esperó la ayuda de sus compañeros para salir en persecu- El ciclista que se arrepintió de ganar el Tour

ción del suizo. Ya era tarde. En meta, perdió seis minutos
y hasta la segunda plaza del podio: la coz del purasangre
Kübler le dejó temblando durante los tres siguientes años.
Esa tarde, el suizo lo dejó bien claro ante los periodistas:
«¡Ferdi no como los demás!».

Roger Walkowiak es un señor de 63 años que acaba de
jubilarse como tornero en un taller mecánico industrial,
y se pone muy nervioso cuando un periodista le pregunta
por cierto asunto que él preferiría olvidar: su victoria en el
Tour de Francia de 1956.
—Nunca hablo de eso, ni siquiera con mi mujer.
El periodista Jean-Paul Ollivier lo entrevista en el salón
de su casa, en 1990, para la cadena francesa Antenne 2.
Es la primera vez en treinta años que Walkowiak acepta
hablar ante una cámara. Ollivier le ha dicho que quiere
recuperar su historia, hacerle justicia, y por eso ha accedi-
do. A pesar de las canas y las arrugas, muchos espectadores
reconocen su cara redonda de niño tímido —pelo ensorti-
jado, orejas desplegadas, una sonrisa apenas esbozada—,
aquella cara infantil que a mediados de los años cincuenta
se asomó, asustada por una fama repentina, a todos los

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diarios, las revistas y los cines franceses. Ollivier le habla Walkowiak, quien lloraba sin parar de repetir «es increíble,
de aquel ataque lejano que le lanzaron Gaul y Bahamon- es increíble».
tes, de su caída en el col de l’Oeillon, de su persecución Muchos pensaron que aquel espíritu derrumbado por la
desesperada a por Bauvin. Parece que Walkowiak apenas emoción no soportaría la presión del liderato. Pero el fran-
recuerda nada de todo aquello. Ollivier insiste. Walkowiak cés guardaba una capacidad extraordinaria para la agonía.
se queda en silencio y la cámara se acerca a su rostro, que Roger Walkowiak era un niño grande. Vivió en casa de
enrojece por momentos. sus padres hasta casi la treintena, hasta el mismo año en
—Nadie sabe cuánto sufrí. que ganó el Tour.
Le tiemblan las mejillas, esconde la cara en la palma de Era hijo de un minero polaco que había emigrado a la
su mano izquierda y rompe a llorar. pequeña ciudad francesa de Montluçon para trabajar en
—A veces pienso que ojalá nunca hubiera ganado el sus acerías y de una campesina que había emigrado a esa
Tour. misma ciudad para limpiar casas. Roger creció pegado a
Esa misma cara de niño temeroso apareció en televisión ellos: se hizo aprendiz en la misma fábrica de su padre, tra-
el 11 de julio de 1956: en la séptima etapa de aquel Tour, bajó allí como tornero metálico, y cuando empezó a ganar
al desconocido Walkowiak le acababan de vestir su primer carreras regionales y a recibir propuestas para pasar a un
maillot amarillo. Se le acercó la cámara. El ciclista, incó- equipo profesional, no sabía cómo contarlo en casa para
modo, escondía la mirada entre los radios de su bicicleta y evitar disgustos. Cuenta Ollivier, biógrafo de Walkowiak,
asentía con la cabeza gacha a las preguntas. El periodista, que el ciclista no seguía la alimentación estricta que le
impaciente porque Walkowiak apenas pronunciaba mono- mandaban sus preparadores, porque no se atrevía a re-
sílabos, le recalcó la importancia del momento como quien chazar las sopas, los estofados y las carnes con salsas que
regaña a un chaval: le preparaba su madre. Los periodistas le reprochaban
—Roger, eres líder del Tour de Francia. Miles de per- que era un ciclista con talento pero que no se cuidaba:
sonas te están viendo y quieren saber qué sientes con el siempre estaba gordito.
maillot amarillo. Todos los años ganaba dos o tres carreras regionales de
Walkowiak se llevó las manos a la cara y balbuceó unas poco nivel y a veces asomaba en pruebas mayores: fue se-
palabras. gundo en una París-Niza, segundo en una Dauphiné, oc-
—Es increíble, no puedo creérmelo, es increíble. tavo en una Milán-San Remo. Nunca había participado
De pronto, ante un sollozo incontenible, el periodis- en el Tour con la selección de Francia, pero sí, tres veces,
ta tuvo que dejar el micrófono para recibir el abrazo de con la selección regional Norte-Este-Centro, uno de esos

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conglomerados en los que juntaban a ciclistas de segunda agua para sus jefes», escribía el Paris-Match aquellos días.
fila para rellenar el pelotón. En sus tres participaciones en el «Participan todos los días en los ataques, están muy acti-
Tour, había firmado un 57º puesto, un 47º y un abandono. vos, muy vigilantes y en buena forma. Se están rebelando».
En 1956 dio un aviso antes del Tour: ganó una etapa de Walkowiak salió muy atento a las escapadas en la sépti-
la Vuelta a España, la Irún-Pamplona. Pero no parecía su- ma etapa, el 11 de julio de 1956, el día de gloria para los
ficiente para que nadie se preocupara por él, un veterano portadores de agua: montaron una tremenda fuga de 31
de 29 años con un palmarés exiguo. ciclistas, en el pelotón no hubo selecciones que se atrevie-
Walkowiak aprovechó un vacío de poder. En el Tour de ran a quemarse en su persecución y los escapados llegaron
1956 faltaban casi todas las estrellas de la década: Bobet, a la meta con 18 minutos de ventaja. Entre ellos estaba
ganador de las tres ediciones anteriores, estaba lesionado; Walkowiak, y ningún otro ciclista que hubiera participa-
Coppi se había desplazado una vértebra en una caída en do como él en todas las escapadas de los días anteriores:
el Giro; Magni, Kübler y Koblet estaban ya en declive; y así que ya era líder. Tenía cinco minutos de ventaja sobre
aún no había aparecido Anquetil, quien al año siguiente Voorting, siete sobre Lauredi, diez sobre Wagtmans y más
comenzaría su ristra de cinco victorias en el Tour. Los pro- de media hora sobre los capos: Gaul, Bahamontes, Ockers.
nósticos apuntaban a escaladores como Gaul, Bahamon- También tenía un maillot que le hizo llorar ante las cá-
tes, Ockers o Nencini, pero sin mucha convicción. Como maras.
no había favoritos claros, ninguna de las selecciones poten- En la habitación 93 del Hôtel de France, en Angers,
tes —Francia, Italia y Bélgica— tomó la responsabilidad Walkowiak se dio una ducha, se tumbó en la cama para re-
de controlar el pelotón. Y de eso se aprovecharon los co- cibir el masaje y le habló de sus ambiciones al director de-
rredores de equipos menores, como los de las selecciones portivo Sauveur Ducazeaux: quizá podría lucir el maillot
regionales francesas, que se iban metiendo en las escapa- amarillo durante unos días, gracias a esa publicidad le me-
das de las primeras etapas. jorarían el contrato en el equipo, podría cambiar su viejo
Walkowiak se fugó con otros ciclistas modestos en la Peugeot 203 por un coche nuevo y podría comprarse por
cuarta etapa y llegó con algunos minutos de ventaja sobre fin un piso para irse a vivir con su mujer, con la que se
el pelotón. Hizo lo mismo en la quinta. Y en la sexta. acababa de casar.
En la salida de la séptima, se le ocurrió que tenía el mai- Ducazeaux tenía otros planes:
llot amarillo a su alcance. —Roger, tú vas a ganar este Tour.
«Sin grandes estrellas, este Tour de 1956 está siendo el Y para eso, le dijo, tenía que perder el maillot amarillo
de los ciclistas rasos, de los que suelen dedicarse a portar cuanto antes.

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Ducazeaux lo veía claro: todo el mundo atacaría al nue- cada etapa, porque ya se les hacía tarde para remontar
vo líder Walkowiak y sería un suicidio defenderse durante toda la desventaja, Walkowiak se quedaba atrás, apretaba
dos semanas a través de los Pirineos y los Alpes. Era mejor los dientes y sufría durante horas para perder el menor
pasarles la responsabilidad a otros equipos. tiempo posible. Padeció desfallecimientos, como en el col
Walkowiak solo pidió un favor: que defendieran el mai- de Luitel, y perdió algunos minutos. Pero los capos no con-
llot dos etapas más, hasta el día de descanso en Burdeos, siguieron quitarle ni la mitad de la ventaja ganada en la
porque allí iba a visitarle su mujer. primera semana, y todos los que le precedían en la clasifi-
Ducazeaux gruñó: le dijo que el Tour no era un via- cación se hundieron en las montañas. En Grenoble, a cua-
je de novios. Pero aceptó. En los siguientes dos días, los tro días de terminar el Tour, el correoso Walkowiak volvió
compañeros de Walkowiak gastaron fuerzas en la cabeza a vestirse de amarillo.
del pelotón para que las fugas no se adelantaran dema- El segundo era Gilbert Bauvin, de la selección francesa,
siado y para que Pierrette abrazara a su marido Roger a 3 minutos y 56 segundos.
vestido de amarillo. Y luego ya se acabaron los sentimen- —Si me hubieran incluido en el equipo de Francia —dijo
talismos. En la etapa Burdeos-Bayona consintieron una Walkowiak—, yo sería el gregario de Bauvin. Él tendría el
escapada con muchos ciclistas y muchos minutos de ven- maillot y yo pedalearía a su servicio. Tuve suerte de que me
taja. Walkowiak, que pedaleó en el pelotón aguantándose descartaran.
las ganas, bajó a la séptima posición, a nueve minutos del Ya no quedaban etapas duras, así que los periódicos es-
nuevo líder Voorting. cribían perfiles de urgencia para explicar quién era este
—Tranquilo, Roger, ya irán cayendo —le dijo Duca- Walkowiak que dos semanas antes casi nadie conocía y que
zeaux. ahora estaba a punto de ganar el Tour.
También le prohibió responder a los escaladores en Pero Walkowiak no lo tenía nada claro.
los Pirineos. Acertó: los puertos estaban lejos de la meta, Esa noche le dio un ataque de ansiedad. Veía otra vez el
Walkowiak se mantuvo en los grupos cabeceros sin dar la maillot amarillo en el respaldo de su silla, todos daban por
cara, y en los kilómetros finales de bajada y llano acababan hecho que lo llevaría hasta París, pero él se sentía muerto
alcanzando a los atacantes solitarios. Walkowiak subió a de cansancio. ¿Y si se descolgaba en alguno de los peque-
la quinta posición y nadie hablaba de él: se había hecho ños puertos que aún debían escalar, si se desfondaba du-
invisible en los Pirineos. rante la contrarreloj tan larga de Lyon? Su ventaja era de
En los Alpes empezó el calvario. Gaul, Ockers y Baha- 236 segundos, que pasan volando si uno pincha o se cae
montes atacaban en tromba desde los primeros puertos de de la bici. Sus rivales iban a atacarle una y otra vez, iban

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a intentar reventarlo, y en los últimos ochocientos kilóme- Ese fue su momento.
tros del Tour él solo tenía ese margen: 236 segundos. En la subida al pequeño col de l’Oeillon, Walkowiak les
Le contó estos miedos a Adolphe Deledda, compañero recortó medio minuto, en una bajada temeraria les quitó
de habitación, en aquella noche de insomnio. Deledda le otros cuarenta segundos, y en pocos kilómetros más de lla-
decía que estuviera tranquilo, que él había sido más fuerte no los alcanzó.
que Bauvin, que tenía a todo el equipo a su disposición, Ese fue el momento que debió haber salvado la memo-
que no se le iba a escapar el triunfo. ria de Walkowiak, esa persecución angustiosa de veinte ki-
—Sí, pero ¿y si pierdo? ¿En qué me convertiré? Volveré a lómetros en la que desató su rabia.
ser un portador de agua y nada más. Con esa persecución ganó el Tour. En la crono de Lyon
Había otra posibilidad terrible, de la que Walkowiak no era perdió dos minutos con Bauvin y mantuvo el maillot por
consciente: ¿y si ganaba? ¿En qué se convertiría entonces? los pelos —por 85 segundos—, en la última etapa Bau-
En el kilómetro 112 de la siguiente etapa, una rueda tocó vin y Adriaenssens le volvieron a atacar a la desespera-
otra rueda en medio del pelotón y cayeron treinta ciclistas. da, Walkowiak estiró su agonía hasta el último kilómetro
Entre el montón de bicicletas y de corredores magullados, y ganó.
brillaba el maillot amarillo. Pero el calvario del Tour de 1956 no terminó en París: le
Sus compañeros de equipo corrieron a sacar la bicicleta duró toda la vida.
de Walkowiak de la montonera. El líder arrancó con furia y Walkowiak no había acabado su vuelta de honor en el
vio que su rueda delantera estaba pinchada. velódromo del Parque de los Príncipes, y algunos perio-
—¡Una rueda, rápido, rápido! distas ya estaban desprestigiando su triunfo. Decían que
Un compañero le dio su rueda delantera, Walkowiak la había ganado gracias a las fugas permitidas en las prime-
cambió y salió de nuevo volando. Deledda pedaleaba a su ras jornadas, que luego había pasado casi toda la carrera
lado y le empujaba. Los comisarios sancionaron a Walko- escondido, que en ninguna etapa había quedado ni entre
wiak por esa ayuda: 30 segundos de penalización. Ya solo los tres primeros. Que no era un campeón.
le quedaban 206 de ventaja sobre Bauvin, que además ha- Walkowiak nunca dejó de preguntárselo: ¿y si era cierto?
bía aprovechado el caos para atacar. En cabeza marcha- Aquel año corrió unas pocas carreras más y no apareció
ba el quinteto más peligroso: Bauvin, segundo clasificado, nunca en cabeza. Declaró que estaba agotado: «Habría
Adriaenssens, cuarto, y los escaladores Gaul, Ockers y Ba- podido conseguir buenos puestos en el final de la tempora-
hamontes. Walkowiak, ya solo contra los cinco, perdía un da. Me habría bastado con recurrir a las ayudas artificia-
minuto y medio. les. Pero el dopaje, en dosis altas, se acaba pagando caro.

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Tengo 29 años y creo que puedo seguir compitiendo a un pidió su antiguo puesto y fue tornero metálico hasta la ju-
buen nivel hasta los 35, siempre que no marche a base de bilación. Pidió que le dejaran en paz. No volvió a hablar
dinamita». en público. Hasta que treinta años más tarde apareció de
En 1957 todos miraban con lupa a Walkowiak. En mayo nuevo ante una cámara de televisión y dijo, en voz alta,
ganó una etapa de la Vuelta a España, pero a los periódi- que ojalá nunca hubiera ganado el Tour.
cos franceses les pareció decepcionante porque acabó en
el puesto 15º. Fue seleccionado para correr el Tour por
primera vez con el equipo de Francia, con la selección
grande, y no le pudo ir peor: se descolgaba en todos los
puertos. Alegó diarreas, vómitos, un agotamiento total. En
los Pirineos se bajó de la bici, apoyó la cabeza en el sillín
y rompió a llorar. Los exámenes médicos concluyeron que
tenía amebiasis, una enfermedad parasitaria contraída du-
rante unas carreras en Marruecos.
Daba igual. El veredicto popular ya era firme: Walkowiak
era un ciclista mediocre, sin carácter, que había ganado el
Tour de 1956 por chiripa.
Corrió unos años más y ganó un par de carreras meno-
res, muy insuficientes para hacerse perdonar la ofensa de
haber manchado la historia del Tour. Su nombre pasó al
argot ciclista como un término denigrante: una «escapada
a lo Walkowiak» es una fuga de segundones que aprove-
chan la dejadez de los favoritos para acumular minutos, y
un «Tour a lo Walkowiak», una edición ganada por algún
ciclista secundario.
En 1960 colgó la bici en silencio.
Abrió un bar en su ciudad y no tardó en cerrarlo, harto
de que los clientes le tomaran el pelo por su victoria en el
Tour. Volvió al taller donde trabajaba antes de ser ciclista,

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