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DEM

Dem se detuvo frente a la puerta descolorida que daba a la oficina del Doctor.

Permaneció allí, en silencio por lo menos un minuto, haciendo nada, aparte de
observar el pomo de la puerta. No estaba seguro de qué tan sensato sería entrar.
No era solamente un doctor, era el Doctor. Los enfermeros y lo demás encargados
de limpieza ya le habían advertido que se mantuviera alejado. ¡Pero lo había
llamado precisamente a él! A nadie más. Tenía que obedecer.

Tomó una bocanada de aire, se peinó el cabello hacia atrás para quitarse los
mechones negros de la frente, y se planchó con afán la camisa del uniforme con
ambas manos. En la última lavada no había logrado quitarle completamente la
mancha de sangre del incidente con el interno del cuarto 99. Esperaba que el
Doctor no lo fuera a notar.

Levantó el puño para tocar la puerta, pero se arrepintió al instante. ¿Y si se daba
cuenta?. No había visto en persona al Doctor aún, y sin embargo, sabía que no
era una persona con la que se pudiera negociar, o bromear… De hecho, uno
estaba mucho mejor si el Doctor ni siquiera se aprendía su nombre. Al menos eso
le habían contado en su primer día, el martes pasado. Estaba aterrorizado de un
hombre que no conocía, más de lo que se hablaba de él en los pasillos del
sanatorio.

Suspiró profundo una y otra vez. Una gota de sudor rodó por su frente y clavó los
ojos en la puerta. La madera estaba agrietada, pintada y repintada en diferentes
todos de verde que habían dejado puntos de colores alrededor del marco y el
pomo cobrizo. En la mitad superior de la puerta había colgada una placa metálica,
con las puntas verdes por el óxido. En ella se leía un apellido sin vocales y con
muchas haches que no supo ni se atrevió a pronunciar.

Tomó impulso una vez más y con los ojos cerrados llamó tres veces a la puerta.

—Pase—dijo una voz del otro lado en un canto destemplado.

Dem tragó saliva. Reticente, abrió la puerta y cruzó a la oscura habitación a paso
de bebé.

La oficina estaba vacía, casi… Toda la luz que alcanzaba a asomarse por las
ventanas era empujada hacia afuera por gruesos telones de lona negra, que
sumían la habitación en penumbras azuladas. Sobre la madera del suelo se
podían ver arañazos que atravesaban las tablillas en zigzag, y a cada paso, todo
el piso rechinaba como un mecedor viejo.

Al fondo la cicatera luz de una lámpara de luz negra, delineaba una mata de
cabello blanco como la nieve, y Dem se preguntó si debería sugerirle que abriera
las cortinas. Pero prefirió no hacerlo. Estaba de espaldas, y solo se escuchaba el
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es nula. Demian—canturreó con el mismo tono destemplado de cuando lo invitó a pasar. —Anda y siéntate. Dem no había notado lo alto que era. pero aquel hombre no parecía percatarse de su presencia en la oficina. —¡Por supuesto que no! Demian retrocedió y abrió la boca. era más bien un anciano excéntrico. —¿Nula? 2 . pero fue capaz de formular ninguna oración. Dem miró a su alrededor. —No hay muebles. chueco de una pata. doctor. El Doctor se levantó haciendo rechinar su silla. —Eres más joven de lo que esperaba—le dijo con una sonrisa torcida. Dem carraspeó con la garganta y dio un paso hacia adelante. y por un momento temió que se fuera a quedar sordo por sus propias palpitaciones. Los únicos muebles era el escritorio y la silla en la que estaba sentado el Doctor. arrugando los labios. El corazón le latía hasta la garganta y los oídos. sobre un escritorio pequeño. ¿Era él el Doctor? No se veía tan terrible. niño. —O sea que puedo dar por sentado que experiencia es algo que no tienes. doctor—dijo y de repente el Doctor estampó una mano sobre el escritorio. Lo vio meter la mano en uno de los bolsillos de su bata blanca y sacar unas gafas circulares de lentes plateados. le sacaba al menos cabeza y media. Esperó un rato. —Mm… —el doctor se rascó la barbilla. No había sillas o taburetes. se las puso. Encorvado como había estado hasta ahora. —Te dijeron bien—le dijo sin voltearlo a mirar—¿Cómo es que te llamas? —Mi nombre es Demian. tampoco una mesa pequeña que pudiera servir para sentarse. —¿Hace cuánto tiempo es que trabajas tú aquí… Demian? —Dos semanas. señor… ¿E-es usted el Doctor? —¿Lo soy? No sé ¿Qué dice la puerta? —Doctor… —Entonces supongo que lo soy. Antes de darse la vuelta. haciendo brincar la máquina de escribir y al mismo Dem.estentóreo tecleo de una máquina de escribir. —¿Hola? Me dijeron que… que el doctor quería verme.

Dem soltó un gruñido ahogado y se encorvó hacia adelante. 3 . me aviento de un puente! Eso fue lo que hizo su madre de cualquier manera. Dem bajó la mirada al suelo sobándose la nuca y asintió. muy. —Te contraté para hacer lo que yo digo.—¿Has trabajado antes? —No. pero Dem estaba desconcertado. muchísimo. y si te digo que te ocupes de una paciente ¡Pues lo haces y punto!—exclamó y luego se restregó las manos. con tanta fuerza que por poco lo tumba al suelo. —¿Y qué cosa es? —Una paciente. pudo respirar tranquilo. Luego. —¡Perfecto entonces! ¡eso era lo que necesitaba escuchar. Descansó en sobre sus hombros ambas manos. —Pero. Cuando el Doctor se apartó. —Tu entrenamiento no importa realmente. Fue hasta su escritorio y abrió un cajón del cual sacó una gruesa carpeta gris. Tomó varias bocanas de aire hasta que pudo levantar la cabeza. tan pálidas que sobresalían las venas azules. niño! ¡eso es lo que necesito!—dijo sonriente. —¿Pero por qué yo? Usted tiene enfermeras que saben y seguro que se hacer mejor cargo de ella que yo que no tiene ni idea de cómo tratar enfermos. Su aliento apestaba. con un intenso olor a hierro oxidado. con las uñas largas y limadas en punta. —¿Ah? El Doctor se paseó por la oficina. Ella es como si fuera mi hija…O bueno ¡La verdad es que no! ¡Si tuviera una hija así. No estoy entrenado. —Necesito que tú te hagas cargo de algo muy. muy importante ¿estamos?—dijo en un susurro que a Dem le heló la sangre. pero… Doctor. para eso no fue que me contrataron. Pero- —¡Entonces es nula!—Exclamó y reventó el aire con una palmada. Y soltó otra carcajada. El Doctor negó con la cabeza. y se detuvo a un paso detrás de él. doctor. yo hago es la limpieza. No puedo atender pacientes. regresó con Dem y estampó el legajo de papeles contra el pecho del muchacho.

—Tú lo has dicho. se cruzó de brazos. —Pero- —Aparte de ti. ajeno a aquello que aparentemente lo divertía. Es que- —¡Es que nada!—exclamó. Dem. —¿Qué hace aquí si no está… loca? El Doctor se masajeó la sien y se rió entre dientes. —¡Estás peor de lo que pensé. con todo respeto… No puedo cuidar a un paciente. deseando para sus adentros no haber entrado a la oficina. así no esté enfermo. —No es eso. sacudiéndolo un poco. —Lo es. Doctor. Yo solo me encargo de limpiar. tú dime si estoy equivocado. ni es un caso aparte.. 4 . La sangre se bajó de sus manos a sus pies. niño! Parece que no me has entendido. en el tono sarcástico del que quiere ofender. Le dio tres palmadas en la espalda a Dem y luego regresó a su máquina de escribir.El Doctor soltó un bufido ronco por la nariz. golpeando la madera con su palma abierta. claro…—dijo el Doctor. —No podemos dejar que una persona cuerda ande por ahí en el mundo suelta como si nada ¡Por Dios! ¡Qué peligro y qué irresponsabilidad! —Doctor. —La verdad es que no. Mina no está loca. —Pero usted dijo que era una paciente. —Mm… Tengo la extraña sensación. Dem parpadeó varias veces. Mis enfermeras están entrenadas para hacerse cargo de los locos y otros casos aparte en esta institución. Dem observó al Doctor acercársele y una mano suya lo tomó del hombro. Dem aguantó la respiración un instante.. claro…siento que estás tratando como de no hacer lo que yo te digo. preparado para salir corriendo si la oportunidad se presentaba. señor. —El problema con Mina es que es la única persona cuerda de aquí—dijo en un susurro y luego se echó a reír.

Dem asintió. sí!—interrumpió el Doctor. esa es Mina. —Sí. Dem. Vete. 5 . doctor—contestó y salió de la oficina lo más rápido que pudo. ¡Anda y cuidado con mis muebles cuando salgas! Pero Dem no pudo dar un paso más.—Pero se que lo harás—cantó el Doctor y luego señaló con los labios la carpeta gris. dando un paso hacia atrás. —Ese es su archivo. aunque dudoso. En la primera hoja estaba la foto de una jovencita. —¿Qué habitación dijo? —La 99 ¿ahora también eres sordo? —No. que tengo otras cosas que hacer—le dijo. vete. y que era tan difícil de quitar. —¡Cuidado con mis muebles cuando salgas! —¿Qué muebles? —¿Ya no tocamos el tema? —Pero usted dijo que- —¡Sí. más bien una niña. señor… —¡Anda! —Sí. de ojos negros y espeso cabello rizado entre el café y el anaranjado que dejaban las manchas de sangre sobre las sábanas de las camillas. Empiezas ya. El Doctor llamó su atención con otra palmada. resolvió abrirla. —Ella está en la habitación 99.

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