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>, ‘LupwiG Feueheactt 'Y EL FIN DE LA FILOSOFIA CLASICA ALEMANA Friedrich Engels Ludwig Feuerbach y el fin de la filosoffa clésies semana Feagmento sobre Feuerbach no publicado (1866) Karl Marx Tesis sobre Feuorbach Cartas filoséficas de Friedrich Engels Georgui Piejénov Notas y advertencia a la traduccién rusa del fibro de Engels Ludwig Feuerbach y el fin de ta fildsofia clisica alemana My Friedrich Engels Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofia clésica alemana Georgui Plejanov Notas y advertencias a la traduccién rusa del libro de Engels Ludwig Feuerbach y el fin de la filosoffa clasica alemana Cuadernos de Pasado y Presente/59 Cordoba NP Editorial: 195 ‘Tapa: Miguel De Lorenzi Primera edielon en espafiol: mayo 1975 @ Cuadernos do Pasado y Presento Distribuido por Siglo XX! Argentina Editores 8. A. Gérdoba 2064, Buenos Aires, Argentina Hecho el depéslto quo marca la ley 11.723 Imprego on, Agontina Printed In Argentina En la literatura marxista existe un problema Engels que ha girado fundamentalmente’' en torno al problema de la dialéctica, repri- miendo asi, mediante un desplazamiento de ta problemitica, su materialismo, que es inescindible de su_préctica politica y del descentramiento de las pricticas. Contrariamente a lo que ciertas corrientes marxistas sostienen, lo propio del marxismo no con- siste en afirmar la especificidad cerrada de las instancias produc- tos de pricticas determinadas, sino haber realizado, mediante un nnevo tipo de prictica (revolucionaria), el tratamiento constante de las especificidades canonizadas por Ta tradiciém burguesa, En general se culpa a Engels, considerindoselo como fildsofo, de haber extrapolado la dialéctica propia del orden humano al ‘orden de la naturaleza, eayendo de esta manera en lo que Sartre denomina su “idealismo dogmético”. (Véase su Critica de Ta razén dialéctica, 1, p. 195.) ‘Ya en 1952, con un lenguaje mucho més cauto, Georges Ba- taille y Raymond Queneau sefialaban que el esfuerzo de Engels por fundar una dialéctica de la naturaleza (esfuerzo que segén estos autores habria fracasado) fue *injustificadamente” abando- nado con posterioridad. El texto clave donde Engels habia reco- nocido el fracas de su intento serfa el segundo prélogo (setiem- bre de 1885) al Anti-Diihring. “Si una parte del AnteDithring 5 criticable es aquella donde figuran los ejemplos de Ia «nega ceidn de Ia negaciGns, las historias del grano de cebada, de la mariposa y de las capas geoloxicas. La insuficiencia de esta parte 5 tanto mas Iamentable por cuanto. sin esta hoy por hoy no es, por el contrario, susceptible de ninguna verificacién. Si se declara que ‘un conjunto de leyes establecidas por los sabios representa a cier- to movimiento dialéctico en los objetos de esas leyes, no se tiene ningiin medio vilido de probarlo.” ¥ en una nota al pie de pagina aclara: “Todas estas indicaciones, como bien se entiende, s6lo se aplican a la dialéctica tomada como ley abstracta y universal de Ta Naturaleza. Veremos, por cl contrario, que la dialéetica, cuan- do se trata de la historia hnmana, conserva todo su valor heuris- tico.” (p. 175.) Un poco mis adelante, después de citar el pirra- fo donde Engels menciona las “leyes més generales de la historia natural y de la historia social”, Sartre critica el uso del concepto “deducir” (“ge6mo se deducirian unas eyes universales de un conjunto de‘leyes particulares?"), afirmando que se trata en yealidad de una induccién, En conclusién, en la naturaleza s6lo se encuentra la dialéctiea que previamente se le ha puesto. El reproche que Engels le hace a Hegel de imponer a la materia eyes de pensamiento se vuelve contra él, pues es precisamente Jo que hace cuando “obliga a las ciencias a verificar una dialéctica que él ha descubierto en el mundo social”, Sartre remata fn eritica a la dialéctica engelsiana eon un final lapidario: “En ‘cuanto a la dialéctica de Ta naturaleza, se considere como secon sidore, sélo puede ser el objeto de una hip6tesis metafisica” (p. 181). 6 En un reciente trabajo destinado a revalorizar el pensamiento de Engels, Sebastian Timpanaro enfrenta estas tesis a través de su polémica con uno de los més autorizados criticos de la dia- Iéctica “metafisica” introducida por Engels en el marxismo: Lu- cio Colletti, Timpanaro sefiala el antiengelsismo del_marxismo occidental, y Io atribuye, en parte, al deseo de estar al dia, a Ia ‘moda, que tienen ciertos marxistas y que los lleva a entrelazar fel marcismas con las diversas filosnfias burgueeas, tales como al Derasonismo, la fenomenologia, el neo-positivismo, ete. Esta sim- biosis periddica obliga a sacarse de encima a Engels, al que se Jo hace cargar con toda la “basura materialista”, Segtin Colletti, ppor ejemplo, el *materialismo dialéctico” serfa un burdo equi- ‘yoco exclusivo de Engels al que habria sido absolutamente extra~ fio el pensamfento genuino de Marx. El méximo error de Engels habria consistido en Ia asuncién a-critica de la dialéctica hege- Tiana, Para Colletti, siempre segim Timpanaro, Engels seria he- feliano y Marx kantiano: “No dice Marx que lo «dado> es frreductible a Ia actividad det sujeto pensante, que la ?” Los erfticos de Engels sostienen que éste se aventurd en una ‘operacién siti y negativa cuando, sugestionado por el materialismo vulgar que queria combatir, pretendié, dicen, ampliar a dimen- siones “eésmicas” el materialismo histérico de Mars. La oposicién fa Engels se basa en que a partir del descubrimiento de Marx (de que “los hombres por medio del trabajo entran en relaciones sociales y, a la vez, en relaciones con la naturaleza, por lo tanto 1n0 hay Gonocimiento de Ta naturaleza si no es en funcién de Ia transformacién de ta naturaleza por cl hombre") ya no es posible volver a una filosofia de la “naturaleza en s{". La respuesta de ‘Timpanaro tiene el costado débil de complicar a Marx en el jntento de Engels, lo que, por supuesto, no demuestra nada en relacién al intento como tal, pnesto que si la erftica que comen- tamos es vilida, en tal caso tendria que hacerse extensiva al pro- io Marx; pero seftala correctamente que frente al nuevo mate- rialismo, vulgar (cientifico) Engels se vio Nevado, ya no a acen- tur ol “lado activo” del hombre sino a explicar qué era ese lado activo, Es en el desarrollo mecanicista-espiritualista —afirma— de Ja ciencia ce Ia segunda mitad del siglo pasado, donde hay que Tuscar “el Hamado desarrollo cosmoldgico” de Engels, el que no aT resulta por tanto algo descabellado sino Ta respuesta a tna “nece- sidad” planteada por el conocimiento. ‘Timpanaro subraya con fuerza el sustancial acuerdo que ‘unid a Marx y Engels, y cita al respecto la carta de Marx del 4 de Julio de 1864 ("Ta sabes que: 1°) yo siempre lego con retraso, ¥ %) que yo sigo siempre tus huellas”) y la necesidad de Engels Ye ocuparse (al igual que Lenin) de temas on Jos cuales no era tespecialista. Respecto a la dialéctica'de la naturaleza, Timpanaro sostiene que la posicién de Engels concordaba con la de Mars: “En ambos encontramos Ia conviceién de que para reinterpretar Ja dialéctica en materialista es necesario: 1) considerarla como ‘una ley 0 conjanto de leyes objetivamente existentes (y mo como Teyes del pensamiento cuya realidad objetiva constituye s6lo una jproyeccién fenoménica); 2) descubsir esas leyes en Ia realidad Empirica sin forzar a la realidad a que sca conforme a reglas festablecidas a-priori”. Al respecto cita cl capitulo IV del tomo 1 Ge El capital, donde Marx da un ejemplo de la dialéctica de la aturaleza y so lo comunica a Engels en tna. carta donde se “de~ ‘lara convencido” que “el descubrimiento de Hegel de la ley Ge transformacién del cambio puramente cuantitativo en eualita- tivo” se “confirmaba tanto en la historia como en Ja ciencia na- tural”. ml ‘Sin embargo, aun aceptando los términos de la discusién, puede tbrirse otra. perspectiva. t a eenel ch su breve extcn a Tklcs, en Hl materaliomo his térico y la filosofia de Benedetto Croce, sefiala que lo humano es maturleza: st ast no fuera “aureg— cans iin religiosa-idealista, habria dos sustancias independientes, con leyes distintas, etc, El conocimiento serfa el reflejo de wna fn la otra, Se trata de un problema de extrapolacién que podria yesumirse asf: 1) el orden humano es un orden natural por cuanto _ Yo bumano es naturaleza; 2) la dialéctiea del orden humano es @ialéctica de la naturaleza por Jo afirmado en 1); 3) la extrapo Jacién corigen de toda la polémica— consistiria en afirmar que Ja dialéetica del orden natural humano es dialéctica de LA NATU- nateza, vale decir de In naturaleza en-si (y ésta también es una 8 ‘concepeién de tipo religioso-idealista). “[...] si la historia huma- tna debe concebirse también como historia de la naturaleza —con- cluye Gramsci, geémo puede la dialéctica ser separada de la naturaleza?” Mis recientemente Giovanni Cera, en. un artfculo titulado “So- Bre el concepto de naturaleza en Engels” (en Aut Aut, n® 129/ 180), aporta otros arguments en favor de Fngels ‘La “totalidad natural” no puede ser el objeto de Ia investigacién filoséfica 0 cientifica sino un “dato epistemolégico”, vale decir el resultado de Ia operacién sintetizadora y generalizadora de os resultados cientificos”. La teoria (filosofia) ya no tiene por objeto brindar una visién “aprioristica de Ta naturaleza sino de Tlegar a la totalidad natural a través de la sintesis dialéctica de Jas partes analitica y ompiricamento estudiadas. A Ta verdad ‘ante-rem (constraida con anterioridad y desde fuera de la inves- tigacién cientifiea) se la sustituye por la verdad post-rem (cons- truida posteriormente y con el soporte de la investigncién cient{- fica)”. De allf, para Engels, la necesidad de “ordenar sistemiti feamente y seqtin su intrinseca conexién” los conocimientos post {ivos acumulados por la investigacién cientifiea”. La filosofia deja de ser una interpretacién especulativa de Ta realidad para devenir tuna funcién erftica (elaboradora-generalizadora) en cuanto deja do tener un objeto propio de conocimiento. Giovanni Cera reconoce las debilidades hegelianas de Ia “dia- Ietiea de Ta naturaleza” conceptualizada por Engols: en lugar de J Idea hegeliana se trata do la materia, y “el destino histérico del hombre viene subordinado al natural y la praxis humana s6lo resulta ser una praxis de conocimiento y no de transformacién 'y constitucién del sex”, De abi que “la naturaleza engelsiana mis ‘que una realidad histérico-material es un ente de razén, una fic~ lin especulativa semejante a Ja hegeliana....” No obstante hay fen Engels otra postulacién en la que el hombre deja de ser um mero ente pasivo, sometido a una naturaleza absolutamente domi- nante, deja de ser un epifenémeno y es un agente natural activo. Basta recordar los textos de Dialéctica de ta naturaleza sobre la especializacion de la mano y las modificaciones introducidas por fl hombre en la naturaleza, Tn posibilidad de “transformacién hhistirjea dlel ser natural”; y recordar asimismo el Ludwig Feuer- Bach, doncle afirma que la comprensién de un fenémeno natural ‘e¢ justa si poclemos producitlo, El hombre no sélo modifica la naturaleza sino que modificindola modifica su posibilidad de co- 9 imiento de la naturaleza: los instrumentos y modelos de Zonoeimiento son tantos cuantos son las posibles situaciones price ticorhistérieas del sufeto cognoscente, 5 Esta “ambigiiedad” engelsiana, segin Cera, “s6lo puede ser yesuelta en vistud de una lectura articulada do Jos textos engel- Manos", Los aspectos negativos serfan: a) hipostacién y absolutic Jacién de un preciso e histéricamente definido modele cientiticos al concepto de eternidad, indestructbilidad, necesidad efelica de Ja materia, se funda sobre el principio de Ia termodinémica (lo ‘cual seria wh ejemplo de abstraccién indeterminada); b) con ‘epto totaltario, meta-humano y metafisico de Ta naturaleza, cua Gees vista como auténoma respecto a la priictica humana; €) a Séeter unitario de la naturaleza; d) insuficiente atencién al post- ‘ple eardcter ideclégico de Ia ciencia. Los méritos principales se- Tian, a su vez, de orden eritico-metodolégico, su oposicién al ma teralismo abstracto y mecanicista y a la ideologia idealista y meta Fisiea, Ta propuesta de tna filosofia como teoria cientifica, sobre Ja historicidad de los modelos de conocimiento y de Ja naturaleza Como polo de la relacién prictico-humana, la valorizacién de la teoria frente al empirismo cientifico, ete. m1 ‘Los aspectos mecamicistas-metafisicos que se encuentran en En Eals ham dado pie para que se reprima todo Engels, sin ver que Betrata de los aspectos residuales de un combate. No se puede, por otra parte, considerar a Engels como “filésofo" (dejande de Palo al Engels politico) porque precisamento el Engels Filbsofo (o tebrico, como 6 escribe) desconstruye-destraye 1a prictich flosofiea como prictica aislada y la articula en un todo complejo fon dominante: hay una escena primera que es la Tucha (de cla Ses) y otra escena que es la filosofia como pricticg aislada, como seedario” de otra lucha (de clases) especifica, Vale decir que Jubria una prictica del materialismo absoluto (dialéctico) que des- truye cl encasillamiento de las demés pricticas sociales que el ts, Tons burgués canoniza como pricticas independientes, aisladas, ¥ por otra parte abria una préction materialista (que se ¢spse° ¥ Por no Tacha) cuya antitesis es el idealismo. Una es la priictica S olucionaria del proletariado. La otra es una determinacién de 10 Ja anterior: Jucha entre el materialismo y el idealismo, En este aso 1 materialismo, obligado a “ntervenir” en un terreno ya con- Aicionado, en el campo del enemigo, puede arrastrar, como aspec- tos no-csenciales, residuos mecanicistas, elementos que no perte- necen a la nueva conceptualizacién pero que se retuercen de tal ‘manera que pueden ser utilizados contra cl enemigo en el esce- riario preciso de la lucha de clases a nivel teérico. (De este pro- ceso no se puede exigir una conciencia plena, pues a veces se ealiza. sin dominio del acto que Namamos interveuciéu y de los ‘eonceptos rosiduales que utiliza.) En este mareo general debe analizarse la obra “filoséfica” de Engels, quien, al enfrentarse con Feuerbach se enfrenta (a) con Hegel, y (b) con una de las consecuencias més peligrosas del hhogelianismo: cl materialismo-idealismo (hegeliano) de Feuer- bach, Hste dltimo es el Hegel de “izquierda”, el Hegel “materialis- ta’, y Engels demuestra que ese hegelianismo metafisico ¢ izquier- dista os, en realidad, una forma de la represién epocal del mate= Fialismo, una vuelta atrés en relacién a Hegel: eliminacién verbal dol idealismo y nada més. Pero lo que viene después de Hegel no Fee sot un noorhegelianin (‘ncluso do izquierda, incluso dis- frazado de materialismo o marxismo) sino otra cosa, Esta otra ‘e0sa ¢s el materialismo absoluto, que se divide en dos cuando tantra en el escenario de la Jucha de clases. Pero teniendo en cuenta ‘que no puede haber materialismo absoluto en el campo de la divisién social (burguesa) de las pricticas: el materialismo abso- Tuto como teoria tiene su correlato en Ja transgresiOn del orden Durgués, transgresién que no puede ser sélo teérica sino pric~ tioa, necesariamente prictica. Lo que debemos entender por dialéctica de la naturaleza no fs su hipostacién de caricter metaffsico (trasladar las eategorias propias del mundo humano al orden de la naturaleza en general) sino sus aspectos revolucionarios. No se trata de ver la naturaleza ‘como neutralidad, como una especie de transfondo a-dialéctico, ¥, por otra parte, ver la dialéctica histérica del hombre (el “hom- bre” uno, tético, corpuscular) como conjunto de relaciones socia~ Jos, en el que la dialéctica seria una especie de fluido existente fenire sujetos corpusculares, pero donde tanto Ta naturaleza como fo sujeto serfan a-dialécticos, 0, en otros términos, soportes de Ja dialéctica De lo que se trata es de abrir cl sujeto corpuscular y la natue raleza al proceso dialéctico de la negatividad: tanto el sujeto, que I nunca est hecho, como Ja naturaleza, estin atravesados por Ja negatividad; es decir que la naturaleza esté, al igual que el suje- to, en proceso, es dialéctica, y no lo es la especificacién cerrada de sus leyes. Julia Kristova ha seflalado la importancia del con- cepto hegeliano de negatividad, lo cnaternario de la dialéctica, segin una formula del final de la gran Légica. Este concepto, siguiendo las huellas del wltimo Lenin, nos obligaria a volver ‘a Hegel, no para idealizar el marxismo sino para encontrar los ‘presupuestos conceptuales de una, tematizacién no_mecanicista del materialismo. Dice Kristeva: “Por otra parte Hegel define esta negatividad como el cuarto término de la verdadera dialéo- tica en relacién a la cual Ja trfada no es sino una apariencia que muestra el entendimiento” (La révolution du langage poétique, Seuil, 1973, p. 105). “Es a Hegel a quien pertenece la nocién de negatividad que parece poder pensarse simulténeamente como la ‘eatisa y como el principio de organizacién del proceso. Distinta de Ia nada tanto como de Ia negacién, la negatividad es el con opto que expresa Ta relacién indisoluble de tina movilidad ¢ine- fable» y de su edeterminacién singulara, es la mediatizacién, Ja superacién de las eabstracciones puras> que son el ser y Ia nada, ‘su supresién en lo concreto donde ambas s6lo son momentos, Aun ‘cuando sea un concepto, vale decir, atin cuando pertenezea a un sistema contemplativo (tebrico) la negatividad reformula en pro- 030, vale decir disuelve y liga en una Jey mévil, los términog estiticos de Ta abstraccién pura, Rehace, incluso manteniendo el ualismo, no sélo las tesis del ser y de la nada sino todas Jas categorfas que sirven en el sistema contemplative: lo universal y Jo singular, lo indeterminado y lo determinado, la cualidad y Ta cantidad, la negacién y Ia afirmacién, ete. Es el impulso légico ‘que puede presentarse bajo las tesis de Ia negacién y de la negacién de la negacién, pero que no se identifica com éstas porque es distinto a las mismas: es el funcionamiento Igico del movimiento que las produce” (p. 101), y concluye: “Una lectura materialista de Hegel permite pensar esta negatividad como el movimiento trans-subjetivo, trans-ideal, trans-simb6lico, de sepa- ‘racién de Ta materia, constitutive. de las condiciones de simboli= cidad y engendrando por un salto el sfmbolo mismo sin confune irso nunca con él ni con su homélogo légico opnesto.” (p. 108.) Bataille pedia que se profundizara en Ia “dialéctica de la natue maleza” tratando de ver en el intento engelsiano no un intento metafisico, Es a partir del apotegma leninista de la materia pien- 2 a que Ja dialéctica, desde la materia, atraviesa Ja historia y el ssujeto en proces0s, y funda el intento de la dialéctica de la nata- raleza, Y es en esie intento donde el concepto de negatividad, de movimiento previo a toda categoria, de materialidad en moyi- ‘iento que no reconoce un previo a su propio proceso implicando todo, aun las categorias que tratan de rendir cuenta de «lla mis- ‘ma, adquiere un sentido de importancia capital para el marxismo. No se trata de unificar lo natural y lo humano, sino de afirmar su heterogeneidad, pero sin la dialéctica esta heterogeneidad se desliza hacia el idealismo y substancializa ambos érdenes (res extensa/tes cogitans). La dialéctica (negatividad, salto cualita- tivo) tematiza el saldo de lo inorgfnico a lo orginico y simbélico; en otras palabras, asegura su materialidad: la heterogeneidad, la discontinuidad, Ia revolucién, categorias de las que sélo una diae éctiea de la naturaleza puede rendir cuenta. Se comprende ast por qué, como lo recuerda la Kristeva, para el materialismo meca- nicista Engels es el enemigo piblico ntimero uno, Para concluir, Ja problemitica de la dialéetica en Engels debe ser comprendida, hhoy, como el esfuerzo por pensar Ja naturaleza y lo humano como tunidad y como heterogeneidad, vale decir dialécticamente. ©. del B. Friedrich Engels ‘Ludwig erage dpe la filosofia clasica alemana SSE En el prélogo a su obra Contribucién a la critica de la economia politica (Berlin, 1850), cuenta Karl Marx e6mo en 1845, encon- trindonos ambos en Bruselas, acordamos “elaborar conjuntamente nuestro punto de vista” —a saber In concepeién materialista de Ia historia, fruto sobre todo de los estudios de Marx— “en oposi- cién al punto de vista ideolégico de Ia filosofia alemana; en reali- dad, a liquidar con nuestra conciencia filos6fica anterior, El pro- pésito fue realizado bajo la forma de una critica de la filosofia piece meet “do grunts volismnes oo aie levaba ya la mar de tiempo en Westfalia, en el sitio en que habia de editarse, cuando se nos notificé que nuevas citcunstaneias imprevistas impedian su publicacién, En vista de ello, entregamos ‘el manuscrito'a la critica roedora de los ratones, muy de buen ‘grado, pues nuestro objeto principal: esclarecer uestras propias ‘ideas, estaba ya conseguido" Desde entonces han pasado mis de cuarenta afios y Marx mu- i6 sin que a ninguno de los dos se nos presentase ocasién de ‘Yolver sobre el tema. Acerca de nuestra actitud ante Hegel, nos | hemos prominciado alguna que otra vez, pero nunca de un modo ‘omplelo y detallado. De Feuerbach, aunque en ciertos aspectos ‘Topivsenta un eslabin intermedio entre Ja filosoffa hegetiana y Iihiestra concepekin, no habjamos yuelto a ocuparnos nunca. Butre tanto, la concepeidn del mundo de Marx ha encontrado adeptos mucho més all do Ins fronteras de Alemania y de Europe ‘en todos los idiomas cultos del mundo. Por dtra parte, la filoso- fia clisica alemana experiments en el extranjero, sobre todo en Inglaterra y en los paises escandinavos, una especie de renaci- miento, y hasta en Alemania parecen estar ya hartos de la bazofia ecléctica que sirven en aquellas universidades, con el nombre do filosofia, En estas circunstancias pareciame cada vez m&s necesario expo- ner, de un modo conciso «y sistemético, nuestre actitud ante Ia Ww Filosofia. mostrar eémo nos habla servido de punto de partida y cSmo nos separamos de ella. Pareciame también que ‘era saldar una deuda de honor reconocer_ {que Feuerbach, més que ningtim otro fildsofo poshegeliano, ejer- era sobre nosotros durante nuestro perfodo de combate y Iu. 2 Por eso, cuando la redaceiin de Neue Zeit* me uo eon erltica del libro de Starcke sobre Feuerbach, proved de buen grado la ocasién. Mi trabajo se publicé en dicha revista (cuadernos 4 y 5 de 1886) y ve Ta luz aqui, en timda aparte y revisado. ‘Antes de mandar estas Hineas a la imprenta he vuelto a buscar y repasar el viejo manuscrito de 1845-46. La parte dedicada 3 Feuerbach no esti terminada. La parte acabada se reduce a una concepcién materialista de Ia historia, que sélo eran todavia, por aquel_entonces, ‘nestros conocimientos de historia econémica, En el manuscrito no figura la critica de la doctrina feuerbachiana; no servia, pues, am el objeto deseado, En cambio, ho encontrado en un viejo Piademo de Marx las once tesis sobre Feuerbach que se insertan fn el apéndice- Tritase de notas tomadas para desarrollar mis tarde, notas esertas a yuelo de plume y no deta alguno a la publicacién, pero de un valor inaprecial ‘{i'primer documento en que se contiene el germen genial de la nueva concepeién del mundo, Londres, 21 de febrero de 1888 Este libro® nos retrotrae a un perfodo que, separado de noso- ‘ros en el tiempo por una generacién, es a pesar de ello tan ‘extrafio para los alemanes de hoy como si desde entonces hubie- a pasado un siglo entero, Y sin embargo, este periodo fue el de Ja preparacién de Alemania para la revolucién de 1845; y cuanto hha sucedido de entonces acé en nuestro pais no es més que una ‘continuacién de 1848, mAs que una ejecucién del testamento de In revolucién. Lo mismo que en Francia en el siglo xvm, en la Alemania del siglo x0x la revolucién filoséfica fue el preludio de la politica. ‘Pero jcuin distintas la una de la otral Los franceses, en lucha fran- fea con toda la ciencia oficial, con la iglesia e incluso no pocas ‘voces con el estado; sus obras, impresas al otro lado de Ta fron- tera, en Holanda o en Inglaterra, y ademis, los autores, eon hharta frecuencia, dando con sus huesos en la Bastilla, En cambio ‘alemanes, profesores en cuyas manos ponfa el Estado la edu- dn do la juventud; sus obras, libros de texto consagrados; y el quo coronaba todo el proceso de desarrollo, el sistema |, jeloyado incluso, en cierto grado, al rango de filosofia il del estado monirquico prusiano! ,Era posible que detris ‘de estos profesores, detris de sus palabras pedantescamente os- ‘cums, detris do sus periodos largos y aburridos, so escondiese Ia rovolucién? Pues, gno eran precisamente los hombres a quie- ‘es entonces se consideraba como los representantes de la revo- Jucidn, los liberales, los enemigos mis encarnizados de esta filo- “sofia que embrolla las cabezas? Sin embargo, lo quo no alcanza- on a yer ni los gobiernos ni los liberales, lo vio ya en 1833, por * Ludwig Feuerbach, por el doctor en Filosofia C, N, Starcke, Ed. de | ord, Encke, Stuttgart, 1885. [N. de Engels.) 19 Jo menos, un hombre; cierto ¢5 que este hombre se lamaba Heinrich Heine. ‘Pongamos un ejemplo. No ha habido tesis filoséfica sobre la que mis haya pesado la gratitud de gobieros miopes y la edlera Ue liberales, no menos cortos de vista, como sobre la famosa tesig G8 Heyels “Todo lo real co racional, y todo Io racional es real.” No era esto, palpablemente, la canonizacién de todo lo existente, fh bendicion filoséica dada al despotismo, al estado policiaco, a la justicia de gabinete, a la censura? Asi Jo creia, en efecto, Fede- Tico Guillermo ITI; asi lo crefan sus stibditos. Pero, para Hegel, no todo lo que existe, ni mucho menos, es real por el solo hecho de existir, En su doctrina, el atributo de la realidad sélo corres: pponde a lo que, ademés de exist, es necesario, “Ia realidad, all Gesplegarse, se revela como necesidad’; por eso Hegel no reco- hoce, ni mucho menos, como real, por el solo hecho de dictarse, tina medida cualquiera de gobierno: £1 mismo pone el ejemplo “de cierto sistema tributario”, Pero todo lo necesario se actedita también en dllima instancia, como racional. Por tanto, aplicada al estado prusiano de aquel entonces, la tesis hegeliana s6lo pue= de interpretarse asi: ese estado es racional, ajustado a la razén, fon la medida en que es necesario; si, no obstante es0, nos parece malo, y, a pesar de serlo, sigue existiendo, esta maldad del gobier- no tiene su justificacién y su explicacién en Ia correspondiente maldad de sus sébditos. Los prusianos de aquella época tenian ‘1 gobierno que se merecian, ‘Ahora bien; segyin Hegel, la realidad no es, ni mucho menos, ‘un atributo inherente a una sitiacién social 0 politica dada en todas las circunstancins y en todos Jos tiempos. Al contrario. La epiblica romana era real, pero el imperio romano que la des- ppluzé lo era también, En 1789, la monarquia francesa se habla fiecho tan irreal, es decir, tan despojada de toda necesidad, tan inacional, que hubo de ser barrida por Ja gran revolucién, de la {que Hexel hablaba siempre con el mayor entusiasmo, Como ve- ‘mos, aqui lo irreal era la monarquia y lo real la revolucién. Y ash, fen el curso del desarrollo, todo lo que un dia fue real se torna frreal, pierde su necesidad, su razén de ser, su caricter nacional, y al puesto de lo real que agoniza es ocupado por una realidad Jueva y viable; pacificamente, si lo viejo es lo bastante razonable Para resignarse a morir sin lucha%, por la fuerza, si se opone a est Jecesidad, De este modo, la tesis de Hegel se torna, por la propia dialéctica hegeliana, en su reverso: todo lo que es real, dentro de 20 Jos dominios de Ia historia humana, se convierte con el tiempo en irracional; lo es ya, de consiguiente, por su destino, Neva en side antemano el de lo irracional; y todo To que es racio- hal en la eabeza del hombre se halla destinado a ser un dia real, ‘por mucho que hoy choque todavia con la aparente realidad exis- tente. La fesis de que todo lo real es racional se resuelve siguien- do todas las reglas del método discursivo hegeliano, en esta otra: todo lo que existe merece perecer.? Y en esto precisamente estribaba la verdadera_significacién y el earlcter reyolacionario de la filosofia hegeliana (a la que }abremos de limitarnos aqui, como remate de todo el movimien- to filoséfico desde Kant): en que daba al traste para siempre con cl cardcter definitivo de todos los resultados del pensamiento y de Ja aceién del hombre, En Hegel, In verdad que debia de cono- cer la filosofia no ora ya una coleccién de tesis dogméticas fijas fque, una vez encontradas, sélo haya que aprenderse de memoria; hota, Ia verdad residia én el proceso mismo del conocer, en la larga trayectoria histérica de la ciencia, que, desde Jas etapas in- feriores, se remonta a fases cada vez més altas de conocimiento, ppero sin llegar jamés, por el descubrimiento de una llamada ver- tad absoluta, a un punto en que ya no pueda seguir avanzando, fen que silo Te reste cruzarse de brazos y sentarse a admirar Ta Yerdad absoluta conquistads. ¥ lo mismo que en el terreno del Conocimiento filoséfico, en los dems campos del conocimiento ¥ en el de Ia actuacién prictica. La historia, al igual que el cono~ fimiento, no puede encontrar jamas su remate definitive en un festudo ideal perfecto de Ia humanidad; una sociedad perfecta, Tun “estado” perfecto, son cosas que s6lo pueden existir en la ima Wlnacldny por el contrario: todos’ los estudios histéricos que se Juceden no son mis que otras tantas fases transitorias en el pro- 680 infinito do desarrollo de la sociedad humana, desde Jo infe- ior a Jo superior, Todas las fases son necesarias, y por tanto, Jogtitimas para Ta época y para las condiciones que las engendran; ‘pero todas caducan y pierden su razin de ser, al surgir condicio- hos mevas y superiores, que van madurando poco a poco en su ‘propio seno; tienen que ceder el paso a otra fase més alta, a la jue también Te Tlegard en su dia, la hora de caducar y perecer. 1 mismo modo que la burguesia, por medio de la gran indus- ‘ria, Ja concurrencia y el mercado mundial, acaba pricticamente ‘on todas las instituciones estables, consagradas por una venera~ ble antigitedad, esta filosofia dialéctica acaba con todas Jas ideas aL do una verdad absoluta y definitiva y de estados absolutes de la hhumanidad, congruentes con aqueélla, Ante esta Filosofia, no exis- te nada definitivo, absoluto, consagrado; en todo pone de relieve su caricter perecedero, y no deja en pie més que el proceso inin- terrumpido del devenir y del perecer, un ascenso sin fin de lo inferior a lo superior, cuyo mero reflejo en el cerebro pensante fs esta misma filosofia, Cierto es que tiene también un lado con- servador, en cuanto que reconoce Ia Iegitimidad de determinadas fases sociales y de conocimiento, para su época y bajo sus cir- cunstancias; pero nada mas. El conservadorismo de este modo de concebir es rclativo; su caricter revolucionario es absoluto, ¢€s lo tinico absolute que deja en pic. No necesitamos detenemos aqui a indagar si este modo de ‘concebir concuerda totalmente con el estado actual de las cien- ‘cias naturales, que pronosticaban a Ia existencia de la misma Tierra un fin posible y a su habitabilidad un fin casi seguro; es decir, que asignan a la historia humana no sélo una vertiente ascendente, sino también otra descendonte. En todo caso, nos ‘encontramos todavia bastante lejos del punto crucial desde el que eanpieza a declinar la historia de la sociedad, y mo podemos exigir tumpoco a la filosofia hegeliana que se ocupase de un problema que lus ciencias naturales de su época no habian pues- to atin a la orden del dia. ‘Lo que si tenemos que decir es que en Hegel no aparece desa- rollada con tanta nitidez. la anterior argumentacién, Es una con- secuencia necesaria de su método, pero el autor no Hegé munca fa deducitla con esta claridad, y eso por la sencilla razén de que Hegel yeiase coaccionado por la necesidad de construir un. sis- ‘tema, y un sistema filoséfico tiene que tener siempre, segin las ‘exigencias tradicionales, su remate en un tipo cualquiera de ver~ dad absoluta, Por tanto, aunque Hegel, sobre todo en su Légica, insiste en que esta verdad eterna no es mis que el miso pro- ‘ceso logico (y respectivamente histérico), vese obligado él mis- ‘mo a poner un fin a este proceso, ya que necesariamente tenia que llegar a un fin, cualquiera que fuere, con su sistema. En la Légica puede tomar de nuevo este fin como punto de arranque, puesto que aqui el punto final, la idea absoluta —que lo tinice {que tiene de absoluto es que no sabe decirnos absolutamente nada acerca de ella— se “enajena’,? es decir se transforma en la natu- raleza, para xocobrar mis tarde su ser en el espfritu, o sea en el ponsamiento y en la historia. Pero, al final de toda la filosofia 22 ‘no hay més que un camirio para producir semejante regreso des {de el fin hacia €l comienzo: decir que el término de Ta historia ‘es cl momento en que la humanidad cobra conciencia de esta misma idea absoluta y proclamar que esta conciencia de la idea fabsoluta se logra en Ja filosofia hegeliana. Mas, con ello, se ferige en verdad absoluta todo el contenido dogmético del siste- ma de Hegel, en contradiccién con su método dialéctico, que dostruye todo To dogmitico; can ello, el lado revolucionatio de testa filosofia queda asfixiado bajo el’ peso de su lado conserva~ or hipertrofiado. Y lo que decimos del conocimiento filoséfico ‘cs aplicablo también a Ja prictica histérica. La humanidad, que fen la persona de Hegel fue capaz de legar a descubrir Ia idea absoluta, tiene que hallarse también en condiciones de poder im- plantar pricticamente en la realidad esta idea absoluta. Los pos- Tulados politicos pricticos que la idea absoluta plantea a sus contemporineos no deben ser, por tanto, demasiado exigentes, Y asi, al final de la Filosoffa del derecho nos encontramos con aque la idea absoluta ha de realizarse en aquella monarquia esta mental que Federico Guillermo III prometiera a sus sitbditos tan tenazmento y tan en vano; es decir en una dominacién indirecta Jimitada y moderada de las clases poseedoras, adaptada a las con- diciones pequefioburguesas de Ia Alemania de aquella época; de- Imostrindosenos ademés, por via especulativa, Ia necesidad de la axistocracia. ‘Como se ve, ya las necesidades internas del sistema aleanzan ‘a explicar la deduccién de una conclusién politica extremada- mente timida por medio de un método discusivo absolutamente Yovolucionario, Claro esté que la forma especifica de esta con- {lusién proviene del hecho de que Hegel era un alemén, que, all ial que su. contemporineo Goethe, ensefiaba siempre la oreja ‘Milistoo, Tanto Goethe como Hegel eran, cada cual en su cam tpo, verdaderos Japiter olimpicos, pero nunca legaron a despren- Gerse por entero de lo que tenian de filisteos alemanes. Mas todo esto no impedia al sistema hegeliano abarcar un cam incomparablemente mayor que cualquiera de los quo le ha- ian precedido, y desplegar dentro de este campo una riqueza do pensamiento que todavia hoy causa asombro, Fenomenologia del espirita. (que podriamos calificar de paralelo de la embriolo- gla y do la paleontologia del espiritu: el desarrollo de la con- ‘ciencia individual a través de sus diversas etapas, concebido como Jn reproduccién abreviada de las fases que recorre histéricamente 23 la conciencia del hombre), Iogica, filosofia de la naturaleza, filo- sofia del espiritn, esta tiltima investigada a su vez en sus diversas subeategorfas histéricas: filosofia de la historia, del derecho, de la religion, historia de In filosofia, estética, etc; en todos estos ‘variados campos histéricos trabajé Hegel por descubrir y poner de relieve el hilo de engarce del desarrollo; y como no era sola- mente un genio creador, sino que poseia ademés una erudicién enciclopédien, sus investigaciones hacen época on todos ellos. Huelga decir que las exigencias del “sistema” le obligan, con har- ta frecuencia, a recurrir a estas construcciones forzadas que toda yvia hoy hacen poner el grito en el ciclo a los pigmeos que la combaten. Pero estas construcciones no son més que el marco y el andamiaje de su obra; si no nos detenemos ante ellas més ‘de Io necesario y nos adentramos bien en el gigantesco edificio, escubrimos incontables tesoros que han conservado hasta hoy dia todo su valor. El “sistema” es, cabalmente, lo efimero en todos os fildsofos, y lo es precisaménte porque brota de una necesidad mperecedera del espiritu humano: la nocesidad de superar todas Jas contradicciones.’ Pero superadas todas las contradicciones de tuna vez y para siempre, hemos Hlegado a la Hamada verdad abso- Tata, la historia del mundo so ha terminado, y, sin embargo, tiene ‘que seguir existiendo, aunque ya no tenga nada que hacer, lo que representa, como se ve, una nueva e¢ insoluble contradiceién. Tan pronto como descubrimos —y en fin de euentas, nadie nos ha ayudado mis que Hogel a descubrirlo— que planteada ast Ie tarea de Ia filosofia, no significa otra cosa que pretender que un solo fildsofo nos dé io que slo puede damos la humanidad entera fn Su trayectoria de progreso; tan pronto como descubrimos esto, se acaba toda filosofia, en el sentido tradicional de esta palabra. La “verdad absoluta", imposible de aleanzar por este camino €@ inasequible para un solo individuo, ya no interesa, y lo que se ppersigue son las verdades relativas, asequibles por el camino de Ins ciencias positivas y de la generalizacién de sus resultados mediante el pensamiento dialéctico. En general, con Hegel ter- ‘ina toda la filosofla; de un Indo, porque en su sistema se resume del modo mis grandioso toda la ‘trayectoria filosdfica; y, de otra parte, porque este filésofo nos traza, aunque sea inconsciente~ mente, el camino para salir de este laberinto de los sistemas hacia ‘41 conocimiento positivo y real del mundo. Ficil es comprender cuin enorme tenfa que ser la resonancia de este sistema hogeliano en una atmésfera como la de Alemania, oy eflida de filosofia. Fue tina carrera triunfal, que duré décadas ‘enters y que no termin6, ni mucho menos, con Ta muerte de Hogel. Lejos de ello, fue precisamente en los afios de 1830 a 1840 ‘cuando Ia “hegeliada” alcanzé la cumbre de su imperio exclusivo, Iegando a contagiar mis 0 menos hasta a sus mismos adversarios, fue durante esta época cuando las ideas de Hegel penetraron ent ‘mayor abundancia, consciente 0 inconscientemente, en las mis diversas cieucias, y Lunbién, como fermento, en la literatura de divulgacién y en Ja prensa diaria, de las que se nutre ideolégi- ‘eamente Ja vulgar “contiencia culta”. Pero este triunfo en toda Jn linea no era mas que el preludio de una lucha intestina, Como hemos visto, la doctrina de Hegel, tomada en conjunto, dejaba abundante margen para que en ella se albergasen las mis diversas ideas précticas del partido; y en Ia Alemania tedriea de quel entonces haba sobre todo dos cosas que tenian una im- pportaneia prictica: Ja religién y la politica. Quien hiciese hinca- pié en el sistema de Hegel, podia ser bastante conservador en ‘ambos terrenos; quien considerase como lo primordial el método dialéctico, podia figurar, tanto en el aspecto religioso como en el aspecto politico, en la extrema oposicién. Personalmente, Hegel pparecia més bien inclinarse, en conjunto —pese a las explosiones de célera revohicionaria bastante frecuentes en sus obras, del Jado conservador; no en vano su sistema le habia costado harto més “duro trabajo discursivo” que su método. Hacia fines de la década del treinta, la escisién de Ia escuela hegeliana fue hacién- dose cada vex més patente. El ala izquierda, los lamados jévenes Jhowelianos, en su kucha contra Tos ortodoxos pietistas® y los reac ionatios feudales iban echando por la borda, trozo a trozo, aque- ia postura filoséfico-elegante de retraimiento ante los problemas ‘eandentes el dia, que hasta alli habian yalido a sus doctsinas a tolerancia y hasta la proteccién del estado, En 1840, cuando Th beateria ortodoxa y Ia reaccién feudal-absolutista subieron al trono con Federico Guillermo TV, ya no habla més remedio que tomar abiertamente partido, La lucha segufa dirimiéndose con luymas filoséficas, pero ya no se luchaba por objetivas filosdficas filytiactos; ahora tratdbase ya, directamente, de abarcar con Ja Wligiin heredada y con el estado existente. Aunque en los Deistsche Iahrbiicher* los objetivos finales de cardcter préctica W Vistloven todavia preferentemente con ropaje filos6fico, en la Gareta del Rin, de 1842, la escuela de los jévencs hegelianos se preienlabs ya abiertamente como la filosofia de la burguesia ra- 8 Gical ascendente, y sélo empleaba la capa filoséfica para engaiiar ayer Ia politi teri i Pero, en aquellos tiempos, la politica era una materia muy espi- rosa; por e30 los tiros principales se dirfgian contra la religion; si bien es cierto que esa lucha era también, indirectamente, so- Ire todo desde 1840, una batalla politica. El primer impulso lo habla dado Strauss, en 1835, con su Vida de Jestis. Contra Ia teo- ria de la formacién de los mitos evangélicos, desarrollada en este libro, se alz6 mis tarde Bruny Bauer, demostrando que una serio de relatos del Evangelio habjan sido fabricados por sus mismos autores. Esta polémica se dilucidé bajo el disfraz filosbfico de tuna lucha entre Ia “autoconciencia” contra la “sustancia”s la cucs- tidn de si las leyendas evangélicas de los milagros habjan nacido de los mitos creados de un modo espontineo y por la tradicién en el seno de Ja comunidad religiosa o habfan sido seneillamente fabricados por los evangelistas, se hinché hasta convertirse en el problema de si la potencia decisiva que marca el rumbo a la historia universal es Ja “sustancia” o la “autoconciencia”; hasta que, por tiltimo, vino Stimer, el profeta del anarquismo modemo —Bakunin ha tomado muchisimo de él— y corond la “conciencia’ soberana con su “Unico” soberano. No queremos detenemos a examinar este aspecto del proceso de descomposicién de Ia escuela hegeliana, Mas importante para nosotros es saber esto: que la masa de los jévenes hegelianos mis Aecididos bubieron de retroceder, obligados por la necesidad pprictica de luchar contra la religién positiva, hasta el materia Tismo. anglo-francés, Y al egar aqui se vieron envueltos en un cconflicto con su sistema de escuela, Mientras que para el mate- rialismo lo tinico real e8 la naturaleza, en el sistema hegeliano ésta representa tan sélo a “enajenacion” de la idea absotuta, algo ast como una degradacion de la idea; en todo cas, aqul a pensar y su producto discursivo, la idea, son lo primario, y Bo ncieae bo gos oo coer ee condescen- Gencia de la idea puede existir. Y alrededor de esta eontradiccién se daban vucltas y mas vueltas, bien 0 mal, como se podia. Fue entonces cuando aparecié La esencia del cristianismo,!* de Feuerbach. Esta obra pulverizé de golpe Ja contradiecién, estaurando de nuevo en el trono, sin mds ambages, al materia- lismo, La naturaleza existe independientemente de toda filosotias fs la base sobre la que crecieron y se desarrollaron Ios hombres, ‘que son también, de suyo, productos naturales; fuera de Ja natu- rileza y de los hombres, no existe nada, y los seres superiores ‘que nuestra imaginacién religiosa ha forjado no son mis que otros Auntos reflejos fantisticos de nuestro propio ser. El maleficio que- daba roto; el “sistema” saltaba hecho aficos y so lo dejaba de Jado. Y la contradiccién, como s6lo tenia una existencia imagi- naria, quedaba resuelta, Sélo habiendo vivido la accién liberadora de este libro, podrfa uno formarse una idea de ello, El entusias- mo fue general: al punto todos nos convertimos en feuerbachia- nos. Con qué entusiasmo saludé Marx la nueva idea y hasta qué ‘extremo se dejé influenciar por ella —pese a todas sus reservas criticas—, puede verse leyendo La Sagrada Familias? Hasta los mismos defectos del libro contribuyeron a su éxito mo- menténeo. El estilo ameno, a ratos incluso ampuloso, Ie aseguré a Ja obra un mayor piblico y era desde luego un alivio, después de tantos y tantos afios de hegelismo abstracto y abstruso, Otro tanto puede decirse de la deificacién exagerada del amor, dis- culpable, aunque no justificable, después de tanta y tan insopor- table soberanfa del “pensar puro”. Pero no debemos olvidar que ‘estos dos flancos de Fenerbach fueron precisamente los que sit- vieron de asidero a aquel “socialismo verdadero” que desde 1844 empez5 a extenderse por la Alemania “culta” como un plaga, Y que sustitufa el conocimiento cientifico por Ia frase literaria, Ja emancipacién del proletariado mediante Ia transformacién eco némica de la produccién por la liberacién de la humanidad por medio del “amor”; en una palabra, que se perdia en esa repuge ante literatura y en esa exacerbacién amorosa cuyo tipo era el yefior Karl Griin, Otra cosa que tampoco hay que olvidar es que la escuela hege- liana se habla deshecho, pero Ia filosofia de Hegel no habia sido ‘riticamente superada. Strauss y Bauer habjan tomado cada uno pecto de ella, y Io enfrentaban polémicamente con el oto. Feuerbach rompié el sistema y lo eché seneillamente a un lado. Pero para liquidar una filosofia no basta, pura y simplemente, ‘eon proclamar que es falsa. Y una obra tan gigantesca como era ‘Wh filosofia hegeliana, que habia efercido una influencia tan enor- ohre el desarrollo espiritual de la nacién, no se eliminaba BL Wolo hecho de hacer caso omiso de ella. Habla que “supe- vali” en el sentido que ella misma emplea, es decir, des- nuit erlticamente su forma, pero conservar el muevo contenido ‘eonquistado por ella. Cémo se hizo esto, 1o diremos més adelante. aT ‘Mientras tanto, vino Ia revolucién de 1848 y eché a un lado toda Ja filosofia, con el mismo desembarazo con que Feuerbach habia echado a un lado a su Hegel. ¥ con ello, paso también a segundo bia El gran problema cardinal de toda la filosofia, especialmente de Ja mademna, es el problema de la relacién entre el pensar y el ser. Desde los tiempos remotisimos, en que el hombre, sumido todavia en la mayor ignorancia acerca de Ia estructura do sa organismo- ¥y excitado por las imagenes de los suetios,* dio en creer que sus ypensamiontos y sus sensaciones no eran funciones de su cuerpo, fino de tn alma especial, quo moraba en eso cuerpo y 10 aban. onaba al morir; desde aquellos tiempos, el hombre tuvo forzo- ‘samento que refloxionar acerea de las relaciones de esta alma con fl mundo exterior. Si el alma se separaba del cuerpo al morir ésto y sobrovivia, no habfa razén para asignarle a ella una muerte Dpropias asf surgié la idea de la inmortalidad del alma, idea que fn aquella fase de desarrollo no se concebia, ni mucho menos, ‘como un consuclo, sino como una fatalidad ineluctable, y no po” cas veces, cual entre los. griegos, como un infortunio verdadero. No fue ln necesidad religiosa de consuelo, sino In perplejidad, ba- sada en una ignoraneia generalizada, de no saber qué hacer con 1 alma ~cuya existencia se habia admitido— después de morir ‘) cuerpo, 1o que condujo, con carécter general, a la abursida fibula de la inmortalidad personal. Por carninos muy semejantes, mediante la personifieacién de los poderes naturales, surgieron también los primeros dioses, que luego, al irse desarrollando Ia ién, fueron tomando un aspecto cada vez més ultramundano, Inasta que, por riltimo, por un proceso natural de abstraccién, * ‘Todavia hoy exté generalizada entre los salajes y entre los, pucblos Wel estudio inferior de Ts tmrbario Ta creencla dle quo las figuras humans ara ee Aor to fo mim, honee etre y hua ace pmo act "ae tage wel natn conte contin ol gue feta." Asi o.com jem, miburn, en os Miioine hoakenl oe eee 29: ‘casi dirlamos de destilacién, que se produce en el transcurso del Dprogreso espiritual, de los muchos dioses, mis o menos limitados ¥ que se limitaban mutuamente los unos a los otros, brot6 en Jas Eabezas de los hombres la idea de un Dios tinico y exclusivo, propio de las religiones monoteistas. El problema de la relacién entre el pensar y el ser, entre el espintu y la naturalers, jrubleaa supremo do toda la Filosofia, tiene, pues, sus raices, al igual que toda religién, en las ideas Timitadas ¢ ignorantes del estado de salvajismo. Pero no pudo ‘plantearse con toda nitidez, ni pudo adquirir su plena, signifi- cacibn hasta que la humanidad europea desperté del prolongado Jetargo'de la Edad Media cristiana. El problema de Ia relacién ‘entre el pensar y el ser, problema que, por lo demés, tuvo tam- ‘bién gran importancia en Ia escolistica de la Edad Media; el problema de saber qué es lo primario, si el espfritu o la natura Teza, este problema revestia, frente a la Iglesia, Ia forma agudi- zada siguiente: ze] mundo fue creado por Dios o existe desde toda una eternidad? Los filésofos se dividian en dos grandes campos, segiin la con testacién que diesen a esta pregunta. Los que afirmaban el ca- victor primario del espiritu frente a la naturaleza, y por tanto admitian, en ultima instancia, una creacién del mundo bajo una @ otra forma (y en muchos fildsofos, por ejemplo, en Hegel, el Eénesis es bastante més embrollado e imposible que en la religion ‘eristiana), formaban en el campo del idealismo. Los otros, los ‘que reputaban la naturaleza como lo primario, figuran en las diversas eseuclas del materialismo. Las expresiones idealismo y materialismo no tuvieron, en un principio, otro significado, ni aqui las emplearemos nunca. eon tro sentido. Mas adelante veremos Ia confusion que se origina cuando se les atribuye otra acopeién. ‘Pero el problema de la relacién entre el pensar y el ser encie- gra, ademés, otro aspecto, a saber: gqué relacién guardan nues- ros pensamientos acerca del mundo que nos rodea con este mismo mundo? ¢Es nuestro pensamiento capaz de conocer ol sundo real; podemos nosotros, en nuestras ideas y conceptos facerca del mundo real, formarmos una imagen refleja exacta de Ja realidad? En el lenguaje filoséfico, esta pregunta se conoce con'el nombre de problema de la identidad entre el pensar y el ser y es contestada afirmativamente por la gran mayoria de los filésofos. En Hegel, por ejemplo, la contestacién afirmativa cae 30 de su propio peso, pues, segin esta filosofia, lo que el hombre eonoce del mundo real es preci 1 contenido discursive do éte, aquello que hace del mundo una realizacién gradual de la idea absoluta, la cual ha existido en alguna parte desde toda tuna eternidad, independientemente del mundo y antes que él; y ficil es comprender que el pensamiento pueda conocer un con- tenido que es ya, de antemano, un contenido discursive, Asimis- mo so comprende, sin necesidad de més explicaciones que lo que ‘aqui so trata do demostrar se contione ya técitamente en Ia pre~ isa, Pero esto no impide a Hegel, ni mucho menos, sacar de su prucba de la identidad del pensar y el ser otra conclusién: que su filosofia. por ser exacta para su pensar es también la tinica texacta, y que la identidad del pensar y el ser ha de comprobarla la humanidad, transplantando inmediatamente su filosofia del terreno teérico al terreno préctico, es decir, transformando todo 1 universo con sujecién a Ios principios hegelianos. Es ésta una ilusién que Hegel comparte con casi todos los fildsofos. Pero, al Indo de éstos, hay otra serie de filésofos que niegan la posibilidad de conocer el mundo, 0 por lo menos de conocerlo de tn modo completo. Entre ellos tenemos, de los modemos, a Hume y a Kant, que han desempefiado un papel muy conside- rable en el desarrollo de Ia filosofia. Los argumentos han sido aportados ya por Hegel, en la medida en que podia hacerse des- de una posicién idealista; lo que Feuerbach afiade de materia tiene més de ingenioso que de profundo, La refutacién mas contundente de estas extravagancins, como de todas las demés extravagancias filoséficas, es la prictica, 0 sea cl experimento yy la industria, Si podemos demostrar la exactitud de nuestro ‘modo de coneebir un proceso natural, reproduciéndolo nosotros mismos, eredndolo como resultado de sus mismas condiciones, y si, ademés, Io ponemos al servicio de nuestros propios fines, da ‘mos al traste con Ia “cosa en s{” inaprensible de Kant. Las uncias quimicas producidas en el mundo vegetal y animal iuieron siendo “cosas en sf” inaprensibles hasta que la quimica ‘onginiea comenz6 a producirlas unas tras otras; con ello, la “cosa ‘on si” se convirtié en una cosa para nosotros, como, por ejemplo, Jy materia colorante de la rubia, la alizarina, que hoy ya no ‘oxtraemos de la raiz de aquella planta, sino que obtenemos del lquitrin do hulla, procedimiento mucho mas barato y mis sen- illo, El sistema solar de Copérnico fue durante trescientos afios uni hipétesis, por Ta que se podia apostar efen, mil, diez mil aL ‘contra uno, pero, a pesar de todo, una hipétesis; hasta que Le verter, con los datos tomados de este sistema, no sélo demostré que debia existir necesariamente un planeta desconocido hasta ‘entonces, sino que, ademés, determin6 el lugar en que este pla- neta tenia que encontrarse en el firmamento, y cuando después Galle descubri6 efectivamente esto planeta,%* el sistema de Cor pémico quedé demostrado, Si, a pesar de ello los neokantianos pretenden resucitar en Alemania la concepcién de Kant y los ‘agnésticos,?° quieren hacer lo mismo con la concepeién de Hume fen Inglaterra (donde no habia Hegado nunca a morir del todo), ‘estos intentos, hoy, cuando aquellas doctrinas han sido refutadas en la teoria y en la practica desde hace tiempo, representan Cientificamente un retroceso, y précticamente no son mis que tuna manera yergonzante de’aceptar el materialismo por debajo de cuerda y renegar de él publicamente. Durante este largo periodo, desde Descartes hasta Hegel y ‘desde Hobbes hasta Feuerbach, los fildsofos no avanzaban impul- sados solamente, como ellos crefan, por la fuerza del pensamien- to puro, Al contrario, Lo que en realidad les impulsaba eran, precisamente, los progresos formidables y cada vez més raudos Ge las ciencias naturales y de Ta industria, En los filésofos mate- Tialistas, esta influencia afloraba a la superficie, pero también Tos sistemas idealistas fueron enéndose més y mis de contenido materialista y se esforzaron por conciliar panteisticamente la. an- titesis entre el espirita y la materia; hasta que, por ultimo, el sistema de Hegel ya no representaba por su método y su conte- nnido més que un materialismo que aparecfa invertido de una manera idcalista, a Se explica, pues, que Starcke, para caracterizar a Feuerbach, -empiece investigando su posicién ante este problema cardinal de la relacién entre cl pensar y el ser. Después de una breve introduccién, en Ja que se ‘expone, empleando un. lenguaje filo- s6fico pesado, sin. necesidad, el punto de vista de los filésofos anteriores, especialmente a partir de Kant, y en la que Hegel spierde mucho por detenerse el autor con exceso de formalismo ‘en algunos pasajes sucltos de sus obras, sigue un estudio mini ‘cioso sobre la trayeetoria de Ja propia “metafisica” feuerbachia- na, tal como se desprende de la serie de obras de este fil6sofo relacionadas con el problema que nos ocupa, Este estudio est hhecho de modo cuidadoso y es bastante claro, aunque aparece rrecargado, como todo el libro, con un lastre de expresiones y gi- ‘10§ filoséficos no siempre inevitables, ni muchos menos, y que ‘sultan tanto més molestos cuanto menos se atiene el autor a la terminologia de una misma escuela o Ja del propio Feuerbach y ‘euunto més mezcla y baraja téminos tomados de las mas diver- ‘us escuclas, sobre todo de esas corrientes que ahora hacen es- tragos y que se Maman filosédficas. La trayectoria de Feuerbach es Ja de un hegeliano —nunca del tody urtodoxy, elertumente— que marcha hacia el materialismo; trayectoria que, al Megar a uma determinada fase, supone una nuptura total con el sistema idealista de su predecesor. Por fin Ie gana con fuerza irresistible Ia conviccién de que Ja existencia, de Ja “idea absoluta” anterior al mundo, que preconiza Hegel, Ja “preexistencia de las categorias Idgicas” #* antes que hubiese ‘un mundo, no es més que un residuo fantistico de Ja fe en un ‘ereador ultramundano; de qne el mundo material y perceptible ppor los sentidos, del que formamos parte también los hombres, es lo iinico real y de que nuestra conciencia y nuestro pensa- miento, por muy trascendentes que parezean, son el producto de lun drgino material, fisico: el cerebro, La materia no es un pro- ducto del espfritu: el espfritu mismo no es mis que el producto supremo de la materia, Esto es, naturalmente, materialismo pu- 10, Al llegar aqui, Feuerbach se atasca. No acierta a sobreponerse al prejuicio rutinaxio, filos6fico, no contra Ja esencia del materia- lismo, sino contra su nombre. Dice: “EI materialismo es, para mi, el cimiento sobre el que descansa el edificio del ser y del saber del hombre; pero no es para mi lo que es para el fisidlogo, para el naturalista en sentido estricto, por ejemplo, para Moles: ‘chott, lo que forzosamente tiene que ser, ademés, desde su punto de vista y su profesién: el edificio mismo. Retrospectivamento, ‘estoy en un todo de acuerdo con los materialistas, pero no lo estoy indo hacia adelante.” qui Feuerbach confundo cl materialismo, que es una concep- fin general dol mundo basada on una interpretacién determi ada de las relaciones entre el espfrita y la materia, con Ja forma fonecreta que esa concepcién del mundo revistié en una determi- yada fase histérica, a sabor: en el siglo xvm. Mas atin, lo con Hunde con Ia forma achatada, vulgarizada, en que el ‘materia- Hino del siglo xvmr perdura todavia hoy en las cabezas de natu- Falistas. y médicos y como era pregonado en la década del 50 "Por los predicadores de foria Biichner, Vogt y Moleschott. Pero, ‘Ml fgual que el idealismo, el materialismo recorre una serie de 33 fases en su desarrollo, Cada descubrimiento trascendental, ope- mado incluso en el campo de las ciencias naturales, le obliga a ‘cambiar de forma; y desde que el método materialista se aplica también ala historia, se abre ante él también aqu{ un camino nuevo de desarrollo. El materialismo del siglo pasado era predominantemente me- cfnico, porque por aquel entonces Ia mecinica, y ademis s6lo fa de los cuerpos solidos —celestes y terrestres, en unin pala- bra, In meednica de la gravedad, era de todas las ciencias natura Jes la Ginica que habia legado en cierto modo a un punto de re~ ‘mate, La quimica s6lo_existia bajo una forma infantil, flogistica. La biologia estabe todavia en pafiales; los organismos vegeta les y animales sélo se habjan investigndo muy a bulto y se expli- ccaban por medio de causas puramente mecinicas; para los ma- terialistas del siglo xvi, el hombre era To que para Descartes el animal: una maquina. Esta aplicacién exclusiva del rasero de la jnecinica a fenémenos de naturaleza quimica y orginica en los que, aunque rigen las leyes mecénicas, éstas pasan a segundo Dlano ante’otras superiores a ellas, constitufa una de Tas Tunita- ‘iones especificas, pero inevitables de su época, del materialismo clsico francés. La segunda limitacién especifica de este materialismo consistia ° ‘cidad para concebir el mundo como un proceso, Bm una teria sujeta @ desarrollo histrico. Esto correspond al estado de las ciencias naturales por aquel entonces y al modo metafisico, es decir, antidialéctico, de filosofar que con él se re- Jacionaba. Sablase que la naturaleza se hallaba sujeta 2 perenne ‘movimiento. Pero, segin Tas ideas dominantes en aquella época, ‘este movimiento giraba no menos perennemente en un sentido ‘circular, raz6n por la cual no se movia nunca de sitio, engen= Graba siempre los mismos resultados. Por aquel»entonces, esta idea era inevitable. La teoria kantiana*” acerca de la formaciém el sistema solar acababa de formularse y se la consideraba to~ davia como una mera curiosidad. La historia del desarrollo de la "Tierra, la geologfa, era atin totalmente desconocida y todavia no podia establecerse cientificamente la idea de que los seres ant jmados que hoy viven en Ta naturaleza son el resultado de wn Jargo desarrollo, que va desde lo simple a lo com) cepeién antihstérica de la naturaleza era, por tanto, inevitabl Fata concepeién no se Jes puede echar en cara a los filésofos dell ‘siglo xvm, tanto menos por cuanto aparece también en Hege En éste, la naturaleza, como mera “enajenacién” de la idea, no ‘eh susceptible de desarrollo en el tiempo, pudiendo sélo desple- gar su variedad en el espacio, por cuya razén exhibe conjunta y simultdneamente todas las fases del desarrollo que guarda en ‘au. seno y se halla condenada a In repeticién perpetua de los mismos procesos. Y este contrasentido de una evolucién en el espacio, pero al margen del tiempo —factor fundamental de toda evoluctén—, se lo cuelga Hegel a la naturaleza precisamente en 1 momento en que se habian formado Ta geologia, la embriologia, Ja fisiologfa vegetal y animal y la quimica orgénica, y euando por todas partes surgian, sobre la base de estas mevas ciencias, Atisbos geniales (por ejemplo, los de Goethe y Lamarck) de la que mis tarde habia de ser teoria de la evolucién. Pero el siste- ma lo exigia asf y, en gracia a él, el método tenia que hacerse traicién a sf mismo. Esta concepcidn antihistérica imperaba también en el campo de la historia. Aquf, la lucha contra los vestigios de la Edad Me- dia tenfa cautivas todas las miradas, La Edad Media era consi- derada como una simple interrupcién de Ia historia por un estado milenario de barbarie general; los grandes progresos de la Edad Media, la expansién del campo cultural europeo, las grandes naciones viables que habfan ido forméndose unas junto a otras durante este periodo y, finalmente, los enormes progresos téoni- ‘605 de los siglos xv y xv: nada de esto so veia, Esto criterio ha- ‘ela imposible, naturalmente, penetrar con una visién racional ‘en Ja gran concatenacién histérica, y ast la historia se utilizaba, ‘4 10 sumo, como una coleccién de ejemplos e ilustraciones para uso de filésofos. Los vulgarizadores, que durante la ‘década del 50 pregonaban, como buhoneros, el materialismo en Alemania, no salieron, mi mucho menos, de este marco de sus maestros. A ellos, todos los proesos que hablan hecho desde entones las eiencias natura: los slo les servian como nuevos argumentos contra la existencia lo un creador del mundo; y no eran ellos, ciertamente, los més Sofas pare seguir desarrollando la teria. ¥ el ideale, que 0 hia agotado ya toda su sapiencia y estaba herido de muerte of In revolucién de 1848, podia morir, al menos, con Ia. satis- lncoliin de que, por el momento, la decadencia del materialismo 6m todavia mayor. Feuerbach tenfa indiscutiblemente raz6n ‘eunndo se negaba a hacerse responsable de ese materialismo; 3 nein adelante.” Pero el que aqui, en el campo social, no marcha- pero a lo que no tenia derecho era a confundit la teorla de Tos fu “hacia adelante”, no so, remontaba sobre sus posiciones de redicadores de feria con el materialismo en general 140 6 1844, era el propio Feuerbach; y siempre, principalmente, ‘Sin embargo, hay que tener en cuenta dos cosas. En primer jor el aislumiento en quo vivia, que le obligaba a un filosofo ugar, en tiempos de Feuerbach las ciencias naturales se hallaban fomo él, mejor dotado que ningin otro para ta vida social— todavia de leno dentro de aquel intenso estado de fermentacién fh extract las ideas de su cabeza solitaria, en ver de producitlas {quo no llegé a st clarificacién ni a una conclusion relativa haste for el contacto amistoso y el chogue hestil con otros hombres fos dltimos quince afios; se habla aportado nueva materia de Ue su calibre, Hasta qué punto seguia siendo idealista en est Kuuciunientos en proporciones hasta entonces, insOlitas, pero ‘campo lo. veremos en detalle més adelante. fasta hace muy poco no se logré enlazar y articular, ni por tanto Meth inemos timeamente que Stucke va a busoar ol idealis. fin orden en este caos de descubrimientos que se sucedian mo de Feuerbach a mal sitio. “Feuerbach es idealista, cree en el Atropelladamente, Cierto es que Feuerbach no pudo asistir toda- progreso do la humanidad” (p. 19). “No obstante, la base, eal Sia on vida a los tros descubrimientos decisivos: el de la célula, Pimniento de todo edificio sigue siendo el idealismo. El realismo l de Ia transformacién de Ia energia y el de Ia teoria, dela evo ho es, para nosotros, més que una salvaguardia contra los cami- Juctén, que leva-el nombre de Darwin. Pero, gedmo un filésofo, hos falsos, mientras seguimos detrts de nuestras corrientes idea~ solitario podia, en el retiro del campo, seguir los progrosos de la Jes, gAcaso la compasion, el amor y la pasion por la verdad y la Sreneia tan de cerca, que Te fuese dado apreciar Ia importancia. justcia no son fuerzas ideales?” (p: 8). Ge descubrimientos que los mismos naturalistas discutian atin, En primer lugar, aqui el idealismo no significa més que Ja fpor aquel entonces, 0 no sabion explotar suficientemente?, Adu, persecucién de fines ideales. Y éstos guardan, a Io sumo, rela- Tp ealpa hay quo cchérsela nica y exclusivanento a las lanes tidn necesaria con el idealismo kantiano y su “imperative cato- tables ‘condiciones en que se dosenvelvia, Alemania, en, vi oriees® pero el propio Kant Tamd a su filosofia “idealism de las cuales las citedras do filosofia eran monopolizadas por fascenental’, no porque, ni mucho menos, girase también pedantes.eclécticos aficionados a sutllezs, mictiray du ot fn torno a ideales éticos, sino por razones muy distintas, como Feuerbach, que estaba cien codos por encima de ellos, debia Starcke recordaré, La creencia supersticiosa de que el idealismo aldeanizarse y avinagrarse en un pueblucho. No tuvo, puesy filoséfico gira en torno a la fe en ideales éticos, es decir, sociales, Feuerbach la culpa de que no se pusiese a su alcanco la concep hacid al margen de la filosofia, en la mente del filisteo alemin ‘ion histérica de la naturaleza, concepcién que ahora ya es factic {que se aprende de memoria en las poesias de Schiller las migajas del materialismo francés. le cultura filoséfiea que necesita, Nadie ha criticado con mis darn el impotente, “imperative categoria” de Kant —impoten: {e, porque pide lo imposible, fanto nunca Tega a tradu- Sire cl que descansa el edificio del saber humano, no constituye (Pera i ceal- nadie se ha burlado con mayor erueldad SV ediliciy mismo’. En efecto, el hombre no vive solamente en ilo ese fanaticmo de filisteo por ideales irrealizables, a que ba Ja naturaleza, sino que vive también en Ja sociedad humana, tervido de vehiculo Schiller, como (véase, por ejemplo, la Fe- Gta posee igualmente Ia historia de sa evolucién y su ciencia, ni nomenclogia), precisamente, Hegel, el idealista consumado. ‘més ni menos que la naturaleza, Tratiibase, pues, de poner En segundo lugar, no se puede en modo alguno evitar que seonia con la base materialista, reconstruyéndola sobre ella, todo cuanto mueve al hombre tenga que pasar necesariamente Ta cioncia de la sociedad; es decir, el conjunto de las Mamadas jpor su cabeza: hasta el comer y el beber, procesos que ‘comien- Ciencias histrieas y filosdticas, Pero esto no le fue dado a Fever: Jan por la sensacién de hambre y sed, sentida con la cabeza, y {bach hacerlo, En este campo, pese al “cimiento”, no lleg® a des terminan en la sensacién de saciedad, sentida también con la prenderse de las ataduras idealistas tradicionales, y 61 mismo fabeza, Las impresiones que el mundo exterior produce sobre: Jo reconoce con estas palabras: “Retrospectivamente, estoy 60. fel hombre se expresan en su cabeza, se reflejan en ella baja la todo de acuerdo con los materialistas, pero no lo estoy miranda de voluntad; en tuna palabra, dose en “factores ideales” bajo esta forma. Y si cl hecho de que tun hombre se deje Mevar por estas “corrientes ideales” y.permita que los “factores ideales” inflayan en él, si este hecho le convier- te en idealista, todo hombre de desarrollo relativamente normal serd un idealista innato, y gde Aénde van a salir, entonces, Ios materialictas? En tercer lugar, Ia conviccién de que la humanidad, al monos Actualmente, se mueve a grandes rasgos en un sentido progre- sivo no tiene nada que ver con la antitesis de materialismo e idea- lismo. Los materialistas franceses abrigaban esta conviccién has. ta un grado casi fanético, no.-menos que los deistas # Voltaire _ y Rousseau, legando por ella, no pocas veces, a los mayores sa- ‘tificios personales. Si alguien ha consagrado toda su vida a la “pasién por la verdad y la justicia” —tomando la frase en el buen sentido— ha sido, por ejemplo, Diderot. Por tanto, cuando Starcke clasifica todo esto como idealismo, con ello s6lo demuestra que Ja palabra materialismo y toda la antitesis entre ambas tendencias perdieron para él todo sentido, EI hecho és que Starcke hace aqui una concesién imperdona- Ble —aunque tal vez ineonsciente— a ese tradicional projuicio filisteo, establecido por largos afios de calumnias clericales, con- tra el nombre de materialismo, EI filisteo entiende por materia- lismo la glotonerfa y la borrachera, la codicia, el placer de la came, la vida regalona, el ansia de dinero, la avaricia, la avidez, 1 afin de lucro y las’ estafas bursitiles; en una palabra, todos ‘€805 vicios sucios a los que él rinde un culto secreto; y por idea ismo, la fe en la virtud, en el amor al projimo y, en general, en un “mundo mejor’, de la que balandronea ante los demas yen Ja que 1 mismo s6lo cree, a lo sumo, mientras atraviesa por esa Fesaca o postracién que sigue a sus excesos “materialistas” habi- fuales, acompaitindose con su cancién favorita: “;Qué es el hom- bre? Mitad bestia, mitad Angel.” Por lo dems, Starcke se impone grandes esfuerzos para de fender a Feuerbach contra los ataques y Jos dogmas de los anxi- Hiares de citedra que hoy alborotan en Alemania con el nombre de filbsofos. Indudablemente, para quienes se interesen por estos epigonos de la filosoffa clisica alemana, la defensa es. importante; al propio Starcke pudo parecerle necesaria, Pero nosotros hare- mos gracia de clla al lector, m1 Donde el verdadero idealismo de Feuerbach se pone de mani- fiesto, es en su filosofia de la religion y en su ética. Feuerbach no pretende, en modo alguno, acabar con la religién; lo que él quiere es perfeccionarla, La filosofia misma debe disolverse en Ja religién. “Los perfodos de la humanidad s6lo se distinguen unos de otros por los cambios religiosos. Un movimiento histérico tini- Camente adquiere profundidad cuando va dirigido al corazin del hombre. El corazén no es una forma de la religién, como si ésta se albergase también en él; es la esencia de Ja religién” (son palabras de Starcke). La religién es, para Feuerbach, la relacién sentimental, la relacién cordial de hombre a hombre, que hasta ahora buscaba su verdad én un reflejo fantistico de la realidad =por la mediacién de uno o muchos. dioses, reflejos fantasticos de las cualidades humanas— y ahora Ja encuentra, directamente, sin intermediario, en el amor entre el Yo y el Ti. Por donde, en Feuerbach, el amor sexual acaba siendo una de las formas supro- mas, sino Ia forma culminante, en que se practica sn nueva religién, Ahora bien} las relaciones sentimentales entre seres humanos, y muy en particular entre los dos sexos, han existido desde que existe el hombre. El amor sexual, especialmente, ha experimen- tado durante Ios viltimos ochocientos aiios un desarrollo y ha conquistado una posicién que durante todo este tiempo le con viriron en el oje alrededor del cual tenfa. que’ gras obligatoria. mente toda la poesia. Las religiones positivas existentes se ha Sisido Tenttands a dor da olism beuriciéa a la reglamentacién Wel amor sexual por el Estado, es decir, a la legislacién matri- Hwonial, y podrfan desaparecer mafiana mismo en bloque sin que Is prictica del amor y de la amistad se alterase en Jo mas mini- mo, En efecto, desde 1793 hasta 1798, la religién cristiana desa- 30 pareeié de hecho en Francia, hasta el punto de que el prop Napolefn, para restaurarla,” no dejé de tropezar con resistencias y dificultades; y, sin embargo, durante este intervalo nadie sintié Ja necesidad de buscarle un’ sustitutive en el sentido feuerba- chiano. El idealismo de Feuerbach estriba aqui en que para él las relaciones de unos seres humanos con otros, basadas en la mutua afeccién, como el amor sexual, la amistad, la compasiOn, el sa- tailiciv, ‘ete, nv son pura y sencillamente to que son de suyo, sin retrotraerlas en el recuerdo a una religién particular, que también para él forma parte del pasado, sino que adquieren su. plena significacién cuando aparecen consagradas con el nombre de religién. Para 41, lo primordial no es que estas relaciones pura ‘mente humanas existan, sino que se las considere como Ja nueva, ‘como la yerdadera religién. Slo cobran plena legitimidad cuan- do ostentan el sello religioso. La palabra religién viene de religare y significa, originariamente, unién. Por tanto, toda unién de dos Seres humanos es una religién, Estos malabarismos etimolégicos son el ‘iltimo recurso de Ja filosofia idealista. Se pretende que valga, no lo que las palabras significan con arreglo al desarrollo hist6rico de su empleo real, sino lo que deberian denotar por su origen. Y, de este modo, se glorifican como una “religién” el amor entre ios dos sexos y'las uniones sexuales, pura y exclust vamente para que no desaparezca del lenguaje Ia palabra reli- gidn, tan cara para el recuerdo idealista. Del mismo modo, exac~ ‘tamente, hablaban en la década del 40 los reformistas parisinos de “Ta tendencia de Luis Blanc, que, no pudiendo tampoco represen= tarse un hombre sin religién mas que como un monstruo, nos declan: “Done, Uatéisme cest votre religion!” ["jPor tanto, el ateismo 5 yuestra religibal"] Cuando Feuerbach se empefia en encontrar Ia verdadera religion a base de una interpretacién sus tancialmente materialista de la naturaleza, es como si se empefia~ se en concebir la quimica moderna como Ja verdadera alquimin, Si la religién puede existir sin su Dios, la alquimia puede presein- dir también de su piedra flosofa, Por lo dems, centre Ia religion y I alquimia media una relacién muy estrecha, La piedra filoso- fal encierra muchas propiedades de las que se atribuyen a Dios, ¥ los alquimistas egipcios y griegos de los dos.primeros siglos de uestra er tuvieron también arte y parte en Ia formacién de la doctrina eristiana, como lo han demostrado los datos. suminis~ trados por Kopp y Berthelot. 40 La afirmacién de Feuerbach de que los “perfodos de la humus ‘hidlad sélo se distinguen unos de otros por los cambios religiosox” tabsolutamente falsa, Los grandes virajes histéricos sélo han ido acompanados dle cambios religiosos en Io que se refiere ft las tres religiones universales que han existido hasta hoy: el bucismo, el cristianismo y el islamismo. Las antiguas. religiones tuibales y nacionales macidas espontineamente no tenian tun car nicter proselitista y perdian toda su fuerza de resistencia en cuan- to desaparecia Ja independencia de las tribus y de los pucblos ue las profesaban; respecto a los germanos, basté incluso para lo el simple contacto con el imperio romano en decadencia y fon la religién universal del cristianismo, que este imperio aca- baba de abrazar y que tan bien cuadraba a stis condiciones eco. nomicas, politicas y espirituales. Slo es en estas religiones uni Yorsales, creadas més 0 menos artificialmente, sobre todo en el ristianismo y en el islamismo, donde pueden verse los movi- Imientos histéricos generales con un sello religioso; e incluso den- fo del campo del cristianismo este sello religioso, tratindose de evoluciones de un aleance verdaderamente universal, se cireuns- eribia a las primeras fases de Ja lucha de emancipacion de la burguesia, desde el siglo xx hasta el siglo xv, y no se explica, ‘eomo quiero Feuerbach, por el corazén del hombre y su necesic lad de religién, sino por toda la historia medieval anterior, que Hho conocia més formas ideolégicas que la de la religion y la-teo- ogia. Pero en el siglo xv, cuando Ia burguesfa fue ya lo bas. tunte fuerto para tener también una ideologia propia, acomodada su posicién de clase, hizo su grande y definitiva revolucién, la “Tovolucidn francesa, bajo la bandera exclusiva de ideas juridicas politicas, sin preocuparse de la religién més que en la medida que Je estorbaba; pero no se le ocurrié poner una nueva reli- pion en Tugar de Ia ai On este empefio* [a posibilidad de experimentar sentimientos puramente huma- s en nuestras relaciones con otros hombres se halla ya hoy bas- unto mermada por la sociedad. erigida sobre los antagonismos y Wyimen de elase en la que nos vemos obligados a movernos, hay ninguna razén para que nosotros mismos la mermemos dlavin més, divinizando esos. sentimientos hasta hacer de ellos religion, Y la comprensién de Jas grandes luchas histéricas ‘Hp clase se halla ya suficientemente enturbiada por los historia- #§ al uso, sobro todo en Alemania, para que acabemos noso- 41 tros de hacerla completamente imposible transformando esta His fotia de Tuchas en un simple apéndice de Ja historia eclestistt ‘Ya esto s6lo demuestra cuinto nos hemos alejado hoy de bach, Sus “pasajes més hermosos”, festejando esta nueva del amor, hoy son ya ilegibles. 00, 1a i del homb tes més que el reflejo fantistico, la imagen refleja ; aro este Dios es, a su Yer, ol producto do un largo proces abstraccién, la quintaesencia concentrada de ee Se fuibales y nacionales que existan antes de 41, Congruentem el hombre, cuya imagen refleja es aquel Dios, no 3 tan hombre seal, sino que es también Ia quintaesencia de mmich hombres reales, cl hombre abstract, y por tanto, una image rental también Este Feuerbach que pretica en cade pigina x ‘sentidos, la sumersién en lo concreto, : dad, se de tan ito como tiene que hablarnos vo . relaciones entre los hombres que no sean las simples rel sexuales, en un pensador completamente abstracto, Oo Para é1, estas relaciones s6lo tienen un ane Ce Y aqui vuelve a sorprendemos la pobreza asombrosa de fa de a mo do con Hegel. En éste, la ética 0 teoria de la morg pea filostia del derecho y abarea: 1) el derecho abst 2) In moralidad; 3) ln ética que, a su vez, engloba la fame sociedad civil y ol estado. Aqui, todo lo que tieno de dealt Ia forma, lo tiene de realista el contenido, Juntamente a la mor se engloba todo el campo del derecho, do Ta economia, de tica, En Feuerbach es al revés. Por la forma, Feverbach ta, axranca del hombre; pero, como no nos dice ni una averea del mundo on que vive, este hombre sigue siendo ol m hombre abstracto que Hevaba Ta batuta en Ia flosofia de la x ibn, st bale m,n, de Dn de hs ig ao ies y por tanto no vive en un mundo rea, hist mente surgido © histéricamente determinado; entra en conta on otros hombres, es cierto, pero éstos son tan abstractos cog GPa eal 3 al, ce i i rece eto fe od rasabean ioe encontramos, muy de tardo en t Ge, con afirmaciones como éstas: “En un palacio se pi 42 ‘otro modo que en una cabafia’; “el que no tiene nada en el (uerpo, porque se muere de hambre y de miseria, no puede tener lumpoco nada para la moral en la cabeza, en el espiritu, ni en el vorazin”; “Ia politica debe sor nuestra religién’, etc. Pero con fstas afirmaciones no sabe llegar a ninguna conclusién; son, en 6, simples frases, y hasta el propio Starcke se ve obligado a con- feear quo la, politica era, para Feuerbuch, ume frontera, infran- queable, y “a teoria de la sociedad, la sociologia, terra incog- ita”. La misma’ valgaridad denota, si se Ia compara con Hegel, en ¢1modo como trata la contradiccién entre el bien y el mal. “Cuan- lo se dice —escribe Hegel— que e} hombre es bueno por natu- raleza, se cree decir algo muy grande; pero se olvida que se ice algo mucho més grande cuando se afirma que el hombre 3 malo por naturaleza”. En Hegel, Ja maldad es la forma en que toma cuerpo la fuerza propulsorn del desarrollo histérico. Y en este criterio se encierra un doble sentido: de una parte, todo nie vo progreso representa necesariamente un ultraje contra algo san- lificado, una rebelién contra las viejas condieiones, agonizantes, pero consagradas por la costumbre; y, por otra parte, desde Ia apariciéa de los antagonismos de clase, son precisamente las ma- las pasiones de los hombres, la codicia y la ambicién de mando, Js que sirven de palacanca del progreso hist6rico, de lo que, por ejemplo, es una sola prueba continnada la historia del feudalis- mo y de la burguesfa. Pero a Feuerbach ni se le ocurre investigar 1 papel hist6rico de la maldad moral, La historia es para él un feampo desagradable y descorazonador. Hasta su formula: “EL hombre que broté originariamente de la naturaleza era, pura- Imente, un ser natural, y no un hombre. El hombre es un proscto del hombre, de la cultura, de la historia”; hasta esta formula es, en sus manos, completamente estéril. Con estas premisas, lo que Feuerbach pueda decimos acerca We la moral tiene que set, por fuerza, extremadamente pobre. Bl anhelo de dicha es innato al hombre y debe constituir, por tanto, la base de toda moral, Pero este anhelo de dicha ‘sufre ilos enmiendas. La primera'es la que le imponen las consecuen- iis naturales de nuestros actos: detrés de la embriaguez, viene Ws resaca, y detris de los excesos habituales, la enfermedad. La " foyunda se deriva de sus consecuencias sociales: si no respetamos mo anhelo de dicha de los demés, éstos se defenderin y | Pertuzbarin, a su vez, el nuestro. De donde se sigue que, para 43 ‘dar satisfacci6n a este anhelo debemos estar en condiciones caleular bien las consecuencias de nuestros ac c hnocer igual legitimidad al anhelo correspondiente ‘én racional de la propia persona en cuanto a uno Mi ‘mo, y amor —jsiempre el amor!— en nuestras relaciones para Jos otros, son, por tanto, feucibachiana, de Tae que se i Ta pobreza y la vulgaridad de estas tesis, no bastan ni las ing rniosisimas consideraciones de Feuerbach, ni los calurosos elog de Starcke. Fl arhelo de dicha muy rara voz lo satisface el hombre ~y ure ca en provecho propio ni de otros, ocupindose de si misms Tiene que ponerse en relacién con el mundo exterior, enconts ‘medios para satisfacer aquel a i d ‘otro sexo, libros, conversacion, ‘que constimir y que claborar, O Supuesto que todo hombre dispone ya de estos medios y ol tos de satisfaccién, o bien Ie da consejos excelentes, pero inapli cables, y no vale, por tanto, ni un solo centavo para quienes farezcan de aquellos recursos, El propio Feuerbach Jo ded lisa y Tanamente: “En un palacio se piensa de otro modo at fen wea cabafia; el que no tiene nada en el cuerpo, porque mere de hambre y de miseria, no puede tener tampoco nad para In moral en la cabeza, en el espirita ni en el eoraz6n". ‘gheaso acontece algo mejor con la igual legitimidad del anh dé dicha? Feuerbach presenta este postulado con. caricter absq Juto, como valedero para todos los tiempos y todas las ci tanclas, Pero, gdesde cudndo rige? gEs que en la antigiiedad Jablaba siquiera de reconocer la igual legitimidad del anhelo 4 dicha del amo y del esclavo, o en la Edad Media del barén y d Siervo de la gleba? ¢No se sacrificaba a la clase dominante, si Sniramiento alguno y “por imperio de la ley”, el anhelo de dich de la clase oprimida? —S{, pero aquello era inmoral; hoy, Cambio, la igual legitimidad est4 reconocida y sancionada— est sobre el papel, desde y a causa de que la burguesia, en Tacha contra el feudalismo y por desarrollar la produccién eaj talista, se vio oblignda a abolir todos los privilegios estamenta fe decir, los privilegios personales, proclamando primero la igual Gad de’Ios derechos privados y Inego, poco a poco, la de Ig Gerechos publicos, la igualdad juridica de todos los homby Pero cl anhelo do dicha no se alimenta més que en una p ‘mfnima de derechos ideales; 1o que més reclama son medios ma- teriales, y en este terreno la produccién capitalista se cuida de ‘que le inmensa mayoria de los hombres equiparados en derechos blo abtengan la dosis estrictamente necesaria para malvivir; es decir, apenas si respeta el principio de Ja igualdad de derechos fen cuanto al anhelo de dieha de la mayoria —si es que lo hace= nejor que el régimen de la esclavitnd o el de la servidumbre de Ja gleba, gAcaso es mis consoladora Ja realidad, en lo que se te fiete a los medioy espirituales de dicho, 0 lor medios de eden ‘cién? gNo es un personaje mitico hasta el eélebre “maestro de escuela de Sadowa”? * Més atin. Segin Ia teoria feuerbachiana de la moralidad, Ja bolsa es ef templo supremo de la moralidad... siempre que se especule con acierto, Si mi anhelo de dicha me leva a Ja bolsa y, una vez allf, sé meditar tan certeramente las consecuencias de nis actos, que éstos sélo me acarrean ventajas y ningiin perjuicio, fe decir, que salgo siempre ganancioso, habré cumplido el. pre~ ‘cepto feuetbachiano, Y con ello, no lesiono tampoco el anhelo de ‘icha del otro, tan legitimo como cl mio, pues el otro se ha di gido a la bolsa tan yoluntariamente como yo, y, al cerrar con~ migo el negocio de especulacién, obedecia a su anhelo de dicha, ni mas ni menos que yo al mio. Y si plerde su dinero, ello de~ muestra que su accién era inmoral por haber calculado mal sus feonsecuencias, y, al castigarle como se merece, puedo incluso darme un pufietazo en el pecho, orgullosamente, como un mo- demo Radamanto.* En la bolst impera también el amor, on ‘cuanto que éste es algo mas que una fraso puramente, sentimen- tal, pues aqui cada cual encuentra en el otro la satisfaccién de su anhelo de dicha, que es precisamente lo que el amor persigue y en Io que se traduce pricticamente, Por tanto, si juego en la bolsa, ealculando bien las consecuencias de mis operaciones, es decir, con fortuna, obro ajustindome a los postulados mis seve- ros de la moral fouerbachiana, y encima me hago rico. Dicho fen otros términos, la moral de Feuerbach esti cortada a la medi- da de la actual sociedad capitalista, aunque su autor no lo quisiese ni Jo sospechase, ;Pero el amor! Si, el amor es, en Feuerbach, el dios maravilloso que ayuda a vencer siempre y en todas partes las dificultades de la vida préctica; y esto, en una sociedad dividida en clases, con intereses diametzalmente opuestos. Con esto, desaparece de su filosofia hasta el tltimo residuo de su caricter revolucionario, 3 -y volvemos a la vieja cancién: amaos Jos unos a los otros, abra- 2a0s sin distincién de sexos ni de posicién social. jEs la embria- fguez de Ia reconciliacién universal! Resumiendo. A Ia teorfa moral de Feuerbach le pasa lo que f todas sus predecesoras. Sirve para todos los tiempos, todos los pueblos y todas las circunstancias; razén por la cual no es apli- ‘cable nunca ni en parte alguna, resultando tan impotente frente ‘a la scalidad como el impcrativo categérico de Kant. La verdad es que cada clase y hasta cada profesion tiene su moral propia, que viola siempre que puede hacerlo impunemente, y el amor, que tiene por misién hermanarlo todo, se manifiesta en forma de guerras, de litigios, de procesos, escindalos domésticos, divorcios yen la explotacién méxima de los unos por los otros. Pero, gcémo fue posible que el impulso gigantesco dado por Feuerbach resultase tan infecundo en él mismo? Sencillamente, porque Fenerbach no logra encontrar la salida del reino de las abstracciones, odiado mortalmente por él, hacia la realidad viva. Se aferra desesperadamente a Ia naturaleza y al hombre; pero fen sus labios, la naturaleza y el hombre siguen siendo meras pa~ Jabras, Ni acerea de la naturaleza real, ni acerca del hombre real, sabe décimos nada concreto, Para pasar del hombre abstracto de Feuerbach a los hombres reales y vivientes, no hay més que un ‘camino: verlos actuar en la historia. Pero Feuerbach se resistia contra esto; por eso el afio 1848, que no logré comprender, no represent6 para 41 més que la miptura definitiva con el mundo real, el retiro a la soledad. Y la culpa de esto vuelven a tenerla, ‘principalmente, las condiciones de Alemania que le dejaron de~ ‘caer miserablemente, Pero el paso que Feuerbach no dio, habia que darlo; habia ‘que sustituir el culto del hombre abstracto, médula dé la nueva eligién feuerbachiana, por la ciencia del hombre real y de su desenvolvimento histérico. Este desarrollo de las pasiones feuer- ‘bachianas, superando a Feuerbach, fue inieiado por Marx en 1845, con La Sagrada Familia, v ‘Strauss, Bauer, Stimer, Feierbach, eran todos, en la medida que Se mantenian dentro del terreno filos6fico, retofios de Ja filosofia, hegeliana, Después de su Vida de Jestis y de su Dogmétioa, Strauss s6lo cultiva ya una especie de amena literatura filoséfica e hist6- Tico-eclesidstica, a To Renn; Bauer sélo aporté algo en el campo de la historia de los orfgenes del cristianismo, pero en este terreno ‘sus inyestigaciones tienen importancia; Stimer siguié siendo una ‘euriosidad, aun después que Bakunin lo amalgamé con Proud- hon y bautizé este acoplamiento con el nombre de “anarquismo”, Feuerbach era el tmico que tenia importancia como filésofo, Pero Ja filosofia, esa supuesta ciencia de las ciencias que parece flotar sobre todas las demis ciencias espectficas y las resume y sintetiza, no sélo siguié siendo para él un Ifmite infranqueable, algo sagra- do e intangible, sino que, ademis, como filésofo, Feuerbach se quedé a mitad de camino, por abajo era materialista y por arriba {Wealista; no venci6 criticamente a Hegel, sino que se limité ‘a echarlo a un lado como inservible, mientras que, & mismo, frente a Ia riqueza enciclopédica del sistema hegeliano, no supa aporiar nada positive, mio que una ampulosa religién del amor ‘una moral pobre e impotente. Y Pero de la deseomposicion de Ja escucla hegeliann broté ado- mis otra corriente, Ja Gnica que ha dado yerdaderos frutos, y festa corriente va asoeiada primordialmente al nombre de Marx." + Penmitaeme aqul mn pequitio comentario personal. Okimamente 3° ths aldo con iasstencin ai prtcipaign en ita teri no puedo, Due, ee ne Gi decir aged algunas pelabras para poner en clio este DUntOc Biso'antes y'dorante bs cntrents aog de mi colaborsclia con Marx tue ee Gitta. arte tnlependicne en la fondamentacion, y sobre todo, en La Claborscin’de le tool ive ai yo mismo puedo ness. Pero lt ane inde constr do ls principales ideas dieses, particularmente Bie teeno econbmico © histo, yen especial sa formulacn nitda at ‘También esta corriente so separé de Ia filosofia hegeliana reple- g4ndose sobre las posiciones materialistas. Es decir, decidiéndose a concebir el mundo real —la naturaleza y la historia— tal como se presenta a cualquiera que lo mire sin quimeras idealistas pre concebidas; deciditndose a sacrifiar implacablemente todas las ‘quimeras idealistas que no concordasen con los hechos, enfoca- dos en su propia concatenacién y no en una concatenacién ima- Binana. Y esto, y S610 esto, es Jo que se Thana ntesialisiny. Slo que aqui se tomaba realmente en serio, por vez primera, la con- | cepcién materialista del mundo y se Ta aplicaba consecuentemen- te —a lo menos, en sus rasgos fundamentales— a todos los campos posibles del saber. Esta corriente no se contentaba con dar de lado a Hegel; por 1 contrario, se agarraba a su lado revolucionario, al método dia Iéctico, tal ‘como lo dejamos descrito mAs arriba. Pero, bajo su forma hegeliana este método era inservible. En Hegel, la dialéc- tica 5 el autodesarrollo del concepto. El concepto absoluto. no s6lo existe desde toda una etenidad —sin que sepamos dénde—, ‘sino que es, ademis, la verdadera alma viva de todo el mundo texistente. El concepto absoluto se desarrolla hasta Wegar a ser Jo que 08, a través do todas las etapas preliminares que se estudian por extenso en la Légica y que se contienen todas en dicho con cepto; luego, se “enajena” al convertirse en la naturaleza, donde, sin la conciencia de si, disfrazado de necesidad natural, atraviesa por'un nuevo desarrollo, hasta que, por iiltimo, recobra en el hombre la conciencia de si mismo; en Ia historia, esta conciencia ‘vuelve a elaborarse a partir de su estado tosco y primitivo, hasta ‘que por fin el concepto absoluto recobra de nuevo su completa ‘personalidad en Ia filosofia hegeliana. Como vemos en Hegel, el Aesarrollo dialéctico que se revela en la naturaleza y en Ja histo- tia, es decir, In concatenaciin causal del progreso que va de lo inferior a Io superior, que se impone a través de todos los zig- zags y retrocesos momentineos, no es més que un clisé del auto- movimiento del concepto; movimiento que existe y se desarrolla Aefinitiva,corresponden a Marx. Lo que yo aporté, ~si se exeeptin, todo ils, dos o tres ramés especiales~ pudo haberlo aportado también Marx iin sii mi: En cambio, 0 no hubler conseuido Jamis lo que Mars alcane 2. Marx tenia mis tala, vela. mis lejos, etalayabn mis. y con mayor fapider que todos nosotor juntos. Mars era un genio; nosotros, los dems, {fb sume, hombres de talento. Sin él I teorla‘n6 seria hoy, nt com mucho, fo quo es) Por cso ostenta legitimamente su nombre. (Nota de Engels. 48 desde toda una etemfdad, no se sabe dénde, pero desde luego ‘eon independencia de todo cerebro humano pensante, Esta inver- sidn ideolbgica era la que habia de eliminar, Nosotros retornamos 1 las posiciones materialistas y volvimos a ver en los coneeptos de nuestro cerebro las imigenes de los objetos reales, en vez de considerar a éstos como imagenes de tal o cual fase del concepto absoluto. Con esto, la dialéctica quedaba reducida a Ja ciencia de las leyes. generates del movimiento, tanto el del mundo exte- rior como el del pensamiento humano: dos series de leyes idénti- cas en cuanto a la esengia, pero distintas en cuanto a la expresién, en el sentido de que el cerebro humano puede aplicarlas cons. cientemente, mientras que en la naturaleza, y hasta hoy también, en gran parte, en la historia humana, estas leyes se,abren paso de un modo inconsciente, bajo la forma de una necesidad exte- rior, en medio de una serie infinita de aparentes casualidades, Pero, con esto, la propia dialéetica del concepto se convertia simplemente en el reflojo consciente del movimiento dialéctico del mundo real, lo que equivalia a poner la dialéctica hegeliae nna cabeza abajo; o mejor dicho, a invertir Ia dialéctica, que estaba cabeza abajo, poniéndola de pie. Y, cosa notable, esta dialéctica rmaterialista, que era desde hacia varios afios nuestro mejor ins- trumento de trabajo y nuestra arma més afilada, no fue descue bierta solamente por ‘nosotros, sino también, independientemente de nosotros y hasta independientemente del propio Hegel, por tun obrero alemén: Joseph Dietzgen.* Con esto volvia a levantarse el lado revolucionario de Ta filo- sofia hegeliana y se limpiaba al mismo tiempo de Ia costra idea lista. que en Hegel impedia su consectiente aplicacién, La gran idea cardinal de que cl mundo no puede concebirse como un ‘conjunto de objetos tetminados, sino como un conjunto de proce 408, en el que las cosas que parecen estables, al igual que sus reflejos mentales en nuestras cabezas, los conceptos, pasan por ‘un cambio ininterrumpido, por un proceso de devenir y desapa- recer, a través del cual, pese a todo su aparente cardcter for- tuito y a todos Jos retrocesos momentineos, se acaba imponiendo siempre una trayectoria progresiva; esta gran idea cardinal so halla ya tan arraigada, sobre todo desde Hegel, en la conciencia ® Véaso Das Weven der menschlichen Kopfarbeit, von einem Handar- boiter, Hamburg, Meissner. [La esencia del trabajo intelectual det hombre, cits por um obver manual, i. Meisner, Hamburg] [Nota de Ex Fame i expuesta asi, en érmit generales, apenas en- abitual gue, Fy una cpa e econoera do plabn y OR Cosa es aplicarla a Ia realidad en cada caso conereto, en econ ame UTE eT oon i Jos campos sometidos a investigacin. Si en, noes s sovetis fen boga: de Jo verdadero y lo falso, lo bue tinto, lo necesario y Jo fortuito; 5 ti Yt So tener un valor reatvo, quo 10 que hoy repute como. verdadero encierra también un lado falso, ahora culty pero que sildrd a la luz ms tarde, del mismo modo que 1o qu Thora reconocemos como falso guarda su lado verdadero, gracia fal cual fue acatado como verdadero anteriormente; que 10, du Se afirma necesario se compone de toda una serie de meras €3 Sualidades y que To que so cree fortuito no es mis que la for detris de Ia cual se esconde eee y ast ae ote El viejo método de investigacién y de pensamiento que Hegel tama “metatbico", mnétodo que se aeupaba,preferentemchis ee ewe Hh ge abr np anno al eos Jos cambios que en él se a ee cls les, La vieja metafisica que enfocaba los obje shee eae blog nacié de una clencia de ee investigaba Jas cosas muertas y las vivas como ok jes a ‘Cuando estas investigaciones estaban ya tan avanzadas a pe ra pase ric aoe Sst, ceo ci ore, Seite on Ia naturaleza misma, son6 también en ol he filoséfico la hora final de Ja vieja metafisica. ie fecto, Tista fines del siglo pasado Ins cfencias naturales fueron ‘minantemente ciencias colectoras, ciencias de bee Os a fen miestro siglo son ya clencias eseneialmente 0 adores ci tias que estudian los procesos, el origen y el desarroll 50 objetos y Ta concatenacién que hace de estos provesos naturales un gran todo, La fisiologia, que investiga los fendmenos del orga- nismo vegetal y animal, la embriologfa, que estudia el desarro- No de un organismo desde su germen hasta su formacién comple ta, la geologia, que sigue la formacién gradual de la corteza terrestre, son, todas llas, hijas de nuestro siglo, Pero hay, sobre todo, tres grandes descubrimientos que han dado un impulso gigantesco a nuestros conocimientos acerca de Ja concatenacién de los procesos naturales: el primero es el des- cubrimiento de la célula, como unidad de cuya multiplicacién y diferenciacién se desarrolla todo el cuerpo del vegetal y del ‘animal, de tal modo que no sélo se ha podido establecer que «1 desarrollo y el crecimiento de todos los organismos superiores son fenémenos sujotos a una sola ley general, sino que, ademis, Ja capacidad de variacién de la célula nos scala el camino por 1 que los organismos pueden cambiar de especie, y por tanto, ecorrer una trayectoria superior a la individual, ET segundo es Ja transformacién de Ja energia, gracias al cual todas las llamadas fuerzas que actian en primer lugar en Ia naturaleza inorginica la fuerza mecéniea y su complemento, la Tamada energia poten- Cial, el calor, as radiacones (la luz yl calor radiado), la cleo: tricidad, el magnetismo, la energia quimica— se han acreditado ‘como otras tantas formas de manifestarse el movimiento univer- sal, formas que, en determinadas proporciones de cantidad, se truecan las unas en las otras, por donde la cantidad de una fuer- ya que desaparece es sustituida por una determinada cantidad de otra que aparece, y todo cl movimiento de la naturaleza se reduce a este proceso incesante de transformacién de unas formas 1 otras, Finalmente, el tercero es la prueba, desarrollada primera mente por Darwin de un modo completo, de que los: productos orginicos de Ta naturaleza que hoy existen en torno nuestro, in- luidos los hombres, son el resultado de un largo proceso de eyo Tucién, que arranca de unos cuantos gérmenes primitivamente uunicelulares, los cuales, a su vez, proceden del protoplasma albéainas formada por via quimica. Gracias a estos tres grandes dlescubrimientos, y a los dems pro- gresos formidables de las ciencias naturales, estamos hoy en condiciones de poder demostrar no sélo la ligazén entre los fend- menos de Ja naturaleza dentro de campos determinados, sino también, a grandes rasgos, Ia existente entre los distintos campos, presentando as{ un cuadro de conjunto de Ia concatenacién de BL Ja naturaleza bajo una forma bastante sistemitica, por medio de Jos hechos suministrados por las mismas ciencias naturales empf- rricas. El damos esta visién de conjunto era Ja misién que corria antes a cargo de la llamada filosofia de la naturaloza. Para poder hhacerlo, ésta no tenfa mas remedio que suplantar las concatena~ ” cciones reales, que atin no se hablan descubierto, por otras idea- Tes, imaginarias, sustituyendo los hechos ausentes. por figuracio- nes, Ienande las verdadlerax Tagunas por medio de mera imagi- nacibn, Con este método llegé a ciertas ideas geniales y presinti6 algunos de los descubrimientos posteriores. Pero también come~ 4i6, como no podia por menos, absurdos de mucha monta, Hoy, ‘cuando los resultados de las investigaciones naturales sélo nece- sitan enfocarse dialéctieamente, es decir, en su propia concate- nacién, para legar a un “sistema de la naturaleza” suficiente para iuestro tiempo, cuando el caricter dialéetico de esta concatena~ ‘cién se impone, incluso contra su voluntad, a las eabezas metafi- sicamente educadas de los naturalistas; hoy, la filosofia de la naturaleza ha quedado definitivamente liquidada. Cualquier ine tento de resucitarla no seria solamente superfluo: significarta tun retroceso. ‘4 ¥ Io que decimos de la naturaleza, concebida aqui también como un proceso de desarrollo histérico es aplicable igualmente fa Ja historia de Ia sociedad en todas sus ramas y, en general, al conjunto de las ciencias que se ocupan de cosas humanas (y dic! yinas), También la filosofia do la historia, del derecho, de relixién, etc., consistia en sustituir la ligazén real acusada en los” Ihechos mismos por otra inventada por la cabeza del fil6sofo, y Ta historia era concebida, en conjunto y en sus diversas partes, coma a realizacién gradual de ciertas ideas, que eran siempre, nal mente, las ideas favoritas del propio filésofo, Segtin esto, 1a histo= ria laboraba inconscientemente, pero bajo el imperio de la nece sidad, hacia una meta ideal fijada de antemano, como, por ejem plo, en Hegel, hacia Ia realizacién de su idea absoluta, y tendencia inelictable hacia esta. idea absoluta formaba Ta traba z6n interna de los acaecimientos historicos. Es decir, que la eal de los hechos, todavia ignorada, se suplantaba por una m provideneia misteriosa, inconsciente 0 que llega poco a poco a ‘onciencia. Aqui, al igual que en el campo de la naturaleza, h bia que acabar con estas concatenaciones inventadas y artific es, descubriendo las reales y verdaderas; misién ésta que, ‘iltima instancia, suponfa descubrir las leyes generales del mo 52 miento que se imponen como dominantes en Ja historia de la sociedad humana. Ahora bien, la historia del desarrollo de Ia sociedad difiere sustancialmente, en un punto, de Ia historia del desarrollo de la naturaleza, En ésta —si prescindimos de Ja accién inversa ejer- ida a su vez por los hombres sobre la naturaleza—, los factores que actian los unos sobre los otros y en cuyo juesto mutuo se impone Ja ley general, son todos agentes inconscientes y clegos. De cuanto acontece en la naturaleza —lo mismo los innumerables fenémenos aparentemente fortuitos que afloran a la superfi ‘que los resultados finales por los cuales se comprucba que esas aparentes casualidades se rigen por su Iogica intemma~, a nada se llega como a un fin propuesto de antemano y conseiente, En ‘cambio, en la historia de la sociedad, los agentes son todos hom- bres dotados de conciencia, que acttian movides por la reflexién 0 la pasién, persiguiendo determinados fines; aqui, nada acaece sin una intencién consciente, sino un fin propuesto. Pero esa dis- tincién, por muy importante que ella sea para Ja investigacién histérica, sobre todo Ia de épocas y acontecimientos aislados, no altera para nada el hecho de que el curso de la historia se rige ‘por leyes generales de cardcter interno. También aqui reina, en la superficie y en conjunto, pese a los fines conscientemente desea dos de los individuos, un aparente azar; rara vez acaece lo que se desea, y en la mayorfa de los casos Ios muchos fines propues- tos se entrecruzan unos con otros ¥ se contradicen, cuando no son de suyo itrealizables 0 insuficientes los medios de que se dispone para Hevarlos a cabo. Las colisiones entre las inmumera- bles volntades y actos individuales crean en el campo de la historia un estado de cosas may anflogo al que impera en Ia na- turaleza inconsciente. Los fines de los actos son obra de la yolun- tad, pero los resultados que en Ia realidad se derivan de ellos no lo son, y aun cando parezean ajustarse de momento al fin propuesto, a la postre encierran consecuencias muy distintas a Jas propuestas. Por eso, en conjunto, los acontecimientos histéricos también parecen estar presididos por el azar. Pero alli donde en Ja superficie de las cosas parece reinar la casualidad, ésta se halla spre gobernada por leyes internas ocultas, y de lo que se trata es de descubrir estas leyes. Los hombres hacen su historia, cualesquiera que sean los ram- bos de ésta, al persegnir cada cual sus fines propios propuestos conscientemente; y la resultante de estas numerosas yoluntades, 53 proycetadas en diversas direcciones, y de su miiltiple influencia sobre el mundo exterior, es precisainente la historia. Importa, pues, también lo que quieran Jos muchos individuos. La voluntad ‘est determinada por la pasién o por la reflexién, Pero los resor- tes que, a su vez, mueven directamente a éstas, son muy diversos. nas veces, soa objtos exteriors; otras veces, motivos ideaes: ambicién, “pasién por la verdad y la justicia”, odio personal, también tonnias individiales de too ghnore: Pero, por'ena pasta ya velamos que Jas muchas voluntades individuales que acthan fen Ia historia producen casi siempre resultados muy. distintos de los propuestos —a veces, incluso contrarios—, y, por Io tanto, sus méviles, tienen también una importancia puramente secunda- ria en cuanto al resultado total. Por otra parte, hay que pre- guntarse qué fuerzas propulsoras actiian, a su vez, detris de esos méviles, qué causas histéricas son las que en las cabozas de los hombres se transforman en estos méviles. Esta progunta no se la habia hecho jamds el antiguo materia lismo. Por esto su interpretacién de la historia, cuando Ja tiene, 5 esencialmente pragmatica; lo enjuicia todo con amreglo a los miéviles de los actos; clasifica a los hombres que actéan en la historia en buenos y en malos, y Inego comprueba que, por regla general, Jos buenos son los engasiados, y los malos los vencedo- es, De donde se sigue, para el viejo materialismo, que el estudio de Ia historia no arroja ensefianzas muy edificantes, y, para noso- tos, que en el campo histérico este viejo materialismo se hace fraicion a si mismo, puesto que acepta como siltimas causas los miéyiles ideales que allf actian, en vez de indagar detris de ellos, ‘eules son los méviles de esos méviles. La inconsecuencia no estriba precisamente en admitir méviles ideales, sino en no re- montarse, partiendo de ellos, hasta sus causas determinantes. En cambio, la filosofia de Ia historia, prineipalmente la representada Por Hegel, reconoce que los méviles ostensibles y aun los méviles reales y efectivos de los hombres que actian en la historia no son, ni mucho menos, las wiltimas causas de los acontecimientos hiistéricos, sino que detrés de ellos estén otras fuerzas determi- nantes, que hay que investigar; pero no va a buscar estas fuer- as en la misma historia, sino que las importa de fuera, de la ideologia filos6fica. En ver. de explicar la historia de Ia antigua Grecia por su propia concatenacién interna, Hegel afirma, por ejemplo, sencillamente, que esta historia no es mas que la elabo- racién de las “formas de la bella individualidad”, la realizacién de la “obra de arte” como tal. Con este motivo, dice muchas co- sas hermosas y profundas acerca de los antiguos griegos, pero. testo no es obsticulo para que hoy no nos.demos por satisfechos ‘con semejante explicacién, que no es més que una forma de hablar. | ‘Por tanto, si se quiere investigar Tas fuerzas motrices que —consciente 0 inconscientemente, y con harta frecuencia incons- Gientemente— estin detras de estés méviles. por Tos que wcidaus Tos hombres en la historia y que constituyen los verdaderos resortes supremos de Ja historia, no habria que fijarse tanto en los mévi- les do hombres aislados, por muy relevantes que ellos sean, como fen aquellos que mueven a grandes masas, a pueblos en bloque, y, dentro de cada pueblo, a clases enteras; y no momentinea- mente, en explosiones ripidas, como fugaces hogueras de paja, sino en acciones continuadas que se traducen en grandes cam- bios histéricos. Indagar las causas determinantes que se reflejan cen las cabezas de las masas que actiian y en las de sus jefes —los Tamados grandes hombres— como méviles conscientes, de un modo claro 0 confuso, en forma directa o bajo un ropaje ideo- Tégico e incluso divinizado: he aqu{ el vinico camino que puede Hlevarnos a descubrir las leyes por las que se rige la historia en conjunto, al igual que la de los distintos perfodos y paises. Todo To que mueve a los hombres tiene que pasar necesariamente por ‘sus cabezas; pero la forma que adopte dentro de ellas depende fen mucho de las circunstancias. Los obreros no se han reconci- liado, ni mucho menos, con la produceién maquinizada capita: lista, aunque ya no hagan pedazos las méquinas, como todavia ‘en 1848 hicieran en el Rin, ; Pero mientras que en todos los perfodes anteriores la inves tigacién de estas causas propulsoras de la historia era punto ‘menos que imposible —por lo compleja y velada que era la tra- ‘bazén de aquellas causas con sus efectos—, en la actualidad esta trabazén esti ya Io suficientemente simplificada para que el enig- ma pueda descifrarse, Desde la implantactén de la, gran indus- tria, es decir, por lo menos, desde la paz europea de 1815,% ya para nadie en Inglaterra era un secreto que alli la lucha politica giraba toda en torno a las pretensiones de dominacién de dos clases: Ia avistoracia terrateniento, (landed. aristocracy) la Durguesia (middle class). En Francia se hizo patente este mis- areas Cem at raonss de Woe Borboues los histriadones dl periodo de la Restauracién, desde Thierry hasta Guizot, Mignet ¥, Thiers, lo proclaman constantemente como el hecho que da a clave para entender Ja historia de Francia desde la Edd] Men dia. ¥ desde 1830, en ambos paises se reconoce como teroer Dene Berante, en la lucha por el Poder, a la clase obrera, al proletariade {2s condiciones se habian simplifieado hasta tal punto que habia gue certar intencionadamente los ojos para no ‘yer en Ia lucha fle esins tres grandes clases y en el choque de ‘sus intereses ia fuerza propulsnr de la historia modeiua, por lo menos oe Jot dos pafses mas avanzados. duro, geémo bablan nacido estas clases? Si, a primera vista, {edavia era posible asignar a la gran propiedad ‘del sucky og otro tempo feudal, un origen basado —a primera vista al'me, Beer cty, ausas politicas, en una usurpacién violenta, pata la burguesia y el proletariado ya no servia esta explication Ee claro y palpable que los orlgenes y el desarrollo’ de estes doe Grandes clases residian en causas puramento econbmicas, ¥ no menos evidente era que en las luchas entre Jos grandes terrate, hientes y Ia burguesta, Jo mismo Gear a os sfistas. No contento cos compres ube de consi ionario de la filosofia slemana, simpatizaba asdionen ne et {ils precisamente en razén de su alcance revelucin ee goon foie Sobre Alemania, Heine se extiende ademds mucha mis thee a signfiencién revolcionari de Kant y de su iit de ee exagera demasiado>* que sobre Hegel, a6 a Hegel con mis firmeza, En el oe, rudo de su primera y dnica carta “Sobre cate et naar yaks in nemorti caciig de inpeines eel ‘el emperador de los fildsofos”. “Cuarsle ha eceeimentado eta erp ante se toa bab Facional>, se eché a reit extrafamente y se bak nie he también sigaiicake: todo lo que es mena sett oe 8° adopté “uni aire inquieto, Pero comprobando, que cela que s de editarlos * Los pussies edicign de igs, MOTOS Doe lor simos < > figuran solamente en la 101 ie aut chr To habia ofdo, se tranquiliz6"4 Importa poco aat nga ny, cm aun Fin Hegel comprendin Yo gue hnbia de revolutonria sea Blosofia y temia dejarlo ver. gHlasta qué punto Hoge! 18 Ga verdaders cuenta de ello? Es oto proezn, al ou, Fo) : ‘el presente opiseu lo que, no puede den eR case que Heine no ra en a ez de Bae, te angen an s deneoni ici Pee ee cate (iecmsla do Hegel, sustinyendo Modo to que existe” a “todo lo que es real. Sin duda Heine qe Teemostrar que, aun bajo Ta forma vulgar que la frase roviste 3 oea de los iniciados en los secretos del hegelianismo, To conservn menos st. sentido revolucionari. (2) i época tenian slacion a la frase: “Los prusianos de aquella éx 1am reli 8 Me mereta”, vase. 20, oP et, Mosc, 1966] nia he- Es sabido que el problema de como comprender Ia. teo “real” 6 un importante ia le cionalidad de lo “real” desempet se: eee Ja raciontroutos filoséficos entre 1835 y 1st apes Pe inase Visarion Bielinski, la ee mas eee aaioes oa mcritores rusos, debe haber vivido un verdadero drama. Ss Jose Menzel y sobre cl Borodino de Jukovski abundan artes cna crteas. conta quienes se permite condenat 10 teal”, os decir el régimen social oid ae Mis trde, Bis ask dar es textos, que él consid : Tosh no gusabe Te eNinguna, comieracion fiosica sobre tin error infamante, considera, sc, oe Te scndide tactonalidad del régimen sus podia, constitu oo aaron un ebsticulo para sa Techazo apasionado qua este Sstt= fea ignominioso le provocaba. Los que eseribieron. d¢ = Jen el mismo sentido no iuzgarn oportare, volver a Hes pra sen eae press terieas de los cues habia partido ol grim a ne en servadora. Lo Pareto cyror, Hsia es también 1a opinién de los sete atrandar de in Tusa actual. ¢Tienen razhs? am Memorias y pensamientos, Herzen relata cémo la 102 permitié salvar el obsticulo que a primera vista (primera vista, hay que subrayarlo, es decir todo lo que hay de més superficial ¥ engafioso) le oponfa la teoria de la “racionalidad” de lo “real”, Pens6 que no era nada més que una nueva formula del principio de razén suficiente. Pero el principio de razén suficiente no justifica cualquier régimen social. Si hubo en Rusia una razén suficiente para la instauracién del despotismo, el movimiento de emancipacién de los decembristas debié tener también su razin suficiente, En ese sentido, si el despotismo fue “racional’, la de- gisién de terminar con él de una vez por todas no era’ menos “racional”. De modo que, concluye Herzen, la teoria de Hegel constituye més bien Ja justificacién filoséfica de Ia lucha por la liberacién, Es un verdadero algebra de Ia. revolucién.’? - Herzen tenfa absolutamente razin de legar a esta conclusién, Pero habla Tegado por malos caminos. Expliquémoslo con un ejemplo: “La repiblica romana era real, dice Engels que desa- rrolla agut la idea de Hegel; pero el imperio romano que la desplazé Jo era también.” Por qué, desde ese entonces, el imperio remplazé a la repi- blica? El principio de razén suficiente slo nos asegura que ¢s0 hhecho debe tener una causa. Pero no nos proporciona la menor indicacién con respecto a la direccién en que hay que buscar los ‘origenes o causas del hecho en cuestién, La repiblica cedié quizas su lugar al imperio porque César tenfa mis talento militar que Pompeyo; quizés porque Octavio era hibil y demasiado astuto; tal vez finalmente por alguna otra causa fortuita. Hegel no se daba por satisfecho con explicaciones de este tipo. Para él, ol azar sélo era la envoltura detrés de la cual se oculla la necesi- dad. Por cierto que se puede comprender la nocién de necesidad de un modo muy superficial; se puede decir que la caida de la repiiblica romana se yolvié necesaria por el hecho de que César habia. vencido a Pompeyo. Pero esta nocién tiene en’ Hegel un sentido muy diferente ¢ incomparablemente més profundo. Cuan- do dice que un fenémeno social es necesario, esto significa para 4, que ese fendmeno ha sido preparado por toda la evolucién del pais en el que se produce. Es en esta evolucién donde hay que buscar sus orfgenes o sus causas. Si la repiblica romana desaparecié, Ja explicacién no radica en el talento militar de César ni en los exrores de Bruto, tampoco lo explica la accién de algiin individuo o grupos de individuos: lo cierto es que, en Ja estructura interna de Roma, se habian producido modificacio- 103 nes que haefan imposible Ja continuacién de la repiiblica. gQué modificaciones? A este tipo de preguntas, Hegel dié respuestas poco satisfactorias. Pero no es esto Io que nos interesa aqui, Lo importante es que, en la nocién que se hacia de los fensmenos sociales, Hegel va mucho mis lejos que todos aquellos que s6lo saben que no hay efecto sin causa. No es todo: Hegel puso en evidencia una verdad atin més profunda y esencial. Dijo que todo ‘sistema de fenfimenns engentra, a pmrtit da st miemn y a medida que se desarrolla, las fuerzas que desembocarin en st negacién, es decir en su’ desaparicién, y que por consiguiente, todo régimen social, a medida que se desarrolla histéricamente, engendra a partir de si mismo las fuerzas sociales que lo destrut- rin para ser sustituido por uno nuevo. De alli se desprende esta conelusién que Hegel, es cierto, no explicita: si me rebelo con- tra _un régimen social, mi oposicién seri racional sélo si coin- cide con el proceso objetivo de negacién que se despliega en el seno mismo de ese régimen, es decir cuando el régimen en cues- tiin pierde su sentido histérico y entra en contradiceién con las necesidades sociales que lo hicieron nacer. Intentemos aplicar ahora este punto de vista a los problemas sociales que agitaban a la juventud culta de Rusia alrededor de 1890. La realidad rusa —Ia servidumbre, el despotismo, In po- Ticla omnipotente, la censura, ete. le parecfa injusta © ignomi- 1a, Recordaba con involuntaria.simpatia el intento, en ese tentonces atin reciente, de los decembristas, para mejorar las con- diciones de nuestra sociedad. Pero ya no se contentaba (0 por Jo menos las inteligencias més notables existentes en ella no se contentaban) con la negacién revolucionaria abstracta del glo xvm, ni. con Ia vana y orgullosa oposicién de los roméinticos. Merced a Hegel, se habfa vuelto més exigente, “Demuestra que fu negacién es racional, reflexionaba, y justiffcala por las Teyes objetivas de la evolucién social, o bien renuncia a ella como a ‘un eapricho, como a un antojo pueril”, Pero justificar la negacién de la realidad rusa en nombre de las leyes internas de la evolu- cién de esa misma realidad, hubiera sido resolver un problema del cual el mismo Hegel no habia sido capaz de salir. Tomemos el ejemplo de la servidumbre. Justificar su negacién hubiera exigido que se demostrara que se niega a si misma, es decir, que ya no'responde mis a las necesidades sociales que la hicieron hacer. Ahora bien, qué necesidades sociales se encuentran en €l origen de la servidumbre en Rusia? Las necesidades econd- 104 micas de un estado que habria fii as Mb mos oo ones ,Gemostrar que en el siglo xm la. seni creo da sine hal La guerra de Crimea ¥ero, 10 agotamiento si no a sido preciso en- interior dela misma, dad, Pay’ Broblema fundamental do. la cise a SO8 en contradenient® i@e4 profundamente justa, él era of yee to", considerata ya” Pouia N0 contradecitla, Idealist one? caus, cee keds legions de la “Idea” como a leas oe conn) 80: todo. devenir. Las propledcaes istona, Hegel nna, Plesteaba el gran probleme oan invocarian oot tvocsba en principio aquellas popiedaens gatattamest tes dolar el terreno de la histone neren ee devenir hinge Posibilidad de encontrar las ennens nsose ir hist6rico. Su inteligencia ional, vendadersinoe Eenial, le permiti en el sinter fexplicaciones, a luego de haber pagado descender a erent? tributo a la “Iden”, apresusie {il terreno concreto de Ia historia, by sa Rex, 1 ferdmenos soci, no en ioe peal W auss 12408 fendmenos mismos, en los hechor histoeoe ye habia intentado analizar. Y al respecte ee ane a Istbrigs) Pay (retlzando las causas ‘econdmice da jen i . Pero por més geniales que fu ermanccian Conny Gimnles ‘ipbtesis. Privadas de ly Slide tage nea como Hoge y ois Pape Mpa ens tors a 3 Aarenein on el momento en que fueron fatioien tn Brea El gran problema eet ae que Hegel habia plant. lo i ee ah, Mio oo Z mausas les, internas, del deveni isto ‘4 hd For apt Seer ger d parecer en Rusia. La sociedad rasa estaba ial muy sélida- laba con gran 105

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