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Gurutz Jáuregui

Participación y democracia radical.

1. La democracia directa.

Sin lugar a dudas, el modelo político que mejor refleja la idea de la democracia entendida como el “gobierno del pueblo por el pueblo” lo constituye, al menos teóricamente, el modelo de democracia directa. Como es bien sabido, la democracia directa consiste en la adopción, por parte de todos los ciudadanos, de todas las decisiones de trascendencia pública. Ello implica el recurso sistemático a procedimientos de votación en asambleas u otras instancias de representación, y a la toma de decisiones en la propia asamblea mediante el otorgamiento, en su caso, de un mandato imperativo a tales representantes.

La idea de la democracia directa es tan antigua como la propia democracia y ha constituido, tradicionalmente, el sueño legendario e imposible de tantos y tantos demócratas sinceros y apasionados a lo largo de la historia. Dos han sido los argumentos principales esgrimidos, tradicionalmente, contra la democracia directa. De una parte su imposibilidad práctica; de la otra, los riesgos implícitos a su aplicación generalizada.

Con respecto al primer argumento, no hace falta insistir en que la democracia directa ha sido inviable en la práctica, al menos hasta hace muy pocos años. La democracia directa solo podía resultar factible, en el mejor de los casos, en microespacios concretos que en ningún caso resultan equiparables a una sociedad democrática moderna, y menos a una sociedad tan extremadamente compleja como la sociedad tecnológica actual.

Sin embargo, el espectacular desarrollo de las tecnologías de la comunicación, por un lado, y la frustración, cada vez más creciente, provocada por la progresiva burocratización de los sistemas democráticos por el otro, han vuelto a situar en el centro del interés de la renovación democrática, con más fuerza que nunca, la vieja aspiración de la democracia directa.

Efectivamente, las nuevas tecnologías de la comunicación están haciendo factibles fórmulas de democracia electrónica o teledemocracia impensables hace tan sólo unos pocos años. Es evidente que tales fórmulas precisan de un mayor grado de evolución, pero todo apunta hacia un desarrollo acelerado que permitirá, desde el punto de vista técnico y en breve plazo, una aplicación generalizada de las técnicas telemáticas al ámbito de los sondeos, encuestas y consultas relacionadas con la participación democrática.

Resuelto o en vías de resolución el problema técnico que posibilita la implantación de fórmulas de teledemocracia, se plantea ahora la cuestión de su oportunidad o conveniencia. Dando por supuesto el hecho de que las nuevas tecnologías permiten la puesta en marcha de técnicas de democracia directa ¿resulta conveniente la implantación de las misma?; ¿puede la teledemocracia ayudar a resolver los déficits de los vigentes sistemas democráticos?; ¿es realmente oportuna y aconsejable la democracia directa?. La respuesta a estas cuestiones no resulta, en mi opinión, demasiado optimista.

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Gurutz Jáuregui Es cierto que las nuevas tecnologías permiten y favorecen la creación de redes de resistencia, información y denuncia frente a los ataques a la democracia y a la violación de derechos. Una buena prueba de ello la hemos tenido recientemente con el movimiento generado, a través de Internet, contra la guerra de Irak, o las grandes movilización antiglobalización de estos últimos meses. Es, asimismo, cierto que las nuevas tecnologías nos ofrecen un gran potencial de desarrollo de fórmulas de participación. Ello no significa, sin embargo, que las mismas estén alumbrando, necesariamente, y de modo poco menos que automático, el nacimiento y desarrollo de nuevas formas, más desarrolladas, de democracia.

Imaginemos, en el mejor de los casos, que disponemos de la tecnología más avanzada para la práctica de la teledemocracia. Imaginemos, asimismo, que los ciudadanos tienen plena libertad para expresar sus opiniones a través de las nuevas tecnologías. Imaginemos, incluso, (lo cual ya es mucho imaginar) que se pone en marcha un sistema de democracia directa o semidirecta a través de la red, un sistema que permita llevar a cabo consultas constantes a los ciudadanos sobre temas variados que tienen que ver con las decisiones políticas. ¿Puede la teledemocracia ayudar a resolver los déficits de los vigentes sistemas democráticos?. La respuesta, insisto, resulta negativa. Y ello por varios motivos.

En primer lugar, el procedimiento basado en la democracia directa resulta especialmente rígido para las complejas decisiones que deben adoptar las sociedades modernas, en las que se ven afectados intereses muy variados e, incluso, antagónicos. Las decisiones políticas constituyen el resultado de complejas negociaciones y transacciones llevadas a cabo por una multiplicidad de individuos y grupos en defensa

de sus respectivos intereses y que desembocan en consensos o soluciones pactados de mutuo acuerdo. Tales soluciones no pueden decidirse o, en su caso, obtenerse, a través

de un simple voto, sea este afirmativo o negativo.

En segundo lugar, el recurso generalizado a fórmulas de democracia directa

reintroduce el principio de la pasión en el campo de la actividad política. Imaginemos un referéndum sobre la pena de muerte organizado unos días después del descubrimiento de un asesinato especialmente monstruoso y ampliamente mediatizado.

El resultado sería evidente. La democracia electrónica puede conducir, así, directamente

al linchamiento electrónico. Habríamos llegado así a la interactividad de lo que Ramonet ha definido como el cibercretinismo, transformando en regresión política lo

que a los ojos de algunos pudiera aparecer como un progreso cívico.

En tercer lugar, aún cuando podamos contar con la tecnología más avanzada para la práctica de una teledemocracia, siempre subsistirá el problema de quién es el que hace las preguntas. Las respuestas dependen ampliamente del modo en que se formulan las preguntas (y por tanto de quién las formula).

Existe, pues, un evidente riesgo de manipulación de las preguntas o cuestiones a formular. Los sondeos de opinión y, en general, todo tipo de preguntas formuladas desde el poder, no constituyen un instrumento de democracia, “un instrumento que

revela la vox populi, sino sobre todo una expresión del poder de los medios de comunicación sobre el pueblo; y su influencia bloquea frecuentemente decisiones útiles

y necesarias, o bien lleva a tomar decisiones equivocadas sostenidas por simples

“rumores”, por opiniones débiles, deformadas, manipuladas, e incluso desinformadas”.

No podemos olvidar que el objetivo de una democracia auténtica no se reduce sólo responder a las preguntas. También implica la participación en la generación y formulación de esas preguntas.

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En contra de lo que se hubiese podido esperar, lo cierto es que las nuevas tecnologías de la comunicación están creando una multitud pasiva, resignada, sumisa, individualista y solitaria. Lo que nos espera es la soledad electrónica: el televisor que reduce al mínimo las interacciones domésticas, y luego Internet que las transfiere y transforma en interacciones entre personas lejanas por medio de la máquina.

Por eso, la participación del tipo “oprima Vd. un botón” conduce a una actividad política moralmente insatisfactoria. El ciudadano tiene que estar listo y ser capaz, llegado el momento, de deliberar con sus conciudadanos, de escuchar y ser escuchado, de asumir la responsabilidad por sus palabras y actos. En caso contrario, privado de forma permanente de poder, se ve privado también de la conciencia de sí mismo.

Las tecnologías de la información no facilitan, en consecuencia, y por sí mismas, el acceso a la democracia directa a una escala mayor. Más bien multiplican las posibilidades de manipulación, incrementando la separación entre los cuadros encargados de tomar las decisiones y los ciudadanos. Es posible crear durante el tiempo que dura un debate o un sondeo la ilusión de una comunidad política más extensa. Pero no es más que eso: una ilusión.

A ello hay que añadir un segundo aspecto a tener en cuenta, tanto o más importante que el anterior: el mundo de las tecnologías de la información dista mucho, en su estructura y funcionamiento, de ser un espacio democrático. En él impera, como señala Echeverría, una nueva forma de poder neofeudal, el de los señores del aire, es decir, el de las grandes empresas transnacionales de teleservicios.

No son los usuarios de Internet quienes toman las decisiones sobre la organización y desarrollo de la red. La infraestructura y funcionamiento de las redes están controladas, cada vez más, por unas pocas empresas transnacionales que son las que imperan en el ciberespacio.

Todo ello trae como consecuencia no ya una mejora de la información y de la

democracia, sino un claro retroceso con respecto a situaciones previas. Las tecnologías de la información están reduciendo a los ciudadanos a la condición de súbditos. En los sistemas políticos clásicos de democracia representativa, la sociedad civil dispone de una capacidad nada despreciable para influir en los procesos políticos, bien de forma directa o bien a través de diversas organizaciones (partidos políticos, sindicatos,

). Existe

asociaciones, movimientos sociales, organizaciones no gubernamentales, etc en definitiva una comunidad política mas o menos estructurada.

En el modelo de democracia electrónica desaparece o se diluye la comunidad política y en su lugar surge una miríada de individuos solitarios, sin conexiones mutuas y, por lo tanto, cada vez más fácilmente influenciables. Tanto a los dirigentes políticos que buscan una nueva legitimidad, como a los propietarios de las grandes corporaciones multimedia, esas falsas comunidades virtuales surgidas de la red les resultan muy fácilmente manejables y les ofrecen muy poca resistencia.

La democracia implica una cierta relación entre el pueblo (demos) y el poder (kratos). Por muy débil que resulte la conexión entre ambos, la democracia exige una participación, siquiera mínima, de los ciudadanos en los asuntos públicos. Para que esa participación tenga efecto resulta indispensable la existencia de una información capaz de otorgar un cierto discernimiento sobre ciertos asuntos elementales relacionados con la cosa pública. Pues bien, las tecnologías de la información, al menos en su actual

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Gurutz Jáuregui estructura, no sólo no permiten aumentar sino que, incluso, disminuyen esa capacidad de discernimiento.

Las tecnologías de la información, tal como aparecen configuradas en el momento actual, constituyen la antítesis de lo que debe entenderse como una democracia fuerte, una democracia participativa. Para poder ejercer una participación real el ciudadano debe mantener una capacidad social de reflexión. Es necesaria una

política generativa, es decir, una política que permita a los individuos y a los grupos provocar las cosas, en lugar de que las cosas les sucedan, de que les vengan dadas. Como agudamente señala Barber “la democracia no necesita de grandes líderes, sino de ciudadanos competentes y responsables. Sólo las dictaduras necesitan grandes líderes.

A las democracias les basta con grandes ciudadanos”.

2. La recomposición de la sociedad civil

La sociedad civil ha sido objeto de diversas acepciones. Es obvio que no es éste

el lugar adecuado para elaborar una teoría de la sociedad civil. Por ello voy a limitarme

a aclarar, de forma absolutamente esquemática qué es lo que yo entiendo por sociedad civil.

Entiendo por sociedad civil un conjunto de factores, elementos o relaciones de

sean cuales fueren su

contenido u objetivos, situados fuera del ámbito de las instituciones públicas o gubernamentales. Ello no significa que la sociedad civil deba tener un carácter estríctamente privado. Muy al contrario, la sociedad civil tiene una fuerte componente y vocación públicas que se manifestarían en lo que se ha dado en llamar la esfera pública. La sociedad civil no resulta pues ajena a lo público, sino sólo a lo público-institucional.

orden personal, familiar, social, económico, cultural, etc

Tanto el liberalismo como el marxismo identificaron e incluso a veces redujeron las relaciones sociales con las relaciones económicas. Durante la mayor parte de la era industrial, las sociedades humanas se han asentado en dos pivotes: la sociedad civil identificada con el mercado; y las instituciones públicas identificadas con el Estado.

Ahora que los sectores público y comercial están dejando de ser capaces de

garantizar algunas de las necesidades fundamentales de las personas, el ciudadano tiene

la opción o, en su caso, la exigencia, de empezar a cuidarse por sí mismo una vez más,

mediante el restablecimiento de comunidades habitables como colchón contra las fuerzas impersonales del mercado global y las autoridades gubernativas centrales, cada vez más débiles e incompetentes.

Frente al maniqueismo de mercado versus Estado, resulta cada vez necesario recordar que, en la actual era de la complejidad, los individuos no somos sólo políticos de un lado y productores o consumidores de otro. Los seres humanos somos al mismo tiempo, y sin solución de continuidad, en primer lugar individuos, y además miembros de una familia, de una unidad de parentesco, de un círculo de amigos, de un grupo de vecinos, de grupos con las que vivimos experiencias comunes, de una determinada colectividad religiosa, de una comunidad lingüística, de una determinada región, de una

o varias estructuras sociales o políticas que se desarrollan en escalas y segmentos

diferenciados, de agrupaciones ideológicas, o de colectividades y movimientos sociales que persiguen fines comunes de numerosa y variada índole, en definitiva de todo espacio no coercitivo de asociación humana y del conjunto de la trama de relaciones que llenan ese espacio.

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Gurutz Jáuregui La sociedad civil se sostiene por grupos mucho más pequeños que el demos, la clase trabajadora, o la masa de consumidores. Los vínculos creados entre esos grupos permiten establecer una conexión y, lo que es mas importante, una responsabilidad mutua entre ellos.

El individuo no puede ser sacrificado o reducido a la exclusiva condición de ciudadano. Por ello, es imprescindible legitimar la pluralidad de formas de identidad a través de las cuales se estructuran los seres humanos y que corresponden a su inserción en esa variedad de relaciones sociales que se acaban de señalar.

El reconocimiento de esta pluralidad y la exigencia de una ciudadanía más compleja y activa supone, además, una respuesta frente a las limitaciones no sólo de la concepción liberal de la democracia que redujo la ciudadanía a un puro estatus legal, sino también frente a la concepción burocrática y estatista de la política vigente. El hecho de otorgar a la ciudadanía una cierta preeminencia sobre otras identidades diferentes no implica denegar la importancia de otras formas de participación o de ejercicio de las relaciones sociales por parte de los individuos.

El uso general que se ha dado hasta ahora al término de sociedad civil ha carecido de connotaciones morales. Frente a ese uso, hay que reivindicar la idea de una sociedad civil que se mueve no por intereses particularistas sino la que “desde la familia, la vecindad, la amistad, los movimientos sociales, los grupos religiosos, las asociaciones movidas por intereses universalistas, es capaz de generar energías de solidaridad y justicia que quiebren los recelos de un mundo egoísta y a la defensiva” (Cortina. 1993. Pag. 157).

El sufrimiento humano no constituye una consecuencia exclusiva del mal gobierno. Una gran parte de ese sufrimiento viene derivado de los numerosos conflictos y tensiones existentes en el seno de la sociedad civil. Así ha sido históricamente y así sigue siéndolo, si cabe con mayor intensidad, en el momento presente. Es necesario llamar la atención sobre las enormes dosis de sufrimiento generadas como consecuencia de convenciones, prácticas, restricciones, persecuciones de orden cultural, ideológico,

establecidas en el seno de las propias sociedades civiles. El

social, religioso, etc

estatismo en el que hemos estado inmersos durante los dos últimos siglos nos ha blindado e impedido ver y atajar esos otros muchos modos de opresión básicos, elementales e invisibles que tanto se han prodigado y siguen prodigándose a nivel

personal, sexual, familiar, vecinal, local, etc

Existe, además, en la actualidad un serio peligro de que ese sufrimiento, que tradicionalmente se había circunscrito de forma casi exclusiva a ámbitos locales, se extienda e internacionalice como consecuencia del proceso de globalización. La trata de blancas, el tráfico de órganos humanos, los abusos sexuales a menores, el trabajo de los niños, las diversas formas de esclavitud subrepticia existentes en el mundo, el masivo envenenamiento del aire, el agua y los productos, constituyen tan sólo algunas manifestaciones de ese sufrimiento producido en el seno de las propias sociedades, al margen, o en su caso, con la complicidad de las instituciones políticas.

Una buena prueba de la existencia de ese sufrimiento social la constituye el extraordinario desarrollo, en los últimos años, de una movilización en torno a causas no políticas en su sentido estricto, tales como causas humanitarias, pacifistas, medioambientales por parte de las ONGs y los movimientos sociales en general. Tales actividades mejoran la calidad de la democracia cuando ésta se entiende no sólo como

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Gurutz Jáuregui orden de representación en asambleas y gobiernos, sino también como orden de participación en lo público, en nuestra vida e interés común.

La pertenencia y actividad en una asociación voluntaria cívica es un modo práctico de superar en buena medida las carencias y contradicciones de la democracia y en especial su fallo más grave, el abismo que abre sus fauces entre la clase autoelegida de los políticos profesionales y el pueblo llano.

Existen muchas más posibilidades de lograr un buen gobierno cuando los seres humanos disponen de una gran libertad para asociarse en grupos voluntarios, a fin de llevar a cabo objetivos sociales, que no en aquellos casos en los que los asuntos públicos constituyen el resultado de actividades aisladas de los individuos o de los órganos administrativos de un estado centralizado.

Es preciso, pues, otorgar un mayor protagonismo a la sociedad civil y establecer

una nueva relación, un nuevo equilibrio, entre autoridad y responsabilidad. Para ello resulta conveniente: 1. descentralizar las instituciones públicas y aumentar la capacidad de participación y decisión de los individuos en el seno de aquellas organizaciones privadas a las que pertenecen o cuya actividad les afecta; 2. socializar la economía de forma que se produzca una mayor variedad de agentes económicos bien privados o bien comunitarios; 3. pluralizar y domesticar los aspectos identitarios (religiosos, étnicos,

culturales, etc

mantenimiento de las identidades históricas 1 .

lo cual permitirá establecer vías diferentes para la realización y el

)

En el momento actual, la democracia representativa está siendo estrangulada por

un doble corsé. De una parte, un estado y unas instituciones gubernativas cada vez más complejas y de la otra, un orden social corporativo. En los actuales sistemas

lo constituye la alianza

de las élites en torno al ejecutivo y las burocracias corporativas, desplazando así del centro del poder a las instituciones democráticas, particularmente, a las legislaturas, los

partidos, y las elecciones. El motor de tal actividad lo constituyen los intereses organizados. Aquellos intereses políticos que no se encuentren organizados tienen verdaderas dificultades para asegurarse el acceso al conjunto de élites estratégicas situadas dentro del estado, hasta el punto de quedar en no pocos casos expulsados del sistema político.

democráticos el agente de la actividad política, económica, etc

Por ello, y a fin de evitar el definitivo ahogamiento de las instituciones representativas parece necesario otorgar un mayor protagonismo a los grupos sociales, y una redistribución y extensión de su actividad. Las instituciones representativas siguen siendo absolutamente necesarias pero el hecho de encontrarse atrapadas dentro de la concepción liberal de la relación entre estado y sociedad actualmente vigente, las hace totalmente inadecuadas. Es necesario establecer un sistema democrático más extenso y desarrollado capaz de entrecruzar la esfera estatal y social, y que permita asegurar una mayor responsabilidad por parte de las instituciones políticas, proveerlas de una mayor legitimidad y de una mayor capacidad a fin de ejercer una función de arbitraje de los conflictos que surjan dentro y entre las instituciones sociales (Hirst, en Hirst/Khilnani. 1996. pags 106/7).

La implantación de este nuevo sistema democrático puede traer consigo importantes implicaciones para la emergente sociedad civil internacional y global. Una red democrática de instituciones públicas y sociedades civiles como la que ha quedado

1 . Estos tres grandes aspectos constituyen el núcleo principal del contenido de un próximo libro en torno a los valores de la democracia en el que estoy trabajando actualmente.

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Gurutz Jáuregui señalada resulta incompatible con la existencia de las actuales organizaciones y corporaciones que vienen dedicándose sistemáticamente, y en virtud de su capacidad de acción e influencia, a distorsionar los procesos y estructuras democráticos. El establecimiento de condiciones de libertad e igualdad que permitan a los individuos y a los grupos determinar su propia existencia favorecerá la formación de un conjunto de esferas sociales -por ejemplo empresas privadas y cooperativas, medios de comunicación independientes, centros culturales autónomos- que permitirá a sus miembros mantener el control de sus propios recursos sin una interferencia directa por parte de agencias políticas o de terceros.

Se trata de sustituir las actuales sociedades planificadas o mercantilizadas por una nueva sociedad abierta a organizaciones, asociaciones y agencias capaces de perseguir sus propios proyectos y sujetas a los límites propios del proceso y la estructura democrática (Held. 1992. pags. 35/36). El diseño de la futura esfera pública pasa por dos vectores intrínsecamente complementarios. De una parte, la política de las instituciones y las grandes organizaciones de la economía y las finanzas, y de la otra, la política de los valores, de los proyectos de sociedad, de la solidaridad, de los vínculos sociales y, en definitiva, de los fines de la acción colectiva.

La sociedad civil clásica ha caducado definitivamente. La sociedad civil ha estado vinculada siempre al estado y a su centralización. Se plantea, en consecuencia el problema de cómo renovar la sociedad civil en una era de ruptura con la tradición en la que el estado, especialmente en su forma más integrada de estado-nación, se enfrenta al fenómeno de la globalización. Existe, pues, una tensión posible entre la democratización y la renovación de la sociedad civil. ¿Cómo estructurar, entonces, esas nuevas formas de sociedad en una “visión cosmopolita”?.

La respuesta en palabras de Beck, con las que coincido, consiste en establecer una colaboración y unas dependencias transnacionales en las dimensiones de la

economía, la política, la defensa, el derecho, la cultura, etc

estatal-nacional regía el principio de que en un mundo de actores nacionales sólo hay dos maneras de lograr la estabilidad: mediante el equilibrio (del miedo) o la hegemonía. En la era de la globalización, la alternativa es o la pérdida de soberanía o la colaboración transnacional. Esta nueva alternativa implica varios aspectos tales como el reconocimiento de la sociedad mundial y su dinámica, el establecimiento de una colaboración transnacional, el paso de lo nacional-nacional a lo global-local, el reconocimiento de una multiplicidad de culturas glocales, la activación de fórmulas de

descentralización y recentralización, etc

En la primera modernidad

(Beck 1998. pags. 156ss).

3. La democracia participativa.

Tal como ya ha quedado señalado, es necesario establecer un sistema democrático más extenso y desarrollado capaz de entrecruzar la esfera estatal y social, y que permita asegurar una mayor responsabilidad por parte de las instituciones políticas, proveerlas de una mayor legitimidad y de una mayor capacidad a fin de ejercer una función de arbitraje de los conflictos que surjan dentro y entre las instituciones sociales.

Desde hace varios años vienen planteándose, tanto en el ámbito de la teoría como de la práctica, diversos intentos en orden a formular un nuevo concepto de democracia capaz de superar los límites e insuficiencias de los vigentes sistemas democráticos. A pesar de que este concepto ha sido denominado de diversas formas - democracia asociativa (Hirst), democracia dialogante (Giddens), democracia cosmopolita (Held), democracia liberadora (Touraine), democracia fuerte (Barber),

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Gurutz Jáuregui democracia participativa (Jáuregui)-, y aún cuando subsisten diferencias de mayor o menor calado en los planteamientos formulados por los diversos autores, no resulta difícil, sin embargo, establecer un elemento común a todos ellos. Ese elemento común viene determinado por el intento de forjar formas de actuación política participativa, mediante la implicación en la esfera pública y la intervención en los procesos de decisión del mayor número de ciudadanos posible. Frente a la idea vigente en los actuales sistemas democráticos según la cual la democracia constituiría una cuestión demasiado importante para dejarla en manos de los ciudadanos, el nuevo concepto de democracia vendría sustentado en la filosofía de que la democracia es demasiado importante para dejarla exclusivamente en manos de las élites dirigentes.

La cuestión no radica, como veremos luego, en suplantar o sustituir, al menos con carácter general, las instituciones, órganos e instrumentos propios de la democracia representativa, sino de proveerlas de un suplemento vital que les permita superar sus límites y deficiencias actuales. Y ello exige, como primera medida, adecuarlas a fin de que resulten más permeables a la acción o participación de los ciudadanos. La democracia participativa entraña un modo de representación indirecta a través de demandas, presiones y exigencias sobre el poder. Y entraña también un modo de participación en los asuntos públicos a través de medios esencialmente distintos a los electorales, o a los del clientelismo y los servicios prestados a los aparatos políticos, por un lado, o a la participación que pueda obtenerse a través de la prensa y la opinión pública, por otro.

3.1. Libertad, igualdad y participación.

En la cultura política occidental se halla muy arraigada y acríticamente aceptada, tanto en el ámbito de la teoría como en la práctica de los actuales sistemas democráticos, la idea de la pasividad de las masas o de la apatía de los ciudadanos, para los asuntos políticos. A tenor de esta idea, la mayor parte de la gente no se hallaría interesada y además no resultaría capacitada para la actividad política. De ello se deduce el corolario lógico de que el ejercicio efectivo de la democracia sólo será posible en la medida en que exista un liderazgo competente que cuente con una administración burocrática y un sistema institucional adecuado. Ello ha llevado a no pocos sectores a considerar que un cierto grado de pasividad de las masas resulta condición indispensable no sólo para un adecuado funcionamiento de los sistemas democráticos sino incluso para la propia existencia del sistema democrático representativo.Según esta tesis, muchas de las principales patologías de los actuales sistemas democráticos vendrían derivadas de los excesos democrático-participativos.

Frente a tales tesis parece necesario recordar que la participación es intrínsecamente consustancial a la democracia. La participación constituye condición esencial tanto para el logro de la libertad, particularmente, en su vertiente de libertad positiva, como para el desarrollo de la igualdad. Si no se otorga a los ciudadanos el derecho a participar en los asuntos que les afectan, difícilmente podrán ser dueños de sí mismos. La democracia tiene como uno de sus objetivos fundamentales el de fomentar la máxima utilización de las capacidades individuales en interés de la comunidad. La participación supone un valor democrático en sí mismo considerado, en la medida en que constituye una expresión de la autonomía, y en definitiva de la libertad del ser humano.

Por otra parte, desde un punto de vista puramente pragmático, la participación constituye un excelente instrumento no ya para lograr un mejor desarrollo de la democracia, sino, incluso, para aumentar la legitimidad de los propios gobernantes.

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Gurutz Jáuregui Cada demanda dirigida a los gobernantes comporta un reconocimiento de la función que cumplen, aunque sea crítica con respecto a sus orientaciones o ponga en dificultades su capacidad de actuar eficazmente.

Es evidente que el ejercicio de la participación puede llevar, en ciertos casos, a excesos que perjudiquen, en lugar de favorecer, el desarrollo democrático. Pero la existencia de excesos en determinadas circunstancias no puede impedir la ampliación

de campos y la intensificación de niveles de participación. La participación constituye

la regla, sus excesos la excepción.

En lo que respecta a los modos de participación, es necesario abandonar la idea de que una democracia participativa constituye una democracia en la que los ciudadanos participan de forma activa y de modo constante en todos y cada uno de los momentos de su vida. Resulta improbable y, por tanto, irreal, una democracia de este tipo. La cuestión no radica en crear asambleas permanentes de ciudadanos sino en establecer mecanismos que nos permitan tener un mayor grado de libertad con respecto a las organizaciones o instituciones que nos constriñen y nos controlan al mismo tiempo que dicen servirnos.

A tal respecto, resulta evidente que la actual estructura institucional de la democracia

representativa ofrece aspectos que dejan mucho que desear. No basta con someter la acción del gobierno al control de las leyes. Una cosa es la producción normativa y otra muy diferente la formulación de las políticas públicas necesarias para la consecución de los objetivos gubernamentales. Por eso, más allá de la legislación, es necesario establecer controles al proceso de ejecución material de la acción del gobierno, a fin de que los ciudadanos puedan evaluar tanto su legitimidad como su eficacia. Ello significa que los modos de participación deben manifestarse en los dos ámbitos. En primer lugar

en el ámbito del sistema político-institucional. En segundo lugar, en el ámbito social o,

si se quiere, de los subsistemas sociales.

En mi opinión, la democracia participativa debe definirse por dos grandes rasgos. En primer lugar, debe actuar como puente superador de la división entre estado y sociedad civil haciéndolo a aquél más plural y a ésta más pública. En segundo lugar, debe promover la democratización, el gobierno democrático, en el seno de las organizaciones corporativas tanto públicas como privadas, con el objeto de restringir el alcance de su estructura jerárquica y de ofrecer un nuevo modelo de eficacia organizativa. Por ello, uno de los principales ámbitos en los que tiene que darse el proceso de recomposición de la democracia es, precisamente, en aquellas zonas en las que se produce un contacto más intenso entre el estado y la sociedad civil, es decir, en los ámbitos local y regional.

La democracia participativa debe sustentarse, por ello, en tres grandes principios de organización política. 1. Que las organizaciones voluntarias de autogobierno se conviertan gradual y progresivamente en el instrumento primario del gobierno democrático de los asuntos económicos y sociales. 2. Que ese poder se distribuya tanto como sea posible entre distintos ámbitos o sedes de autoridad, sean territoriales o funcionales, y que su administración dentro de tales ámbitos se otorgue a diferentes niveles en función del tipo de poder o competencia a llevar a cabo. 3. Que el gobierno democrático no se limite a consistir, únicamente, en un simple poder de elección por parte de los ciudadanos, o una simple aplicación del principio de la mayoría, sino que se establezca un flujo continuo de información entre los gobernantes y los gobernados, de forma que aquellos busquen el consentimiento de estos últimos. Ello implica la

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Gurutz Jáuregui desaparición del monopolio de los poderes e instituciones propias de la democracia representativa a la hora de establecer la agenda

No basta, en todo caso, con disponer de instrumentos e instituciones públicas. Es cierto que la participación supone un valor democrático en sí mismo considerado, en la medida en que constituye una expresión de la autonomía, y en definitiva de la libertad del ser humano, pero constituye también un medio para obtener ciertos fines u objetivos. En cuanto fin en sí mismo, la participación supone una condición esencial tanto para el logro de la libertad, particularmente, en su vertiente de libertad positiva, como para el desarrollo de la igualdad, ya que si no se otorga a los ciudadanos el derecho a participar en los asuntos que les afectan, difícilmente podrán ser dueños de sí mismos.

Sin embargo, la participación no es condición suficiente por sí sola para eliminar todas las desigualdades de la sociedad. Por ello, la participación no debe ser entendida exclusivamente como un fin en sí mismo, con independencia de otros valores. Su condición de valor o fin se halla intrínsecamente unida a su carácter de instrumento o medio para la obtención de los fines o valores fundamentales de la democracia. Se trata, por tanto, de un valor mediato o intermedio, o si se quiere condición indispensable para el logro de los fines primordiales de la democracia.

La participación no tiene, pues, por qué producir per se resultados políticos consistentes y deseables. Su validez y efectividad son instrumentales con respecto a los citados valores, y particularmente con referencia al principio de autonomía, es decir, a la capacidad humana para el razonamiento autoconsciente, autorreflexivo y autodeterminante. La participación se halla por tanto en relación dialéctica con la libertad, la igualdad, y las decisiones democráticas dirigidas al cumplimiento de tales fines.

La democracia no puede quedar reducida, por lo tanto, a la creación o establecimiento de instituciones públicas por útiles que puedan resultar. La democracia participativa debe ir dirigida a una recuperación de la ética democrática. Los vigentes sistemas democráticos instalados en una confortable realpolitik siguen concibiendo el mundo, sobre todo en sus relaciones internacionales, como un campo de batalla. En esas condiciones el derecho y la moralidad se convierten en un puro wishful thinking,. Para la realpolitik, la ética y la moralidad son algo puramente instrumental, procedimental, algo que debe utilizarse de forma calculadora, racional y autointeresada.

Frente a este estado de cosas es preciso reivindicar por tanto una ética y una moral universales. La globalización está prefigurando ya de hecho la formación de un nuevo ámbito de interés general que se sitúa en fronteras supraestatales y que, por ahora, viene concretándose de forma principal aunque no exclusiva, en la defensa de los derechos humanos. Solo será viable la recuperación de la universalidad de los derechos a partir de la superación de los confines estatales de la democracia.

Esta alternativa frente al realismo no tiene por qué implicar una vuelta al fanatismo político o religioso, ni debe considerarse como una llamada a la irracionalidad. La ética universal defendida por la democracia participativa se halla basada en el respeto a un derecho universal, cosmopolita, un derecho que prohiba la utilización no estríctamente defensiva de la fuerza y que se implique en la incorporación y extensión de los derechos humanos.

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Gurutz Jáuregui Ahora bien, no basta con la reflexión. Es también necesaria la acción. Hay que incrementar sobre todo la capacidad de expresión y de iniciativa de quienes deben ser reconocidos como actores y no sólo como víctimas. Esta ampliación del campo político no se conseguirá mediante la simple reflexión, vendrá impuesta por la acción de los propios interesados. No puede hablarse, pues, de democracia viva allí donde no estalla la indignación ante el desprecio de los derechos humanos (Touraine. 1994. Pag. 233 y

416).

Una buena prueba del estallido de esa indignación la constituye el surgimiento,

en los últimos años y con una enorme fuerza, de numerosos movimientos sociales de

carácter pacifista, antinuclear, medioambiental, feminista, etc

sociedad civil ha tomado progresivamente el relevo de los estados en la defensa y promoción de unos derechos que éstos se resisten, frecuentemente, a asegurar.

así como ONGs. La

Los derechos humanos, particularmente los derechos de la tercera generación, son los valores en torno a los cuales se han formado los movimientos sociales y ONGs y su defensa ha dado lugar a enormes movilizaciones sociales. Paz, cooperación al desarrollo, medio ambiente, defensa del patrimonio de la humanidad y ayuda humanitaria son diversos aspectos de un mismo clamor solidario que parte de la sociedad civil.

La explosión de estos movimientos y organizaciones constituyen, con carácter general, una de las realidades más esperanzadoras del momento actual en orden a la consecución de un mundo más justo y humano. Gracias a ellas se está generando un nuevo concepto de solidaridad, una nueva conciencia humanitaria que vuelve a situar al ser humano en el centro teleológico de las preocupaciones. Además su labor está permitiendo romper con un peligroso eurocentrismo y está ayudando a generar una conciencia universalista ante al reto de la globalización.

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