El contenido de esta obra es ficción.

Aunque contenga referencias a hechos
históricos y lugares existentes, los nombres, personajes, y situaciones son ficticios.
Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, empresas existentes,
eventos o locales, es coincidencia y fruto de la imaginación del autor.

©2017, Cuervo negro
©2017, Anabel Botella Soler
©2017, Diseño de portada: Celia Portillo Sanchis (Representada por Ediciones
Babylon)
Derechos obtenidos por mediación de la agencia literaria Laetus Cultura.

Colección Noir, nº2
Ediciones Babylon
Calle Martínez Valls, 56
46870 Ontinyent (Valencia-España)
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No está permitida la reproducción total o parcial de cualquier parte de la obra, ni
su transmisión de ninguna forma o medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopia
u otro medio, sin el permiso de los titulares de los derechos.
A mis hermanos Paco y Marga, que inspiraron esta historia en nuestro lugar
favorito de la glorieta tomando helados.

A mi hermana Nuria, porque fue la mejor compañera de juegos en mi niñez.
Prólogo

¿Es a mí a quien llama el cuervo
desde el mundo de las sombras
en esta mañana de escarcha?
(Shukabo)

La bestia había crecido dentro de mí sin que yo pudiera hacer nada por remediarlo.
Me era imposible aplacarla y había cobrado vida propia. Sí, así era después de todo
lo que había sucedido. Ni siquiera Natalia intuía la lucha que mantenía todos los
días, porque era mi tercer mellizo, el que nació en mí después de aquel maldito día
de Reyes. Sabía que llegaba la hora de abrir las puertas, de dejar que se cobrara su
primera víctima.
Iba a traspasar la línea y no me importaba. Sin embargo, intuía que esto mismo
me alejaría de Natalia, pero la decisión ya estaba tomada, no había vuelta atrás.
Mi mano ejecutaría al marido de mi madre. No habría remordimientos, ni
tampoco lloraría su muerte delante de su ataúd porque no se merecía ni una sola
de nuestras lágrimas. No quería que mamá volviera a soportarlo ni un segundo
más, de ninguna manera deseaba que tuviera que maquillar de nuevo los cardenales
con los que solía levantarse. De alguna manera ella me lo iba a agradecer. Ya no
soportaríamos nunca más su aliento a alcohol, ni tampoco los perfumes caros con
los que nos avergonzaba cuando llegaba a casa, porque ninguno de ellos era el de
mamá.
Natalia y yo estábamos a punto de cumplir los quince años. Ni yo olvidaría
que sería mi primera vez, ni él viviría para contarlo. Era el plan perfecto, lo había
calculado hasta el más mínimo detalle. Llevaba tiempo preparándolo. Nada podía
fallar, ya que aquel sería el mejor regalo que podría hacernos en su vida.
Como todos los miércoles, Vidal se tomaba el día libre y salía sobre las diez y
media de casa. Era una costumbre que adoptó cuando conoció a su última amante.
Se pasaba las mañanas jugando al tenis y después acudía a los brazos de la rubia
que se abría de piernas para él, mientras mi madre se convertía en la otra. Aun así,
nunca le habló a mamá de separarse; estaba bien visto que un hombre de su posición
tuviera esposa y querida.
Aquel día no acudí a clase y mamá creyó que me encontraba mal porque había
vomitado la cena. No tenía motivos para sospechar, ya que era un alumno de
matrícula y jamás caía enfermo. Esperé a que Natalia se marchara al instituto, al
tiempo que mamá recogía a la amiga de Cecilia, Laura, para llevarlas al colegio.
Después tenía una cita muy importante de trabajo que le había conseguido mi tío
Francisco José. Mi madre decía de él que tenía amigos hasta en el infierno; nunca
estaba de más recordarlo por si tenías un problema. Más tarde había quedado con mi
tía Amparo para ir al notario. Insistió en cambiar las dos citas, cosa a la que yo me
negué. Le prometí que la llamaría a la hora de comer para hacerle saber cómo me
encontraba. Disponía solo de una hora y media para llevar a cabo mi plan.
Tomé algo sólido y bebí un zumo. Antes de acudir al despacho de Vidal, fui al
cuarto de baño para provocarme nuevamente el vómito. Dejé restos en la taza y en el
suelo, ya que esto era parte de mi coartada. Cuando llegara la policía les aseguraría
que me habían pillado en el lavabo. Les diría que habían entrado dos hombres en
casa, que uno de ellos me había golpeado y que pude deshacerme de él gracias a
una kata de kárate.
A continuación busqué en la caja fuerte las pocas joyas que mi madre guardaba.
Había también algo de dinero, que metí dentro en una bolsa de plástico. Después
vacié cajones y armarios; por último, tiré algunos muebles sin hacer ruido.
No me llevó ni diez minutos esta primera parte del plan.
Encontré a Vidal en el comedor desayunando, luciendo esa mueca que pretendía
ser una sonrisa. Muy pronto no quedaría huellas de ese gesto. Era muy posible que
estuviera pensando en el polvo que nunca llegaría a producirse.
Imité su sonrisa, pero yo tenía un motivo para esbozarla; él no. En una mano
llevaba su cajita de pastillas, esas que tomaba a diario y que dejaba en un mueble
de la cocina.
Ni siquiera me miró cuando me senté a la mesa. La excusa era que estaba
leyendo el diario Las Provincias, aunque ya no disimulaba en mostrar cordialidad
conmigo. Sin embargo, mi hostilidad hacia él era más que evidente, así que esperé
a que se tomara el carajillo que le había preparado mamá. Le gustaba bien cargado
de coñac. Aunque debía de estar ya muy frío, le daría ese último placer antes de que
se marchara al infierno.
Me senté frente a él, crucé las piernas y no le quité los ojos de encima.
―¿Se puede saber qué estás mirando? ―me preguntó después de llevar más de
diez minutos pasando las hojas del diario.
―A ti.
Levantó la vista por primera vez para mirarme a los ojos.
―¿Qué te hace pensar que quiero que lo hagas?
No respondí; solo me limité a encogerme de hombros.
―Pareces tonto, chico.
―Sí, llevas razón. Pero una cosa es parecerlo y otra es serlo, así que piensa lo
que quieras.
―¿Se puede saber qué te pasa esta mañana?
―Nada. Estoy esperando.
―Pues ya puedes irte con viento fresco a otra parte.
Se mojó los labios resecos, y yo esbocé una sonrisa porque la medicación le
estaba haciendo efecto. Había machacado un cóctel de pastillas y las había metido
en una de las píldoras que se tomaba a diario.
―No, me gusta estar aquí ―repliqué.
―Me estás tocando los cojones.
―Creí que ya te los tocaba tu amiga…
Como esperaba, se levantó hecho una fiera. Solo había tardado quince minutos
en sacarlo de sus casillas, así que me preparé para recibir el primer golpe. Me agarró
de la pechera y me pegó un bofetón. Me dolió, aunque no lo suficiente, por lo que
tendría que provocarle mucho más.
―¿Esto es todo lo que sabes hacer? ―le pregunté.
―¿Quieres más?
Solté una carcajada, y Vidal apretó el puño de su mano derecha sin titubear. Por
aquel entonces yo estaba casi tan alto como él. Me golpeó otra vez en la mejilla
izquierda y después en el ojo; aunque dejé que siguiese haciéndolo, en ningún
momento me defendí. Sus puñetazos eran cada vez más lacios.
―¿Has tenido suficiente? ―dijo entre dientes.
Un resto de saliva seca se le había quedado en la comisura de los labios.
―¿Y tú?
―Eres un maldito bastardo.
Esta última frase la dijo arrastrando las palabras. Después me soltó porque
parecía que la cabeza le pesaba sobre los hombros. La sacudió y parpadeó varias
veces.
―¿Qué me ocurre?
―Nos habíamos quedado en que yo era un maldito bastardo.
―¿Qué me está pasando?
Se llevó ambas manos a las sienes.
―No sé. Yo solo te estaba mirando y tú me estabas golpeando.
―¿Me has hecho algo?
―No ―chasqueé los labios y esbocé una sonrisa amplia―. Bueno… En honor
a la verdad, han sido las pastillas que te has tomado. No deberías mezclar los
ansiolíticos, el relajante muscular y los antihistamínicos con el coñac. Esta mañana
has empezado muy pronto con el alcohol.
―¿De qué estás hablando?
Retrocedió un poco, sorprendido por mis palabras.
―Lo has despertado.
―¿A quién? ―abrió los ojos con temor.
Avancé un paso, pues solo me separaba un metro de él.
―Al monstruo. Y quiere sangre, mucha sangre.
Vidal retrocedió. Tropezó con una silla y cayó de espaldas.
―Me encuentro mal. Llama a tu madre.
Negué con la cabeza al tiempo que desconectaba el teléfono.
―No.
―¡Que llames a tu madre! ―farfulló.
―Ya es inútil. Ahora estás en mis manos.
―¿Qué cojones te crees que estás haciendo?
―De momento, nada, pero muy pronto lo sabrás.
Me coloqué los guantes de látex con tranquilidad y alargué el brazo para agarrar
uno de los trofeos de caza que exhibía en el aparador. Le pegué con fuerza en la sien
derecha, hasta ver cómo le caía la sangre.
Observé si los golpes que me dio le habían dejado marca en los nudillos; de haber
estado en condiciones, posiblemente los tendría ensangrentados, pero de momento
la fortuna me sonreía. Lo abandoné en el suelo un poco aturdido y fui al cuarto de
baño para mirarme en el espejo: solo me iba a dejar unos bonitos cardenales. Me
desvestí por completo, dejándome solo los calcetines, y me cubrí el cuerpo con film
transparente como había leído en un libro, para no dejar huellas. Después me puse
un pasamontañas y rompí algunos jarrones. Solo me quedaba ir a la cocina para dar
por concluida mi última parte del plan. Saqué del cajón un cortapizzas; deseaba que
sufriera como nunca lo había hecho. También tomé las tijeras de podar de mi madre,
una cinta de embalar y un cuchillo jamonero.
Vidal seguía en el suelo murmurando cosas sin sentido y miraba al techo. Cuando
advirtió mi presencia, se encogió sobre sí mismo, temblando como una hoja en un
día de otoño. Rompí varias fotos delante de sus narices.
―¡Bárbara! ―exclamó―. ¿Dónde coño estás?
Los párpados le pesaban.
―No quiero que cierres los ojos.
Le pasé el cortapizzas por la cara varias veces, pero el filo no estaba lo
suficientemente afilado.
―¡No me hagas daño!
―Eso ya no va a ser posible.
―¡Por favor…!
―¡Qué ironía! Lo último que vas a ver en tu vida es la cara de este maldito
bastardo.
―Púdrete en el infierno ―exclamó.
Enseguida le cubrí la boca con la cinta.
―Sí, no esperaba menos, aunque tú lo harás primero. Allí nos veremos.
Dejé que siguiera gimiendo, porque ya nada podría librarlo de lo que tenía
pensado para él. Desgarré la camisa con las tijeras y le provoqué cortes con el
cuchillo hasta que empezó a sangrar. La camisa blanca cambió de color en cuestión
de segundos y también lo hicieron sus pantalones. Además, se meó encima.
Le quité los dos anillos que llevaba. Los metí en la bolsa de plástico.
―No te mereces esa alianza. Has humillado a mi madre.
Le agarré la mano izquierda. Me interesaba el meñique, donde había llevado
el sello familiar que había pertenecido a mi abuelo materno. Hice fuerza con el
cortapizzas para separarlo de la mano. Las muecas y las lágrimas que derramaba me
confirmaron su dolor.
―Vaya, este trasto no vale ni una mierda. ¡Qué lástima que no se pueda devolver!
¿Tú crees que debería seguir?
Él negó con la cabeza.
―Esa no es una opción.
Gimió.
―Elige: cuchillo o tijeras.
Volvió a negar.
―Yo tengo mis preferencias.
Agarré las tijeras de podar y acabé con su sufrimiento. Fue el primer dedo que
perdió. Segundos después se desvaneció cuando le corté el anular, donde había
llevado el anillo de casado.
Miré la hora en el reloj que había en el aparador. Eran las diez y media pasadas
y no me quedaba mucho tiempo, porque a las once solía llegar la vecina de debajo
de tomar el café con las amigas.
Por último, le hice un corte profundo en la garganta con el cuchillo jamonero.
También le seccioné la femoral; ambas heridas eran mortales.
―Te dije que habías despertado al monstruo.
Le dejé una pluma de cuervo en el bolsillo de su camisa.
―Soy un Cuervo, el Cuervo más negro de todos. Esto es lo que habéis hecho
de mí.
Me quité los guantes para guardarlos en otra bolsa de plástico, aunque aún no
había terminado. Me deshice con prisas del film que cubría mi cuerpo, y lo metí
todo en otra bolsa para esconderlo en el fondo del arcón que teníamos en la cocina,
en el doble fondo que hice días atrás. Después dejé entreabierta la puerta de casa y
me metí en mi cuarto, donde podía cerrar con llave. Coloqué en el radiocasete una
cinta donde había grabado gritos y golpes. Desde mi cama, llamé a la policía con un
teléfono inalámbrico.
―Por favor, ayuda… Me van a matar… ―sollocé.
―Policía local. Dígame en qué podemos ayudarle…
―Hay dos hombres en mi casa… Han venido a por mi padrastro… Querían
dinero… Le han cortado un dedo… y ahora vienen a por mí… ―Subí el volumen
de la grabación y se escuchó cómo se rompía un jarrón―. ¡Abre la puerta…! Por
favor… Corta la línea, Carlos… Poeta Querol, 25…
―…
CONSIGUE COMPLETA
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