Está en la página 1de 215
JeanWilliam Lapierre es profesor {de la Universidad de Niza y del Instituto de Estudios Politicos ‘de AlxenProvence. Sus trabajos, orien: tados en Ia linea de Ia antropologia politica’ definida por” Georges Ba Iandier, son numerosos. Entre sus bros éabe destacar Le pouvoir po- ique (1938, revisado en 1968), Bs saisur le fondement da pouvoir politique (1968) y L’analyse des sys ‘thesnes politiques (1973), caya. tra: accion castellana se publica ahora, ‘Tambien ha publieado estudios im: portantes como Une recherche sur fe civisme des jeunes & Ia fin de IV" Republique (en colaboractn con G. Notzet, 1961), La violence ‘dans Jes conlits sociatix (dentro del bro coleetivo La violence dans le monde setuel, 1968), ete. = Hosta, mediados del siglo x%, 1a ‘lencia politica, «| menudo. defini como ta lenis del Estado y situ da bajo In tatela de los tericos del ‘derecho publied, se Hmitaba a com Darar ay insiicones de los. gray fee: Estados contemporances de las socedades de antano.. a cien ia. politica, al-convertirse en. s0- Slolopin luego cn antropologia po. Itc ogra una ms clara compren sion da lag rolaciones“eistentes entre as diferencias de ‘organiza clon politica y" las diferencias de future. Este dsplazamiento de In sleet iti, por pate de ean {ropologia ya. hasisctado. un ex fuerz0 erase tedtica en Europa y en los Estados Unidos = Se juntifen, pcs, In elaboracgn de tin ‘modelo’ de. andlisi apleable a ics mds divers altemat’plllos, el presente 0 del pasado. EL ANALISIS DE LOS Jean-William Lapierre EL ANALISIS SISTEMAS POLITICOS ediciones peninsula ® La edicién original francesa fue publicada por PUF de Paris con el titulo L’analyse des systémes politiques. © Presses Universi- taires de France, 1973. Traduccién de JuaN DE BENAVENT. Cubierta de Jordi Fornas. Primera edicién: julio de 1976. Propiedad de esta edicién (incluyendo la traduccién y el diseiio de Ja cubierta): Edicions 62 sa. Provenza 278, Barcelona-8, Impreso en Marquez, S.A. Ind. Gréf,, Ignacio Iglesias 26, Badalona. Depésito legal: B. 29.886- 1976. ISBN: 84297-12062, expresién de Weber, un tipo siempre es en mayor o menor medida un «idealtipo», en el sentido de que nunca se halla en Ja experiencia la realizacién del tipo en estado puro. Mientras la clasificacién descriptiva por géneros y especies procede por seleccién de caracteres emptricos, la clasificacién analitica por tipos procede por construccién de relaciones Iégicas. Por lo que se refiere a Ja abundancia de los datos em- piricos, toda clasificacién es una simplificacién. Un mode- lo descriptivo es un conjunto de conceptos que representa de un modo simplificado los acontecimientos 0 los fené- menos descompuestos seguin sus articulaciones o sus pro- piedades perceptibles. Un andlisis es un discurso que muestra entre unos objetos ciertas relaciones que no han sido percibidas en la experiencia inmediata, pero que son constatables por la experiencia metédica. El andlisis dis- tingue aquello que no nos es dado como distinto en la percepcién o la experiencia vivida, y pone en relacién aquello que aparentemente carece de toda relacién. Des- compone la totalidad del objeto en elementos que no son sus «partes naturales». Claro est4 que el andlisis es asi- mismo una operacién relativa al proyecto de quien la practica. Sin duda alguna, un agrénomo, un politico y un sociélogo no analizan de la misma manera una reforma agraria o una accién de desarrollo rural en un pats sub- desarrollado. El proyecto es cientifico en la medida en que su autor se propone alcanzar un conocimiento mas profundo y mas completo de la realidad estudiada, acre- centar la inteligibilidad, la objetividad y la racionalidad del saber. Un modelo analitico es un conjunto de concep- tos —y de relaciones entre tales conceptos— que descom- pone los fenémenos o las cosas segun unas articulaciones o unas propiedades inteligibles. Permite concebir el objeto estudiado de un modo distinto a como es percibido para asi comprenderlo mejor. Un modelo tedrico nunca se construye ex nihilo. Utiliza Sociologue», 1966, pp. 200-205, (Existe trad. cast. Sociologia de Max Weber, Ediciones Peninsula, Barcelona.) 23 ciertos materiales intelectuales que le proporcionan los conocimientos ya adquiridos, los hechos establecidos, las teorias admitidas (0, a falta de ellas, las doctrinas que se hallan en discusién en la «ciudad sabia»). Tales materia- les son criticados (es decir, seleccionados), recompuestos © recombinados entre si de un modo mds o menos origi- nal. Un modelo teérico es una sfintesis innovadora, por lo menos parcialmente. As{ es como se convierte en un medio de descubrir nuevas relaciones, establecer nuevos hechos, proponer nuevas hipétesis, corregir ciertos erro- res o insuficiencias de las teorias admitidas. Presentar un modelo teérico no se reduce a decir de un modo nuevo lo que ya se sabia, sino que consiste en tratar de decir cosas nuevas que permitiran saber mas y mejor, aunque integrando al mismo tiempo los conocimientos ya adqui- ridos. Porque, a diferencia de la filosofia’ la ciencia no pretende recomenzar perpetuamente desde el punto cero, sino que es a la vez acumulativa en su contenido e in- cesantemente renovada en su forma. El modo segiin el cual integra lo ya adquirido y revisa Jas ideas recibidas distingue un modelo verdaderamente sintético de un modelo ecléctico o sincrético. Un modelo ecléctico se limita a yuxtaponer los elementos tomados de distintas investigaciones o doctrinas rehuyendo el pro- blema critico de su coherencia. Un modelo sincrético trata de mezclar y conciliar tales elementos, aunque disimulan- do, con artificios de presentacién, ciertos puntos de in- coherencia. Un modelo sintético procede de un examen critico del saber establecido; formula de nuevo y de un modo tan riguroso y coherente como le es posible los elementos cuya solidez y pertinencia haya experimentado esta critica; luego le afiade elementos nuevos. Es posible discernir esas distintas clases de modelos gracias a una prueba que podriamos denominar «la prueba de las reac- 8. Charles Pésvy, en su estilo tan propio, habia mostrado muy bien esta diferencia; cf. De la situation faite a I'histoire et 4 la sociologie dans les temps modernes, en los «Cahiers de la Quinzaine», VIIT-3, 4XI-1906 (reproducido en Charles Pécuy, Si- tuations, Gallimard, 1940, pp. 22-27). 24 Ni que decir tiene que la densidad social, output del sistema ecoldgico, varia en funcidn de los inputs que este sistema recibe del sector técnico del sistema cultural: los progresos alcanzados en los medios de transporte y de telecomunicacién permiten superar los «obstdculos natu- rales», reducir las distancias, multiplicar los contactos, acelerar la circulacién de los mensajes. Constatamos no obstante, en las sociedades mds «modernas», que las téc- nicas no bastan para asegurar una comunicacién efectiva entre las personas y los grupos. Quienes viven juntos experimentan a menudo la dificultad de comprenderse, de «hablar el mismo lenguaje» 0 incluso de tener algo que decirse, porque los separan unas distancias o unas segregaciones sociales debidas a las diferencias de sus niveles de instruccién, a sus oposiciones ideoldgicas, a la diversidad de sus jerarquias de valores. La superabun- dancia de los mensajes difundidos gracias a las técnicas de propaganda y de publicidad produce asimismo unos efectos de saturacién que hacen insignificantes gran nu- mero de tales mensajes. La densidad social es el resultado de un conjunto complejo de procesos en el seno del siste- ma ecoldgico, procesos que a su vez se hallan determina- dos por lo que el sistema recibe de su entorno econémico, politico y cultural. Los recursos y los apremios ecolégicos aparecen de un modo particularmente patente en las sociedades que, por su modo de subsistencia y las variacoines del clima, se hallan sujetas seguin las estaciones del afio a alternativas entre un perfodo de dispersién y un periodo de reunién. As{ son los esquimales,* pero también los cheyennes de Ja pradera norteamericana y diversos pueblos pastores del alto Nilo (dinka, mandari, nuer). Para perseguir a la frangaise, A. Colin, 1958, tomo I, pp. 12 y 20. Este texto evidencia no sélo los apremios ecolégicos, sino también los apremios cul- turales. 28. Marcel Mauss y H. Beuctzat, Essai sur les variations saison- nidres des sociétés eskimos: étude de morphologie sociale, en «Année Sociologique», IX, 1906. 79 caza pequefia, los cheyennes se dispersaban en invierno en pequefias bandas némadas, que asociaban algunas gran- des familias. Luego, durante el verano, se reunian todos de nuevo en el gran campamento. Esta alternancia impo- nia que sélo en verano pudieran adoptarse decisiones con- cernientes a toda la tribu. Entonces se reunia el Gran Consejo de los cuarenta y cuatro jefes, que era a la vez tribunal supremo de justicia, asamblea legislativa y poder director de las grandes empresas colectivas como las expediciones guerreras, las negociaciones de paz, las fes- tividades tribales y la gran caza del bisonte que cerraba el ciclo en otofio. La reunién anual hacia posible una movilizaci6n de toda la poblacién para dirimir los asuntos importantes y emprender las acciones que interesaban a Ja sociedad global. Para las sociedades modernas, Durkheim consideraba que la reunién de la poblacién en aglomeraciones urbanas constituye un factor «material» de la densidad social por Ja misma razén que lo constituyen el acrecentamiento del ntimero y Ia rapidez de los medios de comunicacién. No cabe duda de que Ja urbanizacién ha favorecido la circulacién de los mensajes al mismo tiempo que el inter- cambio de bienes 0 servicios y los contactos sociales en general. El andlisis comparativo verificarfa probablemente la hipétesis segin la cual los sistemas politicos de las sociedades fuertemente urbanizadas disponen de mayores recursos (es decir, de una mayor variedad en sus posibi- lidades de decisién) que las sociedades rurales. Tanto en las sociedades antiguas como en las naciones europeas, el crecimiento urbano ha corrido parejas con el desarrollo del poder politico. En la Historia de la civilizacién fran- cesa de Georges Duby y Robert Mandrou, el capitulo con- sagrado a la reunidn de la poblacién operada durante el periodo de los Capetos (1180-1270) —capitulo que nos muestra cémo la realeza y los grandes principados (Flan- des, Borgofia, Saboya, Provenza) pusieron fin al desmenu- zamiento del «feudalismo politicom— comienza descri- biendo la pujanza alcanzada por las ciudades. Por el contrario, en el capitulo siguiente, que nos habla de los 80 siglos xiv y xv, la descripcién del declive de la vida urbana precede a la descripcién de la crisis de la autoridad real.” Sin embargo, las grandes aglomeraciones urbanas, en las sociedades muy industrializadas actuales, parecen imponer cada vez mayores apremios, suscitar cada vez mayores demandas y procurar cada vez menores recur- sos tanto al sistema politico como a los sistemas eco- némico y cultural. P.-H. Chombart de Lauwe nos muestra cémo las transformaciones de las técnicas de produccién, comunicacién y administraci6n ponen en cuestién las «funciones urbanas» tradicionales, puesto que las técnicas modernas ya no exigen tanto como an- tafio la concentracién de Ja poblacién en el espacio.” Georges Lavau prevé, para dentro de una treintena de afios, una urbanizacién «menos densa, menos concen- trada, mucho més extensa, por lo menos si se logra resolver el problema de los transportes urbanos».! ¥ el socidlogo Placide Rambaud analiza los procesos de urbanizacion de la sociedad rural, a través de los cua- les «una sociedad trata de comprenderse e inventarse en Jos términos de un verdadero desarrollo, que la con- ducir a no ser ya ni rural ni urbana en el sentido que hoy dia damos cominmente a tales palabras».” Incluso 29. G, Dusy y R. MANDROU, Histoire de la civilisation francaise, pp. 131-162, 203, 288. 30, «En la actualidad, con la televisién y todos los medios de comunicacién de masa, con la posibilidad de utilizar un terminal de ordenador en lugar de ir a buscar personalmente los resulta- dos solicitados, etc., ¢resulta igualmente necesario que los hom- bres vivan reunidos en las ciudades?» P-H. CHOMBART DE LauWeE, «La ville, unité politiques, en L’homme et ta ville dans le monde actuel, Desclée de Brouwer, 1969, p. 56. 31.” Georges Lavau, «Le probléme urbain et I'aménagement du territoires, en ibid,, p. 101. Este autor considera prospectivamente averdaderas nebulosas urbanas que se extienden sobre un espa- cio muy considerable» (p. 103). El abandono de la ciudad por par- te de los hombres constituye el tema de la primera de las ocho narraciones que forman la novela de anticipacién de Clifford Staak, City (trad. francesa, Demain les chiens, Club frangais du Livre, 1953), 32. Placide Rampaup, Société rurale et urbanisation, Editions du Seuil, 1969, p. 260. 81 HIS 131. 6 si una mutacién del sistema ecoldgico acaba por borrar asi la distincién entre la ciudad y el campo, los centros de decisién politica continuaran localizados en el espacio y a los especialistas de la «disposicién de] territorio» se- guird preocupdndoles la misma cuestidn: ¢Cual es la dis- tribucién de los lugares de decisién que, a un sistema politico moderno, le ofrece los mayores recursos y los menores apremios? Mucho més claramente aun que en las sociedades Ilamadas «postindustriales», el crecimiento urbano de los paises «subdesarrollados», muy desfasado respecto a su crecimiento econémico,” impone a los sis- temas politicos de estos paises muchos mas apremios que no le proporcionan recursos. La tendencia a «huir hacia adelante» que, en numerosos casos, caracteriza lo que sale de tales sistemas, se explica en gran parte por los apremios ecoldgicos. La idea de que del sistema econémico proceden ciertos recursos y ciertos apremios politicos, ya es sin duda familiar al lector de este libro. Las variaciones sobre el tema ideoldgico de la relacién que media entre la inde- pendencia politica y la independencia econémica en los nuevos Estados del «tercer mundo», las discusiones sobre Ja fiscalidad, sobre la evasion de capitales, sobre el mar- gen de opcién dejado a los gobiernos de Europa occiden- tal por el sistema monetario internacional y la expansion de las grandes empresas multinacionales, los debates acer- ca de las condiciones econémicas en las que se ha desa- rrollado el «estalinismo» en la URSS o el nazismo en Alemania han vulgarizado un cierto numero de conoci- mientos mas 0 menos vagos sobre este aspecto de la conexién existente entre un sistema econédmico y un sis- tema politico. Tomar decisiones reguladoras y hacerlas 33. «Se ha podido demostrar precisamente que, a diferencia de la Europa del siglo pasado, en la que los campesinos comen- zaron a afluir a las ciudades después de haber aumentado la pro- ductividad agricola, los paises africanos (y lo mismo ocurre en otros paises subdesarrollados actuales) acusan un poderoso éxodo rural antes de todo aumento de la produccién rural» (Albert Metster, L’Afrique peut-elle partir?, Editions du Seuil, 1966, p. 138). 82 cumplir, asegurar los servicios publicos o realizar traba- jos publicos, emprender acciones colectivas tales como guerras (y las reconstrucciones que les siguen), conquistas coloniales, ejecucién de planes de desarrollo, «revolucio- nes culturales», etc., son otras tantas operaciones costosas en las que se consume parte del producto social y se moviliza parte de la fuerza de trabajo socialmente dispo- nible. Todo poder politico, por escasamente organizado y especializado que se halle, impone unos impuestos, exige unos tributos, unas cargas o unas prestaciones persona- Jes En el reino zulti de Shaka, lo mismo que bajo el imperio romano, en la monarqufa francesa o en el Estado soviético, la administracién y el ejército absorben la fuer- za y el tiempo de trabajo de gran numero de personas. Quiz4s, en las sociedades modernas, no es imposible evaluar el coste del equipo y del funcionamiento del con- junto del aparto del Estado y de las otras organizaciones o instituciones politicas (partidos, grupos de presién, etc.), es decir, la parte de la renta nacional que recibe el sistema politico. Incluso en los regimenes socialistas, esta parte es probablemente mayor que en Jos tiempos en que Marx describia «este poder ejecutivo, con su inmensa organiza- cién burocratica y militar, con su mecanismo estdtico complejo y artificial, su ejército de funcionarios de medio millén de hombres y su otro ejército de medio millén de soldados, espantoso cuerpo parasitario que recubre como una membrana el cuerpo de la sociedad francesa y obtura todos sus poros...».> La cuestién estriba en saber si las sociedades industrializadas, cualquiera que sea su régi- men, pueden prescindir de esta «membrana» sin correr el riesgo de desintegrarse. Pero por grandes que sean los recursos que el sistema politico extrae del sistema eco- némico, no son ilimitados. Ningin Estado moderno se halla exento de «apremios presupuestarios», que siempre 34. Sobre la sociologfa y la historia de la fiscalidad, I¢anse las obras de Gabriel ARDANT, Théorie sociologique de l'impét, Impri- merie Nationale, 1965, Histoire de l'impét, Fayard, 1971. 35. Karl Marx, Le dix-huit Brumaire de Louis Bonaparte, Edi- tions Sociales, 1945, p. 89. 83 cabe oponer a ciertas demandas de gastos publicos, inclu- so cuando pueden discutirse las opciones que deciden las asignaciones de créditos. Y todo jefe de gobierno se ve en la precisién de dirimir por un «arbitraje presupuesta- rio» las discusiones entre sus ministros. Ademas, los sis- temas politicos se hallan expuestos a otros apremios de origen econdmico, que no son Ia limitacién de los recursos del presupuesto del Estado 0 de los otros érganos de la vida politica. En régimen capitalista, la politica del go- bierno debe salvaguardar la «confianza» de quienes deten- tan el poder econémico para evitar la evasién de capitales y la tesaurizacién. En régimen socialista, los apremios son impuestos por la inercia y la rigidez de los aparatos de produccién y distribucién, por la debilidad de los estimu- lantes de la iniciativa en los dirigentes de empresas y de la produccién en los trabajadores, y asimismo por las exigencias del comercio exterior tanto en relacién con los otros paises socialistas como con los paises de régimen capitalista.* El coste econémico del sistema politico, por rudimen- tario que sea, a veces es relativamente tan elevado en ciertas sociedades Ilamadas «arcaicas» como en las so- ciedades «modernas». Hoebel, por ejemplo, nos ha mos- trado cémo, en Ia civilizacién tradicional de los ashanti del actual Ghana, «se ha formado alrededor de los prin- cipales jefes y del rey una clase de burécratas reales para administrar ]a nueva maquina politica», después que el jefe de Kumasi hubo establecido su supremacia.” En los distritos Azandé del Africa central, la casta dominante (econémicamente) y dirigente (politicamente) de los avun- gura, eximida de todo trabajo productivo excepto la caza, imponia arbitrariamente unos tributos y unas prestacio- nes de servicios al resto de la poblacién y acaparaba el 36._En la medida en que estamos informados de lo que ocurre en China, parece ser que el régimen maoista, que posee la ven- taja de un inmenso mercado interior, ha tratado de reducir estos apremios gracias a la movilizacién de unos recursos culturales. 37. E. A. HoeBeL, The law of primitive man, a study in compa- rative legal dynamics, Harvard University Press, 1954, p. 232. 84 monopolio del comercio del marfil. Incluso en las aldeas ojibwa de la regién de los grandes lagos americanos, des- provistas de un «gobierno» especializado, los magos de la cofradfa del Midewiwin, que debian comprar su inicia- cién y su promocién a los grados jerarquizados de este grupo privilegiado, se hacfan pagar sus servicios a un precio muy elevado; y el temor de su poder magico suplia en parte, en los procesos de regulacién social y de accién colectiva, la ausencia de una organizacién propiamente politica. Asf, en la mayor parte de las sociedades humanas conocidas, el sistema politico, cualquiera que sea su grado y su organizacién, absorbe siempre, bajo una u otra for- ma, una parte m4s o menos importante, pero nunca des- defiable, de los recursos en bienes y servicios producidos por el sistema econémico. Pero estos recursos «materiales», ciertamente indis- pensables, no son suficientes. El funcionamiento de un sistema politico utiliza asimismo ciertos recursos que un vocabulario metafisico calificaria de «espirituales». Tales recursos proceden de lo que sale del sistema cultural. Auguste Comte insistfa en la importancia que reviste el «poder espiritual» en la vida social y politica, Kar] Marx en la de las «superestructuras ideolégicas», y Emile Dur- kheim en Ia de Jas «representaciones colectivas». La cul- tura de una agrupacién humana es el conjunto del saber, la habilidad, los signos y simbolos (empezando por el lenguaje), las creencias, las normas y los valores trans- mitidos a los miembros de este grupo por los procesos de innovacién. Para la comodidad del anilisis es util dis- tinguir, entre los recursos y los apremios que el sistema politico recibe del sistema cultural, tres categorias distin- tas: los recursos y apremios lingiifsticos y simbélicos, los recursos y apremios cientificos y técnicos, los recursos y apremios ¢ticos e ideolégicos. En 1949, Harold D. Lass- well, N. Leites y sus colaboradores consagraron una obra importante al Lenguaje de la politica. Al proponer una técnica nueva (el andlisis del contenido), abrian la via a los estudios de semantica (hoy diriamos: semiologia) politica, centrados en el andlisis comparativo de los tér- 85 minos y de los simbolos por los cuales se expresan las doctrinas politicas y se efecttia la propaganda politica: «Parte de los cambios operados por el poder se han pro- ducido por el uso del lenguaje, y uno de nuestros come- tidos estriba en integrar la teoria especial del lenguaje en politica a la teorfa general del poder.» * Excesivamente escasos son los investigadores que, en Francia, se han orientado en esa direccién.” Y, sin embargo, no cabe duda de que el discurso desempefia un papel importante en la practica del arte politico. Entre los indios cuna, el sistema cultural reserva al jefe y a sus intérpretes el privilegio de ser iniciados al lenguaje esotérico en el que el jefe canta solemnemente los mitos y Jas reglas tradicionales en presencia del pueblo reunido en asamblea. En las islas Samoa, los notables (matai) eran asistidos por oradores especializados en el conocimiento de las costumbres y genealogias, los cuales estaban encargados de hablar en nombre de los notables. Y Maurice Leenhardt ha escrito que el jefe canaca es «el depositario de la palabra del clan... La palabra del jefe interviene siempre que, en el clan, es necesario indicar el sentido profundo de una accién y corroborar el sentimiento de todos».” Apenas es necesario evocar a los oradores de la Revolucién France- sa, las proclamas de Bonaparte y, més préximos a noso- tros, los discursos y los escritos de Lenin, Hitler, Mao Tse- tung y el general De Gaulle. ¢Qué seria de la politica sin los recursos del lenguaje? Pero éste entrafia asimismo fuertes apremios. El «lenguaje de la politica» es de los més estereotipados. Es posible descubrir una propaganda, desenmascarar un partidario gracias a las imagenes este- reotipadas (a los «simbolos clave», decia Lasswell) de que maquinalmente se sirve. Desde luego, el simbolismo poli- 38. Lenguaje of politics, studies in quantitative semantics, edit. por H. D. Lassweit y N. Leites, Nueva York, George W. Stewart, 1949, p. 19. 39. Es preciso citar, sin embargo, a Jean-Marie Corterer y René Morzau, Le vocabulaire du général De Gaulle, A. Colin, 1969. 40. Maurice Leennarpt, Do Kamo, la personne et le mythe dans le monde métanésien, Gallimard, 1947, pp. 152-177. 86 tico no se reduce a los signos lingiifsticos. Comprende asimismo todos los demas simbolos, como banderas, em- blemas, insignias, composiciones musicales (La Marselle- sa, La Internacional), cuya significaci6n no puede ser explorada, en general, sin recurrir al psicoanilisis." Las mds de las veces, el sistema politico no se beneficia directamente de los nuevos recursos que ofrecen los des- cubrimientos cientificos y los inventos técnicos, sobre todo en los dominios de los medios de comunicacién y del manejo de la informacién, cuya importancia es enorme para los procesos de decisién. Los instrumentos nuevos sélo son utilizables si, después de inventados, son produ- cidos por el sistema econémico, y sabido es el retraso a veces considerable que separa el momento del descubri- miento o de la invencién del momento de Ja aplicacién o de Ja fabricacién. Sin embargo, ciertos conocimientos cientfficos entran directamente en un sistema politico su- ministrandole unos recursos. La propaganda moderna uti- liza un saber bioldgico y psicolégico.” En la medida en que existe verdaderamente la ciencia politica, quienes detentan el poder politico y quienes Juchan para apode- rarse del mismo encuentran en tal saber unos recursos para analizar las situaciones y hacer mas eficaces la estra- tegia y la tactica de su lucha politica. Claude Lévi-Strauss, en El pensamiento salvaje, nos ha mostrado la extensién y la precisién de esta «ciencia de lo concreto» que ocultan los mitos y la magia de las sociedades arcaicas, sus siste- mas de clasificaciones conscientes, complejas y coheren- tes.” Es raro que las personas 0 los grupos que sobresalen en esta clase de saber no desempefien unos papeles im- 41, Jean Pivasset, Essai sur ta signification politique du ciné- ma, Editions Cujas, 1971, nos ofrece unas indicaciones interesantes sobre el simbolismo politico de los films, sobre todo, en la wltima parte de la obra, pp. 509-389. 42. En Francia, los partidos politicos, para sus campuiias elec- torales, recurren cada vez mis a los servicies y a las técnicas de las empresas especializadas en publicidad, que ponen en pr: tica este saber. 43. Claude LuvrSrravss, La pensée sauvage, Plon, 1962, p. 87 portantes en el sistema politico de esas sociedades. Los nele de los indios cuna (sabios, magos, curanderos, adivi- nos), gracias a un largo y dificil aprendizaje, que pone a prueba sus capacidades de memoria y de juicio, adquieren una competencia que los cualifica para ser elegidos jefes de su aldea. Incluso en las sociedades desprovistas de poder politico especializado, el saber y la habilidad con- fieren un ascendiente o una influencia a ciertas perso- nas, como asi lo atestigua este retrato del esquimal Ik- pahuak que debemos a D. Jenness : «Su dignidad personal, su sagacidad y sus proezas de cazador le aseguraban la posicién mds eminente entre los indigenas de la regién. No posefa ni poderes delegados, ni autoridad establecida, pero sus consejos tenfan siempre el mayor peso y sin cesar se solicitaba su parecer acerca de todas las cuestio- nes importantes.» 4 Es suficientemente conocido el papel politico desempefiado por los clérigos en las monarquias feudales europeas, por los letrados en Ja China de los Han, por los monjes-estudiantes budistas en el Japén de la era de Taikwa (siglo vi1). No se debe al azar el que la historia del pensamiento politico occidental se inicie con un debate acerca de la educacién, debate que opone la ensefianza de los sofistas, puramente retérica y fundada sobre el arte de persuadir, es decir, de hacer prevalecer su opinién, a la ensefianza filoséfica de la Academia pla- tonica, fundada sobre la busqueda de un conocimiento verdadero de la naturaleza de las cosas sociales.* Saber calcular, razonar, prever, no es menos ttil para tomar de- cisiones que la elocuencia convincente lo es para tomar 44. Diamond Jexness, The life of the Copper Eskimos, en Report of the Canadian Arctic Expedition, 1913-1918, vol. XII, Ottawa, 1922, pp. 93:94. 45. PLatox, La repriblica, II, 377d-383d; III, 3860-410c; IV, 4235e-427b; VI, 502d -524e; VII, 522c-539d. En el libro III de las Leyes (693c- 695), Platdn reprocha a Ciro y luego a Dario que no ndido la «verdadera educacién» que debian dar a mados a reinar después de ellos (Cambises y Jer- Jes) y que los hayan dejado «entre las manos de unos educadores que eran mujeres y cunucos», los cuales los corrompian «por la Jlamada felicidad». 88 el poder. Ni Sully, ni Colbert, ni Lazare Carnot eran gran- des oradores. En los Estados modernos de los paises in- dustrializados, cuyo subsistema pedagégico tiende cada vez mds a hacer prevalecer las mateméticas sobre la retérica, los «expertos», que detentan la informacién y la competencia técnica, desempefian un papel cada vez mds importante en los procesos de decisién politica. E] sistema cultural no proporciona unicamente al sis- tema politico el conocimiento cientffico-técnico y la com- petencia adquirida, gracias a la educacié6n, al aprendizaje, a la experiencia, por ciertas personas o ciertos grupos que detentan la informacién util. El sistema cultural produce también creencias, normas y valores. Las religiones, las filosoffas, las ideologias, los habitos y las costumbres cons- tituyen asimismo otros tantos outputs del sistema cultu- ral. Y el sistema politico encuentra en ellos algunos recursos, al mismo tiempo que sufre sus apremios. Ciertas crencias, normas y valores difundidos por la educacién y la propaganda, admitidos o profesados por ciertas per- sonas © ciertos grupos, facilitan el funcionamiento del sistema polftico y le aportan un sostén; otros, por el contrario, le oponen unos obstaculos o les imponen unos Ifmites.* David Easton ha desarrollado extensamente este argumento: las autoridades no podrfan transformar las demandas en decisiones obligatorias ni hacer aplicar estas decisiones, si no estuvieran sostenidas por los miembros de la comunidad politica (personas o grupos) que en ella desempefian un papel efectivo o que en ella ejercen una influencia real. Luego Easton distingue dos clases de sos- tén (support) politico: el sostén «especifico», que varfa en funcién de las satisfacciones aportadas por las deci- siones publicas a las demandas particulares formuladas 46. Alain TouraINe, en su Sociologie de I'action (Editions du Seuil, 1965), insiste, con razén, en el car4cter estimulante, dinami- zante de las «orientaciones normativas»; pero las hipostasfa en una entidad metafisica, «el sujeto histérico», especie de deus ex machina con el que sustituye, para hacer frente a las necesidades del anilisis accionalista, los actores concrctos de los procesos so- ciales. 89 por los diversos miembros de la comunidad politica, y el sostén «difuso», que constituye una especie de depésito de actitudes favorables a las autoridades, al régimen y a la misma comunidad politica, y predispone a considerar las decisiones pol{ticas como obligatorias incluso cuando no son satisfactorias. El sistema politico utiliza esta re- serva de sostén en los momentos en que las decisiones tomadas exigen de ciertos grupos o de ciertas categorias sociales unos «sacrificios», unas «concesiones», es decir, la persistencia del sostén a pesar de las frustraciones. En efecto, en tal situacién, la alternativa es clara para quie- nes detentan el poder; o bien tienen que apelar a ese sostén «difuso», o bien tienen que recurrir a los medios de coercién. Lo que D. Easton denomina «sostén espectf- fico» depende de unos procesos retroactivos que estudia- remos mas adelante. Pero lo que este autor designa con Ja expresién de «sostén difuso» constituye un recurso que el sistema cultural ofrece al sistema politico, porque la acumulacién de esta reserva de sostén se efectua en tres formas distintas: 1. Se inculca a los miembros de la comunidad politica una fuerte creencia en la legitimidad de las autoridades y del régimen. En un vocabulario distinto del que utiliza Easton, podriamos decir que se trata de un reforzamiento del lealismo gracias a la difusién de una ideologfa legi- timante. 2. Se inculca a los miembros de Ja comunidad politica la norma de la prevalencia del interés general sobre los intereses particulares, y los valores que confieren un con- tenido a Ja nocién de interés general. Es el reforzamiento del civismo gracias a la difusién de la ideologia del con- senso o del «bien comin». 3, Se asegura la identificacién de los miembros con la comunidad polftica mediante la repeticion y la exalta- cién de los simbolos de esta comunidad. Es el refor- zamiento del patriotismo gracias al simbolismo ceremo- nial de la pertenencia a la sociedad global. 90 Estos tres reforzamientos constituyen otros tantos pro- cesos culturales que forman una de Jas modalidades prin- cipales de lo que podriamos denominar el aprendizaje de la vida social (en inglés, socialization): la educacién politica (en inglés, political socialization). En los ultimos quince afios, se han llevado a cabo numerosas investiga- ciones sobre este modo de interaccién entre el sistema cultural y el sistema politico: por una parte, las ideolo- gias de la legitimidad y del bien comin, asi como la simbélica de la patria, salen del sistema cultural para entrar como recursos en el sistema politico; por otra parte, ciertas decisiones que salen del sistema politico afectan ya directamente, ya indirectamente por sus reper- cusiones, los procesos culturales de formacién y refor- zamiento de las creencias, normas, valores y simbolos que forman estas ideologfas. Los resultados de tales investi- gaciones tienden a mostrar unas diferencias caracteristi- cas entre los sistemas culturales de los pafses occidentales de régimen capitalista, pero asimismo, en todos los casos, la precocidad del aprendizaje de los elementos afectivos del «sostén difuso».” Preocupado sobre todo por el problema de la persis- tencia de los sistemas politicos, Easton ha concedido una importancia privilegiada a los recursos de origen cultural que son movilizados y utilizados por las autoridades para 41. David Easton, Systems analysis, pp. 268340, Sobre la edu- cacién politica, cf. Herbert H. Hyman, Political socialization, Glen- coe, Ill, The Free Press, 1959; D. Easton y R. Hess, «Youth and the political system», en Culture and social character, edit. por Lipset y LoWENTHAL, The Free Press, 1961; R. Hess y J. TORNEY, The development of political attitudes in children, Chicago, Aldine Press, 1967; Fred I. GREENSTEIN, Children and politics, Yale Uni- versity Press, 1965; C. Rote y F. BILtoN-GraNo, La socialisation po- litique des enfants, A. Colin, 1967; J-W. Lavterre y G, Norzet, Les jeunes francais ct ta vie civigne, cn «Revue Eransaise de Pé dagogie», mim. 8, 1969, pp. 12-28; R. E. Dawson y K. Prewitt, Poli- tical socialization, an analytic study, Boston, 1969. Sobre la inter- accién entre la cultura y la politica, cf. L. W. Pye y S. Veraa, Poli- tical culture and political development, Princeton University Press, o1 mantener el caracter obligatorio de sus decisiones y ase- gurar su ejecucién, obteniendo as{ la obediencia a las ordenes sin recurrir a la coercién. Pero ciertos recursos culturales son utilizados asimismo en los procesos de competicién de las demandas, antes de la decisién: los partidos, grupos de presién, facciones, linajes, clanes, et- cétera, movilizan unas «ideas» para sostener las deman- das que ellos intentan hacer prevalecer en las decisiones a tomar. La competicién de las demandas es asimismo una «batalla ideolégica». Ningtin poder politico, aunque sea formalmente «absoluto», puede dejar de tener en cuenta, en el momento de la decisién, las resistencias y las hen- deduras ideolégicas. Aunque las posibilidades de innova- cién cultural y, por consiguiente, la pluralidad de las corrientes de opinion, de las morales, de las religiones, de las filosoffas, etc., varian mucho segun las sociedades, ni siquiera en las sociedades més arcaicas existe una cultura absolutamente uniforme y monolitica, desprovista de toda diversidad y de toda oposicién ideolégica.* La extension y la intensidad de esas hendeduras de origen cultural, que limitan la comunicacién, hacen mas dificiles de adoptar y ejecutar las decisiones y deben considerarse como apre- mios impuestos al sistema politico, cuyas posibilidades limitan, restringiendo al mismo tiempo la reserva de «sos- tén difuso». En las paginas precedentes, hemos explorado el domi- nio de los recursos y los apremios que proceden del entorno intrasocietal, es decir, de los otros sistemas so- ciales de la misma sociedad global. Pero todo sistema politico, aunque sea el de una sociedad casi cerrada, recibe asimismo unos recursos y sufre también unos apremios procedentes de los sistemas sociales extrasocietales. La presién demogrdfica en el interior de un pais puede cons- 48. A la luz de la antropologia politica, las sociedades Ilamadas arcaicas «ya no pueden ser consideradas como sociedades unani- mistas —de consenso obtenido mecénicamente— ni como siste- mas equilibrados, escasamente afectados por los efectos de la entropia» (Georges Bataxoier, Anthropologie politique, p. 220). 92 tituir una amenaza, es decir, una especie de apremio, para sus vecinos e incluso para los pueblos lejanos. Las empre- sas guerreras o coloniales, llevadas a cabo en nombre de Ja reivindicacién del «espacio vital», son acciones colecti- vas que constituyen una de las soluciones posibles de los problemas planteados por una relativa sobrepoblacién unida a una crisis del sistema econdémico. La Italia fas- cista, al emprender la conquista de Etiopia, ilustra bas- tante bien este caso. En un pasado mis lejano, las grandes invasiones y migraciones de los pueblos contribuyeron en gran parte a la transformacién, a la desaparicién o a la integracién de gran numero de sistemas politicos. De to- dos son conocidos los apremios que las invasiones «bar- baras» impusieron al imperio romano de Occidente en los siglos 1v y v. Ademéas, aquellas invasiones no siempre eran violentas: cuando los hunos invadieron en el siglo 1v el territorio de los godos en Germania, parte de estos Ultimos fue acogida como refugiados en la orilla derecha del Danubio y enrolada como tropas auxiliares por el emperador Valeriano, Fue, pues, un recurso al mismo tiempo econédmico (mano de obra agricola) y politico (refuerzo militar) para un imperio pobre en hombres, so- bre todo en sus territorios periféricos.” Cuatro siglos mas tarde, nuevas invasiones dislocaron el sistema politico del imperio carolingio en una polvareda de pequefios se- fiorfos feudales prdcticamente independientes. Los apre- mios ejercidos por la expansién del Islam sobre los sistemas politicos anteriores en el Préximo Oriente y so- bre los sistemas politicos europeos entre los siglos vit y x, por las conquistas tartaras sobre los sistemas politicos de Rusia en los siglos x111 y x1Vv, por el imperio turco sobre los sistemas politicos de la Europa oriental a partir del siglo xvi, por la colonizacién espafiola sobre el imperio inca en el siglo xv1, por la colonizacién europea sobre Jos sistemas politicos africanos en el siglo x1x, constituyen otros tantos ejemplos. Las razias de esclavos de los negre- _ 49, Louis HALPHEN, «Les origines asiatiques des grandes inva- sions», en A través U'histoire du Moyen Age, PUF, 1950. 93 ros europeos en Africa occidental y de los negreros arabes en Africa oriental han hecho gravitar durante varios siglos el apremio de un importante despoblamiento sobre los sistemas ecolégicos, econémicos y politicos de estas re- giones. Sin duda, apenas es preciso mostrar extensamente los apremios que las desigualdades de desarrollo acarrean a los sistemas politicos de las sociedades contempordneas.* Las inversiones de capitales extranjeros aportan algunos recursos a los sistemas econémicos de los paises «subde- sarrollados», pero les imponen asimismo ciertos apremios y limitan el poder efectivo, es decir, la variedad de las decisiones posibles de sus sistemas politicos. La ayuda concedida por los paises industrializados en forma de préstamos, dones 0 asistencia técnica constituye un recur- so, que procura los medios de adoptar ciertas decisiones y realizar ciertos proyectos politicos, pero al mismo tiem- po es un apremio que impone ciertas decisiones y ciertos proyectos con preferencia a otros. Por otra parte, las posibilidades de decisiones en el dominio monetario de Jos Estados capitalistas europeos dependen estrechamente de la circulacién del délar americano y de la balanza de pagos de los Estados Unidos. Y las condiciones impuestas por la URSS en sus intercambios con los otros paises socialistas, incluso si provocan crisis politicas en el inte- rior de éstos ultimos, les impiden evolucionar segun cier- tas orientaciones; estos apremios econémicos extrasocie- tales se manifiestan eventualmente por intervenciones militares, como la que tuvo lugar en Hungria en 1956 y en Checoslovaquia en 1968. En el mundo actual, dos sis- temas econémicos internacionales (y quiz tres desde que China ha dejado de depender de la URSS), cuyos regime- nes son distintos, si no opuestos, imponen poderosos apre- 50. Marcel Ruotorr, Economie politique du TiersMonde, Edi- tions Cujas, 1968, pp. 271-377; Celso Furtapo, Développement et sous-développement, PUF, 1966; Luciano Martins, «L’épuisement d'un modéle de changement social: la crise du développementa- lisme au Brésil», en Sociologie des mutations, pp. 451-462. 94 mios hegeménicos a los sistemas politicos de todas las sociedades contempordneas. Las relaciones internacionales no se limitan a inter- cambios de capitales, bienes y servicios. Incluyen asimis- mo una «comunicacién de mensajes», que los mass media facilitan. De ahi se siguen ciertos fenémenos de acultura- cién y asimismo de deculturacién, que han sido objeto de numerosos estudios. La influencia e incluso la domina- cién de una cultura extranjera, al introducir nuevos va- lores, nuevas normas, nuevas creencias, nuevas orienta- ciones ideoldgicas, aporta a los sistemas politicos de las sociedades influidas o dominadas unos recursos (por ejem- plo, unas técnicas en el manejo de la informacién) y al mismo tiempo unos apremios. Ciertas situaciones de ano- mia muy desfavorables a la ejecucién de decisiones poli- ticas, cualesquiera que éstas sean, y muy perjudiciales para lo que Easton denomina el «sostén difuso», proceden muy a menudo de la desvalorizacién de las normas tra- dicionales bajo la influencia extranjera, sin que luego se haya creado un nuevo sistema consistente y adecuado de valores y normas.* Los barrios proletarios de las grandes ciudades africanas 0 asidticas constituyen los lugares pri- vilegiados para esta deculturacién anémica. En la Edad Media, la Iglesia cristiana suministré a los sistemas poli- ticos el recurso de un conjunto de creencias comunes, que facilitaba la comunicacién, y el recurso de un personal de clérigos instruidos, capaces de llevar a cabo las tareas administrativas; pero también les impuso un apremio ideoldgico, simbolizado por la Inquisicién. 51. La anomia es el concepto forjado por DURKHEIM para de- signar la situacién de una sociedad en la que mucha gente no sabe ya qué reglas seguir en su comportamiento social. Segin el libro de DurkeiM sobre La division del trabajo social, la anomia es una crisis de la interaccién entre el sistema cultural, (cédigo ético de Jas normas y valores) y el sistema econdémico (organizacién del trabajo). Léase Francois C11azeL, Considérations sur la nature de Vanomie, en «Revue Frangaise de Sociologie», VIII, num. 2, 1967, y Jean DuvicNaup, «Anomie et mutation sociale», en Sociologie des mutations. 95 Finalmente —last but not least—, el conjunto de los sistemas politicos extrasocietales, sus relaciones de coo- peracién y competicién, sus relaciones de fuerza y sus redes de comunicacién resultan siempre muy apremiantes para un sistema politico dado. Ninguna decisién puede salir de un sistema politico cualquiera, que no tenga en cuenta la coyuntura internacional ni la «estructura» de Jas relaciones existentes entre los otros sistemas politicos que forman parte de su entorno, las alianzas y los conflic- tos de tales sistemas, sus relaciones de dominacién-sumi- sion y las rivalidades que los oponen entre si. Sin duda, es inexacto hablar de un «supersistema» politico mundial, mientras no exista un poder planetario organizado —salvo en la imaginacién de ciertos autores de novelas de an- ticipacién. Sin embargo, algunos tedricos de las relacio- nes internacionales no vacilan en hablar de «sistemas di- plomaticos», incluso de un sistema politico internacional —aunque luego concedan que pueda ser heterégeno e inor- ganizado.* Cierto es que las organizaciones internaciona- les modernas tienden a hacer prevalecer unas reglas de derecho en la cooperacién o en Ia solucién de los conflictos existentes entre los Estados. Pero debido a la ausencia de un consenso minimo sobre la legitimidad de sus decisio- nes y a la falta de los instrumentos de un poder publico superior al poder de los Estados, tales organizaciones nunca han logrado éxitos decisivos. Asif pues, una com- paracién entre varios sistemas politicos que no hiciera referencia a su posicién en el conjunto de las relaciones internacionales descuidarfa seguramente importantes ele- mentos de explicacién. Incluso las sociedades mas «arcai- cas» y mas «cerradas» sostienen relaciones por lo menos con sus vecinos inmediatos. No es posible comprender el sistema econémico ni el sistema politico tradicionales 52. Raymon Aron, Paix et guerre entre les nations, Calmann- Lévy, 1962, p. 103: «Doy el nombre de sistema internacional al conjunto constituido por unas unidades politicas que sostienen entre si unas relaciones regulares y que todas ellas son suscep- tibles de verse implicadas en una guerra general.» 96 de los clanes toda de la India (Kerala) sin tener en cuenta Jas relaciones de intercambio y de poder que existen entre esos criaderos de bufalos y los agricultores balaga o los artesanos kota.” 53, J.-W. Laprerre, Essai sur le fondement du pouvoir politi- que, pp. 264-266. 97 HCS 131.7 Il. La entrada de las demandas y los recursos No basta con que los miembros de una sociedad global formulen o manifiesten unas demandas para que éstas entren efectivamente en el sistema politico. No basta tam- Poco con que su entorno le ofrezca unos recursos para que éstos sean utilizables. David Easton ha puesto de manifiesto el proceso de filtracién que, a la entrada del sistema politico, elimina ciertas demandas y deja penetrar las otras. Y Karl W. Deutsch ha mostrado que no todos Jos recursos potenciales son movilizados y utilizados en todos los momentos. A) La filtracion de las demandas Easton designa con el término pintoresco de «guarda- barrera» (gate-keeper) el papel social que opera en este proceso.' La cantidad y la diversidad de los miembros de la sociedad global que desempefian esta funcién varian seguin los sistemas, porque no siempre se halla especiali- zada ni institucionalizada. El estudio de los diversos mo- dos de filtracion de las demandas constituye un punto importante del andlisis comparativo. En el sistema politi- co francés actual, los «notables» y los elegidos locales, los parlamentarios, los funcionarios que se hallan en con- tacto con los administrados, los dirigentes sindicalistas y los agentes de los «grupos de presién» que estan en con- tacto con los poderes publicos, los «permanentes» de los partidos politicos, ciertas «personas influyentes» que cuen- tan con «relaciones politicas» son los principales agentes de este proceso. Si bien todo ciudadano tiene el derecho 1, D. Easton, Systems Analysis, pp. 86-99. 99 de formular demandas politicas, no todos los ciudadanos tienen el poder de forzar la entrada del sistema y desen- cadenar un proceso de decision. Las voces que, en la con- versacién 0 la discusién en pequefios grupos, expresan unas quejas o unas reivindicaciones son a menudo unas voces que —politicamentc— claman en el desierto. E in- cluso las consignas vociferadas en una manifestacién ca- llejera son filtradas por los organizadores. En numerosas sociedades Ilamadas «arcaicas», el papel de «porteros» del sistema politico constituye un privilegio de los ancia- nos, aunque a veces los jévenes puedan hacer ofr su voz: cada aldea ashanti (Ghana) tenia su asociacién de jévenes, a la que representaba un portavoz en las reuniones del consejo de jefes de linajes. En las sociedades con régimen de partido unico, los cuadros subalternos de este partido, en contacto con la poblacién, son los que detentan el casi monopolio de la filtracién de las demandas. Ademis, este cometido les resulta de mas facil ejecucién debido al do- minio que el partido ejerce sobre todos los medios de informacién y propaganda, la represién policiaca y el miedo de disgustar a las autoridades, circunstancias todas ellas que impiden la formulacién de gran numero de demandas, incluso por parte de las capas o clases sociales que, segtin afirma la ideologia oficial, «estan en el poder»? Los sistemas politicos son mas o menos permeables a Ja demanda. Y esta permeabilidad variable es siempre selectiva. Las probabilidades de hacer entrar sus deman- das en el sistema politico no son iguales para todas las personas y para todos los grupos que forman parte de una sociedad global. De hecho, en numerosas sociedades histéricas o «arcaicas», resulta facil discernir cuales son las categorias étnicas o sociales que politicamente no cuentan y cuyas reivindicaciones son reprimidas por los agentes de la filtracién —salvo cuando logran forzar la 2. Sobre este punto, puede leerse el articulo de James H. OuiveR, Citizen demands and the soviet political system, en «The American Political Science Review», University of Chicago Press, vol. 63, pp. 465475. 100 entrada por la violencia o la amenaza de secesién: los esclavos en las ciudades antiguas y en numerosas socie- dades tradicionales de Africa o de América, la plebe en Roma antes de su secesién en el monte sagrado (493 a.J.C.), los pigmeos en ciertos reinos bantus de la region de los grandes lagos (en Ruanda, por ejemplo), los parias © «intocables» de la India antigua, los judios en numero- sos reinos europeos desde el siglo xvi al siglo x1x, los protestantes en Francia después de la revocacién del edic- to de Nantes, las minorias étnicas en el imperio austro- hungaro, el proletariado «sin patria» en Ia Europa indus- trializada del siglo x1x, los negros en numerosos Estados de los Estados Unidos de América en el siglo x1x y duran- te la primera mitad del siglo xx. Estos hechos indican con bastante claridad que la filtracién de las demandas a la entrada del sistema politi- co, cualesquiera que sean la diversidad y la organizacion de los papeles sociales que la efecttian, se operan a través de un «filtro» que ciertos politicélogos dejan a veces en la sombra:? la estratificacién social, es decir, la division de Ja sociedad global en categorias jerarquizadas («clases de edad», castas, «érdenes» o «estados», clases, capas sociales, etc.). Karl Marx puso en evidencia Ja importancia fundamental que reviste la division de la sociedad capita- lista en clases y traté de explicarla por el modo de pro- duccién. Los marxistas han generalizado —a menudo abu- sivamente— el concepto y las hipétesis vinculados a esta visién. Emile Durkheim, aunque sin emplear la expre: de estratificacién social, la vio como una consecuencia necesaria de la division del trabajo: cuando se pasa de la solidaridad mecanica, que caracteriza a las sociedades en las que la divisién del trabajo es nula o minima, a la solidaridad organica, que procede de una division del trabajo cada vez mas fuerte, las sociedades humanas de- jan de hallarse divididas en segmentos vuxtapuestos y comienzan a serlo en capas jerarquizadas. Max Weber ha 3. Easton no dice nada de todo eso y sélo toma en conside- yacién las shendeduras» socio-politicas cuando habla del sostén. 4ol distinguido tres dimensiones de la estratificacién social, tres suertes de jerarquias relativamente auténomas y en- tre las cuales es posible constatar ciertos desfases mds © menos considerables en numerosas sociedades: la es- tratificacién por el poder econémico (divisién en clases), la estratificacién por el prestigio o el «rango» (escala de «estatutos») y la estratificacién por la participacién en el poder politico (divisién en partidos, de los que unos detentan el poder mientras Jos otros est4n excluidos del mismo). El modelo heuristico que nosotros proponemos invita a pensar que cada sistema social, por la diferen- ciacién de los papeles sociales empefiados en sus procesos internos y por la repercusién de sus outputs en los otros sistemas que forman su entorno, contribuye a estratificar la sociedad global. El lugar que una persona ocupa en el sistema de parentesco y en la escala de las edades (con sus repercusiones culturales: honores debidos a ciertos parientes, prestigio de los ancianos... 0 de Ja juventud —y econémicos: derecho de primogenitura 0, por el con- trario, privilegio de la benjamina en los khasi del Assam, etcétera), el papel que le es asignado por las reglas de alianza matrimonial, la diferencia de los sexos y de los papeles sociales que les son prescritos (con sus repercu- siones econdémicas: divisién sexual del trabajo —y cultu- rales: desigualdad de los sexos) son otros tantos factores de estratificacién que dependen de lo que nosotros hemos llamado el sistema biosocial. Entre los indios yurok de California, el valor de una persona y, por consiguiente, su posicién en la jerarquia social se median por el importe de Ia dote que su padre habia pagado para casarse con su madre, aumentado luego por las posesiones adquiridas por esta persona en el curso de la vida. Si la mataban, el precio de la sangre exigido del homicida por el derecho consuetudinario podia evaluarse asi con mucha exactitud. Manifiestamente, la estratificacion de los yurok era el resultado sobre todo de la interaccién entre su sistema biosocial y su sistema econémico. La posicién que ocupa una familia o un grupo en el espacio natural y social (posicién que implica unas desigualdades de acceso a 102 ciertos recursos tales como los mejores terrenos de caza o las mejores tierras, los manantiales de agua, los climas més favorables, los subsuelos mas ricos en materias pri- mas, las facilidades de desplazamiento y comunicacién, etcétera), la diferencia de los lugares y modos de habita- cién con sus repercusiones econémicas, culturales y poli- ticas, son factores ecoldgicos de estratificacién que, segin Jas sociedades, se traducen en la superioridad jerarquica del centro sobre la periferia, de la ciudad sobre el campo, del norte sobre el sur, de la Ilanura sobre la montafia, de Jas mesetas sobre la costa, etc.‘ El lugar ocupado en el sistema de produccién, la relacién con los medios de produccién y el papel desempefiado en la organizacién del trabajo determinan unas desigualdades de poder econé- mico que adoptan diversas formas segin sean los modos de produccién y los grados de Ja divisién social del tra- bajo: la preponderancia de ciertas personas o de ciertos grupos puede deberse al éxito logrado en la produccién de los medios de subsistencia (los mejores cazadores, los poseedores de la magia agraria més eficaz), a la capacidad de acumulacién de los bienes destinados al consumo os- tentatorio (por ejemplo, en las sociedades de potlatch), por la especializacién en la fabricacién de ciertos instru- mentos o la competencia técnica (tal era el caso en las islas Marquesas), por el dominio del agua y de los medios de irrigacién (como ocurrfa en las «sociedades hidrduli- cas» analizadas por Wittfogel), por la apropiacién privada de Ia tierra en Jas economfas feudales, y de los medios de produccién industrial en las economias capitalistas, por el monopolio de Jas decisiones de inversién y planifi- cacién en las economfas socialistas. La jerarquia de los valores y las normas de preferabilidad, la difusién dife- rencial de las creencias y conocimientos, el aprendizaje selectivo de las capacidades y de los talentos —algunos de los cuales quedan reservados a menudo a los «inicia- 4, El privilegio de la apropiacién de ciertos lugares o de cier- tas vias de comunicacién constituye, en numerosas sociedades hu- manas, tanto el signo como la condicién del poder politico. 103 dos»— salen del sistema cultural y repercuten en su en- torno intrasocietal de tal modo que toda sociedad huma- na conocida, incluso cuando en ellas son minimas las desigualdades de poder econémico, se halla estratificada segtin una escala de prestigio, de dignidad, de honorabili- dad, de respetabilidad o de notabilidad. Finalmente, el mismo sistema politico produce desigualdades de influen- cia sobre los poderes publicos y de participacién en los procesos de decisién, cuyas repercusiones pueden refor- zar o compensar las otras jerarquias sociales. La estratificacién social global es el resultado de la combinacién de estas diferentes dimensiones analiticas, que no se corresponden siempre necesariamente de un modo riguroso, como ya habia observado Max Weber.’ Los desfases entre los sistemas sociales se expresan por ciertos desajustes entre la escala de prestigio o de rango honorifico, la jerarquia genealdégica, la escala de las eda- des las desigualdades de poder econémico o de poder politico. Ademas, la movilidad social, que nunca es nula, pero puede ser minima, permite pasar de uno a otro estrato —en el sentido ascendente o en el sentido descen- dente— a una minoria més o menos numerosa de perso- nas o de grupos. A menudo esta movilidad entrafia unos golletes de estrangulamiento: ciertos pasos son particu- Tarmente dificiles y raros. Cuanto mayor es la correspon- dencia entre Jas diversas dimensiones de la estratificacién social, mayor es el ntimero de estas barreras opuestas a la movilidad y més rigida es la estratificacién. 5. «[Max Weber] distingufa tres érdenes o tres sistemas en el seno de Ja sociedad: el orden econdmico, el orden social y el orden politico o legal. Cada uno de estos érdenes creaba su je- rarquia separada y elegia el campo en el que podia expresarse la forma de poder que le era propia. En realidad, los tres drdenes eran interdependientes... Asf, una posicién «elevada» en la je- rarquia econémica podia favorecer igualmente una posicién «ele- vada» en Ia jerarquia estatutaria; pero no ocurria asi automd- ticamente y en esto estriba lo esencial de la doctrina de Weber» (L. Reissman, Les classes sociales aux Etats-Unis, PUF, 1963, p. 55). 6. Michel Pxunietrt, L’échelle des ages, Editions du Seuil, 1968. 104 Incluso las estratificaciones Ilamadas «naturales» con- sisten en combinaciones especificas de productos (out- puts) y de repercusiones (outcomes) de los diferentes sis- temas sociales. Asi, la estratificacién por sexos (es decir, la superioridad social atribuida a un sexo sobre el otro) —que es la mas general en Ja especie humana— resulta a Ia vez de las reglas de la produccién de la poblacién, de la «circulacién de las mujeres» como agentes de esta reproduccién y de las reglas de filiacién (que distribuyen a los hijos en familias, linajes, clanes, sibs, etc. segin la descendencia paterna o materna); de la divisién del tra- bajo entre los sexos y de los procesos de acumulacién e intercambio de los bienes que constituyen la dote, alli donde ésta existe; de Ja residencia familiar patrilocal o matrilocal; de las normas éticas, creencias religiosas, jui- cios de valores y conocimientos concernientes a la sexua- lidad, las tareas propias a los papeles masculino y feme- nino, los derechos y deberes anejos a la paternidad; de la participacién diferencial de los hombres y las mujeres en el poder politico (derecho de tomar la palabra en las asambleas del linaje o de la aldea, acceso a las funciones publicas, derecho de voto y de elegibilidad, etc.). La es- tratificaci6n por sexos se halla determinada, pues, por unas condiciones biosociales, econémicas, ecoldgicas, cul- turales y politicas. Sin duda es la mds rigida posible: el cambio de sexo es un fenédmeno bioldgico excepcional. Pero, en una sociedad de preponderancia masculina, cier- tas mujeres pueden ocupar una posicién social muy ele- vada, e inversamente.’ La otra estratificacién Hamada «na- tural», a propésito de Ia cual podriamos hacer la misma demostracién de la combinacién de los factores que salen de los diversos sistemas sociales, es la mas flexible posi- ble: cada persona, mientras sobreviva (0 no se deshonre) tiene asegurado el paso de una a otra posicién social al 7. Enel reino de Ankole (Uganda actual), sociedad de prepon- dcrancia masculina, la madre y la hermana del mugabe gozaban de privilegios econémicos, politicos y culturales, mientras que en los iroqueses, sociedad’ de preponderancia femenina, sélo los hombres podian’ser sachems. 105 envejecer* Sin embargo, en ciertas sociedades, es posible observar algunos desfases entre la edad bioldgica y la edad social de ciertas personas que no han superado las pruebas de los ritos de paso o no han podido pagar su precio: aunque envejezcan, permanecen socialmente en una posicién m4s «joven». Esta estratificacién por la edad es muy importante en las sociedades cuyo sistema biosocial es dominante: los ancianos o los primogénitos (0 bien las «matronas»), debido a su posicién en el siste- ma de parentesco y porque las alianzas matrimoniales dependen de ellos, acumulan el prestigio (representan a los antepasados 0 a los dioses), la riqueza (por el juego de las dotes y las prestaciones anejas a las obligaciones de parentesco) y el poder (intervienen para dirimir los conflictos y deciden Ja guerra y la paz). La mayor parte de las sociedades llamadas «arcaicas» son gerontocraticas. Los vestigios del «privilegio de la edad» subsisten en las sociedades modernas, en la medida en que en ellas las actividades se hallan organizadas en «carreras» y, sobre todo, cuando se admite en la funcién publica la regla de la promocién por la ancianidad. La estratificacién por castas es casi tan rigida como la estratificacién por sexos. Tal estratificacién hace que se correspondan con harto rigor una segregacién de las relaciones de parentesco (cada casta es endégama), una segregacién en el espacio social (cada casta pose su aldea o su barrio propio), una division social del trabajo (cada casta tiene su funcién o su oficio propio) y una desigual- dad de poder econémico, una jerarquia de grados de dig- nidad o de «pureza», un privilegio de influencia y de poder politicos para las castas «superiores». Al parecer, este modo de estratificacién caracteriza a unas sociedades en las que es dominante el sistema cultural. En ellas los 8. Esta estratificacién tradicional en los kikuyus de Kenia nos Ja describe Jomo Kexyatta, Au pied du mont Kenya, trad. france- sa, F. Maspéro, 1960, cap. IX, pp. 165-171. 9, Louis Dumont, Homo hierarchicus, Gallimard, 1966, insiste en Ja dimensién cultural de los grados de pureza o de impureza en Ja estratificacién por castas de la India tradicional. 106 cambios en la divisién del trabajo sdlo pueden manifes- tarse por la formacién de nuevas castas o subcastas y la fijacién de su posicién jerarquica entre dos castas pre- existentes. Los historiadores de las monarquias europeas postfeudales nos han descrito a menudo la estratificacién por «érdenes» o «estados», menos rigida que la anterior: una cierta movilidad social es en ella posible gracias a los ennoblecimientos por decisién del principe,” a la aber- tura (estrecha) del alto clero a los plebeyos, a los privilegios y franquicias concedidas por los reyes a sus «buenas ciudades» dirigidas por la burguesia mercantil, al reclutamiento en el «tercer estado» de numerosos agentes del poder real (Colbert), a la formacién de Ia «nobleza toga», etc. Al parecer, el sistema politico es el dominante en las sociedades asf estratificadas." Lo mismo ocurre en las sociedades contempordneas de régimen socialista. Su modo original de estratificaci6n social realiza bastante bien en la practica lo que Max Weber habia concebido ted- ricamente cuando hablaba de la estratificacién por el partido. En efecto, el partido comunista tinico o dominan- te constituye una especie de orden aristocratico, una élite de poder, una minoria privilegiada y estrictamente jerar- quizada en la que no entra quien quiere: la adhesién al partido y el acceso a los grados de su jerarquia (en prin- cipio por eleccién) se hallan estrechamente controlados por los dirigentes y entrafian una severa seleccién. En esta clase de sociedad, la burocracia del aparato de Estado es al partido lo que el clero era a Ja nobleza en la Francia 10. Por el contrario, a finales de la sociedad feudal, la nobleza tuvo tendencia a cerrarse en forma de casta hereditaria. En la Francia de san Luis, la jurisprudencia del tribunal real era for- mal: s6lo era valida la ceremonia de armar a un hombre caballe- ro si su padre o su abuelo en linea masculina ya era caba- lero, Bajo el reinado de Felipe el Hermoso, el rey afirmé su derecho (exclusivo) de ennoblecer a ciertos plebeyos por dispo- sicién de su cancillerfa. I. Esto es Io que se desprende del estudio de Roland Mous- ner, Les hiérarchies sociales de 1450 & nos jours, PUF, 1960, con- sagrado principalmente a las sociedades estratificadas por «ér- denes». 107 del ancien régime. Las «purgas» y las depuraciones, cada vez que uno de los bandos que se disputan la direccién del partido logra eliminar a sus rivales, constituyen los grandes periodos de movilidad social. La «gran revolucién cultural» china parece que ha sido una modalidad singu- lar de este proceso, explicable en gran parte por las ca- racteristicas propias del sistema cultural de China.” La estratificacién por clases caracteriza Jas sociedades en las que el sistema econémico es dominante. Marx ha sido el primero que ha intentado darnos, no una pura y simple descripcién de tales clases, sino una teorfa expli- cativa al analizar las sociedades de régimen capitalista en la Europa del siglo x1x. Sin embargo, el concepto de clase social no es una nocién histérica que designe el timnico modo de estratificacién propio de estas sociedades. Es un concepto sociolégico aplicable asimismo a otras socie- dades histéricas, incluso arcaicas.” Una sociedad se halla dividida en clases sociales cuando en ella unas personas © unos grupos tienen el privilegio de la apropiacién pri- vada de los medios de produccién y, gracias a este pri legio, el poder de explotar el trabajo de las otras personas © grupos desprovistos de tal poder. A su vez, una clase social puede estar subdividida en capas distintas: por ejemplo, en una sociedad de régimen capitalista, la clase lamada «burguesa» (denominacién originariamente ecol6- gica: habitante del «burgo») comprende a capitalistas de 12. Annie Krrtcet, Les comunistes francais, Editions du Seuil, explica claramente la jerarquizacién interna del partido. Sobre China y cl aspecto «tradicional» de su «revolucién cultural», léase L. VANDER-MEERSCH, La Chine a l'heure du IXe Congres, en «Es- Prity, 1969, num. 9; Yamapa Ke1st, Révolution culturelle et tradition chinoise, en «Esprit», 1971, nim. 12; Marthe ENEGELBORGHS-BER- TELS, «Tradition et mutation dans la révolution culturelle en Chine», cn Sociologie des mutations, Editions Anthropos, 1970, pp. 463-479. 13, Por ejemplo, los ifugaos (Filipinas), estudiados por el et- négrafo Roy F. Barton, se hallan netamente divididos en tres cla- ses por el modo desigual de apropiacién privada de los arrozales en terrazas, cf. J.-W. Lapierre, Essai sur te fondement du pow voir politique, pp. 454-455. 108 tierras, capitalistas mercantiles, capitalistas industriales y capitalistas financieros, segun la categoria de medios de produccidn que tienen el privilegio de poseer ; en la clase de los trabajadores asalariados, podemos distinguir a Jos obreros agricolas (jornaleros o permanentes), a los obre- ros industriales (no cualificados 0 cualificados), a los em- pleados (de comercio 0 de oficina), a un «personal de servicio» (peluqueros, mozos de café, etc.), a unos técni- cos, a un personal de encuadramiento (vigilantes, etc. Independientemente de las clases propiamente dichas pue- den existir capas sociales intermedias, muy heterogéneas, que ni forman una sola clase ni otras tantas clases distin- tas (a pesar del nombre de «clases medias» con que a veces se las designa con harta impropiedad): por ejemplo, las «profesiones liberales», cuyos miembros prestan unos servicios y perciben unos «honorarios», los «cuadros su- periores», cuyo trabajo de concepcién o direccién es re- munerado por un «estipendio», los pequefios comerciantes © artesanos, que obtienen sus rentas de los «beneficios» que les reporta su propia actividad, los maestros publicos y privados, los artistas y otros «intelectuales», etc. La estratificacién social por clases es mds o menos flexible, y Ja movilidad social ascendente y descendente pasa por las capas medias de Ja sociedad. La estratificacién social no es un «dato de la experien- cia», inmediatamente observable. Las encuestas pueden mostrarnos ciertamente que, en una poblacién, las perso- nas (o las familias) atribuyen a las demas y a si mismas una posicién social que juzgan superior o inferior a otras posiciones sociales. Pero de tales observaciones no es posi- ble inferir una clasificaci6n aproximativa como aquella en la que desembocaba Lloyd Warner en su estudio de Yan- keeCity: la poblacién se reparte en seis clases —«superior- superior», «superior-inferior», «media-superior», «media- inferior», «inferior-superior» e «inferior-inferior», Nada nos permite saber lo que explica este reparto, lo que constituye la «superioridad» y la «inferioridad», aunque los indicadores sefialados por L. Warner en su «indice de las caracterfsticas estatutarias» (profesién, fuente de in- 109 gresos, tipo de vivienda y barrio habitado) implican una teoria (no elaborada) de la interaccién entre el sistema econémico y el sistema ecolégico de la sociedad america- na." La estratificaci6n tampoco es una pura y simple construccién intelectual, un instrumento de andlisis cé- modo y «operatorio», sino que designa una realidad social inteligible. Asi pues, parece dificil comprender cémo se opera la filtracién de las demandas a Ja entrada de un sistema polftico sin tener en cuenta la estratificacién social —o, més exactamente, las estratificaciones sociales que coexis- ten en la singularidad compleja de una sociedad en un momento determinado de su historia. Exponer, como G. Almond, la «funcién de articulacién de los intereses» o, como D. Easton, la conversién de las demandas en necesidades y su filtracién sin poner en relacién estos procesos con la estratificacién social,’ equivale a privarse de una explicacién fundamental por un «olvido» cuyas motivaciones conscientes 0 inconscientes son faciles de detectar. Todos los grupos, todas las personas que forman parte de una misma sociedad global no poseen las mismas posibilidades de hacer entrar en el sistema politico las demandas que ellos formulan. La hipétesis aqui propuesta es que tales posibilidades son tanto més fuertes cuanto mis alta es la posicién ocupada en la estratificacién social. El corolario es que quienes tienen menos posibilidades de ver entrar «normalmente» sus demandas en el sistema son los mas propensos, en ciertas coyunturas, a manifes- tarlas con violencia para asi intentar forzar la entrada a pesar de los «guardabarreras». La historia nos ofrece numerosos ejemplos de esas explosiones de violencia por 14, Leonard Retssman, Les classes sociales aux Etats-Unis, trad. francesa de H. y M. Lesace, PUF, 1963, pp. 92:98. 15. Easton insiste en los apremios culturales que intervienen en Ia filtracién de las demandas (Systems analyses, pp. 100-116), pero no menciona Ia estratificacién social. Tal término ni siquiera figura en el indice de esta obra. Tampoco el de clase social. Para dar cuenta de «la erosién del sostén», s6lo se habla de las hende- duras debidas a la «diversidad social». 110 parte de los que «no cuentan» politicamente: rebeliones de esclavos en la Antigiiedad, sublevaciones campesinas en Ja Edad Media, motines obreros en la Europa del siglo x1x, sublevaciones de pueblos colonizados como la de Madagas- car en 1947, insurrecciones estudiantiles en el mundo ac- tual. Puede considerarse la estratificacién social como el filtro mismo: determina la manera segun la cual los «por- teros» desempefian su papel, andlogo al de la censura y la represi6n en el sistema psiquico individual segin Freud. T. R. Young sugiere otra analogia cuando la compara a «un sistema de control cibernético que transfiere el orden existente en el dominio econémico al orden de las otras estructuras de una sociedad compleja». Esta hipdtesis, que implica el predominio del sistema econémico, puede ser generalizada: cualquiera que sea el sistema social do- minante, la estratificacién seria el operador del control y la seleccién de las entradas en el umbral de todo sistema social, y no unicamente del sistema politico. Si consideramos ahora las demandas de origen extra- societal, podemos suponer que la capacidad de filtrarlas depende, para cada sistema politico, de la relacién de fuerzas internacionales y, por consiguiente, de los recursos intrasocietales que cada sistema es capaz de movilizar en las empresas colectivas que suponen, para su comunidad politica, el riesgo de enfrentamientos o conflictos con otras comunidades. Los sistemas politicos de las «grandes po- tencias» filtran muy selectivamente las demandas que les egan de su entorno extrasocietal, mientras que a los sistemas politicos de los paises pobres en recursos politi camente movilizables les resulta muy dificil rechazar las demandas de las «grandes potencias» u ofrecer resistencia a sus presiones. Esta desigualdad de poder y la division del mundo (0 de la parte del mundo conocida) en dreas de dominacién (a veces ptidicamente llamadas «zonas de 16, T.R. Youns, Stratification and modern systems theory, en sArchives Européennes de Sociologie», X, 1969, num. 2, p. 329. Este «control» tendria por efecto limitar la entropfa y aumentar eae en ciertos conjuntos de sistemas sociales (pp. 325- 11 influencia») pueden constatarse tanto en las circunscrip- ciones de las islas Trobriand, en los distritos Azandé del Africa central o en las sociedades indias de la América precolombina como en las ciudades e imperios de la Antigiiedad, los sefiorios del feudalismo europeo 0 japo- nés y los Estados modernos. Quizas no estaria desprovisto de sentido hablar asimismo de estratificacién en el domi- nio de las relaciones internacionales, que son esencialmen- te unas relaciones de dominacién-sumisién. Si en la vida social de los hombres existe algo homdlogo a lo que es la jerarquia de los picotazos (peck-order), puesta en evi- dencia por Schjelderup-Ebbe y Guhl en el grupo de las gallindceas, al «derecho de mordisquear» (nip-right) ob- servado por Baerends en ciertos peces en cautividad o a los fenédmenos de dominacién descritos por Zuckermann y Bolwig en las bandas de babuinos, es precisamente en este dominio donde podremos descubrirlo. Hobbes no andaba equivocado cuando sostenfa que las comunidades politicas siguen viviendo entre si en el estado de natura- Jeza, es decir, de agresividad mutua, y cuando mostraba que, «en todos los momentos, los reyes y las personas que detentan Ja autoridad soberana se hallan, a causa de su independencia, en continua sospecha y en la actitud de los gladiadores, con sus armas prestas y la mirada de cada uno fija en el otro». Por lo que se refiere al especialista del estudio del comportamiento animal, Konrad Lorenz, imagina que un observador extraterrestre, si comparase Jas relaciones existentes entre los hombres con las rela- ciones que los animales de otras especies mantienen entre sf, «concluirfa inevitablemente que la organizacién de los hombres posee una gran semejanza con la de las ratas, Jas cuales, en el interior de la tribu, son seres sociables y apacibles, pero se comportan como verdaderos demonios con los congéneres que no pertenecen a su propia co- munidad».” 17, J-W. LarrenrE, Essai sur te fondement..., pp. 190-204; Tho- mas Hosses, Léviathan, trad. Tricavd, Sirey, 1971, p. 126; K. Lorenz, L'agression, une histoire naturelle du mat, Flammarion, 1969, p. 252. 112 B) La movilizacién de los recursos Desde el punto de vista descriptivo, en los Estados modernos los recursos movilizados por la vida politica consisten en la fuerza de trabajo humano invertida, los bienes consumidos y la informacién utilizada: a) por el funcionamiento del «aparato de Estado» (gobierno y érganos legislativos, administraciones y ser- vicios publicos, organos judiciales, ejército, policia); b) por la actividad de las personas y de los grupos mas 0 menos especializados en unos papeles politicos («aparatos» de los partidos politicos y de los grupos de presién, organizaciones de informacién y propaganda po- litica, etc.), Se trata, pues, de la fuerza de trabajo de los gobernan- tes, representantes, consejeros, magistrados, funcionarios, agentes, militares, policias, y de la de los dirigentes, mi- litantes, empleados y miembros activos de los partidos, movimientos, ligas, sindicatos, asociaciones, lobbies, etc. ; de los salarios, remuneraciones y jubilaciones necesarios para mantener y renovar esa fuerza de trabajo; de los inmuebles, instalaciones y dispositivos diversos reserva dos para la puesta en accion de esa fuerza de trabajo, de los capitales invertidos en medios de trabajo (mobiliario, utensilios, maquinas, armamento, aparatos de telecomuni- cacién y de manejo de la informacion, medios de trans- porte y de difusién, etc.) y de su amortizacién; de los bienes consumidos por el funcionamiento de todas estas organizaciones (energia eléctrica o de otra especie, esen- cia, papel, etc.) y de las pérdidas o destrucciones que resultan de la politica exterior (guerras) o interior (mo- tines, sabotajes, etc.). El andlisis del presupuesto del Estado y de los poderes locales permite evaluar en costo monetario el importe de los recursos anuales y la parte de la renta nacional absorbidos por el «aparato de Estado», aunque los docu- mentos de la contabilidad publica estén llenos de obscu- 113 HCS 131. 8 ridades y de sutilezas propias para desalentar todo intento de analisis riguroso. Pero debido a la ausencia de una informacion accesible, resulta mucho mas dificil evaluar el coste de la accién polftica de los partidos, grupos de presién u otros autores no estatales. Y aunque pudiesen conocerse sus presupuestos, seguiria siendo inestimable todo cuanto depende de la actividad benévola (0, en cier- tos casos, clandestina) de los militantes y de la atribucién parcial a unos fines politicos de ciertos medios principal y Oficialmente destinados a otros usos. Finalmente, los recursos de origen cultural (por ejemplo, las motivaciones ideoldégicas 0 el «sostén difuso» producido por la educa- cién civica y reforzado por la propaganda politica) no podrian ser contabilizados en moneda. Acerca de los recursos movilizados por la vida politica de las sociedades distintas de las nuestras, la historia y la etnografia nos ofrecen por Jo menos algunas indicacio- nes. Asi, los politicos de los siglos 1x-xI nos muestran cuales eran, en la Europa occidental, las prestaciones y servicios suministrados por los campesinos a su sefior feudal, duefio del castillo, cuya autoridad «se media por el numero de hombres que mantenia, por las dimensiones de su “‘casa”» —que constituia asimismo su «aparato» de gobierno, de ejercicio del poder de justicia y de autoridad militar." Era preciso subvenir a la construccién y a las reparaciones de] castillo, al sostenimiento de los hombres de armas y de los caballos, asi como el armamento en general. Gutmann nos informa sobre lo que un jefe tschagga (de la actual Tanzania) podia exigir de los jefes de familia para estar en condiciones de dar hospitalidad a su corte de guerreros, que lo protegian y lo asistian en sus funciones judiciales, para sostener a sus siervos y a sus consejeros, y para mantener en buen estado los cana- les de irrigacién, cuyo cuidado le habfan transferido los «duefios del agua» de ciertos sibs. Max Gluckman nos 18 Georges Dusy, L'économie rurale et la vie des campagnes dans U'Occident médieval, Aubier, 1962, t. I, p. 98; cf. asimismo pp. 103106 y 452-460. 114 muestra cémo el rey zuli movilizaba, en forma de pres- taciones de servicios, de tributos y de apropiacién del botin de guerra, la fuerza de trabajo y los bienes necesa- rios para el sostenimiento de sus induna (consejeros-fun- cionarios) y de los regimientos de jévenes guerreros reuni- dos de un modo permanente alrededor de su capital.” Todas estas indicaciones son descriptivas. Desde el punto de vista analitico, que es el nuestro, deberfamos poder medir o estimar la parte de los recursos moviliza- dos por cada una de las categorias o series de procesos que podemos distinguir en un sistema politico. Tal obje- tivo no parece que pueda alcanzarse facilmente en cl estado actual de los conocimientos y de las técnicas de investigacién en sociologia politica. Nos limitaremos, pues, a estudiar mas someramente en los sistemas que se trata de comparar: — cémo son movilizados los actores especializados en. los papeles politicos y que les consagran la totalidad o una parte de su fuerza de trabajo (reclutamiento del per- sonal politico) ; — en qué medida las personas y los grupos son efec- tivamente movilizados, en la competicién politica, para sostener ciertas demandas y constituir unas fuerzas poli- ticas reales (participacién politica); — cémo se efectiia la movilizacién de los recursos de todas clases utilizados por los procesos de competicién y de reduccién de las demandas, en particular cuales son los recursos informacionales puestos en juego para mo- vilizar los recursos energéticos (propaganda politica); — cémo se realiza la movilizacién de los recursos uti- lizados por los procesos de decisién propiamente dichos, antes (procesos de preparacién o predecisionales) y des- pués (procesos de ejecucién o postdecisionales). 19. Max Gluckman, The kingdom of the Zulu of South Africa, en African political systems, edit. por M. Fortes y E, E, EVANS- PritcHarp, Oxford University Press, 1940, pp. 30-32 y 34. 5 Por supuesto, el estudio de la mobilizacién de los re- cursos implica la de los apremios que la limitan. Es raro que un sistema politico movilice todos los recursos po- tenciales, salvo en tiempos de guerra o de grave crisis interna: igual que las demandas, también los recursos son «filtrados» en la entrada del sistema por el juego de ciertos apremios. Seguin Almond, el reclutamiento politico constituye una de las funciones fundamentales y comunes a todos los sistemas politicos” Sin duda es una variable esencial para el andlisis comparativo. Desde Platon y Aristdteles, el modo de designacién de quienes detentan el poder siem- pre ha sido considerado por la filosofia politica como un criterio de primera importancia para la definicién de los regimenes. Y, en efecto, importa saber quién decide y como se tiene acceso al papel de decididor o incluso al de consejero, alto funcionario o «representante-solucién», como dice Haroun Jamous.” Entonces, las cuestiones per- tinentes son éstas: los hombres cuya fuerza de trabajo se halla movilizada total o principalmente por los proce- sos politicos, ¢son seleccionados por los mismos que de- tentan el poder o bien son elegidos por algunos grupos particulares o por el conjunto de la poblacién? ¢Cuales son las modalidades de esta seleccién y cudles son los criterios a los que la misma se atiene? Tal seleccién im- plica siempre una competicién; la lucha para tomar y ejercer el poder se halla estrechamente unida a la compe- ticién de las demandas. De las decisiones politicas —y, por consiguiente, de aquellos que las adoptan— depende la satisfaccién de las demandas a las que confieren un gran valor los grupos, categorfas, capas y clases sociales. Esas decisiones conciernen el conjunto de la sociedad global. La aspereza de las ambiciones politicas corre pareja con la importancia de lo que en las mismas se arriesga. Pero 20, «A functional approach to comparative politics», en The politics of developing areas, p. 31. 21. Haroun Janous, Sociologie de la décision, pp. 5961, 114120, 167-170. 116 las modalidades de esta lucha por el poder son muy dis- tintas segin los sistemas. El andlisis comparativo de los modos de reclutamiento de todos los actores que desempefian efectivamente un papel en los procesos de decisién politica y el estudio de Jas relaciones entre esos modos de reclutamiento y los modos de estratificacién social constituyen unas orienta- ciones de investigacién indicadas por nuestro modelo. Pocos investigadores se han lanzado por esta via, que no obstante se revelaria como muy fecunda para la explica- cién del funcionamiento de los sistemas politicos y de sus cambios.” Podemos formular una hipétesis: en los sistemas politicos de las sociedades més industrializadas, la capacidad de adquirir, detentar, tratar y comunicar Jas informaciones pertinentes es la condicién mayor (pero no exclusiva) del acceso al papel de «representante-solu- cién». Con razén Charles Debbasch ve en ello la base de los privilegios y prerrogativas adquiridos, en el ré- gimen de la quinta Republica, por los «grandes cuerpos» de alta cualificacién técnica de la administracién del Es- tado, en detrimento de los representantes elegidos.* ;No 22. Véase, sin embargo, C. W. Mitts, L’élite di pouvoir, Maspé- ro, 1969; Le élites politiche, Bari, Ed. Laterza, 1961; Robert Datit, Qui gouverne?, trad. BIRMAN y BIRNBAUM, Armand Colin, 1971; T. B. Bortomore, Elites and society, Londres, 1966; Terry CLARK, Community structure and decision-making, San Francisco, 1968; Pierre GREMION, La structuration du pouvoir, Editions du CNRS, 1969; Mattei Docan, Les fili¢res de la carriére politique en France, en «Revue francaise de Sociologie», VIII, nim. 4, 1967, pp. 468 ss. 23. «En la sociedad moderna, el hecho de que la administra- cién se encargue de Jas funciones de informacién y prevision conduce indiscutiblemente a la extensién de sus prerrogativas... Progresivamente se ha ido constituyendo un monopolio de la in- formacién en beneficio de la administracién» (Charles DeBsascit, Liadministration au pouvoir, Calmann-Lévy, 1969, pp. 93 y 94). No todas las administraciones participan por un igual en este monopolio, como asi nos lo muestran J. LauTMAN y J-C. THOENIG en su analisis de los cambios suscitados por Ja planificacién en algunas administraciones francesas (Tendances et volontés de la société francaise, bajo la direccién de J-D. REvxavb, «Futuribles», Seneis, 1966, pp. 237-242). No obstante, el personal administrativo M7 ocurre lo mismo en los otros sistemas que la historia y la etnografia nos permiten analizar? Si, sin duda, pero es la naturaleza de las «informaciones pertinentes» la que varia en razén de la diferencia de los sistemas sociales. En las sociedades Ilamadas arcaicas, el saber religioso y la habilidad magica son tan importantes, para la adqui- sici6n de ascendiente o influencia politica, como los co- nocimientos positivos y la cualidad de experto en las técnicas mas utiles. La banda nambikwara espera de quien la dirige que sepa dénde se hallan los recursos alimenti- cios y cémo pueden superarse las dificultades imprevistas, pero asimismo que sea un buen cantor y un buen bailarin. En las islas Marquesas, los jefes de tribu consultaban tanto a las dos clases de sacerdotes (profetas y maestros de ceremonias) como a los expertos especializados en la construccién de casas y la fabricacién de piraguas. Entre los indios cuna, la principal cualificacién para ser elegido para el desempefio de una funcién publica, incluso la de jefe, era la de ser un buen nele (adivino, mago). Segin Malinowski, en las islas Trobriand todo jefe es mago y todo mago es jefe; sdlo el jefe supremo de distrito «hace la Iluvia», pero cada jefe de aldea asegura por medio de ciertos ritos la fertilidad de las huertas y, en un rango intermedio, los «grandes jefes» no sélo deben poseer una gran piragua para el kula, sino que deben conocer las practicas mdgicas de preparacién de esa gran expedicién maritima. En Buganda, los hijos de las grandes familias emparentadas o aliadas al linaje real eran enviados a la corte del kabaka o del jefe de distrito para iniciarse en Jos asuntos publicos y servir como pajes.¥ Los miembros del clero (en particular los monjes), que posefan el privilegio de la instruccién, constituyeron lo esencial del personal politico del imperio carolingio y de las primeras monarquias feudales. Feclutado por oposicién sigue predominando sobre el personal representativo reclutado por eleccién. 24. JW. Laprerre, Essai sur le fondement..., pp. 206, 272-273, 397 y 483. 118 Pero raras veces la competencia o el dominio de la informacién constituye el unico criterio de seleccién del personal politico. Las relaciones de parentesco, la fideli- dad en las relaciones interpersonales de clientela, la con- formidad con la ideologia dominante, el espiritu de cuerpo perpetuado entre quienes fueron iniciados juntos por cier- tos ritos o se educaron en una gran escuela, Ia solidaridad puesta a prueba con un partido, una faccién o una ban- deria son otras tantas condiciones que, en ciertos siste- mas, pueden determinar el acceso posible a los papeles politicos. En la mayor parte de las sociedades Ilamadas arcaicas, en las que el poder politico se halla poco espe- cializado, la parentela y la clientela constituyen los dos grandes modos de reclutamiento del personal politico, segun unos procedimientos muy variados.* En la Francia del siglo x1, los ministériaux y los officiers, agentes del sefiorio feudal, se reclutaban entre los siervos domés- ticos que habfan sabido ganarse la confianza del sefior. Formaban una «verdadera aristocracia de los siervos», provista de feudos, a Jos que a menudo se afiadian tierras compradas gracias a la riqueza adquirida a expensas de los otros siervos. Cuando cayé en desuso la distincién entre los siervos y los campesinos libres, los ministériaux se reclutaron entre los «hombres limpios» de los detenta- dores del poder politico (el ban). Su cargo acabé por convertirse en hereditario en el siglo x1. Sin tener acceso a la nobleza, esta capa social de los «grandes prebostes» tendié entonces a constituirse en casta cerrada de ple- beyos vasallos de los condes, sefiores feudales y grandes monasterios. «Son verdaderos sefiores», escribe el histo- riador. Y asi se ve entonces a nobles caballeros arruina- dos que compran un cargo de preboste 0 se casan con hijas de preboste que carecen de hermanos.* 25, Asi, en el antiguo reino ngwato de la actual Botswana (Africa del Sur), los jefes plebeyos, clientes del rey, coexistian con los jefes elegidos por el rey en su propio linaje (Ibid., pp. 244.246), 26. Georges Duny, La société aux XI* et XII* siectes, pp. 383 396. 119 En los sistemas contempordneos de régimen de partido unico o dominante, la jerarquia del aparato de Estado y la jeraquia de la organizacién del partido son paralelas y se comunican, pues la primera es el instrumento de la segunda. Para ser reclutado para una u otra y hacer en ellas carrera, es preciso ante todo haber dado pruebas de lealtad y fidelidad al partido («el espfritu de partido») —es decir, de hecho, a la faccién que est en el poder. Si existen papeles para los cuales el reclutamiento se efectia por medio de elecciones, el procedimiento de la lista unica o de la preseleccién de los candidatos por parte de los dirigentes del partido mantiene firmemente el principio segun el cual la condicién sine qua non del acceso a los papeles politicos es «la confianza del partido». Seguin pa- rece, ciertos conflictos actuales en el seno de los partidos comunistas que detentan el poder en los Estados socia- listas se deben a un enfrentamiento entre los «antiguos», partidarios de este principio de reclutamiento, y los «mo- dernos», que pugnan para que prevalezca el criterio de la competencia técnica sobre el criterio del espiritu de partido. La practica americana del spoils system, segun el cual los cargos administrativos son ocupados por los amigos y partidarios del nuevo presidente 0 gobernador elegido, en un régimen de dos partidos casi igualmente poderosos, constituye el término medio entre el modo de reclutamiento anterior y el de los sistemas de régimen de partidos multiples (por ejemplo, Ja tercera y la cuarta Republica francesa), en los cuales el reclutamiento del personal representativo y gubernamental, operado por eleccién con preseleccién de los candidatos por los parti- dos y en su seno, estaba netamente separado del reclu- tamiento del personal administrativo y judicial, operado por oposicién. La quinta Reptiblica, en virtud de lo que se ha convenido en llamar «el hecho mayoritario», se ase- meia mas al modo de reclutamiento de los regimenes de partido dominante. La actividad polftica, con los recursos que moviliza, no se reduce al trabajo de un personal mas o menos es- pecializado. Gran parte de los recursos que el entorno 120 ofrece al sistema politico se halla movilizada para la participacién de los miembros de la comunidad en la competicién de las fuerzas politicas, sobre todo en los conflictos acerca de las cuestiones litigiosas. En los siste- mas de las sociedades modernas, no sélo un cierto nu- mero de personas —los «permanentes»— consagran su. fuerza de trabajo al esfuerzo de los partidos y de los grupos de presién para elaborar, difundir y hacer pre- valecer sus programas, planes o proyectos, sino que se incita a un numero mucho mayor de personas a que empleen benévolamente una parte de su tiempo de «ocio» en las tareas y en las luchas politicas —a que «militen». Las consultas electorales apelan al conjunto de la pobla- cién para este acto minimo de participacién politica cuyo sentido e importancia, en Ja actualidad cada vez més im- pugnados, varian mucho segtin los regimenes: el voto. Ciertos politicélogos consideran la movilizacién de una proporcién mayor o menor de la poblacién por las acti- vidades polfticas como un indice y un criterio de «mo- dernizacié6n politica». La distincién entre los que se hallan excluidos de la vida politica (los out) y los que participan en ella (los in), o bien, en el vocabulario de Easton, entre los miembros politicamente pertinentes (politically relevant members) y los otros” es, como toda dicotomia, excesivamente su- maria. Existen toda clase de grados y de formas en la movilizacién competitiva de los hombres. Tales grados varian segun los regfmenes y, en un mismo sistema, segiin sean los distintos momentos 0 las distintas cuestiones que estén en juego. J. Meynaud y A. Lancelot, que distinguen en el sistema francés diversas modalidades y niveles de participacién politica, observan que «la participacién exis- te en todos los regimenes, pero reviste diferentes formas y no es posible reducirla a Jas luchas abiertas de tipo 27. Easton define a los miembros politicamente_pertinentes como «aquellos que pueden (can) participar y que efectivamente participan en los procesos politicos» (Systems analysis, p. 401). Los esclavos, por ejemplo, en la ciudad antigua, no eran emiem- bros politicamente pertinentes». 121 democratico. Asi existe una vida politica clandestina, que se traduce a veces por explosiones més o menos violen- tas» La obra colectiva sobre la decisién politica en Bél- gica pone en evidencia el contraste que existe entre las decisiones acerca de una cuestién que moviliza a las ma- sas (por ejemplo, la cuestién escolar o el conflicto lingiifs- tico) y las decisiones acerca de una cuestién que no interesa y no moviliza sino a algunos grupos muy restrin- gidos (por ejemplo, la creacién de instituciones para orientar la politica cientifica nacional). El estudio clasico de Maurice Duverger sobre los partidos politicos en los sistemas contempordneos distingue los «partidos de cua- dros», que directamente sélo movilizan a una minoria de personalidades influyentes (capaces en ciertas ocasiones —por ejemplo, en las elecciones— de movilizar indirecta- mente a una clientela de agentes, por ejemplo, los agen- tes electorales que «har4n votar»), y los «partidos de masa», que tratan de recoger el mayor ntimero posible de adherentes (y, por medio de agrupaciones afiliadas, de simpatizantes) directamente movilizables, no sélo para las competiciones electorales, sino también para las otras formas de lucha politica (peticiones, manifestaciones, et- cétera).” La participacién politica no se limita al tiempo y a la fuerza de trabajo que una parte de la poblacién con- sagra a ocupaciones especfficamente politicas como reu- niones, ceremonias, campafias electorales, mitines, etc. Comprende ademas los bienes y servicios afectados o des- tinados a una utilizacién politica y el sostén aportado a las ideologias politicas en las discusiones, las conversa- ciones, la educacién de los hijos, etc. En las sociedades cuyo sistema econdmico entrafia intercambios monetarios, el importe de los dones, cotizaciones, suscripciones, etc., recogidos por las fuerzas politicas, si puede ser evaluado, 28. J, Mevxaup y A. LaNcetor, La participation des Francais 4 Ia politique, PUF, 1961, p.7 y cap. I. 29. J. MeyNavo, J. Labritre y F. Pertn, La décision politique en Belgique, A. Colin, p. 11; M. Duvercer, Les partis politiques, A. Colin, pp. 8492. 122 constituye un buen indice de la participacién politica. En otras sociedades, los regalos, las asignaciones de tierras, las prestaciones en especie para un uso politico, si pueden ser conocidos, poseen el mismo valor indicativo. Un ejem- plo célebre, después de la publicacién del Ensayo sobre el don de Marcel Mauss, es el de las sociedades de potlatch de los indios del noroeste de América: los kwakiutl, tlin- git, tsimshian, etc. Las fuerzas politicas son aqui los cla- nes que, representados por sus jefes, compiten entre si para lograr que prevalgan sus demandas e imponer su superioridad en el seno de la tribu o de la confederacién. Se acumulan riquezas, cuyo consumo, destruccién o don ostentatorio en el curso de grandes fiestas, permiten aven- tajar a los demés en la competicién y afirmar la propia supremacia.”” Los miembros de una comunidad politica no consa- grarian, sin duda, una parte de su tiempo, de su energia y de sus bienes a la formulacién y a la competicion de unas demandas, a la elaboracién de unos problemas y al sostén de unas soluciones propuestas, a la eleccién del personal politico, etc. —en suma, no constituirian unas fuerzas politicas activas— si no tuvieran motivos para ello y si sus motivaciones no estuvieran suscitadas o reforza- das por la propaganda politica. Esta puede definirse como el conjunto de los procesos de comunicacién por cuyo medio se difunden los valores, las normas y las creencias que forman las ideologfas polfticas. Con razén insiste Jacques Ellul en lo que él llama la «ortopraxis»: «E] obje- tivo de esta propaganda consiste en obtener un acto del individuo. Es preciso obtenerlo con la m4xima eficacia y 30, Para las necesidades del andlisis, sélo retenemos aqui un aspecto del «hecho social total» que es el potlatch segiin Mauss: la movilizacién politica de los recursos pata afirmar la suprema- cia. Este aspecto es puesto en evidencia por el mismo Mauss (Sociologie et anthropotogie, PUF, 1950, pp. 152, 205-206, 270); «En- tre jefes y vasallos, entre vasallos y terrazgueros, por tales dones, es Ia jerarquia la que se establece, Dar es manifestar su superio- ridad, ser mas, més alto, magister; aceptar sin devolver o sin devolver més es subordinarse, hacerse cliente 0 servidor, con- vertirse en pequefo, caer a un nivel mAs bajo (minister)». 123 Ja maxima economia.» * Todos los grandes prdcticos de Ja propaganda politica moderna saben que se trata de «movilizar a las masas». Sin embargo, con harta artificio- sidad Ellul opone esta «ortopraxis» a la ortodoxia y, por un freudismo simplista, reduce la propaganda contempo- rénea a una manipulacién de motivaciones exclusivamente inconscientes e irracionales —contrariamente a la propa- ganda de tipo antiguo que habria apelado a la conciencia, a la inteligencia, al pensamiento. Esta oposicién entre el pasado y el presente implica una ideologia que embellece el primero para condenar el segundo. De hecho, toda propaganda politica siempre se ha servido al mismo tiem- po de unas motivaciones inconscientes o subconscientes y de unas representaciones o ideas conscientes, jugando precisamente con las relaciones existentes entre unas y otras. Ducho en esta materia, Mao Tse-tung ha repetido a menudo que el cometido de la propaganda politica con- siste en movilizar la actividad consciente de las masas.” Conjunto de signos y simbolos que se refieren a unas normas, unos valores y unas creencias, la propaganda politica es andloga a esas sefiales que, en los aparatos de regulacién o de gufa (por ejemplo, un termostato), de- sencadena una descarga (o una recarga) de energia: la produccién de la sefial consume una cierta energia, pero para liberar mucha més. La propaganda moviliza impor- tantes recursos energéticos (trabajo humano), pero utili- zando ella misma algunos recursos energéticos (el trabajo de los propagandistas) y, sobre todo, ciertos recursos in- formacionales que proceden del sistema cultural y asi- mismo de los otros sistemas sociales. Los emplazamientos de los carteles, las zonas de difusién de los medios de informacién colectiva dependen de las condiciones ecol6- gicas. Claro est4 que los recursos utilizados por la propa- ganda se hallan limitados a su vez por ciertos apremios: incluso con las técnicas més modernas de persuasién, no 31. Jacques Extut, Propagandes, A. Colin, 1962, p. 37; para Io que sigue, cf. pp. 39 y 219. 32, Discurso del 30 octubre 1944, citado por Stuart ScHRAM, Mao Tse-tung, A. Colin, 1963, p. 274; cf. asimismo pp. 259 y 326. 124 es posible hacer creer no importa qué a no importa quién. E] andlisis comparativo de los sistemas politicos no po- dria, pues, descuidar las diferencias y las semejanzas que existen entre las modalidades, formas, grados de intensi- dad y eficacia de la propaganda politica en los diversos sistemas analizados y comparados. La dificultad estriba aqui en no ceder a las ilusiones afectivas ni a los prejui- cios ideolégicos. Cierto es que los conocimientos cientf- ficos y los perfeccionamientos técnicos hacen posible, en las sociedades industriales (o «postindustriales»), ejercer un fuerte dominio sobre las opiniones y los comporta- mientos individuales por unos medios de propaganda muy eficaces. Pero, para la explicacién cientifica, nada se gana mezclando a los estudios racionales y objetivos de los hechos de propaganda unas consideraciones sobre «la vio- lacién ps{quica de las multitudes» o «la alienacién por la propaganda»,” ni dejando creer que se trata de una des- gracia propia de los tiempos modernos. Como escribia Tchakhotine, «las arengas al pueblo reunido, las discu- siones en las calles o en los edificios publicos, las inscrip- ciones sobre los muros, las letras y las formulas grabadas en el frontén de los templos y palacios, los ritos y las ceremonias, las procesiones enarbolando emblemas, estan- dartes, flores, simbolos de todas clases, la musica que acompafia tales procesiones 0 los desfiles de los guerre- ros, los uniformes y adornos de estos ultimos, todo esto existia desde hace siglos, desde hace miles de ajios, y todo esto no era mds que propaganda, en su mayor parte politica».4 No se debe a un mero azar el que, en el himno a Osiris, al «protector» Anedjti, «jefe glorioso que preside a los jefes», «primero de los principes», sea Iamado asi- mismo «el sefior de las aclamaciones».* En las sociedades 33. La primera expresién es la que usa Serge TcHAKHOTINE en el titulo de una obra publicada hace afios (1952) y que contiene muchas informaciones todavia utiles. La segunda es el titulo de un parrafo del libro de Jacques ELLUuL antes citado (p. 189). 34. S. ToHakHoTINe, Le viol des foules par la propagande po- litique, Gallimard, 1952, p. 298, 35." Jacques PIRENNE, «Les origines et Ia genése de la monar- 125 antiguas, las fiestas religiosas también eran procedimien- tos de propaganda politica muy eficaces —asi como la fiesta del jubileo real en el reino del norte del antiguo Egipto y todos los ritos de Horus y Osiris. En el siglo vi antes de J.C., el rey Nabonida de Babilonia, antes de ser derribado por Ciro, supo la desafeccién de su pueblo por- que éste, durante cuatro afios, se abstuvo de participar en la fiesta del nuevo aiio, en la que el rey desempefiaba un papel tan importante como el del gran sacerdote: mo- ment4neamente despojado de sus insignias y humillado por este ultimo, se veia luego reinvestido y legitimado en nombre del gran dios Bel-Marduk.* Como lo habia com- prendido Juana de Arco, la consagracién de los reyes capetos en Reims era un acto de propaganda politica que movilizaba en su favor a todo el pueblo cristiano: la ceremonia entrafiaba una aclamacién por parte de los grandes y del pueblo humilde en nombre del conjunto del reino. La cristiandad medieval europea presenta nu- merosos ejemplos de ritos religiosos utilizados como me- dios de propaganda movilizadora en la competicién por el poder. La documentacién etnografica nos ofrece gran numero de hechos bien establecidos sobre la funcién de propaganda politica de los rituales: los sermones del jefe indio cuna (Panama) o de los cinco jefes del atolén Ifalik (Micronesia), la fiesta de la engwura en los aranda de Australia central, las ceremonias del gran campamento de verano bajo la direccién de Sweet Medecine Man en los cheyennes, los ritos de iniciacién de las cofradias miégicas de los indios zuni 0 ojibwa y de los lobis del Alto Volta, las fiestas de reconciliacién de los lepchas del Sikkim, las corroborrees de los antiguos tasmanianos y las celebraciones del kina en honor del héroe mitico de los antiguos yahgans de la Tierra de Fuego, las ceremo- nias de la leche en los toda de la India, los ritos de Ja chie en Egypte», en Le pouvoir et le sacré, Institut de Sociologie de l'Université libre de Bruxelles, 1962, pp. 50-51. 36. André Finet, «Le pouvoir et les dieux en Mésopotamie», en ibid., p. 79. 126 bebida comunal (el kava de las islas Samoa, el chicha de los cunas, etc.), los juegos de invierno de los guayaki de Paraguay durante la reunion tribal, etc.” A lo largo de es- tas fiestas, se consumen e intercambian de un modo ri- tualizado y a menudo ostentatorio ciertos recursos eco- némicos (bienes) y culturales (simbolos). Gracias a lo que podria parecer a veces como un despilfarro a los ojos de un economista moderno, los participantes son movili- zados para elaborar, adoptar, sostener, aprobar decisiones politicas, renovar su adhesién al régimen, su fidelidad a los jefes, etc. Y, de nuevo, la gran «estructura de filtra- cién» parece ser la estratificacién social. No sélo las per- sonas y los grupos que pertenecen a las clases, capas, castas o categorias superiores y privilegiadas tienen ma- yores probabilidades que las demas de hacer entrar sus demandas en el sistema politico, sino que tienen asimismo més probabilidades de limitar los recursos que le pro- porcionan o de desviar una parte de los mismos en su propio beneficio. Asi, en el reino de Buganda (Africa oriental), los miembros de la familia real y las personas a quienes el rey queria recompensar por sus servicios excepcionales, recibfan de é] unas tierras en concesién vitalicia y los campesinos de las mismas les debian el tributo y las prestaciones personales en lugar de deberlos al mismo rey. En numerosas sociedades «arcaicas», los detentadores del poder politico acumulan riquezas que estan destinadas a ser redistribuidas en prestaciones, ser- vicios y fiestas —del mismo modo que, en los Estados modernos, los impuestos se emplean, en principio, para asegurar los servicios ptblicos, la seguridad, etc. Si, pues, los jefes mismos no se enriquecen, a menudo los 37. Pierre Cuastres, Ethnologie des Indiens Guayaki: la vie sociale de la tribu, en’ «L'Hommes, VII, num. 4, 1967, pp. 9 ss. Esos indios del bosque se dispersan durante el verano en bandas que luego se retinen de nuevo en invierno. El verano es la estacin de la actividad econémica (caza y recoleccién), el invierno es la estacién de las relaciones politicas. 38. Sobre las formas modernas del despilfarro y su significa cién politica, léase Michel Matarasso, Les gaspillages dans l'éco- nomie moderne, en «Diogéne», num. 72, 1970, pp. 87 ss. 127 que les rodean pueden apropiarse de una parte mayor 0 menor de los bienes acumulados participando en los pri- vilegios, pero no en las cargas. Por ejemplo, en el reino africano de Ankola, ciertos jefes compartian el privilegio real de tomar del rebafio de los otros toda res de la que tenian necesidad y de confiscar los rebafios de sus enemi- gos vencidos, aunque no por ello estaban obligados, como el rey, a dar ganado nuevo a quienquiera que hubiera perdido el suyo. En el bajo imperio romano, la degrada- cién y la rareza de la moneda, unidas a la regresién econémica, privaron al poder imperial de recursos fisca- les, mientras se desarrollaba la usura en beneficio de una minoria de ricos. Al mismo tiempo, éstos rehufan el de- sempefio de los cargos de la administracién local, porque habian Ilegado a ser mds onerosos que beneficiosos. El emperador acabé imponiéndoselos como una obligacién. La Revolucién Francesa de 1789 estuvo precedida por una rebelién aristocratica, cuando la monarqufa, para superar la crisis de la hacienda piiblica, quiso suprimir las exen- ciones fiscales de las que se beneficiaba la clase privile- giada.” En la Francia contemporanea, la burguesia finan- ciera, los jefes de empresa y las profesiones liberales, por una parte, y los grandes terratenientes agricolas, por la otra, cuentan con mayores posibilidades de disimulacién o de evasién fiscales que las que poseen los trabajadores asalariados; y los impuestos indirectos sobre el consumo son proporcionalmente tanto mds gravosos cuanto menos elevados son los ingresos. De vez en cuando se proyecta una reforma fiscal; pero nunca se lleva a cabo. Los recursos politicos no son unicamente energéticos. No consisten exclusivamente en fuerza de trabajo movili- zable ni en riquezas disponibles, sino también en infor- maciones sobre el estado del sistema y de su entorno, en capacidades de dominar y manejar esta informacidén. Como es sabido, ocurre a veces que las autoridades se hallan mal informadas y que sobreestiman o subestiman 39, Albert Matutez, La Révolution Francaise, t. I: La chute de la royauté, A. Colin, 1937, cap. Il: «La revolte nobiliaire», 128 tanto los recursos como los apremios. En otros términos, la informacion sobre los recursos constituye a su vez un recurso, que a menudo es objeto de una filtracién a Ja entrada del sistema. En los regimenes contemporaneos de partido unico y muy centralizados, los escalones subalter- nos de la administracién o del partido pueden tener la tendencia de silenciar todo lo que podria acarrearles una reprobacién o unas sanciones por parte de sus superiores jerarquicos y comprometer su carrera. No sélo se descar- tan sistematicamente ciertas reivindicaciones de una parte de la poblacion, sino que se consideran asimismo como menospreciables ciertos apremios, mientras «se hinchan» artificialmente ciertos recursos (en particular, de sostén). De este modo es como estallan inesperadamente algunas rebeliones entre los trabajadores industriales en los pai- ses donde, segtin la ideologia oficial, el poder politico es ejercido por el partido de la clase obrera. Un antiguo intérprete del sefior Gomulka nos explica la filtracién de Ja informacién organizada en Polonia, a partir de 1968, por el nuevo ministro del Interior, sefior Moczar: «E] ministro y sus colaboradores inmediatos filtraban todas las informaciones destinadas al jefe del partido, decidien- do por si mismos cudles eran las que debia conocer y cudles las que debfa ignorar.»® Tal retencién de infor- maciones a la entrada del sistema resulta mas dificil de llevar a cabo (aunque no siempre es imposible) en los regimenes en que la competicién institucionalizada de las fuerzas politicas impide la conspiracién del silencio: lo que unos tienen interés en silenciar, para los otros puede ser ventajoso darlo a conocer. Pero en una sociedad en que la lucha de clases es una realidad, la seleccién y la presentacién de las informaciones a la entrada del sistema politico se hallan sometidas generalmente a los apremios de la ideologia de la clase dominante. Asi pueden estallar crisis inesperadas como la de mayo de 1968 en Francia. 40. Erwin Wer, Les révélations de l'interpréte de M. Gomulka, IV, «Le premier secrétaire tombe dans le piége tendu par ses rivaux», en «Le Monde», 12 marzo 1971, p. 4. 129 HOS 131. 9 Subest!mar los apremios, a causa de la filtracién de ia informacion, no es menos frecuente, en los procesos de decisién politica, que sobreestimar los recursos. Pero lus apremios, aunque sean ignorados, se imponen a un sistema por «la fuerza de las cosas»; y «las cosas son lo que son». En cambio, los recursos que no son movilizados siguen siendo inutilizados. Los apremios que no son toma- dos en consideracién no permanecen inoperantes. Porque es filtrada la informacién sobre los apremios, ciertas ilu- siones entran y circulan en los sistemas politicos e influ- en en las decisiones adoptadas. Napoleén III y sus mi- istros, cuando declararon la guerra en 1870, se hacian ilusiones tanto sobre los recursos militares de Francia como sobre los apremios impuestos por el estado de las relaciones internacionales en aquel momento. Del mismo modo, parece ser que Stalin no estuvo bien informado de la amenaza de invasién de Ja URSS por Hitler en 1941, de suerte que no consideré en serio las advertencias que Te Ilegaron de fuentes extranjeras. En numerosos casos, diversos apremios intrasocietales y extrasocietales han pasado desapercibidos o han sido descuidados por los jefes de los movimientos de liberacién nacional en los paises colonizados; después de Ilegados al poder, han debido aprender por Ia experiencia a conocerlos mejor: entonces sus decisiones han sido a veces decepcionantes para sus pueblos, a los que habian hecho promesas im- prudentes que mantenian la ilusién de que todos los apre- mios procedfan del colonialismo, o bien, cuando seguian compartiendo esta ilusién, los resultados de sus decisiones han sido a menudo contrarios a lo que de ellas esperaban. ¢Acaso no fue por haber subestimado, en la embriaguez de la victoria y de los primeros éxitos, el peso de los apremios y por haber creido posible lo que no lo era, por lo que finalmente fracasaron Ben Bella en Argelia o N’Krumah en Ghana?“ Las decisiones acerca del sistema 4l. Los excesos del «culto de la personalidad», de que era objeto N’Krumah, le ocultaban el debilitamiento real del sostén que Ie concedian las diversas capas de 1a poblacién, cf. Jean 130 econémico adoptadas por Fidel Castro en Cuba durante Jos primeros afios de la revolucién (en particular, los proyectos de industrializacién), ¢no implicaban el desco- nocimiento de ciertos apremios? De un modo general y cualquiera que sea el régimen, los partidarios de la opo- sicién al poder establecido tienden a subestimar los apre- mios en sus programas politicos: en cuanto alcancen el poder, no transcurriré mucho tiempo sin que se den cuen- ta de ello, a veces al precio de fracasos y decepciones que una mejor apreciacién de los obstaculos y de las dificul- tades habria podido evitarles, Pero los doctrinarios en el poder prefieren a menudo organizar la filtracién de la informacion de tal suerte que sean rechazadas todas las indicaciones acerca de los apremios que no son conformes con Jo que la doctrina admite o prevé. «No quiero saberlo» constituye la maxima de esta ceguera cuyo efecto es la perseverancia en el error respecto a los objetivos perse- guidos. Es posible asimismo que los porteros del sistema tengan interés en no dejar entrar ciertas informaciones sobre los apremios. Lo que algunas veces se denomina «la intoxicacién» consiste en introducir y hacer circular en un sistema politico toda clase de falsas noticias que, © bien exageran la importancia de los apremios para asi impedir que sean propuestas o tomadas en consideracién ciertas decisiones posibles, o bien por el contrario pro- pagan un optimismo mal fundado para as{ hacer creer en unas posibilidades ficticias, es decir, en una variedad del sistema mayor de lo que es en realidad. Sabiendo ya cémo analizar este aspecto de la interac- cién entre un sistema politico y su entorno, que es la entrada en el primero de las demandas, recursos y apre- mios procedentes del segundo, hemos de examinar ahora cémo se opera, en el interior del sistema, la transforma- cién de lo que asi ha entrado en Jo que de él va a salir, es decir, hemos de examinar el proceso de decisién po- litica. LacouTure, Quatre hommes et leur peuple, Editions du Seuil, 1969, Pp. 248-253, 131 Tercera parte LO QUE SUCEDE EN UN SISTEMA POLITICO Preliminar Una decisién politica responde, en un momento dado, a las demandas entradas en el sistema. Esta respuesta moviliza y utiliza ciertos recursos. Se halla sometida a unos apremios que limitan las posibilidades de opci Pero, incluso filtradas, las demandas son multiples, di- versas y a veces incompatibles u opuestas. Cualquiera que sea la complejidad de su organizacién, el aparato de decisién, en un momento dado, no puede responder a un excesivo ntimero de demandas. «Ya no saber dénde dar con la cabeza» 0 «hallarse desbordado» son situaciones en las que quienes adoptan decisiones se ven acorralados por la incoherencia o por la pardlisis. El enloquecimiento y la indecisién son igualmente peligrosos para la sociedad global, y ese tipo de respuestas inadecuadas es inevitable cuando un sistema se halla sobrecargado de informaciones y de impulsos demasiado diversos para su capacidad de manejarlos. De ahi que los sistemas politicos, incluso arcaicos, entrafien unos procesos de reduccién de las demandas. Sin embargo, ciertas demandas son irreductibles, por- que son al mismo tiempo urgentes, intensas y contrarias. El proceso de su competicién determina la seleccién de los «puntos al rojo vivo», de los problemas criticos, de los asuntos graves que no pueden ser ni retrasados ni esquivados, ni resueltos por una decisién rutinaria y exi- gen una solucién politica —una opcién. La actualidad politica se halla asi dominada en cada momento por al- gunas cuestiones mayores hacia las cuales se polariza la accién politica de las personas v de Jos grupos, v acerca de las cuales se divide y apasiona la opinion ptiblica. Gobernar es ocuparse prioritariamente de tales cuestio- nes y decidir entre varias posibles soluciones, cada una 133 de las cuales es propuesta y sostenida por ciertas personas y ciertos grupos. Deben, pues, analizarse y compararse en los distintos sistemas los procesos de elaboracién de los problemas politicos y de proposicién de las soluciones. Finalmente, decidir es optar. ¢Cémo operan esas op- ciones los sistemas politicos? ¢Quién decide en ellos y acerca de qué decide? ¢Existen varios niveles 0 dominios de decisién entre los cuales la organizacién del poder (el régimen) establece una divisién del trabajo, una especia- lizacién de los papeles? ¢En qué medida éstos se hallan institucionalizados? ¢No se combinan algunos procesos informales con esta organizacién formal? ¢Cuales son las condiciones que determinan la opcién? ¢Varian tales con- diciones segun los dominios o los niveles de decisién? éCiertos tipos de soluciones cuentan con mayores proba- bilidades de prevalecer sobre los otros en ciertos tipos de regimenes? Mas o menos complejos segun los sistemas, los procesos de toma de decisién se hallan en el centro del andlisis comparativo. A su respecto son numerosas las cuestiones que pueden formular los investigadores. Pero es quizds en este punto donde, utilizando la jerga de la cibernética, el mayor numero de «cajas» permane- cen «negras», porque las deliberaciones de los gobernan- tes o de los «funcionarios de autoridad» escapan las mas de las veces a toda posibilidad de observacién y de and- lisis. Es mucho mas facil saber lo que ocurre antes y después de la toma de decisién. 136 !. La reduccién de las demandas Pese a haber sido filtradas, la diversidad de las de- mandas a la entrada de un sistema politico suele ser grande. Pero la diversidad de las decisiones posibles a la salida del sistema se halla siempre limitada por unos apremios. Es pues raro, sobre todo en las sociedades mo- dernas, que la variedad de las demandas no tienda a sobrepasar la variedad de las posibilidades de responder a ellas. Sin embargo, la cibernética ha puesto en eviden- cia una ley muy general enunciada por Ashby: la ley de la variedad indispensable. Tal ley enuncia la condicién sin Ja cual un sistema (o subsistema) cualquiera X no puede ser regulado o controlado (controlled) por otro sitema (0 subsistema) Y: la variedad de Y (0, si se quiere, su riqueza en posibilidades de estados diferentes) no debe ser inferior a la variedad de X. En otros términos, los outputs del sistema Y sélo pueden modificar el estado del sistema X si la variedad de los outputs posibles de Y es por lo menos igual (o superior) a la variedad de los estados posibles de X. De lo contrario, habr4 cambios de estado de X que no corresponderén a ningun output de Y y que serdn variaciones absolutamente independientes de lo que sale de Y. De ahi que, en términos muy gene- rales, se diga que la regulacién (0 el «control») de un sistema X esta asegurada por otro sistema Y cuando los valores que poseen las variables esenciales de X (0 los estados de los elementos de X) dependen de lo que sale de Y. 1. Sobre esta ley, véase Charles Rote, La théorie générale des systémes et les perspectives de développement dans les sciences Sociales, en «Revue Frangaise de Sociologie», numero especial, 1970, «Analyse de systémes en sciences sociales», I, pp. 69-70, 2, Ejemplo simple y trivial: es facilmente comprensible que 137 A decir verdad, la formula anterior enuncia la condi- cién de una regulacién integral. Pero, en ninguna socie- dad humana real, el sistema politico regula ni dirige integramente todos los demas sistemas sociales. Si no fuera asi, nos hallariamos en presencia de una sociedad verdaderamente «totalitaria» (tedricamente concebible como un caso limite, al que ciertos casos reales, en la experiencia histérica, pueden aproximarse mas que otros). No existirja ya la menor distincién entre lo publico y lo privado. De hecho, en cada momento la regulacién politica slo concierne a ciertas demandas: las que, procedentes de otros sistemas sociales, entran en el sistema politico. No es, pues, la variedad de los estados posibles del con- junto de todos los elementos de todos los otros sistemas sociales Ia que debe ser tomada en consideracién para aplicar aqui la lev de Ashby, sino tnicamente la variedad (mucho menor) de las demandas que salen de los otros sistemas sociales y que, después de filtradas, logran en- trar, efectivamente, en el sistema politico. Esta variedad tiende va a ser considerable. Y es tanto mayor cuanto mis diferenciada es la sociedad. Por eso ciertos autores insisten sobre el riesto de so- brecarza del sistema politico: la variedad de las deman- das puede tender a exceder la variedad de posibilidades cue el sistema polftico tiene de responder a ellas por unas decisiones. Lo que entonces ocurre es en cierto modo analogo a Ja penuria en un sistema econémico —cuando Ja demanda sobrepasa en mucho la oferta— 0 a la sobre- noblacién en un sistema ecolégico. Siendo insuficientes los recursos v demasiado fuertes los apremios, el poder se ve asaltado por unas demandas demasiado numerosas v excesivamente diversas : es incapaz de responder a ellas. K. W. Deutsch sugiere que «la sobrecarga de comunica- un termostato sélo puede regular un aparato de calefaccion si la variedad de los grados de temperatura que el termostato puede «ordenar» (puesta en marcha) o impedir (paro) es por lo menos igual a la variedad de los grados de temperatura que el aparato de calefaccién puede suministrar. 138 cién o la sobrecarga de decisién puede ser un factor ma- yor del hundimiento de los Estados y del poder politico». En una sociedad en que la competicién para el «estatuto» social es tal que cada individuo o pequefio grupo trata de hacer prevalecer sus reivindicaciones particulares ante las autoridades, la sobrecarga tiende a convertirse en in- quictante, y este autor ve en ello una de las principales amenazas para «las democracias présperas y econémica- mente igualitarias». En términos més generales, David Easton considera la sobrecarga de demandas como uno de los dos grandes procesos que ponen en peligro la per- sistencia de un sistema politico cualquiera. Pero nos mues- tra asimismo cémo éste puede combatirlo: no sdélo puede reforzar la filtracién en la entrada, sino ademés, en el interior mismo del sistema, pueden producirse por re- troaccién directa dos clases de fenémenos. Por una parte, para hacer frente al aumento de la variedad de las de- mandas, un sistema acrecienta su capacidad de comuni- cacién multiplicando y diferenciando sus canales de cir- culacién de Jas informaciones. Por otra parte, en el curso de esta circulacién, procede a tratar Jas demandas de tal modo que desemboca en su reduccién.' Estos dos fenéme- nos. inversos pero complementarios, manifiestan la capa- cidad de autoorganizacién del sistema. El primero consiste en movilizar un mayor numero de recursos para lo que ciertos autores llaman el desarrollo o Ja modernizaci6n politica, y otros Ja burocratizacién o la estatizacién. La organizacién del sistema se hace cada vez, mAs compleia, mds especializada. En é] aumenta la divisién del trabajo polftico. No cabe duda, en efecto, que sila capacidad de transmitir la masa de las demandas en 3._ K, W. DeutscH, The nerves of government, p. 162. El autor se refiere a los trabajos de J. B. Grits sobre la sobrecarga de informacién en los sitemas biolégicos y los pequefios grupos. Es preciso entender por «sobrecarga de decisién» la sobrecarga de los organos de decisién. Hemos traducido government por «poder politico», . D. Easton, A. framework..., pp. 119-122; Systems analysis, pp. 117-140. 139 su diversidad se halla acrecentada por una red mas densa y més diferenciada de canales de comunicacién, los que han de decidir o los que detentan el poder corren el peligro de verse a su vez expuestos a una sobrecarga de demandas * —a no ser que la organizacién de los procesos de Ja toma de decisién se desarrolle a su vez en diversos escalones, dominios, departamentos y ministerios especia- lizados y articulados entre si. Sin embargo, ningun sistema politico conocido suele dejar pasar, desde la entrada hasta el érgano de decision, todas las demandas que no han sido descartadas por la filtracién inicial. Si seguimos el curso de las demandas en el interior del sistema, a lo largo de la red mds o menos compleja de los canales de comunicacién, obser- vamos que en ciertos puntos de su trayecto pueden ser objeto de tres clases de operaciones: una seleccién, una clasificacién por orden de prioridad que retrase algunas de ellas, y una combinacién sintética. A) La seleccidn Como Ia filtracién en la entrada, la seleccién consiste en escoger entre las demandas las que conviene dejar que circulen en el sistema y las que conviene detener. En todos los regimenes, cualesquiera que sean, todo hombre publico, todo funcionario con autoridad es objeto de una multitud de gestiones y solicitaciones. Muy pronto se veria «desbordado» si no contara con unas personas, unos gru- pos 0 unos servicios cuya misién consiste en separar las que son dignas de retener su atencién de aquellas que deben ser tomadas en consideracién por un escalén sub- 5. Segiin Easton, esto es lo que se produjo a menudo en la tercera y la cuarta Republica francesas, que tuvieron que sufrir «la insuficiencia de los procesos de reduccién (Systems analysis, p. 130). El multipartidismo, favorecido por el escrutinio propor- cional, es menos reductor que el bipartidismo, favorecido por el gscrutinio uninominal, 0, con mayor razén aun, el monoparté- ismo. 140 alterno sin molestar a su destinatario oficial, aquellas que no le conciernen y que deberfan ser dirigidas a otra auto- ridad, y aquellas, en fin, que sdlo merecen una respuesta puramente evasiva o incluso estén condenadas a acabar en la papelera. Los funcionarios de los gabinetes minis- teriales, los secretarios de las alcaldias, los funcionarios de ciertas oficinas, los «permanentes» de los partidos po- liticos (sobre todo en los regimenes de partido tnico), el boss de la maquina politica local de los Estados Unidos,” etcétera, tienen que consagrar gran parte de su tiempo a esta tarea de seleccién de las demandas. En la admi- nistracién de los Estados modernos, no son raros los ejemplos de expedientes atascados u oportunamente «ex- traviados». En el antiguo reino africano de Buganda, los «guardabarreras» a la entrada del sistema eran los jefes de linajes y, sobre todo, los jefes de las circunscripciones territoriales. Pero, en la «capital», los subditos, aunque fuesen jefes, nunca tenfan acceso directo al kabaka. Antes tenian que exponer su asunto a una especie de «primer ministro», el katikiro, de cuya incumbencia era introducir © no a quienes solicitaban una audiencia real. Desempe- fiaba, pues, el papel de «guardabarrera» interno y ocupa- ba una posicién estratégicamente importante en la or- ganizacién del sistema. Por otra parte, la madre y la hermana del kabaka, asi como los fieles o favoritos del kabaka a quienes éste habia concedido una especie de feudo territorial vitalicio, gozaban de un prestigio y de un poder que les permitfa intervenir eficazmente en favor de sus protegidos.’ En toda sociedad, en efecto, el destino de una demanda depende del poder social y politico de quienes la formulan y la sostienen. A su vez, este poder est4 en relacién (de un modo que no siempre es directo y simple) con su posicién en la estratificacién social. De 6. Véase el andlisis clisico de Robert K. Merton, Eléments de théorie et de méthode sociologiques, Plon, 1965, cap. Ill, p, 150168, 7. Lucy MAIR, Primitive government, Penguin Books, 1962, pp. 139-140 y 211-212. 141 ah{ que en numerosas sociedades observemos unos fend- menos de «clientela»: los «humildes» confian sus deman- das a un protector mejor sitado que ellos. Segan la mayor o menor insistencia con que tal protector recomienda a las autoridades los intereses de sus protegidos, efectua asi- mismo una seleccién. B) Elorden de prioridad Otra modalidad de reduccién de las demandas consiste en regularizar el despacho de las mismas en el tiempo: algunas, consideradas urgentes, son transmitidas con prio- ridad, mientras otras sufren un retraso y tienen que es- perar. Kar] W. Deutsch insiste en esta exigencia funcional de toda red de comunicacién: «Si varias posibilidades de canales se hallan abiertas a pocos mensajes, el fun- cionamiento de la red se vera entorpecido por la indeci- sién; si muchos mensajes entran en competencia para pocos canales, se ver4 entorpecido por la acumulacidn.» Es, pues, preciso que unas reglas operatorias, explicitas © implicitas en la organizacién misma de la red, «decidan las preferencias o las prioridades relativas en la recep- cién, la seleccién y la transmisién de todas las sefiales que entran desde el exterior en la red o que nacen en el interior de la red... Lo que las reglas operatorias llevan a cabo en los cuadros de distribucién y las calculadoras, se realiza hasta cierto punto por la preferencia afectiva en el sistema nervioso de los animales y por las prefe- rencias, los obstaculos y los valores culturales e institu- cionales en los grupos 0 en las sociedades»’ En un sistema politico cuya organizacién es compleja y diferenciada, gran parte del trabajo de la administracién consiste en estas operaciones de regulacién de las demandas en el tiempo, de discernimiento entre lo que es urgente y lo que puede esperar, segtin unas reglas explicitas y norma- 8. K. W. DeviscH, The nerves of government, p. 94, 142 tivas de derecho administrativo o segun unas reglas prag- miaticas implicadas por la organizacién administrativa. A menudo el destino de un expediente depende del lugar que ocupa en ec] montén de los que esperan para ser examinados por «quien debe hacerlo». La accién de un grupo de presién comporta toda clase de gestiones para lograr una mejor clasificacién de los expedientes, con objeto de que sus demandas se eleven en la jerarqufa de las urgencias. Numerosas manifestaciones publicas orga- nizadas por los sindicatos o los partidos politicos tienen por objeto subrayar ante los poderes puiblicos Ja urgencia de ciertas reivindicaciones. Sin ser detenidas definitiva- mente, ciertas demandas pueden esperar su vez durante mucho tiempo, ciertos expedientes pueden no ser abiertos sino con un retraso considerable —a veces demasiado tarde— para que ciertas decisiones, que eran posibles en el momento en que las demandas fueron formuladas, lo sean todavia. La preparacién del orden del dia de un consejo de ministros o del calendario de los debates de una asamblea legislativa consiste precisamente en selec- cionar y jerarquizar por orden de importancia 0 de ur- gencia las cuestiones sobre las que hay que adoptar una decisién y, por consiguiente, las demandas que serdn to- madas en consideracién. Constituir una comisién para examinar unas reivindicaciones constituye a menudo un medio dilatorio para retrasar el momento de la decision. Por el contrario, la organizacién judicial prevé a veces unos procedimientos de urgencia que a ciertos asuntos les permiten escapar a las lentitudes ordinarias de la justicia. C) La combinacidn de las demandas La tercera modalidad de reduccién de las demandas politicas es ciertamente la mas importante en los Estados modernos, aunque la hallamos asimismo en sociedades cuya organizacion del poder es minima. Es lo que Gabriel Almond denomina «la agregacién de los intereses» y David 143 Easton «la combinacién de las demandas».’ Si estudiamos de cerca sémo se elabora una lista de reivindicaciones en una federacién de sindicatos, un programa electoral en un partido politico, una proposicién presentada a las auto- ridades competentes por un lobby en nombre de sus clien- tes, una mocién sometida al voto de una asamblea por una coalicién de grupos parlamentarios, vemos que no se trata de yuxtaponer, en un interminable catdlogo, la multitud de las demandas manifestadas por los sindica- tos, las secciones, las células, los grupos o las facciones elementales que forman «la base» de estas agrupaciones. Se trata de producir una sintesis reducida: no sdlo las demandas parecidas son reunidas en una sola que las re- sume (eliminando los matices particulares), sino que al- gunas demandas diferentes, incluso divergentes (mientras sean compatibles), son amalgamadas y combinadas en unas férmulas generales que difuminan las divergencias de detalle y representan una especie de compromiso. Esta combinacién sintética del gran numero de demandas ema- nadas de «la base» es casi siempre el resultado dificil de largas discusiones y negociaciones en el interior de las agrupaciones cuya misién estriba en expresar o transmitir la demanda. En la misma quedan reducidas la diversidad y la particularidad de los intereses de la base. Cuando se dice: «los trabajadores exigen...», «los agricultores re- claman...», «los socialistas proponen...», «los patronos quieren...», «los artesanos reivindican...», etc., se enun- cian unicamente algunas demandas generales sobre las cuales puede ponerse de acuerdo el conjunto de una clase o de una categoria social, los partidarios de una ideologia © los defensores de ciertos intereses. Luego, cuando diver- sos grupos negocien entre si una alianza o cuando un grupo negocie con los poderes publicos para obtener satisfaccién, podran hacerse algunas concesiones y seran sacrificadas ciertas demandas, consideradas como menos 9. G. ALMOND y J. S, COLEMAN, The politics of the developing areas, Princeton University Press, 1960, pp. 39-43; D, Eston, A sys- tems analysis, pp. 130-133. 144 importantes: la reduccién puede efectuarse hasta el ulti- mo momento que precede a la decision. Seguin Almond, «el sistema de partidos es el que cons- tituye la estructura especificamente moderna de la agre- gacion de los intereses y el que, en un sistema politico moderno, desarrollado y democratico, regula u ordena el cumplimiento de la funcién agregativa por parte de otras estructuras».” En los paises de Europa occidental, la cohe- sién de los partidos se ve a menudo perturbada por los conflictos de tendencias, las oposiciones de bandos y de facciones, las luchas entre «mayoritarios» y «minorita- rios», que asi manifiestan la dificultad —pero asimismo la realidad— del proceso de reduccién de las demandas. Los grandes grupos de presién fuertemente organizados, como las Confederaciones sindicales de asalariados, el Consejo nacional del Patronato francés, la Federacién nacional de Jos Trabajadores agricolas, asi como ciertas instituciones como las Camaras de Comercio, las Camaras de Agricul- tura, las Caémaras de Oficios, no desempefian un papel menos importante que el de los partidos en «la agrega- cién de los intereses» y no es seguro que su accién se halle siempre regulada y ordenada por los partidos. Por ejemplo, en Francia, todas las confederaciones sindicales de trabajadores no son meras «correas de transmisién» para los partidos de izquierda." En ciertas sociedades Ilamadas «arcaicas», la reduc- cién de las demandas politicas queda asegurada por las discusiones publicas ritualizadas y por la regla segun la cual sélo por unanimidad puede adoptarse legitimamente una decisién. Asi ocurre en la sociedad aldeana de los araucanos de Chile y de los indios cuna de Panama, en las hordas aranda de Australia, entre los ojibwas de la region de los grandes lagos norteamericanos, en las po- 10. G. ALMono, op. cit., p. 40. _ 11, Lo cual no impide que las ideologtas revolucionarias de tipo sizquierdista» las consideren como érganos de integracién al régimen, precisamente porque contribuyen a la reduccién de las demandas. 145 HCS 131, 10 blaciones del sur de Madagascar que permanecieron inde- pendientes del reino merina hasta la colonizacién fran- cesa. El debate prosigue tanto tiempo como es preciso para que Jos ancianos, portavoces de su linajes, acaben por estar undnimemente de acuerdo. Se sacrifican a este consenso las exigencias particulares de los grupos mino- ritarios. Si las mantuvieran, impedirian tomar una deci- sién cualquiera y serian considerados como responsables de las desagradables consecuencias que podria acarrear esta ausencia de decisién. Desde luego, todos los que participan en la discusién no gozan del mismo ascendiente o influencia: el visionario en los ojibwas, el mago en los aranda y los araucanos, el mds experto en el saber con- suetudinario en los cuna, el portavoz del linaje mas an- uo en otras sociedades tienen una voz preponderante sobre la de los dem4s: todos tienden a compartir su opinion.” Existen, sin embargo, algunas demandas que escapan a toda reduccion: son las que realmente constituyen el objeto de un consenso de todas las fuerzas sociales y politicas en un momento dado. El caso es mas 0 menos raro segtin las sociedades, pero no es ni inconcebible ni imposible de hallar en la experiencia. En situaciones par- ticularmente graves —por ejemplo, una amenaza de in- vasién o de exterminio, una catdstrofe natural, una crisis del sistema econémico—, puede lograrse el acuerdo casi undnime de toda la poblacién de un pais acerca de algunas demandas relativas a la seguridad 0 a la «salvacién pu- blica» y hacer que tales demandas prevalezcan sobre cual- quier otra. Los gobiernos lo saben tan a fondo que a veces, para poner fin a unos conflictos internos y reforzar el consenso sobre su legitimidad, utilizan e incluso pro- 12, JAW. Laprerre, Essai sur le fondement..., pp. 268, 420 y 473, En una exposicion ciclostilada sobre L’élaboration de la dé- cision dans les groupes du sud de Madagascar (Tananarive, 1959), P. Ortixo mostraba cémo la regla de la unanimidad oculta a menudo unas oposiciones que estallan mas tarde, en los momen- tos de crisis en que las decisiones «unanimes» son de nuevo impugnadas. 146 vocan un peligro exterior: los apremios del entorno extra- societal se convierten asi en un recurso para reducir las demandas. En efecto, para enfrentarse con el enemigo comun, ¢acaso no es preciso silenciar las querellas intes- tinas y superar las oposiciones de intereses? Declarar que «Ja patria est4 en peligro» permite lograr el consentimien- to a sacrificar las reivindicaciones propias de los diferen- tes grupos sociales, Podemos considerar, pues, la agrava- cién —a veces artificial— de las tensiones internacionales como un procedimiento de reduccién de las demandas politicas.” 13, Sabido es que, en agosto de 1914, la gran mayoria del movimiento obrero francés (CGT y partido socialista) se adhirié a la politica de defensa nacional; cf. G. Lerranc, Histoire du travail et des travailleurs, Flammarion, 1957, p. 388. 147 Il. La competicién de las demandas Tanto la ideologia del consenso como la ideologia del antagonismo, que corresponden a la imagen que se forjan de la vida politica los privilegiados por una parte y los oprimidos por la otra, pueden falsear el andlisis cientifico de los sistemas politicos. Negar que haya casos en Jos que la reduccién de las demandas logra formar un con- senso sobre algunas de ellas seria negarse a constatar unos hechos socio-histéricos bien establecidos. Afirmar que todos los conflictos acaban siendo superados gracias a la negociacién o a cualquier otra operacién reductora seria tomar los deseos por realidades. La politica entrafia siempre unos procesos de reduccién sin los cuales se convertiria en una «lucha desatada». Pero no se limita a eso. En ella siempre se dan tensiones, conflictos, deman- das contrarias 0 incompatibles, antagonismos irreducti- bles. Si no fuese asi, el sistema politico no seria, hablando con propiedad, un aparato de decisién, sino tnicamente un aparato de accién programada. A) Sistema programado y sistema decisional Un programa es una serie de operaciones o de trans- formaciones determinadas que permiten pasar de un es- tado inicial o de un conjunto de inputs determinado a un estado final o a un conjunto de outputs determinado. Si decimos que un grupo sigue «una politica» (o una «linea» politica), eso puede significar que aplica un programa, que pone en practica una serie de reglas de operacién o de transformacién que, partiendo de unas condiciones de- terminadas (inputs), le permiten alcanzar un objetivo determinado (output). La regulacién de un aparato de 149 tiro contra un objetivo mévil, Ja resolucién de un tipo de problema matematico después del aprendizaje de un tipo de solucién (es decir, después de la adquisicién del programa), la gestién de los stocks de una empresa en un mercado de fluctuaciones conocidas, el comportamien- to de un animal que es el resultado de un complejo de re- flejos condicionados, el desarrollo de un organismo vivo segun el cddigo genético inscrito en sus cromosomas, y, por supuesto, la ejecucién de un programa por un orde- nador son ejemplos de accién programada. Su cardacter comun es que todo en ellos es determinable: lo que entra, lo que se opera o se transforma y lo que sale. Este determinismo puede ser probabilista. Las entra- das, las salidas, los procesos de transformacién pueden ser variables aleatorias. Las reglas que componen el pro- grama seran entonces condicionales y no necesarias. Se dira que el sistema sigue una estrategia para alcanzar sus objetivos 0, en otros términos, que aplica unas reglas distintas en circunstancias distintas: no efectua necesa- riamente de la misma manera las mismas operaciones. Pero los objetivos y las reglas estan determinados, asi como las probabilidades de variacién de Jas entradas. En suma, el sistema dispone de una informacién completa sobre todas las variables pertinentes, que puede deter- minar en todo momento, y sobre todas las transformacio- nes a ordenar para responder a sus variaciones o fluctua- ciones. Nunca se encuentra en tal situacién que unas in- formaciones o unas presiones opuestas creen en alguna parte de su funcionamiento unos riesgos de bloqueo o unas zonas de incertidumbre. En cada momento de la ejecucién de una accién programada, se aplica una regla determinada, que opera una transformacién de unos im- puts determinados en unos outputs determinados! En ningvin momento existe una eleccién entre diversas solu- 1. J. Méutse, La gestion par les systémes. Essai de praxéo- logie, Editions Hommes et Techniques, p. 229: «Nos negamos a calificar de decisién toda salida de un modelo completo: tal sali- da es un programa que, a través del sistema operado, se transfor- ma en accién programada.» 150 ciones posibles para alcanzar los objetivos fijados ni, con mayor razon aun, una eleccién entre diversos objetivos posibles. La decisién propiamente dicha es una eleccién, ya entre diversos medios para llegar a una meta determina- da, ya entre varias metas posibles. Tal eleccién implica una incertidumbre (una falta de informacién), 0 bien sobre el estado del sistema y su relacién con su entorno, o bien sobre la relacién de los medios a los fines, o bien sobre los mismos fines. En el caso de un sistema politi- co, las lagunas de la informacién sobre las demandas, los recursos y los apremios pueden deberse a un exceso de filtracién en la entrada o a perturbaciones en la red de los canales de comunicacién. La falta de informacién so- bre la relacién de los medios a los fines proviene, cn general, de una insuficiencia de previsién de las posibles repercusiones de los outputs sobre el entorno y el mismo sistema 0, en otros términos, de una insuficiencia de in- formacién retroactiva. La incertidumbre acerca de los objetivos o las metas va unida a la competicién entre unas demandas incompatibles, formuladas y sostenidas por fuerzas politicas opuestas. Si se postula que, de un modo. muy general, el objetivo estriba en dar satisfaccién a Jas demandas por unas decisiones apropiadas, existen si- tuaciones en las que resulta imposible dar satisfaccién a ciertas demandas si se da satisfaccién a otras demandas. Es preciso adoptar, pues, una decisién acerca de estos puntos criticos. En este sentido, gobernar es decidir, y la politica consiste precisamente en adoptar esta clase dc decisiones para el conjunto de la sociedad global. Sz plantea un «problema politico» cuando el antagonismo entre varias demandas incompatibles e irreductibles ex ge una elecci6n entre varias decisiones o «soluciones» po- sibles. Para efectuar esta eleccién (adoptar la decisidn), quienes deciden deben disponer, sin duda, de informacic- nes acerca de Ja relacién de fuerzas, es decir, acerca de los recursos movilizables por los grupos antagénices en apoyo de sus demandas. Y tales informaciones puedca entrafiar asimismo nuevas lagunas e incertidumbres. 151 B) Convergencias y divergencias, compatibilidades e incompatibilidades entre las demandas politicas La diversidad de las demandas expresa la diversidad de los grupos, categorias, capas y clases sociales cuyas «necesidades» e «intereses» son tanto mas distintos cuan- to mas «desarrollada» es la sociedad global estudiada —si se entiende estrictamente por «desarrollo» un proceso de diferenciacién y de especializacién de las funciones so- ciales que tiende a organizar tales funciones en subsis- temas relativamente auténomos. La diferencia no es ne- cesariamente antagonismo. Unas demandas diferentes, ex- presadas y sostenidas por diversos grupos sociales, no siempre son demandas contrarias. Pueden ser comple- mentarias o convergentes. Pero asimismo pueden ser di- vergentes u opuestas. Por ejemplo, el cuadro descrito por el historiador Albert Mathiez de Francia en 1789 nos muestra que la demanda campesina de abolicién de los derechos sefioriales (incluso los peajes y arbitrios) y la demanda burguesa de libre circulacién de las mercancias son complementarias; las demandas de limitacién del po- der real y de reforma fiscal son convergentes ; pero existen divergencias e incompatibilidades entre ciertas demandas del tercer estado: «El tercer estado estA unido contra los aristécratas, pero sus propias reivindicaciones varian se- gan emanen de los burgueses o de los campesinos, de los negociantes o de los artesanos. En ellas se reflejan todos los matices de interés y de pensamiento de las dis- tintas clases. Contra el régimen seforial, las quejas ele- vadas por las parroquias son naturalmente mds dsperas que las que figuran en las listas de las bailfas redactadas por los ciudadanos. Para condenar a las corporaciones, la unanimidad anda lejos de ser completa. Las protestas contra la supresién del libre pastoreo y del derecho a espigar, 0 contra el reparto de las tierras comunales, sélo 2. Esta definicién del «desarrollo» no se confunde, pues, en modo alguno con la del crecimiento econémico y menos aun con Ia de Ia idea de progreso. 152 emanan de una minoria. Se adivina que la burguesfa, que ya se halla en posesién de una parte de la tierra, en caso de necesidad se solidarizarfa con la propiedad feudal con- tra los campesinos pobres. Faltan por completo las rei- vindicaciones propiamente obreras. Son los “amos” quie- nes han manejado la pluma. El proletariado de las ciudades todavia carece de voz en el capitulo. En cambio, los deseos de los industriales y de los comerciantes, sus protestas contra los perniciosos efectos del tratado de comercio con Inglaterra, la exposicién de las necesidades de las distintas ramas de la produccién son objeto de estudios precisos y muy notables.»* Tomemos un ejemplo muy simple: los campesinos quieren vender su trigo a un precio mas elevado; los trabajadores de las ciudades quieren que el pan sea ba- rato; los comerciantes de harinas y los panaderos quieren aumentar sus beneficios. En un sistema econémico en que los precios del trigo, de la harina y del pan se hallan reglamentados por decisiones polfticas, estas tres deman- das salen del sistema econémico para entrar en el sistema politico. Las tres son divergentes. Pero unas demandas divergentes resultan compatibles cuando, entre las deci- siones que los recursos y los apremios hacen posibles, una por lo menos permitiria dar una cierta satisfaccién a unas y otras. Por el contrario, son incompatibles cuando todas las decisiones posibles son de tal suerte que sdlo se puede dar satisfaccién a unas demandas si se renuncia a dar satisfaccién a las otras. En el caso anterior, las demandas son compatibles dos a dos, pero entonces re- sultan incompatibles con la tercera. La disminucién (0 la estabilidad) del precio del pan es compatible con el aumento del precio del trigo —a condicién de que dis- minuyan los beneficios de los comerciantes de harinas y de los panaderos. El precio del trigo puede aumentar y los beneficios de los comerciantes de harinas también (compatibilidad) —a condicién de que el precio del pan 3. Albert Matu1ez, La Révolution Francaise, 1: La chute de la royauté, A. Colin, 1937, pp. 46-47, 153 aumente para los ciudadanos (incompatibilidad). El pre cio del pan puede seguir siendo barato y pueden aumentar los beneficios de los panaderos (compatibilidad), si el pre- cio del trigo disminuye contrariamente a lo que piden los campesinos (incompatibilidad). Podriamos citar otros ejemplos.‘ De un modo general podemos decir que la divergencia y la incompatibilidad de las demandas impli- can una competicién de los que sostienen tales demandas, por lo que se refiere a un valor raro que constituye el objetivo de esta competicién: mujeres, espacio, dinero, mano de obra, honores, poder, etc. La maxima incompa- tibilidad surge entre las demandas que tienden al cambio innovador (establecimiento de nuevas reglas, iniciacién de nuevas empresas colectivas, nueva organizacién del siste- ma politico), las demandas que tienden a la conservacién o al mantenimiento del estado del sistema y las que tien- den a efectuar un cambio regresivo (restablecimiento de antiguas reglas ya modificadas o abolidas, reanudacién de antiguas acciones colectivas ya abandonadas, retorno a un régimen anterior). Estas demandas divergentes sue- len corresponder a distintas posiciones en la estratifica- cién social. Desde luego, algunas capas, clases, categorias o grupos, cuyas demandas son opuestas en un momento dado, pue- den formular y sostener en la competicién politica unas demandas convergentes 0 complementarias cuando la si- tuacién haya cambiado. No obstante, durante el largo periodo en que se mantiene un cierto modo de estratifica- cién, las divergencias y las incompatibilidades entre las capas © categorias sociales pueden considerarse como «coyunturales» (muy variables segtin las situaciones), mientras las divergencias y las incompatibilidades entre 4. Asi, parte del publico de provincias pide una descentrali- zacién de la creacién cultural, mientras otra parte pide unas manifestaciones culturales que respondan a los gustos y a las modas de la capital. Algunos universitarios v estudiantes piden una mayor autonomia para las universidades, mientras otros exigen unas nurmas estrictas de uniformidad para el otorgamien- to de los diplomas nacionales, etc. 154 Jas castas, ordenes o clases pueden considerarse como «es- tructurales» (persistentes a pesar de los cambios de situa- cidn). El apremio de las hendeduras y de los antagonismos que dependen de la estratificacién social da cuenta de las modalidades de la competicién de las demandas.’ El ané- lisis comparativo debe buscar, pues, cuales son las prin- cipales lineas segin las cuales se hienden las diferentes sociedades globales estudiadas. La competicién de las demandas, que constituye el combate politico, moviliza unos recursos energéticos al mismo tiempo que unos recursos informacionales. En efecto, las demandas no son tnicamente unos mensajes que entran en una red de comunicaciones. Todo modelo que tiende a reducir la vida politica a un conjunto de fenémenos de informacién se arriesga a fijarse tan sélo en uno de sus aspectos (el mas recientemente descubierto) y ocultar en cambio otro aspecto —méas antiguamente se- fialado, pero no menos importante para la explicaci6n—: las demandas son formuladas y sostenidas por unas fuer- zas sociales, generalmente desiguales, que se convierten en fuerzas politicas en la medida en que se organizan para desempefiar una o varias funciones en los procesos del sistema politico.’ Las fuerzas politicas pueden coali- garse o combatirse segin sean convergentes o divergen- tes sus respectivas demandas. Las demandas que entran en el sistema politico son 5. D. Easton reconoce que el concepto de hendedura «se refiere a la diversidad de las demandas o de sus parémetros», lo mismo que a los «antagonismos entre los grupos en lo que se refiere al sostén que conceden a las demandas y a los lideres» (Systems analysis, pp. 235-236). Pero este concepto no le sirve para nada en todo su estudio de la demanda y s6lo lo introduce al final de la tercera parte, que habla de Jas variaciones del sos- tén, As{ queda oscurecida la competicién de las demandas, a la que sélo se hace alusién en el capitulo 15. En Devrsci, el concepto de poder (power) cs muy préximo al de fuerza, cf. The nerves of government, p. 248; «po- wer or strenght»... En EasTox, el concepto mas «energético» es el de Stress, que designa las tensiones por las que es amenazada la persistencia del 155 distintas, no sdlo por su contenido, sino también por su intensidad o poder, el cual depende de las fuerzas sociales que las sostienen. Entendemos aqui por «fuerzas sociales» toda persona y todo grupo que, por su accién, provoca, modifica 0 estorba la accién de las otras personas o de los otros grupos. En cuanto al concepto de accién social, no significa nada que sea vago ni misterioso, sino uni- camente la manera segun la cual una persona o un grupo desempefia efectivamente su funcién social (o sus fun- ciones): significa, pues, un conjunto de conductas obser- vables en unas situaciones determinadas, Formular o sostener una demanda politica constituye una accién so- cial cuyas modalidades son diversas. Tal accién no con- siste unicamente en enunciar un mensaje ateniéndose a un cédigo; consiste asimismo en manifestar una fuerza? Redactar una peticién no es nada, si luego no se la hace firmar por el mayor nimero posible de personas o por una minorfa de poderosos notables. Tomar la palabra en el consejo de la aldea o de Ja tribu —o bien en una asamblea parlamentaria— o bien en un gran mitin popu- lar no es nada si no se habla en nombre de un linaje, de unos antepasados, de un grupo parlamentario o de un partido politico. Pintar un eslogan en un cartel y marchar con él por la calle no es nada si nadie desfila detr4s del que enarbola el cartel. Llevar a cabo una gestién en el gabinete de un ministro o de un prefecto no es nada si no se representa un grupo financiero o industrial podero- so, una agrupacién cultural influyente, una gran ciudad, un sindicato de agricultores o de trabajadores asalariados considerado como «representativo», etc. En la competicién de las demandas, el juego de las fuerzas politicas, asi como la emisién y la transmisién de los mensajes, es un juego regulado, en el que se aplica 7. No se refiere al «sujeto histérico», como en la Sociologie de action d’Alain Tovratne, ni a la «teorfa general de la accién», elaborada por Talcott Parsons. 8 J-W. Laprerre, Pour une théorie dynamique des change- ments politiques, en «Revue Frangaise de Science Politique», XI, 1961, nam. 1, pp. 118-137. 156 un cédigo —salvo en el caso de guerra civil (y aun...}—: el recurso a la violencia para lograr que prevalezcan sus demandas acarrea la violacién de las reglas del juego politico, o por lo menos de algunas de ellas, que forman parte de la cuestién misma debatida. El etnélogo inglés F. G. Bailey ha escrito una excelente obra que pone en evi- dencia, tanto en las sociedades llamadas «arcaicas» como en las sociedades lamadas «modernas», el hecho de que «en toda estructura politica existen asimismo unas reglas concernientes a la manera segun la cual debe desarrollar- se la competicién. Tales reglas limitan abiertamente el comportamiento de los competidores y, a la vez, aseguran el buen orden permitiendo que los mensajes circulen entre los competidores. Cada movimiento en el juego es un mensaje que informa al adversario sobre la importancia de los medios y sobre las intenciones de aquél que acaba de jugar. Existe un campo limitado de réplicas posibles y la mayor parte de las veces ambos competidores cono- cen su radio de accién. Y el juego permanece ordenado, en parte porque ambos competidores conocen lo que en el mismo tiene lugar»? El autor establece una distincién pertinente entre Jas reglas normativas (unidas a unos apremios que proceden del sistema cultural) y las reglas pragmaticas (unidas a la limitacién de los recursos dis- ponibles para cada competidor). A los competidores en presencia sobre un drea dada y que se disputan un obje- tivo determinado (que Bailey denomina «trofeo»), las re- glas del juego politico les permiten manifestar su fuerza a los otros sin tener que servirse de ella, es decir, sin tener que recurrir a la violencia. Las divergencias y las incompatibilidades entre las demandas son, pues, ios signos observables de las tensio- nes entre las fuerzas sociales. Una tensién es una relacién de fuerzas en la cual cada una de ellas trata de modificar o estorbar la accién de la otra con objeto de alcanzar sus propios objetivos. Las tensiones sociales se convierten en «problemas politicos» cuando sélo pueden resolverse por 9. F.G, BAILey, Les régles du jeu politique, PUF, 1971, p. 42. 157 decisiones que conciernen a la sociedad global en su con- junto.” Y estos problemas se hacen criticos cuando la incompatibilidad de las demandas transforma las tensio- nes en conflictos. Tales conflictos pueden producirse a la entrada misma del sistema. Si las demandas de fuerzas sociales relativamente importantes no logran entrar en el sistema, porque son constantemente rechazadas gracias a los procesos de filtracién, tratan a veces de forzar la entrada recurriendo a la violencia, sobre todo cuando aquellos que no cuentan politicamente no pueden hallar satisfaccién a sus «necesidades» o «intereses» en lo que sale de los demas sistemas sociales intrasocietales. Las rebeliones de esclavos, las insurrecciones tribales, las su- blevaciones plebeyas, los motines urbanos de los siglos x1 y xur en Europa occidental, las huelgas salvajes y las agitaciones estudiantiles actuales, los acontecimientos de Polonia y de Hungria en 1956, de Checoslovaquia en 1968, ilustran con la suficiente claridad esta reaccién de las fuerzas sociales que son rechazadas por los «porteros» del sistema politico. «Cuando se dan sublevaciones popu- lares, los porteros pueden verse violentamente descarta- dos o sus poderes reguladores seriamente disminuidos. Puesto que, en estas circunstancias, la conversién de las necesidades en demandas es directa, podemos describir las demandas que tal conversién produce como inputs no mediatizados. Las demandas no mediatizadas suelen reflejar las reacciones populares ante situaciones excep- cionales de peligro, urgencia o catdstrofe. Esta reaccién comun a unas condiciones parecidas conduce a una con- version de las necesidades contagiosa, que se difunde am- 10. Otras tensiones pueden manifestarse a la entrada o en el interior de los otros sistemas sociales: en el sistema biosocial (por ejemplo, la tensién entre el padre y el tfo materno en los trobriandeses, segin Malinowski), en el sistema ecolégico (por ejemplo, entre los grupos que tratan de ocupar el mismo espa- cio), en el sitema econémico (por ejemplo, la competencia entre firmas en una economia de mercado, las tensiones entre sectores en una economfa planificada). Todas las tensiones sociales no desembocan necesariamente en problemas politicos. 158 pliamente y casi instantaneamente en la poblacién. La necesidad es directamente transmitida a las autoridades por aquellos que la experimentan, sin intermediarios for- males ni informales.»" Tales acontecimientos, que caracterizan una situacién de crisis de las interacciones entre el sistema politico y su entorno intrasocietal, significan que ciertas fuerzas sociales, insatisfechas por los outputs de los sistemas biosocial, ecolégico, econémico y cultural y no habiendo tenido acceso hasta entonces a los procesos de decisién politica, exigen por consiguiente unos cambios en la re- gulacién de las actividades sociales o nuevas empresas colectivas de la sociedad global més conformes a sus intereses. Cuando ciertas categorias, segmentos, capas, castas, érdenes o clases sociales empiezan a cobrar con- ciencia de que constituyen una fuerza social y que la satisfaccién de sus demandas depende de unas decisiones politicas, comienzan a expresarse y manifestarse, y luego a organizarse politicamente. Nos hallamos entonces en presencia de un fenédmeno de innovacién politica, que mas tarde ser4 descrito por los historiadores como un «movimiento». Tal fue el caso de la burguesia naciente . en Ia Edad Media, cuando reclamaba libertades y fran- quicias frente al poder sefiorial y las mds de las veces dirigia estas demandas al poder real por mediacién de sus agentes provinciales, que desempefiaban entonces la funcién de porteros; si el rey no podia o no queria darles satisfaccién, los burgueses no vacilaban en recurrir a la conjuracién y a Ia insurreccién. Tal fue el caso asimismo del movimiento obrero naciente a finales del siglo xvitt y comienzos del siglo x1x en los Estados europeos en los que se realizaba la revolucién industrial.” Para pasar de la descripcién al andlisis, conviene interpretar estos fe- 11. D. Easton, Systems analysis, p. 88. Los outputs que res- ponden a los inputs no mediatizados pueden ser represivos, y las més de las veces lo son efectivamente: en general resulta mas facil liquidar a los demandantes intempestivos que dar satisfac- cién a sus demandas. 12, J-W. Lapirrre, Essai sur le fondement..., cap. 7. 159 némenos histéricos como el resultado de una convergen- cia de inputs politicos procedentes del sistema biosocial (crecimiento demografico en los siglos x11 y xviit), del sistema ecolégico (urbanizacién alrededor de los merca- dos que se establecian en la encrucijada de las vias de comunicacién —siglo x1I— 0 junto a las fuentes de ma- terias primas y junto a los puertos —siglo x1x—), del sistema econémico (reanudacién de los intercambios co- merciales en el siglo x11, industrializacién en el siglo xIx), del sistema cultural («toma de conciencia» e invencién de nuevos modos de expresién, progreso de las ciencias y técnicas, formacién de nuevos cédigos éticos). Esta con- vergencia de inputs es el resultado de las interacciones entre los sistemas sociales y los modos de estratificacién social que de los mismos se derivan, interacciones que dan lugar a unas demandas incompatibles e irreductibles. La lucha de clases constituye un caso particular de com- peticién entre fuerzas sociales que formulan unas deman- das incompatibles y hacen asi necesarias unas opciones politicas. C) La determinacién de los problemas criticos La reduccién y la competicién de las demandas son dos procesos complementarios que desembocan en la determinacién de ciertos puntos criticos acerca de los cuales importa que se adopten decisiones: los «problemas de la hora actual», las «cuestiones candentes» sobre las cuales se concentran los debates y los combates. De una competicién entre una multiplicidad de demandas se pasa a la oposicién entre series o bloques de demandas con- trarias. Sobre cada uno de estos puntos litigiosos, el sis- tema politico tiende a operar una separacién entre dos campos opuestos que proponen soluciones incompatibles. Pero es posible que unas fuerzas aliadas en un punto sean adversarias en otro punto. E] dualismo en todos los puntos sélo es un caso limite: el de la guerra civil, y aun... David Easton no ha querido ver en esta determinacién 160