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El nombre

de la rosa vertical
Manuel Iván Urbina Santafé

L
a cultura occidental hizo y mantiene
una opción que se palpa en la
sistematización filosófica del mito, una
forma algo desobligante de aludir al
pensamiento de corte idealista. Desde el
intento platónico de resolver tajantemente el
problema del devenir y la relativización de la
verdad, otorgándole entidad a los conceptos
universales de su maestro Sócrates; pasando
por la servidumbre de la filosofía medieval
como traductora racional de los dogmas de fe;
siguiendo con el reduccionismo racional de
Descartes y la radical afirmación hegeliana del
espíritu en constante camino de reencontrarse
con su esencia absoluta, hasta los
neoidealismos que legitiman la cuestión,
permanece el idealismo como respuesta al
problema —irresoluto desde la antigüedad—
de encontrar el fundamento de lo real.

Pervive a pesar de los argumentos


decimonónicos que, en nombre de una confianza ciega en la ciencia y sus aplicaciones
tecnológicas al dominio de la naturaleza, pretendieron que toda manifestación de lo
humano —la historia una de las fundamentales— puede reducirse a la legalidad de la
ciencia positiva.
Aunque el discurso racional de los idealistas apenas tenga vigencia hoy como marco
estructural del hecho religioso y que la metafísica se haya convertido en una
pseudofilosofía para transportar a nuestro medio la religiosidad oriental, su dualismo
espíritu-materia —con prevalencia del primer nivel— se ha trasladado a ámbitos
humanos que no son fácilmente aprehensibles mediante la lógica discursiva, tales como
la fundamentación de los principios éticos, el juicio sobre el hecho moral en lo que este
tiene relación con lo corporal, lo lúdico y lo poético como expresión de estos dos niveles.

II

Nombrar la realidad es ya una forma de


poseerla. Esto lo trae a colación Germán
Marquínez cuando nos refiere los nombres
que se le dieron a nuestro continente
desde la perspectiva del conquistador. Mas
si la realidad nombrada ya está siendo
negada desde su raíz ontológica, más
difícil le será al hombre apropiársela
mediante la palabra. No se trata solamente
de un problema de lenguaje, sino de la
posibilidad vital de reconocer la realidad
llamándola por su nombre sin que
aparezca en sus mejillas un asomo de
rubor, que equivale a decir autonegación.

III

El cuerpo, por excelencia lugar de encuentro con el mundo y con los otros, también se
aliena, se hace distinto de sí mismo al nombrarlo. O tal vez rebosa de significado cuando
la metáfora estalla y le establece sus límites de infinito. Sólo a través de la poesía es
posible que el nombre —o los nombres— del cuerpo se hagan un vuelo.
Esa sombra de ala aprisionada
que de sus muslos claros volaría
si fuese la doncella despertada.
Jorge Rojas

Isla de alas rosadas, plegadas dulcemente.


Aurelio Arturo

IV

Cuando el cuerpo se nombra, se le otorga significado dentro del propio universo y, con la
magia inescrutable del verbo, el cuerpo comienza a SER, como el amor cuando se declara,
porque es obvio que la declaración es parte de la guerra misma, es ya existencia.

La negación que la censura impone trasciende


fácilmente el plano moral para hacerse
negación de la realidad. Lo que se borra de la
memoria de los hombres a fuerza de
sanciones, también se borra de esa vasija vital
que no se alcanza a nombrar con agregados
como espíritu-piel-alma-espacio-materia-
tiempo, sino con una de esas síntesis felices
de las que sólo es capaz la intuición.

VI

La escisión, la división idealista de la realidad,


es el arma absoluta de la negación, el primero de los extremos que se justifica con el
segundo: la idolatría absoluta del cuerpo. En el fragor de la contienda hay temperatura
suficiente para extremar posiciones; allí nacen los dogmas y se hacen héroes los gusanos
que aman defender una bandera.
Quienes superan esta ruptura cierran al tiempo la posibilidad de comunicarse con el
mundo, porque ese paso —la superación de la dualidad excluyente— tiene el precio de la
contradicción interior que implica empezar a entender la unidad de su propio ser y la
exterior que implica ser auténtico contra la corriente, cuando sería más cómodo vender a
todos la ilusión que detentan y que de los demás esperan obtener.

VII

Y aún, para alejarnos de la tentación de fundar un dogma nuevo para combatir los
anteriores, es necesario aventurar la enunciación de un tercer camino que los héroes —y
las heroínas— de los extremos no tardarán en ubicar en el centro de su guerra privada:
"El tibio punto medio", "La amoralidad", "el relativismo".

Ese tercer camino tiene que ver con las evidencias vitales, no ya como las evidencias
nietzscheanas de la total confianza en la fuerza, sino también las evidencias de la duda,
de la ignorancia, de la intuición elemental de la existencia (que tal vez entristezca a los
más débiles o decepcione a los más fuertes). En todo caso, para intentar nombrar todo lo
que atañe al ser humano se precisa dejar abierto el espacio, infiriendo las evidencias de
las posibilidades que el infinito ofrece.

Yo no sé si eres muerte o eres vida,


si toco rosa en ti, si toco estrella,
si llamo a Dios o a ti cuando te llamo.

Junco en el agua o sorda piedra herida,


sólo sé que la tarde es ancha y bella,
sólo sé que soy hombre y que te amo.

Dámaso Alonso

VIII

En la poesía está la posibilidad de nombrar el cuerpo echando mano de esas evidencias.


El poeta nombra el cuerpo de la amada para que cobre su real dimensión y se haga
verdadero. Nombra sus ojos para que despierten los lagos escondidos, ocultos a las
miradas prosaicas. Y nombra sus labios y el aleteo sin número en los besos, aprehensión
del paisaje sin ruta preconcebida de una mariposa que existe apenas cuando desciende a
posarse.

Es el cuerpo la primera realidad, si no de la que se tiene conciencia, sí la que se intuye al


sentirla. Por eso no es gratuito que el poeta se represente al mundo en las formas de la
mujer amada.

Viento entero

El sol se ha dormido entre tus


pechos
La colcha roja es negra y palpita
Ni astro ni alhaja
fruta
tú te llamas dátil
Datia
castillo de sal (...)
Si el fuego en agua
eres una gota diáfana
la muchacha real
transparencia del mundo
(...)
Abajo
el desfiladero caliente
la ola que se dilata y se rompe
tus piernas abiertas
el salto blanco
la espuma de nuestros cuerpos
abandonados.

Octavio Paz

La realidad toda reside en el cuerpo del otro que es en sí mismo un universo completo.
Mas, como de la realidad sólo puede tener el hombre acercamientos, la aprehensión
poética de la misma no pretende agotarla sino que se recrea en ella y propone un espacio
abierto para quien se acerca al poema y al cuerpo del otro como totalidad de lo real.
Posibilidad de acceso a la realidad, no sólo como alternativa sino también como camino y
punto de llegada. El mundo de los mundos paralelos entrevisto ya por los vanguardistas,
que en el poema se hace todos los mundos posibles.

Finalmente, el poema que en su plurisignificación quiere reflejar el mundo, se hace


mundo, se hace cuerpo:

Contigo

Quieta
entre los tornasoles
eres
una pausa de la luz
El día
es una gran palabra clara
palpitación de vocales
Tus pechos
maduran bajo mis ojos
Mi pensamiento
es más ligero que el aire
Soy real
veo mi vida y mi muerte
El mundo es verdadero
Veo
habito una transparencia
(...)
sobre tus senos
escritura que te escribe
vestidura que te desviste
escritura que te viste de adivinanzas

Octavio Paz
IX

El nombre de la rosa se esconde en la paradoja de no poder ser nombrada, porque está en


código de realidad, no de palabras. En código de emociones y de presentimiento del
infinito. Porque la realidad (el cuerpo una parte fundamental de ella) se niega a ser
nombrada por otra realidad hecha de una especie diferente, esto es, los conceptos
volcados en el molde del lenguaje. La verdad del lenguaje, la garantía de su objetividad
misma —si ella es factible— reside en su imposibilidad, en el reconocimiento de la misma.

...tú te llamas torrente y te llamas pradera


tú te llamas pleamar
tienes todos los nombres del agua
Pero tu sexo es innombrable
la otra cara del ser
la otra cara del tiempo
el revés de la vida
Aquí cesa todo discurso
aquí la belleza no es legible
aquí la presencia se vuelve terrible
replegada en sí misma la Presencia es vacío
lo visible es invisible
Aquí se hace visible lo invisible
aquí la estrella es negra
la luz es sombra luz la sombra
Aquí el tiempo se para
los cuatro puntos cardinales se tocan
es el lugar solitario el lugar de la cita

Ciudad Mujer Presencia


aquí se acaba el tiempo
aquí comienza

Octavio Paz