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HISTORIA ARGENTINA Publicar una nueva Historia Argentina encarada como obra colectiva es una em- presa que parece requerin cierta justifieacién. Cuando comenzamos a plancar la presente, la escasee de tentativas comparables realizadas durante el lapso transeu- Frido desde que aparecté la patrocinada por la Academia Nacional de la Historia, dirigida por Ricardo Levene, parecia sugerir que, si no imposible, el proyecto re- sultaba cuanto menos ex'remadamente dificil, La relativa abundancia de obras similares que desde entonces se publicaron, no asegura necesariamente que dicha dificultad fuese ilusoria, pero hace mucho més problematica la fundamentacién de todo intento que venga a sumarse a los ya concretados. EL que sometemos al juicio del lector no pretende tener otro signo distintivo que Ta aspiracin —comin sus colaboradores— de narrar la historia, segin Ta fér mula de Huizinga, “de Ia mejor manera quo les es posible”, Pero esa f6rmula es (a la vez que faleamente modesta) falsamente simple: no sélo supone que esa “unejor manera” es tolerablemente buena; implica ademas que ella no deja de otor- gar un eardeter comin (que no podria ser tan sélo la ubicacion, real o imaginada, en cierto nivel de calidad) a los escritos inspirados por esa comin aspiracién. En la Argentina de los afios setenta, ese signo distintivo acaso podria enco sobre todo en un interés mis vive por ciertas dimensiones del pasado aue — eseuchamos decir a menudo— nuestros historiadores no solian sentir. Pero no po- drfa eer ée, sin mis, el carécter distintive de la presente Historia Argentina. En primer Iugar, porque la preocupacién por los aspectos no propiamente politicos {el proceso histérieo —y el intento de desentrafar los nexos entre éstos y los acon- fecimientos que llenan Ta historia que solemos lamar “tradicional” impregna esa historia tradicional més de lo que suele admitirse, Ese intento no estaba libre dle propésitos apologéticos; no estaba tampoco exento de los riesgos (de inexac- titud, de imprecisién) quiaés inevitables cuando se afrontan vastos problemas de historia econdmiea y social, asignéndoles a la vez un lugar que, a pesar de todo, no deja de ser marginal en el propio esfuerzo de reconstruccidn del pasado. Pero tampoco estén libres de esas limitaciones los ensayos que con igual ambicién (y desde perspectivas ideoldgicopoliticas a menudo opuestas a las de los precursores {del siglo XIX) se suveden hoy con ritmo desenfrenado. Estos son con demasiada frecuencia pasibles de otra censura: ignoran serenamente casi todo cuanto ha apor- tado de nuevo la historiografia desde los tiempos de Mitre y Lépez, para quienes Michelet habia sido afin un contemporiineo. Los trabajos aqui reunidos no quisieran merecer ese reproche: sus autores se con sideran estudiosos profesionales de Ia historia y las ciencias sociales, y como tales ‘quieren ser juzgados; sa primer deher es, por lo tanto, practicar un estilo de inda gacién histdrica que esté-a la al'ura de los tiempos, no sélo en cuanto haga suya la perspectiva que este problemitico presente impone al pasado nacional (y que no podria ser desde luego la misma cuya justeza pareeia evidente hace un siglo), sino también en cuanto bisque utilizar una cultura histériea menos areaica de 10 aque todavia suele ser habitual entre nuestros historiadores, y por iltimo, en euanto tho se niegue a ex'raer las conclusiones necesarias del hecho de que la historia es Yen tina de sus dimensiones— ciencia social: la colaboracién entre historiadores y eultores de otras ciencias humanas canstituye en esta ohra el reflejo mas visible, pero no el dnieo, de este enfoque. Tune Hass ~ Doni VOLUMEN 7 ARGENTINA LA DEMOCRACIA DE MASAS Alberto Rex Gor ARGENTINA. IND Visperas de In conquista dles. y José A. Pérez NA ai CS. Assadourian, G. Beato y J. C. Chiaramonte ARGENTINA De Ia conquista la independencia 3 ‘Tulio Halperin Donghi ARGENTINA De la revolucién de independeneia a Ia confederacién rosista 4 Haydée Gorostegui de Torres ARGENTINA La organizacién nacional Ezequiel Gallo y Roberto Cortés Conde ARGENTINA La repiblica conservadora 6 D. Gantén, J. L. Moreno y A. Ciria ARGENTINA La democracia constitucional y su crisis ‘Tulio Halperin Donghi ARGENTINA 8 Javier Villanueva y Roberto Martinez Nogueira ARGENTINA, Volumen 7 Tulio Halperin Donghi ARGENTINA LA DEMOCRACIA DE MASAS ® EDITORIAL PAIDOS Buenos Aires Impreso en Ia Argentina — Printed in Argentina Queda hecho el depésito que previene la ley 11.728 © Copyright de todas las ediciones en castellano by EDITORIAL PAIDOS 5. A.1.€.F. Defensa 599 — Buenos Aires La reproduccién total o parcial de este libro en cualquier forma que sea, idén- tia 0 modificada, escrita a maquina, por el sistema "Multigeaph”, mimedgrafo, impreso, ete no autorizada por los editores, viola derechos reservados. Cual {quier utilizacién debe ser previamente solicitada. Disefio grafico de Ia tapa: GUSTAVO G, PEDROZA INDICE dice de Gguras POLITICA Y SOCIEDAD 1. ARGENTINA 1938 1, Un sistema politico en disgre 2. Una socidad que seerelamonte co transfonna 2. UNA REVOLUCION QUE BUSCA SU RUMBO 3. LA ARGENTINA PERONISTA 4, DESPUES DEL PERONISMO 5, LAS EXPERIENCIAS CONSTITUCIONALES DIBLIOGRAFIA Indice de nombres y Tugares 18 Bb 28 s 8 4 168 wot m INDICE DE FIGURAS Villa Mies En blame y negro nv marcha hacia Ia Casa Rostds Fig. Ze Revoluckn del 4 de junto de 191. Of (Atehive General dela Nacign) Fig. 7.2. Revolucin del 4 de justo de 198 Mecinien dela Armada, después dle baber tle a Naciin) ig. 7.8. Mmifetaclones po feral de tn Nuclon) Fig, 74, Revolucién del 4 de junio (Atchive General de la Navin) Fig, 7.8. Revoluciin del 4 de junio de 1943. Manifestaciones de violencia en Ta Pla ie Mayo (Archivo General de Ta. Necidn Fig, 7.6. Perin en ol Consejo Nacional de Posguerra abril de 1945 ie ia Nacién) Fig. 7.7. 12 dle octubre de Goveril de le Naciéa Fig. 1.8.17 de octubre de 1945. Aspesto de It concentra eral de Ia NaciGel Fig, 7.9.17 de octubre de 1915, Concenteaion p al coronel Pet (Atehive General de Ta Naciéa) Fig, 710, Min de la Unién Democitie, & de diciembre de 1945 (Archivo General usin Nec} aa Beewela de i pasando. fem am truten (Archivo Archivo Ge 1S. Quema de innibus en Plaza de Mayo 1045, Manifestantes frente al Cireule Milter (Archive lar (Archivo Ge 7.11, Gira de Bra Pevin por Santa Pe (Atchivo General de Ia Nacién) Mig 7:12. Coreanta de tnpoatton de le Gran Crs de Teabel Te Calica « Exe Peréa por el generalisim Franco. Made, janie de 19IT (Archivo Coneral do la. Naciin) Fig. 7.18. Eva Pexén divisiéndose 1 una audiencia privada del Papa Pio XI Junio de 197 (Archivo General de ln Nacibn) Fig. 7-14 Peain, 17 de octubte de 1949 (Arshivo General do Is Nasa) Fig. 7.15 Perin’ bablando ante concenteackin popular, 1950 (Archive General de le Nacién) Fig. 7.16, Péblico reunido on Plea do Mayo, Feste del Trabajo, 1 de inayo de 1950 (Archive General de Te Nae). Fig. 7.12. El general Pern y st plana masor durante la coucintracién del 1° de: mayo sie 1950 (Anehve General de Ta Naciou)e ig, 7.18 Esperando tum para entrar al velatorio de Era Pern, julio de 1952 (Ac chivo General de Ts’ Nacion) Fig, 7.19, Sepelio de Eva Pers, 10 de agceto de 1952. La cureia en momentos ‘que Inicia Ia marche desde el Congreso (Archivo General de la Nac). Fig. 7.20, Incendio del Jockey Club, abril de 1958 Fig. 7.21, Convento ¢ iglesia de San Francisco después dsl incendio y sagueo, 16 de Jnio e'1955 Archivo General de’ Ta Nacléa) Fig. 7.22, El almirante Isaac Rojne desembarcando en el puerto de Buenos Aives, Fig. 7.28 Aspecto de Ja Plava de Mayo en In asaneiin del mando yor el General onan, 28 de setiombre dle 1955 (Archivo General de a NaciOn), Fig. 7.24. EL General Lonard y Bust, Juramento de la Suprema Corte (Archivo Gaieral de la Nac), Fig. 7.25, Reunién do la Junta Consultiva Nacioal preidida por el controalmizante Tease itojan (Archioo General de In Nac) Fig, 7.26. El General Lonrdi con Palacios, Ghildi, Zavala Orta y Petette (Archivo General de a Navin). Fig. 7.27, Lonard con los interventores de Ine General de fe Navin Fig. 7.28, Arambura, Rosas y Frondisi, mensaje postelectoral del 23 de febrero de 1966 (Archivo General dea Naciin) Fig. 7.20, Tenque del Regimiento 8 de Tanques Cazadores, 20 de seticmibre de 1962 (Archivo General dela Nacibn! Fig. 7.30, Policia enstodiando In ontrada de la Casa de Gobierno, Crs militar del 80 de marzo de 1662 (Archivo Geaeral de Ta Nacién) Fig. Tl. H Pere Joan ANIL roth en ousicacia cepetial al presidents Feondls, 1940 (Archivo General de Is Nacion) Fig. 7.92. Frondat en Grecia, 1961 (Archivo General de In Nactén) Fig, 7.33. Manifestacign peroista en presdencia de Frond Fig. 7.34 Frondial camino a Marin Garcia, Fig. 7.35, Pillco haciendo cola para proveere de viveren, Crisis militar (Archivo General de ln Nacién) Fig. 7.36. Propeganda clectoral para Ins eleccionos de 1963 Fig. 7.87. BL presidente Mia y el viceprsidente Perette soma piacipal de Is Cass Roseds el preaideate salente J. M. Guido, 196 (Archive General elt Nast) Fig. 7.38 El presidente Ilia en compaiia del secrtario de. Energia y combustible Dr: Piz el teniente geseral Oagania ¥ el contesalmirante Varcla en 1 Acroparguc tnies de viajar'@ San Hafgel (Archive General de la’ Nacin)| sidades nacioneles (Archivo Insta Ia puerta fe octubre de a 6 oo nz no ya re wa rr 1 15 19 10 POLITICA Y SOCIEDAD 1. ARGENTINA 1943 1. Un sistema politico en disgregacion La restauracién conservadora terminaba, como habia comenzado trece aiios antes, en una interveneién militar, Pero alli concluian las semejan- zas entre el episodio que la habia ahierto y el que la clausuraba. En 1930 la revolucién habia sido el desenlace de una agitacién divigida por vas: tos sectores de nuestra clase politica, eapaces de ganar para sus pun de vista, sino a indiscutibles mayorias del electorado, a una pore muy amplia de éste, y sobre todo de imponer en tono cada vex mas milic lante a una oposicién erecida en niimero, En ese clima la interveneién militar fue discutida, esgrimida como amenaza, anunciada como espe- ranza, meses antes de que se deseneadenara; una vex producida fue vista como la etapa final de un proceso que abareaba sectores mucho mas amplios que los de la oficialidad revolucionaria Nada semejante se da en 1943, Por lo contrario, Ia jornada revolucionaria 1 marcada por la misma atonia politica de las etapas que la prece- dlieron; si a nadie podia sorprender demasiado que el gobierno del doctor astillo ofreciera resistencia sélo nominal, esa pasividad no era sino un aspeeto de la que manifesté en la cireunstancia toda a opinién pibli- ca, s6lo quebrada por la presencia junto a algunos jefes revolucionarios dle dirigentes por otra parte secundarios de tendeneias politieas que iban 13 desde el radicalismo alvearista hasta el nacionalismo filofascista, y que s6lo tenian en comiin, junto con Ia incapacidad de allegar a la nueva sitwacién politica adhesiones que fueran més alla del plano individual, la esperanza de dar orientacién a un movimiento cuyas perplejidades co- menzaron a adivinarse desde que se desencadené sobre un pais tan poco fea OE esti Ta omni appeals Esas perplejidades, que bien pronto se iban a manifestar claratiente, se debian sin duda en bucna medida a Ia heterogeneidad de puntos de vista del cuerpo de oficiales. Pero se vinculaban también con la herencia politica de los trece afios de restauracién conservadora: si son muy evi- dentes las influencias ideolégicas y los ejemplos externos que esta han dando prestigio creciente a las alternativas que desde la derecha se ofrecian a la democracia constitucional con pluralidad de partidos, no son menos evidentes los estimulos que la experiencia elausurada brindaba al avance de esos puntos de vista, mas eapaves que en 1930 de oponerse a Jos que proponian entregar el destino del pais a Ia decisién del sufragio universal. Sin duda, era injusto ver en la restauracién conservadora, mar- cada por un falseamiento sistemético de los resultados electorales, que habia asegurado el gobiemo a los representantes de una minoria politica y social, un ejemplo lo bastante tipico para medir a través de él la eficacia del constitucionalismo pluxipartidista; aun asi, era indudable que todos los partidos politicos efectivamente existentes en 1a Argentina, aun los mas brutalmente desfavorecidos por el sistema, habian terminado por participar en Ia experiencia que se cerraba; las victimas de la Restaura- cién, sin perder su caracter de tales, se habfan transformado a la vez en cémplices —no siempre sélo pasivos —de ella. Esto es particularmente vilido para el radicalismo, que seguia ofreciendo la iinica alternativa constitucional viable a la hegemonia conservadora (tal como lo admi- tian los demas grupos politicos no conservadores, que desde 1936 se orientaban paulatinamente hacia una coalicién cuyo micleo debia ser el reluctante partido radical) Las consecuencias de este proceso, que afectaba tanto al partido de go- bierno como al mas importante entre los de oposicién, no sélo se hacian sentir en el plano moral en que gustaban por entonces ubicarse la mayor parte de los eriticos del sistema, sino que también afectaban la solidez politica de éste, Disminuian desde luego la del partido oficial: forma. do por un conjunto de eorrientes mas heterogéneas que contrastantes (aun Jas diferencias entre conservadores y radieales antipersonalistas no al- canzaban a tocar puntos importantes de politica), la eohesién que aleanz6 —y que en ciertas etapas de Ja restauracién conservadora fue muy cousi- derable— fue fruto sobre todo de las influencias ejercidas por el titular 14 del poder nacional. Ya la sitima etapa de In presideneia de Justo mareé Ja decadencia de un arte politico que en las primeras de su gobierno ha pia aleanzado un virtuosismo comparable con el de las horas més brillan- tes de la experiencia conservadora anterior a 1916. Pero fue sobre todo ‘a partir de 1938 cuando la cohesién del oficialismo fue sometida a pruc~ has cada ver. mis diffeiles de superar. Si la tentativa de retorno a una prictica més sincera del sufragio universal, comenzada por Ortiz, suele dospertar e6lo escaso interés retrosnectivo entre estudiosos que subra- yan no sin justicia la afinidad profunda entre la politica de la coalicién conservadora y Ia de los sectores radicales a Jos que favoreeia particu: larmente la actitud presidencial, es eomprensible aue los dirigentes situa- cionistas, amenazados por ella de ipida pérdida de influencia poli tica, Ia hayan visto con menos ecuanimidad. La desaparicién de Ortiz, y el retorno inmediato @ los usos clectorales que desde 1930 habfan ase- surado la victoria al oficialismo, eliminaron esa causa de tensién dentro lo para reemplazarla por otras que de pronto se hacian de éste, pero mds urgentes. Sin duda la politica de neutralidad frente a la guerra adoptada por el doctor Castillo y su ministro Enrique Ruiz Guifiazii no encontraba opo- sicién seria dentro del oficialismo; durante un par de afios a partir de 1940 parecié Ia mas prudente ante un eonflicto euyo desenlace era aun imprevisible; aun después siguié contando con el apoyo discreto de Gran Bretafia, que seguia siendo ¢] mas importante interlocutor externo de la Argentina conseryadora; slo lentamente, y no sin vacilaciones, eomenzé a través de Ia actitud de algunos dirigentes conservadores ¢1 influjo creciente que gracias a 1a eoyuntura mundial los Estados Unidos estaban ganando también en Ia Argentina, Para consolidar ese influjo la politica norteamericana favorecfa una més plena integracién argentina en el sistema panamericano, voleado a partir de 1942 en favor de las Naciones Unidas que esos dirigentes apoyaban frente a Ia neutralidad previamente recibida sin protestas. ‘a manifesta Esta causa de divergencia era sin embargo menos importante que las que surgian en torno del sentido politico —interno y exterior— de la neutra- lidad argentina. Parecié cada ver més evidente que (por lo menos para el presidente Castillo) la neutralidad era algo més que un recurso ins- pirado por la prudencia; era casi un modo de definieién politico-ideolé: ica, ma negativa a cualquier adhesién a la causa de la democracia liberal en lucha contra el fascismo (y aun, para intérpretes poco benéyo- Jos, la mayor prueba de benevolencia que, en esa coyuntura loeal y mun dial, podia ser ofrecida a este iiltimo). En ese contexto ideoldgico que cambiaba el sentido mismo de la neutralidad argentina, se hizo eada ver 15, por parte de importantes politicos usa de las Naciones Unidas, que dominante en el oficialismo, poco més frecuente la afirmacién solemne, comservadores, de su adhesin a la © parecia corresponder al sentimiento L aareere een el pasado a condenar atin los aspectos mis repulsivos de Ie Bee politica fascista, pero mas inclinado ahora & marear su reproba- von frente a ka tentativa de deshacer por 1a violexicia el oan intern Clonal en el que la Argentina conservadora se habia integrado tan ae hadamente. de tensién dentro del oficialismo, y no hay ‘al Justo —que hasta su muerte He agut una en suern de tens duda de que su utilizacién por el gen aH 6 con su destreza habitual para preparar un nuevo In empl co a a a doarla de moa eficacia, Pero no deben sidencia— contribuy P a eae paren Tas consectencias del particular estilo politica del octor Castillo; entre él y su partido se repetia la oposicién —vieja en rentar aun presidente decidido a dejar de ser fi ‘a y la méquine oficialista que, nv situacién de gran dispensador de favores ¥ © Suse. ‘a eee 10 nada disimulado del presidente, su indife sntina— que ha solido en! pesca inrginal de la vida politic tigos, se er de junio de 1918, Oflei ‘Archivo General de te Fie, 7.1. Revolucién del 4 marcha hacia Ia Casa Rossda 16 renia ante los conflictos que él despertaba entre sus seguidores, Dbuyeron a restar cohesién y fuerza al partido oficial; el doctor | pareefa creer que la adhesién partidaria podia ser reemplazada del ejército (es decir, la del cuerpo de oficiales) y no vacilé en exh como su arma de triunfo frente sus inquietos corteligionarios Deste Ia cima del poder volvia ast a solicitarse, en términos casi exp! tos, el retorno a una més abierta tutela militar sobre la vida politica, Las mis icitaciones comenzaban a surgir de la oposicién, sobre todo de la radical, que ya habia tenido oportunidad sobrada de per- der toda ilusi6n sobre las posibilidades de un retorno al poder negociado con la coalicién conservadora dominante. Puesto que los oficiales radic ales carecen de toda posibilidad de accién revolucionaria, el radicalismo debe buscar en el ejéreito aliados mas hien que adictos; parece aceptar asi el papel que le es asignado en la vasta maniobra emprendida por el general Justo para reeonquistar el poder, y Inego de la muerte de éste no faltan tampoco ditigentes radieales que busean persuadir al general Ramirez, ministro de Guerra de Castillo, de que asuma el papel de res- taurador de la verdad electoral: su premio seria la presidencia de la Repiiblica. Justo se habia identificado por completo con la causa de las Naciones Unidas, y buscaba el apoyo de scetores politieas que iban desde los més liberales dentro del conservadorismo hasta los socialistas; Ramirez, identificado con la neutralidad, sospechoso de simpatias per- sonales por el Eje, representaba soluciones easi totalmente opuestas. Pero si ambos pudieron contar con la adhesién de sectores radicales, ello no se debid tan sélo al oportunismo de un partido ansioso por sacudir Ia pesada hegemonia conservadora, sino también a las pexplejidades cre- cientes que la experiencia argentina y mundial despertaba en el ra- dicalismo. Sin duda, éte habia sido entregado por la presién del orden conservador al predominio del seetor alvearista, que se mantenia identifieado con las posiciones de liberaliemo conservador que habian sido siempre las suyas; sin embargo Ia dureza que la restauracién mostré con un radicalismo asi domesticado —y el clamoroso avanee de la corrupcién en las filas de éste— aceleraron el retorno ofensivo de los grupos de extraceién yrigoyenista que el solo paso del tiempo debia provocar: no eabia duda, en efecto, de que para su vasto electorado el radicalismo se identificaba sobre todo con el recuerdo de su maximo caudillo. Ese comin yrigoye- nnismo no aseguraba sin embargo verdadera cohesién en los sectores anti alvyearistas que en casi todos los distritos hacian ofr ahora su voz disidente, ini, el tacitumno ordeulo de Villa Maria, habia dado al partido no sélo un heredero de dimensiones tt VW mente locales del estilo politico de Yrigoyen, sino también el prestigio derivado de su paso por el gobierno de la provincia, seiialado por una probidad escrupulosa (en esos afios casi anaerénica) y por una excelente capacidad administrativa— hasta los eorrompidos jefes secundarios de Ia maquina radical de la Capital que levantaban contra no menos corrom: pidos y mas afortunados rivales el recuerdo dé Yrigoyen, y hasta los grupos de inspiracidin més ideolégica que en la misma Capital y en la provincia de Buenos Aixes hacian de Yrigoyen el precursor de un popu: Tismo, cuyas efectivas fuentes de inspiracién buscaban (en actitud ecléc: tica que estaba lejos de romper con Jas tradiciones radicales) en sistemas tan remotos entre si como los del comunismo, el fascismo y los movi. mientos de emancipacién de dxeas marginales desde la India y 1a China hasta el Pera. A falta de coincidencias a largo plazo, los grupos antial vearistas tenian en comin la hostilidad a toda coalicién con otras fuerzas politicas y la adhesin a la politica de neutralidad en el conflicto mundial. Pero ni aun el conflicto interno era eapax de brindar vitalidad nueva ‘un radicalismo fntimamente desarticulado por trece afios de margina- lidad resignadamente aceptada, Cualesquiera que fuesen las justifica- ciones pata esa actitud ambas alas radicales coincidian en esperar el fin de esa humillante situacién, no del esfuerzo propio, sino de una de cisién de los arbitros del orden politico argentino, ya los buscaran en los sectores politicamente dominantes 0 en el cuerpo de oficiales, Tanto el gobierno como el nico sector de la oposicién juzgado capaz de ofrecer una alternativa viable, se inclinaban entonees a favorecer una nueva intervencidn del ejército. Todavia impulsaba a ella un sentimiento uy generalizado: el que creia percibir una distancia creciente entre las lites politicas dirigentes y un pais que, en esos trece afios de azarosa defensa de la restauracién, no habia interrumpido su camino, que pare- fa alejarlo progresivamente de un mundillo politico encerrado en las alternativas creadas por el alzamiento de 1930. 2Qué rasgos nuevos lle- vaba ya inscritos, como consecuencia de esas transformaciones, la Ar gentina de 1943? Sin duda los contemporineos de ella hubieran sido menos capaces de indicarlos que los estudiosos actuales, a veces de- masiado seguros de sus anilisis retrospectivos; aun Ia novedad misma de esos rasgos era adivinada mas que advertida, y ello sobre todo a tra: vés de la dificultad ereciente de comunieacién entre el pais y quienes se consideraban no s6lo sus guias, sino también sus intéxpretes. Sélo la experiencia posterior, al revelar hasta dénde podian Hegar las conse- cuencias de ese reciproco aislamiento, permitié ubicar en ciertos secto- res particularmente sensibles de la sociedad y de la economia el niicleo de los cambios que si no estaban creando nevesariamente una Argentina 18. aban destruyendo la twabazn de Ja que habia aleanzado un nueva, si est odigto el medio siglo anterior « 1930. prodigioso erecimiento en 2, Una sociedad que secretamente se transforma Debe extrafiar que esos cambios no fuesen clatamente adyertidos? Pero a snlen politica instantado.en 1930 se habia fijado entre otros objeti os el de sonsolidar el predaminio de los sectores sociales que habian venido controlando 1a economia exportadora: duda la reordenacién veg avisis impuco dentro de esos sectores avo consecuencias que no dejaron de suseitar la encendida protesta de los perjudieados, volcadas Sobre un gobierno dispuesto a avalar diseriminaciones nuevas en el blo- tes homogéneo de los privilegiados; en esa protesta —relativa- ‘tvemadamente ruidosa— encontramos la mds ar- i eontlito entre grupos socioeconémicos que Ta jonoce; otros sectores aun mis duramente gol. ubicados entre los vencidos de 1930, ‘su adverso destino, Es decir que la que ant mente inefieaz, pero ext ticulada expresi6n de etapa de restauracion peados, que se sabian de antemano aceptaron con mayor resignacién 4.4 de junio de 1918 (Archivo General ‘ie la Nacsa). Fic, 7.4. Manifestacioncs populares. Revoluein de 20 ~ yevolucién de esa fecha habia significado una definicién social nol hos que politica, y el orden de ella suxgido habfa contado siempre | Ja fuerza necesaria para mantenerla; de nuevo como en el plano po fico, Ia presencia amenazante de esq fuerza era suficiente para dist de toda tentativa seria de discutir en sus aspectos esenciales el equilibrio social impuesto al pats, Pero Ia crisis y Ia guerra cambiaron los datos fundamentales de la eco- nomfa argentina; Ia politica de la Restauracién dehié adaptarse a ese lima mueyo, y no era demasiado importante que —aun para mas de uno de los que introdujeron las innovaciones que él imponfa— la perspectiva largo plazo ofreciera un ilucorio retorno a Ia normalidad anterior a 1929: de hecho su accién contribuia a alejar cada vex mis al pais de ese paraiso irrevocablemente perdido. ‘Aun para cl mas licido de los politicos que orientaron ese esfuerzo de adaptacién Federico Pinedo— su finalidad principal debia ser la de asegurar la posicién de los productores primarios en la distribucién del ingre-o, para evitar de este modo un colapso de las exportaciones. Pero —como es bien sabide— una consecuencia ineludible de esa politica (0, mis bien, de la situacién econmica mundial que obligaba a adop- tarla) fuc Ja expansi‘n industrial, No fue ésta sin duda Ta tinica causa para Ta: mizraciones internas que ian a caracterizay a la etapa abierta en 1930, que en parte reemplazaban a 1a ahora frenada inmigracién europea, y eran s6lo un aspecto de un proceso de urbanizacién euyo tinico ‘motor no cra por cierto Ia expansién industrial (aun en las cifras pro puestas por Bunge, sisteméticamente orientadas a subrayar la impor- tencia de la industria como fuente de trabajo, si la poblacién ocupada en actividades industriales erece en un 73 % entre 1914 y 1933 y en tn 122.3% entre esa primera fecha y 1940, la ocunada en actividades co- merciales crece en esos lapsos el 73 v el 114,9 %, respectivamente) y ‘que tenfa estimulo adicional en 1a erisis de la economia rural, Aunque éla fue atenunda por medidas de gobierno (que obraban de manera selectiva, stendiendo sobre todo a las produeciones para exportacién y favoreciendo dentro de ellas en especial a los sectores dominantes) en extensas dreas rurales las eonsecuencias de esa politica se hacian sentir muy poco, y era de ellas —y de las urbanas del Interior— de donde provenian los mayores contingentes de migrantes internos Para integrar esa poblacién mueva, que cambiaba no sélo su Iugar de residencia sino también sus modos de vida, y que entre 1936 y 1945 darfa un contingente de cerca de un millén de personas al conglomerado uurbano de Buenos Aires, la organizaetén politica y social vigente contaba 21 icientes. En la jurisdiccién de lo el radical y el con mecanismos elamorosamente insu - Pecorino Jmportantes de nuevos migrantes. Aun asi, esos migrates pa ral Jos partidos politicos predominantes paban fn el sistema de pequefios favores con que las organizaciones conserva- \d mas vasta, y acaso habrian ontribuido a Ia larga a arraigar mas s6lidamente el oficialismo en el mie gracias a la libertad electoral mantenida en el distrito fn el parlamento y el Consejo municipal, tenien muy jar a los migrantes los servicios que les clientelas politicas; el socia~ suzo esos métodos doras buscaban asegurarse una popular Io representaban escasas posibilidades de br hubieran permiti ceinturdn de suburbios populares de la Capital. ido organizarlos en sélidas jarte, se habia vedado desde el com Los sindicatos, que hubieran podido ofrecer un medio complementario 0 racidn, estaban atin peor preparados para ello que las organizaciones politicas: sin eontar eon el favor oficial, sin haber tomado 10 (salvo excepciones que se daban sobre todo en los mas antiguos ¥ por Jo tanto en ramas de actividad donde el influjo de los migrants era escaso) taxeas asistenciales de importancia, limitados « una funcién de lucha que el clima politico obligaba a evar adelante con extrema cautela, librados para ampliar sus filas @ un reclutamiento no le cldusulas de union shop en los contratos \dieatos podian ejercer sélo moderada atraceién sobre evos sectores populares urbanos, que por otra parte no siempre ha- Tisino, por otra p de penetracién en or sectores populares. La coalicién conservadora, que iclinacién y los medios adecuados para realizar esa presentar batalla electoral seria en Ja Ia provineia de Buenos isino contaba con muy escasa gravitacién electoral Tlevado a sus Gltimos extremos el fraude burbanos de la Capital una ica habia consolidado méquinas inti- alternativo de integ contaba con Ta tarea, habia ya renunciado a Capital Federal, Algo distinta era la situacién en Aires, donde el social cervadoriamo habia lar en los distritos sul electoral. En pa de corrupeién politic lladas con la explotacién de la prostitu del fraude, sin embargo, hacia innece- icluir en ellas a contingentes facilitado por la existencia de cl clendestinos; 1a misma existencia, liacidn de esas maquinas para in Fc. 7.5. Revoluciin del 4 de junto de 1918. Manifestaclones de violencia en Ia Plara de le 1943, Quema de Gunibus on Plaza de Mayo (Archi Mayo (Archivo General de la. Ni eneral dies. Neck). Pre, Toh Revelusin del de juni, d Ge 23 ian adquirido en su experiencia anterior (ul revés de lo que ocurria con Jos partidos politicos) ni aun la noticia de que en efecto existian ale organizaciones sind Las posibilidades abiertas por esa situacién, tal como se ha sefialado, no eran demasiado claramente advertidas. El peso del fraude electoral, la presencia de una mayoria anticonservadora de viejo arraigo en la Capital Federal hicieron que también se prestara atencidir escasa a un proceso aun menos espectacular: Ia nacionalizacién de los sectores obreros, que desde fines del siglo xix hasta 1940 habia Tevado de una situacién en que la mayoria de trabajadores extranjeros era abrumadora a otra en que la mayor parte de los trabajadores eran nativos y por lo tanto estaban dotados de franquicia electoral. Esta transformacién del cuerpo electoral, que aproximaba cada vez mis su distribucién ocupacional a la de la poblacién del distrito vespectivo, abria sin embargo también ella toda clase de posibilidades, apenas el equilibrio politico creado por 1a vestau- racién fuese minimamente alterado; mientras tanto el cambio en la com- posicién de los sectores obreros, aportado por el solo paso del tiempo y Ja sueesiOn de las generaciones, no sélo hacia sentir en pleno su peso en el padrén electoral, sino —en términos mas generales— integraba mejor a los trabajadores en el cuerpo nacional. Ello puede explicar en parte el relativo vigor que (pese al adverso clima politico y también eco- némico) mostré la organizacién sindical sobre todo en los afios finales de Ia restauracién conservadora. Sin duda esa organizacién enfrentaba las ‘mismas duras disyuntivas que las fuerzas politicas de arraigo popular, y —si a menudo podia vérsela al lado de ellas, en las estériles jornadas de protesta contra la politica de la Restauracién— més de tm dirigente obrero habia comenzado a sacar las conclusiones que esa esterilidad misma su- geria, buscando abrir cl didlogo con quienes tenian efectivamente el poder, ya para obtener ventajas para sus representados, ya —como supo- nian quienes no vefan sin alarma ese desarrollo— con finalidades més politicas y menos impersonales. Esos primeros signos de la presencia de dirigemtes obreros dispuestos a jugar el juego politico segin las reglas fijadas por la Restauracién no eran en si demasiado importantes, pese a la virtuosa indignacién que lograban provocar en otros dirigentes més apegados a los antiguos usos. No lo eran sobre todo porque la voluntad de insertarse en Jos mecanismos del aparato politico, aun a nivel modesto, tno encontraba eco alguno en quienes dominaban ese aparato; aun ast actitud nueva era también ella un anticipo de rumbos futuros. Por dehajo de las tensiones sociales inmediatamente visibles —que, eo- imo se ha visto, en el clima de la restauracién conservadora surgian sobre todo a partir de reajustes internos en los sectores dominantes— otras yy tensiones potenciales iban siendo preparadas por los cambios sociales y feeonmicos que siguieron a la crisis de 19295 en particular la industeia- Tizacidn estaba ereando un terreno nuevo para algunas de ellas. gLas viel: situdes del sector eampesino no acentuaban también ellas otras tensiones, Gispuestas a manifestarse apenas se debilitara la pesada tutela que sobre fl orden rural impuso la Restauracién? Aqui seria preciso dar una ree- puesta localmente diferenciads. Estaban desde luego las zonas de agricul- tradicional del Interior, mal defendidas por la politica econémica al contra las consecuencias de Ia crisis, que ofrecieron contingentes importantes « Jas corrientes de migracién interna, Estaban Ios oasis de agricultura subtzopical y tropical del norte, viejos y nuevos, para los tnales por lo contrario se habfan elaborado a menudo politicas de regu- Jacién; i los grupos sociales vineulados con esas explotaciones mostraban yariaciones locales muy importantes, se encontraban aqui los més tipicos ejemplos de agriculture de plantacién, eon masas de peones atados por deudas y por el terror a Ta violencia administrativa; con peones tempo- rarios cuyas peregrinaciones se daban en condiciones de extrema miseria ya veees eran impuestas mediante la fuerza por quienes real 0 supues- tamente los habian contratado, Estas situaciones, que numéricamente po- dian no afectara grupos demasiado considerables de trabajadores, estaban sin embargo muy presentes en la opinién publica alertada por la litera- tura, el periodismo y aun el cine nacional. Acaso més significativa para ese tipo de agricultura era la hegemonia de los comereializadores sobre Jos productores, que se daba alli donde la tierra se eneontraba més di dida y contrarrestaba en buena parte las consecuencias sociales de esa di- in (asi en algunas zonas amtcareras de Tucumsn, yerhateras de Mi- siones, algodoneras del Chaco....). Ese predominio, que adquiere aqui rasgos extremos, no hace por otra parte sino acentuar un rasgo también presente en los oasis agricolas del Interior templado (vifiedos de Cuyo, vifiedos y frutales en Rio Negro) donde se busearfa en vano paralelo a la dura explotacién de la masa de peones que se practica en el norte. Fse predominio de los comercializadores est también muy presente en nicleo mismo de la Argentina agricola, en la zona del cereal, y se ria aqui en un complejo juego de relaciones sociales sobre el cual incide tanto la crisis como las medidas que para enfrentarla elabora la restauracién. Al lado de la relacién entre productores y comereializadores ce decisiva la que se da entre propietarios y eultivadores; el arrenda- ‘miento sigue siendo el régimen dominante, salvo en algunos rincones de a pampa cerealera, y hace més complicado el panorama la gravitacién ereviente de un sector de arrendatarios grandes y medianos que practica el subarrendamiento, que en algunas areas (sin duda restringidas) Mega a ser é| también predominante. La vietoria de conservadores y radicales 25 filoconservadores par futuro muy oseuro para los aren: datarios; el poder politico, nunca perdido del todo por los sectores terra~ tenientes, se encontraba ahora més firmemente que nunea en sus manos y en efecto en los primeros afios que siguen a 1930 los desalojos de arrendatarios « los que la crisis no permite cumplir con los términos de su contrato se hacen en exceso frecuentes. Sin embargo, el balance de la época conservadora no es —desde la perspectiva de los cultivadores fen tierra ajena— tan desfavorable como habria podido temerse. Esto ‘ocurre porque la crisis los ha colocado ya al borde de la imposibilidad de continuar produciendo; estando asi las cosas, es interés esencial de los sectores terratenientes —y de los dirigentes de la economia nacio- nal, que muy justamente consideran tarea de primera urgencia mantener los saldos exportables— impedir que ese deterioro se agrave. Para ello Ja restauracién no recurrixa (como ya se habia hecho en 1912, bajo el impacto de otra crisis) a transformar los términos de ls relacién entre cultivadores y tervatenientes; intervendrd con una energia y un espiritu de sistema antes desconocidos en la comercializacién, fijando precios de sostén y asegurando asi que el ingreso de los eultivadores de cereales no bajar a niveles que los obliguen a retiratse del mercado. Sin duda, su condicién de comes beneficiarios de In politica de precios no crea por el momento ninguna solidaridad entre terratenientes y arrendatarios; estos tiltimos aprecian poco el heneficio sélo negativo que el sistema les proporeiona y sienten muy vivamente —en Ia situacién de penuria en que « pesar de todo se encuentran— Ia presién de los duefios de Ia tie- rra, que no se rebusan a paliar las consecuencias que para ellos ha traido Ja crisis buscando transferirlas a los cultivadores. Y por otra parte el hambre de tierras (de tierras propias, pero —en zonas de poblacién més densa— aun de tierras para cultivar bajo eualquicr régimen) se traduce en un antagonismo que s6lo espera el estimulo de un orden politico menos celosamente defensor del statu quo para revelar su hondura. Aun asi, afio tas afio, la fijacién de los precios de sostén provoca Ia ocasional unani- midad de la zona cerealera; de este modo se anticipa, pese a las oposi- ciones que vienen de atras y que la restauracién acentia, una solidari lad que abarca a toda la Argentina del cereal y la opone al pais urbano al que la industrializacién esti dando peso ereciente; también en este punto los cambios aportados por la restauracién anticipan el futuro, Menos facil es encontrar huellas de esos cambios en el mareo social en que se desenvuelve In ganaderia del drea pampeana, salvo en los ya evor eados conflictos internos al sector dominante. Para los peones de Ta ‘estancia ganadera el tiempo no pasa; més que las necesidades de la eco- nomfa ganadera (las de mano de obra son aqui numéricamente reducidas, tuna legislacién social que la hiciera més costosa no afectaria entonces 26 gzavemente las condiciones econémicas de la explotacién) es el areaismo politico y cultural que domina el drea el que explica esta estabilidad de un sistema de peonaje rural que, si ha desconocido desde su origen los duros perfiles del que predomina en el notte, ofrece de todos modos ga- rantias juridicas muy limitadas a los trabajadores. ¢Hay aqui también una linea de larvado antagonismo dispuesta a aflorar apenas las cireuns tancias politicas se hagan propicias? Pocos se atreverian en 1943 a afix- ‘matlo; la disciplina de las peonadas tuteladas por stis patrones se hace sentir de modo demasiado constante en la vida politica, aun en las cit iancias mas adversas, para que esa transformacién parezca probable, De este modo, pese a que la estricta disciplina impuesta por la Restau- racién les quité relevancia inmediata, las tensiones sociales heredadas estaban lejos de haber desaparecido, y a ellas se sumaban las que Ja adap- tacién a Ja nueva coyuntura econémica iba provocando. De ellas la que iba a revelar mayor importancia estratégica en las luchas politicas de la etapa que se avecinaba era Ia agudizada por la urbanizacién y la indus- trializacién; de alli que la visién apocaliptica de una Argentina trans: formada hasta sus raices por las multitudes que desde los rincones mis arcaicos del pais acudian a poner silencioso sitio a la Capital (ya fuera visto el proceso negativamente como un “aluvién zooldgico”, ya positi yamente como el retorno @ una linea verndcula que medio siglo de cre- cimiemto hacia fuera y masiva ivmigracién europa habjan soterrado pero no eliminado) haya tenido tanta aceptacién entre quienes vivieron ¢} proceso, antes de encontrarla acaso demasiado plena entre sus estu diosos. Ya la matizada herencia social de la Restauracién permite espe- rar un desarrollo mas complejo y, en efecto, las transformaciones que la Argentina va a sufrir una vez. clausurada Ja etapa conservadora no exelu- yen elementos de continuidad que esa imagen demasiado simple no toma suficientemente en cuenta, 27 2. UNA REVOLUCION QUE BUSCA SU RUMBO E14 de junio de 1943, cuando la coalicién gobernante debia proclamar la fétmula presidencial encahezada por el doctor Patrén Costas. que con tanto esfuerzo el doctor Castillo habia impuesto a sus discolos corre- ligionarios, estallé finalmente la muy anuneiada revolucién militar; una proclama evocaba Ia hondura de la crisis institueional y subrayaba sus aspectos éticos; era en vambio mucho menos precisa para anunciur los remedios que el movimiento preveia para ella, ;Retorno a la préctica honrada del sufragio universal o eliminacisn del sistema representative? Eran ésas de nuevo —como en 1930— las alternativas que ¢l movimiento enfrentaba, y su vaguedad frente a ellas no se debia tan sélo al d de no enajenarse, con una prematura franqueza, posibles apoyos; pro- venia de la perplejidad tanto como de la duplicidad de los dixigentes de la jornada, No era ese el tinico punto en que la perplejidad reinaba; sin duda entre los oficiales que apoyaban a la revolucién Ios més cran apasionadamente adictos a la polftica de neutralidad (y reprochaban sobre todo al presidente Castillo haber ungido a un candidato pre: sidencial decidido a abandonarla). Pero, eomo se iba a ver bien pron to, estaban también hondamente preocupados por el ascenso del Bra: que pese a estar gobernado por un preside insensible al ejemplo fascista, desde fines de 1940 se habia alineado de: cididamente sobre la politica de los Estados Unidos y hacia de esa alianza el punto de partida para su ascenso a la hegemonia sudamericana. 28 Muy comprensiblemente, el avance de Ia nacién que nuestro ejéreito suele considerar encmiga tradicional de la Argentina provocaba en el cuerpo de oficiales actitudes fntimamente contradictorias: voluntad, por una parte, de evitar un acereamiento con los Estados Unidos, que hab arbitrado en la vieja puja por Ia hegemonia en favor de nuestro tradi- cional adversario, y también tentacién reprimida pero nunca totalmente climinada de imitar a ese adversario en una politica que tan rendidora le estaba resultando. Para vencer esa tentacién nuestros oficiales encon- traban estimulo, por una parte, en Ia ilusién largamente mantenida sobre la invencibilidad de las potencias fascistas: por otra, en la desconfianza nueva que provocaba la inclusion de a Unién Soviética como socio de pleno derecho de la alianza antifascista; el anticomunismo segufa siendo —iha a seguir siendo por mucho tiempo— el elemento mas estable de la cambiante visién del mundo de nuestros militares. Una proclama secreta —y acaso apéerifa, pero bien pronto tan difun dida como la piblica— mostrabe_ muy claramente ese trasfondo del movimiento revolucionario; ella Jo declaraba el punto de partida de una lucha por la hegcmonia en Latinoamérica, que slo podria coneluir en victoria si un régimen autoritario imponia decididamente a las 1 sacrificios cuyo peso, segiin se sabia de antemano, no seria espontinea: mente aceptado; el ejemplo de las potencias faseistas, que no s6lo ha- ian superado las consecuencias de la crisis econémiea sino también Io- grado, gracias « su nueva disciplina politiea, um vertiginoso ascenso al poder mundial, era alli explicitamente evocado para justifiear esa pro puesta venovacién politica eas Para sectores enteros de la opinién piiblica, esa proclama secreta daba una versién més sincera aue Ia piblica de los proyectos de los ditieentes revolucionarios. No faltaban, en efecto, motivos para creerlo asf; ella era supuestamente expresién de una organizacién clandestina —el GoU— que, al calor del ange neutralista, habia Hegado a dominar al cuerpo *® ofi- ciales. Peto bien pronto los nuevos gobernantes demostraron advertir muy bien que las vacaciones impnestas a la demoeracia representativa no los eximian de la necesidad de buscar apoyos entre sus gobernados; en esas ‘condiciones Jos avances del autoritarismo no podian ser acompaniados por los de la proyectada austeridad, Si el nuevo gobierno no se probibid Tan- zar sobre todo el pais una ola de moralizaeién administrativa y pri (que no estuvo libre de modalidades ridiculas, nada quiso menos que s& ficar el bienestar popular a sus ambiciones de hezemonia sudamericana por lo contrario, bien pronto se dieron los primeros pasos por el camino que menos de dos afios después de esa austera invocacién del sacri colectivo Hevaria al presidente Farrell a oponer a las cuatro lihertades de 29 Jas Naciones Unidas las tres tibertades argentinas; a saber, la de comer, a de beber y In de divertirse. .. Como notaba una norteamericana euyos ‘modestos ingrcsos le permitieron conocer por propia experiencia las pers: pectivas de Ja pequefta clase media de Buenos Aires, “las autoridades mi- litares desarrollaon una téeniea muy efectiva para tener tranquilo al piiblico; pocas veces el ‘hombre comiin’ encontré tanta solicitud para su bolsillo. A veces, yo misma desarrollé sentimientos afectuosos hacia la dictadura militar, especialmente cuando el dueiio de casa vino a verme para decirme que mi alquiler habia bajado el 15 por ciento”. Bsos expedientes destinados a ganar rapida popularidad no configuraban sin embargo una politica, y durante meses el gobierno parecié no tener inguma, Tres dias después de la revolueién el general Rawson, al que ia habia hecho presidente provisional, debia dejar ese cargo: la elec- cién de dos ministros demasiado cercanos a Ia causa del Eje habia provocado cierto e2edndalo en el pais y en los Estados Unidos, euya be nevolencia el gobierno provisional no habia remmeiado aiin a ganar. Lo reemplaz6 el general Ramirez, que como ministro de Guerra hasta el 4 de junio habia asegurado al cou posiciones dominantes en el ejército y contaba con el apoyo de esa influyente y ya apenas secrets asociacién, El gobierno de Ramirez enfventé las mismas alternativas que el de Cas- tillo, y frente a ellas se mostré por el momento dispuesto a perseverar en la politica de neutzalidad. Esto le confirmé la adhesién de la pr cionalista y neutralista, que tras haber prodigado sus elogios al gobier de Castillo no era 1a menos severa en la expresién de su condena moral contra ese régimen de corrupcién que el movimiento mititar habia rele- gado al pasado, Sin duda, en es0s primeros meses de régimen militar, Ios partidos politicos ro se mostraban tamnoco dispuestos a tomar la inicia- tiva de un distanciamionto que de todos modos parecia cada vee m inevitable. Pero, también para ellos, la piedra de toque para juzear al nuevo gobierno estaba en st politica exterior: a esa altura en el des arrollo del conflicto mundial, ninguna fraceién de los partidos tradi- cionales (excepto Ia intransizencia radical) estaba dispuesta & acompa- fiar activamente la de neutralidad, Era ésta definitiva? El ministro de Relaciones Exteriores sugeria en todos los tonos que no; el presidente, de modo mas prudente y privado, parece haber dado a la diplomacia de Estados Unidos promesas precisas de ruptura con el Eje. El 14 de agosto, sin embargo, era entregada al secretario de Estado, Hull, una carta en que el canciller argentino expli caba por qué la ruptura era imposible y pedia de los Estados Unidos tun gesto amistoso consistente en el urgente envio de armamentos mo- 30 dernos para rehacer ei equilibrio militar sudamericano. Bl 30 de agosto una despiadada respuesta de Hull negaba esos auxilios; una ve publi- cada la singular correspondencis, su iniciador debi6 renunciar, después de omar sobre si toda la responsabilidad del episodio (Ramfrez, que ha- bia participado en le redaccién de Ia carta de su caneiller Storni, que- daba entonees en libertad de desvincularse de las que Hamaba “expre- siones confidenciales de un funcionario”) Asi el pais aparecia confirmado en la politica de neutralidads el presi- dente (limitado en su libertad de movimientos porque el apoyo de la cli- que de oficiales neutralistas, que lo habfa instalado en el gobierno, se- guia siéndole indispensable) no dejaba de advertir sin embargo que esa politica iba haciéndose insostenible; tras formular algunos vagos pro- nunciamientos acerea de las hellezas de un régimen de libertad, parece haber ineitado a un grupo de politicos, intelectuales y jefes sindicales a solicitarle pablicamente definicién més precisa mediante un manifiesto en que esas figuras adherfan a la democracia representativa y una poli- tica de solidaridad americana. La reaccién oficial y oficiosa a esta ini- itiva {ue en extremo violenta; a juicio del gobierno los firmantes an gentes que no querian resignarse “a expiar en silencio su falta de caltad para con el pais”. El 16 de octubre eran destituidos todos los fun- cionarios incluidos en el grupo, entre ellos no pocos profesores univer sitarios, De este modo el intento, tibiamente apoyado desde la mas alta magistratura, de suscitar en el gobierno una definicién en favor de la liberalizacién intevior y el alineamiento internacional junto eon las Na- ciones Unidas acercaba ese gobierno a la solucién opuesta. ‘A partir de este episodio Ia estrella de Ramirez comenzé visiblemente a palidecer; por encima del presidente eran los coroneles del ou, que espe- raban encontrar instrumento més décil en el general Farrell, Hevado al ministerio de Guerra y a la vieepresidencia de la Repibliea, los que ha- cian sentit cada vez més su influjo. Entre ellos sobresalfan sobre todo el coronel Ramirez, jefe de la policia federal, el coronel Gonzilez, je- fe de prensa, y el coronel Juan Domingo Perén, titular desde fines de octubre de la recién creada secretaria de Trabajo y Previsién, y por afiadidura subseeretario de Guerra. A mediados de noviembre, una en: trevista concedida al Mercurio de Santiago mostraba a Perén como el poder detris del trono, a la vez que lo colocaba entre los defensores del mantenimiento estricto de la politiea de neutralidad. La trayectoria an- \orior de Perén Jo mostraba menos alejado que sus compafieros del cou de las experiencias politicas llevadas adelante en la Argentina de la res- tauracién, Revolucionario de 1930, no habia formado entre los adictos al general Uriburu, sino entre los que, bajo la direccién del general Sa- 31 robe, empujaron el retorno a la normalidad del que iba @ sex beneficiario el general Justo. Bajo el gobierno de éste, y antes de tomar a su cargo misiones en el extranjero que lo Hevaron a Chile y luego a Ja Italia fas cista de 1939.41, Perdn fue seeretario del ministro de Guerra y mantuvo en caréictor de tal estrechos contactos parlamentarios, Sin duda, esas ex periencias no le habian dejado ninguna nostalgia de la etapa clausurada por Ia revolucién de junio ni de las instituciones representativas, pero le proporcionaron por lo menos una experiencia que le permitia tener de ellas (y de sus propias posibilidades politicas dentro del marco que ellas proporcionaban) una imagen més sobria y matizada que la del comin de sus camaradas. Aeaso se relacione con ello su discreta oposicién a la disolucidn de los partidos politicos, dispuesta el iltimo dia del afio 1943. Cuando esta medida se tomé, ya el gobierno habfa avanzado mucho en In instauracién de un régimen autoritario. Habia aplicado con més ener: xia el heredado estado de sitio, no s6lo multiplieando las prisiones de reales o supuestos comunistas, sino utilizéndolas como medio de aligerar presiones sindicales; como en 1930, a la ola de deteneiones correspondia el auge creciente de la tortura... Por otra parte se tomaban medidas tales como la disolueién o intervencién de asoriaciones (las de adi a las Naciones Unidas solian correr el primer destino, las sindicales el segundo), la censura de prensa y radio y la transformacién de esta Gl- tima en vehiculo de una literatura inspirada, earaeterizada por su estilo altisonante y su extrema confusién de ideas, atribuida por algunos al i de 1945 (Archivo General de 32. deseo del gobiemmo de mantener alguna ambigiiedad en cuanto a sus pro- pésilos, y por otros a una muy sincera perplejidad por parte de adictos al nuevo orden mundial que sélo hallaban posibilidad de proclamar sus fervorosas conviceiones cuando ese orden entraba en su temprana agonia La disolucién de los partidos politicos (acompafiada por la introduecién de Ia ensefianza de la religién catéliea en las escuelas piiblicas) yenia centonces a anticipar li linea politica que ibu a ser dominante a Io largo de 1944, cuando ya habia perdido su dimensién internacional, al romper la Argentina sus relaciones con el Eje en febrero de 1944, luego de que los servicios de las Naciones Unidas descubrieran que funeionarios del Mi- nisterio de Relaciones Exteriores argentino formaban en las filas de or- ganismos rivales alemanes. Pese a que la ruptura fue resultado de una Uecisién colectiva, en Ia que participaron las figuras mis representati- vas del cfreulo de coroneles neutralistas, Ia reaccién entre los sectores adietos a la neutralidad —que fue muy intensa— fue utilizada por ese cixeulo para librarse del ya molesto Ramirez; una solicitud dudosa- mente espontinea de éste permitié reemplazarlo por Farrell, primero intorina y luego (marzo) definitivamente. Ya para entonces era evidente jas Naciones Unidas estaban decididas a aprovechar el nuevo cam- bio de titular del poder para retirar su reconocimiento del régimen mi- lita argentino. El afio 1944 transcurri6 entonces en medio de una severa cusrentena diplomética; ni los paises del Eje ni la mayor parte de sus enemigos mantenian ya relaciones eon Buenos Aires. Ello anulé las posibilidades que para un cambio de rumbo taia consigo Ja ruptura con Berlin, Por lo contrario, la linea autoritaria fue mante nida y acentuada, y celebré ostentosamente su victoria en una exposi- ccién que conmemoraba el primer aniversario de Ja revolucién de j io de un despliegue escenogrifico evocador del que las ci tancias estaban poniendo fuera de moda en Europa; no faltaban tam- poco alli Tas maximas que unian al influjo de un Nietzsche algo de- leriorado por el excesivo uso, otros mucho més tradicionales, que se manifestaban por ejemplo en la alternativa proouesta a las muchachas argentinas, cuyos dos términos eran la maternidad y el convento. Mo- vido por esta doble inspiracién el gobierno hacia una guerra cada vex is activa contra Tas ideas que uno de sus més entusiastas servidores doclaraba bebidas en las aguas cenagosas del Sena; en suma, contra toda Ia tradicién liberal que —pese a las laboriosas tentativas de inven- lar retvospectivamente otras— es la tinica que ha conocido la Argentina independiente (y que en muy poco se opone —contra lo que quieren otras fantasias simétrieas— al vigorozo autoritarismo vernéculo). Fue esa compleja inspiracién la que guié la politica revolucionaria en el 33 campo de la ensefianza, desde la universitaria hasta la elemental; en la primera se sueedieron los més deseoncertantes renovadores-restauradores, & menudo no menos ignorantes de las tradiciones que se proponian im plantar que de las que combatian (uno de I del nuevo régimen en la Universidad demostré egnfundir a Santo Tomas de Aquino, cuyo exaltado panegirico tejia, con el desconfiado apéstol cuyo nombre Hlevaha}; en la segunda el doctor José Ignacio Olmedo ma- tiz6 sus declaraciones de principios, de las que tampoco fue avaro, con tuna tarea depuradora que afecté a algunos eentenares de maestros, des- tituidos porque sus ideas o su origen no eran del agrado del sefior inter ventor. més autorizados voceros El avanee de la corriente autoritaria corvespondia por otra parte al aumento del influjo de Perdn, que Inezo de sus veleidades de disiden- cia parecia dispuesto a utilizar al miximo el retomno ofensivo de los coroneles neutrali mediados de febrero encabezaba al pelotén de oficiales que expulsaba del edificio del ministerio al canciller al que ahora se hacia responsable de la ruptura con el Eje; el 26 de ese mes era ministro de Guerra: en marzo la disolucién del Gov, en cuyo seno la superioridad jerarquiea de los generales le habia impedido enf tarlos abiertamente, hizo que como jefe del grupo menos instituciona- Jizado pero més homoséneo de los coroneles, quedara cada vez més re- sueltamente duefio del campo: en julio ocupaba la vicepresidencia, y ya para entonces muchos reemplazos en Tos altos mandos colocaban a. sus adietos, ascendidos oportunamente al generalato, en situacién de contro- lar el equilibrio interno del ejéreito. eotaba la Iinea politica dominante, y por lo contrarie pa- se restichamente con ella, Perén se reservaba a la vex tun campo en el que Hevaria adelante su propia politica: era el obrero y sindical. Sin duda esa polftiea encontraba estimulo tanto en la tendeneia a husear adhesiones otorgando ventajas concretas que habia mostrado desde sus eomienzos el gobierno militar, evanto en los aspectos genéri- camente anticapitalistas de la propaganda fascista, que no dejaron de tener eco entre los coroneles argentinos (pero —en chanto a esto Perdn demostré desde el princinio sélo moderado interés en las luchas contra los monopolios de comercializacién y servicios pablicos, y aun mis escaso empefio en el desenmascaramiento de sus actividades corrupto- ras, que a menudo estaban lejos de ser imaginarias; en la politica social vio un medio de ganar amigos mis bien que adversatios, y con ese cri- terio la orient6). Sin duda, Tas eixeunstancias contribuyeron a facilitar an éxito: la revolucién de 1943 encontré a la Confederacién General del Trahajo dividida en dos fracciones; mientras Ta Hamada niimero 2, que Mh Pero, sino contaba con los sindicatos mis politizados (Ios de obediencia comunista y la mayoria entre los socialistas) era victima favorita de la perseeucién oficial, la Hamada niimero 1, cuyo sindicato mas influyente era la U oviaria, comenzé por contar con mayor libertad. Desde octubre, Per iba a inaugurar una politica mis matizada, buscando adhesiones sin to mar en cuenta Ia trayectoria anterior de quienes se le acercaban; ese extremo realismo tuvo su manifestacién acaso més clamorosa cuando, ante una demasiado vigorosa huelga de los obreros de frigorfficos, su dirigente, el comunista Peter, fue traido desde la carcel de Nenquén en ayién del ejército y logré volear a la asamblea del gremio en favor de la vuelta al trabajo. Con todo, el episodio es poco representativo de las relaciones mas usuales entre In Secretaria de Trabajo y Previsién y los dirigentes de extraccién comunista, y aun en este caso el solicitado con- curso de Peter fue utilizado luego para socavar su prestigio en el gremio, mostréndolo incurso en blandura frente a la parte patronal, y favorecer asi a grupos disidentes, antes cercanos al socialismo, que se mostrab dispuestos a organizar un sindieato rival para hacer desde él la politica del seeretario de Trabajo. No fue este el tinico caso, por cierto, en q éste usé como elemento de negociacién Ia libertad o la prisién de di xgentes sindicales; esa desprejuiciada eleccién de recursos no hasta sin embargo para explicar que haya legado a contar tan prontamente con adhesiones tan numerosas entre ellos. Eran éstas —eomo propone una versién candnica, que ha encontrado Inego amplio erédito—~ la conseeuencia de la presién de una nueva masa en rapido proceso de sindicalizacién sobre dirigentes que no osaban nora sus inclinaciones? No parece demasiado evidente: la reorientacién de las bases sindicales (dejado de lado el problema de la parte que en ella tuvieron Ios reclutas mas recientes de sus organizaciones) no fue previa sino posterior a la aparicién de un grupo de dirigentes de antiguo anvaigo dispnestos a colaborar con el nuevo seretario de Trabajo. Seis meses después de su instalacién en la Secretaria, Perén podia exhibit, en ocasién de un discurso de 12 de mayo, un sélo discreto séquito obre ro, pero uno mucho mas impresionante de Iideres sindicales... ¢Cual era la causa de ese éxito? En cuanto a los dirigentes, por lo menos wna de las razones se vincula con la experieneia acumulads durante la Restaura cién, y Ia evidente insuficiencia de las oriemtaciones que frente a ella les hahian dado los movimientos politicos con los cuales se vinculaban, En particular el socialismo (que habia renunciado —aun como fic- ¢idn— a toda vocacién revolucionaria, pero no @ mantener un org oso aislamiento frente a los partidos que habia juzgade burgueses y «los que ahora condenaba sobre todo por su carencia de programa 35 definido y su hajo nivel de moral politica) imponia a los jefes sindieales de su osientacién una disciplina politica tan rigurosa como estéril, qu ni aun era premiada con avances en la jerarquia del propio partido, siem- pre desconfiado de figuras que podrian eventualmente contar con bases propias y quebrar el dominio hasta entonees conservado por el grupo fundador, s6lo dispuesto a ampliarse por cooptacién, No es casual que hayan sido dirigentes socialistas de sindieatos ya poderosos antes de 1943 (de Empleados de Comercio, de Empleados del Estado, de Prensa) los que primero se exhibieron en los actos organizados en la nueva secre- tarfaz no es verosimil que entre los afiliados de esos sindicatos de clase media hayan abundado los migrantes internos, que como un salvaje viento —harbarizador © purifieador— estarfan cambiando la orienta- ign del sistema sindieal argentino. Pero no sélo para los dirigentes de extraceién sovialista la tentacién de participar en la redistribucién del poder politico que Ia revolucién de junio habia abierto era muy intensa; Tos formados en la escuela de un sindiealismo en el cual la bandera del apoliticismo habia ido perdiendo desde hacia dévadas sus connotaciones revolueionarias y habia permi- tido abundantes contactos informales con gobiernos interesados en con- tar con la lenevolencia sindical, no habrian de encontrar motivo para no perseverar en esa actitud abierta al encontrar frente a si a un gobierno mas receptivo que cualquiera en el pasado, y que por cierto no exhibia en su trato con dirigentes obreros Ja misma intolerancia ideolégica de que hacia gala en otros campos. i para los dirigentes sindicales la aproximacién al nuevo centro de de cisién politiea que era la Secretaria de Trahajo implicaba una reorien- tacién menos doloresa de lo que gustaban suponer tanto los diriges tes politicos que los habfan crefdo indefinidamente sometidos a st tutela, como los sectores de clase media que vefan en el aparato sindical tun seguro y poco exigente apoyo para sus propias ambiciones de demo- exatizacién politica, Ios obreros —sindicalizados 0 no— tampoco ten- rian que vencer una dura resistencia imterior para identifiearse con la politica de la nueva secretaria. E} autoritarismo, en cuanto dejaba am- plios mirgenes a la arbitariedad y Ia brutalidad, podia no ser de su agrado; aun asi, es preciso tomar en cuenta que sus rasgos negativos eran menos navedosos para los sectores obreros que para los que —desde otros niveles sociales— luchaban ahora més activamente por objetivos polit cos o de cualquier orden, Aun el gobierno de Yrigoyen el mas popular que habia conocido el pais— habia intervenido en represiones sangrien- tas de movimientos obreros, y ni aun esa barrera de sangre impidié que 36 las relaciones entre ese gobierno y las organizaciones sindicales cono- civran luego etapas de notable cordialidad. La revolueién de 1930 hal inaugurado un periodo de persccuciones indiscriminadas, atcnuadas luego pero nunea totalmente interrumpidas, en las que aleanzé su pa- roxisino la hostilidad de prineipio del poder politico hacia toda forma de militaneia obrera. A todo eso habia tenido que acostumbrarse el mo- vimiento sindical: ineapaz de quebrar el orden politico vigente, debia conquistar dentro del marco que él le brindaba, y cuidando cada vez mis eserupulosamente de no mostrar hacia él ninguna hostilidad abierta, vie- torias siempre modesias y preearias. Cuando ese dispensador de tantos males que era el Estado parecié mostrar de pronto un rostro més hené yolo nada tenia de extrafio que las prevenciones se atenuaran répidamen. te, Esa benevolencia se tradujo por otra parte en medidas muy eoneretas: el mecanismo de negociacién de eonvenios colectivos adquiris mayor efec: tividad; las normas sobre despidos aseguraron indemnizaciones por el ‘momento muy considerables; en los convenios comenzaron a introducirse clusulas sobre vacaciones pagadas; la ampliacién del sistema jubila torio ineluyé en él a empleados y obreros de industria y comercio. Todas innovaciones eran presentadas como aspectos de una demasiado tar dia reparacién que el pais debia a sus clases trabajadoras, que eran invitadas a verse a si mismas como una parte de pleno derecho del cuerpo nacional. Sin duda —por lo menos al principio— toda no- cin de antagonismos de clase era enérgicamente deseartada de la. pro: paganda oficial; a medida que el antagonismo se haefa presente en los hechos, esa propaganda dehia recogerlo, y supo hacerlo en for: ma ideolégicamente poco coherente pero extremadamente sugestiva pa sus destinatarios. Utilizando un témino tradicional en nuestra. po litica (el de oligarquia, primero favorito del radicalismo, muy uti- lizaclo a comienzos del siglo xx por el diario La Prensa, empleado 4 partir de 1930 por todas las oposiciones al régimen restaurado) se buseaba dar de los adversarios que 1a nueva politica social encontraba ent su camino una earacterizacién menos social que politica y aun ideo- ligica. Pero los destinatarios de esa propaganda tendian a identificar a la oligarquia eon los sectores altos en su conjunto, y a asignar dentro de ella un lugar muy importante al empresariado industrial, que en los hechos estaba sélo parcialmente integrado en ella, pero que aparee' como el principal antagonista para In clase obrera en ascenso, De este modo la nueva tendencia aparecia para sus beneficiarios como tun distribueionismo que, sin poner en tela de juicio la estructura de ela ses, se proponia mejorar la parte que tocaba a la trabajadora en la re- particién del ingreso, La apelacién a una empresa nacional comin, ca- paz de cancelar las oposiciones de clase, que en las tentativas mas 37 elaboradas de dotar de una ideologia al naciente movimiento politico tiene lugar primordial, no figuré por cierto del mismo modo entre los motivos coneretos de adhesién a él; el movimiento de unanimidad nacio: nal que debia cumplir la hazafia de ineluir en sus filas a una clase obvera hasta entonces poco dispuesta a identificarse con movimientos politicos policlasistas, se disponia a resolyerse en un movimiento a la vez muy poco revolucionario y muy sélidamente envaizado en una perspectiva de clase. ;Por qué era asi? Puede decirse que esto se debia en parte a la gravitacién eonservada por la tradieién socialdemécrata que era la mas poderosa en el movimiento obrero, y que pese al personalismo bien pronto adoptado por el nuevo movimiento (que lo aleja en este aspecto de ella) sigue gravitando fuertemente en In imagen que ese movimiento se hace de la sociedad en que incide y de su conereta funeién dentro de ella: tal como confess melaneslicamente el doctor Repetto, la de la clase obrera por el peronismo fue facilitada por una tradi via en que la lucha de clases era vista como combate por avances limi- tados en el ingreso y otras ventajas marginales. Pero si las tradieiones del movimiento obrero tuvieron sobre el pero- nismo una influencia a Ja ver easi clandestina y determinante, ello se de- 16 a que el esfuerzo exitoso de captacién de ese sector social no fue acompafiado por otros igualmente afortunados sobre otros. Sin duda, el fayorecimiento de los obreros industriales no debia, por lo menos pura teoria, provoear antagonismos en los sectores terratenientes. Sin embargo estos antagonismos surgieron con gran fuerza, y por razones ‘muy comprensibles. En primer Iugar, existia ya en la Argentina una conciencia —atin vaga— de la contraposicién de intereses entre sectores, rurales y urhanos; ésta, que a largo plazo serfa decisiva, no podia ser sin embargo determinante en perspectiva corta. Mas influyente era el cerrado conservadorismo de esos sectores terratenientes, vivamente alarmados ante cualquier transformacién del equilibrio social, aunque no los afectase di- rectamente, Pero el hecho decisive fue que el gobierno militar no respeté por entero el predoniinio del sector tervateniente sobre la econom‘a y la sociedad de la Argentina rural, El estatuto del peén no sélo obligé a casi duplicar los salarios de los peones rurales; introdujo —por lo menos en teoria— la influencia de la Secretaria de Trabajo y de la sindicalizacién (que en los hechos nunca iba a aleanzar vigor) en ese sector de trabaja dores hasta entonces incluidos en un sistema de relaciones sociales extre- madamente areaico, El estatuto del peén desmentia sobre todo la orgu- Hosa pretension de nuestros tervatenientes de ser dueiios en su propia casa, La reforma de las normas sobre arrendamientos fue mas alla, al afectar progresivamente sus intereses econémicos, congelando el monto del canon pagado por la tierra, en une etapa de ininterrumpida inflacién 38 No més afortunado estuvo el gobierno militar con la vasta clase media Por cierto sectores enteros de ella (sobre todo de la baja) fueron gat dos por las muy eoneretas ventajas que el nuevo trato social también les ofrecfa: sin embargo, aun para esos sectores, Ia adhesin al. inci piente movimiento peronista no se daba sin desgarramientos y conflictos interiores, debidos en parte al tono extremadamente popular que el sé- quito peronista estaba ya mostrando, en parte a los elementos politica © ideoldgicamente chocantes que el peronismo arrastraba consigo desde su origen a partir de un movimiento militar autoritario y filofaseista. Si —como lo iban a revelar Ios resultados clectorales— una parte im- portante de la clase media iba a dar su apoyo al peronismo, ese apoyo era menos militante que la oposieién de una fraccién més numerosa de ese sector social, y tampoco era casual que se expresara sobre todo en un voto cuyo caracter secreto estaba garantizado por la ley: si no habia desde luego ningtin riesgo en manifestar adhesin a un movimiento po- litico sungido y erecido con apoyo del gobierno, para buena parte de la aun la peronista— habia en ello algo de ver- ia a una tradicién constituciona- clase media argentina gonwoso, en cuanto implicaba la renui lista con la que la mayor parte de esa clase media se sentia hondamente identifieada, y —de manera aun més evidente— una suerte de traicién frente al enemigo de clase, que (a medida que el peronismo, en st poli- tica y més atin en su propaganda, se hacfa expresién en los seetores po: pulaves) tendia a busearse en éstos més bien que en los altos. Pero esa resistencia de las clases medias a confluir en el movimiento peronista era todavia acentuada por la coyuntura misma en cuyo marco el pero: nismo estaba surgiendo dentro del sistema politico argentino: la revolu- cin de junio, enalquiera que fuese su desenlace, habia comenzado por deshacer reeonstruccién posible— los mecanismos politicos que habian dado durante trece afios Ia hegemonia a sectores conservadores minoritarios; la frase de Perén —destinada a ser infinitamente repeti- da por su aparato de propaganda— segin la cual con la revolucién la cra del fraude habia terminado era, més bien que una promesa, la eom- probacién de un hecho irreversible. Pero, estando asi las cosas, nada era nas conveniente—desde la perspectiva de las clases medias argentinas— que un congelamiento de las constelaciones politicas formadas en Ia eta: pa ya superada; en ella, en efecto, las oposiciones habian encontrado un terreno comin en la aspiracién al pleno rézimen constitucional, 0 sea a Je entrega de la conduccién politica a partidos de clase media. Tos hechos posteriores a junio de 1943 parecian abrir un eamino para lograrlo: sin duda el réaimen militar pensaba por el momento muy poco en restauraciones constitucionales, pero eso estaba lejos de ser una des veniaja para sus adversarios. ya que la répida evolucién de la coyun- 39 ura internacional estaba haciendo eada vez més inactual el marco en que los coroneles argentinos habian buseado inseribir 1a construceién de un Estado autoritario, votado a la conquista de la hegemonia sudame- ricana, Cuanto més perseverara el gohierno militar en ese sueiio ya ana crénico, peor preparado estarfa para la hors inevitable de la normaliza cin institucional, que podria asi traducirse ei el triunfo de los que durante mas de diez afios habian puesto sitio demasiado pacifico a In restanrada fortaleza conservadora. Aun la disolucin de los partidos po- Titicos parecia favorecer involuntariamente las posibilidades de esa clase media; en lugar de la maquina radical, que ponia a una clientela exeesivamente plebeya al servicio de dirigentes a veces reclutados en los sectores més arcaieos de nuestras clases allas tradicionales, en gar de ese partido de clase media con el cual nuestras clases medins nunca lograron identifiearse plenamente, enfrentaban ahora al gobierno organizaciones que eran expresién més directa de ellas, desde los colegios profesionales nacionales y provinciales hasta asociaciones culturales y centros de comerciantes de pequefias ciudades provineianas, enyos con- flictos con los prepotentes agentes locales del nuevo orden recibian una difusién periodistica que solia incitarlos a actitudes eada vez mis altivas. Sin duda, a medida que se perfilaba eon mayor nitider la politica so del nuevo régimen, esa resistencia surgida en los seetores medios encon- 16 reclutas eada vez mas entusiastas en otros mas altos: en 1944, en la hora en que el péndulo politico se inelinaba mas decididamente hacia la derecha, el celo de una policfa Janzada a la caza de rojos Tev6 a la cap- tura del doctor Antonio Santamarina, veterano dirigente conservador de la provincia de Buenos Aires, de pasado ortodoxamente oligérquico y fraudulento, que, encontrando en ello un recurso de buena guerra, bus: caba hostigar al gobierno otorgando apoyo financiero y politico a la propaganda del vrohibido Partido Comunista. Esa actitud individual presagiaba otras colectivas: Jas organizaciones de hacendados y empre- sarios bien pronto iban a bajar, envueltas en su ambiguo prestigio que las hacia més temidas que respetadas, a la liza politica, incorporéndose a esa lucha por la plena temocratizacién politica que en el pasado las habia dejado por lo menos indiferentes. Esos reclutas inesperados parecian animar més bien que inquietar los que se consideraban seguros hene- ficiarios del proceso: In siibita conversion de los que habian propo! nado Ta base politica y social nara la restauracién conservadora parecta revelar que también para ellos esa etapa estaba clausurada, y que se tra- taba ahora de adecuarse a la nueva coyuntura mundial reiniciando la experiencia democrética hrutalmente interrumpida en 1930, ‘on de ual del anstero 40 Con la victoria aparentemente al aleance de su mano, la oposi clase media no podia ver sin célera la mutacién por la —_— antoritarismo militar comenzaba a surgit un inesperado Iitico, destinado a arrebatarle ese apoyo popular que habia consid hiasta entonces totalmente seguro; la restauracién del sufragio universal podia entonces no signifiear su propio ascenso a la hegemonia politica No es extraiio que Ia intolerancia hacia el heredero politico de 1x revo- lucién de junio no haya disminuido con el abandono progresivo por parte de éste de las posiciones iniciales del movimiento; por lo contrario, cuanto menos ortodoxamente fascista se mostraba, mas arreciaban las protestas contra su faseismo, que hacia impensable reconocerle un lugar legitimo en el marco de la futura restauracién democriitiea ‘Tal como Tos hechos iban a revelar bien pronto, las esperanzas que por tin momento animaron a buena parte de nuestras clases medias eran demasiado exaltadas; su optimismo algo ciego naefa en parte del rusco cambio del panorama mundial; las derrotas alemanas, que por cierto no Gseaseavon a partir de 1943, desmentian puntualmente las moralejas pro: puestas por los admiradores locales del nuevo orden a partir de sus ante- Fores triunfos: esa Argentina clericalfascista, earnavalesca y truculenta pesadilla de un momento, parceia desvanecerse espontaneamente, conde- frada, ands que por los golpes de sus adversarios, por el dictamen de la his toria universal. La conviceién de representar la marcha misma del proce- so histérico, que comenz6 por dar algo de su imprudente arrogancia a los Adversatios de la tradieién liberal argentina, pasaba ahora a sus adic toss jurto con ella iba ln seguridad de que el destino nacional se estaba ilecidiendo a orillas del Volga. :Qué camino hallaria el frente victorioso fn el conflicto mundial para dar su signo a la solucién de Ja crisis foliticn argentina? He aqui una pregunta nunea explieitamente.plan- teada por quienes con tanta eonfianza se disponian, en 1944 y 1945, a tivarday una estrieta intransizencia frente al gobierno militar, a Ia espera ‘Je convertirse en los beneficiarios de su inevitable derrumbe. Esta im- plicita confianza venia en parte de que los nuevos dirigentes a los que la disolucién de los partidos (unida a Ia extrema prudeneia de algunos dle los jefes de éstos) habia dejado en primera fila no tenian experiencia politica concreta: nor lo eontrario més de uno de los dirigentes tradi holes mantavo desde muy pronto reservas sobre el desenlace del proceso, Si no por otra cosa por lo que su experiencia Te ensefiaba sobre los ins- trumettos de triunfo con que puede contar en la Argentina cualquier thierno, si esti dispuesto a usarlos. De este modo la biisqueda de apoyos en el cuerpo social Ievaba a éxitos mas amplios de lo esperado en un sector, y fracasaba sustancialmente en otros; Ia clase obrera, en la que se veta al comienzo un bloque euya lidad era preciso vencer, incorporéndola a un alineamiento més a vasto, cortia riesgo de transformarse en el nico apoyo homogéneo para una solucién politica heredera de la revolucién de iis, ¢Ne late en ello algo de alarmante para un cuerpo de oficiales cuyos sentimientos socialmente conservadores, aunque matizados por motivos antiimperia Tistas recogidos a yeves de la propaganda fascista, no podian ser igno. rados? No lo habia también para una Iglesia dispuesta a transformarse en columna del régimen, y que en el pasado no habia visto sin recelo el surgimiento de tendencias socialeristianas, sin embargo moderadisimas, en su propio seno? {Cémo esa politica social, que bien pronto fue olvidan. do las justifieaciones que In presentaban como alternativa al aumento de la peligrosa discordia social, y se disponfa por lo contrario a atizar esa dliscordia, politicamente rendidora, pudo contar eon el apoyo de quienes se consideraban guardianes de un orden social definido con criterios piesa conservadores? Para entenderlo es preciso recordar dos Grdenes de situaciones, el primer ance muy amplio, el seq a primero de aleance muy amplio, el segundo Para nuestros fautores del orden, la victoria de las Naciones Inidas, la que les resultaba cada vex mas difiel dudas, signfieaba, es as aumento de poder de la Rusia comunista, y por lo tanto una actualiza- cidn de esa amenaze bolchevique en cuya gravedad para la Argentina hebian ered draie dos derenios con un fe que Ios hecho —o me jor, la ausencia de ellos— nunca lograron hacer vacilar, Para iglesi que habia dedizado tenaces y Tani eee ae ee Protestante, la presencia de Gran Bretafa y sobre todo de Estados Uni dos en el bando vencedor estaba lejos de 2 vista zie aan para el cuerpo de oficiales, objeto predilecto de la propaganda alemana, el creciente filosovietismo que ahora exhibia lu americana parecfa con. firmar Tas anticipaciones de aquélla sobre la alianza inevitable de las plutocracias y el comismo, destinada a abrir paso al triunfo del se. gundo. Pese @ que muy poco en su experiencia més inmediata parecta sugeritlo, para estos grupos la urgeneia de oponer una alternativa al seciente prestigio del comunismo era cada ver mayor, y la gravedad de los tiempos impedia mantener ciertas delicadezas en la eleccién de Jos instrumentos politicos adecuados para ello: la mas odiosa de las denen podia ser preferible a un sincero programa de subversién Al lado de esta perspectiva abierta por el desenlace ya cercano del con- flicto mundial, que —como se ve— no dejé de influir en sector algun del espectro politico y social argentino, habfa otras mas limitadas pero acaso igualmente determinantes: esas fuerzas del orden se habian iden. tifieado demasiado con el experimento comenzado en junio de 1943 a2 como para poder abandonarto sin dafio. Lu sobria elegancia con que seotores enteros de nuestra clase politica conservadora, y mas de una figura dirigente de nuestra economia, habian dejado atrés algunos lus- tros de coqucteos con el fascismo para asumir el papel de severos fiscales de Ja democraeia resultabs dificil de imitar bajo la mirada implace ble de los no pocos adversarios ganados durante las garrulas tentativas de construir una version local del nuevo orden faseista a partir de 1043. A esa dificultad se agregaban otras igualmente comprensibles. ‘Aun la Iglesia, tradicionalmente diseiplinada hajo el gobierno de sus ‘obispos, estaba ahora atravesada de disidencias, que iban a ser resuel- tas, junto con otras més clamorosas, por el curso general de la crisis politica; del desenlace de ésta dependia que esos prelados que tan cerca se habian eolocado del régimen militar, y habfan obtenido de él ven tajas profusamente agradecidas, Iueran considerados eclesiasticos do- minados por un legitimo celo pastoral 0 —tal como denunciaban cada ‘vez mis piblicamente algunos de sus discolos fieles— sacerdotes exce- sivamente mundanos, dispuestos a identificar a la Tglesia con causas temporales acaso atin més discutibles que las opuestas. Para el euerpo de oficiales —y sobre todo para sus figuras mis influ. centes— la perspectiva de un derrumbe del régimen militar se pres faba atin més alarmante. Depurado varias veces, y en dos oportunidades recientes en profundidad, cada una de esas operaciones (conducida con ciiterio shiertamente politico) habia dejado su tendal de victimas; esos oficiales postergados en el ascenso o prematuramente retirados no espe- raban sino un nuevo cambio de la coyuntura politica para aleanzar una rehabilitacién que cualquier gobierno surgido no como heredero sino rio del militar debia favorecer necesariamente. He aqui como adv tuna de las razones mas decisivas de la solidaridad del ejéreito con sus exeaciones politicas (mantenida pese a las decepciones que éstas suelen proporcionarle), de su hostilidad a todas las restauraciones, de su ten- dencia —tan frecuente en las horas de crisis— a preferir la fuga hacia adelante... En este caso esa tendencia, basada en un sensato criterio de autoconservacién, asegurabs un prejuicio favorable para cualquier solucidn politica surgida como continuadora del régimen militar, y una extrema tolerancia para juzgar sus orientaciones concretas, En su con- dicién de militar, el covonel Perén estaba en situacién inmejorable para utilizar esta actitud; sus camaradas se resistian a ver en el brillante ficial en que tantos de ellos habfan depositado toda su confiauza a tun peligroso adversario del orden social; acaso no equivocadamente, has- ta sus més enconados adversarios se limitaban a reprocharle —aunque ‘a menudo con extrema dureza— una cierta falta de eserdpulos en la tleccién de los medios adecuados para su encumbramiento, y una alar- 43 mante-habitidad-para-transformar ta empresa culectiva destinada a vo: locar al pais durante una larga etapa bajo Ia tutela militar en una aven- tura politica estrictamente individual. El surgimiento del peronisino a partir del régimen de junio no se da siibitamente; a lo largo de 1944, mientras le Secretaria de ‘Trabajo y Previsin ocupa todavia un lugar marginal en la atencién eolectiva, la mezcla de fascismo, autoritarismo militar y elericalismo seguia dando el tono general de la conduecidn politica argentina. Pero el aislamiento diplomatico y el derrumbe de los admirados modelos europeos invita- ban a desconfiar del futuro reservado al milenio inaugurado el 4 de junio; ello hizo que —pese a una represién sin duda muy alejada de la usual en la Alemania nazi, con la que gustaban de compararla sus vie Himas, pero més intensa que la que durante la restauracién couservadora se habia revelado suficiente para quebrar los énimos levantiseos de to- das las oposiciones— las expresiones de hostilidad al gobierno se hicie- ran cada vez mis abiertas; en agosto In liberacién de Paris fue 1 para una demostracién particularmente impresionante, en que los mani tantes se contaron en la Capital por centenares de miles. La atonia politica parecia torar a su fin, las muchedumbres largamente ausentes (Ia iltima ‘ocasién en que se las habia visto en parecido mimero en las calles habia sido brindada por la muerte de Yrigoyen, doce afios antes) volvian a ha- cer sentir sur peso en el desarrollo de la crisis. Desapareceria asi uno de los aspectos del clima creado por la Restauracién, y entre los formados en 41 no eran muchos los que pareeian deplorarlo; Ja lucidex con que el na- 'a Marcelo Sanchez Sorondo iba a sefialar, en el reemplazo de las ahora afioradas “discusiones en el Agora” por eoléricos coros multitud narios, gustosos sobre todo de aullar consignas, el signo de un cambio de Jos tiempos y también una suerte de marea en el muro, no fue por cierto demasiado compartida: la Argentina de la Restauraci6n, desde el se- gundo plano en que las eircunstancias la habfan ubicado y que le resul- taba particularmente cémodo, pareefa tan confiada en el futuro como esa clase media que se habia lanzado a una creciemte militancia. Es ese un dato esencial para entender el complejo proceso que va a darse; a Io largo de todo él la oposicién esta firmemente segura de su popula. ridad, y el gobierno lo est cada ver menos de ella. Al mismo tiempo, sus posibilidades se restringen progresivamente: debe | ahora emprender en la humildad el camino que antes se habfa rchusado altivamente a seguir; le es urgente salir del aislamiento diplomatico, | incorporarse de cualquier manera a las victoriosas Naciones Unidas, An- ticipindose en pocas semanas al derrumbe de Alemania, Argentina le declara la guerra; logra asi abrirse camino hacia los futuros organismos 44. internacionales, al precio de avatar con su explicito apoyo el xeordena- na panamericano enearado por Estados Unidos como ra; en lo interior la salida cons miento del sist , parte de su preparacién para la posg Tita te aetomial eensp caer oe it Tecnseyae war tae coroneles encuentran a estas novedades escasamente gratas, y no encaran sin reticencias el indispensable exmbio de rumbo, el coronel Pern se revela por lo contrario dispuesto a seguir participando eon su anterior cntusiasmo en un juego politico hondamente transformado: a comiewzos de 1945 apoya enérgicamente (y logra imponer a un gabinete poco decidido) Ja normalizacién de la vida universitaria, perturbada. por Ta intervencién; al mismo tiempo prodiga sus atenciones a los represen- tantes de los partidos politicos antes vilipendiados, y declara —mostran- do dotes proféticas no mejores que las de los demés actores en el proces que en la Argentina no hay lugar sino para conservadores y radicales es ya notorio que busea negociar alternativa —y a ratos simulténea: ‘mente— con dirigentes de ambas colectividades politicas, y por un ins. tante confia en que el sector intransigente del radicalismo (o por lo menos sus fracciones mis importantes) se decidiré a brindarle abiesto speyo, ake ne. 7.7.18 de oar de 198, Melons tent al Cloke Mar (rei Gene : ieee de la Nacién) 45 Pero ningtin partido se decide tomar ese camino; la herencia del po: der militar que él le oftece esti demasiado cargada de cletentos ne; vos; la transicién hacia un régimen constitucional amenaza no ser facil para quienes Ia recojan piblicamente. Por otra parte esos partidos con- trolan muy mal a una parte (la més ruidosa) de sus simpatizantes y aiin peor a esos sectores de la opinién piblica cuya militancia, aunque genéricamente democritica, no se identifica con ninguna tradie tidaria. Ese pitblico nuevo y exigente se prepara a juzgar oon impla- cable dureza cualquier desfallecimiento de los dirigentes politicos en su oposicién al régimen militar (de hecho les reprocha ya haberla man- tenido demasiado tibia). Bien pronto la vestauracién de la. autonomia universitaria ofrece un nuevo medio de expresién al movimiento que —imitando también en esto el modelo europeo— se lama a st mismo Ja Resistencia; si en Ja Universidad de Buenos Aires una apresurada coalicién en cuya organizacién interviene activamente el doctor José Aree (veterano ditigente conservador y caudillo universitario con cuyo consejo el gobierno ha contado para la normalizacién de la Universidad) logra evitar el triunfo de la candidatura de combate del doctor Bernardo Houssay, el més ilustre de los eesantes de octubre de 1943 (que por otra parte ya habfan sido repuestos en sus eargos), el doctor Rivarola, al que esa coalicién lleva al rectorado, debe sumarse a la corriente que domina en las universidades y les impone actitudes cada ver mas mili- tantes: eon consejo interuniversitario, que retine a todos los rectores y al presidente de Ja Federacién Universitaria Argentina, organiza tareas de agitacién y propaganda y solicita del gobierno militar que entregue el poder al presidente de la Corte Suprema de Justicia; la universidad de Buenos Aires, por su parte, impone un juramento de lealtad a la Cons: titueién que no equivocadamente es interpretado como un compromiso de adhesién a la Resistencia; separa a algunos docemtes que han prestado colaboracién activa a la concluida intervencién... De una manera inesperada, la normalizacién de las relaciones exteriores e también ella a Ja Resistencia un rechuta de excepcién: es el em- lor de los Estados Unidos, Spruille Braden, quien expresa con rudo vigor su hostilidad al régimen militar, en el que —por medio de tran parentes analogias histéricas— denuneia una prolongacién del fascismo europeo. El afio 1945 avanza, y mientras Ia Resistencia se hace ofr de mo do cada vez mis atronador, el gobierno parece no tener plan para enfren- tarla; parece quedarle abierto tan sélo un breve calvario de erecientes humillaciones antes de Ia ruina final. Los partidos politicos —ineluido el comunista, que se ha transformado, gracias a la solidaridad de la Resistencia. en interlocutor totalmente respetable de nuestros partidos tradicionales, entre los euales su predileceién se dirige de modo inequi- 46 vyoco al conservador— vuelven ahora & actuar libremente, pero el breve fansje por la clandestividad parece haber dado a esas colectividades Politica® algo fatigndas una axrogancia del todo nueva. Fl gobietno sigue }nscando romper el bloque hostil de los partidos; logra reclatar a un dinigente radical de segunda fila, y lo instala en el Ministerio del Inte- riot, pero ese irrisorio éxito parece confirmar el fracaso sustancial de jn toutativa. Sin duda no se ignora que, a niveles més modestos, éta Jogra éxitos mas considerables: una nueva camada de interventores en las srovincias, menos interesada en difundir el mensaje del nuevo orden, asea contactos con figuras localmente influyentes de los partidos tra- dicionales; entre ellos el doctor Juan Atilio Bramuglia, un antiguo aboga dlo de sindicatos, de extracein socialista, parece hacer obra particulay- ‘nente efiear en Ta provincia de Buenos Aires. Pero no sélo en ella mien- tras los mas entre los dirigentes radieales, seguros del futuro politico ‘le su partido, se muestran poco receptivos, los eonservadores, acos- tumbrados a Tos blandos eneantos del favor oficial y temerosos de ver desapreer, ante las nuevas alteratvns que se aecngn am propia cntelas politicas, se revelan mas dispuestos @ aproximarse al frente Seas Sere En algunos distritos puede hablarse ya de un dlecrumbe casi total de la miquina conservadora, acelerado por el tono dle aspera condena que la resistencia civil y el radiealismo mantienen on el partido que gobemns dorante 1a Restauracidn. Los deeididos es Tuerzos de los comunistas para hacer aceptar a los partidos eonservadores como interlocutores de pleno derecho en el frente opositor no lograron veneer esas resistencias obstinadas y por otra parte estos esfuerzos eran thsi mismos un signo de la vertiginoss decadencia a la que la pérdida del per hab Tava al onservadorismo: en menos de dow afr, fate ha ganado el patrocinio del pequefio grupo politico al que habia Grrojado en 1936 a la ilegalidad, no tiene ya el de Ios sélidos intereses den decenio sean identfend eon el orden conser tos politicos que durante mas i se disponen ahora a unir su destino a movin re nto con garantias seguras de adhesién al orden mayorias clectorales que cl conscrvadoris- vador y ee din aque parecen ofrecer Social, ewe araigo en sdidas mo habia sido ineapaz de ganar. Can eos nuevos alias, con Ta seguridad —razonable © wo— de dis ner como antes del apoyo de los sectores populares urbanos, a los que sential ogee a saad agentes del gobiemo en las provineias no podia aleanzar, la opasicién veda ver sin excesiva alarma lus tentativas de tos, cuyo sentido rest tind despestivamente un clocuente vocero radial, Ricardo Rojas, al sos tener que el gobierno estaba buseando fundar un pavtide como se funda tina agencia de colocaciones... En setiembre (Iuego de nuevas escara- a7 pale (Aen Ghai fae muzasen los dias en que termina 1a guerra en Europa y Asia, en los que el gobierno de una Argentina nominalmente vietoriosa juzga pru- dente prohibir toda muestra de piblico regocijo) Ia Resistencia hace desfilar sus pacificos batallones; es la gigantesca Marcha de la Cons titueién y de la Libertad, en la que de nuevo centenares de miles de portefios se reiinen para afirmar su decisién de seguir uchando hasta Ja victoria total; en un intento vano pero significativo, el gobierno ha buscado frustrar la marcha patrocinando una huelga de transportes; los dirigentes opositores se sienten halagados de que pese a Ia huelga las mu- chedumbres no hayan estado ausentes en la jornada; no parece preocu- pparlos el hecho de que la huelga misma, cuyo sentido politico era inocul- table, haya contado con adhesiones tan vastas. A partir de ahora los, hechos se preeipitan: el embajador Braden se aleja del pais que ha asis. tido a su insistente prédica democratica para proseguir su cruzada libertadora desde el exaltado cargo de secretario adjunto de Asuntos Lati- noamericanos; el gobierno por su parte parece dispuesto finalmente a reaccionar ante la cada vez. mas fuerte presién opositora; vuelve el estado de sitio y las universidades son tomadas por la policia, que detiene a algunos miles de estudiantes encerrados en ellas, Pero en esa hora critica el apoyo militar se hace menos seguro; el patro cinio que Perén otorga a un eandidato a la Dixeceién de Correos favore- cido por el influjo de Eva Duarte, hace aun més irritante el papel de esta ailtima, cuya presencia en los mas altos sitiales en solemnes actos oficiales, implacablemente subrayada por los grandes diarios, constituye otra muestra del largo camino recorrido desde la fecha tan cereana en que la revolucién oftecfa a la mujer argentina la alternativa de la materni- dad y el eonvento. Presa de sibita célera moralizadora, un sector del enerpo de oficiales logra imponer Ia renuneia de Perén; el general Avalos, jefe de la guarnicién de Campo de Mayo, busca una salida politica mediante la aproximacién al sector-intransigente del radicalis- mo, euyo jefe, el doctor Amadeo Sabattini, mantiene su cauto silencio ante las diseretas solicitaciones militares. Pero Avalos no cuenta con plena libertad de movimientoss 1a Resistencia no esta dispuesta a dejarse arrebatar los frutos de lo que juzga su victoria por un grupo de politicos profesionales traidos del fondo de las provincias; los intereses econémi- ‘cos que estén cada vez més sélidamente detras de la Resistencia tampoco ven sin alarma la perspectiva de una alianza entre el sector que parece haber aleanzado el predominio dentro del ejéxeito y 1a fraccién que les es menos fayorable dentro del radicalismo; ese s6lido bloque de las clases media y alta (en que las tradiciones politicas de la primera y las direc. tivas econémicas de Ia segunda Iograrian finalmente fundirse en ese movimiento conservador adecuado al clima politico creado por el sufra: 49, ‘gio universal, que habia faltado hasta entonces ew ta Argentina) corvia peligro de frustrarse en el instante mismo en que su victoria se sentia cercana, Y por otra parte los adictos a Peron —desde el presidente Fa- rel] hasta muchos funcionarios ubicados en lugares decisivos— seguian gravitando en el gobierno: el 12 de octubre una reducida pero selecta Concurreneia que solicitaba frente al Circulo Militar la entrega del go- bierno a la Corte Suprema de Justicia fue baleada por la policia, que los oficiales hostiles a Perén no se habjan cuidado de colocar bajo su contrel. Lo limitado de su victoria Levé a los dirigentes del movimiento de resis tencia a aceptar por lo menos técitamente el mantenimiento de Farrell en la presidencia, con un gabinete nominalmente apolitico, y de hecho adicto a la anterior oposicién, de cuya integracién fue encargado el doc- tor Juan Alvarez, procurador general de la Nacién. El doctor Alvarez, encaré esa tarea con una inesperada flema, que mostraba hasta qué punto el admirable escrutador de nuestra pasada historia politica ignoraba las exigencias de la accidn politica; mientras sus esfuerzos se orientaban a Jn lenta elaboracién de un gabinete abrumadoramente conservador, Ia crisis proseguia subterrdueamente. Perén habia sido detenido en una isla del Delta, donde habia sido sorprendido en compaiia de “la mujer Duarte”, como la Hamaban ahora los ensoberbecidos grandes diarios; de alli habja sido levado a la isla de Martin Gareia, bajo la custodia de una marina sélidamente hostil; el mismo 12 de octubre en que 1a manifes- tacién antiperonista dejaba sus vietimas frente al Cireulo Militar, no faltaron patronos industriales, que —eonsiderando clausurado el epi sodio peronista— declararon que no pagarian el salario de ese dia feriado; estaban dispuestos « ignorar serenamente la existencia de la nueva legislacién social... Cineo dias después el vacio de poder era enado nuevamente por Perén; volvia de su breve desgracia a causa de la gravitacién de una fuerza nueva que habia cambiado el equilibrio poli tieo y social argentino; sélo con su apariciGn venia a caduear el que se habia manifestado en la larga impasse de la Restauracién. 3. LA ARGENTINA PERONISTA EL 17 de octubre la Confederacién General del Trabajo dispuso una huclga general, dificultosamente impuesta por el sector de dirigentes mas adictos al secretario de ‘Trabajo (los mas abiertamente hostiles a éste ha- bian ya retirado a sus sindicatos de la organizacién). Esa orden habia sido sat ada en algunos puntos del pais con movimientos locales en apoyo jel prisionero de Martin Garcia, particularmemte eficaces en Tucumé Ahora eran el einturén industrial de Buenos Aires y el distito de frigo, a cercano a La Plata los protagonistas de la jornada: a lo largo del dia una muchedumbre obrera comenzé a yolearse en los accesos meridio- nales de Buenos Aires, y avanz6 pacificamente hacia el centro de la ciudad, sin encontrar resistencia, ni de parte de la policia, que por lo contrario le brindé abierto apoyo, ni de los miicleos de resistentes, que permanecieron en total pasividad. Al mismo tiempo tna gestion de ofi- ciales adictos a Perén lograba obtener del presidente Farrell la orden de traslado del prisionero al Hospital Militar; Iuego de largas discu- siones entre los jefes militares, el presidente fue autorizado a liberar a Penn y constituir un gabinete distinto del que finalmente habia integrado F ee Alvarez. La buena nueva fue comunicada a la multitnd adicta lesde los balcones de la Casa Rosada; los discursos de Farrell y Perén constituyeron la inauguracién de Ia campaia electoral que iba a ser Ia ‘iltima etapa de la revolucién de junio. 51 Baste desentace dlesoon 2 #t6-por muchas razones ¢ le oposicisn. En primer término por la aparieién en escena de un sector dispuesto a dar apoyo decidido a Ja tambaleante causa representada por el gobierno militar; en segundo lugar por Ia extraccién de ese sector, reclutado en esas clases Populares en las que le oposicién hahia encontrado por mis de diez afios su. mas segura clientela politica. Sin duda, antes que admitir que sus perspectivas, tan seguras en apariencia, habian quedado sibitamente comprometidas, Ia oposicién se dedieé a negar toda importancia a lo ceurrido: para ello invocaba no s6lo hechos ciertos pero menos deeicivos de lo que gustaba de imaginar (como lo era el apoyo oficial que el mno- vimiento del 17 habia encontrado) sino también interpretaciones total- mente fantasiosas, como la propuesta por los partidos de vocacién obrera que contaba en su seno, para los cuales se habia asistido tan sélo a wma tormenta sin futuro, debida a Ta agitacién eiega y turbia del Lumpenpro- {etariat. Por lo contrario, la jornada habia contribuido a dividir al pais politico segzin lineas de clase, y por no advertir la intensidad del cambio y los riesgos que para ella implicaba la oposicién iba a ahondarlo aun més con sus sucesivas actitudes Al mismo tiempo el retorno al clima electoral imponfa al frente opositor tina transformactén para la cual no todos sus integrantes estahan pre- Fe 7.9.17 de ortbne do 1985, Conenac , lo 145, Connecti pope en Plana de Mayo cn adhesin coronel Perén (Archivo General de la Naciin) : 52 parados: Jos partidos eontaban ahora més que en Ja etapa dejada atris, y a ello se sumaha la gravitacién cada vez més abierta de los organis mos representatives de intereses: a Unién Industrial, mas ain que la Sociedad Rural, ocupaba la primera trinchera en la lucha por la de- mocracia: este acceso al papel protagénico era a sa modo un nuevo signo de que el conflicto politico se estaba transformando en lucha so- cial. El gobierno se encargé por su parte de faciliter la transicién: a fines de afio impuso uertes aumentos salariales y el pago obligatorio del aguinaldo (mes adicional de sueldo), las organizaciones patronales res- pondieron con un undnime Tock-out que fue considerado también un eficaz instrumento de propaganda opositora. Las oposiciones, en efecto (salvo en este punto el Partido Comunista) condenahan enérgicamente las generosidades oficiales con el sector asalariado, en las que denunciaban una segura causa de inflacién; de este modo se precipitahan a ocupar el Ingar en que sus adversarios esperaban verlas ubicadas. A la vex el plazo electoral cereano (as elecciones debian efectuarse el 24 de febrero) obligaba a In oposicién a decisiones rapidas y no siem- pre faciles. En el radicalismo, niicleo necesario de cualquier frente opo- sitor, seguia muy viva la tendencia adversa a toda politica de coalicién; el apoyo de los sectores alvearistas a la Unién Democratica no hacia sino agudizar Ia hostilidad a ella de sus adversarios internos. Los partidos menores ubicados a la izquierda del radicalismo (el socialista, el comu- nista, e] deméerata progresista) estaban ganados de antemano a la poli tica de coalicién, pero su poderio electoral eva limitado, y aportaban a cualquier frente opositor la hostilidad decidida de la jerarquia eclesias- tica, El conservadorivmo planteaba un problema delicado: dispuesto a integrarse en la unién onositora, controlaba mal a dirizentes locales que a memido se aproximaban de modo abierto al oficialismo, y enfren- taba ademés la hostilidad implacable del radicalismo, que veté su ingreso ex le Unisn Democratica, Esta, por otra parte, no se tha a concertar sino para Ia eleccién presidencial, y aun en ella al servicio de una formula exclusivamente radical (era ese el precio de la dificil aceptacién del pacto intexpartidario por el radicalizmo). En las elecciones de legisla- dores y en las provinciales la propuesta comunista de formar listas tini- cas fue en casi todas partes rechazada por decisién del radicalismo, apo- yada en ete caso por el socialismo, seguro de su mayoria en la Capital ¥ poco dispuesto a compartir los frutos de su hinotética victoria, Ante el fracaso de la tfctiea por él propuesta, el partido Comunista gané por To menos la adhesion del Demécrata Prosresista para Ia presentacién de Tistas “de Unidad y de la Resistencia” destinadas a aumentar sus adhesiones entre los adictos a esta iiltima al identificarse amhiciosamente con ella, pero sin duda no a acrecentar la gravitacién del frente opositor 53. “ent el conjunto del electorado: luego de Ta vietoria aliada comenzaban a Hegar, aunque lentamerte, a Ia Argentina los ecos de la reorientacién que comenzaba a darse entre los veneedores, y por otra parte las reticen- cias frente al comunismo habian estado aun antes de ello més difundidas de Io que el sibito entusiasmo surgido en 1944 y en 1945 de tantos ines- perados rineones podia hacer suponer. Bajo esos ambiguos auspicios la oposicién se preparé para la jornada de la que se obstinaba en esperar una segura vietoria. A fines de di- eiembre era proclamada por el radicalismo la f6:mula Tamborini-Mos: a; sus dos integrantes provenian de las filas alvearistas (ahora rebaw- tizadas unionistas) y no gozaban de demasinda vasta populatidad. Ya para entonees otra coalicién (formada por el Partido Laborista, que reu- nia al séquito sindical de Perén, la Unién Ciview Radieal-Junta Reno- vadora, integrada por radicales disidentes, el Partido Patridtico, en que se refugiaron antiguos eonservadores y nacionalistas, y aun otras agra- paciones menores) habia proclamado la formula Per6n-Quijano. La campatia podia ya comenzar, y prometia ser muy peculiar, Ambos can- didatos recorrieron el pais en ferrocarril; la mayor parte de la prensa presentaba el avance del Tren de la Democracia como un paseo triunfal, sélo interrumpido por los atentados en los que se invitaba a reconocer el despecho de un advereario seguro de su derrota; 1a marcha de la earavana oficialista era seguida por esa prensa con menos afecto, Y aparecfa puntuada de escandalos politicos, no siempre imaginarios 0 ‘magnificados (Ia disciplina interna de la coalicién peronista era escasa, y hubo casos —como el de San Juan— en que éta se deshizo clamorosa- ‘mente pese a los esfuerzos del candidato por componerla). A lo largo de esa campafia la oposicién tuvo tiempo de madurar una nueva imagen del blogue adversario, cuyo origen se encuentra en los acontecimientos de octubre, Si la eandidatura de Perén seguia siendo gada tan imposible como antes, si su éxito seguia siendo por definicién impensable, ello se vinculaba menos con las tendeneias fascistas atribuidas al candidato que con su escandalosa ruptura con un estilo politico —y no s6lo politico— en el cual habjan coincidide en el pasado auienes se ubicaban ideoldgicamente en posiciones opuestas. Desde el 17 de octu- bre, Perén era el jefe de los “descamisados”, y esta designacién no era tan sélo simbélica; muchos de sus adictos habian sido vistos en ose dia por las calles privados de esa prenda, y aunque el jefe del movimiento se negé constantemente a las solieitaciones de la multi lo invitaban a imitarla, se exhibfa impiidiea: antes innovaciones de estilo alcanzaron nivel mis sign ‘matrimonio de Perén y Eva Duarte, quien —segtin muchos erei d adicta que bia tenido parte importante en 1a preparacién de la jomada de octubre y parecia dispuesta a adoptar un desgarrado estilo de militancia an- ‘que la decorosa reserva que la tradicién argentina impone a Jas mu- jeres ubicadas en la situacién en la que abora venia a encontrarse. De este modo Ja oposicién adecuaba la perspectiva desde la eual contem- plaba el conilicto politico argentino al lugar que en él habia terminado por ocupar como defensora del orden establecido y de las jerarquias tradicionales. Pero no sélo de ellas; sectores enteros de 1a oposicidn (y no sélo por cierto los mas conservadores) no se resistian a exhibir como seguro anticipo de triunfo el espaldarazo que la potencia ahora indiscu- tiblemente hegeménica le habia dado; el sefior Braden, desde su nuevo cargo de secretario adjunto de Estado iba a prestar un nuevo y aun més catastréfico servicio a sus amigos argentinos haciendo publicar en vis- peras electorales un memoréndum destinado a la consulta de las demés naciones americanas, en que evocaba una vez mas los pasados contactos de los cixculos gobernantes argentinos con las potencias fascistas. El Libro Azul (tal como se denominé al singular documento) era incom- pleto en cuanto —segiin admitia con sobria franqueza— sélo inclu‘a los nombres de los pecadores que ain no se habian enmendado de pasadas faltas (ha de suponerse que transfiriendo su Jealtad polities de modo mas agradable a los compiladores del libro). Aun mis grave era que tenia la clara finalidad de influir en la cereana jornada electoral, no tanto por los datos que aportaba cuanto por la declaracién de hostilidad que implicaba para cl candidato oficialista, presentado como antiguo agente del Eje con una violencia que parecia excluir eualquier posibili dad de futura reconciliacién, Esa aventura politica a la que se habia lanzado el sefior Braden, que no necesitaba para aleanzar éxito del ‘apoyo de los sectores antiperonistas, cont6 sin embargo con él; demasiado tiempo alejada del poder, la oposicién hallaba vigorizante el contacto, no s6lo de las agrupaciones de intereses cuyo fervor democrético resul- taba algo inesperado, sino también la de la que, a punto de desvanecerse la solidaridad antifascista, estaba Hegando a ser lisa y Tanamente Ia potencia hegeménica, Al hacerlo, no s6lo venia a revelar hasta qué punto la crisis argentina habia debilitado los sentimientos de solidaridad na- ional, sino cémo ahora los papeles se habfan trocado, y era el bloque opositor el que veia Ia situacién desde la perspectiva de una guerra santa, mientras el heredero del movimiento de junio preparaba minueio- samente un enfrentamiento electoral. Esas nuevas actitudes obviamente no favorecian las posibilidades que la oposicién tenia de triunfar en él. De hecho sceptaban —asi fuera implicitamente— como un hecho consumado la pérdida del séquito popu- 55 ax que durante més de un decenio habia sido, pese a la tibieza de su ‘mo militante, la principal base politica de los partidos ahora opositores. Pero no por ello Je proporcionahan nuevas adhesiones reclutadas entre los amigos del orden y enemigos de novedades, que forman en la Argen- tina un grupo considerable; més interesados en matices ideolégicos y mejor dotados de memoria politica que los sectores populares en proceso de absorcién por el peronismo, muchos de esos amigos ‘del orden no ha. brian de olvidar fécilmente la trayectoria anterior de la coali tora; no podian ignorar tampoco que en el frente peronista, ai la fuerza electoral venia sobre todo de esas clases populares que siempre les ha- bian inspirado viva desconfianza, seguia siendo determinante la gravi- tacién de instituciones que, como el ejército y la Iglesia, parecian ofre- er garantia suficiente contra aventuras demasiado riesgosas. De este modo la reorientacién conservadors de In Unign Demoeritica agravaba pero no siempre compensaba la pérdida de adhesi uilares que ya habia venido sufrento. , er El 24 de febrero las elecciones dieron al frente peronista una victoria que el lento escrutinio tard6 quince dias en revelar completamente: de los 2.734.386 votos emitidos, la f6rmula oficialiste vecibié 1.527.231 y _— Ja opositora 1.207.155. La Unién Democritica sélo obluyo mayoria en ‘cuatro provineias; tres de ellas (Corrientes, San Juan y San Luis) eran marginales y el voto conservador —voleado en esos distritos a la oposi- cién— habia contribuido alli més que el radical a asegurar la victoria; aun en Cérdoba, donde Ja Unién Democritica vencié por muy estrecho margen, el aporte conservador, aunque reducido, fue determinante. En Ja Capital y en las provincias mayores la derrota de los eandidatos opo- sitores se daha por mérgenes considerables: asf en la de Buenos Aires el radicalismo era vencido en la disputa por la gobernacién por el Partido Laborista, que se presentaha separado de los demas grupos peronistas y cuyo caudal electoral superaha por otra parte el de todos los grupos opo- sitores sumados; esa victoria Iaborista no era tan s6lo Ia del denso voto obrero de los suburbios industriales de Buenos Aires, sino también la de macizos hloques electorales antes conservadores afineados en distritos ru- rales que encontraban menos inhéspito el Jaborismo que el radicalismo disidente, Sin embargo la amplitud de la penetracién peronista en el campo no e debia tan sélo a su capacidad de heredar buena parte de Ia clientela del declinante eonservadorismo: en los tiltimos meses de 1945, Perén habia comenzado a proponer soluciones relativamente radicales para el sector agrario; una propaganda muy intensa, sin adelantar pro- yeetos preeisos de reformas, denunciaba el esedndalo de la gran propie- dad ausentista, el de Ia especulacién en tierras, y deelaraba que ellos sélo concluirian cuando la tierra dejara de ser un bien de renta para trans: formarse en bien de trabajo; esa férmula permitia entrever reformas audaces, 1a més modesta de Ins cuales era Ia entrega en propiedad de las, tierras por ellos trabajadas a los arrendatarios. No cabe duda de que por Jo menos una parte de la adhesién que el peronismo encontré en las dreas agricolas se debié a las esperanzas que vino a despertar y «que le permitie- ron realizar avances importantes en algunas zonas como las cerealeras, en las cuales los partidos opositores —en especial el radical— conservaban sélido arraigo. Menos éxito obtuvo el peronismo en las éreas ganaderass pero si en ellas el Estatuto del Pedn no habia cambiado decisivamente los datos basicos del equilibrio politico, su reducida poblacién limitaba Tas vonsecuencias de ese fracaso parcial. En el Interior el peronismo aleanzaba sus mejores victorias en los oasis de agriculttza moderna del norte; en las tierras menos tocadas por la modernizacién econdmica sus éxilos eran menos mareados y se detenfan en os rincones més areaicos. En estas regiones el nuevo movimiento es- taba lejos de haber explotado todas sus posibilidades; atin no habfa te: nido tiempo de erigir, frente a las méquinas de los partidos tradicionales, Ja que el dominio del Estado le permitiria establecer mis adelante, Los vances que vendrian en esas dreas marginales y los més limitados que 37 alcanaria en Ja ganadera del Litoral permitirian al peronismo conservar en el futuro suficientes apoyos rurales, pese a las decepciones que su poli tica iba a aportar a sus adherentes en las tierras del cereal, donde Ia con- gelacién de los arrendamientos no seria seguida de cambios mis esencia- les, mientras la politica de precios iba a privar a los agricultores —pro- Pictarios y arrendatarios por igual— de la mayor parte de las ganancias de los afios de posguerra, la sindicalizacién de los pcones temporarios afectarfa con mayor dureza a los menos présperos entre los cultivadores. Tantos desengafios provocaron una desafeccién politica que no aleanzé sin embargo consecuencias demasiado graves para el régimen: algunos departamentos rurales de Santa Fe tuvieron gobiernos locales opositores, pero en gran parte de ellos hastaban las sélidas mayorias peronistas de Jos centros urbanos secundarios para equilibrar las deserciones en el voto rural. En las ciudades de Ja Argentina modernizada, y en particular en Buenos Aires, el voto se dividfa ahora segin estrictas Iineas de clase; en la Capital el area ganada por la oposicién cubria los barrios mis préspe- 10s y se internaha, siguiendo las grandes avenidas, en las barriadas po- pulares, sin alcanzar a quebrar allf las sélidas mayorias peronistas, que se hacian abrumadoras en los suburbios industriales. De las elecciones surgia entonees el perfil de un nuevo movimiento politico, obrero en las zonas mas dindmicas de la Argentina urbana, identificado con los secto- res asalariados en las tierras de ganaderia litoral, genéricamente popu- lar y apoyado en una red de clientelas que repetia en lo esencial la de partidos més tradicionales en el resto del pats. Ese movimiento, hetero- géneo como el pais en el cual surgfa, tenfa un elemento esencial de cohe- sign en su vigoroso personalismo; habia nacido como el séquito de un caudillo que, no sélo en las areas tradicionales sino también en las més modemas, vetomaba la funcién de mediador entre los sectores populares y el hosco y casi abstracto poder del Estado. Los dirigentes sindicales de tradicién socialdemécrata o sindicalista, y los eazurros politicos provi mnos Hegados del radicalismo o el conservadorismo, que habian eoin- cidido en creer que podrian participar de manera decisiva en la orien. tacién del nuevo movimiento, deseubrieron bien pronto que su capacidad de decisién auténoma era ilusoria, y ello no sélo porque el jefe supremo (que no tenia nada de ese candor rayano en la tonteria que la mitologia politica argentina se obstina en atribuir al sector profesional que dio a la vida politica a Mitre, Roca y Justo) estaba firmemente dispuesto a usar todo su poder —el que le daba el dominio del Estado, el que le venia de su arraigo en el ejército, el derivado de su alianza con la Iglesia— para mediatizar a sus seguidores y colaboradores inmediatos, sino también porque, desde el comienzo, la adhesién popular tendia a 58 | orientarse directamente hacia quien era el lider por antonomasia del movimiento, y los que se habjan integrado en él como jefes de clientelas politicas o sindicales podian ahora descubrir que habian perdido su dominio sobre ellas, y que su tinico futuro posible era el de funcionarios disciplinados de una méquina que aspiraha a englohar al Estado, al partido y a los sindicatos. Ese personalismo apresuré 1a consolidacién del movimiento, y a la vez frustré descle my pronto los avances de su institucionalizactin. ¢Hasta qué punto era esto el resultado de una politica deliherada? Sin duda las demasiado frecuentes invocaciones de Perén al impreciso futuro en que su presencia ya no seria necesaria eran de sinceridad poco eretbles sin duda iha a usar una ver y otra su ascendiente personal para eliminar, an- tes de que se hiciera peligroso, a cualquier posible rival. Pero, aun sin tomar en cuenta todo ello, el personalismo era una consecuencia asi inevitable del proceso del que surgié el movimiento peronista. Ese personalismo permitia augurar un répido retorno al estilo autori- tario que el gobierno militar habfa abandonado a lo largo de 1945; el s quito popular que el triunfador del 24 de febrera habia logrado reunir lo consideraba por otra parte un rasgo natural del nuevo orden politico, y la insuficiente institucionalizacién, la fragilidad munca superada del bloque politico triunfante, vequerfan una direccién rigida para salvarlo de las acechanzas que desde él mismo y desde una oposicién desconcer- tada, pero enconada por la derrota, se Jevantaban contra su hegemonfa Desde febrero de 1946 Ia marcha hacia la dictadura parecfa inserita en las cosas mismas y fue facilitada en cierta medida por Ia actitnd de las oposiciones, para las cuales Is victoria electoral no habia otorgado legi- timidad al gobierno de ella surgido. Luego del primer desconeierto —agravado por el entusiasmo con el eual, antes de conocer el resultado, los lideres de los partidos opositores se habian apresurado a proclamax la total correceién del proceso electoral— esas oposiciones parecian tem- plarse para un perfodo previsiblemente prolongado de semiostracismo politico, y veian sin indulgencia las tentativas de establecer con el muevo partido gohernante relaciones menos sisteméticamente hostiles; asf la adopeién por parte del Partido Comunista de una Ifnea més flexible sir- vi6 para que sus anteriores aliados se disociaran riipidamente de él (es- timulados para ello por otra parte por la evolucién politica mundial). La oxientacién sutoritaria realiz6 progresos lentos pero constantes a To largo de toda la etapa peronista, En 1947 Ia clausura de los semanarios politicos que habian tenido tan vasta resonancia dos afios antes marcé Ja primera Timitacién importante de la libertad de prensa; en 1951, tras 59 incorporar a ta linea oficialista a la mayor parte de los diarios del pais, Ia expropiacién de La Prensa, entregada a la gestion de la Con: federacién General del ‘Trabajo, signifies una advertencia precisa a los sobrevivientes; slo La Nacién, eon Ia tirada estrictamente limitada por el racionamiento oficial del papel, mantuvo una actitad cautamente in- dependiente... A través de la prensa diaria, como de la radio (sometida a un régimen de permisos que facilité su compra por figuras adictas al gobierno) ee ofa ahora la voz de Ja Secretaria de Prensa y Difusién, que no s6lo fijaba Ta actitud que se dehia asumir ante las grandes alternativas politicas, sino dosaba, en minuciosas instrucciones cotidianas, el grado de publicidad otorgado a eada una de las figuras del elenco gohernante (tras tuna tupida campafia de contumelias, los medios de difusién en manos del gobierno terminaron por cubrir a toda la oposieién con un espeso manto de silencio). Esa propaganda lograba dar a la vida argentina el tono de tuninime frenesf politico caracteristico de Ins modemas dictaduras que hhan hecho del manejo de la opinién piblica uno de sus mis cuidados instrumenta regni; ese tono era puntualmente desmentido en cada oca- sign electoral, que revelaba la presencia de un irreductible miicleo opo- sitor imtegrado por mn tercio del electorado, al parecer insensible a los argumentos de una propaganda més abrumadora que sutil. En todo caso la propaganda iba acomnaiiada por un instrumento mas tra- dicional y acaso mas eficaz: el emoleo masivo de la intimidacién. El peronismo no tuvo que inventar el de las cérveles y tortures como arma politica: lo encontré en el arsenal de recursos de uso relativamente fre- cuente desile 1930: su empleo mas asiduo fue facilitado sin embargo por el reemplazo del estado de sitio (que tenia el inconveniente de haber dado lugar a una compleja elaboracién jurisprudencial. que limitaba considerablemente el marzen de arbitrio dejado al Poder Ejecutivo) vor le novedosa fieura juridiea que era el estado de guerra interno, ins. taurado en 1951. Tampoco fue creador exclusivo de la intimidacin cco- némica; aqui volvié mas bien a usos que Ia preocuvacién por la defensa del derecho de propiedad, dominante en 1a Argentina a partir de 1853, habia atermado pero no hecho desaparecer del todo, y para los cuales la intervencidn creciente del Estado en la reeulacién de la ecovomia afrecia posibilidades nuevas que el régimen peronista no iba a desdefiar. Ese uso cada ver mas amplio de la intimidacién requeria una magistratura adic: ta: en 1949 cuatro de los cinco ministros de la Suprema Corte de Justicia eran sometidos a juicio politico y destituidos; desmués de ello y de una depuracién menos rodical del resto del Poder Judicial el gobierno pudo contar con la docilidad de sobrevivientes y reemplazantes, salvo ines- peradas excepciones que eran corregidas de inmediato con nuevas des- titmefones. 60 EL mismo estilo autoritario se impuso aun mas decididamente en el ma nejo interno del frente oficialista. Perén coments aqui por aplicar con extremo virtuosismo Ja téctica que consistia en dejar aflorar las tensio- nes internas en el algo improvisado movimiento hasta que, amenazada la cohesién de éste, podia asurir el papel de arbitro universalmente solicitado. Bien pronto, sin embargo, todo virtuosismo se hizo innecesa- rio, porque su predominio ya no era discutido ni amenazado y sélo le quedaba ejercitarlo a su guisa. Tanto en el sector politico como en el sindical lo usaria para promover dirigentes incapaces de constituir en nningiin momento una amenaza para su propio predominio; esa meta orienté los esfuerzos por transformar la coalicién triunfante en un par tido unificado: en mayo de 1946 se exeaba el Partido Unico de la Revo: lucién Nacional, en el cual los adherentes surgides de los partidos dicionales se encontraban sobrerrepresentados. Esto motivé resistencias entre algunos de los sindicalistas nucleados en el Partido Laborista, en particular en el sefior Cipriano Reyes, dirigente de los obreros de fri- gorifico que —desde el 17 de octubre— se consideraba lider de sectores ‘amin mas amplios de Ia clase obrera. La resistencia de Reyes y de otros Fic, 7. Giza de Eva Ferén por Sonta Fe (Archivo General de Ia. Nacin), 61 irigentes laboristas contrihuyé tanto como la general indisciplina de las filas peronistas a restar efieacia a la nueva organizacién politica, que a comienzos de 1949 dejaba el paso a un mievo partido oficialista, que tomé el nombre de Peronista, destinado a persuadir a los que se obs- tinaban en dudarlo de que el apartamiento de él implicaba una ruptuxa con el propio presidente, Desde entonces 1a disciplina del oficialismo, organizado de modo abiertamente autoritario (cogsin los estatutos del nuevo partido eorrespondia al general Perén designar sus autoridades supremas), sélo conocié quicbras episédicas, El mismo proceso iba a darse en 18 Confederaeién General del Trabajo; en enero de 1947 era aceptada Ia remuneia del seeretario general, Luis Gay, veterano dirigente tolefénico, sospechoso de mantener yeleidades de autonomia frente a Ia autoridad presidencial, Fue reemplazado por un ex comunista, Aurelio Hernindez, eonsiderado mas décil, que sin embargo no iba a permanecer un afio en su puesto: fue reemplazado a su vex por José Espejo, cuyo limitado prestigio y modesta trayectoria en el movimiento sindieal eons. titufan garantias aun més sélidas de diseiplina. Ese aparato politico y sindical centralizado requeria una continua vigi lancia; en esta compleja tarea —que hubiera exigido una ateneién in- compatible con Ja que por otra parte imponfa el gobierno del pais— Perén conté con cl auxilio valiosisimo de su esposa: desde su oficina de Ta Secretarfa de Trabajo y Previsién, Maria Eva Duarte de Perén (nom: bre que se asigné luego de su casamiento, cuando atin se hallaba insegura sobre sut papel futuro, y que luego abrevi6 en el mas contundente de Eva Perdn) estaba escasamente limitada en su libertad de iniciativa por la presencia de un ministro, elegido también 61 por su opaca personalidad. Pero bien pronto la actualizacién de Ia lista de réprobos y elegidos den: tro del movimiento politico y sindical, tarea a Ta que se consagré con fervor, fue In més liviana de las que quedaron a cargo de Eva Peréns Jas jomnadas de octubre no habfan agotade la posibilidad de introducir ele ‘mentos nuevos en el equilibrio politico argentino; Eva Perén iba a ocu- parse de incorporar mais sélidamente a él los sectores marginales de poblacién, a ese subproletariado urbano, a esas clases populares de las provincias més tradicionales para las cuales el nuevo derecho Iaboral y el mevo poder de los sindieatos significaban muy poco. La Obra So- cial por ella organizada a través de la Fundacién que Ilevaba su nom- bre, no s6lo Hegé muy eficazmente a ese quinto estado al cual los avances del euarto no habian tocado; sus servicios fueron finalmente utilizados por grupos cada vez mis amplios de poblacién, y contribuyeron a qui- lar aspectos importantes de la funcidn asisteneial de manos de las orga- nizaciones privadas de inspiracién piadosa y composicién aristocratica que en el pasado hahian recihido del Estado atriuciones y fondos para 62 ejercitarla, En 1a Fundaci6n iban a eoexistir, de manera earacterfstica en la Argentina peronista, una arbitrariedad de sabor arcaico, que dejaba caer las gracias desde Io alto a una multitud edificada y agradecida, y tendencias a Ja modernizacién que el debilitamiento de la hegemonia de una clase alta muy tradicionalista en su modo de encarar sus relacio- nes con el resto del enerpo social haefa posibles: junto con mueha obra initil y mucho derroche suntuoso, que Hev6 a la Fundacién a parecer en algiin momento el instrumento de una forma colectiva y algo delirante de consumo conspicuo, a esa vasta obra social se deben algunos hospi- tales de organizacién inesperadamente eficiente, y las primeras tentati- vas de introducir entre los problemas dignos de atencién pabliea el de la diffeil adaptacién de los migrantes internos al nuevo contorno urbano. Areaismo y modernidad eran puestos —y muy abieriamente— al servi- cio de una finalidad politica; la Fundacion era el lazo de unién entre el gobierno y e308 sectores genéricamente populares que el peronismo amé los humildes. No sélo el encuadramiento de los humildes, también el de las mujeres figuré entre las tareas politicas asumidas por Eva Perén. ‘Tras dirigir una campafia en fayor de la concesién del voto femenino, que de modo nada sorprendente fue otorgado muy répidamente por el parla- mento, se consagré a organizar la seccién femenina del partido oficial § A re ‘ Ke Fic. 7.12 Ceremonia de imposisiin de Ta Gran Cruz do Teabel le Catiica a Eva, Pern ‘por el generalfsimo Franco. Madea, Junio de 1947 (Archivo Geoeral de la Nacin) 63. (que terminaria por ser una de Jas tes ramas de él, junto eon la maseu- Tina y la Confederacién General del Trabajo). EL peronismo seguia asi aplicando la tactica de evocar nuevas fuer- as sociales para equilibrar las viejas; cuanto menos espontinea era esa entrada de nuevos grupos en la vida politica, mayor docilidad mos- traban éstos hacia quienes les habfan asegurado su lugar en ella, De este modo la ampliacién constante de la movilizacién politica inaugurada en octubre, lejos de aumentar las potencialidades revolucionarias del mo- vimiento peronista, las hizo menos significativas: el partido de sindica- tos, que por un momento parecié constituir el micleo del peronismo, era diluido en un mis vasto movimiento en el que el peso de las clientelas Populares mis superficialmente modernizadas era numéicamente de. terminante, y en el que a la vez —gracias a la centralizacién de la ayuda social en un organismo formalmente separado de la estructura partida- ia— el peligro de disgregacién en beneficio de figuras de prestigio slo local era resueltamente esquivado, EL equilibrio asi aleanzado dentro del movimiento peronista aseguraria 4 su conductor una considerable libertad de accién, limitada sobre todo por la necesidad de no volver bruscamente sobre la redistribucién de in- gresos que habfa sido el aspecto politicamente decisivo de su aceién eco- némica. Esa libertad era pagada sin embargo al precio de una constante ambigtiedad en cuanto al sentido mismo de su accién, y de las transfor. maciones que ésta promovia en el marco politico-social en el que habia surgido. Esa ambigiiedad iba a ser reprochada —con diferencias sélo de tono— Por todos los sectores vineulados con tradiciones ideoldgicas de izquier- da, aun por los que se mostraron més dispuestos en st momento a pres. tar apoyo a la experiencia peronista. ZEl reproche es justo? Notemos en primer lugar que el peronismo no pudo traicionar un programa revo- lucionario que nunca fue el suyo; el papel de alternativa sustancialmen- te conservadora a una hipotética revolucién social no surge tan solo de tn andlisis de su trayectoria realizado con escaso afecto por adversarios © demasiado exigentes aliados, es el que el propio peronismo, por boca de su jefe, reivindics orgullosamente para si. Pero el problema puede todavia plantearse en otro plano, en el que el examen puede Ievar a algo més interesante que a un inventario de dudosas culpas y traiciones Cualquiera que fuese su orientacién, eualquiera que fuese el sentido de su aecién politica, las adhesiones y las oposiciones que habia encontrado en su camino hacian del peronismo el movimiento politico mis cereano 4 Tas bases populares, en las areas modernizadas tanto como en las t ~- 64 cionales del pais; s6lo el yrigoyenismo de la ultima etapa, el de 1928, habia ocupado un lugar comparable en el marco de la sociedad argentina 'Y esas bases mismas, gpodian verse indefinidamente satisfechas eon una eign que limitaba con cuidado la amplitud de la renovacién promovida ” en su benefiei E1 inventario de culpas deja asi paso « un conjunto de hipétesis sobre la indole del peronismo y sus apoyos, Para muchos de sus eriticns, las hases populares del movimiento se hubieran sentido mejor expresadas por une linea politica mas decididamente innovadora, y las preferencias del jefe supremo por los métodos autoritarios no sélo nacian de peculiavidades de temperamento y formacién, sino del deseo de controlar mejor esa peli roza fuente de energias revolucionarias formada por sus propivs adictos. Sin embargo, esta hipétesis encuentra muy eseasa confirmacién en los hechos. La progresiva afirmacidn de Ta autoridad de Perén sobre su movie mionto, si eneontré sin duda resistencias, no las hall6 en portayoces de ninguna corriente més radical que Ia suya propia. Por cierto el giro autoritario privé al peronismo de la posihilidad de cualquier evolucién espontinea, pero eada vex que esa espontaneidad hallaba, a pesar de todo, manera de expresarse, se tradueia en una tendencia a la diszrega- cién mas bien que a la radiealizacién del movimiento, Esto explica en parte que el autoritarismo de la conduecién politica haya podido contar siempre, contra las ocasionales rebeliones de dirigentes menores, con el apoyo de Ia hase, que no se sentia identificada con las aventuras estrieta- mente personales que esos episodios de rebeldia signifieaban. Cuando el peronismo se presenta como un movimiento popular ardien- temente hostil « los sectores altos y a la vex esencialmente respetuoso de tun orden que asegura a esos sectores altos el lugar que han aleanzado, esta dando entonces expresidn fiel a las tendencias que animan a los gr pos populares que le brindan su apoyo politico, Esos grupos siguen sien- io een uurar las sueesivas vietorias electorales del movi do decisivs pasa asegur 7 css i mento, pero, aunque se Tas otorgan cada vex mas eategdricas, no serfan saiccne pare ec coe Weaaialda wallcelsalceainer lan ise Jos olteros, el ejército y la Iglesia son sus apoyos indispensables, tal como Jo admite Perén en los meses finales de 1945, y el ejército y la Iglesia plantean problemas y exigen la edopeiin de tietiexs diferentes que los sectores populares. cl 1 dus Con la Iglesia el peronismo iba a mantener telaciones agrilulees. Si de, cumplionds jeomeane sloctooles, Hes ley ol daxemo yu sie fe troducido Ia ensefianza religiosa en las eseuelas, y euidé de mantener el signo eatélieo a 1a obra de asistencia social cada ver mis centralizada en manos de la esposa del presidente, y a cambio de todo ello siguio recibieudo muestras suficientemente claras de benevoleneia por parte de la mayorfa de nuestros prelados. Pero al mismo tiempo Ia reforma profunda del sistema asistencial, que si le conservaba su sello eatélico le agregaba uno politico mucho mas vigoroso, y la politizacién que es taba imponiéndose con igual vigor a la ensefianza debfan crear tensiones nuevas. Por otra parte Ia Iglesia no hallaba fécil la opcién entre sus tra- dicionales apoyos en las elases altas y sus nuevos aliados; encontraba a a vez penoso e imprudente dar a su aprobacién del nuevo orden poli: tico la expresién algo atronadora que éste parecéa exigir de sus adictos; mnaba en suma a pasar de aliada a sometida. Los limites del apoyo eclesidstico pudo advertirlos Eva Perén durante su viaje europeo de 1947: la recepeién que hallé en el Vaticano fue mas cortés que cordial, y el Papa se abstuvo de otorgarle las distinciones que acaso habia espe- tado recibir... Desde entonces el régimen y la Iglesia comenzaron a tomar distancia; en 1951 los confesicnarios (a los que se suponia que el voto femenino habia hecho mas influyentes) se abstuvieron de orientar a perplejos penitentes hacia las listas electorales oficialistas, pero ello no impidié una vietoria peronista aun mas amplia que en el. pasado Aunque los enfriamientos y los acercamientos se sucedieron, los prime- 10s s¢ vieron Fimitados en sus consecuencias por el hecho de que el pero: Fe, ‘udienca privada del Papa Pio XI, Junin de 1947 ioeral de In Nacisn) 66 hismo habia debido reclutar su burocracia y su magistratura alli donde eneontvaba nimos dispuestos a servitlo, y en ninguna parte los hallé mis serviciales, en los primeros afios de su gestién, que en los efreulos catélico-conservadores (0 aun catdlico-faseistas) a los que la nueva eo- yuntara mundial habia dejado sin soluciones politicas a las cuales otor- gar su lealtad. De este modo aun en las etapas en que la eispide del sistema mostraba abierta frialdad a la Iglesia esta actitud hallaba diffeil alcanzar Jos niveles mas modestos desde los cuales podia evar a con- secuencias concretas; 1a alianza de 1944-46 dejaba entonces paso en los hhechos a una separacién de esferas de accién acaso conveniente para ambas partes. Diferente era la situacién en el ejéreito, cuyos humores no podian ser ignorados y que, tras haber hecho posible el surgimiento del pero- nnismo, habia mostrado frente a él sentimientos mezclados. Una prudente jlibrio interno en el cuerpo de oficiales, que aseguraba nacia a ciertas cliques (consolidadas a yeces por alianzas familia- res) demasiado identificadas con el régimen para que pudiera partir de ellas iniciatiya alguna contra 4, le distribucién de beneficios econémicos que —sin aleanzar los niveles de ciertas dietaduras militares latinoame- ricanas— mejoraron considerablemente la situacién de los oficiales como grupo profesional, y el uso de incentivos del mismo orden para aguzar elcelo de los més adictos {ueron los medios favoritos de control del ejér- cito, Al mismo tiempo, la necesidad de conservar el apoyo militar fijaba ciertos limites a la libertad de movimientos del jefe del peronismo. Bste —siguiendo aqu{ una vieja tradicién argentina— quiso definir su vineulo con el ejérecito no sobre una base personal o politica, sino institucional: las fuerzas armadas, al apoyarlo, no hacfan sino cumplir su deher frente al titular de Ja autoridad legitima, pero ello obligaba a éste a mantener un minimo de respeto formal al aparato institucional heredado. No era esto todo, sin embargo: aun controladas y divididas, las fuerzas arma- das eran capaces de ejercer en ciertas situacioneslimite un poder de yeto imposible de ignorar. El ejemplo més significative de ello se al canz6 cuando un movimiento basado en los sindieatos favorecié en 1951 la presentacién de la seffora Perén como candidata a la viee- presidencia de la Repabliea. Sin duda los oficiales que osaron dar expre- sidn al descontento militar ante la iniciativa formaban ya en las filas de los desafectos, y el que se hizo eco de él ante el gobierno nacional —el general Lonardi— vio por ello interrumpida su carrera con un pase a retiro; aun asi la sefiora Perén juzgé prudente renunciar a sus ambicio- nes ante el hecho evidente de que el cuerpo de oficiales las hallaba to- talmente intolerables, 67 EL ejéreito era entonees @ la ver un apoyo y un freno; si su segunda fun- cin era menos advertida que la primera esto se debfa a que Peron —fue- se prudencia, fuese coincidencia esencial con la orientacién de la ins- titucién en que se habia formado— eludi6 casi siempre explorar los limites que el apoyo de ella fijaba @ su libertad de decisiones. Esa libertad era con todo muy amplia en el plano estrictamente politico; apenas si trabé la marcha hacia un ereciente autoritarismo, al que sélo obligaba a mantener una vestimenta constitueional por otra parte no muy convincente, La Constitueidn misma fue reformada en 1949; se introdu- jeron en el texto de. 1853 agregados vinculados con el derecho social y del trabajo, un decalogo de la ancianidad debido a la sefiora Eva Perés un articulo imitado del modelo mexicano que nacionalizaba el subsuelo, y otro inspirado en estimalos mas inmediatos que autorizaba la reelec presidencial, y que —segrin terminé por admitir un incauto convencional peronista— estaba sobre todo destinado a hacer posible Ia de Peron. Concluida la tarea de la Constituyente, comenzé la de convencer al pre- sidente de que en efecto presentara nuevamente su candidatura; a través ant de 1949 (Archivo Geneeal de 1a Nacién) 8 | | ‘se el avance ya realizado hacia die la multitudinaria campaiia pudo m el encuadramiento oficial de Is opinién pablica en la Argentina peronista, La victoria electoral de Perén (acompafiada de nuevo por Quijano, luego de que la f6rmula Perén-Perdn sucumbié al veto militar) hizo desapare- cer las iiltimas ilusiones en cuanto a la posibilidad de utilizar Ia via electoral para vencer al peronismo: una mayoria sin precedentes se habia reunido para apoyar una candidatura que mareaba una ruptura abierta con la tradicién eonstitucional, y ello ocurrfa cuando ya la prosperidad en cuya cima el peronismo habia hogado tan airosamente entre 1945 y 1949 se transformaba en cosa del pasado. Pero la oposicién, aunque mi: noritaria, era también ella irreductible, y demasiado numerosa y segura de su Ingar en el cuerpo social argentino para aceptar una indefinida permanencia en las tinieblas exteriores. Ya antes de las clecciones de noviembre de 1951, en setiembre de ese ao, la revolucién encabezada por el general Menéndez, que sin embargo pudo ser reprimida répida- ‘mente, sefialé el fin de la etapa de seguro control del ejército por parte del sector oficialista: en 1952 —pese a la severidad de las sanciones impues- tas a los complicados el afio anterior— fue descubierto otro movimiento militar, y desde entonces las actividades conspirativas ya no cesaron aunque su eficacia parecia por el momento problemética, y el presidente se sentia Jo bastante seguro de su: poder como para hacer a los a menudo provectos conspiradores militares vietimas frecuentes de su ironia algo gruesa, este hecho era sélo uno entre los que mareaban el eomienzo de tna etapa nueva en el equilibrio de fuerzas que habia dado la primacia politiea a Perén. Sin duda, entre esta etapa y Ia que quedaba atras, 1a continuidad se daba en muchos aspects, en particular en la tendencia hacia un autoritarismo reciente: Ia construceién de un aparato politico que al aleanzar su ma- durez hubiera debido repetir con notable fidelidad las grandes lineas de Jos totalitarismos europeos siguié adelante. El sistema de za, que habia sido depurado de elementos desafectos —de modo particularmen: te espectacular en In Universidad, varias veces intervenida y privada progresivamente de su autonomia por dos reformas sucesivas de Ja ley que la gobernaba— fue puesto al servicio del régimen; la figura mareial del general Perdn y la figura angélica de su esposa —esta tiltima a me- nudo enyuelta en nubes delicadamente rosadas— comenzaron a decorar los libros de leetura para Tas escuelas primarias.. . Sélo muy tardiamente comenzé el régimen a interesarse en el encuadramiento de las distintas categorias profesionales en organizaciones de signo oficial; aun en evan: to a Ia clase obrera, aunque vigilé celosamente la efectividad de los dleseuentos de salarios con fines sindicales, no utilizé a fondo las posi- hilidades que el monopolio sindical de hecho abria para eliminar a los 69 desufeotos de la fuerza de trabajo; frente @ las profesiones liberales sélo hacia 195% intenté oponer a los colegios prolesionales apositores una organizacién adicta —la Confederacién General de Profesionales— que ejercid sélo limitada presién para ganar adherentes en esas categorias donde los adversarios eran abrumadoramente predominantes. Del mismo modo las organizaciones empresarias fueron objeto de un lento asedio. La Unién Industrial eayé victima de 1a accién oficial; la Sociedad Rural, por lo contrario, logré ser respetada, gracias en parte a la adopeién de una actitud cada ver mas circunspeeta, que paulatina- Fie, 7.15, Pevin hablando ante concentraciin popular, 1950 (Avehion General de la Nacin) 70 n inente a Hevé a participar —aunque siempre con mesura— en los eoros de alabanzas que acompaiiaban ahora a las mis nimias decisiones del gobierno. Menos facil resulté al régimen erear organizaciones empresa. vias més sinceramente amistosas: finalmente, tras algunos intentos fallidos, In Confederacién Geneval Econémica logré reunir adhesiones en cierlos sectores industriales y comerciales, sobre todo del Interior; menos enjundia alcanzé su rama agropecuaria, que nunca pudo ser rival seria de la Sociedad Rural Ese interés tardio por entcuadrar en el frente oficialista a sectores soc les reacios a incorporarse a él, si podia no ser siempre cémodo para los que comenzaban a ser objeto de las atenciones del régimen, era también en cierto modo un signo de las transformaciones del peronismo. En 1950-51 la necesidad de ellas se hacia evidente: las nuevas tendencias en Ia relacién entre los precios internacionales, agravadas por el peso de adversidades climaticas, agotaron las posibilidades de una politica eco- némica cuyo instrumento esencial era la transferencia de recursos del sector rural exportador a la economia industrial y urbana, y que dentro e esta altima no podia —por razones de prudencia politica— volver sobre los avances que hajo su égida habia eonocido el ingreso de los asa- laviados. La oposicién veia ahora confirmada su fe en esa crisis econé- mica en la que habia ereido contra toda apariencia durante los afios de prosperidad; Ia bisqueda de culpas comenzé de inmediato: Perén habria sacrificado en exceso el interés rural, eliminando todo estimulo para un aumento de produccidn, mientras el aumento del consumo inter- tia aun mas Tos saldos exportables; habria careeido de una delibevada politica de inversiones, capaz de dotar al pais, durante la breve prosperidad, de Ia infraestructura y de las industrias biisicas enya nia seguia haciendo extremadamente vulnerable su economia, A esas jets se contraponian (o aun se agregaban) las que reprochaban al régimen una excesiva timidex en el campo de la reforma social: habia ddejado intacta la base economicosocial de la Angentina rural, contentén dose con privarla de los Iucros de wa serie de alios excepeionales, y pasados éstos se veia forzacdo, 0 a una radicalizacién ahora mas dificil ‘ya que coincidia con una disntinucién del hienestar aun para Ios sectores populares) 0 a la hiisqueda de un acuerdo con esos sectores dominantes ue habria ignorado pero no debilitado, en momentos en que ellos estaban en mejores condiciones para mantener sus exigencias, no s6lo porque una Argentina de economia ahora més compleja seguia sin embargo depen: diendo de sus saldos exportables tan estrictamente como la tradicional, sino también porque la politica oficial de precios habia provocado una solidaridad nueva en Ios sectores rurales. Si en la década del 30 la Ar genting rural se habia expresado por medio de muchas voces discordan- 2 ST Soe eee tes, aliora los grandes terratenientes de la Sociedad Rural Argentina, Jos ganaderos medianos de las confederaciones de sociedades rurales, lon arrendatarios de la Federacién Agraria Argentina parecian opinar todos To mismo; los avances del-consumo interno frente a Ia exportacién y la dlisminucién del poderio de los frigorificos en cuanto a la ganaderia, la congelacién de los arrendamientos y el rapido olvido de Tos planes de reforma agraria en las tierras del cereal habian atenuado las tensiones internas, y Ia hostilidad (eautamente expresada, pero muy decidida) se ivg con el goiemo que habia serif el compo aI cad y riamente contra el sector asalariado, identificado con la politica See gentina rural... Por otra el precio interno de oficial y muméricamente minoritario en la A\ parte el gobiemo peronista, obligado a aumen i Jas exportaciones, no estaba en condiciones de hacer mucho més que €30 cen obsequio de los descontentos productores rurales: una muy anunciada 10 modesta— reorientacién del erédito hancario hacia el sector agro- pecuario no implies por cierto un decisive eambio de rumbo. No fue este cl iinico aspecto en el cual las dificultades crecientes ineitaron al. go- hietno, antes que a adoptar una politica eeondmiea de signo distinto pero de impetu comparable con la seguida en su primera etapa, a mostrar 18 cautela creciente frente a las opciones que enfrentaba con urgencia cada vez mayor Cesada Ia etapa de abundancia, el gobierno podia advertir ahora que st libertad de movimientos era limitada: sus eriticas de izquierda y de derecha tenfan ambos raz6n; al favorecer la aparicién de un bloque rural Fro, 7.17, EL general Penin ys plana mayor durante Ja coneentraciin del 1 de mayo ‘de 0" (Archivo General do Ta "Nacién} B mejor consolidado que nunca en el pasado en torno de las clases terrate- hiientes, al favorecer también la de un bloque urbano formado por asa: lariados y una parte de la clase media dependiente, més interesado en | ate ation ao de consumo que en contribuir con su | \rificio a cambios més profundos de la estructura econdmiea, el pero- nismo habia construido el Inberinto del que ya no podria lis ik | imponer un nnevo cambio aun més profundo en el equilibrio politico del pais. La segunda etapa peronista iba entonces a ser de perpleja y desazonada experimentacién politica; puesto que Ia coyuntura impone un ‘nuevo equilibrio entre las bases urbanas del peronismo y las demasiado sélidas bases rurales de Ja economia exportadora, para el régimen se trata de hallar la férmula que le permita sobrevivir tomando en cuenta esa circunstancia nueva. Las posibilidades politicas son dos: o una libera- Vigacién que permita a las fuerzas conservadoras aproximarsele sin eseiindalo o un reciente autoritarismo que le permita emanciparse de su demasiado estrieta dependencia de los sectores populares urbanos; am- bas serdn recorridas reiteradamente, y en desordenada sucesion, iiltima etapa de gobierno peronista : Si hay muchas razones para entender el paso a esa etapa final, hay un hecho que no se vinewla con ellas, pero parece marear el momento de la Fic, 7.18 Keperando tury pars entrar ‘Gener elaoio de Eva Pein, julio chive de Ie Nacién), aes on “a ransicion: la muerte de Eva Perén, el 26 de julio de 1952. De nuevo tuna muchedumbre, ahora silenciosamente paciente, invade el centro de Buenos Aires; espera a lo largo de horas el breve momento en que podra contemplar, bajo eristal y envuelta en los reflejos violdceos de una sabia iluminacién, a la que fue a ta ver. la Dama de la Esperanza y la Aban- derada de los Trabajadores, personificacién del nuevo Estado por pri- mera vez henévolo a las capas populares, pero a la vez de esas eapas ismas, del rencor acurmulado en su largo silencio por un pueblo acaso demasiado manso, Asi desaparecia la figura que mejor habia enearnado lo que el movi miento peronista significaba para la mayoria de sus seguidores, y también de sus adversarios, Sin duda Eva Pern habia expresado la ambigiiedad profunda de ese movimiento, y ello no sélo a través de sus personales actitudes, de su apasionada rebeldia contra las pautas heredadas que escondia mal una implicita aceptacién de esas pautas mismas, sino tam- bién y sobre todo de Ja funeién de intercesora que se habia asignado en el orden peronista, que hubiese sido totalmente innecesaria si en efecto las masas movilizadas bajo ese signo politico hubiesen sido tan hondamente transformadas en el proceso como gustaba de suponerse. Ello no impedia que Eva Perén, con su oratoria deliberadamente brutal (que le habia ganado, junto con muy vasta popularidad, odios muy hondos y tenaces) personificara mejor que nadie Io que en el peronismo habia de literal mente intolerable aun para algunos de los apoyos del régimen. Su desaparicién parecia remover un obsticulo a la distensién politica, y abrir para el movimiento peronista un horizonte sin duda més incierto, pero también —aeaso— nuevas posibilidades de insercién en el marca politico-social argentino. Sin duda, esa reorientacién habia comenzado ya antes de la muerte de Eva Perén: en enero de 1951 el gobierno habia debido enfrentar la primera gran huelga reslizada ignorando sus exhortaciones; s6lo la movilizacisn militar puso entonees fin a la paralizacién del sistema ferroviario nacio- hal. La aparicién de ese hecho nuevo no significaba necesariamente que sectores significativos de la clase obrera abandonaran su adhesin poli- lica al gobierno peronista; aun asi era evidente que la nueva orientacién econémica de éste, menos sistematicamente amistosa para el sector asa lariado, lo estaba empujando a modificar, asi fuera gradualmente, su fisonomia politica. En una primera etapa son sobre todo los avances en sentido autoritario los que se hacen sentir; en 1951 uma reforma de la ley clectoral asegura al peronismo més sélidas mayorias parlamentarias, y los signos externas del mismo proceso se acentiian en 1952, con la Glevacién legal de Perén a la dignidad de Libertador de la Repiiblica, 5 yola de sur espos a lade Jel Espiritual de Ta Nacién; en ese mismo afio de 1952, el segundo plan quinquenal, menos ambicioso que el pri mero en sus objetivos econdmicos, se ocupa en cambio de dar fuerza de ley a una determinada periodizacién de la historia argentina y consa- grar al justicialismo (nombre dado al conjunto de principios doctrinarios el movimiento peronisia) como Doctrina Nacional, Al no cesar Ja resistencia —que por lo contrario, con el deterioro ere iente del clima econdmico parece encontrar eco mas amplio— Ia re- presién se hace mas violenta. A comienzos de 1953 comienzan a esca- sear articulos esenciales; el 9 de abril aparece muerto Juan Duarte, hasta dias antes secretario privado del presidente y considerade uno de los responsables de la especilacién que la escasez estaba provocan- do (se lo acusaba de modo cada vex mas general de haber organizado una red de mataderos clandestinos, proveedores del mercado negro de Ja came). Perén lanza una violenta campafia de moralizacién de la administracién pablica y de las préeticas comerciales, apoyada en abun dantes prisiones de tenderos y en un nutrido plan de actos piblicos. En Fic, 7.18, Sepelio de Tra Peas, 10 de ayosto de 1952, Le cate inicin'Ta marcha desde el Congreso. (Archivo General de la aaa ait 16 ff uno de ellos el discurso del presidente es interrumpido por el estallido de varias bombas; la respuesta inmediata es el incendio oficioso de las sodes de los partidos opositores y la del Jockey Clubs a él siguen deten. ciones masivas de opositores, seleccionados de modo algo erritico: la cfiora Vieloria Ocampo, una parte de un equipo campedn deportivo, el decano de los fildsofos argentinos, el mas ilustre sobreviviente de la racién poética del Centenario, compatten la hospitalidad de la ear cel con politicos provectos pero también con personas hasta entonces desconocidas, que ignoran qué ha podido lamar sobre ellas Ia. atencién del gobierno, El terrorismo cesa al ser descubierto el reducido grupo que se habia lanzado a la accién directa, y que sufre trato atroz en las prisiones del régimen, Este, tras haber recorrido hasta extremos nue: \os el camino de la represidn, decidié tomar el de la apertura a nuevos contactos politices: encontré para ello un primer interlocutor en el doc- tor Federico Pinedo, que en la carcel habia descubierto las ventajas de un estilo mas apacible de lucha politica, y en un mensaje que el mini del Interior hizo piblico invitaha tanto al gobierno como a la oposicién a adecuarse a él. Los grupos conservadores, luego de declaraciones en que el presidente de la Repiiblica manifestaba coineidir en el desea de paz y convivencia con los partidos opositores, se allanaron a visitar le Casa Rosada: tras recibir la visita de “esos eaballeros que me han Fic. 7.20, Incendio del Jockey Club, abril de 1953 dicho palubras muy agradables", Peron no se ejor dispuesto a levantar el estado de guerra interno, tal como le habian sugerido sus visitantes, Es que la iniciativa presidencial no encontraba eco igualmente rato en todos los sectores de la oposicién. El socialismo tenia que en- fremtar Ia accién de un sector divisionista muy cereano al Ministerio del Interior, y ello no aumentaba su receptividad a las sugerencias presi- denciales; el radicalismo, por su parte —pese a su easi permanente crisis, que apenas necesitaba de estimulos externos— constituia el iinico gru- po que habia conquistado nuevas adhesiones agitando la bandera oposito ra: diez afios después de la revolucién de junio las clientelas electorales conservadoras y socialistas habian desaparceido, mientras la radical reunja nuevos apoyos en torno de Ia que habia terminado por ser la tinica alternativa viable al peronismo; muy razonablemente la direcci6n radi cal no estaba dispuesta a arriesyar su ascendiente sobre esa masa de reclutas recientes mostrando ningtin desfallecimiento en su eclo opositor. A través de la disciplina opositora del radicalismo y el socialisimo, era el aborrecimiento con que sus bases electorales enfrentaban al peronismo el que se hacia evidente; ese aborrecimiento cra la manifestacién tem- prana de un fenémeno que bien pronto iba a repetirse a eseala latinoame- ricana: Ia zeorientacién conservadora de buena parte de las clases me- dias, Esa reorientacién, herencia en Ia Argentina de Ia peculiarisima lucha politica que se habia planteado a lo largo de 1944 y 1945, conser- ‘v6 en los afios siguientes su plena vigencia. Por cietto no habia en el moderado programa de reforma social llevado adelante por el peronismo nada que afectara decisivamente la posicién de las clases medias (salvo acaso de las rurales) pero falt6, por lo menos en los afios de prosperidad en que el predominio politico del peronismo Heg6 a parecer inconmovible, todo intento serio de éste para adaptar su estilo politico a preferencias que —tazonables 0 no— eran de indudable arraigo en ellas. Ahora, en medio de un deterioro inacultable de la situacién econémica, no es sor- prendente que las clases medias en su conjunto se mostrasen escasamente receptivas al intento oficial de encontrar un lenguaje comtin con ellas. A fines de 1953 era ya evidente que la conciliacién habia fracasado; en abril de 1954 una eleccién general (para designar vicepresidente en reemplazo del fallecido doctor Quijano) mostré que la relacién de fuer- zas clectorales permanecia estable: uno de cada tres electores era oposi- tor, y en In Capital las distancias se acortaban, Sin duda, el peronismo no tenia mucho que temer por sus fortunas cleetorales futuras; sin duda también sus mayorfas eran comparables con las mas abrumadoras cono- cidas en el pasado; aun asi el tipo de organizacién politica a la que el régimen se aproximaba cada vez més s6lo se justificaba en términos de unanimidad y no de eonsenso mayoritario: el problema planteado 8 por la supervivencia de una oposicidn numéricamente importame seguia ten pie, y con esa pesada hipoteca el régimen debia enearar un cambio de tumbo que, a medida que iba siendo postergado, debia hacerse mis Luego de una estabilizacién econémica emprendida en 1953, al afio siguiente las causas de desequilibrio —que no habfan sido eliminadas— volvievon a hacerse sentir en todas sus dimensiones. Ante esa situacién el gobierno trat6 primero de aumentar el ritmo productive de Ia econo: ‘mia imponiendo un esfuerzo adicional a la fuerza de trabajo. En el Congreso de la Productividad, convocado a eomienzos de 1955 con el ma- sivo acompafiamiento de propaganda que ya se habia hecho habitual para todas las iniciativas del régimen, las dos entidades oxganizadoras —la cer y la cer— aleanzaron un facil acuerdo, pero sobre términos de la baja productividad —dictaminé el Congreso— se encontraba en el equipamiento arcaico e insuficiente de lo industria, que s6lo podria ser corregido mediante nuevas inversiones masivas de capital y adquisiciones igualmente masivas de equipos que era preciso pagar en divisas. Pero la Argentina de 1955 no podia ya enaray esas tareas nuevas sin contar con apoyos financieros externos; los dias de la independencia econdmiea (solemnemente proclamada en 1947 como uno de los aspectos esenciales de la revolucién peronista) estaban contados, Sin duda ya se habian introducido algunas derogacio- hes a esa altiva politica: cinco afios después de la repatriacién de la deuda externa, Ja Argentina habia comenzado nuevamente a recibir eré- dito extranjero; en 1953 una ley de radicacién de capitales aseguraba 1 los futuros inyersores extranjeros la posibilidad de efectuar remesas de sns ganancias (éstas habia sido las primeras vietimas del. raciona- tiento de divisas, conseruencia de las dificultades crecientes en la balan- za de pagos). Pero estos timidos avances eran insuficientes para cortegit el desequilibrio creciente de la economia argentina; éte debia llevar o a una etapa de creciemte deterioro del nivel de vida —politicamente riesgosa— 0 a dosis mas erecidas de la misma medicina que con mano vacilante el régimen peronista estaba suministrando ya al pais, Por ese segundo camino se decidié finalmente Perdn, lo que provoe6 ereciente lesazén entre sus adversarios, Entre ellos eran muy pocos los que, con la lucidez de un Federico Pinedo, veian en la politica ccondmica la razén tiltima de su disidencia con el régimen, y estaban dispuestos a atenuarla apenas éste mostrara claros propésitos de enmienda; acaso no eran mu- chos mas los que sinceramente se constituian en vestales de la sagrada Hama del nacionalismo econémico (aunque éste empez6 a encontrar cada ver més intransigentes partidarios en las filas opositoras desde que el gohierne parecié dispuesto a horrarlo diseretamente de sus banderas). 9 algo inesperados: la ra7é Més-bien-erael-temor de que el camino que el régimen se aprestaba a tomar le diese no s6lo la tranquilidad econémica que necesitaba, sino también la respetabilidad internacional que munca habia aleanzado del todo —y que desde 1953 parecfa buscar a través de un acereamiento a los Estados Unidos— el que explicaba la decisién creciente con que los grupos opositores enfrentaron la emergencia, resueltos a utilizarla para tun enfrentamiento definitive con el peronismo gobernante, Este parecia ahora menos deseoso de eludir el conflicio, A lo largo de 1954 y 1955 fue solemnemente anunciada la adoveién de una nueva politica petrolera; por medio de la concesién de dreas de explotacién a empresas norteamericanas el gobierno esperaba atenuar el desequilibrio en la balanza comercial —en el que las importaciones de combustibles habian Hegado @ tener una funcién negativa importante— y despertar tina actitud mas benévola en los centros financieros mundiales, capaz de traducirse en una mas amplia corriente de inversiones, Esa nueva poli tica, sin embargo, implicaba una revisién muy importante de principios que el séquito peronista consideraba basicos, y el gobierno queria medir sntes de implantarla, las reacciones que ella encontraba entre sus propios dictos. Al mismo tiempo parecis buscar un nuevo elemento de cohes politica en Ta Tucha contra la Iglesia y su influjo en la vida nacional, que iba a Hlenar con su ruido y su furia Ia dltima etapa peronista 2A qué se debia esa stibita explosién de ira anticlerieal? Como ya se ha visto, las relaciones entre gohierno e Iglesia hacia tiempo que eran menos fntimas de lo que las experiencias de 1944-46 hubieran permitido augu: tar, pero aun asi no habia en esa ambigua relacién nada que permitiese anticipar ta posibilidad de un choque violento. Por otra parte Pern rnunea explicd claramente las causas del conflicto, ni podria haberlo hecho pues preferia negar a existencia del conflicto mismo, que en su versin se reducfa a Ia legitima reaccién de los sindicatos ante la accién individual de algunos eclesiasticos exeesivamente amigos de la politiea. Si era posible adivinar tras esa explicacién el temor a una interven cién masiva de la Iglesia en el mundo del trabajo, es en cambio dificil wontrar elementos objetivos que justifiquen este temor mismo (aunque se estaban dando episodios de rivalidad entre sindicatos catdlicos y otros de obediencia peronista fuera de la Argentina, en particular en la Co- lombia de Rojas Pinilla). Bn todo caso, del conflicto con algunos ecle- sidsticos se pasé insensiblemente al institucional: la mal adormecida vera anticlerical de una opinién pibliea que no se habia earacterizado en el pasado por su espfritu constantemente devoto comenzé a ser evocada a través de la prensa oficialista, y no falté algin proceso escandaloso que, tocando muy de cerca a un alto prelado, parecié servir de punto de 80 Vill eer, purtida para una campaiia moralizadora de la vida eclesiastica modelada sobre la que en Alemania habia tenido a su servicio a elocuencia del doctor Goebbels. A esta campaia de agitacién (que hizo que muchos eclesidsticos hallaran més prudente no usar ropas talares fuera de las cceremonias de eulto) siguié el lanzamiento de un conjunto heterogéneo de reformas que tenfan en comtin el oponerse a las orientaciones o los intereses de la Iglesia. El divorcio absoluto, Ia equiparacién de hijos legitimos y extramatrimoniales, la legalizacién de los prostibulos, la supresién radical de la ensefianza religiosa en el sistema de edueacién piiblica, la eliminacién de las subyenciones a Ja ensefianza confesional figuraron entre ellos; debia coronarlos una nueva reforma constitucio- nal, que introducivia le separacién entre la Iglesia y el Estado. La reaecién de Ja jerarquia eclesiéstica fue de una moderacién extrema, y consternante para muchos de sus fieles, que vieron en ella el reflejo de a personalidad algo fatigada del cardenal primado (otros prelados, que hasta meses antes se habian caracterizado por 1a intensidad de sn colo peronista, se manifestaban en cambio mejor dispuestos @ una lucha abievta contra el régimen). Pero esa moderacién —que Hegé hasta auto- rizar a los fieles, en prevision de las presiones a que serian sometidos, (con las adecuadas reservas mentales) los petitorios en favor de la proyectada reforma constitucional— era ineapax. de gobernar la actitud de los sectores militantemente catdlicos de la opinién piiblica, cada yez més alarmados por una politica anticlerical que amenazaba convertirse en antirreligiosa. Los que se tenfan a sf mismos por represen: antes politicos del eatolicismo, desde los antifascistas y antiperonistas que veian en el nuevo giro de la politica oficial 1a confirmacién de sus proféticas denuncias sobre el caricter anticristiano del régimen, hasta Jos de extraceién nacionalista que habian dado por terminada su etapa de aproximacién con él y estaban buseando un modo de eonservar su ascen- diente en la Argentina posperonista, rivalizaban en la agitacién para mantener despierta esa protesta. Sin duda, entre los que no habfan esperado el eonflicto eon la Iglesia para situarse en la oposicién la avalancha de conversos de la undécima hhova despertaba sentimientos mezelados; aun asi, reservandose la. posi hilidad de clarificar en el futuro lo que habia de equivoco en la solidar dad de una oposicién singularmente transformada por los tltimos desarrollos, no renunciaban a utilizar las posibilidades que éstos pare- cian brindarles: en junio de 1955 la procesién de Corpus Christi ofrecis x la oposicién —y no sélo a la catéliea— la posibilidad de contarse y expresarse, y el resultado fue en verdad impresionante... Es que la ruptura con Ia Iglesia no s6lo daba nuevos reclutas a la oposicién (su 81 porte en este aspecto fue limitado, y acaso Perén no se equivocaba cuando subrayaba que su nueva politica, si alejaba a hombres que le habian dado ‘il colaboracién téenica y administrativa, no le restaba adhesiones electorales dignas de consideracién), aumentaba ademés el clima de uxgencia y de choque inminente en que vivia el pais desde que el peronismo habia comenzado a busear un nuevo rumbo. Convencida de que Ja que se le abria era acaso la diltima oportunidad de ibrar abier- ta batalla contra el régimen, Is oposicién encontraba ahora en el aleja- miento creciente entre el peronismo y la opinién catélica un motivo para afrontar con mayor deeisién Ja eereana prueba, El 16 de junio —einco dias después de la desafiante procesién de Cor pus— estallaba un alzamiento apoyado sobre todo por Ja marina de guerra, Luego de horas de combate en torno del edificio del Ministerio de Marina y de un bombardeo y ametvallamiento aéreo del centro de la capital por los revolucionarios, el gohierna pudo sofocar el reducido Fee, 1.21, Convento © islesia de San Francisco después del ineondio y saguoo, 16 de junin de 1955 (Archivo General ela Nacin) a anijoleo insurgente; esa noche, tras una concentracién convecada por Ia Confederacién General del Trahajo cuando ain duraban las acciones aéreas, Tas iglesias del centro de Buenos Aires fueron incendiadas; no resulta dificil comprender que, luego de ver caer a su lado a las vieti- mas del fuego rebelde, algunos de los manifestantes hayan visto en esos incendios una justa venganza; aun asi, la espontanea eélera de una mu- chedumbre por otra parte raleada por la prudencia no basta para expli- car la uniforme efieacia que la operacién mostr6 en todas partes: al dia siguiente otras muchedumbres comenzaban a recorrer, heridas en sus sentimientas piadosos (a veces algo improvisados), los templos cuyos murs calcinados dejaban ver —eliminados por el fuego los agregados de épocas mas recientes y présperas— los ladrillos pacientemente amon- tonados por los alhafiles del setecientos. Si la situacién hubiera dejado lugar, como en épocas menos tensas, a los observadores distantes, éstos hubiesen podido repetir, como sosenta y cinco afios antes, que el régimen no habrfa de sobrevivir a su victoria sobre la rebelién: en todo caso la quema de las iglesias, ese acto de puro delirio, amedrent6 sobre todo al gobierno que (en la hipdtesis més caritativa) no habia hecho nada por evitarlo. Otros aspectos de la jornada despertaban también alarma entre algunos sostenes ahora indispensables del régimen: la Confederacién General del Trabajo habia tomado intervencidn directa en el conflicto, y aungne ésta no habia sido ni con mucho decisiva, significaba una novedad que no podia dejar de alarmar al ejército, que hasta entonces habia logrado reservarse el monopolio de la fuerza: el 16 de junio pudo verse e6mo eran distribuidas armas en nfimero considerable a los mani- festantes obreros, y las sugestiones sobre la conveniencia de formar milicias sindicales que desde hacia un tiempo no eseaseaban en la prensa oficialista, adquirfan con ello un sentido més preciso y amenazante. Pero Ios incendios de esa noche marcaron el punto extremo en la singular radicalizacién ideolégica que el peronismo habia iniciado en el momen- to mismo en que se aprestaba a hacer suya uns linea economicosocial decididamente conservadora; al dia siguiente de ese hecho enorme el gobierno comenzé a mostrar ma moderacién nueva, y tan extrema que se acercaba por momentos a la atonia, Para muchos la explicacién de ese sibito cambio era que Perén habia sido mediatizado por los dirigen- tes militares que el 16 lo habian salvado del derrumbe, y que —segxin se suponia— le habian impuesto una estrieta tutela, Ahova el presidente prometi6 poner a eargo del Estado la restanracién de las recientes ruinas y dejé en manos del electorado, cuya convocatoria era por otra parte postergada, resolver sobre el lugar de Ja Tglesia catdlica en el aparato institucional argentino. No fueron esos Ios tinieos signos de una actitud mueva: el ministro del Interior y el de Edueacién (estrechamente iden- 83 tificados con Ia Tinea de Iucha contra la Iglesia} debieron abandonar rapidamente el cargo y el pais; el seior Apold dejé Ja Secretaria de Prensa, en In que fue’ reemplazado por un veterano periodista que se manifesté dispuesto a hacer menos rigido el control de los medios de difu: sidn, La politica de la mano tendida se ampliaha para incluir en ella a Ja vieja junto con la nueva oposicién: el 5 de julio Perén declaraba rehusarse a ver enemigos en los que ahora Hamaba “grandes partidos populares”, a los que invitaba a una reconciliacién en la que por pri mera ver —aunque sin ofrecer precisiones— prometia que el oficialis: mo haria también su parte: como prueba de la sinceridad de ese props. sito los jefes de la oposicién fueron autorizados para responder por radio w la propuesta presidencial. Lo hicieron de manera caracteristica: el doctor Solano Lima, representante del conservadorismo, formulé un Hamamiento abierto a todas las fuerzas opositoras, insténdolas a derro- cav al gobierno; sino invocaba explieitamente una revolucién militar: era muy sugestiva la apelacién al ejército, al que Perén habia slo recientemente achacado sus pasados servicios a la oligarquia, y al que el orador conservador invitaba a busear sus aliados politicos entre los gue en el pasado Io habfan tratado con mas constante cortesia.... Hu biera sido indtil buscar cualquier incitacién subversiva en el texto leido con vor. algo sepuleral por el doctor Arturo Frondizi, recientemente ungido jefe del radicalismo, Tras asumir el compromiso de realizar en un mateo de libertad la revolucién econdmiea y social a la que el peronismo estaba renunciando, y de prometer en nombre de sit futuro gohiemo un genetoso perdén para los colaboradores del régimen, el doctor Frondizi fijaba a éste condiciones extremadamente severas, a cam- bio de las cuales ofrecia tan sélo adoptar una linea de oposieién consti- tuciona}. El respeto escrupuloso del mareo de legalidad del que no queria salir no hacia menos grave el pronunciamiento del jefe radical, que reflejaba la fria decisién de no brindar cuartel al adversario en la hora de su crisis decisiva. Ante esa helada recepeién de sus proyectos pacifieadores, Peron —que acababa de renunciar solemnemente a su condicién de hombre de patti do, cuya incompatibilidad eon la de jefe de la nacién acababa sii tamente de descubrir— volvié a actitudes en 61 més habituales. La pa cificacién dejaba saldo negative para el régimen en lucha por la super- vivencia; el frente opositor ampliado por a politica anticlerieal no habia podlido ser desarmado ni dividido por los tenaces esfuerzos oficia les, De ello se tuvo un nuevo signo cuando el exceso de celo de la pol politica cobré tuna nueva vietima en el doctor Juan Ingalinella, dirigente comunista rosarino. Fue un diario vinculado eon la curia rosarina el que comenzé una tenaz campaiia para esclarecer la misteriosa desaparicién a4 en al puesto de Buenos Aires er de Ingalinella, fue el propio obispo de Rosario quien, en una muy publi- citada visita a la casa del médico desaparecido, quiso participar a su esposa la inquietud de la Iglesia ante el episodio y la esperanza de verlo pronto aclarado... En esas condiciones la vuelta del peronismo a la lucha sin cuartel contra la oposicién estaba lejos de significar la apa cién de un vigoroso espiritu de ofensiva; era més bien el retorno a técti- cas rutinarias y algo fatigadas ante el fracaso de las mas nuevas que la situacién misma habia impuesto. El 19 de agosto el Partido Peronista daba por terminada la tregua poli tica; doce dias después una confusa carta de Perén, en que anunciaba su decisién de retirarse del gobierno para eliminar un obsticulo a la pacificacién, servia de prélogo a una nueva concentracién popular ante Ta cual el presidente se apresuraba @ retractarse y con eontradiccién sélo aparente Ilamaba a sus adietos « responder a la violencia (que se habia traducido en nuevas explosiones de terrorismo) eon Ja violencia; acu- fiando un muevo slogan (que en el futuro, a diferencia de To que ocurr con los surgidos en etapas més felices, iba a ser recordado sobre todo por sus enemigos) invité a matar cinco de éstos por cada peronista que eayera en las luchas que se avecinaban. A ese llamado a la lucha sin enartel no siguié nada més importante que una reiteracién muy fre- euente de él por boca del presidente y de los dirigentes de su partido. En setiembre la inquietud militar se acentud, con altos oficiales préfu- gos, a los que el gobierno era incapaz de capturar; aun en esa hora grave la oferta que formuls 1a Confederacién General del Trabajo de apoyar la accién represiva con milicias obreras fue rechazada en térmi- nos apenas corteses por el ejército. El 16 de setiembre comenzaba el movimiento militar que pondeia fin al régimen peronista. En Cérdoba cl general Lonardi dirigia las operaciones; las tropas adictas al gobier- no no lograron eliminar el micleo revolucionario y debieron aliviar su presién cuando las guarniciones cuyanas se unieron al alzamiento. Mien- tras otros conatos militares no lograban afirmar nuevos focos de rebel- ia en el Interior, la marina de guerra integra se unid al movimiento; si debia abandonar su base de Rio Santiago, conservaba Puerto Bel- grano y lanzaba a a flota hacia el norte; el 19 de setiembre Mar del Plata era sometida a bombardeo naval y Buenos Aires amenazada del mismo trato si las fuerzas gubernativas no se rendian sin condiciones el general Lucero anunciaha en nombre de éstas que cesaban la res tencia, y Tefa un documento en que el presidente, manifestindose di pnesto a afrontar el nevesario remmeiamiento personal, se abstenta sin embargo de toda dimisién expresa a su cargo. La situacién quedé me- jor aclarada al dia siguiente cuando Perdn se refugié en la embajada 86 del Paraguay, de Ja que pasé una eafionera de ese pais anclada para reparaciones en el puerto de Buenos Aires. En ese inseguro refugio se hallaba el 23 de setiembre, cuando de nuevo una multitud se reunié en ja Plaza de Mayo, ahora para escuchar al general Eduardo Lonardi, presidente provisional de Ia Repithliea Argentina, Fc, 7.28, Aspecta de In Plaza do Mayo en J asunetin del mando por el General Lonard, | ‘28 de setiembre de 1955 (Archive General de la Nackin), a7 4, DESPUES DEL PERONISMO ‘or ampliado habia vencido finalmente; su diltime y més vigoroso intento habja encontrado resistencias inesperadamente reduci- das; la Tuvia que desde el 19 al 21 de setiembre arrecié sobre Buenos Aires iba a ser retrospectivamente invocada como una de Jas eausas de la pasividad revelada por las bases populares del peronismo. Ota muy evidente nace del hecho de que, para su clientela popular, éste era, mas que un partido, el Estado mismo, dotado por el jefe del movimiento de tuna nueva orientacién social; pese a las advertencias de las que el propio Perén no habia sido avaro, ese séquito popular hallaba dif creer en Ia posibilidad de la derrota de ese Estado, que contaba con tantas ventajas sobre sus adversarios; por otra parte aun Jos Tlamamien- tos del Ider a una mayor vigilancia politica no solicitaban una aceién cepontinea de las masas, sino la adhesin més plena de éstas a La accién eslatal. Aun si los desconcertantes desarrollos politicos de Ja tltima etapa no hubieran mellado la combatividad de las bases peronistas, ésta se hubria manifestado quizé demasiado tarde (tal como Jo hizo en los escasos episodios de resistencia que efectivamente se dieron; por ejemplo en Rosario, donde sélo después de que las radios oficiales admitieron el éxito de la revolucién, las bases peronistas, alli muy numerosas, advir tieron que en efecto la situacién era grave, ¥ se lanzaron a aceiones san- grientamente reprimidas), Pero esa tardanza en pereibir los aleances de 88 la amenaza enfrentada se debe en parte a que el agonizante régimen dedic6 sus iltimos esfyerzos a presentar una imagen deliberadamente deformada de Ja situacién, que mantuyo, a la vez que en el optimismo, en la pasividad a sus adictos. Por qué lo hizo? De nuevo aqui no faltan los eriticos que deploran la ausencia de una tentativa de moviliza popular in-extremis, que hubiera podido acaso salvar a la revolucién peronista transforméndola en revolucién social. Pero, dejando de lado el hecho de que esta tiltima seguia despertando el sincero horror de los Uirigentes y de buena parte de los adietos al peronismo, éste encontraba fen ese momento igualinente importante no enajenarse del todo el cada vex menos seguro apoyo que seguia brindandole la mayor parte del cuerpo de oficiales; durante diez afios habia hecho del ejército el tinico respaldo de su poder ante cualquier amenaza violenta, también durante diez aiios se habia presentado a sus adictos investido de todo el poder del Estado, y porque contaba con él les habia podide dar proteccién y muy precisas ventajas; exguirse contra la institucién a la que habfa reservado el monopolio de la fuerza solicitando para ello el auxilio de aquellos cuya adhesién se habia ganado en el papel del que no necesita auxilios (y por lo contrario los distribuye desde lo alto) era sin duda tuna aventura desesperada, Para evitar su poco airosa caida de 1955, el peronismo hubiera acaso debido cambiar no en 1955 sino en 1945. gPero hubiera podido hacerlo? Una corriente innovadora a la vez socialmente nds radical y menos constantemente sensible a las exigencias inmediatas de bienestar de los sectores medios y populares, capaz por Jo tanto de enearar transformaciones mas hondas de las que efectivamente promovié el peronismo, zhubiese podido triunfar en Ia Argentina de 1945? No parece probable: la presién de los adversarios habria obligado entonees al gobierno militar a organizer répidamente una eleccién general con yotos honradamente contados, y no es este 1 camino mas adecuado para impouer salidas cuyos beneficios no son inmediatamente perceptibles; por otra parte el mismo resultado electoral de 1946 muestra que sélo manteniendo un curso més ambiguo el peronismo pudo aleanzar la rela- Livamente estrecha victoria que entonces conquist6: en ella el peso del voto catélico y el de considerables sectores conservadores resulté decisivo... En todo caso, si al definirse el peronismo en el plano social como un movimiento partidario de un programa moderado de redistribucién del ingreso entre Jos distintos sectores, se habia creado dificultades que se hicieron evidentes apenas la coyuntura econémica se torné menos favo- rable a esa politica, también habia preparado con ello dificultades no menos graves para sus adversarios y herederos. El gobierno provisio- nal enfrentaba la necesidad de dificiles definiciones en muy variados 89 pplanos, pero sin duda la més grave y cargada de consecuencias se le imponia en el econémico. Que un eambio de rumbo era indispensable no era en rigor un descubrimiento de las nuevas autoridades; Perén o habia advertido también, y habia tratado de introducirlo con pulso inseguro, Por cierto en algunos aspectos las cosas se presentaban mas féciles para sus enemigos y herederos: durante un largo tiempo po- drian achacar las dificultades viejas y nuevas a la herencia del 1égi- ‘men al que habia derribado; mas importante atin era que coutaba con un prejuicio favorable de parte de los sectores que habian mantenido ‘oposicién abierta o por lo menos fuertes reservas frente al peronismo, y que eran los destinados a heneficiarse con la modificacién de la poli- tica econémica. Tal como Jo haba seftalado uno de sus mis brillantes ma hora, el doctor Mario Amadeo, la revo- sido la victoria de una clase sobre otra; si se decidia a serlo plenamente podria utilizar al maximo las ventajas politicas que el cambio de rumbo econémico podia ofrecerle; aun si no aceptaba ser ‘una segunda restauracién neoconservadora, era de temer que la fuerza misma de las cosas la empujara a desempefiar ese papel, y en ese caso tendria que absorber todos los dafios politicos que de ello derivaban, sin beneficiarse plenamente de las correlativas ventajas. Esa dimensién politica de las decisiones econémicas no fue advertida por todos Jos integrantes de la coalicién revolucionaria; s6lo el sector mayoritario dentro del radicalismo parecié deseubrirla, pero su defensa de una politica econémica de orientacién popular fue recibida con frial- dad por sus ocasionales aliados, aun por los que comenzaban ya a busear tun entendimiento con el aparato sindical peronista. Por otra parte las decisiones eeondm laban lejos de ser consideradas primor- dialmente en su relacién con el equilibrio entre sectores sociales, y —por Jo menos en Ja mente de su principal inspirador— no implicaban una ‘opcién global en favor de la Argentina rural y exportadora, contra Ia industria y los consumidores uxbanos. En efecto, Rail Prebisch, Hamado por el gobierno del general Lonardi fa prestar asesoramiento como funcionario de las Naciones Unidas, deja- ba resueltamente de lado el contexto politico de las modificaciones por 1 propnestas en la politica econdmica, y si su diagndstico de la situacién argentina buseaba en la reorientacién demasiado drastica de los ingresos hacia los seotores asalariados urbanos una de las eausas més importan- tes del creciente desequilibrio, estaba lejos de proponer, aun como solu- cién a corto plazo, el retorno a la distribueién de ingresos vizente antes de la revolucién peronista; la modificacién por sta realizada era juz- gada a la vex prematura y sustancialmente irreversible. Por otra parte 20, | la perspectiva a largo plazo que los consejos de Prebisch proponian no era Ja de un retorno a Ja Argentina preindustrial; era por lo contrario Ja de una Argentina dotada de una estructura & y viable que la dejada en herencia por el peron Fsa orientacién dada a sus consejos probaba hasta qué punto el que habia tenido parte tan eonsiderable en la fijacién de la polities econémica argentina durante Ja restauracién conservadora se habia transformado ya en el vocero eapaz de traducir en el pulido lenguaje de los simposios internacionales las impaciencias del Tercer Mundo, de esa periferia cada vex mas relegada por las transformaciones de la economia mundial; no era sino una prueba del provincialismo que diez afios de aislamiento habian introducido en la cultura politica argentina que Prebisch, su diagnéstico y su plan fueran considerados por sus adversaries como expresiones de Ia misma tendencia que se traducia en los nostélgicos cditoriales de nuestros grandes diarios, que utilizaban la recuperada libertad para evocar Ta pasada prosperidad argentina, s6lo interrumpida por culpa de gobiernos entregados (por su inocencia o su intrinseca per- versidad) a las engafiosas seduceiones del dirigismo. Aun siendo esto cierto, también lo es que el contexto politico no por ignorado era menos decisive; no porque el plan Prebisch prefiriera dojar de lado las consecuencias més permanentes que podia tener una politiea destinada en lo inmediato a aumentar las exportaciones elevan- do los ingresos del sector rural (al que Ia experiencia peronista habia brindado una cohesién nueva) esas consecuencias dejarian de darse. A cllo se agregaba cl problema adicional ereado por los ingresos de los seetores asalariados; aunque los consejos de Prebisch no inclufan su disminucién dristica era al mismo tiempo evidente que ellos daban prio- ridad no sélo al aumento de ingresos del sector rural sino también a la modernizacién de Ia infraestractura (muy abandonada durante la etapa perovista), « Ia expansién de Ia explotacién de combustibles (de la cual Prebisch excluia todo aporte de capitales extranjeros), y a la integra- cién de Ja estructura industrial (tres metas que requerfan fuerte inver- in de capitales, que silo para la primera y la dltima, y aun en ellas parcialmente, debia venir del extranjero). Aqui era el segundo bloque consolidado por el peronismo, el de los asalariados obreros y la baja clase media dependiente, el que iba a defender su parte en Ia distribu. cién del ingreso frustrando las expectativas del plan: como Perén, que habia tenido en él su principal apoyo, la revolueién, que entcontraba en €1un adversario al que preferia no enconar, no podria ignorar las presio- nes de ese blogue: si con ello hacia menos radical la reorientacién inme- OL diate hacia el sector rural, hacia también remota Te posibi correceidn de los desajustes estructurales de la economia. idad de una Asi limitada Ja libertad de movimientos de los gobiernos herederos, bien pronto habrian de lamentar haber eentrado en el terreno econémico sus criticas a la etapa pasada; durante mucho tiempo no tendrian demasiado que oponer a las realizaciones econdmi embargo tan diseutibles, del peronismo. Siete afios ricos en alternativas draméticas serian nece- sarios para que, cuando ya desesneraba de ello, Ia Argentina hallase aliviado su problema de balanza comercial, aun después de ello la infla- cién (el combate eontra la cual figuré entre los objetivos principales de Tos gobiernos herederos y que sin embargo Inego de 1955 realizé vances cuyo ritmo avasallador no se habia conocido en el pasado) seguia siendo un problema no resuelto. Ese curso vacilante era neceserio? ;Tenfan razén los eriticos que otra vez acusaban alternativa o simultineamente a los sucesivos sobiernos de seguir politicas antipopulares y de entregarse por cobardia 0 por scoreta vooacién a una casi clandestina demagogia? En todo caso, resulta dificil descubrir de qué modo, en el frigil equilibrio politico que iba a ser el de la Argentina posperonista, eualesquiera de los gobiernos que sucesivamente enfrentaron problemas sustancialmente ineambiados, hu- bieran podido adoptar soluciones eennémiens que —eualesquiera que fue- sen sus olxos méritos— debian despertar Ia oposicién simultnea de todos los sectores sociales polftieamente poderosos. De este modo, en una suerte de dest nego de espejos, los pro- Hlemas econdmicos envian a Jos politicos, que a su ver tienen su ratz, por lo menos en parte, en aquéllos. Pero no sélo en aquéllos: tereera de las revoluciones militares argentina, hecha contra el heredero de la segunda y con el apoyo del partido que habia sido vietima de la primera, In de 1955 debia, por todo ello y también por la particular coyuntura de la que habia surgido, orientarse hacia una estrategia politica distinta de Tas que habian fructificado en 1932 y 1946. Veneedora de um gobierno cuyas tendencias dietatoriales eran menos imaginarias que las del doctor Yrigoyen, respaldada a Ja vez por quienes habfan mantenido durante un cuarto de siglo de adversidad fe inquebrantable en Ia demoeracia consti: tucional y por los inquietos idedlogos de la derecha catélica cue —Inego de una Targa excursién a través de muy va autoritarias— haefan el papel de hijos prédigos de la trad cional, Ia revolucién de 1955 no vacilaba en definirse libertadora y en proclamar su identificacién total con Ta exigencia demoeratica; al mismo tiempo debia enfrentar am movimiento que, aunque identifiesdo con un 2 cectilo politico eada vez mis autoritario, gozaba de un arraigo popular difi- cil de ignorar, Deshacer el apavato totalitario no era, estando asi las cosas tina consigna tan sencilla como podia parecerlo primera vista; Hevada adelante con légica, significaria, por ejemplo, deshacer a un movimiento obrero cuyo earicter no representativo faltaba ain demostrar. El general Lonardi parecié adivinar sino la indole, si por lo menos In gravedad del problema planteado a la revolucién; siguiendo el ejem plo de Urquiza, proclamé que ella. no dejaba ni vencedores ni vencidos, y —consecuente con estas palabras— huseé poner dique a la oleada que, Iuego de su victoria, partia ofensivamente de la demasiado tiempo aplas- ada oposicién, Pero esa consigna vieja de cien aiios era también menos precisa de lo que pareeias entendida en sentido restringido prometia a Jos adictos al orden caido que no sufririan por haberlo sido bajo el nuevos interpretada en toda su posible amplitud suponia que la revolu: cin se proponia definir nuevas reglas para el juego politico, mas ape- gadas que las anteriores al modelo liberal-constitucional, pero no cerrar ‘al movimiento peronista el acceso a la reabierta lucha entre los partidos. Si cl presidente provisional no vio con elaridad la alternativa fue por {que compartia la nocién —entonces muy difundida— de que el pero- nismo no podria sobrevivir a su pérdida del poder. Pero ello mismo daba a la actitud presidencial un sentido ambiguo: su generosidad podia interpretarse como inspirada por el deseo de recoger lo mejor de Ia vasta herencia de adhesiones populares dejada por el supuestamente mori- undo petonisino. Este deseo hubiera causado menos controversias si la revolueién en cyo nombre el presidente gohernaba hubiese poseido tuna erencia; Iuego de la vietoria los que habian Inchado en nombre de la tradicién liberal y los que habfan visto en Ia reyolucién ina vietoria de Cristo, los que aiioraban la Argentina de antes de 1930, embellecida ahora por el recuerdo hasta hacerla irreeonocible, y los que habjan renuneiado mal a identifiearse con etapas aun mas remotas del pasado nacional, comenzaban a transformarse de aliados en adver- earios; desde muy pronto pareeid evidente que el sector eatélico-nacio: nalista, «que se crefa mejor aceptado por la opinién peronista, pensaba hacer dela adbesién de ésta su arma de triunfo. Pero no por ello se proponia mas que sus vivales admitir como un inter~ locutor vilido al partido caido, al que también él parevia considerar un cadaver politico: el sucesor dado por la revolucién al sefior Apold exa tun nacionalista al que enemigos de memoria tenaz reprochaban sus visi- tas a Berlin durante Ia Segunda Guerra Mundial; fue él quien orsaniné tuna quizé demasiado estentérea campafia de desprestigio dirigida no sélo contra el presidente caido sino también contra Ja memoria de su 98. esposa, que desperté el hien comprensible encono de los que aun le gua daban devocién; al parecer también el doctor Goyeneche evefa que una semana de setiembre habia bastado para que no hubiera ya peronistas. . Bien pronto fueron los mas viejos adversarios del peronismo los que se mostraron mas dispuestos a creer en la permanente vitalidad de ese movimiento, aunque usaban esa ercencia sobre todo como argumento polémico contra sus aliados y rivales, euya politica de relativa tolera cia podia ser presentada coro un intento ciego o deliberado de devolver al poder al enemigo abatido en setiembre. Defendiendo la politica més intransigentemente antiperonista, la anti gua oposicién que se autodefinia democratica podia ampliar con rapi- dez sus contactos con el ejército, donde la oficialidad antiperonista, de vuelta de persecuciones 0 por lo menos (en los casos menos desfavora- hes) de largos afios de postergaciones, estaba répidamente tomando el control. Pero si actitud no era totalmente oportunista; al revés de lo que ocurrfa con Ja derecha catélica y nacionalista —conjunto de redu- cidos grupos de élite siempre en busca de un movimiento de hase amplia al cual orientar (0, como preferian decir sus enemigos, en el cual ins talarse parasitariamente)—, la antigua oposieién antiperonista habia contado, en un pasado ya remoto, con sus propias bases populares, de las que habia sido total o parcialmente despojada por el peronismo; ahora contaba con recuperarlas por la razén o por la fuerza, Bsta ambicién era particularmente viva entre aquellos dirigentes de los partidos opo- sitores que habian derivado mas directamente su fuerza del ascendiente ganado sobre los sectores sociales que Inego habian de apoyar al pero: nnismo: es comprensible que los sindicalistas de obediencia opositora, que gustaban imaginar que sélo la violencia policial habia impedido a sus bases conservarles abierta lealtad durante el decenio que quedaba atv vieran con impaciencia las tentativas de entendimiento entre el gobier- no revolucionatio y le antigua tercera rama del partido peronista, que —devuelta por las circunstancias a su vocacién estrictamente sindical— parecia dispuesta a comenzar una nueva etapa bajo una direcet tancialmente incambiada, ahora bajo el signo de la Revolucién Liber- tadora, ‘Aun antes de que esas tensiones desembocaran en un abierto conflicto entre seetores revolucionarios, 1a accién de los sindicalistas antiperonis- tas, apoyados en la fuerza que les brindaban sus antiguos eamaradas de conspiracién devueltos al escalafén militar, enfrent6 abiertamente la politica sindical del gobierno Lonardi, que habia instalado en el Minis terio de Trabajo al doctor Cerruti Costa, un abogado de sindicatos enyo reeiente pasado peronista parecia ser el més evidente de sus méritos. 94 Pese a esos obsticulos, la cautela de la politica sindical permitié sos yar conflictos euya peligrosidad parece retrospectivamente evident climinacién formal de los signos de adhesién obrera al régimen caido se dio ripida y silenciosamente; menos de un mes después de la victoria revolucionaria, los sefiores Framini y Natalini, dirigentes peronistas a ‘cuyo cargo habia quedado el gobierno de la cor, celebraban el décimo aniversario del 17 de octubre exhortando a la clase obrera a eludir una ‘ocasién de conflicto acudiendo masivamente al trabajo y absteniéndose de toda celebracién. Pero el precio de esa transicidn pacifica era la incoxporacién en el nuevo aparato de gobierno de sectores importantes del antiguo, mientras una atronadora propaganda, en que los nacionalis- las no eran menos ruidosos que sus aliados y rivales, identificaba a éste con todos los erimenes piiblicos y delitos privados imaginables. Era una politica indefendible, y que en efecto se defendia cada vex peor contra las impaciencias de quienes querian que la revolucién siguicra plenamente su curso; sus argumentos eran mas morales que politicos, y —puesto que la imagen que sus defensores aceptaban del pasado peronista hacia dudosamente moral cualquier compromiso con sus anti- _guos sostenes— mis sentimentales que morales; estando asi las cosas, no tiene nada de extraiio que muchos hayan encontrado poco convincente cl especticulo de tantos inveterados cultores de la violencia redentora Fie, 7.24 El General Lonardi y Busn, Joramento de Ia Suprema Corte (Archivo, General de Tn Naciin)| 95, convertidos a la ética cristiana que ordena devolver bien por mal y ofrecer la ota mejilla al ofensor. Y en efecto, en la derecha catdlica la buisqueda de contactos con sectores antes peronistas, que consideraban politicamente disponibles, iba unida a la tendencia cada vez mis mani fiesta de marginar a la antigua oposicién liberal. gHasta qué punto esta doble toma de posicién politica reflejaba la opinion del presidente? Sin duda el general Lonardi era partidario decidido de una linea concilia dora; es menos evidente que participara de las prevenciones de los até: lico-macionalistas contra los partidos tradicionales; en el eirculo muy reducido de asesores que yozeban de la confiauza presidencial el doctor Villada Achaval, euiiado del propio presidente, representaba a los sec tores de derecha, pero el doctor Busso, exitoso jurisconsulto al que la tevolucién habia hecho ministro del Interior, se identificaba con no menos firmeza con la posicién opnesta. En todo caso el eonflicto comenaé a darse de modo cada vez inés abiertos la ereacién de una Junta Consultiva, integrada por representantes de los partidos antes opositores, fue morosamente tramitada; el doctor Villada Achival hubiera preferido formarla con figuras de menos preeisa repre- sentatividad politica. Debié inclinarse sin embargo ante el atbitraje del presidente; el doctor Busso hacfa asi figura de vencedor y el contraal. ‘irante Rojas, vicepresidente de la Repiblica y presidente del nuevo cuerpo, ponia todo el peso de la marina de guerra en apoyo del rumba que a través de Ja creacién de la Junta pareeia tomar la revolucién, definido por el doble recuerdo de Mayo y de Caseros; a través de él cra Ia continuidad con la experiencia liberal-constitucional argentina Ja que era subrayada por Rojas. Pocos dias después, Ja renuncia del general Bengoa, ministro de Guerra que habia apoyado la apertura hacia el aparato sindical peronista, parecia otorgar una nueva victoria a Ja tendencia que ya habia comenzndo « afirmarse; sin embargo no dejaba de ser signifieativo que, al aceptar la renuncia de Bengoa, el gene. ral Lonardi se solidarizara por entero con su posicién. Esa solidaridad favo manifestacién mas precisa en una proclama dada a conocer a horas intempestivamente tempranas del 12 de noviembre: en ella el general Lonardi tomaba distancia ante la ola depuradora que avanzaba sobre el ais en nombre de la revolucién, a la vez que anunciaba una ampliacién de Ia Junta Consultiva para incluir en ella figuras de gravitacién no exelusivamente politica, Aun més clara en sus consecuencias era la di sion del Ministerio de Interior y Justicia; Ja nuova cartera de Justicia era confiada al doctor Busso —que la rechazé de inmediato—, mientras el ministerio politico por excelencia recibia por titular al doctor de Pablo Pardo, cuyo pasado nacionalista y properonista le habia impedide hasta entonces ocupar en el gobierno cargo alguno. "96 « fraccién revolucionaria desautorizada por ese sibito cambio de sabe etre toa tesacede paced dt set AGRE doctor Busso renuncié a su eargo, sus adictos no abandonaron la sede min terial, y Tos miembros de la Junta Consultiva (excepto dos representan- tes de Ia reeién creada Unién Federal Deméerate Cristiana, rival nacio- nalista del Partido Deméerata Cristiano) renunciaron también. antes de Jos partis tradconales than » ser plenamente reivindicados al dia sieuiente; a 1a opo-icién de la marina Se PEGA ‘mayor parte del ejército, y ante ella debi6 inclinarse el presidente Lonardiz el 13 le era aceptada una renuncia verbal cuya cxistencia misma fue desde ese momento muy diseutida. Lo reemplaza- ba el general Aramburu, al que seguian acompafiando en el gobierno a doer Buss y los representantes de los patios; Tos voeros de la atélicosacionalicta (entre ellos el doctor Goyeneche y el eanciller loctor Amadeo) eran en cambio eliminados del gobierno. Le revolucién eau 'y m signo antiperonista, a la. vee. que i ci que para los sectores popu- srometfa atenuar las consecuencias negativas que p Jared tena Ta nueva polftin goonémlea, » Ta ola depuradora ovanesba ahora impetuosamente; las comisiones investigadoras —ereadas durante [a etapa anterior — se multiplicaban; el Partido Peronista era formal mente disuelto, y Iuego de una tentativa de huelga general fue enviada is interven a la Confederaciin General del Trabajo. No habria gn eaten Argan c ubicaban fuera de Ia linea revo- legal en Ia Argentina para quienes se ubicaban fu : Fceicpa, ita tenes edt aoet ae een tesear errant El ministro y los repres reiteraba eu vocacién den chtenido una decisive vietoria. Todo esto parecia facilitar la adopetén de un rumbo politico preciso; ahora se advertia, sin embargo, que ella seguia siendo problemétiea Lo era porque la Argentina misma, muda durante diez aiios salvo para expresar su adhesién al orden de cosas vigente en formulas demasiado estereotipadas para que fuera fécil asignarles un signifieado preciso, transformada durante esos mismos diez afios en una medida que era también dificil establecer, era para sus nuevos gobemantes una canti dad desconocida. El peronismo no habia sido tan s6lo un movimiento 0 tun régimen politico; bajo su signo el equilibrio social habia cambiado, y aun en el plano de las ideologias politicas, si sus aportes originales habian sido modestisimos, habia ofrecido un admirable instrumento de difusién a puntos de vista que en Ia déeada del treinta habfan sido soste: nidos tan sélo por alarmadas minorias y que en 1955 parecian haber arraigado firmemente en la conciencia eolectiva. De este modo el antiperonismo politico, por decidido que fue nifieaba una toma de posicién obligada frente a todo lo que diez aiios de transformacién con signo peronista habfan traido eonsigo. Aqui el gobierno revolucionario debia mostrarse reacio a seguir las huellas del Fic, 7.26, Fl General Lonasdi con Palacios, Chioli, Zavala Ort y Prtete (Ave de Ta Naciin)| . T de 1930; faltaba ahora la segura eonviecién de que tos dafos de la etapa pasada podrian corregirse climinando de la vida politica a las nuevas capas sociales que durante esa etapa se habian incorporado a ella, Mas ni pata importantes sectores. pro-revolucionarios aun ciertos motivos ideoldgicos que el peronismo habia popularizado merecian ser plenamente mantenidos y aun acentuados. Asi ocurria en el radicalismo, ahora domi: nado por los sectores intransigentes, que durante toda la etapa pero- nista habian librado una dura y exitosa lucha interna; para ellos la culpa del peronismo habia residido en su escasa lealtad a sus propias bande- ras: la soberania politica, la liberted econdmica y la justicia social no habian sido, a los ojos de Jos radicales intransigentes, las auténticas 1as de la politica del régimen. De esa conviccién habia nacido una téetiea nueva, que si logr6 éxitos muy limitados en sus tentativas de transformar la resistencia obrera a la orientacién econémica de Ja segun- da etapa peronista en el punto de partida de una ruptura politica entre la clase obrera y el peronismo, lo tuo mayor al convocar a sectores sociales mas amplios a la lucha contra la politica petrolera adoptada por Peron v4, en Ia que denunciaba una traicién contra la independen- cin econémica del pais. Esa actitud intransigente se continuaba por otra parte con In adoptada en los problemas de politica exterior; Ia seguida por Perén, que —de manera muy tradicional en la Argentina— habia huscado detener la consolidacién del sistema panamerieano que ahora Estados Unidos queria transformar en arma para la guerra fria, era recusada por sus criticos intransigentes por un doble motivo: la encon- traban insuficientemente decidida y ademés la juzgaban vinculada con el mantenimiento de la peculiar relacién argentino-briténica, que el pero- nismo, pese a nacionalizaciones y repatriacién de deuda, conserv6 co: mo aspecto esencial de su polities, y que los radicales denunciaban como ‘otro modo de servidumbre al imperialismo. Sin duda, no faltaban razones a los radivales para denunciar las inconse- ‘uencias de una politica externa rica en zigzagueos. Aun asi, era el na ‘ionalismo de diez afios de propaganda peronista el que habia preparado fl camino para un nuevo estilo de oposicién que censuraba, més bien {que los objetivos declarados de la politica peronista, la escasa sinceridad ‘con que eran sostenidos, nifieaba esto que, Iuego de diez afios de peronismo, todo el pais se lentificaba con Ja imagen que —al margen de su conereto estilo poli ico el peronismo habia adoptado de la realidad nacional? Se ha visto yu que no: la oposicién al peronismo no era tan sélo (acaso no era pri Inordialmente) resistencia a su orientacién autoritaria; era recusacién global de las modificaciones més generales que habfan acompafiado a su 99 ‘aparicién en la escena argentina. Es cierto que el voto opositor no habia dejado de acompafiar a los candidatos radicales cuando éstos eomenzaron, 1 presentarse unte él en nombre de un programa de reformas economico- sociales mis audaces que las que el peronismo habia osado planear; ese apoyo masiyo no implicaba ninguna honda transformacién ideoldgica de Ia sélida clase media opositora; nacia mas bien de una disciplina elec- toral mantenida en odio al peronismo y todo cuanto él significaba, y suponia a lo sumo una aceptacién resignada y sélo provisional de la nocién de que ciertos cambios sociales eran de todos modos irreversibles. Sin duda, en una democracia moderna no es siempre necesario el apoyo del electorado para imponer cierias politicas; basta a menudo con st resignacidn, y sien efecto las transformaciones aportadas por el pero- rnismo hubiesen estado tan s6lidamente arraigadas como el régimen y la oposicidn habian terminado por reer, su revisién no se hubiera ni siquie- 1a planteado. Pero si la revolueién habia triunfado, si ya antes de ella una prolongada desorientacién habia debilitado al peronismo, ello se debia precisamente a que la reforma a la vez, politica y social empren- dida bajo su signo habia dejado de ser viable; en palabras pobres, la Argentina ya no era capaz de costearla, y Ia alternativa se daba entre la adopeién de innovaciones més radicales que las introdueidas durante el decenio peronista 0 una erosion més o menos répida de éstas, con res- tauracién por Jo menos parcial del equilibvio anterior a 1945. El triunfo de la revolucién de setiembre colocaba ya al pais en el segundo rumbo, y ello totalmente al margen de las precisas intenciones de quienes en su nombre lo gobernaban, Porque ese rumbo no habia sido tomado de modo deliberado, la opeién apareeia aun abierta; si la izquierda més tradicional parecia cada vex menos interesada en cambios revolucionarios (el socialismo mostr sobre todo una impaciente ansiedad por los despojos sindicales del x nen caido, sobre los cuales se habian lanzado los dirigentes deseosos de cobrar el premio de diez afos de lealtad a las viejas banderas, pero también de castigar la apostasia de las bases antes adictas; el comunis mo buseaba aprovechar el hecho de que, Inego de mas de un cambio de rumbo, en el momento de caer el peronismo se encontraba en cautelosa ‘oposicién a él para ensayar una vez mas el acceso a la plena respetabi- lidad politica; uno y otro, entonces, se fijalan objetivos estrictamente pp litico-partidarios dejando de lado cualquier tentativa de promover trans- formaciones mis amplias) por su parte Ia direccién intransigente que habia conquistado el aparato radical mostraba una adhesin cada vez mi firme a una imagen de la realidad argemtina que debia desembocar nece- sariamente en la postulacién de transformaciones mucho mis generales 100 y profundas que las vividas bajo signo peronista. De 1954 era Petréleo y politica, del nuevo jefe del partido, Arturo Frondizi; esa “contribucién al estudio de la historia econémiea argentina y de las relaciones entre el imperialismo y la vida politica nacional” inciuia una introduccién euyo titulo mismo (“La lucha antiimperialista como etapa fundamental del proceso democratic de América Jatina”) no dejé de despertar preven- ciones dentzo y fuera del radicalismo, agravadas euando algunos diser: tos contrincantes del doctor Frondizi comenzaron a sugerir que las ideas alli expuestas no eran un descubrimiento original del jefe radical, y mu chas de ellas podian encontrarse en los escritos de Lenin sobre el tema De este modo el més importante partido antiperonista parecia dispucsto ano detenerse amte ninguna audacia programatica, y también a dar a su recién descubierta vocacién revolucionaria contenido conereto por medio de su accidn politica. Pero aun a los ojos de los que asf renovahan al radicalismo, lo mis urgente era no enajenarse Ja buena voluntad de un gobierno militar en cuyas manos estaba despojar a los lfderes intransi- gentes del control del paatido, que habian ganado a través de un esfuerzo tenaz, pero que no habia renovado en cuanto a las técticas empleadas el arsenal de recursos no siempre edificantes que enriquece la tradici6n partidaria, Asi Jimitada, Ia voeacién revolucionaria del radicalismo se traduefa en wna ambigiiedad empefosamente cultivada; bajo 1a diree cin intransigente, el radicalismo aspiraba a ser a la vex el heredero legal de la revolucién antiperonista y la ‘niea alternativa legalmente abierta frente al cerrado antiperonismo ahora triunfante. Esto colocaba la direceién radical en situacién intermedia entre la posicién de los otros partidos tradicionales y la de los nacionalistas, y ello ya se p de manifiesto en el eseaso entusiasmo «que puso en su apoyo a 1a elimi- nacién de Lonard La actitud radical anticipaba que la revolucién de 1955, como sus pre- decesoras, iba a enfrentar un difieil problema de sucesién, que se haria mas urgente con el transeurso del tiempo. A la espera de esa suprema prucha, hallaba dificultades més inmediatas; la primera de ellas era Ja de afirmarse en un pas en que el régimen caido tenia tan imponente masa de adictos. Luego de noviembre, éstos habian sido empnjados ai margen de la legalidads si las medidas tomadas contra dirigentes poli- ticos y sindicalistas parecian suficientes para eliminarlos como amenaza inmediata al nuevo orden de cosas, el ejéreito representaba una incégni- ta; pese a todas las depuraciones, que avanzaban un poco a ciegas, no era facil medir la intensidad de su apoyo a un régimen que descansaba sobre todo en él. En junio de 1956 una tentativa de alzamiento militar peronista, largamente preparada, revel6 que los temores de algunos revo- lucionaries eran infundados: el movimiento fue facilmente doblegado. 101