AVENTURA EN EL RÍO YAQUI

POR - Roberto y Alberto Fco. Torres Arechederra - Alberto Torres Garza Mayo del 2005

CONTENIDO
I. II. III. IV. V. VI. PLANES Y PREPARATIVOS……………………….………. 3 EL VIAJE A TÓNICHI………………...…………….……….. 7 BATUE-IORI NAVEGA DE NUEVO……………………….. 9 ¡ABANDONEN LA BATUE-IORI!…………………………. 12 LA DURA……………………………………………………. 16 DE NUEVO AL RÍO YAQUI…………………………...…... 19

VII. ATRAPADO EN LOS RÁPIDOS………………………..….. 22 VIII. EL CUARTO PASAJERO………………………………….... 25 IX. X. ARENALES….…………………………………………….… 28 EL PORVENIR CUMURIPA…………..……………...…….. 30 EPÍLOGO..………………………………………………….... 32 ESTADÍSTICAS DEL VIAJE POR EL RÍO YAQUI.…..…... 32

© 2005 por Alberto Torres Garza. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este manuscrito puede ser reproducido o transmitido de ninguna manera o por ningún medio, sin el permiso por escrito del autor. Impreso en Cd. Obregón, Sonora, México, 2005

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Aventura en el Río Yaqui
“Si hubiéramos conocido desde el principio los riesgos, esfuerzos y trabajos a los que nos íbamos a enfrentar en este viaje, no creo que nos hubiéramos animado a hacerlo, sin embargo, ahora, después de haberlo hecho, decimos: - que bueno que sí lo realizamos- y aunque esto suene a contradicción, al final lo ganado compensó en mucho lo sufrido”.

I. PLANES Y PREPARATIVOS
Desde hacia varios años, mis hijos y yo, platicábamos sobre la posibilidad de realizar un viaje por el Río Yaqui, el cual nace en la sierra norte del Estado de Sonora y alimenta la presa de “El Novillo” (Plutarco Elías Calles), para después continuar su curso de norte a sur y terminar en la presa de “El Oviachic” (Álvaro Obregón), cerca de Cd. Obregón, donde vivimos. (Foto derecha: Vista del Río Yaqui, cerca de la presa de El Novillo) No se había presentado la oportunidad para tal viaje, sin embargo para el último fin de semana de Mayo todo parecía que se acomodaba para ello: mi hijo Alberto de 16 años de edad se encontraba de vacaciones de la preparatoria y quería salir a pescar, yo no tenía viaje de trabajo fuera de la ciudad esa semana y no había compromiso familiar ese fin de semana. Además, el calor apenas iniciaba y dentro de poco hubiera sido muy duro salir al campo dadas las altas temperaturas de la región. Platicando el tema del viaje con mi hijo Alberto, la idea evolucionó para ir a acampar al mar en vez del río. La playa llamada “El Himalaya”, localizada entre Bahía de Kino y San Carlos, Son., sería nuestro destino y Alberto invitaría a dos amigos: Cristóbal y Luis Javier. Le encargué entonces que preparara nuestra lancha, ya que teníamos más de un año y medio sin usarla y requería una limpieza así como repararle varios detalles. Esto sucedía el miércoles 25 de mayo del 2005. Le comentamos nuestros planes a mi segundo hijo Roberto de 14 años de edad, para ver si nos quería acompañar y al aceptar se incluyó al grupo. BATUE-IORI es el nombre de nuestra vieja lancha de aluminio de 14 pies de largo (4.2 m) que significa en lengua yaqui “Terror del agua”, palabra utilizada en Yaqui para nombrar a los tiburones. Esta lancha la habíamos comprado casi como chatarra hacía ya más de diez años entre mi compadre Manuel Muñoz de Hermosillo y yo, y la habíamos reparado y pintado completamente. En esta lancha habíamos recorrido las principales presas de Sonora pescando lobina y ya habíamos realizado un recorrido de 30 Km. (7 horas) por el Río Yaqui, entre la presa del Novillo y el pueblo de Soyopa, el cual fue todo un éxito, donde usamos remos y un pequeño motor eléctrico. (Foto derecha: Manuel Muñoz y Alberto Torres en la BATUE-IORI)

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Manuel Muñoz y Alberto Torres navegando en la BATUE-IORI sobre el Río Yaqui – Marzo 1997 Al día siguiente, Jueves 26 de Mayo, iniciamos los preparativos del viaje: revisamos las hieleras, carpas, lámparas, cañas de pescar, herramientas, caja de anzuelos y decidí comprar dos cañas más para que los invitados también pudieran pescar. BATUE-IORI tiene un motor de 25 HP (caballos de fuerza), pero debido a que tenía mucho tiempo sin usarse lo mandé a un taller para que le dieran un servicio mecánico. También mandé fabricar un nuevo forro de lona para cubrir la BATUE-IORI mientras se transporta en su remolque, ya que el anterior estaba muy deteriorado. Asimismo fue necesario reparar el sistema de luces del remolque. El viernes 27, me enteré que precisamente ese fin de semana es un fin de semana largo en los Estados Unidos ya que celebran “Memorial Day” y debido a ello se esperaba una gran cantidad de buceadores y pescadores acampados en la playa de “El Himalaya”, ya que está relativamente cerca de la frontera. Al mediodía de ese mismo día, comenté con mis hijos durante la comida sobre la conveniencia de cambiar los planes, dado que muy seguramente habría mucha gente acampada en las playas y propuse la idea de ir mejor al Río Yaqui y recorrer el tramo entre el pueblo de Tónichi hasta la presa de El Oviachic. Evaluamos los “pros” y los “contras” y después de una larga discusión decidimos cambiar el plan e ir al Río Yaqui en vez de al mar. Para hacer un recorrido en lancha por un río, se requiere de una persona que nos lleve en auto al lugar de inicio y nos espere en el lugar donde termina el recorrido. Para ello comenté la idea con el chofer de la empresa donde trabajo para ver si podía contar con él en caso de que fuéramos al Río Yaqui: Jesús, que así se llama, aceptó rápidamente: - Cuente conmigo, me dijo. Tenía guardado por ahí un plano con mucho detalle del Río Yaqui, pero por más que lo busqué no lo encontré, así que busqué un plano del Estado de Sonora en el Internet e imprimí la parte del río que nos interesaba. Por alguna razón, que ahora juzgo de ilógica, determiné que podríamos hacer el recorrido tranquilamente en dos días: el primer día viajaríamos del pueblo de Tónichi al pueblo de Ónavas (22 Km. aproximadamente) y el segundo día, dependiendo de la experiencia del recorrido anterior, trataríamos de llegar hasta El Oviachic (128 Km.). Al parecer la distorsión se dio debido a que el mapa que imprimí no estaba a escala, por lo que se desproporcionaron las distancias.

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Mapa del Río Yaqui y el recorrido de la BATUE-IORI (en amarillo) Durante la tarde del viernes, hablé por medio de telefonía rural al único teléfono del pueblo de Ónavas para preguntar sobre la cantidad de agua que traía el río. Me contestó la operadora y me dijo que hablara en una hora para que el comisario me diera respuesta. Así lo hice y el comisario me comentó que el río sí traía bastante agua. Le pregunté sobre la seguridad de la región, ya que se oye mucho en la noticias sobre problemas con asaltantes, pero me comentó que todo estaba tranquilo por ahí.

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Habiendo confirmado que mis dos principales temores, la falta de agua en el río y la seguridad, al parecer no eran válidos, decidí seguir adelante con el viaje. Hablé con Jesús, el chofer y nos pusimos de acuerdo para pasar por él a su casa a las seis de la mañana del día siguiente. Al salir del trabajo fui a realizar todas las compras de comida y bebidas para el viaje. Pasé por Alberto para que me ayudara a cargar la lancha ya que la tenía guardada en el sitio donde trabajo y en ese momento me informó que su amigo Luis Javier tenía que presentar un examen el sábado temprano por lo que no podía ir con nosotros al viaje. Asimismo al ir a recoger el motor de la lancha al taller de servicio, este no estuvo listo debido a que un incendio había dañado sus instalaciones, por lo que pedí prestado un motor de 15 HP que teníamos en el sitio donde trabajo y que hacía tiempo que no se utilizaba. Esto fue, sin saberlo en ese momento, un evento afortunado ya que este motor es mas chico, ligero y económico en el consumo de gasolina que el que tenemos de 25 HP. Esta diferencia resultaría invaluable durante el viaje. Como cosa curiosa cabe mencionar que los jardines de la empresa donde trabajo se habían llenado de pulgas debido a una camada de perritos que había nacido recientemente. Resulta que ese día había prestado la camioneta para unos mandados del trabajo y al parecer una de las personas que se subió, traía pulgas encima que se pasaron a los asientos. Al subirse Alberto a la camioneta conmigo se le subieron las pulgas y le empezaron a picar. Al principio no sabíamos que era hasta que las vimos y en la noche tuve que dar una fumigada al carro. Este incidente afectó para que un pasajero fuera rechazado más delante de la tripulación del viaje. Normalmente compro hielo en tiendas de conveniencia, pero ese día estando en la carnicería comprando la carne para el viaje, me ofrecieron unas bolsas grandes de hielo a buen precio que ellos mismos fabrican las cuales se veían bien, así que decidí comprar todo el hielo ahí. Gran error, pues no sé que tenía ese hielo que al día siguiente cuando llegamos al pueblo de Tónichi ya se había derretido casi todo, a pesar de que tenemos una hielera que mantiene el hielo hasta por cinco días, por lo que tuvimos que tomar cervezas y sodas al tiempo durante el viaje. Continuamos con las actividades de preparación de viaje y nuestro plan era que una vez cargada la lancha, iríamos a poner gasolina a la camioneta para después pasar por Cristóbal, el otro amigo de Alberto, que iba a dormir en nuestra casa. Así lo hicimos, pero al llegar a casa de Cristóbal como a las 8:30 de la noche, se había ido a unos mandados. Mientras lo esperábamos en su casa platiqué con sus papás y les expliqué el cambio de planes de ir al Río Yaqui en vez de al mar. Al parecer la mamá de Cristóbal se preocupó mucho cuestionándome sobre la seguridad del área. La traté de tranquilizar contándole lo que había platicado con el comisario de Ónavas. El papá de Cristóbal, el cual conoce la región, me cuestionó qué por qué solamente íbamos a llegar a Ónavas el primer día, la cual está a sólo treinta minutos en carro de Tónichi y me comentó que él estimaba que la mitad del trayecto sería el pueblo de Cumuripa. Revisé el mapa y al parecer tenía razón, por lo que en ese momento cambié el plan: el primer día navegaríamos de Tónichi hasta Cumuripa y al día siguiente continuaríamos hasta la presa de El Oviachic. Cristóbal tardaba en llegar y sus papás me dijeron que cuando llegara ellos lo llevarían a nuestra casa para que ahí durmiera, por lo que nos fuimos a la casa para cargar todas las cosas faltantes en la camioneta y estar listos para salir temprano en la mañana. Ya habíamos terminado de cargar la camioneta, cuando a las 10 de la noche Alberto recibe la llamada de Cristóbal y le dice que sus papás no le habían dado permiso para ir al viaje debido a que el río era muy peligroso. Alberto se decepcionó mucho. Así que sometimos de nuevo a discusión familiar la conveniencia de hacer el viaje. Mi esposa Olga Leticia y mi hija Cristina de 13 años también participaron en la plática y alternamos entre ir de nuevo a acampar al mar, cancelar el viaje, ir a acampar a la presa o hacer un recorrido mas pequeño, también comentamos que el cuarto pasajero podría ser nuestra perra TINA, una labradora blanca, pero se desechó la idea debido a que al parecer tenía pulgas y Alberto ya no quería saber nada de ellas. Al final de toda la discusión como a las once de la noche los muchachos se animaron a seguir adelante con el plan original: navegaríamos los tres en la BATUE-IORI por el Río Yaqui. (Foto derecha: LA TINA)

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II. EL VIAJE A TÓNICHI
Por fin, el sábado 28 de mayo a las 6:30 AM estábamos pasando por Jesús, el cual se fue sentado en la caja de atrás de la camioneta. A las 7 AM ya íbamos saliendo de Cd. Obregón rumbo al pueblo de Tónichi. El viaje se realizó sin contratiempos y como a la hora de camino llegamos al pueblo de Rosario Tesopaco, solo algunas pulgas sobrevivientes a la fumigada de la noche anterior molestaron un poco tanto a Alberto como a Roberto, pero al final las mataron a todas. En Tesopaco compramos un garrafón de agua potable y galletas para desayunar. Proseguimos nuestro camino y le dimos un aventón a un viejo vaquero que iba como a 15 Km. del pueblo. El camino estaba malo por lo que debíamos ir lento, sobre todo por el remolque en el que traíamos la lancha. Llevábamos un rato de camino después de subir al vaquero, cuando pasó algo muy gracioso, le dije a Roberto que volteara para atrás y al voltear vio la cara del viejito completamente pegada al vidrio, el cual iba así para poder ver donde se iba a bajar, y Roberto se pegó un gran susto que rápidamente se volteo con cara de miedo y todos nos empezamos a reír de él. Justo después de dejar al vaquero, empezó una lluvia ligera por lo que nos paramos y pasamos todo lo que se podía mojar en la caja de la camioneta a la lancha, la cual tenía su cubierta nueva de lona impermeable. También invitamos a Jesús a que se fuera en la cabina y así medio apretados seguimos el viaje hasta Tónichi. Después de cuatro largas horas de camino desde Cd. Obregón llegamos a nuestro destino: Tónichi, el cual es un pequeño pueblo localizado al norte de Cd. Obregón y sobre la margen izquierda del Río Yaqui. De hecho no había letrero que marcara el acceso al pueblo y sin darnos cuenta nos fuimos de paso unos kilómetros hasta que llegamos al gran puente que cruza el Río Yaqui, donde lo pudimos observar por primera vez. Su vista nos llenó de ánimos a todos e hizo que se nos olvidara lo pesado del viaje. Nos detuvimos pasando el puente en una casita para preguntar sobre la entrada al pueblo. Ahí nos indicaron que ya nos habíamos pasado como dos kilómetros de la entrada, por lo que nos regresamos y tomamos un camino de terracería. El pueblo estaba a tres kilómetros de distancia de la carretera principal y al llegar preguntamos a la primera persona que encontramos sobre la forma de llegar al río. Nos indicó que siguiéramos el camino que está a un lado de la iglesia el cual nos bajaría al río. Así lo hicimos y en pocos minutos ya estábamos listos para bajar la BATUE-IORI a las aguas de Río Yaqui. Esta sería la segunda vez que BATUE-IORI navegaría en él. Llegamos a unos mezquitales junto a una parte ancha del río con muy poca corriente y en donde se encontraba una especia de canasta utilizada para cruzar el río colgada de un cable de acero. Las aguas del río estaban turbias con un color café, señal de que recientemente había habido alguna avenida (por apertura de las compuertas de la presa de El Novillo) y que había arrastrado mucha tierra. El aire se sentía limpio y el ambiente fresco a pesar de ser casi medio día. Acerqué el remolque a la orilla del río lo más posible, pero al final tuvimos que cargar la lancha entre todos para poderla colocarla sobre el agua y dado que es de aluminio, entre los cuatro lo pudimos hacer con un poco de esfuerzo. Con la BATUE-IORI en el agua, empezamos a colocar todas las cosas en ella: el motor, el tanque de gasolina, la caja de pesca, cañas de pescar, la hielera con cervezas y sodas (y muy poco hielo), también bolsas con comida (donas y mantecadas), papel de baño, repelente contra insectos, una esponja para sacar agua de la lancha en caso necesario, dos pares de remos: un par de plástico y uno de madera. También llevaba una cámara de fotos digitales, un pequeño mapa de la ruta, cerillos, linterna, silicón para tapar alguna posible fisura en la lancha, tenazas, martillo y dos desarmadores, para en caso de que el motor nos diera problemas. Revisé junto con Jesús el mapa del recorrido y le indiqué que se fuera al pueblo de Cumuripa para que ahí estableciera campamento y nos esperara: debía seguir por la carretera hasta el pueblo de Tecoripa donde cargaría gasolina y compraría hielo, de ahí viajaría al sur pasando por el pueblo de Suaqui Grande y posteriormente

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llegaría por camino de terracería hasta Cumuripa. Dado que no había servicio de celular dejé mi teléfono en la camioneta. Dado que ya traíamos hambre, nos preparamos sándwiches de atún y jamón para comer y una vez comidos ya estábamos listos para iniciar el viaje, pero antes de partir le pedí a Jesús que nos tomara una foto a los tres navegantes junto a la BATUE-IORI.

Alberto Fco., Roberto, Alberto Torres y la BATUE-IORI

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III. BATUE-IORI NAVEGA DE NUEVO
Iniciamos nuestra aventura a las 11 AM, empezamos aprendiendo a acoplarnos sobre la forma de remar coordinadamente y dirigir la lancha. Mis dos hijos iban sentados en el asiento de en medio con los remos de plástico, Alberto a la izquierda y Roberto a la derecha, yo en la parte de atrás con un remo de madera y el control del motor de gasolina. (Foto derecha: Alberto y Roberto al inicio del viaje). Al principio navegábamos entre pequeños cañones y corriente lenta y al poco rato ya estábamos pasando algunos pequeños rápidos debajo del puente de la carretera. Bromeamos sobre si Jesús nos estaría esperando para aventarnos desde arriba la hielera o el tanque de gas de la lámpara. Proseguimos sin problemas, el paisaje era un poco seco con lomerío bajo cuando por fin salimos a una parte del río amplia y con corriente muy lenta por lo que decidimos usar el motor de la lancha. El día anterior a Alberto le habían explicado como usar el motor que nos habían prestado, ya que la palanca de control de avance (adelante, neutral y reversa) se había roto y se tenia que usar una pieza hechiza de metal unida con una cuerda. Alberto me indicó como arrancarlo y al segundo intento del jalón manual inició su marcha. Navegamos unos minutos sin problemas hasta que vimos a lo lejos que nos acercábamos a un rápido. Al querer apagar el motor para evitar dañar la propela con la piedras, le pregunté a Alberto que si como se apagaba y me contestó que no sabía, que sólo le habían enseñado a prenderlo pero no a apagarlo, desesperado le buscaba por todos lados el botón de paro dado que nos acercábamos velozmente a los rápidos y no podía apagarlo. Sólo me quedó una cosa por hacer: desconecté la gasolina, lo puse en neutral y lo saqué del agua. Duró un momento encendido mientras se consumía la gasolina y se apagó justo cuando íbamos por los rápidos que esquivamos sin problemas. Posteriormente ya con calma y sin la presión de los rápidos, me acordé que el botón de paro estaba en el brazo del acelerador justo en su punta. Proseguimos tranquilamente alternando entre pequeños rápidos y zonas calmadas en donde encendíamos el motor para avanzar más rápido durante algunos minutos. La rutina de navegación empezó a desarrollarse como sigue: cuando entrábamos a una zona del río calmada, Alberto y Roberto verificaban con sus remos la profundidad del río y sí esta era suficiente me indicaban que metiera el motor, en ese momento yo bajaba la propela del motor al agua en alguna de las 3 posiciones que tiene (profundidad alta, media o superficial) dependiendo que tan hondo estaba el río, colocaba el motor en neutral con la herramienta hechiza, le daba el jalón al mecanismo de arranque y navegábamos hasta que veíamos algún rápido o mis hijos detectaban con los remos que el fondo estaba muy bajo, en ese momento apagaba el motor y lo inclinaba para sacar la propela del agua y empezábamos a remar. Esto se repitió durante todo el viaje y hubo ocasiones en que teníamos que hacerlo cada tres a cinco minutos: Bajar motor, poner en neutral, encender motor, navegar con motor, levantar motor, remar y de nuevo otra vez repetir la secuencia. Si hubiéramos traído nuestro pesado motor de 25 HP en vez del de 15 HP que traíamos, hubiera sido muy agotador. (Foto derecha: navegando con motor en la BATUE-IORI).

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Como a la hora y media del recorrido a Roberto le urgía hacer una parada sanitaria, así que desembarcamos en la margen izquierda del río en una orilla de rocas donde yo también aproveche para ir al baño. Mientras Alberto nos esperaba en la orilla del río, le llamó la atención un brillo en la arena que estaba junto a la lancha y al examinarlo de cerca, entre la arena se apreciaba un polvillo dorado: ¡Oro!, dijeron los muchachos emocionados. Lo revisé con cuidado y aunque no tengo experiencia en minería, efectivamente parecía polvo de oro entre la arena, - bueno, les dije, – en el próximo viaje nos venimos equipados para probar suerte como gambusinos, pero ahora hay que seguir adelante, falta mucho por recorrer. (Foto derecha: Alberto y Roberto en la playa con “oro”) Proseguimos nuestro recorrido por el río disfrutando el paisaje, el cual se ponía cada vez más verde, veíamos muchas vacas, caballos y cerros cada vez más altos alrededor. El día estaba nublado y hasta lloviznó un poco y no hacia calor. Alberto y yo tomamos unas cervezas y Roberto tomaba refresco (Ver foto izquierda). Como a las 3:20 PM llegamos al pueblo de Ónavas el cual resaltaba en una curva del río sobre su margen izquierda, donde se observaba su iglesia y varias casas entre los árboles. Ahí fue cuando pensé que algo estaba mal, ya que llevamos cerca de tres y media horas de camino y según el mapa solo habíamos avanzado una quinta parte del total de nuestro recorrido planeado hasta el pueblo de Cumuripa. Eso quiere decir que si todo seguía igual y sin ningún problema, necesitaríamos como mínimo de catorce horas adicionales para llegar a Cumuripa y sólo nos quedaban cuando mucho otras tres horas y media de luz. Navegar a obscuras no era una opción que se podía considerar, aunque la comenté con los muchachos, ya que podía ser sumamente peligroso: navegaríamos hasta donde fuera posible con la luz del día. El mapa señalaba que el pueblo de “La Dura” era el siguiente poblado que encontraríamos junto al río, así que decidimos proseguir para ver si alcanzábamos llegar a él. Continuamos nuestro recorrido de igual forma: tramos remando en los rápidos (la mayoría ligeros) y tramos avanzando con motor de la lancha.

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En una ocasión el río se dividía en dos partes y decidimos tomar la ruta de la izquierda, pero resultó que esta terminaba en una cascada ligera de unos treinta centímetros de caída y nos quedamos ahí varados entre las piedras. Esa fue la primera vez que Alberto se tuvo que bajar para empujar la lancha. Se nos hizo divertido que hubiéramos encallado y hasta tomamos varias fotos. Nadie podía suponer que más adelante tendríamos que prácticamente jalar y empujar la lancha a pulmón por grandes tramos del río, debido a su bajo nivel y a los grandes bancos de piedra y arena que encontraríamos.

BATUE-IORI embancada en cascada sobre el Río Yaqui

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IV. ¡ABANDONEN LA BATUE-IORI!
Seguimos nuestro recorrido tranquilamente y como a la hora de haber pasado Ónavas, de repente vimos un rápido de tamaño regular pero que se presentaba en una curva, es decir la corriente cruzaba el río diagonalmente de derecha a izquierda y curveaba rápidamente de nuevo a la derecha. En esa curva estaba un islote con varios cuerpos de grandes piedras donde chocaba la corriente. Nos preparamos para pasarlo y remamos entre todos rápidamente tratando de seguir la corriente principal, pero no pudimos salvar la curva y prácticamente la corriente nos estrelló con una gran fuerza contra las piedras subiéndonos a ellas. La lancha quedó inclinada con la punta hacia arriba y la parte trasera debajo del nivel del agua exactamente donde chocaba la fuerte corriente. Todo pasó tan rápido que en unos segundos la lancha quedó completamente inundada de agua y todas las cosas empezaron a flotar y a salir de la lancha. Por fortuna la BATUE-IORI quedó asentada sobre el islote de piedras, ya que de lo contrario se hubiera hundido inmediatamente al fondo (ver foto derecha). También tuvimos suerte de que había espacio para bajarnos y pararnos fuera de la lancha sobre las piedras donde encallamos. Así que abandonamos la BATUE-IORI e iniciamos entre todos una carrera por agarrar todas las cosas y evitar que se las llevara la corriente que pasaba por en medio de la lancha. Roberto tomó la comida y el papel de baño, yo la caja de pesca y los remos que ya flotaban y Alberto las cañas de pescar y otras cosas. El ruido del agua, la corriente, cosas flotando y la confusión, magnificaban la presión sobre nosotros. La situación era crítica, estábamos bastante alejados de cualquier poblado (ya que no se observa cerca ninguno en el mapa), con pocas horas de luz y sabía que era imposible mover la lancha ya que estaba inundada con una fuerte corriente de agua que le entraba constantemente, debía de pesar como una y media toneladas. Pensamos que quizás podríamos inclinarla sobre su costado para que se vaciara el agua e intentamos balancearla entre todos pero fue inútil. Después traté de utilizar uno de los remos de madera como palanca para ver si con eso podríamos voltear la lancha, pero remo se quebró y no sirvió de nada. (Foto derecha: BATUE-IORI inundada).

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Decidimos sacar todas las cosas a tierra firme, para lo cual teníamos que pasar primero a otro islote de piedras y luego entonces llegar a tierra firme. Alberto trató de pasar por el canal que estaba entre el islote donde encallamos y el siguiente islote (más cercano a la orilla), pero se resbaló y se hundió casi hasta el pecho y la corriente lo arrastró unos metros, después de un pequeño susto finalmente logró cruzar: - por esa parte no era posible sacar las cosas, pero mas atrás en el islote encontramos una parte donde el canal era más angosto y si era factible cruzar con un salto. (Foto derecha: Alberto después de caer al agua).

Primero sacamos todas las cosas y las colocamos sobre el islote (foto abajo izquierda) y posteriormente las fuimos cruzando poco a poco a tierra firme (foto abajo derecha). Al final, con mucho cuidado y entre todos, ya que pesaban bastante, sacamos el motor y el tanque de gasolina, los cuales estaban cubiertos de agua.

Ya calmados comentamos entre nosotros, que la única solución sería la de tratar de bloquear el agua que entraba por la parte posterior de la lancha, para poder empezar a sacar el agua de la misma. Fue entonces cuando Roberto sugirió que usáramos unos tapetes de hule que traíamos en el piso de la BATUE-IORI, lo cual me pareció una excelente idea. Había dos tapetes grandes, como de cuarenta centímetros de ancho (En foto arriba izquierda se observan tapetes encima de hielera). Roberto me pasó el primero y pude colocarlo por la parte exterior y posterior de la lancha, la corriente inmediatamente lo presionó contra el cuerpo de la lancha, lo detuve con las rodillas y con las manos lo levante para formar con él una barrera de unos veinte centímetros de alto, lo cual fue suficiente para detener el agua: ¡funcionó!. Sin embargo necesitaba el otro tapete dado que el que tenía no era suficientemente largo para bloquear toda la corriente que se metía a la lancha. Le pedí a Roberto que me pasara el otro tapete el cual tenía a su alcance, lo tomó y me dijo: - ¡ahí va! - balanceándolo para aventármelo, al mismo tiempo Alberto que se encontraba a un costado de la lancha y yo gritamos: - ¡no lo avientes! - pero fue demasiado tarde, Roberto lo aventó, el viento lo hizo caer al río y la corriente se lo llevó rápidamente. La desesperación creció ya que al parecer teníamos la solución pero se nos había ido de las manos en unos segundos. Afortunadamente nos dimos cuenta que existía un tapete más, pero el cual era la mitad de angosto que los otros. Ahora sí, Roberto me lo pasó de mano a mano y lo puse para complementar el taponamiento de la corriente, pero resultó demasiado angosto y el agua continuaba brincando sobre él. Haciendo malabares con las rodillas lo fijé contra la lancha y lo levanté todo lo posible y funcionó: el agua que entraba a la lancha disminuyó bastante y en ese momento les indiqué a Alberto y Roberto que empezaran a sacar el agua de la lancha usando la hielera como cubeta, pero al tomarla se cayeron varias cervezas y la corriente se las llevó. Yo los animaba a que se esforzaran al máximo, ya que tenían que ganarle al agua que entraba, así que empezaron con todas sus fuerzas

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y a máxima velocidad a sacar agua de la lancha y el nivel empezó a descender poco a poco. Continuaron así varios minutos, haciendo un gran esfuerzo físico, hasta que el nivel del agua fue suficientemente bajo para reducir su peso y poder sacar a la BATUE-IORI de la corriente de agua donde se encontraba: - ¡uno, dos, tres! y entre todos pudimos levantar la lancha y empujarla para quitarla de ahí. Habíamos tenido éxito. La drenamos bien y ahora seguía el trabajo de cargarla sobre las piedras para sacarla del islote donde se encontraba. Con gran esfuerzo y poco a poco la fuimos moviendo sobre las piedras y la colocamos de nuevo sobre aguas tranquilas junto a tierra firme (foto derecha). Pero cual no sería nuestro susto, cuando de nuevo empezamos ver un poco de agua dentro de la lancha: ¡al parecer se había perforado!. Decidimos sacar la lancha a tierra firme para voltearla y tratar de repararla con el silicón que traía para esos casos y así los hicimos. La sacamos, la volteamos y el casco estaba muy abollado y se habían roto varios remaches por donde pasaba el agua hacia adentro, también presentaba ciertas fisuras en algunas soldaduras de sus uniones. Fue en ese momento cuando nos dimos cuenta que al silicón se lo había llevado la corriente cuando el agua inundó la lancha. Así que con una bolsa de plástico de desecho pudimos tapar un poco uno de los pequeños hoyos, pero había varios más que no se pudieron tapar. - Bueno, les dije, ahora sólo nos queda el seguir navegando y al mismo tiempo sacar el agua más rápido de lo que entra. Afortunadamente la esponja fue uno de los objetos que logramos evitar que se perdiera y fue la herramienta, aparte de los remos, más utilizada durante el viaje, la cual usábamos para desaguar la lancha constantemente. Volteamos de nuevo la lancha, cargamos todas las cosas e instalamos el motor con su tanque de gasolina. Dado que el tanque de gasolina había quedado sumergido por un tiempo en el agua y el motor se mojó mucho durante el accidente, teníamos miedo de que la gasolina no sirviera o que el motor se hubiese dañado.

Cargando las cosas y preparando la BATUE-IORI, después del accidente.

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Una vez listos, nos subimos a la lancha y empezamos a remar un poco, preparé el motor para arrancarlo, cruzamos los dedos y al primer intento: no prendió, traté de nuevo y nada. Todos callados nos mirábamos nerviosos las caras, de nuevo trate de encenderlo y encendió perfectamente y todos al mismo tiempo exclamamos una expresión de alivio e inmediatamente continuamos nuestro viaje. Habíamos perdido una preciada hora de luz del día pero habíamos ganado una gran confianza en nosotros mismos y nos sentimos más unidos al haber resuelto esa crítica situación trabajando en equipo. Eran las 5:30 PM y nos quedaba como una hora y media de luz y no sabíamos exactamente cuanto nos faltaba, solo estábamos seguros que no podríamos llegar a Cumuripa donde nos esperaba Jesús con el campamento y los alimentos. Seguimos navegando y cruzando varios rápidos de diferentes grados de dificultad sin problemas (foto abajo izquierda) y como a la media hora del accidente algo que flotaba en el río nos llamó la atención: ¡cervezas!; habíamos perdido como ocho cervezas y ahí iba todas arrastradas por la corriente, por lo que fuimos pescándolas una por una. A partir del accidente más o menos cada quince minutos tenía que ir sacando el agua de la lancha que le entraba por las fisuras y se acumulaba en su parte de atrás y para ello usaba la esponja que traíamos (Foto abajo derecha).

Continuamos navegando hasta que por fin, como a las 6:45 PM, vimos a varios jóvenes, algunos en calzoncillos, lavando su ropa en la margen izquierda del río algo alejados de nosotros. Les gritamos: - ¿dónde estamos? - y nos contestaron que en el poblado de “La Dura”, por lo que decidimos terminar nuestro recorrido en ese lugar. La llegada fue un poco difícil ya que precisamente había un rápido enfrente del sitio donde podíamos desembarcar y muchas piedras grandes, pero pudimos maniobrar para acercarnos a la orilla y bajarnos a tierra firme.

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V. LA DURA
Nos bajamos de la BATUE-IORI y le dije a mis hijos que me esperaran junto a la lancha. Caminé hacia los muchachos que lavaban su ropa, los saludé y les pregunté por un teléfono. Me indicaron que subiera la cuesta y que ahí más adelante, al final de una calle estaba la caseta del único teléfono del pueblo. Me preguntaron que de dónde veníamos, - de Tónichi – les dije, - y vamos hasta Cumuripa. – Eso está muy lejos todavía – contestaron asombrados. Me despedí de ellos y fui a buscar la caseta del teléfono. Subí la cuesta y empecé a ver varias casas rústicas, la mayoría hechas de adobe. Una señora y varios niños estaban limpiando la maleza de la escuela de pueblo y varias familias sentadas en “poltronas” en los porches de sus casas me miraban con curiosidad. Les saludé y pregunté sobre el teléfono y me señalaron que siguiera por la misma calle hasta el fondo. Llegué a una casa que tenía una gran antena y pregunté por el teléfono. Salió a mi encuentro una persona mayor que se identificó como el comisario del pueblo, le explique mi situación y muy amablemente nos ofreció alojamiento y comida en caso necesario. Le agradecí su oferta pero le mencioné que tenía que avisarle a mi compañero que nos estaba esperando en Cumuripa para que se regresara para acá. Le llamó a una muchacha que era la operadora e inmediatamente me comunicó a ese pueblo. Contestó la operadora de Cumuripa y le pregunté si habían visto pasar por ahí una camioneta con un remolque de lancha vacío, me contestó que sí pero que seguramente estaba en el poblado de “El Porvenir Cumuripa” el cual está junto al río, por lo que me dio el número de teléfono de ese pueblo. Ahora me comunicaron a El Porvenir Cumuripa y la operadora de ahí me dijo que Jesús ya había pasado y que estaba acampado junto al Río Yaqui. Le pedí el favor de que enviaran a alguien para que le avisaran que regresara a La Dura, a la margen izquierda del río ya que ahí lo esperaríamos. Me contestó que le darían el mensaje. Pagué treinta y tres pesos por las llamadas con un billete mojado y me despedí del comisario, el cual me indicó que a unos cien metros río abajo en su margen derecha, era el lugar donde el camino de El Porvenir Cumuripa terminaba, precisamente junto a un puente colgante que unía las dos márgenes del río. También me comentó que era una zona segura para acampar y que la gente del pueblo era muy tranquila. Le agradecí sus atenciones y regresé con los muchachos que ya estaban comiendo galletas sentados en la orilla del río, pero ya tenían junto a ellos a todos los chiquillos del pueblo de curiosos observándolos como bichos raros desde una sana distancia. Navegantes que llegan por el río en apuros, no ha de ser un evento muy común en esos lugares. Nos subimos a la lancha e iniciamos pasando el rápido sin problema y cruzamos a la margen derecha del río donde desembarcamos, no sin antes sacar lo más posible la lancha del agua y anclarla a la orilla. Bajamos las cosas y buscamos un sitio cercano para acampar, el cual improvisamos con la hielera y la caja de pesca las cuales usamos para sentarnos, dado que ya estaba oscuro y le dije a Alberto que encendiera la lámpara la cual era nueva y tenia que ser armada, incluyendo la colocación de varias baterías. Antes de que obscureciera ya le había pedido a Alberto que armara la lámpara, precisamente para que pudiera hacerlo con la luz del día, pero nunca lo hizo. Ahora teníamos una sola lámpara y no podíamos encenderla por que no veíamos en que orden iban las 4 baterías. Estábamos tratando de hacerla funcionar, cuando a Roberto se le ocurrió que con la luz de la pantalla digital de la cámara de fotos podríamos alumbrarnos para ver. Así lo hicimos, la armamos correctamente y pudimos encenderla. - Otra buena idea, le dijimos a Roberto. Nos había dicho el comisario que El Porvenir Cumuripa estaba de dos a dos horas y media de camino en carro, por lo que mientras nos pusimos a buscar leña para poder hacer carne asada en cuanto llegara Jesús. Después de un buen rato de estar esperando, ya estábamos cansados y enfadados de estar sentados en la hielera, por lo que fuimos a conocer el puente colgante sobre el río el cual tenía piso de lámina y como cualquier puente colgante se tambaleaba mucho al pasar.

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Esperando en La Dura. Una pareja de adultos que se dirigía caminando al otro lado del río por el puente colgante, se detuvo con curiosidad a saludarnos. Después de explicarles nuestra situación nos ofrecieron amablemente cena y alojamiento. Les agradecí la invitación y les comenté que estamos esperando a nuestro compañero con todas las cosas del campamento y que sólo en caso de que no llegara, entonces sí les aceptaríamos la invitación para no dormir a la intemperie. Entendieron mis motivos, me indicaron donde vivían y se despidieron de nosotros. Regresamos al campamento y estábamos comentando sobre que pasaría si no le daban el mensaje a Jesús, cuando vimos unas luces de un carro entre los cerros. Al principio creímos que ahí venía Jesús, pero más adelante, por el ruido del motor, nos dimos cuenta de que no era él. Este carro traía la música a todo volumen y venían varios tipos cantando muy alegres, los cuales se dirigieron directo hacia nosotros. Cuando llegaron nos preguntaron que si qué hacíamos ahí, al principio me dió temor al pensar que fuera gente mala, pero al contarles nuestra historia les sorprendió mucho que viniéramos en lancha desde Tónichi e inmediatamente empezamos a platicar anécdotas y a ofrecernos Bacanora y cerveza, ya que traían muy entrada su fiesta. Resultó ser gente local que iban al otro lado del río y traían varios árboles frutales para sembrarlos. Era un señor Hernández de Cumuripa, su hermano de La Dura y su primo del pueblo de Cócorit. Estuvimos buen rato platicando de muchas cosas y tomando tragos de Bacanora, hasta que uno de ellos me dijo que era muy peligroso acampar ahí donde estábamos, por que si abrían las compuertas de la presa de El Novillo el agua cubriría toda el área y llegaría rápidamente hasta las casas y corrales como cien metros cuesta arriba de donde estábamos. Ya nos estábamos preocupando cuando empezó a decir que a él le tocó una crecida del río similar en 1968 cuando tenía 14 años. - Ya no ha vuelto pasar, nos dijo. - Pero nadie sabe cuando vuelva a suceder, nos comentó muy serio. -…mmm pensé, creo que ya lleva demasiados Bacanoras, así que decidimos correr el riesgo y seguir acampados donde estábamos. Después de cuatro horas y media de espera por fin llegó Jesús. El ya tenía el campamento establecido junto al río cerca de El Porvenir Cumuripa, cuando le avisaron ya tarde (como a las 9 PM), de que habíamos tenido un percance y que lo estábamos esperando en La Dura. Levantó el campamento e inició el viaje de regreso pero tomó el camino equivocado y llegó al poblado de Suaqui Grande, el cual está mucho más al norte. Ahí fué inspeccionado por un retén de la policía judicial, los cuales le indicaron el camino correcto a seguir. Nos platicó que se había sentido perdido ya que la noche estaba muy obscura y prácticamente andaba por brechas de terracería entre los cerros. Mencionó que de repente el camino se convirtió en un arroyo donde el agua llegaba a media llanta del carro, por lo que tenía temor de quedar atascado ahí solo y sin ayuda. Afortunadamente por fin vio las luces del caserío y llegó a nuestro improvisado campamento.

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Dado que ya estábamos “muertos de hambre”, inmediatamente encendimos la leña y al poco rato ya estábamos comiendo, o mas bien devorando, una sabrosa carne asada. Nuestros visitantes decidieron seguir la fiesta por otro lado a pesar que les invitamos un taco, pero iban a visitar a sus familias al otro lado del río. Durante la cena discutimos la conveniencia de seguir adelante, considerando que la distancia que quedaba por recorrer hasta la presa de El Oviachic parecía el doble de lo que ya habíamos navegado y además debido a que la BATUE-IORI estaba un poco dañada. Alberto y Roberto estaban muy animados en querer seguir por el río, por lo que decidí que íbamos a continuar la aventura, solo que cambiaríamos nuestro plan original: ya no seguiríamos hasta la presa de El Oviachic, sino que llegaríamos sólo hasta el Porvenir Cumuripa. Ilusamente pensamos que llegaríamos ahí a medio día del domingo. Jesús me informó sobre un problema que tuvo durante su viaje nocturno a La Dura: la bola del jalón donde se engancha el remolque de la lancha a la camioneta se había roto y tuvo que amarrar el remolque con unas cadenas que traía. Dado que es peligroso jalar un remolque de esa manera, le pedí que al día siguiente estuviera pendiente de cualquier camioneta que viera con jalón de bola para que tratara de comprársela. Otro detalle fue que se le olvidó comprar más hielo y dado que nosotros lo habíamos perdido todo en el accidente, al día siguiente tuvimos que llevar cervezas y sodas enfriadas con agua del río, la cual no estaba muy fresca que digamos. Al terminar de cenar, armamos las carpas de campaña y nos dispusimos a dormir: Alberto en una carpa, Roberto y yo en otra y Jesús en otra. Durante la noche todavía oíamos a lo lejos la música y cantos de nuestros visitantes.

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VI. DE NUEVO AL RÍO YAQUI
Como a las 6 AM, escuché de nuevo un carro con música que se acercaba al campamento y me levanté inmediatamente, el sereno de la madrugada había empapado la carpa y empezó a gotear mucho dentro de ella con cualquier vibración generada al tocar sus paredes o puerta. - que bueno que no llovió esa noche - pensé, ya que hubiéramos terminado empapados. Salí a ver que pasaba y eran de nuevo nuestros amigos de anoche, que increíblemente todavía seguían con las botellas de Bacanora. No se cómo pudieron aguantar tanto, ya que con los pocos tragos que me había tomado en la noche, fue suficiente para atarantarme un poco y despertar con un fuerte dolor de cabeza. Pero ahí seguían enfiestados, nos dimos lo buenos días e inmediatamente me ofrecieron un trago de Bacanora, - no gracias, es demasiado temprano para empezarla, les dije. Era una mañana fresca y limpia, así que desperté a los demás y rápidamente nos desayunamos panecitos y jugos, colocamos de nuevo las cosas en la lancha y levantamos el campamento. Para las 7 AM estábamos listos para zarpar de nuevo por el Río Yaqui rumbo a El Porvenir Cumuripa. Yo estimé erróneamente que en unas seis horas más estaríamos en nuestro destino. Con la emoción de continuar nuestro viaje cometimos un gran error del cual nos lamentaríamos mucho más tarde: no subimos agua potable ni comida a la lancha, solo unas cuantas cervezas y dos refrescos y para colmo sin hielo. Antes de salir revisé el tanque de gasolina del motor y le faltaba como un cuarto de su capacidad, Jesús comentó que habíamos consumido muy poco combustible, por lo que le parecía suficiente para lo que faltaba, pero yo insistí en que lo volviera a llenar: fue una decisión muy acertada. Una cosa que notamos antes de partir fue que en la noche anterior la lancha había quedado parcialmente sobre el agua y ahora estaba totalmente fuera de ella. El nivel del río había bajado rápidamente durante la noche unos treinta centímetros aproximadamente, eso nos iba a costar muy caro.

Amanecer en La Dura

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Todos nos subimos a la BATUE-IORI y esta vez Alberto y Roberto intercambiaron lugares. Jesús nos ayudó con un empujón para separarnos de la orilla, nos despedimos de él y seguimos nuestra travesía. (Foto derecha: saliendo de La Dura, camioneta y puente colgante al fondo) El río se extendía curveando entre los cerros y paredones, durante la mañana el ambiente estaba fresco aun cuando ahora no estaba nublado. Avanzábamos lentamente y se notaba una vegetación más verde que en el tramo del día anterior. Encontrábamos garzas blancas y grises en todos lados, también patos y gran variedad de otras aves. Seguíamos observando vacas, caballos y cercos ganaderos, lo cual fue factor común durante todo el viaje. Al cabo de una hora vimos un pozo artesiano así como unas mangueras para riego en la margen derecha del río y fue entonces donde vimos varias casitas: habíamos llegado a El Realito. Un vaquero nos observaba desde unos corrales con ganado junto al río, probablemente estaba terminando la ordeña, lo saludamos y nos confirmó el nombre del pueblo. Según el mapa que traía el siguiente poblado o ranchería se llamaba El Álamo, al cual llegamos como en una hora y media más de viaje y está localizado en la margen izquierda del río. Ahí apreciamos que había tierras para siembra pegadas al río, principalmente maíz e inclusive vimos equipo para riego por aspersión. Cerca de ahí también observamos lo que parecían haber sido las instalaciones de una vieja mina, ahora abandonada. También por esa zona nos tocó ver un viejo “pangón”, de los que se utilizan para cruzar carros de un lado a otro del río, el cual estaba sujeto por un sistema de cables de acero a ambas orillas del río. Ese sería el único pangón que encontraríamos en nuestro viaje (Foto derecha: Pangón al fondo).

Proseguimos nuestra ruta y mientras tanto seguía sacando agua de la lancha cada diez o quince minutos. A mi me dolía la cabeza un poco, quizás por el Bacanora de anoche, así que me tomé unas aspirinas que de suerte traía.

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Ya para entonces habíamos notado que el nivel del río había descendido bastante, de tal manera que teníamos que ir “cazando” la corriente principal ya que en muchas partes existía algún islote o banco de piedras en el centro del río y esta se dividía en dos partes. Por lo general en una de las divisiones el nivel del agua se hacia muy bajo y prácticamente las piedras del fondo se veían fuera de la superficie del agua por lo que no era navegable. El problema era de que muchas veces no podíamos ver cual de las divisiones de la corriente era la que llevaba poco agua, sino hasta que ya la habíamos elegido para navegar por ahí. La decisión de a que lado del río ir, normalmente tenía que ser tomada rápidamente y en donde todos opinábamos y sí nos equivocábamos terminábamos embancados. Al principio Alberto y Roberto se bajaban de la lancha divertidos para empujarla y poder salir de atolladero. Esto empezó a ser tan frecuente que al rato ya no era divertido, sino agotador, por lo que todos tomábamos turnos para bajar a empujar o jalar la lancha por tramos de diez y hasta veinte metros y cada vez se golpeaba y dañaba más el fondo de la lancha con las piedras (Foto derecha: embancados) Continuamos sin parar y el siguiente punto en el mapa era otra ranchería en la margen izquierda del río llamada Los Horcones. Un vaquero arriando vacas junto al río se detuvo a saludarnos desde su caballo y al preguntarle sobre Los Horcones nos indicó que estaba ahí “enfrentito”. En realidad nunca vimos la ranchería, pero supusimos que estábamos pasando por ahí al ver unos corrales y mucho ganado. Para esto ya eran como las doce del día, el calor iba en aumento y empezamos a sentir un ligero viento que corrían en contra de nosotros. Los muchachos querían probar suerte con la pesca, así que decidimos hacer un alto en el camino para ver si pescábamos algo. Vimos un gran islote de piedra en medio del río y a la derecha varios álamos sombreaban parte de él y nos gustó el sitio para echar el ancla y pescar. Estuvimos tratando cerca de cuarenta y cinco minutos sin suerte, usamos: lombrices, brujitas y varios otros tipos de señuelos pero nada picó. Dado que no quería que se nos hiciera más tarde, les dije que ya era hora de recoger todo el equipo de pesca y seguir adelante.

Pescando en el Río Yaqui

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VII. ATRAPADO EN LOS RÁPIDOS
El calor empezó a arreciar y fue cuando nos dimos cuenta de la falta de agua potable, además las cervezas y refrescos estaban al tiempo, dado que sólo habíamos puesto agua del río en la hielera para que no se calentaran mucho. Alberto me pidió una cerveza pero al probarla se le hizo muy caliente y mejor me la dio para que yo me la tomara, de la cual sólo tome algunos tragos para refrescarme la boca. Les pedí que racionaran los dos refrescos que traían ya que todavía faltaba mucho camino por recorrer (Foto derecha: Día soleado). También se nos había olvidado el protector solar en la camioneta y ya nos ardían un poco los brazos, sobre todo a Alberto que traía una camiseta sin mangas, por lo que me preguntaron si se podían meter al río para nadar y refrescarse. Les contesté que si, pero primero había que buscar un buen lugar. Llegamos a una pequeña poza sombreada y me insistieron que ahí estaba bien, pero a escasos cincuenta metros se observaba y oía un buen rápido (con la experiencia empezamos a calibrar el tamaño de los rápidos más con el ruido que hacían, que con la vista), les dije que por seguridad mejor buscaríamos un lugar pasando ese rápido para que no hubiera corrientes fuertes donde nadaran. Al igual que el día anterior era un rápido cruzado, es decir, una fuerte corriente que iba de derecha hasta la margen izquierda del río donde curveaba en ángulo cerrado de nuevo para la derecha. En la curva estaban grandes piedras y algunos palos atorados en ellas (Foto abajo).

Rápido en el Río Yaqui.

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Nos preparamos para cruzarlo y remamos con fuerza, pero de nuevo el mismo problema: la corriente era tan fuerte en la curva que no nos permitió continuar sino que nos estrelló contra las piedras subiéndonos a ellas y quedamos embancados. La corriente de nuevo chocaba con toda la parte trasera de la lancha casi al límite de la misma y poco faltó para que se volviera a inundar. Rápidamente me bajé de la lancha pisando sobre las piedras de alrededor para empujarla y tratar de quitarla de ahí, pero estaba atorada y la corriente estaba muy fuerte por lo que no pude hacerlo, así que le pedí Alberto que me ayudara y se bajara para empujarla entre los dos. A Roberto le pedí que no se bajara ya que si la lancha se desatoraba de repente, no podíamos dejar que se fuera sola. Todos traíamos nuestros salvavidas puestos. Ya entre los dos la lancha empezó a ceder y logramos enderezarla para evitar que se inundara, pero la corriente inmediatamente la presionó golpeándola contra un paredón de piedra. Le pedí Alberto que se subiera y yo le daría el último empujón para que la lancha agarrara la corriente de nuevo y se incorporara al cuerpo del río, pero a medida que la empujaba se hacía más hondo, por lo que el agua ya me llegaba arriba de la cintura y no me era posible volver a entrar a la lancha de nuevo, así que pensé en darles el último empujón y nadar detrás de ellos. Les dije: - avancen ustedes, yo los alcanzo después. Empujé la lancha con todas mis fuerzas y por fin avanzó por el rápido saliendo a aguas tranquilas como a cincuenta metros mas adelante, pero en ese último empujón la corriente me arrastró contra unas piedras y palos golpeándome de costado, ya no tocaba el fondo, pero al ser arrastrado y tratar de pararme en algo pude sentir que mi pie izquierdo entraba en un hoyo entre dos piedras como hasta la mitad de mi pantorrilla, casi como una bota a la medida. Al quedar atorado traía la corriente del rápido a mi espalda y me presionó la pierna con gran fuerza tratando de doblarme la rodilla hacia enfrente y en ese instante pensé que me la iba quebrar. No se como, pero pude girar un poco sobre la misma pierna volteándome completamente. Ahora la corriente daba sobre mi pecho y el agua llegaba hasta mi barbilla. Alcancé a ver que los muchachos ya habían detenido la lancha más adelante y ambos estaban de pie sobre ella mirándome asustados. Traía unos lentes obscuros Ray-Ban los cuales me arrancó la corriente. En esa posición continuaba atorado sin poder salir, pero al menos mi pierna, aunque todavía estaba atorada y presionada, ya estaba flexionada hacia atrás y no para enfrente como al principio. Trataba de agarrarme de algo pero no podía y era imposible sacar la pierna del hoyo en esa posición debido a la presión que ejercía la corriente sobre mí. Debieron haber pasado unos cuarenta y cinco eternos segundos durante los cuales intentaba sacar la pierna del hoyo tratando de levantarla y jalarla con las manos pero no era posible por la presión del agua. En ese momento se me vinieron a la mente esas películas en donde al artista se le atora el pie dentro del agua y no lo puede sacar, lo cual siempre se me había hecho muy poco creíble y falso, pues ahora, dada mi situación, sí creía que le podía sucederle a alguien. Después traté de alcanzar algo con que agarrarme, gire un poco mas hasta las piedras a mi derecha y pude tocarlas pero estaban muy resbalosas y no podía detenerme de ellas, hasta que por fin después de 2 ó 3 manotazos, pude agarrar un pequeño filo de una piedra casi con la punta de los dedos, lo que me permitió hacer esfuerzo con el brazo derecho para incorporarme un poco, esto me facilitó alcanzar con la otra mano otra piedra y ya con esto pude enderezar el cuerpo lo suficiente para poder deslizar el pie fuera del hoyo donde estaba atorado. En cuanto pude sacar el pie me empujé hacia el cuerpo principal del agua y me fui flotando hasta que llegué a la lancha, donde los muchachos ya estaban muy asustados al haber estado viendo que no podía salir de ahí (Foto derecha: Lugar donde quedó atorado Alberto Torres, piedra al fondo).

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Nos dirigimos hacia la orilla y me senté a descansar y a revisarme la pierna, la cual creía que traía muy lastimada, pero afortunadamente solo tenía un golpe y una ligera torcedura sin mayores consecuencias. Fue mucho más el susto que los golpes recibidos y en ese momento le tomé más respeto al Río Yaqui. Ya pasado el susto les dije a los muchachos: - pues yo ya me refresque bastante en el agua, ahora les toca a ustedes, así que brincaron a nadar un poco para quitarse el calor de encima.

Roberto y Alberto nadando en El Río Yaqui

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VIII. EL CUARTO PASAJERO
Una vez que los muchachos nadaron y descansaron un rato, decidimos proseguir de nuevo nuestro viaje pero tuvimos una nueva sorpresa: el agua empezó a entrar en la BATUE-IORI mucho más rápido que antes, al parecer este nuevo choque le había dañado aun más el casco, por lo que ahora tuve que acelerar la frecuencia de “achique” del agua. Ahora en la mayoría de los tramos del río donde apagábamos el motor, los muchachos remaban y yo me tenía que encargar de sacar el agua con la esponja mucho más rápido que antes (Foto derecha: fuga de agua en fondo de la BATUE-IORI). A veces cuando me descuidaba y dejaba de sacar agua por un rato, subía rápidamente el nivel y me cubría más arriba del tobillo, por lo que improvisé un vaso con un envase de Coca-cola de plástico y mientras avanzábamos con el motor, el cual controlaba con la mano izquierda, con la mano derecha iba sacando agua con el vaso improvisado. En otra ocasión también nos dimos un gran susto, ya que de nuevo en un rápido cruzado pero ahora de izquierda a derecha, la corriente pasaba debajo de las ramas de muchos matorrales que sobresalían de la orilla y se extendían a unos escasos cincuenta centímetros sobre el río. Debido a la velocidad de la corriente no pudimos sacarle la vuelta y nos fuimos directo a las ramas a gran velocidad. -¡Todos abajo! - gritó Alberto y prácticamente nos tiramos al piso de la lancha y nos cubrimos la cabeza, entonces por un tramo de varios metros las ramas nos fueron pasando y rozando rápidamente por encima, golpeándonos las espaldas, la lancha y el motor. Afortunadamente no nos lastimaron, ya que lo peligroso de esta situación son las puntas de palos secos que se encuentran entre los matorrales, los cuales al igual que lanzas de madera, se nos podían encajar en el cuerpo. En cuanto pasamos por ese túnel de vegetación nos incorporamos, removimos todas la ramas y palos que al romperse quedaron dentro de la lancha y de nuevo tomamos el control de la BATUE-IORI. Continuamos nuestro recorrido cada vez más cansados y asoleados, sobretodo sentíamos que el sol quemaba nuestros brazos por lo que constantemente los mojábamos con agua del río, Roberto inclusive se cubría la cabeza con un salvavidas para darse un poco de sombra. Avanzábamos alternando entre: rápidos, tramos de río profundos donde usábamos el motor y anchos tramos de río con bajo nivel y llenos de piedras donde teníamos que bajarnos a empujar la lancha durante un rato. Ahora el ligero viento de la mañana había tomado fuerza, siempre soplando en contra de nosotros, lo que hacía muy difícil avanzar con remos cuando no había una corriente de agua que nos llevara. Si no hubiéramos tenido el motor, las fuerzas se nos hubieran acabado rápidamente al luchar contra el viento y nunca hubiéramos podido avanzar.

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Jalando a la BATUE-IORI De repente vimos un rápido que hacía una curva de casi noventa grados contra un paredón de piedra. De nuevo no fue posible seguir la corriente y dar una vuelta tan pronunciada en tan poca distancia, así que prácticamente chocamos de frente a gran velocidad con una pared de piedra, justo antes del choque Roberto se incorporó hacia la punta de la lancha y trató de amortiguar el golpe con las manos, pero al chocar fue empujado hacia atrás y casi cae al agua. Un golpe seco sacudió toda la lancha y en ese momento pensé que ahora sí habíamos sufrido algún daño mayor, rebotamos, la lancha se enderezó sola y salimos del rápido. Todos nos quedamos mudos por unos segundos observando el fondo de la lancha, como esperando ver un chorro de agua que entraría por un gran agujero o rajadura y nos hundiera, pero la BATUE-IORI aguantó el fuerte golpe y seguimos adelante. Más adelante encontramos una isla en el río. Ya habíamos pasado varios islotes, pero esta era grande y tenía unos doscientos metros de largo, llena de árboles y mucha vegetación. Decidimos navegar por el lado izquierdo de la isla y dado que el nivel del agua estaba bajo pasamos lentamente remando. Al pasar por ahí, nos llamó la atención algo pequeño que nadaba en el agua, por lo que regresamos para ver que era y al acercarnos vimos que era un camaleón (lagarto cornudo), al pasar por enseguida de él Roberto lo tomó con la mano y lo subió a la lancha. Lo examinamos y decidimos llevarlo como nuestro cuarto pasajero. También nos tocó ver a una colorida culebra nadando cruzando el río, pero a esa mejor no la invitamos de pasajero y dejamos que siguiera su camino (Foto derecha: culebra nadando). Ahora el río empezó a internarse en medio de grandes cerros y cañones zigzagueando lentamente entre ellos. Ante tales barreras naturales todos íbamos en silencio remando y admirando el paisaje, cuando en una pequeña “playita” en la orilla del río, bajo la falda de un gran cerro, pude ver la silueta de un venado. Les avisé calladamente a los muchachos para que lo vieran, Alberto no tuvo problemas para verlo pero Roberto no traía sus lentes y no lo distinguía. Dado que el viento iba en nuestra contra pudimos acercarnos bastante y vimos que había

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otro venado detrás del primero. Ambos estaban tranquilos tomando agua hasta que nos detectaron por algún ruido que hicimos. Creo que no acercamos a unos cincuenta metros de ellos antes de que corrieran por el cerro con sus colas blancas levantadas.

Entre cañones Al poco tiempo, en el lado izquierdo del río, vimos unos rieles en la falda de un cerro que avanzaban paralelos al río y terminaban en una estructura sobre la orilla, al parecer eran restos de algún sistema de minería abandonado, que en su tiempo fue utilizado para mover carritos de alguna mina hacia el río para descargar el mineral en algún lanchón para su transporte. El río seguía su camino entre los cerros y parecía que nunca íbamos a salir de ellos. Serían entonces como las cuatro de la tarde y la desesperación crecía, ya que los muchachos tenían mucha hambre y yo mucha sed y realmente no estábamos seguros en donde andábamos ya que se nos había hecho muy largo el recorrido. Pensé que si la sed arreciaba podría filtrar agua del río para beber, pero por otro lado me preocupaba que si se nos hacia de noche, tendríamos que acampar forzosamente a la intemperie en algún lugar y no quería correr el riesgo de enfermarme, ya que no podía convertirme en una carga para mis hijos. Al pasar una curva del río vimos una pequeña casita en su margen derecha arriba de una loma y según el mapa debería de ser una ranchería llamada “El Apache”, pero no estábamos muy seguros. Llegamos a una lodosa orilla donde nos bajamos, gritamos y chiflamos para ver si había gente en la casa que nos pudiera orientar sobre donde andábamos, pero nadie salió. Según el mapa, si ese lugar realmente era El Apache, entonces El Porvenir Cumuripa estaba ya como a unos diez kilómetros de ahí, por lo que no quise perder más tiempo para que no se nos hiciera de noche y decidimos continuar nuestro viaje.

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IX. ARENALES
Los cerros empezaron a ser más pequeños y el cauce del río empezó a estar menos encañonado haciéndose un poco más amplio, pero ahora empezó un nuevo problema que antes no se había presentado: arenales. Anteriormente las aguas muy bajas en el río se distinguían debido a que formaban un pequeño oleaje con un ligero ruido, esto se debía que el agua pasaba muy pegada a las piedras del fondo, pero ahora debido a que ya no había piedras sino sólo arena, esa seña dejó de ocurrir. Íbamos avanzando tranquilos con el motor de lancha, cuando de repente sentimos que la lancha se frenó de un solo golpe y dejó de avanzar: habíamos quedamos varados sobre un banco de arena. No había mas solución que la de bajar de la lancha y empezar a empujarla sobre la arena, algunas veces con uno de nosotros era suficiente, pero muchas veces todos nos teníamos que bajar para poder avanzar. La arena estaba medio suelta por lo que los pies se nos hundían en ella totalmente, haciendo más pesado el esfuerzo de empujar, además los tenis se nos llenaban inmediatamente de arena lo que molestaba mucho. En una ocasión Alberto trató de empujar la lancha descalzo, pero pisó una piedra enterrada en la arena y se lastimó un poco el pié. Así que les pedí a los muchachos que todos teníamos que empujar con los tenis puestos, dado que no podíamos darnos el “lujo” de que alguien se lastimara o hiriera la planta del pie. Había tramos seguidos de hasta cien metros en el río en donde teníamos que prácticamente empujar la lancha sobre la arena y todo se convirtió en un juego de azar en el que debíamos de adivinar por donde iba la corriente principal: si acertábamos, navegábamos y avanzábamos, de lo contrario teníamos que bajar a empujar la lancha. Además todo se hacía más difícil debido al constante viento en contra que nos acompañaba y que a veces soplaba con gran fuerza. En ocasiones parecía que los arenales por fin terminaban y el río normalizaba su cauce y aparecían pequeños rápidos que nos hacían avanzar más de prisa. Al pasar otra curva del río apareció otro rápido en forma diagonal que chocaba contra la margen derecha que se encontraba llena de ramas y maleza sobre el agua, empezamos a remar rápidamente para evitar chocar contra las ramas, pero de nuevo la corriente estaba muy fuerte y no pudimos esquivarlas por lo que todos nos tuvimos que tirar al piso de la lancha para no salir heridos con algún palo. Esta vez al pasarnos rozando todas las ramas sobre la lancha y nuestras cabezas, el remo de Roberto quedó atorado entre ellas y se lo “arrebataron” de las manos: lo perdió. Era muy difícil regresar por él ya que la corriente seguía con fuerza por un buen tramo y nos alejó del sitio, por lo que decidimos seguir adelante con los dos remos que nos quedaban, los cuales ya estaban en muy mal estado.

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Con todo lo que nos había pasado, parecía que el río estaba deliberadamente queriendo evitar a toda costa que lo navegáramos y llegáramos a nuestro destino. Continuamos avanzando, a veces con motor y a veces con remos y entramos de nuevo a una gran zona de arenales los cuales nos hicieron el viaje miserable, ya que avanzábamos muy lentamente y a costa de un gran esfuerzo físico (Foto derecha: jalando la BATUE-IORI). Seguía con mi “trabajo” de estar sacando y sacando constantemente agua de la lancha, aunque a veces por andar ocupado en avanzar o empujar la lancha, el nivel del agua subía más de lo normal cubriéndome los pies completos. De repente me di cuenta de un nuevo problema ya que el tanque de combustible empezó a flotar sobre el agua dentro de la lancha y eso sólo quería decir una cosa: se estaba acabando la gasolina para el motor (Foto abajo: agua en el fondo de la lancha). Esto aumentó la desesperación por llegar, porque sabíamos que sin el motor simplemente no podríamos avanzar, dado que significaba luchar a remo contra el fuerte viento en contra y ya estábamos todos muy agotados. En este punto del viaje la situación era muy desesperante, ya que alcanzábamos a ver tramos casi rectos de río de 300 a 600 metros de longitud y al final curveaba hacia un lado perdiéndose de nuestra vista y decíamos entre nosotros: – ahí, pasando la última curvita, debe estar ya Cumuripa. Entonces le echábamos ganas por avanzar alternando entre motor, remos y empujones, pero al llegar al final del tramo y dar vuelta en la última curva del río, de nuevo este se extendía otro tramo recto similar o más largo al que ya habíamos pasado con un gran esfuerzo y sin señales de vida humana por ningún lado, lo que nos desanimaba mucho. Eso se repitió y repitió no se que tanta veces. Realmente parecía un “viaje sin fin” e inclusive les comenté a los muchachos que a manera del programa de televisión “The Twilight Zone” (Dimensión Desconocida), a lo mejor ya estábamos muertos y que este era nuestro castigo: navegar y navegar por toda la eternidad en un río sin fin. Todos nos reímos más por desesperación que por el chiste. Yo tenía miedo de que ya nos hubiéramos pasado del lugar donde Jesús nos iba a estar esperando. Quizás por que él se había movido de ahí para ir a buscarnos, comprar comida o por cualquier otra cosa y que no lo hubiéramos visto. Y eso significaba que íbamos a seguir sin agua y comida por un buen rato mas, hasta que viéramos un pueblo cercano o de plano se nos acabara la luz del día o la gasolina y no pudiéramos avanzar mas. También pensaba en lo preocupada que estaría mi esposa Olga y mi hija Cristina debido a que supuestamente íbamos a llegar al mediodía y ya eran muy tarde.

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X. EL PORVENIR CUMURIPA
Las 6.30 PM, ya nos quedaban como cuarenta y cinco minutos de luz del día cuando de repente, vimos a un avión que pasó por encima del río como a unos cuatrocientos metros enfrente de nosotros. Inmediatamente revisé el mapa e indicaba una pista de aviones cerca de El Porvenir Cumuripa, por lo que ya no podíamos estar muy lejos de nuestro objetivo. Eso nos dio esperanza y aceleramos la marcha de nuevo en medio de arenales, empujando, remando y navegando con motor. Seguimos entre unos cerros bajos, pero seguíamos sin ver una señal de vida. Hasta que por fin vimos un corral con ganado y un vaquero en la margen izquierda del río, al cual le gritamos dado que íbamos con cierta velocidad en una corriente: - ¿dónde está Cumuripa? - y nos gritó: - como a tres kilómetros más adelante - lo que nos dio más ánimos para seguir adelante. Ahora sí, ya más tranquilos, seguimos remando y empujando la lancha sobre los arenales (que no terminaban), tratando de llegar con luz a nuestro destino. Mas adelante encontramos a un señor mayor que se bañaba en la margen derecha del río. Nos detuvimos junto a él y le preguntamos que si cuánto faltaba para El Porvenir Cumuripa, - ahí pasando ese cerrito a la derecha del río, justo en la desembocadura de un arrollo seco, nos contestó -. Nos preguntó que si de donde veníamos y le contestamos que de Tónichi, - ¿desde Tónichi? exclamó asombrado,- esta muy lejos de aquí, nos dijo y no lo podía creer -. Le explicamos que llevábamos casi doce horas de viaje desde que salimos en la mañana de La Dura sin agua y alimentos y amablemente nos invitó a su casa a cenar, pero le dijimos que nos estaban esperando y seguramente estaban preocupados. Nos despedimos y seguimos nuestro camino. Dimos vuelta al cerro que nos indicó y de nuevo: nada. Otra vez el río seguía derecho y no había señales de ningún arroyo. Un poco mas adelante, en el lado derecho vimos un camino y un pequeño arroyito seco y no preguntamos sí ese sería el sitio. Nos paramos en ese lugar pero no había nadie, así que le pedí a Alberto que subiera al camino a ver si veía señas de alguna fogata reciente o marcas de llantas de carro. Así lo hizo pero no había nada. Se nos hacían los tres kilómetros más largos que jamás habíamos recorrido (Foto derecha: recorrido final). Así que seguimos adelante durante un rato mas y en la siguiente curva sorprendentemente el río se hizo más profundo y por primera vez, después de no se cuanta horas de navegación, pude meter el motor en su máximo nivel de profundidad y acelerarlo a toda marcha. De todos modos, Alberto seguía metiendo el remo en el agua para ver si no aparecían otros bancos de arena, pero al parecer era un tramo limpio. Viajábamos a buena velocidad y yo esperaba que de un momento a otro la gasolina se acabara, ya que el marcador indicaba vacío, el tanque ya no pesaba nada y flotaba libremente en el agua que inundaba la lancha.

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Avanzamos un buen tramo y al curvear el río de nuevo, al fondo pudimos ver lo que desde hace mucho deseábamos ver: la camioneta estacionada en el lado derecho del río y todos al mismo tiempo gritamos emocionados: ¡llegamos!. Nuestra pequeña odisea por fin había terminado después de 19 largas y pesadas horas de navegación (7 horas el primer día y 12 horas en el segundo) y en donde habíamos recorrido la no muy despreciable distancia de 103 kilómetros del río desde el pueblo de Tónichi hasta el poblado de El Porvenir Cumuripa. Todavía nos faltaron cerca de cincuenta kilómetros más para haber llegado a El Oviachic y haber vencido completamente al Río Yaqui… en la siguiente ocasión será.

EL FIN

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EPÍLOGO
Nos bajamos desesperados de la BATUE-IORI a tomar agua, comer galletas y panecitos y como ya estaba obscureciendo nos apresuramos a sacar las cosas de la lancha para poder subirla e instalarla al remolque. Jesús ya había reparado la bola del remolque, la cual compró a otra camioneta. El camaleón, nuestro cuarto pasajero, fue soltado libre en ese lugar. Una vez listos, nos dirigimos a El Porvenir Cumuripa al cual llegamos en pocos minutos (no estaba junto al río). Fuimos a la tienda del pueblo y compramos refrescos helados y más comida. Dado que ahí tenían el teléfono del pueblo, me comuniqué con mi esposa Olga, para explicarle que todo estaba bien y que ya no se preocupara. En la tienda nos dieron instrucciones de cómo llegar hasta Cd. Obregón. El camino era de terracería y no había señalamientos y por un buen tramo creíamos que habíamos tomado el camino equivocado, pero al final resultó que era el correcto. Después de un poco más de dos horas de camino, por fin llegamos a nuestro hogar.

ESTADÍSTICAS DEL VIAJE POR EL RÍO YAQUI
Viajes realizados anteriormente Presa El Novillo - Soyopa Soyopa -Tónichi Suma recorrido Novillo-Tónichi Recorrido 28-29 de Mayo 2005 Tónichi - Ónavas Ónavas - La Dura Suma recorrido Día 1 La Dura - El Realito El Realito - El Alámo El Alámo - Los Horcones Los Horcones - Porvenir Cumuripa Suma recorrido Día 2 Total recorrido Tónichi - Cumuripa Tramo NO recorrido El Porvenir Cumuripa - 3 Cerritos 3 Cerritos-Vertedor Presa El Oviachic Suma recorrido pendiente Total recorrido El Novillo-Oviachic Km 30 25 55 TIEMPO Velocidad Hora salida Hora llegada Hras Min Km/hra 11:45 a.m. 03:20 p.m. 3 35 6.1 03:20 p.m. 06:45 a.m. 3 25 4.4 7 0 5.3 07:00 a.m. 08:10 a.m. 09:30 a.m. 12:00: pm Km. 08:10 a.m. 09:30 a.m. 12:00: pm 7: p.m 1 1 2 7 12 19 10 20 5 0 0 0 6.9 4.5 5.3 5.9 5.5 5.4

22 15 37 8 6 11 41 66 103

32 15 47 205

Km. Km.

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