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Ser negro en el Baltimore de mi juventud signifi-caba estar expuesto a los elementos del mundo, a to-das las armas de fuego, puños y navajas, al crack, a las  violaciones y a las enfermedades. Aquella exposición no era ni un error ni una patología. Era el resultado correcto e intencionado de las medidas políticas, la situación predecible de una gente obligada durante siglos a vivir con miedo. La ley no nos protegía. Y ahora, en tu época, la ley se ha convertido en excusa para pararte por la calle y registrarte, para intensificar el asalto a tu cuerpo. Pero una sociedad que protege a algunos por medio de un paraguas de escuelas, prés-tamos para la vivienda respaldados por el gobierno y una riqueza ancestral, y, en cambio, a ti solamente te protege con el garrote de la justicia criminal, o bien ha fracasado en su intento de hacer realidad sus bue-nas intenciones o bien ha conseguido poner en prác-tica algo mucho más siniestro. Lo llames como lo lla-mes, el resultado es que estamos expuestos a las fuerzas criminales del mundo. Da igual que los agen-tes de esas fuerzas sean blancos o negros; lo que im-porta es nuestra condición, lo que importa es el siste-ma que permite que te rompan el cuerpo.
 
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La revelación de esas fuerzas, a través de una se-rie de grandes cambios, ha ido teniendo lugar a lo largo de mi vida. Pero los cambios se siguen produ-ciendo y seguramente continuarán hasta que yo muera. Cuando tenía once años, un día estaba en el aparcamiento de delante del 7-Eleven mirando a una cuadrilla de chicos mayores plantados cerca de la ca-lle. Estaban gritando y haciendo gestos a... ¿quién? A otro chico más joven, de mi edad, que estaba allí de pie, casi sonriendo, con las manos en alto, obediente. Él ya había aprendido la lección que aprendería yo aquel día: que su cuerpo estaba en peligro constante. ¿Quién sabe cómo habría adquirido este conoci-miento? La vida en las viviendas de protección ofi-cial, un padrastro borracho, un hermano mayor des-calabrado por la policía o un primo encerrado en la cárcel de la ciudad. Y que los chicos lo superaran en número no importaba, porque ya hacía tiempo que el mundo entero lo había superado en número, y además, ¿qué importaban los números? Aquello era una guerra por la posesión de su cuerpo, e iba a durar su vida entera.Me quedé allí unos segundos, maravillándome del hermoso estilismo de aquellos chicos mayores. Todos llevaban anoraks de esquí, del tipo que, en mi época, las madres encargaban en la tienda en sep-tiembre y luego acumulaban horas extras para poder pagarlos y tenerlos envueltos y listos en Navidad. Me
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fijé particularmente en un chico de piel clara, cara alargada y ojos pequeños. Lo vi mirar con el ceño fruncido a otro que estaba cerca de mí. Eran casi las tres de la tarde. Yo estaba en sexto curso. Acabába-mos de salir de la escuela y todavía no era la tempo-rada de las peleas, que empezaba con los calores de la primavera. ¿Cuál era exactamente el problema allí? ¿Quién podía saberlo?El chico de los ojillos metió la mano en su anorak de esquí y sacó una pistola. Lo recuerdo todo a cáma-ra muy lenta, como si estuviéramos en un sueño. Ahí estaba el chico, alardeando de pistola; primero se la sacó del bolsillo, luego se la guardó y la volvió a sa-car, y en sus ojillos vi una ráfaga de cólera capaz de borrar mi cuerpo en un instante. Era 1986. Aquel año sentí que me estaba ahogando en las crónicas de asesinatos de las noticias. Era consciente de que mu-chas veces las víctimas de aquellos asesinatos no eran los objetivos planeados, sino que acababan siendo tías abuelas, madres de la APF, tíos que hacían horas extras y niños risueños; las balas les caían a ellos de forma arbitraria e implacable, como si fueran corti-nas de lluvia. Yo sabía esto en teoría, pero no lo en-tendí en la práctica hasta que tuve al chico de los oji-llos delante de mí y con mi cuerpo entero en sus manos. El chico no disparó. Sus amigos lo refrena-ron. Pero no le hacía falta disparar. Ya había afirma-do mi lugar en el orden de las cosas. Había mostrado
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