Está en la página 1de 130

- -

-

TT

_

¿QUÉ SABEMOS DE LA BIBIJA?

0 ¿Quién puso capítulos a la Biblia?

© ¿El mundo fue creado dos veces?

© ¿Vivieron muchos anos los patriarcas del Antiguo Testamento?

® ¿Somos todos descendientes de Noe?

© ¿La Biblia prohíbe hacer imágenes?

© ¿El Dios de Israel era Yafiveh o Jeliová?

© Scíjl'iii la Biblia, ¿existo el Purgatorio?

© ¿En qué ano nació Jesús7

© ¿Quién era el discípulo amado de Jesús?

© ¿Se puede probar ía resurrección de Jesús?

Ariel Álvarez Valdéz

¿Qué sabemos de la Biblia? II

Ediciones Fray Juan de Zumárraga, A.R.

México, D.F.

Colección En torno a la Biblia

Dirección: P. Luis Glinka, ofm.

Con las debidas licencias

ISBN 950-724-353-4

Ediciones FRAY JUAN DE ZUMÁRRAGA, A.R. Durango 90, Colonia Roma (06700) México, D.F. Tel - Fax: 55 29 17 31

©1997 by LUMEN Hecho el depósito que previene la ley 11.723 Todos los derechos reservados

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA PRINTED m ARGENTINA

PRÓLOGO

Una mañana me encontraba yo dando un curso bíblico en una parroquia, a donde me había invitado un sacerdote amigo para que hablara sobre los nuevos enfoques de la Iglesia católica con respecto a la Biblia. Al finalizar la charla de ese día, en torno a los géneros literarios del libro del Génesis, se me acercó un señor que, con tono cómpli­ ce, me dijo:

—Padre, no sabe cuánta paz me da el haber escuchado su conferencia de hoy.

Extrañado, pues no atinaba a saber qué paz puede otor­ gar una exposición sobre géneros literarios, le pregunté:

—¿En qué lo ayudó este tema?

—Mire, padre —me respondió—, yo siempre había te­ nido como hecho rigurosamente histórico el episodio del arca de Noé y el diluvio universal. Y toda mi vida me es­ forcé en creer y aceptar cada uno de los detalles que allí se cuentan. Pero había algo que me perturbaba y me tenía in­ tranquilo.

—¿Qué le perturbaba de Noé? —insistí.

—Es que en el Génesis se cuenta que cuando termina­ ron los cuarenta días de lluvia, para ver si las aguas habían descendido y poder bajar del arca, Noé soltó primero el cuervo, que regresó inmediatamente por no tener dónde

posarse. Luego soltó varias veces la paloma, hasta que és­ ta no retomó porque las aguas se habían secado. Entonces Noé pudo salir. Ahora bien, si la paloma no volvió jamás, y había una sola pareja de cada especie animal en el arca, ¿con quién se reprodu jo después el palomo?

Me quedé asombrado de que a alguien le hubiera preo­ cupado un detalle como éste, pero me di cuenta de que te­ nía razón.

—Siempre tuve la sensación —continuó— de que con la Biblia me estaban engañando, que se me obligaba a creer en algo que no me convencía para nada. Ahora, mien­ tras lo escuchaba a usted decir que el relato de Noé es di­ dáctico, que sólo pretende dejarnos un mensaje pero que nó es necesario creer que ocurriera realmente, me siento nuevnríiente reconciliado con la Biblia.

Pensé muchas veces en esto que me sucedió. Y pensé también cuánta gente habrá que, al escuchar ciertos pasa­ jes de la Sagradas Escrituras, creen que están obligados a aceptarlos tal como suenan, aun cuando parezcan absur­ dos. A punto tal, que ciertas personas suponen que cuanto más absurdo es lo que creen, más grande es su fe.

La nueva exégesis bíblica de la Iglesia católica, por el contrario, ayuda a darse cuenta de que la razón y la fe no se contradicen. Las dos vienen de Dios, y por lo tanto de­ ben coincidir en lo que enseñan, aunque lo hagan desde distintos ángulos. Las enseñanzas de Dios, si bien no pocas veces superan nuestra capacidad de comprensión, son to­

talmente lógicas y coherentes. El Dios que se revela en Je­ sucristo es un Dios de orden, y quiere que los hombres cap­ ten ese orden, ese plan, esa lógica de su Palabra.

Para reafirmar esto viene muy bien lo que decía el presi­ dente norteamericano Bill Clinton, en una reciente entrevis­ ta a la revista Catholic News. A pesar de pertenecer a la iglesia protestante bautista, confesaba haber estudiado en la universidad de los padres jesuítas. Y agregaba: “Una de las cosas que saqué de mi educación católica es un verdadero respeto por el deber de desarrollar nuestra mente. Es com­ prender que las obligaciones religiosas implican más que las meras emociones. Hay un rigor intelectual y, si tienes in­ teligencia, tienes la obligación de desarrollarla, de aprender a pensar y conocer las cosas, y luego actuar más poderosa­ mente sobre ellas, porque sabes más y puedes pensar me­ jor.”

Este segundo volumen de la serie “¿QUÉ SABEMOS DE LA BIBLIA? recoge un nuevo grupo de diez artículos aparecidos ya en distintos diarios y revistas del país. En ellos se procura mostrar cómo la razón no es enemiga de la fe. Al contrario, que debe servirle como herramienta ópti­ ma para ayudar a profundizar mejor la Palabra de Dios, y hacer sentir más cómodos a cuantos viajan a través de ella.

Al igual que los demás tomos precedentes, este libro no enseña nada nuevo.

Sólo pretende exponer algunas cuestiones de los moder­ nos estudios bíblicos católicos que otros autores vienen

proponiendo desde hace ya varios años pero que, por en­ contrarse en volúmenes gruesos y poco accesibles, y ade­ más en un lenguaje demasiado técnico y difícil, la mayoría de las personas no tiene posibilidad de leer. Aquí, en cam­ bio, se intenta exponerlas en forma sencilla, simple y com­ prensible para los que no son especialistas, a fin de llenar el vacío divulgativo que existe en nuestro medio sobre es­ tos temas, y establecer un puente entre las investigaciones de los exégetas y el Pueblo de Dios.

Debido a que estos libros han empezado a ser usados en algunos colegios secundarios para discusión y debate entre los alumnos, sobre estos temas, así como en reuniones pa­ rroquiales, en grupos bíblicos y de oración, incluimos aho­ ra al final de cada capítulo un cuestionario, a fin de que, quienes lo deseen puedan emplearlo para reflexionar co­ munitariamente y enriquecerse más aún a partir de los aportes personales de los demás.

Si después de leído contribuyera en algo a despertar el hambre de la lectura de la Biblia, se darían por satisfechas las aspiraciones del autor.

El autor

¿QUIÉN PUSO CAPÍTULOS A LA BIBLIA?

Un detalle no previsto

Dentro de las cientos de páginas que contiene una Bi­ blia, es muy fácil encontrar exactamente una palabra o fra­ se cualquiera en muy poco tiempo, gracias al sistema de capítulos y versículos que tiene, y que se emplea para ci­ tarlas.

Pero cuando los autores compusieron las obras que lue­ go formarían parte de la Biblia, no las dividieron así. En efecto, nunca imaginaron, mientras escribía cada uno su li­ bro, que éste terminaría siendo leído por millones y millo­ nes de personas, explicado a lo largo de los siglos, comen­ tadas cada una de sus frases, analizado su estilo literario. Ellos simplemente dejaron correr la pluma sobre el papel bajo la inspiración del Espíritu Santo, y compusieron un texto largo y continuo desde la primera página hasta la úl­ tima.

Fueron los judíos quienes, al reunirse los sábados en las sinagogas comenzaron a dividir en secciones la Ley (es de­ cir, los cinco primeros libros bíblicos, o Pentateuco), y también los libros de los Profetas, a fin de poder organizar la lectura continuada.

Nació así la primera división de la Biblia, en este caso

del Antiguo Testamento, que sería de tipo "litúrgica” pues­ to que era empleada en las celebraciones cultuales.

El ensayo judío

Gomo los judíos procuraban leer toda la Ley en el trans­ curso de un año, la dividieron en 54 secciones (tantas, cuantas semanas tiene el año) llamadas perashiyyot (divi­ siones). Estas separaciones estaban señaladas en el margen de los manuscritos, con la letra "p".

»

Los Profetas no fueron divididos enteros en perashiy­ yot, como la Ley, sino que se seleccionaron de ellos 54 tro­ zos, llamados haftarot (despedidas), porque con su lectura se cerraba en las funciones litúrgicas la lectura de la Biblia

El evangelio de san Lucas (4,16-19) cuenta que en cier­ ta oportunidad Jesús fue de visita a su pueblo natal, Naza- ret, en donde se había criado, y cuando llegó el sábado con­ currió puntualmente a la sinagoga a participar del oficio como todo buen judío. Y estando allí lo invitaron a hacer la lectura de los Profetas. Entonces él pasó al frente, tomó el rollo y leyó la haftarah que tocaba aquel día, es decir, la sección de los Profetas correspondiente a ese sábado. Lu­ cas nos informa que pertenecía al profeta Isaías, y que era el párrafo que actualmente ha quedado formando parte del capítulo 61 según nuestro moderno sistema de división.

r

El ensayo cristiano

Los primeros cristianos tomaron de los judíos esta cos­ tumbre de reunirse semanalmente para leer los libros sa­ grados. Pero ellos agregaron a la Ley y los Profetas tam­ bién los libros correspondientes al Nuevo Testamento. Es por eso que resolvieron dividir también estos rollos en sec­ ciones o capítulos para que pudieran ser cómodamente leí­ dos en la celebración de la eucaristía.

Nos han llegado algunos manuscritos antiguos, del siglo V, en donde aparecen estas primeras tentativas de divisio­ nes bíblicas. Y por ellos sabemos, por ejemplo, que en aquella antigua clasificación Mateo tenía 68 capítulos, Marcos 48, Lucas 83 y Juan 18.

Con este fraccionamiento de los textos de la Biblia se había logrado no sólo una mejor organización en la litur­ gia, y una celebración de la Palabra más sistemática, sino que también servía para un mejor estudio de la Sagrada Es­ critura, ya que facilitaba enormemente el encontrar ciertas secciones, perícopas o frases que normalmente hubieran llevado mucho tiempo hallarlas en el intrincado volumen.

Lo hizo un arzobispo

Pero con el correr de los siglos se acrecentó el interés por la Palabra de Dios, por leerla, estudiarla y conocerla

con mayor precisión. Ya no bastaban estas divisiones litúr­ gicas, sino que hacía falta otra más precisa, basada en cri­ terios más académicos, donde se pudiera seguir un esque­ ma o descubrir alguna estructura en cada libro. Además se imponía una división de todos los libros de la Biblia, y no sólo los que eran leídos en las reuniones cultuales.

El mérito de haber emprendido esta división de toda la Biblia en capítulos tal cual la tenemos actualmente corres­ pondió a Esteban Langton, futuro arzobispo de Canterbury (Inglaterra).

En 1220, antes de que fuera consagrado como tal, mien­ tras se desempeñaba como profesor de la Sorbona, en Pa­ rís, decidió crear una división en capítulos, más o menos iguales. Su éxito fue tan resonante que la adoptaron todos los doctores de la Universidad de París, con lo que quedó consagrado su valor ante la Iglesia.

Se conserva el manuscrito

Langton había hecho su división sobre un nuevo texto latino de la

Biblia, es decir, de la Vulgata, que acababa de ser corre­ gido y purificado de viejos errores de transcripción. Esta división fue luego copiada sobre el texto hebreo, y más tar­ de transcripta en la versión griega llamada de los Setenta.

Cuando en 1228 murió Esteban Langton, los libreros de

París ya habían divulgado su creación en una nueva ver­ sión latina que acababan de editar, llamada "Biblia pari­ siense", la primera Biblia con capítulos de la historia.

Fue tan grande la aceptación que tuvo la minuciosa obra del futuro arzobispo, que la admitieron inclusive los mis­ mos judíos para su Biblia hebrea. En efecto, en 1525 Jacob ben Jayim publicó una Biblia rabínica en Venecia, que con­ tenía los capítulos de Langton. Desde entonces el texto he­ breo ha heredado esta misma clasificación.

Hasta el día de hoy se conserva en la Biblioteca Nacio­ nal de París, con el número 14.417, la Biblia latina que em­ pleara el arzobispo de Canterbury para su singular trabajo y que, sin saberlo él, estaba destinado a extenderse por el mundo.

Más cortas,son mejores

Pero a medida que el estudio de la Biblia ganaba en pre­ cisión y minuciosidad, estas grandes secciones de cada li­ bro, llamadas capítulos, se mostraron ineficaces. Era nece­ sario todavía subdividirlos en partes más pequeñas con nu­ meraciones propias, a fin de ubicar con mayor rapidez y exactitud las frases y palabras deseadas.

Uno de los primeros intentos fue el del dominico italia­ no Santos Pagnino, el cual en 1528 publicó en Lyon una Bi­ blia toda entera subdividida en frases más cortas, que tenían un sentido más o menos completo: los actuales versículos.

Sin embargo no le correspondería a él la gloria de ser el autor de nuestro actual sistema de clasificación de versícu­ los, sino a Roberto Stefano, un editor protestante. Éste aceptó, para los libros del Antiguo Testamento, la división hecha por Santos Pagnino, y resolvió adoptarla con peque­ ños retoques. Pero curiosamente el dominico no había puesto versículos a los 7 libros deuterocanónicos (es decir,

a los libros de Tobías, Judit, 1 y 2 Macabeos, Sabiduría,

Eclesiástico y Baruc), por lo cual Stefano tuvo que com­ pletar esta labor.

El trabajo definitivo

En cambio la división del Nuevo Testamento no fue de su agrado, y decidió sustituirla por otra, hecha por él mis­ mo. Su hijo nos cuenta que se entregó a esta tarea durante un viaje a caballo de París a Lyon.

Stefano publicó primero el Nuevo Testamento en 1551,

y luego la Biblia completa en 1555. Y fue él el organizador

y divulgador del uso de versículos en toda la Biblia, siste­ ma éste que con el tiempo se impondría en el mundo ente­ ro.

Esta división, al igual que la anterior en capítulos, también fue hecha sobre un texto latino de la Biblia. Sólo en 1572 se publicó la primera Biblia hebrea con los versículos.

Finalmente el papa Clemente VIII hizo publicar una nueva versión de la Biblia en latín para uso oficial de la

r

Iglesia, pues el texto anterior de tanto ser copiado a mano había sido deformado. La obra vio la luz el 9 de noviem­ bre de 1592, y fue la primera edición de la Iglesia Católica que apareció con la ya definitiva división de capítulos y versículos.

* No salió del todo bien

De esta manera quedó constituida la fachada actual que exhiben todas nuestras Biblias. Pero lejos de ser afortuna­ das, estas divisiones muestran muchas deficiencias, que re­ velan la manera arbitraria en que han sido colocadas, y que los estudiosos actuales pueden detectar pero que quienes las hicieron entonces no estaban en condiciones de saber­ lo.

Por ejemplo, Esteban Langton en el libro de la Sabidu­ ría interrumpe un discurso sobre los pecadores para colo­ car el capítulo 2, cuando lo más natural hubiera sido colo­ carlo un versículo más arriba, donde naturalmente comien­ za. Otro ejemplo más grave es el capítulo 6 del libro de Da­ niel, que comienza en el medio de una frase inconclusa, cuando debería haberlo puesto pocas palabras más adelan­ te.

También los versículos exhiben esta inexactitud. Uno de los casos más curiosos es el de Génesis 2, en el que el ver­ sículo 4 abarca dos frases. Pero la primera pertenece a un

relato del siglo VI y la segunda a otro

¡cuatrocientos años

posterior! Y ambos forman parte de un mismo versículo. También en Isaías 22 tenemos que la primera parte del ver­ sículo 8 pertenece a un oráculo del profeta, mientras que la segunda, de otro estilo y tenor, fue escrita doscientos años más tarde.

Se ve, indudablemente, que su creador iba a caballo cuando los compuso.

Es mucho lo que se sabe

La disposición en capítulos y versículos de la Biblia ha sido el comienzo de un cada vez más profundo estudio de este libro.

Hoy, de la Biblia conocemos hasta sus más pequeños detalles. Sabemos que sus capítulos son 1.328. Que posee 40.030 versículos. Que las palabras en el texto original su­ man 773.692. Que tiene 3.566.480 letras. Que la palabra Yahvé, el nombre sagrado de Dios, aparece 6.855 veces. Que el salmo 117 se encuentra justo en la mitad de la Bi­ blia. Que si uno toma la primera letra "t” hebrea en la pri­ mera línea del Génesis, y luego anota las siguientes letras número 49 (49 es el cuadrado de 7) aparece la palabra he­ brea "Torá" (=Ley) perfectamente escrita.

El libro ha sido puesto en la computadora, minuciosa­ mente analizado, cuidadosamente enumerado en todos los sentidos, al derecho y al reves, y descubierto las combina­ ciones y las cábalas más curiosas imaginables. Se ha en­

contrado la frecuencia constante de determinadas palabras a lo largo de los distintos libros, hecho misterioso ya que quienes los escribían no sabían que iban a terminar for­ mando parte de un volumen más grueso.

Ha sido sometida a cuantos estudios puedan hacerse. Ahora sólo falta que nos decidamos a vivir lo que enseña, y a creer lo que nos promete con el mismo ahínco.

Para reflexionar

1) ¿Cómo fue dividida primeramente la Biblia en el pueblo judío para facilitar su lectura?

2) ¿Por qué razón dividieron los cristianos a la Biblia en capítulos y en versículos?

3) ¿Quién le puso los capítulos y quién los versículos?

4) ¿Fue una tarea bien hecha y precisa? ¿Por qué?

5) ¿Cuánto tiempo por día o por semana le dedico a la lectura de la Palabra de Dios?

6) Jesús en la sinagoga de Nazaret sintió que se cumplía en él lo que leía en la Biblia del profeta Isaías. ¿Có­ mo se cumple en mi vida la palabra que leo en la Bi­ blia?

¿EL MUNDO FUE CREADO DOS VECES?

En el principio, un problema

Quien lee la Biblia sin estar prevenido, se encuentra con un gran problema ya en la primera página: al comenzar el libro del Génesis no sólo halla dos veces la narración de la creación del mundo, sino que además de manera tan con­ tradictoria, que no puede menos que quedar perplejo.

En efecto, Gn 1 cuenta el relato tantas veces oído cuan­ do niños en el catecismo, según el cual al principio de los tiempos todo era caótico y vacío, hasta que Dios resolvió poner orden en esa confusión. Antes de ponerse a trabajar, al igual que cualquier operario, lo primero que hizo fue en­ cender la luz (1,3). Por eso en el primer día de la creación nacieron las mañanas y las noches.

Luego decidió ubicar un techo en la parte superior de la tierra para que las aguas del cielo no la inundaran. Y creó el firmamento. Cuando vio que el suelo era una sola mez­ cla barrosa, secó una porción y dejó la otra mojada, con lo cual aparecieron los mares y la tierra firme.

Sucesivamente con su palabra poderosa fue adornando los distintos estratos de esta obra arquitectónica con estre­ llas, sol, luna, plantas, aves, peces y reptiles. Y por último,

como coronación de todo, formó al hombre, lo mejor de su creación, al que moldeó a su imagen y semejanza. Enton­ ces decidió descansar. Había creado a alguien que podía continuar su tarea.

Esta le había llevado seis días. Y todo lo había hecho bien.

Otra vez lo mismo

Pero cuando pasamos al capítulo 2 del Génesis viene el asombro. Parece como si nada de lo anterior hubiera ocu­ rrido. Estamos otra vez en un vacío total, donde no hay plantas, ni agua, ni hombres (2,5).

Dios, nuevamente en escena, se pone a trabajar. Pero es un Dios muy distinto al del relato anterior. En lugar de ser solemne y majestuoso ahora adquiere rasgos mucho más humanos. Vuelve a crear al hombre, pero esta vez no des­ de la distancia y con el simple mandato de su palabra, casi sin contaminarse, sino que lo modela con polvo del suelo, sopla sobre su nariz, y de este modo le da la vida (2,7).

Se detalla luego, por segunda vez, la formación de plan­ tas, árboles y animales. Y para crear a la mujer emplea aho­ ra un método diferente. Hace dormir al hombre, le extrae una costilla, rellena con carne el hueco restante, y moldea así a Eva. Entonces se la presenta y se la da por compañe­ ra ideal para siempre.

Llegado a este punto uno se pregunta: ¿por qué si en

r

Génesis 1 tenemos ya el mundo terminado, en Génesis 2 hay que crearlo de nuevo? ¿Es que acaso hubo dos creacio­ nes en el origen de los tiempos?

Y se contradicen

Pero el problema no es sólo éste. Si comenzamos a ha­ cer una minuciosa comparación entre ambos capítulos en­ contramos una larga lista de contradicciones que dejan al lector pasmado.

De entrada llama la atención la diferente manera de re­ ferirse a Dios en ambos textos. Mientras Gn 1 lo designa con el nombre hebreo de Elohim (Dios), en Gn 2 se lo lla­ ma Yahvé Dios.

El Dios de Gn 2 es descripto con apariencias más huma­ na, de un modo más primitivo. Él no crea sino que "hace” las cosas. Sus obras no vienen de la nada sino que las fa­ brica sobre una tierra vacía y árida. El Dios de Gn 1, en cambio, es trascendente y lejano. No entra en contacto con la creación, sino que desde lejos la hace surgir, como si to­ do lo creara de la nada.

De esta manera, mientras Dios en Gn 1 aparece en toda su grandiosidad, majestuoso, donde al sonido de su voz van brotando una a una las creaturas del universo, en Gn 2 Dios es mucho más sencillo. Como si fuera un alfarero, moldea y forma al hombre (v.7). Como un agricultor, siem­ bra y planta los árboles del paraíso (v.8). Como un ciruja­

no, opera al hombre para extraer a la mujer (v.21). Como un sastre, confecciona los primeros vestidos a la pareja porque estaban desnudos (3,21).

Más divergencias

Mientras en Gn 1 Dios crea el mundo en seis días y lue­ go en el 7.° descansa, en Gn 2 sólo le lleva un día todo el trabajo de la creación.

En Gn 2 Yahvé crea únicamente al varón, y al caer en la cuenta de que está solo y de que necesita una compañera adecuada, después de probar darle los animales por com­ pañeros, le ofrecerá la mujer. En cambio en Gn 1 Dios des­ de un principio hizo existir al hombre y a la mujer simul­ táneamente, en pareja,

Mientras en Gn 1 los seres van surgiendo en orden pro­ gresivo de menor a mayor, es decir, primero las plantas, luego los animales, y finalmente los seres humanos, en Gn 2 lo primero en crearse es el hombre (v.7), más tarde las plantas (v.9), los animales (v.19), y finalmente la mujer

(v.22).

La visión del cosmos de Gn 1 es "acuática". Sostiene que al principio no había más que una masa informe de aguas primordiales, y la tierra al ser creada será un islote en medio de esas aguas. En cambio la cosmología de Gn 2 es "terrestre". Antes de que se creara el mundo todo era un inmenso desierto de tierra seca y estéril (v.5), pues no ha­

r

¡

s

bía nada de lluvia. Al ser creada, la tierra será un oasis en medio del desierto.

El segundo es primero

Haciendo esta lectura comparativa, nos damos con la sorpresa de que la Biblia incluye una doble y a la vez con­ tradictoria descripción de la creación.

Los estudiosos llegaron a la conclusión de que no pu­ dieron haber sido escritas por la misma persona, y piensan más bien que pertenecen a autores diversos y de distintas épocas. Como sus nombres no llegaron hasta nosotros, ni podremos saberlos nunca, llamaron al primero "sacerdo­ tal", porque lo atribuyeron a un grupo de sacerdotes judíos del siglo VI a.C. Y al segundo autor, ubicado en el siglo X a.C., "yahvista", porque prefiere llamar a Dios con el nom­ bre propio de Yahvé.

¿Cómo se escribieron dos relatos opuestos? ¿Por qué terminaron incluidos ambos en la Biblia?

El primero que se compuso fue Gn 2, aunque en la Bi­ blia aparezca en segundo lugar. Por eso tiene un sabor tan primitivo, espontáneo, vivido. Durante muchos siglos fue el único relato con el que contaba el pueblo de Israel sobre el origen del mundo.

Fue escrito en el siglo X a.C., durante la época del rey Salomón, y su autor era un excelente catequista que sabía

poner al alcance del pueblo en forma gráfica las más altas ideas religiosas.

Con un estilo pintoresco e infantil, pero de una profun­ da observación de la psicología humana, cuenta la forma­ ción del mundo, del hombre y de la mujer como una pará­ bola oriental llena de ingenuidad y frescura.

Los aportes vecinos

Para ello se valió de antiguos relatos sacados de los pue­ blos vecinos. En efecto, las antiguas civilizaciones asiría, babilónica y egipcia habían compuesto sus propias narra­ ciones sobre el principio del cosmos, que hoy podemos co­ nocer gracias a las excavaciones arqueológicas realizadas en Medio Oriente. Y resulta sorprendente la similitud entre estos relatos y el de la Biblia.

Todos dependen de la concepción cosmológica de un universo formado por tres planos superpuestos: los cielos con las aguas superiores; la tierra con el hombre y los ani­ males; y el mar con los peces y las profundidades de la tie­ rra.

El yahvista recogió estas tradiciones populares y con­ cepciones científicas de su tiempo, y las utilizó para inser­ tar un mensaje religioso, que era lo único que le interesa­ ba.

La gran decepción

Cuatro siglos después de haberse compuesto este relato, una catástrofe vino a alterar la vida y la fe del pueblo ju­ dío. Corría el año 587 a.C. y el ejército babilónico al man­ do de Nabucodonosor, que estaba en guerra con Israel, to­ mó Jerusalén y se llevó cautivo al pueblo.

Y allá en Babilonia fue la gran sorpresa. Los primeros

cautivos comenzaron a arribar a aquella capital y se encon­ traron con una ciudad espléndida, con enormes edificios, magníficos palacios, torres de varios pisos, acueductos grandiosos, jardines colgantes, fortificaciones, y lujosos templos.

Ellos, que se sentían orgullosos de ser la nación bende­ cida y engrandecida por Yahvé en Judea, no habían resul­ tado ser sino un modesto pueblo de escasos recursos fren­ te a Babilonia.

El templo de Jerusalén, edificado a todo lujo por el gran rey Salomón, y gloria de Yahvé que lo había elegido por morada, no constituía sino un pálido reflejo del impresio­ nante complejo cultual del dios Marduk, de la diosa Sin y de su consorte Ningal.

Jerusalén, orgullo nacional, por quien suspiraba todo is­ raelita, era una ciudad apenas considerable en comparación con Babilonia y sus murallas, mientras su rey, ungido de Yahvé, nada podía hacer frente al poderoso monarca Nabu­ codonosor, brazo derecho del dios Marduk.

Para salvar la fe

La situación no podía ser más decepcionante. Los babi­ lonios habían logrado un desarrollo mucho mayor que los israelitas. ¿Para qué habían rezado tanto a Yahvé durante siglos y se habían abandonado confiados en él, si el dios de Babilonia era capaz de dar más poderío, esplendor y rique­ za a sus devotos?

Aquella catástrofe, pues, representó para los hebreos una gran desilusión. Pareció el fin de todá esperanza en un Mesías, y lo vano de las promesas de Dios en sostener a Is­ rael y transformarlo en el pueblo más poderoso de la tierra.

¿Tal vez el Dios de los hebreos era más débil que el dios de los babilonios? ¿No sería ya hora de adoptar la creencia en un dios que fuera superior a Yahvé, que protegiera con más eficacia a sus súbditos y le otorgara mejores favores que los magros beneficios obtenidos suplicándole al Dios de Israel?

Se desmoronaron, entonces, las ilusiones en el Dios que parecía no haber podido cumplir sus promesas, y el pueblo en crisis comenzó a pasarse en masa a la nueva religión de los conquistadores, con la esperanza de que un dios de tal envergadura mejorara su suerte y su futuro.

Creer en tierra extranjera

Ante esta situación que vivía el decaído pueblo judío

durante el cautiverio babilónico, un grupo de sacerdotes, también cautivo, comienza a tomar conciencia de este aba­ timiento de la gente y reacciona. Es necesario volver a ca­ tequizar al pueblo.

La religión babilónica que estaba deslumbrando a los hebreos era dualista, es decir, admitía dos dioses en el ori­ gen del mundo: uno bueno, encargado de engendrar todo lo bello y positivo que el hombre observaba en la creación; y otro malo, creador del mal y responsable de las imperfec­ ciones y desgracias de este mundo y del hombre.

Además, allí en laMesopotamia pululaban las divinida­ des menores a las que se le rendían culto: el sol, la luna, las estrellas, el mar, la tierra.

Israel en el exilio empezó también a perder progresiva­ mente sus prácticas religiosas, especialmente la observan­ cia del reposo del sábado, su característico recuerdo de la liberación de Yahvé de Egipto.

Nace un capítulo

Aquellos sacerdotes comprendieron que el viejo relato de la creación que tanto conocía la gente (= Gn 2) ya no servía. Había perdido fuerza. Era necesario escribir uno nuevo donde se pudiera presentar una vigorosa idea del Dios de Israel, poderoso, que destellara supremacía, excel­ so entre sus creaturas. Comienza así a gestarse Gn 1.

Por eso, lo primero que llama la atención en este nuevo relato es la minuciosa descripción de la creación de cada ser del universo (plantas, animales, aguas, tierra, astros del cielo) a fin de dejar en claro que ninguna de éstas eran dio­ ses, sino simples creaturas, todas subordinadas al servicio del hombre (v. 17-18).

Contra la idea de un dios bueno y otro malo en el cos­ mos, los sacerdotes repiten constantemente, de un modo casi obsesivo a medida que va apareciendo cada obra crea­ da: "y vio Dios que era bueno", o sea, no existe ningún dios malo creador en el universo. Y cuando crea al ser humano dice que era "muy bueno" (v.31), para no dejar así ningún espacio dentro del hombre que fuera jurisdicción de una divinidad del mal.

Finalmente, el Dios que trabaja seis días y descansa el séptimo sólo quería ser ejemplo para volver a proponer a los hebreos la observancia del sábado.

Un Dios actualizado

De esta manera la nueva descripción de la creación por parte de los sacerdotes era un renovado acto de fe en Yah­ vé, el Dios de Israel. Por eso la necesidad de mostrarlo so­ lemne y trascendente, tan distante de las creaturas, a las que no necesitaba ya moldear de barro pues le bastaba su palabra omnipotente para crearlas a la distancia.

Cien años más tarde, alrededor del 400 a.C., un último

redactor decidió componer en un libro toda la historia de Israel desde el principio, recopilando viejas tradiciones. Y se encontró con los dos relatos de la creación. Resolvió entonces conservarlos a los dos. Pero mostró su preferen­ cia por Gn 1, el de los sacerdotes, más despojado de an­ tropomorfismos, más respetuoso, y lo puso como pórtico de toda la Biblia. Pero no quiso suprimir el antiguo relato del yahvista, y lo colocó a continuación, no obstante las aparentes incoherencias, manifestando así que para él, Gn 1 y Gn 2 relataban en forma distinta la misma verdad re­ velada, tan rica, que no bastaba un relato para expresarla.

Dos son poco

En una reciente encuesta en los Estados Unidos, se constató que el 44 % de los habitantes sigue creyendo que la creación del mundo ocurrió tal cual como lo dice la Bi­ blia. Y muchos, ateniéndose a los detalles de estas narra­ ciones, se escandalizan ante las nuevas teorías sobre el ori­ gen del universo, la aparición del hombre y la evolución.

Pero el redactor final del Génesis enseña algo importan­ te. Reuniendo en un solo relato ambos textos, aun cono­ ciendo su carácter antagónico, mostró que para él este as­ pecto "científico" no era más que un accesorio, una forma de expresarse.

El redactor bíblico ¿se turbaría si viese que hoy sustitui­ mos esos esquemas por el modelo mucho más probable del

Big Bang y el de la formación evolutiva del hombre? Por supuesto que no.

La misma Biblia, por esta yuxtaposición pacífica de di­ ferentes modelos cosmogónicos, ha señalado su relativi­ dad. Los detalles "científicos” no pertenecen al mensaje bí­ blico. No son más que un medio sin el cual ese mensaje no podría anunciarse.

El mundo no fue creado dos veces. Sólo una. Pero aún cuando lo relatáramos en cien capítulos distintos no termi­ naríamos de arrancar el misterio entrañable de esta obra amorosa de Dios.

Para reflexionar

1) ¿Qué contradicciones encuentro entre el capítulo 1 y el capítulo 2 del libro del Génesis?

2) ¿A qué se deben tales divergencias?

3) ¿Qué imagen de Dios se desprende de uno y de otro?

3) ¿En qué circunstancias fue escrito el capítulo 1?

4) ¿Qué imagen de Dios podemos hacernos hoy, gracias a las ciencias y a la técnica modernas?

5)¿Son compatibles las teorías científicas del origen del mundo con los relatos del libro del Génesis?

¿VIVIERON MUCHOS AÑOS LOS PATRIARCAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO?

El día del primer día

En el año 1654, un obispo anglicano llamado James Us- her, erudito y gran estudioso de la Biblia, pensó que era po­ sible averiguar exactamente la fecha de la creación del mundo. Se puso, pues, a analizar los datos cronológicos dispersos que se encuentran en los libros bíblicos, y luego de arduas investigaciones llegó a la conclusión de que el mundo había sido creado en el año 4004 a. C.

Cuatro años más tarde, un teólogo inglés, John Light- food, afinó aún más la fecha y concretó el día y la hora: a las 9 de la mañana del 26 de octubre del 4004 a. C. fue cuando Dios dijo: "Hágase la luz".

Estos estudiosos pudieron establecer tal fecha, ya que en el libro del Génesis tenemos cuidadosamente anotadas las edades de todos los antecesores de la humanidad, des­ de Adán hasta Abraham. Estas suman unos 2.000 años. De ahí en adelante ya es más fácil, puesto que todos sabemos que entre Abraham y Jesucristo median otros 2.000 años, así que en total hacen los 4.000 años encontrados por el obispo.

Como entre Jesucristo y nosotros han pasado otros 2.000 años, la antigüedad del universo hasta hoy sería de unos 6.000 años.

Pero ¿son exactos estos datos de la Biblia? ¿Podemos aceptar como históricas las fechas de nacimiento y de muerte de los patriarcas bíblicos que van desde Adán, el único hombre que según Usher nació adulto, hasta Abra- ham, y sostener que la creación ocurrió en el 4004?

Los patriarcas de la discordia

Efectivamente, en el capítulo 5 del Génesis encontra­ mos una lista de diez patriarcas, llamados "prediluvianos" porque son anteriores al relato del diluvio universal. Ellos cubren el espacio que va desde Adán hasta Noé. Y en el ca­ pítulo 11 hallamos otro elenco de diez patriarcas, llamados esta vez "postdiluvíanos" por haber existido después del diluvio, que cubren el tiempo que va desde Noé hasta Abráham. Con todos ellos se llena el período entre Adán, el padre de la humanidad, y Abraham, el padre de Israel.

En un primer momento estas fechas y datos cronológi­ cos de cada uno de los patriarcas parecen ser históricas. Pe­ ro analizándolos un poco mejor chocamos con tres graves escollos: que los patriarcas sean tan pocos, que hayan vivi­ do tantos años, y que sus edades hayan disminuido progre­ sivamente.

Con respecto al primer problema, los estudios sobre la

f

prehistoria han confirmado que la antigüedad del hombre en la tierra es mucho mayor que los 6.000 años que propo­ ne la Biblia. El homo sapiens, antepasado del cual el hom­ bre moderno procede, se remonta a los 500.000 años. Eso sin contar que el homo habilis, la primera especie conside­ rada humana por los científicos, ya existía hace 2 millones y medio de años, con lo cual tendríamos aquí la verdadera edad del hombre sobre la tierra.

¿Cómo poner, pues, entre Adán y Jesucristo sólo 4000 años de diferencia?

Otros dos enigmas

En segundo lugar llama la atención la extraordinaria longevidad de los patriarcas. Con todos los adelantos ac­ tuales de la medicina, el promedio de vida del hombre mo­ derno aún no ha logrado superar los 70 u 80 años. ¿Cómo lo logró el hombre primitivo para quien, según los estudios de las condiciones sociales e higiénicas de la época, las perspectivas de supervivencia eran mucho menores que las nuestras?

Finalmente la Biblia sostiene que de Adán en adelante el tiempo de vida de la humanidad fue disminuyendo pro­ gresivamente. Por eso los patriarcas prediluvianos, es de­ cir, los que van de Adán a Noé, alcanzaron a vivir entre 1.000 y 700 años. Los patriarcas postdiluvianos, en cam­ bio, murieron más jóvenes, entre los 600 y los 200 años.

Según el Génesis Dios mismo, cansado de los pecados de los primeros hombres, dio un decreto bajando todavía la edad: "De ahora en adelante vivirán sólo 120 años” (6,3). Para peor, en la actualidad constatamos que ha disminuido aún más, ya que difícilmente la gente llega a los años fija­ dos por Dios.

Pero la ciencia nos demuestra lo contrario. La paleonto­ logía, por ejemplo, señala que mientras el hombre prehis­ tórico tenía un promedio de vida de sólo 29 años, en tiem­ pos de Jesucristo era ya de 50 años. A comienzos del siglo X3X creció hasta los 55. A principios del siglo XX llegó a los 60 años. Y actualmente, los habitantes de algunos paí­ ses industrializados tienen una esperanza de vida de 75 años.

¿Para qué sirve una genealogía?

Los relatos de la longevidad de los patriarcas están en contradicción, pues, con lo que nos explican las ciencias. ¿Por qué la Biblia parece enseñarlo todo al revés? ¿O estas cifras tienen algún otro mensaje que se nos escapa al inter­ pretarlas literalmente?

Para resolver la primera dificultad, es decir, la poca dis­ tancia que la Biblia pone entre el primer hombre y Abra- ham, hay que tener en cuenta el diferente significado que tienen nuestras genealogías y las bíblicas.

Para nosotros un árbol genealógico es un documento de

carácter biológico-histórico. Con él se justifica la descen­ dencia real de una persona, y se explican sus característi­ cas genéticas. Por lo tanto, no es válida la cadena de nom­ bres si faltan eslabones.

Para la Biblia, en cambio, una lista genealógica es un documento de carácter jurídico que sirve para legitimar de­ terminados derechos. De ahí que en la lista de la humani­ dad, las palabras "padre", "engendró", "hijo", designan no tanto la idea de procreación inmediata cuanto la transmi­ sión de un derecho. Por eso no hace falta que sean comple­ tas.

Ahora bien, el autor bíblico necesitaba llenar el inmen­ so espacio que había entre Adán, el primer hombre, y Abra- ham, el primer personaje del Génesis de quien tenía noti­ cias históricas. Los pueblos vecinos de Israel rellenaban este espacio con noticias de personajes mitológicos y ante­ pasados divinos: dioses, semidioses y héroes. Y aquí viene la gran innovación de la Biblia: a fin de cerrar el paso a la imaginación y evitar la tentación de caer en la idolatría de divinidades antecesoras, el hagiógrafo elige como antepa­ sados de Israel a personajes de carne y hueso.

El valor de una promesa

En la tradición flotaban algunos nombres y tablas ge­ nealógicas, y aunque el autor sagrado era consciente de que entre los orígenes de la humanidad y Abraham había

transcurrido un tiempo inmenso, elige para rellenarlo sólo 10 nombres, un número redondo muy empleado en la anti­ güedad por razones mnemotécnicas: era más fácil recor­ darlos con los 10 dedos de las manos. De ahí la "casuali­ dad" de que tanto entre Adán y Noé (patriarcas prediluvia- nos), como entre Noé y Abraham (patriarcas postdiluvia- nos) haya habido exactamente 10 antepasados.

Los datos recogidos en el relato bíblico no pretenden, pues, tener un sentido estrictamente histórico ni cronológi­ co. Los 20 nombres son residuos de viejas tradiciones. Pe­ ro quieren enseñar una verdad religiosa muy importante:

que la promesa de un redentor, hecha en Génesis 3,15 sólo a Adán, llega hasta Abraham por una cadena ininterrumpi­ da de herederos. Hay, pues, unidad y continuidad en la his­ toria de la salvación.

Sólo por el inmenso valor religioso, estas vetustas ge­ nealogías fueron inspiradas por Dios y terminaron forman­ do parte de la Biblia.

El invernadero que no fue

La longevidad de los patriarcas es el segundo problema que se nos plantea. Hasta hace poco era tenida por real, y se creía que era un vestigio de la vitalidad del hombre en sus orígenes.

Incluso hoy algunos siguen apegados a esta interpreta­ ción literal. Recientemente un pastor protestante la expli­

r

caba así: la atmósfera en ese entonces era una suerte de in­ vernadero, preparado por Dios en el segundo día de la creación al separar las aguas de arriba de las de abajo. Ese invernadero permitía vivir en inmejorables condiciones, hasta que fue desarmado con el diluvio universal.

Interpretacines de este tipo, además de no tener ningún apoyo científico, son inaceptables. En efecto, un examen más atento nos indica más bien que el texto bíblico espe­ culó con el valor simbólico de los números, como se hacía habitualmente en el antiguo Oriente.

Jugando a las edades

Por ejemplo, ¿por qué Adán murió a los 930 años (5,5)? Porque esta cifra es igual a 1.000 (el número de Dios, se­ gún el Salmo 90,4) menos 70 (el número de la perfección). Es decir que por su pecado, a Adán se le restó el número de la perfección y no pudo alcanzar la cifra de Dios.

Quenán, el cuarto patriarca prediluviano (5,12), engen­ dró a su hijo a los 70 años (número de la perfección). Y luego vivió otros 840 años, cantidad que equivale a 3 (nú­ mero de la trinidad) por 7 (número perfecto) por 40 (muy usado en la Biblia y que representa a una generación).

Henoc, el séptimo de la lista, vivió 365 años, cifra cor­ ta pero perfecta, pues corresponde a los días del año, que eternamente se repite. Por eso es el único del que no se menciona su muerte, y sólo se hace esta sorprendente afir-

marión: "Anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó” (5,24). Por eso también ocupa el séptimo puesto, el lugar perfecto.

Lámek, el noveno, fue padre a los 182 años, o sea 7 por

26 semanas (que son exactamente la mitad de un año so­

lar). Vivió en total 777 años.

También la edad de Noé es simbólica. El diluvio sobre­

vino cuando él tenía 600 años, o sea 10 x 60. Ahora bien,

60 representa la divisibilidad máxima (por 2, 3, 4, 5, 6), y

por lo tanto la síntesis del sistema sexagesimal y decimal.

No sólo los diluvianos

Uno de los más interesantes juegos de números simbó­ licos es el de las edades de los patriarcas posteriores, es de­ cir, de Abraham, de su hijo Isaac, y su nieto Jacob. De ellos la Biblia sostiene que murieron a la edad de 175,180 y 147 años respectivamente.

Si descomponemos éstas edades, tenemos:

Abraham: 175 años = 7 x (5 x 5)

Isaac:

180 años = 5 x (6 x 6)

Jacob:

147 años = 3 x (7 x 7)

Es decir, el multiplicador empieza, en Abraham, con el número perfecto 7, que es un número primo. Pasa a Isaac con el número primo descendente 5, y llega a Jacob con el

número primo 3. Mientras estos números 7, 5, 3, descien­ den, los números multiplicados se repiten dos veces y au­ mentan progresivamente: 5, 6, 7.

Mensaje que si sabemos

Pero aquí no termina el acertijo.Si en vez de multiplicar, sumamos estos mismos números, entonces tenemos:

Abraham: 7 + 5 + 5

= 17

Isaac:

5 + 6 + 6 = 17

Jacob:

3 + 7 + 7 = 17

Es decir, todas las sumas dan 17, que además de ser nú­ mero primo es la edad que José, hijo de Jacob y fallante en la lista, había vivido con su padre cuando sus hermanos lo vendieron a Egipto (Gn 37,2), y que más tarde vivió junto a él en el país del Nilo (Gn 47,28).

Estos complicados juegos teman probablemente otro sentido que nosotros ignoramos. Igualmente el significado de las edades de la mayoría de los patriarcas pre y postdi- luvianos se nos escapa, y hoy no sabemos la intención con que los compusieron. De todos modos tales cifras preten­ dían expresar un acto de fe: que en la vida de los patriarcas nada hubo de casual, que sus vidas fueron agradables a Dios hasta en los años que vivieron.

Receta para una larga vida

Finalmente nos queda por analizar el tercer problema, es decir, la disminución progresiva de las edades. También ésta es una verdad teológica. Para los escritores bíblicos, la edad de una persona y su larga vida dependen de su fideli­ dad a Dios. Esto lo enseña varias veces el texto sagrado.

El libro del Exodo, por ejemplo, al enumerar los 10 mandamientos aconseja: "Honra a tu padre y a tu madre para que tengas una larga vida" (20,12). Y El libro de los Proverbios sostiene que "el respeto por Dios prolonga la vida, pero los años de los malos son acortados" (10, 27).

Por lo tanto, que los patriarcas vivan cada vez menos no es un hecho biológico sino una idea teológica: al ir la hu­ manidad alejándose progresivamente de Dios, la gente vi­ vía menos años. Porque cuando Dios vio que la corrupción era generalizada dijo aquello de: "Ya no viviré más al lado de ellos. Sus días no pasarán de los 120 años" (Gn 6,3).Se- gún esta perspectiva, entonces, de que la edad estaba en función de los pecados, Noé que vivió 950 años era un hombre santo.

La receta mejor

¿Por qué expresaban así este concepto? Porque en el Antiguo Testamento no había aún la noción de otra vida después de ésta. Y al no tener Dios la posibilidad, según

f

aquella mentalidad, de premiar en el más allá al que había sido bueno, se lo premiaba en la tierra.

Así, cuando se quería significar que una persona había sido buena, se le atribuían muchos años. Al pecador en cambio se lo suponía muerto prematuramente. Los muchos años eran la bendición de Dios para el justo. Como el jus­ to Job, de quien la Biblia dice que murió anciano y colma­ do de días (42,17), dato muy poco importante, si no fuera que encierra un mensaje religioso. Y como Abraham, Isaac, Jacob, y todos los patriarcas que llenan el espacio entre Adán y Abraham. Vivieron muchos años porque eran todos justos, y Dios así los recompensó. La promesa, pues, de bendiciones de Dios que cada uno transmitía a sus des­ cendientes desde Adán, llegó sana y salva hasta nosotros a través de buenas manos.

Será Cristo el que traerá la gran novedad, ya insinuada poco antes de su venida, de que el hombre continúa vivien­ do después de esta vida, es decir, que tiene vida eterna. Y entonces ya no hará falta agrandar las edades de los perso­ najes para decir que Dios los recompensa. Simplemente se dirá que al morir fueron a gozar del premio eterno. De Cristo en adelante lo que importa no es cuántos años se vi­ ve, sino cómo se viven esos años. Ya no existen vidas cor­ tas ni vidas largas, sino vidas con sentido o sin sentido.

Los 4,000 domingos de una vida

Es verdad que actualmente la medicina ha logrado pro­ longar el promedio de vida del hombre en la tierra hasta los 70 años, en total unos 4.000 domingos. Pero eso no es im­ portante.

Si uno ha amado, si ha servido con desinterés, si su ma­ no estuvo tendida para ayudar al necesitado, si fue sensible al dolor ajeno, si hizo lo que pudo para secar las lágrimas de los demás, su vida fue un éxito, aun cuando haya vivi­ do poco.

En el contexto de los patriarcas, que duraron mucho en la tierra según la mentalidad del Antiguo Testamento, una vida como la de Cristo que murió a los 37 años habría si­ do un fracaso y una señal de maldición divina. Pero hoy sa­ bemos que lo importante no es vivir muchos años, sino vi­ vir mucho o poco, pero en plenitud. Vivir por vivir, perdu­ rar, no implica ningún mérito si no se le ha dado un senti­ do a la vida.

Porque como canta muy bien Eladia Blazquez: "Eso de durar y transcurrir i no nos da derecho a presumir, / porque no es lo mismo que vivir, / honrar la vida”.

Para reflexionar

l)¿Qué piensa la gente hoy en día cuando una persona muere joven?

2)¿Cuándo se puede decir que la vida de alguien que murió, tuvo sentido?

3)Antes se pensaba que sólo la cantidad de años vividos eran un signo de bendición de Dios. Hoy ¿cuáles son los signos que nos indican que la vida de una perso­ na fue bendecida por Dios durante su vida?

4)¿En qué cosas siento que Dios me bendice en mi vida de cada día?

¿SOMOS TODOS DESCENDIENTES DE NOÉ?

Colón y la Biblia

Cuando Cristóbal Colón llegó a las costas de América nunca imaginó que su naciente empresa, además de los problemas políticos, económicos, culturales y étnicos que suscitaría, iba también a conmocionar al mundo de la Bi­ blia.

Si aquel día Colón hubiera arribado a las Indias, que tanto buscaba, no habría habido mayores dificultades. Pe­ ro poco a poco se fue tomando conciencia de que en reali­ dad había hallado un "mundo nuevo”, según afirmó Amé- rico Vespucio once años después, en 1503. Y eso significa­ ba que los nativos recién aparecidos no eran asiáticos, sino que pertenecían a un grupo de gente desconocida hasta ese momento. Y las cosas así planteadas resultaban un serio problema para los teólogos y eruditos de aquella época.

Todos a partir de uno

En el siglo XVI se pensaba que todos los pueblos del mundo descendían originalmente de Noé, tal como lo cuenta el capítulo 10 del Génesis.

Según éste, una vez desaparecidos todos los habitantes de la tierra a causa del diluvio, solamente sobrevivieron los tres hijos de Noé, es decir Sem, Cam y Jafet, con sus res­ pectivas mujeres. A partir de ellos comenzó a repoblarse nuevamente la tierra. Y a continuación se da la lista de to­ das las naciones del mundo y su progresiva expansión.

Esta tabla etnográfica, documento único de la literatura antigua ya que no encontramos ningún otro tan completo en todas las demás literaturas, servía en la Biblia para mostrar cómo la descendencia de Noé cumplió el mandato divino de crecer, multiplicarse y llenar la tierra (Gn 1,28), con lo que Noé pasó a ser el nuevo progenitor de la humanidad.

La "Tabla de las naciones"

¿De dónde había salido esta lista? En realidad se trata­ ba de un viejo catálogo de pueblos y naciones compuesto en el siglo X a.C., cuando el rey David comenzó a organi­ zar su reino. En efecto, al empezar a relacionarse con sus vecinos por medio de comerciantes y embajadoras, descu­ brieron la enorme diversidad de gentes que habitaban el di­ latado mundo. Decidieron, entonces, clasificarlos para po­ ner un poco de orden en aquella multiplicidad, y crearon la "Tabla de las naciones".

Para componerla el autor había hecho una simple agru­ pación de los grupos humanos conocidos en su época en tres categorías.

Por una parte reunió a aquellas con las que Israel man­ tenía relaciones amistosas, sea por razones históricas, co­ merciales o étnicas, y las colocó como hijos de Sem. Un segundo grupo lo formaban las naciones enemigas, y las hizo descendientes de Caín, el hijo maldito de Noé (Gn 9,22-25). Finalmente, todas las razas que le eran indiferen­ tes o neutrales fueron reunidas como hijas de Jafet.

De este modo se obtuvo una división tripartita del mun­ do. Geográficamente, a los pueblos del norte y oeste de Is­ rael, es decir, del Asia Menor y de las islas del Mediterrá­ neo, se los llamó Jafet. Los que estaban al sur, o sea Egip­ to, sus alrededores y zonas de influencia, fueron denomi­ nados Cam. Y al grupo oriental, de la Mesopotamia y re­ giones vecinas se lo designó Sem.

Como "padres” e "hijos"

En la realización de su tabla, el autor utilizó un género literario especial, llamado "genealogía", y muy común en la antigüedad. Consistía en describir esas relaciones co­ merciales, históricas o étnicas en términos de parentesco. La mayor o menor proximidad entre esos pueblos los hacía "hermanos", "medio hermanos", "sobrinos"; y la mayor o menor distancia en el tiempo los constituía en "padres", "hijos" o "nietos".

Es como si nosotros quisiéramos contar la historia de la Argentina y lo hiciéramos en los siguientes términos: "Los

descendientes de Europa fueron Inglaterra, Francia, Espa­

ña

Los descendientes de Río de la Plata

fueron: Buenos Aires, Potosí, Salta del Tucumán

del Tucumán fue padre de Santiago del Estero, Catamarca, Tucumán "

Los pueblos y naciones eran, pues, presentados como personas, e inclusive a veces se le atribuían pequeñas his­ torias para resumir características o acontecimientos im­ portantes de ese pueblo.

rú, Río de la Plata

Salta

A España también le nacieron hijos: México, Alto Pe­

A este mismo género literario lo podemos encontrar en el capítulo 36 del Génesis, o en los capítulos 1 al 11 del pri­ mer libro de las Crónicas.

Era una empresa limitada

Lo primero que debemos destacar es que la tabla de Gé­ nesis 10 menciona únicamente gente de raza blanca y ne­ gra. Nada se dice de las demás etnias. Esto se debe a que el área geográfica que describe el autor sagrado se limita al cercano Oriente. Todo el resto del orbe le era desconocido.

En efecto, el antiguo Israel, encerrado en su nacionalis­ mo y con la prohibición de Yahvé de tener demasiados contactos con las otras naciones por el peligro de la apos- tasía, no se interesaba demasiado por los que habitaban fuera de sus fronteras.

r

Al ser sus conocimientos geográficos muy limitados, sim­ plemente se propusieron componer un elenco simbólico, sin ninguna pretensión de exactitud. Inclusive el total menciona­ do, 70 pueblos, habla a las claras de que no se trataba de nin­ gún documento científico, ya que en la Biblia el número 70 simboliza la totalidad, la universalidad, la perfección.

La peligrosa lectura literal

No era esto lo que entendían los estudiosos bíblicos de la época de Colón. Partidarios de la inteipretación literal de la Biblia, al reconocer que los aborígenes recién encontra­ dos en América no eran asiáticos, concluyeron que no des­ cendían ni de Sem, ni de Cam, ni de Jafet. Y al no existir un cuarto hijo de Noé que sirviera de fuente para una cuar­ ta raza, aquella gente no podía ser considerada como ver­ daderos seres humanos a menos que la Biblia estuviera equivocada.

Algunos eruditos, como Isaac de la Peyrére en 1655, su­ girieron tímidamente que los nativos formaban parte de una creación separada "pre-adámica", que no había sido destruida por el diluvio, pero no fueron escuchados.

Se desató entonces en Europa un áspero debate entre las voces, por cierto numerosas, que procuraban defender los derechos de los indígenas, y aquellos que trataban de im­ poner el argumento bíblico-teológico para negar que los in­ dios pertenecían a la raza humana.

Los eruditos y la Virgen

En eso estaban, cuando en 1531 un acontecimiento inesperado hizo su aporte a la cuestión. Mientras las men­ tes eruditas y los cerebros más ilustrados de la época se preguntaban mediante sutiles argumentos sí aquellos extra­ ños seres de piel cobriza, semidesnudos, que se comunica­ ban en un lenguaje incomprensible, que vivían en estado natural y casi animalesco, tenían verdadera alma humana y eran meritorios de la redención de Cristo, en los cerros del Tepeyac cerca de la ciudad de México, el indio Juan Die­ go recibía la visión de una señora, la virgen de Guadalupe que quiso dejarle para siempre su rostro impreso en el pon­ cho.

Y he aquí que la imagen que estampó fue la de una in­

dia, con la piel oscura, los ojos rasgados, y las facciones propias de los nativos. Sin ninguna vergüenza, la madre de

Dios reconocía como sus hijos a aquellos a quienes la so­ ciedad europea mostraba reticencia en aceptarlos como hermanos.

Lo tuvo que decir el Papa

Seis años más tarde, el papa Pablo III, en una solemne

bula llamada Sublimis Deus, promulgada el 2 de junio de 1537, dejaba asentada definitivamente la opinión de la Iglesia al declarar que "los indios son verdaderos seres hu-

manos, y capaces de comprender la fe católica". Por lo tan­ to "no pueden ser esclavizados, ni inducidos a abrazar la fe cristiana por otros medios que no sean la exposición de la Palabra divina y el ejemplo de una vida santa".

Este pronunciamiento condujo a los investigadores de entonces a una única conclusión: los nativos del nuevo mundo debían de haber llegado a América poco después del diluvio. Ahora había que rastrearlos hasta algún hijo de Noé a través de los grupos étnicos conocidos. Pero ésa ya era otra historia. Lo cierto es que María de Guadalupe ha­ bía logrado desplegar la "Tabla de las naciones" del Géne­ sis hasta las playas de América.

Lo que puede dar una tabla vieja

Más allá de este episodio, el inventario de Génesis 10 se yergue ante los lectores de la Biblia como una pesada retahi­ la de nombres de descendientes de Sem, Cam y Jafet. Y quie­ nes vienen siguiendo la lectura, al encontrarse con ella la ojean con fastidio, cuando no la pasan directamente de largo.

¿Qué sentido tiene que la Palabra de Dios siga conser­ vando esta vetusta página entre las sublimes enseñanzas del Génesis? ¿Puede aportar algo a la espiritualidad cristia­ na este pesado cuadro genealógico de poblaciones, algunas de los cuales actualmente ni siquiera es posible identificar?

El capítulo tiene su importancia. Se trata de una verda­ dera teología de la comunidad de los pueblos.

Y la primera enseñanza que nos deja es la de la diversi­

dad del fenómeno humano. Tres veces se repite en el texto que la humanidad está constituida por una rica variedad de "naciones, lenguas, territorios y linajes respectivos" (vv.5.20.31) Por lo tanto, es evidente que para el autor la diversidad de culturas y lenguas no es una consecuencia del pecado ni de las desinteligencias humanas, sino una bendición de Dios. Son un aspecto de la multiforme belle­ za de la creación.

Por consiguiente, cualquier pretensión de una lengua o una cultura que se creyera superior y quisiera imponer su dominio sobre las demás, sería contraria al orden natural. Según nuestro autor, el orden natural consiste en una co­ munidad de distintos pueblos y un encuentro de culturas diferentes.

Israel,uno más

Pero quizás la doctrina más importante que contiene es­

te párrafo es la de la igualdad de todos los pueblos* Ningu­ no de ellos es considerado el eje de esta tabla, es decir, el centro de la historia. Al contrario, se denuncia cualquier in­ tento de convertir en absoluto una nación o una raza.

Resulta sorprendente el hecho de que ni siquiera Israel aparece en el centro de la escena, ni ocupa un lugar pree­ minente. Más aún: tampoco viene nombrado en la lista. Sólo figura un antepasado suyo, Héber, de donde saldrían

los hebreos, y a través de un nombre que es totalmente neutro para la fe y la salvación: Arpaksad (v.24).

Mientras otras religiones consideraban a su gente como el vértice del mundo gracias a la conexión con algún dios que bajado del cielo les entregaba el dominio y el poder, y los hacía más importantes que sus vecinos, Israel renunció a cualquier mito que lo ayudara a imponerse a los demás. La supuesta superioridad de la raza hebrea es ajena a la re­ velación. La supremacía de Israel no es de orden natural si­ no efecto de una elección totalmente gratuita. Pero como pueblo, está inserto en medio de los otros como uno más.

La gran familia

El capítulo enseña finalmente la unidad fundamental de todos los hombres dentro de la diversidad. Por estar todos unidos en la sangre de una gran familia, todos son herma­ nos y a todos ama Dios de la misma manera, cualquiera sea su lengua, sus costumbres o el color de su piel.

Si después entre los pueblos del mundo Dios va a ele­ gir a uno, no es para que se guarde tal elección, sino para que preste el servicio de llevar sus promesas a todas las fa­ milias de la tierra (Gn 12,3). La humanidad entera, pues, ha tenido el mismo origen, y camina hacia el mismo des­ tino.

De Génesis 10 se puede obtener una sugestiva filosofía. Ciertos organismos, como las Naciones Unidas, encarga­

das de velar por las justas relaciones entre los países del mundo, tendrían aquí mucho en qué inspirarse.

Por no haber sabido comprender las viejas enseñanzas de este escrito trimilenario sobre la unidad del género hu­ mano en la fraternidad de una familia, nuestro siglo ha pre­ senciado horrendos crímenes, odios raciales y genocidios que para nada condicen con la fraternidad que habría ense­ ñado Noé a sus hijos.

Mil años después, Jesús

En el Nuevo Testamento tenemos una exquisita alusión a la "Tabla de las naciones". El Evangelio de san Lucas re­ lata que Jesús, al promediar su vida pública, decidió man­ dar a sus primeros misioneros a evangelizar las distintas poblaciones, yendo de casa en casa y repitiendo lo que le habían oído a Él contar. De esta manera, serviría de prepa­ ración para que después pasara Jesús por esos lugares. El número de estos primeros enviados, según muchos manus­ critos, era de 70 (Le 10,1).

No por casualidad elige el Evangelio este número. Si tal era, según se creía en la antigüedad, la cantidad de pueblos del mundo, Lucas, que era un hombre de mentalidad uni­ versalista, quiso enseñar que también la fe cristiana debe llegar un día a todas las naciones. Y mientras subsista al­ gún pueblo, paraje, caserío o rincón sin que se alegre por la Buena Noticia de Jesús, seguirán haciendo falta esos 70

misioneros, es decir, la Iglesia toda que puesta en marcha, sin discriminar al destinatario, prepare el día en que todas las naciones del mundo conozcan y amen a su Señor.

Para reflexionar

1)¿Por qué se creía antiguamente que todas las razas y naciones de la tierra descendían de Noé?

2)¿Qué conflicto desencadenó esto con el descubri­ miento de América?

3)¿Por qué fue compuesta la "Tabla de las Naciones" del Génesis, y siguiendo qué criterios?

4)¿En qué peligros puedo caer si es que interpreto la Bi­ blia tal cual como están escritas cada una de sus fra­ ses y expresiones?

5)¿Conoces algunas interpretaciones literalistas que las sectas hacen de determinados pasajes bíblicos? ¿Cuáles? ¿Qué te parecen?

6)¿Te parece que actualmente las naciones del mundo se respetan como hermanas y descendientes de una familia común? ¿Qué les falta?

¿LA BIBLIA PROHIBE HACER IMAGENES?

El mandamiento quefalta

Los católicos muchas veces se avergüenzan cuando, al hablar con cristianos de origen protestante o miembros de alguna secta, éstos les reprochan el emplear imágenes de Jesucristo, de la Virgen María o de los santos tanto en el culto como en sus devociones personales. Dicen que está prohibido en la Biblia por la Ley de Dios.

¿Es esto verdad o no? Para contestar debemos primero ver qué dice la misma Biblia.

Cuenta el libro del Éxodo que cuando Moisés, condu­ ciendo al pueblo de Israel por el desierto, llegó a los pies del monte Sinaí, Yahvé se le presentó en medio de .truenos, relámpagos, temblor de tierra y densas nubes, y le entregó los diez mandamientos.

Todos conocemos más o menos esta lista. Pero pocos saben que en realidad el 2.° mandamiento decía: "No te ha­ rás imagen ni escultura alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto porque yo Yahvé soy un Dios celo­ so" (20, 4-5).

¿Entonces era cierto?

Lo que la ley decía

Si seguimos leyendo la Biblia, esto parece confirmar­ se. En efecto, en muchas otras ocasiones se prohíbe a los israelitas fabricar imágenes y figuras, tanto de Yahvé como de cualquier otra divinidad. Por ejemplo el Levítico, tercer libro de la Biblia, ordenaba: "No se harán ídolos ni imáge­ nes, ni colocarán piedras grabadas para postrarse ante ellas" (26,1).

En otra parte se dice más exhaustivamente: "No vayan a pervertirse y a hacer esculturas con figura masculina o fe­ menina, o de bestias de la tierra, de aves que vuelan por el cielo, de reptiles que serpean por el suelo, ni de peces que hay en las aguas debajo de la tierra" (Dt 4,16-18). Era tan grave este hecho, que se lo pena con una maldición: "Mal­ dito sea el hombre que haga con sus manos un ídolo escul­ pido o fundido, pues eso repugna a Yahvé" (Dt 27,15).

Como se ve, estaba prohibida por la Ley de Dios toda representación vegetal, animal o humana en el culto.

Siguiendo este precepto, muchas iglesias cristianas ac­ tualmente rechazan las imágenes en su culto, y critican a quienes las emplean.

Lo que el pueblo vivía

Sin embargo, a pesar de las categóricas disposiciones bíblicas, no se ve que el pueblo hebreo haya prescindido

absolutamente de imágenes. Varios pasajes bíblicos mues­ tran que éstas eran toleradas y hasta permitidas en el Anti­ guo Testamento. Más aún: en algunos casos Dios mismo ordenó la construcción de imágenes sagradas.

Por ejemplo durante la travesía en el desierto, cuando Yahvé mandó fabricar el arca de la alianza, cofre sagrado donde se guardaban las tablas de la Ley, ordenó que a ca­ da lado se pusiera la imagen de oro de un querubín, ser an­ gélico con rasgos mitad animales y mitad humanos (Ex 25,18). Por su parte, el candelabro de siete brazos que se colocó en el interior de la Tienda Sagrada tenía grabadas flores de almendro (Ex 25,33).

Estas obras no eran ocurrencias humanas. Según la Bi­ blia el propio Dios había llenado de su Espíritu al artista Besalel concediéndole habilidad y pericia para idearlas (Ex

31,1-5).

También en otros episodios de la historia de Israel ve­ mos a personajes piadosos emplear sin ningún recelo imá­ genes y objetos representativos para el culto. Gedeón, por ejemplo, uno de los jueces de Israel más importantes, fa­ bricó con anillos y otros objetos de oro una figura de Yah­ vé, a la que los israelitas le tributaban culto (Je 8,24-27). Y Miká, un ferviente y piadoso yahvista, hizo una efigie de plata de Yahvé y estableció un santuario para darle culto (Je 18,31). Hasta el mismo rey David, amado y bendecido de Dios, tenía en su casa sin escrúpulos imágenes divinas (1 Sm 19,11-13).

Un templo sin prejuicios

Y ni qué decir del majestuoso Templo de Jerusalén

construido por Salomón. Por las descripciones bíblicas pa­ rece haber estado abarrotado de representaciones y escul­ turas, comenzando por su cámara interior más sagrada, lla­ mada el Santo de los Santos, donde dos inmensos querubi­ nes esculpidos en madera finísima se erguían junto al arca de la alianza (1 Re 6, 23).

El interior estaba totalmente decorado con imágenes de

querubines, además de palmeras y otros adornos vegetales (1 Re 6, 29). Y para sostener el enorme depósito de agua de las purificaciones a la entrada del Templo, construyeron doce magníficos toros de metal que miraban a los cuatro

puntos cardinales (1 Re 7, 25).

Los capiteles de las columnas del Templo tenían forma de azucenas, y doscientas granadas esculpidas se apiñaban alrededor de cada una (1 Re 7,19-20). Los recipientes pa­ ra las abluciones litúrgicas estaban revestidos con imáge­ nes de leones, bueyes y querubines (1 Re 7, 29). Todo con el consentimiento del propio Dios.

Y por si esto fuera poco, una enorme serpiente de bron­ ce que había labrado Moisés en el desierto por orden de Yahvé para sanar a cuantos, mordidos por ofidios, la mira­ ran, estuvo doscientos años expuesta en el Templo hasta que el rey Ezequías la eliminó (2 Re 18, 4).

Cuando el Templo de Jerusalén fue destruido en el siglo

VI a.C., el profeta Ezequiel tuvo una visión del templo fu­ turo. Y de él describe los querubines y palmeras que lo iban a adornar (Ez 41,18).

Era pues prodigiosa la cantidad de imágenes, pinturas, estatuas y decorados que colmaban el grandioso Templo de Yahvé en Jerusalén.

Ni una sola voz

Y a pesar de aquel 2.° mandamiento, nunca hallamos en

la Biblia a ningún profeta antiguo que censure las imáge­ nes. Ellos, que eran los centinelas de Dios, que alzaban la voz ante cualquier pecado del pueblo, que no permitían la

menor desviación, durante siglos guardaron silencio.

Ni siquiera los formidables Elias y Eliseo, acérrimos de­ fensores de la ortodoxia, las reprobaron. Tampoco Amos, cuya única misión fue la de ir a predicar al templo de la ciudad de Betel donde habían puesto la estatua de un toro adornando el altar de Yahvé, habló en contra de las imáge­ nes. Sólo recriminó el lujo, la avaricia y la crueldad del pueblo, sin aludir al becerro del Templo.

¿Qué pasaba entonces con la prohibición? No parecía estar en vigencia. O al menos no aparentaba ser tan abso­ luta.

¿Por qué? ¿Cuál era el motivo en que se basaba la ex­

clusión de las imágenes? En realidad la Biblia no da nin­

guna razón, y el pueblo de Israel nunca afirmó que cono­ cía los motivos. Un solo texto, en el libro del Deuterono- mio, intenta dar una explicación, y dice: "No vayan a ha­ cerse ninguna escultura porque ustedes no vieron ninguna figura el día en que Yahvé les habló en el monte Horeb (otro nombre del monte Sinaí) de en medio del fuego" (4,15). Es decir, cuando Dios les había hablado en el mon­ te, ellos sólo oyeron su voz sin ver imagen alguna.

Pero ésta no es una verdadera explicación. Es sólo un motivo histórico, que nos lleva a volver a preguntar: ¿Y por qué no apareció aquel día ninguna imagen en el monte Sinaí? Y quedamos sin respuesta.

La razón sospechada

Pero aunque la Biblia no lo diga, podemos conjeturar el motivo de la prohibición de las imágenes, gracias a nues­ tros conocimientos del ambiente religioso antiguo.

Todos los pueblos que estaban en contacto con Israel consideraban que la imagen no sólo era un símbolo de la divinidad, sino que la propia divinidad habitaba allí de ma­ nera real. La imagen era en cierta forma el mismo dios re­ presentado.

Así, según esta mentalidad primitiva oriental, en la imagen de la deidad residía un fluido personal divino. Cuando alguien hacía una imagen, el dios debía venir a re­ sidir en ella, ya que toda imagen de algún modo hacía una

epiclesis, es decir, un llamado a Dios para que viniera a ha­ bitarla. Era una especie de "doble" de la divinidad simbo­ lizada.

Por eso la Biblia cuenta que cuando Raquel, esposa de Jacob, le roba los ídolos a su padre Labán, éste se queja de que le han sustraído sus dioses, no las imágenes (Gn 31,30). Y en la historia del ya mencionado Miká, éste acu­ só a la tribu de los danitas de que le robaron su dios cuan­ do éstos se marchan sólo con la imagen (Je 18,24).

Ahora si, la voz

Se comprende, entonces, lo fácil que era caer en un con­ cepto mágico de la divinidad. Tener la imagen a disposi­ ción de uno era tener los poderes del dios a su voluntad, ejercer una especie de dominio sobre él, manejarlo a su an­ tojo, poseer un dios a la medida humana.

Y esto podía poner seriamente en peligro la identidad de

Yahvé. El se manifestaba libre y espontáneamente donde quería, muy por encima de las fuerzas de sus creaturas, y

dirigiendo el curso de la historia según su parecer.

Durante el tiempo en que esta idea no se vio amenaza­ da, no hubo dificultad. Pero a partir del siglo VIII a.C., el pueblo de Israel cayó fuertemente en la tentación. Enton­ ces los profetas hablaron. jY cómo!

Oseas fue el primero que denunció los sacrificios e in­

cienso que ofrecía el pueblo a las imágenes de divinidades extranjeras, creyendo así poder obtener sus favores.

Isaías, un poco más tarde, ridiculizará despiadadamente su culto mágico. Con la mitad de un árbol, dice, hacen fue­ go para calentarse y un asado para saciarse, y con la otra mitad hacen un dios, lo adoran, y le dicen: "sálvame, pues tú eres mi dios." La sátira es sangrienta.

Jeremías y Ezequiel, en el siglo VII a.C., censurarán hasta el símbolo más leve de la divinidad, como ser una piedra o un pedazo de madera, para que no creyeran así po­ der manejarla.

Aún no había llegado el tiempo en el cual el hombre po­ día adorar a Dios en figura humana.

Cuando Dios fabrica imagen

Pasaron los siglos. El ambiente griego fue haciendo a los hombres menos dados a la magia y más influidos por el pensamiento filosófico y racional. Esto contribuyó a dismi­ nuir la idea fetichista de las imágenes divinas.

Además, Israel fue comprendiendo que Yahvé era el único Dios de todos los pueblos, y que no existían divini­ dades distintas para otras naciones. Por lo tanto cualquier imagen, altar, oración, o culto que se celebrara en cualquier lugar y lengua, sólo a él estaban destinados. Así, el peligro de creer que se adoraba a dioses extraños desapareció.

Entonces el propio Dios, que se había mantenido invisi­ ble hasta ese momento, frente a una etapa más madura de la humanidad quiso hacerse una imagen para que todos lo pudieran contemplar. Y si en la Antigua Alianza se había revelado al pueblo sin imagen, en la Nueva Alianza consi­ deró imprescindible tener una y ser visto. Por eso en la no­ che de Navidad los ángeles darán a los pastores esta señal de la nueva revelación: "verán" a un niño envuelto en pa­ ñales y recostado en un pesebre.

Dios mismo deseó ahora, cuando ya no había peligro, acercarse a los hombres mediante una figura, la de Cristo, para que lo vieran, oyeran, tocaran, sintieran.

No va más

San Pablo, que había vivido un tiempo cumpliendo la antigua Ley, comprendió muy bien la nueva disposición al hablar de "Cristo, la imagen de Dios" (2 Cor 4,4). Y en un hermoso himno canta que Cristo "es la imagen de Dios in­ visible" (Col 1,15). Jesús, hablando un día con el apóstol Felipe, le había anticipado: "El que me ve a mí, ha visto al Padre" (Jn 14,8).

Por lo tanto, si Dios mismo ha querido dejar de perma­ necer oculto y hacerse ver en una imagen, ¿quiénes somos nosotros para prohibir representarlo?

Como se ve, el mandamiento sobre las imágenes en el Antiguo Testamento tenía una función pedagógica, y por lo

tanto era temporal. Transcurridos los siglos y llegada la madurez de los tiempos, al pasar el peligro pasó también el mandamiento. Así lo entendieron los cristianos desde muy antiguo. Por eso empezaron a hacer imágenes de Cristo y representar escenas de su vida, ya que ayudaban al pueblo a acercarse a Dios. Los cementerios, las iglesias y los tem­ plos se poblaron con éstas por el valor psicológico que os­ tentaban como soporte de la oración. Con el tiempo, se convirtieron en Biblia de los niños y los iletrados.

Al mismo tiempo, cuando ellos enumeraban los manda­

mientos, salteaban siempre el 2.°, a la par que desdoblaban el último en dos para que siguieran siendo diez. Las listas

de

mandamientos que nos llegaron escritas desde el siglo

IV

ya no incluyen la prohibición de las imágenes. Por eso

llama la atención que las sectas modernas intenten conser­

varlo.

Hasta el mismo Latero

Los protestantes, cuando se separaron de la Iglesia Ca­

tólica en el siglo XVI, reaccionaron contra los excesos en

el culto de las imágenes y provocaron la destrucción de

muchas de ellas. Sin embargo Lutero, el iniciador de este movimiento, no fue tan intolerante. Al contrario, reconoció

la importancia que tenían.

En una carta fechada en 1528 escribía: “Considero que

en lo referente a las imágenes, los símbolos y vestiduras li­

túrgicas

Quien no los quiere, los deje de lado. Aunque las imágenes inspiradas en la Escritura o en historias edificantes, me pa­ recen muy útiles.” Y en otro pasaje afirmaba que las imá­ genes eran "el evangelio de los pobres".

Lutero intuyó muy bien lo que muchos protestantes no quieren aún entender: que no se trata de adorar una imagen sino de adorar a Dios mediante el estímulo que la imagen puede ofrecer. Creer que cuando uno se arrodilla ante una imagen está malgastando la adoración que debe darle sólo a Dios, es tener aún mentalidad primitiva, seguir pensando que dentro de éstas hay un flujo de otras divinidades, y no haber evolucionado del Antiguo Testamento.

Si queremos hoy aplicar a ultranza ese 2.° mandamien­ to, ni siquiera podríamos encender un televisor, porque así estamos haciendo imágenes según las técnicas modernas.

y cosas semejantes, se deje a libre elección.

La imagen obligatoria

Cuando Jesús, el Hijo de Dios, tomó fisonomía huma­ na, mostró el carácter temporal del mandamiento en cues­ tión, y la utilidad de las representaciones sensibles para la catequesis y la oración. Lo que impresionó a los contem­ poráneos de Jesucristo era que "lo hemos visto, lo hemos contemplado, lo hemos tocado", como decía Juan (1 Jn 1,

1).

Si bien hay que evitar la superstición y los errores en el

empleo que de ellas hacemos, nunca podemos basamos en la Biblia para prohibirlas, como erróneamente hacen algu­ nas sectas e iglesias.

Pero sobrepasando esta cuestión, hay una imagen que no podemos dejar de fabricar: la imagen de Cristo en no­ sotros.

Pablo escribiendo a los romanos afirmaba que "Dios los eligió primero y los destinó a reproducir la imagen de Cris­ to en sus propias vidas" (8, 29). No labrarla sería malograr nuestro destino.

Cada acción, cada obra que realizamos, cada contribu­ ción a la justicia del mundo, al bien común, a la solidari­ dad, va cincelando radiante, exacta, precisa, la imagen de Jesucristo en nuestras vidas. Al final debe salimos casi per­ fecta. Jesús mismo lo había pedido: "Sean perfectos, como el Padre del Cielo es perfecto" (Mt 5, 48).

Para reflexionar

1)¿Qué sentido tenía la imagen para los pueblos del An­ tiguo Testamento?

2)¿Por qué motivo se prohibieron las imágenes entre los judíos?

3)¿Qué sentido tienen las imágenes para los católicos de hoy?

4)¿Hay desviaciones entre la gente de nuestro pueblo,

con respecto al uso de imágenes en el culto? ¿Qué clase de desviaciones?.

4)¿Con qué actitudes trato de forjar en mi vida la autén­ tica imagen de Jesús?

¿EL DIOS DE ISRAEL ERA YAHVÉ O JEHOVÁ?

Cuando eran muchos los dioses

Basta abrir una guía de teléfonos para darse cuenta de la cantidad de nombres y apellidos de personas con las que uno puede entrar en comunicación. Pero sólo conociendo el nombre correcto es posible hacerlo.

En el mundo antiguo sucedía lo mismo con los dioses. El panteón, es decir, el conjunto de divinidades que cada pueblo tenía y veneraba, era tan numeroso, que resultaba imposible honrarlo con eficacia si no se sabía su nombre. Cada uno de los dioses cumplía una función específica, y sólo invocando al dios adecuado podían obtenerse los be­ neficios esperados. Equivocar el nombre era arriesgarse a perder los favores del cielo.

Por lo tanto, en cada lengua existía la palabra "dios", que se aplicaba a todos en general. Pero aparte cada divi­ nidad tenía su nombre propio.

Los sumerios, por ejemplo, además de usar el vocablo genérico "dios", llamaban en particular An al dios del cielo, Enlil al de la atmósfera inferior, y Enki al dios de la tierra.

Los babilonios creían en Shamash (el sol), Sin (la luna) e Ishtar (diosa del amor).

En Egipto, entre las decenas de dioses invocados en las diversas regiones, sobresalían Amón, Nut, Hator, Osiris, e Isis, según las distintas teologías.

El Dios de la zarza

También el pueblo de Israel, en su etapa más antigua, creía que existían todos estos dioses protectores de los de­ más pueblos. Pero para ellos admitían uno solo, y lo ado­ raban con exclusividad: Yahvé.

La pronunciación de esta palabra ocasionó un pequeño problema. En efecto, mientras muchos sostienen que ésta era la forma correcta de pronunciarla, otros piensan erró­ neamente que se decía "Jehová".

¿Cuál es el origen de este error? Para averiguarlo debe­ mos remontarnos al libro del Exodo, donde se cuenta que cuando Dios decidió liberar a su pueblo Israel de la escla­ vitud egipcia, eligió a Moisés para conducir la colosal em­ presa. Un día, mientras éste se hallaba pastoreando las ove­ jas de su suegro, se le apareció en una zarza en llamas y le manifestó su voluntad de sacar a los hebreos del país de los faraones (3, 1-10).

Moisés quiso saber el nombre particular de este Dios que se le manifestaba tan sorpresivamente, y a quien él no conocía, y le dijo: "Si voy a los hijos de Israel y les digo que el Dios de sus padres me ha enviado a ellos, y me pre­ guntan cuál es su nombre, ¿qué les responderé?". Dios le

contestó: "Yo soy el que soy". Y añadió enseguida: "Así di­ rás a los israelitas: Yahvé me ha enviado. Este es mi nom­ bre para siempre y por él seré invocado de generación en generación" (3,14-15).

Nombre que da para mucho

Los eruditos han querido desentrañar el sentido de esta contestación enigmática, pero hasta ahora ninguna de las propuestas ha sido unánimemente aceptada.

Sabemos, sí, que viene del verbo hebreo "hawah", que significa "ser", y por eso el nombre de Yahvé se traduce normalmente por "el que es". Pero ¿"el que es" qué?

Entre las interpretaciones sugeridas, hay seis que son las más atendibles:

1) El que es "creador", es decir, el que da el "ser" a to­ das las cosas.

2) El que es "siempre", es decir, el que nunca dejará de ser.

3) El que es "por sí mismo", ya que no necesitó de otro ser para "ser".

4) El que es "realmente", en oposición a los otros dioses que en realidad "no son", no existen.

5) El que es "impronunciable", es decir, no se trataría realmente de un nombre sino de una contestación

evasiva de Dios, para que no supieran su verdadero nombre y no fuera utilizado en ritos mágicos como hacían los otros pueblos.

6) El que es "actuante", es decir, el que actúa al lado nuestro, el que camina con nosotros para acompañar­ nos, el que está junto a su pueblo. Esta última inter­ pretación es la que sigue la mayoría de los exegetas, atendiendo a que unos versículos antes Dios le había dicho a Moisés: "Yo estaré contigo" (Ex 3,12).

Por las dudas, nunca

Pero en el monte Sinaí comenzó el otro problema: el de la pronunciación de este nombre. En efecto, cuando Dios le entregó a Moisés los 10 mandamientos, uno de ellos de­ cía : "No tomarás el nombre de Yahvé tu Dios en vano, por­ que Yahvé no dejará sin castigo a quien toma su nombre en vano" (Ex 20,7).

Los israelitas,

entonces, comenzaron a preguntarse:

¿Qué significa "en vano"? ¿Cuándo se toma "en vano" el nombre de Dios? Yahvé no lo había explicado. Y Moisés se

murió sin haberlo tampoco aclarado.

Durante mucho tiempo, de todos modos, el pueblo de Israel no se hizo problema y lo empleaba sin mayores cui­ dados. Pero después del siglo VI a.C., al regresar del cau­ tiverio de Babilonia y comenzar a preocuparse por la ob­ servancia estricta de la Ley de Moisés, se planteó frontal­

mente la dificultad del mandamiento. Los doctores de la Ley y los guías del pueblo entablaron largos debates, y concluyeron que "en vano" no se refería sólo a juramentos falsos, sino a cualquier utilización impensada o uso inopor­ tuno y superficial de esta denominación.

Y para garantizar el máximo respeto, decidieron no pro­

nunciar nunca jamás el nombre sagrado de Yahvé. Cuando éste apareciera en el texto de las Escrituras, el lector debe­ ría reemplazarlo por “Adonai ” (“mi Señor”, en hebreo).

Se extendió así entre los judíos la costumbre de evitar el sublime nombre de Dios, que por estar compuesto de cua­ tro letras fue llamado "tetragrama" sagrado (del griego te- ?ra=cuatro, y gramm«=letra), y se escribía YHVH.

Para economía del papel

Ahora bien, como es sabido la lengua hebrea tiene una curiosa particularidad: sus palabras se escriben solamente con consonantes, sin vocales. Este hecho extraño en rela­ ción con nuestros idiomas modernos proviene de una nece­ sidad muy sentida en la antigüedad: la de ahorrar el mate­ rial de la escritura.

En aquel entonces se contaba, para escribir los manus­ critos, con el papiro o el pergamino, difíciles de obtener y de cara elaboración. Esto hacía que quien quisiera compo­ ner algún escrito tomara las precauciones del caso a fin de aprovechar al máximo tan preciado material.

Para ello se apelaba a dos recursos: escribir todas las pa­ labras juntas sin separación, y no escribir las vocales. El que leía podía añadir por su cuenta las vocales correspon­ dientes en cada palabra, ya que eran por todos conocidas. Por esta razón la totalidad de los libros del Antiguo Testa­ mento escritos en hebreo fueron redactados sin vocales.

Mil años de incertidumbre

Es de imaginar, con el transcurso del tiempo, la dificul­ tad que significaba leer un libro con todas las palabras jun­ tas y sin vocalizar. La frase podía cortarse en cualquier par­ te, y a veces variando las vocales incluso cambiaba el sig­ nificado del vocablo. Figurémonos por un momento que encontramos en castellano las consonantes "bn". Podrían ser de la palabra "bueno”, o "boina", o "abono". O el gru­ po "lmn", que puede corresponder a "limón", "ilumina", "la mano", o "el imán".

Es verdad que por el contexto generalmente es posible deducir el sentido. Pero no siempre. Por ello, con el trans­ curso de los siglos el texto hebreo de la Biblia fue hacién­ dose cada vez más difícil de leer, de entender, y de mante­ nerlo único.

La confusión, que fue creciendo con el paso del tiempo, duró mil años, hasta que en siglo VG d. C. se volvió insos­ tenible. Aun cuando las comunidades tenían el mismo tex­ to hebreo, sin embargo circulaban distintas lecturas en ca­

da región, según la pausa que se hacía en la frase, o las vo­ cales que con mejor o peor acierto añadía oralmente quien leía, o los errores que esta lectura generaba en las sucesi­ vas redacciones. Lo cual llevó a la aparición de textos di­ versos de la Biblia.

Los rabinos salvadores

En la Escuela rabínica de la ciudad de Tiberíades, al norte de Israel, un grupo de maestros llamados "masoretas" (de la palabra hebrea “masora ” = tradición, por ser los que buscaban conservar la tradición), decidieron fijar de una vez por todas la pronunciación exacta del texto sagrado, e hicieron algo insólito para la lengua hebrea: inventaron un sistema de vocales, que consistía en rayas y puntos coloca­ dos arriba o abajo de las consonantes.

Pero mientras vocalizaban los manuscritos, al llegar al tetragrama sagrado YHVH tuvieron un grave inconvenien­ te: después de siglos de no pronunciarlo, ya nadie se acor­ daba de cuáles eran las verdaderas vocales que le corres­ pondían. Entonces pusieron abajo las correspondientes a la palabra Adonai (a-o-a), que era la que leían en su lugar. Hay que aclarar que la "i” final de Adonai, es consonante y no vocal en hebreo, por lo que no fue tenida en cuenta.

Solamente hubo que cambiar la primera "a” en "e" por una razón de fonética semítica: según el sistema inventado por los masoretas, la consonante "Y" primera del tetragra-

ma, por ser consonante fuerte, no puede llevar la vocal "a" que es débil, sino que debe cambiarla por "e" que es vocal fuerte.

No obstante esta nueva vocalización, el nombre YHVH seguía reemplazándose por "Adonai" en la lectura.

A partir del siglo XIV se comenzó a leer el nombre sa­ grado YHVH con las vocales que los masoretas habían co­ locado debajo, es decir, "e-o-a", lo cual dio como resulta­ do YeHoVaH, nuestro actual Jehová, mezcla híbrida de las consonantes de la palabra Yahveh con las vocales de Ado­ nai, y que no significa absolutamente nada.

Basta los cristianos

Este error, en el que cayeron los judíos medievales, se propagó por todo el mundo cristiano hasta el presente si­ glo. Así, en los oratorios de Hándel, en los autos sacramen­ tales, incluso en los cantos populares de la Iglesia Católica se escribía siempre Jehová como nombre de Dios. Todavía resuena en algunos templos el conocido canto a María "Los cielos, la tierra / y el mismo Jehová".

Pero al llegar el siglo XX, los modernos estudios bíbli­ cos pudieron percatarse del error, Muchas son las pruebas que los especialistas pueden aducir para demostrar que Je­ hová es una pronunciación equivocada, y que las vocales

correctas son "a-e”, es decir, que debe decirse YaHVeH.

,

En primer lugar, porque todos los nombres bíblicos que terminan en "ías" son una abreviación de Yahvé. Así Ab- días, Abdi-Yah (siervo de Yahvé), Elias, Elí-Yah (mi Dios es Yahvé), Jeremías, Jeremí-Yah (sostiene Yahvé), Isaías, Isaí-Yah (salva Yahvé). Por lo tanto, la primera vocal no puede ser la "e" sino la "a". Esta "a” es vocal fuerte en el sistema masoreta, a diferencia de la "a" de Adonai.

A esto lo corrobora la conocida exclamación litúrgica "Hallelú-Yah", que significa "alabad a Yahvé".

Pero la certeza del nombre completo lo tenemos en al­ gunos escritores antiguos, como Clemente de Alejandría en el siglo IV, que transcriben en griego este nombre como "Iaué".

Inclusive se conserva un texto de un autor del siglo V llamado Teodoreto de Ciro, que al comentar el libro del Éxodo escribe el sagrado nombre como "Iabé".

¿Cómo llamarlo?

Hoy en día no hay nadie, modernamente informado, que lea o pronuncie Jehová. Cada vez es mayor el número de los que piensan que la forma correcta del nombre de Dios en el Antiguo Testamento era Yahvé, aunque en su manera de escribir no existe uniformidad. Unos transcriben fiel­ mente "Yahvéh", otros "Yahvé", y otros, en fin, "Yavé”.

Poco a poco las Iglesias protestantes, que en este senti­

do son las más conservadoras, van aceptando las conclu­ siones de los modernos estudios y superando el viejo error. Incluso los nuevos comentarios así como las Biblias de muchas de las Iglesias separadas ya traen la grafía "Yah­ vé".

Al principio de este artículo sobre el nombre de Dios, decíamos que era un problema pequeño. Es que en realidad a Dios le importa poco que pronunciemos su nombre de un modo o de otro, o que lo llamemos Altísimo, Todopodero­ so, Eterno o Señor. Lo que más le interesa no es la palabra que está en los labios, sino la fe y el amor que mostramos en nuestras obras.

Si le preguntásemos cómo prefiere Dios que lo nombre­ mos, seguramente nos diría con las palabras de Jesús: "Us­ tedes, cuando oren, digan así: Padre nuestro, que estás en el cielo ”

Para reflexionar

1) ¿Cuáles son los posibles sentidos de la palabra “Yah­ vé”?

2) ¿Por qué razón se prohibió entre los judíos tomar en falso el nombre de Dios en Ex 20,7?

3) ¿Qué es lo que llevó al pueblo de Israel a olvidar la

pronunciación del nombre de Dios?

. ;:

¡

¡

U ¡

.

;;

1 /

!

1>

4) ¿Qué argumentos existen para probar las vocales que tenía esa palabra?

5) Actualmente ¿qué actitudes nuestras nos indican que hemos tomado en vano el nombre de Dios en la so­ ciedad?

6) ¿Qué parte de culpa corresponde a los cristianos en la falta de fe de los ateos?

SEGÚN LA BIBLIA, ¿EXISTE EL PURGATORIO?

Hacia un purgatorio del Purgatorio

La palabra "Purgatorio" evoca en la mente de muchos católicos algo así como un lugar de tormentos, una gran sa­ la de espera en donde los que ya están salvados pero no son totalmente buenos, aguardan su hora de entrar en el "Cie­ lo". Y mientras tanto sufren toda clase de padecimientos.

Es que con el Purgatorio ocurrió lo mismo que con el "infierno": la tradición popular fue acumulando represen­ taciones absurdas, indignas de la fe en un Dios que es amor, e impropias de la esperanza cristiana.

Se ha llegado a imaginar al Purgatorio como una inmen­ sa cámara de torturas, en la que las almas, según los peca­ dos que tengan, son sometidas a un frío glaciar, o sumergi­ das en grandes recipientes de metal fundido, o en un lago de aceite hirviendo. También como un océano de llamas, del que emergen cabezas y brazos alzados en desesperado gesto de dolor y súplica.

Algunos teólogos incluso no dudaron en afirmar que los demonios, con permiso de Dios, las visitaban permanente­ mente para atormentarlas con innumerables suplicios. Has­ ta santo Tomás de Aquino, en el siglo XIII, enseñaba que

el Purgatorio estaba tan cercano al infierno, que el fuego que torturaba a los de aquí servía para purificar a los de allá.

En Roma misma tiempo atrás solía haber un "Museo del Purgatorio" en la Iglesia del Sagrado Corazón del Sufragio, donde se mostraba a los visitantes una docena de huellas de manos y marcas de fuego en maderas, tapices, almohado­ nes, grabadas por almas del Purgatorio que se aparecieron para prevenir a los fieles acerca de los sufrimientos de aquel lugar.

Lo que no hay que creer

Hubo cosas peores aún. Algunos libros devocionales so­ lían traer listas de pecados con su respectiva duración de los castigos en el Purgatorio, como si el tiempo en el más allá siguiera siendo medible en años, meses y semanas.

La Iglesia siempre se ha levantado en contra de estas extravagancias. Ya en el siglo XVI el Concilio de Trento emitió un decreto en el que prohibía agregar a la doctrina del Purgatorio cuestiones secundarias, inútiles y fuera de lugar, a fin de no perturbar la fe de la gente sencilla. Y el Museo romano, con sus historias macabras del más allá, hace tiempo que fue clausurado por orden de la Sagrada

Congregación para la Doctrina de la Fe.

También los teólogos, a partir de la Biblia, han procura­ do hoy en día precisar mejor ía Imagen del Purgatorio y su

relación con el auténtico Dios de nuestra salvación. Trate­ mos, pues, de ver cuál es la verdadera enseñanza de la Igle­ sia sobre el tema.

¿Aparece en la Biblia?

Desde que Lutero en el siglo XVI se separó de la Igle­ sia, y declaró que "la existencia del Purgatorio no puede probarse por las Sagradas Escrituras", la Iglesia Católica se esforzó en buscar textos bíblicos con los cuales demostrar a los protestantes que la Biblia sí habla de su existencia. Y en esta disputa se cometieron muchos abusos.

Por ejemplo, se citaba como prueba Mt 12, 32: "Al que diga una palabra contra el Hijo del Hombre se le perdona­ rá, pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le per­ donará ni en este mundo ni en el otro”. Y se razonaba: si Jesús aclara que hay ciertos pecados que no pueden perdo­ narse en el otro mundo, es porque otros sí pueden perdo­ narse allí; por lo tanto, existe el Purgatorio.

Esta interpretación no tiene en cuenta que la frase "ni en este mundo ni en el otro” es propia de la mentalidad semi­ ta, que suele citar los dos extremos para significar "nunca”. Por lo tanto la frase quiere decir que nunca serán perdona­ dos los pecados contra el Espíritu Santo. Pero no pretende hacer ninguna afirmación sobre el Purgatorio.

/ Cómo iban a saberlo los Macábeosl

Otro texto clásico en favor de éste, es 2 Macabeos 12,

38-46. Allí se cuenta que en el año 160 a.C., en una bata­ lla contra los sirios murieron varios soldados judíos. Al ir

a enterrar sus cadáveres, hallaron que tenían bajo sus ropas

colgados amuletos y talismanes prohibidos por Dios. Ante esta superstición, Judas Macabeo hizo una colecta entre los demás soldados y la mandó al templo de Jerusalén para ofrecer un sacrificio por el pecado de los muertos, a fin de que Dios los perdonara y pudieran gozar de la resurrec­ ción.

El texto fue interpretado así: los soldados muertos ha­ bían cometido un "pecado leve", y por consiguiente no es­ taban "en el infierno". Tampoco en el cielo, si no, no ha­

brían ofrecido un sacrifico por ellos. Por lo tanto, Judas Macabeo los imaginaba en el Purgatorio y por eso mandó

a ofrecer ese sacrificio.

Pero tal interpretación es anacrónica. En el siglo XI a.C. los judíos todavía no creían en un estado de purificación después de la muerte. ¿Cómo Judas Macabeo podría haber­ lo imaginado? La interpretación correcta, teniendo en cuenta la mentalidad de la época, es que el pecado que ha­ bían cometido los soldados era verdaderamente grave, na­ da menos que de idolatría, severamente prohibido por Dios. Pero tal pecado se perdonaba, en vida, con un sacri­ ficio llamado Kippur, y realizado en el templo (Lv 4 y 5).

Los soldados ya habían muerto, y no podían ir al templo para ofrecer el sacrificio por sus pecados. Entonces Judas ordena que se los ofrezcan sus compañeros. Con esto co­ mienza a anunciarse ya la solidaridad entre los vivos y los muertos, es cierto. Pero el pecado de los soldados, según Judas, quedaba perdonado con el Kippur, y no con el Pur­ gatorio, del cual él no sabía absolutamente nada.

¿Ysan Pablo?

El texto bíblico más citado en favor del Purgatorio es 1 Cor 3,10-17. Pablo, escribiendo a los corintios, divide a los predicadores del Evangelio en tres categorías; los que han usado buenos materiales en su edificación (v.14), los que en vez de edificar han destruido (v.17), y los que han sido mediocres en la elección de los materiales de construcción. Hablando de estos últimos dice: "si su construcción llega a quemarse, se quedará sin nada; pero él mismo se salvará como quien pasa a través del fuego" (v.15). Es en esta ter­ cera categoría donde fijan su atención los comentaristas, que sostienen que "a través del fuego" implica la doctrina del Purgatorio.

En realidad todo el pasaje no es más que una simple ale­ goría de una casa que se incendia, en donde el fuego tiene un valor exclusivamente figurativo, no real. Su sentido es que los fieles menos fervorosos también podrán salvarse, pero con muchas fatigas y a duras penas. Pablo sólo se re-

fiere al esfuerzo que deberán hacer los mediocres para sal­ varse, pero no plantea el tema del Purgatorio, ni lo mencio­ na nunca en ninguna de sus cartas.

¿Por qué creen los católicos?

Como se ve, mientras la Biblia menciona claramente el Cielo y el infierno, no dice ni una palabra explícita sobre un estado intermedio de purificación. Por eso los protes­ tantes rechazan la doctrina católica del purgatorio. ¿Por qué entonces creen en él los católicos?

Es que el hecho de que la Biblia no lo mencione, no sig­ nifica que el purgatorio no tenga ningún fundamento. Al contrario. La Iglesia Católica se basa en la Biblia misma para enseñar su existencia. Pero no en un texto concreto y particular, sino en dos ideas generales, que clara y repeti­ damente aparecen en la Biblia, y que son el núcleo de este dogma.

La primera, es la convicción de que en la presencia de Dios sólo es posible entrar con una absoluta pureza. Nada que tenga el menor defecto puede comparecer ante su gran­ diosidad. Basados en esta convicción, los israelitas tenían un complicado ceremonial en el templo para que ninguna cosa impura fuera presentada ante Yahvé. Y Jesús confirma esta idea, cuando dice: "bienaventurados los limpios de co­ razón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8); o "sean perfec­ tos como el Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48); y el

Apocalipsis enseña que cuando al final de los tiempos apa­ rezca la Jerusalén celestial "nada contaminado podrá entrar en ella" (Ap 21-27).

La segunda idea bíblica, la más importante, es que Dios "dará a cada uno según sus obras" en la otra vida (Rm 2,6). Ahora bien, es evidente que la muerte sorprende a los hom­ bres en distintos grados de perfección, según cómo hayan usado su libertad y hayan servido al prójimo. Y los que no hayan alcanzado la plenitud en el momento de morir, no podrán tener un ingreso "inmediato" en la presencia de Dios. En consecuencia, tendrán que pasar por una etapa de purificación previa.

El sentido del Purgatorio

Dicho esto, pasemos ahora a explicar qué significa el Purgatorio.

Cada uno viene a este mundo con un proyecto de Dios bajo el brazo. Y según sean nuestros actos de amor, el es­ fuerzo en el servicio, nuestra solidaridad, nuestra capaci­ dad de renuncia, el trabajo por el bien de los demás, se va concretando ese proyecto de Dios en un hombre real. Para ello, Dios nos ha llenado, en el momento de nacer, de una serie de potencias y de capacidades que tenemos que poner en práctica a lo largo de toda nuestra vida.

Pues bien, no todos los hombres explotan al máximo sus capacidades. No todos sacan de sí lo mejor que tienen pa­

ra brindarse al prójimo, ni ponen en funcionamiento todas las potencialidades que Dios les dio, para acabar antes de morir el proyecto de amor que traían para este mundo. Es así que muchos pueden llegar al final de sus vidas no co­ mo hombres plenamente maduros, sino como aspirantes inacabados de ser humano. La muerte puede sorprender a una persona a medio hacerse, con muchas tareas incomple­ tas en su vida. Y no tiene nada que ver a qué edad fallece, pues aun cuando uno haya muerto joven, el poco tiempo que le tocó vivir pudo ser suficiente para cumplir su pro­ yecto de amor, y lograr así la maduración interior y la per­ fección que Dios esperaba de él. Toda persona, por lo tan­ to, tiene el deber de colmar, en algún momento de su vida, las posibilidades que lleva encerradas en su interior.

¿Cuánto tiempo dura?

Ahora bien, ¿qué sucede cuando un hombre llega al fin de su vida y tiene aún muchas de sus posibilidades intac­ tas, sus potencias casi sin desarrollar, y él está a medio ha­ cerse? Un hombre incompleto, carente de la madurez sufi­ ciente, no puede ingresar en la presencia de Dios.

Es entonces cuando Cristo dirige una mirada llena de gracia y amor a ese hombre que va a su encuentro. Una mi­ rada que penetra hasta lo más hondo de la existencia huma­ na y produce el proceso —doloroso como todos los proce­ sos de maduración —de actualizar en el hombre todas sus

posibilidades no desarrolladas hasta entonces. Esa mirada es el ''lugar" que llamamos Purgatorio.

De alguna manera, al hombre le resultará doloroso en­ contrarse incompleto frente a Cristo. Será amargo para él deshacer instantáneamente todo lo que fue retorciendo y enredando durante su vida, con sus pecados. Con este do­ lor de verse defectuoso, purgará angustiosamente sus fal­ tas. Por eso en el Purgatorio hay dolor. Pero nada tiene que ver con el supuesto "fuego en el que se quemarán las al­ mas" de quienes allí vayan, como frecuentemente se ha tra­ tado de explicar.

Conviene, pues, disipar el famoso error de su duración. Debido a que después de la muerte no existe el tiempo, ni transcurren las horas, el Purgatorio no puede "durar" me­ ses ni años, como a veces se piensa. Es apenas un instante, un momento puntual —por decirlo así— en el que Dios concede la última gracia al hombre de superar su egoísmo

y las deficiencias de su vida. Como proceso del hombre, puede ser más o menos profundo, de acuerdo con cada

uno; pero no puede durar un tiempo, porque ya se está en

la eternidad.

¿Es dogma de fe?

Desde los primeros siglos los Santos Padres han ense­ ñado la existencia de un estado de purificación después de la muerte. A partir del siglo III se fue determinando con

más precisión en qué consiste. En el siglo XI, a este proce­ so purificador se le da por primera vez el nombre de "Pur­ gatorio". El papa Inocencio IV, en 1254, será el primero en tocar oficialmente el tema e incorporar la palabra al magis­ terio eclesiástico. Poco después la palabra pasó a designar un "lugar", una cárcel llena de tormentos.

Pero no era aún un dogma de fe. Esto llegaría con el Concilio de Florencia, que afrontará por primera vez la cuestión dogmáticamente. Esta asamblea fue inaugurada el 26 de febrero de 1439 con la participación de 115 obispos, y después de largos debates en los que se analizaron las es­ peculaciones y patrañas que sobre el tema se habían dicho, se promulgó solemnemente el día 6 de julio de 1439 un de­ creto llamado Laetentur caeli, en el que declaraba dogma de fe para todos los católicos la existencia del Purgatorio.

Pero ¿qué es lo que realmente se debe creer sobre el Purgatorio? Sólo tres cosas definió el Concilio: a) que el Purgatorio existe; b) que no es un "lugar" sino un estado, en el que los difuntos son purificados; c) que los vivos pue­ den ayudar a los difuntos mediante sufragios. Estas tres co­ sas, y sólo éstas, forman parte del dogma del Purgatorio.

¿Hay que rezar por ¡a gente de allí?

Si el purgatorio dura sólo un instante, ¿tiene todavía sentido rezar por los difuntos y ofrecerles una misa? ¿No habrán pasado ellos ya por aquel sitio? Si el Purgatorio

ocurre en el segundo en que se pasa de este mundo al otro, tiene algún valor rezar en el noveno día, y al mes, y en el aniversario, como acostumbramos los católicos?

Por supuesto que tiene mucho valor. Nosotros, que es­ tamos inmersos en el tiempo, consideramos como "difun­ to" a alguien durante cierto tiempo más o menos largo, se­ gún nosotros sigamos viviendo. Y en este tiempo rogamos especialmente por él, para que Dios acelere el proceso de maduración por el que debe pasar. Pero Dios, que está en la eternidad, ve como actuales las oraciones futuras que nosotros iremos haciendo. Y en consideración a todas aquellas oraciones y misas que a lo largo de nuestra vida ofreceremos por nuestro difunto, Dios ya ahora las aplica instantáneamente al difunto. Si mientras ellos vivían eran nuestros actos de amor los que podían ayudarlos a mejorar como personas, ahora después de muertos, nuestras oracio­ nes son los nuevos actos de amor que invertimos en favor de ellos. Y por este aporte de amor nuestro, Dios los pleni- fica a ellos, los completa en el amor que les faltaba.

Por eso la Iglesia ha mantenido siempre la antiquísima costumbre de rezar por los difuntos. Y tanta importancia le da, que en el momento central de la misa les reserva un lu­ gar exclusivamente para ellos en el que se pide a Dios: "ad­ mítelos a contemplar la luz de tu rostro".

La alegría de estar en el Purgatorio

Estamos acostumbrados a ver el Purgatorio como un castigo divino por los pecados del hombre, una especie de "infierno con salida”. Pero no es así. En realidad es una gracia de Dios. La última gracia concedida para que el hombre se purifique con vistas a un futuro junto a él. Es la posibilidad gratis que Dios le da de poder madurar radical­ mente al amor. Es el instante en el que el hombre transfor­ ma completamente su vida para poder mirar a Dios cara a cara y entregarse a él en un abrazo eterno. Por eso durante la misa no se dice que los fieles del purgatorio estén ator­ mentándose, sino que "duermen ya el sueño de la paz".

Sin duda tenía razón santa Catalina de Génova cuando escribía: "No hay felicidad comparable a la de los que es­ tán en el purgatorio, a no ser la de los santos en el cielo. Es­ te estado debería ser ansiado más que temido, pues sus lla­ mas son llamas de inmenso amor y nostalgia." ¡Cuanto nos falta a nosotros, del siglo XX, para poder llegar a esta in­ tuición del siglo XV!

El Purgatorio es la espléndida doctrina de la esperanza y de la solidaridad cristiana. Enseña que la muerte no aca­ ba con las relaciones de los hombres; que éstos pueden se­ guir ayudándose, mediante actos de amor, tal como lo ha­ cían cuando vivían aquí en la tierra.

El Purgatorio es, al fin de cuentas, el sintético grito de que el amor es más fuerte que la muerte.

r

Para reflexionar

1) ¿Qué es lo que popularmente se cree sobre el Purga­ torio?

2) Si bien la existencia del Purgatorio es dogma de fe, ¿cuáles son los puntos que la Iglesia oficialmente propone a sus fieles para que crean?

3) ¿Por qué se debe sostener la existencia del Purgato­ rio?

4) ¿Tiene sentido rezar por nuestros difuntos? ¿Por qué?

¿EN QUE AÑO NACIÓ JESÚS?

Al principio, era Roma

Cuando Jesús vino al mundo nadie lo estaba esperando.

A pesar de que su nacimiento había sido anunciado duran­

te siglos por los profetas, y anhelado ansiosamente por el pueblo, y los dirigentes de Israel, ni siquiera trascendió la noticia, como para quedar registrada.

Después de su muerte, los primeros cristianos tampoco

se preocuparon en averiguar la fecha de su cumpleaños, si­ no en salir a predicar el Reino que él acababa de fundar. Y

a esto se abocaron de lleno durante siglos, sin interesarse por los detalles históricos de su vida.

Mientras tanto, ¿qué calendario empleaban los miles y miles de cristianos que a lo largo de los años habían abra­ zado la fe? Como estaban inmersos dentro del Imperio Ro­ mano, y éste era quien imponía las estructuras y normas de vida corriente, seguían el mismo cálculo empleado por Ro­ ma en toda el área de influencia de su gobierno.

El sistema consistía en contar los años a partir de la fun­ dación de la ciudad de Roma. Ése era considerado el 1.° año, y de ahí en adelante se sumaban los siguientes. Como difícilmente recordaban en el Imperio acontecimientos an­ teriores a aquella lejana fundación, no había mayores difi­ cultades.

Para hacer alusión a este calendario, se colocaba las ini­ ciales U.C., que significan "Urbis Conditae" (de la funda­ ción de la ciudad).

Se les había pasado

Pero con el correr de los siglos, muchos cristianos em­ pezaron a pensar que la fundación de la ciudad de Roma, que había sido pagana durante los mil primeros años de su existencia, no era el hito más adecuado para contar los años. Al contrario, consideraban el nacimiento de Jesús co­ mo el suceso central de la historia.

La idea se impuso con más fuerza cuando 450 años des­ pués de Cristo el Imperio Romano se desmoronó ante los embates de los pueblos bárbaros. Ya no quedaba nada que ligara a los cristianos con él, ni razón alguna para seguir considerándolo como el centro histórico de sus vidas. Ha­ bía que crear un nuevo calendario, que tuviera como eje a la persona de Jesucristo.

Entonces cayeron en la cuenta de que nadie sabía el día, ni el mes, ni siquiera el año de su nacimiento debido a que los autores de los evangelios habían omitido el detalle. Es­ tos escritos más bien contaban episodios aislados de la vi­ da del Salvador sobre la base de una catcquesis oral previa, pero no había en ellos la pretensión de una exacta cronolo­ gía de su vida.

Exiguo,que era gigante

Es en ese momento cuando se yergue la figura de un monje llamado Dionisio, natural de Escitia, región de la actual Rusia, pero que vivió casi toda su vida en Roma. Te­ nía por sobrenombre "el Exiguo", que significa pequeño, minúsculo, por lo que se ha supuesto que era de baja esta­ tura. Pero parece más bien que él mismo quiso llevar ese apodo por humildad.

Era uno de los hombres más eruditos de su época, bri­ llante teólogo, y gran conocedor de la historia de la Iglesia y de las cronologías. Por aquel tiempo había compuesto una célebre colección de decretos de los Papas y de deci­ siones de los Concilios con valiosos comentarios propios.

El papa Juan I, entonces, le encargó la colosal empresa de calcular la fecha de nacimiento de Cristo. Para ello con­ taba con algunas informaciones útiles que los evangelios podían aportar. Así, de san Lucas obtuvo que al comenzar su vida pública "Jesús tenía unos 30 años" (3, 23). Esto ya era un buen dato. ¿Pero en qué año empezó su vida públi­ ca? Unos versículos antes tenía la respuesta: "en el año 15 del gobierno de Tiberio César" (Le 3, 1).

Cuando Cristo llegó al centro

Confrontando largas tablas de fechas y cronologías, Dionisio dedujo que el año 15 de Tiberio, en que Jesús sa­

lió a predicar, correspondía al 783 U.C. Ahora bien, restan­ do los 30 años de vida de Jesús, obtuvo que había nacido en el 753 U.C.

Para ubicar a Jesucristo en el comienzo de una nueva era, el 754 U.C. tenía que pasar a ser el año 1, el 755 el año 2, y así sucesivamente. Después de cada número, Dionisio añadió las siglas "d.C.", es decir, "después de Cristo". A los años anteriores al nacimiento de Cristo, en cambio, los eti­ quetó "a.C.", es decir, "antes de Cristo".

En este nuevo calendario la fundación de Roma ya no figuraba más en el año 1, sino en el 753 a.C. Y Dionisio, que se encontraba viviendo por entonces en el año 1287 del calendario romano (U.C.), se dio con que vivía en el 533 de la nueva era cristiana. ¡Cuán grande habrá sido la emo­ ción del monje al convertirse así en el primer hombre que supo en qué año después de Cristo vivía!

La idea del nuevo calendario tuvo un éxito extraordina­ rio, e inmediatamente comenzó a ser aplicada en Roma. Poco después llegó a las Galias (la actual Francia) y a In­ glaterra. Tardará un poco aún en ser aceptada en España:

en Cataluña se la adopta tan sólo a partir de 1180; en Ara­ gón, desde la Navidad de 1350; en 1358 se lo admite en

Valencia; en Castilla desde 1383. Y llega a Portugal sólo en

1422.

Poco a poco, y no sin vencer grandes dificultades, se ge­ neralizó en todas partes para fines de la Edad Media. La gloria de Dionisio destelló en cada rincón del mundo anti­

guo, y cuando falleció catorce años más tarde, se habría podido anotar con orgullo en su obituario que había muer­ to "en el año 540 de la era inventada por él".

El imprevisto

Sin embargo, sabemos por los historiadores modernos que aquella alegría está hoy empañada: Dionisio se había equivocado.

En efecto el evangelio de Mateo aporta el dato, no con­ siderado por Dionisio, de que Jesús vino al mundo "en tiempos del rey Herodes" (2,1). Y por el escritor romano Flavio Josefo, contemporáneo de Cristo, sabemos que este rey murió en el año 4 a.C., pocos días después de un eclip­ se de luna ocurrido el 12 de marzo, que había iluminado con su luz siniestra la horrible enfermedad infecciosa del monarca. Por lo tanto, Jesús debió haber nacido por lo me­ nos 4 años antes de lo fijado por Dionisio.

Pero ¿cuánto antes de la muerte de Herodes había naci­ do?

Si el acontecimiento de los Magos de Oriente, relatado en Mateo 2, es sustancialmente histórico, podemos deducir que cuando éstos llegaron encontraron a Herodes sano y todavía en Jerusalén. Los recibió, realizó sus investigacio­ nes, y gozaba de buena salud pues les prometió ir a Belén después de que ellos volvieran y trajeran noticias del niño.

En cambio se sabe que el viejo monarca cuando sintió que su salud se agravaba, atormentado por la enfermedad, se hizo trasladar a Jericó, y luego a las termas de Callíroe para aplicarse unos baños curativos. En vista de que no mejoraba, se volvió a Jericó en donde murió poco después. Este viaje ocurrió en noviembre del año 5, a comienzos del invierno. Hay que hacer, pues, una segunda adición de me­ dio año más, y remontarnos a mediados del 5 a.C. para el nacimiento del Mesías.

La exactitud deseada

Si suponemos que fue histórico el asesinato de niños inocentes ordenado por Herodes, ante el temor de que al­ guno de los recién nacidos le quitara el trono, ¿cuántos años tenía Jesús cuando ocurrió la masacre?

Esta es la tercera adición que debemos hacer. Después de calcular la fecha del nacimiento de Jesús, Herodes orde­ nó matar a todos los niños "de dos años para abajo" (Mt 2,16). Aunque el rey haya alargado el tiempo a fin de que no se le escapara la presa, se puede razonablemente pensar que en ese entonces Jesús ya tenía entre un año y un año y medio.

Muchos autores antiguos incluso le dan los dos años. Algunos evangelios apócrifos también cuentan que tenía esa edad al momento de la muerte de los inocentes, y no faltan pinturas en las catacumbas que lo representan yacre-

cido. El mismo evangelio de Mateo dice que en el momen­ to de llegar los Magos hallaron al niño viviendo ya "en la casa" (2,11) y no en la gruta del nacimiento, como solemos representarlo.

Sumando ahora este nuevo margen de tiempo a nuestros cálculos, estamos ya entre finales del año 7 y mediados del año 6 a.C.

El año perdido y hallado

Pero ¿cuánto tiempo pasó entre la venida de los magos y la enfermedad de Herodes? Sólo este dato nos falta. Pe­ ro no parece que haya sido mucho tiempo, ya que si retro­ cedemos unos años más, nos alejaríamos bastante de la edad que vimos que le asigna el evangelista Lucas cuando dice que al comenzar Jesús "tenía unos 30 años". Aunque esta cifra es sólo aproximada, hay que quedarse en torno a los treinta. De agregar algún año más debería haber dicho que Jesús tenía "unos 40 años".

Por lo tanto, la fecha probable de su nacimiento es el año 7 a.C., y al comenzar su vida pública tenía unos 34 años.

Algunos estudiosos quieren llegar por otro camino a fi­ jar la fecha del nacimiento de Jesús, es decir, mediante el censo mencionado por Lucas, que realizó Quirino y que motivó el viaje de José y María a Belén (2,1). Pero esa vía está ya descartada, debido al carácter fragmentario de las

informaciones históricas acerca de Quirino, y especial­ mente por el hecho de que ninguna fuente histórica men­ ciona censo alguno realizado en tiempos del rey Herodes.

En conclusión, por los datos de los evangelios y de las demás fuentes históricas, debemos afirmar que Cristo na­ ció, paradójicamente, ¡en el año 7 antes de Cristo!

Por una era cristiana II

Esta frase, en sí contradictoria, ha despertado en mu­ chos la idea de reformar nuestro actual calendario y ajus­ tarlo con mayor precisión al nacimiento del Salvador. Para ello proponen agregar los 7 años que olvidó Dionisio en los cálculos de sus papeles. De esta manera, en vez de hallar­ nos ahora en el año 1997 estaríamos en el 2004.

La propuesta, aunque atrayente en su intención, es im­ practicable. En efecto, a todos los acontecimientos históri­ cos los tenemos ya fechados con esos 7 años de desfaáe. Cambiarlos uno por uno sería, además de un trabajo colo­ sal, un verdadero quebradero de cabezas. ¿Cómo volver a proponerle a los estudiosos de historia que Julio César no murió en el 44 sino en el 37 a.C., y que la Primera Guerra Mundial no comenzó en 1914 sino en 1921? ¿Cómo hacer cambiar a millones de estudiantes, que tienen mentalmen­ te fijadas tantas fechas, que Cristóbal Colón no arribó a América en 1492 sino en 1499, y que la independencia ar­ gentina no fue en 1816 sino en 1823?

Pero sobre todo es una iniciativa sin sentido, porque así como está el calendario, con la diferencia de 7 años, igual­ mente cumple la intención de Dionisio: recordar perpetua­ mente que con la venida de Cristo al mundo la historia ha quedado partida en dos; que no es lo mismo el mundo an­ tes de él que después de él; que él es el eje del tiempo en torno al cual gira todo acontecimiento humano. Con seme­ jante proyecto pedagógico, los años discordantes no afec­ tan en absoluto su objetivo primigenio.

¿Existe el año 2000?

Dentro de poco el mundo entero celebrará el adveni­ miento del año 2000. Y ya comienzan a aparecer los fatídi­ cos agoreros con sus profecías del fin del mundo, los vati­ cinios sobre catástrofes propias del cambio de milenio, y el ingreso en una nueva era regida por ciertos signos zodiaca­ les.

Esto no es de extrañar. Los manuales de historia cuen­ tan que cuando el mundo ingresaba en el año 1000 d.C., también se elevó por toda la sociedad medieval un rumor de catástrofe y de desórdenes cósmicos que se extendió co­ mo un fuego, espantando a la gente y transtomando la vi­ da de millones de personas. Ahora que ingresamos a un nuevo milenio vuelven a repetirse aquella atávica actitud.

Pero a la luz de lo expuesto, uno se preguntar: ¿existe el año 2000? Porque si bien en las relaciones internacionales

:

.

se ha extendido el calendario dionisiano, en el interior de muchos países y grupos religiosos no tiene vigencia. Para 19 millones de judíos estamos en el año 5758. Para 800 mi­ llones de musulmanes acabamos de ingresar en el año 1418. Para los persas musulmanes de Irán el calendario les indica, en cambio, el 1377. Los japoneses de religión shin- toísta, viven ahora en el año 2657. Por su parte millones de devotos de ciertos credos de la India sostienen que estamos en el 2055, y los chinos confusionistas viven en el 2548.

Ni para los cristianos

Ni siquiera las iglesias cristianas esperan con unanimi­ dad un año 2000. Los cristianos coptos de Egipto van en el año 1714, los caldeos de Irak en el 6747, los armenios en el 1444, y los sirios en el 2309. Si a esto le sumamos que los novecientos millones de católicos están en 7 años des­ fasados del verdadero inicio de la era, cabe preguntarse:

¿cuándo entramos realmente en el año 2000? ¿Para cuál de todos estos grupos llegará la nefasta fecha?

El año 2000 no existe. Es simplemente un acuerdo con­ vencional para poner a Cristo en el centro de nuestra histo­ ria. Por eso es absurdo pensar que se acerque en fecha pró­ xima alguna desgracia calendárica.

Gracias a Dionisio, Cristo reina en nuestros almana­ ques. Aunque no seamos conscientes, toda fecha que escri­ bimos al encabezar una carta, hacer un recibo, firmar un

acta, llenar un cheque, nos recuerda su venida a este mun­ do.

Él es el centro de nuestra historia. Debemos, en conse­ cuencia, vivir de tal manera que también en nuestro obrar cotidiano sea él el centro de nuestra vida.

Para reflexionar

1) ¿Cómo se contaban los años antes del nacimiento de Cristo?

2) ¿Cómo nació el calendario cristiano?

3) ¿Con qué sentido fue confeccionado un calendario que pusiera como centro de todo el nacimiento de Cristo?

4) ¿En cuántos años está desfasado el calendario cristia­ no? ¿Por qué?

5) Si Cristo es el centro del tiempo, ¿qué lugar real ocu­ pa su figura en mi vida?

¿QUIÉN ERA EL DISCIPULO AMADO DE JESÚS?

Los hombres del Maestro

Todos sabemos que Jesús eligió a doce apóstoles para que estuvieran con Él, lo acompañaran durante su vida, y para mandarlos después a anunciar el mensaje que le ha­ bían oído predicar.

Y cuando queremos enterarnos cómo se llamaban estos

doce apóstoles, basta con recurrir al Nuevo Testamento. Allí, cuatro libros nos dan la lista completa de sus nom­ bres: el evangelio de Mateo (10, 2-4), el de Marcos (3, 16- 19), el de Lucas (6, 14-16) y los Hechos de los Apóstoles

(1,13).

El único evangelista que no transcribe el elenco de los apóstoles es san Juan. No obstante esto, los va mencionan­ do en los distintos episodios que relata en su evangelio, in­ cluso muchas más veces que los otros evangelistas.

De esta manera sabemos que aquellos doce apóstoles, columnas de la Iglesia primitiva, se llamaban: Simón Pe­ dro y Andrés su hermano, Santiago y su hermano Juan, Fe­ lipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el cobrador de impues­ tos, Santiago hijo de Alfeo y Tadeo, Simón el zelote, y fi­ nalmente Judas Iscariote que lo traicionó.

El innominado

Pero además de estos hombres, que constituían el entor­ no de Jesús, y cuya identidad nos revelan las listas, apare­ ce en el cuarto Evangelio un misterioso personaje. Se trata de alguien muy cercano al Maestro, que comparte con él sus momentos más íntimos, que figura hasta en los últimos versículos del Evangelio, pero cuyo nombre no viene ja­ más mencionado. Simplemente se lo designa como "el dis­ cípulo amado".

Ningún otro evangelio, fuera del de Juan, alude a su presencia ni a su existencia.

La primera vez que lo vemos aparecer es en la última Cena (13, 23-26), cuando reclina su cabeza sobre el pecho de Jesús, y Éste le revela en privado quién lo estaba por traicionar.

Luego no se lo vuelve a mencionar hasta que Jesús se encuentra agonizando en la cruz (19, 25-27). Entonces el discípulo amado es el único de los apóstoles que está a sus pies, acompañando al Maestro en su tormento, y recibe de El el encargo de cuidar a María, a quien en adelante debe­ ría acoger como madre.

Sus seis apariciones

La tercera vez que aparece es en el domingo de Pascua,

cuando todos están desconcertados porque no encuentran el cadáver de Jesús. El discípulo amado, pues, corre hasta el sepulcro junto con Pedro, y es el primero en creer en la resurrección del Señor cuando ningún otro podía todavía imaginar siquiera semejante portento (20, 2-10).

Al final ya del Evangelio (21, 7), el discípulo al que Je­ sús amaba se encuentra pescando en una barca junto con Simón Pedro y los otros discípulos. Cuando aparece Jesús resucitado de pie en la orilla, es el único que lo reconoce, y se lo dice a Pedro.

Hay otro episodio, en el que vemos al discípulo amado siguiendo de atrás y muy de cerca a Pedro y a Jesús, y so­ bre él profetiza el Señor diciendo que es capaz de hacerlo permanecer en este mundo hasta su segunda venida (21,

20-23).

El último dato que tenemos sobre su persona es que él constituye la fuente de información de las cosas que han si­ do narradas en el Evangelio (21, 24).

En total se cuentan seis apariciones de este extraño per­ sonaje, de quien no se nos da absolutamente ninguna infor­ mación, ni cómo fue llamado, ni su patria, ni su familia, ni su profesión, ni su temperamento, sino únicamente que contaba con el particular privilegio de ser especialmente amado por Jesús.

Una propuesta con causa

¿Quién es este enigmático discípulo, que se presenta siempre en los momentos claves del Evangelio y muestra un estrecho vínculo con Jesús? ¿Es uno de los doce após­ toles que conocemos? ¿Se trata de algún otro seguidor del Señor de quién no nos ha llegado ninguna otra seña parti­ cular? ¿Es alguien que aparece luego en otros relatos dis­ tintos del Evangelio de Juan?

A lo largo de los siglos los estudiosos de la Biblia han sugerido las más variadas soluciones para resolver este misterio, y las opiniones de los exegetas se han dividido al respecto.

Un grupo de ellos supone que se trata de Lázaro, aquel joven a quien Jesús resucitó después de cuatro días de muerto. En efecto, es el único personaje masculino del evangelio a cerca del cual se dice que Jesús lo amaba, y el autor lo repite cuatro veces durante el episodio de su vuel­ ta a la vida (11, 3. 5 .11. 36). Además, se hace notar cómo todos los pasajes relativos al discípulo amado en el evan­ gelio de Juan aparecen después de la resurrección de Láza­ ro.

Incluso se ha llegado a sugerir que el discípulo amado fue el primero en reconocer a Cristo resucitado precisa­ mente porque era Lázaro, que ya había pasado por la mis­ ma experiencia.

Dificultades que pesan

Pero resulta impensable admitir que de una misma per­ sona se hable a veces anónimamente, y otras veces se la ci­ te con su nombre sin advertimos que es la misma, cuando los mismos evangelios son tan cuidadosos en evitar confu­ siones entre los apóstoles. En este sentido suelen citar, jun­ to a sus nombres propios, los de sus padres, o su patria, o su actividad (como cuando se distingue a Santiago hijo de Alfeo y Santiago el menor; Judas hermano de Santiago y Judas Iscariote; Juan hijo de Zebedeo y Juan el bautista) a fin de diferenciarlos entre ellos.

Además, el discípulo amado estuvo en la última Cena reclinando su cabeza en el pecho de Jesús. Y sabemos por Mateo (26, 20) que de ella participaron solamente los doce apóstoles, a los cuales no pertenecía Lázaro. Por lo tanto, se hace difícil defender esta solución.

Otros rechazados

Un candidato también sugerido por los autores es el jo­ ven rico, que se acercó un día a Jesús para preguntarle qué debía hacer para ganar la vida eterna. Se basa esta hipóte­ sis en que el relato de Marcos afirma que Jesús "fijando en él su mirada, lo amó" (10, 21).

Pero no parece probable que el discípulo al que tanto amaba Jesús sea precisamente el único que en todo el

Evangelio rechazó la invitación de seguir al Señor, prefirió sus riquezas y se alejó de él. Peor aún, Jesús lo tomó como antitestimonio y ejemplo de las nefastas consecuencias que el apego a las riquezas pueden traer a un hombre. ¿Cómo es que después sale amándolo más que a los otros, que lo habían dejado todo por seguirlo a Él?

Un tercero que ha sido insinuado es Natanael, aquel dis­ cípulo mencionado una sola vez por Juan, y a quien Jesús cuando lo vio le dijo que era "un auténtico israelita en quien no hay engaño" (Jn 1,47). Y él mismo proclamó a Je­ sús como Hijo de Dios y Rey de Israel.

Aunque varios estudiosos lo han propuesto como el dis­ cípulo amado, el principal obstáculo radica en que ningu­ no de los otros tres evangelistas habla de él, y ni siquiera saben que haya existido un discípulo llamado Natanael. ¿Cómo pudo haber estado tan cerca del corazón de Jesús, y ser ignorado por los otros evangelistas y por todos los otros libros del Nuevo Testamento?

Las sugerencias unánimes: Juan

Quien se lleva realmente las palmas en el intento de ocupar el puesto del discípulo amado es el apóstol Juan, el mismo autor del cuarto Evangelio.

De todas las propuestas que se han hecho, es la que más peso tiene, y la que seduce a la mayor parte de los estudio­ sos y lectores de la Biblia. En primer lugar, porque es casi

tan vieja como el Evangelio mismo. Ya en el siglo II, san Ireneo afirmaba que Juan, el discípulo del Señor que se re­ clinó sobre su pecho, escribió el cuarto Evangelio. Ningu­ na otra hipótesis tiene el privilegio de contar con una tra­ dición tan antigua.

Por esa misma época Polícrates, obispo de Efeso, refie­ re la misma noticia. Y desde entonces, en una cadena inin­ terrumpida que llega hasta nuestros días, se han ido suce­ diendo en todas las épocas los sostenedores de la persona de Juan como el discípulo amado, al punto tal de acallar prácticamente todas las voces discordantes.

Un silencio que hace pensar

Esta hipótesis parece corroborada por un detalle curio­ so del cuarto evangelio: es el único que no nombra nunca al apóstol Juan. Silencio éste verdaderamente sorprenden­ te, dado que menciona a los demás apóstoles (Simón Pe­ dro, Andrés, Felipe, Tomás) muchas más veces de lo que lo hacen los otros tres Evangelios. En cambio sobre Juan guarda un absoluto silencio.

Este pormenor ha sido interpretado en el sentido de que el mismo autor, Juan, el discipulo amado, por modestia y humildad ha querido deliberadamente callar su nombre, a fin de no poner en evidencia ante los demás esta predilec­ ción especial del Maestro hacia su persona. El apelativo de "discípulo amado" que él mismo se da no sería sino una

discreta alusión anónima, propia del alma delicada de Juan.

Por otra parte, nos consta por los demás Evangelios que Juan pertenecía al pequeño grupo de tres apóstoles preferi­ dos por el Señor, juntamente con Pedro y Santiago. En efecto, solamente delante de ellos tres quiso Jesús transfi­ gurarse (Me 9, 2), sólo a ellos les permitió que lo acompa­ ñaran para resucitar a la hija de Jairo (Me 5, 37), sólo con ellos agonizó la noche antes de la crucifixión (14, 33), só­ lo a ellos les cambió el nombre y les dio uno nuevo (Me 3, 16-17), y a ellos solos, con Andrés, les contó los pormeno­ res del fin del mundo (Me 13, 3).

No es extraño, pues, que de entre ellos Jesús hubiera privilegiado a uno, en este caso a Juan, el único de los do­ ce que según la tradición no era casado.

Cuando la hipótesis hace agua

Sin embargo a estas afirmaciones e indicios se oponen algunos argumentos que llevan a cuestionar la figura del discípulo amado.

En primer lugar, si Juan, el autor del Evangelio, es el discípulo amado, ¿se hubiera elegido como el héroe del evangelio, el ejemplo más perfecto de apóstol? ¿Se hubie­ ra llamado a sí mismo de ese modo, como diciendo "yo era su predilecto, sólo a mí me amaba, a mí me prefería por so­ bre ustedes"? ¿No hubiera sido una arrogancia enorme? ¿Y

eso lo hubiera hecho en nombre de la modestia y la humil­ dad?

Pero sobre todo la diferencia de caracteres de ambos personajes es lo que nos desaconseja identificar al apóstol Juan con el discípulo amado.

Juan aparece en los evangelios como un hombre ambi­ cioso, con un temperamento explosivo, con un corazón in­ tolerante. Tan violento era su carácter, que estaba dispues­ to a hacer desaparecer una aldea samaritana con fuego del cielo porque no los quisieron recibir cuando iban camino de Jerusalén (Le 9, 54). Tan ambicioso, que pidió ocupar junto con su hermano los primeros puestos en el reino que Jesús estaba por fundar (Me 10, 35-37). Tan exclusivista, que una vez prohibió a alguien curar a un enfermo en el nombre de Jesús porque no pertenecía a su grupo, lo que le valió una reprensión de Jesús (Me 9, 38).

En cambio la figura del discípulo amado es la figura del amor. Es el ideal de discípulo, el cristiano cabal. Es el úni­ co de los Apóstoles que nunca aparece fuera de lugar, ni es reprendido por Jesús.

Es particularmente esto último lo que nos termina de convencer de que no se trata de Juan. Y quizás de ninguno de los demás apóstoles ni discípulos conocidos. Es dema­ siado perfecto, demasiado brillante. Cumple siempre una actuación tan correcta y virtuosa, que no parece ser alguien real del círculo de Jesús.

La mejor solución

"Si el evangelista no nos da su nombre, no debemos in­ tentar preguntar quién es", afirmaba san Agustín. Pero qui­ zás todo este análisis que hicimos nos esté dando la clave para la respuesta.

El discípulo amado no existió. O mejor, sí existe: somos todos nosotros. No se trata de una figura real, sino un sím­ bolo de lo que debe ser todo verdadero seguidor de Jesús.

Es el perfecto discípulo cristiano, que acompaña a Jesús en su dolorosa Cena y que se siente tan cercano a Él que es capaz de reclinar la cabeza sobre su pecho para escuchar las confidencias últimas que el Maestro le hace, mientras los demás están distraídos discutiendo sobre los primeros puestos.

Es el único que no tiene miedo de acompañarlo en la cruz cuando todos lo abandonan. De seguirlo hasta las úl­ timas consecuencias, no sólo cuando era aclamado por las multitudes. Y en premio a su perseverancia recibe de rega­ lo la maternidad de María.

Cuando el domingo de resurrección todos están descon­ certados, sin saber qué ha sucedido con el cadáver de Je­ sús, es el que inmediatamente cree en su resurrección con apenas mirar el interior de la tumba.

Es el que tiene los ojos tan puros, que lo descubre des­ de lejos en la pesca milagrosa cuando nadie lo reconoce.

Un retrato para todos

Es el que sigue de cerca a Jesús, y también a Pedro, es decir, a la jerarquía de la Iglesia, sin creerse él, por más amado que hubiera sido, con poder de mando ni de supe­ rioridad en la comunidad.

Es, en fin, el capaz de dar testimonio de lo escrito en el evangelio, porque toda su vida fue un vivir lo que predica­ ba.

San Juan, pues, como autor del evangelio, no estaba pensando en una persona histórica cuando hablaba del dis­ cípulo al que Jesús amaba. Tampoco ha buscado retratarse él mismo en el evangelio, sino a todos aquellos que a lo largo de la historia se esfuerzan por vivir como el Maestro ordenó. Ellos son los verdaderos discípulos. Ellos son los amados de Jesús.

De alguna manera, Juan ha querido proceder como esos fotógrafos que para hacer más atrayente el retrato presen­ tan la fachada en cartón de algún personaje sin cabeza. Allí uno con sólo colocar su propio rostro puede aparecer en la foto como si fuera suya la figura.

También el evangelio ofrece, en la presentación de este discípulo, un personaje sin rostro, anónimo, en donde cada uno de nosotros, con sólo seguir de cerca al Maestro y vi­ vir como él ordenó, puede colocar en ella su cabeza y con­ vertirse en el discípulo amado de Jesús.

Para reflexionar

1)¿Qué características tiene la personalidad del discípu­ lo amado?

2)¿Con qué figuras bíblicas se lo ha identificado?

3)¿Cuál es el personaje al que la tradición más lo ha se­ ñalado como el discípulo amado? ¿Por qué?

4)¿Este apóstol de Jesús reúne las características del discípulo amado?

5)¿Qué enseñan los modernos biblistas sobre la perso­ nalidad del discípulo amado?

6)¿Qué características debe reunir actualmente un ver­ dadero discípulo de Jesús?

¿SE PUEDE PROBAR LA RESURRECCIÓN DE JESÚS?

La nueva teoría

Hace algunos meses, una revista de actualidad publicó una entrevista al escritor Walter Maggiorani, el cual habría hecho revelaciones sorprendentes producto de sus investi­ gaciones.

Maggiorani es un estudioso de la Sábana Santa, el sa­ grado lienzo que se conserva en Turín y que según una an­ tiquísima tradición apoyada por numerosas ramas de la ciencia, habría envuelto el cuerpo de Jesús en el momento de su sepultura. Y sostiene este autor que la sangre que se encuentra en la sábana no pertenece a la pasión de Jesús, como se viene creyendo tradicionalmente, sino que brotó de su cuerpo cuando ya estaba resucitado.

De confirmarse sus análisis, Maggiorani habría logrado algo que por primera vez es posible en la historia: probar científicamente la resurrección de Cristo.

El fundamento de su afirmación lo encuentra en el da­ to de los evangelio según el cual, al ser crucificado Jesús el cielo se nubló totalmente. Este "nublado” significaría que durante el tiempo en que Jesús estuvo en la agonía de la cruz se desató una lluvia violenta y prolongada, la cual

habría dejado posteriormente limpio de sangre el cadáver suspendido en el madero. Cuando a las 5 de la tarde baja­ ron el cuerpo así lavado, éste solamente tendría las man­ chas de la sangre que brotó del costado abierto, ya que la lanzada que le asestó un soldado romano (Jn 19, 31-36) habría sido la única herida ocasionada después de la llu­ via.

Luego, para enterrarlo según los ritos de los judíos, lo habrían aseado completamente, incluso de la sangre mana­ da de su costado.

Las nuevas conclusiones

Si lo sepultaron limpio y debidamente ungido, ¿cómo es que entonces la Sábana Santa está repleta de manchas de sangre, de los pies a la cabeza? Responde Maggiorani: son restos de sangre de Jesús resucitado. Por eso su análisis re­ vela propiedades especialísimas. Por ejemplo, en vez de los 4 ó 5 millones de glóbulos rojos que una persona nor­ mal tiene, ¡ésta contaría con más de 11 millones, por milí­ metro cúbico!

¿Y para qué le serviría a Jesús tener más del doble de los glóbulos rojos en su nuevo cuerpo resucitado? Para re­ doblar el metabolismo aeróbico celular, contesta. Es decir, para poder respirar más oxígeno y liberar más anhídrido carbónico, lo cual estaría más acorde con la condición de un hombre resucitado.

De esta manera afirma haber descubierto las "pruebas científicas" de la resurrección.

Toda esta retahila de aserciones carece absolutamente de seriedad, ya que oscila entre la ciencia ficción y lo ab­ surdo. En efecto, con poco que las analicemos, estas afir­ maciones dejan traslucir graves errores teológicos, filosó­ ficos, científicos e históricos.

Aclarando el "oscurecimiento"

En primer lugar toda la argumentación de Maggiorani se centra en la famosa "lluvia" que habría caído al nublar­ se el cielo entre las 12 y las 3 de la tarde del viernes santo, mientras agonizaba Jesús (cf. Me 15, 33).

Pero en verdad no existió tal lluvia, porque no hubo nin­ gún oscurecimiento real del sol aquel día. Cuando san Marcos dice que "llegado el mediodía la oscuridad cayó sobre toda la tierra hasta las 3 de la tarde" no está relatan­ do un fenómeno atmosférico acontecido realmente, sino que emplea una figura simbólica. Con ella quiere expresar que toda la naturaleza y el cosmos se estaban asociando al dolor de la muerte de Jesús.

Es un recurso literario muy usado por los escritores en la antigüedad. El poeta Virgilio, por ejemplo, refiere que al morir Julio César ocurrieron fenómenos semejantes en la naturaleza. Lo mismo se cuenta de la muerte de Rómulo, el

fundador de Roma, y de ciertos rabinos famosos de los pri­ meros siglos.

Que es simbólico este detalle se ve por la exageración de Marcos cuando puntualiza que la oscuridad cayó "sobre toda la tierra", fenómeno éste meteorológicamente imposi­ ble, y que no quedó registrado en la memoria de ningún pueblo.

Los ecos de un profeta

Pero hay una razón más poderosa por la cual Marcos cuenta el oscurecimiento del sol. Un profeta del siglo VIII a.C. llamado Amos, hablando sobre el final de los tiempos y el juicio de Dios, había profetizado: "Sucederá aquel día que en pleno mediodía haré que se ponga el sol, y cubriré de tinieblas la tierra en la luz del día" (8, 9).

Esta vigorosa imagen, propia de la mentalidad de la época, fue la que inspiró a Marcos para relatar este detalle de la muerte de Jesús.

Pero ¿por qué lo hizo, si no había ocurrido de hecho un acontecimiento así? Por la misma razón por la que escribió todo su evangelio. No para exponer sucesos puramente his­ tóricos, sino para explicar lo que aquellos hechos represen­ taban para toda la humanidad.

Al decir que se había oscurecido el sol al mediodía, re­ montándose a la profecía de Amos, el evangelista consta­

taba que con la muerte de ese hombre colgado de la cruz había llegado el final del mundo, o al menos el final de un mundo y el comienzo de otro nuevo, enteramente distinto.

La sepultura a medias

Ahora bien, al no haber existido lluvia alguna en el mo­ mento de la muerte de Jesús, tampoco pudo haberse lava­ do su cadáver manchado con la sangre de la pasión. Esto lo confirma el mismo Marcos, al relatar que cuando descol­ garon el cuerpo de la cruz, por ser aquel día víspera del sá­ bado y no tener tiempo para lavarlo y embalsamarlo como correspondía, simplemente lo envolvieron en una sábana y lo pusieron en el sepulcro (15, 42-47).

¿Y por qué un grupo de mujeres fue el domingo de ma­ drugada al sepulcro con perfumes y ungüentos pretendien­ do ingresar hasta el cadáver (16, 3)? Simplemente porque lo habían dejado sucio y ensangrentado, y querían ahora terminar con los ritos propios del sepelio.

Por lo tanto, el cadáver de Jesús no había sido sometido al tratamiento funerario completo, como sostiene Maggio­ rani. Y fueron los restos de sangre de su pasión que habían quedado sin limpiar, los que impregnaron la sábana conque fue envuelto.

Ni Pablo lo sabía

Que Maggiorani haya logrado contar los glóbulos rojos de la sangre de la Sábana Santa, resulta irrelevante para probar la resurrección.

En primer lugar, ¿de cuántos otros resucitados tuvo la oportunidad de analizar la sangre, para afirmar que ésta, con 11 millones de glóbulos rojos, pertenece al mismo ti­ po?

Por otra parte, según él una sangre así tendría "faculta­ des revitalizantes". Pero esto es desconocer las enseñanzas de la teología sobre la resurrección. Es cierto, no sabemos con qué cuerpo resucitaremos luego de la muerte. Pero nin­ gún teólogo concibe que tendremos un cuerpo con las ca­ racterísticas biológicas del actual.

Ya san Pablo, escribiéndole a los corintios que se pre­ guntaban sobre estos detalles, les decía: "Necio. Lo que tú siembras (entierras) no es el cuerpo que va a brotar. En la resurrección de los muertos se siembra un cuerpo natural, pero resucita un cueipo espiritual" (1 Cor 15, 36-44).

No conocemos, pues, nuestro futuro ser, pero sí sabe­ mos que no tendrá ninguna de las cualidades del nuestro actual, sometido a las leyes del tiempo, del espacio y de la biología.

Por lo tanto, de nada le hubiera servido a Jesús que el nuevo cuerpo que estrenaba en su reciente resurrección pu­ diera oxigenarse mejor que antes, ni perfeccionar su meta­

bolismo, ya que adonde ahora se dirigía en su nuevo esta­ do no era ningún lugar más aquí de la atmósfera, sino na­ da menos que a la eternidad de Dios.

A

la fe lo que es de la fe

Al final de sus declaraciones, Maggiorani afirma haber encontrado las pruebas científicas de la resurrección. Para él, el objeto central de toda la fe cristiana, lo que escapa a todo razonamiento, lo que supera toda comprobación, lo que ni ojo vio ni oído oyó, el acontecimiento metahistóri- co por excelencia, ahora puede ser conocido gracias a un simple análisis de hematocrito.

De esta manera ya no hace falta creer. Porque cuando algo puede ser visto, comprobado, conocido empíricamen­ te, desaparece la fe. Sólo podemos tener fe en aquello que no se puede comprobar ni demostrar.

Para san Pablo, la resurrección es conocida por la fe. Por eso escribía gozoso: "Si crees en tu corazón que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos, serás salvo" (Rm 10,

9).

Para Maggiorani, ya no hace falta la fe. Basta confiar en los resultados del microdensidómetro, con su asombroso resultado del 86 por ciento de glóbulos rojos en vez del 45 por ciento normal.

El esfuerzo que no se ahorra

El artículo de la mencionada revista que venimos co­ mentando, traía en recuadro un dato más sorprendente to­ davía: que el Vaticano habría dado su "aprobación eclesiás­ tica" a la nueva teoría. Se trata, ciertamente, de una afirma­ ción superficial y sin ninguna seriedad. Nunca la Iglesia podrá pronunciarse sobre una teoría científica, porque su papel es el de velar por las verdades de fe.

La resurrección no puede ser demostrada científicamen­ te, porque es algo que escapa a los sentidos. Es un hecho ocurrido fuera de la historia, más allá de nuestra dimen­ sión, y que no dejó ninguna huella material en este mundo.

De esta manera Jesús cumplió su parte en el plan de sal­ vación. Resta el trabajo personal de cada uno de creer que eso ocurrió realmente.

Maggiorani no logró comprobar nada. Tampoco es cuestión de tiempo. Ningún análisis científico futuro, ni de la Sábana Santa, ni de ninguna otra realidad, podrá llevar­ nos hasta la resurrección de Jesús. Todos los estudios se frenarán siempre un momento antes, es decir, en la puerta de entrada, en el último instante de su muerte. Lo demás es cuestión de fe.

Y ni la ciencia, ni la técnica, ni el progreso, podrán aho­

rrarnos jamás este supremo esfuerzo.

Para reflexionar

1) Según san Pablo ¿puede demostrarse experimental­ mente la resurrección de una persona?

2) ¿Hoy en día podría demostrarse científicamente la re­ surrección de una persona? ¿Por qué?

3) Si según la Biblia todo lo referente al más allá no puede demostrarse sino que es cuestión de fe, ¿qué decir de todos esos libros que pretenden demostrar "científicamente" la vida después de esta vida?

4) ¿Qué pienso yo de la existencia de otra vida?

PALABRAS DE MONS. ARMANDO LEVORATTI

El estudio científico de la Biblia ha tenido a lo largo de todo este siglo un desarrollo extraordinario, y el cur­ so de las investigaciones continúa a un ritmo cada vez más acelerado. Multitud de estudiosos (exégetas, ar­ queólogos, historiadores, lingüistas) han aportado un increíble cúmulo de conocimientos, pero los resultados de sus esfuerzos quedan por lo general registrados en revistas especializadas, en volúmenes gruesos y costo­ sos, o en libros escritos en lenguas extrañas. Esto ha abierto una profunda brecha entre los estudiosos de la Biblia y el creyente común, ya que este último, por ca­ recer de suficientes recursos intelectuales y económicos, casi nunca puede acceder a esos conocimientos especia­ lizados. De ahí la utilidad e importancia de los trabajos reu­ nidos por el P. Álvarez Valdés en estos pequeños libros

Se trata de exposiciones breves, claras y didácticas,

destinadas a aclarar los temas que más pueden interesar (y que muchas veces inquietan) a los fieles cristianos y aun a muchos no creyentes.

Este esfuerzo de divulgación científica presta además otro importante servicio. Hoy muchos creyentes (en su mayoría protestantes, pero también algunos católicos) rechazan hasta las conclusiones más razonables y segu­

). (

131

ras de las ciencias bíblicas, porque consideran que acep­ tarlas equivaldría a negar la inspiración de las Escrituras. Esta hermenéutica errónea ya íiie criticada en 1948 por la encíclica de Pío XII Divino Afflcmte Spiritu, pero en una época más reciente la Pontificia Comisión Bíblica consideró oportuno volver sobre el tema, debido a su importancia y actualidad. En este documento, la PCB valora y recomienda insistentemente el recurso a las ciencias para lograr una mejor comprensión de las Es­ crituras, y pone también serios reparos a todo intento de interpretación fundamentalista. El fundamentalismo, en efecto, presupone con razón que cada frase de la Es­ critura debe ser interpretada “literalmente”, pero con­ funde la “interpretación literal” con una lectura que to­

ma al pie de la letra cada detalle (

principio, se excluye como contrario al carácter inspira­ do de los textos bíblicos el empleo de cualquier méto­ do científico, y se descalifica toda comprensión de la Bi­ blia que tenga en cuenta su desarrollo histórico o el ca­ rácter progresivo de la Revelación ( El P. Alvarez Valdés hace notar otro aspecto impor­ tante. Una exégesis sanamente crítica no puede ser no­ civa para la fe, porque la fe y la razón no se contradicen. Una y otra proceden de Dios, que es la fuente primera de toda verdad. La Revelación divina supera no pocas veces la capacidad humana de comprensión, pero nun­ ca es irracional ni incoherente. Las cuestiones religiosas tienen ciertamente un contenido emocional, pero im­ plican mucho más que simples emociones.

A partir de este

).

/

132

El autor de estos libros no pretende decir cosas nue­ vas. Sólo trata de cubrir el “vacío divuigativo” tan no­ torio en nuestro medio, exponiendo con sencillez te­ mas ya tratados en forma más técnica por especialistas de reconocida competencia.

A. J. Levoratti, en Revista Bíblica, año 57, Nueva época n.° 59, 1995.

133

ÍNDICE

Prólogo

5

¿Quién puso capítulos a la biblia?

Un detalle

no previsto

9

El

ensayo judío 10

El

ensayo cristiano

11

Lo hizo un arzobispo

11

Se conserva un manuscrito

12

Más cortas, son

mejores

13

El

trabajo defintivo

14

No salió del todo bien

15

Es mucho lo que se sabe

16

Para reflexionar

17

¿El mundo fue creado dos veces? En principio, un problema

19

Otra vez lo mismo

20

Y

se contradicen

21

Más divergencias

22

El segundo es primero

23

Los aportes vecinos

24

La gran decepción 25

Para salvar la fe

26

Creer en

tierra extranjera

26

Nace un

capítulo

27

Un Dios actualizado

28

Dos son poco

29

Para reflexionar 30

¿Vivieron mucho tiempo los patriarcas del Antiguo Testamento? El día del primer día

31

Los patriarcas de la discordia

32

Otros dos enigmas

33

¿Para qué sirve una genealogía?

34

El valor de una promesa

El invernadero que no fue Jugando a las edades No sólo los diluvianos Mensaje que sí sabemos Receta para una larga vida La receta mejor Los 4.000 domingos de una vida Para reflexionar

35

36

37

38

39

40

40

42

42

¿Somos todos descendientes de Noé?

y Todos a partir de uno La “Tabla de las naciones” Como “padres” e “hijos” Era una empresa limitada La peligrosa lectura literal Los eruditos y la Virgen

Colón

la Biblia

45

45

46

47

48

49

50

Lo tuvo que decir el Papa 50

Lo

que puede dar una tabla vieja

51

Israel, uno más

52

La gran familia

53

Mil años después, Jesús

54

Para reflexionar

55

¿La Biblia prohíbe hacer imágenes? El mandamiento que falta

57

Lo que la Ley decía

58

Lo

que el pueblo vivía

58

Un templo sin prejuicios

60

Ni una sola voz

61

La razón sospechada

62

Ahora sí, la v o z

63

Cuando Dios fabrica imagen

64

No va más

:

 

65

Hasta el mismo Lutero

66

La imagen obligatoria

67

Para reflexionar

68

¿El Dios de Israel era Yahvé o Jehová? Cuando eran muchos los dioses

71

El Dios de la zarza

72

mucho

73

Nombre que da para Por las dudas, nunca

 

74

Para economía de papel

75

Mil

años de

incertidumbre

76

Los rabinos salvadores

77

Hasta los cristianos

78

¿Cómo llamarlo?

79

Para

reflexionar

80

Según la Biblia, ¿existe el purgatorio?

Hacia un purgatorio del

Purgatorio

83

Lo que no hay que creer

84

¿Aparece la

Biblia?

85

¡Cómo iban a saberlo los Macabeos!

86

¿Y San Pablo?

87

¿Por qué creen los católicos?

88

El sentido del purgatorio

89

¿Cuánto tiempo dura?

90

¿Es dogma de fe?

91

¿Hay que rezar por la gente de allí?

92

La alegría de estar en el Purgatorio

94

Para

reflexionar

 

95

¿En qué año nació Jesús? Al principio, era Roma

97

Se les había pasado

98

Exiguo, que era gigante

99

Cuando

Cristo llegó al centro

99

El

imprevisto . 101

La exactitud deseada

102

El

año perdido y hallado

103

Por una era cristiana I I

104

¿Existe el año 2000?

104

Ni para los cristianos

106

 

Para

reflexionar

107

¿Quién era el discípulo amado de Jesús? Los hombres del Maestro

109

El

innominado

110

Sus seis apariciones

110

Una propuesta con causa 112

Dificultades que pesan

113

Otros rechazados

. 113

Las sugerencias unánimes: Juan

114

Un silencio que hace pensar

115

Cuando la hipótesis hace agua

116

La mejor solución

118

Un retrato para todos

119

Para reflexionar

120

¿Se puede probar la resurrección de Jesús? La nueva teoría

121

Las nuevas conclusiones 122

Aclarando el “oscurecimiento”

123

Los ecos de un profeta

124

La sepultura a medias

125

Ni Pablo lo

sabía

126

A

la fe lo que es de la f e

127

Palabras de Mons. Armando Levoratti

P. Ariel Álvarez Valdés