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ALABANZA A LA DISCIPLINA

UNA PRESENTACIÓN PANORÁMICA DEL LIBRO DE RICHARD J. FOSTER


FOSTER, Richard J. Alabanza a la disciplina. Nashville: Editorial Betania, 1986. 220 p.

Por Harold Segura C.


Introducción general:

 El autor presenta doce disciplinas espirituales clasificadas en tres partes: disciplinas internas,
externas y colectivas. Cada una de ellas, nos dice, son disciplinas clásicas que nos pueden
conducir desde nuestra superficialidad hacia la profundidad del reino espiritual.

 Algunas aclaraciones necesarias:


(1) Son disciplinas para seres humanos comunes y corrientes que desean transformar las
relaciones cotidianas de su vida: relaciones conyugales, familiares, laborales y otras.
(2) Son disciplinas que producen gozo y enriquecen la vida; no son prácticas monótonas
con el propósito de exterminar la risa y la alegría.
(3) Son disciplinas para todos aquellos que tenga sed de Dios. En un sentido todos somos
principiantes en los senderos de la fe.

 En nuestra época existe una dificultad práctica al no saber lo que significan esas disciplinas
ni cómo ejercitarlas. Esta incompetencia es propia de nuestro mundo moderno, que conoce
a profundidad los misterios de la ciencia y la tecnología, pero ignora el ABC del alma
humana. Por eso necesitamos aprender algunas técnicas, sin olvidar que la espiritualidad es
mucho más que ellas.

 Base teológica del libro: Toda la raza humana padece bajo su condición de pecado. El
pecado también se expresa por medio de hábitos que se arraigan en nuestro
comportamiento. Creer que la voluntad nos libera, es rendir culto idolátrico a ella. La
voluntad, al igual que la ley, solo puede hacerle frente a lo externo. Nuestro cambio interno
es una obra de Dios y se recibe por la gracia. La justicia es un don de Dios concedido a
través de Jesucristo.

Entonces, si nuestros esfuerzos humanos son inútiles y si la justificación es una gracia


soberana de Dios, ¿nada podemos hacer por nuestra transformación, excepto esperar que
Dios la opere?. El análisis es correcto, más no la conclusión. No hay por qué plantear el
dilema entre nuestra prepotencia y nuestra ociosidad.

Dios es el autor de nuestra transformación y Él mismo nos dio las disciplinas espirituales
como medios a través de los cuales nosotros nos disponemos para recibir su gracia.
Nosotros nos exponemos ante Él para que nos transforme. Sucede como con los
granjeros que no pueden producir granos, pero tienen a su cargo proveer las condiciones
para que estos se produzcan. Quien practica las disciplinas está sembrando para el espíritu
(Gál. 6:8). De allí que debamos hablar del “camino de la gracia disciplinada”.

 Un peligro evidente es convertir las disciplinas en leyes. Si esto ocurre no estaremos


avanzando más allá de donde llegaron los escribas y fariseos de la época de Jesús. Cuando
esto ocurre, las disciplinas se convierten en medios de manipulación religiosa para infundir
temor o para resaltar el orgullo (Mt. 23:4).

 El propósito de las disciplinas espirituales es dejar que Dios transforme nuestras vidas y
reemplacemos hábitos destructivos por otros que produzcan vida.

Disciplinas internas:
ALABANZA A LA DISCIPLINA. Una Presentación panorámica del libro de Richard J. Foster. Harold Segura C.

1. La disciplina de la meditación: El ruido, la prisa y la multitud son marcas distintivas de


nuestra época. La meditación es una disciplina que se eleva por encima de nuestra cultura
de la eficiencia y que nos convoca al silencio recreador y al mundo interno de la
contemplación.
La meditación cristiana –diferente a la de la religiosidad oriental- es un tiempo de quietud, de
silencio recreador; en él la mente se concentra en Dios y busca escuchar su voz, percibir su
amor y captar su voluntad.

2. La disciplina de la oración: Esta es una disciplina dirigida a nuestro cambio interior, pero
también a la transformación de nuestro mundo, porque “orar es trabajar con Dios en la
determinación del futuro” (p. 49). Si oráramos de manera correcta, nuestro mundo sería
distinto. El mundo también se cambia por medio de la oración.
La oración consiste tanto en hablar como en escuchar. En ella escuchamos la voz de Dios y
nos unimos a sus propósitos redentores para el mundo.

3. La disciplina del ayuno: La abstención de alimentos con propósitos espirituales se encuentra


en toda la Biblia. Jesús, por ejemplo, la practicó y dio por sentado que sus seguidores lo
imitarían: “Cuando ayunéis...” (Mt. 6:16). El ayuno es una disciplina que nos ayuda a
recordar que la gracia de Dios no es barata y que el seguimiento de Cristo implica
renunciación y entrega. Por medio del ayuno podemos centrarnos en Dios, percibir
internamente aquello que más nos domina, orar intercediendo por otras personas y buscar la
dirección del Señor para nuestras vidas.

4. La disciplina del estudio: Esta disciplina atiende dos clases de libros: los escritos y los no
escritos (la naturaleza, los eventos y las acciones). Estudiar, en este sentido, es observar
con cuidado y reflexionar con profundidad con el deseo de aprender y de transformar
nuestros hábitos y pensamientos. Cuatro pasos se recomiendan para la práctica de esta
disciplina: la repetición, para arraigar hábitos de pensamiento; la concentración, para enfocar
la mente en el tema; la comprensión, para percibir la realidad y penetrar en ella; y la
reflexión, para profundizar en el significado de las realidades percibidas para nuestras vidas.

Disciplinas externas:

5. La disciplina de la sencillez: Practicar la sencillez cristiana significa poner a Dios como


centro de nuestras ambiciones humanas y, por lo tanto, sujetar el deseo insaciable de
adquirir posiciones, condiciones y bienes. Hoy, nos consume el deseo psicótico y
extravagante de adquirir cosas. De allí la urgencia de adoptar un modelo de vida nuevo y
más humano, conforme al ejemplo de Jesús. El autor ofrece diez principios prácticos para la
práctica diaria de esta disciplina.

6. La disciplina del retiro: Retirarnos no tiene tanto que ver con un lugar como sí con un estado
de la mente y del corazón. Con el retiro se busca estar a solas, no para escapar de la gente,
sino para escuchar mejor a Dios. Esta disciplina está asociada al silencio.
Lo primero que podemos hacer si deseamos ejercitar esta disciplina es aprovechar los
“pequeños retiros” que se presentan cada día (en la mañana o en la noche, por ejemplo).
Otra forma es guardar silencio durante un día entero, o ir a un lugar tranquilo durante
algunas horas con el fin de reorientar las metas de nuestra vida. Uno de sus frutos es tener
más sensibilidad y compasión hacia los demás.

7. La disciplina de la sumisión: Toda disciplina tiene su correspondiente libertad; en el caso de


la sumisión, nos libera de la carga de querer obtener siempre lo que deseamos. La
impaciencia, la intolerancia ante los pequeños errores y la ansiedad acosan nuestra vida

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diaria haciéndonos creer que dependemos de la realización de todos nuestros deseos. La


sumisión, como disciplina espiritual, tiene que ver con renunciar a nuestros derechos y con
no reaccionar con ira ni amargura ante las frustraciones diarias; en otras palabras, con
“negarnos a nosotros mismos” (Mr. 8:38). Como cristianos nos sometemos a Dios, a su
Palabra, a nuestra familia, al cuerpo de Cristo, a los quebrantados y despreciados, y al
mundo como comunidad interdependiente.

8. La disciplina del servicio: El servicio nos hace libres de “la ley del más fuerte” y nos habilita
para la entrega comprometida hacia los demás.
Al mismo tiempo que Jesús enseñó el servicio, condenó a los fariseos por su manera
arrogante de servir. Ellos servían para impresionar con lo grande y ocupar los primeros
lugares en las estadísticas de la entrega.
Servimos de muchas maneras: cuidando la reputación de otros, siendo compasivos, siendo
hospitalarios, escuchando con atención a los demás, llevando las cargas de los otros, y
hasta dejándonos servir por los demás.

Disciplinas colectivas:

9. La disciplina de la confesión: La confesión pública es, tanto una disciplina como una gracia.
Se practica en la comunidad cristiana entendida ésta como comunidad de pecadores
redimidos que ha recibido la autoridad de perdonar y restaurar (Jn. 20:23). En verdad, la
práctica privada se complementa con la pública, aunque la última ofrece la ventaja sanadora
de sentirse acogido y acompañado por otros.
Esta disciplina corrige nuestra vanidad y nos abre a la gracia sanadora de Dios. “Dios está
creando una Iglesia que abiertamente confiese su fragilidad humana y conozca la gracia de
Cristo que da perdón y poder” (p. 171).

10. La disciplina de la adoración: Dios es el objeto único de la adoración cristiana. Adorar es


una manera de vivir y de actuar conforme a la voluntad de Dios; es una aventura intencional
y disciplinada; es, sobre todo, un estilo de vida que nos coloca delante de Dios y nos expone
a su transformación. Cuando la adoración no nos cambia es porque no ha sido verdadera
adoración.

11. La disciplina de la búsqueda de asesoramiento: Dios nos dirige, ya sabemos, por medio
de la Biblia, de las circunstancias y por los estímulos del Espíritu Santo. Sin embargo,
hemos oído muy poco acerca de la dimensión comunitaria de la dirección de Dios para
nuestra vida. Quizá sea el individualismo occidental el que explique mejor nuestro
descuido.
Dios nos guía individual, pero también colectivamente. El asesoramiento colectivo se refiere
a la experiencia de exponernos ante un grupo de cristianos maduros para recibir su consejo
y orientación. De igual manera, los grupos de trabajo ministerial pueden recibir
asesoramiento de parte de una persona o de un grupo de personas. Se actúa así para
buscar la dirección del Espíritu Santo en nuestras vidas.

12. La disciplina del gozo: Jesús inició su ministerio declarando el año del jubileo (Lc.
4:18,19). Esa proclamación, con sus obvias implicaciones sociales, señala hacia el gozo
(júbilo) que viene como resultado de la liberación integral por parte de Dios. Este júbilo nos
hace fuertes y nos permite vivir el seguimiento de Jesús con alegría; de otra manera ese
seguimiento se vuelve ritualista y las disciplinas espirituales se convierten en pesadas
normas de ley.
En la vida cristiana, el gozo es resultado de la obediencia, no de la liturgia festiva desprovista
de compromiso. También llega como resultado de la confianza en Dios.

Algunas consideraciones para nuestro ministerio:

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1) El libro de Foster refleja una de las corrientes clásicas de la espiritualidad evangélica,


imbuida de la rica tradición pietista alemana de los siglos XVII y XVIII. ¿Cuáles son algunos
aportes de esta piedad personal para el ministerio de nuestras iglesias?
2) Esta espiritualidad, como todas las demás, tiene sus riesgos; en este caso el riesgo es el de
reducirla al ámbito privado, encerrada en lo íntimo y producir una distancia con los
compromisos sociales, políticos y ambientales del mundo. ¿Cómo podríamos esquivar estos
riesgos sin desechar la riqueza de esta herencia?
3) ¿Cómo pudiéramos aprovechar esta variedad de disciplinas espirituales en los programas de
formación cristiana en nuestras iglesias y organizaciones?