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VOLUMEN

COMPENDIO DE LA VIDA ñu ERASMO (Contada por él mismo;. CARTAS AL PADRE ROCERO Y A JUAN BOTZHEMIO.

CORRESPONDENCIA DE ERASMO CON LOS SUMOS PONTÍFICES. PANEGÍRICO GRATULATORIO A FELIPE EL HERMOSO;

- EDUCACIÓN BEL

PRÍNCIPE

CRISTIANO.

LA VIUDA CRISTIANA. ENCOMIO DE LA MEDICINA.

APOLOGÍA

DEL MATRIMONIO.

PLAN DE ESTUDIOS. EPÍSTOLA CONSOLATORIA.

DECLARACIÓN SOBRE LA MUERTE,. SERMÓN DEL NIÑO JMSÚS, EN BOCA DE UN NIÑO>.

PREPARACIÓN

PARA LA MUERTE.

PARALELISMO DEL MARTIRIO Y DE LA VIRGINIDAD. LITURGIA. LAURETANA.

PBIJ MENOSPRECIO DEL MUNDO.

Dlí

PARÁFRASIS

DEL EVANGELIO DE

SAN

CÓMO' LOS

NIÑO S

HAN

Y

EN LAS

DE

SER

INICIADO S

BUENAS LETRAS.

LLCAS.

EN

I,A

ptKDAIí

DE

QUERELLA

DE LA

PAZ.

ADAGIOS. LA AMABLE CONCORDIA DE LA IGLESIA. COLOQUIOS. EPIGRAMAS. EPISTOLARIO.

OTRAS OBRAS DEL MISMO AUTOR PUBLICADAS POR ESTA EDITORIAL

ELOGIO

DE LA LOCURA

(Col. Crisol, núm. 50)

ERASMO

'

l'i'lnli'tl lli S|inlti. hiiDiT.Hii cu

l<]np;iñ:i, por

(li'úllcas Halar,

Ainli'rM de

Ui Cuerda,

4,

Mmlrld.

Xild^rjfía de Erasmo, con Términos, por llolhrln, rs35- (Museo <Íe Artr, BASILEA)

Universidad de San Buenaventura - Cali

ERASMO

C10047467

OBRAS

ESCOGIDAS

TRASLACIÓN

DIRECTA,

CASTELLANA

NOTAS

COMENTARIOS,

ENSAYO

Y

UN

BIOIilBUOGRÁFICO

LORENZO

RIBER

De la Real Academia Española

AGUILAR

MADRID -

195 6

EDUCACIÓN DEL PRÍNCIPE CRISTIANO (I)

DEDICATORIA

Al Ilustrísimo Príncipe DON CARLOS, nieto del invictísimo César MAXIMILIA- NO, ERASMO ROTERODAMO: Salud .

S IENDO así que de suyo es cosa

aventajado de los príncipes, opi- na Aristóteles no haber más excelente linaje de sabiduría que la que ense- ña a formar al príncipe, útil y .eficaz

para el bien común. Con toda razón, Jenofonte, en el libro que intituló Económico, conceptúa ser misión si- tuada muy por encima del hombre,

y divina a todas luces, la de gobernar

a gentes libres y que de buena gana

se prestan a ser gobernadas. Esta es, ni más ni menos, aquella sabidu- ría en la que los príncipes deben po- ner toda afición; aquella sabiduría,

que con desdén de cualesquiera otras cosas, deseó aquel espejo de cordura que fue Salomón en su juventud, y que quiso que, a la' continua, asistiera

a su trono real. Esta es aquella castí-

exi-

mia la sabiduría, oh Carlos, el más

del prín-

cipe cristiano está hecha sobre la edición de Basilea, impresa en la oficina tipográfica de Juan Froben, en 1516. Trae una nota ma- nuscrita que dice: «Correcta in Montesíon., die 14 octobris 1613.»

(1)

La versión

de la Educación

sima y a la vez hermosísima Sulami- ta, con cuyos abrazos únicos se deleitó David, sapientísimo padre de un hijo sapientísimo. Esta es la que habla así en el libro de los Proverbios:

«Por mí los príncipes mandan y los poderosos disciernen la justicia.» A esta sabiduría, todas las veces que los reyes la llaman a su consejo, luego de excluir aquellos consejos pésimos, verbigracia, la ambición, la ira, la co- dicia y la adulación floreciente, la república en todos sus aspectos, con razón se felicita a sí misma de deber

su bienestar a la sabiduría de su prín-

cipe, con estas palabras: «Todos los bienes me vinieron juntamente con ella.» Por esto Platón, en ninguna otra cosa muestra diligencia mayor que en formar gobernantes para su República, tales que no por sus ri- quezas, no por sus tesoros, no por su atuendo, no por el lustre de sus ma- yores, no por el poderío de su escol-

ta, sino por su sola sabiduría se aven- tajen a los demás. Y aún afirma que jamás hubo repúblicas prósperas si no fueron filósofos los que pusieron mano al timón, o si aquellos a quienes la fortuna entregó el gobierno, abra- zaron y profesaron la filosofía. Mío-

EDUCACIÓN

'UfíL -PRÍNCIPE

CRISTIANO

2T. r í

Yio ya trasladó al latín la doctrina de Isócrates acerca de la administración del reino. A imitación suya, yo he añadido la mía, dispuesta en forma de aforismos, para ahorrar pesadum- bre a quienes los leyeren; aforismos que ;iio se apartan mucho del doctri- nal político de Isócrates. Es de saber que este sofista instruyó a no sé qué reyezuelo, o, por mejor decir, no sé qué tirano, en doctrina pagana, por- que él era pagano. Yo, con mi profe- sión de teólogo, instruyo a un ilustre e integérrimo príncipe; yo, cristiano, formo a un gobernador cristiano. Si yo escribiera este manual del buen gobierno para un príncipe de más años, podrían poner en mí algunos espíritus malévolos sospecha de adu- lación o de temeridad. Con todo, en este caso, como el librito va nuncu- pado a quien, aun ofreciendo las más altas esperanzas, es de tan verde mo- cedad y tan fresca es la inauguración de su reinado, no pudo tener tiempo

de .realizar aquellos hechos que en los

otros príncipes suelen ser materia de alabanza o de baldón. Limpio yo de ambas sospechas, no tiene viso ni vis- lumbre d verosimilitud que no haber tenido yo más mira que la del bien pú- blico, que debe ser el ideal indecli- nable y fijo, así para reyes como para amigos y vasallos de reyes. Entre las innumerables glorias que con el au- xilio de Dios te deparará tu personal virtud, constituirá rio pequeña parte de tu gloria haber sido Carlos tal, porque tuvo la fortuna de dar con un pedagogo, que sin recelo ni empacho, ajeno a toda pringosa adulación, le puso delante de los ojos el tipo de un íntegro y verdadero príncipe, que siendo de índole inmejorable, se con- venciera de que ya, desde su juiciosa mocedad, debía a la de su modelo ajustar su conducta, tenaz y constante en su deseo de mejorarse de día en día a sí mismo. Ten salud, en Dios y enhorabuena.

EDUCACIÓN DEL PRÍNCIPE CRISTIANO

NACIMIENTO

Y EDUCACIÓN

DEL PRÍNCIPE

Toda vez que por sufragio y con- sentimiento general quedó estableci- da y firme la elección de un príncipe, no tanto se debe poner la mira y ha- cer caudal de su ilustre ascendencia, perpetuada en las estatuas de sus ma- yores, ni de su buen parecer, ni de su apasionamiento y prestancia físi- ca, bobería insigne en que leemos haber caído con cierta frecuencia al- gunos pueblos bárbaros, como en la disposición de su ánimo, si es apaci- ble y mansa, si es de sosegado enten- dimiento, no precipitado ni impetuo-

so, corriendo manifiesto peligro de

que, estimulado por la desaforada li- cencia que su fortuna le dará degene-

re y explote en tiranía, y que no su-

fra ni avisos ni consejos; o, al re-

vés: de que sea de tan floja voluntad

y

llevar por cualquier antojo o influen- cia ajena. Hay que estudiar en él la

experiencia que tuviere de las cosas

y parar mientes en su edad, que no sea tan entrado en los lindes de la cho

la tempranez de s

ven en vilo las p

convendrá asimi, cuenta de su sa

carencia de carácter, que se deje

274 DESIDERIO

ERASMO

ROTERODAMO.-OBRAS

ESCOGIDAS

sofía, digo, no aquella que disputa acerca de ]os principios, de la primera materia, del movimiento o del infini- <o, sino ;i<iuolla otra que liberando el espíritu de las falsas opiniones del vulgo o de las pasiones desordenadas, enseña el estilo del buen gobierno, a ejemplo de la Divinidad, Esto mismo pienso yo que sintió y quiso dar a entender Hornero, cuan- do Mercurio tiene la precaución de proveer a Hornero con la hierba lla- mada tnoly contra las hechicerías de Circe. Y no sin causa tampoco piensa Plutarco que nadie es más benemé- rito de la república que quien imbu- ye el ánimo del. príncipe, que debe mirar por el bien de' todos, en*saños principios dignos de un príncipe. Y por contraste, nadie ocasiona tan irre- parables perjuicios a los mortales co-

que corrompe el pecho del

príncipe con aviesas opiniones p mal- vadas pasiones; crimen comparable al de aquel que inficionare con tósi- gos mortales una fuente pública don- de todos van a beber. Á esto mismo se -refíeVe, sin duda, aquel, tan cele- brado'•'';dicho de Alejandro Magno, qu!eri; -;t'ras un coloquio que tuviera con Diógenes el Cínico, lleno de ad-

miAeiSn; por el gran espíritu filosófi- co de aquél hombre, espíritu verdade- ramente-excelso, invicto, no quebran-

tádÍÉí jarnás, superior a

húníSnó:

-^díjó—, yo desearía ser Diógenes.»

Por'mi cuenta añadiré yo que cuanto más ; expuesto estaba a los desastres húmanos su desaforado poderío, tan- to más deseable para Alejandro era el" ánimo de Diógenes, que podía me- dióse e igualarse con la magnitud de lbs ; accidentes desgraciados.

.mo aquel

1

J

:

todo accidente

:

«Si no fuera yo Alejandro

Empero, dado que tú, ínclito Prín-

Ca rlos, superas en venturas a

Al'éjfartdrov esperamos que serás tal,

eip'é

ventaja éri sabi-

que' táriibi'éh le harás

5

IJ

!

1

duría política. Cierto que él ocupó un gran imperio, pero no sin sangre, ni duradero en demasía. Tú naciste para un imperio hermosísimo, predestina- do a otro mayor. Todo cuanto de su-

dor y de fa(.¡K¡i divo que poner el am- bicioso Macedón para invadir y seño- rear el suyo, acaso tengas que poner-

alguna

bien

que en ocuparlos y ensancharlos. Al cielo eres deudor de que te cupo un Imperio, no manchado de sangre, ni adquirido con daño de tercero. Tarea encomendada a tu prudencia política será conservarlo incruento y tranqui- lo. Es tanta tu natural bondad y tan- ta la entereza de tu mente, y tanta la fuerza de tu ingenio, y tal fue tu for- mación, encomendada a preceptores in-

porción

lo

l ú

<>n redor

de

I,HH

do buena' gana

dominios,

más

corruptos y, en fin, de todos lados te

rodean tantos buenos ejemplos de tus mayores, que el mundo todo alienta la firmísima esperanza que Carlos, en su día, se señalará con aquellos gran- des hechos que por largo tiempo es- peró de tu malogrado progenitor Fe- lipe. Y con toda certidumbre, no en-

gañara la universal expectación, si

una muerte precoz no lo hubiera arre- batado al mundo, en su verdura. Por esta razón fue, que aun cuando no ignoraba yo que tu alteza no'ha

menester ajenos avisos, cuanto me-

nos los míos, tan faltos de luces, con

todo, me pareció bien proponer espe- cíficamente la figura de un-príncipe ejemplar, amparándome en la majes- tad de tu nombre, con el propósito de que quienes se educan príncipes para grandes imperios, por medio de ti aprendan el arte de gobernar y reci- ban de ti el ejemplo, a fin de que a to-

dos a la vez, bajo tus auspicios, llegue

esta provechosa doctrina, y que nos- otros, que ya somos tuyos, te demos

testimonio con estas primicias de la fervorosa afición que te profesamos.

K1JUCACION

DjEL 'PRINCIPE

CRISTIANO

275

Y/o y a traslad ó a l latí n l a 'doctrin a d e Isócrates acerca de la administración del reino. A imitación suya, yo he añadido la mía, dispuesta -en forma de aforismos, para ahorrar pesadum- bre a quienes los leyeren; aforismos que :íio se apartan mucho del doctri- nal político de Isócrates. Es de saber que este sofista instruyó a no sé qué reyezuelo, o, por mejor decir, no sé qué tirano, en doctrina pagana, por- que él era pagano. Yo, con mi profe- sión de teólogo, instruyo a un ilustre e integérrimo príncipe; yo, cristiano, formo a un gobernador cristiano. Si yo escribiera este manual del buen gobierno para un príncipe de más años, podrían poner en mí algunos espíritus malévolos sospecha de adu- lación o de temeridad. Con todo, en este caso, como el librito va nuncu- pado a quien, aun ofreciendo las más altas esperanzas, es de tan verde mo- cedad y tan fresca es la inauguración de su reinado, no pudo tener tiempo

dé .realizar aquellos hechos que en los otros príncipes suelen ser materia de alabanza o de baldón. Limpio yo de ambas sospechas, no tiene viso ni vis- lumbre d verosimilitud que no haber tenido yo más mira que la del bien pú- blico, que debe ser el ideal indecli- nable y fijo, así para reyes como para amigos y vasallos de reyes. Entre las innumerables glorias que con el au- xilio de Dios te deparará tu personal virtud, constituirá rio pequeña parte de tu gloria haber sido Carlos tal, porque tuvo la fortuna de dar con un pedagogo, que sin recelo ni empacho, ajeno a toda pringosa adulación, le puso delante de los ojos el tipo de un íntegro y verdadero príncipe, que siendo de índole inmejorable, se con- venciera de que ya, desde su juiciosa mocedad, debía a la de su modelo ajustar su conducta, tenaz y constante en su deseo de mejorarse de día en día a sí mismo. Ten salud, en Dios y enhorabuena.

EDUCACIÓN DEL PRÍNCIPE CRISTIANO

NACIMIENTO

Y

EDUCACIÓN

DEL

PRÍNCIPE

Toda vez que por sufragio y con- sentimiento general quedó estableci- da y firme la elección de un príncipe, no tanto se debe poner la mira y ha- cer caudal de su ilustre ascendencia, perpetuada en las estatuas de sus ma- yores, ni de su buen parecer, ni de su apasionamiento y prestancia físi- ca, bobería insigne en que leemos haber caído con cierta frecuencia al- gunos pueblos bárbaros, como en la disposición de su ánimo, si es apaci- ble y mansa, si es de sosegado enten- dimiento, no precipitado ni impetuo-

so, corriendo manifiesto peligro de que, estimulado por la desaforada li- cencia que su fortuna le dará degene-

re y eíxplote en tiranía, y que no su-

fra ni avisos ni consejos; o, al re-

vés : de que sea de tan floja voluntad

y

carencia de carácter, que se deje

llevar por cualquier antojo o influen- cia ajena. Hay que estudiar en él la

experiencia que tuviere de las cosas

y parar mientes en su edad, que no sea tan entrado en

los lindes de la chocJffi^^&'^'ea^t^w^ _

la tempranez de súbanos, que le «f~;\

ven en vilo las paroles. Por ventur^;,* convendrá asimi|ra# tener alguna^] cuenta de su salwd¿ pofcq&H^*«£rndo<£ j|

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KOTERODAMO.-OBRAS

ESCOGIDAS

li() - Slí tenga que

,i un.i nueva elección, lance

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re-

que

tu» ,i. i. iiiinln ;i presentarse sin men- HIIÍI MI il.ino de la república. Kn \n na vagación ~no suele confiar- se L' i 'timó n a quie n llev e ventaj a a lo s demás por su cuna, por sus riquezas, por su prestancia personal, sino a quien se impone por su pericia mari nera, por su vigilancia, por su serie- dad. Por esta misma causa, la gober- nación del reino debe entregarse pre- ferentemente a quien brille sobre' los* demás por sus dotes de mando, que son: saimJ una, justicia, moderación, previsión y celo del bien público. Las ejecutorias de nobleza, los re- tratos de los mayores, el oro, las pie- dras preciosas, importan tan poco pa- ra la administración de la ciudad co- mo importarían al piloto para el buen "gobierno de la nave. Es de suma importancia que a aque- llo mismo a que es menester que atienda el príncipe en la administra- ción mire también el pueblo en la elección del príncipe, a saber: el bien público y la exclusión de todo perso- nalismo. Cuanto menos hacedero es cambiar el príncipe una vez que le hubieres elegido, con tanta mayor circunspec- ción se debe escoger, porque no acaez- ca que un momento de temeraria ce- guera aborte inacabables sufrimien- tos. Por lo demás, donde el príncipe na- ce no es objeto de elección, cosa que en la antigüedad (según testimonio de Aristóteles) tuvieron costumbre de practicar algunas naciones extran- jeras, y en nuestros días, es usanza generalmente recibida. Allí donde el príncipe lo es de nacimiento, todas sus buenas esperanzas dependen de su recta formación, que convendrá que sea más cuidadosa de lo que es corriente, a fin déteme lo que faltó

en adhesivos y explícitos sufragios, re-

' MIMI

sulte compensado por el esmero de su educación. Por ello es que luego,

a la hora y, según el dicho vulgar,,

desde la misma cuna, la mente vacía y ruda del futuro príncipe deberá ser ocupada de saludables opiniones, y desde el primer momento, el campo virgen del pecho pueril, debe recibir

la bondad, la cual, poco

razón y el cono-

y

llegue a su dorada madurez, y puesto

que allí se depositó, allí eche sus raí- ces para todo el discurso de la vida. No hay cosa que más adentro penetre

y se adhiera con tenacidad mayor co- mo los gérmenes que se plantan en

ei

las personas privadas estos gérme- nes iniciales tienen trascendencia, grande, en la vida del príncipe la tienen excepcional.

Donde no exista la facultad de ele- gir al príncipe, allí, con diligencia y responsabilidad igual, habrá de esco- gerse a la persona que debe asumir la formación del príncipe. Que el príncipe nazca de buena ín- dole es cosa que del cielo se debe im- petrar. Pero que el príncipe bien na- cido no degenere, o que el que nació no muy a derechas quede mejorado por la educación y crianza que se le dé, es cosa que en gran parte depen- de de nosotros. Costumbre era antigua, para con los que habían merecido bien de la repú- blica, erigirles estatuas, levantarles arcos y señalarlos con otros títulos

de

honor. Con todo, ningunos son más

dignos de estas distinciones que aque- llos que en la recta institución del príncipe pusieron interés fiel, valero-

so y diligente, atentos, más que a las

conveniencias privadas, al bien supre- mo de la patria.

Todo lo debe la patria al príncipe bueno; pero de este mismo príncipe

amanecer de la vida. Si en la de

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poco, con el

uso de

cMiuriilii de |;is realidades, germine

EDUCACIÓN , DEL

PRÍNCIPE

CRISTIANO

277

íbueno es deudora la patria' a aquel

que con su sana doctrina le hizo tal. VNo existe más idónea oportunidad

de

aquella que depara el tiempo en que

todavía él no tiene conciencia de que

es príncipe. Esta es la ocasión que

con toda diligencia debe aprovechar-

le,

abstenga de toda acción torpe, sino también en iniciarle en determinados principios de virtud. Si con tanta solicitud los padres, no del todo necios, educan a su vastago, que ha de sucederles en la posesión de un rústico fundo, ¿con cuánto celo y con cuánto cuidado no será razón que se eduque aquel que se for- ma, no para el régimen de unas po- cas fincas urbanas, sino para que

gobierne a tantos pueblos, a tantas ciu- dades, o quién sabe, si al mundo todo;

que, en fin de cuentas, si resul-

bueno, labrará la felicidad de mu-

chos, y si resultare malo, no lo será

sin ocasionar la perdición de todos? Magnífica y preclara empresa la buena administración en un puesto de mando. Pero no es hazaña menos egregia conseguir que no le suceda

otra peor. En conclusión, diré que éste

no otro es el principal deber del

formar y corregir al príncipe que

no solamente en enseñarle que se

y

ta

y

buen príncipe, a saber: poner Celo y desvelo porque el príncipe no pueda ser malo. Sea tal tu gobierno, como si estu- vieres bravamente empeñado en que no pueda sucederte otro semejante a ti; y en el ínterin, mientras preparas a tus hijos para el gobierno que cier- to les ha de venir a las manos, proce- das de tal guisa que a ti te suceda

ponderación

de la excelencia de un príncipe que el hecho de que deje a la república un sucesor tal, que en su comparación él mismo parezca menos bueno. No

otro mejor. No hay más legítima

podría su gloria más verdaderamente acendrarse y relumbrar, como quedan- do de este modo eclipsada y oscure- cida. Feísima recomendación es el caso de que ocurra que el sucesor empeore

en grado tal, que a su inmediato pre- decesor, que en vida fue no sufridero, se le eche de menos como bueno y provechoso. Procure el príncipe bueno y sabio educar a sus hijos con tal esmero, que habiéndolos engendrado para la pa- tria, para la patria los forma, y no

para

póngase

afecto privado del padre. Aun cuando hubiere erigido muchas estatuas, aun cuando hubiere levan- tado muy costosas edificaciones, no puede el príncipe dejar más hermoso monumento de sus virtudes que el

de su hijo, no degenerado de su san-

gre, y que por su conducta intachable sea una fiel representación de su pa- dre intachable. No muere, no, aquel que deja un retrato viviente de sí mismo. Elija, por tanto, para esta misión educacional, entre el número de sus propios deudos, o si no los tuviere,

haga venir de donde fuere, a varones íntegros, incorruptos, graves, ricos de prolijas experiencias y. no solamente duchos de insignificantes máximas políticas; varones ya de días cuya edad les acarree respeto y cuya ejem- plaridad de vida les comunique auto- ridad, y cuya simpatía y don de gen- tes les procuren amor y adhesión afec- tuoso. Evítese que el ánimo tierno del príncipe niño se sienta repelido por el mal genio de sus educadon-:;. no sea que antes comience a <><li.n la virtud que a conocerla. V evítenla también que, desmoralizado por pe- caminosa indulgencia de quien le for-

sus antojos y pasiones. Super-

público al

siempre

el bien

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KM boda ¡.M.'.-i lormativa, pero por ni,i ni 'ia iMpccial en la del príncipe, IM.•;«' d<> PIIILCT tal moderación y tem - planza, que la severidad del preceptor cnliilni- la excesiva lozanía de la mo- cedad, sin perjuicio de que la ama- bilidad más exquisita neutralice y sa- zone el desabrimiento de la obligada coacción. Tal debe ser el forjador del prín- cipe futuro, que, como muy elegante- mente fuá dicho por Séneca, sepa re- prender sin ofensa y alabar sin adu- lación y que, a su vez, el educando reverencie al preceptor por la serie- dad de su vida y le ame por la atrac- tiva apacibüidad de su carácter. No faltan príncipes que colmen de cariñosas distinciones a quienes les cuidan un hermoso caballo o un ave peregrina o un perro de raza, y que consideran que no son de ellas me- recedores aquellos a quienes entre- garon a su hijo para que le for- men y eduquen. Hartas veces los confían a preceptores tales que nin- gún villano, con unos pocos adarmes de cordura, quisiera confiarles sus pe- queños. ¿En qué pararía, en último término, haber engendrado un hijo para el ejercicio del poder, si no cui- das de que se Je eduque para que ejerza el poder? Ni tampoco a cualesquiera nodrizas debe confiarse al que nació para man- dar, sino a mujeres de suma entereza y honradez, ya previamente instrui- das e industriadas para esta delicada función; ni tampoco se le debe mez- clar en los juegos de cualesquiera mu- chachos cogidos del arroyo, sino que han de alternar con niños de buena índole, de carácter verecundo y res- petuoso, formados en las buenas ma- neras y en la más rígida escuela de la virtud. Muy lejos de sus oídos y muy

apartados de sus ojos debe andar la pandilla de muchachos díscolos, mal- hablados, prcco/mente bebedores; y por manera especial de los adulado- res y lisonjeros, cuando todavía el ánimo del ('(Incalido no está asaz im- puesto en máximas morales. ('¡orno ,sca que de suyo los ingenios humanos , cu .su mayoría, son procli-

ves

al

mal ,

no

exisl.e

ninguno

tan

en

buen hora

nacido que no lo pue-

da eslragar una educación maligna. ¿Qué puedes prometerte sino muy fieros males de un príncipe que, na- cido con el ingenio que fuere (pues- to caso que el rancio abolengo da, eso sí, el poder, pero no, da el se-

so), inmediatamente, desde su mis- ma cuna, se siente inficionado y corroído de los más necios prejuicios, criado entre mujerzuelas bobas, creci- do entre mozas casquileves entre ca- maradas de juergas, entre lagoteros vilísimos, entre rufianes y cómicos, entre borrachos y jugadores, maestros

airada, entre bobos y per- cuya compañía nada oye,

nada aprende, nada se le inculca, si- no ideas de placeres, regalos, fausto, arrogancia, avaricia, saña, despotis- mo; y salido de esta escuela, luego, a la hora, se le da a empuñar el ti- món del mando? Dado caso que la mejor de todas las restantes artes es siempre la más espinosa y difícil y no hay otra más hermosa ni más costosa que la del bien gobernar, ¿por qué será que para esta sola creemos que no hace falta ninguna formación ni aparejo, y que para ella basta simplemente el ilustre nacimiento? Decidme, por favor: ¿qué ejercen sino tiranía aquellos príncipes, llega- dos a mayor edad, que siendo niños no jugaron más que a tiranos? Que todos los hombres sean buenos, cosa es -más de desear que de esperar.

de la vida

versos, en

EDUCACIÓN

BEL

PRÍNCIPE

CRISTIANO

27! )

Pero rio es empresa difícil, en tan in-"1 finita muchedumbre, elegir mediante rígida selección =uno que otro que se aventajen a los restantes en probidad

y cordura, por cuya saludable influen-

cia, 16s demás se vuelvan buenos. Tenga el príncipe mozo, largo es- pacio de tiempo, por sospechosa su mocedad; y manténgala suavemente vigilada, parte por su inexperiencia personal y parte por la impetuosapre- cipitación propia de sus años, y guár-

dese muy mucho de rio acometer em- presa de importancia sin el consejo de varones prudentes, y mejor si son entrados ya en días, cuyo trato asiduo debe cultivar a fin de que el posible desmañdamiento de la juventud que- de enfrenado por la reverencia debida

a la

Todo aquel que asumió el delicado empeño de instruir al príncipe, pon- dere consigo mismo, una y muchas veces, que se le encomendó una mi- sión nada vulgar, la cuál, así como en honra excede a todas las demás, resulta también asaz ocasionada a pe- ligros. Y como disposición primera, lleve a esa función un espíritu digno

de ella, y no ponga ojo en cuántos be- neficios eclesiásticos podrá sacar de allí, sino de cuántas esperanzas podrá enriquecer a la patria, tranquila en su fe esperanzada, de que va a for- mar a un príncipe bueno.

Y tú, instituidor suyo, medita con

detenimiento la gran deuda que tie- nes contraída con la patria que te confió en la persona del príncipe la suma y la cifra de su felicidad. De ti depende que le depares un numen tu- telar o introduzcas en ella una infec- ción mortífera o una fatídica pesti- lencia. Comience, pues, por descubrir

venerable ancianidad.

con

certera sagacidad el personaje en cu- yas manos la república puso ai niño de sus esperanzas, hacia qué lado íni-

ialmente tiende sus inclinaciones. Y con efecto, ya en aquella edad, por determinados síntomas, puédese ya co- legir si es más propenso a la irrita-

bilidad o a la arrogancia o a la ambi-

ción o a la

placeres o a los juegos dé azar ó al amor apasionado del dinero o a la ven- ganza o a la guerra o al antojó,pró- logo de la tiranía. A seguida, por la parte débil donde viere asomar su

proclividad al vicio, acuda inmedia- tamente a obstruirla y reforzarla con saludables prevenciones y con precep- tos acomodados; y ponga todo su brío

y

trario el ánimo del príncipe según fueren sus instintos. Y,' al revés, en la parte donde advirtiera sus naturales

tendencias a la probidad, o tal vez a

aquellos vicios equívocos que' fácil- mente caen del lado de la virtud (de este linaje son por ventura la ambi- ción y la prodigalidad); hinque la ma- no y favorezca eorl Su mano derecha y su buen tacto aquella feliz disposición de la Naturaleza. Y rio se satisfaga y contento'con má- ximas inertes y vagas que le aparten de lo torpe y le Inviten a lo honesto:

hay que clavárselas, hay qué incul- cárselas, hay que metérselas en lo hondo y de una manera y otra"traér- selas a la memoria con ahincó, oríi con una sentencia, ora Con Una anéc-

dota, ora con un símil, ora cún un ejemplo, ora con un apotegma, ora con un proverbio; hay que grabárse- las en los anillos, hay que pintárselas en las tablas, hay que inscribirlas en los escudos, y si hay algún otro me- dio con que la tierna edad tome gus- to, también se ha de utilizar este me- dio, para que dondequiera le entren por los ojos, aun cuando esté entre- tenido en otra cosa. Enérgicamente inflaman los ánimos generosos los ejemplos de varones

sed de nombradla, o a los

su afán en empujar éñ sentido con-

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muchísimo

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lai • .f.iiiinn,-;: cu que

se

los

im-

,

11. « , ,i¡¡ fuentes mana toda l a

moral de la vida. Si nos

niño rudo, enton-

cei ii.ii>ra' n de hacerse los mayores es- para que, desde luego, se em-

en las opiniones más rectas y saludables, y como con drogas conve- nientes se inmunice contra el veneno de las opiniones del vulgo. SI aconte- ciere que ya está algo infectado de ideales plebeyos, entonces, el primer cuidado Burá que, poco a poco, vaya eliminando aquellas toxinas; y en el lugar cíe éstas, dañinas, dé cabida a ¡deas sanas. Pues así como en Séneca dice Aristón que para el mentecato resulta baldío todo el trabajo que se pone en enseñarle a hablar, será es- fuerzo perdido el que se dedique a en- señarle cómo debe proceder, cómo de- be producirse en público, cómo en pri- vado si con anterioridad no hubieres expulsado su bilis negra, e instruídole en el sistema de desempeñar la fun- ción de príncipe, si antes no le hu- bieres librado de aquellas tan falsas y tan admitidas y torcidamente acre- ditadas opiniones del vulgo. Jamás por jamás debe existir obs- táculo qué engendre desánimo o ins- pire desistimiento en quien dirige la formación del príncipe si por azar le tocó un carácter más o menos za- hareño o poco maleable. Siendo así que no existe bestia tan arisca y tan montes que no consigan amansarla la mano o la industria del domador, ¿por qué ha de pensar que el ingenio de un hombre sea tan agreste y tan sin esperanza que no pueda domesticarlo y. mitigarlo una cuidadosa instruc- ción? Como tampoco debe persuadirse que no le queda ya nada por hacer, si tu- vo la fortuna de dar con un ingenio más feliz de lo acostumbrado. Cuanto

(,r>i

> :<• «-ti

suerte un

mejor os la naturaleza del suelo, se vicia más fácilmente, y sin la vigilan-

cia del agricultor y sin él rigor de su mano, se embreña, se cubre de male- zas y de hierbas inútiles. Del mismo modo el ingenio del hombre, cuando mejor dotado, más levantado es y ge- neroso, y por esta misma razón, con viciosa fertilidad abunda en las más feas cualidadc;-;, .si tío se le cultiva con prcrcplos .s;iIu<labios. Aros! u ni bramos fortificar con apre- surada diligencia las costas que sopor- tan los más recios embates del oleaje. Sin cuento y sin número son las cosas que pueden ajenar de la rectitud el

ánimo de los príncipes: • la grandeza de su fortuna, la abundancia de rique- zas, el lujo, los regalos, la libertad (se-

cual es lícito todo antojo), el

ejemplo de los príncipes, poderosos y necios; el mismo flujo y reflujo de las cosas humanas y, por encima de tocio, la adulación disimulada con el afeite de la lealtad y de la libertad. Todo ello debe avivar el celo de quien lo forme para prevenirle y armarle

f-on el mejor cuerpo de doctrina polí- tica y los ejemplos de los príncipes ntic merecieron loores de la posteri-

dad.

Así como no es digno de un supli- cio único el que envenena la fuente pública de donde todos beben, así también es un bravo malhechor quien inficionare el ánimo del príncipe con opiniones perversas, que luego redun- darán en la perdición de tantos hom- bres. Si se dicta pena capital contra el que alteró la moneda del príncipe, -¿cuánto más digno de suplicio propor- cionado no es el que alteró y vició el ingenio del prínciep? Madrugue el preceptor por acome- ter su tarea con el objeto de infil- trar la semilla de las virtudes en los sentidos cuando todavía son tiernos,

gún la

¡

EDUCACIÓN

DEL

PRÍNCIPE

CRISTIANO

281

cuando el espíritu está todavía lejos de todos los vicios y dócil a cualquier influencia obedece los dedos de quien

le

fancia, corno la tiene la piedad. Sien- do el mismo siempre, según las cir- cunstancias, debe actuar de una u otra manera. Ya, desde su más tierna infancia, comience por aliñar y sazo- nar con amenas fabulillas, con apó- logos festivos, con lindas parábolas, con aquellas mismas enseñanzas, que cuando sea mayor, habrá de darle con

más austera severidad. Así que el niño diere señales de ha- ber oído con gusto el apólogo de Eso- po, del león salvado y agradecido al beneficio de un ratón; el de la palo- ma, que por favor de una hormiga,

no sufrió daño; cuando asaz hubiera sonreído, entonces será llegado el mo- mento oportuno de que el preceptor le indique que aquella fábula reza para el príncipe, que a nadie en ab- soluto debe desdeñar, sino procurar más bien ingeniarse por atraer a sí

a copia de beneficios la benevolencia

de la más ínfima plebe, porque no hay nadie que sea tari débil que no pueda cuando se presenta la oportunidad, si es amigo, rendir un provecho y si es enemigo no inferir un daño aun a

los más poderosos.

el

quedó muerta casi del todo por un escarabajo, que es la más vil de las sabandijas, añada, tomando ocasión de la moral de la fabulilla, que el príncipe nunca, aun cuando fuere el más poderoso de la tierra, debe pro- vocar al enemigo, por desdeñable que le pareciere, como tampoco debe ol- vidarle, haciendo como si 110existiera. Cuando hubiere aprendido con pla- cer la fábula de Faetonte, advierta al príncipe que él es imagen y trasunto

del propio semidiós fracasado, que

da forma. La sabiduría tiene su in-

Cuando asaz se hubiere reído de que

águila, la altanera reina de las aves,

con el arrojo que le dio el calor de la edad, pero destituido y ayuno de toda prudencia, empuñó las riendas

del carro del sol y se despeñó para su propia perdición, ocasionando el in- cendio de todo el mundo. Cuando le hubiere contado la fábu- la del Cíclope a quien Ulises sacó los ojos, no deje de decirle que es muy semejante a Polifemo aquel príncipe que tiene mucho poderío, pero carece de sabiduría. ¿Quién no oirá con gusto el orden que reina en la república de las abe- jas y de las hormigas? Cuando el he- chizo de estas narraciones llegare al fondo del ánimo pueril, entonces, su forjador vaya insinuando todo aque- llo que cumple a su condición de prín- cipe, a saber: que la reina de las abe- jas jamás emprende vuelos de largo alcance, que sus alas están en notable desproporción con el volumen de su cuerpo, que es el único ciudadano de su república inerme de aguijón; y adviértale ser propio del buen prín-

cipe mantenerse siempre dentro de

los términos del reino, y que la cuali-

es la clemen-

cia; y que de la misma manera pro- ceda en las restantes cosas. No entra en el propósito de este breviario po- lítico ir apurando los ejemplos, sino solamente indicar la razón y. el pro-

cedimiento. Si determinados preceptos parecen sobrado ásperos, quíteles aspereza el preceptor, dulcifíquelos y mitigúelos con la dulzura y amenidad del len- guaje. Alábele en público en tono co- medido y por motivos fundados; re- préndale en privado de forma que atenúe con alguna suavidad el rigor de la amonestación, especialmente si ya fuere algo crecido.

que todo y más pro-

fundamente se ha de inculcar en el ánimo del príncipe es que mantenga

dad más

de loar

en

él

Y lo que antes

282 DESIDERIO ERASMO ROTERODAMO.-OBRAS ESCOGIDAS

sus mejores afectos para con Cristo^ que se embeba de sus enseñanzas siste-' mati.iíadus. por ¡manera cómoda y di- rectamente- extraídas de sus propias Cuentes, pues allí se beben, no sola- mente con toda su pureza, sino tam-

hk

sele "detesto,, a saber: que lo que Cris-

to enseñó, a nadie atañe e importa

más .directamente que al príncipe.

se

si

cueva de que habla Platón, toman y admiran por realidades lo que no son sino trampantojos y sombras vanas. Las partes del buen príncipe son no admirar ninguna de aquellas cosas de

qu

medirlo todo por el compás de los

verdaderos males y los verdaderos

bienes. No existe otro verdadero mal sino el que anda unido con maldad,

ni

dad no vaya acompañado. Inmediatamente, ya desde las pri- meras lecciones, consiga el prudente

monitor que su regio alumno ame y admire la virtud como la cosa más deseable y feliz y la más digna del

príncipe; y que execre y cobre horror

a toda torpeza, como la cosa más fea

y

No se acostumbre el príncipe mozo destinado al mando a admirar las ri- quezas como cosa eximia que, lícita

o ilícitamente, deba codiciarse; y

aprenda que no son auténticos hono- res aquellos a los que el vulgo da el

nombre Je tales; sino que el verdade-

ro honor es una distinción que espon-

táneamente va en pos de la virtud y

de

gue tanto más gloriosa cuanto menos fuere ambicionada. Convénzasele de que estos placeres plebeyos, a tal punto no son dignos del príncipe y con mayor razón del

v n con, toda su eficacia. Persuáda-

Las masas, en su inmensa mayoría,

guían por falsas opiniones »y, como

.estuvieran detenidas en aquella

e e.l vulg o hac e gra n aprecio , sin o

verdadero bien que de la honesti-'

más

ruin.

,

las obras buenas, y que se consi-

príncipe cristiano, que aun ni en el hombre privado parecen bien. De- muéstresele que existe otro género de placer, que es puro y perpetuo y_que dura todo cuanto dura el espacio de nuestra vida mortal.

Dígasele, y que l,o oiga y entienda bien, que la nobleza, las estatuas, así

cu bronce o mármol como en cera; que los escudos y toda aquella pompa

exhibición de personajes caducea-

dos de que se hinche con femenina

vanidad el vulgo de los proceres, son

nombres hueros, y que no permanece más que aquello que a este nombre se

adhirió-, al conducirse por inspiración

de la virtud.

Sepa también que la dignidad, el prestigio, la majestad del príncipe, no los depara y defiende el estrépito de

fortuna, sino la sabiduría, la ente-

reza, el recto proceder. Que la muerte no ha de ser temida

en la propia persona ni en los otros llorada, ya que no fuere deshonrosa. No es más feliz el que más tiempo vivió, sino el que vivió más honesta- mente. La longevidad ha de ser medi- da, no por los años vividos, sino por las buenas obras practicadas. No con- tribuye un punto a la felicidad del

hombre que viva mucho, sino que vi-

va bien.

Persuádase que la virtud es para

misma el premio mayor, que es de-

ber ineluctable del buen príncipe, aun

precio de su propia vida, si así lo

al

la

y

quisiere la fortuna, mirar por el bien de su pueblo. No perece del todo el príncipe que halla la muerte en esta

empresa. Finalmente, todo aquello que

vulgo abraza por agradable o con-

templa boquiabierto por brillante, o persigue por útil, debe ser medido por la sola regla de la honestidad. Y al revés, todo aquello que el vulgo evita por acerbo o desdeña por hu- milde o esquiva por dañoso, no debe

el

EDUCACIÓN

DEL

PRÍNCIPE

CRISTIANO

ser esquivado ni huido, si no se pre- sentare mancillado por el deshonor.\ Estas ideas clávense en el ánimo del futuro príncipe; éstas, a guisa de leyes inviolables, grábense en su an- gosto pecho, tierno y dócil. Con estos títulos oiga que muchos son alabados, y con títulos contrarios son otros mu-

chos reprendidos a fin de que ya, des-

de

auténtica alabanza de sus mejores obras y a detestar la ignominia que

de

Pero ya veo cómo llegado a este punto pondrá el grito en el cielo algu- no de aquellos cortesanos palabreros

y

quier mujerzuela. Tú nos formas un filósofo, no un príncipe. Yo formo

a un príncipe como debe ser, mien-

tras que tú, por príncipe, querrías a

un bellaco, que se te pareciera. Si no fueres filósofo no podrás ser prínci-

; tirano sí que lo podrás ser. No

hay cosa mejor que un príncipe bue- no ; el tirano, en cambio, es una bes- tia montesina tan desaforada, que de- bajo del sol no hay monstruo ni más dañoso ni más aborrecible. No pienses que a humo de pajas pro- nunció Platón aquella sentencia tan encomiada por varones que merecie- ron los máximos encomios, a saber:

pe

entonces, se acostumbre a esperar

las torpes le sobrevendrá.

corrompidos, más necio que cual-

que, en conclusión, sería dichosa aque- lla república en la que los príncipes filosofasen o los filósofos se alzasen con el principado. Filósofo es, no el que fuere ducho en dialéctica o en física, sino el que menospreciando las falsas apariencias de las cosas, entero su pecho, descubre los verdaderos bie- nes y los sigue. Los vocablos son dis- tintos ; pero en la realidad son sinó- nimos los términos filósofo y cris- tiano. ¿Qué cosa más estúpida puede ha- ber que tomar la medida del príncipe por estas habilidades: ser un lindo

bailarín, un hábil jugador de cartas, un bebedor exquisito; si el fausto le hinche, si regiamente despoja al pue- blo, si hace otras cosas que a nosotros nos da vergüenza referir, siendo así que algunos no tienen empacho algu- no de hacer? Con el mismo afán que la genera- lidad de los príncipes pone en apar- tarse de la manera de vestir y de co- mer de la plebe, debe el príncipe de veras andar lejos de las sórdidas opi- niones y pasiones del vulgo. Diré más: piense que solamente es sórdi- do y vil e indigno de sí tener los mis- mos sentimientos que la plebe raez

a la cual jamás agradó lo mejor. Piensa, por favor, el gran absurdo que es aventajarte a todos y ponerte

a tanta distancia de ellos con tus jo-

yas, con tu oro, con tu púrpura, con tu escolta y con los restantes atavíos de tu persona, con los bustos y esta- tuas de tus mayores, bienes que, en definitiva, no son tuyos; al paso que en los verdaderos bienes del ánimo te contemplas inferior a muchos de la más modesta extracción social. El príncipe que ante sus vasallos hace ostentación de sus joyas, de su oro, de su púrpura y de los restantes arreos de su fortuna, ¿qué otra cosa, dime, les enseña a mirar y a admirar sino aquello de lo cual, por lo común, nace la sentina de todos los vicios, castigados por las leyes de los prín-

cipes? En las personas privadas, la fruga- lidad o el aliño son atribuíbles a su pobreza o a su espíritu de economía, si hay quien los atribuya a mala par- te. Pero estas mismas cualidades en el príncipe no pueden ser sino una demostración de templanza, por cuan- to hace un moderado uso de sus posi- bilidades, puest o que al alcance de s'u mano tiene todo cuanto se le antoja. ¿Qué disconveniencia no es el que

284 KKSIIiKUK)

hlllASMO' ROTERODAMO.-OBRAS

KSCOGIDAS

estímul o <•! di'lii. o aque l mism o qu e l o

nuiído wc cometió? ¿Por ven-

lnr;i no <-¡; monstruosa incongruencia «•I ln-1'lui <!<• (|uc el príncipe se permi-

que

prohibe y pena en los otros? Si quieres demostrarte príncipe ideal, procura que nadie te supere en tus cualidades privativas, sabiduría, grandeza de ánimo, templan/a, inte- gridad. Si te pareciere bien guerrear

con otros príncipes, no te consideres vencedor si les quitares una*porción de su territorio, o si hubieres puesto en fuga a sus huestes, sino si tú fue- res más íntegro, que no son ellos me- nos avaros, menos arrogantes, menos

precipi-

En el príncipe parece bien el más encumbrado abolorio. Sea; pero co- rno los géneros de nobleza sean tres:

el primero, que es hijo de la virtud y de- las meritorias acciones; el segundo, engendrado del conocimiento de las más honorables disciplinas; el terce- ro, al cual comunican estimación la cuna, los pergaminos, los escudos he- ráldicos o las riquezas, piensa cómo no conviene que el príncipe tome hu- mos de este género ínfimo de noble-

debajo de to-

za, el cual está

dos los demás, que ya no tiene infe- rior, si el mismo no procede de la

virtud. La más alta y acendrada no-

bleza es no hacer

que

tan arriba está que no puede alcan-

zarse

<-;i:;(ij-.;i

/;i

mismo la

transgresión

irascibles,

tado.

menos

que

ellos

tan

por

caudal de lo

sino con el mejor de los dere-

chos. Si deseas aparecer ilustre, no hagas gala ni alarde de esculturas o de re- tratos de halagüeños mentirosos colo- res, en los que, si algo hay que merece justa alabanza, se debe al pintor o al escultor cuyo ingenio y buena ma- no demuestran. Más cuerdo será que con tu conducta te labres y erijas

a ti mismo el monumento de tu vir- tud personal. Si faltare todo lo otro, las mismas insignias de tu alta situación te pue- den advertir de tus deberes. ¿Qué simboliza la unción sino la suma cle- mencia y mansedumbre del príncipe, cuando por lo regular la crueldad acostumbra ser la asidua compañera del poder absoluto? ¿Qué significa el

oro sino la singularidad de su sabidu- ría? ¿Qué el fulgor de las joyas sino las virtudes en grado eximio y nonada

¿Qué, las rojeces de la púr-

pura, sino el encendido amor de la república? ¿Qué, el cetro, sino el te- naz espíritu de la justicia que con ninguna torsión se desviará de la rec- titud? Por lo demás, si algún príncipe estuviere muy alejado de tales senti- mientos, estos símbolos no serán ata- víos en él, sino testimonio y condena- ción de sus vicios.

Si el collar, si el cetro, si la púrpu-

si la escolta hacen al rey; en fin

de cuentas, ¿qué consideración hay que prohiba se tengan por reyes de verdad los histriones de las tragedias que salen a escena con aquellos atri- butos?

¿Quieres saber qué es lo que distin- gue al príncipe del histrión? Pues el ánimo verdaderamente principesco, con sentimientos de padre para con la

república. Con esta ley, el pueblo ju-

La diadema, el cetro, el manto, el collar, el tahalí en el buen príncipe son insignias y símbolo de virtudes, y en el príncipe malo son galas y arreos de vicios. Cuanto más torpe sea ello, tanto más se habrá de guardar el príncipe de no ser él tal, cuales leemos que fueron otros muchos, y ojalá en la actualidad no pudiéramos ver a algu- nos que si les despojares de sus reales atributos y les desnudares de sus bie-

plebeyas?

1

ra,

en tus

palabras.

EDUCAC1ÓN

DEL

PRÍNCIPE

CRISTIANO

2«. r >

ñes adventicios, devolviéndolos a su propia piel, ya nada hallarás en él sMo un insigne jugador, un bebedor invicto, un bravo expugnador de la perdición, un impostor astutísimo, un expoliador insaciable, un hombre cu- bierto de perjurios, de sacrilegios, de falsedades, de todo género de bella-

querías. Todas las veces que te viniere a las mientes que eres príncipe, haz tam- bién memoria que eres príncipe cris- tiano, porque entiendas que es me- nester que tú estés tan distanciado de los príncipes gentiles que merecieron encomios como lo está un pagano de un cristiano. Ni nunca des en pensar que es des- deñable y liviana la profesión de cris- tiano, si ya no es que juzgas ser cosa baladí el juramento que, al igual de todos, hiciste en el bautismo, a sa- ber : que, de una vez por todas, renun- ciaste a todas las obras que placen a Satanás y a Cristo desplacen. Desplá- cenle todas aquellas que se apartan de las enseñanzas evangélicas. Los sacramentos de Cristo te son comunes con todos los otros, ¿y no quieres que su doctrina te sea con los otros común? ¿Juraste en las pa- labras de Cristo y te desvías a las cos- tumbres de Julio César o de Alejan- dro Magno? ¿Pides que el premio te sea común y crees que sus preceptos no" te atañen un punto? Tú, a tu vez, no vayas a pensar que la esencia del cristianismo con- siste en el simple ceremonial, es de- cir, en preceptos que dondequiera se observan y en las constituciones de la Iglesia. Cristiano es, no el que recibió el sacramento del bautismo y el de la confirmación, el que oye misa, sino el que abraza a Cristo con afectos ín- timos y reproduce su imagen median- te obras de piedad. Guárdate cuando pienses así conti-

go mismo: « ¿Por qué se me dicen es- tas cosas? Yo no soy simple particu- lar; yo no soy sacerdote, yo no soy monje»; pero no dejes de pensar:

«Cristiano soy y soy príncipe. Propio del cristiano es abominar de toda tor- peza . Propio del príncipe es aventa- jarse a los demás en entereza y en

prudencia.» Si tú exiges de tus vasallos que co- nozcan tus leyes y, conocidas, las ob- serven, con mucha más energía de- bes exigirte a ti mismo aprender pri- mero y luego observar las leyes de Cristo, que es tu Dueño y Señor. Si juzgas ser un crimen infame pa-

ra el cual no existe suplicio adecuado el que se rebele contra su señor quien una vez le prestó' juramento, ¿por qué te perdonas a ti mismo, pensando ser cosa de juego, todas las veces que echas al olvido los mandamientos de Cristo, en cuyas palabras juraste en el bautismo, a quien diste palabra de fidelidad, con cuyos sacramentas te obligaste con declaración jurada? Si estas cosas se hacen seriamente, ¿por qué se nos antojan cosa baladí?

si baladí no es, ¿por qué nos en-

vanecemos con el título de cristianos? La muerte es igual para todos, así

para los mendigos como para los re- yes; pero después de la muerte no es igual para todos el juicio, que con nadie será tan severo como con los poderosos de este mundo. No pienses que serán asaz grandes

tus méritos a los ojos de Cristo si envías tu armada contra el Turco, si construyes un oratorio o un conventi- to. Con ningún otro servicio puedes mejor granjearte la amistad de Dios como mostrándote príncipe paternal para con el pueblo.

las voces

aduladoras que dicen que estas pre- venciones no atañen a los príncipes, sino a los eclesiásticos. TC1 príncipe

1

Y

Mira que no te engañen

28U

DESIDERIO

KlíASIVI O KOTERODAMO.-O.HKAS

ESCOGIDAS

no t>s sacerdote, lo reconozco, y por esto, no consagra el Cuerpo de Cristo; no es obispo, y por esto no predica al pueblo los misterios cristianos ni adminiHl.r;¡ los sacramentos. El prin-

cipo •no profesó la

regla de San Beni-

lí>,

co-

y

por

esto no

se toca con

la

ffUlla. Pero, por encima de todo, está Iu condición de cristiano. No profesó la regla de San Francisco, sino que abrazó la religión do Crislo, y por ello recibió una veste candiera. Es me- nester que entre en competencia' con los demás cristianos, si con ellos es- pera p ron i ios tan grandes. O tienes tú también que tomar tu cruz o Cris- to no te reconocerá. Pero me dirás:

¿Qué cruz es la mía? Te diré cuál es tu cruz: si andas siempre por cami- nos de rectitud, si a ninguno haces violencia, si a nadie saqueas, si no sacas en venta magistratura alguna, si no te dejas sobornar por ninguna dádiva. Harto sé que tu fisco tendrá menos; pero no hagas caso de las menguas de tu fisco, mientras tuvie- res aumento de justicia. Allende de esto, al paso que de todos modos mi- ras por el bien público, llevas una vida agitada, defraudas tus años y tu inclinación a los placeres, amen- guas y te atormentas con vigilias y trabajo; olvídalo todo y regocíjate con la conciencia de haber obrado bien. Asimismo cuando prefieras su- frir una injuria a vengarla con grave daño de la república, acaso se ocasio- ne alguna mella en tu autoridad. Sú- frela y piensa que una pingüe ganan- cia hay en haber perjudicado a los menos posible. Solicitan tu espíritu tus afectos privados, verbigracia: la ira enardecida por los ultrajes, el amor de la esposa, el odio del ene- migo o la vergüenza para que hagas lo que se desvía de la rectitud, y lo que no reporte provecho a la repú- blica; deja que te venza la conside-

1

ración de lo honesto; venza la públi- ca utilidad los afectos privados del espíritu. Finalmente, si no puedes tu-

telar el reino sino con violación de la justicia, con copiosa efusión de san-

gre humana,

gua de la reí ¡«'ion, despójate de estos afectos y all;nial.o a las circunstan- cias. Si no puedes acorrer en auxilio ile lo;; luyns, .sino con peligro de tu

vida, antepon ;i (.u vida la salud de tu pueblo. Mientras haces esto, que es el oficio indeclinable del príncipe cristiano, por ventura los habrá que te llamarán estúpido y que para prín- cipe no vales; pero tú afírmate en tu espíritu prefiriendo ser varón jus- to a príncipe injusto. Entiendo que' ya comprendes que a los más encum- brados monarcas no les falta su cruz si (cosa en ellos imprescindible) no

rectitud en

trance ninguno. En las otras personas, hácese algu- na concesión a la juventud, alguna concesión a la ancianidad; a la mo- cedad se le perdona el devaneo, a la vejez se le conceden el descanso y la holgura. Mas el que asumió' el papel de príncipe, aun cuando trata el ne- gocio de todos, no le está consentido ni ser joven ni ser viejo, por cuanto no devanea sino en grave daño de los más, ni sin gravísimas pérdidas ceja en su deber.

quieren

con grave daño y men-

desviarse

de

la

Miserable prudencia, dijeron los" an- tiguos, es la que se aprende con la experiencia, pues ésta la alcanza cada um> con su propio daño. Menes- ter es, por tanto, que ande lo más

lejos posible del príncipe esta pruden-

cia miserable, que, como a los escla- vos, no les sobreviene sin incalcula- bles daños del pueblo todo. Si muy discretamente dijo el Afri-

cano ser indigna

del sabio la expre-

sión: «¡Jamás lo hubiera pensado!», cuánto más indigna nc> parecerá del

EDUCACIÓN

DEL

PKÍNCIPE

CRISTIANO

.príncipe que, pagándola znuy: cara él,

infinitamente más cara la

pública. ¿Quién /sabe si una guerra áíegremente declarada ; por un joven

monarca inexperto se prolongará has-

ta \os veinte años? ¡Cuan insondable

piélago de toda suerte de males: aca-- rrea una precipitada determinación! Arrepentido demasiado tarde, excla- ma: «¡Quién lo iba a pensar!» En de- terminadas ocasiones, cediendo a per- sonales preferencias o a los ruegos de los amigos, nombra a funcionarios corrompidos que desbaratan y destru- yen todo el orden de la república.

la postre se da cuenta de ello y ex-

clama: «¡No lo pensara jamás!» Pero esta experiencia cuesta muy cara a la patria. ¡Y si todo lo demás debiera

comprarse al mismo precio! Por esta razón, el ánimo del prínci- pe debe estar provisto de máximas

sentencias, a fin de que su pruden-

cia"sea hija de la razón, no de la prác-

tica de las cosas. La experiencia que

edad le negó la suplirá el consejo

1

paga--la re-

A

y

su

de los ancianos.

No pienses que te es lícito todo lo que se te antojare, como suelen incul-

car en los príncipes las mujerzuelas

y

yete tú de tal manera que no se te

antoje sino lo que te fuere lícito. Más

que te sea lí-

cito lo que lo es a las personas par- ticulares. Aquello que en los otros es error, en el príncipe es delito.

aún te diré: No creas

los cortesanos aduladores. Instru-

Cuanto más fuere lo que a tu en- tender es lícito en los otros, tanto menos debes permitírtelo a ti. En esle punto sé más severo contigomis- mo cuanto más indulgentes se te muestran todos. Sé un rigurosísimo censor' do ti mismo, aun cuando todo el mundo te aplaudiere. Tu vida está a la vista de todos; no puedes esconderte; necesariamen- te debes ser bueno con gran bien de

todos, o debes ser malo con daño ge-

neral. Cuanto más numerosos fueren los honores con que todos te distingan, tanto mayor sea la ahincada vigilan-

cia que pongas para que no los dis- pensen a un indigno. Así como al buen príncipe no se le puede rendir honor o demostrar gratitud equivalen- te a sus méritos, tampoco para el príncipe malo hay suplicio condigno de sus deméritos. Así como en el orden humano no hay cosa más saludable que un mo- narca sabio y bueno, también al re-,

vés, no puede existir cosa más pes- tilente que un príncipe necio y malo. No eíxiste pestilencia de la cual el contagio sea más rápido en prender y en cundir más extensamente que la del príncipe malo. Y contrariamente, no hay camino más breve y eficaz

para corregir las costumbres delpue- blo que la vida ejemplar del prín-

cipe. No hay cosa que el vulgo remede con más gusto que lo que .viere que su príncipe hace. Bajo un príncipe tahúr, todo el mundo juega; bajo un príncipe guerrero, todos tienen pujos

bélicos; bajo un príncipe dado a co- meres y a beberes, todo el reinoban- quetea ; bajo un príncipe rijoso, todo su reino cachondea; bajo un prínci- pe cruel, todo es sicofantía y calum-

nia. Consulta anejas historias y halla- rás que, en todos los tiempos, lascos- tumbres de su siglo se acomodaron al tenor de la vida de su príncipe. Ningún cometa siniestro, ninguna

fatal afecta tanto las cosas de

los mortales como la vida del príncipe arrebata y transforma la moral y el espíritu de los ciudadanos.

el celo

y las costumbres de los sacerdotes y de los obispos; no tengo reparo en confesarlo, pero mucho más las de los

fuerza

1

Mucho importan para

esto

283

I.I

IMI

mil

HOTERODAMO.-OBRAS ESCOGIDAS

>«•:. ,

|>in-; :

III.i: ;

I o.H

llOlllhfe S

S 6

:ii>i'<Miii-,ni .1 r, i 111mi 11.1ríos si acaso fue-

imii.arios si son bue- triodo que los mon-

.!<•; , si HOJI piadosos, no mueven de-

pare-

cí • (|ut! esto lo trae el instituto que profesan; y al contrario, si viven con desenvoltura, escanda Ii/.an grande-

mente el espíritu de todos. i'lmpom, a la emulación del principo no hay quien no se sienta estimulado. Por esta misma rozón detíé el prín- cipe guardarse de ser malo, porque, con su ejemplo, no torne malos a tantos y a tantos. Y por esto mismo se afanará en ser bueno, para con ello hacer a muchos mejores de lo que

son.

ren

millón <|in' ¡i

no:;, lid misino

IIKI:;Í;K|O n BUimitación, porque

El príncipe bueno, como elegante- me/ite dijo Plutarco, es, en cierta ma- nera, un retrato vivo de Dios, .que es,

a la vez, óptimo y omnipotente, cuya

bondad hace que a todos quiera be- neficiar y cuya potencia le permite poder beneficiar a cuantos quiere.

Y, al revés, el príncipe malo y pestí- fero es viva representación del de- monio, que tiene mucho poder conju- gado con suma malicia. Toda cuanta fuerza tiene, consúmela para perdi- ción del linaje humano. ¿Por ventura no fue para el mundo genio del mal Nerón; por ventura no lo fue C'alí- gula; por ventura no lo fue Heliogá-

balo, cuya vida no solamente fue pes-

te del mundo, sino que todavía su me-

pública exe-

cración de los mortales? Pero tú que eres príncipe cristiano, cuando oyes o lees que eres imagen de Dios, que eres vicario de Dios, guárdate de hincharte de viento vano por esa loa desaforada. Con mejor acuerdo, esta alabanza hágate más solícito en reproducir tu arquetipo, bellísimo, sin duda, pero si es muy

moria

es

objeto

de

la

arduo de conseguir, es sumamente oprobioso no conseguirlo. La teología cristiana pone en Dios tres principales atributos: poder su-

premo, sabiduría suma, infinita bon- dad. Este (.orna rio debes reunirlo en ti según fueron tus fuerzas, porque

el poder .sin bondad es despotismo pu-

ro, y sin sabiduría es pura calami- dad; y no gobierno. Esfuérzate, pues, antes quo iodo, puesto caso que la

lortiina lo dio el poder, en procurar-

te el mayor caudal do sabiduría a fin

de que tú, único entre todos, tengas bien conocido lo- que debes desear y lo que debes evitar. Luego pon tu máximo afán en hacer el mayor bien posible & todos, porque esto es pre- rrogativa de la bondad. Por lo que toca al poder, sírvate principalmente para que cuanto deseas, otro tanto puedas, o mejor, que quieras más que

no puedas. Y por lo que toca al dañar,

cuanto más puedas, menos quieras. Dios es amado por todos los buenos

y sólo es temido por los malos, con aquel género de temor con que uno teme que no se le ocasione daño. Así que el buen príncipe a nadie debe in- fundir temor sino a los culpables y a los malvados, y que, a su vez, infun- da esperanza de perdón a los que fue- ren sanables. Y al contrario, el mal espíritu no es amado' por nadie y es temido de todos, singularmente por-

que los malos mantienen con él in-

teligencia. Así el tirano es, en super-

lativo grado, aborrecible a los mejo-

res y nadie le es menos

que

Parece que atisbo esas verdades Dio- nisio, aquel gran santo que estableció tres jerarquías, con el fin de que lo que es Dios en los órdenes de los bienaventurados, esto mismo sea el obispo en la Iglesia,' esto mismo sea

el

cosa mejor que El, y de El, como de

ajeno que el

es

el

peor.

príncipe en la república. No hay

EDUCACIÓN

DEL

PRÍNCIPE

CRISTIANO

s.u manantial , se comunic a a todo s todo lo bueno que posee. Parezca, pues, inverosímilmente absurdo que la mayor parte de los males de la república rnarie de aquel lugar donde debía estar la fuente de todos los bienes.

y

a , los magistrados fácilmente los co- rrompe. Un remedio queda a fuer de áncora sagrada: el ánimo incorrup- tible del príncipe; el cual, si está vi- ciado por opiniones necias o torcidas pasiones, ¿cuál puede ser la espe-* ranza de la república? Dios, siendo bienhechor de todos, no necesita por su parte de la oficio- sidad de nadie ni de nadie reclama beneficio. Entendiéndole así, es pre- rrogativa de gran príncipe, fiel reflejo de la imagen del Rey inmortal de los siglos, merecer bien de todos gratui- tamente o sin ninguna ambición de beneficio material ó de gloria. Dios, a guisa de hermosísimo simu- lacro suyo, colocó en el cielo al sol. De la misma manera colocó entre los hombres al rey como imagen visible y viva de Sí mismo. No hay cosa más de todos que el sol, el cual, aun a los mismos cuerpos celestes, imparte su lumbre. De la misma manera el prín- cipe debe aparecer completamente vo- tado a la pública utilidad, y tener en sí la luz nativa de la sabiduría, de modo que, aun cuando los otros an- den a ciegas, él, en toda ocasión, esté

El

pueblo es revoltoso

de suyo;

libre de alucinaciones. Dios, que es inasequible a toda pa- sión, no obstante administra el mun- do con su juicio. El príncipe, a imi- tación suya, en todos los asuntos con- fiados a su cuidado, luego de haber excluido todos los movimientos pasio- nales do] ánimo, debe aplicar serena- mente la raxón y el juicio. No hay sor más sublime que Dios. Asimismo dolió el príncipe andar lo

ERASMO.

10

más lejos posible de las bajísimas preocupaciones del vulgo y de la sor- iidez de cualquiera pasión. Así como nadie ve a Dios que lo go- ierna todo, empero lo siente, ayuda- do de su bondad, así también la patria no sienta la fuerza del príncipe sino uando reciba el beneficio de su bon- dad y de su sabiduría. En cambio, la fuerza del tirano jamás se experi- menta sino con daño general. El sol, cuando ha llegado a su ma- yor altura en el Zodíaco, retarda mu- hísimo tu movimiento. Así también, :uanto más arriba te hubiere encara- mado la fortuna, es menester que tu ánimo sea más manso y menos alta- nero.

grandeza y elevación

La verdadera

de ánimo debe consistir, no en que no puedas sufrir ultraje alguno, no en que no soportes que otro tenga reino más vasto, sirio en que desdeñes no admitir cosa indigna de príncipe. Siendo así que toda servidumbre es mísera y fea, feísimo y misérrimo li- naje de servidumbre es ser esclavo de vicios y de sucios apetitos. ¿Qué cosa hay más torpe y más ab- yecta que el hecho de que sea esclavo

de la lujuria, de la ira, de la avaricia,

la- ambición y de otros insolentísi-

mos tiranos (Je esa laya, aquel que recaba para sí el mando sobre hom-

de

bres libres?

¡ Cuan

absurdo

resulta,

como cons-

ta que lo fue entre paganos, que ha- yan existido príncipes que prefieran darse muerte a apuntalar su gobierno con derramamiento de sangre y que antepusieran el bien de la república a • su propia vida; y que el príncipe cristiano, con tan grave daño de la república, se rinda a la servidumbre de los placeres y de los afectos desor-

denados! Cuando asumieres el principado, no pienses cuan grande honor es el que

DKSIDKKI O

IÍKASMO' ROTERODAMO.-OBRAS ESCOGIDAS

, sino cuan grandes son la re&-

ponsi-ilMlitlad .v el cargo; ni calcules l a cuantí n d e Lae renta s n i lo s pechos , sino oí trabajo que habrás de tomar- te; no te pase por las mientes que te tocó Luí botín alegre, sino una rígida administración. Nadie, en concepto de I'Ia ton, es considerado idóneo para la geslión de un cargo sino aquel que, coaccionado

y

der. EL que hace alarde del cargo de

príncipe, o es un necio total qué no tiene idea de cuan trabajoso y peli- groso sea desempeñar como cumple

ei

en su intención lo desempeñará, no

en

provecho personal, o tan inconsciente que no calcula .el peso con que carga sus hombros. Importa mucho que el

que sea idóneo para el reino, sea a la vez diligente, bueno y sabio. Cuanto más grande sea e! dominio

que asumes, mira que por 1

creas más afortunado; mejor será que te acuerdes que ello te acarrea más

cuidados y quebraderos de cabeza, por manera que menos debes entregarte

al

tiempos.

En--fin de cuenta;-;, son dignos del título de príncipes, no los que ponen la república a su servicio, sino que

se ponen ellos al servicio de la repú-

blica. En hecho de verdad, quien ad- ministra el mando para sí y todo lo mide por sus provechos, tirano es y no príncipe. Así como no hay más hermoso título que el de príncipe, tampoco lo hay más aborrecible y exe- crable que el de tirano. La misma diferencia hay entre el príncipe y el tirano que entre un pa- dre bondadoso y un dueño cruel. Aquél desea dar la vida por sus pro- pios hijos; éste no tiene más mira que su egoísmo; complace su incli-

contra su voluntad, asume el po-

oficio de rey, o es tan malo, que

bien de la: república, sino en su

ello no te

ocio; y conceder menos a los pasa-

nación, pero no atiende al bien de sus vasallos. Ni te contentes con que se te diga rey o príncipe. Poseyeron estos títu- los y fueron nefastos para el mundo todo Falaris y Dionisio; antes consi- dera en tu conciencia lo que eres, (íran verdad expresó Séneca cuando dijo (¡ne el (¡rano se diferencia del rey por las obras, no por el nombre. Para manifestarlo compendiosamen- te, Aristóteles, en su Política, entre

el príncipe y el tirano establece esta

distinción: éste vigila no más que

sus intereses personales; aquél, los

de la república. El príncipe, cual- quiera que sea el objeto de su delibera- ción, sopesa siempre si conviene a todos los ciudadanos. El tirano no considera más que sus intereses y conveniencias. El príncipe, aun cuan- do atiende a su negocio, con todo po- ne su mira principal si redunda en bien de sus vasallos. El tirano, a su vez, si en alguna ocasión merece bien de los ciudadanos, con todo lo refiere

a su propia utilidad. Aquellos que; se cuidan de los su- yos en cuanto conviene a sus propias

comodidades, esos tales tienen a los ciudadanos en el mismo lugar que la generalidad de los hombres tiene a los caballos y a los asnos. Pues de és- tos también ellos cuidan, pero miden

estos cuidados por sus provechos, no por los de los subditos. Allende de esto, aquellos que con sus rapacidades despellejan al pueblo o le desuellan con su crueldad o por su ambición lo exponen a todos los peligros, esos tales tienen menos contemplaciones por los ciudadanos libres que el vulgo por los jumentos que compró o los que dirigen los combates por la in- columidad de los gladiadores. Cuidará, pues, el que formare al príncipe, de adentrar en su pecho el odio de los vocablos tiranía y despo-

KIIIICACION

ÜEL

PRINCIPE

CRISTIANO

tismo, execrando con frecuencia aque- llos nombre;-; que el linaje humano de- testa en! r.mablemente: Falaris, Me- cencio. Dionisio Síracusano, Nerón, Calígula, I iciano, que hubiera que- T'id<>' i|ue le llamasen dios y señor. \''.':\\ contrario', los nombres de los pnnc'ipes buenos que en el mundo hay,in sido, y que distan infinitamen- l.e de la catadura del tirano, pronun- cíelos y propóngalos con el fervor

y

Y

tirano aborrecible y del príncipe pa- ternal, una semblanza lo más gráfica

y eficaz .que pueda, que quede muy

metida en sus ojos para que más y más se aficione a la del buen monar- ca y de cada día cobre más horror a la del déspota. Pergeñe, pues, un ser bajado del cielo, más semejante a Dios que al hombre, acabado modelo de toda vir- tud, en buen hora nacido para el bien común o, mejor, concedido por el cie- lo para alivio de las cosas mortales, que mire por todos, que vele por el bienestar de todos, que no tenga cosa más entrañable y querida que la re- pública, cuyo ánimo sea para con to- dos sus vasallos más que paterno,, para quien la vida de cada uno sea más preciosa que la suya propia, que de noche y de día ponga su esfuerzo en que a todos les vaya lo mejor po- sible, que tenga en toda ocasión apa- rejados premios para todos los bue- iH':;, y perdón dispuesto para los ma- iol K¡ se resuelven a la enmienda; QU@ co n ta n generos a gratitu d dese e eer bien de sus ciudadanos; que,

• u • il o i u «cosario, no titubee aun, con -

procurar la incolu-

nnd.id de «'líos, que esté convencido de i|iie .•! bien de la patria es ganancia l>rc>i>i.-i'. i|n<- permanezca en perpetua

vele porque loa oíros puedan dormir tranquilamente», 'iue no se permita

el favor y la -alabanza que merecen.

luego trace, del uno y del otro, del

'

i

• pio|im, en

ningún descanso para que la patria lo pueda tener, que se despedace en cuidados continuos para que los ciu- dadanos gocen de quietud; que, en con- clusión, sea tal, que de su virtud de- penda la felicidad de su pueblo. Y no deje de advertir al regio educando que éste es el retrato del verdadero

príncipe. Y, por contraste, ponga delante de sus ojos una bestia infanda que ten-

ga algo y aun algos de dragón, de lo-

bo, de víbora, de oso y de otras seme- jantes alimañas, armada en todo su cuerpo de mil ojos, con fieros dientes

dondequiera, con. temibles uñas de garfio por todos sus miembros, con un vientre insaciable, ahito de visce- ras humanas, ebria de humana san- gre, que con sus ojos, perennemente abiertos, acecha la fortuna y la vida de todos, de los buenos singularmen- te, fatal calamidad de todo el orbe, execración y odio de todos cuantos amen la república, que no pueda so- portarse por su inhumanidad ni eli- minarse sin que arrastre consigo gran ruina, porque su malicia va armada de fuerza y de riquezas. Y, a seguida, decirle que aquélla es la Imagen del tirano o todo cuanto puede crear la fantasía de más odioso. Un monstruo así era Claudio; un monstruo así, Ca- lígula; tales como ellos las fabulo- sas invenciones de los poetas imagi- naron a Busiris, a Penteo y a Midas, cuyos nombres centran y entrañan el odio general del linaje humano. El propósito del tirano es realizar siempre su capricho; y, al revés, el del monarca solamente lo que es recto y es honesto. El premio del tirano son las riquezas; el del rey, el honor que forma el cortejo de la virtud. El ti- rano gobierna por el miedo, por el engaño, por las malas artes. El rey,, por la cordura, por la integridad, por la bondad. El tirano ejerce el mando

292

KKASMO KOTERODAMO.-OBRAS KSCOCIDAS

r».-ira sí; el rey, para la república. El iir;mo, ron mía escolta de bárbaros y por larlrouc;; a sueldo, defiende su limpia persona; el rey tiene su defen-

sa «MI H bien que hace a los ciudada-

nos, y con el amor que le profesan sus

vasallos, ya se considera asa/ seguro. Para el tirano son sospechosos y mal - quistos todos los ciudadano* que se señalan por su virtud, prudencia o autoridad. El rey, a su vez, toma con afecto especial a éstos por colabora- dores y amigos. El tirano se complace en los estúpidos a quienes engaña,

en los malvados de quienes abusa co-

mo tutela de su tiranía, o de los li-

sonjeros, de quienes oye la aprobación

de lo que hace al dictado de su anto-

jo. Contrariamente, al rey esle gratí- simo el sabio, porque pueda ayudarle con su consejo, y cuanto mejor es, en más lo estima, porque puede confiar-

se todo seguro a su fidelidad; y ama

a los amigos que le hablan con liber-

tad, y con su trato se vuelve mejor. Muchas son las manos de los reyes

y de los tiranos, muchos los ojos, pero son miembros muy diversos. El tira-

no hace que las riquezas de los ciu- dadanos vayan a parar en. manos de unos pocos, que son Lospeores; y así,

con 1& miseri a común , ceba y fortale -

ce su poder. En cambio, el rey piensa

que es mucho mejor que el dinero', más que en sus cofres, bajo llaves,

circule y ande de mano en mano de los ciudadanos. El tirano trabaja por tenerlos a todos esclavos de las leyes

o de las delaciones, al paso que el

rey se complace en la libertar! de los ciudadanos. El tirano pretende ser te- mido; el rey se desvela por ser ama- do. El tirano ninguna cosa tiene por tan sospechosa como la concordia de los buenos ciudadanos y de las ciuda- des entre sí; cosa en que el rey pone su más grata complacencia. El tirano gusta de sembrar entre los ciudadanos

disensiones y parcialidades; alimenta; con diligencia las rivalidades surgi- las al a/ar, y las ensancha y abusa de estas situaciones para reforzar su

tiranía; al par que el tínico afán del rey es manlener la armonía de los ciudada'ims; y si asomare alguna di- sensión, aqmelarla inmediatamente y poner cnl ro ellos avenencia, porque tiene liarlo sabido que la discordia es la peste más grave de las repúbli- cas. El Urano, <|u<> ve con malos ojos

el florecimiento ( ' ( ' '¿i república,

con

arbitrarias razones o provocando una invasión de los enemigos, se empeña en una guerra para, con esta ocasión,

atenuar la fuerza de sus vasallos. En

pasa

por todo para perpetuar la paz de su pueblo, porque tiene entendido que de la guerra nacen todos los males de la república. El tirano, para ase-

gurar su cabeza, dicta leyes, consti-

tuciones, edictos, concierta alianzas, revuelve lo sagrado y lo- profano. El rey mide todo esto por el interés del

bien público. Así que resultan infinitas las carac- terísticas o artes del tirano que Aris- tóteles trata con toda extensión en sus libros de política; con todo, sien- do tantas, las reduce a tres. Primera,

que los ciudadanos no quieran o no se atrevan a. rebelarse contra la tira- nía. Segunda, que medien entre ellos recelos y desconfianza. Tercera, que no puedan maquinar revoluciones. Consigue lo primero utilizando cuales-

quiera procedimientos para que los ciudadanos tengan la menor iniciati-

va posible y la mínima ilustración, teniéndolos como esclavos o consa- grados a sórdidos menesteres, o ex- puestos a delaciones, o atollados en regalos y placeres. Harto sabe que los espíritus levantados y generosos lle- van, muy de mala gana la tiranía. Lo- gra lo segundo, al procurar que los

cambio, el rey

Jo hace

todo y

EDUCACIÓN

DEL

PRINCIPE CRISTIANO

29! i

ciudadanos disientan entre sí por

,,,odios mutuos y que el uno delate al otro, mientras él, con daño de los subditos, se hace más fuerte. Alcanza

tercero enflaqueciendo, .por todos

medios, la capacidad de resisten-

cia, y la fuerza de sus vasallos; y en especial de los mejores, empeño que nadie que esté en su cabal entendi- miento quiere acometer por no tener esperanzas de conseguirlo.

lo

lóós 1

1

^ De todas estas iniciativas es me-

nester que ande el príncipe cristiano

más lejos posible, y situándose en

radical oposición con ellas. Porque si tal le pinta Aristóteles, pagano de Dueñas a primeras, y luego filósofo

no tan santo ni tan docto como

pudiera presumirse, ¿cuánto más con- viene que lo lleve a la práctica el que hace las veces de Cristo?

Incluso en los animales irraciona- les, se pueden colegir las diferencias •que median entre el rey y el tirano. El rey de las abejas tiene la celda

más amplia, situada en el centro, frá- gil alcázar, pero el más seguro para

jefe de la pequeña república. El

el

y

lo

no tiene cargo especial; ñor.o es el animador de las tareas ajenas. Des- aparecido el rey, toda su corto, el en-

jambre todo, se dispersa. Hay más:

el rey es de una prestancia ínsifeitfe',

distinto de los demás him.enópteros

por su volumen y por su brillo. Se- ñálase, dice Séneca, principalmente

do sus subditos porque siendo las abe- jas extraordinariamente irascibles, basta el punto de dejar el aguijón 'l'Miiro de la herida, sólo el rey care- <•'• >ie aguijón. No quiso la Naturaleza <|iio l'neso cruel ni procurase la ven- gan/a que le había de costar cara, Hiño que Ir (|inl,ó el puñal y dejó su ira desarmada. Vivo ejemplo éste pa-

ra los grandes reyes.

Pero, si buscas el símbolo del tira-

el

no, 'piensa rn

el

león, en

el oso, en

lobo, en el águila, que viven de la pre- sa y de la carnicería, los que como se saben víctimas del odio común y

del acecho y del acoso universales, vi-

ven embreñados en parajes fragosos

o escondidos en cuevas y en soleda-

des. Si ya no es que el tirano supera

sevicia de estas fieras. Las serpien-

tes, leopardos, leones y restantes ali-

mañas, condenadas por el crimen de su ferocidad, se abstienen de atacar

a sus congéneres y segura es la seme-

janza de instinto entre las fieras. Em-

pero, el tirano ejercita su fiereza sien- do hombre contra los hombres y ciu- dadano contra los ciudadanos.

Dios, en las Sagradas 'Letras, pintó

la efigie del tirano con estas palabras:

«Este será el juicio del rey que hu-

biere de reinar sobre vosotros: toma-

rá nuestros hijos y los pondrá en sus

carros y hará de ellos jinetes para que; corran delante de su carroza, y los constituirá tribunos y cincuente- neros, y que aren sus aradas y sie- guen sus siegas y que fabriquen sus

armas y los pertrechos de sus carros.

Tomará también nuestras hijas para que sean ungüentaras, cocineras y amasaderas. Asimismo tomará nues- tras tierras, nuestras viñas y nues-

mejores olivares y los dará a

tros

sus siervos. El diezmará vuestras simientes y vuestras viñas para dar

a sus eunucos y a sus siervos. El

tomará vuestros siervos y vuestras siervas y vuestros mancebos robustos

y vuestros asnos, y con ellos hará sus obras. Diezmará también vuestro re-

baño. Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey que os habréis oí o:'; i

la

do;

ñor

Y nadie se maraville de que en esta pasaje bíblico se le nombro rey y

tirano, pues en la antigüedad n<> me

mas, aquel día, no os oirá

(1)».

el Se

(1)

I Reg.,

VIII.

lil

do

r.'KASMO ROTERODAMO.-OBRAS ESCOGIDAS

iii.ü .iin ' i i ri iMf i|in> el de tirano era

exista

de

su

propuso esta imagen a su pueblo

o|

.u

mi

u-.i

p;it7i nacerle desistir de pedir rey?

I'or esta

iinnilii-i'

(u.

i'i-v

.

i

111-

m;is

rey.

Y como no

que

Dios,

la

en

regio

saludable

¿por qué

al derecho

Inicuo,

razón

lia

mola derecho tiránico. Por oirá parto,

Samuel e n persona habí a etfeifOido <•!

anos,

santamente, sin oornipcióM, adminis-

trando la cosa del pueblo. Ellos, em-

su

de

los gentiles, pedían rey que con fasto

su rei-

nado, Y, a pesar de tocio, en esta odio-

sa pintura, ¡cuan crecida porción de males no van enumerados que, en nuestros días, hemos visto en algunos príncipes cristianos con grandísimo daño de todo el orbe! Veas ahora la imagen, del buen prín- cipe que el mismo Dios traza en el Deuteronomio con estas palabras:

«Cuando hubieres constituido rey so- bre ti, no multiplicará sus caballos ni hará volver el pueblo a Egipto, para aumentar su caballería. No ten- drá muchas mujeres que se ganen su afecto ni atesorará inmensos cauda- les de plata ni de oro.» Luego que se hubiere sentado en el trono de su reino, el Deuteronomio lo describirá

en el volumen de esta ley recibiendo

un ejemplar de los sacerdotes de la tribu de Leví, y lo tendrá consigo todos los días de su vida para que aprenda a temer al Señor que es su Dios y guardar sus mandamientos y ceremonias que en la ley quedan pre- ceptuados, y no se eleve su corazón

orgullosamente sobre sus hermanos ni se incline a la izquierda ni a la dere- cha, porque alargue sus días en su

reinado

pero, no

buena

por

espacio

de

Lautos

temiendo

conciencia

de

venl.ura,

según

costumbre

y con. violencia desempeñara

reino

él

y

sus hijos en medio de Is-

rael.»

Si

a

un

rey hebreo se le manda

aprender la ley que no contenía más que figuras y sombras de justicia, ¡cuánto más conviene que el príncipe cristiano retenga y practique las re- glas del Evangelio! Si no quiere que- un rey judío ,se ensoberbezca sobre su pueblo, llamándolos hermanos, no siervos, ¡euanio inenos deberá hacer- lo el cristiano sobro cristianos a quie- nes el mismo Crisl.o, monarca de to- dos los príncipes, dales título de her- mandad! Oye ya cómo Ezequiel lia descrito- ai tirano: «Príncipes—dice—, en me- dio del pueblo a fuer de lobos que

arrebatan la presa para derramar san- gre.» Platón llama a los príncipes custo- dios de su pueblo a fin de que sean para la patria como los mastines -pa- ra el rebaño. Si los mastines se true- can en lobos, ¿qué se ha de esperar para el rebaño? El mismo Ezequiel, en otro lugar, al. príncipe rapaz y cruel llámale león; y en otro pasaje amenaza fie- ramente a los pastores que se apacien- tan a sí mismos y no tienen cuidado alguno del ganado, aludiendo a los príncipes que administran el gobier- no para sí. Y San Pablo, refiriéndose

a Nerón,

dice: «Me libré de la boca

del león.» Y casi en el mismo sentido veas cómo el sabio Salomón pintó al tirano: «León rugiente y oso ham- briento es el príncipe sin entrañas sobre el pueblo pobre.» Insistiendo en lo mismo, dice en otra parte:

«Cuando los impíos tomaren el prin- cipado, gemirá el pueblo, como puesto- bajo servidumbre.» Y otra vez, en otra parte: «Cuando se levantaren los im- píos, los hombres se esconderán.» Y ¿qué más, cuando en Isaías, ofen- dido el Señor por las maldades de su pueblo, les conmina diciendo: «Y por príncipes les daré niños y los afemi- nados los señorearán.»? ¿No declara

EDUCACIÓN

DEL PRÍNCIPE

CRISTIANO

29, r >

paladinamente que a un reino no 1< y jjuede sobrevenir calamidad más acer oa que un príncipe bobo e impío? Pero ¿por qué nosotros andamos, tras estas quisicosas cuando el mismo Cristo, Príncipe y único Señor de to-

dos,

estableció

una

clarísima distin-

-eiót)

entre

el príncipe

cristiano y el

gentil cuando dijo: «Los príncipes de l;us gentes los dominan, y los que tie- nen poder lo ejercen entre ellos. Mas, entra vosotros, no será así»? ¿Qué quiere decir esto: «Entre vosotros no

será

que

se haga

así», sino

de

la

que no conviene misma

manera

entre

cristianos, entre los cuales, el princi-

pado es administración, no imperio,

tira-

Y no se halague el príncipe a sí mis- mo diciendo: «Esto es cosa de los obis- pos, no mía.» Cosa tuya es, si eres cris- tiano, y a ti te incumbe. Si no eres cristiano, no hay cosa que te incum- ba. Y no te cause maravilla si por aca-

so vieres a algunos obispos que andan

muy lejos de este retrato. Allá ellos •se avengan; tú piensa en lo que sea digno de ti.

y

nía?

el

reino

es

beneficencia, no

No quieras considerarte príncipe

bueno si en comparación con otros

te muestras menos malo. Ni pienses

ligeramente que es lícito todo cuanto

hace la generalidad de los príncipes. Acomódate a ti mismo a la regla de

lo

honesto;' estímate según esta regla.

Y

si no hubiere a quien vencer, tú

mismo compite contigo; competencia •ésta la más hermosa de todas y de

veras digna del príncipe invencible

tornarse

Si es deshonroso el nombre de tira- no, de modo alguno se tornará hones-

to, aun cuando fuere común con mu-

chos; pues la fuerza de lo honesto está en la realidad de las cosas, no en el número de los hombres.

si

cada día

se esfuerza

mejor.

por

Con su gravedad habitual, Séneca escribió que en el mismo lugar en que ponemos a los ladrones y a los piratas debieran ser puestos los re- yes con temperamento de ladrones y piratas. El espíritu y no el título es el que diferencia al'rey.del tirano. Aristóteles refiere en sus obras po- líticas que en algunas oligarquías hu- bo la costumbre de que, al inaugurar sus magistraturas, los funcionarios pronunciaban esta fórmula de jura- mento : «Profesaré odio a la plebe, y con todo el tesón posible haré que - todo le vaya mal.» Muy diverso es el

juramento que para los suyos pronun- cia el príncipe al inaugurar su magis-

tratura. Y, a pesar de todo, se nos di- ce que algunos se conducen para con su pueblo como si hubiesen jurado con aquella fórmula propia de regímenes bárbaros, a saber: que ellos, para los

intereses

del pueblo, serán enemigos

jurados.

Tiene resabios de tiranía el hecho

simultáneo de que, cuando le va bien ;il príncipe, al pueblo le vaya mal, y que la bienandanza del uno vaya en aumento con la calamidad del otro. Proceda más bien como el padre de fa-

milia: que con daño suyo personal,

próspero y flo-

"eciente. Quien quisiere asegurarse el título

de príncipe y deseare evitar el odioso

nombre de tirano, es menester que se !o granjee no con terrorismos ni con Baladronadas, sino con beneficios efec- ;ivos. Importa muy poco que los adu- adores o los oprimidos le llamen prín- cipe a boca llena, o le aclamen padre de la patria si, en hecho de verdad, os tirano. Y aun cuando su siglo le Ii sonjee con las máximas adulaciones, a buen seguro no las refrendar;! la posteridad. Tú mismo ves ron <|ur en cono y con qué odios osla misma pos teridad publica las lechonas de anti-

'1 pueblo se torne más

1.1 -11.1.1:1»

KHASMO

H<>TlvlU>l)AMO.-OBRAS

ESCOGIDAS

gUOS M- ; .-- . i.- i i »i [fieos ;i

vid»! n.niii- ni qan el gesto, osaba • ili-inier; v mu Mianta libertad abo-

IIIIII:MI de iUB mismos nombres. Kl buen príncipe no debe tener pa- 1.1 BUS ciudadanos otro espirita que

en

quienes ,

el

del pa-ilre de familia para sus domésti- c-o,s. ¿Qué otra cosa os un reino sino

una gran familia?. Y

¿qué es un rey

sino el. padre de un.i- familia innume-

rable? Ocupa un lugar señalado, cier- to; pero, con todo, es del mismo lina- je: hombre que manda a otros hom- bres; una persona libre que manda

a otras libres, no a bestias, como acer-

tadamente dijo Aristóteles. Parece que así también lo entendieron aque- llos poetas míticos, los cuales, a Júpi- ter, a quien atribuyen el imperio del mundo todo y aun de los dioses; pues ésta es su expresión, denomínanle pas- tor de los hombres y de los dioses. Y nosotros también, aleccionados por Cristo que es nuestro Maestro, a Dios, que, sin lugar a duda 1 , es Señor uni- versal, le invocamos con el título de Padre. Y ¿qué nombre puede haber más feo y más execrable que aquel con que en Hornero, Aquiles, si mal no recuerdo, zahiere al príncipe que ex- plota el mando en provecho propio

y no en bien del pueblo, llamándole

Otro denuesto

d.evorador-del pueblo?

no halla el enojadizo Aquiles más deshonroso y corrosivo contra aquel

a quien juzgaba indigno del mando

sino que devoraba al pueblo. Y el mis- mo Hornero, cuando nombra para su honor a algún rey, acostumbra lla- marle pastor del pueblo. Inmensa es

la distancia que hay entre el pastor y

el ladrón. ¿Con qué cara reclaman para sí el título de príncipe aquellos que del número de sus adeptos incon- dicionales escogen a unos pocos, los más desalmados, desde luego, a tra- vés de los cuales, con pretextos halla-

1

dos arteramente, agotan a una las fuerzas del pueblo y sus recursos, y los aplican al fisco o aquello mismo que con entrañas sin piedad extorsio- naron, o con suma maldad lo prodi- gan en placeres o lo disipan en gue-

rras cruel mente, de guisa que del que m;is detestable maestría demostrare hacen mayor aprecio? Como si el prín- eipe fuera el enemigo del pueblo, no

padre, de suerte que el que diere a

entender que mira mus por los inte- reses del pueblo es e] que más daño infiere al bien público.

Así como el padre de familia pien- sa que redunda en acrecentamiento de sus propios bienes toda la ganan- cia que obtuvo alguno de los suyos, así también el que está dotado de un ánimo verdaderamente principes- co piensa que está en su tesoro todo cuanto poseen los ciudadanos, a los cuales cree tan unidos e identificados consigo por el afecto, que ningún re- paro tienen en dar su vida por el prín- cipe, cuanto más su dinero. Merece la pena de oír con qué epí- tetos Julio Pólux,, que había sido ayo

y formado la niñez del emperador

el

Cómodo, designó, diferenciándolos, al rey y al tirano. Después de haber si- tuado al rey en categoría inmediata-

mente inferior a los dioses, como su

más cercano y semejante, dice: «En son de loa dedicad al rey estos elo- giosos rtítulos: Padre, manso, apaci-

ble, suave, próvido, equitativo, huma- no, magnánimo, desdeñoso del dine- ro, exento de pasiones, señor de sí mismo, superior a los placeres, razo- nable, juicioso, perspicaz, circunspec-

to, consejero acertado, justo, sobrio, celoso procurador de la divinidad, cui- dadoso de los negocios de los hom- bres, estable, firme, sin engaño, de grandes ideas, dotado de autoridad, industrioso, gestor de negocios, solí- cito para con sus subditos, conserva-

EDUCACION

DEL

PRINCIPE

CRISTIANO

2<)7

dor,

para el ca:;l.iv,o, cierto, constante, in-

fle,xible, propenso a la justicia, accesi- ble, afable, fácil para quien hablarle quiere, blando, popular, cuidadoso de los ime obedecen sus órdenes, amante

sVis soldados, caudillo valeroso, pe-

no enamorado de la guerra, devoto

lento

pronto a

la

beneficencia,

de

ro

<h.> la paz, conciliador, amante de la

pa/, diestro en enmendar las costum- bres del pueblo, que sabe ser capitán

y ser príncipe, que sabe dar leyes

saludables, nacido para merecer bien, dotado de apariencia divina.» Muchas son las cosas que pueden decirse en lenguaje corrido y que no se pueden explicar con palabras sueltas. Hasta aquí hemos expresado el sentir de Polux. Si un preceptor pagano trazó este retrato del buen príncipe para un emperador pagano, ¡ cuánto más virtuosa debe ser la semblanza que conviene que se proponga a un prín- cipe cristiano! Ahora, pon atención a los colores con que expresó al tirano. También aquí Julio Polux traza la etopeya en griego; nosotros vamos a dar la apro- ximación latina. «Vituperarás al mal príncipe con estos dicterios: tiránico, cruel, desal- mado, violento, requisador de lo aje- no, ávido de dinero, codicioso de ri-

quezas [este dicterio es de Platón], rapaz, y lo que dijo Hornero, devora- dor del pueblo, soberbio, finchado, di- fícil al acercamiento, incómodo para conversar con él, duro, descortés pa- ra el coloquio, enojadizo sin razón, irritable, terrible, turbulento, esclavo del placer, intemperante, inmodera- do, desconsiderado, inhumano, injus- to, temerario, inicuo, impío, menteca- to, easquileve, inconstante, fácil de engañar, arisco, cruel, apasionado, in- corregible, denostador, provocador de guerras, pesado, enojoso, insufrible,

imposible de atajar

»

Siendo así que Dios está a una dis- tancia infinita de la índole del tirano, es harto verosímil que no hay cosa para El más aborrecible que un rey nefasto. Y como no haya fiera alguna que cause estragos mayores que el

tirano, es razón que no haya ser más

odioso a los mortales todos que el príncipe malo. ¿Quién hay que desee la vida, odiado y execrado a una por la tierra y por el cielo? Por esto, Octa-

vio Augusto, cuando se percató de que su cabeza era blanco de conspiracio- nes infinitas y que, aplastada una¿ inmediatamente se urdía otra, con- vencióse que no merecía la pena vivir odiado de todos y de defender su se- guridad con la sangre de tantos ciu- dadanos. Por ende, el reino que se gobierna por la virtud y la benevolencia, no so- lamente es el más quieto y gustoso, sino el más duradero y estable. Ello se colige fácilmente de los viejos ana- les. No existió tiranía por más defen- dida que estuviera que pudiera soste- nerse mucho tiempo. Y todas las ve- ces que una república degeneró en ti- ranía, consta que otras tantas se apro- ximó al borde del despeñadero. Es menester que a muchos tema el que de todos es temido. Y es preca- ria e imposible la seguridad de aquel cuya muerte desean los más de los ciudadanos. La antigüedad, a quienes habían ad- ministrado bien el imperio, decretá- bales honores divinos; pero contra los tiranos estaba en toda su vigencia aquella ley que en la actualidad rige contra los lobos y los osos, para que fuese público el premio de quien eli- minara del haz de la tierra un ene- migo público. En su origen, los reyes no fueron .constituidos por aclamación del pue- blo; y ello no por ninguna otra> ra- zón sino por, su eximia virtud, que

298 DESIDERIO

ERASMO

ROTERODAMO.-OBRAS

ESCOGIDAS

califican de heroica, como próxima a la divina y mayor que la humana. Es moiirsl.or, pilas, que los reyes se acuer- den, de su origen, entendiendo que ni príncipes Herían si carecieran de aque- llo que inicialmente los hizo*prínci-

pea. Hiendo muchas las formas de go-

bierno, unánime es el consenso de los

veni a jos; i es l;i

monarquía, porque os la m,ás seme- jante al gobierno de Dios. Así que Ja suma de poderos esto reunida en una sola mano, empero siempre que el monarca, a semejanza de Dios, se aventaje a todos los otros en sabidu- ría y en bondad, y sin necesidad de ningún otro auxiliar ni consejero, no tenga más preocupación que ia de la- brar el bien de la república. Pero si resultare al revés, forzosamente será pésimo el estado de la república, da- do que está en pugna con el que es el

mejor. Si aconteciere que el príncipe fuere perfecto modelo de todas las virtu- des, de desear es una monarquía pu- ra y simple; pero como yo no sé si este príncipe ideal tendrá alguna vez realidad, ya será grande y deseable suerte que toque alguno mediano. Ta- les como andan las cosas de los hom- bres, por ventura lo más conveniente será una monarquía que, combinada de aristocracia y democracia, quede templada y como diluida, porque ja- más estalle en despoti>smos, sino que así como los elementos unos con otros se equilibran, así, con semejantes fre- nos, tenga consistencia la cosa públi- ca. Y si el príncipe quisiere sincera- mente el bien del pueblo, compren- derá que con ese sistema su autoridad no queda mermada, sino que recibe ayuda. Por lo menes, esta fórmula conviene para que exista un poder que quiebre y neutralice la violencia de un hombre solo.

1

filósofos q_ue 'la' más

Siendo muchas las clases de domi- nación del hombre sobre las bestias, del señor sobre los siervos, del padre sobre los hijos, del marido sobre la esposa, indica Aristóteles que la do- minación real es la más excelente de todas y llámala divina, porque esa jerarquía parece tener algo del su- perhombre. Y si hacer de rey es cosa divina, hacer de Urano no puede ser (ilra cosa que desempeñar las veces. de quien es el más ajeno y remoto de Dios. Un siervo es más ventajoso que otro, siervo, corno reza el proverbio; como un señor vale más que otro señor, así como hay una arte más excelente que otra y una' función que supera las demás. Empero, es menester que el príncipe se señale en el mejor linaje de sabiduría. Esta es la razón de ad- ministrar rectamente la república. Al señor toca el mandar; al siervo atañe el obedecer. El tirano manda lo que se le antojó; el príncipe, lo que juzga mejor. ¿Qué va a mandar quien ignora lo mejor que es? Muy peor fuera que, invirtiendo los con- ceptos, tomara lo pésimo por óptimo, desalumbrado por la ignorancia o por la pasión. Así comx) es propio del ojo ver, de los oídos oír, del olfato oler, es mi- sión del príncipe mirar por los inte- reses del pueblo. Y no existe otro me- dio de mirar por los intereses del pueblo que el de la sabiduría. Si de ella careciere el príncipe, no mirará por el bien del pueblo; como no verá el ojo ciego. Jenofonte, en su pequeño libro De economía, escribe ser más divino que humano mandar sobre sujetos libres y que quieren ser mandados. Sórdido es mandar irracionales o a vasallos

coaccionados. Mas el hombre es ani-

mal divino y libre dos veces: la pri- mera, por la Naturaleza; la segunda,

EDUCACIÓN

DEL PRÍNCIPE] CRISTIANO

2OT)

fior las leyes. Por esto requiere un soberano grado, de virtud, rayana en •divina, gobernar y atemperar el go- 'Bierno con |,al tacto, que el pueblo sienta el beneficio, pero no sienta la

sujeción. Oí larda te de pensar que solamente soñ tuyos aquellos cuyos servicios tiülraas en los figones, en la caza,

'en las faenas domésticas, cuando

lo regular son los menos tuyos; pien-

sa que todos los ciudadanos son tuyos

por un igual. Si entre ellos hubieres de escoger alguno, tenlo por el más próximo y más estrechamente unido

a ti, que sea varón de todas prendas,

amantísimo de la patria y de la re- pública. Cuando visitares las ciudades •de los tuyos, no quieras pensar con- tigo mismo: «Yo soy el señor de tan- tas cosas; todo esto está a mi capri- cho ; de todo esto yo puedo hacer lo que en talante me viniere.» Si quieres pensar en lo que es digno del verda- dero príncipe, piensa de estotra ma- nera: «Todo esto está confiado a mi lealtad. Tengo que vigilar, pues, -para devolverlo mejor que no lo recibí.» En viendo la innúmera muchedum- bre de los tuyos, guárdate de pensar:

1

pt)r

«¡Qué muchos vasallos tengo!», sino:

«Todos estos miles de hombres cuel- gan de mis desvelos; a mí solo con- fiaron sus personas y sus bienes para que los tutelase; todos me miran co- mo a padre; a todos ellos puedo ser útil si me portare como buen prínci- pe; y a todos ellos puedo inferir da- ño, si me demostrare malo. Por todo ello, ¿no debo procurar no ser malo por no dañar a tantos mortales?» Piensa siempre que los vocablos do- minio, imperio, reino, majestad, po- derio, son voces paganas, no cristia- nas; y que el gobierno cristiano no es más que administración, benefi- cencia, vigilancia. Y si estos vocablos te complacen y

te halagan, no dejes de recordar aque lio que atisbaron y enseñaron los fi- lósofos gentiles, a saber: que el po- der del príncipe sobre el pueblo no es más que el del alma sobre el cuer- po. El alma señorea el cuerpo porque sabe más que el cuerpo, pero lo se- ñorea más para el 'bien del cuerpo que

para el suyo propio, y que el reinado

del alma en el cuerpo os la felicidad

el

del cuerpo.

Aquello

que

es

el

corazón

en

cuerpo del ser animado, esto mismo es el príncipe en la república. Si el corazón es sano, ya que es la fuente

de la sangre y de la vitalidad, reparte vida por el cuerpo todo; pero e¿ tu- viere lesión mortal, comunica la muer- te a todos los miembros. Pero como sea que aquella viscera suele ser la postrera en viciarse en el cuerpo del animal y se cree que en su reducto se refugian los últimos restos de la vida, asimismo parece bien en el príncipe, si alguna dolencia atacare al pueblo, que esté limpio en absolu- to de toda infección de estulticia. Así como en el hombre lo más ex- celente es lo que impera, a saber:

el alma, y en el alma lo que se im- pone es la parte mejor; es decir, la razón, y el que domina en el univer-

so es el mejor de todos, Dios, así tam- bién el que asumió la misión de go- bernar en la república como en un gran pueblo conviene que se aventa-

todos los demás en bondad, en

je a

sabiduría, en vigilancia. Y cuanto más los magistrados se señalen sobre el pueblo, otro tanto el príncipe debe distinguirse sobre los demás magis- trados. Si algún mal reside en el ánimo, lo recibió del contagio del cuerpo, poi- que está expuesto a las pasiones . T<> do lo que el cuerpo tiene de bueno proviene del ánimo como de la suer- te. Como es cosa anormal y fuera 'de

300 DESIDERIO ERASMO ROTERODAMO.-OBRAS ESCOGIDAS

la Naturaleza, que los males del áni- mo pasen, al cuerpo y que los bienes del cuerpo se estraguen por el vicio «leí ánimo, así fuera bravamente ab- surdo que his guerras, las sediciones, las costumbres depravadas, las magis- traturas corrompidas y otras seme- jantes pestilencias de la república tu- vieran su origen en los mismos prín- cipes cuya sabiduría debía sosegar las alteraciones ocasionadas por la necedad de la plebe. Y, cqn todo, har- tas veces vemos que determinadas ciudades, "bien constituidas y florecien- tes por industria del pueblo, se per- vierten y arruman por culpa de los

príncipes. ¡Cómo no es cristiano complacerse con el título de señor, título que no pocos ajenos al cristianismo rehusa- ron, y aquello mismo que deseaban por ambición no querían que se les dijese por la odiosidad que contenía! ¿Y el príncipe cristiano pensará que le está permitido ser llamado mag- nífico? Octavio Augusto, aun cuando ocupó el imperio con medios reprobables, tomaba como ultraje que se le lla- mara señor, y en determinada ocasión en que un actor mímico se lo dijo

de todo el pueblo, él lo re-

chazó con palabras enérgicas y con una amarga ^expresión del rostro, co- mo si con aquel vocablo se le repro- chase la tiranía. Y esa modestia de un emperador gentil, ¿no la imitará el príncipe cristiano? Si eres señor de todos los tuyos, ne- cesariamente ellos son tus vasallos. Por esto debes mirar que, según el viejo proverbio, todos cuantos son tus vasallos no sean tus enemigos. Como sea que la Naturaleza engen- dró a todos los hombres libres y la esclavitud se haya introducido sin acuerdo con la Naturaleza, como no dejan de reconocer las mismas leyes

delante

de los paganos, piensa que no es con- veniente que un cristiano usurpe el dominio sobro otros cristianos que las leyes no quisieron que fuesen es- clavos.

Siendo Uno solo el Señor de los cristianos, ¿por qué los que hacen sus veces prefieren copiar la fórmula de

imi-

i.nrla de Aquel que es el único que debo ser imil.iido en todo? De los oíros es lícito tomar la porción de virtud que por 1 ventura ande mezcla- da en su sistema de gobierno. En este

Señor, empero, está el ejemplar aca- bado de toda sabiduría y virtud. Aqué- lla puede parecer estulticia, pero a los infieles; mas a nosotros, si somos fie- les sinceramente, es virtud de Dios y divina sabiduría. Ya no quiero que tú pienses en el más íntimo retiramiento dentro de ti mismo. Pero este servir no es rei- nar. Todo lo contrario, ésta es la más hermosa forma de reinar, si ya no es que piensas que sirve Dios, que admi- nistra de balde todo este mundo, cuya benéfica influencia experimentan to- das las cosas, y por el cual no recibe

premio

alguno; si ya no es que pa-

rece que también el ánimo sirve; el cual, sin tener necesidad del cuer- po, con tanto desvelo procura sus co- modidades ; si no hemos de pensar

que también el ojo

restantes miembros, porque mira por

el bien de todos.

Estará bien que consideres la cosa bajo este viso. Si por arte de encan- tamiento Circe trocara todos esos hombres que tú llamas tuyos en ja-

balíes o en asnos, ¿no dirías quizá que tu señorío vino a menos? Yo pienso que sí que lo dirías. Pues mayor es el derecho en los puercos monteses

y

pues es lícito trasladarlos donde se quiera, es lícito venderlos, es lícito

adminisl ración

de

cualquiera a

es siervo

de los

en los asnos que en los hombres,

EDUCACIÓN DEL PRÍNCIPE CRISTIANO

matarlos. Por ende, empeoraría su do- ! minio quien convirtiera a los ciuda- danos libros orí esclavos. Cuanto más excelonl.e sea aquello en que ejerces tu mando, con tanta mayor magnifi- cencia y esplendidez triunfas y rei-

nas

el que defiende la libertad y la digni-

dad do los ciudadanos. 4<]I mismo Dios, para no mandar so- bre coaccionados, atribuyó libre albe- drío a los ángeles y a los hombres para hacer más brillante y augusto

su imperio. Y ¿quién hay que con este título se parezca a sí mismo gran- de porque manda a ciudadanos agru- pados en manadas por el miedo, como si fueran bestias. Yo no querría que a nadie por esto que digo le asaltara este pensamiento

y mentalmente me dirigiera esta pre-

gunta : « ¿Por qué arrebatas al prínci- pe su derecho y concedes autoridad mayor a un gentil que a un cristia- no?» Lo que hago es vindicar su dere- cho al príncipe cristiano. Derecho del príncipe gentil es oprimir a los suyos por el miedo, obligarles a obras ser- viles, requisarles sus propiedades, des- pojarles de sus bienes, martirizarlos; éste es el derecho del príncipe gen- til. ¿Quieres esto mismo de un prín- cipe cristiano? ¿Es que parecerá dis- minuido en su derecho si todas estas extralimitaciones no le son consen-

/Mira,

pues, por tu buen nombre

tidas

a

él?

No

perece

su derecho para aquel

que cristianamente administra su mando, sino que lo posee de otra ma- nera y por modo más excelente. Que éste es la verdad, lo colegirás de estos argumentos. En primer lugar, no son luyiií-; los que oprimes con tu servicio, l«iu-: el consentimiento popular es quien hace al príncipe. Los verdade- rainenle tuyos son los que espontá- noamenio y de buen grado te obede- cen. pémíÍH de esto, a los que tienes

intimidados por el miedo, ni siquiera

a medias los posees: eres el amo de

su cuerpo; pero su alma te es com- pletamente ajena. Por lo demás, como

sea que la caridad cristiana concilla al pueblo y al príncipe, allí está todo

lo

lo reclama. El príncipe bueno no pi- de nunca nada sino cuando lo exige el bien de la patria. Además, cuando el dominio no es •benevolencia, aun cuando sea mucho lo que se exija, es cosa cierta que el príncipe tiene me- nos que cuando no tiene nada. Nadio consigue rnás que el que nada exige, sino que lo merece.

honor

tuyo, todas las voces que la ocasión

Añádase

a todo esto

que el

que se hace al tirano ni siquiera es ho- nor, sino adulación o simulación; no es obsequio, sino servidumbre, ni es

esplendor verdadero el que ostenta, sino vanidad hueca, ni es poderío, si- no violencia; todo esto lo tiene sóli- damente con auténtica legitimidad .el que se conduce como buen príncipe, cristiano. A nadie se defiere más ho- nor que al que no exige honor; a na- die tributan los hombres más obse- quio que al que no requiere obsequio; en ningunas manos depositan con ma- yor generosidad sus posibilidades que en las de aquel, de quien saben que le han sido confiadas para el bien público y que las devolverá con usura. Existe una reciprocidad entre el príncipe y el pueblo; el pueblo te debe su aportación, te debe el obse<

quio, te debe el honor; pero tú, a tu vez, le debes al pueblo ser príncipe bueno y vigilante; cuando exiges a los tuyos el impuesto como si fuera una deuda, pondera y examina antes si les pagaste a ellos la gabela de tu oficio.

del

Aristóteles

dice

que

la

ra/ón

dominio no consiste en la posesión, sino que reside más en la uiilr/aeión ¡ de los siervos. Y si ello es así, mucho

'302

|i;U.AS(Vin

H()T]<:R,OI>AMO.-OBRAS ESCOGIDAS

menos consisU' rl |)riiic¡j)ado en los

títulos .y oii las fsLaUías, en la exac- ción <lo ir i I ni l,<>s, sino en mirar por el ínteres público.

cuerp o

Con su Luí do de varios miembros , en cuya compleja trabazón entra tam- bién el príncipe, aunque el más prin- cipal, será conveniente que use de (.al moderación que siente bien a todos, y no que a costa de las privaciones y enflaquecimiento de los demás, uno

que otro se ponga rollizo y enjundio- so. Porque si el príncipe, con insano

gozo, se refocila y engorda con los males de la república, ni es parte de

república, ni es príncipe, sino pura

y simplemente un vividor o un pi-

la

rata. Manifestó Aristóteles que el siervo

es una parte viva del dueño, si éste

es verdadero dueño. Existe amistad entre la parte y el todo, y provecho

mutuo. Si esto es verdad entre el amo

y el esclavo que se compró en el

mercado, ¿cuánto más no lo será en- tre la plebe cristiana y el príncipe

cristiano?

<' 111n 11

l a

repúblic a

sea

un

Al príncipe que en nada piensa ni otra cosa hace sino arrancar a la

fuerza la mayor cantidad de dinero

sus ciudadanos para aprisionar en

trama de las leyes los mayores

caudales posibles, y vende magistra-

turas y oficios a quien más da, decid-

favor: ¿se le ha de llamar

príncipe o mercader o, con palabra más veraz y dura, ladrón a secas? Viendo Creso cómo, tomada la ciu- dad, la soldadesca de Ciro iba de un lado para otro, les preguntó qué ha- cían. Como la respuesta fuese que ellos hacían lo que acostumbra ha- cer el ejército vencedor, a saber: ro- bar los bienes de los ciudadanos:

me, por

la

de

«¿Qué es lo que oigo?—respondió—•. ¿Acaso todo esto no es tuyo, puesto que me venciste? ¿Por qué, pues, ésos

entran a saco en lo tuyo?» Advertido Ciro por tan discreta reconvención, enfrenó la licencia de sus solda-

dos. Esta reflexión no debiera alejar-

del ánimo del príncipe: «Es-

tos bienes que se arrancan con tanta

violencia ya son míos. Los expoliados, los rsl.rujados .son míos. Todo lo que

Ha / qu e d e 1.a 1 maner a administre s

gobierno, que en cualquier momen-

to puedas dar cuenta de tu gestión. Aun cuando nadie te la ha de exigir, por esta misma consideración más ri- gurosamente te la has de exigir a ti

mismo. Porque acontecerá, y en pla-

zo muy breve, que te pida razón Aquel ante el cual de nada te servirá haber sido príncipe, sino para tenerle por

juez tanto más riguroso cuanto ma- yores hubieren sido los poderes que se te confirieron. Aun cuando fueres monarca único de todo el mundo, no

podrás escapar de este inexorable Re- visor infalible, ineludible, inintimida- ble, insobornable. Desde el momento en que te consa- graste a la república, ya no tienes libertad para vivir a tu capricho; tie- nes que sostener el empeño que asu- miste y es menester que lo defiendas. Nadie toma parte en el certamen olímpico sino luego de haberse infor- mado de lo que pide el reglamento de ese heroico deporte. Ni se queja de

que le sea enojoso el sol ni el polvo ni el sudor ni cualquiera otra moles- tia, porque todo esto anda unido con

razón de la lucha. Así, el que asume

la

el gobierno, con prudente anteriori-

dad debe reflexionar seriamente qué

obligaciones impone el oficio de prín- cipe. Debe mirar por el bien ajeno

y descuidar el propio. Debe estar des-

velado él, para que puedan dormir los otros. Debe trabajar, para que los demás puedan tomarse su descanso.

se nunca 1

delinco en ellos, lo delinco contra misino.»

el

EDUCACIÓN

DEL PRINCIPE

CRISTIANO

S>u enterez a mora l deb e se r íntegra ,

paso que en los otros ya satisface

la,, mediocridad. Su espíritu debe an-

dar desnudo de: todas las preferencias personales, y cuando administre un negocio no debe pensar más que en el bien-, público. Ha de hacer bien aun

M ¡os ingratos, aun a los que no lo

comprendan, aun a los que se mues-

eso, ¿por

qué asumes la responsabilidad del mando? O ¿por qué, si se te da a ti, no lo cedes a otro? Y si no pudieres, resigna en cualquier otro la función que debías tú desempeñar personal- mente. Uno de los sabios de Grecia dijo muy sabiamente que todo lo que es preclaro es difícil. Por ello importa recordar que portarse como buen prín- cipe es la más hermosa de las funcio- nes, pero también es extraordinaria- mente difícil. Y no te haga impresión alguna si en los tiempos que corre- mos vieres a determinados príncipes que viven de tal manera, que es más difícil ser padre de familia que prín-

cipe de este linaje, y que no fue di- cho a tontas y a locas, según el viejo proverbio, que forzosamente el rey y

el

al

i.iviif eacios. Si rio te agrada

bobo nacieron tales.

Siendo así que es menester que los demás mortales, poniendo aplicación en ello, aprendan el arte que quieren profesar, ¿con cuánto mayor cuidado no importa que el príncipe, con ante- rioridad, aprenda el arte de gobernar?

Todas las artes restantes se reducen

cuatro elementos: naturaleza, pre-

neptlva, ejemplos y práctica. Platón

• ni el príncipe un carácter sose-

p

i

tftido y suave, pues así como recono- ce 11Me ios fogosos y precipitados es-

i a 11 11id irados para las disciplinas, di-

un :;<>n acomodados para el go-

bierno dr la>república: Determinados virios dr la Naluraleza no son corre- ni n.H- la educación ni por más

ce que

cuidado que en ello se ponga. Con

efecto, puede existir un temperamen-

to o tan estúpido o tan violento y des-

mandado, que cualquiera que sea el encargado de su formación pierda en

la tarea ingrata todo el interés que

se tome. El natural de Nerón era tan

depravado, que Séneca, su integérrimo

preceptor, no pudo estorbar que salie-

se el más abominable y nefasto de los

príncipes que eri el mundo han sido.

Como ya dijimos, las máximas de buen gobierno deben inculcarse desde la primera hora; deben ser dignas de un verdadero príncipe; y ciertas

y firmes, que nadie las mueva. Por

esta causa quería Platón que los pre- ceptores enseñasen tardíamente la dialéctica, porque ésta es arma de dos filos, ambigua, que afecta a entram- bas partes y son harto movedizas y poco sólidas las ideas que deja acer- ca de lo honesto y de lo que no lo es. El ideal de la buena administración debe tomarse principalmente del mis- mo Dios y del Hombre Dios, Jesucris- to, de cuyas enseñanzas y dogmas de- ben especialmente hacerse derivar. Su buena aplicación, que constituye la

última parte, está en el príncipe suje-

ta a vacilaciones y a enmiendas, pues

no es extraño que rompa algunas cí- taras el que estudia con ahinco el arte

de tañerlas bien. Pero fuera grave que la república sufriese aflicción mientras el príncipe aprende a go- bernar la república. Acostúmbrese,, pues, a ello ya desde su niñez, pero

para su mejor criterio, vaya instruido- de máximas, asista a consultas, inter-

venga en los juicios, tenga participa- ción en el nombramiento de magis- trados, oiga las peticiones de los ro- yes, pero rio determine nada que no

esté aprobado por el juicio de muchos, hasta que su edad y la experiencia Ir hubieren formado un criterio más se- guro.

304 IH'iHMH'IHIO

KK.ASMO

IIOTERODAMO.-OBRAS

ESCOGIDAS

SI'verdaderamente dijo Hornero que no es cosa de príncipes dormir entera loil;i l;i iiKctx-, pues tienen bajo su <'!iid;i(ln tantos miles de hombres y se les coi ilio tamaño volumen de nego- cios, ni yu no es que tontamewte .Vir- gilio, figuró tal a su Eneas, decidme, por favor, decidme de dónde le viene al príncipe el privilegio de cultivar la vida ociosa, .frustrar días enteros o, mejor, de perder la mayor parte de su vida en juegos de azar, en bailes, en partidas de caza, en bufonadas, en bagatelas, más bagatelas aún que estas que hemos dicho? ¿Altérase la república con faccio- nes, es trabajada de guerras, está toda infestada de latrocinios, con desmesu- radas gabelas acula- al pueblo al ham- bre y a la horca? Son los humildes oprimidos por inicuos aristócratas, es- tá podrida la magistratura, y en vez de hacer justicia, cede a su capricho. En medio de tal desquiciamiento, el príncipe, sin otra cosa mejor que ha- cer, ¿jugará a los naipes? No puede dormirse él que está sen- tado junto al timón; ¿y roncará el príncipe en aguas tan peligrosas? No hay mar que sufra tan graves tempes- tades en determinadas zonas y esta- ciones, como cualquier reino las tiene cada día. Siempre, pues, debe estar el príncipe con los ojos muy abiertos por no errar un punto quien no lo puede hacer sin la perdición de mu- chos. El tonelaje de la nave, el valor de las mercancías, el número de los via- jeros, no ensoberbecen más al buen piloto, sino que le hacen más atento. Así, el buen rey. cuanto mayor es el número de aquellos sobre los que tie- ne el mando, tanto más vigilante de- be estar, pero no más ufano ni ala- bancioso. Si ponderas la magnitud del cargo que desempeñas, jamás te faltará co-

sa que hacer. Si te habituares a to- mar gusto en la administración de la cosa pública, nunca te faltará ocasión con qué deleitar tu espíritu, de for- ma que el buen príncipe no ha de te- ner tiempo para engañar el aburri- miento de la ociosidad con estúpidos

pasatiempos. Sapientísimo es aquel precepto, a saber: que debe escogerse el mejor método de vida, no el más placiente, porque la habituación acostumbra tornar más deleitoso aquello que es

mejor. El príncipe no debe jamás

dejar de cumplirlo.

Si un pintor se complace en una ta- bla primorosamente pintada; si el agricultor, si el hortelano, si el car- pintero gozan de sus propias faenas, ¿qué cosa debe ser más apacible y sa- brosa al príncipe que contemplar su república, que, por obra suya, está mejor y más floreciente? Así como no puede negarse que es tarea laboriosa que se conduzca uno como buen príncipe; mucho más pe- noso es que actúe como mal príncipe. Mucho menos trabajo comporta la conducta dócil a la naturaleza y a la razón de lo honesto que aquella que

le

se funda en afeites y en artificios. Cuando pensarás en la intimidad de ti mismo: «Cuerdamente obré con abstenerme de aquella guerra; hice

bien en sofocar aquella rebelión con

la menor sangre posible; con el nom-

bramiento de aquella persona miré por el bien de la república y por mi buen nombre.» Si eres príncipe de verdad, maravilla será que no experi- mentes una grande e íntima satisfac-

ción. En fin de cuentas, digna es esta complacencia de un príncipe cristiano

todos los días puedes procurártela

y

con tus actos y dejar para la plebe aquellos pasatiempos verdaderamen-

te plebeyos. Universales alabanzas merece .Salo-

EDUCACI'ON

PEL

PRINCIPE CRISTIANO

món, que, pudiendo optar por lo que quisiere y recibir inmediatamente lo que hubiere pedido, no deseó gran golpe de riquezas ni el gobierno de todo el mundo, ni la destrucción de sus ' enemigos, ni gloriosa fama ni suepte alguna de placeres materiales,

sino la sabiduría. Y no cualquiera sa- biduría, sino aquella gracias a la cual pudiera gobernar su reino con elo- gio. En el opósito, es objeto de gene- ral execración Midas, para quien no hubo cosa más entrañablemente que- rida que el oro. ¿Por qué ha de ser

uno el juicio en las historias

en la vida práctica? Deseamos al príncipe prosperidad, deseárnosle victoria, deseárnosle glo- ria, deseárnosle vida larga, deseárnos- le riquezas y poderío. Si de veras ama- mos al príncipe, ¿por qué con mejor acuerdo no le deseamos lo único que para sí deseó Salomón? Y porque no

y otro

pareciese que era necio su deseo, por esta preferencia exclusiva fue alaba- do de Dios. ¿Por qué juzgamos que importa bien poco aquello que es lo único que importa mucho? Diré más:

los hay que creen que daña a la fun- ción de gobierno que el príncipe sea sabio. Languidece, dicen, su energía espiritual y se vuelve más tímido de

que conviene. Pero ello es temeri-

dad, no audacia; es estupidez, no vi-

gor del ánimo. En otras fuentes se

de ir a buscar la fortaleza del prín-

cipe. Por ese estilo, más osados son los jóvenes; pero aún lo son más los

locos furiosos. Saludable es la pruden-

reserva que muestras, señala con

d dedo el peligro, enseña a evitarlo;

aquella bienhadada reserva que no se

eomp.-idere con la fealdad y que aleja

lo

ha

lo

el daño.

Menester es que tenga los ojos muy abiertos aquel que, siendo uno, tiene que mirar por todos; y es preciso que posea una gran cordura aquel

hombre solo que debe procurar el

bien de toda la comunidad política. Lo que es Dios en el universo, lo que es el sol en el mundo, lo que es el ojo en el cuerpo, eso debe ser el prín- cipe en la república. Los sabios primitivos, que tenían por costumbre usar de jeroglíficos, y envolvían en enigmas la norma de la vida, representaban la imagen del rey en un ojo vigilante puesto en la pun- ta del cetro. Con este símbolo daban

a entender la rectitud de su vida, y

que por ningún motivo debían des- viarse de la rectitud, maridando la prudencia con la vigilancia. Húbolos quienes figuraban el cetro del rey con estotro simbolismo: en lo alto de él colocaban una cigüeña, emblema de la piedad; y en su extre- mo inferior, un hipopótamo, bestia bru- tal y dañina. Con este simbolismo

entendían que, si en el pecho del prín- cipe surgían impulsos de crueldad, verbigracia, ira, acidez de venganza, rapacidad, violencia, etc.; la piedad para con la patria debía sobreponerse

anular aquellos movimientos. Invi-

tan al insolente gobierno la licencia engendrad;) de la fortuna y el buen suceso de las empresas; pero la cari- dad de la patria debe siempre tener

preponderancia y primacía. Si hemos de dar crédito a Plutarco, los tóbanos, allá en la antigüedad, profesaban devoción y visitaban, en- tre otras imágenes sagradas, a unas que estaban sentadas y carecían de manos, y la primera de todas ni

aun ojos tenía. El hecho de estar sen-

tadas advertía que los magistrados y los jueces importa que tengan el áni- mo sosegado y no perturbado por pa-

sión alguna. El hecho de carecer de manos significaba que deben conser- varse puros e íntegros de todo obse- quio que, huela a soborno. El que el príncipe 'también carezca de manos,

y

306 DESIDERIO

ERASMO

ROTEHODAIVIO.-OBRAS

KSCOGIDAS

que el rey, por ningún lina- je do dones debe apartarse del cami- no recto. Aprenda el príncipe a filosofar en Los mismos atributos de su cargo. ¿Qué significa la unción real sin*) la soberana clemencia de su ánimo? ¿Qué la diadema de su cabeza sino su sere- na sabiduría? ¿Qué el collar que ciñe su cuello sino el concierto y armonía de todas las virtudes? ¿Qué los desle» llos de las joyas y la gracia y múlti- ple amenidad de sus colores, sino la excelencia de las virtudes? Y ¿qué la honestidad vulgar y corriente debe en el príncipe ser egregia? ¿Qué la encendida púrpura, sino el vehemente amor para con los ciudadanos? ¿Qué los restantes atavíos que le decoran, sino que el príncipe debe igualar, y aun superar, las virtudes heroicas de sus mayores? ¿Qué la espada que se le hace preceder, sino que a su som- bra precisa que la patria esté segura, así de los enemigos como de los mal- hechores? El deber primordial de todo buen príncipe es que su ideal sea siempre lo mejor. El deber que en importancia le sigue es afanarse por averiguar los medios por los cuales se pueden evi- tar o suprimir los males; y cómo se pueden preparar, aumentar y dar con- sistencia y estabilidad a los bienes. En la persona privada acaso sea sufi- ciente la buena voluntad y rectitud de intención, puesto que las leyes le previenen y avisan, y los magistrados le prescriben, la conducta que debe seguir. Pero en el príncipe monta poco la buena intención y la volun- tad de querer lo mejor; si no va acompañada del tino y la cordura que le muestren por qué caminos podrá llegar a la consecución de sus deseos. ¡¡Cuan exigua es la diferencia que media entre una estatua, en mármol, de Creso o de Ciro, con honorífica

inscripción y decorada y realzada

magín ricamente, con diadema y cetro,/

y el principe horro de seso y de sal biduría! No media otra sino que la

estatua innocua admira a todos y no- ocasiona dano a nadie, al paso que

el príncipe

necio 1 0 infiere, y no pe-

queño a la república.

osUma de ti por tu aper-

No hagas

sonamiento Físico o los bienes que la fortuna te deparo, sino por tu pres- úmela moral o los bienes del alma. Ni to midas por las alaban/as de los otros, sino por tus buenas obras per- sonales y por el honrado testimonio de tu conciencia. Puesto que eres príncipe, procura no admitir alabanza que no sea dig- na de príncipe. Si alguno encarece tu buen parecer, piensa que ello está bien para galantear mujeres. Si al- guno admira tu elocuencia, acuérdate que de ello se precian los sofistas y los retóricos. Si alguno enaltece y pondera tu robustez y fuerzas físicas, sábete que ello es orgullo y prez de

los atletas, pero no de príncipes. Si alguno exalta tu procer estatura, pien-

sa contigo mismo: «Ese tendría razón

de alabarme si yo tuviera que des- colgar algún objeto, puesto muy arri-

ba.» No faltará quien exalte tus rique-•• zas por encima de las nubes; conside- ra que ésta es gloria de mercaderes. Piensa que no hiciste cosa de veras principesca mientras no oyeres más pregones que estos que acabo de de- cir. ¿Cuál es, pues, la alabanza dig- na del príncipe? Si el príncipe, así en las espaldas como en la frente, tiene ojos, en expresión de Hornero, con- viene, a saber: si atesoró toda la po- sible sabiduría mirando lo pasado y oteando lo por venir; todo este saber-

adquirido redunda 1 en bien de la pa-

tria, no para su egoísta satisfacción. Por ningún otro motivo el príncipe

debe ser sabio sino por la patria.

KIHK'/U'I'UN

IH'll,

PRINCIPE

CRISTIANO

Si hubiera quien tributare al médi- co elogios como éstos: Es hermoso,

é,H robusto , tien e recios

ne dinero, es consumado ajedrecista, .baila lindamente, tiene hermosa voz, juega mu.y bien a la pelota, ¿no pen- serás, tú, luego al punto: «Todas estas cualidades, ¿qué le importan a un mé- dico?» gi viniere el caso que oyeres alabanzas parecidas de aduladores ne- cios, tú, a ti mismo, no te dirás, a la callada: «Y eso al príncipe, ¿para qué?» En el médico requiérense tres co- sas. Primeramente, que posea bien el arte de ia medicina; que conozca la resistencia física del doliente y la virulencia de la enfermedad, y qué remedio debe aplicarse a cada caso, En segundo lugar, que sea de buena fe y que no tenga más mira que la sa- lud del enfermo, puesto que a muchos la ambición o el amor del lucro les abocó a propinar veneno en vez de medicina. En tercer término, del mé- dico se exige que aplique al caso el cuidado y la diligencia que requiere. En sus obras políticas, ¿qué exige, en conclusión, del príncipe Aristóte- les, filósofo gentil? ¿Por ventura la belleza de Nereo, las fuerzas de Mi- lón, la estatura de Maximino, los ta- lentos de Tántalo? Nada de esto. ¿Qué, pues? Que, contentándose con la me- dianía en las personas particulares, el posea la virtud absoluta. Si puedes, a la vez, ser príncipe y hombre bueno, desempeña la hermo- sísima función; pero si no, resigna el principado, antes que ppr su causa' te vuelvas malo. No es difícil encon- h.i r un bombre bueno que no pueda ;;ei- buen príncipe. Pero no se puede ser buen príncipe sin que simultá-

neament e ;;e sea hombre bueno. Aun cuando en eslos tiempos nuestros a tal punto llegaron las costumbres de ciertos príncipes, que parecen andar

costados, tie-

re

el

necia y risible hacer en el príncipe

mención del hombre bueno. •

No puedes sor rey si no te rige la razón, es decir, si en todas las oca-

siones

cio, y no la pasión. Ni podrás mandar

a otros, si tú previamente no obede-

cieres al imperativo de la honradez. Ande desterrada muy lejos del áni- mo del príncipe aquella expresión más que tiránica: «Así lo quiero; así lo mando; valga por razón mi volun- tad.» Y, mucho más, aquella otra que ha merecido la universal execración humana: «Odíenme, mientras me te- man.» Tiránico o, por mejor decir, propio de hembras es seguir el propio capricho, y la peor garantía de la duración es el miedo. Sea éste el siempre vigente decre- to del príncipe: No causar daño a na- die, hacer bien a todos, especialmen- te a los suyos; tolerar los males o re- mediarlos según juzgare que sirve al interés común. El que no lleva este espíritu a la república, tirano es y no

indos entre sí el buen príncipe y

hombre bueno, hasta parecer cosa

110 sigues el consejo y el jui-

príncipe. Si uno, en lugar de príncipe, te lla- mare déspota o pirata, ¿no sería gran- de tu enojo y le depararías suplicios atroces? Y harías bien. Es un ultraje excepcional y no sufridero. Pero que- rría yo que pensases cuánto mayor ultraje se infiere a sí mismo el"que deliberadamente es tal como el len- guaraz de marras le echó en rostro. Más grave es ser ladrón, que no que se lo digan; y es desafuero mayor vio- lar ;una doncella, que no que se le lla- me violador. El camino más cierto y más segu- ro para que se hable bien de ti es demostrarte a ti mismo tal cual quie- res que de ti se pregone. No es sin- cera alabanza la que se inspira en el miedo o la que tributan los adulado-

:?OH

l'MiASIVIO

HOTKKOPAMO.-IIHIIAH

IÍSCOGIDAS

res. V in; J v.-i el. buen nombr e del

1,1'iijfipi

pregonero

«ns. I'iit 1

«liir

mas que callen tus contem-

ni)

i'lMÍlei K m

1

tiene más

impuesto con

amena

ixiraiKNis, no dejará de hablar la pos- Irriilad. ¿Cuándo existió, un tirano tan te mido que pudiera cohibir y^para -

lizar-'las lenguas de todos?, Lo que en primer lugar debe evitar ei príncipe cristiano es aquello que Séneca escribió con estas palabras se- veras: * Entre los que se denominan reyes, hállanse algunos que, puertos en parangón con Falaris, Dionisio, Polícrates, cuyos solos nombres incu- rrieron en la abominación de todos los siglos, son indignos aun de ser llamados tiranos.» Lo que importa no es el camino, sino el término adon- de vas. Quien sirve al interés público, es rey; quien sirve el suyo personal, es tirano. ¿Qué nombre reservaremos para aquéllos que fomentan y ceban su felicidad con ios males de la pa- tria, y, en realidad, son piratas, aun- que reyes de nombre, pero falso a to- das luces? Platón prohibió en sus leyes que nadie dijese de Dios que. era causa de mal alguno, porque de suyo es óptimo y bienhechor. El príncipe es una suerte de imagen de Dios, si de veras es príncipe. ¡Cuánto se distan- cian de este modelo los que de tal modo reinan y gobiernan que todo cuanto mal nace en la república por culpa suya nace!

Ni hay que prestar oídos al adula- dor que diga a voz en grito : Pero esto equivale a sujetar al príncipe a re- gla. Yo responderé que el que sostiene que al rey le es lícito lo que no es honesto, ése le pone en regla. ¿Qué otra cosa es poner al príncipe en re- gla sino hacerle tal como es el vul-

esclavo de la ira, de

go : que se haga

la lujuria, de la ambición, de la ava- ricia? Indigna e intolerable fechoría

1

es iiuc n<> se;i lícito al príncipe lo qué

no es licilo a Dios. No pide Dios

11

IIOIH•,':(<>,

sena Dios. Por ende, el que quiere

que .se;i linio al príncipe aquello que pugna con l;i naturaleza y la razón de ser del principe, en fin de cuentas,

despoja al príncipe

le hace como uno cualquiera de la plebe. No tenga empacho el príncipe de inclinarse ante lo honesto, dado que el mismo Dios lo respeta. Y no piense ser menos príncipe si se aveci- nare tanto como pudiere al ideal del príncipe modelo. Todas estas máximas del buen prín- cipe, siémbrenlas muy de temprano en el rudo pecho del niño los padres, las nodrizas, el preceptor; y aprénda- las de buena gana, no por obligada coacción. Así conviene que se vaya formando el príncipe que ha de man- dar a vasallos libres y ganosos. Apren- da a amar la virtud, a aborrecer la torpeza, y que sea el pudor, no el miedo, quien le aparte de lo que no es honesto. Y aun cuando alguna fun- dada esperanza de la bondad del prín- cipe resida en la corrección de cos- tumbres y en el dominio de las pasio- nes, no obstante, su apoyo principal consiste en las rectas opiniones. No es raro ei caso en que el pudor corri- ja las malas costumbres y que los años y el aviso enmienden la soltura de las pasiones. Por lo demás, cuando se tiene la venenosa persuasión de que anda unido con la virtud lo que anda muy lejos de ella, y que la actuación que más brilla del príncipe es la más tiránica o, con otras palabras, cuando están inficionadas las fuentes de don- de manan todos los actos de la vida, entonces la cura es dificilísima. Por todo lo dicho hasta aquí, el primero y principal cuidado del que forma al príncipe, debe consistir en arrancar

de

ya

que

lo

no

::<M

hciio

contrariar

la

ley

porque, si lo hiciera,

1

de este honor, y

EDUCACIÓN

DEL PRINCIPE

CRISTIANO

309

de su ánimo las torcidas opiniones del vulgo, si a (Vi so !;¡K tuviere, e incul- carle oirá;; .saludables y dignas del príncipe cristiano.

(\UV)()

hA ADULACIÓN DEBE

SER

,,10VITADA POR EL PRÍNCIPE

No ,«s posible reducir a la práctica

(<!<las las prevenciones y avisos que hemos dado hasta aquí, si por todos, los medios imaginables 110 son ojea- dos de la Corte los aduladores, que son pura peste, a la cual está peligro- samente ocasionada la fortuna y esta- do de los grandes príncipes. Aun la misma edad pueril simple e incauta es especialmente vulnerable por este lado, parte, porque más gusta de hala- gos que de verdades; y parte, porque como por su ignorancia e inexperien- cia, cuanto menos sospecha celadas, tanto menos se industria a precaver-

las.

Y porque no haya quien por la presunta levedad de este mal piense que no merece la pena de guardarse

de él, yo le hago saber que los más florecientes imperios de los reyes más gloriosos fueron subvertidos por len- guas lisonjeras. Ni en historia alguna

leemos de ninguna 1 república agobia-

da por la grave pesadumbre de una

tiranía, en la cual los protagonistas

de la tragedia

dores. Harto conocido tenía esto Diógenes, si no recuerdo mal, quien como se le preguntase qué alimaña era la más nociva, respondió que, de las bestias salvajes, el tirano; y de las mansas y domésticas, el adulador. <'onl.iene esa peste un dulce veneno, pero l.aii virulento y eficaz, que allá, en la antigüedad, enloquecidos por él los príncipes que domaron la redondez do la tierra, entregaron sus personas a detestables lagoteros para

no hayan sido adula-

con ellos jugar y dejarse cabalgar de guisa que esos nefastos sujetos, libertinos infrahumanos, subidos de la esclavitud, eran los amos de los dueños del mundo. La primera providencia que se ha de tomar para quienes crecen para príncipes es procurarles amas de cría inmunes en absoluto de ese morbo o, al menos, atacadas de él en desdeña- ble proporción. Es de saber que las- mujeres acostumbran estar singular- mente inclinadas a ese mal. Luego, con harta frecuencia, las madres na- turales suelen tomarles afición, y por este motivo, la indulgente condescen- dencia suele viciar los caracteres de los hijos. Toda esta laya de personas hasta el límite de la posibilidad debe ser apartada del futuro príncipe, por- que de suyo está vecina de dos males grandísimos: la majadería y la adu- lación. El cuidado que a este primero se- guirá, ha de consistir en que se le agreguen compañeros bien criados, y en caso que no lo sean, debe darles lecciones en este sentido el que cuida de la formación del príncipe, de for- ma que su cortesanía sea sin unto de

lisonja, y de tal. mod|> se habitúen 'a

hablar con urbanidad, que ni aun pa- ra complacerle finjan o mientan. De lo tocante a la elección de preceptor, ya hemos tratado más arriba. Ni es poca la importancia de los servidores que con frecuencia se alla- nan a los caprichos de los niños o por inconsciencia o porque de ahí esperan que ha de llegarles algún provecho. Ser-á menester, pues, que éstos sean sesudos e insobornables, indicados pa- ra ese cargo, sin perjuicio de que con advertencias y amenazas le aje nen del vicio de la adulación, y por contraste, le estimulen con obsequios que son codicioso cebo, para que cuín plan irreprochablemente su oficio. h¡n

DKSIIiKKI O

KIIASMO

HOTKKODAMO.-OBRAS

ESCOGIDAS

«ate puní » fiiiivcnilr;i cu grado sumo,

si

n.-i con l idrlñlad, que se le tributen .-mullir:; rl<i);'iotí y le premien con generosos obsequios. Empero, el que .snlirHr t'l. ánimo del príncipe a obras que son poco dignas del príncipe, ése, para escarmiento ajeno, sea objeto de una sanción pública y aun capital, si. la gravedad del delito lo pidiere. Te a nadie debe parecer excesiva cruel- dad, si castigándose con pena de muer- te un ladronzuelo que hurtó unos contados dinerillos (y ello sin antece- dente ninguno en toda la vieja legis- lación), se condena a la última pena a quien hubiere querido envenenar a lo que la patria tiene de mejor y más precioso. Y si la novedad del caso impide que este procedimiento ex-

peditivo se introduzca (aun cuando el emperador de Roma Alejandro mandó que a Turino, vendedor de humo, ata-

do a un palo, poniéndole debajo haces

de leña verde, se le ocasionase la muerte, asfixiándole • con humo), aca- so sea conveniente buscar la ejem-

plaridad por otro camino; si por ca- sual idad alguno fuere convicto de cri- men que merezca pena capital, que se pregone que el.^temible castigo se de-

si'

li;ill;irr .Mi;',!!!!»)

que

lo desempe-

be

a que con pestíferas lisonjas maleó

el

carácter del príncipe futuro. Si en

la

penalidad del mal causado conviene

poner proporción, mayor daño infiere

a la república el pringoso adulador

que con tiránicas opiniones estraga e inficiona la primeriza edad del prín- cipe, que el que saltea y pilla el Era-

cristia-

rio pttblico.

Y,

¡ojalá,

al

menos

entre

nos, contuviera menos verdad aquel apotegma de Carnéades, quien dijo

que los hijos de los reyes no apren- dían bien sino el arte de la jineta,

porque en

lo demás, todo el mundo

los secunda y los adula! Empero, un

caballo,

lo

como

no

sabe

si

el

que

monta es un patricio o un plebeyo, si es rico o pobre, si es príncipe o persona particular, se lo sacude de encima si le monta con escasa maes- trías. Mas, en la actualidad, vemos muy a menudo que no solamente las amas secas y sus amiguitos y sus cria- dos adulan a los vastagos reales, sino el mismo ayo y preceptor, atento a su interés, no para hacer al príncipe mejor, sino para él salir de la Corte más rico. Y no es cosa rara que ha- blen para congraciarse con el prínci- pe bisoño aun los mismos predicado- res, en sus sermones, con la idea de captar el favor del príncipe y de los áulicos; y si, por ventura, reprenden una que otra cosa, muerden tan cari- ñosamente, que la reprensión resulta la más fina y sutil de las adulaciones. Yo no digo esto porque me parezca bien y merezcan mi aprobación quie- nes con gritos y ademanes sediciosos despotrican contra la vida de los prín- cipes, sino que me expreso así porque deseo que los oradores sagrados, sin querella ni ultraje, propongan el ejem- plar del buen príncipe, y que la adu- lación no aplauda en el príncipe cris- tiano aquello insano que en príncipes gentiles condenaron los moralistas de

la gentilidad. Ni con libertad los amo-

nestan los magistrados ni los conse-

jeros los aconsejan amigablemente. Los nobles, porque acostumbran estar

escindidos por parcialidades, todos cortejan a porfía el favor del- príncr»

pe, bien para oprimir al rival, bien pa- ra no dejar al enemigo recurso alguno que pueda parar en perjuicio perso-

nal. Le adulan los sacerdotes y los mé-

dicos le halagan. Ya constituye un rito obligado vigente en todas partes que de los embajadores extranjeros a los que conceden audiencia no oyen sino puros encomios. Les quedaba un áncora sagrada, la cual falla con la- mentable frecuencia. Me refiero a los

EDUCACIÓN ,DEL PRÍNCIPE

CRISTIANO

;>,\ i

que el vulgo llama confesores de Su Majestad. Estos, si fueren íntegros y prudentes, con toda certidumbre, en aquella inviolable y secretísima inti- midad, podrían, con amable libertad, advertir sanamente al príncipe. Pero, porfío regular, ocurre que, como cada cual mira por sus conveniencias, ol- vida; la utilidad pública. Mal menor ocasionan los poetas y los retóricos, de cuya cofradía nadie desconoce que dan la medida de las alabanzas de los

príncipes, no por los méritos de ellos, sino por su propio ingenio. Mucho más pestilencial es la laya de magos

y de adivinos que auguran a los re-

yes longevidad, victorias, triunfos, placeres, conquistas. Y, al opósito, pro- fetizan a veces muertes súbitas, desas- tres, derrotas, destierros, abusando

para, este fin de la esperanza y del miedo, que son los dos principales

tiranos

de la vida 1 humana. A ese

mismo corro pertenecen los astró- logos que por los astros pronosti- can lo futuro; si es arte o no, no es

éste el lugar de discutirlo. Lo cierto es que, tal como en la actualidad se conducen, contribuyen a envenenar,

y no en pequeña escala, los asuntos

humanos. Pero la especie de aduladores más pestilencial que todas las otras es la

cíe aquellos que, so color de libertad

y con destreza digna de mejor causa,

cuando retraen, empujan; cuando re- prenden, alaban. Plutarco los tiene

piulados al vivo en un pequeño y

precioso libro que es un verdadero

discernir

I 1 " 1 ; son las edades que están espe-

cialmente

por su ignorancia;

por la l'l;i(|iic/,a monta!. Y en todas las edades, ia mrnlrratez, que va acom- pañada siempre de la filantia, o des- ordenado amor de sí mismo. Acertado

loysl,

al

la

intitulado:

del

Arte

de

mu/no

niiii"/,,

adulador.

«Apuestas

a

la adulación:

la vejez,

aviso el de Platón al decir -que el más peligroso género de adulación se da cuando uno es su propio adula- dor, y por ello se muestra fácil para con los otros que hacen lo mismo 'que él por propia espontaneidad hacía. Existe otro más blando y disimula-

do linaje de adulación en los retratos, en las esculturas, en los títulos y tra- tamientos. De .esta guisa, Alejandro Magno fue adulado por Apeles, que le pintó blandiendo en la diestra un rayo justiciero. Octavio complacíase en ser pintado con los atributos de Apolo. A este mismo objeto tienden

los descomunales Colosos que la anti- güedad erigió a los emperadores, muy por encima del grandor humano. Qui- zá a alguno esto le parecerá tina pe- quenez sin importancia, pero tiene al- guna, pues importa mucho que los ar- tistas representen al príncipe con la seriedad y el traje más dignos de un príncipe sabio y grave. Y conviene más figurarle haciendo algo de inte- rés para la república, que no ocioso, como Alejandro, en actitud de escu- char una causa, cerrando con una de sus manos la oreja opuesta. O Darío,

sosteniendo una granada, o Escipión, devolviendo a su marido la esposa,in- tacta, con gesto de rechazar el oro que se le ofrecía. Con estas pinturas aleccionadoras, está bien que se ador-

nen las estancias de los príncipes, y no con aquellas otras que enseñan las" *•

civia, lujo o tiranía. Por lo que se refiere a los títulos, no seré yo quien diga que al príncipe no se le ha de tributar el honor que le" corresponde; con todo, yo preferi- ría aquéllos que le traen a la memo- ria los deberes de su cargo. Más qui-

siera yo que se le llamase integérri- mo, incorruptísimo, sapientísimo, cle- mentísimo, beneficentísimo, vigilari- tísimo, amantísimo de la patria, que no ínclito, invicto, triunfador, siem-

DI

IfíRHlO

KIIASMO

linTKKODAMO.-OBRAS

ESCOGIDAS

iHiyilStG, par. i MU menta r las alte-

y

Otroi LiüiloH aduladores por ese estilo. Apriu-ltt» la costumbre con que, en nii«'Hl.n>!; «lias, se honra al Romano l'oni,ir¡c(! con el título de Su Santidad. <i.vóndoselo decir a cada momento, queda advertido de lo que se esper_ de él, y de lo que debe hacer, y do le que en él es más. hermoso; no si es muy rico y son muy extensos sus es tados, sino si se distingue por la ejem plaridad de su vida.

pre

K:IH,

IIIN ni.-i|e;;iadoM,

las (Jivinidades

Y dado que no se pueda evitar que el príncipe, de cuando en cuando, ten- ga que oír estos títulos lisonjeros, im- porta que disimule cuáles son los que más le agradan. Es fama que Alejan- dro Severo cobró tal ojeriza a los adu- ladores, que si alguno le saludaba con más abyección de la debida o inclina- ba la cabeza por lisonja, con instantá- nea repulsión y con un denuesto le echaba lejos de sí; y si su dignidad o .su función peculiar le salvaba del de- nuesto, castigábale con la severidad

de su mirada y

su ceño. Hase de advertir al príncipe niño

que esos títulos que tiene la peligrosa

y mortificante obligación de oír debe

lo torcido y agrio de

traducirlos en provecho suyo. Oye que se le dice: Padre'de la'patria. Piense que jamás se excogitó título alguno dado a "os príncipes que el de padre de la patria que mejor cuadrara al buen príncipe. Piense que lo que debe hacer es consagrarse a merecerlo. Si piensa así, será un constante y firme recordatorio de su deber; si no lo in- terpreta así, se le trocarán en disol- vente lisonja.

Llámasele Invicto. Piense en el ab- surdo que supone ser llamado invicto quien es vencido de la ira, el que a todas horas es esclavo del placer, aquel a quien la ambición le tiene maniatado y le lleva donde quiere;

que, en conclusión, el verdaderamente invicto es el que no se rinde a nin- guna pasión ni por ningún concepto puedo ser desviado de la más inflexi- ble rectitud. Cuando ,se le apellide Serenísimo, recuerde que el oficio del príncipe es poner tranquilidad y compostura en lodo el reino. Si alguno, por ambi- ción o coraje, lo perlurba y altera con sediciones o guerras procelosas, no le decora ciertamente el título de Sere- nísimo, sino que le advierte el vicio de que adolece.

Cuando se le dirá ínclito, piense que no existe verdadero lustre sino el que emana de la virtud y de las obras buenas. Si a alguno le desdora lf¡ sensualidad, le contamina la avari- cia, el título de ínclito, ¿qué otra co- sa suena sino una severa admonición si pecó, por inadvertencia, un baldón deshonroso, si pecó deliberadamente? Cuando oirá los títulos de sus do- minios, no gallardee inmediatamente como señor de tantas propiedades, an- tes recuerde y medite el deber de ser buen príncipe para muchos. Si alguno hiciere mención de alte- zas, de majestades, de divinidades,

avive el seso y acuérdese que estos títulos no parecen bien sino en aquel que ejerce el mando a imitación de Dios, con una cierta espiritual gran- deza de alma. Cuando oyere entonados panegíri-

al punto ni los tra-

duzca en loores propios, sino, no sien- do tal cual se le pregona, tómelo por advertencia y esfuércese por merecer algún día y corresponder a tales loan- •zas. Y si ya lo fuere, hinque la mano,

más y más, en mejorarse

día.

cos, no

los crea

de día en

Hasta las mismas leyes deben in-

omdirle alguna

sana

sospecha. Oca-"

síones hay en que adulan al príncipe,

por estar recogidas o creadas por

KDUCACIÓN

DEL PRÍNCIPE

CRISTIANO

313

;quiene;; eran adictos a los reyes o a los emperadores. Cuando esas leyes dicen «|iie oí príncipe no está sujeto ;i ella»; cuando se le someten, cuando le otorgan derecho sobre todas las cosas, mire que no se persuada estarle permitido todo lo que en talante le viniere. Al buen príncipe, tranquila- mente se le puede permitir todo; al mediocre, rio todo; al malo, nada. Prudentemente, Demetrio Falereo recomienda al príncipe la "ectura; porque hartas veces, aquello que los amigos no osan advertirle, los libros se lo hagan conocer. Pero para ello, antes ha de prevenirse del antídoto de la siguiente manera. Este autor, diciendo muchas cosas excelentes, con todo, no acertó a ofrecer el tipo del buen príncipe; guárdate de pensar que todo lo que pasa por delante de tus ojos se ha de imitar. Tú re- dúcelo todo a la norma y doctrina de Cristo. La primera selección que hay que hacer es la de los autores. Mucho im- porta cuáles son los libros que pri- mero lea el príncipe niño, porque se empape de ellos. Estragan el espíritu las pláticas malas; pero no menos las malas lecturas. Aquellas letras mudas trascienden a las costumbres y a los afectos, especialmente si toparen con un temperamento inclinado a alguna dolencia moral; verbigracia, el niño díscolo y violento no hará ascos a la tiranía, si no inmunizado por el antí- doto leyere las hazañas de Alejandro Magno, de Jerjes o de Julio César. Mas, hoy en día, vemos a muchos que toman gran deleite en leer las caballerías de Artús o de Lancelote y otras fábulas de ese género, no so- lamente provocantes a la tiranía, sino absolutamente ineruditas, necias, pro- pias para ser recitadas por viejas por «TIganar el sueño al amor de la lum- lire, por manera que es más cuerdo

colocar y situar bien las horas en la lectura de comedias, o- amenas y dis- cretas invenciones poéticas, que en aquel linaje de delirios. Si hubiere algún ayo y educador de príncipe que quisiere aprovechar

mi

de

blar, le propondrá los Proverbios, de

habérsele enseñado el Arte de ha-

consejo, inmediatamente después

Salomón, el libro del Eclesiástico, el Libro de la Sabiduría, para que se percate fácil y brevemente de la fun- ción de un buen príncipe. Lo que pri- mero se le ha de inculcar es el amor

del

«Estás destinado al reino. Este gran

libro chico enseña el arte de reinar. Eres hijo de rey, y tú serás rey en su día. Oirás en sus páginas, al más

en-

seña a su hijo, qué sucesión del reino prepara.» Luego, los Evangelios. Y aquí importará mucho el procedimien-

to para enardecer el ánimo del mu-

chacho al amor del autor y de la

obra. No será poco lo que se deba a

habilidad y a la amenidad del pe-

autor

y

de

la

obra, con

decirle:

sabio de los reyes,

q<ué es

lo que

la

dagogo, a fin de que brevemente, cla-

ramente, plausiblemente, y con vivaz eficacia le enseñe, no todo, sino lo que directamente afecta a la fun- ción de príncipe y todo lo que toca

atañe a desarraigar las perniciosí-

simas opiniones de los príncipes vul- gares. En tercer término, los Apoteg- mas, de Plutarco, y a continuación, sus Obras morales, pues no es'posible hallar cosa mejor y cuyas Vidas para- lelas yo me atrevo a proponer más que cualesquiera otras. El lugar más •próximo a Plutarco no> titubear é en atribuirlo a Séneca, quien, con sus escritos, 'admirablemente estimula e inflama al amor de lo honesto, le- vanta y sublima el ánimo del lector de los cuidados sórdidos, y, (MI par- ticular, anatematiza el despotismo. Do las Obras políticas, de Aristóteles; de

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De, /ff.s-

República

Numerosos pasajes hay en las cartas

de Falaris que rio parecen indignos

de un rey santo. Y con harta realeza,

retorció sus invenciones contra Peri- io, instigador do su crueldad. Muchas cosas-obro Alejandro, movido por el furor, pero di/o bien absteniéndose

oe la:; mujeres cautivas, familiares de

I >ari<>, y con muy cuerdo aviso man- do (|nc £6 remitiera a su hogar a la mujer asi <|ii<> se im'onrió que estaba

casada. De entre' muchos casos, éstos habrán de señalarse. Con más podero-

sa vehemencia encienden la emula-

ción los ejemplos de los paganos o de las personalidades modestas. «Si de

tal manara observó templanza un ti- rano, ajeno a la fe de Cristo y en el hervor de su mocedad y en la embria- guez de la victoria demostró ese res- peto a las mujeres de los enemigos,

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iii/ini.id,

i-i-. | M.,i

i(«.

las

parte, siguió

Platón, ;i quien, en

los

de La

libros

le

se peí

dieron.

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la

Toro Dios me guarde de decir o,nc

los historiadores se

recoge el principal fruto y la mas avisada prudencia; de ellos, empero, sacarás la mejor calamidad si no Ion leyeres con prevención y delecto •Ciiárdale que no te engañen y te lie ven cíe través los nombres de escri- tores y caudillos celebrados por el consentimiento de los siglos. Herodo- to y Jenofonte, entrambos, fueron gen- tiles, y con harta frecuencia proponen un pésimo ejemplar dé príncipe, aun cuando, con esta misma finalidad, es- cribieron su historia, o para deleitar con tal narración, o para ofrecer el tipo de un caudillo egregio. Salustio, y Tito Livio escribieron muchas cosas excelentemente, diré más: lo • escri- bieron todo con soberano estilo, pero no aprueban todo lo que narran y aprueban determinados actos que no debe aprobar el príncipe cristiano. Cuando leyeres de Aquiles, de Jerjes, de Ciro, de Darío, de Julio César, no te dejes arrebatar del prestigio del glorioso nombre. Sepas que lees ha- zañas de grandes y enfurecidos ladro- nes, pues de esta manera, en algún pasaje, los llama Séneca. Y, no obstante, si entre sus haza- ñas hubiere alguna digna del buen príncipe, tendrás el buen acuerdo de recogerla como perla en muladar. Ja- más existió tirano alguno tan sin ala- banza que en su proceder no mezcla- ra algunos hechos que, si no fueron inspirados y llevados a término por la virtud, pueden ciertamente acomo- darse a la ejemplaridad de la virtud.

lectura de

las

Si una

débil mujer tuvo tantos arrestos, ¿cuá- les habrán de ser los que demuestre un varón? Si esto se reprochó en un príncipe pagano y por paganos, ¿con cuánto mayor afán deberé evitarlo yo, que profeso la fe de Cristo?»

que

¿qué

conviene

haga . entre

cristiano?

mías, yo, príncipe

Por lo demás, pienso que bastante- mente indiqué, en mi. obrita De co'pia rerum, las razones que hacen conve- niente la amplificación en los ejem- plos. Aun los mismos ejemplos vicio- sos pueden, debidamente rectificados, ser un estímulo para el bien. La in- dustria de Cayo César y su grandeza

y elevación de espíritu, que él, avie-

samente, puso al servicio de su ambi- ción, conságralas tú a procurar el

bien público. Aquella clemencia

•él simuló para preparar y reforzar

la tiranía, tú, sinceramente, aplícala

a granjearte el afecto de tus vasallos.

1

que

Y aún se da el caso no raro que

Jos ejemplos de los peores príncipes acucian más a la práctica de l¡a vir-

los

tud

que los de los mejores

o

de

EDUCACIÓN

'DEL

PRÍNCIP E

CRISTIAN O

31 5

mediocres. ¿A quién no retraerá- de

la avaricia aquel impuesto sobre el orinar, cosa l.an fea de hacer como de decir? líien huele la ganancia, venga, do donde viniere. Y execrable es aque- lla formul a de Nerón con que solía conferir las magistraturas: «Sabes

necesito y cuida.d e que

¡.adió tenga nada.» Estas razones ha- rán que todo cuanto hallares en los escritores de historia se convierta en dechado de bien obrar.

De tan inmensa multitud de cau- dillos, pon empeño en escoger los me- jores, como Aristóteles, Epaminondas, Octavio, Trajano, Antonino Pío, Ale- jandro Mamea, pero no con tal afán que quieras reproducirlos totalmente, sino que aquello mismo que en los mejores sea- lo mejor, precisamente

esto escojas para ti. Por otra parte, aun en el mismo David y Salomón, reyes que merecieron ser alabados de

se de-

ben

Por lo demás, ¿qué inimaginable lo- cura rio es que un hombre, iniciado en los sacramentos de Cristo, se pro- ponga 1 como modelos a Alejandro, a Julio César o Jerjes, cuya vida ata- can aun los mismos escritores paga- nos, si entre ellos ,los hay que ten- gan unos adarmes de cordura? Así como es lo sumo del vilipendio ser superado por ellos en lo bueno que hicieron, es el colmo de la demencia en un príncipe cristiano empeñarse en imitarlos en su totalidad.

Débesele advertir al príncipe que

Dios, existieron

<¡i.ir f-S

lo que

flaquezas

que

evitar.

no piense deber imitar luego a la ho- 1.1 aquello mismo que leyere en los SflJjrudOS Libros. Comience por apren- der que las luchas y las carnicerías do los li!'l>roos y su crueldad con los enemigos deben, interpretarse en sen- tido alegórico; do lo contrario, resul- taría pestífera su lectura. Muy otra cosa es lo que en razón del tiempo

se permitió a aquel pueblo, de lo que se enseñó al pueblo cristiano imbuido en la política del cielo. Todas las veces que el príncipe to- mará un libro en sus manos, tómelo con el propósito, no de deleitarse- con su lectura, sino con la idea de mejo- rarse, con su lección. Con facilidad halla motivos para volverse mejor el que vivamente se afana por mejorar- se. Porción grande de bondad es que- rerse tornar bueno, como quien, reco- nociendo y odiando en sí el morbo de la ambición, de la ira'o de la lu- juria, puesto en este trance, abre un libro para remedio de su dolencia. Este tal fácilmente halla con qué ex- pulsar o atenuar el achaque que le aqueja. Nadie oye la verdad con sin- ceridad mayor o con menor incomodi- dad y vergüenza que de los libros. Pero, con todo, de tal manera acos- tumbre el príncipe a los amigos, que loa que le avisan con libertad, entien- dan que merecen su gratitud. Ello es propio de los que tienen familiaridad con el príncipe, quienes, a su debido- tiempo, en hora oportuna y amistosa- mente le avisen. Y aun convendrá ex- cusar y dispensar a los que amonesten con escasa habilidad, no sea que a los que iban a avisarle como se debe, ningún escarmiento les retraiga de este imperioso y no grato deber. En una brava tempestad, por más prácticos que sean los pilotos, llevan a bien que cualquiera los amoneste. En el gobierno de un reinado, las al- teraciones jamás faltan. ¿Quién ala- bará como 'se merece aquel gesto ex- quisito de Filipo, rey de Macedonia, que dio la libertad al esclavo que le avisó discretamente de que, alzada la túnica por encima de la rodilla, estaba sentado poco decorosamente? Lo que hizo aquel esclavo en cosa 1 de lan leve monta,-con mayor razón ha.de hacer- lo el príncipe en circunstancias que

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bélicos.

i>nun<>v<'i' conflictos

DE

LAS

ARTES

DE

LA

I'AX

Aun cuando los autores antiguos dividieron el sistema de j-íobrmacióii de la república en dos artes, a saber:

cíe la paz y de la guerra, el primero y principal cuidado en la formación'del principe debe ahincarse en aquellas razones que atañen a regir sabiamen- te los tiempos de paz y deben poner su empeño más intenso en que jamás sean necesarias las ásperas obliga- ciones de la guerra. En este punto, parece que lo prime- ro que debe enseñarse al príncipe es que tenga bien conocidos los límites de sus dominios. Conseguirálo princi- palmente por tres medios: por la geo-

grafía, por la Historia, por el frecuen-

de sus comarcas y de sus

ciudades. Ponga su primer empeño en conocer la situación, el origen, el carácter, las instituciones, las costum- bres, las leyes, los anales, los fueros de sus regiones y de sus ciudades. Na- die puede curar el cuerpo sin cono- cerle; nadie cultiva un campo a usan- za de buen labrador si no lo tiene co- nocido. De ello cuida con suma diligen- cia el tirano, pero es el ánimo, no la cosa, lo que distingue al buen prín- cipe. Inquiere el médico la comple- xión del cuerpo para más fácilmente remediarlo; la inquiere también el envenenador, pero para matar con mayor efectividad. Lo segundo' consiste en que ame la tierra que gobierna, y sienta para con ella el mismo afecto que para el fun- do heredado siente el buen agricultor o el padre honrado para con su fami- lia. Y sea su afán primordial en en-

te recorrido

1

tregarla mejor que no la recibió, sea quien fuere el que le suceda. Si tiene hijos, persuádaselo al padre la piedad para con ellos; y si no los tiene, per- suádaselo al príncipe la piedad para

con la patria. Y, a seguida, estimúlese

a sí propio como con antorchas de

fuego por despertar la caridad para con los suyos. Piense que el reino vie-

ne a ser un cuerpo gigante de quien

él

recedores de su favor todos aquellos que depositaron la totalidad de sus fortunas y su seguridad toda en la fe

de

de los ejemplos de aquellos para quie-

nes el bien de sus subordinados fue

más caro y entrañable que su propia

vida. En conclusión: no es posible que

el

que sie dañe a sí mismo. Allende de esto, por todos los me- dios imaginables procurará, a su vez, ser amado de los suyos, pero de tal

manera, que ello, no obstante, goce

de autoridad delante de los mismos. Los hay tan necios que con hechizos y con anillos mágicos se esfuerzan en granjearse benevolencia, siendo así que no hay filtro más eficaz que la

virtud, que es lo más amable que exis-

pueda, y así como ella es verdade-

tir

príncipe dañe a la república sin

uno solo, y con frecuencia recuer-

es un miembro vital; que son me-

ramente un bien y es inmortal con- quista para el hombre la auténtica e inmortal benevolencia. Anejo a este filtro, se impone que ame, que desee ser correspondido en el amor, de mo-

do

el

granjea a todos, es, a saber: hacién-

doles bien.

mismo proceder con que Dios se los

que una consigo a sus vasallos con

Engáñanse profundamente aquellos que con larguezas, con comilonas, con torcidas complacencias, se concillan

la

afición de las masas. No cabe duda

que con tales medios se consigue de- terminada popularidad más que bene- volencia ; y aun esta popularidad, ni

1

EDUCACIÓN

DEL PRINCIPE CRISTIANO

es verdadera ni es duradera. Con ello no se hace más que alimentar la per- versa codicia del pueblo, que, como suele acontecer, así que creció des- orbitadamente, piensa que no hay co- sa que le baste y se alborota si no se da satisfacción completa a todas sus codicias. Esto es corromper a los tuyos, no ganártelos. Con semejantes procedimientos suele ocurrir al prín- cipe en su pueblo aquello mismo que a los maridos necios que ablandan el amor de sus esposas (que debían gran-

jearse con su virtud y su rectitud) con

. halagos, con regalos, con obsequios. De todas estas blanduras resulta que no se las ama, y en vez de tenerlas austeras y morigeradas, las tienen me- lindrosas e intratables, y en vez de atentas y cariñosas, las padecen que- jumbrosas y pendencieras. O, lo que suele acontecer a las mujerzuelas, que se esfuerzan en asegurarse con hechizos y brujerías el amor de sus maridos y consiguen sólo que, en vez de tenerlos juiciosos, los tienen men- tecatos.

la

esposa, cómo y con qué títulos debe ser amado el marido, y luego hágale tai, que pueda amarla como se debe. Así también el pueblo avécese a lo mejor, y el príncipe proporciónele lo que es mejor. Amen por mucho tiem- po los que comenzaren a amar con

Aprenda,

como primer

recurso,

discreción y tino.- En primer lugar, el príncipe que MU¡era ser amado de los suyos mués- h'i'se tal, que merezca serlo. Además, i i <le algún provecho mantener una • onduota mediante la cual se adentre

'•M l;i simpatía de todos. Sea

primcni que el príncipe haga, convie- ne, a ;;;I|HT: que los mejores formen do r l <•! mejor concepto- y merezca la aprobación de quienes son por to- cios aprobados. Tenga a los tales por familiares; llámelos a su consejo, cól-

esto lo

melos de distinciones y monopolicen

su privanza. De esta guisa, en breve

tiempo, se conseguirá que todos sien- tan bien del príncipe, que es la fuente de toda benevolencia. Conocí yo a

príncipes: que de suyo no eran malos

a. tal punto; y, no obstante, se gana- ron el odio del pueblo, no por otra razón que por dejar que campasen a sus anchas aquellos de quienes el gran público sentía mal, por estimar

el

por las costumbres de sus privados. Mi ideal sería que el príncipe na- ciera y se educara entre aquellos a

quienes

ja

tuo, puesto que, por lo regular, del pai- sanaje se origina el principio de la

benevolencia. El vulgo profesa horror

y

contrario, a veces, los males conoci- dos son objeto de,amor. Aquella cir- cunstancia acarreará una doble ven- taja: el príncipe tendrá mayor incli- nación a los suyos, y por más estre- chamente suyos los tendrá, y el pue- blo le cobrará mayor afición y con mayor agrado reconocerá a su prín- cipe. Por esta razón, yo no acabo de «probar las afinidades, ya< en boga, contraídas con las naciones extranje- ras, aun las más apartadas. Poderoso aglutinante de la benevolencia son la sangre y la patria, y, por decirlo así, el genio común a entrambos. Es fatal que perezca una buena parte de aquel afecto 'genuino y natural mediante las interferencias matrimoniales. Em- pero, allí donde la Naturaleza esta- bleció el principio de la recíproca es- timación, será conveniente aumentar- la y confirmarla por muchos motivos. Donde esto no se verificare, con ma yor afán é hincando más la mano, dé- bese trabajar para que con mu!.tías amabilidades y atenciones merecedo- ras de favor se origine l;v mutua bien-

pueblo la conducta de los príncipes

debe gobernar, porque así cua-

y se consolida mejor el afecto mu-

odio a los bienes que ignora y, al

318

KIIAÜIVI O

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la s

CLUB, ;il principio, la esposa se mues- (i';i obsequiosa ron el marido y el ma- rid o s<> muos'ira comprensivo e indul- gí 'Ml.e con el carácter de su mujer hasl.ii que, con suficiente conocimien- to el uno del otro, poco a poco cuaja la sabrosa e imperecedera amist.ad:

como el corazón en medio del pecho. Dos son las causas principales, co- mo en su Política enseña Aristóteles, que ocasionan la ruina de los impe- rios: el odio y el desdén. Al odio se opone la benevolencia; al desdén se opone la anloridad. Así que la obli- gación del principe será observar con toda diligencia con qué medios esto

este mismo resultado debo perseguir-

se

¡'.Tanjea y aquell o se evita. El odio

se con el príncipe (.raido de Curra. Mitrídates se tomó el trabajo de apren-

arumul ü con la sevicia, la violen- cia, los denuestos, el mal humor, la

se

der todas las lenguas de los pueblos que gobernaba, que; según es fama, llegaban a veintidós. Alejandro Mag- no, actuando en naciones por más bárbaras que fuesen, comenzaba por

inaccesibilidad, la rapacidad. Es más fácil concitar el odio que aplacarlo una vez excitado. Por todos ios medios debe procurar el buen príncipe que en ninguna ocasión pierda el afecto

adoptar su indumentaria típica y sus

de

los suyos. Créeme; hállase desasis-

costumbres tradicionales, y por este camino se insinuaba en su amor. Es- ta misma ductilidad y acomodo se ala- baron en Alcibíades. No hay cosa que ocasione mayor

tido de su mejor escolta el príncipe que queda destituido del favor del pueblo. Y. contrariamente, la bien- querencia de la masa se consigue, ha- blando en general, con aquellas nor-

ajenamiento del príncipe como el que se complazca excesivamente en residir afuera, y que dé la impresión de que tiene olvidado aquello que debiera ser su cuidado más vivo. En este caso, piensa el pueblo que lo que se le exi- ge es en pura pérdida suya, y se ima- gina no pagar los tributos a su prín- cipe, sino ofrecerlos como botín a un extranjero. Por esta razón, no hay cosa más molesta y perjudicial para; la patria ni más peligrosa para el prín- cipe que los viajes y jornadas a tie-

mas de gobierno que más lejos andan de la tiranía, a saber: con la clemen- cia, con la llaneza, 'con la cortesanía, con la benignidad. La benignidad es- timula al afectuoso servicio, especial- mente si se ve que por parte del prín- cipe no falta el galardón a quienes merecen bien de la república. La cle- mencia invita a vida mejor a quienes acusa la propia conciencia, ante la perspectiva del perdón; y les persua- de a compensar con nuevos servicios •los yerros de la conducta pasada, con

rras longincuas, especialmente si se

la

grata contemplación, aun para los

prolongan con exceso. Es opinión co- mún que este alejamiento nos privó de nuestro Felipe el Hermoso y no causó menor aflicción á su país que

más íntegros, de la naturaleza huma- na. La cortesanía, siempre y donde- quiera,' si no engendra propiamente amor, no deja de mitigar el odio; y

su guerra exterior con los gelrios, que duró tantos años. Así como en la monarquía de las abejas la reina está rodeada de todo

en un gran príncipe, es ella, sobre todo encarecimiento, gratísima a las masas. El desprecio principalmente se con-

su enjambre y no lleva más allá su

trae por la afición a la vida regalada,

vuelo; asimismo conviene que el prín-

a

la pasión carnal, al amor del vino

cipe esté siempre entre los suyos,

y

de los banquetes, de los juegos de

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JKL,

.PK1NCIPE

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azar, a las truhanerías, a ias escurrlU liarles, y también por la boberia y el >>i.i l rora/oii. L a autoridad s e gana cortesías virtudes tan diversas, a sa- ber: la prudencia, la integridad, la '.templanza, la sobriedad, el desvelo. r,on estas cualidades recomiéndese el príncipe que desee de veras gozar de prestigio ante los suyos. Los hay ridículos que creen engran- drcerso hasta lo sumo en el concepto' de sus vasallos, si se manifiestan con estrépito y con ostentación e insolen- cia. ¿Quién hay que piense que es grande el príncipe cargado de oro y de joyas, de quien saben todos que es todo lo que quiere ser? Y en el ín- terin, ¿de qué otra cosa hace alarde que de la calamidad de sus goberna- dos, que harto a costa suya alimen- tan aquel lujo procaz? Y, finalmente, con esta su conducta, ¿qué otra cosa enseña a los suyos, sino el abecé de todos los crímenes? Así sea respetado y de tal manera viva el príncipe bueno que, de su con- ducta, los nobles y los plebeyos pue- dan aprender economía y sobriedad. De tal manera se comporte en su vida doméstica que no pueda sorpren- derle ninguna intromisión. Y fuera de su casa, no parece bien que en lugar alguno se le vea al príncipe, más que con la continua preocupación y acti- vidad que contribuya al bien público. Las palabras del príncipe, más que las insignias de su dignidad, revelan la intimidad de su pecho. Propága- me entre el vulgo todo dicho caído de n boca. Por esto< debe ser muy vivo • I cuidado que ponga en que toda pa- I. br.i ;¡uva sepa a virtud y sea expre- Hlón de un alto y soberano, pensa-

del

principe. ente punto no es cosa de pasar alto i-l consejo de Aristóteles, a

saber: que el príncipe que desee evi-

miento,

buen

En

por

<iu< v

sea

honra

y

prez

tar el odio de sus vasallos y ganarse su benevolencia, delegue en otras per- sonas las actuaciones odiosas y reser- ve para sí las plausibles. Procediendo de este modo, gran parte de la odio- sidad recaerá en los encargados de la administración, especialmente si por otros conceptos fueren malquistos del pueblo. Y, a su vez, en la distri- bución de beneficios, la gratitud toda entera será exclusivamente para el príncipe. De todas maneras, no dejaré de aña- dir que duplica el valor del benefi- cio si se da prestamente, si se da ale- gremente, si se da de buen grado y si se le encarece aún más con palabras amigables. Si alguna petición debe ser denegada, convendrá que ello se haga con amabilidad y blandura. Si ha de castigarse algún desmán, debe rebajarse algún tanto la pena seña- lada por las leyes, y aplicarse con tal tino, que aparezca muy a las cla- ras que el príncipe descendió a ese extremo, con una> profunda mala gana. Y no hay bastante con que el prín- cipe, ante la república, haga osten- sión de la integridad y de la bon- dad incorruptible de su conducta per- sonal. No ha de poner menos tesón en que hasta el límite posible su fa- milia toda, los nobles, los amigos, los maestros, sean semejantes a él. Estos son como quien dice los miembros del príncipe, y el odio que concitan sus inmoralidades recae en su pro- pia persona. Dificilísimo empeño, dirá alguno. Tarea leve resultará si cuida de integrar en su casa y familia a los mejores. Y será aún más hacedera, si éstos se percatan que lo que place más al príncipe es lo que más con- viene al pueblo. No siendo ello así, acontece con harta frecuencia que. desinteresándose el príncipe o consin- tiéndolo sus prevaricadores ministros, cubiertos con la autoridad del prín-

iii

•.•'• •

 

'i'"

bra el pue-

su

ejecutan

bienes exteriores, debe precaverse que

hl

i-

este orden no quede alterado por ma-

 

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Ini

.•!

peor de