apenas lucidez

(tierra en agua)
Hombres

No os engaño, creedme,
los hombres sí lloran.
También leen versos de amor
a las doce de la noche.
Incluso se atreven a cantar
a los mares poemas de rima asonante
desde la proa de un buque de guerra.
Os lo aseguro.

1
En la isla a veces habitada de lo que somos
hay noches, mañanas y madrugadas
en que no necesitamos morir.

José Saramago

tierra

2
Y cuando viene el sueño
a extenderme y llevarme
a mi propio silencio
hay un gran viento blanco
que derriba mi sueño
y caen de él las hojas,
caen como cuchillos
sobre mí desangrándome.

Pablo Neruda

3
Apenas lucidez

Confundir el rostro de la luna
con el sol
mientras el cigarro muda en nubes
que inundan el parqué.

Recorrer los charcos
con las suelas de las manos
impregnadas del agua
que desborda.
Una copa de vino ríe,
el libro pierde al asesino que,
escondido en el cojín del sofá,
ejecuta su último crimen.

Esperar, los dos,
la llegada del minuto que faltaba,
el que concluye la hora.
Quizá, luego hagamos el amor,
o el odio, como quieras.

4
Mañana

Mañana,
lo primero que haré al levantarme
será ordenar al sol que no alumbre.
Al abrir la ventana soplaré tan fuerte
que el aire volará más allá de una luna asustada.
Mandaré callar a los pájaros.
Bajaré a las calles
a llenarlas de ruido y de polvo
mientras talo los árboles del parque.
Mañana,
lo haré mañana,
cuando no me despierte.

5
No me escuches

Malgasta tus minutos, no te importe,
como si solo fuesen tuyos, no de otros,
como si nunca cayesen al vacío.
Aún los ves esperar sobre la acera,
infinitos.

Malgasta tus palabras,
las que has dicho y las otras,
las que aguardan bajo el cielo de la boca
y piensan que nunca rodarán por tu esófago
hacia el abismo de un estómago agrisado en cenizas.

Malgasta la vida de tus ojos,
los colores que ya guardó tu iris
y aquellos que abarrotan tus
entrañas,
los oscuros.

Malgasta el chocolate,
sí,
ese, el puro, el que arranca el placer
a tus sentidos
y lo mezcla con sabores como el vino
o el de un dulce clítoris secreto.

Malgasta, malgasta,
no me escuches,
porque no encontraras en estos versos
6
un ungüento que calme las heridas de tu piel,
de ese áspero vestido que recubre tus huesos,
sin botones, sin ojales,
sin un solo resquicio que permita despojarse de él.
Salvo el polvo.

7
Esperaré a que la lluvia regrese

Porque el río guarda las lluvias
en su cauce, las torrenciales
y las que apenas dejan huella en los labios,
hoy me empaparé de ellas, desnudaré
mis pies sobre su lecho,
caminaré en busca de la nube primera,
del vapor del que nace, y vagaré, al fin,
entre ínfimas gotas de vida.
Descubriré el deseo de llorar
confundido entre los peces, seco,
y a una mueca sin rostro, desorientada,
que no sabré salvar de la corriente.
Su rumor me hablará de verdades
contadas y no escuchadas,
de aquella primera vez rehuida
y de sombras robadas al sol.
Más tarde, ya caído,
esperaré a que la lluvia regrese.

8
No es fácil

No es fácil mantener la mirada fija en su mirada.
No es sencillo ver cómo escoge una cuneta cualquiera
y, de nuevo, te mira
y sonríe
(porque la he visto sonreír)
por última vez antes de alejarse.

No resulta cómodo volver todas las mañanas
con ella (la mía) y
masticar los posos del café
y librar a tus dientes de algún resto de galleta;
acompañarla de nuevo a la oficina
y colgarla en el perchero que está al lado de tu mesa;
compartirla con ellos que ni conocen su nombre
ni de qué color tiene el pelo o
si calza un cuarenta o un treinta y siete.

Y es que sé que ella solo quiere vivir
contigo,
y contigo, y con nosotros. Y que os echa de menos.
Que perdería su vida por volver a
abrazaros
y a sentir las palabras que un día tuvisteis.

No es fácil soportar un día más el recuerdo de sus
ojos.

9
Sin billete

Devuelves el billete sin pisar la raya pintada
que te separa de la taquilla y recuerdas
el día que lo compraron por ti en aquella
estación desabrigada de trenes de la infancia;
un día de ogros y príncipes, de amor que estallaba
en las sienes de carne aún sin hornear.
Cuántas piedras guardadas en bolsillos cosidos
a tus muslos, cuántos trajes zurcidos por otros
sin piel que resguardar, cuánta vida entregada
a la casa de empeño.

Vacías la maleta sobre el andén y cuentas
los calcetines que no te pusiste,
los gorros de paja que volaron de tantos vendavales,
las caricias amargas,
las velas que otros apagaron.

Lo colocas, cuidadosamente, sobre el cemento
cansado de huídas y cierras tu nuevo equipaje
antes de que el vacío se escape.
Mientras, el vagón suspira en humo negro
por ver si tus pasos se enganchan a él.

10
El aliento que nunca exhalé

Lloras, aunque los ojos se empeñen
en desmentir tus lágrimas.
Pares la luz cada mañana,
y ríes porque crees en la vida;
luego, te olvidas de mí después de nombrarme
en la noche, de sentir el aliento que nunca
exhalé.

Gateas por sendas que no fueron tuyas;
robas el camino a algún mapa
dibujado por ti. Sin fronteras ni líneas.
Palpas la humedad y la sal en la tinta
que convierte ese triste papel en tu rostro.
Y te olvidas de mí.

Soplas tan fuerte que el vapor escapa
por la ventana y planea hacia las nubes
como ave sin amo en busca de nido;
ya no desean tus dedos alisar las arrugas.
Y te olvidas de mí.

Amas al amor como un poeta sin verso.
Y te olvidas de mí.

11
Estos días de ruido innecesario, absurdo,
fuera de todo lo tangible. Estos días
de niños con las manos curtidas y acordes
que traspasan oídos como telas de araña
tras un silencio que huye acobardado.

Estos días de invierno que amenazan
con su manto de niebla
a un sol que escapa en busca de otros mundos,
de otras tierras desamparadas de canícula.

Estas voces que callan tu garganta
y la mía, que esperan en sus tiras de sangre
una salida, una luz que nos ciegue los ojos
y nos diga que nunca hemos muerto, que el redoble
de aquellas campanas no fue nuestra huella,
que aún guardan camino los zapatos.

Estas noches de ruido, de niños, de niebla,
nos traerán otros días al alba; solo queda
vivirlos.

12
Siempre vuelve

Ha dejado sus babas vestidas de negro en mis sueños
susurrando macabras canciones sin letra.
Sus pasos, saciados de huellas,
han vagado en el aire de la noche.

He dormido con ella.

Ha besado mi piel palmo a palmo
y su rastro de hielo
aún me pudre la carne.

Ha grabado sus manchas de sombra en mis sábanas
e impregnado la estancia
de alientos cercanos.

Esta noche la espero,
porque siempre vuelve.

13
Sin piel

Encuentras ese día que has buscado toda la vida
y es ahora que ya no estás desnudo, que tu piel
se ha guardado tras capas y capas de promesas,
de disculpas, de momentos inciertos.

Refugias ese último aliento entre gotas de café y rebanadas
de pan tierno, sobrepones el sol a tu plomizo yo, casi inerte,
y comienzas la frenética carrera de tus dedos que se lanzan
en pos de lo que nunca quisiste fijar a tu cuerpo.

No es tarde, lo sientes, te dices de nuevo lo que un día
soñaste mientras las frías losetas de la cocina parecen
reírse de ti. Se mofan con cada jirón de vida que
desgajas sobre ellas. Después, parecen pensar,
darse cuenta de su error,
y sotierran en cemento aquel lastre
que ocultaba sus juntas. Se alían contigo.

Abrazas las horas que ya no son últimas
y vives la historia que creíste olvidada
entre los manuscritos abandonados de la estantería.
Recuerdas que a ti nunca te gustaron los finales cerrados.

14
21 gramos

Encontré cinco gramos de tu alma
en la despensa, entre el arroz y el café,
en un sobre sin nombre.
Lo dejaste en la balda la otra noche
y he aguardado hasta hoy
que sintieses su ausencia,
que vinieses por él. No lo has hecho
y he sabido, por ti, que no fue un olvido,
que es que ya no te haces entera con ella,
con su arrastre de años y años.
Lo guardé entre pliegues de tela
y lo llevo conmigo, por si un día
añoras su falta, por si quieres volver
a por él en tu último aliento.
Y si marcho yo antes que tú, no lo sientas,
que si de algo nos sirve, te espera.

15
Zombis

No somos muertos,
aunque los dedos ya no busquen
las yemas de otros dedos
ni los pliegues de otro cuerpo.
Aunque las palabras
no conozcan otros oídos,
olvidados.
Aunque la luna solo sea
un pálido reflejo
y el sol no caliente nuestra piel.
Aunque un translúcido cristal
levante los tabiques de nuestras casas
y nos lleve con él
a todos lados.
No somos muertos, no,
aunque no estemos vivos.

16
Porque no aparece el modo de decirte no

Lo busqué en la cajita metálica donde escondo
los recibos caducados del abono transporte,
sobre la mesilla de noche.

Lo busqué en el baúl del pasillo,
aquel que compramos en la Feria
hace muchos años.

Lo busqué en la cartera vieja
que guardé por no tirar;
por si lo había olvidado allí.

Lo busqué en el álbum de la primera comunión
aunque estaba seguro
de que no lo encontraría entre las fotos.

Lo busqué en el armario,
en los bolsillos de la chaqueta gris.

Porque no aparece el modo de decirte no,
pero quiero que sepas
que seguiré buscando antes de que llames a mi puerta.

17
Hoy, me has llevado a la calle sin zapatos ni guantes.
Tengo frío.

18
agua

19
Si mi voz muriera en tierra,
llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera.
Llevadla al nivel del mar
y nombradla capitana
de un blanco bajel de guerra.

Rafael Alberti

20
Te echo de menos

Sé que no has existido,
y aún así
quise ser carabela o
nacer de tu húmedo fondo.
Sé que nunca has teñido
el planeta de azul,
aunque un día volé
al universo
para ver tus colores.
Sé que no has existido,
aunque aún te contemplo y
te echo de menos.

21
Azul mar

He visto al arcoíris
mecerse en las olas y
perderse entre tonos
y murmullos de felicidad.
He visto al
arcoíris
aferrarse al timón
en busca de
los puntos cardinales.
He visto al arcoíris.
Navegaba.

22
Me he bajado en la última estación

Viajé en trenes que hundían sus raíles en los corales más profundos.
Descubrí, a través de la ventanilla del vagón,
el trote de caballos de mar.
Salté junto a los delfines
para respirar.

Trasbordé en la estación resguardada bajo el casco del Titanic y
compré el billete a un taquillero vestido de sirena.
Hasta que el olor a podrido despertó mi olfato y
me vi pasear entre la sangre derramada por las personas que no existen,
a toda velocidad,
a más de trescientos kilómetros por hora.
Y, tras ellos,
los tiburones.
No hice nada.

Continué mi viaje mientras morían de balas de goma o
de leyes de plastilina deformadas a su antojo.
Permití que guardasen en cajas de oro sus joyas
para esconderlas junto a las fosas de las personas que no existen;
con palas fabricadas de billetes de curso legal.
Ya no quise viajar por las profundidades del mar, me ahogaba.

Me bajé en la siguiente parada y,
ahora,
navego en un barco pesquero,
inmenso,
de los que lanzan redes de libertad para cazar tiburones.
23
Con el viento a favor,
sin apartar la mirada del horizonte.
Antes de que se quiebre.

24
Casi la lluvia

Una gota de agua que empapa.
Juega entre los cirros,
los que viven al otro lado del sol.
Viene hacia mí.
Tarda en llegar
un minuto,
un día,
un mes,
un siglo.
Arde.
Incendia la voz y la palabra y
todas las frases de mi carne.
Ahora, mudo,
iré tras las tormentas del horizonte,
las perseguiré
hasta que un estruendo
se compadezca de mí,
me arranque el silencio y
lo sepulte en el océano.
Después,
el viento y un ignorado olor a humedad.

25
El olor de tu risa

Huelo tu risa.
La trae el Levante que aguarda tras los cristales.
Me acerco y contemplo su lucha,
las ramas se retuercen de miedo por perderte,
por no guardar entre sus hojas de primer verde
tu perfume,
un perfume de labios siempre libres,
siempre atentos a la vida.
Derrotadas, lo he visto,
se detienen,
esperan quietas, expectantes,
a que abra la ventana de la celda y
te adentres en mi cuarto.
Ya te toco, ya cierro.
Es de noche,
en nuestro océano de quince metros cuadrados no hay viento,
solo queda el rumor del susurro de tu piel.

26
Crees

Crees que no es cierto
que la sal y el agua hayan convivido siempre allí,
que la arena robase el matiz al universo para esconderse bajo él.
Crees que no es cierto,
un segundo,
durante un solo segundo.
Hasta que, de nuevo, salpica tu piel.

27
Desteñido

No es rojo el color de la vida
ni viaja escondido en cañones de plástico.
Rompí uno.
Un cañón rodeado de muñecas y piel.
Fueron mil,
arranqué
mil respuestas de salitre y humedad,
de escalofrío en la lengua
al sentir
la muerte acercarse y
encontrar ese líquido azul derramado en el suelo.
Desteñido.
Agachado, nadé,
sobre la espalda,
y floté,
hasta chocar mi cabeza con aquella terca pared que esperaba.
No es rojo el color de la vida,
ahora lo sé,
ahora que he bebido su sal y
mis ojos han visto.
Por fin.

28
Ese instante

No es momento de flores
sin espinas:
he robado la sal
a las mareas y
he poblado de piedras
los caminos.
Fue un instante de odio,
o de avaricia,
el que me dijo al oído
que lo hiciese.
No pude resistirme,
lo lamento,
pero sé que lo justo
trae el castigo
a mi cuerpo saciado de navajas.
Lo espero con las manos sin respuesta,
con la cabeza yerma.
Aún muerto.

29
Libre

Venid aquí, os espero
con los ojos cargados de palabras,
con las manos vueltas del revés,
sin veredas en sus palmas,
rojas de espera, incrédulas,
con las yemas de sus dedos rebosantes de dolor.
Sabed que ya no escuchan vuestra bilis,
vuestro irreparable camino hacia la muerte.
Sois cadáveres montados en sillones de lujo, sin brazos,
sin respaldo, rebozándoos en el fango; la piara.

No vengáis, yo ya me he ido.
Y mis manos, y mis ojos.
He partido hacia océanos con vida,
hacia puertas que se abren sin llamar,
hacia rosas que han perdido sus espinas.

O volved si queréis, ya no me importa:
me guardé el din-don en los bolsillos.

30
Los ojos de aquel niño

De pequeño me contaron que los ríos morían en el mar y
que el agua de caramelo
se convertía en sopa de pescado.
No les creí,
sabía que el azúcar
vivía en las nubes,
esas nubes blancas y sedosas
que ocultaban el sol.
Más tarde me dijeron que las nubes,
todas, incluso las blancas y sedosas,
lloraban sobre los ríos, y la tierra, y los mares.
No entendí.
Hoy, tampoco.

He probado los troncos de árbol,
la hierba del jardín recién cortada,
el agua del manantial, y no lo encuentro. El azúcar.
¿Por qué piensan que les debo hacer caso?
No es la lluvia, no es el mar, no son las olas.
Ni los campos.
Sé que es la mirada de aquel niño.

31
Morir

Está seco.
Se olvidó de beber
día tras día.
Le obligaron los cláxones y
los neumáticos pegados al asfalto,
no supo escapar de ellos.
Le comprendo,
yo también deseaba el mar tras los cristales,
el olor de gaviotas,
el horizonte clavado en el horizonte entre un oleaje infinito.
Lo enterraré en un plástico blanco y
lanzaré sus restos sobre el edificio que cruza la avenida.
Y esperaré a que vuelva
trasformado en viento del norte.
Sin ramas.

32
Utopía

Busqué,
aun sin querer encontrar,
unos trazos oscuros
rodeados de alambres y de sables
sobre la superficie de aquel
mapa de agua.
También busqué en su interior
sombras que luchasen entre sí,
sombras iguales,
de la misma especie de las
sombras.
Seguí,
ahora tras la estela
de algún barco pirata.
Había oído que existían monstruos
de calaveras izadas al viento.
Un murmullo de olas
me detuvo,
de pie,
en el horizonte que acababa de lograr.
Escuché.
Ellas me lo dijeron.

Me contaron que
las fronteras solo crecen
en la tierra y que son los hombres
los que las riegan.
Y que el odio no sabe nadar.

Continué el camino por el alambre,
envuelto de mares y de océanos, y
33
sin nada que hallar
mas que ese azul que
anegaba mis ojos.

34
Deseo

No es aire lo que exijo
cada día que paso sin olerte.
Ni miradas de mujeres hermosas o
de niños.
No, no es aire.
Ya no busco la caricia
a mi frente de fuego
ni la mano que me acompaña al colegio.
Ni sentir sobre el hombro
los consejos de mi padre.
Ni este aire tan seco.
Ya no quiero las primeras palabras
que me amaron,
no deseo sus ojos en los míos.
Devolveré sus senos erizados y
su lengua que transita lujuriosa por mi
glande.
No soporto el abrazo de un amigo o
las tardes de palabras y cervezas.
No sin ti; lo devuelvo.
Quiero el viento rociado de sal,
reposar mi espalda sobre ti y
callar y
olvidarme de los surcos que emponzoñan
la ciudad de casas sin ventanas.
Quiero amarte,
incrustarme entre tus sedas azules y verdes,
asfixiarme,
morir en tu interior,
junto a Alfonsina.

35
Salino

No es fácil.
Es posible que nunca lo logres
aunque insistas,
aunque te dejes la piel de la «a»
sobre las teclas,
aunque desesperes.
No es día para el sí,
ni minuto;
no encontrarás las risas de ayer;
hoy vive el «no» a tu lado,
sin dejarte pensar, solo
rodeas.
Solo rodeas el negro.
Y qué importa la luz y
el mar y
el aire y
toda la belleza del mundo.
Hoy no.
Busca una ola,
búscala y hazte salino,
ve a su encuentro con los brazos en alto,
grita,
no cedas. Hoy no.
Hoy no puedes hacerlo,
debes ganar al llanto
con el sí que no encuentras,
al odio de un día sin agua y con sed,
a
un áspero sabor a
petróleo.
Es la ola.
36
Abrázala,
y déjate llevar por ella.

37
Quizá

Te sientas a la espalda de las olas
a esperar un abrigo de brisa sobre los hombros.
No cierras los ojos,
temes la ausencia
de días con algas que rozan la piel.
Masticas la sal
que modeló tus dientes y
piensas
en navegar sobre la arena verde.
Aún no se funde la luz con el océano.
Esperas.

38
A mis palabras

A mis palabras les gusta subir las escaleras conmigo
hasta llegar a la terraza del ático.
Como a
sol o
a luna o
a mar o
a tejado.
Allí se encuentran a gusto.
No las llevo a todas,
a algunas
(como miedo, odio, muerte, hipocresía)
las dejo encerradas en el sótano
tras dos vueltas de llave.
A París,
Vallecas,
Madrid o
Barcelona
les encanta jugar ahí arriba a la gallinita ciega.
Otras
(vértigo,
aire,
amor,
nube)
se asoman a la barandilla y
observan, con lágrimas de felicidad en los ojos,
al portero barrer la acera,
los dos metros cuadrados de los que es el dueño.
Con
sexo,
lengua,
pene y
39
vagina
tengo que andar siempre con mucho cuidado,
a menudo les sale la vena exhibicionista y
me pueden dejar en vergüenza:
la terraza del ático contiguo está un metro más arriba.
Los verbos que más disfrutan son: contemplar,
pensar, vivir y soñar. A veces,
se quedan dormidos sobre la tumbona
mientras el océano les rodea y
reciben alguna gota salada en sus mejillas.
Sí,
a mis palabras les gusta nuestro ático,
salvo a una:
«bajar».
A sus sinónimos tampoco.

40
Tú también te has ahogado

Tú también te has ahogado,
has sentido mil veces el agua
que te arranca la piel del
cielo de la boca,
que tapona la nariz y
te ciega un instante,
un instante de agua,
de sal y
de arena,
de rodillas raspadas y
de pies que no encuentran su suelo.
En la orilla.
Te has ahogado conmigo,
hemos muerto mil veces en la orilla del mar
con las manos buscando otras manos,
las tuyas,
las mías,
el aire.
O un beso.

41
El mar se ha suicidado

El mar se ha suicidado,
no ha querido vivir su nueva vida
de plásticos y agua vomitada.
El mar se ha suicidado.
Llamó a mi puerta una gaviota y
me lo dijo,
venía con el pico teñido de petróleo
y me contó
que los buitres poblaron hasta el último centímetro de olas,
que los peces gemían atrapados en sus garras y
que él, el mar,
gritaba su desgracia sin que nadie escuchase.

Y nosotros no quisimos ayudarle.

La gaviota alzó el vuelo tras el último tejado
sin saber a dónde ir; ya no hay mar.
Se ha suicidado.

42
y barro

43
Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.

José Agustín Goytisolo

44
Lucía

No recuerdo tu nombre,
no consigo encontrar tus ojos en los míos,
solo está tu figura,
tu pelo rizado que imaginé negro,
tu espalda apoyada en la pared o, quizá,
tu brazo unido a ella,
privilegiada,
amante de lo vago, de lo soñado por
un crío sin hazañas,
sin tardes de sentir las yemas de unos dedos,
las lenguas,
las salivas aún jóvenes y limpias.
Nunca te llamaste,
te llamé.
Te llamaré,
ahora te besaré como en la noche de brumas,
de alcohol, de carreteras invisibles.
Ya nada lo impide,
ni tu ausencia.
Bailaré contigo aquel bolero
que no escuchamos juntos y
uniré mi sexo,
tras la cremallera del pantalón, al tuyo.
Oiremos el rumor de la caracola que jamás guardé en mi maleta
al volver de aquella playa desconocida.
Entonces,
esperaré a que todos nos miren en la fiesta,
a que termine esa canción,
y subiremos las escaleras,
a la primera puerta del piso de arriba,
la de la cama de uno treinta y cinco.
45
Bajaremos la colcha y
nos hundiremos entre las sábanas,
aún vestidos,
para desnudarnos poco a poco, así,
tumbados.
La arena de esa playa que nunca estuvo
colmará nuestros poros,
nos convertiremos en estatuas de sal,
en lo que siempre hemos sido,
en lo que siempre he sido.
Y un viento huracanado esparcirá,
cual cenizas de muerte,
tu nombre sobre el mar.
No lo recuerdo.

46
Tu voz en la ciudad

No encuentro tus ojos.
Hoy recorrí la ciudad de punta a punta,
llegué hasta ese borde que ellos llaman horizonte
y tanto miedo me da. No.
Sé que es imposible caerse,
que no hay otro lado de la línea, que no hay línea.
También sé que este aire que aún guarda
porciones microscópicas de tu piel
no existe tras esa línea.
Por eso el miedo, por eso paré y volví,
y volví y volví a parar.
Sin cruzarme con uno solo de tus cabellos.
No recuerdo el color, aunque lo tuvieron.
Y tus ojos también.
Tu voz aún se escucha en mis oídos, potente,
como si quisiera dejarme muy claro
que fui yo el que la hizo callar.
Nunca te dije que fueron ellos, no me atreví.
Nunca tuve el valor de decirte
que había pensado desobedecerme, desobedecerles.
No lo hice.
Por eso hoy te busco en mi ciudad
aunque tú te marchaste de aquí hace tiempo.
Y te llevaste mis labios.

47
Tu clítoris

Quiero que sepas que hoy
tu clítoris
ha salvado a mi lengua de morir de tristeza.
No sabía qué hacer,
harta ya de palabras con las mismas letras de siempre,
de probar el agrio sabor de todos los días,
de sentir la asfixia de mis labios, tan secos.
Lo encontró escondido,
bajo el océano de tu pubis encrespado,
y se asió a él
como lo haría un poeta suicida a
su último verso de amor.
Ya no teme al naufragio.

Me ha pedido quedarse ahí,
entre tus muslos,
y no he podido decirle que no.
Permaneceré aquí,
a la espera de que ansíe volver;
sin sus palabras.
Silente.

48
Locos

Conozco a muchos locos, sí,
de los que piensan que vestirse con trajes
de colores sensatos y acudir a misa,
a la misa de los hijos no bastardos de Dios,
no viene escrito en ningún catálogo.
De los que prefieren cantar o llorar, da igual,
por las calles vacías de la ciudad
cuando los coches apenas compiten
por atropellar a un peatón en los pasos de cebra.
Que usan las horas para hablar de sus cosas
con ellos, con los mismos locos,
y que no conocen al Presidente
o que vomitan al paso de los ramos de flores
con solo un perfume, el de los reyes.
Que tiñen su piel de distintos colores
sin importar la mirada de los cuerdos.
Voy al cine con ellos
y me siento en su misma butaca;
enciendo la radio para escuchar sus programas
de música clásica.
Son locos pequeños, o grandes, o rubios,
y algunos se sientan en los bancos del parque
que un día existió frente al portal de tu casa.
Se esconden desnudos tras el cristal
de la ventana y te miran a los ojos juiciosos
sin escupirte, porque ellos no escupen
como lo haces tú cuando te encuentras con ellos.
49
Son locos que callan cuando hablas, que ríen cuando ríes,
que besan cuando besas, que hablan cuando callas,
que se sientan descalzos a la mesa
y comen con cubiertos de miel de abejas
sobre manteles de hierba y de flores.
Que cantan canciones de amor
bajo balcones saturados de Julietas.
Visito a menudo sus manicomios y te puedo decir
que conozco a casi todos.
Son locos.

50
Soledad

La soledad fue una herida abierta,
un sudor de manos compartidas,
la ventana y su asfixia,
la frente, una caricia, lo efímero,
el inmortal cariño de la madre,
los ojos de la niña que nunca miró,
ese olor a mujer, los zapatos,
la azotea vacía de pisadas,
el placer inventado tras la puerta,
el juguete de un solo día.
Soledad, una palabra con nombre y sin concepto
en días de escurridiza memoria.

51
Búscame

Búscame en los teclados
que escriban del odio sentenciado a cadena perpetua
o en la tinta que forme oraciones nunca oídas a los rifles
y a las bombas.

Búscame entre las montañas de escombros
que fabrican los tanques,
ahí estaré con la pluma que señale a la muerte y la mate.

Búscame en los trazos del lápiz
que sombrea al verdugo
para que todos sepamos quién es.

Búscame entre acordes de luna y de viento,
y de mar,
entre cuerdas de guitarra
o en un lecho de palabras y música
donde ellos no duermen.

Búscame en un campo sembrado
de letras.
Búscame entre sus flores.

52
Y tú

Y tú… ¿conociste el tiempo que nacía del lunes?,
cuando el domingo visitaba al psiquiatra y
veintitantos significaba futuro,
cuando Dios aún creía en él mismo
sin ocultarse tras las negras sotanas y
las serpientes de tela que cubren cabezas.
Eran días de alcohol y perfumes
satinados por el sol del recreo,
aquel que salía a las ocho y
se tumbaba sobre las azoteas.
Y tú… ¿conociste el tiempo que nacía del lunes?
Ahora no, ya no nace,
ahora todos los días han perdido su nombre.

53
Diría que los perros, aunque les duela el collar
que los une a su dueña (de la lírica amorosa),
mueven el rabo cuando ven a otros perros.
Diría que la flor de los almendros
de nuevo siente los ojos de los perros
y de las dueñas líricas de los perros.
Diría que hoy he ladrado mientras
él
olisqueaba mi lado perruno.
Guau. Diría que hoy también ha salido el sol,
casi podría asegurarlo.

54
Ven. Un paso
sigue al otro
la rodilla derecha
no se olvida
de la izquierda
caminan juntas
sin pisarse.
Ven. La luz
que el oído ama
presta una luna
a la noche y
se apaga.
Ven. Espero
a que llegue la
hora siguiente.
No duermo.

55
Ajenos

Distraídos, serenos, dueños de la impunidad,
como si no quisieran nada de ti,
hacen malabares sobre el filo de un instante,
ausentes, incapaces de mirarte a los ojos.

Distraídos, serenos, dueños de la impunidad,
tarde o temprano dominarán
ese segundo que creíste ganado,
el segundo antes de mesarte los cabellos
y esparcirlos por el aturdido viento de la noche,
junto al sueño deshecho.

Distraídos, serenos, dueños de la impunidad,
ajenos a nada y a todo, letales. Y tuyos.
Porque tú los creaste,
porque fuiste el culpable de que un dios ateo
engendrase en tu mente la simiente del caos
que ahora mece tu alma.

Distraídos, serenos,
dueños de la impunidad.

56
Lo innegable

Hablo contigo y me da miedo tocarte
porque quizá desaparezcas
entre los pliegues de mis huellas dactilares.

No te miro a los ojos,
¿y si a mis iris le responden
dos pozos profundos de recuerdos sin nombre
cegados por el sol de alguna noche?

Tus pasos no agitan el aire que camina a mi lado,
las plantas de tus pies no encuentran
la caricia de la cálida madera,
solo buscan y buscan
y tropiezan y tropiezan
y preguntan a la piel que soñaron un día
si aún conoce la manera de volver a lo innegable.

Escucho nuestras voces que conversan, a lo lejos,
y temo que mis oídos rompan a llorar
al tener la certeza de que esas gargantas nunca existieron.

57
Perdón

He nacido veinte, mil, cien o un millón de veces, qué importa,
y siempre agonizas ahí, quieta, bajo los ojos de pánico
que la soga del macho rodea.
No he querido hacer nada, solo gritar
o esconderme, a veces, en palabras como estas
ataviadas de un barniz de distancia incoherente, absurdo.
He permitido al viento arrastrarte, irremediablemente,
hacia la celda de cristal en la que vives.
Ya no puedes celebrar más ese rito de muerte casi diario, espérame,
voy contigo, llevo fuego que arde y quema. Después,
bajo los muros de esa cárcel,
enterraremos juntos cenizas de hombre y esparto.
Perdóname por no haber llegado antes.

58
Tantas veces

Tantas veces pensé un poema,
tantas veces mi mano arrugó el papel que escribía tu sonrisa
o tus ojos
o tu pelo,
tantas veces mi sueño se durmió con tu imagen,
tantas veces.
Y no he sabido.

Tantas veces, que hoy he guardado la pluma
en un cajón del último mueble de la casa,
en el cuarto del fondo,
donde viven fantasmas cubiertos por las sábanas blancas
de nuestros recuerdos.

Yo,
que hasta ahora amaba las palabras,
las repudio, y
he pensado en no pronunciarlas jamás.
Olvidaré la que nombra tu nombre,
la primera,
más tarde, vaciaré de letras las que me hablen de ti.
Acabaré con todas y, entonces,
volveré a por la pluma ya seca e imaginaré tu nombre,
Lucía.

59
Escribiré estos versos, al enfrentarme a ti
con las manos desnudas de metáforas.
Hoy no me busques, ni mañana.
Se acabarán los días y caminaré despacio
hacia la luz de tus sombríos ojos,
de espaldas a la vida.
Pero no ahora.

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