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. BEATRIZ SARLO LA MAQUINA CULTURAL Maestras, traductores y vanguardistas Ariel Disefio de interiores: Alejandro Ulloa © 1998, Beatriz Sarlo Derechos exclusives de edicién en castellano reservados para todo el mundo: © 1998, Editorial Planeta Argentina S.A.1.C. Independencia 1668, Buenos Aires Grupo Editorial Planeta ISBN 950-9122-55-6 ‘Hecho el dep6sito que prové la ley 11.723 Impreso ert la Argentina esta publicacin, incluido el disoRo de Ia cubierta, puede ser saa manera alguna ni por aingin “plic, de grabcion 0 de ftocopio, Ninguna parte di reproducida, medio, ya sea ctrieo, quimico, mecdni ‘in permiso previo de editor ADVERTENCIA Con el titulo de “La maquina cultural”, los lectores encontraran al final algunas paginas que muestran las ideas de donde partié este li- bro y lo que aprend{ escribiéndolo. No son indis- pensables al comienzo, porque quise que estas historias de maestras, traductores y vanguar- distas dijeran lo que tenfan para decir sin més interferencias que la del trabajo de narrarlas y de pensar porqué las cosas fueron como fueron, Es, por supuesto, completamente legitimo que esas paginas finales se lean al principio a la ma- nera de un prélogo. CABEZAS RAPADAS Y CINTAS ARGENTINAS. LEER Y ESCRIBIR “Un hijo de un pobre labrador, habiendo ido un dia a un pueblo, vio una multitud de nifos que salian de la escuela con sus libros debajo del brazo. Se puso a conversar con uno de ellos, y le rogé le ensefiase su libro y leyere un poco en él. El nino ley6 un bonito cuento que hizo Uorar al po- bre labradorcito. Cuando llegé a su casa, cogié una canasta y se fue al monte. Alli formé una trampa para coger perdices y, volviendo al dia siguiente, hallé den- tro dos muy hermosas. Las recogié y dirigiéndo- se al pueblo, se encontré al maestro acompantado de algunos ninos. —Aqui traigo estas perdices para usted, le dijo. —éY cudnto quieres por ellas?, pregunté el preceptor. —Serior, dijo el nirio, yo no las vendo por di- nero; porque aunque lo necesito para comprarme ua —————— un sombrero y un par de zapatos, hay otra cosa que me hace falta. Mi padre no puede pagarme la escuela y si usted quiere ensenarme, yo le trae- ré de cuando en cuando perdices. —Hijo mio, dijo el maestro, veo que te gusta mds saber que vestirte bien y tener dinero y yo te ensefiaré, sin que tengas que pagarme. Este nirio aprendié mucho y fue un sabio.”* La cartilla de lectura de primer grado era el tinico libro que habia entonces, en 1889 0 90, en mi casa. Yo era la primera de los hijos, entonces cuatro, que iba a la escuela; ése era mi libro, pe- ro también un libro que mi madre lefa a la no- che. No sé cémo me explicaron en la escuela la historia del labradorcito, ni sé si me la explica- ron. Naturalmente, veinte afios después, si yo, como maestra, hubiera tenido que explicarla, les hubiera dicho a los chicos que se consideraran felices, que ellos no tenian que hacer como el po- bre labradorcito, no tenfan que pagarle al maes- tro y salir a cazar perdices para poder aprender a leer porque en la Argentina lo habfamos teni- do a Sarmiento. Pero en esa cartilla donde aprendi a leer no se hablaba de Sarmiento sino del sacrificio del labradorcito. De algtin modo, mi madre debe haber pensado eso cuando a la noche, con dificultad, descifré la lectura que yo hab{a lefdo en la escuela a la mafana. Mi madre lefa bastante bien, pero se tropezaba con algu- nas palabras: ella era italiana, habia legado a 12 la Argentina de muy chica, se habia casado a los quince afios con mi padre, que era gallego, y des- de entonces habia tenido cuatro de los ocho que serfan sus hijos. Italiana rubia y fina, del Norte, piamontesa, de ojos claros, piel transparente; hablaba sin acento, se habfa olvidado completa- mente el italiano, nc queria recordarlo, no que- ria recordar de dénde habian legado los Boioc- chi para trabajar de jornaleros y de sirvientas. Ernestina Boiocchi, se llamaba mi madre; su marido Manuel del Rio, mi padre, le habia ense- fiado a leer en las primeras planas del diario La Prensa. Ella, a su ultima hija, la hija de la vejez, que nacié cuando ella tenfa treinta y cinco afios, le enseiié a leer, antes de mandarla a la escuela, también en las primeras planas de La Prensa, que mi padre trafa de la casa de sus clientes. Pe- ro cuando nacié esa ultima hija ya hab{a algu- nos libros més en la casa. Mi Ultima hermana nacié cuando yo estaba en cuarto afio de la Escuela Normal. Mi padre me fue a buscar a la estacién y me dijo: “Esta mafiana nacié su hermana, después que usted se fue para la escuela”. Yo tenia mucha rabia y no supe qué decir. Le pregunté entonces: “{¥ qué nombre le van a poner?”. Mi padre me dijo: “De- cidalo usted, ya que esté tan enojada”. ¥ yo le di- je enseguida, porque se ve que lo tenia pensado: “Péngale Amalia”. Amalia, entonces, fue la hija de mis padres y también fue como mi hija: la vestia de mufieca, con puntillas blancas, para 13 —_ | sacarla a pasear a la vereda en las tardes de ve- rano. Era rubia y fina, como mi madre, aunque algunos malpensados decfan que era hija mfa, por la edad que yo tenfa entonces, pero yo era morocha, como papd. Fue la unica de las herma- nas mujeres que no sélo fue a la Escuela Normal sino también al Profesorado. Sin embargo, fue la Yinica que no pasé de maestra. Todas las demas fuimos directoras, muy reconocidas. Mi primera escuela, como directora, fue la escuelita de la ca- Me Olaya. Allf legué en 1921, con la escuela re- cién fundada. Nadie en mi casa, ni mi padre ni mi madre, pensaban que yo iba a ser maestra. Desde muy chica trabajaba ayudando a mi padre en el taller de sastrerfa: 61 cortaba, mi madre hacia los cha- lecos’y los pantalones, yo picaba las entretelas de las solapas. El salia a hacer las pruebas a las, casas de los clientes; envolvia las ropas en una sdbana de lino blanco, se vest{fa bien, siempre anduvo bien vestido por su oficio, y se iba para el centro. Era el sastre de algunos sefores dis- tinguidos, me parece, pero nosotros no los veia- mos nunca. Nosotros, yo, a picar solapas. Claro, mi padre sabia que yo tenfa que ir a la escuela primaria y alli fui, primero a una escuela de una sola pieza, en este mismo barrio, que entonces se llamaba Villa Mazzini, donde la maestra es- toy segura de que no hab{a ido a la Escuela Nor- mal. Y, después, cuando mi hermano entré a pri- mero inferior, nos pasé a la escuela mas grande, 14 que quedaba a veinte cuadras, frente a la iglesia redonda de Belgrano, veinte cuadras de barro, con mi hermano asmatico que resollaba todo el invierno. Pero esa escuela nos gustaba a los dos. Alli aprendia y las maestras casi no usaban el puntero. “Rosita”, me decfa la directora, “vos sf que sos aplicada y tenés buena memoria, buena memoria para los versos y los recitados y buena mano para el dibujo”. Cuando nos daban los bo- letines de calificaciones se los llevébamos a mi padre: todas buenas notas, los primeros de la clase. Y mi padre, como si no se diera cuenta, nos decia siempre lo mismo: “Echelos al puche- ro”. A su modo, sin embargo, mi padre nos se- guia. Al final de cada curso estaban los exéme- nes, que en ese entonces eran publicos: lectura, idioma nacional, historia argentina, economia doméstica, exposicién de labores, ejercicios mili- tares para los varones. Yo estaba muy nerviosa al verlo a papé en la escuela, Ilena de gente, de sefiores importantes como el inspector. Una vez, yo era muy chica, cuando los examenes habian terminado y la gente se estaba yendo, me acer- qué a mi padre y le dije: “Usted gqué hace aqui con esas orejas?”, porque mi padre, que estaba muy bien vestido ese dia, tenia unas orejas sepa- radas de la cabeza, que a mi me parecian cémi- cas o me daban vergiienza. A esa escuela iban chicas més finas y un dia yo le dije a mi madre: “Mire, mamé, yo a la es- cuela no voy mds porque unas compafieras se 15 burlan de mi vestido”. Mi madre dijo que yo ala escuela tenfa que seguir yendo y que ella me iba a hacer un abrigo que le iba a dar que hablar a todas. Asf, de noche, cosimos una capita bleu, con cuellito de terciopelo, que usé todo el invier- no. Allé me iba yo muy contenta. Mam le pidié a unos parientes ricos, que habian perdido dos hijos con el crup, que nos fueran pasando la ro- pa que no usaban y la de la chica que se habia muerto ese invierno. Era la familia del hermano menor de mi padre. Las cosas son raras: mi pa- dre habfa legado primero de Santiago de Com- postela y después habia mandado venir a su her- mano. Y ese hermano pudo comprar, no sé cémo, un registro de escribano, uno de los primeros re- gistros, y le habia ido bien. Vivian en la calle Charcas, con dos sirvientas. Mi padre le hacia Jos trajes a su hermano y supongo que el herma- no le consegufa algunos clientes, De vez en cuando, la mujer de su hermano nos mandaba lamar. Le decia a mi padre: “Mandemela unos dias a Rosita, que cose tan bien. Tengo algunos vestidos que arreglar”. Y allé me iba yo. A la vuelta me trafa toda la ropa que a ellos no le ser- via. Con mami la arreglabamos para que la usa- ran todos los que venfan detras de mf. Pero la capita bleu, ésa mi madre la cosié de unos reta- zos nuevos, y era completamente nueva, con un canesti redondo, que daba toda la vuelta a los hombros y el cuellito perfectamente cortado y pegado que cerraba con dos borlas de pasamane- 16 oI tsti‘“‘i‘_OSOSCsS ria. Mam y yo, por el trabajo que hacfamos en el taller de sastreria, éramos muy detallistas. Cuando terminé sexto grado ya cuatro de mis hermanos estaban haciendo la escuela primaria; mi padre queria que yo me quedara picando so- lapas en el taller porque eso era mas barato que un aprendiz. Asi estuve todo un aiio, picando so- lapas, lavando platos y hachando lefia. Hasta que un dia le dije: “;Usted quiere que yo me que- de toda la vida picando solapas? Yo quiero estu- diar para maestra y en la escuela me dijeron que se puede pedir una beca. Asi que usted que cono- ce tanta gente (pensaba seguro en los clientes de mi padre) le puede pedir una recomendacién a alguno”. Y asf fue. Mi padre le hablo a un sefior Zubiaur, que trabajaba en el Consejo Nacional de Educacién.? Y ese sefior le dijo: “Mire, don Manvel, su hija termin6 la primaria con muy buenas notas, asi que la beca se la va a sacar, di- gale que se quede tranquila”. Y asf fue.t Una mafiana de verano, mi padre compré el diario porque le habfan dicho que iba a salir la lista de los becados, y alli estaba yo: Rosa Justina del Rio. Con mamé nos pasamos todo febrero prepa- rando alguna ropita para que yo fuera a la Es- cuela Normal, que quedaba en el centro. Yo era muy empacada y muy orgullosa y me imaginaba que algunas copetudas se iban a refr de mf. Mi hermana segunda que ya estaba en quinto gra- do me iba a suplantar en el trabajo del taller de papa. Después de dos afios, también ella fue ala 7 ————— =< i". Escuela Normal. Me acuerdo de que yo ya era més grande y lo encaré a mi padr quiere que Manuela se quede toda la vida aca pi- cando solapas?”, le pregunté, como le habfa pre- guntado por mi, “ZY usted qué quiere?”, dijo mi padre. “Que vaya a la Escuela como yo.” ¥ allt salié Manuela, a la Escuela Normal, donde ya Jas cosas eran més faciles, porque yo podia ayu- darla con los libros que se habian ido compran- do con la plata de mi bequita. Esa platita sirvié para todo: pagaba el tranvia hasta el centro, ida y vuelta, me compraba alguna tela para mi ropi- ta y también algo para mis hermanos més chi- cos. Plata en comer, los dias que me tenia que quedar a la tarde en el centro, no gastaba, por- que la cufiada rica de mi padre le dijo: “Si Rosi- ta tiene que comer en el centro alguna vez, us- ted le dice que se venga para mi casa y aqui co- me lo que sea necesario”. Yo comia lo que deja- ban mis primos, todos unos chicos muy maleria- dos, que no querfan estudiar e iban a la confite- ria Paris a tomar helado con masas antes del al- muerzo. Ninguna de mis primas estudié para maestra ni para nada. Me decian: “Vent, Rosita, conténos cémo vas a hacer cuando seas maes- tra” y se reian, las ignorantes. Después, cuando fueron grandes y se fundieron la plata del padre, me empezaron a respetar: claro, entonces yo era directora de escuela y me habfa podido pagar un viaje a Europa. 18 La escuela “Queridos ninos, gsabéis lo que es la escuela? Me parece que todos estdis diciendo alegremente que st. Quién ignora que la escuela es el estable- cimiento a donde acuden los nifios a instruirse y educarse, es decir, a recibir conocimientos titiles como la lectura, escritura, aritmética, etc., y ad- quirir nociones de los deberes que tienen para con Dios, la patria y la sociedad en que viven? La escuela es la gran antorcha colocada en medio de las tinieblas de la ignorancia; en su re- cinto estan los maestros, apéstoles de la ciencia, encargados de reunir en torno de ellos a los ninos para disipar, con la luz de la verdad, las som- bras que obscurecen las inteligencias sin cultivo, y ensefarles a distinguir el bien del mal, graban- do en sus corazones los medios de practicar la virtud y huir del vicio. La escuela es el templo de la patria, en el que vuestros carifiosos maestros os ensefian los hechos gloriosos de nuestros ilustres antepasados, en ella hay erigidos altares a los grandes préceres: San Martin, Belgrano, Moreno, Rivadavia, Sarmiento son las imagenes que venerdis, como un tributo de gratitud que pagdis a sus esfuerzos. Nuestro pais ocupa ya un lugar importante entre las naciones adelantadas del globo, por el estado de adelanto-de su instruccin publica, ca- si no queda un pueblo en la reptblica que no ten- ga escuela para educar a sus nifos. 19 ——————=<=———— ts—™ [...] No olvidéis nunca la escuela donde reci- bisteis la primera instruccién y cuando sedis hombres y paséis por uno de esos edificios, descu- brios con respeto cual si pasaseis por la puerta de un templo, puesto que sabéis que ése fue el de vuestra educacion.”* 20 Antes de ingresar a la Escuela Normal, yo era una salvaje. Picaba solapas y trataba de conseguir la mayor cantidad de comida posible en la mesa y en la cocina. Mi padre faenaba una vez por afio y colgaban los chorizos de chancho en las vigas del techo de la cocina. Nos tenian que durar todo el afio y mama los usaba ahorrando lo més posible. A mi me enlo- quecian esos chorizos, eran como una golosina, la tinica que conocia porque en casa no habia nunca golosinas. A la siesta, trataba de cortar algtin pedazo y alli me iba corriendo, me trepa- ba a un érbol y me comfa el chorizo con pan. Era como un animalito. En casa no habia mas que las varas de género del taller de papa y la cocina de mama. Fiestas y salidas, ninguna Para los carnavales, cuando ya fuimos mas grandes, ibamos al corso de Villa Urquiza, si alguna amiga mas pudiente nos invitaba a su palco. Pero antes de eso, los carnavales del ba- rrio no eran muy bien vistos por mi padre, por- que alli se mezclaba un mal elemento, en las comparsas. “No quiero que sean unas gau- | chas”, dijo mi padre y nosotras obedecimos sin chistar. En mi casa, ni siquiera los varones sa- Man mucho de parranda. Cuando ingresé a la Escuela Normal, se me abrié un mundo. Algunas profesoras y profeso- res eran sefiores distinguidos, que hablaban muy bien y que nos recitaban poesias o contaban historias de las que yo no tenia la menor idea: los egipcios, la Mesopotamia, el Renacimiento. Hasta la historia argentina parecia diferente. Un profesor de literatura nos repartié libros de distintos poetas. A mi me tocé Manuel Acuiia, el del “Nocturno a Rosario”, que, muchos afios des- pués, una hermana mfa aprendié a cantar con guitarra. Tenfamos que observar clases modelo, quedarnos todo un dia siguiendo la tarea de un grado en la escuela de aplicacién, hacer demos- traciones de clases, las practicas, y me familiari- cé muy répidamente con muchisimos libros de lectura, los libros que yo iba a ensefiar cuando fuera maestra, y muchos otros. Incluso nos ense- fiaban francés, algo que yo pensaba que sélo aprendian las chicas de buena familia. All{ aprendi a escribir composiciones, siguiendo mo- delos literarios, caligrafia, dibujo lineal, hasta cosmografia y quimica.: “Al tratar la educacién intelectual de las alumnas han recibido conocimientos de Psicolo- gia Experimental, que en la actualidad se abre caminos, han. estudiado el cerebro, puntos de Frenologia, aceptando el poder de los instintos e 21 ————————<—— - | inclinaciones naturales heredadas, no para exa- gerar el positivismo cayendo en el fatalismo y en el materialismo, sino al contrario para hacer sentir doblemente el dominio del espiritu sobre la materia, la influencia de la educacion que per- fecciona las dotes naturales y corrige casi siem- pre los vicios y defectos, que sin ella se transmi- tirian por la herencia de generacién en genera- cion, siendo indispensable, por lo tanto, preocu- parse de las causas que originan estas imperfec- ciones para corregirlas por medios educativos de orden fisico en muchos casos y de orden intelec- tual y moral en otros. [...] Al estudiar el método apropiado a la ensefanza de cada materia, se ha procurado que las alumnas maestras se den cuenta exacta de los fines de la escuela primaria: el fin individual, practico para la felicidad y el progreso del hombre; el nacional para que hagan conocer la patria y perpetuar sus glorias; la cul- tura estética y el fin superior del progreso huma- no que eleva las tendencias del alma a Dios co- mo sintesis de la verdad, la belleza y el bien.”* Recuerdo que un profesor nos conté la histo- ria de Los novios de Manzoni y yo me consegui ese libro. Fue la primera novela que lei en mi vi- da. De todas formas nunca fui muy lectora de novelas. Pero estaban los libros de lectura para chicos, y las geografias y los libros de historia y las laminas de astronomfa. En realidad, en la Escuela encontraba cosas que jamas se me ha- 22 bfan pasado por la cabeza antes, que nunca ha- bia sofiado que pudieran existir. Ni mi padre ni mi madre hablaban con nosotros de Europa, de los lugares de donde hab{an venido. Para ellos era como si esos lugares hubieran dejado de existir. Mama nunca queria pasar por italiana, por eso se habia olvidado del idioma y hablaba como si hubiera nacido aqui. Entonces, el mun- do empez6 para mi en las clases de la Escuela Normal, aprendiendo lo que después iba a ense- fiar como maestra y aprendiendo a ensefiarlo de un modo bastante diferente de como me lo ha- bian ensefiado a mf. Yo siempre fui una maestra muy moderna y eso creo que empecé a practicarlo todavia mien- tras estaba en la Escuela, No me quedaba con el tinico librito que me sefialaban. Volvia a mi casa y me fijaba cémo eran los libros de lectura que tenfan mis hermanos menores, los libros de ca- da aio. Me parecia que esos libros eran muy im- portantes. Claro, en casa no habia otros libros, ni revistas (a veces, muy de vez en cuando, ma- m4 compraba un folletin que pasaban vendien- do casa por casa, pero creo que eso fue mas ade- lante, cuando ya empezaba a haber un poco mas de plata, porque yo empezaba a trabajar), a ve- ces algtin diario, pero nada mas. Tampoco libros religiosos porque ni mamé ni papa eran muy de ir ni de mandarnos a nosotros a la iglesia. Con decir que no recuerdo si aprendi el catecismo. En fin, los libros que habia eran los de la escue- 23 la y éllos eran toda la letra impresa que entraba en esa casa, lo cual ya es bastante decir si se compara con lo que pasaba en el barrio, donde ni siquiera estaban los libros de la escuela. Villa Mazzini, el barrio, era un andurrial en 1900. Papa era miembro de la sociedad de fo- mento, que puso la veredita de piedra hasta Ile- gar a la calle Pampa donde habia algo de afir- mado, pero de todos modos caminar hasta la es- tacién Belgrano era una aventura en el barro cuando llovia, y Novia bastante, mas que ahora, me parece. Entonces, los libros de la escuela eran lo tinico que me sacaba del barrio y me ha- cia pensar que hab{a otro mundo. Hablaban de cosas que yo conoci durante mucho tiempo sélo por verlas escritas, y también hablaban de ideas que en casa no se habian pronunciado nunca. “Desde ayer tenemos un nuevo companerito. Casi no sabe hablar castellano. Hace dos meses que llegs a la Republica Ar- gentina. Ha nacido en Italia. Es muy bueno y ya se ha hecho amigo de todos nosotros. Nos conté que viajé durante varios dias en un gran buque, que salié del puerto de Génova, en Italia También nos dijo que por largo tiempo, mien- tras atravesaba el océano Atldntico, no veian mds que agua y cielo. 24 Al preguntarle si extranaba su pueblo, nos contesté que si, pero que ya queria mucho a la Repiiblica Argentina.” Confraternidad entre argentinos y extranjeros “Ya habéis aprendido muchas cosas que se re- lacionan con la patria y con la sociedad, sabéis también que a los nacidos en otros paises, bajo otras banderas, se les denomina extranjeros. 4¥ a qué vienen los extranjeros a este pats? éPrestan algunos servicios? —Os diré, amigos mtos: los extranjeros vienen con el objeto de labrar la tierra, ejercer indus- trias y tomar parte en nuestro comercio. Ellos son nuestros amigos y colaboradores del progre- 80; los servicios que prestan no son pocos: ense- fan al hijo del pats las industrias de su patria y le ayudan a conocer el provecho que puede sacar- se de los productos de la tierra.” Esto se lo lef en voz alta a mi padre, de pica- ra només, para ver qué decfa. Y dijo: “Yo aqui vi- ne para no morirme en la mar, no vine a ensefiar nada y aqui me ensefiaron este oficio que tengo”. ‘Yo no sé si a mf me gustaba mucho leer. No pue- do estar segura si era un impulso de ésos que no se pueden parar, como fue el caso de mi segunda hermana, que se escondia para leer y que no la descubrieran. No estoy segura de que me gusta- 26 naan ra tanto leer. Mas me gustaba coser y dibujar, creo que tenia mejor mano para esas dos cosas. Pero lo que sé es que leer, a partir de un momen- to, para mi fue algo asf como la televisién es aho- ra para la gente: vefa lo que no vefa en otro lado en las paginas de los libros. Estaban las poesfas: yo nunca habia escuchado una poesia hasta Ie- gar a la escuela y en la primaria siempre me pa- recieron demasiado pocas y siempre las mismas. En cambio, en el Normal tenfa todas las poe- sias que estaban en los libros a mi disposicién y como siempre tuve buena memoria, las aprendfa para recitarlas, las recitaba en casa, a mis her- manos y hermanas. Muchas poesfas patriéticas, pero bastaba que fueran poesfa, que sonaran con el ritmo y la rima, ya eso era una cosa distinta, como un juguete se podria pensar, porque no sé cudnto entendia de esas poesias. Bastaba que tuvieran una rima, algo que se pegara al ofdo y a la memoria y que es distinto de la forma en que se habla habitualmente. Una de mis herma- nas ‘menores era loca por esos recitados y, cuan- do ya hubo un poco mas de pluta en casa, com- pramos un libro de Allemany Villa que reunia una cantidad enorme de poesias para recitar: “Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo vida”; “El poeta joven de la dulce Francia que lleva sin mengua su estirpe gloriosa ha estampado en versos de suave fragancia como la més bella la pagina rosa. Yo elijo la blanca...”; “Ven para acd me dijo dulcemente mi madre cierto dia”, a ésa 26 la habiamos aprendido de un libro de lectura, no estaba en el Allemany Villa. Le ensefié a mi her- mana a preparar su propio cuaderno de poesfas, como si fuera un dlbum de los que las sefioras fi- nas tenfan entonces; mi profesora de idioma na- cional nos habia dado esa idea para cuando lle- gaéramos a maestras de grado. El cuaderno de Andresito “Andresito, al legar a su casa, lo primero que hizo fue poner en orden sus libros y papeles; aquellos amigos queridos, con los que habia pa- sado tan buenos momentos. Entre ellos hallé su cuaderno predilecto, el cuaderno de versos, canciones y apuntes que ha- bia ido coleccionando durante todo el ano; y co- menz6 a recorrer sus paginas. En algunas habia estrofas y cuentos muy bo- nitos, anécdotas histéricas y lecturas, con todo lo cual Andresito hizo un legajo especial para repa- sar y distraerse en vacaciones evocando los dul- ces y alegres recuerdos de la escuela.” Entonces, la lectura no fue para mf una voca- cién, nada de eso, como lo es en otras personas, sino una necesidad: la radio no existfa, las revis- tas eran demasiado lujo para nosotros, queda- ban los libros de la escuela. Por eso, siempre que fui maestra y directora le di una importancia fundamental a Ja lectura. Siempre cref que te- 27 RN TnT ORION EneT er erennrrr gener are nee terre ene Sern n{famos que lograr, aunque sélo fuera eso, chicos que pudieran leer bien. Yo sé que hubo muchas discusiones sobre lo que la escuela debia ser pa- ra los chicos mas pobres: qué cosas teniamos que ensefiar que les sirvieran a quienes ni siquiera iban a terminar los siete grados de la primaria, cémo teniamos que relacionar la educacién con Jo que esos chicos iban a ser en la vida. Esas dis- cusiones no las haciamos tanto los maestros co- mo en el Consejo de Educacién y yo me enteré de ellas después de haber estado al frente del gra- do bastantes afios. Pero, a mi la experiencia me servia de sentido comtn. Yo sabfa que esos chi- cos tenfan que aprender a leer bien, incluso era més importante que supieran leer a que supie- ran escribir. Aunque claro, también tenfan que saber escribir una carta. Si aprendian a leer, después podian seguir solos. Otras cosas podian ir aprendiendo fuera de la escuela, pero no a leer sistematicamente y lo mas rapido posible por- que yo no tenia ninguna garantia de que esos chicos se quedaran todo el afio en la escuela: la gente iba mucho de un lado para otro, los padres se enfermaban 0 se morian, en fin, pasaba de to- do en las familias y muchas veces un padre 0 una madre, a quien yo iba a ver porque su chico no aparecia mas por la escuela, me decfa que es- taba obligado a mandarlo a trabajar. Y frente a eso, punto, Zo tenia que llamar a la policia y lle- var un agente a ese conventillo para hacer que se cumpliera la ley? En el caso de los varones, a 28 veces aprendian después en el servicio militar, pero para las nifias dejar la escuela era el fin. Un hermano mfo, empleado de ferrocarriles y destinado a una estacién en el medio del desier- to, al norte de la provincia de Cordoba, all por 1915 0 1920, vivia como pensionista en la casa de un paisano, don Valentin Garcia, cerca de Cruz del Eje. Este paisano tenia varios hijos, to- dos analfabetos y le pidié a mi hermano que le ensefiara a leer a esos muchachos ya grandes, a cambio de la casa y la comida. ¥ é1, mi hermano, les ensenié, escribiendo sobre hojas de papel de estraza y usando el suelo como pizarra. Después uno de esos muchachos entré en la Escuela de Aviacién y nunca dejé de visitarnos. Y si yo me iba de vacaciones y descubria que alguien no sa- bia leer en el lugar donde yo estaba, allf mismo armaba una cartilla y dale que dale a hacer la escuelita. Para mi no habia chico, por mas burro que fuera, que no pudiera aprender a leer. A los maestros y a los padres de familia “Todos reconocen que el libro de lectura es el Unico que debe darse a los niftos en los primeros grados de la escuela y el mas importante siempre en ésta por razones bien conocidas. Factor princi- pal en la instruccién del nifo, debe serlo ain mas de su educacién y de su educacién moral en pri mer término, en armonia con lo que debe consti- tuir también la accién primordial de la escuela. 29 No me hago ilusiones respecto de la influencia educadora de ésta, sobre todo bajo el punto de vista de la formacién de habitos morales, porque el nifo llega a ella después de seis afios, cuando el hogar ya ha impreso en su alma su sello bue- no 0 malo y continuard influencidndolo sin que su accion, cuando es perjudicial, pueda ser con- trarrestada de una manera decisiva por el maes- tro. Pero la escuela es por lo menos un factor, si no decisivo, importante. A dar mayor poder a su influencia debe tender el esfuerzo bien inspirado del educador. Tampoco me hago ilusiones sobre el efecto de la ensefianza de la moral directa dada por el maestro en forma de lecciones y horarios fijos. Por fortuna mucho hemos mejorado en este sen- tido; pero atin queda quien ensena en la escuela primaria con el texto de la moral teérica. [...] He procurado dar lo que lUamaré la nota moral, que es la dominante en este libro, en for- ma tal que impresione al nifio, hablando con ella mds a su corazén, que a su inteligencia; y aun en los capitulos més instructivos que educativos, he aprovechado todas las ocasiones para intercalar, siquiera incidentalmente, una sugestién moral. L...] En este libro se hallaran, de intento desli- zados a cada paso, consejos o sugestiones relati- vos, no sdlo a moral, sino también a urbanidad, a lo que podrtamos llamar pedagogia doméstica y ala higiene, tan lamentablemente descuidada. L...] No he indicado ejercicios gramaticales, 30 convencido de que al afén de dar prematura- mente nociones de gramdtica, reglas ortogréfi- cas, etc. se debe en gran parte el hecho de que no se ame la lectura y se lea tan mal como se lee. Tampoco he expuesto secamente las nociones ins- tructivas, sino que las he presentado en forma de conversaciones, juegos, 0 como incidentalmente, en los cuentos, para no hacer dridas las lecturas. Creo util la practica seguida en muchos pat- ses mds adelantados, Alemania entre ellos, que consiste en hacer del texto de lectura algo ast co- mo el centro o eje de la instruecién escolar. L...] No quiero coneluir sin aconsejar a mis co- legas, los maestros, que hagan lo posible por dig- nificar la ensefianza de la lectura corriente, pro- curando realizar con ella los tres propésitos apuntados a la cabeza de este prélogo: que al leer, el nifio entienda, piense y sienta, si es posible." Los chicos a los cuales yo iba a dar clases, cuando me recibiera, seguramente, iban a ser salvajes como yo. La verdad, no tenia mucha més filosofia que ésa: lo que era bueno para mi y mis hermanos, podfa legar a servir a los de- mas. Sobre todo, que esos chicos pudieran ver si querian cortar telas como mi padre toda su vida, o hachar lefia como mi madre, o si querian hacer otra cosa. Nunca, desde entonces, pensé que con las mujeres la cuestién era diferente. En mi ca- sa nos hacian trabajar a la par, y a la hora del castigo y de las exigencias éramos todos iguales. 31 ——————— ‘Yo ya me habia hecho a la idea de que no me iba a casar, aunque parezca mentira, ya tenfa esa idea y no por falta de pretendientes. Sabfa que venia una cola de hermanitos detras de mi y que en esa casa todavia quedaba mucho por hacer, muchas cosas que comprar para que eso se pare- ciera a una casa. Con la misma filosofia que pen- saba para mi, pensaba que iba a hacer las cosas cuando fuera maestra. Después, si las mujeres se casaban, mejor, pero, por lo menos, que no lle- garan burras analfabetas al casamiento, para que los maridos las engafiaran con las cuentas de lo que ganaban y lo que gastaban en el boli- che. De verdad, nunca me planteé que las cosas fueran diferentes para mi y para mis hermanos varones: simplemente tiré hacia adelante. Al terminar la Escuela Normal conseguf en- seguida un trabajo: parece una casualidad in- crefble pero fue en la misma escuela adonde yo habia cursado primero inferior y de la cual papa me habia sacado porque alli no se aprendia na- da. Ahora volvia como maestra y tenia como alumna a una de mis hermanas menores. A ella yo le iba a ensefiar a leer como no me habfan en- sefiado a mi. Una vez por semana, decid{, fba- mos a hacer una clase de lectura literaria: y ele- gi leer capitulos de Corazén de Edmundo de Amicis. Yo me dije: si estos chicos no aprendén a leer bien, a leer en voz alta, a seguir leyendo en la casa, a leerles a sus hermanitos, con Corazén, no aprenden con ningun otro libro. Asi que usa- 32 ba para todos los dias el libro de lectura con la idea de que lo que aprendieran en ese libro les hiciera posible leer o escuchat leer Coraz6n.ii A mi hermana, la lectura de Corazén le valié que la expulsara del aula varias veces, porque no bien empezdbamos a leer, cualquier episodio, “Sangre romafiola” o “El pequefio escribiente flo- rentino”, pero creo que cuando pasé por primera vez fue con “El pequefio escribiente florentino”, se emocionaba tanto que empezaba a llorar, so. Mozando. “Clara, salga de la clase.” ¥ asf se pa- 86 la mitad del afio en el patio, condenada a leer s6lo del libro de lectura, aunque después, en ca- sa, ella siguiera leyendo en Corazén los episo- dios que se habia perdido en la escuela. A veces Ja sacaba a ella y algtin otro alumno que estuvie- ra atrasado en un tema de aritmética y los ponia a repasarlo. Recuerdo que yo me paseaba por el aula, mientras lefamos Corazén, y se sentian afuera las voces de las dos chicas haciendo una division: “Le esta a..., le esta a... Decime a cudn- to le esta o te fajo a la salida”. En la pizarra, copiabamos poesias que no es- tuvieran en el libro y haciamos dibujos con tizas de colores, como un marco alegérico a la poes{a; copidbamos guardas de laminas que yo prepara. ba, y eran las tinicas laminas que los chicos ha- bfan visto en su vida. Dibujos que conservaba- mos una semana. As{ tenian delante, aunque no la aprendieran de memoria, una poesfa por se- mana. Los padres de los chicos eran bastante 33 prutos, aunque tenfan mucho respeto por noso- tras, las maestras. Una vez, en ese primer em- pleo en la escuela de mi barrio, fui a la casa de una de mis alumnas, que no aprendia la divisién por dos cifras pero tampoco mayormente ningu- na otra cosa. Querfa hablar con la madre, una planchadora genovesa, que hablaba con la boca casi cerrada en un castellano todo mezclado de dialecto. “Sefiora”, le dije, “vamos a ver qué po- demos hacer por Ana, que no aprende nada”. Y la madre me dice: “Vos no se preocupe, algtin tonto va a acarrear con ella e si no trabajaré conmigo”. Las cosas no eran faciles, pero tampo- co eran siempre as‘. Tenia que conocer a los bue- yes con los que araba. Yo pensé: si vos no te preo- cupds por tu hija, yo me voy a preocupar y ese afio, cuando mi hermanita se ponfa a lorar con Corazén, las sacaba a las dos al patio para que mi hermanita le diera un refuerzo en aritmética. Sobre todo, era muy severa con la disciplina: hay que imaginarse una escuela en estos andu- rriales, con chicos que venian de esas casas don- de no habia un libro y muchas veces los padres tampoco sabfan leer, hay que imaginarse que esos chicos estaban acostumbrados a unas pali zas fenomenales y yo habfa aprendido en la es- cuela normal que la palmeta no podia usarse, que no habia que castigar a los chicos por nada del mundo. Yo que era muy joven, veinte afios més 0 menos, tenia que ser muy severa. Pero ya entonces, antes de la moda de la escuela activa 34 con la que estaba totalmente de acuerdo sin sa- berlo, yo pensaba que para mantener la discipli- na los chicos tenfan que estar ocupados en cosas que no los aburrieran, que los hicieran pensar y que pudieran terminar, ver terminado el traba- jo, cada dia; pensaba que se podia agrupar a los chicos seguin las dificultades que tuvieran y ha- cer que los més inteligentes ayudaran a los otros, para que nadie estuviera mirando por la ventana, ya que, por otra parte, afuera no habia mucho que mirar. No queria que me quisieran a tontas y a locas, queria hacer bien el trabajo. Los maestros “Hay algunos nifitos tontos que no saben agradecer a sus maestros lo que hacen por ellos. Por cualquier motivo se enojan y les dicen co- sas desagradables que los lastiman y entristecen. Otras veces, aunque se callen la boca, salen de la escuela pensando que son victimas de sus maes- tros, a quienes atribuyen el propésito de incomo- darlos por simple placer o mala indole. Es preciso que los nifos y nifias no procedan asi ni abriguen tales sentimientos. Los maestros merecen el mayor carifio y respe- to, porque si algunas veces imponen a sus disct- pulos tareas que éstos reputan penosas, es por su bien, tinicamente por su bien, que lo hacen, pues to que ellos no pierden nada con que los niftos sean ignorantes o mal educados. 35 Seesteeee ere eeESTRSSSUOESEESORESES. Quizé en alguna ocasién, como sucede a los mismos padres, pierden la paciencia con ninos muy impertinentes y se expresan en términos mds duros y severos que los convenientes y debi- dos. Pero eso mismo debe excusdrseles, teniendo en consideracién que sus tareas son muy arduas y fatigosas. Piensen, en efecto, los niftos todo el trabajo, todas las contrariedades que soportan los maestros. Piensen que pasan su vida entera lidiando desde la manana hasta la noche con to- da clase de muchachitos, torpes unos, capricho- sos otros, traviesos o malcriados muchos; que tie- nen. que enserarles a leer, a escribir, a contar y a hacer y aprender una infinidad de cosas; y que esto, ya de por st trabajoso, se hace mas dificil cuando falta el orden y la debida atencién de parte de los educandos. Piensen, ademas, que los maestros estan obli- gados a satisfacer los deseos y exigencias de los padres y autoridades; y que esos deseos y exigen- cias no siempre pueden satisfacerse sin grandes esfuerzos, que a menudo afectan su salud y aca- ban con su vida. Conozco una joven maestra de veinte afios, cu- ya existencia constituye un verdadero martirio; y ‘como ella hay muchas. Esa joven es el tinico am- paro de sus ancianos padres. Los esfuerzos, las vigilias que ha necesitado pasar para adquirir el titulo de maestra, y las tareas que la enserianza le impone, han que- brado su salud a tal extremo, que, segtin los 36 médicos, no podraé ii ti ii medicos, no podrd vivir sino un limitado nut Ast mismo, ella no falta jamas a sus clases Con. dias humedos y frios, Wluviosos, sale de su casa para ir a la Escuela, La humedad yel frto agravan sus males y una fuerte tos la acosa sin cesar; pero ella, inspirada por el generoso props- sito de asegurar el pan de sus ancianos padres, no se acobarda nunca. Con la conciencia tran. quila y satisfecha, sigue imperturbable su pesa- da tarea, y cuando regresa a su casa, en lugar de descansar, dedica su tiempo a cuidar a sus ‘po- bres viejitos. Jamds la vence el cansancio, jamds la rinden y abaten sus males. La uinica contra- riedad que algunas veces la desalienta, es la de. mora en el pago de sus sueldos. , _Piensen siempre todos los niftos de buen cora- z6n en la historia de la joven maestra, y hagan empeno por ser déciles y buenos.”":2 Ami, por supuesto, ni se me pasaba por la ca- beza Morirme tuberculosa. Todos los hijos ha- biamos salido fuertes y sanos y yo iba a traba. jar después, durante mds de treinta afios, sin pedir una licencia. Trabajar fuera del taller de mi padre era una promesa de felicidad y no un castigo. Ni siquiera te dirfa un esfuerzo. En la Escuela Normal creo que me di cuenta de que mf ensefiar me gustaba verdaderamente. Lo ha- cfa en casa con todos mis hermanos menores y con los vecinos. Si hasta te dirfa que fui respon- 37 sable, afios después, de que dos vecinos del ba- rrio siguieran para maestros y uno de ellos tam- bién lego a director. En realidad, el que llegé a director era el hijo de la portera de la primera escuela donde yo habia asistido. Un dia pasé y lo vi al chico limpiando el patio, seguramente para ayudar a la madre. Entonces entré y bus- qué a la sefiora (una vasca, cuyo marido vivia mezclado con media docena de vacas por alli cerca) y le dije que el chico podfa seguir estu- diando, que yo lo conocfa y me daba cuenta de que la cabeza le daba y que se podian conseguir becas para estudiar de maestro. La Escuela Normal se habia convertido para mi en el mejor lugar que habia conocido hasta ese momento: iban chicas mds finas que las que yo trataba en el barrio, chicas de buena familia, algunas cope- tudas también. Pero no era tanto las compafie- ras como los profesores. Yo queria ser como esa gente. Cuando empecé a trabajar como maes- tra, me empecé a vestir bien, elegante y sobria, como debja ser, pero a vestir a la altura del car- go que tenia. Sinceramente, desde el principio quise ocupar un cargo de direccién, porque me parecia que podia hacerlo mejor que las propias directoras que me tocaban a mi. Desde el principio también empecé a prepa- rar material didctico para dar mis clases. A mi me gustaba mucho el dibujo y tenia bastante fa- cilidad. La primera lamina que preparé fue “El andi”, del tamafio de un mapa mural, colorea- 38 do con crayon y fijados los colores con un liquido especial; copié la figura de una fotografia en blanco y negro y le inventé los colores al paisaje de Hanura. Después pinté laminas con los acci- dentes geogréficos y con el sistema planetario en cartulina negra con crayones blancos. Iba prepa- rando material para ensefiar el movimiento de los planetas: pelotas de madera de distinto ta- mafio que usaba en el aula haciendo que cada chico sostuviera una y todos fueran dando vuel- tas alrededor del chico que hacia de sol. Arrima- bamos los bancos a las paredes, haciamos un gran espacio central y representabamos el siste- ma solar. Me gustaba también que la directora me encargara la preparacién de algtin nimero especial para las fiestas de fin de afio. General- mente poesias alegéricas que decian entre va- rias alumnas 0 cuadros vivos representando a las virtudes y a la patria. La poesia interesaba mucho en aquel entonces. Recuerdo un dia que Alfonsina Storni visité mi escuela. Ella también era maestra y nosotras la seguiamos mucho; era una mujer importante, habia recibido premios y aparecfa en todas las revistas. Cuando visit6 mi escuela dio una conferencia sobre el teatro in- fantil en la ensefianza primaria. Después, las maestras se reunieron con ella y sus acompa- fiantes en la direccién; una maestra muy joven se le acercé con un libro de poemas para que Al- fonsina se lo firmara; otras levaban postales donde, a plumfn, habian copiado estrofas de sus 39 eee versos. En el remolino, una de las maestras, pa- rada frente a Alfonsina, comenz6 a recitarle: “Ti me quieres blanca, tti me quieres pura...”. Y ella, de pronto, la tom6 del brazo y le dijo, en voz muy baja: “No me recite mas eso por favor...”. Trabajando como trabajaba, los ascensos no me cayeron del cielo y asf legué a mi primera escuela como directora." Una escuela humilde en un barrio pobre, la escuelita de la calle Ola- ya. Me dijeron en el Consejo Escolar que era una escuela chica, y yo, quizd justamente por eso, quise tomarla. A esa escuela la iba a hacer como a mi me parecia que habia que hacer las cosas. Llegué el primer dia con unos pensamientos que habian salido en una revista para maestros, que yo misma habia enmarcado en las vacaciones. Un marco negro, sobrio, y el texto de los pensa- mientos rodeado de una guarda con arabescos. Se necesita una maestra “Se necesita una maestra de verdad, que ame su profesién, que no sea apatica, dormida, ruti- naria; que animada del vivo anhelo de perfec- cionarse sepa producir siempre mds y mejor; que sintiéndose feliz en presencia de los nifos confunda su alma en la de ellos, manteniendo esa simpdtica comunion de afectos que permite, al nifio, manifestarse como es, y al maestro, co- nocerlo bien. Se necesita una maestra de verdad tan cum- 40 plidora del deber, puntual, activa, laboriosa, tan entusiasta, noble y bondadosa, que su vida pre- dique con los hechos, para templar el cardcter de aquel muchacho que la patria reclama con ur- gencia; una maestra que con ‘sus autoridades y colegas se manifieste siempre recta, de alma abierta y generosa, jamads murmuradora, o des- defiosa; una maestra que se presente ante sus su- periores sin servilismo ni insolencia, que sepa conservarse digna, sin altanerta; respetuosa y amable, sin bajeza’. Se necesita una maestra de verdad que no se avergiience de ser maestra; que no tema ser vista por la calle llevando el libro, el cuaderno o el ro- Uo de deberes, que son instrumentos nobles de su noble profesion; una maestra que vista con deco- ro, elegancia y seriedad; que sepa que las joyas, los encajes sientan bien en la tertulia y el sarao, pero son una nota discordante en la escuela p blica, democratica, sencilla y pobre. Se necesita una maestra de verdad que sienta en su alma vibrar un ideal; una maestra que, po- seida del sentido de la propia nacionalidad, se- pa imprimir a su obra sello imborrable de argen- tinidad; que haga resplandecer en el corazén de aquel muchacho la sagrada llama del patrio amor, de ese patriotismo amplio, sereno y gene- roso que se hermana con el amor santo de la hu- manidad, para engendrar con‘ él indisoluble y eterno vinculo de paz.” 41 En esa escuela empecé a hacer las cosas como Jas habfa lefdo en los libros y como las habia vis- to en otras escuelas. Una amiga mia, que dirigia la escuela Reptiblica de México, tenia mucho ma- terial que le habfan enviado de alla, de toda la reforma educativa y de la educacién por el arte. Ella también habia viajado a Europa y habia vi- sitado en Suiza escuelas muy diferentes de las nuestras. Gerarda Scolamieri, se Iamaba esta amiga que al volver del viaje habfa dado varias conferencias en el Consejo Escolar. En primer lu- gar, habia que romper con la rutina de una ense- fianza donde el maestro repetia y los chicos repe- tfan lo que decia el maestro; habia que convertir a la escuela en un lugar donde se trabajara todo el tiempo y para eso habia que ganarse a las maestras y ensefiarles a ensefiar. En mi escueli- ta de Olaya no iba a haber indisciplina, no por- que ibamos a castigar mds a los chicos sino po! que los fbamos a tener entretenidos todo el dia. Una vez, recuerdo, cae el inspector a mi direc- cién, durante la mafiana, y me dice: “Senorita del Rio, Zlos alumnos salieron hoy todos de excur- sién?”. Y yo le digo: “No sefior, estén todos en la escuela”. El pregunta entonces: “ZY cémo consi- gue este silencio?”. La respuesta la tenfa que sa- ber 61 antes que yo, porque él era el inspector y yo la directora: los chicos estan en silencio cuan- do estén entretenidos trabajando, en grupos 0 ca- da uno por su lado, pero trabajando. La rutina es Ja mejor amiga de una escuela indisciplinada. A 42 los chicos yo les ensefiaba que todas las cosas es- taban relacionadas, que a la escuela no venian a aprender materias sino a aprender cosas, expli- carse fenémenos de la naturaleza, procesos, ta- reas, hechos. Siempre quise que los temas de la semana quedaran todos relacionados entre si: no hacerle a los chicos un picadillo de datos diferen- tes, sino darles un centro de temas que pudieran interrelacionarse.1* Hubo que ensefiarles esto a las maestras: eran todavia maestras de cartilla y de leccién repetida de memoria. “Iniciar siempre algo nuevo en la escuela, de manera que se destaque la figura del Director co- mo entidad superior.” Durante el primer afio que yo fui directora, no observé ninguna clase, sino al revés. Llamaba, por turno una vez por semana o por quincena, a cada una de las maestras y les preguntaba cud- les eran los temas del dia siguiente. Entonces les decia: “Muy bien, mafana la clase de historia, 6 de lengua o de lectura, la voy a dar yo. Usted des- preoctipese”. Y legaba yo a la escuela con mate- rial didactico nuevo, preparado por mi, que luego quedaba para el uso de todos y daba la clase, sin cartilla, hecha de preguntas a los alumnos que les permitieran razonar, sacar conclusiones, es- cribir esas conclusiones en los cuadernos. Las clases de cualquier tema tenian que servir para que al final de la hora escribieran sus restimenes 43 propios en el cuaderno y para que leyeran siem- pre alguna lectura alusiva, que estuviera en el li- bro de lectura o en otros libros. Las maestras ob- servaban la clase y asi aprendian que no tenian que recitar, que no tenian que mecanizar, que te- nfan que pensar para cada tema una forma de exposici6n propia, que tenian que saber usar las laminas, el pizarrén, el material didéctico, rea- grupar a los chicos, sentarlos como mejor convi- niese a la clase, sacarlos al patio si allf podian hacer alguna observacién o si necesitaba mas es- pacio para una actividad. Un chico entretenido es un chico que aprende y un chico entretenido que aprende est en silencio. Hab{a que inventar el material didéctico, usar todo lo que pudiera conseguirse. Yo me habia ido haciendo una coleccién hermosa de postales de todo el mundo, con paisajes, edificios, costum- bres y trajes t{picos, obras de arte. Repartia las. postales entre todos los chicos, que muchas veces no habjan visto en toda su vida una cosa igual, y haciamos clases de descripcién oral y escrita. Ast aprendfan lenguaje, redaccién, expresién, geo- grafia, costumbres. Aprendian las capitales de los paises mirando las fotografias o los dibujos de sus edificios mas caracteristicos. Lo mismo con la Argentina. Todos los chicos de esa escuela ha- bian ido conmigo y sus maestras en excursién al Cabildo: all{ habian aprendido la Revolucién de Mayo, y también habfan ido en excursién al puerto, donde, desparramados sobre el empedra- 44 do de los docks habian visto los granos de trigo y de maiz que la Argentina exportaba. Botanica aprendian porque cada chico, desde primero infe- rior, era responsable de una plantita en la propia escuela, latitas y macetas en los bordes del patio. Y eso los obligaba a ser mas cuidadosos y menos salvajes en los recreos. Esos chicos aprendfan las superficies midiendo la escuela, las aulas y los pasillos y aplicando las formulas de geometria de los rectangulos; hacfan problemas sobre cuanto podia costar reparar las baldosas del patio o las chapas del techo. Las maestras, al principio, pen- saron que era una directora demasiado exigente, pero después se dieron cuenta de que de este mo- do era mas facil trabajar y menos aburrido tam- bién para ellas. En esa escuela no se ensehaban las fracciones si no se tenfan cubos partidos por la mitad, por cuartos y octavos, tablitas de dife- rentes tamajios y colores, rompecabezas, recor- tes. No se ensefiaba el peso sin una balancita, ni las medidas de liquidos y 4ridos sin las botellitas y las bolsitas de lona Ienas de porotos o de gra- nos de maiz. No se necesitaba pensar mucho pa- ra que estas cosas parecieran la tinica manera de ensefiar. Como ideas, aparecfan hasta en los li- bros de lectura. Habia una autora, a la que yo se- guia mucho, la sefiora Lépez de Nelson, que lo explicaba en un libro de los primeros cursos. “iQué lindo es medir! Hoy hemos aprendido a usar el metro. 45 a La senorita nos repartié metros de distintas clases. Unos eran reglas rigidas. Otros eran de tela o de hule y podian arrollarse. Otros los formaban diez varillitas de madera unidas entre st, y podia doblarse.”11 Después yo también fui a Europa y vi escuelas en Suiza, donde las aulas no eran los corralones de las escuelas argentinas y donde cada chico trabajaba con sus materiales. Sin mapa no hay geografia, sin léminas no hay historia patria ni historia natural, sin libros de cuentos 0 poesfas no hay lenguaje. La escuelita de Olaya era hu- milde, me habian dicho en el Consejo Escolar, pe- ro a lo largo de los afios alli se ensefiaba bien. Llegué a esa escuela, que se habfa fundado el afio anterior, en 1921. Justo en marzo de ese afio el Consejo de Educacién habia establecido una es- pecie de ceremonia ptiblica que tenfamos que cumplir todos los maestros, que jurdbamos ante la bandera llevar a cabo nuestras tareas o algo por el estilo. El director o directora de Ia escuela, o algtin inspector del Consejo, tomaba el juramento y pro- nunciaba un discurso. Eran cosas que a mf no me parecian mal, por el contrario. Se trataba de que los chicos, y los padres, vieran el modo en que una escuela estaba metida en el barrio y que sus maes- tras estaban comprometidas con lo que hacian to- dos los dfas. Todavia habfa mucha maestra que no se daba cuenta de la importancia de lo que estaba- 46 7 { mos haciendo, mucha maestra rutinaria que no queria que le cambiaran su modo de ensefiar. No sé si esa ceremonia tenfa mucho que ver con el modo de ensefiar, pero sf con la vocacién con que nos disponiamos a hacer las cosas. “Acabdis de levantar la diestra, simbolizando el juramentio solemne, por la Bandera de la Pa- tria, El ademén sencillo y grave, que encarna el més sagrado compromiso de honor, ha descripto en el aire una figura imborrable a través de los tiempos. [...] Se nos confia la ninez argentina pa- ra que formemos con ella los ciudadanos que de- ben cuidar el honor de la Patria. Gravita sobre nosotros una gran responsabilidad. [...] Vivimos en el pats que abrié siempre, de par en par, sus puertas a todos los hombres de la tierra, y donde los pensamientos, a veces extraviados, tuvieron cabida en la prensa porque las ideas son mds li- bres que los pdjaros. [...] Maestros, con la con- ciencia tranquila, con la mente calma y serena debéis infiltrar en el dnimo de los nifios, los idea- les mds bellos de la vida; el hdbito del trabajo; el amor a la verdad; el carifo por la justicia y so- bre todo el principio del honor y por encima de todos los ideales, por encima de todos los afectos, superiores a los mismos sentimientos filiales, el amor a algo mds grande, mas inmenso, mds sa- grado: El Amor a la Patria.” A mi me tocé hacer ese juramento en cuanto 47 OO Negué a la escuelita de Olaya, como directora, en 1921. Escuela ntimero 6, distrito escolar 7: dos casas simétricas con treinta metros de fondo, cinco ventanas a la calle y una puerta en cada extremo de los lotes; al lado, una casa igual, que funcionaba como inquilinato. La escuela era po- bre, dos patios chicos, con media galeria de ma- dera y las ventanas de las aulas sobre la gale- ria.» Empezamos con cinco grados, pero dos aos después tenfamos los grados completos y yo, hasta que dejé la escuela, en 1936, llegué a tener quince maestras, dos vicedirectoras y va- rias profesoras de misica, dibujo y labor a mi cargo. Ese afio de 1921 pas6 rapido, porque lle- gué a la escuela a fin de setiembre. Apenas el tiempo para empezar a conocer el barrio antes del fin de curso. Me dije: aca me voy a quedar, ya sabfa yo que ésta era una escuela chica, una es- cuelita pobre, ni comparar con las importantes del barrio, acd me quedo y vamos a ver cémo se hacen las cosas desde cero. Antes de que empezaran las clases del afio siguiente, yo sola, con el portero, un hombre muy gaucho, que se daba mucha mafia, decor: mos la escuela. En esa época los libros de lectu- va rara vez traian alguna ilustracién en colo- res, pero si una cantidad de vifietas a pluma, que con un poco de habilidad se podian copiar agrand4ndolas. Yo sabia muy bien, lo habia aprendido en el taller de mi padre y luego cor- tando toda mi ropa y la de mis hermanos, cémo 48 se transporta un molde de un tamafio a otro. Llevé mis reglas y transportadores de madera y sobre papel calco hice decenas de guardas que luego coloreaba y pegaba sobre chapa de made- ra o sobre cartulina. Siempre fui habil para las manualidades y me acompafaba un chico de mi barrio, también habilidoso para el dibujo, hijo de un vasco tambero, una familia enorme, to- dos espiritistas, de la que yo queria salvar un poco a ese chico porque me parecia que tenia condiciones para otra cosa. Asi copiamos en la Ultima semana de vacaciones y mientras se ha- cfa la inscripcién (de paso yo aprovechaba para conocer a mis maestras y hacerme yer por el barrio) varias vifietas alusivas. Recuerdo tres muy bonitas: un libro abierto, sobre la p4gina izquierda una espiga de trigo, y, escrito en cursiva, sobre la derecha: “Llevemos con la paz la educacién a las pobres tribus dé los indios” (con esa lamina se podia empezar a ense- iar a los chicos el tema de las razas diferentes, incluso de las razas diferentes en la Argentina). Otra, mucho mds complicada, tenia el Escudo nacional rodeado de ramas y hojas sobre las que estaba parado un pajaro que sostenia con las pa- tas un estandarte donde habia escrito: “En esta tierra hasta los pajaros son patriotas” (éste era el titulo de una lectura que podia dramatizarse para el acto del 25 de Mayo sobre la necesidad universal de libertad). La tercera, que me dio muchfsimo trabajo, iba a servir para explicar 49 ll profesiones y oficios y de qué modo todos eran necesarios para el desarrollo del pais. Tenia una especie de altar, coronado por un sol, en cuyo centro se lefa la palabra Patria; del altar cafan sobre los pliegues de la bandera o se apoyaban contra ella, un yunque, una maza, un arado, una escuadra y un rollo de planos. Asi arreglamos un poco la escuela, para que no pareciera demasia- do desmantelada. Yo queria que la escuela fuera més linda que las casas de donde salian los chi- cos, como me habfa pasado a mi cuando fui a la escuela grande de Belgrano. Por eso Ilevé tam- bién algunos cromos: unos golfillos comiendo fruta de Murillo, una madonna de Rafael y una gran fotografia, en blanco y negro, del Moisés de Miguel Angel. “Mueve a compasién saber que nuestra pobla- cién escolar esta totalmente privada de lo bello. No ve otra cosa que las paredes sucias del con- ventillo y ni ve cosas bellas ni tiene un juguete, ni recrea su esptritu siquiera con las gracias de un payaso. Es por eso que la escuela debe hacer obra en este sentido, que si lo hace, trabaja en bien de su patria mds de lo que parece y en bien del pueblo que vive sediento de lo bello. [...] El decorado escolar si se inicia ya, y si se le sabe dar el cardcter nacionalista artistico que debe carac- terizarlo, Uevara la primicia, bien honrosa por cierto, de traernos a la vida de las tradiciones que tan olvidadas tenemos. Gran cantidad de 50 frisos, fajas movibles, grandes telas, cuadros, lé- minas, esculturas, pueden y deben Ievar un se- Uo nacional que evoque nuestros origenes, en la naturaleza, en los hombres y en las cosas. [...] Muchos motivos infantiles pueden ser ilustrados en escultura con arte puro, como ser ‘Un lanza- dor de discos’, ‘Los coristas’, de Robbia; ‘El San Jorge’, El pequefio San Juan’, de Donatello y to- da su escuela; ‘El nino con el pdjaro’, de Pigalle; ‘El muchacho de los gansos’, de Capitol; ‘El Da- vid’, de Verrochio; éstos pueden ser alternados con fragmentos de frisos del Partenon, bustos de grandes hombres, y estudios de animales desde los famosos leones asirios hasta aquéllos de Ca- nova y Barye.”® Aquél era un barrio pobre, con muchas fami- lias que vivian en conventillos, medio amonto- nados todos en casas de inquilinato con pasillos largos, piezas que daban a patios estrechos, lu- gares sin luz donde se comia, se cocinaba, se tra- bajaba y se dormfa, bafios comunes, cocinas de brasero en la puerta de las piezas. Justo enfren- te de la escuela habia dos conventillos donde la gente era bastante pobre. Una vez, el padre de un alumno me conté que no habia juntado la plata para casarse en el templo de los judios y que reuni6 a su familia y a la de la novia en el patio del conventillo. Techos de cinc, terrazas de color ladrillo, el campanario de San Bernardo y chimeneas, curtiembres pestilentes sobre Muri- BL lo, cafés judios, como el “Izmir” de la calle Gu- rruchaga, o tabernas italianas; barrio también de costureras a destajo y de boliches, mercerias, zapateros remendones; todavia en esos afios ha. bfa un tambo cerca de la calle Mufiecas, y uno sentia olor a campo si, a falta de otra cosa que hacer, en primavera se venia caminando desde la Chacarita. Las calles eran de adoquin y arbo- ladas, muchas tipas y platanos, mucho potrero y, aunque el barrio se estaba construyendo rapido, todavia podia ver la salida del sol cuando lega- ba temprano a la escuela, en primavera. Habia alli un poco de todo: italianos, algtin vasco, sirios y bastantes judios o rusos como les decian, todos muy pobres. No sé si eran religiosos; de eso yo nunca me ocupé de averiguar en la escuela, pe- ro algunos religiosos habria. Barrios asf, de tra- bajo duro, yo conocfa, me habia criado en un des- campado peor, adonde no Iegaron hasta muy tarde los tranvias Lacroze, ni estaba tan cerca de una calle de mucho trénsito como Warnes. No habfa nada alli que me resultara muy diferente de lo que habia conocido, excepto el hecho nuevo de que ésa iba a ser mi escuela. Llegué y el primer dia de clase vi a las ma- dres de los chicos, analfabetas, muchas vestidas casi como campesinas, con el pafiuelo cafdo has- ta la mitad de la frente y las polleras anchas y Jargas. Algunas no hablaban espafol, eran igno- rantes y se las notaba nerviosas porque segura- mente era la primera vez que salian para ir a un 52 lugar ptblico argentino, a un lugar importante, donde se les pedian datos sobre los chicos y pa- peles. Estas madres, muy timidas, muy calla- das, dejaban a sus hijos en la puerta. Los prime- ros afios que dirigi esa escuela tenia un chico ex- tranjero cada diez chicos argentinos, mas o me- nos; pero muchos de esos chicos argentinos tam- bién eran hijos de extranjeros y no escuchaban palabra de espafiol en la casa, sobre todo si eran nifas y se habian criado de puertas adentro.» Esos chicos no parecian muy limpios, con el pelo pegoteado, los cuellos sucios, las ufias negras. Yo me dije, esta escuela se me va a llenar de piojos. Lo primero que hay que ensefiarles a estos chi- cos es higiene. Seamos aseados. El lavado de la cabeza [lustracién: un nifo descalzo, en camisa, frente a un tocador, sobre el que hay una palan- gana, una jarra, una jabonera; en el piso, al costado, un balde, otra jarra y un toallero. Es obviamente el dormitorio de una casa sin agua corriente.] “Primeramente preparo: el agua, el jabén, la palangana y la toalla. Luego me jabono bien la cabeza. Después de varios enjuagues, la seco. Por ilti- mo, me aliso el cabello y me peino. Debemos lavarnos con frecuencia la cabeza." 53 ee Limpieza de los vestidos “Por mds esmero que se tenga con la ropa, nunca es posible impedir que se ensucie: de ahi Ja necesidad de limpiarla y lavarla. No basta que estén limpias las piezas exterio- res; también deben estarlo, y en primer lugar, las ropas que se llevan interiormente, porque son las que reciben con el sudor los residuos del cuerpo. Mientras mds caluroso sea el tiempo, mas se- guido deben ser cambiadas y lavadas esas piezas. El desaseo en el cuerpo como en los vestidos, es causa originaria de numerosas enfermedades, que podemos evitar facilmente con agua y jabon. Ademds conviene tener presente que nuestro aseo no sdlo debe comprender el cuerpo y los ves- tidos, sino las habitaciones, los utiles que usa- mos y cuanto nos rodea.”2 Ese primer dia, los chicos entraron a clase y yo sali de la escuela. Busqué una peluqueria, me acuerdo perfectamente de que el duefio se Ila- maba don Miguel y le pedf que con todos sus titi- les de trabajo me acompafiara a la escuela, que yo me hacfa cargo de la mafiana que iba a per- der alli. En el segundo recreo, cuando los chicos estaban todos en el patio, empecé a elegirlos uno Por uno. Los hice formar a un costado y esperé que tocara la campana y los demds entraran a las aulas. No me acuerdo qué les dije a las maes- tras. Era un dia radiante. Le expliqué al pelu- 54 quero que queria que les cortara el pelo a todos los chicos que habian quedado en el patio, que el trabajo se hacia bajo mi responsabilidad y que se lo iba a pagar yo misma. Don Miguel trajo una silla de la porteria, la puso a un costado, a la sombra, e hizo pasar al primer chico. Tenian un susto terrible. Yo les dije entonces que esa es- cuela iba a ser la escuela modelo del barrio, que tenfamos que cuidarla mucho, mantenerla lim- pia, tanto las aulas como los corredores y los ba- fios. Y que, en primer lugar, todos nosotros de- {amos venir limpios y prolijos a la escuela y que lo primero que teniamos que tener prolijo era la cabeza porque allf andaban bichos muy asquero- sos, que podian traerles enfermedades. El peluquero me miraba; el portero, parado a mi lado, ya hab{a traido el escobillén. Todo esta- ba listo. En media hora, los chicos estaban todos tusados. Una pelusa fina flotaba sobre el patio, una pelusita dorada o marrén o negra, de me- chones que cafan al piso y se separaban con el viento. Don Miguel trabajaba rapido, aplicando la maquina cero a los cogotes y alrededor de las orejas, envolviendo a cada chico, con un movi- miento de torero, en una gran toalla blanca que después sacudia frente al escobillén del portero. Cuando terminaba con un chico, le daba una palmada en el hombro, yo me acercaba y lo Ile- vaba hasta su saldn de clase. Después volvia al patio. Los varones ya estaban listos, A las muje- res, después que despedi al peluquero, les orde- BB ll né que se soltaran las trenzas y les expliqué c6- mo debian pasarse un peine fino todas las no- ches y todas las mafianas. La pelusa flotaba so- bre las baldosas al sol. En el recreo siguiente, reluetan las cabezas rapaditas y a los chicos se les habia pasado el susto. Todos iban a recordar como los mechones de pelo daban vueltas como pompones esponjo- Sos y huecos sobre las baldosas del patio, al sol, mientras el portero los barria y los chicos pega. ban grititos. Después, las maestras me dijeron que nunca habian visto ni escuchado una cosa asi. Alguna madre vino al dia siguiente, muy po- cas. Todas crefan que si los chicos se lavaban la cabeza se resfriaban. Les expliqué que no era asi y que, en esa escuela, yo queria chicos de pelo bien corto y nifias de trenzas hechas y deshe- chas todos los dias. Nunca mas tuve que llevar a don Miguel al patio. Los rapaditos les ensefiaron a los demas que era més cémodo y mas despeja- do tener el pelo cortisimo. Cuando lo con: i casa, durante el almuerzo, un hermano mio, que ya era abogado, me dijo: “Sos una audaz. Te po- dés meter en un lio. Esas cosas no se hacen”. Po- ro ni esas madres ni esos chicos sabian nada de higiene y la escuela era el tinico lugar donde po- dian aprender algo. Un patio leno de mechones rubios y morochos es una leccién practica. A esos chicos de mi escuelita habfa que ense- fiarles con cosas practicas y materiales. Siempre crei que las cosas entran por los ojos. Las lece: 56 nes que yo queria que dieran mis maestras te- nian que ser lecciones practicas: la botdnica se aprende viendo crecer las plantas; la instruccién civica, eligiendo al mejor compafero para el pre- mio de fin de afio, y eligiendo al monitor, en lu- gar de que fuera nombrado a dedo por la maes- tra. Haciamos elecciones después del primer mes de clases: un bibliotecario por aula, un mo- nitor, un encargado de los aparatos y objetos que se usaban, un jefe de fila para las formaciones de la entrada y la salida y para los desfiles. Después, cuando, en 1928, visité en Europa las escuelas Montessori, vi que yo habia estado haciendo cosas parecidas: trabajo en grupo, chi- cos ocupados todo el dia, buena luz y ventilacién en las aulas, maestras activas que se paseaban entre los chicos en lugar de quedarse sentadas en el escritorio como momias, lecciones de cosas y de objetos. Eso era lo que yo entendia por es- cuela activa. Los chicos de mi escuela no servian para escuchar discursos de las maestras, que ademés éstas se aprendian de memoria; no esta- ban para contestar preguntas de catecismo. Cuando se empezé a hablar de escuela activa, yo dije: ésta es la mia. En 1920 se habia celebrado el centenario de la muerte de Belgrano y todas las escuelas de Buenos Aires se habian reunido en la Plaza de Mayo, dando la espalda a la Casa de Gobierno, formadas, con sus abanderados, frente a la esta- tua del précer. ¥ en cada una de las escuelas se | i habia hecho el juramento a la bandera, recor- dando que el nombre de Belgrano quedaba uni- do, por las escuelas que funds en las provincias del Norte, a la ensefianza publica en la Argenti- na. Con motivo del aniversario patrio, al aio siguiente, el Consejo de Educacién dispuso que se realizara un desfile de alumnos, el 23 de ma- yo, a la hora del sol, entre la calle Séenz Pefia hasta la Plaza de Mayo. Fue un espectéculo im- ponente, porque estaban representaciones de to- das las escuelas de la Capital, los territorios na- cionales y las provincias. Cada escuela llevaba una delegacién de un alumno por cada cincuen- ta inscriptos, encabezada por su bandera y por un cartel donde se lefa el nimero total de alum- nos. Desfilamos durante mas de una hora, fren- te al palco, donde estaba el presidente Yrigoyen y las autoridades de Educacion; habia varias bandas de misica y miles de chicos cantaron el Himno y el Canto a la Bandera.2 En 1922, el segundo atio que yo dirigia la es- cuela, pensé que, como escuela nueva, debfa- mos hacer algo que nos distinguiera. De mi sueldo, porque no habfa otra plata disponible, compré metros y metros de taffetas blanca y ce- leste. Habia que coserla uniendo los dos colores de manera tal que se formara una larga cinta argentina. Por suerte, en casa no faltaba una méquina de coser buena y yo sabia usarla como la mejor. Eva una de esas viejas Singer a pedal, de gabineté laqueado e incrustaciones de mar. 58 queterfa. Me pasé varias noches, con mama, que sostenia la tela a la salida del pretil de la méquina. Un trabajo prolijo y bien hecho por- que las cintas tenfan que poder verse de ambos lados. Después corté tantas cintas, de unos quince centimetros de ancho y el largo necesa- rio, como nifias y varones tenia en la escuela: iban a ser vinchas para las nifias y mofos para el cuello de los varones, la primera cinta que iban a tener muchos de esos chicos, por supues- to. Con cartén hice varias cajas grandes donde las cintas se guardaron planchadas y nuevitas. Me llevé todo eso a la escuela. Sobre las tapas de las cajas, pegué una inscripcién. En la caja de las cintas para los varones, decia: “El ave ama su nido, el leén su cueva, el salvaje su ran- cho y su bosque; el hombre civilizado a su pa- tria”. En la caja de las nifias: “Quien contemple una vez la bandera, argentino o extranjero, la admira y quiere como yo”.*” Guardé las cajas en la direccién y, en la reunién semanal con las maestras, les expliqué cual era mi idea. Una cinta para el pelo era un lujo para mu- chas de esas chicas, el taffetas, los colores, el cui- dado con que estaban cosidas y sufiladas. Les di- je a las maestras: “Este afio, el 25 de mayo va- mos a repartir las cintas y los monos a todos los alumnos”. Y asf fue. Esa mafiana los chicos se prepararon, por primera vez, especialmente: ca- da una de las nifias se puso su cinta celeste y blanca en la cabeza y cada uno de los varones, su 59 mofio al cuello. Después salimos de la escuela para ir al acto, que fue en la plaza de Belgrano, junto a la iglesia redonda. De lejos nos vieron legar, bien formados y en orden, con los abanderados al frente y las maes- tras vigilando las filas, jévenes y discretas. Desde ese 25 de Mayo, fuimos conocidos en todo el dis- trito por los colores argentinos de las vinchas y los mofios. Decfa la gente: jAlli viene la escuela de Olaya! (Esa es la escuelita de la calle Olaya! Para todos los hombres del mundo “Tio Carlos, squieres que te cuente una cosa? —Veamos de qué se trata. —Antes prométeme no decir nada a nadie, ésabes? se trata de un secreto. —Convenido. éConoces a Luisa, mi companera de clase? - —La conozco. = —Su papé es italiano. —Y¥ aqué hay con eso? —¢Te parece poco? —Lo habia sospechado por el apellido de la nifia; pero me rio porque lo dices con tanta reser- va y exiges que no lo cuente a nadie. —Es que ella no quiere que se sepa la nacio- nalidad de su padre. —No veo el motivo, mi buena Josefina. —Dice que quizds las otras nias del colegio la quieran menos por eso. 60 —Pero jesté loca tu amiguita? ;Acaso ha otdo alguna vez que los argentinos tengamos otra co- sa que carifio a los extranjeros que lo merecen, se entiende? —Ella dice que como todas las chicas de la es- cuela son tan patriotas... —jPatriotas! jpatriotas! Y gquién ha dicho que son buenos patriotas los que sélo reconocen méritos en aquéllos que han nacido en su tierra? Mira, cuando te vuelva a decir semejante tonte- ria, dile que no tema que un verdadero argenti- no deje de amar y respetar a su padre por el me- ro hecho de ser extranjero. —Algo ast le habia dicho yo, pues me parecta que hubiera sido injusto hacerla a un lado por ser hija de extranjeros. —Dile, querida sobrina, que todo argentino que ama sinceramente a su patria agradece a los extranjeros que vengan a trabajar por su progre- so; » dile también que nuestro corazén estard siempre abierto, como lo esté nuestra tierra, pa- ra todos los hombres del mundo, honrados y la- boriosos, que quieran venir a habitar el suelo ar- gentino.”* Epioco: GUN ROBOT ESTATAL? Dos hechos singulares ordenan, a mi parecer, esta historia. Ambos hechos tienen algo de excep- 61 cional aunque no de imprevisible. El primero, que se anuncia desde el principio del relato, es lo que yo Ilamaria la ‘gran escena’ del rapado de las ca- bezas. El segundo es su corolario estético: los mo- fios que adornan a los chicos de la escuela pobre de las orillas de Villa Crespo en la fiesta civica del 25 de Mayo. Ambos hechos estan unidos por el hi- Jo, no demasiado secreto, de un imaginario educa- tivo implantado por el normalismo y que las maestras llevan a la practica de las maneras a ve- ces mas extremas: la escuela debia ensefiar lo que no se aprendia en las familias, y en este caso se trataba de valores igualmente fundamentales pa- ra la 6poca, el aseo personal, que se vincula con un ordenamiento programado de los cuerpos y un ideal de respetabilidad cultural y material, por una parte; el patriotismo como nticleo de identifi- caci6n colectiva, por la otra, que instala a los su- jetos en una escena nacional. Quien cuenta esta historia, Rosa del Rio, fue, como los chicos de la escuelita de la calle Olaya, una chica pobre, hija de inmigrantes, extraida Por esa operacién cultural que fue el normalismo de las filas de las operarias futuras, de las poten- ciales costureras, para formarse como maestra en la ultima década del siglo pasado. Frente a la pobreza simbélica de su hogar, donde los padres se resistian sordamente a hablar de sus origenes extranjeros y, més atin, se empefiaban en disi- mularlos, ella encontré en Ja escuela un mundo de relativa abundancia simbélica. 62 Estamos hablando de la década de 1890 y de un hogar adonde no Megaban habitualmente los diarios, no se lefan revistas ni se iba al teatro y donde aquellos elementos de Ja cultura de ori- gen de los padres estaban asociados a la penu- ria, el choque inmigratorio y los esfuerzos para adaptarse exitosamente a las costumbres locales a las que, al mismo tiempo, no dejaba de consi- derarselas extrafias. No habfa en la ideologia de esos inmigrantes, que por otra parte formaban un matrimonio mixto en el cual se neutraliza- ban el origen italiano y el espafol, los elementos de firme orgullo de origen que permitieran a sus hijos instalarse en una identidad menos fabrica- da que la que imponia la educacién publica. Aunque las asociaciones italianas desarrollaban una fuerte accién cultural, tan expansiva que alarmé a la elite criolla, el multiculturalismo no era un programa difundido entre las masas in- migratorias a fines del siglo pasado. En consecuencia, la escuela publica Henaba un supuesto vacio simbélico proporcionando to- dos los elementos culturales valorables. Para Rosa del Rio, como para sus tres hermanos y cuatro hermanas (que no fueron seguramente una’excepcién en la ciudad de Buenos Aires), la cultura era un capital a adquirir y no un conjun- to de valores que debian ser desentérrados del pasado paterno o de las estrategias de la vida co- tidiana. A diferencia de otros hijos de italianos, que encontraban en la lengua de sus padres un 63 tesoro de aventuras, de poemas y de mitos (tal como lo ha reconstruido la literatura tltima- mente), los hijos de Manuel del Rio y de Ernes- ta Boiocchi fueron a la escuela para descubrir allf las historias, los mitos y las leyendas que, casi al mismo tiempo, estaban siendo inventa- das como pedagogia de masas para adoctrinar en la nacionalidad a esos centenares de miles de nuevos argentinos. La escuela era atractiva incluso cuando disci- plinaba, nos dice el relato de Rosa del Rio. Al principio su atractivo consistia en una mayor abundancia simbélica si se la comparaba con la estrechez de la casa: mapas, dibujos, pizarrones, papel, algunos libros, tizas y lapices para dibu- jar, poemas faciles y repetitivos pero que ocupa- ban el lugar de otros poemas ausentes de la me- moria, historias esquematicas, siempre iguales, pero que de todas formas hablaban de cosas bas- tante mds divertidas, por su patente exotismo, que las de la vida cotidiana. Y cuando digo “papeles y lépices” estoy men- cionando recursos tan elementales que hoy pare- ce inverosimil que se los identifique como el imén de una fuerte atraccién que unja el juego y el aprendizaje. En la casa de los del Rio no habia otros papeles que los de los moldes del padre sas- tre, ni otros ldpices que aquéllos con que se transportaba el corte de una manga desde el molde al pafio, o la piedra de tiza para marcar los defectos en la primera prueba a los clientes. En 64 esa casa, naturalmente, no entraban medios de comunicacién que, por otra parte, en ese momen- to del fin de siglo eran slo medios de comunica- cién escritos. Lo que la escuela _proporcionaba, entonces, era _un inventario de materiales cultu- “ales en el sentido mas estricto y elemental del término: desde el juego auditivo de una rima a la muisica de una canci6n patridtica incantable pe- ro en la que sonaba el instrumento musical mas prestigioso y materialmente inaccesible para un pobre: el piano; desde una pizarra y tizas al libro de lectura que era el primer libro y a veces el tini- co en una casa de artesano inmigrante; y, redo- blada por la humillacién de la diferencia, mode- los de ropas y comportamiento que las nifias po- bres envidiaban y aprendian, a fuerza de sentir- se diferentes, de las nifias que venian de familias mas présperas. En una casa adonde no Ilegaban revistas de moda, las modas que usaban las maestras, sus sombreros, sus carteras y sus guantes era el non plus ultra de la elegancia. Eran épocas en que la posesién de un cromo que reprodujera un cuadro clasico se consideraba no s6lo un signo de abundancia material sino tam- bién de cultura y refinamiento. El umbral entre la privacion y el consumo era bien angosto.s: El imaginario de esta maestra se forma en un_marco institucional fuertemente voluntaris- ta en sus operaciones de imposicién de una cul- tura. Es ciertamente patético, pero esa chica, en 1890, no conoce un lugar culturalmente mas 65 poblado que el escenario de una escuela en Bel- grano. Y no conoce otras puestas en escena que jas del carnaval pobrisimo de su barrio de ori- gen (al cual seguramente sus padres miraban con la desconfianza de quien quiere ser rapida- mente respetable y por lo tanto intensamente laborioso) y las de las fiestas patristicas, cuyos rituales tempranos proponfan no s6lo una idea de la nacién sino también un modelo de fostejo aceptable. En Ta escuela no sdlo aprende a leer, sino a imitar, forzada y penosamente, los mo. dales de sus maestras y de sus compaferas as favorecidas por la fortuna. Alli, y en los li- ros de lectura, se entera de la existencia de ni- fias que comen bombones y de maestras que aprecian un ramo de flores 0 una partitura.#: E] modelo de cultura al que se incorpora implica una separacion y un corte respecto del barrio y de la casa: es probable que se haya perdido mu- cho en este camino, pero también es dificil de- cidir si Rosa del Rio estaba o no equivocada cuando pensaba que habfa ganado tanto. El entusiasmo con que la ideologia educativa rapta la voluntad de Rosa del Rio tiene que ver con todo esto. La ausencia de rebeldia y de crit ca frente a los rituales escolares, primero como alumna y luego como maesfra, se explica en la trayectoria exitosa que esos rituales prometen a quienes los acepten. La facilidad con que la ideo. logia escolar se implanta en sujetos comd [6s “hermanos del Rio orgie la historia de ae 66 (ree —iti‘—SC=CsidiCS duplica anticipadamente a la del resto de su fa- milia) se sustenta en la debilidad de otras mar- cas culturales anteriores a la escuela 0 en com- petencia con ella. La adaptacién fulminante a la escuela se realiza en ausencia de otros discur- sos, como son hoy los de los medios de comunica- cién de masas, que compiten con ella. ¥ también en ausencia o retroceso de la cultura inmigrato- ria de origen, que era disimulada o sincretizada para lograr répida y eficazmente la integracién. ‘Todo conspiraba, en aquel fin del siglo XIX y en la ciudad de Buenos Aires, contra los ideales de variedad cultural a la cual somos afectos en es- te nuevo fin de siglo. La escuela era una maquina de imposicién de identidades, pore también extendfa un pasapor. te a condiciones mejores de existencia: entre la fcadopendeneiay calledralireapectavas|Umetaast convertirse en servidor del proyecto cultural de ese mismo Estado, quedaban pocas ‘posibilida- imo una realidad (la de la escena simbélica mas rica) y como una promesa (la de un trabajo me- jor remunerado, mas prestigioso y mds liviano que el que iba a realizar si seguia como oficiala en el taller de su padre). Su historia es, entonces, la de alguien que se convierte en fraccién dominada de la clase domi- ¥re Bourdieu. Serd miembro medianamente exi- toso del aparato mds eficaz montado en la Ar- 67 rosettes eeersemmeesennem gentina moderna, remunerado, por otra parte, de un modo relativamente abundante si se pien sa en las otras posibilidades laborales que esta- ban en el horizonte antes de entrar a la Escuela Normal. La escuela era, y lo fue durante varias décadas siguientes a la de su formaci6n, un lu- gar pleno, sobre el que debatian los intelectuales y el eco de esos debates legaba a la escuela real filtrado por algunos érganos escritos tremenda- mente eficaces (basta recorrer, como lo he hecho para seguir el lado oficial de la historia de Rosa del Rio, los numeros mensuales del increible Monitor de la Educacién Comin publicado por el Consejo Nacional de Educacién, y el dictado de “conferencias pedagégicas” a las que, por el Reglamento General para Escuelas de Capital Federal y Territorios Nacionales los docentes de- bian asistir). De manera casi demasiado acabada, Rosa del Rio es portadora de la ideologia escolaren todos sus _matices y contradicciones: laica, a veces cientificista, otras espiritualista, patristica, de- mocratista e igualitaria y al mismo tiempo auto- itaria frente a cualquier manifestacion de la di- ferencia cultural que debia ser absorbida en el poderoso imaginario del trabajo, la respetabili- dad, la familia y la nacién. — La escuela era, por otra parte, un lugar don- de la mujer se emancipaba. Aunque excluidas de Ja ciudadania, esas maestras de las primeras dé- cadas de este siglo habfan encontrado en el pa- 68 radigma pedagégico no sélo la realizacién cultu- ral personal (que dificilmente encontraran en otra parte si pertenecian a los sectores bajos) si- no también un trabajo socialmente prestigioso que las colocaba en un Ambito don: jeres podian llegar a posiciones intermedias de direc- cién, Aunque la mayoria de los inspectores de es- cuelas eran hombres (s6lo hay una mujer entre ellos en 1921) y todos los miembros del Consejo de Educacién también, los cargos de directoras de escuelas primarias podian recaer en mujeres que de pronto pasaban a formar parte de una minorfa que, en 1921 en la ciudad de Buenos Ai- res, estaba formada por unos pocos cientos de personas entre directores y vicedirectores de es- cuelas publicas. La curva de ascenso (y no me refiero a térmi- nos econémicos solamente, aunque ellos no de- jan de tener importancia si se piensa que en 1921 una directora de escuela ganaba entre quinientos y seiscientos pesos, contra los mil pesos de un inspector general) era tan especta- cular como aparentemente sencilla. Estaba, al mismo tiempo, el circuito de conferencias en los Consejos Escolares, las visitas de personalida- des publicas a las escuelas, la lectura de una masa de escritos, desde El Monitor hasta la re- vista La Obra, que reforzaban las costumbres escolares al mismo tiempo que comunicaban no- vedades de modo permanente (en los afios vein- te, El Monitor tiene una secci6n estable de resu- 69 men de libros, revistas o experiencias educati- vas europeas y norteamericanas), en un dmbito que aunque se desenvolvia sobre la base de la repeticién recibia el reflejo de una cierta moder- nidad e incluso de una actualidad cosmopolita. Para decirlo muy répidamente, en un barrio y en una familia como los de Rosa del Rio, ser maestra primero y luego directora era alcanzar una independencia material y simbélica envi- diable en el marco de la respetabilidad. La es- cuela tenfa aura. Todo esto hace mas facil enten- der la ausencia de fisuras en los dos actos capi- tales de la historia escolar y laboral de Rosa del Rio: el dfa de las cabezas rapadas y el dia de los mofios argentinos. En efecto, la ‘gran escena’ de las cabezas ra- padas puede ser leida en términos de la realiza- cién prdctica de un bloque sélido de ideas y pre- Juicios: racismo, higienismo autoritario, ausen- cia de todo respeto por la integridad y privaci- dad de los alumnos que el Estado y las familias Je habian confiado esa misma manana del pri- mer dia de clase. Sin embargo, creo que esa lec- tura perderia mucho, si se detiene alli 0 si s6lo busca la alegoria siniestra de un pufiado de chi- cos, probablemente varios judios, sometidos a que les pasaran la maquinita de rapar a cero por sus créneos, como casi veinte afios después suce- deria con cientos de miles en la Europa domina- da por el nazismo. Los rapaditos de la escuela de Olaya no protestaron por dos razones. La prime- 70 ra es porque la autoridad de la escuela parecia inapelable a esas familias no demasiado seguras de sus derechos, en ausencia de instituciones so- cietales que canalizaran la critica 0 el males- tars La segunda, porque la invasién de la priva~ cidad de los cuerpos, perpetrada por esa alianza de portero, peluquero y directora de escuela, no podia ser vista entonces del modo en que nos es- candaliza hoy. Desde afuera, la accién podia ser considerada audaz (su protagonista recuerda que el hermano abogado le indica que esas cosas no debian ha- cerse) pero su sentido hay que buscarlo también en el marco de una escuela que ensefiaba los principios de higiene como exteriorizacién fisica de las cualidades morales. Ser limpio y ser acep- table moralmente eran dos conceptos que la es- cuela mezclaba desde los libros de lectura a las revistas para maestros. Esa simbiosis (que no era ajena a los principios de un higienismo ‘vul- gar’) era parte de una cultura difusa y difundi- da en la que salud, limpieza, dignidad social, simpatia y rectitud moral quedaban trenzadas de un modo bastante simple pero indiscernible. “(Qué antipaticas son las personas sucias!”, se podia leer en 1901 en El libro del escolar, de Pa- blo Pizzurno, donde muchas lecturas parecen di- rigidas, pese a las ilustraciones que muestran una holgura medio-burguesa, a nifios a quienes en sus casas nadie les ha ensefiado ni siquiera a lavarse las manos. 1 i y Los rapaditos de la escuela de Olaya recibie- ron una lecci6n practica, agresivamente activa, impartida en un marco que era al mismo tiem. Po autorizado y autoritario. Mejor dicho, que podia llegar a intromisiones autoritarias sin consecuencias mayores porque estaba previa- mente autorizado socialmente, Las madres de los rapaditos no protestaron, como tampoco protestaron las de las nifias a las cuales se obligé a deshacer sus trenzas en el patio de la escuela, en publico, frente a la mirada y la ac- cién docente de una directora. A los rapaditos se les pasé el cepillo de acero, alegérico, de una escuela que era tremendamen- te eficaz y que, todavia en los afios veinte, seguia siendo un lugar simbélicamente rico, como lo ha- bia sido para las maestras formadas en el fin de siglo. Hoy la anécdota puede ser lefda en térmi- nos del racismo inconsciente pero poco encubier- to que exigia la intervencién sanitaria y unifor- madora. Su protagonista, seguramente, no hu- biera entendido esa hipétesis de lectura. Para ella, la violencia escolar tenia que ver con la pal- meta y el puntero, con los castigos corporales y la intolerancia frente a las dificultades de aprendizaje. Esas eran las practicas que la es- cuela activa, de la que formaba parte de manera semiintuitiva y semirrazonada, debfa desterrar al museo de las barbaridades pedagégicas. Lo otro era simplemente una intervencién practica a la que no se le atribufa dimensién ideolégica y 72 arrest de la que se esperaba resultasen consecuencias morales positivas. Ninguno de los implicados era consciente de la fuerza brutal que se habia ejercido en el patio de esa escuela sobre chicos que no podian protestar porque esa protesta quedaba fuera de sus posibilidades culturales. La mafiana de las cintas argentinas es el otro gran acto de esta representacién escolar prota- gonizada por Rosa del Rio. Carece de la cualidad fuerte e intrusiva del episodio de los rapaditos, pero condensa también, en un hecho que sélo en apariencia es decorativo, la fuerza homogeneiza- dora de la escuela. Cuando Rosa del Rio pensé en dar a los chicos de su escuela objetos que per- tenecian a un mundo més lujoso (las cintas de taffetas lo eran de modo muy claro, incluso para ella misma: estamos reconstruyendo un mundo que no estaba atravesado de punta a punta por el consumo real o imaginario de bienes materia- les y, en ese mundo, una linda cinta para atarse el pelo era verdaderamente un regalo), esa idea aparecié unida a la celebracién de la nacionali- dad. Podria haber surgido referida a una fiesta escolar no patristica de fin de curso, a un paseo, a un sistema de recompensas materiales. Sin embargo, no fue asi, Las cintas para vinchas y mofios fueron, des- de que despunté la idea, cintas celestes y blan- cas.# La escuela debia mostrarse en priblico de un modo que compensara la pobreza de la barria- da de origen y esas ocasiones eran invariable- 73 mente de tono patriético. El Consejo Nacional de Educaci6n se especializaba en estas puestas en escena civicas y, el afio 1921, habia tenido ade- més para ese Consejo, presidido por Angel Ga- Mardo, un claro sentido propagandistico de lo realizado durante cinco afios. Precisamente, cuando El Monitor comenta el acto que Rosa del Rfo también recuerda y (admitase la suposicién) esta en el origen de los mofios celestes y blancos de los escolares de la calle Olaya, se subraya sin disimulo el crecimiento en dotacién y personal educativo logrado durante el gobierno del presi- dente Yrigoyen ante quien desfilaron las escue- las, con carteles donde se leia, si se los sumaba, el numero de inscriptos en los establecimientos primarios de todo el pais. Esta aritmética patrié- tica y politica habia sido minuciosamente indica- da por el Consejo de Educacién a las escuelas. La cuestién del nacionalismo en la escuela ar- gentina esta suficientemente estudiada.*’ Quiero agregar solamente algo a lo ya dicho. En el caso de este episodio, el_nacionalismo se une con otros dos valores que no siempre venian juntos aunque Su union fuera un ideal de las autorida- des educativas: el decoro en la presentacién per sonal y la decoracién estética de la vida cotidia- “na. La oscuela-Gue Rosa del Rio tenia en la cabo. za, juntaba estos valores que ella hab{fa descu- bierto treinta afios antes en su propia escuela primaria y en la Normal. Hay un ideal estético que duplica otros ideales escolares, un ideal de 74 embellecimiento de la vida cotidiana que puede alcanzarse a través de intervenciones poco costo- sas, recatadas desde el punto de vista de la exhi- bicién de medios econémicos, dignas y, sobre to- do, no superfluas. De allf que ese ideal estético se desarrolle tan plenamente en el embellecimiento de los simbolos nacionales y de las puestas en es- cena nacionalistas. Asi el sentimiento de nacio- nalidad anclaba no sélo en las lecciones de histo- ria sino también en las ‘lecciones de cosas’. Exageradamente, entusiastamente, Rosa del Rio es un producto del normalismo y de la escue- la publica: un robot estatal, podria decirse, iden- tificado poco criticamente con los objetivos de la institucién de la que formaba parte y que le ha- bia permitido a ella misma recorrer un camino exitoso. De su discurso y de su préctica esta au- sente toda alternativa que no se ajustara’a la ideologia escolar media. Desconfia de las posil lidades de la sociedad de gestionarse a sf misma y de las politicas educacionales que desborden el marco de la escuela. Para ella, la escuela es (y debe seguir siendo) un ambito cerrado y autoa- bastecido, donde debe mantenerse una relacién | entre maestros y alumnos que desplact |, 0 reemplace a las relaciones que el hogar o el ba- rrio instalaban entre los individuos. Para ella, la escuela es un mundo mas rico y mejor que el de otras instituciones sociales: el hogar debe apren- der de la escuela y, en todo caso, debe permane- cer fuera de ella. Esa habia sido su historia en la reforme 75 Escuela Normal y era la historia que ella trans- porté a sus escuelas durante treinta afios. Robot estatal: Rosa del Rio pensé que habia cumplido las tareas para las que se la habia de- signado, sin poner nunea en cuestién su conteni- do y valores. Realizacién exitosa de la ideologia escolar, esta ideologia la habité con los reflejos de un sentido comtin construido desde la infan- cia en el marco de instituciones que eran, a su vez, tremendamente efectivas. Leer en paralelo El Monitor de la Educacién Comin, publicado mensualmente por el Consejo Nacional de Edu- caci6n, implica seguir, paso a paso, la produc- cién institucional del discurso que Rosa del Rio enuncia en su versién cotidiana, Y esto habla de la eficacia del Estado (algo que parece singular- ‘mente increible hoy) y de la fijeza con que el Es- tado modelaba a los servidores publicos, intro- duciendo, en primer lugar, esa idea: la de una tarea repetida, inflexible e intrusiva, de confor- macién de identidades y sujetos. Programada casi sin competencias por las instituciones pu- blicas, la historia de Rosa del Rio permite pen- sar otras historias de las tres primeras décadas de este siglo, un momento en que el Estado es activo y audaz en la configuracin de una cultu- ra comiin, unificada y poco respetuosa de los pluralismos, pero, al mismo tiempo, instrumen- to eficaz en la incorporacién a la ciudadania y al mundo del trabajo, cuando los medios de comu- nicacién emergentes (y hegemonizados atin por . 76 pee eeneeeeemmmnnnsemmmmsnssnsnce tw jlode la prensa escrita) no habian plantea- do i Estado eV desafio que le plantearian déca- das dé is ni habian todavia comenzado a so- iar que podrian desplazarlo como agente de identidad y cultura. —Tinsensible 1a diferencia aunque ella misma hubiera atravesado la humillacién de ser dife- rente, Rosa del Rio pensé que debia garantizar a los chicos de su escuelita por lo menos aquello que ella habfa recibido: un ideal de decoro medio en la vida, principios firmes de adscripcién a una nacionalidad a través de rituales hiperactuados, alfabetizaci na relativa apertura al mundo de la cultu era todo el programa: tan uni- ficador co recia necesario todavia en la dé- cada del veinte, tan firme como lo permitieran los antecedentes sociales de sus alumnos, tan re- petido como para asegurar su captacion incluso por los més resistentes o los mas atrasados. Noras 1 Luis F. Mantilla, Libro de lectura Nuimero 1, Paris, Gar- nier. He consultado mds de cien libros de lectura de la época. Sobre los libros de lectura, véase: Cecilia Bravslavsky, “Los usos de la educacion argentina con especial referencia a los li- bros de texto para las escuelas primarias 1853-1916)", FLA SO-GEI, 1992, 2 Se trata de José Zubiaur, uno de los protagonistas de las politicas educacionales de la época, vocal del Consejo Na- cional de Educacién entre 1908 y 1913, fundador en 1904 de Ja Asociacién Protectora de Nifios, Pajaros y Plantas (S, Car- li, “Infancia y sociedad”, en Adriana Puiggrés, comp., Socie- 7 dad civil y Estado en los ortgenes del sistema educativo ar- gentino, Buenos Aires, Galerna, 1991). Fue autor de varias publicaciones sobre escuelas rurales y conferencista asiduo de los actos organizados por el Consejo Nacional de Educa, cién en sus distritos escolares. 8 En 1898, las Escuelas Normales tenian 2.018 alumnos. El normalismo significé una ampliacién cultural, porque in. cluyé sujetos hasta entonces excluidos de la ensefianza secun- daria/superior [...] puede decirse por distintos estudios que las escuelas normales en esta primera época convocaron funda. mentalmente a alumnos de menores recursos (casi el 70 % de Jos alumnos de escuelas normales eran becados por el Estado) y @ mujeres” (Inés Dussel, “El surgimiento de las disciplinas escolares. La literatura escolar 1880-1930”, informe de inves. tigacién, Facultad de Filosofia y Letras, UBA, mimeo, 1995, p. 21). “El segundo hecho que permite inferir la presencia de un alumnado proveniente de sectores econémicamente débiles es Ja existencia de un alto porcentaje de alumnos becados. Esto no supone pensar que la distribucién de becas se hacia con ga. rantfas de justicia. Hay numerosos testimonios en el sentido contrario, que muestran el cardcter de favor politico que con frecuencia tenfa ese recurso. Sarmiento decia, refiriéndose a la falsedad de 1a supuesta democracia existente on América, que ‘un plebeyo, el roto, como tan pintorescamente se le llama en Chile, no ha de ir a aprender geografia o latin sino por ex- cepcién. Hay, es verdad, becas para los pobres, pero estos po. bres son los de la democracia decente. Pidelas un diputado, un amigo, alguien; pero ese alguien es de buena familia’. Una queja similar efectuaba Zubiaur en su informe de inspector de 1886, al afirmar que la modificacion del sistema de becas se hacia impostergable, ‘..pues se conceden, en las éscuelas de maestras, especialmente a hijas de personas pudientes que residen en la misma ciudad en que funciona la escuela oa ni- Ras que asisten a los cursos primarios’ (Memoria presentada en 1887, t. 1, p. 987). A pesar de estas arbitrariedades, es pre. sumible que los alumnos becados provinieran de sectores so. ciales més débiles o de los hijos de familias de la vieja aristo. cracia venida a menos.” (Juan Carlos Tedesco, Kducacién y so. ciedad en la Argentina, Buenos Aires, Pannedile, 1970, p. 202.) Los maestros formados en las Escuelas Normales, hacia 1920 (afio en que la protagonista de este relato estd por co. 78 sna cra etn ds ag eR aes " Plan de estudios para las Escuelas Normales aprobado el 31 de diciembre de 1887 Primer ako horas semanales moral Pedagogia-Educacién fisica, intelectual y Idioma nacional-Lectura, ortologia y ortografia 5 Historia-Historia argentina (desde el descubrimiento de América hasta las invasiones inglesas) 2 Geografia-Nociones generales-Geografia de la Argentina 2 ‘Matemétieas-Aritmética (operaciones fundamentales-sistema métrico- clculo mental) | 4 Ciencias naturales-Nociones de zoologia, anatomia e higiene 2 Idioma extranjero-Francés 79 As. sem. Ejercicios Matemdticas-Geometria plana y del hs.sem. | espacio (aplicaciones) 3 , Ciencias fisicas-Nociones de fisica y Caligrafia 2 quimica experimental 2 Dibujo lineal 2 Instruecién moral y eivica 2 ‘Teorfa y solfeo 2 Idioma extranjero-Francés 2 Labores de mano 2 | Gimnasia 2 - i Practica en la Escuela de Aplicacién 5 I ae Los mismos que en los dos afios anteriores ' Segundo ato con el agregado de Practica de la ensenanza en la Escuela de Aplicacién y eritica i Pedagogia-Metodologia general y especial 3 ° pedagégica 6 Idioma nacional-Lectura, analogia, andlisis : y composicion 4 Este plan de tres afios, que la mayoria de los directores Historia (desde las invasiones inglesas de Escuelas Normales (27 en total responden a una consul- hasta nuestros dias) 2 ta del Ministerio) consideran insuficiente, aconsejando un Geografia de la Argentina 2 plan de cuatro anos, cambia, con la incorporacién del cuarto Matematicas-Aritmética (potencias y rafces- afio en 1900. Se disminuye de 36 a 30 las horas de clase se- comparacién-edleulo mental) 3 manales, siguiendo también el consejo de los rectores, y se Ciencias naturales-Nociones de boténica, intensifica la observacion de clases en Ia Escuela de Apiica- mineralogia y geologia 2 cidn. Los rectores, en sus respuestas a la consulta realizada Economia doméstica 2 en 1895, aseguran lo que queda sintetizado en esta frase de Idioma extranjero-Francés 3 Leandro Caussat, de la Escuela Normal de Corrientes: “La escuela normal no puede aspirar a hacer sabios, sino a for- , mar buenos maestros primarios para las escuelas elementa- Ejercicios les” (p. 563). La rectora de la Escuela Normal de Profesores : de la Capital, Maxima Lupo, propone: “1. Un af de estudios , Los mismos que en Primer Afio, con la misma asignacién preparatorios, que establezca la trabazén indispensable en- paren) tre los conocimientos primarios y los profesionales; dos afios para obtener el titulo de subpreceptora, tres para el de ae maestro normal y seis para el de profesor normal; 2. sefialar reer afo hs. sem. para cada afio un ntimero de materias menor, lo que permi- tird tratarlas con mds profundidad; 3. disminuir las horas Fees eee escolar 2 del dia escolar que podrian ser cinco a lo sumo” (p. 578). Asi i nee ee se Toga al plan de 1900 que, enseguida, se considera transi- if andlisis y composicién) orio lo reemplaza con otro en 2. i] Historia Nociones de historia general 3 torio y se 10 reempl eseed i Geograffa-Geografia gencral 3 i w a k i t Plan de Estudios Normales, 1900 Ialoma nacionat —™'“G™ Begundo aio hs. sem, icone cgetien —§ fmazeconmt |" pom 2 eee : Grgeaa zoning i : Btacetegiceaoy 9 Supehamcuatg 3 eer eteain = 3 Petnee yarecioa @ —— Iona masons) “°E"™ Gusro he sam omy a eae ; oct oo 2 Giencnnatmicg $e Somomrans Relay pices g felrucincmee "ag ie ica, 2 Dibujo natural bee natural 2 Mua ? «tates dn ase ty ls Mera Mage a Ca Por su directora Angola G. Menendez” (Memon Presemtse® Dormelistas eran 343, un numero que podia asegurar buenes 7 José M. Aubin, Destino (Cua ro » Destino (Cuarto libro de lectura), Buenos 82 (Pere # Juan Ferreira, El libro de los nifios, Buenos Aires, Ivaldi xy Cheechi, 1901. Un verdadero vademécum patristico. ° Andrés Ferreyra, Aventuras de un nifio, Libro II, Bue- nos Aires, Angel de Estrada, 19" edici6n, p. 11. En el prélo- g0, escribe Ferreyra: “Me he propuesto en esta obrita rela- cionar los sucesos reales e imaginarios de la vida de un nifio con los programas, a fin de ayudar sugestivamente a los maestros en su tarea”, 10 Pr6logo a: Pablo Pizzurno, El libro del escolar, 2° libro (para nifos de ocho a diez afios), Buenos Aires, Aquilino Fer- néndez e Hijo, 1901, p. VII-X. Pablo Pizzurno habfa sido Ins- pector Técnico General de las Escuelas Primarias de la Capi- tal y era en ese momento Inspector General de Ensefianza Se- cundaria y Normal. Como lo indica Lilia Ana Bertoni, Pizzurno habia estado on la vanguardia de la organizacién patristica de las fiestas escolares a fines de la década de 1880 (L.A. Bertoni, “La educacién moral: visin y accién de la elite a través del sistema nacional de educacisn primaria”, Buenos Aires, Instituto Ravignani, 1991, mimeo, p. 19). 11 En la Biblioteca del Maestro, hay una vieja edicién de Corazon. Esta catalogada y guardada junto con los libros de lectura de la escuela primaria. Rosa del Rio no debe haber si- do la tinica maestra que usé este incentivo a la lectura, como Jo denuncia, escandalizado, Ricardo Rojas en La restauracion nacionalista, donde la lectura de un libro italiano sirve como prueba de la necesidad imperiosa de nacionalizar la ensefian- za, empresa cuyo programa filoséfico Rojas escribe en 1909. Probablemente movidos por la tensién entre la popularidad del libro y su cardeter ‘no argentino’, German Berdiales y Pe- dro A. Inchauspe publican una escenificacién de episodios de Corazén, ambientada en la Argentina aunque conservando los nombres italianos, donde los pequefios actores terminan reci- tando un poema a la bandera (El Monitor de la Educacién Co- ‘muin, aio 40, niimero 586, octubre de 1921). 12. A, Vazquez Acevedo, Serie graduada de libros de leetura, Libro $ , Buenos Aires, Ceppi, Muller y Cia., 1899 (el libro es de origen urnguayo: las efemérides uruguayas cambian en la edi- cion argentina, aprobada por el Consejo Nacional de Educacién). 18 “ ‘Hemos abolido —dice el presidente del Consejo Nacio- nal de Educacién, doctor Angel Gallardo, en sus primeras co- 83 municaciones oficiales dirigidas al poder ejecutivo— el siste- mn de las recomendacionot en la piosecion ta tes Tae es Be dies por el Consejo Nasional de Bonen oe aneetras Ia Comision de Hacienda, el rpiaments te trnay is cog ten entolares no tienen mente sate oa feneaeae es ‘resortes automaticos’ de la ley—, el reglamento aaaecatass do directoren, insttuyendose lan coments ecinege aus se designan por eloccion libre entee none aes del personal doceute, de suerte as ce ian mom ros tema ropublicano (1 La cua’ due tods lo torte Shot te'de In politica accotumbrado &constoage oSerrtee a sot no juogan on lag eneras directives de a cor ee strat decisive y aplastante de otras afoeae Whe ‘Nuova ora de ia educacion comin" Bl Monitor ve te Bane: clin Comin ano $8, numero B76, dices ter oe ae "Juana Brieca de Arratin, “Se necesita scat, "Se necesita una macetra", EY Monitor de la Educacién Comuin, aio 38, ntimero abril Monitor yndmare 668, abril de ° BI Monitor de la Educacion Comin presenta esta mis ma perspectiva, Véase, por ehomple ee aerate i dente con el del relat’ “Notas al Progra gee Naturales, por @. Oli Naat, Dirstvn dan Boccia Ne mero 18, Conselo scolar 17, BI Moon ohne eae octubre de 1920. aan ors, °t Mandamiento quinto del “Deeélogo pedagig " pedantgico para todo divactor de escuela publice” por Cones Meee Bens de Ya Ranescion Comin, abe 39. nines Sk eee "" Emestina Lapex de Nelson, En torso mio primer libro de lecturacorrente) Baanos Aires, Conk Be oe ede a ae ie tho que he podi roceee *" "tin todas las escuela de la Capital se realizs, en dl versas fechas del moc de merss, In coeronis del ea ot onal, rosuelta por la disponiion'del Gera ag Be wiembre ditimo. Fue una de ine primtrac eon tn la Escuela 11 del Consejo Recolor Tier eg meee Girector dal eoteblecimicnt safer Benjamin Bois tense os maestros las sigulentes palatae ebeia e, Monitor de la Bdueacion Comin, he 99 ein ea zo de 1921, " 84 29 La Escuela Numero 6 se crea en agosto de 1919 y co- mienza a funcionar en setiembre de 1920, con la direccién de Aurelia Carbonell, hasta setiembre de 1921 en que lega como directora Rosa del Rio. Durante 1920 fue la Escuela 22 del Distrito Escolar 13; en enero de 1921 pasa a tener su ntime- ro, el 6, y definitiva adscripcién al Distrito 7. En enero de 1921, el Consejo autoriza la locacién de una finca sita en Ola- ya 1853 y 1565, de propiedad de Santos Bacigalup. Se fija un alquiler de $ 380 mensuales, por un contrato a cinco afios. El propietario se compromete a realizar las obras indicadas por la Direccién General de Arquitectura. El terreno de la escue- la se compone de dos lotes de 8,66 por 39 metros y de 8,66 por 30 metros, Los datos fueron extraidos del legajo correspon- diente en el archivo del Distrito Escolar 7. En la actualidad, la escuela tiene ocho aulas y dos habitaciones para direccién y vicedireccién, ademas de la vivienda del portero. 20 Verdadero programa practico de educacién por el arte, resumido en un artfeulo con claras indicaciones de qué hacer ‘con pocos medios en la escuela: Justa R. de Padilla, “Decora- do escolar, La educacién estética en la escuela”, El Monitor de la Educacién Comin, aio 39, mimero 574, octubre de 1920. El artfculo sigue muy de cerca los lineamientos ex- puesto en 1908 por Carlos E. Zuberbibler, a quien el enton- ces presidente del Consejo Nacional de Educacién, Ramos Mejia, habia encomendado la redaccién de un folleto cuyo ti- tulo es El arte en ia escuela 21 Poblacion escolar de la Capital Federal, 1920 Argentinos Extranjeros Varones Mujeres Varones Mujeres de 6 a7 afos 16.483 16.656 143 154 de 7 a8 anos 15.032 14.289 467301 de 8 a9 anos 17.366 16.947 817783 deQal0amos 16683 16.418 1.150 1.163, del0allanos 15.337 15.226 L417 1.362 dellalZafios 14.992 14.670 1813 1.757 de12al3afios 18.781 13.592 2.075 2.016 de13al4anos 12.867 12.754 2.224 2.194 ‘Totales 122.541 119.522 10.115 9.820 85 Inscripcion escolar y nacionalidad en la Capital Federal Afo Argentinos inscriptos % Extranjeros inscriptos % 1914 80,94 55,68 1915 86,05 60,16 1916 88,80 62,54 1917 95,42 68,31 1918 95,23 67,99 1919 95,06 69,19 Fuente: José Ménéclier, “Estudio sobre la poblacién esco- lar de la Reptiblica”, El Monitor de la Educacién Comin, aho 38, numero 568, abril de 1920. Evangelina Malvigne de Mesco de Vera, Dias de sol (li- bro para primero superior), Buenos Aires, Crespillo. 2 José J. Berrutti, Alborada (libro de segundo grado), Buenos Aires, Angel de Estrada (onceava edicién), p. 52 % En El Monitor de los atios 1920 y 1921, que son los de la Promocién de esta maestra a la direceién de la escuela, abun. dan las conferencias y noticias sobre la escuela activa. Por ciemplo, en el mimero 580, afio 89, de abril de 1921, hay una saturacion completa de esta tematica: conferencia de F’ Julio Picarel para el personal directivo y docente del Consejo Escolar 12; traduccién de un articulo de O. Neill sobre “El desarrollo de |a iniciativa en la escuela primaria”; varias noticias y comenta. rios en la seccién Informacion Extranjera sobre las eacuclas en Bélgiea y los veintinueve puntos del plan de trabajo de las c=. cuelas nuevas dependientes del Instituto Jean-Jacques Rows. seau de Ginebra. Durante todo 1921, siguen apareciendo artf. culos sobre experiencias extranjeras (‘Un nuevo movimiento educacional on Estados Unidos: la eacuela progresiva de Day. fon, Ohio", afio 40, numero 586) e indicaciones y ejemplos para levar a la préctica escolar las tendencias de una educacion re, novada: el director del Museo Escolar Sarmiento, Luis Maria Jordan, publica en El Monitor (afio 40, nimero 588, diciembre de 1921), noticias sobre el préstamo de material diddctico a las escuelas y una lista de lo que se ofrece, que consta, basicamen. te, de laminas, muestras de materiales y animales embaleamna, os. Otro recurso promovido es el del uso de la “mesa de arena” 86 ara la onsefanza de Ia geograffa, on un articuo escrito por un Wicedirector de escucla de la Capital, Dante Re (1 Monitor... nfo 99, numero 884, agosto de 1921), 2 Homenaje a Belgrano, discurso del vocal del Consejo Nacional de Educecién Juan P Ramos, on Ia Escuela Nemero 16 del Consejo Hecolar 15: “Recordaa eternamente en las ho- ras buenas y en las horas malas de vuestras vidas, que si hoy tenéis el derecho de ser felices bajo el amparo de la justicia y de la ley, hubo un tiompe nifos como vowotros que, gracias & la admirable grandeza Ge alma de Belgrano, pusieron apren- der a escribir sus nombres y a adornar su espiritu con virtu- des que fueron honra de la patria en os dias aclagos de las fanias posteriores, Alzed, juon, los corasones para agradecer ten nombre de aquellos antecescres vusstros, la donacton eco: iar de Balgrano [-] Hlla os tn Gmbre de honor pare 6), para la patria y para todos los que vivimos bajo los pliegues iamor- tales dela bandera azul y blanca que vais ajurar en la prime: ra coremonia solomne de vuostra vida] Floy, que es el con- tenario de su muerte, no tenemos homenaje mds alto para ctfndasl on gio inmeno gu nu de aston oro: nes, diigndae: Benda eas por ins escelan que fundte, dre de la patrie; bendito sous por la enveha que nos diste, fon loado, no ba sido atada Jamas al carro trtafel de ning wencedor de a tira, Nifos! esa bandera gloriosa representa Iepatria de los argentinos. {Prometéis rendirle vuestre mds sincero y respetuoso homenaje; quereria con amor inmenso, formario deedo la surora de ia vida tn eulte fervoroso e imbo- rable en vuostros corazones; prepardos desde la escucla para Practicar a su tempo con toda pureza y honestidad las nobles Tireades tnhocentes a a ciudosenta; setudied con emapotio ia Fistorla de nucatro pafeyla do sus grandes benofactores a fin despair susnulas mint Bi ambien de hp a bendera'y de que'no ee amortige més on vuestrae lmae Gslicade ¥ gonoreso sentimionto do amor a la patra, en ua palabra: prometéie hacer todo lo quo eaté en la medida. de Vuoetras Rereas, pare que ia bandera argentina flames por Siempre sobre nuestras muvallas 9 fortaleragyaTo alto de fos mndles de nuestras naves y ala cabeza de nestras legiones Y para quo el honor ava su slionto, la glovia su aureola, lajuse Uda ou empresa? Este discureo, asf como el pronunciad per 87 Ernesto Bosch en la Exposicién Rural, ante los alumnos de los Consejos Escolares 10 y 14, y la foto del homenaje en Plaza de Mayo, fueron registrados en El Monitor de la Educacion Co- ‘muin, aho 38, mimero 570, junio de 1920, % El acto es minuciosamente registrado, incluso con una fotografia, en El Monitor de la Educacién Comtin, aho 39, ni mero 582, junio de 1921. La revista La Obra, que publicé su primer mtimero justamente en 1921 critica, en junio de ese aio, este desfile, singularmente pomposo y gigantesco: “En breve legaran a la escuela con este motivo [la conmemoracién de la Independencia y los festejos del 9 de Julio} instrucciones detalladas de cémo ha de celebrarse el cercano homenaje pa- tridtico. No faltarn, seguro, las concentraciones de alumnos, los desfiles infantiles por las plazas o quiza la grandiosa ma. nifestacion escolar marchando a paso militar por la Av. de Ma_ Yo, a modo de broche final de este periodo gubernativo que fi- naliza”. Pero, se sabe, los lectores de una publicacién no nece- sariamente suscriben todos su presupuestos: Rosa del Rio, que mostraba con orgullo la coleccién encuadernada de La Obra como pieza central (o casi exclusiva) de su biblioteca di- dactica, no registraba la contradiecién entre las criticas a la ritualizacion patriotica hechas por esa publicacién y su propio fervor por esos rituales. De todos modes, el perfodo que abar. ca el relato de Rosa del Rio es anterior a la aparicion de La Obra y termina justamente el afio en que se funda esa revis- ta, considerada por algunos autores como “vocero de la oposi- cidn docente” (A. Puiggrés, Escuela, democracia y orden, Bue- nos Aires, Galerna, 1992, p, 44), a la que Rosa del Rio no tu. vo noticias de habér pertenecido. 2" Emma C. de Bedogni, Alegre despertar, libro de lectura pa- ra cuarto grado, Buenos Aires, Crespillo Editor, p. 182; Gotardo Stagnaro, La escuela alegre, Buenos Aires, Moly y Laserre. 2 Ernestina Lopez de Nelson, Nuestra tierra, Cuarto libro de Lectura, Buenos Aires, Coni Hnos., pp. 343 y s. %® La comunidad italiana de Buenos Aires celebré con grandes fiestas a la patria lejana, especialmente hacia fines de la década del ochenta. Como lo sefiala Lilia Ana Bertoni, coincidiendo con la magnificencia de las fiestas organizadas por las asociaciones italianas, “se desarrollé entre 1887 y 1891 un conjunto de esfuerzos, que culminaron con la organi. 88 zacién de grandes celebraciones conmemorativas, la construc- Gin de un conjunto de referentes materiales como monumien: tos, museos, 1a elaboracion de tna logitimacion de la ident dad nacional basada en Ia apelacion al pasado patio, y en las tacuelas, la instalacién de les eslebraciones bajo la forma de tctos ritualizados (Lilia Ana Bertoni, “La ‘educacion moral vision y accion de Ia elite @ través del sistema nacional de educacion primaria’, eit., p. 6), Sobre los esfuerzos de Tos inmigrantes para adoptar una nueva nacionalidad cultural, Vase: Adolfo Prieto, Ll discurso criolista en la formacign de la Argentina moderna, Buenos Aires, Sudamericana, 1988 ® Pienso en la novela magnifica de alguien nacido en 1990, cuando el episodio que relato ya habia sucedido: Rober to Raschella, Didlogos en los patios ojos, Buenos Aires, Para. diso, 1904 21 Una maesira, forma cuarnta ioe después on provi cing, podia recordar la misma contreposicion entre pobrena 7 Higueea shnbdlica: “La estuela era eomo todo lo que rodeaba & tla feu directors, Lola Dabatl, hermosa. Muchas alumnas pro- eniamos de ambientes modestos, de cases huildes; entrabe- thos & un edificio en que se cuidaba el menor detalle, nada ro- ton despintado, Aprondiamos a asignazie iniportancia al mn- bito, al orden, la estetion, [-] No olvidemos que entonces no habia televisién la pelicula en colores no eva popolar, mate, tal escrito poco colorido, no como el mundo actual explosive de ine imagenes, Sélo accedfan al conceimiento do la pintura Ia tlite y los muy interenados. Lola nos levaba a un pequetto se Jon a escuchar musica clasica en un fondgrafo. Muy pocos te- ee Toe ni radio habia, Tengamos en cuenta que emergiamos de la crisis del afio 20", Testimonio de Lola Rubino transeripto por Rosa W. de Ziperovich, "Memoria de una edueadora”, en Adria. ha Puigarés Comp.) Escuela, democracia y orden (1916-1943), Buenos Aires, Galerna, 1992, pp. 117-178. 1% Més tarde, treinta afios después, los chicos de Ia escue- ee distantes ¢ imponentes y que comian Dombones (eomunieado por uno de los actuales directivon de la Escuela, quien afirma gue se lo conto una vieja alumna) $8 Vease el Reglamento de 1900, que pauta el ingreso y pri 89 meros afios de Rosa del Rio en la docencia: Roberto Marengo, “@structuracién y consolidacién del poder normalizador”, en: Adriana Puiggrés (comp.), Sociedad civil y Estado en los ori- genes del sistema educativo argentino, cit., pp. 119 y ss. Tam- bién en 1900, el Consejo de Educacién indica, sin vacilaciones, a los maestros que “Las lecciones no se tomardn por el libro ni ‘que los alumnos reciten a la letra lo que han lefdo” (ibid., p. 121). Marengo agrega: “A esta altura podemos afirmar que los, educadores que ejercen en nuestro pais cuentan con una acu- mulacién de experiencia suficiente que les permite reflexio- nar sobre el hecho educative sin depender tanto de las produe- ciones que provienen de otros paises. La particularidad de la accién educativa en la Argentina empieza a ser plasmada en Jos articulos que tratan sobre las metodologias y los conteni- dos de la ensefianza”. Hacia 1915, son muchas las conferen- cias ofrecidas por el Consejo Nacional de Educacién dedicadas a las novedades pedagégicas y didécticas; ese afio, precisa- mente, Ernestina Lépez de Neison y Luis Morzone hablan so- bre el “método racional”. En este perfodo, ademés, seftala Ma- rengo, “se destacan la gran cantidad de producciones que sur- gen de los directores y los inspectores sobre aspectos globales ¥ algunos sobre temas més directamente relacionados con el trabajo escolar conereto” (ibid., p. 144). Rosa del Rio, que po- sefa una actualizacién didactica de muy baja intensidad tes- rica (la teoria est, por asf decirlo, en estade préctico en sus estrategias educativas), se inscribiria en lo que Adriana Puig- gr6s denomina “posiciones orgénicas” del normalismo, que “adecuan los postulados del activismo europeo al discurso normalizador. Al mismo tiempo que modifiean positivamente este tiltimo, limitan los alcanees de la Escuela Nueva y encie- rran al pragmatismo en pardémetros didécticos. No compro- meten al curriculum escolar con el problema del trabajo pro- ductivo y la capacitacién laboral, reduciendo la ‘préctica’ a las actividades estrictamente escolares referidas al curriculum tradicional [...] La postura ‘orgénica’ fue adoptada por presti- giosos inspectores y directores de escuelas nacionales, en par- ticular Hugo Calzetti, José Rezzano y Clotilde Guillén de Re7- zano” (‘La educacién argentina desde la reforma de Saavedra ‘Lamas hasta el fin de la década infame”, en Adriana Puiggrés, comp., Escuela, democracia y orden [1916-1943], Buenos Ai- res, Galerna, 1992,,p. 60), De todos modes, no es inverosimil 90 que Rosa del Rio haya registrado en sus afios como docente de grado, en las dos primeras décadas del siglo XX, modificacio- nes que estaban en curso o que se debatian entre los intelec- tuales del sistema: “La influencia de la experiencia de Tolstoi en Yasnaya Poliana fue importante tanto en Vergara como en. un critico de su estrategia de autonomismo infantil: el propio ‘Victor Mereante que [en 1897] coherentemente le cuestionaba la supresién de la autoridad docente. La huella en los egresa- dos normalistas de aquella experiencia considerada precurso- ra por el discurso de la Educacién Nueva indica la presencia temprana de la innovacién en la trama normalista y las polé- micas que esto generaba [...] Ciertas ideas pedagégicas vincu- ladas con el trabajo infantil, Ia creacién de museos escolares, de asociaciones infantiles, la implementacién de excursiones, etc., fueron implementadas por maestros y directores de es- cuela, 0 funcionarios como Ferreira, Mercante, Zubiaur y el propio Vergara, entre otros” (S. Carli, “El campo de la nifiez”, en A. Puiggrés, comp., Escuela, democracia y orden [1916- 1943], cit., 1992, p. 129). Rosa del Rio pone de manifiesto en toda la construccién de su historia un conflicto, que ella no percibe, entre fuertes tendencias al disciplinamiento y ten- dencias igualmente fuertes al “escolanovismo”, 8 EL Monitor de la Educacién Comin, ato 40, nimero 588, diciembre de 1921. Una maestra con menos de dos afios de antigiedad ganaba $ 270. Recuérdese, para establecer una comparacién, que el alquiler mensual pagado por la finea ocu- pada por la escuela de la calle Olaya era de $ 380. 96 Esas asociaciones existian, como protectoras y difusoras de la educacién, alrededor de muchas escuelas, aunque no he podido encontrar ninguna en relacién con el Consejo Escolar 7, al que pertenece la escuela de la calle Olaya. Véase: Sandra Carli, “Infancia y sociedad: la mediacion de las asociaciones, centros y sociedades populares de educacién”, y M. I. Auza, S. Carli, A. Puiggrds, L. Rodriguez y equipo APPEAL, “Seleccién de Sociedades Populares de Educacién, bibliotecas populares y otros organismos de la sociedad civil”, en Adriana Puiggrés~ (comp.), Sociedad civil y Estado en los origenes del sistema educativo argentino, cit. 36 El Plan de Estudios y Programas de 1910, con un énfa- sis especial, que casi todos los que se han ocupado del tema 91 ubican alrededor de esa fecha, establece que “la ensefianza debe ser eminentemente nacional” y consagra muchos de los rituales patristicos: “La ensefianza nacional que es consagra- da en la letra de los programas y planes de 1910 toma la for- ma de educacién patristica que se traduciré en innumerables articulos al respecto y en una modificacién de muchas pautas de accién en las escuelas. Se empieza a celebrar toda la Sema- na de Mayo y una semana previa al 9 de julio, se instaura el izado y arriado de la bandera en el inicio y final de la jornada escolar” (Roberto Marengo, “Estructuracién y consolidacion. del poder normalizador”, en Adriana Puiggrés, comp., Socie- dad civil y Estado en los origenes del sistema edueativo argen- tino, cit., p. 141), Adriana Puiggrés (Kscuela, democracia y or- den, cit., p. 33) sefiala un compuesto ideolégico en su opinién bastante tipico: “La articulacién entre principios pedagégicos liberal-democraticos activistas y pragmatistas y valores na- cionalistas estaba presente en ia corriente democrdtico-radi- calizada de principios de siglo”. 37 He citado en estas notas una bibliografia abundante so- bre el tama. A sus autores y otros especialistas quisiera acla- rar que el presente trabajo no es una navegacién, con paten- te de corso, por el campo disciplinario de Ia historia de la edu- cacién, sino un episodio mds de una historia cultural de la di- mensién simbélica. 92 Iv LA MAQUINA CULTURAL Este libro intenté mostrar el funcionamiento de una méquina cultural, que produjo ideas, practicas, configuraciones de la experiencia, ins tituciones, argumentos y personajes. No es una méaquina perfecta, porque funciona dispendiosa- mente, gastando muchas veces més de lo nece- sario, operando transformaciones que no estén inscriptas en su programa, sometiéndose a usos imprevistos, manejada por personas no prepara- das especialmente para hacerlo. Me he ocupado, como lo indica el titulo, de una maestra, de una traductora y de un grupo de jévenes vanguardis- tas. Cada uno de ellos establecié con la méquina cultural relaciones diferentes: de reproduccién de destrezas, imposici solidacién imaginario (la maestra); de importacién y mez- cla (la traductora); de refutacién y critica (los vanguardistas). En el primer episodio, una maestra ensefia lo que ha aprendido, creyendo que lo que fue bue- 273 no para ella sera bueno para sus alumnos que, en las primeras décadas del siglo, vienen, como ella, de las casas pobres y los conventillos ocupa- dos por inmigrantes ¢ hijos de inmigrantes. En el segundo episodio, una mujer de la elite oligar- quica, nacida en cuna de oro y criada en una jau- la dorada, hace del dinero y de la educacién que recibi6 de sus institutrices algo mas que lo que habfa caleulado su clase de origen, abriendo un espacio de irradiacién cultural que fue decisivo desde los afos treinta hasta los cincuenta. En el tercer episodio, un grupo de hombres jévenes, movidos por el impulso radicalizado de su época, creen resolver, en una noche de 1970, los conflic- tos irresolubles entre cultura y politica. Son tres historias verdaderas y, segtin creo, muy representativas de la cultura argentina de este siglo. Tienen, ademas, una ventaja: no per- miten identificarse con sus protagonistas; pero, bien leidas, tampoco merecen sélo una condena ideolégica 0 moral. Se trata de personajes que piden ser escuchados en sus razones, que no siempre presentan de manera clara, y ubicados en el marco de fuerzas en conflicto que ellos no controlan. Desde la perspectiva de este fin de siglo, la estra impresiona c: larmente racio- nalista, abstracta, autoritaria e ingenua. La ta- rea qué encara frente a sus alumnos podria des- cribirse como la imposicién de lgs, derechos. El 274 derecho a la nacionalidad, que se inculea como nica forma de incorporarse a la sociedad argen- tina; y el derecho a un repertorio de imégones, objetos, modos de decir y modos de escribir, mo- dos de hacer y de comportarse, que deben desa- lojar otras simbolizaciones y otras conductas. La maestra fue jefe de fila en la tropa cultu- ral preparada por el normalismo argentino. La escuela le parecié siempre un espacio de abun- dancia simbélica. También fue Ia unica forma de Agualitarismo_que conocié: una forma brutal- mente niveladora, donde todas las rebarbas eran cepilladas en nombre de la nacionalidad, la disciplina para el trabajo y la integracién en las instituciones necesarias para que la sociedad funcionara eficazmente. A esa maestra no se le ocurrié que podia haber otro camino para lograr la respetabilidad social que sus padres no te- nian. Tampoco se le ocurrié que estaba adoctri- nandy a sus alumnos, porque ella no se habia sentido adoctrinada en la Escuela Normal que, sin embargo, era un centro fuertemente doctri- nario del racionalismo laico y patriético. Esta mujer no fue una maestra excepcional, no predujo sino innovaciones de medida domés- tica (en el espacio de domesticidad que es la es- cuela) y se limité a hacer muy bien, con mucho detalle y precision, lo que la institucién le habia ensenado. Estaba_perfectamente_adaptada y, desde su posicién, no podia sino montar maqui- nas de adaptacion, 275 Precisamente por eso, sin darse cuenta, llev6 las cosas hasta un limite que la institucién no le pedfa alcanzar. Esta maestra, como no se le ocu- rria_criticar n: e la institueién escolar, una mafiana de 1921 exageré cruelmente sus debe- res. Eso fue todo. Antes y después de esa mafia- “ha de 1921, cuando mandé rapar las cabezas de sus alumnos para combatir los piojos, repitié sin prisa y sin pausa, sin detenciones y sin saltos, lo que la Escuela Normal le habia ensefiado y el Estado nacional esperaba de sus empleados a quienes, dicho sea de paso, les pagaba, en esa 6poca, sueldos decentes. , No sabemos nada de lo que sucedié fuera _de la escuela, esa mafiana de las cabezas rapadas. Quiero decir, es imposible captar lo que se escu- ché en las piezas de los conventillos cuando Ile- garon los chicos, de vuelta de la escuela, con la cabeza como una bocha. No sabemos qué conta- ron ellos, los rapaditos, ni qué entendieron los padres. No sabemos si se sintieron profunda- mente humillados, agredidos, o si pensaron que as{ eran las cosas a cambio de que sus hijos aprendieran a leer y escribir bien, algo que en sus pueblos de origen ninguna institucién, y mu- cho menos el Estado, les garantizaba y, a veces, ni siquiera les permitfa. La clase préctica de higienismo fue un exce- so pero no un exabrupto. Justamente el conflic- to entre lo que debe hacerse y la sobreactuacién de la norma, es el punto interesante en la histo- 276 tia de la maestra. La escuela debfa disciplinar Pero no de cualquier modo: una coga eran los desfiles, la formacion en cuadro, Jas marchas, y otra distinta, intervenir directainente sobre el cuerpo de los alumnos. Ellos estaban alli para ser educados por el ejemplo. En cambio, la maestra dirigié esa mafiana una operacién de violencia material y simbélica que parece espe- cialmente inventada para que le adosemos al. gunas citas de Foucault y la mandemos directa- mente al infierno. Eso seria bastante sencillo. Preferi hacer otra cosa. Estaba tan claro el caracter autoritario del episodio, que violentaba de modo tan abierto los principios de respeto presentes en el ideario ex. plicito de la escuela, que se me ocurrié tomar la voz y la perspectiva de la maestra para ver si se entendfa algo més que una equivocacién insen. sata y desbordante de ideologia. ‘Yo habfa escuchado toda la historia varias veces y siempre me habia parecido enigmética: algo no cerraba del todo, salvo que se buscaran las explicaciones mds sencillas, que en general no sirven para explicar nada. Empecé entonces a buscar otros pedazos previos que debfan ser restituidos a la trama. Esa mafiana, cuando la maestra ordeno rapar a los alumnos de su es- cuela, habia estad precedida por muchas otras mahanas, en las que nada anunciaba el acto que se iba a realizar tomando a los chicos como objeto de una clase practica de higienismo. Y, 277 antes, estaban los afios de esa mujer como alumna del sistema ptblico. Sobre esos afios conocia bastante: muchas anécdotas de pequefias humillaciones, y tam- bién de deslumbramiento ante una abundancia de imagenes y de objetos que esa hija de la inmi- gracién s6lo encontraba en la escuela: Faltaba componer esos recuerdos de la maestra con los objetos a los que ella se habia referido: libros de lectura, instrucciones, programas de estudio. Eso hice, pensando que aquellos instrumentos bastante pobres habian tenido una importancia fundamental: le habjan permitido cruzar la li- nea que la separaba de un destino en el taller o en el conventillo, y empezar un ascenso. Ella crefa tanto en el poder magico de esos objetos co- mo el Estado nacional que los repartia creia en su poder de disciplinamiento e ilustracién de masas. Habia que representar esa creencia. Busqué recuperar la voz de la maestra, no pa- ra contar lo que se llama una “historia de vida”, sino para detectar en el tejido de las frases pro- nunciadas decenas de veces lo que yo no podia imaginarme. Frase a frase he sido completa- mente fiel a lo que ella decfa. Pero lo que ella de- cia fue mi material, el material del relato que yo he cortado y compuesto con su voz. No quise hacer una historia de vida donde quien presenta una experiencia ajena sucumbe a la ilusién épica de que esta reproduciendo las palabras de un personaje excepcional. La maes- 278 tra de esta historia es una maestra del montén que cometié un solo acto fuera de quicio (en el sentido literal). Ella, ademas, nunca dijo otra co- sa sino que habia cumplido con lo que le habfan indicado. No entendié la sobreactuacién de su Unico acto exeepcional; por eso mismo, nunca capt bien la institucién de la que se enorgulle- cia y que crefa conocer por completo. Por otra parte, la maestra (a quien traté mu- chisimo cuando ya era anciana) nunca habl6 pa- ra hacer “la presentacién publica, por tanto la oficializacién, de una representacién privada de su propia vida”.: Muri sin sospechar que su dis- curso iba a ser el material de una historia que tiene mas que ver con la cultura popular, la cul- tura escolar, el nacionalismo cultural, que con ella misma tal como ella se percibia. La maestra no me comunicé su relato para que yo lo convirtiera en la “historia de (su) vida”, sino que lo conté muchas veces, para ofrse ha- blar, repitiéndose exactamente, como los ancianos cuando tienen gusto por un buen cuen- to. Quizé por eso sus palabras no son tembloro- sas sino nitidas y, muchas veces, inteligentes. Ella, de todas formas, estaba presa de esas pala- bras porque no tenia otras. Yo busqué otros tex- tos para reinsertar esas frases en su suelo social y cultural. Por eso tomé fragmentos de viejos li- bros de lectura, probablemente algunos de los cuales la maestra aprendié 0 ensefié a leer, y co- tejé con documentos de politica educativa oficial 279 lo que habia contado como ocurrencias propias. Su adaptacién a la m4quina cultural fue, para ella, slo la prueba de un aprendizaje exitoso. La maestra se habia jactado muchas veces de que los actos de su vida institucional se origina- ban en ideas ‘personales’. Pensaba que habia si- do completamente independiente y se equivoca- ba. Sin embargo, su exageracién, sus devaneos estéticos y extravagancias patriéticas, hacian que ella fuera interesante. Ademds contaba bien, con precision y colorido, aunque se repitiera.