf
 http://www.me.gob.ar/observatorio/publicaciones.html

 Escuelas
Las

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