Las Palmas de Gran Canaria, 20 de febrero de 1914

El ambiente en la habitación era opresivo. Gabriel podía notar cómo
gotas de sudor corrían por su espalda, aunque no habría podido decir si
era por el calor o por los nervios que siempre le invadían antes de cada
sesión. Sus manos también sudaban, apoyadas sobre la antigua mesa de
caoba; sus meñiques entrelazados con los de dos desconocidos: el de su
derecha era estrechado con fuerza por un fornido caballero de miembros
velludos, el de la izquierda sostenido con gentileza por un tembloroso
joven.
Para él aquella no era su primera vez. Desde hacía algunas semanas
había dejado que Sophie le adentrara en un nuevo mundo, desconocido
hasta ese momento. El libro de Kardec, tal y como ella predijo, solo había
sido el principio, dejándole ansioso de más, y Sophie, fiel a su palabra, se
había esforzado en saciar su curiosidad. Sin embargo, sus experiencias
hasta ese momento no habían hecho más que aumentarla, pues había
sido testigo en varias ocasiones de cómo aquella desgastada mesa no
solo se movía aparentemente por propia voluntad, sino que sus
movimientos y golpeteos parecían responder verazmente a las preguntas
formuladas por algunos de los asistentes. Estas sesiones, le había contado
ella, se llevaban a cabo en Estados Unidos y Europa desde mediados del
siglo XIX como un medio para contactar con el más allá. Antes de verlo,
no lo habría creído. Que una mesa se moviera solo por el contacto de unas
manos sobre ella se le antojaba ridículo y casi se había reído de Sophie.
Pero tras los extraños acontecimientos que presenció aquella primera
noche, no había vuelto a reírse.
Aun así, no podía considerarse un creyente, y todavía buscaba la
fuente del truco, el mecanismo por el cual la mesa se movía, la razón de
que los rítmicos golpes de sus patas contra el suelo parecieran dar tan
valiosa información a los asistentes a las reuniones, los métodos de los
que, en definitiva, se valía el médium para engañar a los presentes.
Ahora había nueve personas en la habitación, de pie alrededor de la
mesa, formando un círculo con sus meñiques entrelazados. Gabriel abrió
apenas los ojos y vio, a través de sus pestañas, cómo los otros, con los
ojos cerrados, esperaban con fe ciega que sucediera aquello que se les
había prometido. Vio a Sophie, que se erguía enfrente de él, orgullosa y
segura de sí misma. A la derecha de la mujer estaba Fernando, el
responsable de todo aquello.
Era uno de los hombres más altos y fornidos que Gabriel había visto
en su vida, de manera que Sophie a su lado no parecía más que una
muñeca. Sus fuertes rasgos, dominados por una severa mandíbula,
presagiaban austeridad y estaban coronados por una enorme y calva
testa, cuya brillante piel se tensaba sobre los robustos huesos de su
cráneo. Ahora mostraba un gesto de profunda concentración, y tenía los
ojos cerrados, pero Gabriel sabía que cuando los abría se convertían en
dos pozos de negrura donde uno parecía ahogarse. «Fernando es uno de
los médiums más reputados del mundo. Su capacidad es legendaria», le
había contado Sophie la primera vez que había acudido a una de aquellas
sesiones. «Es extraordinariamente sensitivo, y la energía de algunas
personas puede perturbarle. Por eso elige personalmente a los asistentes,
y solo por medio de recomendación se puede entrar en contacto con él»,
había añadido acto seguido, quizás para hacerle consciente de que sin su
intervención, nunca habría sido invitado. Aunque de momento, el único
poder que Gabriel estaba dispuesto a reconocerle al afamado médium era
el de su indudable carisma.
Tan concentrado estaba en sus propios pensamientos que apenas
percibió el sutil y oscilante movimiento que se insinuaba bajo sus dedos.
Notó cómo el joven de su izquierda era presa de un temblor supersticioso
al iniciarse el inexplicable movimiento de la mesa. El vaivén era de
derecha a izquierda y se iba acelerando por momentos, hasta que la mesa
se vio envuelta en un frenético baile. En este punto, el joven se asustó y
soltó el meñique de Gabriel, rompiendo el círculo. El movimiento de la
mesa cesó al instante, posándose de golpe sus tres patas en el suelo.
Hubo un momento de silencio, todos los presentes aguantaron la
respiración, hasta que poco a poco pequeños murmullos y risitas
nerviosas se elevaron en la habitación. La sesión había terminado.

Como era costumbre al acabar, los ocho invitados fueron guiados
por una vieja criada hasta el comedor en el piso inferior, donde pudieron
degustar una sencilla cena. Fernando nunca los acompañaba, sino que se
retiraba a sus aposentos, alegando que el esfuerzo psíquico que era
necesario para las sesiones le dejaba absolutamente exhausto, y solo a
veces, cuando se sentía con fuerzas, invitaba a uno de los asistentes a
volver a unirse con él tras la cena, para otorgarle el honor de una sesión
privada. Ahora, sentados en el salón, disfrutando de las copas y el tabaco
de la sobremesa, elucubraban acerca de si aquella noche alguno de los
presentes sería el afortunado.
Sophie, acostumbrada a ese tipo de ambientes, se movía con
facilidad entre una conversación y otra. Primero se había sentado junto a
un terrateniente y su mujer, que conversaban con un capitán de la marina
cuyo nombre no había sido capaz de retener. Aburrida del monótono
parloteo de la mujer, se levantó para escuchar la amistosa disputa que
mantenían otros dos invitados. Uno de ellos, un atiplado comerciante,
afirmaba que los espíritus que se esforzaban en comunicarse con ellos
eran las almas de los fallecidos que se encontraban en el purgatorio, y
que lo que pedían de los vivos eran actos de contrición y rezos para
ayudarlos a subir al cielo; mientras tanto, su interlocutor defendía la
vanguardista teoría de la reencarnación de las almas. Cuando este se
volvió hacia Sophie en busca de apoyo en sus argumentos, ella creyó
reconocerlo como un cliente esporádico de su burdel, y el azoramiento
que pudo leer en el rostro del hombre le convenció no solo de que él
también la había reconocido, sino también de que no estaba dispuesto a
confesarlo públicamente. Musitando una educada disculpa, se unió a
Gabriel, quien parecía tener una charla con el jovencito que se había
asustado tan inoportunamente al inicio de la sesión.
—¿Pero qué otra cosa pudo haber causado el movimiento? —
preguntaba, encarándose con mal disimulado disgusto al aparente
escepticismo de Gabriel.
—Alguna especie de truco, un mecanismo o motor… No lo sé. —
Gabriel se encogió de hombros a la vez que daba la bienvenida a la
conversación a su amiga con un leve asentimiento—. Pero eso no quiere
decir que los espíritus nos rodeen e intenten comunicarse con nosotros.
—¿Y qué me dice entonces de las respuestas que dan a veces, tanto
por medio de las mesas como de las planchettes o tablas ouija? ¿Cómo
pueden no solo moverse a voluntad, sino dar tan acertadas respuestas?
¡Un mecanismo no puede predecir el futuro o contar el pasado! —exclamó
exaltado.
Gabriel volvió a encogerse de hombros.
—Yo no sé cómo un ilusionista hace sus trucos, pero trucos son.
Nadie cree en la verdadera magia, ¿por qué debemos creer entonces que
el espiritismo es real, en vez de afrontar que no es más que otra forma de
entretenimiento, de ilusionismo?
—¿Eso es lo que crees que hemos estado presenciando estas
últimas semanas, Gabriel? ¿Simples trucos? —interrumpió Sophie con
cierta sorna, ganándose con su comentario una mirada de gratitud del
otro joven.
—Aún no he visto nada que me convenza de lo contrario.
—Su escepticismo es exasperante, mi buen señor. ¿Es que acaso no
tiene usted fe en nada?
—Eso depende del contexto. Una cosa es la cháchara de un
farsante, otra muy diferente el sermón de un sacerdote. Creo que es más
sabio reservar mi fe para ámbitos en los que esta es absolutamente
necesaria.
Viendo venir que la conversación tomaría derroteros religiosos en
los que ella no estaba interesada, dio un breve apretón en el brazo a su
amigo para despedirse y se dirigió con donaire hacia las escaleras que
conducían al piso superior. Mientras caminaba por la lujosa estancia,
sosteniendo en sus níveos dedos una delicada copa de champán, pensaba
en lo lejos que parecía estar en ese momento de la joven que había sido,
la misma que veinticinco años atrás vendía su cuerpo a cambio de unas
monedas o de un plato de comida, malviviendo en las calles de aquella
ingrata ciudad. Había huido de París para escapar de una vida que había
sido planificada con sumo cuidado por sus padres desde el día de su
nacimiento. Se creía una heroína romántica a punto de emprender una
gran aventura, como en las novelillas por entregas que le gustaba leer,
cuando robó dinero y ropas de la casa y salió por su ventana una clara
noche de principios de otoño. Su plan era perfecto: llegaría a la costa y
tomaría un navío hacia tierras exóticas, viviría mil aventuras en su viaje,
hasta que conociera al hombre más hermoso e indómito del mundo,
salvaje como un caballo bravo, que le haría descubrir el amor y sus
placeres. Pero en cambio, halló sus primeras relaciones carnales en los
brazos de unos bandidos que la violaron por turnos al borde de un camino.
Cuando al fin consiguió llegar a la costa, cansada y mancillada, había
tomado un barco que tenía como destino un nombre que se le antojó
maravilloso: el Puerto de la Luz, y se embarcó en él con la tonta
esperanza de encontrar su felicidad en un lugar de tan hermoso nombre.
Pero no había sido sino otra decepción, al verse en medio del Atlántico, en
una isla que ni siquiera conocía, alquilando sus favores en las calles de
una pequeña ciudad costera. Qué idiota había sido, tan inocente e
ignorante. Pero con todo, nunca se arrepintió del camino que había
tomado, aquel que la había alejado de su futuro esposo, un petimetre
retrasado y endogámico, y de su destino como esposa y madre de la alta
burguesía francesa. Había conocido la pena, el dolor, el sufrimiento y el
hambre, pero había vivido como siempre deseó hacerlo y era libre para
tomar sus propias decisiones.
Al acercarse a las estancias de Fernando distinguió a su perro
guardián frente a las puertas. Era un joven sirviente que apenas florecía a
la edad adulta, pero ya ancho de hombros y seco de carácter. Había algo
oscuro en él, aunque su descuidado cabello castaño y las pecas que
salpicaban el puente de su nariz le dieran un indudable aire juvenil.
El joven la miraba a medida que se acercaba, y lo vio erguir el pecho
y recomponer cuidadosamente su postura ante la puerta.
—El señor no recibirá a nadie esta noche —la informó cuando casi
había llegado a su lado.
Sophie recorrió los últimos pasos que los separaban y se puso frente
a él, lo suficientemente cerca como para ponerle algo nervioso.
—Beltrán —pareció amonestarle—, tú sabes que tu señor siempre
me recibe.
Una sombra de duda cruzó el rostro del sirviente, momento que
Sophie aprovechó para posar suavemente su mano en el pomo de la
puerta.
—Muchas gracias, querido.
Entró rápidamente en la estancia para no dar al sirviente la
oportunidad de discutir con ella, y cerró la puerta tras de sí.
Fernando estaba de pie frente a la ventana, y parecía contemplar la
calle que había bajo él. Sostenía una copa de vino tinto, que apenas había
parecido probar.
—¿Qué haces aquí, Sophie? —inquirió sin necesidad siquiera de
girarse hacia ella.
La prostituta se acercó para contemplar las mismas vistas que él.
—La sesión de hoy ha sido asombrosamente corta.
—Nada puedo hacer si se rompe el círculo antes de tiempo.
—Entonces, tan agotado no puedes estar, ¿no es así? —preguntó
como si nada, observándole por encima de su copa de champán.
Tras darle un sorbo a su propia copa, el hombre suspiró.
—¿Qué es lo que quieres?
—¿Por qué te niegas tan testarudamente en ver a mi protegido?
—¿A quién? ¿A ese joven con ceño fruncido que cuestiona en
silencio todo lo que hago? No se me da bien predicar en el desierto.
—¿Es por eso, porque Gabriel no cree en lo que haces?
—No, no es por eso. —Dejando la copa sobre su escritorio, se alejó
de la ventana—. Hay algo en él que no me gusta.
—¿El qué?
—Aún no lo sé.
—Pues no lo sabrás si no accedes a verle.
El médium le mantuvo la mirada durante un largo momento,
durante el cual Sophie sintió como si intentara desnudarla. Terminó por
desviarla bruscamente.
—Está bien —consintió—. Hazle pasar.

*

La otrora animada conversación que había mantenido con aquel
temeroso joven estaba empezando a decaer. Su nuevo acompañante no
solo había terminando siendo sorprendentemente crédulo, sino también
algo idiota. Según proclamaba, aquella había sido su primera sesión de
espiritismo, y a pesar de haber presenciado apenas nada, ya estaba
completamente convencido de que todo lo que había leído o le habían
contando sobre el tema era verdad, y parecía no tener buen concepto de
su interlocutor, que a pesar de haber presenciado otros prodigios aún
parecía dudar. Gabriel estaba convencido de que el joven había acudido
allí predispuesto a creer a toda costa, viera lo que viese, y empezaba a
dudar de si él mismo tendría la motivación contraria, lo que le hacía
cuestionarse todo lo que ocurría a su alrededor.
Un coro de murmullos se extendió por la sala, cortando de raíz la
conversación entre ambos, cuando el sirviente de Fernando entró en la
estancia. Gabriel ya lo había visto antes, y al igual que otros invitados,
sabía lo que su presencia allí significaba.
—¿Qué ocurre? ¿Quién es este? —le preguntó el joven por lo bajini.
—Viene a invitar a uno de nosotros a una sesión privada con el
médium —contestó en igual tono.
—¿En serio? —dijo entusiasmado, mostrando a las claras que
deseaba fervientemente ser el agraciado.
Mientras el sirviente caminaba hacia el centro de la estancia,
Gabriel miró a su alrededor en busca de Sophie, dándose cuenta por
primera vez de que la mujer ya no se encontraba allí.
—Buenas noches a todos —empezó a hablar el criado—. Esta noche,
mi señor quiere invitar a uno de ustedes a sus aposentos para una
conversación privada. ¿El señor Montero, por favor? —preguntó, aunque
miraba fijamente a Gabriel como si supiera de antemano a quién estaba
buscando.
En el momento en el que sus miradas se cruzaron por primera vez,
Gabriel sintió un atisbo de reconocimiento. Nunca hasta ahora se había
fijado en el rostro del joven sirviente, pero de repente se le antojó que le
conocía de antes.
—¿Quién será el tal Montero? —oyó que su joven acompañante
susurraba.
—Soy yo —le respondió, antes de alejarse de él para avanzar hasta
el centro de la sala.

El sirviente le saludó con un leve asentimiento de cabeza.
—Acompáñeme, por favor.
Los invitados allí reunidos rompieron a aplaudir espontáneamente a
su espalda mientras Gabriel seguía al sirviente hacia el exterior de la
habitación.
«Fernando, el brujo», pensaba. Mucho había oído ya de él como para
que su invitación no le resultara indiferente, al conocer las historias que
algunos de los invitados a sus conversaciones privadas contaban sobre él.
Cuando había preguntado a Sophie, ella se había reído. «No hagas caso a
las habladurías», le dijo con una cantarina risa. «La mayoría de esas
historias no son más que rumores y parte de la leyenda negra que
persigue a todos los grandes médiums y espiritistas». «¿La mayoría?»,
había preguntado él. Como única respuesta, había obtenido una
enigmática sonrisa. De nuevo, se preguntó en silencio si hacía bien en
negar algo que para los demás parecía ser tan evidente.
Fue guiado escaleras arriba, hasta el salón en el que se realizaban
las sesiones, y se le indicó que esperara allí. La sala había sido,
aparentemente, recogida tras la sesión. Los pesados cortinajes estaban
abiertos, dejando pasar algo de la iluminación nocturna. El armario en el
que le médium guardaba sus objetos esotéricos estaba cerrado y la mesa
de madera redonda, que había sido arrastrada para desalojarla del centro
de la habitación, descansaba ahora, decepcionantemente inerte, junto a
la pared del fondo. Gabriel caminó hasta ella y recorrió con sus manos la
superficie, intentando captar algo del poder que la empujaba a moverse,
pero no pudo notar nada. Acarició con la yema de los dedos la pulida
caoba, concentrándose en el hipnotizante brillo de la madera, hasta que
una sombra, un imperceptible movimiento captado por el rabillo del ojo, le
hizo girarse. El tapiz que cubría la pared opuesta se movía mecido al
compás de la brisa nocturna que entraba por la ventana abierta, a través
de la cual podía oírse el canto de los grillos, pero no había allí nadie más
que él. Aún así, la opresiva sensación de estar siendo observado le
invadió, al intuir que no estaba solo en la habitación, lo que le hizo
sentirse inseguro y expuesto. La sensación era ominosa e, incapaz ahora
de darle la espalda al tapiz, que se había convertido de repente en la
fuente de su desasosiego, caminó hacia él. Lo había visto varias veces,
aunque nunca le había prestado la menor atención. Ahora, por el
contrario, se sintió atraído hacia él, como si algo le llamara. Era un tapiz
antiguo y gravemente raído, en el que se contemplaba una escena de
guerra: unos soldados luchaban en una playa contra un grupo de
indígenas. En la esquina inferior derecha, como agazapado entre la
maleza que cubría esa parte del bordado, un enorme perro negro parecía
mirarle directamente, como si la batalla que se libraba tras él no fuera
tanto de su interés como la opinión del espectador. Parecía representar la
lucha de los castellanos contra los pobladores originales de la isla, y
ciertamente no había en él nada espectacular o llamativo, salvo lo viejo
que parecía ser, pero la insidiosa sensación seguía estando ahí. Un ruido
le hizo girarse de nuevo y se olvidó momentáneamente del tapiz, al ver a
Sophie y Fernando entrar en el salón.
Gabriel intentó saludarlos pero no pudo. Su boca, de repente seca,
se negaba a responder a su mandato y permaneció muda. En su fuero
interno se preguntaba cómo podía sentirse tan intimidado por la presencia
de ese hombre, pero tuvo que reconocer que de Fernando emanaba un
aura poderosa que parecía robarle el aliento. Se limitó a extender su
mano como único saludo.
El hombre avanzó hasta él y se la estrechó un momento más del
necesario mientras atrapaba sus ojos con la mirada. Permanecieron un
instante así, sus manos unidas y sus miradas mutuamente entrelazadas.
Gabriel podía sentir el poder que emanaba del médium rodeándolos en
oleadas, como un cálido océano. Se sintió indefenso e invadido mientras
notaba cómo su alma era desnudada por la negrura de sus ojos. Apartó la
mirada, turbado, y separó sus manos. El mundo volvió a su velocidad
normal en cuanto Fernando apartó la mirada de él.
—Siéntese, por favor —dijo el médium señalándole a Gabriel un
pequeño sofá.
Gabriel le obedeció aún confuso, preguntándose si no habrían sido
todas esas sensaciones una imaginación suya.
—Supongo que debo darle las gracias por invitarme, pero no sé
exactamente por qué estoy aquí.
Sophie se acercó a él y puso una mano sobre su hombro.
—Le he hablado de ti. Le he contado tus dudas y preocupaciones, y
Fernando está dispuesto a ayudarte. Él es el mejor médium que conozco,
y puede darte las respuestas que necesitas.
—¿Entonces estoy aquí para una sesión? —preguntó con cierta
inseguridad, dirigiéndose a Sophie.
Fernando sonrió y se sentó frente a él, en un sofá gemelo al que él
ocupaba.
—No exactamente, no al menos en el sentido en el que usted cree.
Solo quería charlar.
—¿Charlar? —Gabriel negó con la cabeza—. No lo entiendo,
discúlpeme. ¿Acerca de qué?
Los ojos del hombre le escrutaron de nuevo
—Acerca de las dudas que le asaltan. Ha perdido usted a un ser
querido y ahora se hace preguntas que nunca antes se había hecho.
—¿Qué sabe usted sobre eso?
—Solo lo que nuestra amiga común me ha contado —dijo,
refiriéndose a la meretriz—. Tiene miedo a la muerte porque no sabe qué
le espera después, y se deja arrastrar por Sophie a mis sesiones de
espiritismo porque ella le ha dicho que yo puedo darle pruebas de que
existe la vida después de la muerte.
—Y sin embargo, él sigue sin estar convencido —intervino ella—.
Nada le parece suficiente.
—Eso suele ser común en aquellos que realmente buscan la verdad.
Déjanos, Sophie.
Ambos hombres callaron mientras la mujer salía de la habitación.
—¿De veras Sophie le ha hablado acerca de mí? —preguntó Gabriel,
acomodándose en su asiento.
—¿Tan extraño le resulta? Ella le tiene un considerable afecto. No
me ha dicho nada, claro está, pero a mi parecer ustedes dos tienen una
relación de naturaleza muy íntima.
Gabriel frunció el ceño.
—No creo que eso… —balbució.
—… Sea de mi incumbencia —Fernando terminó la frase por él—. O
que tenga relevancia alguna. Sophie es una mujer extraordinaria, la
conozco desde que era poco más que una niña.
—Ella cree en lo que usted hace.
—Así es. Pero dime, Gabriel… —Fernando bajó el tono de voz, como
si le hiciera una confidencia, al mismo tiempo que pasaba al tuteo. Gabriel
sintió como si la atmósfera de la habitación cambiara—. ¿Qué es lo que
crees tú?
—¿Con sinceridad?
—Por favor.
Gabriel frunció el ceño, pensando en la cuestión.
—No lo tengo muy claro. —Miró a Fernando y se dio cuenta de que
sería inútil no ser honesto—. Antes pensaba que todas estas cosas no
eran más que cuentos y fraudes, pero ahora veo que existe un fenómeno
real que hace a la gente creer. Cómo se produce ese fenómeno o cuál es
su auténtica naturaleza, eso es lo que aún no sé.
—Y por eso, aún buscas el origen del truco, ¿no es así? —Fernando
se inclinó hacia delante y apoyó su mentón sobre sus dedos entrelazados.
—Lo siento, pero es que me cuesta ser tan crédulo.
—Ah, un escéptico —dijo Fernando con evidente regocijo mientras
se recostaba en el asiento—. He conocido a muchos como tú. Aquellos
que nunca consiguen creer, vean lo que vean, sino que intentan asociarle
una explicación racional. Científica, como la llaman ahora. Me temo
entonces que nada de lo que Sophie o yo podamos enseñarte va a
hacerte cambiar de parecer.
Gabriel le miró incrédulo.
—¿Es esa su respuesta?
—¿Qué es lo que esperabas?
—Usted mismo lo ha dicho: busco la verdad.
—La verdad. Espinoso asunto. —Fernando se miró las manos—. La
verdad está sobrevalorada.
—¿Y eso nos legitima para ocultarla?
—A veces sí. Pero si lo que quieres es la verdad, yo no tengo
inconveniente en dártela. La verdad es que en mi vida jamás me he
comunicado con un espíritu, ni he conocido a nadie que lo haga. Todos los
médiums que he visto no son más que un fraude. Nunca he asistido a una
sesión de espiritismo que no haya estado trucada de alguna manera, y si
sigues buscando con el mismo ojo crítico que hasta ahora, tarde o
temprano averiguarás por ti mismo cómo funciona el truco. Esto no es
más que un negocio para estafar a los débiles de mente. Evidentemente,
a ti no hemos podido engañarte, gracias a tu gran inteligencia y a tu
racionalidad.
Gabriel se puso de pie, desafiante.
—¿Se está burlando de mí?
—No. —Fernando lo imitó, levantándose también—. Mis disculpas si
crees que me burlaba, no pretendía ofenderte. Sólo te he dicho lo que
necesitas oír. Ahora depende de ti decidir si quieres creer que esa es la
verdad.
—¿Y si no lo creo?
—Entonces será que no eres tan escéptico como tú mismo crees ser.
Pero si lo que quieres es que yo te demuestre algo, que yo te enseñe y te
obligue a creer, me temo que no has venido al lugar adecuado. Yo no soy
un charlatán y sé cuándo mis palabras no son bien recibidas. Por eso sé
que si decides no creer, no importa cuánto te hable yo de tu difunta
madre, ni de las dudas que te asaltan desde que miraste a aquellos
ángeles que señalaban al cielo el día de su entierro, porque pensarás que
no es más que la cháchara de un timador, y en cada visita a mi casa
seguirás toqueteando mi mesa con tus sucias manos, buscando el
mecanismo que, sin duda, la hace moverse.
Gabriel le miró atónito, preguntándose cómo podía él saber detalles
tan concretos acerca de sus actos o sus pensamientos, pero antes de que
pudiera articular palabra, Fernando continuó:
—Debes aprender, tarde o temprano, que incluso esas cosas que
algunos no son capaces de ver, pueden existir. Eso deberías haberlo
aprendido de tu padre y de su incapacidad para ver lo que tú sí veías.
—¿Cómo puede usted saber eso?
Fernando se acercó mucho a él, y escrutó su mirada.
—Creo que deberías seguir el consejo que te dio tu madre: no sigas
buscando lo que hay más allá de la mirada casual del mundo. Será mejor
que te vayas —añadió, separándose bruscamente—. Hay algo en ti que no
me gusta, algo oscuro a lo que aún no me atrevo a poner nombre, y si
perseveras en la observación de lo desconocido es posible que descubras
eso que siempre ha estado en tu interior. Esa, y no otra, debería ser tu
principal preocupación. ¡Beltrán! —gritó. El sirviente, obedeciendo la voz
de su señor, entró en la estancia—. Acompaña al señor Montero a la
salida.
Gabriel se dejó guiar hacia el exterior del salón sin decir una
palabra, lanzando tan solo una última mirada llena de resentimiento.
Fernando se quedó de pie en el centro de la estancia mientras los
dos hombres salían, luego caminó lentamente hacia el tapiz y sus ojos se
dirigieron, sin que él pudiera evitarlo, hacia el perro negro representado
en su parte inferior, como si este pudiera canalizar sus pensamientos de
aquella noche. Se mantuvo así, en completo silencio, hasta que un leve
movimiento de la tela le sobresaltó e interrumpió su meditación. Dando
un furioso golpe en el pesado bordado para agitarlo, dijo:
—Y tú… Déjate de estar escondiéndote detrás del tapiz. Ya no tienes
edad para estos juegos.
Luego, sin pararse a esperar una respuesta, se retiró a sus
aposentos, sintiéndose enfadado y confuso.

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