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¡Alégrate, María!
Meditaciónes sobre la Anunciación

P. Rafael Fernández de A.

© EDITORIAL NUEVA PATRIS S.A.
J. M. Infante 132, Providencia
Fono/Fax: 235 8674 - 235 1343
Santiago - Chile
E-mail: gerencia@patris.cl - www.patris.cl

No Inscripción: 108.737
ISBN: 978-956-246-208-2
eISBN: 978-956-246-450-5

2a Edición: Marzo, 2000
3a Edición: Mayo, 2002
4a Edición: Mayo, 2002
Junio, 2009
CHILE

Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
info@ebookspatagonia.com

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Índice

“¡Alégrate!”
“Llena de gracias”
“El Señor está contigo”
¿Virginidad?
“María discurría”
“No temas, María”
“Vas a concebir en tu seno”
¿Cómo será esto?
“El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”
“Mira, también Isabel, tu pariente...”
“Hágase en mí según tu palabra”
Otros Títulos de la Serie

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“¡Alégrate!”
(Lc 1:28)

La obra de redención del mundo comienza con una invitación a la alegría. El mensajero
de Dios no apela en primer lugar al temor ni al sentimiento del deber. Sus instrucciones
no son para abrumar. Va a comenzar una historia de liberación y es necesario que la
primera protagonista, de quien depende todo el proceso, esté liberada de toda angustia
opresora. El ángel le dice: “¡Alégrate, llena de gracias!”

Qué bien nos hace escuchar hoy esas palabras, cuando muchas veces nuestra alma está
triste o nos encontramos agobiados o cuando abunda a nuestro alrededor sólo un remedo
de la verdadera alegría.

La historia de salvación nunca más perderá su sello inaugural de alegría. Cuando María
da a luz al Salvador, ángeles anuncian a los pastores que él será “causa de alegría para
todo el pueblo”

Y así fue. Porque Cristo habló expresamente de la alegría, invitó a la alegría, vivió en la
alegría. Todo su programa quedó condensado en las bienaventuranzas: promesas de
alegría, caminos de alegría. ¡Dichosos, felices los que tienen un corazón pobre y puro,
los que trabajan por la paz, los que son perseguidos y calumniados por ser fieles a mí!”
(Cf Mt 5:2-11). El describió, con una plasticidad no superada, la alegría de la
misericordia, la alegría de perdonar y acoger al extraviado, la alegría de dar, mejor aún
que la de recibir.

Cuando los discípulos del Señor quisieron escribir su vida, se preguntaron cómo titularla.
Y no dudaron: la llamaron “Evangelio”. La vida, los hechos, las palabras del Señor, todo
en él quedaba resumido en esa definición: “Alegre noticia”.

La “plena de gracias” vivió intensamente la alegría. “Mi alma se alegra en Dios mi
Salvador”; cantó camino a casa de su prima Isabel. Jesús estaba aún en su vientre
cuando ella la llamó “feliz”: “Dichosa tú, porque creíste” (Lc 1:45). Isabel, llena del
Espíritu Santo, comprendió y proclamó que la fe es fuente de inextinguible alegría.

Y por eso, la Iglesia, que saluda a María como madre de la fe, le reserva el hermoso
título de “Causa de nuestra alegría”.

“Alégrate, llena de Gracia, el Señor está contigo”. Sí, así comienza la historia de nuestra
salvación por Cristo, con una invitación a la alegría. ¿Vive esa alegría en nuestra alma? Si
sentimos la predilección de Dios en nuestra vida, si no pasamos por alto los regalos que
cotidianamente nos hace el Señor, si sabemos admirar todo lo bello que nos rodea, si

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creemos de verdad que Dios nos ama, entonces brillará la luz en nuestro espíritu.
¡Dejemos que entre la alegría a nuestro corazón! ¡Repartamos alegría a nuestro
alrededor: en una sonrisa, en una mirada amable! ¡Demos al mundo una palabra de
aliento con nuestra alegría!

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“Llena de gracias”
(Lc 1:28)

Hoy, más que nunca, nos hace falta tomar conciencia del amor que Dios nos tiene.
Existe demasiada indiferencia a nuestro alrededor; demasiado amor frágil y engañoso,
demasiadas rupturas e infidelidades. El alma del hombre actual está enferma de desamor
y por ello, de complejos de inferioridad.

Cuando el arcángel Gabriel saluda a la Santísima Virgen no la llama por su nombre, sino
que se dirige a ella con un apelativo inusitado: la llama “Llena de Gracias”. El término
que usa el texto del Evangelio denota un estado de plenitud y de permanencia. Es decir,
ella es agraciada por Dios, es su predilecta y su favorecida en forma única. De allí el
asombro de María.

Este nombre que le da Yahvé a través del ángel toca profundamente el corazón de María.
Ella conserva en su alma con in mensa gratitud el amor de predilección que le tiene el
Señor, que se dignó fijarse en la pobreza de su sierva (Lc 1:48). ¿Nos sentimos también
nosotros amados en forma especial por Dios? Podríamos decir que ése es el objetivo
primordial de nuestra vida: percibir, darnos cuenta, gustar el amor que Dios nos tiene.
“Los santos –afirma el P. Kentenich– llegaron a ser santos en el momento que se
supieron amados por Dios”. Sabernos y sentirnos amados es lo que despierta y motiva
nuestra entrega a él, “que nos amó primero” (1 Jn 4:19).

Dios hace todo lo posible para hacernos sentir su cuidado y su amor misericordioso.
¿Reparamos en ello? ¿No nos parece que todo “es evidente”: que vivamos, que
tengamos casa y techo, que existan los árboles y las flores? San Ignacio de Loyola decía
que cada uno de nosotros debía “enumerar y ponderar con mucho afecto” los dones de
Dios.

¡Sigamos su consejo! Si lo hacemos veremos cómo se ilumina nuestra alma. Todas las
noches, antes de ir al descanso, repasemos el día y recordemos, con gratitud y afecto, las
cosas hermosas que hemos vivido, esos “saludos” que el Señor nos envió mientras
caminábamos. “Gustemos” el don de Dios y expresémosle nuestra gratitud y alabanza, a
él y a María Santísima.

Gracias por todo, Madre,
todo te lo agradezco de corazón,
y quiero atarme a ti
con un amor entrañable.
¡Qué hubiese sido de nosotros

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sin ti, sin tu cuidado maternal!

Gracias porque nos salvaste
en grandes necesidades;
gracias porque con amor fiel
nos encadenaste a ti.
Quiero ofrecerte eterna gratitud
y consagrarme a ti con indiviso amor.
Amén.

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“El Señor está contigo”
(Lc 1:28)

Cuando María escucha el saludo del ángel Gabriel, se conturba, y admirada se pregunta
qué querrá decir aquel saludo. El ángel la había llamado “llena de gracia”, favorecida y
amada. Le había dicho “El Señor está contigo”...

Con palabras semejantes se había dirigido Yahvhé a sus elegidos a lo largo de la historia
de la salvación: a Jacob, a Isaac, a Moisés, a Jeremías, a David... El salmista recoge esta
experiencia y la aplica a todo el pueblo de Israel: “Dios es para nosotros refugio y
fortaleza, un socorro en la angustia, siempre a punto. Por eso no tememos si se altera la
tierra, si los montes se conmueven en el fondo de los mares, aunque sus aguas bramen y
borboteen y los montes retiemblen con ímpetu. ¡Con nosotros está Yahvhé Sebaot,
baluarte para nosotros, el Dios de Jacob!” (Sal 46:2-4).

“El Señor está contigo”. “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios”
(Lc 1:30). El Señor, el que es poderoso, había puesto sus ojos en la pequeñez de su
sierva, por eso ella proclama en su cántico: “Todas las generaciones me llamarán feliz,
porque el Poderoso ha hecho en mi favor maravillas. Santo es su nombre y su
misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen” (Lc 1:50).

Sí, el Señor está con María. También está con cada uno de nosotros. ¿No es verdad que
necesitamos reafirmar en nuestra alma esa conciencia? ¡Qué paz nos trae este
convencimiento! El Señor está conmigo y María, su Compañera y Colaboradora,
también está conmigo. ¿Por qué, entonces, acobardarnos como si estuviéramos solos?
Puede ser que tengamos problemas –¡quién no los tiene! O que otras personas nos
critiquen o no nos entiendan; o que nos sea difícil enfrentar una determinada situación...
El Señor está conmigo.

El P. José Kentenich, fundador del Movimiento mariano de Schoenstatt, rezaba a
menudo esta pequeña oración:

En tu poder
y en tu bondad
fundo mi vida;
en ellos espero
confiando como niño.
Madre Admirable,
en ti y en tu Hijo
en toda circunstancia

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creo y confío
ciegamente.
Amén.

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¿Virginidad?
(Lc 1:27)

Al referirnos a María, la Madre de Jesús, generalmente la llamamos “la Virgen María”, o
simplemente “la Virgen”. Sin embargo, ¡qué extraño resulta hablar hoy de virginidad!
¿Quién la aprecia? Muchos piensan que es una mutilación de la realización personal; que
solamente es pleno el amor que se expresa y consuma en el sexo.

Sin embargo, pareciera que los evangelistas se esforzaron por destacar el hecho de la
virginidad de María. Nos relata san Lucas: “Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una
ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José,
de la casa de David; el nombre de la virgen era María”. (Lc 1, 26-27). Y san Mateo
concluye el relato del nacimiento de Cristo diciendo: “Todo esto sucedió para que se
cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: ‘Ved que la virgen concebirá y
dará a luz un hijo a quien pondrán por nombre Emmanuel”. (Mt 1, 18 ss.)

Para María, la virginidad nunca fue expresión de mutilación o deformación. Para ella, ser
virgen no era algo negativo, no era carencia sino plenitud de su personalidad en el amor,
pertenencia total al tú divino, a Cristo, y disponibilidad total para su obra. Era entrega a
los hombres, en un amor generoso y heroico. Ningún rasgo hay en María que pudiese
indicar menoscabo de su personalidad. Al contrario, la Virgen María es precisamente el
símbolo de la personalidad libre. Su virginidad irradia alegría. Ella lleva en su corazón el
cántico del Magnificat; es la Virgen que, impulsada por el amor, parte presurosa a través
de la montaña para servir. Es la Virgen que, mostrando una delicada preocupación por los
hombres, en Caná dice al Señor: “no tienen vino”.

La Madre Teresa de Calcuta, a quien todos admiramos por su humildad e increíble
entrega a los más pobres, es una viva imagen de María Virgen. La verdadera virginidad
es liberadora y humanizante, propia de aquellos que eligieron ese camino “por el reino de
los cielos”. ¡Cuánto tiene que decirnos la virginidad de María en este momento! Hoy
reina el sexo sin Dios y sin amor. Hoy abunda la lujuria que denigra y deja vacío. María
es una señal de protesta contra el pansexualismo reinante. Ella nos dice, con su vida, que
su entrega indivisa a Dios no fue encierro egoísta en sí misma, sino, por el contrario, un
inagotable darse a los hombres, una lucha comprometida por el reino de Cristo aquí en la
tierra, un estar, en último término, junto a la cruz, compartiendo el sacrificio redentor de
Cristo que nos rescata de la esclavitud del pecado.

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“María discurría”
(Lc 1:29)

Suele presentarse a María como una persona tan angelical y etérea que pareciera que
casi no tenía personalidad. Si observamos, por ejemplo, algunas imágenes que la
representan en la escena de la anunciación, tendremos la impresión que ella no sostiene
un diálogo con el ángel, como en realidad sucedió. El ángel la saluda. Ella se asombra.
Discurre. Piensa qué significa lo que ha escuchado. El ángel le habla nuevamente. María
responde indagando cómo se va a realizar lo que se le propone. Se trata, por lo tanto, no
de una escena estática, de un acontecimiento en el cual la Virgen asume una actitud
puramente receptiva. No, existe un auténtico y vivo diálogo entre Gabriel y ella.

En este diálogo hay algo sobre lo cual quisiéramos llamar la atención. Es un pequeño
comentario del Evangelista Lucas:

“María discurría qué significaría aquel saludo” (Lc 1:29). Es decir, ella estaba pensando;
trataba de penetrar el contenido y trascendencia de las palabras del ángel. Más adelante,
en otro pasaje del Evangelio –después de la visita de los pastores en Belén– san Lucas
hará una observación semejante: “María guardaba todas estas cosas meditándolas en su
corazón” (Lc 2:19). Y una vez más repara en la misma realidad, después de la pérdida y
hallazgo del Niño en el templo: “Su madre conservaba cuidadosamente todas estas cosas
en su corazón” (Lc 2:51).

Comparemos la actitud de María con la que nosotros solemos tener: ¿nos detenemos a
pensar, a discurrir, a tratar de comprender lo que los demás nos dicen? ¿No es así que
muchas veces somos extraordinariamente superficiales y pasamos por alto lo que otra
persona (tal vez nuestro cónyuge, uno de nuestros hijos o un compañero de trabajo), nos
está tratando de decir? No nos detenemos a escuchar. Oímos, pero no atendemos. O
bien, estamos demasiado ocupados en defender o exponer nuestro pensamiento, nuestras
ideas, nuestras opiniones, de forma que no nos queda capacidad para recibir lo que la
otra persona intenta comunicarnos.

María nos regala una enseñanza muy concreta: ella discurría, ella recibía en su corazón;
ella guardaba el mensaje en su corazón... Si actuamos de modo semejante, cambiará
nuestro tipo de relación con el prójimo. Estableceremos un diálogo real con los demás,
abandonaremos los monólogos. Y no sólo eso, también cambiará nuestra relación con
Dios. El también quiere comunicarse con nosotros y nos hace llegar sus mensajes: nos
regala su palabra en la Biblia; nos habla a través de los signos del tiempo y de las
circunstancias de la vida diaria; nos habla en nuestro corazón por el Espíritu Santo. ¿Lo
escuchamos? ¿Tratamos de entender lo que él nos quiere decir? Pidámos a la Santísima
Virgen que ella nos enseñe a hacerlo.

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“No temas, María”
(Lc 1:29)

"No temas”, dice el arcángel Gabriel a María, no te atemorices, no te preocupes, ten
confianza... A menudo escuchamos en la Sagrada Escritura esa amonestación. Yahvhé da
ánimo a quienes ha elegido para realizar una tarea en su nombre, les invita a creer, a
tener confianza en su poder. Cristo se dirigirá muchas veces con palabras semejantes a
sus apóstoles: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí” (Jn
14:1). “Os dejo la paz, os doy mi paz, no os la doy como la da el mundo. No se turbe
vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14:27). “En el mundo tendréis tribulación. Pero
¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn16:16). Lo que les dice en la Ultima Cena ya se los
había dicho al inicio: “No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por
vuestro cuerpo... Aprended de los lirios del campo...” (cf Mt 6: 25 ss)

La razón que da el ángel a María para no temer es que ella “ha hallado gracia delante de
Dios” (v.30). Es decir, si Dios la ama, ¡cómo no va a cuidar de todo! ¡Si ella es una
predilecta de Dios, ¿por qué asombrarse o extrañarse? Dios la ha envuelto en su amor y
la misión que va a recibir es un don gratuito de lo alto. El poder del Altísimo la cubrirá
con su sombra... Por eso, “¡no temas María!”

Recordamos las palabras de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego: “¿Acaso no estoy yo
aquí que soy tu Madre?”. ¿Por qué, entonces, temer como si ella y el Señor no
estuviesen aquí, como si no tuviesen poder para ayudarnos? “Todo lo puedo en aquel
que me conforta”, confiesa san Pablo. Ese es el sentir de todo verdadero cristiano, pues
“No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor” (1 Jn 4:18).

Se dice que el sentimiento radical del hombre actual es la angustia. Es un ser que se
siente profundamente desguarnecido, a la deriva, zarandeado de un lado a otro por las
circunstancias. Angustiado, lleno de temores, debe defenderse, desconfiar, mentir, ingerir
alcohol, drogas, cualquier cosa que disimule su vacío y sus temores.

“No temas...”, confía en el poder del Señor, en el poder que él ha dado a María. Confía,
sobre todo, en su amor misericordioso. Pero no pienses que él va a quitar de tu vida
todos los problemas y sinsabores. No pienses que tu vida estará a salvo de riesgos. No,
estamos en un mundo marcado por el pecado y sus consecuencias. Pero él venció el
mundo. En medio de nuestra realidad, del “descobijamiento” que nos rodea, él nos va a
cobijar, nos va a mostrar su poder. El Señor no nos va a quitar del mundo (cf Jn 17:15),
pero él venció al mundo. Por eso, ¡no temas, Juan; no temas, Pedro; no temas, Rosa...!

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“Vas a concebir en tu seno”
(Lc 1:31)

Hoy la mujer no quiere ni ser madre ni ser virgen, afirma el conocido autor Michael
Quoist. Hoy pareciera que sólo le interesa gozar con “libertad” de su sexo, sin
compromisos que la aten. Anticonceptivos de toda clase abundan para ello: abortivos o
microabortivos, “preservativos”, hay para todos los gustos. Para eso, ella –argumentan
las corrientes feministas– es dueña de su cuerpo y de sí misma: ése es un “derecho
humano” que le pertenece.

¡Qué pobre y denigrante resulta una vida de mujer así! ¡Cuánta esclavitud hay en esa
pretendida “libertad”, cuánto vacío y carencia de plenitud humana! También, ¡cuánto
dolor y soledad! El uso y abuso del sexo cerrado a la maternidad, siempre ha sido
denigrante para la dignidad de la mujer. Sería fácil acumular testimonios de ello.

En este trasfondo contrasta una promesa humana y divina, llena de esperanza y alegría:
“Concebirás y darás a luz un hijo”. María se eleva como una señal luminosa en medio de
nuestra cultura de la muerte.

¿No es así que, en lo más profundo del ser femenino, late el anhelo de fecundidad y de
donación amorosa a un ser que brota de las propias entrañas? El mundo actual se ha
empobrecido porque hoy día –sobre todo en los países “desarrollados”– lo pueblan
menos sonrisas de niños. Pero no sólo carece de maternidad biológica, también carece de
maternidad en el sentido más amplio. La humanidad actual clama por maternidad.
Pensemos en los inmensos problemas sociales de nuestro siglo: en el clamor de los más
desvalidos de la sociedad; de los que tienen hambre; de los que padecen la violencia; de
los que deben trabajar en condiciones inhumanas; de los que son discriminados o
tratados como un número en el engranaje de la producción; de los que son considerados
“desechables”. Nuestro mundo padece por falta de maternidad y sentido maternal.

En este horizonte, miremos a María y roguémosle que interceda para que la mujer actual,
en su cuerpo y en su alma, pueda escuchar la misma promesa que ella escuchó:
“Concebirás y darás a luz un hijo...”

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¿Cómo será esto?
(Lc 1:34)

Cuántas veces estamos desconcertados respecto a lo que Dios quiere de nosotros.
Cuántas veces nos encontramos ante encrucijadas sin saber bien qué camino seguir
Cuántas veces hemos diseñado planes para el futuro y de pronto estos se nos vienen
abajo...

María se había preguntado por la voluntad de Dios y había llegado a la conclusión de que
ella debía permanecer virgen. Su atracción por él; el inmenso amor que había en su
corazón; todo en ella la impulsaba con fuerza hacia el misterio de Dios y la pertenencia
indivisa y total a él. María no podía sospechar el misterio que ahora le revelaba el ángel:
Había sido elegida para ser madre de Jesús, del salvador de Israel, del que sería llamado
“Hijo del Altísimo”. Al escuchar las palabras del arcángel, María percibe que su vida
adquiere un rumbo muy diverso al pensado por ella y no logra encajar esto con los planes
que ella había discernido.

Por eso la pregunta: “¿Cómo será esto?”. La respuesta del ángel sale al encuentro de su
inquietud. Le explica, desvelando en algo el misterio; lo suficiente para que ella perciba
que es Dios quién está detrás de sus palabras y que en verdad él la ha elegido para que
conciba en forma extraordinaria, sin concurso de varón alguno, al “Hijo de Dios”. María
da entonces su sí a la voluntad de Dios.

Nos impresiona la entereza y decisión de María. Nos llama la atención su personalidad y
firmeza y, a la vez, su disposición a cambiar sus planes. Queremos aprender de ella la
búsqueda de la voluntad de Dios en nuestra vida, en todos nuestros proyectos. Queremos
apropiarnos igualmente de esa misma docilidad suya para ir siguiendo la huella del Señor,
sin preguntarnos si el camino nos será fácil o difícil. Con María dejamos que Dios tenga
el timón de nuestra barca en sus manos; que sea él quien nos guíe y nos vaya revelando
sus planes. Y si viene una enfermedad o un cambio de rumbo en el trabajo, o si nos
sorprende la venida de un nuevo hijo, que todo ello nos encuentre despiertos,
conscientes, disponibles, también cuando lo nuevo cambie nuestros planes y nos saque
de la ruta acostumbrada.

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“El poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra”
(Lc 1:35)

Dudamos del poder de Dios. Y, por otra parte, tememos el poder de los hombres. “El
poder corrompe”, dice un adagio popular. Y es cierto, lo constatamos continuamente. Se
teme a la autoridad y al que tiene poder. Sin embargo, qué sería de nosotros si no
contáramos con el poder de Dios; si no pudiésemos rezar en el Credo: “Creo en Dios,
todopoderoso”. ¿Qué sería de nosotros si los padres de familia o los gobernantes no
tuviesen poder, es decir, si no pudiesen hacer nada, si fuesen unos incapaces...? ¡Pobres
hijos, pobre país...! El problema parece radicar en otra cosa: todo depende de quien usa
el poder; de la finalidad que persigue quien tiene el poder.

Cuando el arcángel Gabriel explica a María el plan de Dios, le dice: “El Espíritu Santo
vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”. Con ello la
tranquilizaba, le daba seguridad e infundía confianza en su alma. Dios, el Espíritu Santo,
es un Dios de amor. Y su amor es poderoso. Ese amor lo mueve a aplicar su infinito
poder –“para Dios no hay nada imposible”– en favor de aquellos que él ama.

María comprende el mensaje. Ella estaba familiarizada con la Escritura y sabía que Dios,
como una nube, cubría a su pueblo y le manifestaba su gloria y su poder. Esa nuble
luminosa que acompañaba al Pueblo de Yahvhé en su peregrinar, la envolvería ahora a
ella.

Más tarde, María proclamará que el Poderoso ha hecho en ella maravillas y que por eso
las generaciones la llamarán feliz (cf Lc 1:48-49). ¿No deberíamos cantar también
nosotros una alabanza semejante? ¿No ha mostrado Dios también en nosotros su poder?
Hemos sido creados de la nada; hemos sido rescatados del pecado; hemos recibido el
don inefable de la gracia que nos ha hecho hijos de Dios y miembros de la Iglesia; hemos
sido objetos de innumerables regalos de Dios a lo largo de nuestra existencia ... ¿Estamos
conscientes de ello? ¿Percibimos el poder de Dios en nuestra vida?

Sin duda que el poder de Dios está en lucha con el poder del maligno, del “príncipe de
este mundo”. Éste busca desbaratar la obra de Dios y ganar nuestra libertad para sus
fines; usa su poder para inducirnos a pecar. Pero el poder de Dios vence el mal y el
pecado. Venció en María y venció en Cristo. Si nos abrimos como María a la gracia de
Dios, al Espíritu Santo, también nosotros saldremos victoriosos.

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“Mira, también Isabel,
tu pariente...”
(Lc 1: 36)

A menudo sucede que, por estar tan preocupados de nuestros asuntos y tan dedicados a
solucionar nuestros problemas, fácilmente nos confundimos y angustiamos. Como
popularmente se dice: “nos ahogamos en una gota de agua”. Es importante mirar a
nuestro alrededor. Ver y comparar cómo otros han abordado situaciones semejantes a las
nuestras y han salido adelante. No somos los únicos que tenemos dificultades. Miremos,
por ello, a quienes han sabido manejar bien sus problemas.

El ángel dice a María: “Mira”, observa, ve lo que ha sucedido con tu prima Isabel. En
ella Dios ha mostrado su poder, pues –le explica el arcángel– “Isabel, tu pariente, ha
concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril,
porque ninguna cosa es imposible para Dios.” (Lc 1:36). Quiere afianzar así la confianza
de María: Tal como Dios ha mostrado su poder en Isabel, también lo mostrará en ella...

¿No deberíamos seguir nosotros igualmente la recomendación del arcángel? Miremos,
observemos, tomemos conciencia de lo que Dios ha hecho en nosotros mismos, en otras
personas, en nuestra familia, en nuestros amigos, en la Iglesia. Pensemos en cuántas
debilidades y cuántas dificultades debieron soportar y superar los santos y cómo ellos
experimentaron la fuerza y el poder de Dios.

¿Tenemos conciencia de las “maravillas” que él ha realizado entre nosotros? La fe de
Israel se fundamentaba precisamente en la meditación de las intervenciones poderosas de
Dios, en las maravillas que él había hecho en medio de su Pueblo.

Me acuerdo de las gestas de Yahvhé,
sí, recuerdo tus antiguas maravillas,
medito en toda tu obra,
en tus hazañas reflexiono.
(Sal 77:12-14)

¡Dad gracias a Yahvhé, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
El solo hizo maravillas,
porque es eterno su amor.
(Sal 136:1,4)

María, como personificación de Israel, canta porque ha hecho en su favor maravillas, el

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Poderoso (Lc 1:47). Cantemos y glorifiquemos también nosotros al Señor. Afiancemos
nuestra confianza en él y “descompliquémonos”. Recordemos las palabras del Señor:
“No andéis preocupados... Mirad las aves del cielo...” (Mt 6:25 ss)

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“Hágase en mí
según tu palabra”
(Lc 1:38)

Vivimos en un tiempo donde lo que importa es hacer, producir, organizar... Nuestra
cultura es una cultura desmesuradamente activa. No en vano se habla hoy del triunfo del
“homo faber”, del hombre trabajador, mejor, del hombre “trabajólico”. Estamos siempre
ocupados y preocupados. No tenemos tiempo para escuchar. Oímos, pero no atendemos.
Pareciera que los valores contemplativos y receptivos hubiesen sido arrasados por el
torbellino de la acción...

En este mundo no hay cabida para encontrarse consigo mismo y para acoger al tú. Así
nuestros vínculos se han enfriado. Las relaciones se han hecho cada día más funcionales
y utilitaristas, han perdido su gratuidad... Pues, no podemos “perder el tiempo...”. Pero,
casi sin darnos cuenta, podemos perder el alma. Se nos ha escapado lo más importante,
como decía El Principito, lo que es invisible a los ojos.

¡Cómo destaca en este contexto el “Sí”, el “Hágase en mí” de María! Su diálogo con el
ángel había mostrado con claridad que ella tenía los pies bien puestos en la tierra; que no
era una soñadora e ilusa. Pero esa faceta de su personalidad la vemos ahora
complementada con algo más profundo: María muestra magníficamente su actitud
receptiva ante Dios. Ella reconoce con humildad –esa virtud tan ajena al hombre actual–
su posición de creatura ante el Creador.

Con ello María se muestra tremendamente veraz y auténtica. No hay en su actitud
ningún rastro de servilismo o de infantilismo. Con plena libertad ella da su sí a Dios. Un
sí del cual Dios mismo había hecho depender la encarnación del Verbo, el hecho más
trascendental de la historia de la humanidad. Dios la había requerido para ser madre del
Mesías y ella libremente se ha abierto a su voluntad. Y ese sí que ella da, nunca más lo
retira: ella es la Virgen fiel.

Abrirnos a los hombres, abrirnos a Dios; escuchar a los hombres y escuchar a Dios; ser
receptivos ante los hombres y ser receptivos ante Dios, comprometernos con los
hombres y comprometernos con Dios, son todas actitudes que están íntimamente
relacionadas. Si no superamos al “homo faber” en nosotros, no sólo perderemos el
contacto personal de unos con otros, sino que también dejaremos pasar de largo al Dios
que nos ama y nos requiere; que solicita nuestro sí, libre, generoso y fiel.

El tiempo actual, nosotros, necesitamos dar un vuelco. Es preciso conquistar, más allá de
los valores del hacer y el producir, los valores del “hágase en mí”, de la receptividad y la

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“pasividad-activa” de María. Nuestro tiempo necesita a María.

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Otros Títulos
de la Serie

¡Alégrate, María!
meditaciones sobre la Anunciación

Conversando con María
meditación sobre el Avemaría

¡Dichosa tú!
meditaciones sobre la Visitación

El Magníficat
meditación sobre el Magníficat

El Padrenuestro
meditación sobre el Padrenuestro

La Pequeña Consagración
meditación sobre la Pequeña Consagración

Novena al Espíritu Santo

Orar a Cristo Jesús
plegarias del P. José Kentenich

San José, Padre y Custodio
novena a san José

Via Crucis
tomado del “Hacia el Padre”
del P. José Kentenich

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32
Índice
Créditos 4
Título 6
Índice 8
“¡Alégrate!” 9
“Llena de gracias” 11
“El Señor está contigo” 13
¿Virginidad? 15
“María discurría” 17
“No temas, María” 19
“Vas a concebir en tu seno” 21
¿Cómo será esto? 23
“El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” 25
“Mira, también Isabel, tu pariente...” 27
“Hágase en mí según tu palabra” 29
Otros Títulos de la Serie 31

33

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