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XAVIER VELASCO La edad de la punzada 406 Páginas / 18 Euros “Cada vez que

XAVIER VELASCO

La edad de la punzada

406 Páginas / 18 Euros

XAVIER VELASCO La edad de la punzada 406 Páginas / 18 Euros “Cada vez que me
“Cada vez que me siento amenazado, me transformo en el niño del retrato. Pantalón claro,
“Cada vez que me siento
amenazado, me transformo en
el niño del retrato. Pantalón
claro, cuello de tortuga,
zapatos de gamuza, fleco ru-
bio. Sólo faltan las alas, ladies
& gentlemen”.
Xavier Velasco
El autor Xavier Velasco , escorpión con ascendente acuario, hijo único de un virgo y

El autor

Xavier Velasco, escorpión con ascendente acuario, hijo único de un virgo y una tauro, alumno problemático, narrador a hurtadillas, íntimo de diversos cuadrúpedos, creció en la ciudad de México al lado de pacientes y sucesivos afganos. Descubrió a los nueve años el juego de escribir, como quien da con una salida de emergencia; desde entonces lo juega con fruición de tahúr y hasta hoy sigue creyendo que la vida de un narrador vale sólo para ponerla en juego.

Velasco entiende la novela como un juego inocente llevado por placer hasta sus más atroces consecuencias. Sintomáticamente, dedica las mañanas a meterse en problemas por escrito y las tardes a intentar resolverlos brujuleando entre calles y avenidas de la siempre auspiciosa ciudad de México. Disfruta especialmente de la amistad perruna (actualmente cohabita con dos gigantes de los pirineos cuya sabiduría le es inalcanzable), el olor de la tinta y el alquiler de scooters en ciudades psicóticas.

Como autor, ha hecho sus apuestas narrativas en Cecilia (novela), El materialismo histérico (fábulas cutrefactas de avidez y revancha, Alfaguara 2004), Luna llena en las rocas (crónicas de antronautas y licántropos, Alfaguara 2005), Diablo Guardián (Premio Alfaguara de Novela 2003), Este que ves (Alfaguara, 2007) y Puedo explicarlo todo (Alfaguara, 2011). La edad de la punzada es su última novela y llega a España tras un enorme éxito de crítica y público en México.

www.xaviervelasco.com

La obra

“Una cosa es que quiera ser decente y otra que haya dejado de ser rufián”

*

Una historia que destila veracidad en cada párrafo. Como la vida misma

*

“No me arrepiento de nada, ni siquiera de lo peor, porque tengo una historia para contar”

Xavier Velasco

Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras (Gibrán Jalil Gilbrán, El loco). Así empieza La edad de la punzada, última novela de Xavier Velasco. Una obra autobiográfica donde el autor de la galardonada Diablo Guardián, ahora más que nunca libre de cualquier máscara, rememora de forma minuciosa y fiel sus años de adolescencia –de los trece a los diecisiete– y los trágicos acontecimientos personales y familiares, sucedidos en ese corto periodo de tiempo, que contribuyeron a convertir al adolescente mimado, engreído y rufián que fue en el hombre que quiere ser decente para no defraudar al afamado escritor que es ahora.

Como dijo el crítico Arturo García Ramos (ABC) a propósito de la escritura de Este que ves (Alfaguara, 2007), el otro libro en el que Xavier Velasco relata parte de su vida –concretamente su infancia–, nuevamente aquí “se trata más bien de un ejercicio de indagación, de gratificante sinceridad” con el que Velasco se presenta ante los lectores desnudo y sin tapujos aunque, eso sí, bastante más joven.

La edad de la punzada, “una manera de rendir homenaje a mis padres”, según el autor, cuenta la historia de una de esas adolescencias en picado donde todo parece salir mal, en medio de una prisa por vivir que invita a acelerar y cerrar los ojos, hasta que cualquier día uno se despierta en lo hondo de un auténtico infierno para adultos: allí donde la risa es un mero recurso de sobrevivencia. “Cuando empecé a escribir de esto siempre pensé que tenía que haber otro perdido, que anduviera como yo, siendo adolescente y en medio de una vida miserable, preguntándose si habría por allí una bandera de la cual pudiera colgarse para no terminar de naufragar”, ha dicho Xavier Velasco.

No busca Velasco de los lectores la aprobación de sus actos de rebeldía durante esos años adolescentes –lo que a todas luces no conseguiría– sino más bien se empeña en mostrarles todas las posibles caras de una misma moneda, para que no se dejen engañar por falsas apariencias, para que no se confíen ni crean estar a salvo de nada ni de nadie, pues a veces la vida no se parece en nada al retrato bucólico y pletórico de belleza que preside un salón.

Si, ya en las primeras páginas de la novela, el adolescente Xavier se jacta de que nadie sabe quién es –lo que le produce placer y descanso–, desde la publicación de este libro no podrá decir lo mismo el adulto Velasco, pues es la escritura de esta obra sobre un momento clave en la vida de los seres humanos –la adolescencia– la forma que ha elegido para terminar de presentarse en sociedad este escritor atípico y vocacional, especialmente obsesionado en la creación de personajes, que cree que “con los personajes es más fácil entendérselas que uno mismo”.

Niño mimado, alumno problemático, pésimo estudiante, mentiroso, ladrón, inadaptado, pandillero en moto, chico malo de buena familia,… Xavier Velasco no escatima en adjetivos para describir con todo lujo de detalles al adolescente que fue, aquel chico rico, engreído y problemático que, con sus estudiadas hazañas en solitario o en malas compañías, puso en jaque la vida de sus padres, profesores y vecinos. Pero tras esa máscara maligna en la que durante mucho tiempo se escondió Velasco, el autor deja entrever también a alguien soñador, distraído, enamoradizo, tímido e inocente, cuya existencia se verá marcada por la tragedia de tener que vivir parte de esos años de adolescencia –en los que la punzada del amor parece lo único importante– con un padre preso –por un supuesto delito económico sobre el que el autor no es generoso en detalles–, una madre coraje que se desmorona por momentos –fallecida hace un año y a cuya memoria dedica la novela– y una vida de lujo que se escapa por las rendijas de una casa que es necesario vender.

Nada será lo mismo tras desencadenarse la catástrofe, ni siquiera una vez que la familia vuelva a estar unida. Pero quien cambiará más que nada ni que nadie será el propio Xavier, quien inevitablemente habrá dejado atrás La edad de la punzada.

Sinopsis

Decidido a contradecir al retrato embustero del niño con su afgano que preside la sala de su casa, el narrador y protagonista busca la mejor fórmula para fabricar pólvora, combate a sus vecinos con un rifle de diábolos y bombas incendiarias, roba huesos en sus visitas al panteón, acaba con los nervios de dos padres querúbicos y de paso se deja enardecer por toda suerte de antojos secretos.

El joven Xavier es un inadaptado en el Instituto –Instiputo en palabras del autor– que sólo piensa en chicas y motos; en partidas de billar y campeonatos de gargajos; en perder la virginidad, y de paso la timidez que se apodera de él en presencia de las chicas; en hacer la vida imposible a los profesores y algunos de sus modélicos alumnos; y en engañar a toda costa a sus padres, si no quiere despedirse de los generosos regalos con los que le agasajan –a pesar de todo–, como la moto de los catorce años o el coche de los dieciséis.

Pero, en pleno apogeo de La edad de la punzada, y tras un largo repertorio de fechorías de todo tipo, el protagonista tendrá que sobrevivir al dramático acontecimiento de la encarcelación de su progenitor durante catorce largos meses, para entender que la vida no es solo eso que ocupa obsesivamente su cabeza, y que lo más importante que tenemos –la felicidad muchas veces olvidada – es tan fugaz como el sugerente pestañeo de una niña bonita.

Del resultado de todo eso está hecho Xavier Velasco. Un hombre que, si se siente amenazado, es capaz de convertirse en el niño del retrato. Una y mil veces.

Los personajes, según el autor

Xavier [Velasco]

“No quiero ser galán, aun si me la paso pendiente del espejo. Tengo cara de niño y este corte de pelo soldadesco no ayuda. Tampoco es que me lo hayan dicho ya, pero se me ven grandes las orejas. La boca y la nariz me han crecido de más. En lugar de bigote me brotan unas púas tan vergonzosas como las espinillas que compiten con ellas por hacerme la vida miserable. Tengo, además, el pelo más rebelde que un búfalo con riendas, así que siempre estoy despeinado y me asquea la idea de engominarme como padrote […] ¿Quién va a querer ser novia de un hocicón así?, me quejo de repente y me prometo no enseñar más los dientes al hablar, y menos las encías, qué pinche asco. Trato de decir algo con los labios encima de los colmillos y me veo ridículo como un monaguillo metido a pandillero.”

Alicia [madre]

“Siempre que está enojada, o sea cada día más seguido, Alicia usa palabras que la ayudan a gruñir, como grima, desgracia, ingratitud, grosero, malagradecido. Grrr, grrr, grrr. Te echa encima sus ojos azul tóxico y con ellos te tuerce o te endereza,

según sea el latido del corajón. Tiene olfato, memoria, instinto cazador. ¿Por qué es

mi madre entonces, y no la del famoso Pancho Pantera?”

“Nada calma mejor los nervios de mi madre que inscribirme en un curso de lo que sea. Se entusiasma como si fuera ella quien recibiera una oportunidad. Así me dijo, luego de ir a dejar el cheque. Mira, Xavier, te voy a dar una oportunidad.”

Xavier [padre]

“¿Quién era yo? ¿Quién soy? Esas preguntas valen para Xavier, yo no soy más que

su hijo y eso es igual a cero. Si alguna vez creí que yo era importante por la impor-

tancia que tenía Xavier, hoy, tendido en mi cama a medianoche, me repito que nunca fue Xavier tan importante como desde que es duro y me lo dice con una sonrisa. Cierro los ojos y lo miro tan claro que dudo que algún día llegue a olvidar nuestro encuentro en el patio de la cárcel. Nunca antes lo había visto tal como es. Así, con la sonrisa y el chiste en su lugar, para echarle siquiera un cubito de azúcar al trago más amargo de este mundo. Ya soy duro, hijo, me acompaña la frase por la noche y me despierta a la mañana siguiente. Ya soy duro, hijo. Cuando al fin lo repito sin que se me remojen los ojos, entiendo que también me estoy haciendo duro.”

Tazi [perro]

“¿Ése es Tazi?, preguntan mis amigos o mis primos cuando miran el cuadro y no se explican cómo es que tiene el cuerpo tan pelón, cuando en la realidad es todo melena. Mire, señora, es un perro muy guapo, si lo pongo tal cual se come al niño, nos explicó el pintor alguna vez, y yo lo cuento así para hacerlos reír.”

Melaordeñas [maestro]

“Es uno de esos maestros amigables que te dan en la madre sin dejar de sonreír. Un día te pasa al frente a contar chistes, al siguiente vas a la dirección con una doble nota en disciplina. Se apellida De la Peña; Cagarcía y yo le decimos Melaordeñas. Es como el jefe de los boy scouts y está siempre rodeado de lambisconcitos.”

Cagarcía [amigo]

“Soy otra vez el paria que era en noviembre, aunque hay algunos pocos que me pelean el primer lugar. Cagarcía, por ejemplo, cada día está más cerca de mis hazañas. Nos hicimos amigos porque él traía el libro de Drácula y yo el de Frankenstein, pero lo que realmente nos une es el odio.”

Alejo [amigo]

“Tiene mi edad, Alejo, aunque él sí que es un buen estudiante. Otra de las razones que le han dado prestigio entre las señoras es que todas las tardes llega a San Pedro cargado de accesorios deportivos. Manoplas de beisbol. Balón de americano. Raqueta, red, pelotas de tenis.”

Frank [amigo]

“Hay de famas a famas, eso sí. La mejor es de Alejo, que pasa fácilmente por niño bueno, saluda a las señoras y hasta el año pasado tenía novia. A Frank, en cambio, lo persigue la peor de las reputaciones. Lo menos que se cuenta de sus hazañas es que se pasa el día gritando palabrotas y le divierte golpear a los niños. Es dos años más grande que yo, mide más de uno ochenta y está bien mamado.”

Harry [amigo]

“Harry no duerme por pensar en motos. Se conoce las marcas, los datos técnicos, los nombres de las piezas del motor, por eso opina que es muy injusto que yo tenga una moto y él no.”

Chacal [primer amor]

“Decidimos seguirlas por las calles igual que por las tiendas. Eran tres, muy bonitas y de uniforme verde, pero a nosotros nos gustaba Chacal. Un par de horas más tar- de, ya cerca de las dos, terminó la persecución en la calle de Adolfo Prieto, frente a una casa verde como su uniforme. La guarida de Chacal, dedujimos, y desde ese momento fue como si los dos ya tuviéramos novia.”

Mina [segundo amor]

“Puede que la tal Mina no sea tan deslumbrante como Chacal, que es una muñequita de ojos verdes, pero tiene tres grandes ventajas. Una es que cuando menos Mina me habla, otra es que vive cerca y la tercera que le gusta mi moto. A ella, además, no tengo que peleármela con el Jacomeco.”

Sheila [tercer amor]

¿No podemos intentarlo?, eso fue todo lo que logré decirle. Como te digo, me da mucha pena pero no siento nada por ti, aunque te quiero mucho como amigo, la escucho sermonear y descubro que ya no me preocupa saber que estoy bailando como un oso, y de hecho no me preocupa nada. Ya se derrumbó el mundo, qué más puede pasar si de cualquier manera no podemos intentarlo”.

Ana G [cuarto amor]

“Me miro en el espejo y repito que estoy enamorado y dentro de seis días mi papá cumple un año de estar en la cárcel. Desde entonces, Alicia y yo vivimos encerrados en un calabozo, aunque no se me note y vaya y venga como si nada. Estoy harto y podrido de tener huevos. Quiero unos pocos sueños, mientras me duren. Pensar en Ana G, soñar con ella, es como abrir en este calabozo una enorme ventana con vista panorámica a la playa.”

Extractos de la obra

“¿Qué es lo peor que le puede pasar a quien ya le pasó lo que, según creía él, era lo peor que podía pasarle? […] Pensándolo otra vez, todavía no me pasa lo peor que podía sucederme.”

“No es que no me proponga mejorar, pero yo cómo le hago si mi cabeza está en otra parte. De niño era posible controlarlo, aunque fuera nomás por el miedo a terminar en un pinche internado. Pero ahora me da igual, o por lo menos ya no siento ese miedo. Quiero decir que ya hace como un año que a mi miedo lo tengo entretenido en otros asuntos. Nunca antes tuve tantos secretos, menos tan vergonzosos.”

“Odio tener trece años y echar a la basura las mañanas en una escuela donde no hay mujeres. Odio mi bicicleta de panadero. Odio tener vecinas que me gustan (Corina y Mariluchi, por ejemplo, aunque una sea burlona y la otra cursilona) y no atreverme a hablarles ni para decir hola. Odio que mis amigos de la calle me traten todavía como si fuera el escuincle putito de la pintura. Pero eso es lo que soy, seguramente, aunque ya haya pasado un año y medio desde que estoy pintado junto a Tazi y ya casi no juegue con juguetes y me gusten las niñas más que nunca (y que nada, y que nadie).”

“Ya sé que afuera hay niños jugando a la pelota y el sol sigue arriba esplendoroso, pero ninguno sabe de a brisa que en momentos como éstos entra por mi ventana y me lleva volando a visitar lugares mágicos y secretos donde no cabe un niño de pantalones blancos cargando su pelota recién inflada. Ni modo, sólo queda seguir con el engaño. Nadie sabe quién soy: qué placer. Qué vergüenza. Qué descanso”.

“¿Y qué pasa si ya compraron el casco y se enteran de las once tronadas antes de que la moto entre en la casa? ¿Quién diría que el castigado del patio va a estar de aquí a una hora probándose su nuevo casco de carreras? ¿Qué obtenemos sumando un niño mimado y un alumno problema? Un pandillero en moto, claro está, diría el profesor de Matemáticas para explicar la fórmula que convierte a los burros en rebeldes, pero no dice nada porque nadie, ni Cagarcía ni el Jacomeco saben que estoy esperando una moto.”

“No es que yo me proponga ser mentiroso, sino que a estas alturas casi cualquier verdad puede hacerme pedazos los catorce años antes de que los cumpla […] Por eso necesito que no me haga preguntas sobre el Instiputo, para que por lo menos no me pueda decir que le conté mentiras. Es que se me olvidó, le explicaré, como lo he hecho desde el primer cero en conducta. ¿Quién no quiere olvidarse de las malas noticias?”

“A él sí que le he contado de la moto. No acaba de creerme pero ya me advirtió, con un abrazo corto y una sonrisota, que si me compran moto y no se la presto, me va a romper la madre y se la llevará de todos modos. No es que no sea broma, porque Frank es mi amigo y ni modo de no prestarle mi moto, pero tampoco deja de ser cierto.”

“Me hago amigo de los que nadie quiere, y por lo visto nada nos divierte tanto como saber que se habla mal de nosotros”.

“¿Cómo es que tengo fiesta en el día más terrible de mi vida escolar? Alicia se ha rendido y ya me da un abrazo junto a Xavier, que me repite cuál es el requisito para que yo disfrute del regalo, pero también me invita a montarme en él.”

“Cuando por fin vuelvo de mi película, me he olvidado de temas secundarios como el próximo examen y las nuevas tareas. Por algo estoy cursando la secundaria: como que siempre hay cosas más urgentes. El amor, por ejemplo.”

“Finalmente, quién quiere ser campeón de lo que sea. Lo que a mí se me antoja es ser el chico malo de la moto roja, y para eso ya tengo lo más difícil.”

“Ándale, me animó, como si me estuviera invitando a cumplir con una obligación desagradable, vamos a echar a andar esa cochina moto, no se vaya a oxidar por falta de uso. Voy por el casco, dije, y allí mismo empezó Una Nueva Era.”

“Hace diez días tenía a doscientos borregos burlándose de mí por órdenes del Bóxer y ahora soy el mamón de la moto roja.”

“Comulgo casi todas las semanas, aunque igual paso meses sin confesarme, y cuando lo hago digo puras mentiras. Pecados de cajón, siempre los mismos. Hace como cuatro años que no le tengo miedo al infierno, y menos todavía desde que paso en él seis horas diarias, poniendo lo mejor de mis capacidades en reprobar materias espectacularmente.”

“Podría gastarme tres mañanas enteras sólo en imaginar las carotas de Fabio y Harry cuando me vean pasar con una como Mina pescada de mí. Alicia y Xavier tienen que preguntarse cómo es que de repente vengo tan simpático y de pronto ya estoy otra vez en la luna. Déjalo, dice Alicia en estos casos, está en la edad de la punzada. Cómo me gustaría que opinara lo mismo cada vez que repruebo un montón de materias.”

“Su hijo es muy distraído, señora: esa queja de mierda me ha perseguido desde la preprimaria. En todo caso, tendrían que informarle que sólo me concentro en los asuntos que me interesan, como es el caso de las mujeres.”

“Ya sé que en esta escuela mi vida es asquerosa, pero quién me asegura que no puede irme peor en otra parte. Una de las razones por las que igual soporto lo que me pasa en el Instiputo es que al menos no hay niñas presentes. Puedo hacerme el idiota cuando doscientos hombres se burlan de mí, con tal de que no se aparezca una mujer, porque entonces se viene el mundo abajo.”

“No sé qué hacer, y eso es mala señal porque entonces ya sé que voy a terminar haciendo cualquier cosa, de seguro la más estúpida de todas.”

“Uno siempre se aterra imaginando lo que van a hacerle si reprueba o lo expulsan, y ellos no tienen tanta imaginación. Se les acaba el repertorio de castigos, y hasta a veces les da por ofrecerte una oportunidad. Como que se dan cuenta que no puedes pasarte la vida castigado, qué tal que te acostumbras.”

“¿Qué tal le quedarían a la moto esos dos reflejantes autoadheribles que están en el tercer pasillo del súper? Según yo, el ladrón debe ser lo bastante discreto para que ni su mismo compañero se dé cuenta de lo que acaba de clavarse, así que al fin me esfuerzo por estirar la plática, mientras los reflejantes autoadheribles se deslizan bajo la manga izquierda de mi chamarra.”

“Soy un inadaptado, insiste Alicia, pero hay que ver lo bien que me adapté a vivir castigado.”

“Siempre que una mujer que me gusta se acerca, no hay monstruo más horrible que la vergüenza. Por esquivarla soy capaz de todo, y ésa es la mejor prueba de que tengo vergüenza, sólo que no la llevo al Instiputo. La poca que me queda en el portafolios me la gasto en sentirme cucaracha cada vez que Isabel me ve en aprietos.”

“Me doy cuenta que acabo de estrenar un lado flaco. Puedo aceptar que me hagan pedazos, incluso que me humillen y me rompan la jeta, pero no que se metan con Sheila. En mi vida puedo ser como el Lazarillo o el Buscón, sólo que si a un imbécil se le ocurre hacer chistes a sus costillas me transformo en Rodrigo Díaz de Vivar.”

“La semana pasada me robé los apuntes de Física de Monterrubio. Antes había asaltado la mochila de Sucres y me encontré con los de Matemáticas. Que no digan que no estoy preparándome para los exámenes. Fuera de eso, paso días asquerosos, tardes de no hacer nada y noches de suspiros en puro blanco y negro.”

“Ya me cansé de esperar que me quieran, ahora nomás espero que me aguanten. Y si no que se jodan”.

“Nadie imagina todos los alaridos que se ocultan tras el silencio de los tímidos. Dejaríamos sordo al universo entero si nos lo propusiéramos. Cada día que salgo de la casa me digo que ahora sí van a enterarse de lo poco que me parezco al que ellos creen que ven, pero la pura idea de que vuelva a pasarme lo que en el Instiputo me deja quieto y mudo como una pared. ¿Por qué no hay una clase donde aprenda uno a tratar a las personas del otro sexo? Juro que estudiaría mañana, tarde y noche.”

“Llegué a pensar que en una escuela mixta iba a ser estudioso y hacendoso, pero eso sólo es cierto cuando están las mujeres presentes. Odiaría pasar por burro en el colegio, así que en todo caso hago lo suficiente para reprobar poco. Dos materias al mes, tres de repente. Nada que no se pueda controlar.”

“Por ahora no sé, y eso me angustia estúpidamente, las grandes cantidades de ino- cencia que todavía tengo por perder. Cuando lo sepa, me enteraré también que la inocencia deja a su paso huecos que la amargura invade para hacer su nido.”

“Si fuera necesario ser honesto, confesaría que todo lo que sé de Física lo aprendí en una mesa de billar.”

“Mi vida está muy cerca de partirse en dos y yo sigo creyendo que es y será la misma, por qué habría de pasar otra cosa. Mi soberbia de hijito de familia debería recordar que la desgracia se manda sola. Cualquier noche la encuentras recostada en tu cama o guardando su ropa en tus cajones o amargando la cena antes siquiera de que la preparen, como un dolor de muelas inmune a los dentistas que bien puede durar el resto de tu vida. Unas veces punzándote, otras martirizándote y algunas otras disimulándose por la dulzura de cierto buen momento, pero siempre ahí detrás, respirando en tu nuca con ese aliento a azufre que amarga hasta un pastel de fresas con betún.”

“Si mi papá está formalmente preso, Alicia y yo tenemos que acostumbrarnos a vivir maldiciendo nuestra suerte, que a partir de este día podrá ser mala, fatal o trágica, pero la buena se nos acabó. Somos, a partir de hoy, formalmente infelices.”

“A uno le pasa lo que tiene que pasarle, y si son tantas cosas tan jodidas entre tantas tan buenas, debe de ser porque a uno le tocaba contarlas.”

“Hace rato que la rueda de la fortuna se nos hizo montaña rusa, y a cada nueva vuelta se me revuelve menos el estómago. No digo que me guste, sino que ahora ya sé que lo peor que podía pasarte casi nunca es lo peor que puede pasarte.”

La crítica ha dicho sobre…

La edad de la punzada (Alfaguara, 2012)

«Hay historias de vida que no pueden permanecer sólo en la memoria. Piden, a gritos, salir del encierro, compartirse, como una manera de exorcizar el pasado, de comprenderlo de forma más amplia. Aquí es donde Xavier Velasco asume su responsabilidad como narrador: sabe que tiene una historia y, al mismo tiempo, sabe que la salida más viable está en la literatura.»

Jesús Alejo, Milenio

«La suya es literatura juvenil con un toque gamberro. Porque a Velasco le gusta que sus personajes jueguen al adolescente mal portado e incluso él mismo asume este papel: el cabello podrá encanecer y el tiempo arañar la piel, pero se aferra a seguir interpretando un Peter Pan que, a bordo de su moto, pisa el acelerador para huir de la posibilidad de crecer.»

Tatiana Maillard, EmeEquis

«Vida y literatura entreveradas de un modo irreversible.»

Juan Carlos Hidalgo, Marvin

Diablo Guardián (Premio Alfaguara de Novela 2003)

«Velasco ha entrado en el panorama editorial español por la puerta del Premio Alfaguara y lo ha hecho con una novela que sin ser la primera es, sin duda, la que querrían muchos escritores para debutar.»

Begoña Piña, Qué leer

«Xavier Velasco crea una masa verbal donde traspasa todos los límites, y no tan sólo los de la jerga mexicana a ultranza –que dificulta su comunicación-, sino los del lenguaje y la estética del cómic, la música rock y pop, y hasta los del idioma propio, trufado del inglés que se habla en Estados Unidos, repleto de eslóganes y de frases sin demasiado sentido.»

Rafael Conte, Babelia

«Es obligatorio mencionar al menos la brillante irrupción del propio autor mexicano en el lánguido panorama literario español. Su decidida voluntad de acaparar protagonismo parece quedar justificada por el derroche de elocuencia, humor y talento exhibidos por Xavier Velasco con motivo de su presencia en España para recoger su merecido galardón literario.»

Gonzalo García Pino, La Razón

«… una ambiciosa narración en la que demuestra una gran capacidad para la fabulación, la ironía y los juegos de palabras.» Ángel Esteban, Época

«Lo relevante es de veras la magistral recreación de la lengua coloquial del español de México; la hablante es una mexicana que tiene en el inglés su segunda lengua y reside gran parte de la novela en Estados Unidos, de donde la relativa frecuencia de frases en inglés. En este sentido el texto es excelente; no se puede reproducir con más talento el habla de una muchacha de las circunstancias de Violetta »

Miguel García-Posada, ABC Cultural

«Este es un libro que excede con mucho los límites convencionales de la literatura al uso.»

Pascual García, La Verdad de Murcia

«Diablo guardián, una ingente novela que alterna la historia de Violetta, narrada en primera persona, y la historia de ese “ángel guardián” que, en tercera persona, recoge en la escritura la historia de esta muchachita de 15 años que emprende una nueva vida con los 100.000 dólares que roba a sus padres.»

Ricardo Baixeras, El Periódico

El materialismo histérico (Alfaguara, 2005)

«La sátira y el humor incisivo se tensan como púas verbales en los casi treinta cuentos que componen este libro.»

Arturo García Ramos, ABC

«Lo que estas historias retratan son tipos insólitos, casi inverosímiles, pero que la certera imaginación de Velasco remodela con habilidad para, después de rescatarlos, vivitos y coleando, de las calles de Cuidad de México, conducirlos hasta el redil de sus historias.»

Este que ves (Alfaguara, 2007)

Gonzalo García Pino, La Razón

«Una prosa despojada de retórica y una minuciosa penetración en el pasado son los medios de que se vale este escritor para narrarnos su infancia en México […] ¿hay mejor símbolo para definir la escritura? Arriesgar la vida y revelarnos el ser soterrado que inopinadamente nos habita; tal la hazaña y el empeño de un narrador sin acomodo en las reglas de la ficción porque las inventa al tiempo que crea.»

Arturo García Ramos, ABC de las Artes y las Letras

Puedo explicarlo todo (Alfaguara, 2011)

«Obra de largo vuelo y compleja estructura, Puedo explicarlo todo es la nueva apuesta del mexicano Xavier Velasco, un escritor prolífico que cada tanto no solo publica otra vez, sino que además lo hace a lo grande, con novelones de larga extensión […] En torno a esta escritura mercenaria está lo mejor de una trama larga y compleja, llena de vericuetos y giros, que transcurre mayormente en una casa –la de la familia del Joaquín– y el edificio que está delante, pero que se compone sobre todo de personajes –la actual obsesión de Xavier Velasco– que dan nombre a las diversas partes de la novela o, dicho de otra manera, que concentran transitoriamente el foco de la narración sobre sí mismos. »

Rodrigo Pinto, Babelia