Las Palmas de Gran Canaria, 30 enero 1914

Sophie se recostó en la cama con un suspiro. Se sentía húmeda,
plena, satisfecha. Cerró los ojos y durante un momento se deleitó en
sentir el alterado estado de su cuerpo: el leve temblor de los miembros, el
acelerado latir del corazón, el inconfundible aroma a sexo que exhalaba
cada poro de su piel.
A pesar de sus años, aún a veces la sorprendía la intensidad de sus
propios anhelos. Cualquiera podría pensar que había tenido ya en su vida
más hombres de los que cualquier mujer pudiera soportar, y sin embargo
ella seguía deseando poseer a alguno de tanto en tanto. No esperaba que
nadie entendiera sus debilidades, y a veces ni ella misma lo hacía, pero
como de todos modos su edad era lo único de su persona que se podía
considerar respetable, ni siquiera se molestaba en ocultar que, cuando
quería estar con un hombre, prefería que fuera con uno
considerablemente más joven que ella.
Se giró en la cama para observar a su acompañante. Gabriel yacía a
su lado, con la piel reluciente de sudor y la respiración aún acelerada. Su
cuerpo reposaba con laxitud sobre las sábanas y tenía la mirada perdida
en algún lugar del techo. Se contentó con observarle durante un
momento, admirando la firmeza de sus músculos, el tono dorado de su
piel, la arrogante lozanía de la que hacía gala, como un recordatorio de las
prerrogativas de la juventud de las que ya no era dueña. Percatarse de
ello le produjo un incómodo pinchazo en el pecho. Sophie no se
consideraba una mujer vanidosa, pero los rigores de la edad, que poco a
poco se cernían sobre ella, empezaban a agobiarla cada vez que se
miraba a un espejo. Pensó que en muy pocos años sería demasiado vieja
para seguir gozando de su cuerpo, demasiado decrépita para conseguir
seducir a ningún hombre, mucho menos a uno de esos jovencitos a los
que era tan aficionada. Era una idea muy triste.
En un intento de alejar sus pensamientos de sí misma, los centró en
su amante, observándole más atentamente de lo que había hecho hasta
entonces. A pesar de que intentaba ocultarlo, desde que lo viera por
primera vez aquella noche no había podido dejar de notar ciertos aspectos
que parecían indicar que el joven no era el mismo de siempre. Quizás
fuera por su afeitado, algo más descuidado que de costumbre, o la leve
sombra de unas ojeras que afeaban sus ojos, o quizás esa expresión
hosca que lucía en aquel momento, cuando, tras haber disfrutado de ella,
debería sentirse más relajado, pero lo cierto era que algo parecía estar
rondando su mente. Se acercó a él y, en actitud juguetona, acarició su
pecho con la yema de sus dedos, dibujando círculos sobre su piel. Él forzó
una sonrisa ante ese contacto, pero no se movió. Sin desanimarse por la
falta de respuesta, fue bajando la mano, siguiendo el camino que
conducía del ombligo hacia el pubis, pero cuando se disponía a hundir los
dedos en aquella mata de tibio vello, el joven la apartó con cierta
brusquedad.
—¿No has tenido ya suficiente?
—Yo nunca tengo suficiente. —Apretó su cálido cuerpo contra el de
él y añadió—: Ya sabes que no me canso de ti.
—Eres una zalamera —le espetó.
Sophie no se dejó engañar. Gabriel podía parecer enfadado, pero
ella sabía que su estado se debía más bien a cierto tipo de melancolía.
—¿En qué piensas, amor? —le preguntó, con dulzura.
—En nada.
—¿En nada? —Sophie lo miró con escepticismo—. A mí no me
engañas. No he sido prostituta durante más de veinticinco años para que
un niñato como tú intente mentirme.
Él la miró encolerizado.
—¿A quién llamas niñato?
Su primer instinto fue burlarse de él, decirle lo ridículo que resultaba
su ego herido, pero no hacer precisamente eso había sido una de las
primeras cosas que aprendiera de joven en su trato con los hombres.
—Es por tu madre, ¿verdad? —repuso con calma, decidida a dejar
los jueguecitos para situaciones más propicias.
Gabriel la miró con sorpresa.
—No se te escapa una sola noticia, ¿eh?
—Eso es lo bueno de mi profesión: que me entero de casi todo lo
que ocurre en esta ciudad —dijo. Gabriel suspiró, y sus facciones, hasta
ese momento tensas, se relajaron perceptiblemente al darse cuenta de
que ya no era necesario seguir fingiendo en su presencia—. Es normal
llorar por la muerte de un ser querido —añadió.
—Ya, pero no es eso… O bueno, no es solo por eso. —Gabriel la miró
con una avergonzada sonrisa—. Me parece que si te lo dijera, te reirías de
mí. Estoy un poco filosófico, supongo.
—Te prometo que no me reiré. No eres el primer hombre que se me
pone filosófico en estas circunstancias.
Gabriel sonrió ante la broma, con una sonrisa carente de alegría.
Luego se quedó callado un momento, como buscando las palabras
adecuadas.
—¿Alguna vez te has hecho preguntas?
—¿Qué tipo de preguntas?
—Acerca de la muerte y todo eso...
—¿Te refieres al cielo y al infierno?
—No lo sé. —El joven calló, y durante un momento Sophie pensó
que no le diría nada más, pero guardó silencio. Una de sus chicas pasó
corriendo por delante de su puerta, y a medida que se alejaba por el
pasillo, el eco de su risa se fue perdiendo tras ella. Gabriel giró la cabeza
en la dirección de la que provenía el sonido, como si creyera que su vista
podía atravesar las paredes para observar a la risueña joven. Luego se
giró en la cama para mirarla, y el peso de su cuerpo hizo que el colchón
se agitara brevemente bajo ella—. No es que no dude a menudo si las
cosas que se dicen en la Iglesia son verdad o no, que lo hago. Me
pregunto dónde está mi madre, si está en el cielo o en el purgatorio, si
sufre o si, por el contrario, ya no tiene conciencia de sí misma, y esa duda
me aflige, pero... En el fondo no dejo de decirme que en realidad, eso no
es lo más importante.
Sophie también se acostó de lado, enfrentándose a él.
—¿Y qué es lo más importante? —preguntó, genuinamente
intrigada.
Él volvió a quedar callado un instante, el ceño fruncido, como si
quisiera decir algo pero no supiera por dónde empezar. Finalmente entonó
una vieja coplilla con voz queda:

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte… (1)

La voz se le quebró un instante, y no pudo terminar de recitar. Volvió
a quedar serio y silencioso. Ella sonrió ante la ironía que suponía que un
hombre con toda la vida por delante tuviera ya las mismas
preocupaciones que una vieja prostituta.
—Tempus fugit —susurró.
—Sí —asintió él—, y eso me hace preguntarme… ¿De qué sirve todo
esto? ¿De qué sirve que nos lo pasemos bien, que seamos felices? —
Gabriel se incorporó para sentarse al borde de la cama—. ¿De qué sirven
nuestros esfuerzos, nuestros deseos, nuestros intentos de medrar en la
vida, si todos terminamos muriendo?
—De nada —fue la simple respuesta. Gabriel la miró por encima del
hombro, con los ojos llenos de pesar. Sophie se encogió de hombros, para
restarle importancia a sus palabras, y luego dijo—: Hagamos lo que
hagamos, algún día nuestros huesos se convertirán en ceniza, nuestro
nombre se perderá y nadie se acordará de nosotros.
—Tus palabras son terriblemente deprimentes.
—Carpe Diem, Gabriel. Disfruta mientras puedas.
—¿Eso es lo que hacemos aquí? —le espetó—. ¿Es lo que haces tú,
disfrutar mientras puedas? Y luego, ¿qué?
—La muerte es parte de la vida.
Gabriel la miró con amargura.
—Pareces un cura hablando así, y no te pega nada, querida.
Sophie miró la espalda del joven, recordando cuando ella misma
había tenido esas mismas preguntas. Se levantó de la cama y fue hacia
una estantería al fondo del dormitorio, llena con los libros que se había
traído de París. Escogió un volumen y se lo tendió al joven.
—Puede ser que este libro te ayude a encontrar respuestas. Hablas
francés, ¿verdad?
Gabriel miró el libro que ella le tendía. Era un ejemplar antiguo,
polvoriento y ajado. En la portada podía leerse:

Le livre des Esprits
Allan Kardec (2)

—Aunque también es posible —añadió la mujer— que te genere más
preguntas.
1 Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique.
2 El Libro de los espíritus, de Allan Kardec, publicado en Francia en
1857, fue el libro que marcó el inicio del espiritismo. N. de la A.
Fotografía del FEDAC (http://www.fotosantiguascanarias.org )

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