SÁTIRA Y EPIGRAMA

SÁTIRA

El término satura designa un género literario que, si bien recibe influencias del
drama griego y de las diatribas de los filósofos cínicos, se desarrolla por primera vez en
Roma como tal género con características bien definidas; por este motivo Quintiliano se
jactaba de que "la sátira al menos es un logro totalmente romano".

Los escritos satíricos versan sobre diversos temas pero en las que se incluye una
crítica mordaz desde un punto de vista muy personal de personas concretas y de la
sociedad en general. Lucilio es el creador del género; Horacio, Persio y Juvenal son sus
máximos representantes.

HORACIO: Sermones y Epistulae

En realidad Horacio no tituló ninguna de sus obras Saturae, pero la tradición manuscrita
nos ha transmitido como obras satíricas del poeta dos libros con el título de Sermones y
otros dos bajo el epígrafe de Epistulae, ambos en hexámetros, como es ya propio de la
sátira desde Lucilio.

En los Sermones, escritos en el período anterior al gobierno de Augusto, se percibe una
dureza de tono que se suavizó en la producción posterior. En el libro primero Horacio
realiza una crítica moral y literaria y en alguna de ellas introduce elementos
autobiográficos; los temas son variados: la alabanza del justo medio (est modus in
rebus), la crítica de la rigidez y la intransigencia de los estoicos hecha desde una
perspectiva epicúrea y, junto a estos temas filosóficos, otros como relatos de viajes
(recogiendo una tema ya tratado por Lucilio). En el libro segundo el poeta escoge la
forma de discusión libre (diatriba) entre interlocutores anónimos que habían
popularizado algunos filósofos griegos, en especial los cínicos; la sátira se transforma
así en una "charla" (sermo) animada que permite tratar con distintos puntos de vista
diversos temas: fábulas, confidencias, teoría literaria, reflexiones personales y
filosóficas, etc.

Todas sus composiciones satíricas, a las que el poeta seguía llamando Sermones, a partir
del año l30-29 tienen forma de cartas en verso por lo que se nos han transmitido como
Epistulae. Este segundo grupo de sátiras recogidas en dos libros es una obra de madurez
y en ellas predomina sobre todo el tono didáctico. Dentro de esta obra tienen un interés
muy especial tres cartas extensas en las que Horacio hace una crítica estética de la
evolución de la literatura romana; dos de ellas nos han llegado formando parte del libro
segundo, mientras que la tercera se considera una obra especial titulada De Arte Poetica.

En la primera de estas cartas, dirigida a Augusto, trata el poeta de las relaciones entre la
literatura griega y la romana; la segunda está dirigida a Floro, al que con un tono muy
personal desaconseja que se dedique a la poesía; por último, la titulada De Arte Poetica,
dirigida a los Pisones, es un análisis extenso y técnico del arte literario.
Tanto en los Sermones como en las Epistulae el objetivo de Horacio era llevar a la
mayor perfección formal la sátira y consolidad sus posibilidades artísticas. El lenguaje,
la selección de palabras, el tono que puede ser culto o popular según el tema tratado,
resultan ser instrumentos perfectos para la consecución de ese objetivo.

JUVENAL

Juvenal en sus sátiras no nos cuenta gran cosa sobre sí mismo; sí nos informa su
obra sobre sus sentimientos ante la sociedad de su tiempo y, en definitiva, sobre su
talante interior, pero no hay apenas alusiones a su vida personal.

En la sátira inicial del libro I que, como ocurre en sus predecesores, tiene carácter
programático, expone su deseo de escribir sátiras a la manera de Lucilio, realizando una
agria crítica de la sociedad de su tiempo. Sin embargo el poeta declara en esa misma
sátira que sólo hablará de personas ya muertas, de manera que dirige su indignación
tantas veces sofocada contra la época de Domiciano. La sátira IV es particularmente
ilustrativa de cuáles son los motivos y las intenciones del poeta: desahogarse del horror
experimentado en el inmediato pasado y resarcirse del obligado silencio. La crítica
alcanza tanto al emperador, al que se censura su arbitrariedad y su crueldad, como a la
clase senatorial, inclinada a la adulación y a la delación. Sin embargo esta crítica se
hace extensiva al presente porque los defectos de la sociedad se perpetuaban y se hacían
difíciles de eliminar.

La actividad literaria de Juvenal duró aproximadamente unos treinta años y, como es
natural, se observan diferencias en el contenido entre las primeras composiciones y las
últimas; con el paso del tiempo disminuye la virulencia de los ataques y aborda
cuestiones morales y narraciones de menor carga satírica.

EPIGRAMA

El epigrama literario, difundido extraordinariamente en época helenística, tiene su
origen en estas inscripciones y de ellas toman gran parte de las características del
género: brevedad, concisión, ingenio y vivacidad expresiva. Concebido para ser leído o
recitado, extiende su temática y pasa a expresar la más variada gama de sentimientos;
encontramos epigramas eróticos, satíricos, costumbristas, festivos y, por supuesto,
fúnebres.

En Roma los primeros epigramas literarios datan de finales del siglo II a. C. y,
siguiendo la moda alejandrina, describen en dísticos elegíacos sentimientos amorosos.
En la segunda mitad del siglo I a. C. encontramos dentro de la variada obra de C.
Valerio Catulo una importante serie de epigramas en los que narra los vaivenes de su
relación con Lesbia así como puyas y críticas a competidores y enemigos.
MARCIAL

Sin embargo el epigrama como forma literario alcanzó su configuración definitiva
con Marco Valerio Marcial (aprox. 40 d. C- 103/104); él es el único escritor que adopta
el epigrama como forma exclusiva para expresar sus ideas y sentimientos, dando a esta
composición el carácter que actualmente tiene.

La poesía de Marcial no se explica sin la ciudad de Roma; por todas partes se
muestra en sus epigramas con gran realismo los distintos tipos humanos que se movían
por la corrompida sociedad romana de la época de los Flavios: cazadores de fortuna,
delatores, glotones, etc... No faltan tampoco las alusiones personales y así se reflejan en
su obra las dificultades de su vida de cliente, sus quejas por la tacañería de los patronos
e incluso su demanda de regalos y préstamos. Las composiciones dedicadas al
emperador Domiciano son abiertamente aduladoras, sin que parezca que esto le
resultara humillante: consideraba la adulación un medio para sobrevivir, y lo cierto es
que gracias a ella consiguió de Tito y Domiciano ciertos honores y compensaciones.

Como obra literaria los epigramas de Marcial responden a una postura de reacción
contra los usos y modos literarios imperantes en su tiempo. Era ésta una época en la que
predominaba un gusto clasicista que llenaba las obras de adornos mitológicos y
retóricos, imponiéndose las declamaciones y descripciones de carácter épico. En el uso
de la lengua se rechazaban las expresiones vulgares, el "llamar a las cosas por su
nombre", el detenerse en asuntos desagradables sórdidos u obscenos. A todo esto opone
Marcial su obra.

En primer lugar, frente a las grandes composiciones narrativas él se inclina por el
epigrama, la forma más humilde de poesía; en segundo lugar reclama su derecho a
expresarse con "la cruda verdad de las palabras" (lasciva verborum veritas). Consigue
de esta forma una claridad de expresión difícilmente imitable y la sencillez de sus
versos, a pesar de estar hechos con gran cuidado, da impresión de improvisación.

La intención de Marcial es simplemente representar la vida de la sociedad de su
tiempo, sin falsos pudores y sin tapujos, quizá por ese motivo en ocasiones resulta
excesivamente obsceno. Su actitud es más de cansancio y hastío que de indignación ante
los vicios y defectos de la sociedad; busca provocar más la risa o la burla que la
reprobación. La actitud de Marcial está lejos de la propugnada por los poetas satíricos
porque no tiene intención moralizadora, no intenta provocar un cambio de actitud sino
simplemente observar la realidad desde su aspecto más risible y jocoso. Además, y este
es otro rasgo que lo separa de los poetas satíricos, nunca utiliza la invectiva o el ataque
personal; las personas a las que se refieren sus epigramas son en la mayor parte de los
casos imaginarias.

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