37.

En el salón de clases.

KATHERINE: Así que en mi culo está el honor de México.

MR. MANCERA: Kathy. No le permito que se exprese de esa manera en mi salón. Tendrá que irse
si usa ese vocabulario.

KATHERINE: Vestirse como le da la a uno la gana, tener novio, querer salir a bailar. Todo lo
interpretan como una traición a la patria. “Esa falda está muy corta. Esos pantalones
demasiado apretados. No debes portarte como las gringas. Ellas no tienen los mismos valores.
Las muchachitas de aquí no se dan a respetar. Luego las violan y no pueden ni quejarse”.

MR. MANCERA: Tal vez su papá tenga razón.

KATHERINE: Si. Supongo que los hombres siempre tienen la razón. Por eso necesito que me
ayude. Usted es el maestro más alivianado que tengo. Firme aquí que se equivocó al reportar mi
ausencia, que en realidad sí vine a su clase. Si no firma, usted tendrá la culpa de que mi papá
me mande otra vez a la escuela a Juárez.

MR. MANCERA: Falta, no hace sus tareas y todavía me culpa del castigo. De veras que no tiene
vergüenza, Kathy. Está a punto de salir de la preparatoria. Arriesga su graduación como si no
valieran la pena todos estos años de estudio. Dígale a su padre que venga a hablar conmigo.

KATHERINE: ¿Le va a decir que nunca falté?

MR. MANCERA: Le diré que es una buena estudiante, que sólo necesita asistir a clase y hacer su
tarea para ser una alumna perfecta.

KATHERINE: Mr. Mancera, you can’t do that. Le prometo que no voy a faltar ya.

MR. MANCERA: La extrañaremos, pero no hay nada de malo en ir a la escuela a Juárez.

KATHERINE: You’re right! Se burlan de mi forma de hablar, de mi manera de vestir, de de la
música que escucho. Además, tres horas estacionados en el puente de regreso, respirando el
humo de los mofles, con un calorón de mierda y sin aire acondicionado en el carro, esperando
que se reviente el radiador en cualquier momento.

MR. MANCERA: Podrá practicar su español en la escuela.
KATHERINE: And they will practice being nasty. No me soportan. No quiero regresar. Me roban
mis cosas. Me dicen pocha gorda. ¿Ha visto qué flaquitos son en Juárez? Pues yo parezco
Godzilla entre ellos.

MR. MANCERA: Debe usted confiar en sí misma. Todas las variantes del aspecto físico son
igualmente hermosas y respetables.

KATHERINE: Sure! Hay mucha variedad en la televisión de Juárez. Blondies everywhere. Rubias
oxigenadas, con rayitos, de ojos azules, con ojos verdes. Eso sí todas delgadas y tetonas.

MR. MANCERA: ¡Katherine!

KATHERINE: Aunque mis compañeras necesitarán cirugía y pintura para parecerse a esas
locutoras, a mi no me perdonan que sea morena… gruesa… gigante.

MR. MANCERA: Usted debe sentirse tan orgullosa como cualquier otra persona.

KATHERINE: A veces creo que esperan que de mi boca salga un idioma indígena.

MR. MANCERA: Parece que los gringos tienen el título de propiedad del inglés y que yo me he
robado un lenguaje que no me pertenece.

KATHERINE: A lo mejor por eso me miran como una ladrona.

MR. MANCERA: No merezco hablar dos lenguas.

KATHERINE: Por favor, Mr. Mancera. Firme. No le cuesta nada.

MR. MANCERA: Me costaría mi empleo si se dan cuenta de que he mentido. Seré yo el que
tenga que irse al puente a pedir limosna y de seguro usted no me aventaría ni un nickle al pasar.

KATHERINE: Then?

MR. MANCERA: La última vez que meto las manos al fuego por usted, Katherine. This is the last
time.

1093.

En el lecho de muerte de Otosan.
EVA: Me escribió María. Le está yendo muy bien en la universidad. Dice que la beca le alcanza
para rentar un departamento muy bonito. Que nadie le cree que es mexicana. Claro, se parece
tanto a mi mamá que, si no habla, puede pasar por japonesa. Nunca pensé que iba a disfrutar
tanto de mis hijos, otosan. Ni tampoco que iba a tener tanto miedo. Cada vez que uno de ellos
entró al jardín de niños me deprimí días enteros pensando que los otros niños los iban a agredir.
Cuando regresaban les buscaba la cara buscando alguna señal de que habían cambiado, que
alguien los había hecho sentir feos, extraños. Llegué a imaginarlos en medio de una rueda,
escuchando el coro “chino, chino japonés”. Ah, ya sé que es ridículo. Mis hijos son tan
simpáticos. Se ganan a la gente inmediatamente. Tienen tantos amigos. Pero… otoosan,
siempre les dije que tenían que cuidar más que nadie su comportamiento. Les dije: miren, si
estamos en una joyería y alguien se roba algo, inmediatamente van a sospechar de mí porque
yo me veo diferente a todos. Y mientras averiguan, ya me humillaron. No, no hay que llegar
hasta el –usted perdone, nos equivocamos. Ya de por sí sobresalen, no den ni un pretexto para
que los humillen. Son tan bien parecidos todos. Y más altos que yo… y que tú. En eso se
parecen a Felipe. Dice que ya estaba destinado a casarse con una oriental. No te lo había
contado pero antes de conocerme tuvo una novia china. Tuviste suerte, papá. Todos tus yernos
son muy buenos esposos. Nunca criticaste a tus hijas por casarse con mexicanos. Fuiste buen
padre. Excepto cuando dejaste de serlo. Hoy que hablé con María me di cuenta de que no
hubiera podido separarme de ella ni un minuto antes. Se fue cuando ya estaba lista para valerse
por sí misma. En cambio tú me regalaste tan pequeña que ni siquiera entendí los primeros días
que me había convertido en la hija de los Fugijaki. Sí, ya lo sé. Un día se declaró la guerra y
nosotros nos convertimos en el enemigo. Cuando cumplimos la orden de venirnos a la capital,
apenas traías unos cuantos pesos contigo para comer los primeros días. Tuvimos que dejarlo
todo en el pueblo. Todavía escucho a la gente decir que tuvimos suerte de que el gobierno nos
hubiera permitido vivir en la capital y me da una rabia… Que en lugar de mandarnos a los
campos de concentración, como en Estados Unidos, nos habían dado generosamente la ciudad
como cárcel. Sin dinero, sin trabajo, ocho hijos y una esposa enferma. Mejor nos hubieran
llevado a Manzanar. Allí los gringos no dejaban de darles de comer a sus presos. Y además,
seguramente ustedes no hubieran tenido que regalarme. Siempre pensé que yo era la única fea
de la familia, la más tonta, la más maniatada. Que mi madre no pudiera ocuparse de mí porque
estaba a punto de morir no me pareció suficiente razón para irme a vivir con los Fujigaki. Me
quisieron tanto. Poco a poco construyeron un castillo para que nadie me lastimara, tan cerrado,
que me asfixiaba en sus paredes. Veía solamente a mis tutores, al chofer, al jardinero. Por poco
se me olvida el español, nadie lo hablaba en esa casa. Supongo que sirvió de algo mi ausencia,
dejar de tener una boca que alimentar en tu mesa. Había tan poco arroz y con trabajos lo
conseguías. Otosan, esa lágrima. Perdóname. Que se haya ido María me está volviendo loca.
Separarme de ella me angustia y me estoy desquitando contigo. No. No pude haber tenido
mejores padres. Ustedes hicieron lo mejor que pudieron y los Fujigaki también. Sólo que…
Hubiera querido que nos quedáramos en Tijuana todos juntos. Que nunca hubiera habido
guerra. Que no hubieran desconfiado de nosotros.
345.

ADRIANA: Aborté tres veces en un año.

ALI: No pienso tener hijos contigo.

ADRIANA: Salgo del hospital y dos horas después ya estamos cogiendo.

ALI: Apenas te veo quiero entrar en ti.

ADRIANA: No quieres saber nada del ruido que hace la aspiradora en mi matriz.

ALI: ¿Para qué? Ya todo ha pasado.

ADRIANA: Tampoco del ginecólogo que me restriega su cuerpo entre las piernas.

ALI: Lo imaginas todo.

ADRIANA: También imagino a nuestros hijos. ¿Cuál de ellos tendría el color de tus ojos si no se
hubiera ido en coágulos al resumidero?

ALI: Cuando lloras siento que me estás velando.

ADRIANA: Tú derramas semen. Yo regalo lágrimas.

ALI: Sabes que me iré.

ADRIANA: Será difícil encontrarte en Irán.

ALI: Nadie te dirá dónde estoy.

ADRIANA: Pertenezco a tu cama.

ALI: Me casé, Adriana. Tengo una esposa que me espera.

ADRIANA: Ni siquiera la conoces, no te gustará cuando la veas.

ALI: ¿Qué quieres de mí? Si te digo que te quiero, no me crees. Si te digo que me voy...

ADRIANA: Quiero que me lleves contigo. Soy tu compañera.

ALI: Extrañarías a tus amigas.

ADRIANA: No tengo amigas.

ALI: Rosa, Carmen…
ADRIANA: Carajos, Ali. Las novias de tus amigos no son exactamente mis amigas. Tú crees que
porque hablamos español nos encanta estar juntas. Las amistades vienen de otros lugares. De
marchar juntos en contra de la guerra, de reconocer que todos estamos jodidos sin visa aunque
ustedes tengan sus tiendas y nosotras trabajos de mierda.

ALI: Necesitas tener amigas.

ADRIANA: Necesito que alguien pida conmigo que paren el bombardeo de Irak, que dejen de
invadir nuestros países, que reservemos nuestros pasaportes falsos para conseguir trabajo, no
para agendarnos un acostón.

ALI: Pedir no sirve de nada y los pasaportes falsos son un juego de niños, una visa para soñar
que todo este vagar no ha sido en vano, que tenemos un lugar dónde quedarnos.

ADRIANA: Ustedes maldicen el momento en que entraron a la casa del asesino pero bendicen al
dios que les regaló esas novias que no hablan inglés ni farsi.

ALI: Somos honestos. Ellas saben que no nos quedaremos.

ADRIANA: ¿En qué idioma se los dijeron? Ellas saben que si sus pasaportes no fueran falsos
ustedes se hincarían para pedirles matrimonio. Tú querías casarte conmigo hasta que te diste
cuenta que no puedo solicitar tu residencia porque yo misma soy indocumentada. Pero coger
siempre aliviana las penas. Mientras cada uno consigue sus papeles como puede hay que fingir
que el mundo es un día de campo en Santa Mónica, creer que el punto más alto de la vida es
manejar un Mercedes Benz en Sunset Boulevard.

ALI: En cambio tú crees que el mundo sería mejor si escuchara atentamente tu opinión sobre la
revolución en Irán. No tienes una puta idea de lo que lo que está pasando en mi pueblo y así
quieres que formemos la alianza de exiliados sentimentales, el equipo de las soledades políticas,
el club de los perdedores globales con sucursal en Los Ángeles. Un día de campo es un día de
olvido y lo quieres convertir en un acto de protesta. No, Adriana. Coger contigo es suficiente.
Llevarte a Irán, un gran error. Ni siquiera hablas farsi.

ADRIANA: Pero me empeño.

ALI: ¿Cómo?

ADRIANA: La letra con sexo entra.

ALI:(Riendo) Soy mal maestro.

ADRIANA: ¿Quién dijo que estoy aprendiendo contigo?

ALI: No te creo ¿Con quién te has acostado?

ADRIANA: Magidi.
ALI: Buena suerte. Todos sabemos que es impotente.

ADRIANA: Abbaz.

ALI: No te tocaría. Es mi mejor amigo y tiene un pito de este tamañito.

ADRIANA: Ahmed…

ALI: Esa muchacha colombiana no lo deja solo ni un momento.

ADRIANA: Shahzad, Fahrzad, Bobak …

ALI: Ninguno se te lanzaría.

ADRIANA: Quería saber quién tiene tu aroma. Encontrar alguien que me abrazara con tu acento
cuando tú ya no estés. Que te escribieran que… que grito lo mismo en otra cama que en la tuya.
Que… que me entran unas ganas de comer nieve de rosas después de coger …¡Ah! Y que olvidé
mi camisón en alguna de sus casas…

ALI: (Le enseña un pequeño camisón que saca de entre los cojines de un sofá). Bobak me lo
entregó. Man jheili jhastam. Te prometo que mañana te llevaré a bailar. Jheili jhosh gueili.
Tienes que regresar a la escuela. Te voy a dar mi tarjeta de crédito para que pagues tus clases.
Algún día me devolverás el dinero.

ADRIANA: No quiero dinero, Alí. Quiero irme contigo o que te quedes aquí. Quiero que me
dejes tener un hijo tuyo. Tora dost daram.

ALI: ¡Aagh! Necia. Delam barat tang misheh.

274.

En la cocina.

MANUEL: Deja de trabajar, mujer. Siéntate un rato.

MONICA: Bueno, pero después tú limpias.

MANUEL: ¿Pensaste que me ibas a llegar a querer? Cuando supe que tu padre es chino casi
perdí las esperanzas. Seis años y todavía quieres al doctor japonés.
MONICA: Estoy aprendiendo, Manuel. Pero también estoy soñando. Cuando me despierte
veremos.

MANUEL: Te quedarás para siempre conmigo. Y sí me quieres.

MONICA: No sé. Tú tienes tus pacientes, te ocupas. Yo no sé qué decirles a los vecinos cuando
preguntan por qué no tenemos hijos. Quiero regresar a la universidad. En todo caso, a lo mejor
tú también eres un sueño. Apareces así. De repente. Sin documentos, sin familia, sin nadie que
te conozca. ¿Me reconocerás cuando despiertes?

MANUEL: Como si siguiera soñando.

MONICA: ¿Y si tenemos una pesadilla? He soñado que despertamos en Mongolia. El emperador
japonés ordenó a mis padres y a otras familias emigrar desde Nagasaki para construir una
colonia. Es casi un campo de concentración. Nos vigilan nuestros propios soldados mientras
sembramos. Un día se escuchan explosiones a lo lejos. Casi todos los guardias japoneses han
desertado. Son ya muy pocos cuando se enfrentan a las tropas chinas. Tenemos que huir. El
ejército chino nos persigue. Se acercan tanto que podemos escuchar sus voces. De repente, el
teniente japonés nos ordena hincarnos. Tengo en ese sueño apenas unos 12 años. Veo que mis
padres tiemblan y gritan pidiendo piedad. El teniente deja caer con lágrimas en los ojos la
espada. Veo la cabeza de mi madre rodar. Siento un golpe en el cuello. Pierdo la consciencia.
Cuando abro los ojos estás conmigo. Eres un campesino chino que vive en la frontera. Me has
llevado a tu casa a pesar de que los japoneses hicieron estragos en tu pueblo. Me duele
horriblemente el cuello y la cabeza. No puedo moverme. Alcanzo a entender que tratas de
consolarme en tu idioma. Traes un espejo. Veo coágulos. Me limpias todos los días antes de irte
al campo y me arreglas el vendaje que has hecho con una sábana. Regresas a alimentarme en la
boca. Después de algunos años apenas puedo levantarme. Me queda bajo el cabello una cicatriz
que me recuerda el milagro de tu cariño. No hay nadie en el mundo más amado que tú. Te
hablo con la mirada porque la espada se llevó para siempre mis palabras. Creo que estoy lista
para saludar a señas a los vecinos pero tú con ternura me pides que no salga de la casa.
Desobedezco. Quiero ver gente. Hacer amigos en el pueblo. Al salir la gente me señala. Gritan
¡japonesa! ¡invasora!

(Se oyen golpes en la puerta).

JUAN: Doctor. Lo andan buscando. Todos los japoneses tienen que irse con el ejército
Escóndase, doctor. Venga con nosotros.

MANUEL: No, compadre. No puedo irme. De seguro van a entender que yo no soy solo
japonés. Llevo viviendo aquí tantos años. Ya soy de aquí, de este pueblo. Mi esposa es
mexicana. No. No me llevarán.

JUAN: Avisaron de otros lugares que andan tratando mal a los japoneses y a sus familias. Dicen
que ustedes son espías. Escóndase por un tiempo. Cuando se vayan los soldados, usted regresa.
MONICA: ¿Qué pasa, Manuel?

MANUEL: Nada. No te preocupes.

JUAN: (Forcejea con el Doctor y lo jala hacia fuera donde otros tarahumaras lo llevan por fuerza
fuera del escenario). Su esposa va a estar bien, doctor.

MONICA: Manuel, Manuel.

544.

En el salón de clases.

JOHNNY: No se crea, Miss. Nosotros también les dimos duro. Pero eran más que nosotros y ahí
fue donde perdimos. Ya me da miedo ir a Juárez. Pero no me perdería por nada del mundo ver
a granma.

MISS RANGEL: Me imagino. Yo también quise mucho a mi abuelita.

JOHNNY: ¿Usted cree? Miss. Cada fin de semana nos hace mole, arroz, frijoles, hasta tortillas de
harina. Ya está bien viejita y se la pasa cocina y cocina. En unas cuantas horas nos lo comemos
todo. Todo bien hasta que asomamos la cara. No podemos ir a la tienda, salir a traer algo del
carro porque los muchachos del barrio se nos echan encima. Antes no eran así pero dicen que
somos nosotros los que hemos cambiado, que ya no somos del barrio.

MISS RANGEL: Pues no. Ya no eres. Tú ya vives aquí.

JOHNNY: Sí, Miss. Nos la pasamos suave allá pero aquí está nuestra casa ahora. Hasta Miguel me
pegó ayer. Fíjese, yo fui al kindergarden con él. Éramos bien amigos. Nos metíamos en una
llanta y nos aventábamos desde lo más alto de la loma. Tragábamos polvo hasta que ya no
podíamos ni hablar. Cómo nos reíamos. Llegábamos a la casa adoloridos, sangrando. Pero
contentos, Miss. Este dolor es diferente. Como que llega muy adentro y ya no sale.

MISS RANGEL: ¿Por qué Johnny? ¿Por qué están enojados con ustedes? Mira nada más como se
ensañaron con ustedes.

JOHNNY: Que porque somos pochos nos tienen que bajar los humos. Que porque nos damos
aires de gringos y ya no queremos vivir en México. Mentira, Miss. Si por mí hubiera sido, nos
hubiéramos quedado en Juárez, pero ni me tomaron en cuenta. De por si soy un chillón. Me
acuerdo que antes lloraba porque mi papá se fue por mucho tiempo y cuando por fin llegó para
traernos volví a llorar. No quería venirme, dejar a granma, a Miguel.
MISS RANGEL: ¿Por qué tu papá no trae a tu abuelita a El Paso?

JOHNNY: Con trabajos consiguió la residencia. Dice que le faltan muchos años para que le
permitan solicitar su ciudadanía. La entrevista y el examen los hacen en inglés. Primero aprendo
yo chino, ruso y alemán que él inglés. Se la pasa trabajando y cuando llega a la casa ya lo que
quiere es descansar. La verdad, Miss, se me hace que mi granma se va a morir antes de que mi
dad pueda pedir que la dejen venir. Ya está muy viejita.

MISS RANGEL: A ti y a tus hermanos les haría bien hablar sólo inglés en la casa. Todavía les falta
mucho para hablarlo perfectamente y tu papá practicaría con ustedes.

JOHNNY: Ya tratamos, Miss. Nos daba mucha risa. A veces nos daba pena. Teníamos que
decirnos tantas cosas y no había palabras para contarlas. Mi papá se avergonzaba de
equivocarse. Ya no nos hablaba con el mismo cariño de antes. Buscaba por mucho tiempo en su
cerebro el orden de las oraciones, la pronunciación y ya para cuando las tenía en la punta de la
lengua nosotros nos habíamos ido a la escuela. Acabamos por quedarnos mudos hasta que mi
mamá nos ordenó hablar español. Dijo que ya estaba harta de que no limpiáramos nuestro
cuarto nomás porque ella no sabía regañarnos en inglés.

MISS RANGEL: Bueno, ya encontraremos una forma de que ayudes a tus papás a aprender
inglés. Pero ¿qué no te ven esos golpes? El director me pide que reporte cualquier señal de
violencia.

JOHNNY: Nomás eso me falta. Que me manden a un foster home porque me pegan en Juárez.

MISS RANGEL: Tal vez no te saquen de la casa de tus padres. Los citarían en la corte para que
ellos expliquen por qué llegas con moretones cada lunes.

JOHNNY: Ay, Miss. Mejor ni hubiera venido hoy a la escuela. En cuanto se mete alguien del
gobierno en nuestras casas ya nos jodieron. Van a investigar hasta al perico. Mis primos todavía
no tienen su residencia. Los van a deportar. Y todo porque visitamos a mi granma los
domingos.

MISS RANGEL: Ya he pasado por alto muchas veces esos golpes, Johnny. Esta es la última vez.
Dile a tu papá que digo yo que es mejor que te quedes en El Paso los fines de semana.

JOHNNY: Mi granma se moriría de tristeza si no ve a sus nietos. A mi no me importa tanto. Ni
me duele…

MISS RANGEL: Quédate en El Paso, Johnny. Sé cuánto duele. Yo también dejé de ver a mis tías, a
mi abuelita. Por otras razones, pero esa es otra historia, o a lo mejor la misma.
JOHNNY: Quiero ver a mi granma.
567.

En la sala de una casa.

KIM: Hubiera sido mejor que te quedaras en la cárcel. Te odian. Montan guardia enfrente. No
permiten que nadie entre al negocio. A ese paso perderemos la casa. Peor, te lincharan.

KIM: Regresaré a la tienda. No me esconderé. Fue legítima defensa. Todo ese escándalo por
una negra.

YEUNG: Dispararle por la espalda. Iba a cumplir apenas ocho años.

KIM: Estoy cansada de que nos roben.

YEUNG: Un chicle, Kim.

KIM: Se lo advertí. Vino a la caja a pagar un chocolate. Noté que tenía el puño cerrado. YEUNG:
Le dije que no me iba a ver la cara de tonta. Ella tuvo la culpa. Pudo haber abierto los dedos,
debió haberme explicado. En cambio se burló de mí. Caminó hacia la puerta sin enseñar lo que
tenía en la mano

YEUNG: Era sólo un chicle y ya lo había pagado.

KIM: Cómo iba a saberlo.

YEUNG: Estabas a cargo de la caja Te dio el dinero unos minutos antes.

KIM: Cómo recordarla. Todos se ven iguales.

YEUNG: Vi su cara en el periódico. Era una niña preciosa. Sonreía.

KIM: ¿De que lado estás?

P YEUNG: ¿Puedo escoger? Nueva York está hoy en contra de nosotros.

KIM: No todos. Sólo los hipócritas. Los que no se atreven a llamar a los negros flojos, ladrones.

YEUNG: Estás loca. Nuestra tienda está en su barrio. Son nuestros clientes, vives de su dinero.

KIM: De mi trabajo,

YEUNG: Tu trabajo no basta para instalar un negocio. Los préstamos que nos dan a los coreanos
hace la diferencia entre nosotros y los negros. No te confíes, Kim. Nunca llegaremos a ser
blancos, ni quiero serlo. Nos están utilizando.
KIM: Los negros y los mexicanos son unos dementes armados.

YEUNG: Tú fuiste la que mató a esa niña, no ellos.

KIM: En cambio otros asiáticos han sido asesinados.

YEUNG: ¿Por eso tienes el dedo en el gatillo listo para dispararle por la espalda a una niña? Hay
otras formas de evitar que los negros salgan a la calle a robar. Pide que se les den becas también
a sus hijos y no sólo a los tuyos, que dejen de atiborrarlos con drogas, que les den trabajos de
verdad, no migajas.

KIM: No se merecen nada. No me arrepiento. Si esa niña hubiera sido coreana no se hubiera
burlado de mí.

YEUNG: Si esa niña hubiera sido coreana no te habrías atrevido a llamarla ladrona. Cuida a
nuestros hijos, Kim. Sabes bien que en la escuela los anglos los rechazan. En las tiendas de los
blancos habrá quien quiera dispararles.

KIM: Dime que no regresaré a la cárcel.

YEUNG: Eres coreana. Dentro de unos días el racismo volverá a su nivel. Te darán una palmada
en el hombro por haber matado a una niña negra.

KIM: Prometo que no lo vuelvo a hacer.

YEUNG: ¿Matar a una niña?

KIM: Discutir contigo.

99.

Ante una cerca de púas.

ISABEL: Los Zaragoza son más malos que una víbora. No por nada todo un pueblo lleva su
nombre. Decidieron que esas tierras son suyas y acabarán por quedarse con Lomas de Poleo.

GUADALUPE: Treinta años viviendo en esos terrenos, sin agua, sin servicios, cuidando a sus
animales en las granjas. Nadie los molestaba hasta que los Zaragoza pusieron los ojos en ese
último pedazo de tierra que no era de algún rico.
ISABEL: Los ojos y alambres de púas.

GUADALUPE: Y guaruras y malvivientes para vigilar que no entre nadie más que ellos y los
colones.

ISABEL: Los están matando poco a poco. De hambre, de sed. Los revisan en el portón. Tienen
que probar que viven en Lomas de Poleo. Esculcan sus cosas, les arrancan el azúcar, lo que ellos
no quieren que pasen ese día. Es como entrar a otro país.

GUADALUPE: La frontera más violenta entre todas. Si te quedas adentro tienes que cuidar
minuto a minuto tu casa. En cuanto está sola, la declaran abandonada y la tiran con sus
demoledoras.

ISABEL: Tres muertos. Ya llevamos tres asesinatos sin culpables, sin respuesta.

MARIO: El colono del desierto es muy hábil. Está acostumbrado a cazar animales furtivos. Se
queda quieto, como si no se hubieran dado cuenta que ya está cerca la víbora.

GUADALUPE: Cuando el animal salta para encajar el veneno, el colono lo clava en el suelo sin
matarla. La víbora da más miedo cuando se retuerce bajo la horqueta. Hay que decidir pronto si
morirá o si la deja viva. Depende.

MARIO: Si es para defender a sus hijos, de seguro la matará.

GUADALUPE: Si nomás se encontraron en el camino y la víbora se asustó, a lo mejor la deja viva.

MARIO: No crean que los granjeros de Lomas de Poleo vayan a quedarse con los brazos
cruzados. Ya hallaron el horcón y aunque los veamos quietos, están esperando el momento de
saltar.

612.

En la sala de una casa.

JUSTO: Take it easy, Manny. Cuídate m’hijo.

MANNY: Siempre me he cuidado, dad. Sobre todo de no lastimarte. Ni siquiera te había dicho
que soy gay.
JUSTO: I know that, son. Sentí que yo había fallado. A lo mejor no fui un buen padre. Te imaginé
besando a un hombre y pensé que me moriría de la pena.

MANNY: Pudiste haberte portado mejor, pero eso no tiene nada que ver con que me gusten los
hombres. Lo mejor es que me vaya de la casa. Ya me imagino lo que sentirán granma y los tíos
cuando se enteren. Van a decir que no están lo suficientemente agringados como para aceptar
que soy gay.

JUSTO: Si tú quieres, vete. But not because I am ashamed of you. Tú no me preguntas con quién
me acuesto ni las razones. ¿Por qué tendría que enterarme de quién te gusta, con quién te vas a
la cama? Me tomó tiempo pero aprendí que sigues siendo Manny, m’hijo. Te haría bien to be
on your own, ¿me entiendes? Buscar qué quieres hacer de tu vida sin que yo esté en tu camino.
Aunque le pegaré al que te diga “puto”

MANNY: “Marica”,

JUSTO: “Puñal”,

MANNY: “Loca”,

JUSTO: “Muerdealmohada”,

MANNY: “Mariposón”.

MANNY: Me decían “joto” y yo nomás respondía “Si, güey, lo que quieras”.

No entendía esas palabras en español. Cuando te platiqué, te pusiste hecho una furia.

JUSTO: Que alguien te llamara “queer” o “faggot” me hacía hervir la sangre.

MANNY: Me enseñaste la lista: “mariquita”, “nena”, “afeminado”.

JUSTO: Eras tan delgado, tan pequeño…

MANNY: Quedaba raspado, molido, pero ya nunca dejé de aventármeles cuando escuchaba sus
insultos.

JUSTO: Fingí no ver los golpes en tu cara.

MANNY: Dad. Ya no tienes de que preocuparte. Ayer, de regreso a la casa pasé por la Jefferson.
Ya habían salido casi todos de la escuela. Vi a un bully tratando de hacer sentir mal a un
muchachito. Me acerqué y le dije: ¿qué pasa, carnal? ¿Te está molestando este? El bully salió
corriendo. Me dio tanta risa ver su cara. And, you know what? El muchachito me preguntó si
podía decir que era mi hermano. ¡Cómo he crecido, Dad! Ahora hasta me tienen miedo.

831.
En la oficina militar.

JUAN: Mi esposa reportó el carro robado sin darse cuenta de que Pablo había salido temprano
de la escuela. Tenía dieciséis años. Tomó las llaves para llevar a su novia a su casa. Apenas unas
cuantas calles de distancia, pero él quería presumir su licencia nueva. Una patrulla identifico las
placas cuando ya venía de regreso.

OFICIAL: Supongo que se detuvo inmediatamente.

JUAN: Mi hijo lo notó cuando iba a meterse a la cochera. Entró buscando a mi esposa, gritando
que lo venían persiguiendo con una pistola.

OFICIAL: Debió identificarse.

JUAN: Sonia lo protegió con su cuerpo, rogando, “es mi hijo, es un error, yo misma hablé para
reportar el robo”, gritaba. El policía entró a la casa con la pistola en la mano, trató de jalar a
Pablo. Mi hijo corrió hasta su recamara. Mis otros hijos salieron a pedir ayuda. Cuando los
vecinos llegaron, Pablo estaba muerto debajo la cama y mi esposa encima de ella con el cráneo
destrozado.

OFICIAL: El policía se equivocó.

JUAN: Sin orden de arresto… Perseguir a un niño hasta su recámara… Declaró que había
disparado en defensa propia. Que mi hijo tenía el perfil de un criminal. Que mi esposa lo había
atacado.

OFICIAL: Ser mexicano y encontrarse en un carro robado. Coincidencia fatal.

JUAN: Pablo nació en este país. El carro era de nosotros.

OFICIAL: Todo fue un error.

JUAN: Venir a vivir aquí fue vender nuestra alma al diablo.

OFICIAL: Ya me acordé. Te di las órdenes para ir a Irak.

JUAN: Sí, fue usted. Nunca olvidaré su cara, señor.

OFICIAL: Te pusiste muy difícil, no querías obedecer.

JUAN: Dudé, siempre dudé en irme… o en quedarme. A veces sentía que les debía a mis hijos el
dejar que me mandaran a la guerra. Quería que se sintieran orgullosos de mí, que nadie nos
volviera a gritar que no merecemos vivir en este país. Retratarme con el uniforme lleno de
condecoraciones, la bandera al fondo diciendo que de aquí soy, que no pueden deportarnos.
Pero tenía una corazonada. Algo me decía que no era solamente el cáncer lo que me estaba
deteniendo, señor.

OFICIAL: Si sobreviviste a los iraquíes el cáncer ya no será enemigo de tu altura. Bienvenido.

JUAN: Los iraquíes no me atacaron, señor. En cambio los norteamericanos …

OFICIAL: El combate te ha afectado. Debes atenderte. Estás muy confundido.

JUAN: Dejé solos a mi esposa y a mis hijos. Ella no hablaba inglés, se sentía tan triste lejos de su
tierra.

OFICIAL: Aquí tienes tus papeles. Veo que te han dado un permiso.

JUAN: Yo era un guardia, no un soldado. Sin entrenamiento, sin condición física, enfermo.

OFICIAL: Para servir a la patria no es necesario ser perfecto.

JUAN: Bombardear a distancia casas llenas de niños, de mujeres.

OFICIAL: Parecen indefensos; por eso son más peligrosos. Todos son enemigos.

JUAN: Vendimos nuestra alma al diablo.

932.

En el Segundo Barrio.

CHRISTINE: Mi barrio es hermoso sin turistas. Pero maquillarlo no le haría daño. Devuelvan
nuestros impuestos. Empezaremos por plantar árboles. Haremos a un lado el montón de
piedras en los que se raspan las rodillas nuestros hijos.

BILL: La ciudad necesita negocios, generar empleos, ingresos.

CHRISTINE: ¿Y las tiendas de abarrotes? También tenemos restaurantes, bares. El mercado de
pulgas…

BILL: Los mexicanos no piensan en grande.

JIMMY: Ustedes se han apropiado de todo.
BILL: No tienen derecho a detener el progreso. Afean la ciudad.

CHRISTINE (EDAD: 60) Nada pagará las rosas que plantamos Diego y yo en nuestro jardín. Estas
paredes se hicieron con nuestras vidas. Si las tiran moriremos con ellas.

BILL (GRINGO): Construiremos condominios. Tendrán alfombra, aire acondicionado, un parque.

JIMMY (30): No podremos comprar otra casa.

BILL: Rentarán algo mejor.

JESSICA (40): Nos echarán cuando quieran.

BILL: Pagarán poco.

CHRISTINE: Subirán la renta. Los departamentos son pequeños.

BILL: Las pocilgas en las que viven no son grandes.

YVONNE (20): Hay espacio para todos.

BILL: En mi casa, solo vivimos mi esposa y yo.

CHRISTINE: Qué pena. Deben sentirse solos. A mí me quedan el abuelo, mis sobrinos, los
pájaros.

BILL: Déjenlos que se las arreglen ellos solos. Algún sacrificio deberán hacer para que esta
ciudad pueda atraer turistas.

MARIO (70, VETERANO): Nuestros pintores han hecho florecer los muros.

BILL: No quisiera que un derrumbe los matara.

MARIO: No quisiéramos que usted los provocara.

BILL: Tendrán que irse.

MARIO: No abandonaremos a nuestros muertos. Nos quedaremos.

BILL: El plan de desarrollo los beneficiará. Habrá un WalMart, una arena de deportes. Muchos
trabajos. Necesitaremos alguien que limpie los pisos, lave los baños. Oportunidades múltiples
para los latinos en la era del progreso.

CHRISTINE: Nuestro despojo será en vano. Ustedes construirán con el dinero del estado.
Después se declararán en bancarrota y sólo quedará un pueblo fantasma. Ya lo han hecho antes.

JIMMY: Tenemos nuestro propio plan: Cuando el Segundo Barrio se cubra completamente de
murales y nosotros de tatuajes, los turistas vendrán. Habrá tours para antropólogos, con
derecho a entrar a nuestras casas. Medirán cráneos, brazos, vientres. Concluirán una vez más
que somos naturalmente pendejos.

BILL: Unos salvajes.

MARIO: Paquetes para trabajadoras sociales. ¿Por qué los mexicanos dejan la escuela tan
pequeños? Contrariando a los antropólogos, el director informa que hay dos tipos de niños en
El Segundo: los que no tienen motivación y los que nacen criminales.

CHRISTINE: Es gringo.

JIMMY: Los cineastas vendrán a filmar. La DEA entra sin avisar agua va. Grita: ¡contra la pared,
contra la pared! Abren de piernas a los niños.

YVONNE: Les lanzan los perros, husmean buscando drogas.

CHRISTINE: Separan unos cuantos. Los interrogan.

MARIO: Te veré después, Johnny Martínez. Caerás pronto. Te tenemos atrapado. No cumplirás
los nueve años. Los policías se alejan, los han llamado a asaltar otra escuela.

BILL: Ustedes lo merecen, los mexicanos cometen el mayor número de crímenes en esta ciudad.

JIMMY: Decir que Estados Unidos invadió y robó la mitad de México es un crimen.

MARIO: Cruzar el río con nuestros padres.

YVONNE: Soñar con ir a la universidad.

CHRISTINE: Ser morenos.

JIMMY: Respirar.

BILL: No los soporto. Huelen mal.

CHRISTINE: Olemos a vida. Ustedes a despojo.

BILL: Somos hombres de negocios.

YVONNE: Armados con metralletas y demoledoras.

MARIO: Tráiganlas. Estoy harto de vivir amenazado. Hemos luchado en tantas guerras por
ustedes. Matamos para que ustedes vivas en el lujo. A cambio pedimos que nos dejen en paz.
Pasen su maquinaria por mis huesos. Quiero ver mi casa en pie a la hora de mi muerte.
782.

En la sala de una casa.

ROSARIO: Tu mamá habló por teléfono. Quiere venir a visitarnos. Ve a verla para que no me
encuentre en la casa con la cara golpeada.

WARREN: Si no me hubieras hecho enojar.

ROSARIO: Nunca sé qué es lo que te va a irritar.

WARREN: Yo tampoco qué que me pasa. Me siento tan culpable. No puedo ni siquiera pedirte
perdón. Sería ridículo.

ROSARIO: No es fácil vivir contigo. He trabajado como una loca para comprar la casa, mantener
el negocio, ayudarte a que termines tu carrera. No me molesta. Me encanta saber que tú
cocinas mientras yo trabajo. Verte pintar, tocar tu música. Pero golpearme...

WARREN: Siento que me pones a prueba. Me enfurece que me contradigas.

ROSARIO: Te quiero. Pero la próxima vez que me revientes la cara, llamaré a la policía.

WARREN: No lo harás. Sabes que ya no habrá marcha atrás.

ROSARIO: Para ti no, Warren. Serás un negro más en la plantación. Los anglos vigilan y se darán
gusto obligándote a lavar sábanas, a coser uniformes sin darte un sólo centavo a cambio. Hoy
llegaron al taller a ofrecerme un contrato de maquila. “Invierta con nosotros. Sus empleados
nunca faltarán a trabajar. No tiene que pagar seguro social, tiempo extra, ni un fondo de
retiro”. Me acordé de John, de Marcos. Siempre presa fácil de las cárceles privadas. Si te
denuncio, te darán unos cuantos meses por estos moretones. Cuando salgas te seguirán de
cerca. Cualquier pretexto doblará la condena si te vuelven a arrestar.

WARREN: Me obligarán a vender drogas, a usarlas.

ROSARIO: Cada vez más pesado el trabajo, más larga la sentencia.

WARREN: Vivir contigo es peligroso. Sabes bien a lo que me expones si me reportas y aún así
me amenazas. Es mejor irme.

ROSARIO: Pensé que me querías.

WARREN: Te quiero, Rosario. Pero debo ayudar en todo lo que pueda a mis hermanas de raza.
Negros libres son ya muy pocos.
ROSARIO: Y tú te tienes que reservar para una negra. ¿Qué pretexto es ese? Los anglos igual
persiguen a los mexicanos. Hacen todo lo posible por tenerlos en la cárcel lo mismo que a
ustedes.

WARREN: Para ti no es difícil formar una familia. En cambio las mujeres negras se quedan solas.
Tengo la obligación de casarme con una de ellas. Quiero ser un buen padre. Estar presente
siempre en la vida de mis hijos.

ROSARIO: Les enseñarás a golpear a sus esposas. A escoger a su pareja de acuerdo a su raza.
¿Cuánto tiempo pasará sin que tus hijos entren por primera vez a la cárcel? Tú creciste con el
apoyo de una familia. Mary y George te llevaron a la escuela, te ayudaron a hacer la tarea, te
inscribieron en la liga de béisbol y casi logran hacer de ti el hijo perfecto. Aún así estás siempre a
un paso de que te arresten, como lo estuvieron tu abuelo y tu padre. Es el color de la piel lo que
manda a los negros, a los latinos al reclusorio. WARREN: Necesitan mano de obra gratis.

ROSARIO: ¿No crees que sería más justo para todos exigir que la policía deje de ser una agencia
de empleo? Coger sería entonces un placer y no un acto de convicción política. Pero es más
fácil decir que te vas para ocupar tu lugar entre tu raza. Estoy embarazada. Si te vas nuestro hijo
será otro niño latino sin padre. Si te quedas tendrás que dejar de golpearme. Tendrás que dar el
ejemplo para que mi hijo no sea un negro más en la cárcel.

803.

En la recámara.

LESLEY: Un monstruo. Tuvo que haber sido un monstruo el que se atrevió. Me imagino cómo
habrá sufrido, la cuerda en el cuello, su mirada suplicando.

JOHN: Pasar el dedo por cualquier parte de su cuerpo era una delicia. Su piel no podía ser más
blanca.

LESLEY: La última noche se veía hermosísima. Los zapatos de tacón... Tuvimos que ordenarlos
por catálogo porque en la tienda no había un solo par de tacones que le quedara. Le pareció una
eternidad el tiempo que tardaron en llegar.

JOHN: Impaciencia. Defecto de familia.

LESLEY: Los sacó de la caja y me pidió que le trajera la faldita de seda.
JOHN: Brevedad. Tú le enseñaste.

LESLEY: Quería que todos se fijaran en sus zapatos, pero nadie quitaba la mirada de su boca.

JOHN: Sus piernas. Las mostraba como si fuera un conejito que te extiende la pata. Luego se
retiraba girando, como una carta de amor que te arranca el viento de las manos.

LESLEY: Todos querían seguirla hasta el fin.

JOHN: Teníamos que sujetarnos al asiento, recordar que otros compartían en el teatro su
sonrisa, su boquita abultada.

LESLEY: No habrá otra que se bañe con la luz como ella.

JOHN: Desnudarla, acariciarla, penetrarla con un palo. Y luego estrangularla.

LESLEY: No la protegiste.

JOHN: Invitaste a su asesino. Envolviste su cuerpo en tiritas transparentes. Le enseñaste a
mover la cintura, a cerrar los ojos mientras mostraba sus pequeñas nalgas. ¿Quién iba a resistir
el deseo de abrazarla?

LESLEY: Tú pagaste el teatro, los jueces, sus vestidos...

JOHN: Hice todo lo que me pediste.

LESLEY: ¿Qué hay de malo en enseñar el talento de una niña?

JOHN: Era una mujer en miniatura.

LESLEY: Cantaba como un ángel, bailaba como si hubiera nacido sabiendo todas las rutinas.

JOHN: Todavía no caminaba y ya le habías enseñado a que mostrara la orilla de su ropa
interior… sólo la orilla. Le pusiste pestañas postizas, sombreros con plumas, corsés, medias
negras, ligas y la subiste al escenario para que se masturbaran los jueces, el público, los padres
de otras niñas.

LESLEY: Era un espectáculo inocente, un juego, una fantasía.

JOHN: Su muerte no es una ilusión.

LESLEY: Cualquier niña quiere caminar la pasarela, sentirse admirada, recibir una corona en
medio de las cámaras pensando en los vestidos que usará en el siguiente concurso. Betsy era
una Barbie, el sueño de todos.

JOHN: Tú misma… ¿Cuántos orgasmos has tenido pensando en Betsy? ¿Cuántos más mientras
lees los mensajes que todavía siguen llegando. Pensar en ella abierta de piernas, con esa
mancha roja en el cuello, sin aire, sin voz, los últimos espasmos. Dios mío, se excitan más
imaginándola muerta.

LESLEY: Aplaudiste cuando empezó a cantar a los tres años. La felicitaste cuando bailó la primera
vez. Nada comparado con tu cara de arrobo cuando se vistió como una prostituta Llegamos a
pensar que tu impotencia era incurable. Nos regaló tu erección a los cuatro años de edad. Me
hiciste el amor muchas veces pensando en nuestra hija.

JOHN: Estás loca. Siempre la vi como a la niña que era.

LESLEY: La sentabas en tus piernas para darle de comer en la boca cuando ya tenía cuatro años.
Le limpiabas el maquillaje. Le acomodabas las medias y le atabas los tacones. Vivías para verla
caminar vestida de encaje. La comparabas y sonreías satisfecho. Llegué a sentirme celosa de
ella.

JOHN: Llegaste a querer que ocupara tu lugar en mi cama, en el escenario. Creer que tu corona
de Miss Universo la llevaba ella. Tu momento de gloria se repitió mes tras mes, con cada
concurso que ganaba Betsy. Ni a ella ni a mi nos hacía ya felices esa farsa.

LESLEY: Ella no sabía que sus triunfos estaban comprados, John.

JOHN: Eso es lo que menos importa. ¿Estás ciega? Ya no quería comer, rechazaba la ropa que le
dabas.

LESLEY: Había tanto que hacer. Sesiones de fotografía, clases de canto, una nueva coreografía…

JOHN: Rondas de prensa, dar a conocer su piel blanca, su cabello dorado. Nadie más deseable
que nuestra hija. ¡Vengan todos! Conozcan a Betsy McCall. Penetren nuestra casa y lleguen
hasta su recámara rosada, abran el ropero y huelan sus vestidos. Certifiquen su virginidad.
Podrán meterle el dedo sin que ella pierda su inocencia.

LESLEY: Era solo un juego, John.

JOHN: Tú la mataste.

LESLEY: Tú la violaste.

JOHN: Eres un monstruo.

LESLEY: Soy su madre.

1000.
ALEJANDRA: Pedro es mi hermano. Pedro es Pedro Mao, Pedro Guevara, Pedro Casals, Pedro
Allende, Pedro Neruda. Pedro es un ángel furioso. Pedro es un demonio con el corazón partido
por la inclemencia de los otros. Pedro es Comandante de la Policía Judicial, mide dos metros y
tiene ojos de dragón, de toro, de vida en llamas. Pedro nació pesando seis kilos. Los médicos
diagnosticaron ictericia y mi padre dijo que había que avisarles que mi hermano era chino.
Pedro es Los Tigres del Norte. Le encanta llevar a los judiciales a los conciertos de cello. Cruza el
puente hasta El Paso con ellos. Los lleva hasta el balcón. Les explica que la música siempre llega
al cielo. Pedro es maestro de derechos humanos. Tortura a sus estudiantes, policías encargados
de los interrogatorios, leyendo mis poemas. Pedro hace que mis versos traigan lágrimas a la
clase. Entonces encuentra el resquicio de la sensibilidad, dice él, de la sensiblería digo yo.
Ponte en el lugar de los presos, mira tus pies en sus zapatos, tus heridas en su sangre. Mi
madre lo golpeaba con el cepillo del cabello, con la escoba, con la reata mojada, con piedras. Él
subía escaleras para esconderse en el techo, buscaba rincones para esquivar la voz de mi mamá
y entonces ella lo buscaba llorando, suplicando organizaba a la colonia entera, a los siete tíos, a
los treinta primos para vaciar cajones, llamar a la policía, leer las listas de accidentados,
preguntar en los parques si alguien había visto un niño de cinco años, muy bonito, de ojos
rasgados y dientes como pequeñas sierras, demasiado inquieto. Pedro es mi hermano y porque
nuestra madre lo golpeó hasta el día de su extraña muerte, Pedro es mi hijo también. No
alcancé a protegerlo y hoy Pedro soy yo, este espíritu líquido, tembloroso, que sigue buscando
en expedientes de hojas largas y secas la verdad de Pedro. Las monjas del Tepeyac lo
expulsaron a los tres años de edad. Dice mi mamá que desde entonces la madre superiora
aceptó solamente a niñas en sus clases, para evitar que los diablillos infestaran el patio de su
kindergarden clasemediero. Ella exagera. Esa es una de las tantas metáforas que mi madre
construye para darnos la idea de que mi hermano es el ciclón más grande que ha esculpido los
estragos de sus huesos. Después de mi padre, por supuesto. Pedro se vestía de Piporro y
entonces la risa cerraba sus ojos. Había posadas, piñata y ponche en la casa de la señora
Nakamura. Cuando él se distraía perdía el ritmo de la procesión, chocaba contra mi y quemaba
con la vela del ora pronoris la espalda de mi hermosísima cuera casi amarilla. No entendíamos
las oraciones en latín. Caminábamos en círculo tratando de reprimir las carcajadas de alegría. La
colación tenía colores de pastel y el perfume de Inocencia. Ella nos quería pero un día vino su
mamá para llevarla porque en otra casa le ofrecían más dinero. Me regaló su pañuelito cuando
se fue y los tres lloramos la despedida. Olíamos a Tamaulipas a veces. Otras al jabón de jazmín
que mi papá compraba en la tienda de los paisanos. Me gustaba mi falda entallada y corta y la
cuera del mismo color, gamuza con tiritas de cuero. Me gustaban las botas puntiagudas con
bordados de mi hermanito. Entonces él a veces aceptaba darme la mano para caminar en la
calle. Los dedos de mi mamá me quemaban. Pedro es creador. Es el amigo de todos. Con
aerosol pintó las bardas del cuartel pidiendo libertad para los presos. Traspasa con su vista
nuestras máscaras y luego alimenta lo poco de bueno que encuentra bajo ella. Hay muchas
cosas que lo asustan. Mi hermano ama a su esposa. Mi papá le daba serenata a nuestra madre
con conjuntos norteños. Ella se avergonzaba. Hubiera preferido un mariachi. Vivíamos en la
capital, pero Pedro es el algodón y los surcos del valle de Juárez. Pedro y yo nos sentábamos a
escuchar la serenata norteña y él no dejaba de gritar su ¡ajua! Después brincaba de gusto. Ya
entrado, corría por toda la casa derramando su orgullo por mi padre. Pedro es huapango y es
chilenas. Le temía a las tehuanas. Le mareaba su firmeza. Mi madre es de Oaxaca, pero Pedro es
la huelga de los estudiantes de Agricultura en Juárez. Ella se avergonzaba de la música norteña,
de mi padre. Mi papá le compró a Pedro un caballito de plástico con silla de montar que se
movía hacia adelante si mi hermanito pretendía trotar en él. También le compró un látigo y un
rifle de municiones cuando mi mamá corrió a mi papá de la casa. Mi hermanito pizcaba
algodón. Las coronas secas hacían brotar la sangre en la punta de sus dedos pero él se apuraba a
juntar las motas en un costal que nunca se llenaba. Entonces Juárez era verde y el río Bravo
tenía agua. Mi hermano es los desaparecidos de los setentas. Pedro era el hombrecito de la
familia y por lo tanto yo era su hija también. Los paisanos le llamaban "po chon guín" y mi papá
decía que más bien era "pochingón". Paseaba a sus tres hermanas en la bicicleta de panadero
que alguien guardaba en nuestra casa. Mi hermano es las asesinadas de Juárez. Adora a su hijo.
Pedro es comandante de la judicial estatal de Chihuahua. El brazo derecho de la Procuradora.
Sagaz es mi hermano. Investigador sin par en la historia del crimen en México. Pedro es el aire.
Tuvo una extraña muerte. Hoy siento que he dejado de respirar.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful