Autora: Yuyuko Takemiya

Ilustraciones: Yasu

Traducción: Pioneero
Corrección: Gizuy
ÍNDICE

Capítulo 1 5
Capítulo 2 26
Capítulo 3 42
Capítulo 4 68
Capítulo 5 88
Capítulo 6 115
CAPÍTULO 1

No era atractivo. No se le podía llamar valiente, fuerte o astuto. Estaba poniendo una
cara bastante patética. Se le veía desnutrido, penoso y, simplemente, triste. En definitiva,
era un perro.
Cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando, se había quedado solo. Incluso
caminar no le hacía sentirse con vida. Estaba solo y no había solución. Únicamente podía
quedarse tumbado.
Al postrarse ante ella, le suplicó que se quedara con él, que no podía vivir como un
perro solitario y que se casaran. Ella, antes de soltar un gran suspiro y de posar su pie sobre
la cabeza del perro, puso una expresión que contenía cantidades iguales de compasión y
desprecio y le dijo que, como él ya había llegado al punto de confesarse de aquella manera,
aceptaba. Así, el perro y la «chica» se unieron.
El nuevo hogar sería la residencia de la familia Takasu. Pero la forma había cambiado.
Aquella casa se había convertido en algo que parecía una caseta de perro.
—Ryuu, ven aquí. Mira, han nacido cachorritos. Este es blanco, este tiene manchas y
este es marrón. ¡Cuántos hay! Taiga nos ha bendecido con esta camada.
Yasuko se había convertido en la abuela de los cachorritos...

—¡Ah!
Ryuuji había abierto por fin los ojos. Le costaba respirar y apenas podía secarse el
sudor de la frente. Tras tomar varias bocanadas de aire, se levantó de la cama. Como un
perro, empezó a desplazarse a cuatro patas por el suelo. Y, luego, dejó salir todo el oxígeno
que acababa de atesorar en los pulmones. Dijo, con cierta debilidad:
—¿Ha sido... un sueño?
Se sentía tenso y se había quedado inmóvil. Llevaba la camiseta empapada del sudor
y no paraba de temblar por aquel sueño tan horrendo. Se llevó los dedos al pelo y comenzó
a secarse.
En efecto, más que un sueño, había sido una pesadilla.
Se había reencarnado en un perro y, tras haber fracasado en la vida anterior, se había
postrado ante Taiga para tratar de convencerla de que se quedara con él. Hasta habían
llegado a tener perritos. Ryuuji se preguntó si podía haber un futuro más miserable que
aquel. Y si lo había, le encantaría saberlo; le valía cualquier cosa que le mitigara el mal rato
que acababa de pasar.

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Toda aquella visión era chocante para él: los perritos, el hecho de postrarse, la caseta
y que siguieran siendo pobres —o, al menos, eso creyó—. La abuela Yasuko y Taiga, que
tenían los cachorritos en brazos, llevaban atuendos muy primitivos de animales. Por
supuesto, el de Taiga era de tigre.
Sorprendentemente, eran las cuatro de la mañana. El amanecer del verano intentaba
colarse por la ventana. Incluso se podía oír a las cigarras.
Tomó aliento y pensó en algo en particular: la noche anterior, después de cenar y
comprobar que no había nada interesante en la televisión, que hacía un calor insoportable y
que el aire acondicionado estaba estropeado, salieron a alquilar una película de miedo.
Pensó en cómo eligieron una que iba sobre el archipiélago de Japón, que resultó ser
bastante cutre, puesto que podían verse los hilos de los maniquíes que se empleaban a
modo de cadáveres, e incluso cómo el miembro del equipo técnico los movía. Haber visto
una película tan espantosa solo podía deberse al más profundo de los aburrimientos. Se
quejaron de que habían malgastado el dinero con aquello hasta que Taiga decidió irse. Era
lo más horrible que habían visto jamás.
Tras secarse la frente por enésima vez, Ryuuji abrió la ventana, pero entró un aire
húmedo que le disgustó, ya que no esperaba algo así. Y, justo después, se quedó paralizado.
Algo peor que el sueño que había tenido apareció al otro lado.
Estaba mirando a la segunda planta del edificio lujoso que había al lado de su casa. A
través de la ventana abierta, podía ver a Taiga, que llevaba una camisola bastante arrugada.
Ella estaba, precisamente, mirando a Ryuuji.
Él no tenía ni idea de lo que podía haberle pasado a Taiga. Vio que ella tenía el labio
superior ligeramente arqueado hacia arriba, con aires de repulsión, y que también llevaba el
pelo hecho un lío, igual que en esas ocasiones en las que queda un personaje de dibujos
animados justo después de haber sufrido una explosión en la cara. La sensación de
desprecio era tal que Taiga parecía estar preguntando con los ojos cuánto tiempo llevaba
Ryuuji mirándola. Él, por su parte, dudó en saludarla al percibir las ondas negativas que el
cuerpo de Taiga parecía emitir.
—Ryuuji —dijo, lo que provocó que él sintiera cómo se le enfriaba la sangre—, he
tenido un sueño espantoso. Muy espantoso. Eras un perro, nos casábamos, teníamos
perritos y yo iba vestida con un atuendo de tigre... Ha sido el peor sueño de mi vida.
Ryuuji tragó saliva y no respondió.

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No podía ser una simple coincidencia que aquellas dos personas tuvieran la misma
pesadilla al mismo tiempo durante la misma noche. Con tanta compenetración, ¿se
acabarían fusionando aquellas dos viviendas?
Quizás era otro sueño. Ryuuji cerró lentamente la ventana y, fingiendo no haber oído
o visto nada, se metió en la cama. No quería pensar nunca más en nada.

* * *

—Quesadilla —pareció murmurar Taiga.
—¿Cómo que quesadilla?
—Que no, idiota. He dicho pesadilla.
Debido al mal oído de Ryuuji, Taiga le arrojó un trozo de cebolla con los palillos.
Ella prosiguió:
—Me refiero a esa pesadilla de antes. ¿Puede que nos esté advirtiendo de algo?
Quizás nuestro subconsciente nos está previniendo del viaje de mañana.
—¿De qué rayos estás hablando?
Taiga sorbió los fideos. Los ojos de Ryuuji estaban rojos y su mirada parecía afilada
como una espada, pero no porque hubiera tomado algún tipo de estupefaciente.
Simplemente, los efectos negativos de la pesadilla seguían en pie.
El sol ya relucía en el exterior y, aunque la luz no llegaba hasta dentro de forma
directa, aún había humedad en el ambiente de la residencia de la familia Takasu a las once
de la mañana. Eran las vacaciones de verano, pero nunca era tarde para desayunar en aquel
hogar.
—No tienes sentido común —añadió Taiga mientras trataba de enrollar más fideos
sin mucho éxito. Ryuuji la ayudó y ella, obviamente sin dar las gracias, los sorbió en un
instante—. A ver, en otras palabras, este sueño ha sido un aviso; esto es lo que pasará si no
hacemos algo para evitarlo.
—Entonces, dices que no tiene nada que ver con que viésemos aquella película tan
extraña antes de dormir. ¿Y cuál sería la conexión entre el sueño y la mansión de
Kawashima?
Taiga dio un suspiro bastante largo y soltó los palillos. Alzó la barbilla y la apoyó
sobre las manos.
—Hoy estás más cortito que de costumbre. Me pones de los nervios. Se me ha ido el
apetito por tu culpa, así que te toca limpiar la mesa.

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—Te has comido dos raciones de fideos. Lo mínimo que podrías hacer es lavar tu
plato.
—Estoy llena y no me puedo mover.
—Acabarás como una vaca.
—Mejor que acabar como un perro incompetente.
En vez de seguir discutiendo, Ryuuji entendió que una retirada sería lo más rápido y
menos cansado. Mientras pensaba en maneras de insultarla, como «Venga, sé una vaca. ¡La
de comida y leche que podría conseguir contigo!», empezó a apilar los platos. Aquella vida
de granjero de vacas con piel de tigre le parecía mejor que la vida de perro esclavo. Taiga
continuó:
—Bueno, veamos. Este sueño nuestro, en el que no has tenido oportunidad de
declararte a Minorín y en el que yo tampoco he podido declararme a Kitamura, nos
presenta un futuro bastante triste. Nos quiere decir que deberíamos esforzarnos más.
—Pues sí. Creo que tenemos muy claro que no nos gustaría que eso pasara.
—Sigue siendo raro que lo digas tú, pero, básicamente, es así. El sueño nos está
advirtiendo de que deberíamos aprovechar este viaje, porque, de lo contrario, ese sería el
futuro que nos esperaría. Es lo que yo creo.
Taiga dobló el cojín sobre el que había estado sentada y, tras tumbarse en el suelo, lo
usó como almohada. Alzó una pierna como si estuviera practicando natación sincronizada
y luego la apoyó contra la pared. Ryuuji frunció el ceño tras ver aquellos gestos de mala
educación, pero, respecto al tema que estaban tratando, no tenía más argumentos. El viaje
que había mencionado Taiga era, por supuesto, a la mansión de verano de Ami, donde
pasarían tres días y dos noches.
Tras los acontecimientos que sucedieron antes, en los que terminaron involucrados
los demás alumnos de la clase y que todo acabó como colofón en una competición de
natación, se decidió que sería un viaje para cinco personas: Kitamura, Minori, Ami, Ryuuji y
Taiga. Para Ryuuji y Taiga, que no estaban acostumbrados a este tipo de viajes por varios
motivos, era el único momento de interés en lo que, de lo contrario, iba a ser un verano
tedioso. Además, estaban emocionados hasta el punto de contar los días que quedaban para
la fecha señalada. Incluso habían planeado ir de compras a la estación.
La razón por la cual estaban emocionados era, evidentemente, la ocasión de pasar un
tiempo, noches incluidas, con sus respectivas personas amadas. Ambos contaban con que
cabría la posibilidad de que hubiera buen rollo. En el caso de Ryuuji, ello supondría estar
junto a Minori Kushieda.

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—Dejemos a un lado las premoniciones y esas paparruchas. Esta es una oportunidad
única. Apenas puedo hablar con Kushieda en el insti, así que, si es posible, me gustaría
tener la suerte de acercarme a ella aunque sea un poquito.
—Ya está. Clarísimo. —Taiga miró a Ryuuji con unos ojos aterradores y muy
abiertos.
—¿Qué?
—Hemos tenido este sueño porque siempre te comportas de esa manera. —Se
apartó el pelo y descansó la barbilla sobre el cojín improvisado como almohada—. Eres un
perro más que estúpido. Y creo que te has pasado antes con la salsa.
Si no fuera por su personalidad, aquella chica que estaba enfrente de él sería una
belleza perfecta.
—¿Qué estás mirando?
Todos la conocían como el Tigre de Bolsillo. Ni siquiera llegaba al metro y medio de
estatura, pero su temperamento y su fiereza hacía que todos los que estaban a su alrededor
se alejaran despavoridos. Él, en cambio, podía compararse a ella en cuanto a apariencias.
Tenía unos ojos que causaban pavor, aunque no eran más que un rasgo hereditario. Pero
solamente eso, apariencias.
Ryuuji era metódico, introvertido, no muy fuerte y se le daba bien hacer las tareas
domésticas. Así era Ryuuji Takasu. Y le parecía increíble que alguien como él pudiera pasar
su tiempo libre con una chica como ella.
—Mira, te lo voy a explicar de la forma más clara posible para que un bobalicón
como tú pueda entenderlo, ¿vale?
—Ugh.
Taiga empujó la barbilla de Ryuuji con el dedo, y continuó apretando fuerte. Lo miró
con desdén.
—Has dicho cosas como «si es posible», «tener la suerte de», «aunque sea un
poquito», ¿no?
—Sí. ¿Y qué? Y déjame la barbilla en paz.
—Pues que siempre dices bobadas como esas, típicas de blandengues. Todo este
tiempo has estado... No, corrijo. Todo este tiempo hemos estado así, esperando a que un
golpe de suerte nos lo arreglara todo. Si seguimos de esa manera, nuestras vidas
continuarán igual. Hasta que no nos demos cuenta de lo que pasa en realidad, acabaremos
como en el sueño, casados y viviendo en una caseta, y en el banquete, mientras proponen

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un brindis, Minorín y Kitamura nos dirían algo como que se alegran de nuestro matrimonio
y que lo habían visto venir.
—No... No, no...
Ryuuji sabía que no podía negarlo. Taiga asintió con la cabeza.
—Ese sueño nos ha avisado. Tenemos una única oportunidad para romper esta racha
de fracasos. Evitar una vida de perros está en juego, así que más nos vale no meter la pata.
—O sea, que vamos a volver a cooperar con la esperanza de que salga bien...
—¡Otra vez! ¡Olvídate del pesimismo! Hay que jugarse el tipo. No nos hace ninguna,
absolutamente ninguna ilusión que todo acabe como en el sueño. ¿No crees que
deberíamos dedicar todas nuestras energías en colaborar? Sería mejor que la destrucción
mutua, ¿o no?
—Vale...
Como el dedo de Taiga aún le presionaba la barbilla, Ryuuji no pudo asentir con la
cabeza, pero sí que le había sorprendido que Taiga fuese capaz de ser inteligente de vez en
cuando.
—De acuerdo. Olvídate de tus preocupaciones y céntrate en conseguir que Kitamura
y yo acabemos juntos. Dalo todo, ¿eh? Nuestro futuro está en tus manos.
—¿Qué?
Taiga dijo todo aquello con una velocidad endiablada. Parecía un contrato redactado
con alguna cláusula abusiva que debía hacer pasar inadvertida para Ryuuji. Se volvió a
tumbar.
—Ah, qué sed tengo. Tráeme algo de té. Y no te olvides del hielo.
Ryuuji miró a la cara a Taiga, que estaba despatarrada en el suelo.
—Menos jueguecitos, que te he escuchado a la perfección. ¿Y si le diéramos la vuelta
a la tortilla y fueses tú quien tuviera que centrarse en mis intereses?
Taiga no respondió, lo que provocó que Ryuuji insistiese:
—¡No pases de mí!
—¡Qué pelmazo de tío!
Ryuuji le arrebató el cojín a Taiga.
—¡No estoy bromeando! ¡Estaba claro que lo único que querías era colármela, ¿no?!
¡Tu egoísmo no tiene límite!
—¡¿Qué estás haciendo, calvorota?!
—¡No me estoy quedando calvo!
—¡Doy prioridad a mis intereses! ¡¿Qué tiene eso de malo?!

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—Qué paciencia hay que tener contigo...
—¡Devuélveme la almohada!
—¡Es un cojín, que además es mío!
—¡Almohada!
—¡Cojín!
Ambos tiraron del cojín durante un rato. Parecía como si quien poseyera el cojín sería
el vencedor de la discusión. Sin embargo, tras oír el ruido de un rasgón, Ryuuji lo soltó de
inmediato. Naturalmente, Taiga salió despedida hacia atrás. Se volvió a oír otro ruido, pero,
aquella vez, el de una cabeza que golpeaba contra una mesa. Taiga se acurrucó en el suelo y
se apretó el cojín contra su dolorida testa.
—Eh, ¿te has hecho daño? —preguntó Ryuuji.
A juzgar por el ruido, el impacto no había debido ser una tontería. No le interesaba
tampoco que ella se quedase más tonta aún. Cuando Ryuuji se acercó a mirar, dio un
alarido. Taiga, retorciéndose con odio, empezó a darle con el cojín en la cara. Él no tuvo
más remedio que retroceder, a lo que luego añadió:
—¡Basta, no seas burra! ¡Que te lo vas a cargar!
—¡Cállate!
Justo entonces, tras esquivar Ryuuji un ataque fortísimo del cojín, la puerta corredera
que tenía detrás se abrió. Y, al mismo tiempo, Inko pegó un grito. Aun con todo, el ataque
no se detuvo a tiempo e impactó... contra la cara de la madre de Ryuuji.
—Pe, pe, per, perd...
Taiga soltó el cojín y corrió hasta donde estaba Yasuko, quien se cubría la cara, casi a
punto de llorar. Llevaba puestos los pantalones cortos deportivos de Ryuuji y una camisola
con un estampado de cebra. Tanta sorpresa pudo con ella y, al final, se desplomó y cayó al
suelo.
Ryuuji se quedó sin habla. Taiga, al notar algo extraño, dio un salto hacia atrás.
Yasuko parecía haber envejecido de repente. Quizás era por el calor, por la falta de sueño o
porque se había quedado dormida por el alcohol sin haberse quitado antes el maquillaje.
Aquella piel que a menudo se veía joven estaba ahora llena de arrugas.
—¿Y ese aspecto tan... cambiado? ¡¿Qué ha pasado?! ¡Necesitas vitaminas! ¡Échate
algo en la cara, rápido!
—Fuuu... Como hacíais tanto ruido, no podía dormir. Y si no duermo, me hago más
vieja —contestó la madre de Ryuuji.

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Él, que no pudo decir nada, se disculpó repetidamente junto con Taiga y, para
asegurarse de que Yasuko pudiera dormir bien, salieron de la casa.

* * *

—Muy bien. ¿Todo listo?
—¡Cuando quieras!
Se encontraban en un parque que había detrás del apartamento donde vivía Taiga,
rodeado de árboles. Varias personas habían llevado allí a sus perros para pasearlos mientras
caminaban charlando. Los niños, que acababan de haber salido de la guardería, estaban
sentados bajo los árboles, en la sombra, quejándose del calor que hacía o de lo cansados
que se sentían. Un tractor resonaba cerca de manera algo desagradable. La brisa no era
suficiente para paliar la temperatura que se percibía.
Ryuuji y Taiga tenían un par de raquetas de bádminton que habían pedido prestadas a
la casera, y habían dibujado con los dedos un campo improvisado en la tierra. Estaban
sudando y tenían las caras algo enrojecidas. Se miraban con seriedad. Taiga había ido al
parque con una camiseta y un pantalón corto, y no con uno de sus vestidos de una pieza
que siempre solía llevar. También se había recogido el pelo.
—Gana quien antes consiga tres puntos. Nada de revanchas. Quien pierda... ya sabes.
—Que sí, que ya lo sé.
No era un partido de bádminton normal y corriente. Era un partido para decidir el
futuro de los dos. Quien perdiera tendría que pasar todo el viaje ayudando a quien ganara.
Ryuuji, que podía oler la hierba a su alrededor, jugueteaba con el volante 1 mientras se
reía de forma desapercibida. Se sentía un poco culpable porque, aunque Taiga tuviese los
reflejos de una bestia —no así en la natación—, parecía que él iba a ganar con bastante
comodidad. La verdad era que Ryuuji había sido miembro del club de bádminton hacía
unos años.
Como no disponían de red, el partido iba a ser intenso. Echaron a suertes, con piedra,
papel, tijeras, quién sería el primero en sacar. Acordaron, además, jugar con la suficiente
rapidez para no sucumbir a los posibles golpes de calor.

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Al bádminton no se juega con una pelota, sino con un objeto llamado volante o pluma, entre otros
nombres. Se trata de una semiesfera, generalmente de corcho, con varias plumas que la bordean a modo
de falda.

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Ryuuji supuso que tenían que dar el todo por el todo, especialmente después de
concluir que la pesadilla fue una advertencia. No querían acabar de aquella manera. Ryuuji
no creía que hubiese manera útil alguna de ayudar a Taiga, pero tampoco deseaba tener que
hacerlo. Simplemente, no quería molestias. Iba a jugar por conseguir un futuro brillante
junto a Minori.
—¡Que voy!
Ryuuji lanzó el volante al aire y, sin contenerse, lo golpeó fuertemente con la raqueta.
Estuvo seguro de que iba a ser punto directo, pero...
—¡Ja!
Taiga se desplazó hacia adelante con destreza y devolvió ligeramente el volante con la
punta de la raqueta; levantó además un trozo de tierra y hierba con aquel movimiento.
Ryuuji se apresuró para golpear el volante, que iba a caer casi en la línea central. El volante
hizo un arco en el aire y Taiga, tras reírse, disparó todo un cañonazo. Luego, con una pose
de victoria, añadió:
—¡Toma ya! ¿Qué estás haciendo? ¡Punto para mí!
Ryuuji estaba patidifuso. ¿Había sido un misil lo que le había pasado rozando?
¿Acaso un obús? Taiga se carcajeó mientras cortaba el aire una y otra vez con la raqueta.
—No me irás a decir... que eres una jugadora de tomo y lomo, ¿no? —preguntó él
titubeante. Aún no entendía qué había pasado.
—En realidad, no, pero he pasado los seis años de primaria y los tres primeros de
secundaria en centros educativos privados para chicas. En total, he estado nueve años en
sendos clubes de tenis. A lo mejor eso ha tenido algo que ver.
Había sido un golpe rapidísimo y lo suficientemente potente como para atravesar la
carne de cualquier bestia si en vez de un volante hubiera sido un cuchillo de carnicero.
Taiga se abanicó y dijo:
—Terminemos de una vez, que hace calor.
—¡Un momento! —contestó Ryuuji a la vez que recogía el volante y ponía una
expresión de absoluta incredulidad. Se veía con pocas posibilidades, aunque en realidad no
podía permitirse perder aquel enfrentamiento.
—Bueno, me toca servir a mí.
—Sí...
Ryuuji se secó el sudor de la frente y, tratando de no parecer preocupado, le pasó el
volante a Taiga. Ella lo atrapó, jugó con el proyectil un poco y luego...
—¡Allá va!

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Taiga arrojó el volante al aire y, con un giro sutil del brazo, cogió impulso con todo el
cuerpo y alzó la raqueta, todo mientras Ryuuji miraba de lado a lado para intentar averiguar
dónde podría ir a parar el servicio.
—¡¿Eh?!
A pesar de toda la parafernalia, Taiga no acertó a golpear el volante, que cayó
lentamente a sus pies.
—¡Punto para mí, punto para mí! ¡Estamos empatados! —apuntó Ryuuji con un
comportamiento desprovisto de madurez.
—¡Venga ya! ¡No vale! ¡¡¡No vale!!!
—¡Nada, nada! Eso no está permitido y lo sabes. ¡Torpe, torpe! —contestó él,
aumentando el tono infantil.
Ryuuji corrió hasta donde Taiga y usó la raqueta para recuperar el volante caído. Sin
embargo, ella le agarró por detrás del cuello de la ropa.
—Quieto ahí. ¿Qué estás intentando hacer? Esto huele muy raro. ¡Pero raro, raro!
—¿Cómo? ¡Has fallado el servicio! ¡Has perdido el punto y ahora me toca a mí!
Ambos comenzaron a discutir y a darse toquecitos con las raquetas. Taiga trató de
arrebatarle a golpes el volante a Ryuuji, pero él se aprovechó de la diferencia en estaturas y
alzó todo lo que pudo la mano con la que tenía el proyectil cogido.
Unas cuantas señoras, aparentemente con bastante tiempo libre, se habían reunido y
estaban observando aquello mientras paseaban a sus perros. No paraban de reírse y de
hacer comentarios:
—Mirad qué energía tienen aunque haga este calor.
—El muchacho se ha vuelto loco. Fijaos.
—La juventud de hoy no se cansa.
—¿No creéis que les va a dar un soponcio si siguen así con este solazo?
Los canes jadeaban sin cesar. Parecía como si también se estuvieran riendo. Ni Ryuuji
ni Taiga estaban por la labor de percatarse de unos detalles tan triviales.
—¡Devuélveme el volante! ¡Repito el saque!
Ella tiró la raqueta a un lado, hizo crujir sus nudillos y dio un paso adelante.
De repente, se oyó un gañido. La raqueta había volado más de lo previsto y había
caído justo en la cabeza del perro más grande del grupo. Tanto Ryuuji como Taiga se
volvieron en esa dirección al oír el sonido. La dueña soltó un grito:
—¡Aaah! ¡¿Qué te han hecho, Chiko?!

15
Chiko, un husky enorme, desarrollado y fiel, no se encontraba del todo bien. Reflejo
de aquello fue la mirada que le echó a Taiga mientras fruncía la nariz. Parecía decirle a ella:
«Has sido tú, ¿verdad? Si me pides perdón, seré bueno y te perdonaré».
Taiga miró rápidamente a Chiko y, luego, se giró hacia la dueña. Bajó la cabeza en
señal de disculpa con cierto remordimiento sincero. Después, volvió a mirar a Chiko con
una ceja levantada, soltó un bufido y alzó la cabeza.
—Le pediré perdón a tu dueña, pero jamás a un perro —dijo en voz baja.
Y justo en ese momento...
—¡No, no, tranquila! Chiko tiene mucho orgullo, pero es un trozo de pan. A veces,
unas amigas bromean con que parece un luchador de sumo. ¡Ah!
El perro se soltó de la poca firmeza con la que su dueña lo agarraba y cargó contra
Taiga. Las señoras dieron un alarido e incluso Ryuuji comenzó a retroceder. No obstante, la
retirada no era una opción para Taiga.
—¡¿Quieres guerra?!
Fue capaz de neutralizar el topetazo que le propinó Chiko, que había aceptado el
desafío con varios ladridos. Allí, en un parque, bajo un sol veraniego, una alumna de
instituto cuya altura no cambiaba mucho cuando se sentaba o se ponía de pie estaba
forcejeando con un perro. Cuando parecía que aquella lucha iría para largo, tanto Taiga
como el can se separaron y mantuvieron las distancias.
Chiko gruñó profundamente. Tenía la cola levantada y el cuerpo inclinado hacia abajo,
y miraba a Taiga con fijación. Ella respondió con un rugido propio y preparó sus zarpas
felinas. Era un combate entre fieras.
Ambos contendientes dieron vueltas en círculo hasta que Chiko decidió mover ficha
y atacó a Taiga a la altura del estómago. Ella se tambaleó un poco.
—¡Ahora sí que te vas a enterar!
Taiga le dio una bofetada en la nariz. El animal gañó.
—¡¿Qué rayos le está haciendo al perro?! —se preguntó Ryuuji, nervioso—. ¡Lo
siento muchísimo! —añadió luego a la dueña de Chiko.
No salía de su asombro. ¿Cómo podía Taiga hacerle aquello a la mascota de otra
persona? Aunque se disculpó, no tenía el coraje suficiente para separar a las dos fieras.
—Ay, no, no. Soy yo la que lo lamenta. Espero que no le haga nada a esa pobre
chiquilla —contestó la señora.
Las otras mujeres no paraban de susurrar entre ellas.
—¿A que tiene unos ojos muy raros? —murmuraba una.

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—Esa muchacha tiene un gusto muy particular —aportaba otra.
Todas aquellas personas no podían dejar de centrar su interés en la batalla. Tanto
Taiga como Chiko se daban golpes repetidamente entre intercambios de miradas.
Volvieron a forcejear con intensidad.
Se había olvidado ella por completo de que Ryuuji estaba allí. Luchaba contra el perro
como si estuviera poseída.
—Oye, Taiga. No te olvides de que me toca servir a mí —musitó Ryuuji.
Taiga giró la cabeza con gran rapidez.
—¡¿Eh?! ¡¿Qué has dicho?! ¡No te oigo con el jadeo tan escandaloso de este chucho!
No había ningún problema para él si ella no le había oído. Ryuuji regresó al campo de
bádminton improvisado e hizo el servicio. El volante cayó en el lado de Taiga. Acto
seguido, Ryuuji caminó hasta allí, recogió el proyectil, se dirigió hacia su mitad del campo,
volvió a servir y el volante cayó una vez más en el lado de Taiga. Después, repitió todo el
proceso.
—Se acabó el partido. He llegado a los tres puntos antes que tú, así que gano yo.
Parece que me vas a tener que ayudar en el viajecito.
—¡¿Qué?! ¡No digas pamplinas! —le exclamó a Ryuuji—. ¡Que me dejes en paz! ¡No
tengo tiempo para perder contigo! —le reprendió al perro.
Taiga recobró algo de racionalidad e intentó empujar al perro para quitárselo de
encima. Sin embargo, Chiko no mostró ninguna piedad. Si perdía aquella batalla, su orgullo,
descrito como el de un luchador de sumo, se iría al traste.
—¡Ya está bien, ¿no?!... Vale, vale, ¡me rindo! ¡Culpa mía! ¡Me estoy disculpando,
¿entiendes? ¡Déjame en paz! ¡Atrás! —le gritó ella a Chiko.
Pero aquello no hizo ningún efecto. La cara de Taiga empezó a enrojecer, y no paraba
de emanar sudor de su frente. Prosiguió:
—¡Que hace... un calor de mil... narices! ¡Tanto pelo de perro...! ¡Me va a dar algo!
Obviamente, un pelaje tan abundante le estaba dando calor a Taiga. Ella dio un giro
con el cuerpo y retrocedió, pero Chiko se acercó al instante. Taiga volvió a ciar, esta vez en
diagonal, y el can se aproximó sin dudar.
Ryuuji, que miraba la desesperación por la que pasaba su contrincante de bádminton,
se sintió un poco mal. Pero, con tanto movimiento, parecía que sus ojos bailaban salsa.
—¿Qué están haciendo? Parecen compenetrados y todo.
La dueña de Chiko sacó el móvil con presteza y empezó a grabar en vídeo aquel baile
tan extraño.

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—¡Quítamelo de encima! ¡Tiene un aliento abrasador!
Era verano, el sol incidía con fuerza y el pelaje de Chiko era un buen conductor del
calor, sobre todo si estaba tan próximo a Taiga. Comenzaron a moverse ambos con un
ritmo más enérgico. Ella, a punto de derramar lágrimas, flaqueó un poco y el perro asumió
el mando.
—¡Que sí, que sí! ¡Acepto la derrota! ¡Ryuuji, tú también eres un perro! ¡Ven y
apártalo de mí! ¡Habla con él!
Era impensable, pero había llegado al extremo de pedir ayuda a Ryuuji, quien
preguntó:
—¿De verdad que yo gano?
Taiga permaneció en silencio un par de segundos hasta que suspiró a regañadientes
antes de contestar:
—¡Sí, sí!
Gracias a Ryuuji y a la dueña, Chiko, a regañadientes igualmente, perdonó a Taiga.
Dos victorias que nunca habían sabido tan bien.

En el fondo, aunque era el ganador, Ryuuji no esperaba mucha ayuda de Taiga que
fuese realmente útil. Estaba convencido de que ni tan siquiera ella intentaría poner de su
parte.
No obstante...
—Se me ha ocurrido un plan de la hostia.
Habían ido al Sudoba a refugiarse del asfixiante calor. Taiga, que llevaba la camiseta
llena de marcas de las patas del can con el que tuvo sus más y sus menos, estaba bebiendo
un té helado. Le susurró algo a Ryuuji entre sorbo y sorbo. Él entreabrió los ojos tanto
como pudo.
—¿En serio? ¿Algo como eso? Pero... ¿cómo...?
—Lo haremos así y ya está.
Taiga se señaló a sí misma con el dedo y, luego, a Ryuuji. Continuó hablando:
—Has ganado el partido de una forma muy rastrera, así que no tengo ningunas ganas
de ayudarte. Tampoco creo que te merezcas a Minorín, pero cualquier cosa es mejor que
aquella pesadilla. Por tanto, te ayudaré, pero solo por esta vez... ¿No te parece más
preferible morir con honor que vivir una vida insoportable para siempre?
—O sea, ¿que voy a acabar muerto?

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—Déjate de egoísmos. Pongamos que te diera por construir una casa; tú, actualmente,
solo tienes potencial para apilar los ladrillos, romperte la espalda en el proceso, hacer que te
lleven al hospital y ponerte a quejarte todo el tiempo mirando al techo.
La mirada desdeñosa de Taiga tenía más intensidad que los rayos del sol de aquel
verano.

* * *

Eran las seis de la mañana del día posterior al partido de bádminton.
—¡Perfecto! —exclamó Ryuuji a la vez que asintió con la cabeza tras comprobar el
contenido del congelador.
Confirmó que había cinco envases con arroz y que cada uno estaba bien cerrado.
Aunque los acompañamientos no eran gran cosa, había dejado apartada una buena variedad,
bien congelada, bien por abrir.
—Hay varios asuntos de los que te quería hablar antes de irme. Algunos son
complicados, así que escúchame. Ya he cocinado todo lo necesario, ¿vale? Olvídate de los
fuegos, por favor —dijo él.
—Uh...
—Hay yogures que ya puedes comerte. También hay un tarro pequeño que quiero
esterilizar; no lo toques. Acuérdate de remover bien el nukadoko 2 cada día. Puedes meter la
mano en una bolsa de plástico para hacerlo, si quieres. Los pepinos estarán listos para
comerlos aproximadamente esta noche y las berenjenas lo estarán para mañana.
—Uh...
—Aunque Inko no haya bebido toda el agua, debes cambiársela por la mañana y por
la noche. Y lo mismo con la comida: dos veces al día. También tendrás que cambiar el
papel de periódico que le ponemos en la base de la jaula. Habla con él un poco y tápalo con
el paño antes de irte a trabajar para que no tenga muchas cosas de las que preocuparse.
—Uh...
—Por el momento, lo tenemos todo en orden con los cobradores, así que no creo
que vengan. Espero, vaya... Estate preparada por si acaso.
Justo delante de su propio hijo, quien estaba dando indicación tras indicación, se
encontraba Yasuko, contoneándose sin decir nada. Ryuuji prosiguió:

2
El nukadoko es un macerado de salvado de arroz que, junto con verduras, sirve para preparar un tipo de
encurtido bastante usado en la cocina japonesa.

19
—¿Me has prestado atención? ¿Lo tienes todo claro? A ver, repíteme lo que te he
dicho.
—Uh...
Como de costumbre, allí estaban en aquella casa oscura. El aliento de Yasuko aún
olía fuertemente a alcohol. Era de esperar; se había despertado hacía una hora y su hijo la
había casi arrastrado a la cocina mientras intentaba dormir.
Aquella madre, aún tambaleante, solo podía abrir los ojos unos dos milímetros.
Respondió con gemidos, acompañados de baba, a cada cosa que le había dicho su hijo,
pero, por lo menos, había hecho el esfuerzo de ir contestando, algo que fue suficiente para
Ryuuji. Dos años antes, él fue a una excursión de cuatro días. La colada quedó amontonada,
los envases de comida para llevar se apilaron en el fregadero —lo que dejó muy mal olor—
y los restos de basura orgánica comenzaron a fermentarse, pero Yasuko e Inko
sobrevivieron.
—Bueno, me voy.
—Que tengas... un buen... viaje —respondió ella con tono somnoliento. Unos
segundos después, se dio cuenta de que su hijo llevaba una bolsa de viaje y de que iba
vestido con camiseta y pantalón corto. Frunció el ceño y ladeó la cabeza—. Ryuu,
¿adónde... vas?
—Ya te dije antes que me iba de viaje.
—¿Via...? Via...
Tras balbucear, Yasuko asintió con la cabeza varias veces y caminó penosamente de
vuelta al futón.
—Inko, me voy, ¿de acuerdo? —dijo Ryuuji a su mascota mientras levantaba el paño
que tapaba la jaula.
Incluso aquella mañana en la que Ryuuji se iba, la cara de Inko seguía siendo de
impacto máximo. Nunca jamás se sabría por qué aquel loro nunca cerraba el pico, o por
qué emanaba algo parecido a espuma por la punta de la lengua, o por qué los ojos los tenía
casi siempre en blanco, o por qué solía moverse de forma convulsa.
—¡Adiós! —concluyó Ryuuji tras coger la bolsa de viaje con todo lo necesario y
pasársela por encima del hombro.
Cuando abrió la puerta, la brisa matinal de verano refrescó sus párpados. Aunque la
temperatura era parecida a la que había dentro de su casa, hacía un buen día. Todo
apuntaba a que sería caluroso.

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21
Tres días y dos noches. Se preguntó qué cosas divertidas le esperarían, de qué
hablaría con Minori y hasta qué punto avanzaría con ella. Además, hacía mucho tiempo que
no veía a Kitamura. En cuanto pensó en que Ami y Taiga acabarían peleándose, tuvo un
presentimiento preocupante, pero eran las vacaciones de verano, después de todo. Durante
aquel viaje inesperado habría muchas cosas emocionantes.
Bajó por las escaleras sin hacer mucho ruido, por si aparecía la casera, y comenzó a
caminar hacia el edificio de apartamentos de al lado. Pensó: «Dudo mucho que ya esté
preparada. Es Taiga». Por aquel motivo había salido pronto de casa, pero...
—Ah.
Taiga, que estaba en la entrada, alzó la cabeza al ver a Ryuuji.
—Vaya, vaya. Pero qué temprano. No me lo esperaba.
—Bueno, sorpresas que te da la vida —respondió ella.
Fuese sorpresa o no, Taiga llevaba un vestido nuevo de color verde, el pelo bien
cepillado, con trenzas a ambos lados, y los labios ligeramente pintados. Aquella imagen de
tanta frescura bajo aquella mañana veraniega hizo que Ryuuji mirara avergonzado a otra
parte. Sin embargo, levantó la mano como saludo y ella correspondió.
Aunque Taiga había prometido ayudar a Ryuuji, era un viaje en el que vería al chico
que le gustaba. Ambos tenían el mismo propósito, y por ello estaban emocionados. Ryuuji
tuvo ganas de sonreír, así que, para ocultarlo, comenzó a caminar por delante de ella.
Quedaban quince minutos para la hora a la que habían quedado con los demás.
Llegarían a tiempo incluso si caminaban despacio, pero les apeteció apresurarse.

Al llegar hasta las taquillas de la estación, donde debían reunirse, quien los recibió
fue...
—¿Mmm?
—Esa es... Minorín, ¿no?
El lugar no estaba abarrotado, pero sí que había bastante gente. Muchos viajeros,
junto con sus familiares, y empresarios recorrían el recinto. Y, justo en medio de la pequeña
marabunta, allí se encontraba.
—¡Buenos días!
Ryuuji y Taiga se encontraban mirando a una chica radiante: Minori Kushieda. Ella,
al verlos, extendió las extremidades, inclinó la parte superior del tronco hacia delante y

22
comenzó a girar lentamente. Detrás de ella, con un movimiento similar, apareció una cara
conocida que llevaba gafas.
—¡Habéis llegado con tiempo! ¡Así se hace!
Con tanto giro de aquellas dos personas, Ryuuji y Taiga permanecieron sin habla.
Mientras todo el mundo miraba con extrañeza, un par de empresarios comentaron que
aquello les recordaba a algo que habían visto en el zoológico. Los dos capitanes del club de
sófbol, Minori y Kitamura, siguieron rotando e intercambiando sus posiciones:
—¡Ja, ja, ja! ¡Creo que estamos llamando la atención demasiado, Kitamura!
¡Demasiadísimo!
—Bueno, para eso hemos ensayado, ¿no?
Ambos se rieron y se dieron palmadas en la espalda a la vez que se felicitaban.
—¡Buen baile! —comentó alguien.
—¡Solo faltaban los animales! —dijo otro.
Parecía que no solo Ryuuji y Taiga habían venido con las pilas cargadas para el viaje.
—Se os ve con ganas ya a estas horas. ¿Y ese baile?
—Bah, una cosilla sin importancia. Como estaba emocionada, vine temprano, y
resulta que me encontré con Kitamura, que también había llegado pronto —contestó
Minori.
—Puesto que había un espejo allí, para matar el tiempo nos pusimos a ensayar este
baile para hacéroslo de saludo —dijo Kitamura.
—No tienes ningún sentido del ridículo, don Antiparras. Cuánto tiempo —le
respondió Ryuuji.
—Dichosos los ojos intimidantes, caballero —bromeó Kitamura.
Aunque Ryuuji conversaba con su buen amigo, no apartaba la mirada de la sonrisa de
Minori Kushieda. Ella, que brillaba más que nadie, se puso a juguetear con el pelo de Taiga,
quien, por otra parte, olisqueaba a su fiel amiga. Llevaba unos pantalones cortos hasta las
rodillas y una sudadera de manga corta. Quizás por la mayor cantidad de sol presente que
en la última vez en que la vio, las mejillas y la punta de la nariz de Minori estaban
sonrojadas como las de un bebé. Aquello era mucho para Ryuuji. La manera en que llevaba
el saco sobre el hombro le parecía adorable; sus delicados tobillos visibles sobre las
zapatillas deportivas le parecían adorables. Aquella risa y aquel júbilo le parecían a Ryuuji
demasiado radiantes como para poder mirar directamente.
—¿Qué pasa, Takasu? ¡Por fin ha llegado el día! ¡No te quedes callado, ¿eh?!
—Sí...

23
Después de que Minori le diese un golpecito en la espalda, Ryuuji pasó de estar
paralizado por deslumbramiento a estar paralizado por nerviosismo. Encontrarse de nuevo
tras tanto tiempo no hizo más que acrecentar su temblor.
Taiga, por otro lado...
—Ha pasado ya bastante, ¿eh, Aisaka? No nos vemos desde la ceremonia de clausura.
—Ah, eh, uh...
Aunque Kitamura, quien también sonreía, le había hablado, Taiga permaneció quieta
como un palo de madera. Tal vez también por nerviosismo, comenzó a tocarse las coletas
sin poder devolver el saludo. Además, miraba a todas partes repetidamente, y abría y
cerraba la boca sin cesar. ¿Acaso no encontraba las palabras adecuadas?
—¿Aún no ha llegado Kawashima?
Ryuuji fue quien rompió el silencio al preguntarle aquello a Kitamura, aunque no lo
hizo en socorro de Taiga.
—Eso parece. No me ha enviado ningún mensaje, pero aún queda para que sea la
hora a la que quedamos.
—En ese caso... ¡Poneos aquí en fila! —improvisó Minori. Hizo que Taiga, Ryuuji y
Kitamura se colocaran delante del espejo. Taiga y Ryuuji protestaron, pero Minori
neutralizó toda queja—. ¡Venga, venga!

Pasaron unos minutos. Alguien apareció por la puerta.
—¿Eh? ¿Dónde estarán? Mmm...
Ami Kawashima se quitó las gafas de sol. Parecía, al tener la boca entreabierta, estar
sorprendida.
—Hola, Kawashima.
—Llegas dos minutos tarde, Ami.
—¡Buenos días, Amin 3!
—No te confundas. Hago esto porque Minorín me lo ha pedido.
En fila, ordenados de mayor a menor estatura, estaban Ryuuji, Kitamura, Minori y
Taiga. Todos ellos no paraban de menear los brazos, totalmente extendidos, sin cesar en
absoluto. Desde la perspectiva de Ami, parecía que Ryuuji tenía ocho brazos.
—¿Pero dónde se han metido?
—¡Eh, Kawashima!
—¡Ami, estamos aquí!

3
Mote con el que, de vez en cuando, Minori llama a Ami.

24
—¡¿Adónde vas, Amin?!
—¡No huyas, estúpido chihuahua!
—¿Dónde, dónde...?
Ami escapó, fingiendo que no tenía idea de dónde estaban. Los cuatro fueron por
ella, sin dejar de mover los brazos, hasta llegar a su lado.
Teniendo en cuenta que solo habían pasado cinco minutos ensayando aquello, a
Minori le pareció que habían conseguido un buen resultado.

25
CAPÍTULO 2

El trayecto por tren iba a durar una hora y media.
Aunque era verano, la mitad de los asientos estaban libres. Los cinco eligieron unos
asientos en fila de tres —uno de ellos se quedaría sin ocupar—, cara a cara. Ami dejó el
equipaje en el compartimento que había encima.
—¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal os va? ¡Qué ganas tenía de verte, Minori! —dijo Ami
sonriendo y fingiendo estar al borde del llanto por la nostalgia tras apartarse el pelo de
forma elegante.
—Tantas ganas tenías que antes has huido...
Aquella contestación de Minori no tuvo ninguna repercusión.
—Ah, Yuusaku. ¡Seguro que sigues igual que siempre! ¿Verdad? ¡Antiparras! ¡Ja, ja!
Ami pronunció las palabras con una dulzura superficial hacia su amistad de la
infancia. Luego:
—¡Takasu! —añadió al echarse junto al pecho de Ryuuji y sonreír. Él se alejó un
poco, pero ella recortó de nuevo la distancia—. ¡Venga! ¿Qué te ha pasado durante todo
este tiempo? ¡No me has llamado ni me has mandado ningún mensaje! ¡Con lo aburrida que
he estado!
—Me parece que nunca me has dado tu número ni tu correo...
—¿En serio? Ju, ju, entonces da igual. ¿A que este viaje va a ser la bomba? ¡Yo estoy
muy contenta! ¿Y tú? —contestó ella mirando fijamente a Ryuuji y bajando la voz sin hacer
mucho caso a lo que él le había replicado. Además, deslizó sus dedos por la cintura de
Ryuuji.
Ami solo llevaba una camiseta sin mangas y unos pantalones vaqueros. Por supuesto,
atraía la atención de los demás pasajeros; entre ellos, un par de universitarias que creían
haberla visto o reconocido antes en revistas de moda. Al oírlas, Ami les lanzó una sonrisa y
asintió.
—¡Oh, no! Hoy solo me he puesto crema después de lavarme la cara. ¡No llevo
maquillaje! Ah, mi piel no está todo lo preciosa que debería... ¡Esto es horrible! —indicó
burlonamente Ami mientras se llevaba las manos a la cara. En aquel instante, el vagón se
llenó de miradas envidiosas que provenían de todas partes—. Bueno, es un viaje. No hace
falta llevar maquillaje. ¡Al natural, je, je!
Con aquel último aporte, la cara de Ami relució aún más y su ego vampírico se
alimentó de la sangre de todas las mujeres que había allí. Aquellos ojos de chihuahua y

26
aquellas facciones del rostro poseían el encanto de un ángel. El aura que emitía parecía
decir: «Soy la más guapa de todas. ¡Vosotras, mujeres del montón, deberíais estar
agradecidas por poder respirar el mismo aire que yo, Ami, la elegida! ¡Jua, jua, jua!
¡Adoradme!». Por último, añadió:
—Takasu, parece que Aisaka aún no ha llegado. ¿Y si la llamas? Aunque no me
importaría que no viniera...
Había ignorado por completo a Taiga, que estaba justo delante de ella y al lado de
Ryuuji. El tren empezó a moverse.
—Siéntate, golfa.
—¡Ah!
Ami cayó contra el asiento, justo al lado de la ventana. Taiga le había metido los
dedos en los ojos. Todo un ataque cegador contra el desprecio que expresó antes Ami hacia
ella.
—¡Eso duele! —se quejó.
—Como no los usas para nada, pensé que vendría bien quitártelos. Para que lo sepas,
estoy justo aquí.
—Es que como eres tan pequeña, no te había visto...
—Los ojos los tienes de adorno, vaya.
Justo cuando Taiga se preparaba para la siguiente ofensiva...
—Bueno, bueno. No os peleéis. ¡Mírame a mí!
Minori intercedió y se estiró los párpados con los dedos como si quisiera aparentar
ser una persona extranjera. Ryuuji, estupefacto, reaccionó inconscientemente con una
mirada rara, pero no mostró sorpresa.
—Minorín, no pongas caras y siéntate. No quiero que te caigas.
Taiga hizo que Minori se sentara al lado de Ami. Después, cogió a Ryuuji por la
mano y lo lanzó casi literalmente contra el asiento junto a Minori. Luego, Taiga se sentó
enfrente de Ami. Kitamura, pues, se sentó enfrente de Minori y al lado de Taiga, quien se
pegó a la ventana todo lo posible mientras no le quitaba el ojo a Ami. Ryuuji se preguntó si
aquella chica tan impetuosa había empezado de verdad a ayudarle.
—Vaya, qué opresiva... Serás una enana, pero eres más dura de mollera que una
pared —comentó Ami, disgustada.
—Ser tan pequeña no se complementa con ser opresiva, ¿eh? —replicó Taiga,
plantando los pies con fuerza contra el suelo, sin dejar de mirar de manera fría a Ami—.
Menuda tontahua.

27
Taiga hizo público por primera vez el mote personal que tenía para Ami, una palabra
que mezclaba «tonta» con «chihuahua».
—¿Me estás hablando a mí?
—Cuántas arrugas.
—¡¿Eh?!
Taiga señaló a Ami. Minori se volvió para mirar su cara.
—Es imposible que Amin tenga imperfecciones en su preciosa... ¡Oh!
Minori se disculpó con una reverencia. Kitamura contestó agitando la cabeza. Incluso
Ryuuji pudo ver que, bajo aquella piel tan aparentemente impoluta, había una variación en
el color justo debajo de los párpados inferiores. En resumen, ojeras.
—¿Por qué pestañeas tanto? ¿No estás durmiendo bien?
—¿Tú también, Takasu? No puede ser que yo tenga... ¡Aaah!
Sacó un espejo pequeño y, al mirarse en él, Ami dio un grito. Se tocó la piel con los
dedos temblorosos. Hasta la voz empezó a temblarle también:
—¿Qué es esto?... Bueno, ya sabéis lo ocupada que he estado, pero... Ah, qué voy a
hacer. Me quiero morir...
Se llevó las manos a la frente y cerró los ojos. Parecía estar estupefacta. Minori la
cogió del hombro y trató de que Ami volviera en sí.
—¡Amin! ¡Espabila! ¡¿Qué diantres te ha pasado?!
—En cuanto terminaron las clases, volví a mi casa y desde entonces he estado
trabajando. Y después de librar, pensé en tomar el último tren para estar aquí desde ayer,
pero lo perdí por muy poco. Al final, tuve que coger el primer tren de esta mañana. Solo he
dormido tres horas...
Tanto Minori como Kitamura pusieron una expresión de lástima. Incluso Ryuuji
sintió algo parecido, pero si ponía una cara parecida, cualquier otro viajero la
malinterpretaría. En cuanto a Taiga, únicamente trataba de tocar la arruga con la mano, lo
que molestaba a Ami.
—Eso ha tenido que ser horrible, Amin. Entonces, ¿tus vacaciones de verano solo
son estos días?
—Así es.
—En ese caso, tenemos que asegurarnos de que Ami lo pase bien. No se puede dejar
que los bateadores escojan el orden que quieran. Hay que seguir un plan: que los chicos
vayan a por el partido y conversen con Ami para que se anime. ¡Esforzaos!
A pesar de lo que dijo, solo había dos chicos. Kitamura fue el primero en contestar:

28
—Veamos... ¿Y si hacemos un debate sobre un tema común? Pero ¿cuál le gustaría a
Ami? ¿Cómo arengar en los partidos, la situación del estadio Koshien 4, la disminución de la
tasa de escolarización a nivel universitario...?
Tres strikes rápidos 5. Aquel primer bateador había quedado eliminado.
—Quién quiere hablar de esas cosas, hombre... Desayunemos un poco. He traído
bolas de arroz —aportó Ryuuji.
—¿De verdad? ¡Yuju! ¡Qué bien! —exclamó Minori, aplaudiendo.
—¿Bolas de arroz? No estaría mal comerme una. Aún no me he llevado nada a la
boca en todo el día —indicó Ami.
Taiga, que estaba sentada al lado de aquella chica a la que tenía tanta tirria, lanzó una
mirada de interés. Kitamura puso una cara de satisfacción tras ajustarse las gafas. En otras
palabras, había sido un bateo excelente en pleno debut.
Ryuuji destapó el envase donde tenía las bolas de arroz y entregó una a cada uno.
Taiga, que se mantenía tan lejos como fuese posible de Kitamura, se tumbó encima de Ami
y alargó las manos para alcanzar el alimento. Una vez lo consiguió, regresó a su asiento.
Minori dio un bocado y, deleitada, dijo con admiración:
—¡Esta bola de arroz está buenísima! ¿La has hecho tú, Takasu? ¡Anda, si lleva una
ciruela! ¡Ciruelita rica! ¡Has conseguido una carrera 6!
Ella dio unas cuantas patadas a Kitamura en la pierna por la emoción. Y él, aunque
recibía dichos golpes, estaba de muy buen humor e incluso no tardó en afirmar también
que la bola de arroz estaba muy buena.
—Viajar en tren y comer algo tan sencillo como esto es lo mejor. No esperaba
menos de ti, Takasu. ¡Cásate conmigo! —añadió Ami.
Aquellas últimas palabras le trajeron a Ryuuji malos recuerdos.
—No —contestó él.
Para nada dudó. No tenía tiempo ni ganas de caer en las trampas del chihuahua. La
miró de reojo —ella chasqueó con la lengua— y puso una expresión indiferente. Prosiguió:
—¿Qué habéis hecho este verano?
La pregunta, en realidad, había estado planeada de antemano con Taiga.

4
Es un estadio de béisbol en el cual juegan como locales los Hanshin Tigers (o Tigres de Hanshin) y se
encuentra en Nishinomiya, en la prefectura de Hyōgo.
5
Símil deportivo con los tres temas propuestos por Kitamura, poco interesantes para Ami. En el béisbol y
en el sófbol, un bateador queda eliminado cuando acumula tres strikes, que podrían definirse, sin entrar
en detalles, como intentos fallidos de batear la pelota.
6
Las carreras son la forma de puntuar en los deportes como el béisbol y el sófbol. Básicamente, Minori,
practicante de sófbol, está expresando aprobación.

29
—Buf. Trabajar todo el tiempo. ¡Qué cansancio!
Ami había sido la primera en responder.
—Cosas del club, trabajar, cosas del club, cosas del club, trabajar, trabajar, trabajar,
cosas del club, cosas del club, cosas del club, trabajar —contestó Minori a continuación
mientras todavía masticaba.
—Yo también he estado ocupado con las actividades del club y del consejo
estudiantil. Y como el año pasado murió mi bisabuelo, acudí a sus exequias —aportó
Kitamura.
La próxima era Taiga. Ryuuji le dijo con la mirada: «Ahora». Ella, de igual manera:
«Ya lo sé».
—Hice un recopilatorio de psicofonías. Ven, Minorín. Escucha.
Sacó un par de auriculares blancos y se los puso a Minori. Ajustó el volumen bien
alto y se oyó una voz que decía: «Senpai...». Justo en aquel momento, algo salió volando de
la boca de Minori como una bala e impactó en la frente de Kitamura, quien se retorció de
dolor. Había sido la ciruela.
—¡Perdón, Kitamura! ¡Taiga, ¿cómo se te ocurre?! —exclamó mientras se quitaba los
auriculares a la fuerza.
—Lo siento —contestó ella, encogiéndose de hombros.
—¡No, no lo sientes de verdad! ¡¿Estás mal de la cabeza?! Una voz del más allá acaba
de llamarme senpai. ¡Aaaaaah! ¿Qué voy a hacer ahora? ¡Me va a arrastrar al infierno!
—Tranquilízate, Kushieda... Primero, hagamos algo con esta ciruela —interrumpió
Kitamura.
—Culpa mía. Dichosa esta ciruela; en vez de rendirse, vuela.
—Aisaka, ¿te gusta lo paranormal y eso? —preguntó él sonriente tras devolver la
ciruela a Minori.
—¡¿Eh?! ¿Que si a mí... me... gus... gus...? Pues... supongo.
—¡Anda, qué sorpresa!
Al recibir aquella sonrisa, Taiga empezó a ponerse nerviosa y a toquetear el arroz con
las puntas de los dedos. Minori se levantó, se sentó encima de las rodillas de Ami, cogió a
Taiga por el hombro y, zarandeándola, preguntó:
—¡¿Cómo no me había enterado yo de esto?! ¡¿De verdad te gustan esas cosas?!
Minori no quería aceptar aquello. Entre gritos, y a pesar de que había más viajeros en
el tren, se puso colorada y comenzó a comportarse de forma extraña. Ni siquiera prestaba
atención a las quejas de Ami, quien estaba soportando su peso.

30
Al ver aquello, Taiga y Ryuuji intercambiaron miradas y asintieron con la cabeza
ligeramente. Por lo visto, Minori no soportaba nada que tuviera que ver con el terror.
De aquella manera, el plan se puso en marcha. Se trataba de la Operación Caballero
al Rescate de la Princesa Atemorizada. Cuando estuvieron en el Sudoba, Taiga le contó a
Ryuuji que Minori, al presentarse el primer día de instituto, dijo que no podía con las
historias de miedo, los fantasmas o cualquier otra cosa relacionada, y que le entraban
escalofríos con solo ver el cartel de una película de terror.
Así pues, durante el viaje, Ryuuji y Taiga cooperarían: ella haría que Minori estuviera
muy asustada para que él apareciera y la reconfortara. Además, no importaba si llevaban a
cabo algo dramático, sobreactuado o incluso dudoso. Sería una oportunidad inmejorable.
Minori, que, obviamente, no estaba al tanto del plan, confiscó el iPod de Taiga y lo
guardó en su bolsillo.
—Taiga, ¡nada de cosas que den miedo! ¡Y tampoco rarezas de las tuyas! Estamos
intentando aliviar el cansancio de Amin, así que tengamos una conversación más apropiada
con temas maravillosos o académicos. Por ejemplo, qué poner dentro de una bola de arroz,
la infancia, animales...
—Ah, pues ahora que habéis mencionado esto de las historias de miedo, la semana
pasada...
A Ami no le dio tiempo de terminar su intervención.
—¡No, no, no, no, no y no! ¡No es necesario que nos lo cuentes! —replicó Minori.
—Bueno, no da miedo. En realidad, es una historia graciosa.
Después, Ami sonrió y prosiguió susurrándole a Minori:
—Sucedió la semana pasada, cuando fui a un estudio a que me hicieran unas fotos
para una revista. Al terminar, volví a la sala de espera hasta que me dijeran que podía entrar
en la sala de maquillaje, donde apenas había espacio y el lavabo estaba hecho un asco.
Aparte de eso, la tubería daba pena, la iluminación era horrible y el espejo estaba casi roto.
Cuando por fin pude entrar, vi algo que parecía sangre. Estaba en el lavabo, en el espejo, en
el suelo... Por todas partes. El color, el olor... Probablemente era sangre. Mejor dicho,
¡definitivamente era sangre! Pero ¿de quién?
—Qué miedo —dijo Minori tapándose la cara con las manos. Su cuerpo perdió
fuerzas y resbaló un poco del regazo de Ami, pero ella la agarró fuerte y la volvió a colocar
sobre sus rodillas.
—Ahora viene lo mejor. ¡Era de uno de los que trabajaban allí! ¡Ja, ja, ja! El fotógrafo
era un tío bastante peculiar: un hombre de mediana edad que solía agitar su cámara con

31
fuerza. Ocurrió que este fotógrafo le había golpeado sin querer con la cámara al otro tío en
la nariz. ¡Ja, ja, ja!
La risa resonó con eco. Ryuuji, callado, pensó en la mala práctica que era contar algo
así de curioso mediante un planteamiento que parecía de miedo.
—Conque... pasó eso... No es para tanto —aportó Minori mientras se secaba el
sudor de la frente.
—Y yo, allí, que creía que había tenido lugar un asesinato, que habían troceado el
cadáver y lo habían tirado por el desagüe o algo, que quizás se habrían atascado las cañerías
con tanto trocito de carne humana con pelos pegados. ¡Uah! ¡Qué repelús!
Minori sintió otro escalofrío. Ami la colocó como pudo en su asiento original. El
grupo permaneció en silencio. Lo más desagradable fue lo que se imaginó Ami y no la
historia en sí. Justo después, Minori agitó los brazos angustiada y añadió:
—Agh, y uno de los ojos habría hecho ¡pop! ¿Qué habría pasado si yo hubiera visto
eso? Taiga, ¿qué pasaría si yo acabara de esa guisa? Amin, ¿qué pasaría? ¡No quiero acabar
hecha carne picada que se va por el desagüe! ¡¡¡No quiero morir así!!!
Al verla reaccionar de aquella manera, Ryuuji entrecerró los ojos. Sin embargo, no
estaba considerando entrar en acción. Tan solo pensaba. ¿Acaso Minori, además de
miedosa con respecto a aquellos temas, se flagelaba instintivamente a sí misma con
comentarios destructivos? Dicho de otra forma, parecía ser el tipo de persona que se
aterrorizaría a sí misma con sus propias palabras. Justo entonces...
—¡Oh! —exclamó Kitamura.
A medida que el resplandor que entraba por la ventana aumentaba, el resto del grupo
miró en esa dirección; por orden: Ami, Taiga, Ryuuji y Minori. La normalidad regresó.
—¡Hemos llegado! ¡Qué bonito! —Minori ya había vuelto a ser la de siempre.
Al otro lado de la ventana, el sol veraniego brillaba en el horizonte sobre el reluciente
océano Pacífico.
Bajo aquel azul celeste, agosto se mostraba con más belleza de la que cualquiera
podía ver.

* * *

—¡¡¡Madre... mía!!! ¡¡¡Increíble!!! —Minori no salía de su asombro.
Tras haberse bajado en la estación, habían caminado durante veinte minutos por un
camino que bordeaba la montaña. La vista los había dejado paralizados.

32
—Siento que os haya hecho caminar tanto —dijo Ami.
—Sí, seguro —rugió Taiga.
Ryuuji y Kitamura no pudieron decir nada. Se habían quedado sin habla y sin
posibilidad de moverse. Tenían los ojos abiertos al máximo. Se acercaron el uno al otro
como si fueran animales tímidos y siguieron observando los alrededores con asombro.
Aunque más que una mansión parecía un chalé, no se esperaban las dimensiones
enormes de aquella vivienda.
—Sí, sí que tiene dinero tu familia... Creo que esto es más que una carrera en el
sófbol. No sé ni por qué me sorprendo tanto. Si ya sabía que iba a ser el triple de grande
que mi propia casa —dijo Kitamura, agitando la cabeza.
—¿Qué dices, Yuusaku? Si es una casita de nada. ¡Del montón!
«Entonces, ¿nosotros estamos incluso por debajo del montón?», pensó Ryuuji.
El camino llevaba hasta unas escaleras de piedra, que a su vez llevaban a la orilla de
aquel mar tan grande que era el océano Pacífico.
La arena relucía y las aguas estaban limpias y claras. Las olas se desplazaban bajo la
luz intensa del sol, y, al romper, las gotas que saltaban parecían un aerosol de estrellas.
Todo era brillante; un paisaje sacado de un cuadro. El aroma de la sal impregnaba la brisa
húmeda, y el ruido de las olas era suficiente para que todo aquello cobrase vida.
La playa estaba desierta. Aquellas ondas de mar daban a parar a una cala rodeada por
un precipicio rocoso. No les pillaría por sorpresa si acaso les dijeran que la playa entera
fuese propiedad de la familia Kawashima.
Y entre las olas rompientes, el susurro del viento, el olor a verano y los rayos de sol...
se encontraba la mansión. La entrada era muy elegante, construida con piedra. Las ramas de
los árboles no permitían la visión de aquella vivienda en su totalidad, pero, aun así, era todo
un panorama. Aquellos muros, también de piedra, no eran para nada comunes en Japón.
Los lirios que habían crecido por la playa estaban con sus flores rosadas a la vista. Las
ventanas se encontraban al doble de altura de donde estarían en una casa normal.
—¡¿De... verdad... nos vamos a quedar aquí?! —preguntó Minori a Ami con un giro
del cuerpo bastante intenso. Precisamente con ese giro, la bolsa de viaje casi les golpea en la
cara a Ryuuji y a Kitamura. Ambos retiraron la cabeza justo a tiempo.
—¡Claro que sí, Minori! ¿Creías que no?
—¡Uah, uah, uah! ¡Esto es maravilloso! ¡Estoy emocionadísima! ¡Quedarme aquí es
como un sueño! ¡Venga, démonos prisa, Amin, Taiga! ¡Y vosotros dos también!
—Ja, ja. ¡No hace falta exagerar tanto!

33
34
A Ami no le molestó el comportamiento exultante de Minori. Al ver que ella se
había apresurado, Ami se puso en marcha y exclamó:
—¡Ah, cuidado! ¡No tropecéis!
Incluso Kitamura se había puesto a correr por las escaleras tras las dos chicas.
—Despacio, ¿vale? Si no, traspié asegurado —le advirtió Ryuuji a Taiga.
—¿Cuándo me has visto a mí tropezar?
En el momento en que Taiga se disponía a avanzar, Ryuuji la cogió por la parte de
atrás del cuello de la ropa. No solo era una torpe, sino que, por algún motivo, parecía estar
amnésica.
—Con cuidado, que puedes resbalar con la arena.
Ryuuji tomó a Taiga por el codo y trató de ayudarla con las escaleras, pero...
—¡No te me acerques, pu...!
—¿Pu...?
—¡Puñetero pervertido! ¿Qué tramas?
Aprovechando la confusión, Taiga se zafó. Después, le dio un buen golpe a Ryuuji en
la espalda, lo que lo dejó aturdido.
—¡Agh!
Ryuuji recobró el equilibrio tras caer rodando por un par de escalones. Taiga hizo
una pose altanera y lanzó una mirada penetrante a Ryuuji.
—Ve bajando las escaleras delante de mí. Así, en el improbable caso de que yo
tropiece, tu cuerpo estará ahí para detener mi caída. Entonces, y solo entonces, tendrás
permiso para que me toques. —Había mostrado ella una gran arrogancia.
Ryuuji, atónito e inmóvil, sintió un sudor frío por todo el cuerpo.
—Eres... increíble. No tengo palabras. Ha sido como si se me hubiera parado el
corazón...
—¿Ya estás con la cháchara? Menudo parlanchín... ¡Corta el rollo!
—¡¿Eh?!
—¡Que cierres el buzón! ¡Que te calles!
Otra muestra de abuso verbal. Al ver Minori aquella escena desde su punto de vista
particular, se dio la vuelta y dijo:
—¡Oh! ¡Taiga y Takasu ya están con el motor en marcha! ¡Aaaah! —Justo entonces,
tras hacer un gesto con los dedos de corte íntimo, tropezó con el último escalón y se cayó

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de boca contra la arena de la playa. Se quedó con las extremidades totalmente estiradas—.
¡Cómo quema!
—¡Minori, ¿te has hecho daño?!
Ami corrió hasta ella, pero...
—¡Estoy perfectamente! ¡Tengo la cara ardiendo un poco por la arena y por la
fricción, pero nada más!
Minori se levantó con una sonrisa y una pose de victoria e ignoró la huella de cuerpo
completo que había dejado en la arena. Luego, se giró hacia aquella mansión, o chalé, y
salió corriendo al grito de «¡A toda máquina!».
Por otra parte...
—Ah... La arena se me está metiendo en las sandalias.
Tras haber terminado de bajar las escaleras, el vigor que había mostrado Taiga había
desaparecido misteriosamente, y ahora había decidido actuar de forma tímida. Además, se
detenía cada vez que notaba las sandalias llenas de arena para agitar los pies.
—Si tanto te molesta, tendrás que olvidarte de andar por la arena, ¿no? —preguntó
Ryuuji, que caminaba por delante de ella.
Taiga frunció el ceño y se quejó de que la arena quemaba. No avanzó más. Ryuuji
pensó: «Qué tía más testaruda. Ya no sé qué hacer con ella».
—¿Qué te pasa, Aisaka? ¿Todo bien? Deja que lleve yo tus cosas —aportó Kitamura
repentinamente, cogiendo las pertenencias de Taiga. Se pudo ver que no le faltaba
musculatura, pues cargaba con lo suyo propio también.
—Ah...
—¿Te duelen los pies? Hemos caminado bastante... Perdona por no haberme dado
cuenta antes. —Sus ojos, que mostraban una mirada de preocupación por ella, rebosaban
de amabilidad, no obstante.
—¡No pasa nada! ¡Estoy bien!
—¿De verdad? ¡Sigamos, entonces!
Kitamura comenzó a caminar por delante de Taiga, quien se sacudía la cabeza, pero
se aseguró de no dejarla muy atrás para vigilarla.
Obviamente, la cara de Taiga estaba al rojo vivo. Con una expresión que estaba a
medio camino entre la felicidad y el tormento, ella no paraba de temblar y de rechinar los
dientes. La espalda se le quedó rígida como un tablón, y había empezado a caminar
sincronizando alternativamente pierna derecha con mano derecha y pierna izquierda con

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mano izquierda. Era una manera extraña de caminar, pero, al menos, ya se había puesto de
nuevo en movimiento.
Ryuuji reflexionó sobre sus propias limitaciones. No era capaz de demostrar una
cortesía hacia las chicas como la de Kitamura y tampoco gozaba de un físico tan atractivo.
Supo que si él hubiera sido una persona así, habría hecho lo mismo con Minori. Habría
cogido sus pertenencias para que no tuviera que cargar con ellas y le habría dicho: «Te has
quemado la cara, ¿no? Lamento mucho no haber podido protegerte y evitar la caída». Sin
embargo, la realidad fue distinta y lo único que pudo hacer fue observar todo, desde el
tropiezo hasta el grito de «¡A toda máquina!».
«Es inútil, no voy a conseguir nada» fue uno de los pensamientos que surgieron en su
mente. Estaba al borde de la depresión cuando...
—Aún no ha venido nadie de la familia en todo el año. Seguramente estará llena de
polvo, así que tal vez deberíamos hacer algo de limpieza.
—¡¿Qué?! —Ryuuji alzó la mirada—. ¿Limpieza, has dicho?
La mirada ya de por sí intimidante de Ryuuji se volvió aún más afilada. A él le
gustaba limpiar. No solo eso: le apasionaba limpiar. Le encantaba ver cómo una bayeta se
quedaba negra del polvo tras pasarla por una superficie sucia. Le encantaba ver cómo el
antimoho hacía su trabajo sobre una zona descuidada. Insertar el cepillo por un desagüe
mugriento le producía placer. Acabar con los hongos del baño, combatir el moho... Todo
aquello le provocaba una sonrisa de gozo.
Adoraba tener la casa en unas condiciones inmaculadas. Era tan escrupuloso que ni
dudaría si alguien le pidiera tener que lamer el suelo. Y todos los utensilios de limpieza
necesarios los tenía en un lugar accesible, lo que le facilitaba siempre la tarea. Si en el
mundo había personas a las que les gustaba el manga, personas a las que les gustaba la
música y personas a las que les gustaba el cine, también debía haber personas a las que les
gustaba la limpieza.
Una de las aficiones secretas de Ryuuji era hojear revistas sobre interiorismo. Si
tuviera el dinero suficiente, le encantaría conseguir los complementos de lino, entre otro
tipo de cosas, que tanto veía en dichas revistas. Su deseo de experimentar tanta elegancia se
mitigaba con el hecho a diario de ayudar a Taiga con las tareas del hogar —y ella tenía un
hogar de lujo—.
—Qué pasada... Demasiado para mí —dijo él llevándose instintivamente las manos a
la cara como una chica joven mientras contemplaba la mansión. Iba a tener la oportunidad
de limpiar una vivienda así. Bueno, a mí no me importa ponerme con la limpieza. Da igual

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cuánto haya que hacer. No me echaré atrás —añadió a la vez que sacaba de la bolsa un
trapo y algo que llamaba el palo Takasu: un trozo de algodón unido a dos palillos.
Ya estaba dispuesto para empezar. Justo cuando se disponía a pedir a Ami que
abriera la puerta...
—No, no, Amin. ¡Con esta maravillosa playa justo delante de nosotros, no puedes
mencionar algo como eso de limpiar! —Las palabras habían procedido de los labios de
Minori. Saltó sobre una pequeña verja de madera y se fue hacia el agua—. ¡Yuju! ¡Playa,
playa, playa! —Arrojó el calzado y los calcetines a un lado y corrió hasta la orilla. Se remojó
los pies—. ¡Qué fría! ¡Ja, ja, ja! ¡Venga, olas, venid a por mí!
Bajo aquel sol de verano, Minori dio unas cuantas patadas a las olas que se iban
aproximando. Sonrió, se dio media vuelta y llamó a los demás para que la acompañaran en
la diversión. Ami se quitó las sandalias, se arremangó las perneras y dijo:
—¡Yo también voy!
—¡Ya nos ocuparemos de limpiar más tarde! —aportó Kitamura, que ya estaba
descalzo y corriendo.
Los tres que ya estaban en el agua no pararon de gritar con felicidad lo fría que estaba.
—¡Eh, ¿no deberíamos limpiar primero?!
La pregunta de Ryuuji se la llevó el viento salado. Se giró hacia atrás y vio a la
persona que faltaba: la negada para la natación, a la cual no se la veía entusiasmada con el
océano. Ryuuji le dijo:
—Anda, Taiga. ¡Si aún sigues ahí! Tú también piensas lo mismo, ¿verdad? Prefieres
limpiar antes de ir a jugar al agua, ¿no? Claro que sí. Además, podemos perfeccionar
nuestro plan mientras limpiamos.
Justo después, al dar un paso hacia ella, Taiga lo evitó como si fuese un leproso.
—¡No te me acerques! Esa cara de pervertido que has puesto...
—¿Eh?
—Qué asco.
Taiga volvió la mirada a un lado y decidió ignorar a Ryuuji. Se quitó las sandalias
dando un par de patadas al aire y acabó por irse a la orilla, junto a los demás.
—¡Ahí viene! ¡Taiga, aquí! ¡Mira qué cantidad de pececillos!
—¿Eh? ¿Dónde? ¡Ah, qué fría!
—¡Al cabo de un rato te acostumbras!
Taiga se levantó el borde de la falda, se metió en el agua y se agarró del brazo de
Minori. Ryuuji se había quedado solo. «Todos están ahí, tan felices...», pensó.

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Aunque no podía desembarazarse de sus ganas de limpiar, no tenía sentido quedarse
allí. Como no quería arruinar el buen rollo que se respiraba, Ryuuji empezó a caminar hacia
la orilla, no sin antes darse la vuelta unas cuantas veces hacia la mansión. Luego, se quitó el
calzado y...
—¡Toma!
—¡Uah!
Le habían salpicado agua en la cara. El regusto de la sal se le pegó en la boca. Ami no
paraba de reírse.
—¡Venga, Takasu, vamos a jugar!
—¿Jugar? ¡Agh! ¡Oye!
—¡Ju, ju, ju! ¡Deprisa!
Aunque ella lo invitaba a jugar, le salpicaba agua una y otra vez a pesar de que Ryuuji
estaba totalmente vestido —salvo, claro, el calzado—.
—¡Venga, venga! —insistió ella.
Su sonrisa y su voz eran agradables, pero no lo eran tanto aquellas salpicaduras
perfectamente dirigidas a la cara de Ryuuji.
—¿Quieres pelea?
—¡Agh!
Ya no necesitaba contenerse más. Planeaba devolverle la jugarreta a Ami, pero
cuando lo intentó, ella se adentró en el agua. Ryuuji, al tratar de seguirla, se mojó la ropa sin
ni darse cuenta.
—¡Qué fría está! —exclamó él.
Ami, que se reía, se había arremangado las perneras hasta las rodillas. Si se ignoraba
qué clase de personalidad tenía ella, la escena podía parecer sacada de un anuncio de
refrescos o de una bebida energética. Las salpicaduras, las risas; Ryuuji empezó a sentir el
verano. Incluso las ganas de limpiar se habían desvanecido.
—¡Ja, ja, sí que está fría! ¡Takasu, eres un abusón!
—¡¿Fría?! ¡¿Tan fría como esta agua?! —Taiga había irrumpido y se había convertido
en el nuevo oponente de Ami.
—¡Ah! ¡Ya vale!
—¡¿Y estos piojos de mar? ¡¿Están fríos también?!
—¡Aaaaaaaaaaah!

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En efecto, Taiga había comenzado a arrojarle piojos de mar, que podían encontrarse
abundantemente por las rocas cercanas. La camiseta sin mangas de Ami se había quedado
llena de aquellos bichos.
—¡Dichosa enana! ¡¿Qué crees que estás haciendo?! —dijo mientras lanzaba de
vuelta los piojos de mar a Taiga.
—¡Calla y cómetelos, estúpido chihuahua!
—¡Tú eres la que incluye estas cosas en su menú!
Una lucha sin cuartel había dado comienzo. Ryuuji se acobardó y se dispuso a huir.
Sin embargo, alguien intervino:
—¡Miraos las dos! ¿A qué viene esta pelea? ¡Con las ganas que teníamos de hacer este
viaje!
Kitamura fue quien medió. Pero los piojos de mar también acabaron volando hacia él
por haberse interpuesto en la línea de fuego.
—¡Uah! ¡Quietas!... ¡No deberíais tocarlos! ¡Agh...! ¡Quítamelos, Ami! ¡Yo no puedo!
¡Por favor! —exclamó él.
—¡Ni hablar! ¡Estás lleno de piojos, Yuusaku! ¡Aléjate! —contestó ella.
—¿Qué? ¡Aisaka, quítamelos tú!
—Lo... siento...
—¿No me vas a hacer el favor? ¡Habéis estado tirándoos estos bichos sin parar!
¿Ahora os da asco quitármelos?
Lo que había dicho era cierto, pero sí que daba asco que un hombre lleno de piojos
de mar se acercara a una chica. Ryuuji sintió lástima, pero, al ver que tenía incluso en las
gafas, no hizo nada.
Mientras había lugar aquella persecución en el agua...
—¡Ja, ja! ¡Qué ridículo todo, ¿no?! ¡Cuántos piojos de mar!
—Sí...
Que Minori le hablara pilló por sorpresa a Ryuuji, quien la miraba a la cara.
—Bueno, a mí no me da asco coger pepinos de mar.
—¡Uah!
Ella le enseñó uno que llevaba en las manos. Aunque, por instinto, Ryuuji apartó la
cabeza, ella le dijo a continuación:
—Las aguas donde hay pepinos de mar están muy limpias. Estos animalitos, además,
están muy ricos.

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Minori estaba de muy buen humor. Después, tras cruzar los brazos en forma de
equis, lanzó el pepino de vuelta al agua.
—¡Ja, ja! ¡Las manos me apestan a océano! —comentó ella.
Tras olerse las manos, Minori sonrió aún más. Con tanta alegría y despreocupación,
Ryuuji también sonrió.
—Por cierto, Kushieda...
—¿Mmm?
No podía olvidarse de su propósito. Tenía que aprovechar la oportunidad para llevar
a cabo el plan.
—Eso que se mueve ahí en el agua, ¿crees que se parece a una cabeza humana?
Había señalado a unas algas que estaban flotando en la superficie. Pero, según desde
dónde se mirase, podían parecer una cabeza. Ryuuji esperaba que Minori, siendo como era
ella, diera rienda suelta a la imaginación y acabara asustándose. Y, precisamente, Minori
empezó a sentir escalofríos.
—¡Ugh! ¡Ah! Un cadáver... ¡Un cadáver! ¡Esta agua que estoy tocando ahora mismo
tiene un cadáver flotando en ella! ¡Uah!
Retrocedió con un salto y, agarrándose al brazo de Ryuuji, se apoyó en él. Y con la
sensación de recibir el tacto de los dedos de Minori, más calientes de lo que creía, preguntó:
—¿Te encuentras... bien?
Un cosquilleo le recorrió todo el espinazo a Ryuuji. Podía haber muerto de los
nervios, pero no. Se sentía... muy bien.
—¡Claro que no! ¡Estamos sobre aguas cadavéricas!
La cara de Minori estaba muy roja; el miedo era real. Ya no había rastro de la sonrisa
que llevaba hacía un momento. Ryuuji, naturalmente, tuvo una pequeña sensación de culpa.
—Perdón por... decir algo raro. Son solo... algas.
Aunque Ryuuji le había dicho la verdad...
—¡Aaah! ¡Entonces es el cadáver de unas algas!
Minori dio otro salto y rodó por la orilla. Ryuuji pensó: «Según su lógica, ¿la carne, el
pescado y todas esas cosas que venden en el supermercado también serían cadáveres?».
Antes de que tuviera la ocasión de consolarla, ella ya se había ido corriendo hacia la
mansión. Vio que Ami estaba un poco sorprendida, probablemente porque había visto lo
sucedido.
El plan se encontraba en una fase preliminar, pero Minori ya había mordido el
anzuelo.

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CAPÍTULO 3

—Eh, Takasu, Ami tiene una moto y me ha pedido que vaya a comprar. Las chicas se
van a quedar limpiando. ¿Por qué no te...?
—¿Mmm?
Al ver a Ryuuji alzar la vista, la cara de Kitamura se quedó rígida por un momento.
En la mano derecha, Ryuuji llevaba el palo Takasu; en la izquierda, un pulverizador.
Además, en el regazo, un paño seco; a su lado, un cubo y un paño mojado. Llevaba puestos
guantes de goma y se encontraba a cuatro patas intentando pulir la parte inferior del
fregadero de aquella cocina de estilo occidental. Tras unos instantes, se quitó los guantes, se
incorporó y preguntó:
—¿Cómo? ¿Has dicho algo?
—Ah, no... Da igual. Así que aún sigues... Te gusta mucho esto de limpiar, ¿eh?
—Bueno, merece la pena hacerlo —contestó antes de arrodillarse y echar un nuevo
vistazo al fregadero. Se relamió los labios al notar que los tenía secos.
Aquella mansión era más maravillosa de lo que había imaginado. Tenía dos pisos. En
el primero había una sala de estar enorme con una chimenea, un comedor con vistas a la
playa y una cocina con barra y mesas. En el segundo, aunque él no lo había comprobado
personalmente, había cinco habitaciones. En ambas había varios cuartos de baño.
—Ya sé que nos dijo que esta mansión tenía cinco habitaciones, pero... esto es
demasiado. La sala de estar es más grande que mi propia casa —indicó Ryuuji.
—La casa de Ami de cuando ella vivía en mi barrio era más grande aún que esta
mansión. Y el apartamento que tiene en plena ciudad seguro que también lo es. Es algo
increíble. Por decirlo de esta manera, ella... pertenece a la élite.
—Conque a la élite...
Tanto Ryuuji como Kitamura se llevaron las manos a la cara, igual que dos ancianitas,
y acabaron mirando al techo, del cual había colgando un ventilador que no paraba de girar.
Se sentían como si estuvieran en otro mundo. No sabían por qué había un ventilador allí,
tan alto, pero no pudieron hacer más que suspirar.
—Yuusaku, aquí tienes la llave. ¿Y bien? ¿Va a ir Takasu contigo?
La chica perteneciente a la élite acababa de asomarse por la entrada. Ryuuji seguía sin
tener idea de qué iba aquello de ir a comprar.
—Ah, no. Parece que Takasu está concentrado con la limpieza. Iré yo solo.

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—¿Eh? No, hombre. La moto no tiene cesta incorporada, y tampoco es un escúter,
así que no podrás dejar las cosas entre los pies. Ya te digo yo que te hará falta alguien que
lleve la compra.
—¿Y si vienes conmigo?
—Si me voy de aquí, no quedará nadie que sepa dónde está todo en esta casa, ¿no?
«Ah, ya entiendo», pensó Ryuuji. Alzó la mano y propuso:
—Llévate a Taiga. No se le da muy bien limpiar, por lo que no creo que sea de
mucha ayuda si se queda aquí. ¡Eh, Taiga!
—¡¿Qué pasa con esos gritos?! —respondió ella.
—¡Uah!
Taiga estaba muy cerca de Ryuuji, algo que él no sabía y que le sorprendió. No se
sabía si había estado limpiando el suelo, si estaba sentada sin hacer nada o si había notado
la presencia de Kitamura y por ello se había acercado sigilosamente. En cualquier caso,
estaba allí mirando, a cuatro patas, con la cabeza metida entre las piernas de Ami.
—¡Oye, no metas la cresta donde a ti te dé la gana! —le reprendió Ami.
Taiga no hizo caso y la agarró por las rodillas. Después, miró únicamente a Ryuuji.
No podía dirigir la vista hacia Kitamura.
—Necesitamos que alguien vaya a comprar con Kitamura. Se me ha ocurrido que
podrías ir tú —dijo Ryuuji.
Tras oír aquella sugerencia, Kitamura acercó las llaves a su cara y las agitó antes de
preguntar:
—¿Qué te parece? ¿Te vienes? Ya verás que en moto no se notará tanto que el
camino es cuesta arriba.
Repentinamente, Taiga se quedó tiesa. Se sonrosó y entrecerró los ojos. Aquella era la
expresión que solía indicar que estaba nerviosa o tenía miedo. «Ahí, ahí», pensó Ryuuji
mientras asentía con la cabeza. Ir en moto con Kitamura era algo que jamás se habría
imaginado ella, ni siquiera en sus sueños. Casi por casualidad, Ryuuji había acabado
ayudando a Taiga. La oportunidad era perfecta, pero...
—No, no quiero —contestó ella.
—¡¿Qué?! —Ryuuji se dio la vuelta como un demonio tras soltar aquel alarido. No
había expresado enfado, sino más bien incredulidad. ¿Por qué había rechazado la
propuesta?
Taiga, que desconocía los pensamientos de Ryuuji, apretó la cara contra las corvas de
Ami intentando ocultarse. Después, añadió:

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—Me dan miedo las motos. Por eso... no quiero.
—Eh, tú, ¿qué...? —preguntó Ami, que estaba notando cómo Taiga estaba
frotándose con su espalda.
Taiga se alejó, muy titubeante, hasta la pared.
—Seguro que Minorín dirá que sí. Voy a avisarla.
Fue la excusa perfecta para escapar, y eso hizo. Como había desaprovechado su
oportunidad, análogamente, ¿pretendía mantener a Minori alejada de Ryuuji? «¿Qué está
haciendo?», pensó él antes de ir detrás de Taiga. La cogió por el codo y la arrastró un poco
hacia atrás.
—¡Quieta ahí! ¡¿Qué leches pasa contigo?! —preguntó él en voz baja para que ni
Kitamura ni Ami pudieran oír nada.
—Cállate.
Taiga se zafó de Ryuuji con un codazo en el estómago. Luego, le dedicó una mirada
fría como el hielo y prosiguió:
—Tengo una idea. Yo actúo con lógica y razonamiento, no como tú.
—Timidez y nada más que eso... ¡Ugh!
Ryuuji recibió un sopapo.
—Un mosquito se había parado en tu boca.
No hubo más preguntas.

—¿A la compra? ¡Claro que voy! —exclamó Minori, tirando la bayeta a un lado. Se
montó en la moto y se fue al supermercado con Kitamura. Desde lejos, se podía oír cómo
gritaba: «¡Volando como el viento!».
Después de ver cómo desaparecían de la vista, Taiga dijo en voz baja:
—Mientras Minorín esté fuera, vamos a buscar un lugar donde podamos llevar a
cabo el plan. Cualquier sitio en esta mansión donde poder esconderse para pillar por
sorpresa a Minorín. Eres un perro; esto tendría que ser fácil para ti.
Ryuuji fingió no haber oído el último apunte ofensivo y asintió.
—Vale, pero todo se echaría a perder si Ami nos viese. Espera... ¿Adónde habrá ido?
Se dio cuenta de que Ami ya no estaba allí.
—Ni idea. Si nos pilla, habrá que asegurarse de que no descubra qué estamos
haciendo —añadió Taiga mientras empujaba a Ryuuji para que se apresurase.
Aquello no se correspondía mucho con la definición de actuar con lógica y
razonamiento. Volvieron los dos a entrar en la mansión.

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—Tú mira en el piso de arriba. La habitación más cercana a las escaleras es la de
Kitamura; la segunda, la tuya; luego, la mía; después, la de Minorín y la última es la del
estúpido chihuahua. Recuerda que esa niñata dijo antes que iba a cambiar las sábanas o algo
así.
—De acuerdo. Tú te ocupas del piso de abajo. Hay cucarachas, así que cuidado.
—¿Eh?
Ryuuji subió por las escaleras y dejó atrás a Taiga, que tenía una expresión bastante
extraña. «No creo que ella pierda contra las cucarachas», pensó. Al llegar arriba, se quedó
atónito al ver el pasillo tan ancho y la alineación de las habitaciones. Supuso que en la
construcción de aquella vivienda se había puesto una dedicación especial.
Haber contemplado el hogar de Taiga y, ahora, aquella mansión hizo que pensara en
la cantidad de gente rica que había en el mundo y en su casa relativamente acogedora.
Ryuuji caminó con cuidado y echó un vistazo a la habitación de Minori. Debía comprobar
si había forma de golpear a la ventana desde fuera.
El plan consistía en meterle a Minori un miedo en el cuerpo jamás visto antes.
Aunque a él le pareciese una estrategia patética, tenía que asegurarse de que la asustarían
entre aquel día y el posterior para que luego pudiera ejercer de caballero protector con
eficacia. Era una forma dudosa de evitar aquel futuro canino, cachorros incluidos, pero, en
lo que respectaba a un amor sin corresponder, había que ser un poco egoísta. El
remordimiento no iba a desaparecer de la mente de Ryuuji fácilmente.
Sabía que entrar en una habitación ajena de aquella manera era propio de un
acosador, pero también sabía que Minori no había deshecho el equipaje, por lo que no iba a
tocar nada que no fuese suyo. Entre debates propios, avanzó por el pasillo y...
—¿Eh? ¿Qué es esto?
Enfrente de las habitaciones había dos puertas de las que Taiga no le había hablado.
Ryuuji probó a entreabrir una despacio y, al ver un retrete, comprobó que era un baño. Se
encogió de hombros, apuntó con el dedo a aquel inodoro y pensó: «Ya volveré a limpiarte.
Estate preparado». Abrió la puerta del todo y entró.
—¡¿Pero qué diantres...?! —Se llevó otra sorpresa.
El interior estaba iluminado, pero él no había encendido la luz. No soportaba el
malgasto, incluyendo el de electricidad. Quiso apagarla, pero no sabía dónde estaba el
interruptor. Para buscarlo, entro aún más y, además de un lavabo, vio una bañera tapada
por una cortina. El interruptor estaba en la pared al lado de la puerta.

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Se quedó quieto por un momento. Notó humedad. «No puede ser», pensó. Quiso
calmar su intranquilidad y, para ello, apagó la luz.
—¡Aaah!
—¡Lo siento!... ¿Eh?
Hubo un grito de chica. Como acto reflejo, Ryuuji volvió a accionar el interruptor y
ladeó la cabeza. ¿Quién podría estar allí?
—¿Eres tú, Takasu? ¿Te importaría no entrar en el baño para chicas?
Al otro lado de la cortina se oyó el sonido de un grifo y, luego, el de cómo caía agua.
La humedad ya tenía explicación. Y la voz... era de Ami.
—¡Pe, pe, pe, perdón! ¡No me había dado cuen...! ¡Ah!
—¿Mmm? ¡Ju, ju!
Un brazo apareció entre la cortina. Ryuuji quiso huir, pero sintió cómo aquel brazo le
agarraba y le tiraba hacia atrás con gran fuerza.
—¡¿Qué estás... haciendo?!
—Oye —dijo ella con voz inocente, la cual no era suficiente para ahogar el ruido del
agua—, eres bastante atrevido, ¿no, Takasu? Vaya, no conocía esa faceta tuya. ¿Has venido...
a satisfacer tus deseos?
—¡No, no! ¡No he venido a propósito! ¡No me he dado cuenta!
—Va, no me vengas con excusas. Nadie nos está viendo... Estamos los dos solos...
—¡¿Eres tonta o qué?!
Ami, que parecía no tener buenas intenciones, dejó soltar una risita malvada. Tenía a
Ryuuji bien agarrado, y su voz no paraba de resonar como si fuera un encantamiento
paralizante.
—¿Es que no te alegras?... No se lo diré a nadie. Ni a Yuusaku ni a esa enana
celosona... Ni siquiera a Minori. Será un secreto...
La cortina se movió. A través de ella podía discernir una silueta que se ponía de pie
lentamente. «Espera un momento, por favor», pensó él. Estaba al borde de una muerte
figurada. De manera desesperada, se tapó los ojos con una mano.
—¡¿Qué, qué, qué es lo que pretendes?!
—Si es lo que tú quieres, Takasu, no me importa...
—¡Te equivocas!
—¿En serio? ¿De verdad... no quieres?
—¡¿Querer qué?!
—¡Esto!

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—¡Uah!
—¿Oh?
Ryuuji, al mirar hacia otra dirección que no fuese la de la cortina abierta, soltó un
grito ensordecedor y se cayó de espaldas.
—¡Ju, ju! —rio ella, mirándole a él—. ¡Jua, jua, jua, jua, jua, jua! —carcajeó a
continuación con la repetición de una ametralladora. Ryuuji estaba sentado en el suelo,
despatarrado.
—¿Eh...?
El cuerpo de Ami se contorsionaba allí, en aquel baño lleno de burbujas, a medida
que reía. Hizo un bailecito y señaló a Ryuuji sin abandonar la risa incesante.
—¡Madre mía! ¡Ta... ka... su! ¡¿Qué te creías?! ¡Mírate la cara! ¡Ja, ja, ja! ¡Qué bueno!
¡Me parto la caja! ¡Ja, ja, ja, ja!
Ami llevaba una camiseta y unos pantalones vaqueros, y tenía una esponja en la
mano. Estaba pasando el rato de su vida. Muestra de ello fue que no paraba de golpear la
pared entre carcajadas.
—¿Qué... estabas haciendo?
—¡Estaba limpiando el baño! Como a ti te encanta limpiar, supongo que dejaré que
me sustituyas. ¡Ji, ji!

—¡Ah, Ryuuji! ¿Qué tal en el piso de arriba? He encontrado la escalera que lleva a la
azotea y... ¿Eh? ¿Qué pasa?
Ryuuji había bajado los escalones prácticamente catatónico —una mezcla entre
conmoción, mortificación y vergüenza— y, como se había encontrado con Taiga, estaba
intentando comunicarse con ella haciendo mil y un gestos para tratar de decir lo que Ami le
había hecho. Tenía los ojos rojos y sabía que solo Taiga sería la única que no huiría al ver
aquellos rasgos intimidantes heredados. Cualquier otra persona le habría denunciado, como
mínimo.
—¿Qué? Ju, ju... ¿Ese estúpido chihuahua te ha hecho eso? ¿Sin más? ¿Ha fingido
que se bañaba? ¿Te ha tomado el pelo a lo grande? ¿A ti? ¿Te ha dado a entender que
estaba desnuda y quería seducirte? —No había explicación sobre cómo Taiga había
entendido las gesticulaciones de Ryuuji con tanta precisión. Él asintió mientras ignoraba el
tirón de orejas que le estaba dando ella—. En fin, ¿qué tal la exploración? ¿Has
comprobado la habitación de Minorín como es debido?

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Ryuuji negó rotundamente con la cabeza.
—¡Qué tío más inútil!
Tras oír aquella reprimenda, Ryuuji, más delicado que de costumbre, retrocedió hacia
la pared e, inconscientemente, se llevó la mano al bolsillo trasero, donde tenía guardado el
móvil. Si llamaba a casa, quizás Yasuko vendría a recogerlo y, luego, podría ahogar sus
penas conversando con Inko. Taiga prosiguió:
—¡No te escaquees! Eres un inepto sin remedio. ¡¿Cómo has podido dejar que ese
chihuahua de los cojones se haya burlado de ti?! Está bien. Ya iré yo a mirar la habitación.
Y, de paso, tendré una charla con esa petarda.
Ryuuji no sabía si aquello de tener una charla resolvería algo, pero supo que lo mejor
era dejar el asunto en manos de Taiga. «Sí, dile lo que tengas que decirle a esa tipeja», fue lo
que se le pasó por la cabeza. Le daba igual. El orgullo y la voluntad, cosas que tenía que
poner en práctica cuando tuviese que hacer de caballero protector, habían desaparecido de
su ser.
Taiga subió por las escaleras y gritó:
—¡Eh, estúpido chihuahua!
A Ryuuji le pareció que aquello prometía. Después, oyó el sonido de una puerta que
se abría, un chillido y algo que parecía una refriega. Luego, el silencio, que al alargarse
durante unos instantes, hizo que Ryuuji empezara a preocuparse por creer que algo habría
sucedido.
—Eres incorregible. ¿Qué te pasa en esa cabeza?...
Quien bajaba por las escaleras quejándose era Ami. Parecía estar llena de sudor y
bastante enfadada. Apartó a Ryuuji de un empujón, aunque él, en el proceso, pudo oler un
aroma que procedía de su pelo mojado. Sí, Ami llevaba el pelo mojado. A continuación,
Taiga también bajó.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó él.
Por algún motivo, el cuerpo de Taiga temblaba ligeramente, y llevaba en la cara una
marca roja con forma de mano. Tenía una expresión congelada y los ojos abiertos de par en
par. Contestó:
—Pues que he pillado al puñetero chihuahua... bañándose de verdad.
—¡No digas ni una palabra más! —replicó Ami, dándose la vuelta.
Ryuuji se preguntaba qué había pasado entre las dos, pero no podía abrir la boca.
Veía a Taiga bizca, algo que no era normal.
—¿Taiga? Vuelve en ti. ¿Qué has visto?

49
—Ryuuji. Ese chihuahua... ¡Puf! —respondió llevándose la mano derecha abierta al
pecho derecho—. Era como... ¡Puf! —añadió llevándose de igual manera la otra mano al
otro pecho. Luego, bajó ambas extremidades y volvió a alzarlas exageradamente como si
estuviera imitando una explosión—. ¡Puf! Ya sabes...
Ami dio un salto y le dio un golpe en la cabeza a Taiga.
—¡He dicho que no dijeras nada más!
En condiciones normales, aquello no era algo que el Tigre de Bolsillo dejaría correr.
Sin embargo, Taiga se acercó al teléfono y cogió papel y lápiz.
—Ryuuji. Ese chihuahua... Mira, así... Y esto es así... Como... ¡Puf!
—¡No vayas por ahí dibujando el cuerpo desnudo de los demás!
Aquel papel acabó hecho trizas.
Tuvieron que pasar treinta minutos para que Taiga consiguiera volver a la normalidad.

* * *

Aproximadamente una hora después del incidente, se oyó fuera el ruido de una moto
que frenaba.
—¡Hemos vuelto! ¡Eh, Takasu!
Ryuuji, que estaba dándole brillo a la cubertería, alzó la mirada como un perro
obediente; Minori le había llamado. Se dirigió, en zapatillas, hasta la entrada.
—¿Puedes echarme una mano con esto? —inquirió ella.
—¡¿Pero cuántas cosas habéis comprado?!
—Es que como somos cinco personas y nos vamos a quedar unos días, hemos
tenido que asegurarnos. También hemos traído té, condimentos; un poco de todo.
—Y tampoco debemos dejar que nos sobre nada.
—Mientras nos lo comamos todo... ¡Uf!
Minori, que estaba prácticamente arrastrándose por la entrada, cargaba con cuatro
bolsas hasta los topes. Al oír cómo se caía algo, Ryuuji se apresuró para cogerle las bolsas.
—Es mejor que no arrastres todo esto. ¿Qué está haciendo Kitamura?
—Está guardando la moto. Perdona, deja que lleve yo esta. ¿Qué se cuentan Taiga y
Amin?
—Kawashima estaba viendo la tele, pero como la señal era bastante mala, se ha
puesto a hablar por teléfono con sus padres. Taiga estará... en el baño, posiblemente.
Bueno, llevemos esto a la cocina.

50
Minori asintió. Ryuuji estaba contento y avergonzado a partes iguales. Se sentía como
un recién casado. Para ocultar su cara, comenzó a caminar por delante con las bolsas más
pesadas. Sin embargo, no podía olvidarse de su objetivo principal. Todo estaba ya
preparado.
—Ah, deja la comida aquí. Y eso también. Tenemos que separar los alimentos
congelados del resto.
—¡Vale!
Ryuuji había hecho que Minori se detuviera justo en la entrada de la cocina. Ella se
acuclilló y empezó a buscar en las bolsas.
—Veamos... Esto hay que dejarlo a temperatura ambiente, ¿no? Esta salsa para
curri..., también. Cebollita, ¿dónde te has metido? —pronunció ella.
Él fingió que rebuscaba en otra bolsa mientras miraba a Minori. Se dio cuenta de que
la parte del pelo donde tenía la raya se había enrojecido un poco por el sol, y el labio
superior lo tenía carnoso. «Qué guapa es... No, ahora no es el momento», pensó.
A Ryuuji se le secó la garganta por el nerviosismo, por lo que se la aclaró.
—Ku... Kushieda. ¿Esto va en la nevera? A lo mejor lo pone en alguna parte.
—¿Mmm? Déjame ver.
Le dio una lata de puré de patatas, que obviamente no debía ir en la nevera, e hizo
que ella leyera la etiqueta. Después de leerla, entrecerró sus ojos brillantes y...
—¡Agh!
Minori soltó un alarido convulsivo.
—¿Qué pasa?
Ryuuji se hizo el sorprendido, pero la pregunta le salió con un tono algo tranquilo.
—No, no, no, no, no... —Minori abrió los ojos al máximo. La cara se le quedó rígida.
Se puso a darse la vuelta una y otra vez, intercambiando miradas a Ryuuji y a su propio
hombro—. No, no, no... Hay algo... detrás de mí... Uah... ¡¿Qué es?!
Parecía buscar algo desesperadamente. Se apartaba el flequillo como si no creyera lo
que veía. Miró a Ryuuji una vez más.
—Quizás es tu imaginación. No hay nada.
Ella no respondió.
—¿Te pasa algo? —preguntó él.
—No..., creo. Habrá sido... Sí, nada. Claro... Sí, no ha sido nada...
Trató de convencerse a sí misma de ello dándose unos golpecitos antes de volver a
bajar la mirada hacia un bote de salsa.

51
Volvió a aparecer algo detrás de ella. Ryuuji sabía qué pasaba. Uno de los paneles del
techo estaba movido y, por el hueco que quedaba, colgaban algas de las que habían
recogido antes en la playa hasta la nuca de Minori. Unas cuantas de ellas, arremolinadas en
círculo, también se dirigían al cuello. Al final, hubo contacto con la piel. Por supuesto,
quien controlaba aquellas algas era Taiga desde arriba. Ryuuji dudó sobre si debía detener
aquella farsa.
La cara de Minori se heló. Se dio la vuelta muy lentamente. Taiga recogió las algas
justo a tiempo para que no hubiese rastro.
—¿Qué pasa, Kushieda?
Tras preguntar aquello, Ryuuji pensó: «Lo siento». Minori señaló, bastante confusa,
en la dirección equivocada. Sus ojos denotaban desconcierto.
—Estoy segura... de que... algo me acaba... de tocar. Era resbaladizo... o pegajoso...
como un alga.
«Es que era eso», se dijo él mentalmente. Ella añadió:
—El pelo de un cadáver que es como algas... Es como la historia del fantasma que se
enredó con unas algas y se ahogó... ¿Será el de una nutria marina? ¿El cadáver de una nutria
marina? ¿Una nutria marina cuya bolsa 7 estaba llena de vieiras muertas?
«Ya está», pensó él mientras suspiraba. Tal como esperaba, Minori se había montado
su propia historia rara y la había exagerado todo lo posible. Ya se encontraba apretando los
dientes y temblando por el miedo. Su parlamento no acabó:
—Estaba mojada... La parte que me ha tocado estaba mojada. Y el olor, buf. —Tocó
el resto que le había quedado en el cuello y se olisqueó el dedo—. ¡Uagh! ¡Lo sabía! ¡Huele
a algas!
—Pero...
—¡Es el cadáver de la nutria marina! ¡Es el tufo de las algas!
Minori extendió el brazo cuanto pudo, como si hubiera tocado algo asqueroso, y
corrió por el pasillo totalmente aterrorizada. Cuando vio Ryuuji que a ella podía entrarle
miedo con una ocurrencia tan trivial, tuvo ganas de darles gracias a los dioses por aquella
bendición.
—Me siento un poco culpable —dijo un momento después.
Los pasos de Minori remitieron. El panel del techo se movió aún más y, por el hueco,
Taiga se asomó. El polvo se le estaba metiendo en la nariz. Miró a Ryuuji.

7
Las nutrias marinas tienen una especie de bolsa formada por piel en la que almacenan alimentos cuando
se sumergen.

52
—Vas a ir al infierno por haber hecho esto, ¿sabes?
—¿Y tú? Eres la perpetradora.
—Y tú, el infractor. En fin, deshagámonos del estúpido chihuahua. ¿Crees que puedo
bajar saltando por este hueco?
—Ni se te ocurra. Es muy peligroso.
—Tranquilo, tranquilo —contestó ella intentando tantear la posible caída—. Ir a
coger la escalera sería un coñazo.
—¿De verdad vas a bajar por ahí? No te hagas daño, ¿eh?
—Que sí, que no soy tan torpe.
Por las experiencias pasadas, todo apuntaba a que se caería. Ryuuji lo creyó así y se
colocó justo debajo para atrapar a Taiga si era necesario. Ella empezó a deslizarse por el
hueco y...
—¡Ugh!
Antes de que Ryuuji pudiera preguntar por el motivo de aquel gemido, Taiga ya había
resbalado parcialmente, y estaba colgando del hueco. La cogió por los pies y evitó que se
cayera contra el suelo.
—Aaah... Esto pinta mal... ¡Se me resbalan las manos!
Taiga no tenía más apoyo que sus propios brazos. Pateó al aire con total futilidad. Su
voz ya estaba cargada de preocupación. Prosiguió:
—Tampoco me veo capaz de subir...
—¡Te lo dije! ¡¿Te lo dije o no?! ¡Venga, yo te cojo! ¡Suéltate!
—¡Ni hablar!
—¡¿Por qué no?!
—Seguro que me estás mirando las bragas, ¡perro pervertido! Aprovechas incluso
una ocasión como esta para ser un guarro. ¡Eres despreciable!
—¡Despreciable serás tú! ¡No me interesa lo más mínimo mirarte la ropa interior!
Ryuuji ya la tenía agarrada, pero Taiga intentó zafarse dándole patadas en la cara.
Justo cuando él consideró tirar de ella hacia abajo...
—¡Ah! ¡Ha aparecido el fantasma de las algas!
—¿Fantasma de las algas? ¿Cómo?
—¡O creo que podría ser el fantasma de una nutria marina!
—¿Una nutria marina? ¿Ese animalito tan mono?
La cara de Ryuuji palideció. Aquellas dos voces femeninas hicieron que se pusiera
más nervioso. El corazón parecía querer salírsele del pecho.

53
—¡Uah! ¡No, no, no, no!
Las dos que se acercaban eran, evidentemente, Minori y Ami. Y, al oírlas hablar,
Taiga empezó a patear con más violencia. Quería volver a trepar por el hueco de manera
desesperada. Aunque se llevó toda una colección de patadas, Ryuuji siguió conteniendo el
peso de Taiga e intentó empujarla hacia arriba. Sin embargo...
—¡Date pri...! ¡Agh!
Con la confusión, a Taiga se le cayó la linterna, que fue a parar en la nariz de Ryuuji.
Al mismo momento que él se dio de bruces contra el suelo por el dolor, Taiga consiguió
encaramarse por el hueco y volver a colocar el panel en su sitio.
—¿Y dónde está ese espíritu del que hablas? Aquí solo veo a Takasu. Por cierto, ¿qué
estás haciendo, Takasu?
—¿Eh? Qué extraño... ¿Qué pasa, Takasu?
—Nada, realmente...
Justo cuando se dio la vuelta para responder aquello...
—¡Aaaaaaaaah!
Un grito de terror al unísono, proveniente de las dos chicas, resonó. Ryuuji, que
desconocía por qué habían chillado, se llevó la mano a la nariz, que aún le dolía.
—¡Oh!
Se sorprendió al sentir un fluido viscoso y caliente. Se miró la mano y vio que estaba
cubierta de rojo: estaba sangrando. Quizás era el castigo por lo que había hecho. La linterna,
más bien, fue quien sentenció el castigo. Incapaz de dar explicación alguna, corrió a la
cocina y se lavó las manos y la cara.
—¿Qué mosca te ha picado, Takasu? ¡¿Será obra del fantasma de las algas?!
Después de preguntar aquello, Minori le dio un golpecito en la nuca a Ryuuji. No
pudo responder. Tras reducir la hemorragia a un simple goteo, se tapó la nariz y alzó la cara.
Ami estaba mirándole bastante sorprendida.
—Aquí tienes pañuelos. ¡¿Cómo ha podido pasar esto?! Ah, a lo mejor ha sido una
reacción de tu cuerpo por el estímulo... de antes. Ju, ju.
Ryuuji fingió que no había oído el murmullo y la risita de Ami y respondió:
—No. Es que me he metido el dedo en la nariz demasiado.
—¿Es que eres un niño de primaria?
Ami le dio un golpe bajo a su orgullo. Ryuuji se sintió avergonzado. Con cuidado,
para que Minori no lo viera, se tapó el orificio nasal con un pañuelo mientras pensaba: «Me
doy asco. Soy lo peor... Lo peor...».

54
—¡Eh! ¿Qué pasa? ¿Qué hacéis todos aquí juntos? —preguntó Kitamura, que hizo
acto de aparición.
—Ah, pues unas algas han hecho que Takasu sangre por la nar... ¡Oh! ¡¿Qué te ha
pasado?!
Al oír aquel aumento de volumen repentino, Ami y Ryuuji se dieron la vuelta y
miraron a Kitamura. Se quedaron sin habla.
—¡Ja, ja!
—¡Esta no es una situación como para reírse!
—Es que cuando he ido a guardar la moto en el cobertizo, he visto que había un lío
enorme dentro. Intenté empujar unas cosas bastante pesadas y... ocurrió una catástrofe.
Kitamura se reía. Su cuerpo goteaba aceite. Las gafas eran ahora gafas de sol, y tenía
varios cortes hechos en la cara y en el codo. Aquel aspecto había superado al de Ryuuji en
lo que se refería a estar sangrando.
—¡¿Te has roto algo, Yuusaku?!
Ami le arrebató los pañuelos a Ryuuji y se los ofreció a Kitamura.
—¿Y este escándalo? ¿Qué sucede?
Taiga, que era la que faltaba, se acercó. Miró a Kitamura, que parecía un pájaro
manchado de crudo, y a Ryuuji, que tenía las narices tapadas con pañuelos. Luego, frunció
el ceño.
—¡Achís!
El estornudo fue ensordecedor.
—¡Oh, no, no, no! ¡¿También le ha pasado algo a Taiga?!
—¿Eh? Bah, qué va... ¡Achís! Estaba limpiando y... ¡Achís! Había mucho polvo, por
eso... ¡Achís! Uah... ¡Achís!
Taiga se frotó los ojos enrojecidos mientras resollaba. El pelo, la ropa, las manos, las
piernas... El cuerpo entero lo tenía cubierto de pelusas. Como había perdido la linterna,
probablemente tuvo que arrastrarse a ciegas al subir por el hueco. Despedía polvo con cada
mínimo movimiento que hacía.
—Sois todos unos raritos. ¡Todos y cada uno de vosotros! —declaró Ami
abiertamente. Le quitó los pañuelos a Kitamura y se los ofreció a Taiga.
«Tranquila, que tú también eres rarita. Y mucho», quiso decir Ryuuji, pero solo se
quedó en un pensamiento.

* * *

55
Por todo lo que habían pasado —ir a la playa nada más llegar, ponerse a limpiar la
mansión, ir a la compra, tener encontronazos con el chihuahua—, se habían quedado
exhaustos. Dieron las cuatro de la tarde y ninguno de ellos comió nada.
—Qué atardecer tan placentero.
Ryuuji, que estaba de pie en aquella cocina a la que tanto trabajo de limpieza le había
dedicado, miraba por la ventana como si quisiera escapar de la realidad. La hemorragia se le
había detenido, se había cambiado de ropa y parecía estar disfrutando de la brisa que le
llegaba hasta la cara. «Sí, es un buen sitio», pensó.
Los brillantes rayos del sol comenzaban a desaparecer y, desde allí, se podía ver cómo
relucía el agua en el horizonte con un color anaranjado. También se podían oír las olas al
romper contra las rocas y los graznidos ocasionales de las gaviotas.
Para Ryuuji, que siempre había vivido en un municipio bastante poblado aunque
insuficiente como para llamarlo ciudad, aquel lugar era de otro mundo. Tenía el tipo de
ambiente idóneo para que un chico invitara a dar un paseo a una chica y hablar del futuro
con ella mientras caminaban por la playa y oían las suaves olas... Sin embargo, un grito
estridente invadió sus pensamientos y le trajo de vuelta a la vida real.
—¡Dichosa enana! ¡He dicho que lo sueltes!
—¡No! ¡No soporto lo picante! ¡Esta salsa no vale nada!
—Qué pesada. Si ibas a ser tan egoísta, ¿por qué no fuiste tú a la compra? ¡Esta salsa
está bien! ¡A mí me gusta lo picante! ¡Eh, Takasu, coge!
Ryuuji cogió la salsa que le pasó Ami. Se dio cuenta de que le estaban metiendo en
camisa de once varas.
—¡Agh!
La cara de Ryuuji se retorció de dolor. Casi de modo acrobático, Taiga había dado un
salto y se había agarrado a Ryuuji. En realidad, se había atenazado a él entre la cintura y los
pies. Después, acabó por encaramarse a la espalda.
—¡No!
—¡Oye, que eso duele!
Taiga zarandeó el brazo de Ryuuji como, precisamente, un primate lo haría con un
árbol. Él llegó a creer que se lo dislocaría.
—¡¿Qué haces?! ¡¿Estás loca?! ¡Bájate y déjame en paz! —dijo quejándose de nuevo.
—Ryuuji, tú serías capaz de preparar algo rico sin esta salsa, ¿no? Ya lo has hecho
otras veces. Eso de freír con harina y añadir especias. Pues hazlo esta noche, porque esta
salsa es una porquería.

56
—Egoísta —murmuró Ami—. Lo más fácil es usar esta salsa. ¡Y sabe bien! —añadió.
—¡Los platos que prepara Ryuuji están mucho mejor!
Las dos le estaban prácticamente gritando en los oídos a Ryuuji. Y, con el zarandeo,
al final quedó arrodillado. Se quitó de encima a Taiga con una mano y empujó a Ami con la
otra. Indicó:
—¡Vale, vale! Pero, Taiga, no tengo aquí las especias que suelo usar, así que no
conseguiré que tenga el mismo sabor.
—¿Eh?
—¡Ja! —expresó Ami con sorna.
—No soportas el picante, ¿no? Bueno, haré una parte por separado solo para ti.
Añadiré mucha leche y kétchup para que te guste —propuso Ryuuji.
—Oooh...
Taiga, aunque aún seguía descontenta, dejó de gritar, al menos.
—¡No la consientas tanto! —exclamó Ami, hinchando los mofletes, frunciendo el
ceño, entrecerrando los ojos y poniendo los brazos en jarra—. Takasu, ¡otra vez le estás
dando un trato especial a Aisaka! Si sigues así, las demás chicas van a cogerte asco. —El
enfado era en realidad parte de su actuación. Puso una pequeña sonrisa irónica y empezó a
mirarle con negatividad. Luego, bajó la voz hasta niveles mínimos, posiblemente para que
Taiga no pudiera escuchar el resto de lo que tenía que decir—. Incluso Minori, ¿sabes?
«¿Qué has dicho?», pensó él. Se había quedado totalmente quieto. Ami estaba lo
suficientemente cerca como para poder sentir su respiración en la oreja. Ella prosiguió:
—Lo sabía. Te has quedado blanco. Ju, ju. —Ya tenía una sonrisa plena con la que
desestabilizaba a Ryuuji—. Takasu, quizás debería contarle eso a Minori... Lo de que me has
espiado cuando estaba en la bañera...
—¡Pero si no te estabas bañando!
—Ju, ju. ¿Acaso hay testigos que confirmen tu coartada?
Ami se apartó el pelo y se alejó un poco. Sí, parecía una muchacha hermosa por fuera,
pero en su interior había una oscuridad demoníaca capaz de filtrarse por cualquier
superficie. Ryuuji no pudo decir nada más. «¿Por qué ha...? ¿Acaso sabe que Minori me
gusta?», pensó.
En medio de la tensión que se había generado allí entre Ami y Ryuuji...
—¿Qué has dicho sobre Minorín?
Taiga miró intermitentemente a Ryuuji y a Ami. Él tragó saliva, mientras que ella
contestó:

57
—Nada.
Pero había alguien más presente.
—¿Eh? ¿Me habéis llamado?
No se sabía cuánto tiempo llevaba allí Minori. Estaba sonriendo con inocencia, y sus
ojos deslumbraban al mirar a aquellas personas que eran sus amigos. No parecía saber lo
que Ami había dicho hacía unos momentos. Ryuuji se humedeció los labios discretamente.
—¿Mmm? ¿Ya te sientes bien, Minorín?
—Sí. He estado descansando un poco en la cama, y se me había ocurrido venir a
ayudar a la cocina. Je, je. Quería ver las habilidades de Takasu con el cuchillo. Según mis
informes, es capaz de cortar una cebolla en diez segundos.
Al ver aquella sonrisa, a Ryuuji le entraron ganas de postrarse ante Minori. Por culpa
suya y de Taiga, ella se había quedado descansando todo aquel tiempo. Y ahora estaba allí
con ellos, delante de la perpetradora, el infractor y el estúpido chihuahua, y se encontraba
dedicándoles una sonrisa más adorable que la de cualquier otra persona en el mundo.
—En diez segundos es imposible, probablemente —dijo mientras trataba de mirar a
otra parte con desesperación. No quería defraudar demasiado las expectaciones de Minori.
Cogió hábilmente tres cebollas con una mano—, pero en quince segundos sí.
—¡Oh! ¡Te tomo la palabra! Me gustaría observar cómo lo haces. ¿Te puedo ayudar?
Esta noche vas a ser el jefe de cocina, ¿verdad?
Se le saltaron unas lágrimas a Ryuuji, pero no por las cebollas, que aún tenía que
cortar, sino por las palabras que le había dedicado Minori. Estaba muy contento porque
alguien le había ofrecido ayuda. Y, mejor aún, de quien más quería oír aquello. Se dio la
vuelta sin pensar y acabó mirando a Taiga.
—¿Mmm? ¿Y esa mirada?
Por supuesto, ella no tenía ninguna intención de echar una mano. Se había sentado
ruidosamente en una silla y estaba jugando con un yogur que estaba sobre la mesa. En
cierta manera, a Ryuuji le habría encantado oír cómo Taiga se ofrecía a ayudar.
—Está bien, Kushieda... ¿Por qué no pelas las patatas?
—¡Vale! Mmm, no veo el pelador. ¿Cuántas quieres? —preguntó después de meter la
mano en la bolsa y sacar un par de patatas pequeñas con sus delicados dedos.
—¡Ah, me siento como nuevo! —Se oyó el sonido de unos pies descalzos que se
acercaban a la cocina—. ¿Ya has empezado a preparar la cena? Sabes que a mí se me da
fatal, pero, al menos, ¡podrías haberme avisado para que pusiera la mesa!

58
Era Kitamura, quien acababa de volver de darse una ducha, y olía a jabón. Dio unas
palmadas a Ryuuji en el hombro.
—Tío... Tu ropa...
—¡Hace un calor...! ¡Anda! Fallo mío. No sabía que las chicas estaban aquí contigo.
Taiga, que se había dado la vuelta al oír la voz de Kitamura, soltó el yogur. Se cayó de
espaldas de la silla y se dio un golpe en la cabeza contra la pared. Parecía como si se hubiera
tragado veneno, ya que la cara le fue cambiando de color: rojo, azul, blanco... Buscó un
lugar para esconderse, sin despegarse mucho de la pared. Al final, se ocultó detrás de Ami,
con quien había estado discutiendo hacía unos instantes. Precisamente Ami no se había
dado cuenta aún de la situación, y estaba revolviéndose para apartar a Taiga.
—¿Qué crees que estás hacien...? ¡Ah!
Por fin lo vio. No podía creerlo. Ami pestañeó, confusa, antes de mirar fijamente a
su amigo de la infancia. Después de haber visto lo que ella creyó conveniente, prosiguió:
—¡¡¡Yuusaku!!! ¡¿Te has vuelto majara?!
Ryuuji estaba de acuerdo con aquella reacción. No obstante, Kitamura soltó una risa
y agitó la cabeza, aún mojada, sin ningún indicio de vergüenza.
—Había dejado mi ropa en la habitación. Iba de camino allí.
—¡¿Y por qué te has parado aquí?!
—Porque he visto a Takasu.
—¡¿Eres tonto de remate?!
—¡Ja, ja, ja! ¡Quién iba a pensar que vosotras también estaríais aquí!
«Este tío, que está en el consejo estudiantil y es el capitán del club de sófbol, no sabe
mucho de disimular», pensó Ryuuji. Kitamura tapaba las partes pudendas con una toalla.
Incluso en opinión de Ryuuji, tenía un físico atlético que daba envidia. Estaba enseñando
más que cuando llevó el bañador ceñido en la piscina. Si se le miraba desde detrás, era
probable que el trasero estuviese a la vista.
—¡Taiga! ¡Vuelve con nosotros!
—Uah...
Ella, que había estado en la posición perfecta para ver a aquel muchacho despistado
desde detrás, había sufrido algo parecido a un desmayo. Estaba en posición fetal y no
paraba de mirar a la pared. Probablemente, había visto la retaguardia. No parecía que
estuviera acostumbrada a ver a los demás de aquella manera.
—¿Es que eres un exhibicionista o qué? ¡Por favor! —le reprendió Ami, además de
lanzarle una mirada fría.

59
—Ju, ju. Yo, Kushieda, no me amilano tanto ante los exhibicionistas —susurró
Minori con voz grave mientras alzaba la cara—. ¡Venga, narcisista, voy a sacar una foto de
tu cuerpo desnudo!
Minori se lanzó al suelo con extrema rapidez, cerca de los pies de Kitamura, y se dio
la vuelta como si estuviera haciendo breakdancing.
—¿Qué...? ¡Corta el rollo!
—¡Ja! ¡Demasiado tarde! Si esto no te da vergüenza, ¿verdad? ¡¿Vas a pedirme que
corte el rollo?! ¡Esto es la ley de la selva y te voy a sacar una foto sorpresa, tío flipado!
Ella sacó el móvil del bolsillo y apuntó con él a Kitamura. No se supo si llegó a sacar
una foto realmente, pero aquello... y aquel trasero expuesto... sería algo que no olvidaría
ninguno.
—Pues... ¡sí que me da vergüenza!
Ante aquella revelación de autoconsciencia, Kitamura se dispuso a marcharse de la
cocina. Y precisamente en aquel momento... la toalla que estaba tapando lo justo se cayó al
suelo. Ryuuji dio un brinco para evitar que las chicas vieran demasiado. Con una acrobacia,
cubrió las partes pudendas de Kitamura con un plato.
—Se me ha quedado una imagen en la retina... Algo... ¿negro? —Minori parecía
haber visto algo por el rabillo del ojo. Se sentó en el suelo y ladeó la cabeza—. Puede que
sea... el fantasma de las algas.
«Olvidémonos de esto», pensó Ryuuji. Se giró hacia Minori y dijo:
—Kushieda, yo me encargo por ahora. ¿Por qué no vas a descansar en la sala de
estar? Ya te avisaré cuando el curri esté preparado, ¿vale?
—¿De verdad? Bueno. Se me ha quedado grabada la imagen del fantasma de las
algas...
Minori se fue de la cocina con cierta indecisión. Una vez desapareció de la vista, los
ojos de Ryuuji se giraron bruscamente como si estuviera poseído.
—¡Ya te vale, tío! ¡Ya te vale!
Le dio un golpe en las nalgas con un plato —el cual a Taiga no le importaría usar más
tarde—. Continuó:
—¡¿Has venido única y exclusivamente para hacer este numerito?! Si piensas
presentarte para la presidencia del consejo estudiantil, ¡no te voy a votar!
—¡Estoy meditando sobre lo sucedido!
Ryuuji echó de la cocina a quien consideraba su mejor amigo y le pidió que fuese a la
habitación. «¿Qué le pasa en la cabeza?», pensó. Le habría encantado enseñarles aquella

60
situación a las admiradoras de Kitamura; entre ellas, especialmente a Maya y a Nanako. Le
habría gustado hacerles saber que su querido Maruo había hecho algo tan insensato como
aquello. También se imaginó una conversación entre él, Noto y Haruta acerca de cómo
Kitamura podía ser tan popular a pesar de todo.
—Madre mía —dijo Ryuuji quejumbroso.
Aunque había vuelto a seguir pelando las cebollas, estaba enfadado. Por fin había
conseguido una oportunidad para estar junto a Minori en la cocina, y esa oportunidad se
había echado a perder por culpa de quien menos esperaba: Kitamura.
—Ah... Qué lástima me da Minori —murmuró Ami con tono de felicidad.
—Kawashima, ven aquí y ayúdame. Tu amiguito de la infancia ha liado una bien
grande —respondió Ryuuji enojado mientras le indicaba, gesticulando con la barbilla, las
patatas que había que pelar.
—¿Eh?
Ami puso mala cara, y a Ryuuji le entraron ganas de decirle que se ahorrara cualquier
protesta. Ella soltó un bufido y, dándose la vuelta hacia Ryuuji con una sonrisa, le dijo:
—¿Por qué debería ayudarte?
Él no sabía con qué palabra quedarse para describir aquella personalidad; egoísta,
tiránica, intolerante, arrogante, etcétera. «¿Por qué tengo que cocinar? ¿Por qué yo, la
preciosa Ami, tengo que pelar unas patatas? Oh, ¿por qué yo, Ami, que soy una modelo
rica y pertenezco a la élite, tengo que hacer de pinche de alguien como tú?», pensó ella.
Ryuuji sabía exactamente qué era lo que Ami quería decir, así que se limitó a asentir
con la cabeza.
—Pues vale. Llévale algo de té a Kushieda.
—¿Eh? Pero si iba a quedarme aquí a ver cómo cocinas, Takasu... ¡Ugh! —Ami
apartó la cara en cuanto Ryuuji cortó una cebolla por la mitad—. Vale, vale. Le llevaré el té.
Si es que no puedo vivir en paz... Increíble...
Ami, a quien se le pusieron los ojos de color rojo, salió de la cocina algo disgustada.
Ahora solo quedaban allí Ryuuji y Taiga.
—Oye, ¿estás bien? —le preguntó él.
Taiga estaba junto a la pared. Respiraba con dificultad y le temblaban los hombros.
La impresión que le causó haber visto el trasero de Kitamura debió ser enorme. Y,
probablemente, aún no había olvidado el trauma de haber visto desnuda a Ami. Sin
pensarlo, Ryuuji alargó la mano y cogió a Taiga por el brazo para ayudarla a incorporarse.
—Venga, no es el momento de estar preocupándose por cualquier cosa —añadió él.

61
Taiga apartó la mano de Ryuuji y se puso de pie ayudándose de la pared.
—Estoy bien... Superaré este trauma pensando en un trauma aún mayor... Los
melones de Yasuko, los melones de Yasuko, los melones de Yasuko... Oh...
—Un respeto a mi madre.
Después, Taiga agitó la cabeza de lado a lado. Ya respiraba con normalidad. Miró a la
cara a Ryuuji y le dijo:
—Eres un perro mentecato. —También había vuelto a la normalidad la forma que
tenía de dirigirse a Ryuuji—. Me has dejado estupefacta. ¿Cómo has podido fastidiar esta
ocasión de cocinar con Minorín? Para una cosa en la que eres mañoso...
—Bueno, ya no hay nada que hacer. La culpa no ha sido mía, sino de Kitamura.
—¡Ya estás otra vez culpando a los demás! ¡Por eso los perros son seres inmundos!
¡No te das cuenta del aprieto en el que estamos!
Tras decir aquello, Taiga se apartó el pelo y puso una expresión que parecía indicar
que se apiadaba de Ryuuji. Lo miró fijamente.
—¿A qué te refieres? ¿Qué aprieto?
—Las cosas no están saliendo bien. La has medio asustado, pero no has movido
ficha. No estás poniendo ningún empeño en acercarte a Minorín. Es que me parece
increíble.
—No digas eso. Además, ¿se ha asustado o no se ha asustado? Lo que hicimos antes
tuvo éxito.
—Pero no el plan no avanza. ¿Crees que con lo de antes es suficiente?
—Bueno, tengo mis dudas, pero...
Taiga chasqueó con la lengua e interrumpió a Ryuuji como si no quisiera seguir
escuchando una respuesta inútil.
—Déjate de excusas. Estoy cooperando. Haría lo que fuese para evitar ese futuro de
pesadilla. Pero no puedo manipular el corazón de Minorín por ti. Eso corre de tu cuenta.
En resumen, no te he visto hacer el más mínimo esfuerzo.
A Ryuuji no se le ocurrió nada que contestar. Miró a la cebolla que acababa de cortar
y pensó en silencio: «Tiene razón». Taiga prosiguió:
—Qué cara más irritante. A partir de ahora, deberías dejarte la piel en este asunto,
¿no te parece? Yo lo estoy dando todo. Más no puedo hacer. —Abrió el congelador y cogió
de nuevo las algas que había escondido allí por si era necesario volver a hacer uso de
ellas—. Aunque sea repetitivo, no tenemos otra opción. Mejor esto que nada. —Rompió

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con sus propias manos el hilo que había usado antes, del cual colgaron las algas. Luego,
cogió una escoba y pegó las algas al extremo—. Ya está, un nuevo fantasma.
—Qué simple.
Taiga se asomó por un ventanuco de la cocina.
—Si salgo por aquí, podré llegar por fuera hasta la sala de estar. Como Minorín estará
sentada en el sofá que está justo donde la ventana, la abriré y la pillaré por sorpresa con
esto. Tú tendrás que fingir que yo sigo dentro.
—¿Fingir? ¿Cómo?
—Yo qué sé. Piensa un poco, joder.
Taiga se quitó las zapatillas. Justo cuando se disponía a salir... tiró sin querer un tazón.
Los dos se quedaron de piedra por un momento. Al parecer, nadie se había dado cuenta.
Ella recogió el tazón, lo puso donde estaba y salió por el ventanuco.
Debía fingir que Taiga seguía cerca. Para ello, decidió...
—¡Oh! ¡Así se hace, Taiga! ¡No sabía que se te daba tan bien!
Mientras resonaba el cuchillo al cortar la cebolla, Ryuuji fingía que conversaba con
Taiga en voz alta. Esperaba que el volumen fuese suficiente para que le oyeran. Continuó
con la farsa:
—¿Me puedes pasar ese cuenco? ¡Gracias! ¡Vale, ponte ahora con las zanahorias!
¡Muy bien! ¡Lo haces de maravilla, Taiga! —Aquello no sonaba muy creíble, pero no podía
parar. Siguió alzando más la voz—. ¡Perfecto! ¡Ahora, Taiga, hay que...!
Y entonces...
—¡Aaaaah!
Un grito terrible provino de la sala de estar. «Genial. ¡Ha ido todo como la seda!»,
pensó él. Taiga volvió a entrar en la cocina por el ventanuco y, tras cerrarlo, chocó los
cinco con Ryuuji.
—Como estaba Minorín sola, le he tocado el hombro con esto desde fuera.
—¡Buen trabajo!
Ambos se felicitaron con el pulgar, asintieron con la cabeza y cogieron zanahorias
para aparentar que habían estado allí todo el tiempo.
—¡¿Y ese grito?!
—¿Qué ha pasado, Minorín?
Tras preguntar aquello Ryuuji y Taiga, respectivamente, se acercaron corriendo a la
sala de estar corriendo. Al llegar, vieron a Minori en el suelo, con las extremidades
totalmente extendidas.

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—¡Minori, ¿qué pasa?! ¡Despierta!
—¡Kushieda, vuelve en ti!
Ahora se habían acercado Ami y Kitamura. Minori estaba rígida y, por algún motivo,
estaba señalando a Kitamura.
—Ha, ha, ha, ha aparecido... En serio... Un espíritu con tu forma... ¡Tu doble
fantasmal!
—¡¿Qué?!
Minori había creído que se trataba del doble fantasmal de Kitamura. Apenas tenía
fuerzas y no paraba de retorcerse y de temblar. La cara se le sonrosó.
—Minorín...
Taiga, la perpetradora, se acercó tímidamente. Seguramente sentía la misma
culpabilidad que Ryuuji. Se sentó cerca de Minori, que preguntó:
—¿Taiga...? ¿De verdad... eres tú?
—Sí.
Le secó el sudor de la frente a Minori. Empezaba a arrepentirse.
—Taiga... Ten cuidado... Hay algo malvado en esta mansión... Oooh...
—¿Tú crees?
Ryuuji no podía mirar a Minori a los ojos. Sentía un dolor agudo en el pecho. Taiga
añadió:
—Minorín, aquí estoy para lo que necesites...
—¿Sabes... si el curri... ya está listo?
—Ni siquiera Ryuuji puede terminar de cocinar en menos de cinco minutos,
Minorín...
—Vaya... En ese caso, asegúrate... de que el mío... sea superpicante... Me gustaría
que... el picante se llevase volando... este miedo que tengo encima...
Minori, con mano temblorosa, acarició la mejilla de Taiga y, luego, cerró los ojos.
Había usado sus últimas energías. Taiga le susurró: «Vale, me aseguraré». Por el bien de su
amiga, era capaz de dejar a un lado su egoísmo y permitir que alguien tuviera un plato
especialmente preparado.
Ryuuji tomó una decisión. Si preparar un curri muy picante haría que el sentimiento
de culpa desapareciese, no se cortaría con el picante para nada.

Así pues, Ryuuji se transformó en un demonio de la cocina.
—¡Qué pasada!

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Hizo que la comida bailara en el aire como si fueran juegos malabares. Manejaba la
sartén como nunca. Ami, que estaba echando un vistazo, se había quedado atónita.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó Kitamura.
—¡Lava el arroz, y hazlo como si tu vida dependiera de ello!
Después, dirigió su mirada afilada a Taiga y le dijo:
—Taiga, ya sabes, ¿no?
—Sí. No tienes tus especias aquí. Tendrás que usar esto —contestó ella, asintiendo
con la cabeza.
Tenía en las manos la salsa que había originado una discusión anterior. En la etiqueta
ponía: «Extrapicante (Por favor, emplee este producto con moderación)». Era el deseo de
Minori, así que tenían que hacerlo. Taiga abrió la salsa. Aunque, para ella, una salsa tan
picante sería embarcarse en una nueva aventura, no tuvo más remedio.
Se tardaría unos quince minutos en acabar de cocinarse.
—He encontrado esto del año pasado. Tal vez aún nos sirva —dijo Ami.
Lo que había descubierto era curri y unas guindillas en un cajón de la cocina. Como
acabó añadiéndolo todo, la cuenta atrás de quince minutos se reinició.
Ryuuji no quería que la comida le saliera como si proviniera del comedor de un
centro escolar, así que puso toda la dedicación. Había cortado las patatas en trozos
redondos y las cebollas estaban en su medida justa. El curri, lleno de zanahorias y un poco
de carne de cerdo, estaba terminado.
—No sabría describir lo picante que es esto. El wasabi 8 hará que te arda la nariz y las
guindillas harán que te arda la lengua. La garganta se va a llevar un buen castigo... En serio,
va a ser una experiencia más allá de la definición de picante. He probado el curri y me ha
dejado un sabor que me ha llegado hasta la cabeza. Pero es lo que quiere Kushieda.
Todos se sentaron en la mesa del comedor, cada uno con un plato de arroz al curri.
No paraban de mirar a los labios de Ryuuji, que se habían hinchado. Se preguntaban qué
sabores potentes les esperaban —salvo él—. El sonido de las olas acompañaba, y el aroma
a comida fluía por el aire.
—Bueno, ya podéis hincar el diente. ¡Que aproveche!
—¡Que aproveche! —respondieron los demás antes de coger una cucharada cada
uno y llevársela a la boca.
El silencio imperó durante un solo segundo.

8
Es un condimento japonés muy picante por la sensación de ardor que deja en las fosas nasales.

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—¿Mmm? Pues no está muy fuerte —dijo Minori.
—Sí, está... normalito —añadió Ami.
—Aquí hay grasa —pronunció Taiga.
—¡No está mal, nada mal! ¡Justo lo que esperaba de ti, Takasu! —aportó el
exhibicionista.
Tres segundos bastaron para que algo parecido a una decepción corriera por las
mentes de aquellos comensales. Cuando fueron a tomar una segunda cucharada, se
detuvieron.
—¡Ah...! ¡Ahí está! ¡Ya lo siento!
—¡Está... que arde! ¡Agua, agua! ¡Necesito agua!
—¡Cómo pica! ¡Agh! ¡He derramado el vaso!
—¡Ah! ¡Cof, cof, mi... garganta! ¡Cof...!
Tras observar cómo se retorcían todos por el picor, Ryuuji dirigió discretamente la
mirada hacia Minori, que no paraba de recalcar la potencia del picante. Estaba emocionada,
y lo demostraba llevándose la cuchara a la boca una y otra vez. Luego, ella se dio cuenta de
que Ryuuji la miraba:
—¡Takasu! ¡Eres el mejor! ¡Pica que no veas! ¡Es de primera categoría! ¡Qué feliz soy!
¡Has superado todas mis expectativas! ¡Mis miedos se han ido de paseo!
Le hizo una seña de aprobación con el pulgar. Aunque la boca le ardía como si allí
estuvieran las llamas del infierno, Ryuuji estaba contento y avergonzado, en el buen sentido,
a partes iguales.
—Bueno, como me pediste que te gustaba muy picante...
—¿Eh? ¡¿Entonces lo has hecho superpicante solo por mí?! ¡Esto me ha llegado al
alma! En ese caso, ¡pido repetir!
Minori, que no paraba de reír y que tenía la cara al rojo vivo por el picante, le enseñó
a Ryuuji el plato vacío. Si hacer aquello le reportaba tanta satisfacción, a él no le importaba
hacerlo el resto de su vida. Por supuesto, no lo dijo públicamente. Cogió el plato de Minori
y volvió a servir otra ración.

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CAPÍTULO 4

Después de la cena tan picante...
—Está bien. ¡Dejad que recoja yo todo!
Minori, que era la única que conservaba un gran entusiasmo, apiló los platos vacíos y
los llevó a la cocina. Todos los demás comensales habían quedado inmóviles, y no paraban
de debatir mentalmente si la comida había estado picante pero buena o buena pero picante.
A pesar del dolor en sus bocas, habían repetido, y ahora se encontraban con los estómagos
llenos, los labios hinchados y tenían bastante fatiga. No parecía posible que pudieran
siquiera ponerse de pie.
Sin embargo, no habría sido educado dejar que solamente Minori se encargara de
recoger. Ryuuji acabó por levantarse y se dispuso a ir a ayudar, pero Taiga le cogió por la
camiseta.
—¿Mmm? ¿Qué quieres?
—Creo que he comido demasiado picante del tirón. ¿No hay nada que pueda
tomarme para estos ardores?
—¿Te duele la tripa?
—No estoy segura...
Ella frunció el ceño. No sabía cómo se sentía exactamente. Se frotó el estómago
repetidas veces y ladeó la cabeza.
—No me he traído nada para eso. Kawashima, ¿tú tienes algo?
—¿Eh? Creo que no... Solo hay aspirinas.
«¿Qué vamos a hacer ahora?», pensó Ryuuji. Llevó la mano a la frente de Taiga para
comprobar que no tenía fiebre. Kitamura se levantó y dijo:
—Yo sí tengo. He traído analgésicos, cosas para la digestión; de todo. —Luego, se
dirigió a Taiga—. Ven a mi habitación. Léete los prospectos y quédate con el que mejor te
venga.
No hubo respuesta.
—¿Qué pasa? —inquirió Kitamura.
Taiga estaba jugando con el lazo que tenía en la manga. Se había puesto nerviosa
porque la persona que le gustaba le había dicho aquello. «Ahora no es el momento de
ponerse tímida», pensó Ryuuji mientras la agarraba por el codo y la obligaba a levantarse.
—Venga, ve con él.

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Le dio un pequeño empujón por detrás. Aunque pareció que Taiga se caería,
consiguió poner en marcha las piernas y siguió a Kitamura. Ryuuji observó cómo se
marchaban por el rabillo del ojo.
—¡Ah!
—Te has quedado embobado.
No se había dado cuenta de que Ami se le había acercado. Ella se inclinó ligeramente
sobre la mesa sin que a él le diera tiempo a reaccionar. Ami prosiguió:
—Si tanto te preocupa esa chica, Takasu, deberías haber ido tú también. —Aunque
sus ojos se entrecerraron con malicia, puso una sonrisa. Aquello le parecía entretenido.
—¿Es que no puedo preocuparme por ella?
—Oh, te has puesto a la defensiva, ¿eh?
—Si a cualquier otro le hubiera entrado dolor de estómago, habría hecho lo mismo.
Da igual que hubiese sido Kitamura, Kushieda o incluso tú.
—¿Eh? ¿De verdad? Bueno, pues creo que... a mí también me duele —dijo, con
lágrimas de cocodrilo, antes de sentarse cerca de Ryuuji—. Bah, es broma.
Sin haberle dado ni un instante para que él se hubiera creído la mentira, Ami borró la
sonrisa de la cara, sacó un poco la lengua y se encogió de hombros. «¿¿Qué le pasa en la
cabeza a esta tía?», pensó Ryuuji.
Ya se había hartado de que se burlara de él, así que miró a Ami y contestó:
—Menuda eres.
—¿Qué?
Ami, probablemente consciente de la exasperación de Ryuuji, recuperó la sonrisa y
abrió los ojos cuanto pudo. Le brillaban como polvo de estrellas. Aunque aquella
muchacha era muy hermosa, en el fondo no era más que una perversa. Se había sentado
con una pierna cruzada sobre la otra y no paraba de mover la que estaba encima.
Ryuuji se apiadó mentalmente de todos los admiradores que tenía ella y, después,
sonrió.
—Eso que haces no me aburre, por decirlo así.
—¿Es un cumplido?
—Solo un comentario poco claro.
Básicamente, pensaba que Ami era una persona muy extraña. Sí, bellísima pero
malvada.
—¿Cómo que poco claro? ¿Qué quieres decir?

69
Ella ladeó la cabeza y puso una expresión adorable con bastante naturalidad. Quizás
Ryuuji debía reconsiderar su opinión y creer que Ami era como cualquier otra chica de
dieciséis o diecisiete años.
Una chica cuya apariencia, mirase como se la mirase, no se correspondía con su
personalidad. Aunque aquello tampoco le desquiciaba del todo a Ryuuji.
—¿Qué? Llevas un rato mirándome. ¿Acaso te he hechizado? Bueno, no me extraña.
Como soy tan guapa —dijo, totalmente encantada, a la vez que asentía con la cabeza—.
¡Ah, ya sé! Takasu, ¿y si vamos tú y yo a la playa y...?
—Huy, se me han olvidado un par de platos —interrumpió Minori.
Oyeron unos pasos. Minori, que tarareaba, había regresado de la cocina. Estaba de
buen humor. Comenzó a recoger la mesa y no expresó ninguna queja al ver que Ami y
Ryuuji se dedicaban a charlar sin echar una mano. Amontonó todos los platos y vasos e
intentó llevarlos con las dos manos.
—Podrían caérsete. Será mejor que solo lleves los vasos.
Ryuuji se había acercado y había cogido los platos.
—Ah, ¿vas a ayudarme? No tienes por qué, Takasu. Tú te has encargado de cocinar y
yo me encargo ahora de recoger.
—Da igual.
Mientras sujetaba los platos con una mano, limpió los bordes de la mesa con un paño
que llevaba en la otra. Se giró hacia Ami con la intención de pedirle que también ayudara,
pero...
—Estas cosas se me dan mal. Mejor me voy y dejo de estorbar.
Tras murmurar aquella excusa, Ami se levantó con media sonrisa y se marchó
rápidamente. «¿Tanto odia recoger la mesa?», pensó Ryuuji. En cualquier caso, él tenía la
suerte de haberse quedado con Minori. Agradeció aquel comportamiento de Ami.
—¿No te importa? Es que como estabas hablando con Ami...
Ryuuji negó con la mano. Ambos fueron a la cocina.
Minori ya había limpiado la cocina previamente, desde las sartenes hasta los cuchillos.
Había tanto orden que incluso Ryuuji debía reconocerlo. Mientras observaba sorprendido,
Minori le arrebató los platos de las manos.
—¡Pues ya está todo!
Los lavó en un abrir y cerrar de ojos. No había quejas al respecto.
—Menuda técnica tienes.

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—Je, je. Siempre me toca lavar a mí en el restaurante, ¿sabes? Y como siempre quiero
terminar cuanto antes... al final parece que he conseguido que se me dé bastante bien.
Y, así, Ryuuji había descubierto otro de los atractivos de Minori: la sonrisa
encantadora que ella había puesto al recibir su cumplido, con una mezcla de timidez y
vergüenza, además de orgullo. Por un momento, pensó que le hubiera gustado nacer con
aquellas cualidades. Admiraba la pureza de ella con toda su alma. Si hubiera sido una
persona como Minori, habría llegado a ser alguien directo y decidido. Si todas las personas
del mundo fueran como ella, no existirían las guerras o los desastres. Todos vivirían entre
risas.
Sin darse cuenta de la mirada reluciente de Ryuuji, Minori, que seguía riendo, miró
hacia arriba como si se hubiera acordado de algo.
—Te voy a dar algo genial, Takasu. —Abrió la nevera, metió la cabeza dentro y sacó
un par de trozos de tarta de mermelada. Ya habían comido un trozo cada uno después de la
cena—. Habían sobrado dos trozos. Luego podríamos hacer una competición de sumo con
ciertas reglas para darle emoción, como que no esté prohibido agarrar y eso. Je, je, este será
nuestro secretillo. Venga, comámonoslos. ¿Quieres té?
—Bueno. Té verde...
—¡Vale! —contestó, con una gran sonrisa. Luego, le entregó uno de los trozos de
tarta a Ryuuji y echó un vistazo por la cocina—. Si nos hubiera visto Taiga, ni te imaginas
lo que habría pasado. Es una glotona. Takasu, tenemos que comernos esto de un bocado.
Aunque Ryuuji quiso detenerla...
—¿Y si salimos a comer los trozos de tarta fuera?
Abrió la puerta en silencio. Como llevaba zapatillas, sintió que la arena era algo
incómoda bajo sus pies. Durante un momento, cerró los ojos al recibir un soplido de brisa
marina que casi le hizo retroceder. Vio el cielo totalmente estrellado. La luna iluminaba
pálidamente las olas que rompían en la orilla. El ruido que emitían le parecía más
placentero que el silencio absoluto.
—Cuidado.
—Vale.
Se sentaron con las piernas estiradas, de cara al océano. Minori dirigió la mirada hacia
el agua.
—Está bastante oscura. Ah, ¿esa es la luna reflejada?
Observaron un reguero brillante sobre la superficie acuática donde ella apuntaba con
el dedo. Ryuuji se dispuso a comerse el trozo de tarta.

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—La vista... es maravillosa, ¿no?
Dio un bocado. Ni siquiera se preocupó por el sabor. La verdad era que habían
acabado solos y, en principio, lejos de miradas ajenas. El pelo de Minori ondeaba con la
brisa, y la luna delimitaba su perfil en medio de la oscuridad.
—Takasu...
Los hombros de Ryuuji temblaron. Le costaba mucho no mirar a aquella chica, que
parecía atraerle como un imán. Ella continuó:
—¿Está bueno el té?
—Sí.
—¿Qué otros has probado antes?
—Pues uno que iba acompañado de judías rojas.
—¿Y cuál está mejor?
—El té verde.
Dio un segundo bocado. Luego, un tercero. Las cosas habían avanzado con relativa
normalidad, pero no sabía qué hacer a partir de aquel punto. ¿Se trataba de una
oportunidad? ¿De qué tipo? ¿De qué hablaría la gente en una situación como aquella?
Ryuuji hizo un esfuerzo y dijo:
—Oye, Ku... Kushieda, me preguntaba una cosa...
—¿Mmm?
—¿Tienes... novio?
Se arrepintió al instante. Por impaciencia, había traspasado un límite. No acababa de
creerse lo que había preguntado.
Minori no respondió. Permaneció en silencio como si no hubiera oído nada. «Este
silencio es lo peor. Minori Kushieda, por favor, te suplico que arregles este momento tan
incómodo con una de tus ocurrencias espontáneas. Por favor, haz como si nunca te
hubiera preguntado lo de hace un segundo», pensó él. De hecho, si pasaba otro segundo
más, tal vez habría muerto de nerviosismo.
—Eh, Takasu, ¿crees que el fantasma de antes sigue por aquí? El de las algas.
—¿Cómo?
—¡Fantasma de las algas! ¡¿De dónde provienes?!
Ryuuji escupió un poco de tarta. «¡Bien! Este tipo de locuras es perfecto para
disimular mi impertinencia», pasó por la cabeza de él. Sintió que el corazón le dejó de latir
por un momento. Minori le preguntó:
—Takasu, ¿has visto alguna vez un fantasma?

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Ella le estaba mirando directamente a los ojos. A pesar de lo absurda que fue la
pregunta, su mirada era seria e impávida, pero a la vez suave y frágil.
—¿Qué? No, pero...
—Yo creo que los fantasmas existen —dijo mientras asentía con la cabeza—. Sin
embargo, nunca he visto ninguno. ¿Sabes eso de los médiums? Pues no me creo que sean
capaces de comunicarse con los espíritus. Para mí, son solo gente que quiere sacar tajada.
En aquel momento, Ryuuji miró sin pensarlo a la cara, de perfil, de Minori. Ella, por
su parte, miraba al océano, como si buscara algo de lo que él no se había percatado.
Prosiguió:
—Creo que hay otra cosa parecida. Algún día encontraré a alguien a quien querré
muchísimo, saldré con él, me casaré y viviré muy feliz. Pero nunca he sentido nada especial
por nadie. —Movió los pies hacia delante y hacia atrás. No quitaba la vista del agua—. Es
normal que, ya en edad de ir al instituto, haya personas que se sientan atraídas por otras y
acaben saliendo por ahí hasta perder el interés y romper. Dicen que el amor verdadero
existe... Pues a mí me parece que está muy lejos. Al igual que hay montones de supuestos
médiums que aseguran haber visto fantasmas, yo dudo de si esas personas que aseveran
que el amor verdadero existe están realmente enamoradas. Es que no lo veo. Aunque crea
en ello, es algo que me esquiva una y otra vez. Nunca he sentido esas cosas que los demás
dicen sentir con naturalidad. Por eso no debería creer. Pienso que soy como una extraña.
Quiero creer, pero más o menos me he rendido. Lo único que puedo hacer es contemplar a
esos médiums del amor y animarlos mientras veo los toros desde la barrera. ¡Vaya sarta de
mentiras! ¡No son más que imaginaciones y elucubraciones!... Al menos, eso es lo que me
gustaría gritar, ya que no puedo quitarme de encima estas dudas. Así que la respuesta a tu
pregunta es no.
Minori soltó aquello de un tirón. Pareció preocupada por saber si Ryuuji había
entendido lo que había dicho al darse la vuelta y mirarle. Ella le lanzó otra pregunta:
—Takasu, ¿puedes... ver fantasmas?
Ryuuji se humedeció los labios y se aseguró de no ponerse más nervioso.
—Nunca he visto ninguno, pero... supongo que existen.
—¿Entonces eres como yo?
Negó.
—Yo soy alguien que quiere verlos. Incluso iría a un sitio encantado para comprobar.
Pero tú, en cambio, eres una persona que, sencillamente, cree. No es lo mismo. Porque a ti

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te dan miedo, ¿no? Digamos que, más bien, es cuestión de sensaciones. Al sentir algo, entra
el miedo.
Minori estaba en silencio, e incluso no pestañeaba. Miraba fijamente a Ryuuji, quien
trataba de averiguar por qué había empezado a dar su punto de vista sobre aquello. Le
hubiera gustado no haber oído lo que ella había dicho. Le hubiera gustado no haber oído
que ella pensaba que nunca aparecería una persona a la que amaría. Ryuuji, que esperaba
que algún día el amor que sentía por Minori fuese recíproco, tomó aquellas palabras como
una sentencia de muerte.
Incluso si ella no lo hubiera dicho, Ryuuji era consciente de que Minori no estaba
enamorada de él. Sentía dolor, pero, en lugar de lamentarse, quiso agarrarse a la posibilidad
de que, en el futuro, quizás ella viese algo en él.
Quería saber por qué Minori pensaba algo como aquello, puesto que era una chica
que podía hablar con total normalidad con los chicos. Ryuuji continuó:
—Tal vez sea otra cosa. Puede que ver fantasmas no sea algo habitual para la gente
que dice poder verlos.
—¿Eh?
—Ver un fantasma sorprendería a cualquiera, ¿no? Sería normal que creyeran que es
algo imposible. Hay personas que ven un fantasma por primera vez y, luego, al no volver a
ver más, se preguntan si fue tan solo un sueño o una ilusión. Y también hay otras que al
principio no creían en la existencia de los fantasmas y, al ver uno, acaban cambiando de
opinión. A ver cómo lo digo... Sí, es algo que no sería normal. Creo que se debe a que
piensan continuamente que quieren ver fantasmas y, tras poner todo su empeño, acaban
viéndolos. No sé, pienso que no deberías descartar la posibilidad de sentir esas cosas que
dices que quieres sentir. No hay que cerrarse en banda...
Ryuuji se dio cuenta de que Minori contenía el aliento a la vez que le miraba con los
ojos totalmente abiertos. No sabía en qué podía estar pensando ella, pero tuvo la sensación
de que, por lo menos, había captado el mensaje.
Por lo tanto, pudo seguir diciéndole más cosas a Minori:
—Espero que algún día puedas ver un fantasma. Espero que quieras verlo. Me siento
mal al decirte esto porque sé que te dan miedo, pero... puede que, en alguna parte del
mundo, exista algún espíritu que quiera que le veas. A ver... Hoy han pasado muchas cosas
raras, ¿verdad? Creo que un fantasma quería atraer tu atención.

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«Bueno, en realidad yo», pensó Ryuuji, pero, evidentemente, no lo dijo en alto. Un
momento después, Minori cerró la boca. Luego, miró al cielo y, perpleja, dudó y no
respondió. Ryuuji preguntó:
—¿Por qué me has contado todo esto?
Apartó la mirada de Minori. Sentía que se derretía. Ella tomó una bocanada de aire y,
con una sonrisa muy leve, contestó:
—Por algún motivo, he estado creyendo que un fantasma me perseguía. Sin embargo,
no lo he visto. Y ahora acabo de ver algo que se movía en el cielo y he creído que era un
ovni, pero no, no lo era. Algo que parece... y que no es. No sé por qué, pero he tenido
ganas de contártelo, Takasu.
—Pues qué extraño.
Una simple estrella fugaz que parecía un ovni. Ryuuji sabía lo que había sorprendido
a Minori: su definición del amor.
Encontrarse al lado de Minori no era algo debatible como los ovnis o los fantasmas.
Era real y estaba ocurriendo. Ryuuji se sumergió en sus pensamientos. Le bastaba con ser
feliz que Minori consiguiese ver lo que él sentía por ella, incluso si acabara cansándose de él.
Aquello sería mejor que el hecho de que ella nunca supiera que Ryuuji la quería.

* * *

—Ryuuji...
—¿Mmm? ¿Eres tú, Taiga?
Acababa de lavarse las manos tras haber orinado en el cuarto de baño.
Era la una de la madrugada. Todos se habían ido a la cama bastante temprano, tal vez
por el madrugón o por todo lo que había sucedido durante el día. Aquella atmósfera
nocturna estaba cargada de tranquilidad.
Una cara pequeña se asomó por la puerta del cuarto de baño.
—¿Qué pasa? ¿No puedes dormir? —le preguntó a ella en voz baja.
Cerró la puerta despacio para no despertar a los demás. Taiga se había escapado de la
habitación como un gato. Iba descalza.
—He reconocido tu forma de andar.
—Ni que tuvieras superpoderes.
Llevaba su larga melena recogida en una trenza. Tras frotarse la nariz con la manga
de aquel pijama veraniego que solía llevar también en su propia casa, Taiga asintió. Pareció

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un gesto algo infantil, pero no se la veía adormilada, ya que tenía los ojos bien abiertos.
Ryuuji tampoco estaba muy preso del sueño.
—¿Bajamos? —preguntó él, señalando a las escaleras.
—Sí.
—Hay que pensar en la estrategia de mañana. Y me refiero a pensar de verdad.
—Supongo que tienes razón. No podemos repetir los mismos sustos.
Mientras susurraban, ambos bajaron las escaleras sin hacer ruido. Atravesaron el
vestíbulo y llegaron al salón, que estaba totalmente oscuro. Encendieron una pequeña
lamparita de mesa antes de sentarse en el sofá.
Se podía oír ligeramente el sonido de las olas. Ryuuji intentó ajustar la lamparita de
manera que la luz incidiese un poco mejor sobre ellos dos.
—Vaya. Es una lámpara bastante cara —advirtió.
De hecho, aquel objeto tenía un acabado mate de color rosa, y los adornos eran de
cristal violeta. Al pasar la luz por la pantalla, se creaba un ambiente de calidez. Además,
tenía un diseño de art nouveau, en el que se representaba una libélula alrededor de flores.
Ryuuji se preguntó si aquello era obra de algún diseñador famoso, ya que no estaba seguro.
Un dedo interrumpió su estado de fascinación.
—¿Qué es esa cosa tan repelente?
—¿Qué haces?
Taiga había toqueteado aquella libélula tallada en la lamparita. No parecía gustarle
aquella representación artística en absoluto. «No tiene gusto para nada», pensó él mientras,
sin darse cuenta, miraba a Taiga.
—Voy a comer algo del curri que ha sobrado —dijo ella—. Primero, lo tendré que
calentar.
Ryuuji suspiró y contestó:
—Quieta. Es la una. ¿Quieres que te entre dolor de estómago otra vez? ¿Acaso te
sientes bien ahora?
—Sí, estoy bien. No tenía el estómago para muchas florituras cuando cenamos y, por
eso, no repetí. Y lo que comí no fue suficiente.
—No me di cuenta de que no repetiste... Qué raro. Habrá sido impactante para ti, ¿eh?
—Cuando Kitamura me dio una cosa para calmar el dolor, se quedó a mi lado. No
paraba de decirme cosas como «¿Quieres más agua?», «¿Te has tomado dos?», «¿Te sientes
mejor ya?». Me puse muy nerviosa y me fui rápidamente. Luego eché una cabezada cortita y
me dejó de doler.

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—Increíble que te entrara dolor de estómago...
—Por cierto, ¿dónde estabas en aquel entonces? No te vi por ninguna parte.
Ryuuji no quiso decirle que estuvo con Minori. Sintió una molestia en la garganta,
aunque no supo por qué, y, tras mirar a la cara de Taiga, cuya silueta estaba relativamente
iluminada...
—Estuve limpiando mi habitación.
Mintió. Acto seguido, se percató de que las pestañas de Taiga temblaban con mucha
sutileza. Los ojos le centelleaban. Ella se dio la vuelta y, aparentando no tener mucho
interés, miró a la oscuridad que había al otro lado de la ventana.
—Mmm...
—Yo te calentaré el curri.
Antes de que Taiga pudiera lanzarle una mirada, Ryuuji se levantó con rapidez del sofá.

Allí, en aquel salón iluminado por una lamparita de art nouveau, el olor del curri llenó
la estancia.
—Ah, cuánto he comido...
—Anda que yo...
Delante de ambos había dos platos vacíos. El sabor del curri ligeramente fermentado
no presentó inconvenientes.
Ryuuji llevó los platos a la cocina, los lavó con presteza y cogió un vaso de té para
llevárselo al salón, donde se encontró con...
—Eh, no duermas ahí.
Taiga, con su hambre ya saciada, se hallaba tumbada en el sofá. Meneó los dedos de
los pies, abrió la boca y bostezó.
—No estoy durmiendo. Acuérdate de que aún tenemos que hablar sobre los planes
de mañana. Tan solo estoy algo... tensa... y cansada, nada más. Y eso que solo llevamos aquí
un día.
—Pues yo creo que estás que te caes de sueño.
Por experiencias pasadas, era de esperar que Taiga siguiese el mismo proceso de
atiborrarse de comida, tumbarse y quedarse dormida. Ese fue el motivo por el cual Ryuuji
no creyó sus palabras.
Además, cada vez que Taiga iniciaba aquel proceso, Ryuuji acababa también
durmiendo en el suelo. Era como si su cuerpo emanara algún tipo de aura que hipnotizaba
a las personas para que cayeran rendidas.

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—Si te quedas dormida aquí, imagínate lo que dirá Kawashima...
—¿Ese estúpido chihuahua?
—Sí.
—Bah...
Ryuuji se sentó en el suelo y se reclinó contra el sofá. En aquella postura, la cabeza
estaba cerca del abdomen de Taiga. Se le empezó a nublar la vista de repente...
—¿Estás dormida? —preguntó mientras se espabilaba para evitar quedarse dormido
él mismo—. Taiga, despierta. Siéntate bien.
Le puso la mano en la parte trasera de la cabeza y la colocó en una posición más
conveniente. Taiga, floja como de costumbre, encogió el cuerpo.
—Qué frío...
—¡Que me haces cosquillas! ¡Ya vale!
Cuando Ryuuji trató de sentarse en el sofá para intentar despertar a Taiga con la
rodilla, ella apretó la cabeza contra el muslo de él y, en un abrir y cerrar de ojos, dio un
brinco.
—¡Agh! ¡Eso era tu entrepierna!
—¡Has sido tú la que se ha movido!
A pesar de la mirada de disgusto que ella le dedicó, a Ryuuji no pareció importarle
demasiado.
—Bueno, ya estoy despierta del todo... Ojalá pudiera arrancarme la cara, desinfectarla
y volvérmela a poner —expresó antes de soltar otro bostezo. Luego, se sentó en
condiciones al lado de Ryuuji—. En fin, de una cosa estoy segura: los viajes son agotadores.
—Eso no es nada nuevo.
Taiga estiró los brazos y miró al techo.
—Todo esto ha sido tan estresante... Pensé que estaría más contenta por haber
pasado el tiempo con Kitamura desde la mañana hasta la noche, pero... me siento más
nerviosa que feliz.
—Bueno, creo que entiendo lo que quieres decir... Incluso llegó a aparecer desnudo
el tío.
—¿Tú no estás cansado? No has visto a Minorín desnuda, pero estarás agotado, ¿no?
—Pues bastante.
Aunque no podía contarle a Taiga el rato tan pacífico que pasó con Minori, sí que se
sentía cansado. Con tanto ajetreo y tantas emociones fuertes para el corazón, se preguntó
cuántos años menos de vida le quedarían ahora.

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—¿Sabes qué? Imaginaba que casarse sería algo placentero, pero creo que tiene que
ser una etapa dura... Estarías tú y tu ser amado; dos personas solas y juntas durante mucho
tiempo, ¿no? Creo que moriría joven si mi vida fuese así todo el tiempo. —Taiga se soltó el
pelo y empezó a jugar un poco con él—. Ahora entiendo por qué mis padres se divorciaron.
—Después, sintiéndose indefensa, miró a Ryuuji, que prestaba atención sin decir nada, y
soltó una pequeña risita—. Y pensar que cuando estoy contigo no me siento tan mal...
Parece que esa casucha tuya me ha pegado algo.
—Estás hecha una maleducada.
—Fíjate bien. Estamos en un salón enorme y, sin embargo, me siento como si
estuviera en un salón pequeño y angosto porque estamos sentados aquí tan juntos.
—La sensación de cercanía, ¿eh?
Ryuuji comprendió un poco lo que ella quiso decir. Había más de un sofá, e incluso
una gran mesa. No obstante, se habían sentado uno al lado del otro, a una distancia mínima.
Tan mínima que los tobillos de ambos podían tocarse. Pero a Taiga no le incomodaba la
situación. No le dijo que se alejara o que se fuese a otra parte. Tal vez se debía a que no era
una hora apta para gritos. Y a Ryuuji tampoco le daban ganas de apartarse.
—Bueno, eso de estar con quien quieres es divertido. Diría que son circunstancias
extraordinarias. Creo que yo tampoco podría soportar un día a día como ese —dijo él.
—¡Achís!
Tras estornudar, Taiga se inclinó hacia delante. Ryuuji le alargó un pañuelo y ella se
sonó la nariz. Sus pies seguían tocándose, y el único ruido presente era el de las olas.
Normalmente, cuando dos adolescentes púberes de distinto sexo se hallan en una situación
como aquella, suele ocurrir algo después. Sin embargo...
—Dame otro pañuelo. Tengo que seguir sonándome.
—Has debido pillar un buen trancazo.
—Solo un resfriado.
Ryuuji se encontraba cómodo incluso viéndola sonarse la nariz. Se sentía como si
estuviera en su casa y no en un entorno desconocido y ruidoso. Y ello a pesar de que estaba
al lado de una chica preciosa: el Tigre de Bolsillo, una criatura exótica que rompía con
todos los moldes de tranquilidad y sosiego.
—A lo mejor tengo alergia a algo —prosiguió ella.
—¿Te has traído alguna cosa para combatir los resfriados?
—No... Oh, si Kitamura me viera con estos mocos...

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Mientras contestaban con frases cortas, Ryuuji empezó a bostezar también. Se tapó la
boca y se sumergió en sus pensamientos.
Siempre y cuando estuviera con Taiga de aquella manera, no parecía importarle si
estaban en la mansión de una persona famosa o en su piso alquilado. En resumen, habían
acabado sintiéndose en un entorno que les era familiar. Ryuuji podía imaginarse que la jaula
de Inko estaba cerca o que Yasuko regresaba a casa tambaleándose por el alcohol.
Le parecía raro, pero no era una sensación mala. Era de seguridad, aunque Taiga
fuese una chica bastante feroz.
Se preguntaba en qué pensaba Taiga. Ella, por su parte, se frotó los ojos, algo
adormilada.
—Ryuuji. Pienso que aquel sueño... puede que no fuese tan...
—¿Te refieres a aquel que parecía avisarnos de un futuro negro?
En cuanto él se giró para mirar a Taiga, ella se calló. Después de unos segundos,
contestó:
—Bueno, olvida lo que he dicho del sueño. ¿Qué podríamos hacer mañana? Algo
que sea distinto.
Ryuuji se preocupó un poco por lo que Taiga le había intentado decir, pero era el
momento de pensar en un plan. Corrigió su postura en el sofá y comenzó a reflexionar.
—Es verdad. ¿No dijo que quería ir a jugar al océano o algo así?
—El océano es todo brillo y buen rollo. Además, no hay sitio donde esconderse. No
creo que podamos hacer mucho allí.
—Pues sí... ¿Qué hacer...?
—Veamos. Cosas que aterroricen a Minorín...
Ambos ladearon la cabeza al unísono. De repente...
—¿A qué te refieres con cosas que aterroricen a Kushieda?
Aquella voz resonó entre la oscuridad. Tanto Ryuuji como Taiga se sobresaltaron y
cayeron sobre la alfombra. Trataron de esconderse a los pies del sofá para que el origen de
aquella voz no pudiera verles.
—¿Qué ha sido eso?
—¡Ah!
—¡Uah!

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Alguien los había cogido por el hombro y los había casi obligado a ponerse de pie. La
silueta parecía tener gafas. En efecto, era... Kitamura, el exhibicionista. Demasiado tarde
para escapar.
—No parece que hayáis bajado a por agua o algo. ¿Qué era lo que estabais tramando?
Y huele a curri.
—No estábamos tramando nada...
—¿Y si le dais a Kushieda unos buenos sustos como los que ya le habéis dado?
Porque todo eso ha sido obra vuestra, ¿no?
Había acertado. Ryuuji y Taiga se quedaron sin habla. Incómodos y nerviosos, ambos
se miraron con una expresión rígida. Aquel silencio y aquella falta de explicaciones era, en
realidad, reconocer la autoría de los hechos.
—Madre mía —dijo Kitamura entre suspiros mientras se ajustaba las gafas—. ¿Por
qué lo habéis hecho? ¿No tenéis piedad de Kushieda o qué?
El tono con el que les reprendió era el típico del representante de una clase. Ryuuji,
como acto reflejo, se arrodilló al lado del sofá y trató de buscar las mejores palabras que
decir.
—Era un... regalo para Minorín.
Taiga, que también se había arrodillado de igual forma, fue quien presentó aquella
excusa desesperada.
—¿Un regalo?
—Sí. Aunque no lo parezca, a Minorín le encanta todo lo relacionado con el terror
más que el comer. Te lo aseguro; soy su amiga y la conozco bien. Que la sorprendan y que
se haga la atemorizada es lo que más le gusta. Por eso le estoy dando esos sustos. Para que
tenga unos buenos recuerdos de este verano...
«¿Quién se tragaría eso?», pensó Ryuuji. No obstante...
—¡Oh! —exclamó Kitamura, dando una palmada—. Conque era eso. Con razón los
ojos le brillaban tanto. Un detalle así no se corresponde con alguien que tiene miedo.
Una imaginación particular, pero funcionó a favor de Ryuuji y Taiga. Ambos
esperaron que todo acabara allí, pero Kitamura siguió hablando:
—Muy bien. En ese caso, os ayudaré.
«¿La cagamos?», se dijo a sí mismo Ryuuji mentalmente.
—Si colaboramos, le daremos los sustos de su vida. Vamos a decírselo también a
Ami —añadió finalmente Kitamura.
—¡¿Eh?!

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—¿También a esa?
—Claro. Conoce el lugar mejor que nosotros. Y estoy seguro de que a ella le va a
encantar hacer este tipo de cosas. La que armaría si se enterara de que habría sido la única
que no hubiera tomado parte en el asunto. Voy a avisarla ahora mismo.
No les dio tiempo a detener a Kitamura, que subió por las escaleras para buscar a
Ami. En cuanto desapareció de la vista, Taiga y Ryuuji se reclinaron el uno contra el otro.
—¡¿Qué hacemos ahora, Taiga?! ¡El plan se nos está yendo de las manos!
—¡Y yo qué sé! Ya no hay forma de dar marcha atrás. Habrá que seguir adelante.
—Por mucho que digas que haya que seguir adelante...
«Primero, la asustaríamos entre todos. Luego, aparecería yo para tranquilizarla. Pero,
al final, se acabaría enterando de que todos estábamos en el ajo. Por tanto, se enfadaría y
seguro que nos la cargaríamos Taiga y yo por haber sido los que tramaron el plan original.
Además, Ami va a estar involucrada también. Probablemente, se pondrá a provocar a Taiga
para echarlo todo a perder», pensó Ryuuji.
Sin embargo, Taiga, que se relamía los labios, parecía estar decidida.
—No tenemos otro remedio. Habrá que improvisar una alternativa. Tú asegúrate de
proteger a Minorín. Cuando se descubra el pastel, le dices: «Les dije que pararan, pero no
me hicieron caso. Como estaba preocupado por ti, he intentado protegerte».
—¿De verdad piensas que se lo va a creer? ¡En la vida!
—¡Pues tendrás que convencerla! Porque... tú no quieres ese futuro perruno,
¿verdad?
Entre tanta oscuridad, los ojos de Taiga resplandecían. Antes de que Ryuuji pudiera
asentir, ambos oyeron a Ami quejarse con enfado, seguido de los pasos de dos personas
que se dirigían hacia el salón.

—¿Estáis mal de la cabeza? ¿No tenéis otra cosa mejor que hacer? ¡Que tengo mucho
sueño! —dijo Ami nada más llegar.
No hacía ningún esfuerzo por comportarse de manera inocente. Su verdadera forma
de ser tenía luz verde para actuar.
—Venga, venga. No digas eso.
—¡No me toques, pelmazo!
Cuando su amigo de la infancia intentó calmarla con un par de toques en la espalda,
Ami le dio un empujón acompañado de una mirada fría. A pesar de todo, Taiga se acercó:
—Oye, estúpido chihuahua.

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—¿Qué?
—Si cooperas, dejaré que juegues con tu querido Ryuuji durante tres días enteros.
Taiga agarró la cara de Ryuuji con las dos manos y la puso justo delante de Ami.
—¿Por qué me metes en esto? —preguntó él.
—Porque si no, se irá de la lengua y se lo contará a Minorín.
Ryuuji comprendió que ella llevaba razón y no dijo nada más. Taiga prosiguió:
—Si quieres, mejoro la oferta y te ofrezco la versión subida de tono, estúpido
chihuahua.
—¡Ah!
Taiga alzó la camiseta de Ryuuji, lo que permitió ver sus pezones negros.
—No me interesa —respondió Ami a la vez que empujaba a Ryuuji contra el sofá.
—No, no, no, no. ¡Tienes que apuntarte, estúpido chihuahua! ¡Nada me
entusiasmaría más que tenerte en el equipo! ¡Venga, venga, únete! —insistió Taiga, sentada
de piernas cruzadas y con cierto tono de sorna, mientras le acariciaba a Ami el estómago.
Siguió jugueteando con ella como si fuera una niña pequeña y, al ver que no conseguía nada,
tomó medidas drásticas—. ¡El espectáculo inigualable de las imitaciones de...!
—¡Ah!
Tras unos cuantos susurros al oído de Ami, logró que abriera los ojos del todo.
—¡¿Te apuntas?! ¡¿Te apuntas?! ¡Venga, di que sí! ¡¿Sabes la de gente que habría con
ganas de descargarse de internet tu gran repertorio de imitaciones?!
—¡Que sí, joder! Y deja de zarandearme, que me estoy mareando.
Ami, algo aturdida, miró a Taiga y a Kitamura. Luego, también hizo lo propio con
Ryuuji y añadió:
—Así que vais a asustar a Minori porque eso le gusta... ¿Y qué pinto yo? Qué
rollazo... Yuusaku, dame algo con lo que pueda escribir. —Kitamura le acercó un bolígrafo.
Ami empezó a dibujar algo parecido a un mapa en un trozo de papel—. Esto de aquí es la
casa donde estamos. Y esto de aquí es la cala que visteis cuando estuvimos en la playa.
—Menuda artista de pacotilla —apuntilló Taiga.
—Por aquí hay una cueva en la que podéis entrar. La entrada es un poco estrecha;
caben dos personas como mucho. Más adentro se ensancha, pero la luz no llega al fondo y

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es más difícil caminar, ya que el agua del océano llega hasta allí. Si entrarais en plan prueba
de valentía 9 con una linterna pequeña, sería bastante fácil darle un susto a alguien, ¿no?
Hubo unos cuantos aplausos en aquel salón apenas iluminado.
—No esperaba menos de ti, Ami, que eres una lugareña.
—No me llames así, que suena despectivo...
—Parece que, en lo que se refiere a planear, no hay nadie que supere a Kawashima.
—¡Muy bien! Si vienes a mi casa, ¡dejaré que le hagas lo que quieras a mi loro! —dijo
Taiga, dándole unas palmadas en la espalda a Ami.
—Eh, querrás decir mi casa y mi loro.
—¿Cómo que hacerle lo que quiera, Aisaka?...
—Yo no tengo nada que tratar con ese loro tan feo.
Durante un instante, Ami miró a Ryuuji a la cara. Daba la impresión de que no sabía
qué pasaba a su alrededor. Estaba claro que Ami no estaba acostumbrada a aquello.

* * *

Después de una hora de planes, Ami y Kitamura regresaron a sus respectivas
habitaciones. En cuanto a Ryuuji y Taiga...
—Deberías poder ir al baño tú solita...
—Es que está muy oscuro.
Se había visto obligado a acompañarla hasta el baño. Al terminar, Ryuuji entró en su
habitación.
—Bueno, a dormir.
El sopor iba y venía, como el ruido de las olas. Apartó la sábana y se tumbó en la
cama. Justo entonces...
—¿Qué demonios...? —dijo sin acordarse de bajar la voz.
Dio un salto. Al tocar la almohada, sintió que algo se le había enrollado en la mano.
Era fino y largo, como hilos, y parecía... pegajoso. Encendió la luz y una vez que sus ojos se
acostumbraron...
—Ugh.

9
No es infrecuente en Japón, sobre todo en excursiones, hacer una prueba de valentía, que, según el lugar,
puede consistir en adentrarse en cuevas, a menudo por parejas o en grupos, y regresar tras haber
cumplido algún tipo de tarea o misión.

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Había varios mechones de pelo largo pegados en la toalla de viaje que había dejado
sobre la almohada. Parecía que una mujer había estado durmiendo allí. Cuando se miró la
mano con la que había tocado la almohada, vio varios de los mechones también pegados en
ella. Sintió náuseas. Bajó de la cama, sacó un pañuelo y empezó a limpiarse la mano.
Era obvio que aquellos pelos no eran suyos. Y no estaban allí cuando se fue antes.
¿Qué habría ocurrido? No había nadie allí que pudiera aclarar la duda. Ryuuji, intranquilo,
contuvo la respiración. Las olas, el viento... Pensó que, en realidad, no había nada de lo que
preocuparse y que probablemente había traído consigo, sin querer, una toalla de Yasuko.
Era la explicación más razonable para él.
Salió de la habitación con cuidado. Consideró la posibilidad de que los pelos fuesen
de Taiga. No sabía cómo, pero podría ser. Se repitió a sí mismo que no había que darle
muchas vueltas y acabó corriendo hasta llegar a la habitación de Taiga, que estaba cerca de
la suya. Entró sin llamar.
—Taiga, ¿has... tú... mi habitación...?
—Ryuuji...
La luz estaba encendida. Taiga se encontraba de pie.
—¿Puedes... explicarme esto? —le preguntó ella mientras se escondía detrás de
Ryuuji y señalaba con el dedo al vestido de una pieza que estaba desdoblado en el suelo.
—¿Te lo has puesto? Te tengo dicho que cuelgues bien la ropa.
—No, no... Aún no me lo he puesto. Pensaba hacerlo mañana. Lo más raro es que ni
lo había sacado del equipaje...
—¿No te estarás confundiendo con otro?
—Yo también lo he pensado, pero... al cogerlo, he notado que estaba caliente. Como
si alguien se lo hubiera quitado hace poco...
Taiga se agarró a la camiseta de Ryuuji. Él no pudo dar ni un paso. Había pisadas
húmedas alrededor del vestido. Sin embargo, las pisadas no estaban impregnadas de agua,
sino de un fluido viscoso.
—Pues en mi habitación también ha pasado algo raro... Es como si alguien hubiera
dormido en la cama... Y ha dejado algo pringoso en la almohada...
Hubo silencio.
—¡Aaah!
De repente, una sacudida en la ventana.

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«Habrá sido el viento», pensó Ryuuji, pero Taiga se había desplomado. Se quedó
petrificado hasta el punto de no poder ni ayudarla a incorporarse. Ella trató de apoyarse
contra la pared para recobrar el equilibrio.
—Esto es... demasiado... Vámonos a... otra habitación...
Se agarró al brazo de Ryuuji y, al intentar salir al pasillo, la puerta se cerró desde fuera
con un estruendo. Taiga volvió a desplomarse. A Ryuuji le fallaron las piernas y también se
cayó. Gatearon hasta estar juntos y se apretaron contra la pared.
—Es un su... su... su... sueño, ¿verdad? ¡¿Verdad que es un sueño, Ryuuji?!
—Sí, sí, tiene que ser un sueño. ¡La continuación de aquel otro con los cachorritos y
la caseta de perro!
—¡Si cerramos los ojos, nos despertaremos, seguro!
—¡Probemos a despertarnos!
Ambos cerraron los ojos. Entre temblores descontrolados, presintieron que algo muy
extraño ocurriría si los abrían.

87
CAPÍTULO 5

—Qué cansancio...
—Mmm...
Un par de sombras, una grande y otra pequeña, estaban sentadas en una mesa de la
cocina, iluminada por la luz matinal, y miraban a una bolsa de pan.
Habían planeado hacer sándwiches tanto para el desayuno como para el almuerzo.
Incluso se aseguraron de que tenían jamón y lechuga.
Ryuuji apenas podía moverse. Tenía los ojos con un aspecto mucho peor que de
costumbre, ya que estaban al rojo vivo por la falta de sueño. También estaba despeinado y
ni se había lavado la cara. Por otra parte, Taiga estaba sentada y miraba por la ventana.
En pocas palabras, estaban completamente adormilados, ya que, durante la noche
anterior, salieron de sus habitaciones y bajaron las escaleras hasta el salón, donde
encendieron la televisión. Pensaron que no ocurriría nada por pasar una noche sin dormir.
Ryuuji recordó haberle sugerido a Taiga ir a pasear por la playa. También recordó
que ella accedió y que justo después cayeron rendidos sobre la mesa.
Eran las siete de la mañana. Trató de que Taiga espabilara. Al otro lado de la ventana
brillaba la playa, y las olas llegaban suavemente hasta la orilla. El ruido del agua era
reconfortante. Parecía ser un momento aún mejor para ir de paseo por la arena junto con
un perro.
Sin embargo, allí no había más que un tigre y su chucho, ambos con mucho sueño.
Ryuuji se frotó los ojos y, con tono senil, le dijo a Taiga:
—Oye... Tengo mucho sueño. Olvídate del desayuno, porque me vuelvo a mi
habitación a dormir...
—Mmm... No te vayas... Seguro que no te despiertas en todo el día...
—Tal vez tengas razón...
Ladeó la cabeza. Los hombros, totalmente rígidos, hicieron un sonido poco habitual
para el cuerpo de un muchacho de diecisiete años. Quizás se debía a que había dormido en
una postura incómoda. A pesar de que no había dormido mucho, lo poco que lo hizo sirvió
para ayudarle a recordar cosas y activar el cerebro.
Pensó que lo ocurrido el día anterior debía ser un malentendido y que no había razón
para tener tanto miedo. La toalla que encontró debía ser una que olvidó lavar y que trajo
consigo con pelos pegados de Yasuko o de Taiga. En cuanto a la ropa de esta última,
probablemente las removería sin darse cuenta tras bañarse y se habría olvidado de ello. La

88
explicación le sonó convincente; la humedad debía ser, o bien baba, o bien sudor de los
pies de Taiga.
Tras dar un bostezo y estirarse, Ryuuji se levantó.
—Bueno, hora de ponerse con los sándwiches. Usaré algo del curri que sobró y haré
un potaje o algo.
—¿Potaje? Eso suena bien...
Ryuuji abrió la bolsa de pan mientras Taiga tan solo miraba. Él fijó la mirada en el
pan.
—¿Qué rayos hago mirando al pan? Tengo que coger los ingredientes.
Su mente aún seguía un poco apagada.
—¿Ingredientes?
—Claro. Los huevos, la mayonesa, la lata de atún, la lechuga, el tomate... Eh,
ayúdame con algo.
—Por supuesto. Te daré ánimos desde aquí.
«Menuda eres», pensó. Justo en aquel momento, se oyeron unos pasos. Minori
apareció de repente. Por su aspecto, acababa de lavarse la cara, y llevaba el flequillo alzado,
lo que dejaba la frente al descubierto. Levantó la nariz de Taiga con el dedo y...
—¡Anda, Takasu! ¿Vas a prepararnos el desayuno? Y yo que me había despertado
para hacerlo porque tú te encargaste de la cena anoche... ¡Parece que he llegado tarde!
Solo llevaba una camiseta y unos pantalones cortos, pero ya estaba radiante.
Exclamó:
—¡Qué buen día hace hoy!
Miró a Ryuuji, pero él solo contestó de forma lacónica:
—Sí...
Verla tan temprano le arrebataba todas las fuerzas. Alzar la bolsa de pan le costaba.
La presencia de Minori, tan luminosa, era demasiado para él.
—Os veo apagadillos. ¿No habéis pegado ojo?
—Pues básicamente...
—Nos hemos quedado despiertos toda la noche viendo la televisión.
—¿Eh? Pues vaya. ¿Y estáis bien? ¿Os sentís pachuchos?
Taiga negó con la cabeza. Se frotó con Minori como si fuera una niña consentida. A
Ryuuji le entraron ganas de hacerlo él también, pero solo pudo mirar con envidia.
Minori le acarició la espalda y le dio una palmada en el trasero a Taiga.

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—Deberíais tomaros una ducha. Seguro que, como mínimo, os reconfortará. Por
cierto, creo que Ami y Kitamura aún siguen durmiendo.
Taiga se dio la vuelta y cruzó miradas con Ryuuji.
—¿Sabes qué? Te voy a hacer caso. Minorín, déjame tu toalla.
—¿Esta? Si es para la cara. Y, además, ya la he usado.
—Da igual. Quédate a ayudar a Ryuuji, si no te importa.
—Takasu, ¿te parece bien que Taiga se duche primero?
Antes de que él pudiera responder, Taiga le interrumpió:
—Seguro que Ryuuji deja pelos, sudor y esas cosas, así que... ¡que se espere!
«¿Acaso soy un perro callejero que no se ha lavado en años?», pensó él. Taiga cogió la
toalla de Minori, que la llevaba al cuello, y se fue de la cocina. «Ducharse no le va a recargar
la batería. Eso no funciona con ella», pensó a continuación.
—Bueno. ¡Yo, Kushieda, me ofrezco para ayudar!
Ryuuji lo comprendió todo. Taiga se había ido para dejarlo a solas con Minori. La
oportunidad no era baladí.
—¿Y bien? ¿Qué estás preparando? ¿Con qué te ayudo? —preguntó.
Sonreía y miraba a las manos de Ryuuji, las cuales le temblaron al oler el aroma del
pelo de ella.
—Pues... yo frío los huevos y tú cortas las cebollas, ¿vale?
—Vale. ¿Qué harás con todo eso?
—Sándwiches.
—¡Qué bien!
Minori se lavó las manos, cogió una cebolla, le quitó la piel y empezó a cortar
mientras tarareaba.
—Se te da... estupendamente —le dijo él.
Era la primera vez que veía a alguien de su edad defenderse con soltura en la cocina.
Las cebollas estaban cortadas a la perfección, pero aquella labor no podía compararse con
las habilidades de Ryuuji, que eran casi divinas.
—¿Era eso un cumplido? ¡Yuju! ¡Viva yo!
—También vi ayer que limpiar se te daba bien. ¿Es porque forma parte de tus tareas
en el trabajo?
—Bueno, hace tiempo que me desenvuelvo con la comida. Mis padres pasan mucho
tiempo fuera, y mi hermano pequeño come un montón.
—¿Tienes un hermano? No lo sabía...

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—¡Jua, jua! ¡No paro nunca! ¡Mira cómo me han quedado las cebollas! ¡Tan
transparentes como la ropa interior picantona! —Sonrió sin dejar de quitar la vista del
cuchillo—. ¡Ah! Se me ha... metido en... los ojos —añadió mientras lloraba.
—Oh, tengo que enjuagar la lechuga.
Ryuuji no podía ni mirar al frente. Minori estaba a su lado. Tenía tanta felicidad y
tanta vergüenza encima que apenas podía estar de pie. En cualquier caso, se aseguró de no
usar demasiada agua y de emplear un cubo limpio. Echó algo de hielo. Por último, quitó la
humedad del grifo con una mano y, con la otra, comprobó que el fuego con el que freía los
huevos era el adecuado.
—Soy yo la que está sorprendida de lo bien que se te da cocinar, Takasu. Taiga me
había comentado algo, pero tras haber probado el curri que preparaste ayer y haberte visto
cortar con más rapidez que la mía, lo he comprobado de primera mano. Apenas hay chicos
de tu edad que supieran qué hacer con esa lechuga. Impresionante.
—¿De... verdad? No es para tanto...
«Si quieres, te enseño cómo uso los pepinos, las zanahorias y los rábanos como
decoración en los platos», pensó él.
—En serio. Me parece maravilloso que te manejes tan bien en la cocina. Seguro que
ninguna de las chicas de la clase conocen esta faceta tuya, ¿eh? Solamente Taiga y yo.
Bueno, y Ami. Digamos que me siento privilegiada.
Ryuuji, aunque contento, se estremeció. Lo que le acababa de decir era todo un
choque. Parecía que quería matarlo poniéndolo nervioso al máximo.
—La chica que sea tu esposa será muy feliz, Takasu —apuntilló Minori.
—¿Pero qué dices? —contestó él mientras abría la lata de atún. Estaba en las
últimas—. ¡Kyushieda!
—¿Qué, Takyasu?
Aumentaron sus niveles de vergüenza y nerviosismo.
—¡Te quería decir una cosa sobre lo de ayer!
No supo qué más decir. El silencio le estaba comiendo por dentro.
Minori, que estaba a su lado, tiró los trozos de cebolla al cubo con agua para que se
mojaran con la lechuga.
—Takasu, a ver... —Miró a Ryuuji a la cara e hizo un gesto para pedir silencio
llevándose el dedo a los labios—. Nadie más lo sabe. Se me escapó y te lo conté. Fue un
lapsus, de verdad. —Sonrió para relajar la tensión—. Aunque fuese un lapsus, me alegro de
que a quien se lo haya contado seas tú. Gracias por haberme escuchado.

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—Kushieda...
Intercambiaron miradas, pero parecía haber algo extraño en la sonrisa de Minori...
—¡Aaaah! ¡Los huevos!
Se apresuraron y cerraron la manecilla del gas.
—¿Se habrán estropeado? —preguntó ella.
—No, creo que aún están bien.
Cogió una toalla para limpiar el agua caliente que había rebosado por el hornillo y, de
repente, se dio cuenta de que estaba extremadamente cerca de Minori. Justo cuando quiso
retroceder...
—Ay, qué torpecillo eres, Takyasu. Adorable.
Aquellas palabras, acompañadas de una sonrisa, dejaron a Ryuuji sin habla, pero no
quería que ella le viera ruborizarse, por lo que decidió seguir con la dicharachería y... le dio
un toquecito a Minori en el hombro. Era la primera vez que le hacía algo así a la chica que
le gustaba, quien se limitó a retorcerse de risa.

* * *

—Bueno. Ajustémonos al plan —dijo con bastante celeridad Kitamura, que solo
llevaba el bañador puesto y una toalla sobre el hombro mientras caminaba por delante del
resto del grupo.
Ryuuji y Taiga asintieron. Tenían las manos llenas, pero no de sándwiches, bebidas y
toallas para la playa; la bolsa transparente en realidad contenía linternas, el mapa dibujado a
mano por Ami y una variedad de herramientas misteriosas para un propósito igual de
misterioso.
Minori llegó por fin. Llevaba un suéter y unos pantalones cortos de un material
brillante, así como unas sandalias con una flor. Se puso al lado de Taiga, y Ryuuji vio cómo
la coleta se le movía de lado a lado a la vez que olía el aroma agradable de la crema solar.
Él llevaba una camiseta y un bañador. El motivo por el cual llevaba una camiseta era
porque quería evitar comparaciones odiosas con Kitamura sobre su físico. Taiga, además
del bañador con el relleno incorporado, llevaba un vestido liviano a cuadros de color verde
y blanco. Aunque tenía parte de la espalda al descubierto, para Ryuuji, ella llevaba
demasiado puesto encima. Quizás tampoco quería que la compararan con Ami en bañador...
—¿Eh? ¿Dónde está Kawashima?
—Amin está arriba, poniéndose crema. Me ha dicho que nos adelantemos.

92
—Pues también dijo que iba a llevar la sombrilla... Y no creo que pueda con el peso,
así que subiré a mirar.
Tras decir aquello, Ryuuji subió las escaleras. De todas formas, el destino, la playa, no
estaba tan lejos de aquella mansión. Unos escasos metros.
Buscó la sombrilla, pero no la encontró. Pensó que podía estar en la habitación de
Ami, así que pegó a la puerta.
—Eh, ¿quieres que lleve la sombrilla por ti? ¿Dónde está? —preguntó.
—Aquí dentro. Pasa y cógela.
Ryuuji giró el picaporte y pensó: «Será vaga». Al entrar...
—¿Qué... estás haciendo?
—Estoy disfrutando de las vistas.
Vio a toda una narcisista en bañador delante de un espejo. Ami se reía y se apartaba
el pelo una y otra vez. Ryuuji no quiso acercarse demasiado y caminó lentamente para
coger la sombrilla, pero...
—¿Qué te parece este bañador? —le preguntó ella al darse la vuelta con rapidez. El
bikini le realzaba la figura.
—Pues... bien, supongo.
—¿Y nada más?
A Ryuuji se le pasaron por la cabeza muchas otras respuestas, como que tenía unas
curvas perfectas, o que tenía el peso ideal, o que podía convertirse en un ídolo de masas si
aparecía en la portada de una de las revistas de bañadores y ropa interior. Sin embargo, no
era conveniente decir ninguna de aquellas opciones.
—Bueno, ya me visteis en bikini durante las clases de natación... Creo que el efecto
sorpresa se ha echado a perder —se dijo a sí misma Ami mientras ladeaba la cabeza—,
pero ¿sabías que esta parte se separa?
—¡Ah!
Ami se aflojó el bikini, sin soltárselo, y el pecho se le movió como si estuviera
mofándose de Ryuuji.
—¿A que ahora está mejor?
Enseñaba más piel que antes. Se inclinó contra el espejo.
—¡Póntelo bien, póntelo bien ya! —gritó él, casi aterrado.
—¿Por qué?
—¡Tú hazlo!
—Oblígame —contestó provocativamente.

93
—¡No!
Ryuuji se apresuró para coger la sombrilla. «Voy a darme prisa para salir de aquí
cuanto antes», pensó. Se había dado cuenta de que estar a solas con ella iba a ser peligroso.
Aunque era consciente de que aquella sonrisa angelical y aquellos ojos no eran más que una
fachada, el riesgo seguía existiendo. «Que alguien incluya en una enciclopedia la foto de esta
tía al lado de la palabra peligro».
—Takasu, qué frío eres conmigo. Para una vez que quería ser buena...
«Si eso es ser buena, no quiero saber lo que es ser mala».
—Sí, sí, te agradezco tu amabilidad. Ahora, guárdate tu narcisismo y termina de una
vez si no quieres que te dejemos aquí.
—¿Qué son esos aires de mandón?
«¿No te gusta cómo te hablo? Pues yo también sé montar un numerito». Ryuuji se
puso delante del espejo y, tal como hizo Ami antes, imitó su forma de apartarse el pelo, de
mirarse y de girar. No le hacía mucha gracia aquello, en el fondo.
—Eh, Kawashima, ¿qué te parece este bañador? ¿Me queda bien?
Se alzó la camiseta y mostró el bañador, que le había costado unos cinco mil yenes 10.
Ami frunció el ceño. La boca se le quedó tiesa, como si quisiera gritar. Estaba horrorizada
de verdad.
—No te ha gustado, ¿eh? Ha sido espantoso, ¿no? Pues así eres tú —concluyó él.
—Takasu, estás empezando a parecerte al Tigre de Bolsillo.
—Oye, puedo quitármelo si quieres.
—¡Ni se te ocurra!
No tenía intención de quitarse el bañador. Tan solo era un amago. Ami miró a Ryuuji
con seriedad.
—Si te vas a portar así, paso de ayudarte hoy —amenazó ella.
Se refería al plan para aterrorizar a Minori. Un golpe bajo que hizo que Ryuuji se
diera la vuelta para mirar a Ami.
—¡No serás capaz!...
—No te lo tomes como una traición. —Ami ya había recobrado la compostura y el
porte angelical, acompañados ambos de una sonrisa de satisfacción—. Bueno, ahora en
serio... Takasu, ¿por qué te estás molestando tanto por Minori?
Ryuuji no respondió. Ella se vio obligada a insistir:
—Venga, dímelo. ¿Qué te cuesta?

10
Aproximadamente cuarenta euros.

94
Se aferró a Ryuuji y empezó a pestañear. «No te voy a soltar hasta que desembuches»,
pensó ella. Aunque él quiso zafarse, Ami lo impidió. Era probable que ya supiera la
respuesta, pero solo probable. Tal vez lo único que quería era que Ryuuji se lo confirmara
directamente.
—¡Venga, venga, venga! Si no me lo dices, no te ayudaré. Te doy diez segundos. Diez,
nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro... ¿Es que no te importa? Tres, dos, uno... ¿No vas a
responder? —volvió a insistir.
Ryuuji se mordió los labios. No podía decirlo. No quería decirlo. No tenía ningún
motivo para revelar un secreto tan importante a una chica tan volátil como Ami y, sobre
todo, no quería confesar nada delante de una chica que había estado jugueteando con él.
No podía permitir convertirse en un cobarde.
Ami entrecerró los ojos. Miró a Ryuuji a una distancia muy cercana y dijo:
—Cero. Vale, me voy.
Se soltó, se apartó el pelo, dio media vuelta y salió de la habitación. Ryuuji cogió la
sombrilla y se fue de allí tras ella, pero Ami no quiso mirar atrás.

La luz del sol veraniego era cegadora, y el calor apretaba como nunca.
Ryuuji colocó una toalla sobre la arena, que podía abrasar a cualquiera, y clavó la
sombrilla.
—¡Yuju!
Lo primero que hizo Minori fue quitarse las sandalias agitando las piernas justo antes
de acercarse corriendo hasta el agua. Mientras lo hacía, arrojó la camiseta a un lado.
—¡Alehop!
Dio un salto y se lanzó en bomba al líquido elemento, donde una ola la arrastró.
Ryuuji lo observó todo bastante sorprendido.
—¡Ja, ja, ja! ¡Se me ha metido en los ojos! —exclamó ella al mismo tiempo que se
frotaba los ojos como una niña pequeña—. ¡Taiga, venga!
Minori llevaba un bikini de rayas. La piel le brillaba como nunca, y gracias a la crema
solar, repelía varias gotas de agua. Cada vez que agitaba las manos al llamar a Taiga, los
pechos se le movían de manera agradable —al menos, para Ryuuji—. Le preocupaba un
poco el aspecto de la zona estomacal, por lo que llevaba unos pantalones cortos para
taparla parcialmente, pero, en realidad, tenía unos abdominales en forma, e incluso el
ombligo le lucía bien.

95
Por otra parte, sentada en la misma toalla que Ryuuji estaba Taiga, que gruñía con el
ceño fruncido. Aún llevaba el vestido puesto, y la melancolía la rodeaba bajo la sombrilla.
Hasta la cara quedaba oculta bajo la melena. Eran como dos caras opuestas de una misma
moneda.
—¿Qué te pasa? ¿Te duele la barriga? Mira, Kushieda te está llamando —le dijo
Ryuuji.
—Sí, pero... Bueno, ya sabes. —Se pasó la mano una y otra vez por su busto poco
abultado—. ¿Y si el relleno se me cae con tantas olas?
—No creo. A raíz del accidente de la otra vez, me he asegurado de coserlo como es
debido.
—Y... tampoco sé nadar.
—Tranquila, que todos los que estamos aquí lo sabemos. Nadie te va a pedir una
exhibición de natación sincronizada.
—Es que... nunca he estado en el océano antes...
—Conque era eso... Un momento, ¡¿cómo?!
Taiga asintió con la cabeza mientras jugueteaba con el dobladillo del vestido. Allí,
debajo de la sombrilla, su cuerpo parecía emitir un aura que decía: «Quiero ir al agua, pero
el océano me da miedo. Quiero ir, pero me da vergüenza llevar el bañador». Ryuuji trató de
empujarla para que se levantara.
—Que no te preocupes. Hoy será la primera vez que te metas en una gran masa de
agua. Venga, ponte algo de crema.
—Oh... ¿Y si empiezo a ahogarme?
—Kushieda te salvará.
—¿No crees que las olas imponen?
—Tú eres más fuerte que ellas. Segurísimo.
Taiga alzó ambos brazos y, temblorosa y dubitativa, dejó que Ryuuji le quitara el
vestido. Llevaba un bañador, que era de una sola pieza con toques de color rojo y que
habían comprado hacía dos días tras mucha deliberación. Le quedaba bien junto a la
palidez de la piel. En opinión de Ryuuji, le sentaba como anillo al dedo.
—Échate crema por aquí. Y no te olvides del cuello ni de la espalda —le advirtió él.
Tras renquear toda nerviosa mientras se aseguraba de que Kitamura no la miraba,
Taiga se aproximó a la orilla hasta llegar al lado de Minori.
—¡Qué fría!

96
97
Después de decir aquello de forma quejumbrosa, retiró la pierna y se quedó mirando
a las olas. Al igual que los felinos salvajes, Taiga no se llevaba bien con el agua. De todas
maneras, los tigres de verdad sí que sabían nadar.
Ryuuji se percató de que Kitamura estaba discutiendo con Ami sobre algo. De vez en
cuando podía discernir de qué hablaban entre el sonido de las olas.
—Pero es que el plan nos requiere a los dos...
—¿Eh? Pues yo no tengo ganas de participar.
—Si no estás, ¿cómo voy encontrar el camino?
—Ya os dibujé un mapa. Menudo rollo patatero.
Por supuesto, el plan consistía en que Taiga y Ryuuji mantuvieran a Minori ocupada
mientras Kitamura y Ami se dirigiesen a la cueva para colocar varias trampas. Sin embargo,
Ami se negaba a tomar parte. Ni siquiera parecía querer aparentar ser la chica buena delante
de Kitamura.
—Me voy a echar un ratito a dormir. Lo siento, Yuusaku, pero os la tendréis que
arreglar sin mí, y no pienso cambiar de opinión —concluyó Ami con bastante egoísmo
antes de tumbarse debajo de la sombrilla, donde se encontró con Ryuuji—. Ah, ¿nos has
escuchado? Nada de quejas, que la decisión fue tuya, Takasu —añadió, a él, mientras
sonreía y lanzaba una mirada altiva—. Quizás si me lo pidieras por favor... No, ni hablar.
En absoluto estoy interesada.
Ryuuji dejó escapar un suspiro y, tras decidir ignorar a Ami, se levantó y fue hasta
donde se encontraba Kitamura, quien a su vez también se acercaba.
—No podemos contar con esa tía, así que tendré que ir contigo.
—Menuda es Ami... En fin, quédate aquí, Takasu. Si Ami hubiera querido ausentarse
de aquí conmigo, podría valer una excusa como que iríamos a echar un vistazo a la casa
para comprobar que todo seguiría bien. De hecho, esta misma excusa valdría incluso si
fuese Ami sola. No obstante, si nos ausentáramos tú y yo, despertaríamos sospechas. Iré yo
solo y ya está.
—¿Saldrá bien?
—Los preparativos están ya. Será pan comido. ¡Eh, Kushieda, Aisaka!
—¿Qué? —dijo Minori desde el agua mientras agarraba a Taiga por el brazo.
—¡Voy a plantar un pino 11!

11
Eufemismo coloquial para referirse al acto de defecar.

98
Al oír aquello, Minori se cayó de espaldas, lo que provocó que Taiga también se diese
de bruces contra el agua. Ryuuji comprendió que su amigo tenía la confianza suficiente con
Minori como para excederse en el uso de expresiones coloquiales e incluso malsonantes.
—Bueno, Takasu, el resto es cosa tuya —le dijo él a Ryuuji antes de marcharse
cargando con las herramientas misteriosas.
Minori y Taiga, ambas mojadas, se cruzaron en el camino de Kitamura.
—La de arena que he tragado. ¡Hay que ver, Kitamura! Primero, te las das de
exhibicionista y, ahora, te da por proclamar a los cuatro vientos que vas al baño a evacuar el
vientre. ¡La gente va a pensar cosas raras de ti! —exclamó Minori.
—Estoy cansada... —dijo la otra muchacha, por su parte.
—Si lo único que has hecho ha sido caminar hasta la orilla. ¿Cómo vas a estar
cansada?
—¡Cualquier persona acabaría hecha polvo si las olas la arrastraran hasta cinco veces!
Tras decir aquello, Taiga, que tenía los ojos totalmente rojos, miró con frialdad a
Ryuuji, quien prefirió permanecer callado. Las dos dieron unos tragos al té que llevaban en
unas botellas de plástico. Después, Minori dio una palmadita a Ami en el hombro y le dijo:
—¡Amin, vente al agua a jugar! ¿Eh? ¿Cómo estás tan pálida? ¿Te pasa algo?
—No me pasa nada... Ya iré luego —negó con una sonrisa muy ligera.
Taiga, que tenía algo de té recorriéndole la barbilla, miró a Ami a la cara y expresó:
—Chihuahua, a nadar.
—¿Por qué? Si no quiero. Prefiero dormir.
—Venga, deléitame con tus estupideces y tus provocaciones subidas de tono.
—Paso de rebajarme a tu nivel.
—En ese caso, trágate esto.
Taiga le metió a la fuerza en la boca un sándwich.
—¡¿Qué coño haces?! ¡Eres una pesada! ¿Te quedarás contenta si me como esto?
Ami se levantó a regañadientes y le dio un mordisco enorme al sándwich. Sin
embargo...
—Ah, Amin... Ese es uno especial que había preparado para mí... —apuntó Minori.
—Como siempre te he visto disfrutar de esos sándwiches que preparas, me
preguntaba qué tal estarían y por eso he hecho que ella pruebe uno antes —dijo como
pretexto Taiga.
—Mmgf... Ugh...

99
Ami parecía estar pasando un mal rato: llevaba demasiada mostaza. Tosió con agonía
y tragó algo de té para tratar de recobrar la respiración normal. Se cogió del brazo de Ryuuji.
—Takasu...
Se apoyó en él para mantener el equilibrio y, luego, lo llevó hasta la orilla.
—¡Ahora no me vayas a echar a mí la culpa ni te enfurruñes conmigo! —le advirtió él.
—Cállate. La desobediencia de esa enana... ¡no es más que culpa tuya! ¡Inútil!
Después, le dio una patada. Ryuuji acabó en el agua y arrastrado por las olas. Quedó
completamente desorientado hasta que tuvo las fuerzas suficientes para levantarse. La
siguiente víctima de la ira de Ami era Minori:
—Minori, te tenemos preparado para ti algo muy divertido —dijo, con sonrisa
demoníaca.
—¿Sí? ¿El qué, Amin?
—Verás, por aquí hay una cala muy bonita. En serio, es preciosa. Podríamos ir todos
esta tarde. Como una excursión, si te parece mejor. ¿Qué me dices?
—¡Claro que sí! ¡Vayamos!
Al final, Ami hizo que el plan siguiera adelante. Luego, cogió a Taiga del brazo y le
dijo:
—Oye, Aisaka, te voy a enseñar a nadar.
—No, no hace falta... ¡Que no! ¡He dicho que no! ¡No tienes que molestarte,
chihuahua estúpido! ¡No! ¡¡¡No!!! ¡Ryuuji, ayúdame!
Ryuuji sabía que no existía demasiado peligro, a pesar de las malas intenciones de
Ami: el agua apenas era profunda y solo llegaba hasta la altura del ombligo de Taiga.

* * *

Después de haber jugado en la playa por un tiempo, todos regresaron a la casa de
Ami, donde se cambiaron de ropa y comieron los sándwiches que sobraron, además del
potaje. Para entonces, el sol ya se había puesto lo suficiente para que salir no fuese tan
agotador por las temperaturas. No querían salir con mucha luz, así que, con todo,
esperaron bastante.
Caminaron durante diez minutos tras abandonar la casa.
—¿Eh? ¿Aquí?
—Exacto. Aquí.

100
Minori, estupefacta, no paraba de mirar a Ami, que esgrimía una sonrisa, y la entrada
de la cueva.
La cala les había llevado hasta una zona rocosa donde se ubicaba, precisamente, la
entrada de la cueva, que parecía unas fauces abiertas por la oscuridad. Medía unos tres
metros de altura y tres de anchura. No se sabía hasta dónde llegaba el interior y, además,
había una señal de peligro allí puesta. En realidad, la señal la había colocado Kitamura.
Tras echar un vistazo de manera tímida, Minori, que se agarraba a su propia camiseta,
dijo:
—¿No dijiste que íbamos de paseo? Esto parece... una prueba o algo. ¡Ah, una señal
de peligro! Ja, ja... Creo que esperaré aquí...
Intentó dar media vuelta, pero...
—¿Pero qué dices? —discrepó Kitamura, que la cogió del hombro y la empujó hacia
la entrada—. ¿No te parece un buen sitio para pasear? Seguro que tendremos unos buenos
recuerdos de este lugar.
—Es que... yo qué sé. ¿No te parece todo un poco espeluznante? Este sitio me da
yuyu... No quiero unos recuerdos así. En serio, os pido que nos vayamos. ¿No habéis visto
la señal?
—Yo solía jugar aquí de pequeña. No hay peligro —contestó Ami de manera
inmediata.
—Kushieda, si sigues diciendo esas cosas, al final ocurrirán —añadió Kitamura.
—¿Así tratas de calmar a alguien a quien le entra miedo fácilmente?
—Mientras creas con firmeza que no vas a tener miedo, no habrá nada que te asuste.
¿No te parece una buena oportunidad para ver algunas de las criaturas de la naturaleza?
Podríamos incluso hallar una especie desconocida hasta ahora.
—Supongo, siempre y cuando... sea una criaturita normal...
Ryuuji y Taiga, que estaban algo apartados del resto, suspiraron.
—Menos mal que tenemos a Kitamura de cómplice, ¿eh? —dijo él.
—Fíjate. Qué convincente suena. Me encanta verlo así —aportó ella.
—¿De verdad?
Ryuuji ladeó la cabeza al observar que Taiga estaba sonriente. Ya sabían que Minori
no podría rechazar la insistencia de Kitamura y, aunque el plan fuese algo cruel, iban a
asustarla a base de bien. Y la oportunidad de Ryuuji vendría después, en la cual protegería a
Minori, que estaría aterrada. Las cosas se habían desviado un poco de lo inicialmente
previsto, pero ya debían continuar hasta el final.

101
—Muy bien. ¡Adelante los Kitamura Rangers! Yo soy el ranger rojo, Takasu es el
ranger negro, Kushieda es la ranger azul, Aisaka es la ranger rosa y Ami es la ranger negra
también.
—¿Yo soy la rosa?
—¿Por qué soy el negro?
—A ti te pegaría color carne.
El ranger rojo ignoró todas las objeciones y dijo:
—¡¿Tenéis todos las linternas?! ¡¿Queréis ver la cobra dorada?!
A la primera pregunta todos contestaron afirmativamente. La segunda pregunta
acabó ignorada. Todos encendieron las linternas.
—¡En marcha!
—Está tan oscuro... Espera, Kitamura —dijo titubeante Minori.
Al entrar Kitamura y Minori en la cueva, Ryuuji y Taiga los siguieron.
—Venga, Kawashima. Vamos.
Finalmente, Ami también entró, no sin antes suspirar y rascarse la cabeza con
exasperación.

El aire era fresco. El sonido de aquellas cinco personas que caminaban lentamente
por la superficie rocosa y húmeda resonaba junto con el del océano.
—¡Qué oscuro! ¡Y qué angosto! ¡Qué miedo!
Minori, que resollaba casi por acto reflejo, caminaba nerviosa.
Pronto llegarían a la zona donde Kitamura colocó la primera trampa, así que Ryuuji
permaneció atento. Alargó la mano y cogió a Taiga por la cinta del vestido. Ella rechistó,
pero tras haberse tropezado cuatro veces y haber sido salvada por él en cada una de dichas
veces, dejó de replicar.
Incluso Taiga parecía estar más dócil de lo normal, y tan solo devolvió la mirada a
Ryuuji en una ocasión.
Ryuuji no sabía exactamente en qué consistía la primera trampa, pero, según le había
contado Kitamura, era un artilugio bien diseñado y requería poco esfuerzo para obtener de
él la máxima eficacia. ¿Qué le esperaría? ¿Sería capaz de proteger a Minori?
En aquel momento, Kitamura, que iba delante del grupo, miró atrás a Ryuuji. Parecía
indicar que el plan iba a dar comienzo. Ryuuji vio que su amigo le dio una patada a una
cuerda que había en un hueco entre las rocas sin que Minori se diese cuenta. Algo se

102
desprendió enfrente de ellos, y oscilaba como un péndulo. Rozó a Minori por la derecha.
Ella miró a la izquierda y dijo:
—Tengo un mal presentimiento...
Aquello que oscilaba rozó la cara de Taiga. Ami, a su vez, esquivó el golpe dando un
paso atrás. Por último, impactó contra la nuca de Ryuuji. Era un bloque de tofu frito que
colgaba del techo de la cueva.
—¡Uah! ¡Pero si es... un pepino de mar! —dijo Minori mientras se agarraba a la pared
rocosa.
—Agh... Mi cara...
Algo de grasa le había salpicado a Taiga en la cara. Era lo suficientemente brillante
para que se pudiera ver en la oscuridad. A Ryuuji le pareció que aquello fue demasiado,
pero, en vez de protestar, se rio al ver aquella cara grasienta. Le daba igual que tuviera un
poco él mismo en la nuca. Además, había recibido un codazo en el hígado, lo cual hizo que
cayera de rodillas. El codazo se lo había propinado Minori, ya asustada, pero ella no se
había dado ni cuenta.
La primera trampa... no había dado resultado.

Siguieron adentrándose en la cueva.
—¡Oh! —exclamó Kitamura.
Aquello fue el indicativo de que habían llegado a la segunda trampa. Tras el fracaso
de la anterior, Ryuuji no esperaba mucho de las restantes, pero, según Kitamura, había
puesto mucho empeño en ellas. Taiga, sin embargo, sí que parecía tener más interés. De
todas formas, ante el grito de Kitamura, Minori se retorció.
—¿Eh? ¿Qué pasa? ¡¿Otro pepino de mar?!
—¡No, nada de eso! —contestó Kitamura mientras agarraba a Minori por el hombro
y la empujaba hacia delante.
—¡No, no, no, no! ¡Espera, espera!
Ignoró toda protesta y apuntó con la linterna a una grieta que había en una roca.
—¡Pero ¿qué es eso?!
—Qué escandaloso —murmuró Ami.
Después del eco de aquellas últimas palabras, se hizo el silencio. Finalmente, Minori
rompió dicho silencio:
—No veo nada.
—Fíjate bien. ¿Lo ves ya?

103
—¿Mmm? Pues no. Por cierto, ¿cuántas dioptrías tienes? A lo mejor necesito llevar
gafas yo también, ya que últimamente me cuesta ver de lejos. La última vez que fui al
oftalmólogo, en primavera, no pude leer las letras pequeñas.
—¿Eh? ¿Tienes miopía, entonces?
—¿Supongo?... Jo, qué lata... Y yo que pensaba que no iba a ser tan grave porque en
clase no tenía problemas para ver la pizarra y eso...
—Pues sí que podrías tener problemas a la hora de jugar al sófbol. Deberías pensar
en ponerte gafas o lentillas.
De algún modo, habían acabado hablando de agudeza visual. Ryuuji, que ni quería
interrumpir, se rascó la cabeza. Además, había metido el tofu en el bolsillo. Siempre solía
llevar bolsitas de plástico para lo que pudiera ocurrir.
En cuanto a la trampa, Kitamura había fabricado un objeto con forma de cuerpo
humano usando sábanas viejas. Incluso le había dibujado un círculo como boca, aunque
quizá aquello no era lo más apropiado, pues el pelele parecía servir para otro propósito.
—Taiga, ¿qué hacemos? —le preguntó Ryuuji a Taiga. Kitamura es un inútil.
—No te metas con él. Seguro que tiene algo más preparado.
—Por cierto, hace bastante fresco en la cueva, ¿no? —dijo Minori sin darse cuenta de
algo que había escrito con color rojo en la pared rocosa. El color rojo, por supuesto,
imitaba la sangre—. ¿Qué hacemos ahora?
Ryuuji suspiró. Ni siquiera podía seguir criticando a Kitamura. Sencillamente, estaba
cansado. El plan de Kitamura, es decir, hacer que Minori gritara con la primera trampa, que
se desmayara con la segunda y que cayera rendida con la tercera... no parecía dar sus frutos.
Aparte, Ami no había ayudado con los preparativos y Ryuuji tampoco había aportado nada.
Aquella excursión a la cueva iba camino de acabar de forma poco productiva.
Mientras empezaba a reflexionar sobre lo que debía hacer, Ryuuji se detuvo en seco.
—¿Qué ocurre, Takasu? Si te paras, te quedarás atrás... ¡Uaaaaah! —Minori dio un
alarido que resonó por toda la cueva—. ¡Lo siento! Takasu... Esto está muy oscuro, así que...
no deberías apuntar con la linterna a tu cara...
En definitiva, su cara era lo suficientemente terrorífica para asustarla.
Por su parte, Taiga estaba carcajeándose de lo lindo.
—¡Jua, jua, jua, jua! ¡Ryuuji, eres de lo que no hay! ¡Jua, jua, jua, jua!
—¡Vale ya, ¿no?! ¡Uah!
Al darse la vuelta, enfadado, resbaló.
—¡Takasu, ten cuidado!

104
Minori había ido a socorrerlo. Ryuuji sentía que la cara le ardía. Trató de incorporarse
con rapidez y se apoyó en una roca. Sintió en la mano algo húmedo que se le enrollaba.
Algo parecido a una cuerda. La iluminó con la linterna y...
—¡Aaaah!
La pobre Minori se derrumbó delante de él. Sin decir nada, gateó hasta Taiga y se
aferró a su pierna. Señaló con el dedo la mano de Ryuuji e intentó pronunciar unas palabras,
pero no lo consiguió.
Aunque por fin habían conseguido asustarla, Ryuuji tampoco pudo abrir la boca: él
también estaba aterrado. Un pelo largo colgaba de su mano, y goteaba un líquido viscoso.
Comprendió que aquello también debía ser obra de Kitamura.
—Takasu... ¡¿Qué... es... eso?!
—Un pelo... ¡Puaj!
Ryuuji se sacudió la mano y, justo entonces, cayó en la cuenta. Sintió lo mismo que el
día anterior cuando encontró el pelo en la almohada. Y eso que no se lo comentó a
Kitamura.
—¡Uaaaah! ¡Qué mal rollo! ¡Estamos malditos! ¡Aquí hay algo muy malo!
Sin que los demás supieran qué estaba pasando, Minori sufrió un ataque de pánico.
Comenzó a aporrear las paredes mientras gritaba que quería salir de allí. Kitamura se acercó
para calmarla, no sin antes susurrarle a Ryuuji al oído:
—Muy buena, Takasu. Veo que venías preparado, ¿eh?
—¿Cómo?
Por un segundo, notó que la sangre se le helaba.
—Ta... Ta... Ta... —tartamudeó Ryuuji, hasta el punto de coger el brazo de Taiga e
incluso el hombro.
—¡Aparta! ¡¿A qué viene esa cara?!
—Taiga... Ese pelo...
—Sí, lo he visto. ¿No te dije que había que confiar en Kitamura?
—No ha sido él. Ni siquiera le conté lo de ayer. ¿No te das cuenta? ¡Es el mismo
pelo!
Taiga abrió ojos y boca de par en par.
—¡Taiga, cógeme de la mano! ¡Caminemos juntas! ¡Kitamura, ¿por qué seguimos
adentrándonos? —dijo Minori.
—No. Por aquí se va a la salida. De verdad.

105
Detrás de Kitamura, que iba riéndose como si nada, avanzaba Minori, arrastrando a
Taiga con ella. Ryuuji se quedó descolgado del grupo, tembloroso. No podía mover las
piernas.
—¡Kawashima!
Se percató de que Ami, que seguía a los demás, parecía aburrida.
—¿Qué pasa? No me dirás que tienes miedo...
No era el momento para que Ryuuji se sintiera ofendido, por lo que respondió:
—Di lo que quieras, pero vayamos juntos. ¿Te parece?
—Ene, o: no.
—¡¿Por qué no?!
—Por muchísimas razones. Toda esta estupidez no era para nada divertida. Estoy
harta. Y, además, te dije que no iba a ayudarte. Bastante es que haya venido. Voy a tirar por
otro camino para llegar antes a la casa.
—¡Espérame, Kawashima!
No pudo alcanzarla, así que se volvió, pero Kitamura y los otros ya no estaban allí.
Solo le quedaba una opción.
—¡Voy contigo! —gritó.
—¿Qué? Joder. ¿No ibas a cuidar de la preciosa Minori y del necesitado Tigre de
Bolsillo? ¿Eh, Takasu?
—¡Cállate ya!
Ryuuji miraba hacia atrás con signos de preocupación mientras seguía a Ami.

* * *

—¿De verdad sabes adónde vas?
—¡Claro que sí! Cuando era pequeña, esto era como mi base secreta.
Ami continuó caminando a grandes zancadas a pesar del agua que había en la cueva.
Ryuuji la seguía, pero no podía ocultar su nerviosismo. Tan solo podía intentar no alejarse
demasiado de ella.
—¿Se habrán dado cuenta Kitamura y las otras chicas de que no estamos con ellos?
A lo mejor deberíamos ir a buscarlos...
—¿Pero qué dices? ¿Tanto te preocupa?
Ami se detuvo y se dio la vuelta. La luz de la linterna hizo que sus ojos brillaran
como estrellas.

106
—No, pero...
Ryuuji no terminó la contestación. Tras los acontecimientos extraños de la noche
anterior y los recientes, estaba seguro de que había alguien extraño que respiraba a su lado.
Si llegara a decírselo a Ami, la aterraría, por lo que provocar que cundiera el pánico en los
dos en un lugar tan oscuro no era viable.
—No me gustan los sitios oscuros y eso —concluyó Ryuuji.
—¿En serio? —Ami alzó la barbilla de la misma manera en que solía hacerlo Taiga.
Era imposible discernir qué intenciones llevaba detrás de aquella fachada. Probablemente,
una provocación—. Si te dejara atrás, ¿qué harías? ¿Eh? —Puso una sonrisa demoníaca—.
¿Tienes miedo? ¿Te preocupa que te deje solo?
—¿Qué?
—Contéstame, Takasu. ¿No quieres quedarte solo? ¿Crees que soy irreemplazable?
Ami acortó las distancias entre los dos en un instante. Entrecerró los ojos y se inclinó.
Sin embargo, Ryuuji no estaba de humor para aguantar aquello y acabó empujándola.
—¡No es el momento para estas tonterías!
Quería hacerle ver a Ami que se encontraban en una situación delicada, sin espantarla.
No obstante...
—¿Que no es el momento? ¿De verdad? Así que quieres buscar a los otros para que
puedas seguir asustando a Minori, ¿eh? —Sonrió y se llevó el dedo índice a los labios antes
de poner una pose de superioridad—. Takasu, entérate: Minori y tú no pegáis ni con cola.
«¿A qué viene este sinsentido ahora?», pensó él.
—Pero... No... ¡¿Qué estás diciendo?!
—Te noto alterado —contestó ella, entre risitas, mientras le daba la espalda—. A ver,
alguien que pegue contigo —murmuró a continuación—. ¿Quieres saberlo?
—Ni me importa —respondió de manera seca Ryuuji.
—Vale. No te lo diré. Me voy.
—¡¿Eh?!
Tras la provocación, Ami empezó a correr.
—¡Kawashima! ¡Espera, Kawashima!
Ni contestó ni le esperó. Como una cabra montés, fue avanzando con gran agilidad y
velocidad por la cueva. Se desplazó por varios caminos estrechos para perder de vista a
Ryuuji, quien trataba de alcanzarla entre la oscuridad.
—¡Espera! ¡Te lo ruego! ¡¿Tienes idea de adónde vas?!

107
Finalmente, llegó hasta ella. La cogió por el codo y, de forma inesperada, ella no hizo
ademán de querer zafarse. En cambio, miró a su alrededor.
—¿Eh? Creo que me he perdido.
«¡Te dije que no corrieras! ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Te das cuenta de en qué
situación nos hemos metido?», se limitó a pensar Ryuuji, pues no pudo pronunciar palabra
alguna. Unos segundos después, se puso erguido y dijo:
—Bueno, tranquila. Seguro que Kitamura y las chicas nos encontrarán. No tengas
miedo, ¡que estoy aquí contigo!
Incluso llegó a acompañar aquel parlamento con una sonrisa falsa para que Ami no
perdiera la compostura.
—Takasu, lo siento.
—¡No hace falta disculparse!
—No, no, es que te he mentido al decir que me he perdido. ¿Pensabas que iba a ser
tan estúpida como para perderme con tanta facilidad? Usa la cabeza por una vez en tu vida.
Después, le dio unos toquecitos a Ryuuji en la nariz con el dedo. Él consiguió
agarrarlo.
—¡Ah! ¡No! ¡Suéltame! —exclamó ella.
Mientras se aseguraba de no dejar escapar a Ami, sacó el tofu de la bolsa de plástico y
empezó a atacar. Ryuuji estaba muy enfadado.
—¡Ja, ja, ja, ja!
Aunque estaba recibiendo un ataque con tofu, algo provocó que Ami se riera.
—¿Te ríes en un momento como este? ¡Estoy cabreadísimo, ¿sabes?!
—¡Ja, ja, ja! Perdón, perdón. ¡Takasu, es que eres como un niño! ¡Deja ya el tofu!
—Y sigues burlándote de mí...
Soltó a Ami, que se retorcía de risa. Ryuuji miró el tofu, que aún seguía intacto.
—Ay, Takasu... Eres de lo más ridículo.
—Cállate.
Ella se apoyó contra la pared y se secó las lágrimas.
—Que sepas que... eso de que ataques a alguien con tofu porque estás enfadado... no
es algo que me disguste. Venga, venga, deja de mirar al tofu. Te estoy hablando, así que
escúchame.
—Te estoy escuchando.

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—Ya te he dicho antes que Minori no es para ti. Y es la verdad. No serías capaz de
atacarla con tofu. Tampoco serías capaz de hacerte el narcisista delante de ella. En fin, eres
como la luna.
—¿Y eso qué significa?
—Minori es como el sol. Si te pones a su lado, acabarás achicharrado. Por mucho
que la admires, no tenéis apenas cosas en común. En cambio, necesitarías a alguien... como
yo.
—Lo único que tenemos en común tú y yo es la estatura.
Que Minori fuese como el sol era algo que podía comprender Ryuuji. Era una chica
que relucía con la misma intensidad que el astro rey, y la admiraba desde el momento en
que la vio por primera vez. Estaba enamorado de ella. No obstante, ello no suponía que
Ami tuviera prohibido expresar su opinión.
—Takasu, yo lo veo así. Creo que tú y yo congeniaríamos.
Sin llegar a darse cuenta, los dedos de Ami le rodeaban la cintura. Ella le miraba con
templanza y con una expresión natural.
—En cuanto a Taiga Aisaka, nada de nada. Yo te lo digo. Interprétalo tú como
quieras.
Se separó de él con una celeridad mayor que aquella con la que se había acercado. Se
dio la vuelta como si fuese un paso de baile y se apartó el pelo antes de poner una sonrisa
angelical.

Habían comenzado a caminar una vez más. Después de un rato...
—¿Eh? ¿Se están acabando las pilas?
La luz de la linterna de Ryuuji estaba parpadeando.
—¡Ah! Las de la mía también.
Tal como dijo, la luz de su linterna también había empezado a parpadear.
—Pues, como se apaguen, mal vamos.
—Si eso ocurre, no creo que sepa cómo salir de aquí, ya que aún falta un buen trecho.
—Busquemos a Kitamura y a las chicas.
Ambos asintieron con la cabeza y se pusieron a correr. Corrían peligro real. Después
de unos momentos de carrera, oyeron unas voces.
—¡Kawashima! ¡Deben ser Taiga y los otros!
—¡Sí! ¡Ya los oigo! ¡Ah! ¡Se me ha apagado la linterna!

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—¡Coge mi mano! ¡Venga!
Ryuuji, que iba delante, alargó la mano, a la cual Ami se agarró con firmeza. Aunque
él tenía miedo, ella era una chica, en el fondo. Tenía que protegerla. Así, ambos
consiguieron llegar hasta el camino principal de aquella cueva.
—¡Uaaaah! ¡Qué susto!
—¡Argh!
Se toparon con el chillido de Minori y con el grito de Taiga, que también estaba
sorprendida.
—¡Takasu, Ami! ¿Dónde estabais? ¡Creíamos que os habíais perdido!
—¡Y nos habíamos perdido! ¡Nos dejasteis atrás! Además, la linterna de Kawashima
se ha apagado, y a la mía no debe quedarle mucho.
—¿Eh? ¿Las vuestras también están en las últimas?
Al oír a Kitamura, Ryuuji se quedó sin habla. Se percató de que la linterna de Taiga
estaba apagada, y las de Minori y Kitamura estaban parpadeando.
—¡Ah, otra menos! —exclamó Ryuuji al ver que la suya se había quedado sin pilas.
—¡No, no, no, no! ¿Qué hacemos cuando se apaguen todas? ¡¿Nos quedaremos
atrapados?!
Minori, entre gritos, estaba al borde de las lágrimas.
—Si nos pegamos a la pared, podremos salir... No hemos tomado ningún desvío.
—¡¿Qué?! ¡Estoy harta de andar! ¡Me niego a volver por donde hemos venido!
Además, si nos pegamos a la pared, ¡no sabremos si estaremos yendo por el mismo camino!
¡Acabaremos dando vueltas en círculos! ¡Agh! ¡Se me ha apagado!
La mala suerte iba en aumento. La linterna de Minori también se había quedado sin
pilas. La única fuente de luz que les quedaba era la de la linterna de Kitamura. Minori se
aferró a los brazos de Ami y de Taiga. Ryuuji también se acercó a ellas para evitar que se
separaran.
—¡Tú, ven aquí también!
Ryuuji se quedó en silencio; la linterna de Kitamura se había apagado. Estaban
totalmente a oscuras. Se le agudizó el oído y pudo oír a alguien tragar saliva.
—Perdonad. Creo que he gastado todas mis fuerzas y no me siento muy bien.
Apenas puedo tenerme de...
—¿Eh? ¡Minorín!
—¡Minori!
—¡Kushieda!

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Luego, el ruido del golpe que se dio Minori al caer al suelo. Ryuuji empezó a palpar el
suelo para encontrar a Minori, pero...
—¡Tranquilos todos! ¡Tengo a Minori!
Aquellas palabras de Kitamura le aliviaron. No obstante...
—¿Qué es... ese sonido?
—Parece que se acerca. ¿Qué será?
Oían un sonido fuerte que se encontraba a poca distancia. Parecía una respiración... o
algo que se acercaba a rastras.
—Ryuuji... ¿Dónde estás?...
—¡Estoy aquí!
Una mano pequeña le rozó la mejilla. Al determinar instantáneamente que era de
Taiga, la agarró por la cintura. Ella no protestó en absoluto ni soltó gritos. Pero el sonido
extraño no se detuvo. Ryuuji sintió que iba a desmayarse.
Debía ser un sueño. Una pesadilla.
Si se trataba de la vida real, entonces, algo le iba a atacar. Incluso podía morir.
Vislumbró la cara de Yasuko en su mente. Si algo le pasaba a él, su madre se moriría del
choque emocional. Si tenía que morir, le habría encantado haberle declarado a Minori lo
que sentía por ella. Que ella le rechazara, le odiara o que su amistad acabara no importaría
una vez estuviera muerto.
Y si definitivamente se trataba de la vida real, incluso prefería aquel futuro perruno
que tanto les hizo temblar a él y a Taiga. Habría sido miserable, pero algo de felicidad
habría experimentado... quizás.
Taiga, Yasuko e Inko: todos estaban en aquel futuro. Sí, había una caseta de perro,
pero seguía siendo un hogar. Y Yasuko sería feliz al abrazar a todos los cachorritos, nietos
suyos. Tal vez aquel sueño no era tan malo, o, al menos, eso pensó.
—¡Ah!
Un alarido de Ami hizo que volviera en sí.
—¿Lo oís? ¿Verdad que lo oís? ¿Qué es eso?
Ryuuji también podía oírlo. Era un rugido que recorría el suelo. No podía provenir
de un ser humano. Era tan terrorífico y extraño que solo podía pertenecer a un monstruo.
—¡Maldición! —exclamó con voz grave Taiga, que se negaba a acabar derrotada—.
¡Venga, ven a por mí, desgraciado!
Posiblemente, su instinto de tigre había despertado. Se desembarazó de Ryuuji y dio
un paso al frente, aunque él trató de hacer que ella retrocediera de nuevo.

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—¡Taiga! ¡Es muy peligroso, incluso para ti!
—¡Cierra el pico! ¡Si tengo que morir, moriré luchando! ¡Eh, creo que veo algo!
—¡Venga ya!
El mismísimo Tigre de Bolsillo, al igual que un felino, parecía poder ver en la
oscuridad. Si a ella no le caía bien alguien, le mostraba los colmillos, y si se enfrentaba a
algún enemigo, lo destrozaba con las garras. Tanta ferocidad y espíritu combativo no se
correspondía con el tamaño diminuto de su cuerpo. En cualquier caso, poseía una fuerza
verdadera.
—¡Allá voy!
—¡¡¡No!!! —El grito de Ryuuji, aún mayor que el de Taiga, llenó toda la cueva—.
¡Mantengamos la calma! ¡No podemos perder la compostura! ¡Hagamos un recuento de
cuántos estamos aquí! ¡Uno!
—Do... ¡Dos! —dijo Ami, temblorosa.
—¡Treeeees! —dijo Taiga, casi en forma de aullido—. Y... ¡faltan dos! —añadió.
Ryuuji casi se desplomó en el sitio. Minori y Kitamura no estaban. Taiga se soltó con
la rapidez de una bala.
—¡¡¡Minorín!!! ¡¡¡Kitamura!!! ¡Uah!
Había resbalado y se había caído. Aunque Ryuuji no pudo verlo por la oscuridad,
estaba seguro de que aquello era lo que había ocurrido. Después, el sonido del agua.
—¡¿Taiga?! ¡¿Te has caído?!
—¡Ugh! ¡Bfffueh!
Ryuuji gateó por el suelo en la dirección desde donde provino el sonido. Zarandeó
las manos y, de algún modo, pudo agarrar algo que parecía ser el brazo de Taiga.
De repente...
—¡Taiga! ¿Estás bien? —Era el eco de la voz de Minori—. ¡Para, Kitamura! ¡Ha
habido un incidente! ¡Tenemos que salvar a Taiga!
—¡Afirmativo!
Dos luces aparecieron de la nada. Kitamura portaba una de ellas. La otra,
evidentemente...
—¡Ju, ju, ju! Parece que me han descubierto. ¡No pienso huir ni esconderme! ¡Soy
Minori Kushieda, más conocida como Minorín!
Llevaba un micrófono, pero no apuntaba con él a su boca, sino a su estómago... Ya
se conocía el origen del rugido monstruoso que habían oído.

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Y lo que había agarrado Ryuuji no era el brazo de Taiga, sino su pierna. De hecho,
ella estaba intentando por todos los medios evitar que se le vieran las bragas, ya que la
postura, al tener a alguien aferrado a su pierna, no era del todo natural. En definitiva, ni
Ryuuji ni Ami tenían idea de qué estaba pasando.
«¿Cómo? ¿Más conocida como Minorín? ¿Qué rayos ha pasado aquí?».

114
CAPÍTULO 6

—La perpetradora... ¡he sido yo!
Tanto Ryuuji como Taiga y Ami miraban a Minori, que se señalaba a sí misma con el
dedo. Estaban sentados en el sofá, totalmente boquiabiertos. Luego, Minori señaló a
Kitamura y añadió:
—¡Y este ha sido mi cómplice!
—Lo siento.
—¡Y yo también!
Ambos se inclinaron para pedir perdón.
El silencio se apoderó de aquella mansión. Tan solo las olas rompían la ausencia de
ruido. El sol se había puesto y, afuera, el cielo tenía un toque añil casi transparente.
—¿Qué... quiere decir todo esto? —preguntó Taiga con voz temblorosa.
Minori y Kitamura estaban explicándoles a los demás lo de la almohada de la
habitación de Ryuuji, lo de la ropa de la habitación de Taiga, el ruido en la ventana, el pelo
de la cueva y, por último, lo del monstruo extraño.
—Como sois tan inocentones vosotros dos, quise enseñaros cómo se asusta de
verdad. Por cierto, el líquido viscoso no era más que una loción. Y el pelo era de mi propia
cabeza —les dijo Minori a Ryuuji y Taiga.
Se llevó la mano al cogote y cogió unos cuantos pelos para demostrarlo.
—¿Inocentones? O sea... ¿Lo sabíais? ¿Sabíais que Taiga y yo habíamos ideado un
plan? —preguntó Ryuuji, bastante incrédulo.
—Sí. Desde el principio supe que había algo raro. Os vi a los dos susurrar en varias
ocasiones. Imaginé que tramabais algo, y me cercioré del todo en aquella ocasión en la que
estabas haciendo el curri. Takasu, fingiste que estabas con Taiga todo el tiempo, ¿no?
—Exacto...
—Obviamente, sospeché. A Taiga se le dan mal las tareas del hogar, pero tú no
parabas de repetir lo bien que ella lo estaba haciendo.
Kitamura, sin signos de arrepentimiento, se rascó la cabeza y le dijo a Ryuuji:
—¿No te pareció raro? Cuando estuvimos en la cueva, solo hubo fracasos aparentes.
¿Acaso no creíste que no era normal que yo fallara tanto?
—No, pero sí que pensé que eras un inútil.
—¿En serio?

115
Tras oír una opinión tan despectiva de parte de su mejor amigo, la expresión de
Kitamura se volvió triste.
—La verdad es que la actuación de Kushieda fue estelar. Me lo creí todo. Incluso que
estaba aterrada.
—¿Eh? ¿No ha parecido poco natural? Una chica atemorizada no reaccionaría de
manera tan artificial.
—Bueno, yo sí que me esperaba que reaccionaras así, Kushieda...
—¿Sí?
Minori se quedó algo perpleja. Había engañado a Ryuuji por completo. Él nunca
habría pensado que ella era una chica capaz de tomarles el pelo a los demás fácilmente.
Quedó demostrado que se había equivocado.
—Al final, tanto esfuerzo para nada... —dijo Taiga, cansada.
Con una sonrisa, Minori le dio un apretón en los hombros.
—¡Pues yo me lo he pasado muy bien! Gracias, Taiga. Y a ti también, Takasu.
—¿No estás enfadada porque hemos intentado aprovecharnos de lo mucho que te
asustan las cosas misteriosas y eso? Bueno, no nos salió bien, pero...
—No, no lo estoy —contestó Minori a la vez que negaba con la cabeza y hacía la
señal de la paz con ambas manos—. De hecho, os dije que me asustaba fácilmente para
sacar partido a la ocasión. En otras palabras, os he hecho creer que era una cobardica y
luego habéis picado.
—¿Cómo?
—Cuando digo que me asusto con facilidad, la gente, que es como es, acaba
queriendo asustarme y, al final, soy yo la que le doy la vuelta a las tornas. Hablando en
plata: me encantan los temas misteriosos, lo paranormal, los zombis, las pelis de miedo,
todo. Sí, puede que grite y monte un pollo, pero es de lo más divertido para mí. Y las
montañas rusas me chiflan.
Ryuuji miró al techo. Taiga, que tenía la boca totalmente abierta, cerró los ojos y
apoyó la cabeza contra los brazos. Minori los había dejado derrotados.
—Anoche, al darme cuenta de todo, le pedí a Kitamura que me ayudara y
mantuvimos una reunión en secreto. Vosotros dos hicisteis lo mismo, ¿no? Así que le envié
de espía —añadió Minori.
—Ami fue más bien una acoplada.
Aunque la aludieron, no dijo nada; tan solo puso una mueca. Quizás quien había
tenido la peor suerte de todos había sido Ami.

116
¿Cómo habían podido terminar las cosas así? Ryuuji no dejó de mirar al techo, y
Taiga se arremolinó en el sofá mientras fruncía el ceño. Había malgastado la oportunidad
de estrechar lazos con Kitamura.
Y el verano se iba a acabar. Y sin haber cambiado ni un ápice la relación entre Ryuuji
y Minori.
—¡Bueno, mirad! ¡Tachán! —exclamó Minori, que se sentía un poco culpable, al
mismo tiempo que sacaba una bolsa grande—. Ayer compré fuegos artificiales, bengalas y
pirotecnia de todo tipo. ¡Vayamos a la playa!
Ryuuji no estaba con los ánimos muy altos, pero tal vez aquello era lo que necesitaba.
Los fuegos artificiales, tan relucientes en el cielo... Y, sin embargo, él no tuvo
oportunidad para relucir...

La brisa soplaba por la playa, y se podía oír el canto de las cigarras. El sol se había
puesto con mucha rapidez. El otoño parecía querer entrar de manera vigorosa.
Mientras escuchaba las olas, Ryuuji, que llevaba puestas unas sandalias, caminaba por
la arena, más fría que en la ocasión anterior en la que estuvo con Minori.
—¡Ah! ¡Esto da miedo, Minorín!
Ryuuji se volvió en cuanto oyó el grito de Taiga.
—Que no. ¡Mira! ¿No es precioso?
Taiga, con los brazos estirados, tenía unas bengalas asidas. Minori las encendió por
ella. Comenzaron a emitir unos chisporroteos y unas llamas de color verde. Taiga se limitó
a verlas, como si no supiera qué hacer. Las bengalas le iluminaban la cara, así como la
sonrisa de Minori.
—¿Con cuál me quedo? ¡Con esta!
Tras una breve pausa, las dos chicas exclamaron de asombro ante la llama de color
rosa que despedía la bengala.
—¡Ja, ja, ja! ¡Qué pasada! —dijo Minori mientras daba vueltas y vueltas, además de
dibujar un lazo en el aire con el rastro del artefacto de pirotecnia.
A Ryuuji le encandilaba aquella sonrisa. Incluso más que las bengalas. Estaba
convencido de que no ocupaba lugar en la vida de Minori. Ser su novio, intimar con ella,
sorprenderla con cosas que ella no sabía hacer... eran cosas que estaban fuera de su alcance.
Y el plan, de dudosa ética, no había funcionado. Hacerla feliz era imposible para él.
Sentía que quería llorar, y no porque el verano estuviera a punto de acabar.

117
A un lado, Kitamura lanzó un cohete al cielo. Después del sonido estridente, el
estallido y las luces de color rojo y verde sobre el mar. Las dos chicas miraron encantadas.
Ami estaba sentada en la otra dirección. Fingía estar mirando los fuegos artificiales,
pero, en realidad, no prestaba atención a nada en especial. Parecía aburrida y hasta triste.
Ella había descubierto lo que Ryuuji sentía por Minori. ¿Cómo había podido permitir
que ocurriera? Al mirar él a Ami, ella se percató y se encogió un poco de hombros.
Recordó que ella le había preguntado antes si no quería estar solo. Aunque no le
hubo respondido, pensó que quizás ella había acertado de lleno. Y tal vez Ami se sentía
triste por su constante rechazo. De todas maneras, él seguía creyendo que no congeniaban.
Ryuuji se levantó y comenzó a caminar hasta llegar al lado de ella.
—Lo de hoy ha sido una locura, ¿eh?
Ami apartó la mirada. Él continuó:
—Bueno, en cuanto a aquello de lo que hablamos antes... Pues puede que me sintiera
solo si no estuvieras aquí. Cómo podría decírtelo... La cuestión no es que los demás se
sientan solos, sino si uno mismo se siente así, ¿verdad? Cuando alguien se siente solo,
quiere encontrar una solución. Eso es lo que nos toca. Sí, creo que tenemos eso en común.
Si te sientes sola, creo que deberías desahogarte y decirlo.
Ella siguió negándose a devolverle la mirada. Las luces de los fuegos artificiales se
reflejaban en sus ojos.
—Takasu —dijo, por fin—, yo... nunca he reflexionado sobre si me siento sola o no
—añadió, susurrando—.
—Pues hazlo. Poco a poco.
—¿Y eso... no dolería?
—Si lo puedes remediar, no debería doler tanto.
Ryuuji empezó a caminar. Aquello que le había dicho a Ami... también le incumbía a
él. Y había algo que podía hacer para remediarlo:
—¡Eh, Kushieda!
—¿Mmm?
Minori se dio la vuelta. Aunque Ryuuji se sentía atribulado porque no estaba al nivel
de su gran amor, probó a llamarla. Quería encontrar alguna posibilidad, algún hueco en su
vida. Tenía que hacer algo allí mismo.
—Esto...
Taiga empezó a alejarse.
—Voy a llevarle al estúpido chihuahua unas bengalas —murmuró ella.

118
Para mostrar su gratitud con aquel gesto de Taiga, Ryuuji le echó valor.
—Kushieda, gracias.
—¿Eh?
—Sí, tuve miedo, pero la verdad es que ha sido muy divertido. Me engañaste por
completo. Siempre que estabas cerca, todo era una sorpresa. Cuando estás, cualquier
situación... es divertida.
Minori se quedó callada como si pareciera cansada, pero no tardó en responder:
—¡Ja, ja, ja! ¡Iba a decirte lo mismo! —Sonrió—. Me lo he pasado muy bien contigo.
Lo del fantasma de las algas, el curri picante, que estaba delicioso... Ah, y cuando hicimos
los sándwiches juntos también. Probaste el mío especial con mostaza. Y mi parrafada
extraña... que escuchaste sin reírte. Te has portado, en serio. —Giró la bengala con las dos
manos y miró al rastro de chispas—. Perdón por asustarte y también por arruinarte la toalla.
La próxima vez, te compraré un regalo... Quería enseñarte un fantasma y se me fue la cosa
de las manos.
—¿Querías enseñarme...?
—Eso es.
Minori se inclinó para mirar las chispas y, luego, dirigió la vista hacia arriba. Por
último, se volvió directamente a Ryuuji.
—Me dijiste que querías ver un fantasma y pensé que podría ayudarte, ya que tú te
habías esforzado mucho en enseñarme a mí uno. Lo de estar aterrada era de mentira, pero
aquello de lo que hablamos iba en serio —remarcó ella—. Takasu, ¿por qué crees que has
querido asustarme?
—Porque... Taiga me dijo que no soportabas lo relacionado con el terror, supongo...
—O sea, ¿querías gastarme una simple broma? No creo. Takasu, tú no eres de esos
que muestran su rechazo hacia los demás. Tú eres más bien de los que intentan infundir
felicidad. —Ryuuji no podía contestar; no tenía palabras. Minori no se enfadó ni se rio, sino
que siguió mirándolo fijamente—. Al tratar de asustarme, pensaste que crearías en mí algún
tipo de felicidad, ¿verdad, Takasu? Eso es lo que quiero creer. Misterioso sí que es.
—Pues...
Se detuvo y se humedeció los labios. Sin embargo, pudo proseguir:
—Quise que creyeras que los fantasmas existen. Quise demostrarte que no estás sola.
Por eso.
Rezó para que Minori entendiera lo que realmente quería decir entre aquel
batiburrillo.

119
—Ya veo...
Sin decir nada más, Minori puso una expresión tierna. Quizás había comprendido lo
que Ryuuji le había querido decir. Volvió a sonreír y dijo:
—Takasu, ¿viste tú un fantasma?
Él asintió con la cabeza lentamente. Ryuuji miró la arena que tenía bajo sus pies.
Esperaba que Minori hubiera captado el mensaje implícito: que él podía ocupar una parte
en la mente de ella.
—Bueno, pues... Ah, Takasu, ¿y si vamos otro día a buscar ovnis? Pero ovnis de
verdad, no satélites artificiales. —Miró al cielo y sonrió—. Y después buscaremos animales
de leyenda... De esa forma, si el mundo cambia... y si yo encuentro las cosas que busco...,
tal vez un día...
Justo en aquel momento, Ryuuji apuntó al mar. Minori se dio la vuelta y vio lo
mismo: una bola de luz que subió hasta el cielo para luego estallar. Ella abrió los ojos al
máximo. Le brillaban más que las estrellas. La punta de la nariz le relucía con los fuegos
artificiales. Luego, murmuró, como si hablara consigo misma o no quisiera que nadie más la
oyera:
—Ha explotado. El ovni ha explotado.
Kitamura también miró al cielo. Y Taiga. Y Ami. Todos se quedaron sin habla. Fue
todo tan repentino...
Los fuegos artificiales estallaban y retumbaban. Todos los colores: el rojo, el amarillo,
el azul, el verde...
—¿Será el inicio de la guerra de la Vía Láctea? —volvió a murmurar.
Minori extendió ambos brazos hacia el cielo. Como si no se lo terminara de creer, se
repitió a sí misma que lo había visto.

Bajo aquel cielo resplandeciente, había algo de lo que Ryuuji no se había dado cuenta.
Taiga había bajado los brazos lentamente. Había comprendido... que no había
comprendido nada. «Conque sí, ¿eh?», pensó ella.
Ami miró al perfil de la cara de Taiga, pero no con un gesto de compasión, sino más
bien de indiferencia. Tan solo se quedó a su lado y nada más.

* * *

120
121
Cuando Taiga se despertó, no sabía dónde estaba por un momento. Sintió que acababa de
despertarse de un sueño raro en el que la habían abandonado en un sitio horrible.
—¿Qué haces? ¡Venga, que nos bajamos!
—¿Eh? ¡Ah!
Delante de ella estaba Ryuuji. A su lado, Kitamura, que le estaba dando el equipaje de
Ami para que él lo llevara.
—¡Ah, sabía que este tren me secaría la piel! —dijo Ami mientras se miraba en un
espejo de bolso bastante caro.
—¡Taiga! ¡Vamos!
Minori, sonriente de oreja a oreja, levantó a Taiga del asiento de un tirón y le cogió
sus pertenencias.
El tren había llegado a la estación de destino con la cual estaban muy familiarizados.
Taiga cogió a Minori de la mano y caminó por el pasillo estrecho. No estaba segura de
cuándo se había quedado dormida, pero le dolía la cabeza mucho. Y el estómago, un poco,
también.
—Minorín, me duele la barriga...
—¿Eh? ¿De verdad? Takasu, ¡Taiga dice que le duele la tripa!
Tanto Ryuuji como Kitamura se dieron la vuelta.
—¿Quieres algún medicamento? Podemos descansar en uno de los asientos del
andén —preguntó Kitamura mientras la miraba.
Taiga negó con la cabeza y evitó el contacto visual.
El verano iba a acabar muy pronto. La vida iba a volver a su curso normal. La misma
aula de siempre, la misma rutina de siempre, el mismo ciclo de día a noche de siempre. Y,
quizás, algo que había cambiado ligeramente. Pero Taiga estaba satisfecha. No tenía razón
para no estarlo.

Al lado de la taquilla donde se encontraron hacía dos días...
—¡Los viajes no se acaban hasta que no llegas a casa! ¡Tened cuidado por el camino
hasta que estéis en el hogar! —declamó Kitamura de forma un poco relamida.
—Debería pasarme por el súper... Hoy es viernes, así que tendrán el atún en
descuento —aportó Ryuuji, que había ignorado el parlamento anterior—. ¿Qué me dices,
Taiga? —le preguntó a ella.
—¡Cállate, que estoy cansada! Siempre estás con la actitud de ama de casa. Joder.
Un rechazo cruel.

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Ami estaba absorta en sus propios pensamientos. Parecía preocupada por la pequeña
quemadura que se había hecho en la punta de la nariz con el sol.
—Tal vez vaya hoy a visitar a mis padres —anunció.
—¡Eh, eh, eh! ¡Venid aquí! ¡Venga! —dijo Minori a todo el grupo—. ¡Lo más
importante es que el viaje acabe sin percances! ¡Adiós a todos! ¡Hasta el próximo semestre!
¡Ya nos veremos en clase!
Al llegar hasta el almacén de bicicletas que había en la entrada norte de la estación,
Minori se dio la vuelta y se despidió, no sin antes decirle a Ryuuji desde lejos:
—¡La próxima vez te traeré una toalla! ¿De qué color la quieres?
—¡Azul!
—¿Eh? ¿Rosa?
—¡He dicho azul!
—¿Eh? ¿De oro y plata?
—¡¡¡Azul!!!
—¡Vale, caqui! —concluyó ella con una sonrisa cada vez mayor.
—Bueno... Que sea caqui —dijo él.
—Menudos dos atontados —apuntaló Taiga con una mirada fría mientras se sentaba.
—¡Hasta luego! —se despidió Ami, dando una palmada en la espalda a Ryuuji y
mirando por un solo momento a Taiga con una pequeña risita.
Ami se puso las gafas de sol y se marchó de la estación, rumbo a la casa de sus padres.
Kitamura le dio a Taiga un medicamento antes de decir adiós gritándole a Minori:
—¡Espérame, que yo también he dejado la bici allí!
Y así fue como acabó el verano del segundo curso para Ryuuji Takasu.

FIN

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