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EPÍSTOLA DE DOS MAÑANAS PARA UN AYER

Es inútil buscar algún oasis; realmente creo que es estúpido apelar a alguna
circunstancia o recuerdo, la sentencia está dada, tú clavas desde un rincón
sin ninguna mueca, esos ojos fijos en lo que fue, esas pupilas desafiantes y
risueñas que cuentan todo y no dicen nada.
Hoy estuvo todo claro para mí, ya no eres tú, o tal vez sí, solo que ahora te
quitaste un poeta de encima, solo que desde ahora dejas la inmortalidad por
la espontaneidad de un novato, solo que ahora dejas sin ningún sentido seis
canciones y una quemadura de cigarro en la muñeca derecha, una pulsera
de calaveras en la pared, unos jeans rotos de quizás, un libro a medio leer,
una botella de vino sin descorchar, un pantalón por devolver, un corazón
por empeñar, una vida por querer y una muerte por dejar.
Te soy sincero, me apena mucho dejarte sin brújula, dejarte por esa trillada
y estúpida frase: “es lo mejor”. Aunque talvez si es lo mejor, y yo no quiero
aceptarlo, pero es que no me gusta aceptar mi fracaso, siempre quise ser tu
sueño cumplido, pero no me di cuenta que llevabas despierta un amor y
medio, que yo nunca llegue a tiempo, que no hubo un cuarto para los dos a
las dos y cuarto, y no por falta de amor, sino por falta de huevos.
Ahora mismo quisiera estar en un mar de ron, no para quedar en coma
etílico, sino para que no se notasen mis lágrimas. Disculpa por manchar
esta carta, pero mis ojos saben que es el final.
Sé feliz a tu manera, aunque esto último es lo más obvio y lo menos
comprensible para mí. Siempre supe que todo lo hacías a tu manera, pero
nunca supe que lógica seguías… Quizá eso fue lo que me dejó en ti, para ti,
contigo. Loca de mierda.
Gracias, es todo lo que te puedo decir, ya no tengo ningún reproche ni pena
en el alma, ya te perdoné de todo sin que me lo pidas, ojalá y tú lo mismo.
Repasé nuestra historia tragicómica, le prendí velas a todos tus santos, hice
las paces con mis demonios, visité la tumba de nuestros pecados. Me
encontré de nuevo, estaba entre tus manos; pero ya no más amada mía,
gracias por dejarme terminar tu recuerdo a las cinco de la mañana, aunque
realmente sé que aquí no termina nada, al contrario, es así como comienza
el olvido.