Está en la página 1de 7

EL MES DE AGOSTO EN LA CRONOLOGÍA DEL BEATO MANUEL GONZÁLEZ

En agosto de 1911 intervino en las Celebraciones Colombinas y escribió sobre ellas en


“Granitos de sal. 2ª serie”.
El primer viernes del mismo año puso en marcha la operación evangelizadora que
llamó “Los Ángeles de la calle”.
Anteriormente, en agosto de 1907, después de comprar y derribar dos casas anejas a
la iglesia de San Francisco, dio comienzo las obras para las Escuelas del Sagrado Corazón.

LAS COLOMBINAS, «ESAS FIESTAS VERTIGINOSAS»,

Ildefonso Fernández Caballero

Desde el 29 de julio al 3 de agosto se celebran en Huelva las Fiestas Colombinas.


Comenzaron a celebrase las Colombinas el año 1882, como homenaje a los marineros de
esta tierra que partieron junto al Almirante Cristobal Colón desde el puerto de Palos rumbo a las
Indias.
El día 3 de agosto de 1942, fecha conmemorada, fue escogido por Colón y sus
acompañantes de la empresa descubridora de América no sólo por razones técnicas de navegación
sino también en relación con la fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles, que se celebraba con
solemnidad en la Rábida, como en todos los conventos franciscanos, y en Palos de la Frontera, el
día 2 de agosto. En la mañana siguiente a la festividad, desplegaron sus velas las naves a los vientos
del Atlántico.
Así pues el año 1905, cuando el Beato Manuel González llegó a nuestra ciudad, las
Colombinas onubenses celebraron su vigésimatercera edición.
Estas fiestas de Huelva tienen, entre otros, el singular privilegio de contar con la experiencia
personal y el testimonio de un Beato de la Iglesia que deja constancia escrita de lo que eran las
Colombinas hace un siglo.
D. Manuel González escribió siendo párroco de la de San Pedro de nuestra ciudad su libro
“Granitos de Sal-2ª Serie”, editado y muchas veces reeditado después. En él figura un capítulo que
titula “Descubriendo mundos.” Bajo el subtítulo “Un viaje al país de los limpios”, toma pie de
las fiestas Colombinas para hacer un comentario sobre el texto evangélico “Bienaventurados los
limpios de corazón”.
«Cuando escribo estas líneas, dice D. Manuel, Huelva se halla ardiendo en fiestas para
celebrar el 419 aniversario de la salida de Colón del Puerto de Palos para descubrir el nuevo
mundo».

La fecha corresponde pues a las Colombinas de 1911, y el gerundio “ardiendo”, que él


destaca en cursiva, indica que Huelva ardía no sólo con los calores estivales de agosto sino con el
fervor de unas fiestas que estaban ya consolidadas.
A continuación añade un juicio muy favorable sobre ellas remitiéndose a la impresión que
hubieran podido producir en Colón. «Y en verdad -dice- que Cristobal Colón no habrá quedado
disgustado de los entusiasmos de Huelva por él».
Sigue luego una sucinta descripción de los festejos, de su duración y de los actos principales
que se celebraban en aquella ciudad de treinta mil habitantes: «Como que en término de tres días,
que han durado las fiestas colombinas, miren ustedes todo, o mejor algo de lo que se ha hecho y
dicho en honor de Colón en estas tierras.
Recepción de una compañía de infantería y de cuatro barcos de la escuadra, un certamen
literario-artístico con la consabida ración de poesías, música y discursos, hasta del padre vicario,
misas en la Rábida y de campaña en el muelle, recepciones, conciertos musicales, tres o cuatro
banquetes, dos o tres jiras campestres, iluminaciones fantásticas y, ¡asómbrense!, cinco bailes
consecutivos de sociedad, ¡en tres días!».
De la descripción se deduce que el Beato Manuel conoce las fiestas no sólo de oídas sino
como activo participante en los actos religiosos y también en los literarios, puesto que dice que
entre los oradores figura “el padre vicario”.
Y continúa reiterando su juicio positivo sobre las celebraciones colombinas: «Creo,
señores, que no se puede hacer más en menos tiempo, y que el inmortal genovés no tendrá queja de
que en Huelva no se le quiere y se le festeja».
Luego dice que evita entrar en comentarios ajenos al fin que se propone, pero no deja de
manifestar su participación en las corrientes de simpatía por iberoamérica y el deseo de fomentarlas
prácticamente: «No es ahora mi intento analizar la finalidad, utilidad y trascendencia de estos
festejos, y si convendría, en vez de esas fiestas vertiginosas, algo más práctico y más en armonía
con las corrientes de hoy de decidida simpatía iberoamericana. No, quédese eso para otras plumas
y otras columnas, mientras yo, tomando pie del hecho de Colón, me dedico a presentar a mis
amigos y lectores“El arte de descubrir un mundo”».
Bajo este epígrafe hace la transición desde el objeto de las fiestas colombinas onubenses al
fin que él mismo se propone al escribir sobre ellas: «Un mundo, sí, más grande, más rico y para la
inmensa mayoría del género humano más desconocido y misterioso que el mundo de Colón.
¿Quién quiere ser Colón de ese mundo?
A responder a esa pregunta vienen estos GRANITOS DE SAL..., que por arte de
birlibirloque van a convertirse ahora en las naos o carabelas que llevaron a aquel puñado de locos
heroicos a la conquista del mar tenebroso.
Conque ¡a bordo, y a bogar!
No me detendré yo aquí en contar las peripecias del viaje, tanto más cuanto que su
duración es muy varia; hay ocasiones en que se llega pronto y otras en que se tarda mucho».
Con el desembarco, nos sitúa ya en un mundo nuevo y mejor donde habitan los
bienaventurados porque son limpios de corazón: «De un golpe nos ponemos dando vista a tierra y
empezamos a describir el mundo que nuestros ojos van descubriendo.
La primera cosa rara que encontráis allí es que no hay límites geográficos; el país de
nuestros descubrimientos unas veces está limitado por los muros de una casa, otras por los de un
poblado, y otras por los mismos límites de una persona.
Eso os quiere decir que este mundo no es un mundo material, formado con piedras, tierras,
ladrillos y tejas, sino espiritual, pero, ¡cuidado!, no por esto menos real.
Desembarcamos, y nos detenemos ante la puerta principal de aquel pueblo, que por cierto
es una puerta propia para el palacio de un rey.
Os dejan admirados dos ángeles que coronan el arco de entrada, sosteniendo un letrero que
dice:«Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.
¿Os enteráis? Entramos en el país de los corazones limpios.
Veréis qué bello país»...

A la Real Sociedad Colombina Onubense, a muchos participantes en las Fiestas de Agosto y


a devotos y admiradores del Beato les alegrará recordar que D. Manuel González García, “padre
vicario” de Huelva, figuró como orador el aquellas “fiestas vertiginosas” de hace un siglo y dejó de
ellas (Obras completas nn 3597 y siguientes) su testimonio escrito.
===========================================

El primer viernes de agosto de 1911, puso en marcha la operación que él llamó


“Los Ángeles de la calle”.

Los “Ángeles de la calle” y la promoción apostólica de la mujer

El conjunto de las acción desarrollada por la


Iglesia desde la parroquia de San Pedro en Huelva
durante la estancia de don Manuel hubiera sido
imposible sin la colaboración de los seglares, hombres
y mujeres, en todos los campos de la actividad
parroquial. Con hechos, se anticipó ya a la llamada de
atención del Concilio Vaticano II: “Dentro de las
comunidades de la Iglesia su acción es tan necesaria,
que sin ella, el mismo apostolado de los Pastores no
podría alcanzar, la mayor parte de las veces, su propia
eficacia” AA10 “Los fieles laicos deben estar cada vez
más convencidos del particular significado que asume
el compromiso apostólico en su parroquia. Es de
nuevo el Concilio el que lo pone de relieve
autorizadamente: « La parroquia ofrece un ejemplo
luminosos de apostolado comunitario, fundiendo en la
unidad todas las diferencias humanas que allí se dan e
insertándolas en la universalidad de la Iglesia. Los
laicos han de habituarse a trabajar en la parroquia en
íntima unión con sus sacerdotes, a exponer a la
comunidad eclesial sus problemas y los del mundo y
las cuestiones que se refieren a la salvación de los
hombres, para que sean examinados y resueltos con la
colaboración de todos; a dar, según sus propias posibilidades, su personal contribución en las
iniciativas apostólicas y misioneras de su propia familia eclesiástica.»CHFL27.
D. Manuel descubrió en Huelva la existencia de estructuras sociales y culturales que
mantenían a la mujer onubense en condiciones de inferioridad. El obstáculo mayor al
reconocimiento de su dignidad, tanto en el ámbito familiar como laboral y social, era el bajo nivel
de alfabetización. Si se quería que la mujer encontrara caminos de progreso, había que atacar en la
raíz la causa de su postración y marginación. Sus piadosas y más cultivadas feligresas de San Pedro
no podían permanecer indiferentes ante la situación y había de convertirse en agentes de la
promoción cultural y social de sus convecinas. Un día se dirigió don Manuel ayudó a sus devotas
feligresas a hacer un juicio evangélico: “El Corazón de Jesús os pide un favor; quiere que toda la
que sepa leer su devocionario y escribir una carta y, sobre todo, la que sepa a amar a Dios y a la
Virgen Inmaculada, se dedique a enseñar a leer, escribir y amar, a muchas jovencitas que no saben
nada de esto”. Para actuar, organizaron, en los mismos locales de las escuelas de San Francisco,
clases nocturnas de alfabetización de adultas. Se reunieron allí unas cuarenta maestras y alrededor
de ciento cincuenta alumnas. Y todas salieron beneficiadas: las maestras porque hicieron algo
práctico actuando sobre el ambiente de las jóvenes trabajadoras; y éstas porque se promocionaron
humana, cultural y religiosamente. Inopinadamente la oposición surgió de los novios de las chicas,
a los que hoy llamaríamos “machistas”: “Ellos tan guapos, tan libres....y como movidos por una
consigna aparecen rodeando la escuela aparecen rodeando la escuela...capaces de hacer cualquier
cosa...La escena tenoril se repitió cuatro o cinco noches más hasta que por el testimonio de ellas y
por sus propios ojos se convencieron de que...ellos resultaban tan favorecidos como ellas”.
(Vida 171)

En las Escuelas del Sagrado Corazón estableció también don Manuel clases nocturnas para
obreros a las que asistían unos ochenta muchachos. De impartir las clases se ocupó un grupo de
muchachos.
A los hombres y mujeres, chicos, chicas, niños y niñas de todas las clases sociales,
dispuestos a trabajar en íntima unión con sus sacerdotes, a exponer a toda la comunidad sus propios
problemas y los del mundo circundante y las cuestiones que se refieren a la salvación temporal y
eterna de los hombres, para que sean examinados y resueltos con la colaboración de todos y a dar su
personal contribución en las iniciativas apostólicas, los llamaba don Manuel “chiflados”, es decir,
enamorados de su vocación cristiana y apostólica, y dispuestos a penetrar, como levadura, en la
masa del pueblo para instaurar el reinado de paz y de justicia del Corazón de Cristo.

Había que estar pendiente de todos los enfermos, garantizar la periodicidad de las visitas,
mantener un contacto individualizado con cada familia. Era necesario superar “aquella
incomunicación funesta” entre la parroquia y los feligreses. Velar “por todos los que de alguna
manera están alejados de la parroquia y de los sacramentos”. El primer viernes de agosto de 1911
puso en marcha la operación que él denominó “los ángeles de la calle”, “dos ángeles custodios de
carne y hueso y alma grande”, que formaran una red capilar hasta envolver a toda la feligresía.
Había que visitar calle por calle, casa por casa, piso por piso para promover la vida religiosa de las
familias, cuidar a los niños cuyas madres tenían que trabajar o salir de compras, anticipando así el
sistema de guarderías mediante asistencia social domiciliaria.
El Arcipreste tuvo que hacer frente con cariño a los de su propia casa y parentela, porque su
madre no veía con buenos ojos que su hija María Antonia se convirtiera en “ángel de la calle” “-
Manolo, esa niña, por esas calles...
- Mamá, no le pasa nada; ella debe ser la primera en dar ejemplo. Si ella no se lanza, ¿Cómo lo van
a hacer las demás?
- Pero, hijo mio, las mujeres donde han estado es en sus casas y en la iglesia.
-Bien está, pero de camino que van a su casa y a la iglesia, que hagan algo por las almas.”
Don Manuel preparaba y anticipaba también la presencia activa de la mujer en la iglesia y en el
mundo
LAS ESCUELAS DEL SAGRADO CORAZÓN EN SU ACTUAL EMPLAZAMIENTO

El actual Colegio Diocesano “Sagrado Corazón de Jesús” de Huelva arranca históricamente de 1908, fecha en que se
inauguraron las “Escuelas del Sagrado Corazón de Jesús", institución creada por D. Manuel González, Arcipreste de Huelva, y
dirigida y sostenida por D. Manuel Siurot. Dichas Escuelas nacieron con una clara finalidad: la promoción humana y cultural de la
infancia y juventud menos favorecidas de Huelva.
La ubicación de las escuelas ha pasado por distintas sedes. Últimamente han quedado instaladas en el Colegio
Diocesano, inaugurado oficialmente el 27 de febrero de 1996. En el azulejo, conmemorativo del acto y de homenaje a D.
Manuel Siurot, se dice:
“Este Colegio Diocesano, en continuidad histórica con sus Escuelas, recoge el testigo de su ideal educativo
con el compromiso de mantenerlo vivo y operante en la educación de niños y jóvenes”.

===================================
En la cronología del Beato y en la historia de las Escuelas sobresale el mes de agosto de 1907
porque el día 2, después de la compra y derribo de dos casas anejas a la iglesia de San
Francisco,
D. Manuel González dio comienzo a las obras.

Ildefonso Fernández Caballero

No se había cumplido aún el primer año de la llegada del Beato Manuel González a la
Parroquia de San Pedro. Le había conmovido profundamente “el espectáculo de centenares de
niños arrojados al arroyo”. En abril de 1906, empezó su primera aventura en el campo
escolar:“nos echamos a la calle a hacer unas escuelas muy grandes, muy buenas, muy cristianas y
absolutamente de balde para los niños pobres”.

¿Dónde encontrar el lugar mínimamente adecuado para tan urgente necesidad?


Una Real Orden de 24 de enero de 1823 había impuesto la supresión del convento
franciscano de Huelva, entre otros de la misma orden esparcidos desde antiguo por la provincia. A
partir de ese momento, una parte de los frailes se trasladó al convento de Moguer, mientras que
otros cuatro religiosos franciscanos permanecieron todavía en la casa de Huelva hasta 1834. El día
28 de agosto de 1835, el convento de San Francisco pasó finalmente de derecho y de hecho a
disposición de la Junta de Enajenación de Edificios y Conventos suprimidos. La iglesia, exceptuada
de la desamortización, permaneció abierta al culto y subsistió, con todos sus altares, imágenes,
pinturas y enseres, como ayuda de la parroquia de San Pedro.
Cuando don Manuel González llegó a Huelva, el templo de San Francisco estaba muy
deteriorado . Y la huerta del convento, desaparecida su vieja noria, se había convertido ya en plaza
del barrio.
Como solución de urgencia, Don Manuel habilitó para instalar las primeras aulas los
espacios de las capillas del lado del evangelio y el coro alto de la iglesia, y poco a poco los fue
ampliando. A mediados de julio de 1907 Don Manuel logró comprar dos casas anejas a la iglesia
de San Francisco y derribarlas para aumentar el número de clases. Tantos alfajores, “suspiros”,
tortas, bizcochos, yemas, “lágrimas de San Pedro”, golosinas y refrescos se hicieron y se vendieron
en la Huelva de hace un siglo para ayudar a comprar las casas y a sufragar las obras de adaptación
que don Manuel repetía: “Si se estrujaran las paredes de la escuela chorrearían almíbar”.

El día 25 de Enero (fiesta de la Conversión de San Pablo) de 1908, el Cardenal Almaraz


bendijo e inauguró las Escuelas. Estaba, por fin, el edificio. Faltaban los maestros. En un aparte del
acto inaugural don Manuel González preguntó a su colaborador don Manuel Siurot, ya entonces
prestigioso abogado y escritor brillante: “¿Dónde están los maestros, Dios mío? ¿Qué sabe usted
de maestros?”. Las palabras angustiadas del Arcipreste cayeron como semilla sobre tierra
preparada y fecunda. Siurot venía sintiendo como una llamada en lo más profundo de su corazón:
¡Los niños pobres te esperan! . Siurot formuló con otra pregunta la oblación que le comprometió
de por vida:¿Me quiere usted aceptar como maestro?. A partir de ese providencial momento, las
Escuelas del Sagrado Corazón, del Barrio de San Francisco son impensables sin don Manuel Siurot,
el otro yo de don Manuel González, como éste lo llamaba.
Don Manuel González escribe en el prólogo del libro de Siurot “Cada Maestrito”: «Él ha
dado a las escuelas de niños pobres su diaria asistencia personal a la clase como si fuera un maestro
de plantilla, y con esa asistencia ha dado y da a sus niños toda su inteligencia de genio (y ahora que
se fastidie su modestia y se ejercite en acciones de gracias a Dios) todo su corazón, y me consta que
lo tiene grande de verdad, toda su imaginación de poeta delicado y creador, toda la paciencia de su
alma, naturalmente impaciente, junto con toda la fuerza de sus pulmones, que no poca se necesita; y
hasta todo el gracejo de su carácter andaluz.
Y da todo eso no una semana por sport, ni un mes por vía de experiencia: da todo eso hoy,
mañana y pasado mañana y todos los días, a pesar de sus atenciones de abogado y padre de familia ,
a pesar de los reparos que , amigos, más buenos que prudentes, le hacen contra esa manía de
hacerse maestro de escuela pudiendo subir y hacer tanto por otros caminos, a pesar de la ingrata
prosa del constante machacar, que consigo lleva la profesión, y a pesar de todos los pesares D.
Manuel Siurot es, sin duda, el hombre de las Escuelas del Sagrado Corazón...»
Corría el año 1918 y todavía las Escuelas se ampliaban. El consagrado obispo Don Manuel
González había dejado Huelva camino de Málaga. Pero en el ánimo de don Manuel Siurot
permanecía aún clavado como una flecha el interrogante que el Arcipreste le dirigiera el día de la
inauguración de las Escuelas del Sagrado Corazón : «¿Dónde están los maestros, Dios mío? ¿qué
sabe usted de maestros?». Siurot había aprendido mucho de pedagogía y de maestros, contagiado
de las preocupaciones de don Manuel. El 15 de octubre, festividad de Santa Teresa, bajo la
dirección de don Manuel Siurot se emprendieron las obras para la construcción un Seminario de
Maestros, puesto bajo el patrocinio de la Virgen Milagrosa. El modesto edificio del Internado
gratuito para estudiantes de Magisterio se labró sobre un pequeño corral de la sacristía de la iglesia
de San Francisco, aneja a las Escuelas, y sobre algunas habitaciones de la misma sacristía. La
preocupación de Siurot por el modo de hacer frente al costo de la obra en aquel tiempo de penuria
era como se refleja en una carta dirigida por él a su amigo salesiano, P. Tognetti de la comunidad de
Utrera: «(...) El agobio de una obra superior a mis fuerzas, de un Internado de estudiantes de
Maestros pobres, gratuitos, ahora en su período de albañilería y busca de fondos, me tienen tan
preocupado y preocupan que no me queda espíritu ni para redactar una carta». El Internado
comenzó a funcionar el 15 de octubre de 1919, y de él salieron muchos maestros cristianos que han
sido expertos pedagogos y testigos de la fe en la escuela.

El edificio de la iglesia, las Escuelas del Sagrado Corazón y el Seminario de maestros del
barrio de San Francisco permaneció en pie después de la guerra de 1936 de la posterior operación
urbanística que abrió la que hoy es la Avenida de Martín Alonso Pinzón con la edificación del actual
Ayuntamiento. En la parte posterior de éste, completando manzana con él, quedaron todavía la
iglesia de los franciscanos y las Escuelas del Sagrado Corazón que habían sido amasadas con la
dulzura del almíbar y la amargura del sudor, y de no pocas decepciones, de don Manuel González y
don Manuel Siurot.

El 18 de junio de 1964, las Escuelas resultaban manifiestamente insuficientes. Los tiempos


cambian, y las nuevas exigencias pedagógicas demandaban ya un edificio nuevo. Para construirlo,
la Diócesis de Huelva, que fue creada en 1954, vendió a la Compañía de Jesús todo el conjunto de
iglesia y dependencias escolares. En septiembre del mismo año se demolieron las ya vetustas
edificaciones y sobre el solar de la iglesia franciscana y escuelas del Sagrado Corazón se
levantaron nueva iglesia y residencia de la Compañía, según proyecto y bajo la dirección del
arquitecto Francisco de la Corte. La casa residencia de los jesuitas fue inaugurada el año 1966, y la
nueva iglesia aneja permanece abierta al culto desde el 9 de junio de 1973.
Sobre el edificio, en el lateral donde se abre la puerta de esta iglesia que hace esquina con la
calle Palos, una sencilla lápida recuerda:”Don Manuel González García, Arcipreste de Huelva y
Obispo de Málaga y Palencia, fundó aquí las Escuelas del Sagrado Corazón de Jesús el 25-1-1908.
El Ayuntamiento y la Ciudad, en el primer centenario de su nacimiento le dedican este recuerdo y
homenaje. 25-2-77”.

La Iglesia de Huelva se siente depositaria del carisma de don Manuel González y de don
Manuel Siurot para educar en la fe a las nuevas generaciones en relación con la cultura de nuestro
tiempo y en el interior de la comunidad humana. Continúa siendo actual la urgente necesidad de
educar a los niños, promover la formación de educadores cristianos, renovar las formas de presencia
y de acción pastoral de la Iglesia en los centros de enseñanza, cuidar y alentar la vida cristiana y la
actividad de los profesores de religión, y acompañar a las asociaciones de educadores cristianos.

Desde su primer emplazamiento junto a la Iglesia de San Francisco, las Escuelas de don
Manuel González y de don Manuel Siurot han pasado por distintas sedes hasta que la Diócesis
terminó de construir un nuevo edificio sobre el solar adquirido el 27 de agosto de 1969 en la calle
Juan de Oñate, esquina con la avenida de Fray Junípero Serra.
Desde aquí, final y felizmente, han pasado a ocupar una parte importante del edificio del
Seminario. El Colegio Diocesano “Sagrado Corazón de Jesús” fue inaugurado oficialmente el 27 de
febrero de 1966 por el obispo de Huelva D. Ignacio Noguer Carmona. Pervive, pues, en Huelva la
institución creada por don Manuel González, dirigida y orientada por don Manuel Siurot. Así lo
recuerda el azulejo conmemorativo de la bendición: “Este Colegio Diocesano, en continuidad con
sus Escuelas, recoge el testigo de su ideal educativo con el compromiso de mantenerlo vivo y
operante en la educación de niños y jóvenes”.