Gabriel bajó la mirada para ver cómo el agua que se iba por el desagüe

de la ducha lo hacía teñida de carmesí. Regueros de sangre manaban de
los recientes cortes de sus muslos, que ni siquiera se había molestado en
cubrir.

Los sueños habían seguido acosándole durante toda la semana, con
una virulencia antes desconocida para él. Siempre eran sueños
sangrientos, aterradores, absolutamente excitantes, de los que
despertaba ansioso y cubierto de sudor, con la mandíbula tensa y la
entrepierna palpitante, y que le hacían pensar que poco a poco
empezaba a rendirse a unos impulsos que ya ni el dolor ni el agua fría
parecían capaces de controlar. Mientras el agua caía sobre su nuca y
resbalaba por su espalda, los ecos de su agitado sueño seguían
revoloteando en su mente, impidiéndole desprenderse de la ansiedad que
le corroía.

Cerró el grifo y el silencio que se apoderó del baño le hizo percibir, por
primera vez aquella tarde, el tecleo de la máquina de escribir de Antonio.
Su prognatus debía de haberse despertado mientras él se aseaba. Salió
de la ducha y aún desnudo, se sentó sobre la tapa del wáter para cubrirse
los cortes y detener el sangrado.

«¿Qué dirían si me vieran así?», no pudo evitar preguntarse. Le
resultaría tremendamente vergonzoso que alguien le sorprendiera en ese
estado, que los demás supieran que tenía que recurrir a las
automutilaciones, y cada vez con mayor frecuencia, como medio de
control. Ocultar sus cicatrices de Lilith nunca había sido tarea fácil, y la
joven alguna vez había hecho algún comentario al respecto, pero ahora
que las marcas en su piel se multiplicaban cada día, Gabriel empezaba a
contemplar en serio la posibilidad de no desnudarse de cintura para abajo
en sus encuentros con ella, aunque eso originara también comentarios
maliciosos. «¿Qué diría mi pater si me viera así?», se preguntó a
continuación. Si Fernando supiera a qué métodos debía recurrir para
controlarse, le reprobaría con dureza.

Pensar en el viejo noctívago, que tanto había hecho por él, le hizo
sentir un nudo en el estómago. Fernando no solo le había convertido en su
prognatus, sino que, tras perdonar sus errores pasados, le había ayudado
para que no volviera a repetirlos. Si Gabriel se contenía tan duramente, se
dijo, no solo era por su paz de espíritu, sino también por el temor
reverencial que le producía la posibilidad de decepcionar la confianza que
Fernando había depositado en él, incluso después de no mostrarse digno
de ella. Sin embargo, no podía ocultar, ni a su pater ni a sí mismo, que
necesitaba ayuda. Quizás ya era hora de pedirla.

En las últimas semanas había evitado visitarle, pero aquella tarde
sentía que pasara lo que pasase, ya no debía postergarlo más. Tras
secarse y vestirse, se dirigió a la cocina, abrió la despensa y puso una
bolsa de rafia sobre la encimera, para llenarla de víveres. No le gustaba ir
a ver a Fernando con las manos vacías. Abriendo la nevera, cogió un
recipiente hermético que contenía sopa. Pensó en dejarle un poco a
Antonio para la cena y llevarle el resto a su pater pero, cuando abrió la
tapa, parte del contenido se derramó, manchándole los dedos y
derramándose en el suelo.

—Mierda —siseó al constatar el desastre en el que se había convertido
su cocina. Justo entonces, comenzó a sonar el teléfono—. ¡Antonio, el
teléfono! —exclamó en dirección al pasillo al ver que, tras dos toques, su
prognatus no se daba por aludido, pero el sonido de su tecleo no se
detuvo en ningún momento, evidenciando que estaba siendo ignorado—.
¡Mierda! —repitió, tomando un paño de cocina para limpiarse las manos
mientras corría hacia el aparato, decidiendo postergar la limpieza de la
cocina—. ¿Diga? —preguntó al descolgar.

—Hola, Draculín —oyó al otro lado de la línea.

En cualquier otro momento el comentario le hubiese hecho sonreír,
pero dadas las presentes circunstancias, se limitó a bufar.

—Hola, Lily.

—Estás muy serio. ¿Qué le pasa a mi vampiro favorito? —ronroneó.

—No es nada. —Gabriel hizo un esfuerzo por suavizar su tono de voz y
se chupó los dedos, para eliminar la pringosa sensación de la sopa sobre
su piel—. Es que me has pillado en pleno accidente doméstico. ¿Querías
algo?
—Sí. Había pensado que podíamos hacer algo juntos esta tarde.

Pasándose el auricular al otro lado, preguntó:

—¿Pero no habíamos quedado ya en vernos esta noche, cuando salgas
del trabajo?

—Ya, pero no estaría mal vernos también antes. ¿Una cena temprana
antes de mi turno, quizás?

—Es muy tentador —convino—, pero precisamente hoy no puedo.
Tengo… algo que hacer.

Hubo un silencio al otro lado de la línea telefónica, durante el cual se
imaginó a la joven interpretando la razón de su titubeo. Luego, la escuchó
reprimir una exclamación.

—¿Vas a ir a ver a Fernando?

—Lilith —se apresuró a decir—, no…

—¡Déjame ir contigo! —le pidió antes de que pudiera impedírselo.

—¿Cuántas veces te he dicho que no?

—¿Y cuántas veces te lo he pedido? Anda, porfa…

Gabriel suspiró.

—No, Lilith, no te voy a llevar. Me da igual cómo te pongas.

—No entiendo por qué esta decisión la tienes que tomar tú —dijo ella,
con aspereza.

—Tú tomas tus decisiones y yo las mías. Y he decidido que no te llevaré
ante él.

—Pero, es que las historias que cuentan… Que puede leer tu mente,
decirte tu futuro y…
—¿Crees que te llevaría si creyera que es bueno para ti? ¿Crees que
me niego solo para joderte o algo por el estilo? —le espetó. Ella no
contestó, y Gabriel aprovechó para terminar su argumento—: Créeme,
Lily, es mejor así.

—Como tú veas —dijo ella, sin mucho convencimiento.

—Nos veremos esta noche. Y acuérdate de coger más tubos en el
hospital. Recuerda que esta mañana usamos el último.

—Está bien —respondió, con tono ausente.

—¿Seguro que estamos bien? —preguntó él con cierta inseguridad.

—Sí —dijo, pero su tono de voz no presagiaba nada bueno—. Te veo
luego —se despidió justo antes de colgarle.

Gabriel no la creyó, pero pensó que tendría que lidiar con su enfado
más tarde. Tras lavarse las manos y limpiar la sopa del suelo, eligió dos de
los últimos libros que había comprado, así como el periódico de aquella
mañana, cogió la bolsa con los víveres y salió de casa.

—A la calle Víctor Hugo —le pidió al primer taxista que paró. No fue
hasta que se hundió en el confortable asiento trasero del Mercedes a
bordo del cual atravesaba la ciudad, que se permitió pensar en Lilith.

De la misma manera en la que ella tendía a idealizarlo a él, también
idealizaba todo lo que tuviera que ver, al menos mínimamente, con lo
sobrenatural, lo nocturno y lo vampírico, y las historias que corrían en
determinados ambientes de la ciudad acerca del viejo brujo que vivía en
Ciudad Jardín, quien podía adivinar tus pensamientos y contactar con el
mundo del más allá, siempre habían espoleado su imaginación. Desde que
Lilith descubrió, de la manera más fortuita, que Gabriel tenía cierto
contacto con él, no había dejado de insistirle en que la llevara a verlo. No
sabía lo que la chica esperaba realmente que ocurriera si conocía a
Fernando, pero Gabriel creía que dicho encuentro no solo no cumpliría sus
fantasiosas expectativas, sino que supondría exponerla demasiado a un
mundo que era mucho más real de lo que ella misma estaba dispuesta a
creer.

El taxi lo dejó en la dirección indicada, una calle de amplias aceras y
escaso tráfico, relativamente cerca del centro histórico de la ciudad. A
ambos lados de la calle había hileras de viviendas unifamiliares de mayor
o menor tamaño. Ciudad Jardín había sido, en su inicio, una zona de
asentamiento para los ingleses y holandeses que empezaron a poblar la
isla en los albores del siglo XX, atraídos por el clima y las perspectivas
comerciales del Puerto de la Luz. Muchas de las mansiones y palacetes
que poblaban la zona databan de aquella época. Algunas eran incluso más
antiguas que el barrio en el que estaban emplazadas. Ese era el caso de
la que tenía ante sí.

Era una casa de tres plantas, con tejado a dos aguas y jardín frontal y
trasero, muy diferente a la típica casa canaria. Al parecer, había sido
construida a finales del XIX por uno de los primeros comerciantes ingleses
que se asentaron en la isla. Fernando la había adquirido unos años más
tarde, para habitarla desde entonces. Y Gabriel había velado para que así
fuera.

Cada veinte o treinta años se había encargado de cambiar el título de
la propiedad de nombre, con el fin de que siguiera en manos de Fernando.
Cada vez que era necesario, actualizaba los datos del catastro, pagaba la
contribución y los impuestos municipales. Había cambiado la instalación
eléctrica y la fontanería al menos tres veces, y se encargaba de que la
fachada fuera pintada puntualmente cada diez años. El mantenimiento de
una casa tan antigua le suponía una enorme inversión económica, incluso
aunque su pater sólo le permitiera hacer las reformas estrictamente
necesarias. Fernando detestaba que la casa se modernizara, y se negaba
a muchas de las mejoras que Gabriel le proponía, accediendo solo a
aquellas que eran imprescindibles para el mantenimiento del inmueble.
Quizás respondiendo a los deseos de su dueño, y a pesar del considerable
esfuerzo que Gabriel hacía por mantenerla, la casa siempre tenía un
aspecto descuidado y decadente. La vegetación del jardín frontal, que se
podía apreciar a través de la verja que lo guardaba, crecía frondosamente
y sin control. Desde el último repaso a la fachada, realizado un par de
años antes, la pintura se había oscurecido por la humedad y la hiedra y
las buganvillas la había invadido. La pintura blanca de la verja se estaba
desprendiendo, dejando ver que la madera que había debajo empezaba a
pudrirse. Con el pensamiento de que pronto habría que pensar en
reemplazarla por una de aluminio, Gabriel la atravesó para entrar en el
recinto y llegar hasta la puerta principal, en la que lucía una desgastada
aldaba de latón en forma de puño cerrado. Otra de las muchas mejoras a
las que Fernando se había negado había sido la de instalar un timbre,
alegando no sólo que le disgustaba el zumbido que emitían, sino que
eliminaba la buena y sana costumbre de tocar a la puerta, así que Gabriel
golpeó un par de veces la aldaba y esperó a que su llamada fuera
respondida.

La puerta se abrió pocos segundos después, y ante él vio a su pater.
Fernando era un hombre alto, calvo, que debía rondar la cuarentena o
cincuentena cuando se convirtió en un noctívago, y que siempre había
contado con una imponente presencia. Sin embargo, y a pesar de saber
que era imposible, Gabriel pensó en aquel momento que su pater parecía
haber envejecido. Quizás era por la expresión severa y profundamente
miserable que siempre lucía o por su aspecto enflaquecido y famélico, que
hundía sus ojos y sus mejillas, y hacía colgar la piel de su cuello.

—Ya iba siendo hora —le dijo como todo saludo, antes de franquearle la
entrada a su hogar.

Gabriel lo siguió hasta el salón, donde Fernando se sentó en un antiguo
sillón de orejas cuya tapicería estaba muy desgastada. Tomando un libro
de la mesita que tenía al lado, lo abrió para continuar la lectura donde
aparentemente la había dejado antes de abrirle la puerta.
—Le he traído dos nuevos libros y el periódico de hoy, aparte de algo
de comida.

Su pater asintió.

—Deja los libros y el periódico sobre la mesa. Ya sabes dónde está la
cocina. Prepara café para los dos. Luego ven a sentarte conmigo.

—Sí —dijo, disponiéndose a hacer lo que le habían pedido.

Tras dejar los libros, cargó la bolsa en dirección a la cocina.
Obedeciendo a la disposición original de la casa, se encontraba al fondo
de la planta, en la zona que había sido destinada al servicio, y se
conservaba tal como debía haber sido en sus orígenes. Fernando nunca
quiso instalar una cocina de gas o eléctrica, y el viejo hogar de leña
seguía ocupando un lugar importante en la pared opuesta a la entrada, a
pesar de que no se había usado en muchos años. Dejando la bolsa sobre
la mesa, Gabriel abrió la despensa con la intención de llenarla, solo para
ver que parecía haber sido abastecida recientemente. No era esa la
primera vez que encontraba en la casa bienes que no habían sido llevados
allí por él; sabiendo que Fernando prácticamente no salía de su domicilio,
y mucho menos para algo tan prosaico como hacer la compra, no podía
dejar de suponer que su pater debía de tener otras personas que, aparte
de él, le ayudaran a satisfacer sus necesidades. Incluso a lo largo de los
años había llegado a barajar la posibilidad de que Fernando tuviera otro
prognatus en la ciudad, incógnita que nunca había sido despejada.
Habiendo ya asumido el hecho como un misterio sin solución, colocó lo
que había traído consigo, guardó el recipiente con sopa en la fresquera y
se dispuso a hacer el café, usando para ello una cocinilla de butano que
había sobre la mesa. Tras hacerse la nota mental de traer consigo una
nueva bombona en su próxima visita, sirvió el café en dos tazas y volvió al
salón.

Su pater seguía donde lo había dejado, y apenas hizo ningún gesto de
que hubiera notado su presencia, ni siquiera cuando dejó la taza
humeante en la mesa que había a su lado. Gabriel tomó asiento y sorbió
distraído su café. Luego, al ver que Fernando no parecía tener intención
de iniciar una conversación, dijo:

—¿Cómo se encuentra?

—Igual que siempre —fue la parca respuesta.

Un nuevo silencio se instaló en la estancia. Fernando parecía seguir
enfrascado en su lectura, pero a Gabriel aquella quietud le resultaba
opresiva. Tras revolverse incómodo en el asiento, comentó:

—No he podido evitar fijarme en que la madera de la verja está
empezando a…

—La verja está bien como está —le interrumpió.

—Como usted diga —consintió.

—¿Y tú? ¿Alguna novedad?

Por un momento, Gabriel pensó en la novedad: una noctívaga de ojos
ambarinos que parecía saber más acerca de él de lo que le convenía. No
por primera vez se recordó a sí mismo que debía decírselo a su pater, que
él tenía derecho a conocer la presencia de la chica en la ciudad, pero
como siempre, algo le retuvo. Con un acceso de pánico, la apartó
rápidamente de sus pensamientos en cuanto se percató de que Fernando
separaba por fin la mirada de su libro para posarla en él.

—No, ninguna —mintió, haciendo un considerable esfuerzo por dejar la
mente en blanco.

Fernando le miró fijamente, como si quisiera ver a través de él.

—¿Qué es lo que me estás ocultando? —le preguntó. Gabriel bajó la
mirada, y en aquel momento acudió a su mente la imagen de sí mismo,
en el baño, derrotado por sus pesadillas—. ¿Estás teniendo sueños otra
vez?
Gabriel había tratado demasiado con Fernando como para
sorprenderse de sus capacidades, así que se limitó a asentir. Dejó que su
mente fuera invadida por el recuerdo de sus violentos sueños, preparado
para mostrárselos a su pater si este quería verlos.

—Sí. Más a menudo y más violentos que nunca —admitió—. Siento que
algo me llama. Es como estar siendo perseguido por algo que sabes que
tarde o temprano te va a alcanzar.

Fernando se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre sus muslos.

—El wa-yewta no es algo que te llama. No es algo que te persigue, ni
algo que está a punto de alcanzarte. El wa-yewta es algo que eres, y
harías bien en dejar de usar eufemismos para referirte a tu situación.

—Sí, pater.

Fernando asintió, complacido con su sumisión, antes de decir:

—Recuerda por qué tienes que reprimirte. Recuerda lo que pasó
cuando dejaste que el wa-yewta te controlara. Recuerda lo que le hiciste a
tu inocente víctima, por pura maldad.

—Lo recuerdo perfectamente —contestó con aspereza.

—Bien. —Fernando se reclinó contra su asiento y le miró con calma—.
Mientras manejes la situación…

—Lo hago.

—Recuerda que la moderación, y no la supresión, es la clave del éxito.

—Lo sé. Cumplo todas sus recomendaciones al respecto. También sigo
yendo a la iglesia…

—Si eso te ayuda… —le interrumpió con condescendencia.

—Me ayuda —afirmó, no achantándose por la irreligiosidad de su pater.
—Yo no confiaría en el cristianismo para controlar algo sobre lo que no
tiene ningún poder, aunque, por supuesto, cualquier cosa que te ayude
está bien. ¿Y qué hay de esa joven a la que has estado viendo
últimamente? ¿Sigue abasteciéndote con frecuencia?

—Casi cada día.

—¿Alguna vez por medio de morsus? —la pregunta sonó casi como una
amenaza.

—No, siempre por punctum —se apresuró a aclarar.

—Bien.

Sintió la mirada de Fernando sobre sí mismo, y no pudo evitar bajar la
suya. Cuando notó cómo su pater se levantaba de su asiento, un
escalofrío de anticipación le recorrió, y se preparó para lo que sabía que
estaba a punto de ocurrir. Lo sintió caminar hasta rodear el sillón en el
que se encontraba, y se estremeció cuando sus largos dedos se posaron
en su nuca y subieron, acariciándole los cabellos, hasta quedar posados
en su coronilla. Sin apartar la mano de su cabeza, Fernando siguió
avanzando hasta quedar de nuevo frente a él, dejándole ver las
arruinadas alpargatas que le servían como calzado.

—Gabriel, mírame —le ordenó.

Renuente, Gabriel alzó el rostro, y se quedó atrapado en la oscura
mirada de su pater. En aquel terrible instante se sintió paralizado, como
convertido en piedra por la mística mirada de una gorgona, y sintió que no
podría moverse hasta que Fernando lo liberase.

—Sabes que no me gusta usar medios tan duros contigo —le dijo con
voz susurrante y pausada—, pero creo que esta vez es necesario. Vamos,
no tengas miedo, cierra los ojos. Cuéntame esos sueños. —Gabriel sintió
cómo aumentaba la presión de los dedos de Fernando sobre su cráneo—.
Y no te guardes nada.
*

Cuando entraba en el hospital, vestía su aburrido uniforme blanco y
azul, y se colgaba del bolsillo de la camisa la placa identificativa en la que
se mostraba el nombre con el que había sido bautizada, Lilith dejaba de
sentirse como ella misma. Quizás por eso, cuando iba a trabajar lo hacía
con la cara lavada.

Prescindir del maquillaje le hacía sentirse aún más miserable, más
alienada, más alejada de su «yo» ideal, pero, aunque pudiera parecer
paradójico, también la hacía sentirse más protegida. Sin maquillaje no era
más que una pelirroja con cara de niña, facciones redondas, intensas
pecas y pestañas casi invisibles, demasiado frágil para destacar en nada.
Con el cabello descuidadamente recogido en un moño alto y una fregona
en la mano, ¿quién iba a fijarse en ella?

Mientras pasaba el suelo de la solitaria sala de espera de la unidad de
oncología infantil, pensaba que, aunque algún amigo o conocido la viera
allí, fregando, a las dos de la madrugada, nadie la reconocería como la
femme fatale de anchas caderas y labios borgoña que recorría la noche de
Las Palmas, tocando canciones intimistas en los locales más underground
de la ciudad. Lilith era poderosa, intensamente sexual, y se hacía notar
donde quiera que fuera; ella, en cambio, solo era una limpiadora del turno
de noche, que se esforzaba intensamente por pasar desapercibida. Era en
momentos como aquellos cuando más fuertemente sentía el peso de
llevar una «doble vida».

No era que le avergonzara ser limpiadora, o que pensara que su medio
de vida no fuera digno, ni siquiera era que le disgustase. De hecho, ella
misma había elegido ese tipo de trabajo, que le permitía llevar un estilo
de vida casi completamente nocturno, pero la realidad era que creía con
total convencimiento que vincular a Lilith con ese tipo de trabajo manual y
tan poco valorado le restaría cierto misterio al personaje que le gustaba
representar, y pondría en peligro la cuidadosa reputación que tanto
esfuerzo le había costado labrarse. Ni siquiera Gabriel sabía exactamente
a qué se dedicaba, más allá del hecho de que trabajaba en alguno de los
tres hospitales que había en la isla, y le gustaba mantener dicho misterio.
Ella tenía derecho a guardarse sus secretos, al igual que él,
aparentemente, también lo hacía.

Pensar en Gabriel en aquel momento hizo que un burbujeo de
indignación le explotase en el pecho. Durante meses le había pedido, no,
suplicado, que la llevara ante Fernando, y durante meses él se había
negado sistemáticamente, a pesar de estar en total disposición de
hacerlo. Fernando no era una persona en absoluto accesible, y no
prestaba sus servicios a cualquiera. Solo bajo invitación podía uno
presentarse ante él, y aunque ella deseara saltarse dicha norma, tampoco
sabía dónde podría encontrarlo. Pero las historias que había oído sobre él,
de boca de personas que aseguraban que un amigo o familiar había
estado en una de sus sesiones de espiritismo, o que había recibido de él
predicciones que se habían cumplido palabra por palabra, le fascinaban.

Por supuesto, ella había estado en presencia de otros adivinos,
médiums o brujos, y muchas veces le habían leído el futuro por varios
métodos. Pero estaba segura de que con Fernando sería diferente, sería
auténtico, y Gabriel, a pesar de saber lo mucho que significaba para ella ,
seguía negándole tal experiencia.

«A veces creo que a ese hombre lo que le gusta es negarme cosas», se
dijo en un rapto de furia. Enfadada como estaba, se recordó, por enésima
vez, que esa no era la única experiencia que Gabriel no estaba dispuesto
a otorgarle, pero ya empezaba a sentir que no tenía ningún sentido seguir
insistiendo en el tema.

Tras guardar el carro de limpieza en el cuarto destinado a tal fin, cogió
un paquete de bolsas de basura y se dirigió al interior de la unidad para
cambiar las bolsas de las papeleras. Mientras lo hacía, las pocas
enfermeras que cubrían el turno de noche la saludaron brevemente con la
cabeza o, directamente, la ignoraron mientras hacían sus quehaceres.
Cargó las bolsas llenas de basura hacia el exterior de la unidad y, mirando
a ambos lados para asegurarse de que nadie la viera, las dejó
abandonadas un momento en un rincón para dirigirse al almacén y abrir
la puerta.

Cuando prendió las luces, una amplia sala le dio la bienvenida. Altas
estanterías de metal, llenas de cajas, ocupaban todas la paredes de la
estancia. El centro lo ocupaban varios aparatos médicos, cuya función o
utilidad le eran completamente desconocidas. Moviéndose rápidamente
entre el aparataje, llegó hasta la estantería que había en la pared opuesta
a la que se encontraba, en la que se almacenaba todo tipo de material
fungible como jeringas, tubos de analíticas, compresores de plástico y
distintos tipos de esparadrapos. Rebuscó en varias cajas hasta dar con lo
que estaba buscando. A fuerza de prueba y error, había aprendido qué
tipos de contenedores eran los más adecuados para guardar las pocas
gotas de sangre que le regalaba a Gabriel casi cada día: los tubos de
analítica de la tapa azul, aquellos con mayor cantidad de anticoagulante,
necesaria para que la sangre se mantuviera líquida al menos por unas
horas, y siempre de tamaño pediátrico, pues en los de mayor tamaño
aquellas ínfimas cantidades de sangre parecían perderse. Cogió unos
cuantos y fue a metérselos en el bolsillo, cuando pareció cambiar de idea
y volvió a dejarlos donde estaban. Llevaba meses robando material en su
puesto de trabajo, pinchándose las yemas de los dedos hasta tenerlas
marcadas e insensibilizadas, ¿y todo para qué?

Sí, Gabriel le gustaba, le hacía sentirse bien y, definitivamente, hacía
muy buena pareja con ella, pero por primera vez desde que se liaran,
Lilith se preguntó si todo eso valía la pena. Negando levemente con la
cabeza, apagó la luz detrás de sí y salió silenciosamente del almacén.

*
Lilith llegó al Noctivagus un rato antes de la hora de cierre. Desde su
parapeto, detrás de la barra, Gabriel la vio entrar, saludar a un par de
conocidos y pararse a charlar brevemente con Raúl antes de acercarse a
dónde él estaba. Aun desde la distancia que los separaba y de la relativa
oscuridad del local, pudo ver que estaba muy seria.

Anticipando su llegada, Gabriel abrió una de las neveras que había bajo
la barra y valoró su contenido. Al final se decidió por una de sus mejores
cervezas, alemana, importada, con mucho cuerpo y relativamente
amarga, y la puso sobre la barra a la vez que la joven llegaba hasta él. Le
saludó con parquedad y probó la cerveza que había servido para ella, pero
no le pagó con su sonrisa habitual. Viendo que el trabajo se le acumulaba,
Gabriel se arrimó a la barra todo lo que pudo para decirle:

—Sigo atendiendo clientes. Hablamos luego.

Ella asintió y desvió la mirada, como si buscase a alguien entre el
gentío. Mientras atendía a otro cliente, Gabriel no pudo sino elucubrar
acerca de a quién estaría ella buscando.

Xander y Tina estaban allí, como casi todas las noches desde hacía
más de una semana, y parecían tan prendados de Lilith como Lilith lo
estaba de ellos. Desde que se conocieran varios días atrás, habían
compartido multitud de copas y charlas, y Gabriel sentía cierto
desasosiego ante el avance de esa relación. Como respondiendo a sus
pensamientos, cuando volvió a levantar la cabeza para atender a un
nuevo cliente, la vio hablando con la pareja, no muy lejos de donde él se
encontraba. En aquel momento, Tina le decía algo mientras acariciaba su
espalda, y Lilith negaba con la cabeza. Justo entonces, pudo ver cómo tres
pares de ojos se volvían hacia él y, rápidamente, desvió su mirada para
seguir con su trabajo, aunque por el rabillo del ojo percibió cómo Xander
se separaba de ellas y se dirigía hacia la barra.

—Ponme lo mismo que le has servido a ella —le oyó decir.
Le miró brevemente antes de abrir la nevera para sacar un nuevo
botellín de cerveza. Era la primera vez que era él, y no la noctívaga que
siempre le acompañaba, quien se acercaba a la barra, y nunca antes lo
había visto tan de cerca. Mientras rebuscaba en su cartera para pagar,
Gabriel se concentró en observarle. Su primer pensamiento fue que no le
extrañaba que Lilith se mostrara fascinada en su presencia: su carisma
era indudable, y poseía cierto magnetismo que hacía que fuera difícil
apartar los ojos de él. Emanaba algo que era indefinible, antiguo, quizás
exacerbado por el tipo de vestimenta que lucía. Todas sus prendas eran
modernas, pero la manera en la que las había combinado le hacía parecer
un dandy neogótico: como siempre, iba vestido enteramente de negro;
dentro del local hacía demasiado calor y quizás por eso se había quitado
la chaqueta, mostrando un chaleco que marcaba la estilizada línea de su
talle. Llevaba abiertos los dos primeros botones de la camisa pero debajo,
ocultado su cuello, había un pañuelo de seda cuidadosamente anudado.
Mientras lo observaba, Gabriel supo, con la misma claridad con la que
sabía que Tina era una noctívaga, que quien tenía ante sí en aquel
momento no lo era. Aun después de que se hubiera alejado en dirección a
sus acompañantes, Gabriel siguió mirándole unos instantes, sopesando
con el ceño fruncido el complejo misterio que ese joven constituía. Vio
cómo se acercaba de nuevo a Lilith y la interpelaba, y cómo ambos se
enfrascaban en una corta conversación. Quizás sintiendo su mirada sobre
ellos, Lilith se volvió hacia Gabriel, y al sorprenderle en su escrutinio, se
disculpó con sus acompañantes y se acercó de nuevo a la barra.

—Oye, ¿podemos hablar? —le preguntó cuando estuvo lo
suficientemente cerca como para hacerse oír.

—Ahora tengo lío —dijo—, hablaremos cuando lleguemos a tu casa,
¿vale?

—No, no vale —respondió ella. Gabriel, que ya se disponía a alejarse,
se volvió para mirarla—. Necesito hablar contigo ahora.

—Lily, ahora no puede ser, estoy...
—Ahora, Gabriel —le exigió.

Asintió. Dirigiéndose a la primera camarera que pasó a su lado, una
chica con los brazos llenos de tatuajes y flequillo muy corto llamada
Martina, le dijo:

—Tengo que ir al despacho. Encárgate tú.

Luego, haciendo una señal a Lilith para que le siguiera, se dirigió a la
trastienda, y cerró la puerta detrás de ambos.

Su despacho le parecía en aquellos momentos más pequeño que nunca
al ver a Lilith recorrerlo ansiosamente de extremo a extremo como una
fiera enjaulada. Parecía nerviosa, dubitativa, como si no estuviera segura
de cómo proceder a continuación, y Gabriel decidió que lo mejor sería no
presionarla. Apoyándose sobre el escritorio, cruzó los brazos sobre su
pecho y se contentó con observarla. Unos segundos después la joven se
paró ante él y abrió la boca como si fuera a hablar, pero en lugar de eso,
reanudó su deambulación.

—Lilith, ¿qué pasa? —la apremió finalmente—. ¿Vas a decirme qué
ocurre? —De nuevo, obtuvo la callada por respuesta—. Mira —se
impacientó—, si no te apetece hablar ahora me vuelvo a la barra, que esta
noche tengo un montón de…

—No sé si quiero seguir haciendo esto —le interrumpió.

Por fin, la joven se había detenido y le miraba directamente.

—¿A qué te refieres?

—A esto. A lo nuestro —aclaró ella.

Gabriel asintió con gravedad, como digiriendo lo que acababa de oír.
—¿Esto es por que me niego a presentarte a Fernando? ¿Por eso estás
así?

Lilith sacudió la cabeza, agitando su larga cabellera.

—No. No es solo por eso.

—¿Entonces por qué?

—Porque tengo la sensación de que te doy mucho y obtengo muy poco
a cambio —afirmó.

—Ya —dijo Gabriel, intentando, sin mucho éxito, que el enfado no se
mostrara en su rostro. Luego añadió con cierta cautela—: Tus expectativas
hacia mí nunca han sido muy realistas que digamos.

—No hagas que me sienta como si esto fuera culpa mía —le pidió.
Luego dejó la cerveza, casi intacta, sobre el escritorio, y añadió—: Será
mejor que me vaya. No estoy de humor para nada esta noche y tú, al
parecer, tienes mucho que hacer.

—¿Y qué es lo que esperas que haga yo ahora?

—No lo sé, Gabriel. Lo que tú quieras.

—Pues entonces déjame ir a verte cuando salga. Hablemos con más
calma. No quiero dejar esto así.

—Está bien. Te esperaré en casa —consintió.

Con un breve apretón en el antebrazo a modo de despedida, Lilith se
dirigió a la salida. Al abrir la puerta del despacho se topó de bruces con
Raúl, que parecía a punto de entrar en la estancia.

—Lo siento —exclamó el camarero—. ¿Ya te vas, guapa?

Ella asintió y forzó una sonrisa antes de volver el rostro una última vez
hacia Gabriel para dedicarle una triste mirada. Raúl la observó mientras
se alejaba.
—¿Querías algo? —le preguntó Gabriel.

El joven pareció volver a la realidad al oír la voz de su jefe.

—No quedan muchos vasos limpios. Y en la barra estamos a tope… —
Se mordió el labio inferior y volvió a mirar por encima de su hombro antes
de girarse de nuevo hacia su interlocutor—. ¿Le pasaba algo a Lilith? —
preguntó.

—Ya me encargo yo de los vasos —contestó Gabriel, no dispuesto a
hablar de su vida sentimental con su subordinado—. Vuelve a la barra.

Raúl asintió y se fue. Una vez que se vio a solas, volvió a apoyarse en
el escritorio. Sabía que debía volver al trabajo, pero sentía que antes de
hacerlo necesitaba concederse un momento para procesar el extraño
abatimiento que se cernía sobre él.

Desde un punto de vista puramente pragmático, Lilith era una fuente
constante, fiable y saludable de sangre, no solo para sí mismo, sino
también para su prognatus, y solo esa razón era acicate suficiente para
obligarle a hacer todo lo posible por arreglar la situación, especialmente
en aquel momento tan vulnerable que estaba pasando.

Por supuesto, si se daba el caso de una ruptura, Gabriel encontraría
otros medios para obtener sangre, como siempre había hecho. En sus más
de cien años de vida nocturna, Gabriel había acudido a muchas mujeres
para saciar sus impulsos. Aficionado a las prostitutas como había sido de
joven, esa fue su principal opción en los primeros años: chicas bonitas y
discretas, habituadas a tratar con raritos, que estaban dispuestas a
satisfacer sus especiales necesidades a cambio de unas pocas monedas
más. Con el correr de los años, Gabriel había buscado cada vez más la
compañía de amantes no profesionales, hasta dejar a las meretrices como
un recurso a usar sólo cuando era absolutamente necesario. Muchas de
esas mujeres se sorprendían o escandalizaban al principio por sus
extrañas peticiones, pero eventualmente casi todas accedían a hacerle el
gusto, tomándole por un inofensivo fetichista que se excitaba con la
hematofagia. Así se convertían en una fuente de sexo tanto como de
sangre. Y también, sin ellas saberlo, de ingentes conocimientos. Con cada
nueva amante, Gabriel aprendía las formas y costumbres de una nueva
época, a la vez que, poco a poco, iba redefiniendo su masculinidad para
poder adaptarse a esas mujeres cada vez menos sumisas, más
conscientes de sí mismas, seguras e independientes. En los últimos años,
y con la normalización cada vez mayor de las diferentes opciones
sexuales, su «parafilia» no solo dejó de escandalizar a las mujeres, sino
que también empezó a atraerlas. Así, Gabriel descubrió la estrategia que
había estado usando durante los últimos años: esconderse tras una
fantasiosa máscara que le reflejaba tan fielmente que nadie se atrevería a
pensar que debajo de ella se escondía el mismo monstruo al que
representaba. Así, Lilith había sido la última de una lista de neogóticas y
fans de los vampiros que acudían a él en busca de una experiencia única.
Sin embargo, ella había sido mucho más que eso.

Más dispuesta a complacerle que cualquier otra mujer que había
tenido, y al mismo tiempo más exigente en cuanto a sus propia
necesidades, la relación con Lilith había sido siempre un constante tira y
afloja. Para él hubiera sido más fácil acabar con aquella relación tan
complicada cuando apenas empezaba a insinuarse, y sin embargo, no solo
no lo hizo, sino que descubrió, muy poco tiempo después, que pasara lo
que pasara, él deseaba correr el riesgo y mantenerse a su lado. Quizás
era por su sorprendente belleza y su querencia por lo oscuro, pero sabía
que había algo más, y que sería un iluso si negaba los profundos
sentimientos que la joven le despertaba. No se atrevería a decir que entre
ellos había auténtico amor, pero lo cierto era que ella había sido la
primera mujer en muchos años a la que Gabriel había deseado complacer
de verdad. Paradójicamente, solo parecía desear de él algo que le estaba
vedado, y reprimirse con ella les producía una profunda insatisfacción a
ambos.

Dos rápidos golpes en la puerta le sacaron de su ensimismamiento. Por
un momento pensó que sería de nuevo Raúl, que sin duda se
impacientaba ante la pasividad de su jefe, pero cuando se giró para
hablarle, vio que quien le observaba desde el umbral no era otro que
Xander.

—¿Qué haces tú aquí? —le espetó sorprendido.

Si el joven se sorprendió por su aspereza no lo hizo notar.
Encogiéndose ligeramente de hombros, como si la pregunta que
acababan de hacerle no tuviera una respuesta concreta, entró en el
despacho y cerró la puerta tras de sí. Gabriel, manteniendo un silencio
expectante, le vio recorrer despacio la estancia, valorando con la mirada
el aspecto desvencijado de los muebles, las manchas de humedad en la
pared y el aspecto profundamente ruinoso del despacho. Finalmente, se
apostó frente a él y empezó a rascar la desconchada pintura, que se
deshizo ante su contacto y cayó sobre el zócalo como una levísima y
silenciosa nevada.

—Tenía la esperanza de poder hablar contigo —respondió al fin, sin
molestarse siquiera en mirarle.

—¿Qué es lo que quieres?

—En circunstancias normales, este debería ser el momento de las
presentaciones —dijo. Su voz era grave, profunda—. Pero estoy seguro de
que tal trámite es ya innecesario. Tu amante debe de haberte dicho mi
nombre.

—Te llamas Xander, ¿no?

Por primera vez, se giró hacia él para devolverle firmemente la mirada.

—Alexander, en realidad, pero así es como Tina gusta de llamarme
últimamente. Hubo un tiempo en que solía preferir que me llamaran Alex.
Parece que hace una eternidad de eso —dijo en tono nostálgico—.
Tampoco es necesario que tú te presentes, Gabriel.

—Lilith también te ha dicho mi nombre.
—Si eso es lo que prefieres creer… —sonrió ladino. Parecía divertido,
como si jugara a un juego que Gabriel desconocía por completo. En ese
momento, se le ocurrió que era eso precisamente lo que la pareja había
estado haciendo con él desde la primera vez que acudieran al local: jugar
con él, hacerle saber que le vigilaban, acercarse a Lilith para insinuarle
que sabían cosas que nadie debería saber. Quizás era el momento de
poner las cartas sobre la mesa.

—¿Qué es lo que sabes sobre mí?

—Es interesante el estilo de vida que llevas —dijo, evadiendo de nuevo
contestar a sus preguntas, y Gabriel le mantuvo estoicamente la mirada,
cuestionándose a dónde le llevaría esa conversación.

—¿Qué quieres decir?

—Un vampiro que finge ser un humano que finge ser vampiro —
comentó despreocupadamente—. No es del todo original.

En aquel momento, Gabriel casi sintió alivio, y tuvo que reprimir una
sonrisa.

—Lilith tiene razón sobre ti —le escupió—. No eres más que un fan de
Anne Rice.

—¿Eso es lo que crees de mí? —preguntó con genuino asombro—. ¿Que
solo soy uno más de esos iluminados que tienes por clientes? ¿Que me
acerco a ti porque me recuerdas a uno de esos románticos vampiros de
Nueva Orleans? ¿Eso crees?

—Oh, estoy seguro de que esa no es la razón de que vengas a mi local
tan a menudo.

—¿Y por qué crees que vengo, entonces?

—Porque quieres algo de mí.

Xander sonrió; una sonrisa amplia, sincera, carente de maldad.
—¿Qué te hace pensar que quiero algo?

Gabriel bufó, decidido a no dejarse engañar por su pretendida
inocencia.

—¿Qué es lo que quieres?

—Es la segunda vez ya que me preguntas eso.

—Y es la segunda vez que evades contestarme.

Xander desvió su mirada, y empezó a vagar de nuevo por el despacho.
Gabriel no pudo evitar observarle, intrigado al sentirse asaltado por la
misma extraña atracción que había sentido un rato antes, cuando le viera
en la barra. Era algo más alto que él, pero también más delgado. Su figura
era elegante, sus maneras, decadentes, y transpiraba un aura de misterio
que parecía imposible de atravesar. Y era muy atractivo. Esa ocurrencia le
sorprendió, pues no era ese en absoluto el tipo de pensamientos que le
asaltaban cuando estaba cerca de un hombre, pero no podía negar que lo
era. Había algo en él que parecía invitarle a sentarse y languidecer a su
lado. Esa sensación se intensificó cuando el joven se acercó lo suficiente a
él como para posar su mano en el escritorio en el que Gabriel estaba
apoyado. Pasó un largo y pálido dedo por la superficie llena de polvo,
dejando a su paso una línea libre de suciedad.

—Me pregunto por qué no le has dicho la verdad a ella —dijo al fin,
frotándose las yemas de los dedos para desprender el polvo que se había
adherido a ellas—. Acerca de lo que eres en realidad, quiero decir. —
Estaba muy cerca ahora, tanto que Gabriel pudo ver, por primera vez, que
sus ojos eran de un verde oscuro—. Algo me dice que ella lo aceptaría.

Gabriel guardó silencio. Al igual que él sabía que Tina era una
noctívaga, ella debía saber que él también lo era, y era lógico que
compartiera dicha información con su pareja. De nuevo, valoró a
Alexander en un intento de reconocerle, pero no lo hizo. Estaba seguro de
que el joven no era un noctívago y si lo sabía tan fehacientemente era
porque, desde la primera vez que lo viera, había sentido cómo su sangre
le llamaba. Ahora esa llamada se volvía más intensa, más perentoria,
quizás a causa de su cercanía. Su respiración se aceleró, pero hizo lo
posible por no mostrar su agitación interior en la expresión de su rostro.

—Nunca la has mordido, ¿verdad? —continuó Alexander.—. ¿Es que
acaso no la deseas? —Se acercó aún más, con una expresión escrutadora
y sibilina—. Sí, sí que lo haces. Veo la insatisfacción en tus ojos. ¿Por qué
te reprimes tanto, Gabriel? ¿Qué es lo que temes? —Hizo una pausa,
durante la cual ladeó la cabeza con fingida inocencia, dejando ver con ese
movimiento, aparentemente casual e involuntario, dos recientes marcas
de pinchazos en su cuello, hasta ahora ocultas por el negro pañuelo de
seda—. ¿Qué es lo que te han hecho creer acerca de ti mismo?

—¿Qué quieres? —volvió a preguntar. Sus ojos se volvían, en contra de
su voluntad, a la visión de dichas marcas. El violento carmesí, destacando
feamente sobre la pálida dermis, le incitaba de una manera que no había
previsto.

—Eres reservado, pero muy poco sutil —respondió Alexander,
aparentemente satisfecho consigo mismo por haber conseguido captar de
tal manera su atención—. Desconfiado, pero tan fácil de leer como un libro
abierto. Tu silencio habla más de ti de lo que tú mismo crees.

—¿Sí? ¿Y qué es lo que te dice? —le desafió.

—Que tienes miedo de mí, aunque sabes perfectamente que soy yo
quien debería temerte; que crees que deberías sentirte amenazado por mi
presencia, pero solo sientes atracción y curiosidad. —Hizo una pausa, para
mirarle fijamente a los ojos—. Y que te mueres de ganas por probarme.

Gabriel intentó negarlo, pero no pudo. Alexander estaba tan cerca
ahora que sus carnosos labios eran todo lo que su mirada podía abarcar.
Percibió el intenso olor que emanaba su cuerpo, escuchó el arrollador
pulso de sus arterias y sintió que estaba a punto de perder el control
sobre sí mismo. Una oleada de deseo le golpeó y notó cómo su corazón
martilleaba dolorosamente en su pecho, haciendo que sus encías latieran
con inusitada violencia. Intentó poner en marcha todos los mecanismos
que conocía para mantenerse calmado, pero ante Alexander ninguno de
ellos parecía surtir efecto. Anticipando que perdería sin remedio el control
sobre sí mismo, se cubrió la boca con las manos.

—Vamos, no pasa nada —le invitó Alexander—. Conmigo no tienes que
ocultar quién eres. —Asiéndole las manos, las apartó de su boca. Luego le
miró. Gabriel se sintió en aquel momento mas vulnerable y expuesto que
si le hubieran sorprendido en plena desnudez, pero no hizo más esfuerzos
para taparse—. Ahí estás —dijo, sonriendo levemente al ver los largos y
afilados colmillos que crecían tras sus labios. Luego, alargando la mano
hacia su rostro, los acarició con la yema del pulgar.

Presa de un arrebato de sensualidad que no pudo controlar, asió a
Alexander por la nuca y lo atrajo hacia sí. Cuando sus bocas se unieron,
un estallido de placer le golpeó. La lengua de Alexander era carnosa,
húmeda, y Gabriel la succionó con sus labios, la aprisionó entre sus
dientes. La imaginó estallando en su boca, derramando un manantial de
cálida y lujuriosa sangre en su garganta. Con los ojos aún entreabiertos,
vio que Alexander le devolvía la mirada, como invitándole a hacer con él
todo lo que su mente sabía que estaba prohibido. Ese pensamiento le hizo
apartarse tan rápidamente que trastabilló y tropezó con el escritorio que
había detrás de sí.

Alexander le miraba ahora desde cierta distancia, y solo entonces
Gabriel se dio cuenta de que debía haberlo empujado. Aún sentía el deseo
pulsando en sus venas, y fue consciente por primera vez de la dolorosa
erección que tenía bajo los pantalones. Al igual que la suya, la respiración
de Xander era jadeante, y anheló, como no había anhelado nada en toda
su vida, volver a atraerlo hacia sí para poder beber de él. La pasión que
sintió en aquel instante fue tan intensa que le hizo sentirse mareado, pero
cuando vio cómo el joven avanzaba hacia él, reculó con violencia.
—¡No te acerques a mí! —bramó. Volviendo a cubrirse la boca con la
mano, caminó hasta quedar de pie tras el escritorio, en un fútil intento de
poner distancia entre ambos. Sintió cómo sus colmillos le pinchaban en la
palma, pero en vez de apartarla, la apretó más fuertemente contra sus
labios.

—No tienes que seguir reprimiéndote. Al menos, no conmigo. —La voz
de Alexander intentaba ser tranquilizadora mientras se acercaba
lentamente a él, como lo haría con un perro salvaje.

—Tú no me conoces.

—Te conozco lo suficiente como para saber que no hay nada de malo
en lo que eres. Déjame ayudarte.

Gabriel negó violentamente con la cabeza, y volvió a retroceder al
notar que Alexander había recortado la distancia entre ambos.

—No, aléjate. —Y su voz sonó más implorante de lo que había
pretendido.

El joven no le obedeció, sino que volvió a acercarse a él, aflojando el
pañuelo que le cubría el cuello para hacerle visible la multitud de
cicatrices que poblaban su piel. Presa de una terrible presión en la
mandíbula, que le hacía querer cerrarlas sobre algo, Gabriel sintió que
enloquecería si no hundía sus dientes en él.

—Vete —le pidió, pero Alexander siguió avanzando sin mostrar ningún
temor—. ¡He dicho que te vayas! —le gritó, a la vez que lo empujaba con
violencia para apartarlo de sí. La espalda de Alexander chocó
dolorosamente contra la pared. Cuando volvió a mirarle, lo hizo con sus
enormes ojos verdes llenos de recriminaciones—. No sé qué es lo que
esperas de mí con esa mente sucia y retorcida que tienes, pero no te lo
voy a dar.
Alexander sonrió, pero esta vez su sonrisa era diferente. Cáustica,
punzante, carente de alegría.

—No eres fácil de convencer, ¿verdad? —le dijo; sus afiladas facciones
se oscurecieron a medida que su sonrisa se ensanchaba. En aquel
momento, parecía un ángel oscuro que se burlaba de él—. Crees que
sabes quién eres, pero no tienes ni idea. Me pregunto cuánto podrás
tensar esa correa con la que te contienes a ti mismo antes de que se
parta.

—Fuera —dijo, con un gruñido contenido.

Alexander le dedicó una despreciativa mirada a la vez que se arreglaba
la ropa con dignidad.

—Como tú quieras —sentenció, antes de marcharse.

Su primer instinto fue salir tras él, pero haciendo acopio de toda la
fuerza de voluntad que aún le quedaba, no se movió del sitio. Aún podía
sentir sobre sus labios la violencia de aquel beso y, mientras lo recordaba,
el impulso de buscar a Alexander se hizo insoportablemente intenso, pero
le aterraba lo que ocurriría si lo encontraba. Como si en ese momento se
materializaran sus más profundos temores, vio surgir de entre las
sombras del despacho la oscilante figura de una oscura bestia, cuya
profunda garganta emitía un lastimero gemido. Giró el rostro y cerró
fuertemente los ojos para no ver cómo el animal parecía animarle a unirse
a él, pero seguía oyendo el leve gruñido, que parecía incitarle. Tanteando
con la diestra sobre el escritorio, dio con un abrecartas de plata que tenía
sobre la mesa. Sin pensárselo dos veces, se hizo un profundo tajo en la
palma de la mano izquierda. El intenso dolor le arrebató la respiración por
un instante, y le hizo cerrar el puño y doblarse sobre sí mismo. Jadeó, con
los ojos arrasados en lágrimas, e hizo un esfuerzo en centrarse en el
intenso latir de su palma para olvidar sus otras pasiones. Incluso a través
de las lágrimas pudo ver que la bestia había desaparecido. A medida que
su respiración se iba normalizando, empezó a sentirse, por fin, a salvo de
sí mismo.

—Jefe… —oyó tras de sí.

—¿Qué? —rugió, girándose en dirección de la voz, antes de pararse a
pensar en cuál debía de ser su aspecto. Se encontró frente a frente con
Raúl, que miraba con ojos desorbitados su fiera expresión, su mano
ensangrentada y el abrecartas que había caído al suelo.

—Los vasos, jefe —le recordó su empleado con voz temblorosa—.
¿Qué…? ¿Qué le ha pasado?

Gabriel giró el rostro, avergonzando.

—Me corté —dijo—. Cierra un poco antes hoy. Yo me tengo que ir ya.

—Claro.

—Vete de aquí, anda.

No necesitó girarse para ver que el chico le había obedecido a toda
velocidad. Cogiendo unos trapos viejos, se vendó apresuradamente la
mano antes de ponerse una chaqueta y salir a la calle.

*

Las improvisadas vendas se empaparon rápidamente de sangre, pero
Gabriel siguió avanzando. Caminaba con paso apresurado, el brazo
izquierdo pegado al cuerpo en un pobre intento de mitigar el dolor y el frío
que se extendían por la extremidad. Probablemente necesitaría puntos
para que la herida cerrase, pero estaba tan decidido a no desviarse de su
camino como a no dedicar ni un solo pensamiento a lo que acababa de
ocurrir. No tardó más de quince minutos en vislumbrar el feo edificio
amarillo en el que vivía Lilith, y resguardándose del cortante viento del
Atlántico junto al portal, tocó al telefonillo.

—Abre —pidió en cuanto oyó cómo la joven le contestaba.

Pocos minutos después, llegó a la puerta de Lilith. No tuvo que tocar.
Ella ya le estaba esperando. Al ver que sangraba, se alarmó:

—¿Qué te ha ocurrido?

—No es nada —evadió él—, sólo un corte.

—¿Solo un corte? Pues chiquito corte, que estás sangrando como un
cerdo —le amonestó ella—. Déjame ver.

Intentó coger su mano para ver la herida, pero Gabriel retiró
rápidamente el brazo, impidiéndoselo.

—No es nada —reiteró.

Ella le miró con intensidad, como si pudiera ver a través de él. Luego,
frunció el ceño muy levemente.

—¿Te has hecho esto tú mismo? —preguntó, con voz muy pausada—.
¿Es por lo que te dije antes?

Estuvo a punto de negar, pero se contuvo. Cerró fuertemente el puño y
al hacerlo, unas gotas de sangre se escurrieron de las vendas para caer al
suelo. Clavó fuertemente las uñas en la palma de la mano para aumentar
el dolor, pero ni siquiera eso fue suficiente para calmar sus soliviantadas
pasiones.

—Lilith… No… No puedo soportarlo más.

—¿De qué estás hablando?

Cuando la miró, sintió como si lo estuviera haciendo por primera vez.
Ella era real, cálida, dolorosamente accesible, y Gabriel casi pudo oír la
llamada de su sangre, como si un canto de sirena emanara del lento y
acompasado latido de su corazón. La atrajo hacia sí para subyugarla en un
beso fiero y volcó en ella todos sus deseos, sus anhelos y sus pasiones de
aquella noche. Asiéndola por los brazos, la arrastró hasta el salón, y sin
apenas oír sus quejas, sus preguntas, la lanzó sobre el sofá, en el que
cayó boca abajo, cuan larga era.

Lilith levantó su cabeza para mirarle por encima del hombro; su rostro
parcialmente cubierto por sus sedosos rizos dejaba entrever una
expresión de extasiada entrega. Se sentó a horcajadas sobre sus muslos y
enredó las manos en sus rojizos cabellos para tirar dolorosamente de
ellos.

—Gabriel… —la oyó jadear.

Desde su incómoda posición debajo de él, la joven forcejeó con su
vestido para levantarlo y dejar a la vista sus redondeados glúteos y el
diminuto tanga que se insinuaba en la hendidura que se formaba entre
ellos. Abriendo su bragueta con violencia, Gabriel sacó su polla y,
tumbándose sobre ella, la meció entre sus nalgas.

—Despacio —le pidió ella—, hazlo con cuidado si vas por detrás —le
advirtió con voz débil.

Pedro Gabriel apenas la escuchaba. Apartando la ropa interior con una
mano, rodeó con la otra su pene y haciendo presión con el pulgar sobre el
glande, lo apretó contra el ano hasta que notó cómo este se abría y le
dejaba entrar blandamente. Ella emitió un ronco quejido de dolor cuando
la penetró y se sacudió bajo su cuerpo, pero en ningún momento intentó
apartarle, y él la embistió con dureza mientras mordisqueaba la piel de su
cuello y sus hombros. Poco a poco, sus quejas se convirtieron en gemidos
de placer y al notar las contracciones de su orgasmo, Gabriel se corrió con
violencia en su interior.

Aún acostado sobre ella, con la respiración jadeante y el rostro hundido
en su cuello, se dio cuenta por primera vez de que sus colmillos habían
vuelto a salir en algún momento del encuentro sexual, y que ahora
presionaban dolorosamente la piel de la joven. Ella, que también lo había
advertido, giró levemente el rostro, moviéndose muy lentamente, y
consiguiendo que la presión de los dientes se incrementara.

—Hazlo, Gabriel —le pidió—. Muérdeme.

Sería muy fácil hacerlo, pensó Gabriel en aquel momento, hundir sus
colmillos en su fragante y delicada piel, paladear su sangre y hacerle ver
lo que era en realidad sin máscaras y mentiras. Tal y como Alexander le
había insinuado, Lilith no solo aceptaría con relativa normalidad el hecho
de que él era en realidad aquello que había estado tanto tiempo fingiendo
ser, sino que, probablemente, lo recibiría con cierto alborozo. Complacerla
y complacerse a sí mismo al unísono, culminar su relación carnal de
aquella manera sublime, poder ser quien realmente era por primera vez
en mucho tiempo, pero ese efímero instante de feliz ensoñación llegó a su
fin cuando la visión de sí mismo, con la boca llena de sangre y un cuerpo
destrozado a sus pies, le acometió con violencia, como eterno recordatorio
de por qué determinadas cosas estaban vedadas para él. Separándose
rápidamente de ella, se subió los pantalones y ocultó sus colmillos tras
sus labios antes de que ella pudiera verlos.

—Gabriel… —Lilith se giró hacia él, mostrando su costado semidesnudo
y la redondeada línea de sus caderas—. Cariño, ¿qué pasa?

Él negó y se incorporó del sillón como un resorte. Le dio la espalda, no
solo para no volver a ver su erótico y anhelante cuerpo, sino para impedir
que ella le pudiera ver a él.

—No quiero… No puedo hacer esto.

—Gabriel…

—Lo siento —dijo—, no debí haber venido. Tenías razón esta noche. Es
mejor que no sigamos con esto.
La miró una última vez por encima del hombro, antes de abandonar la
estancia. Pudo oír cómo ella le llamaba, pero no se atrevió a volver sobre
sus pasos. Salió del piso y bajó apresuradamente las escaleras. No fue
hasta que alcanzó el rellano que se dio cuenta de que estaba llorando.

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