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MICHEL FOUCAULT

seguida se verá por qué— "jurídico-discursiva". Esta concepción gobierna tanto la temática
[101] de la represión como la teoría de la ley constitutiva del deseo. En otros términos, lo
que distingue el análisis que se hace en términos de los instintos del que se lleva a cabo en
términos de ley del deseo, es con toda seguridad la manera de concebir la naturaleza y la
dinámica de las pulsiones; no la manera de concebir el poder. Una y otra recurren a una
representación común del poder que, según el uso que se le dé y la posición que se le
reconozca respecto del deseo, conduce a dos consecuencias opuestas: o bien a la promesa
de una "liberación" si el poder sólo ejerce sobre el deseo un apresamiento exterior, o bien,
si es constitutivo del deseo mismo, a la afirmación: usted está, siempre, apresado ya. Por lo
demás, no imaginemos que esa representación sea propia de los que se plantean el
problema de las relaciones entre poder y sexo. En realidad es mucho más general;
frecuentemente la volvemos a encontrar en los análisis políticos del poder, y sin duda está
arraigada allá lejos en la historia de Occidente. He aquí algunos de sus rasgos principales:
□ La relación negativa. Entre poder y sexo, no establece relación ninguna sino de
modo negativo: rechazo, exclusión, desestimación, barrera, y aun ocultación o máscara. El
poder nada "puede" sobre el sexo y los placeres, salvo decirles no; si algo produce, son
ausencias o lagunas; elide elementos, introduce discontinuidades, separa lo que está unido,
traza fronteras. Sus efectos adquieren la forma general del límite y de la carencia.
□ La instancia de la regla. El poder, esencialmente, sería lo que dicta al sexo su
ley. Lo que quiere decir, en primer término, que el sexo es colocado por aquél bajo un
régimen binario: [102] lícito e ilícito, permitido y prohibido. Lo que quiere decir, en
segundo lugar, que el poder prescribe al sexo un "orden" que a la vez funciona como forma
de inteligibilidad: el sexo se descifra a partir de su relación con la ley. Lo que quiere decir,
por último, que el poder actúa pronunciando la regla: el poder apresa el sexo mediante el
lenguaje o más bien por un acto de discurso que crea, por el hecho mismo de articularse, un
estado de derecho. Habla, y eso es la regla. La forma pura del poder se encontraría en la
función del legislador; y su modo de acción respecto del sexo sería de tipo jurídicodiscursivo.
□ El ciclo de lo prohibido: no te acercarás, no tocarás, no consumirás, no
experimentarás placer, no hablarás, no aparecerás; en definitiva, no existirás, salvo en la
sombra y el secreto. El poder no aplicaría al sexo más que una ley de prohibición. Su
objetivo: que el sexo renuncie a sí mismo. Su instrumento: la amenaza de un castigo que
consistiría en suprimirlo. Renuncia a ti mismo so pena de ser suprimido; no aparezcas si no
quieres desaparecer. Tu existencia no será mantenida sino al precio de tu anulación. El
poder constriñe al sexo con una prohibición que implanta la alternativa entre dos
inexistencias.
□ La lógica de la censura. Se supone que este tipo de prohibición adopta tres
formas: afirmar que eso no está permitido, impedir que eso sea dicho, negar que eso exista.
Formas aparentemente difíciles de conciliar. Pero es entonces cuando se imagina una
especie de lógica en cadena que sería característica de los mecanismos de censura: liga lo
inexistente, lo ilícito y lo informulable de manera que cada uno sea a la vez principio y
efecto [103] del otro: de lo que está prohibido no se debe hablar hasta que esté anulado en
la realidad; lo inexistente no tiene derecho a ninguna manifestación, ni siquiera en el orden

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