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EI caso del futbolista enmascarado Carlos Schlaen llustraciones del autor Pese a las impresionantes medidas de seguridad que protegen la mansién de Un, goderoso empresaria, algo ha sido robado del cajon de su escritorio, Nadie se explies cémo pudo suceder, pero el desconelarla se acrecienta cuando la policla anuncla que al Gnico sospechoso es un famoso fulbollsta Nico, inesperadamente convocado part defenderio, descubrird que no seré Una sencilla, Un hermético pacto de silencio ha sellada los labios de los protagonistas de esta intriga, en la que las amenazas de muerte, 108 OSCUIDS negocios del futbol y el misterioso objeto son pistas aparentes que ocular la cdadera trama de la historia g a 8 z 8 | caso del futbolista enmascarado El caso del ft Titers. ALEAGUARA | © Del texto: 2003, Carlos Schlaen (© De las ilastraciones:, Caos Schlsen De esta edicin: 2008 Aguilar Chilena de Ediciones S.A. Dr, Anibal Ariza 1444, Providencia Santiago de Chile + Grupo Santillana de Ediciones S.A. ‘Torrelaguna 60), 28043 Madsid, Expats + Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S.A. de C.V. ‘Avda, Universidad, 767, Col. del Valle, Mexico DF. C.P. 03100. Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S.A. de Ediciones ‘Avda, Leandro N, Alem 720, CLOOL AAP. Buenos Aires, Argentina + Sanvillana S.A. ‘Avda, Primavera 2160, Santiago de Sureo, Lima, Peri + Ediciones Santillana ‘Consttucién 1889, 11800 Montevideo, Uruguay. + Sanaillana 8. ? ‘Avda, Venezuela N® 276, efMeal. Lépez y + Santillana de Réiéiones S.A. ‘Avda, Arce 2333, entre Rosendo Gutiérrez y Belisario Salinas, LaPaz, Bolivia, Espata, Asuncign, Paraguay: ISBN: 978-956-239-517-5 Inspreso en ChinayPrinted in China Primera edicin en Chile: febrero 2008 ‘Teroora edicion en Chile: noviesnbre 2008 Diseito de coleeci6n Manuel Estrade Taos dro seve, spain no pad rrp on tid er pure, aera, 9 uses yx ste de neaperacn einer oh Sain em ig en Fortin semi ra prio r a __ Ge: dC. STA. MARTA 89 1 BIBLIOTECA EI! caso del futbol enmascarado Carlos Schlaen ustraciones del autor El estudio de la mansién Oliveira ¢ habitacién més protegida e inaccesible de Iz dad. Aquella mafiana, sin embargo, un cajd su escritorio habja amanecido abierto. Este hecho, que en cualquier otro ca: hubiese llamado Ia atencién de nadie, habia tado para desplazar las noticias del reste mundo en las primeras piiginas de los dit locales. ¥ no era para menos, Luis Oliveira ¢ empresario més poderoso del pais. —{Un cajén abierto...? {Eso es t —murmuré, mientras sumergfa la punta de medialuna en el café con leche. Seré un tipo muy ordenado —iro Pepe, pasando el trapo rejilla por el mostrad Pepe es, en esencia, un hombre form rara vez bromea, pero lo cierto es que, tal c habfa sido publicada la informacién, era 1 dificil tomarla en serio, Si bien las notas abur ban en detalles que describfan las deslumbra acerca del motivo que habfa ocasionado semejan- te revuelo periodistico. En resumidas cuentas, slo decfan que el mayordomo de la residencia habia ingresado al estudio muy temprano, para ocuparse de la limpieza, y habfa hallado el dicho- so cajén abierto que desaté Ja tormenta. Imaginé el escéndalo que hubiese armado ese buen hom- bre si le hubiera tocado encontrarse, sin previo aviso, con el cotidiano especticulo que oftecen os cajones de mi escritorio. Pero yo no soy millonario, no tengo mayordomo y Ia limpieza no es una de las prioridades de mi bufete de abo- gado (tampoco de sus virtudes, deberfa admitir). ¢ Acsas horas de la mafiana, el bar de Pepe es un lugar tranquilo y silencioso, frecuentado, salvo excepeiones, por sus parroquianos hab tuales: toda gente de trabajo y yo que, cuando lo tengo, también lo soy. Por esa raz6n, el enorme televisor de treinta pulgadas, recientemente incor- porado a sus instalaciones, permanece apagado hasta el mediodfa. Esta regia s6lo es vulnerada cuando un evento extraordinario Io justifica. Y éste, decidié Pepe, lo era. Los canales de noticias repetian, con lige- variantes. lo ane va conocfamos. v exhibian el frente al domicilio de Oliveira. Camarég reporteros y curiosos se apretujaban entre el cord6n policial que les cerraba el paso hacia k y un puiiado de astutos vendedores ambul recién Hegados con la esperanza de abastece jaurfa humana congregada en el sitio. Algunos cronistas, para Tlenar el vac informacion (0 para profundizarlo, segt mire), entrevistaban a los escasos vecinos ¢ prestaban al didlogo y que, previsiblement aportaban ningtin dato significativo. Otros, a de novedades, procuraban alimentarlas rando hasta el cansancio las nunca acla denuncias que involueraban al empresari Aguasblandas, una companfa fantasma qu las tiltimas semanas, habfa sido descubier turbios negociados de lavado de dinero y t de armas. Ya habia perdido el interés en el a cuando, de repente, la aparicién de una nueva gen en la pantalla volvi6 a concitar mi ater Asediado por un grupo de periodistas, en la ¢ na del Departamento Central de Policia, sobr el inconfundible rostro del comisario Galarza —Oye...! {No es tu amigo, ése? —c mé Pepe, quien, por lo visto, continuaba baj influjos de su singular sentido del humor. Ambos sabfamos que el comisario C 10 Nos habjamos enfrentado en varios casos! y nuestra relacién se basa, desde entonces, en una mutua, aunque respetuosa, antipatia. Pero es un tipo recto e imaging que si habfa accedido a hablar con la prensa era porque tenfa un anuncio conereto que hacer. Y asf fue. —En relacién con el hecho ocurrido esta madrugada en la residencia del seior Luis Oli- veira —dijo—, estoy en condiciones de comuni- car que se ha identificado a un sospechoso y que se ha procedido a su arresto. Es todo por ahora. Buen dia. Luego amagé con retirarse, pero el acoso de los reporteros lo detuvo. —;Comisario! ;Comisario! jNo se vaya! jDiganos el nombre! El nombre del sospechosou! —gritaban, Galarza parecié dudar ante el reclamo y eso me intrig6, El jamas duda; ni siquiera cuando se equivoca. A ese hombre a presién del perio- dismo debia de afectarlo menos que una tibia bri- sa de verano. Sin embargo, esta vez no terminaba de decidirse. Al fin, visiblemente incémodo sacé un papel de su bolsillo y, como si adivinara las inevitables consecuencias de ese acto, lo leyé en —El detenido es Daniel Alfredo Taviani. i El efecto que provocaron aquellas bras fue fulminante. Un silencio genera apagé todas las voces y el estupor estall6 a ximaras de televisién, enmudeciendo por i Jos cronistas que rodeaban a Galarza y a la audiencia que en esos momentos se h frente a las pantallas. Si habfa algo que esperaba era escuchar ese nombre menci nun s6rdido parte policial. Porque Daniel 0 Taviani, lejos de ser un desconocido, 4s reciente y firme promesa del fiitbol na La rapidez. con que se estaban preci o los hechos en este extrafio asunto era so dente. No s6lo habfan alcanzado una di ‘excepcional en las pocas horas transcurtid el episodio del mayordome, sino que, ad policfa ya habja apresado a un sospecho: Y todo por un cajén abierto. ° Al cabo de un rato suby a mi oficina que no tenfa ningtin caso entre manos, el dia bien. Habfa conseguido un par de juego ‘vos para la computadora y la falta de trabaje pretexto ideal para dedicarme a ellos sin rei mientos. Pero no llegarfa a darme el gusto. / 12 Era Pepe. Si bien su bar se halla en la planta baja del edificio, podia contar con los dedos de una mano las veces que habfa estado en mi oficina. Por eso, y por la severidad de su ros- tro, asumf que su visita no serfa un mero acto social. Estaba acompafiado por una mujer con quien lo habia visto conversar en algunas ocasio- nes, pero jamas me habfa hablado de ella. Hasta esa mafiana. —Esta es Pilar —dijo—. Su familia es de mi pueblo y necesita de ti. Fue suficiente. quella era una indica- cin de que la cosa venfa en serio y, también, una clara advertencia. Bl pueblo al que se referia era, en realidad, la aldea de sus ancestros en Galicia y, pese a que nunca habfa puesto un pie allf, todo lo relacionado con ese lugar tiene, para él, un cardcter sacramental. En su particular cédigo de valores, Pepe habfa establecido que esa mujer era su familia y que un pedido suyo era como si él mismo lo formulara. Pilar parecfa rondar los setenta aiios. Menuda, de rasgos duros y mirada de acero, era a clase de persona con la que uno no desea man- tener una discusién. Consciente de ello, procuré ser amable y le ofrecf una silla. Pero la anciana rehus6 Ia invitacién con un gesto de impacien- 13 —No tengo tiempo que perder —c uiero sacar a alguien de la cércel. ;Puede Por lo visto la sefiora no se andat tas. Hacfa menos de un minuto que la c habfa logrado ponerme a la defensiva, en n ia oficina, sin que yo todavia supiera por q —Depende —balbuceé—. {De qu susado' —De nada —respondié. Si lo que buscaba era desconcert bia admitir que lo estaba consiguiendo {, me las arreglé para articular una oj eptable, —Bueno, supongo que en ese cas ncillo. —Tal vez no... —intervino Pepe. —¢Por...? —pregunté. —Porque es el futbolista que vimo: rato en la tele... Lo primero que pensé fue que me e: \do el pelo, pero para eso hay que tene del humor y Pilar, se me ocurri6, no lo cuanto a Pepe, yo habia sido testigo d as horas antes habia agotado su dosis an fas. Esos dos estaban hablando en serio, Jo via PIN|SHS axpeUL ap aoaUSy KUL Uw =yoauoo 10d QuIUO; BIJ anb visey esopayzuey any ugIoeyar esa ‘oood oo0d ‘oxad epeyoury & viduny ndox ns xouseu ep 0 ajuauupeuorsto: apreuisos ap opednao RyRy as ofS ‘ordiour. Tv ‘odeg op viyure vy “seuerpnos sopeptsoat sns u2 opepnde wiqry of anb euosiad vaqun v ua ofode oosng ‘opezuvaye viqey onb pepariojo! Tugns vf amjuoyuo vied vonauadxa ap ajuare & sopeysiure ups ‘ezoyeanieu sod opr y, ‘pepnio ¥ ua Epis ap opfso oaanu ns v asseadepe BquIsoo ¢ ‘JOnOIUT [9 Ua aJdunts Anur ProUAISIXE BUN OPRAg nigey anb ‘oyseyonur py “Sasou soutea BX yOe ‘sorry souang @ epesal[ ns apsap TuRLARL RJA! apuop Ofoytpa Jap vpeBivous vy wIO TEI ‘ppopusiua ered s -pdofar sopeymnory sepeysadsosur oprimbpe vyge 01ga199 TU © *e}219 Of anb o] ap vaysaudxa spt nd BI[O O “OxEID 1URISeG MOLORMHIS op oxen un aULBUL Ue apze] OU anb se290U0Da1 Ogap ‘o -raquio UIg “soruyFoduT eqpraprstiod e][a anb #1 be ‘OIpHsey aUOpIA9 Uoo ‘eIpUOdsos OJOS K HDR a] aonb seyungoud sey ap vrroseut | equiousy “0 -ovvIp Je ouNWUUT eIo Ja{nuT BSA “EpeUApso UOTE sFoAuOS PUN LORE] BEM[EIROND ap uOIsUaIaL Tar owioo SeyANUT we} MosaNy orsaIqE UOfeD Tap « sronqua [9 us opeordiur un woo eURIOUR BL ap vINoutA v oUF Jod sozioNySo SIAL +1 - 16 Confieso que no me resulté ffeil conce- birla en ese rol, pero me cuidé de mantener la boca cerrada, En honor a Ja verdad, ni siquiera me hubiese atrevido a sugerirselo. —Vea, sefiora —dije, en cambio—, Daniel Taviani es muy valioso para su equipo. El club tiene sus abogados que, probablemente, ya estardn trabajando en esto... —El no los va a aceptar —me interrum- pid, con firmeza—. No confiamos en ellos y, mucho menos, en los abogados. —Yo soy un abogado —me animé a recordarle. —Es diferente, Ti has sido recomendado —afirm6, mirando a Pepe, quien asintié con un gesto grave, No supe si tomarlo como un cumplido 0 una amenaza, pero preferf no pensar en ello y apagué la computadora. Los juegos deberfan esperar. Ahora tenfa un nuevo caso. + A nadie Je gusta entrar en el Departamen- to Central de Policfa y yo no soy Ia excepcién, Pero tenia que hablar con Taviani y, si le habfa entendido bien a Pilar, deduje que se hallarfa detenido allf. La inusual presencia de periodistas, 7 esa suposicidn, Asf que pasé junto a ellos hondo y subf las escalinatas anhelan cuanto antes de ese edificio El oficial de guardia me inspec arriba abajo cuando le presenté mi cred¢ abogado, Seguramente esperaba que ar de chaqueta y corbata, pero yo sélo me } esa manera para casamientos o velor embargo, me reservé esa confidencia. | de todo no estaba alli para hablar de rop: —Taviani no quiere abogados — fin—. Ya vinieron los del club y no los r —A mf me va a recibir. Digale manda Pilar —le respondi, con més vehi que certeza. {.Quién...? —pregunt6. —Pilar —repetf, eruzando los de Bl tipo levanté el tubo del telé ganas y transmitié el mensaje. En su boc taba menos convincente de lo que yo ha do. Pero no Hegué a preocuparme. Tr segundos, farfullé: —Tercer piso, oficina 304. Si esperaba una mirada de asomb parte, me quedé con las ganas. No habia impresionarlo. Ahf nadie se impresiona fac ° 18 La oficina 304 no era un calabozo, pero hacia poco por desmentirlo. Algunos muebles: ninguna ventana y un tubo fluorescente que, de tanto en tanto, parpadeaba en el techo. Para com- pletar el cuadro, un fulano de uniforme cerré la puerta a mis espaldas no bien entré. Taviani parecia més pequefio de lo que imaginaba. Tal vez porque sentado en esa habita- cidn, junto a un escritorio vacfo, costaba asociar- Jo con sus momentos de gloria en la cancha o, tal vez, porque todos parecemos més pequefios en el Departamento Central de Policfa. Todos, excepto Jos canas. Nuestro primer encuentro no fue auspi- cioso. Me recibié en silencio y apenas si respon- dié a mi saludo con un leve movimiento de su cabeza. Atribui su recelo al hecho de que, para él, yo era un perfecto desconocido y decidf apelar a mi simpatfa profesional para ganar su confianza. Dado que atin no habfa visto su expediente, me senté frente a él y le ped que me contara, con sus propias palabras, por qué lo habfan detenido. Fue econémico. Usé exactamente dos: —No sé. «Estamos igual», pensé, aunque me mor- df la lengua. Se suponfa que yo estaba allf para ayudarlo, - Qué raz6n te dicron al arrestarte? —pre- 19 Pero el tipo no colaboraba. Sdlo s a encogerse de hombros. —