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Jorge Myers (1995)

ORDEN Y VIRTUD. EL DISCURSO REPUBLICANO EN EL RÉGIMEN ROSISTA

V. El sentido del orden en el discurso rosista

La exaltación del orden como el valor que debía ocupar un lugar de supremacía en cualquier axiología política
legítima representó el tema central en la constitución del discurso rosista. Esta idea había integrado las
creencias fundamentales de Rosas desde el comienzo mismo de su carrera pública. En sus escritos anteriores a
1820 afirmaba que se debía restaurar la felicidad de la campaña mediante el restablecimiento de un orden
jerárquico, basado en una jerarquía natural de capacidades individuales.
El trasfondo fundamental del concepto rosista de “orden” era que se consideraba a los hombres como
naturalmente perversos, que si no se los cercenaba mediante el ejercicio de algún poder externo a ellos
vivirían en un estado de salvaje promiscuidad y de tumulto sin fin. La sociedad política debía percibirse desde
esta perspectiva como creación artificial, como aquello que no nacía espontáneamente del libre desarrollo de
potencialidades inscriptas en la naturaleza humana. La “ley”, en el sentido que parecería asignarle Rosas a
este término, debía originarse como una imposición externa a una naturaleza que tendía siempre hacia el
desorden. Su discurso enfatizaba que el orden político era exterior a la Naturaleza, y debía construirse como
emergente de una interminable lucha contra agónica con sus pulsiones. Rosas le acordaba prioridad a la
construcción de un orden viable por encima de la implantación y garantía de la libertad del individuo.

LA RESTAURACIÓN DE LAS LEYES: UNA RETÓRICA DE LA LEY Y DE LA LEGALIDAD

“Restauración de las leyes”, frase que abarcaba una cantidad muy amplia de significados. Bajo un aspecto:
las “leyes” vendrían a ser los códigos y disposiciones legales promulgados en la provincia de Buenos Aires
desde la Revolución. Bajo otro aspecto el término “leyes” parece haber servido para designar una concepción
más amplia, incluso metafísica, de la ley, no simplemente un cuerpo de disposiciones jurídicas, sino la
expresión de un orden moral trascendente. Finalmente, la noción de “restauración de las leyes” conllevaría
una lectura en la cual la naturaleza de las “leyes” a las que se alude sería menos importante que el hecho de su
implementación eficaz: es decir, aquello que se restauraba era la obediencia a las leyes, y no las leyes
propiamente dichas. La identificación del orden con el imperio de las leyes no equivalía a su identificación
con aquello que a falta de una designación más precisa podía llamarse un “orden liberal”, es decir una
concepción del orden articulada en torno a la noción de derechos individuales imprescriptibles. La política de
Rosas siempre se apoyó sobre una concepción de la “ley” que suponía que su imperio en la sociedad se
lograría principalmente por medios coercitivos.
Las leyes sólo podían considerarse validas si gozaban de un consenso social previo. El pensamiento político
que otorgaba su legitimación al régimen enfrentaba en torno a esta cuestión una paradoja lógica difícil de
resolver: por un lado, en tanto la teórica rosista identificaba el nuevo orden con la restauración de las leyes,
éste debía ser el emergente de un consenso previo; sin embargo, tal consenso previo, por otra parte, no podía
existir desde la perspectiva sustentada por el régimen acerca de la naturaleza humana: el consenso no podía
ser el fruto de una reunión de voluntades individuales naturalmente perversas. Ante semejante panorama sólo
la imposición previa de un orden externo a la sociedad podía crear las condiciones para que tal consenso se
formulara: era esa creación la que requería la utilización de poderes coercitivos. Los publicistas del régimen
ensayarían una solución lógica al dilema, que subrayara la coherencia jurídica del mismo: se enfatizaría la
existencia de un consenso no en torno a la naturaleza del orden político que se deseaba fundar, sino en torno a
la legitimidad de la misión providencial encomendada a Rosas para que él estableciera tal orden político. La
“ley” que se restauraba expresaba pues una concepción ambivalente del orden: iba dirigida tanto a definir un
orden político como a imponer un orden legítimo a la sociedad.
Las formas de control social abarcaban desde los intentos por promulgar un código de policía rural, castigos
ejemplares a aquellos acusados de inmoralidad pública o de haber cometido actos criminales, la supresión de
días festivos, etc. El discurso del régimen sobre este tema estuvo omnipresente, recibiendo expresión en una
variedad muy amplia de medios de comunicación. El desorden para Rosas afectaba todas las esferas de la
existencia. Aquí se perfila el momento de su discurso donde la diferencia entre el crimen particular y la
oposición política comienza a borrarse. Las diferencias que separan los distintos órdenes de transgresión
desaparecían cuando se las visualizaba desde la perspectiva de un orden holista en el cual la ley operaba como

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la religio unificadora de lo público y lo privado, de lo social y lo político, del pueblo con su líder. El discurso
de Rosas reclamaba una transparencia entre el significado y su representación: las cosas deberían parecer lo
que realmente eran. El apoyo a Rosas y a su sistema de gobierno debía ser visible, como debía serlo por su
parte la oposición. Al restaurar las leyes, Rosas también suponía haber restaurado las clasificaciones naturales
que imponían un orden a la sociedad, y estás implicaban por definición la imposibilidad de su ocultamiento.
Rosas enfatizó la necesidad de que se encarasen importantes reformas tanto en la administración de justicia
como en el corpus de legislación vigente. De esta forma, ante la mirada del público se mantuvo el tema de la
reforma judicial durante la segunda mitad de los años treinta, y aunque se deslizaría insensiblemente a una
posición muy relegada en la jerarquía de tópicos que componían el discurso rosista, sirvió para fortalecer la
noción de que el régimen rosita perseguía la “restauración de las leyes”.
El discurso rosita enfatizó la unión entre legalidad y coerción. Esta última era necesaria para justificar el
orden legal establecido, el cual justificaba las medidas empleadas.

¿UN ESTADO CATÓLICO? LOS COMPONENTES CRISTIANOS DE LA IMAGEN ROSISTA DEL PODER

Permanece, sin embargo, la pregunta acerca de cuál era la naturaleza del orden que los rosistas creían estar
restaurando. Una importante esfera de representación se cruza con el discurso rosista e influye sobre sus
contenidos: la imagen de un orden cristiano o católico. Los hábitos de moralidad y autocontrol personales que
subyacían al orden cuya instauración se buscaba podían interpretarse tanto en clave cristiana como en clave
republicana. Sin embargo, la invocación del cristianismo como un soporte potencial para el orden rosista
planteaba, desde una perspectiva teórica, más de una dificultad. El catolicismo se había opuesto al
surgimiento del republicanismo clásico, considerándolo antitético con la estructura divinamente decretada del
estado político y de la sociedad. En la Argentina la relación entre los lenguajes del republicanismo y aquellos
del cristianismo había seguido desde la revolución un desarrollo cuyos contornos eran particularmente
complejos. Los lenguajes de la República y de la Fe tendieron, en más de una ocasión, a fusionarse en una
amalgama donde sería muy difícil distinguir con algún grado de certeza la filiación respectiva de sus diversos
componentes retóricos. Esta contradicción entre las premisas a que remitía un discurso republicano y la
representación que del orden secular hacia el cristianismo constituyó un obstáculo de envergadura para el
pleno despliegue por parte del rosismo de una retórica cristiana de la política. Esto significa que a estos
elementos cristianos de representación se les asignó una posición subordinada en la economía general del
discurso de Rosas. El régimen insistió en mantener a la Iglesia –y con ella a las doctrinas que era de su
incumbencia propagar- subordinada a los intereses de una política secular. Fundamentalmente dos cuestiones
centrales tendían a entorpecer cualquier estrategia política basada en una identificación amplia de los intereses
de la Iglesia con los del estado:
1-La negativa del Vaticano a reconocer la soberanía de las emancipadas repúblicas de América Latina.
2- La decisión vaticana de no reconocer como herencia del estado argentino el patronato real antes ejercido
por los monarcas españoles.
El papel que en el sistema rosista se le asignó al discurso de una política cristiana y a sus propagadores
naturales fue en consecuencia muy secundario. Sin embargo, aún desde esa posición subordinada, el uso que
haría el rosismo de los tópicos de la retórica cristiana sería extremadamente eficaz para la consecución de sus
fines explícitamente seculares. Se le daría un uso muy exitoso al concepto de heterodoxia. De esta forma, sin
renunciar a la identidad en última instancia republicana del nuevo estado, Rosas identificaría a su gobierno
con la causa de la ortodoxia católica, y raramente se olvidaría de incluir en sus declaraciones públicas alguna
referencia a la impiedad de sus opositores o a los ingentes esfuerzos hechos por su gobierno por restaurar la
religión nacional. La restauración de las leyes parecía exigir casi como una consecuencia natural una
restauración correlativa de la religión. La sumisión cristiana significaba sumisión al estado rosista, y ello a su
vez implicaba que en todo conflicto entre los preceptos del cristianismo y los mandatos de ese mismo estado,
el ciudadano virtuoso debería acatar los segundos en detrimento de los primeros.

TEORÍAS DE LA CONSTITUCIÓN ARGENTINA

El discurso sobre la constitución del rosismo interpeló algunas cuestiones fundamentales:


1- El carácter inapropiado de una constitución escrita.
2- El carácter inevitable del sistema federal de gobierno.
3- La necesidad de discriminar entre una opinión política legítima y otra ilegítima.

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Vínculos entre 2 concepciones aparentemente tan paradójicas como aquella que enfatizaba a ultranza el
imperio de la “ley” y esta otra que articulaba una oposición principista a la promulgación de una constitución
escrita. La intersección entre estos dos tópicos describe una región del discurso rosista que se aproxima a una
concepción “burkeana” de la problemática constitucional argentina; o sea un conjunto de creencias y valores
ampliamente difundidos y de interpretación poco rigurosa que mostrarían un “parecido de familia” con el
pensamiento de Edmund Burke. Las principales características que este término designaría son: 1) aquella
concepción del estado que ve en él un organismo viviente; 2) la creencia de que cada estado posee un patrón
de desarrollo y una velocidad de crecimiento propios y 3) el postulado de que lo político pertenece más al
ámbito de la práctica que al de la ciencia. Cada uno de estos postulados implica la defensa de una constitución
no escrita y una oposición cerril a cualquier intento de someter el edificio jurídico a una reforma racional. La
oposición rosista a un instrumento jurídico de esa índole se justificó más sobre la base de su escasa
factibilidad circunstancial que sobre argumentos de teoría política. Si no puede sostenerse una interpretación
estrictamente “burkeana” de de las discusiones constitucionales elaboradas en el fluir de general de la retórica
rosista, existen puntos de contacto entre las dos visiones, sobre todo en cuanto a sus premisas subyacentes:

1- Rosas aludió esporádicamente a una concepción organicista del cuerpo político argentino.
2- Junto con ese filón organicista, pueden detectarse también en las producciones escritas de los
publicistas del régimen elementos historicistas y pragmaticistas que apoyarían la hipótesis de una
inflexión “burkeana” en el discurso rosista sobre la constitución.

EL FEDERALISMO: UNA DISCIPLINA PARA LAS PASIONES EN EL ESTADO NACIONAL

La cuestión del “federalismo” representa el tema más importante, pero también el más intrincado y el más
ambiguo, de su discurso republicano. En su análisis dos consideraciones centrales deberían ser tenidas en
cuenta:

1- La persuasión “federalista” en la Argentina fue anterior a la emergencia del rosismo como


movimiento político, y en consecuencia el sistema conceptual y retórico por los cuales el concepto
de federación había sido elaborado, no siempre coincidirían del todo con los imperativos ideológicos
del republicanismo rosista.
2- Las contradicciones que a la luz de su práctica concreta horadaban el discurso del régimen se
manifestaron quizás más visibles en esta zona de su política que en cualquier otra.

El federalismo funcionó pues más como un dispositivo legitimador del régimen que como una ideología
coherente en torno a la cual pudiera articularse un programa concreto de gobierno. El federalismo tendió a
funcionar como un principio anticonstitucional. Oposición a una constitución escrita.
El sistema federal constituía el único régimen viable de gobierno porque respondía a un consenso popular
previamente articulado; pero también porque representaba el resultado concreto de un proceso histórico real
que había producido la estructura actual del estado argentino. Para Rosas hasta que no se apaciguaran las
pasiones atizadas por la revolución, no debería hacerse ningún intento por efectuar un pasaje desde la
organización constitucional existente, “orgánica” o “natural”, a otra apoyada en principios teóricos y fruto de
una elección racional. Federalismo que se basaba en una concepción de la política pragmática y circunstancial
por excelencia, pero se articulaba también sobre la premisa original de su visión antipelagiana de la naturaleza
humana, concebido como un sistema que pudiera funcionar como un eficaz instrumento en la domesticación
de las pasiones desbordadas de los argentinos.
Concepción esencialmente republicana que enfatizaba la relación entre las pasiones y la virtud –relación
donde a esta última la correspondería ejercer las funciones de agente disciplinador. Rosas exigiría que se
“pacificaran” todas las situaciones políticas provinciales, es decir, que se consolidará en cada provincia un
orden local estable semejante al que se había implantado en Buenos Aires antes que se pudiera empezar a
contemplar la posibilidad de constituir legalmente el estado nacional.
La existencia de un federalismo “orgánico” contribuyó a la domesticación de las pasiones también en otros
sentidos. Por un lado, la ausencia de cualquier vínculo permanente de unión entre todas las provincias, la
inexistencia de un aparato estatal nacional, garantizaba que si una o más de aquellas volvía a precipitarse en
un estado de desorden, las demás no serían arrastradas en su caída: el sistema de aislamiento provincial era
percibido como un dispositivo eficaz de insulación. Por otra parte, si una desgracia semejante llegara a

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acaecer, el vínculo federal presuponía una responsabilidad compartida por aquellas provincias que no
hubieran sido afectadas, de intervenir en los asuntos internos de los miembros díscolos para restablecer el
orden. La legalidad federal debía apoyarse sobre un previo consenso que avalara el sistema restrictivo de las
libertades públicas que se había practicado en Buenos Aires y que en su formulación implicaría una
uniformización institucional de los gobiernos provinciales que poco condecía con su mentada autonomía
interna. Si bien es cierto que no se permitiría pensar en la posibilidad de redacción y promulgación de una
constitución formal nacional, el rosismo si insistiría en el carácter consensual del vínculo federal, expresado
mediante tratados interprovinciales. Esta concepción del sistema federal, con su política de unanimidad entre
los miembros y su doctrina de intervención militar para preservar aquella unanimidad, constituyó el núcleo de
la doctrina elaborada por los publicistas rosistas para que funcionara como una ideología propia: el Sistema
Americano.

PARTIDO Y FACCIÓN: LOS LÍMITES DEL DISENSO LEGÍTIMO EN EL ORDEN FEDERAL

Los rasgos concretos de las prácticas rosistas de homogeneización política son ampliamente conocidos. Los
obligatorios signos externos de lealtad se multiplicarían y recibirían sanción legal. La proliferación de
eslóganes tuvo una particular trascendencia en la consolidación del régimen entre los sectores populares,
como también la tuvo el simbolismo fuertemente ritualizado de las celebraciones patrióticas oficiales. La
circulación de eslóganes e imposición de ciertas formas de vestimenta pertenecieron a una región ambigua de
las prácticas del régimen donde las presiones originadas en la sociedad eran más importantes que las
iniciativas del propio régimen, con el resultado de que su discurso oficial enfatizaría la naturaleza espontánea
de tales fenómenos. El control ejercido sobre al educación y la prensa representó una cuestión enteramente
distinta.
Entre fines de los 30 y mediados de los 40, la república pasó a ser identificada exclusivamente con el partido
federal -y, más aún, con el rosismo- mientras los unitarios eran no sólo sometidos a una exclusión de la vida
pública, sino apartados de toda posibilidad de coexistencia con el orden hegemónico. El discurso oficial
desplegado por la hegemonía rosista en la prensa enfatizaba -paradójicamente- la legitimidad de que existiera
una oposición política en una república moderna. Sin embargo, se trazaba una distinción entre partido y
facción, considerándose legítimo al primero y merecedora únicamente de un absoluto exterminio la segunda.
Las divisiones partidistas legítimas eran aquellas cuyo punto de partida era un consenso previo acerca de las
metas y el sentido del orden político en cuyo interior habían surgido. En principio eran lícitas las diferencias
de opinión política: en el caso de los unitarios, no lo eran, en tanto éstos representaban una facción cuya
creencia central constituía “un error que ataca la moral del país”. Los unitarios, al violar el orden legal, al
oponer una fuerza militar a aquello que en el lenguaje de la época era designado “el suave imperio de la ley”
se habían autoexcluido de toda participación en los asuntos de la república. Conclusión implicita: lealtad a
Rosas era lealtad a los valores centrales de la república, oposición a Rosas era rechazar no su gobierno o su
partido, sino el propio orden legal.
Sólo en contadas ocasiones, como es el caso del panfleto publicado por Agustín Francisco Wright en 1833,
se practicó una crítica a la política facciosa hasta concluir en su condena a todos los grupos del espectro
político argentino. En principio, la existencia de una pluralidad de partidos políticos no recibía la condena de
los escritores rosistas: en esa retórica, los valores centrales sobre los que se fundaba la idea moderna, liberal,
de una república representativa, eran aceptados como validos para el régimen. Operación discursiva que
buscaría la integración del sistema rosista en el armazón general de los valores liberales modernos, a la vez
que intentaría justificar la clausura de todos los canales de disenso político legítimo, mediante una
caracterización del partido rival y de sus simpatizantes como intrínsecamente reñidos con aquellos valores y
por ende relegados a un espacio exterior a todo intercambio cívico, a toda relación social.

CONCLUSIÓN: MODERNIDAD Y ARCAISMO, EL ORDEN ROSISTA A MEDIO CAMINO ENTRE DOS


SIGLOS

El de Rosas fue un orden republicano que se suponía representativo de los más altos valores de la modernidad
social, económica y política alcanzados por el siglo XIX. Pero era considerado en igual medida un orden
adecuado a las realidades de una experiencia americana, articulado en respuesta al colapso de la autoridad
política y social, y cuya tarea principal sería crear formas de legitimidad allí donde antes no había existido
ninguna. Paradoja aparente: la restauración del orden colonial se había realizado mediante una consolidación

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de la república moderna, y que la república se había convertido en una realidad únicamente por la
restauración de aquel orden prerrevolucionario.
Completa ausencia de referencia al universo de saberes científicos, sobre todo en comparación con los
románticos locales: Sarmiento, Alberdi y Mitre. En este sentido, se destacan tres zonas notables de
intersección entre el discurso de la política y aquellos de las ciencias, que evidentemente pudieron haber
servido muy eficazmente en la legitimación del régimen: la “ciencia de la raza”, la ciencia de la “economía
política” y la ciencia estadística de la demografía. Dos posibles explicaciones de estas ausencias pueden
excluirse:

1- No se debió a una falta de información.


2- Tampoco debe atribuirse a las opiniones personales de Rosas.

Hipótesis de Myers: el factor principal de esta virtual inexistencia del universo de pensamiento científico
moderno reside en el impacto del sentimiento y del vocabulario clásico-republicano, que habría vuelto una
posible invocación a tales zonas de reflexión incompatible con la legitimación de la república.
Como sea, el mundo del discurso rosista presentaba una doble cara a sus observadores en sus años finales.
Visto desde adentro, continuaba manifestando aquella extraña mezcla de lo arcaico con lo moderno, de
restauración de lo viejo y de creación de lo nuevo. Pero visto desde afuera, sólo su arcaísmo era visible.

[Jorge Myers, Orden y virtud. El discurso republicano en el régimen rosista, Universidad Nacional de
Quilmes, Buenos Aires, 1995.]

CUADROS:

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BASES DISCURSIVAS Y REPRESENTACIONES DEL PODER EN EL PERÌODO ROSISTA .

EJE CENTRAL: DISCURSO REPUBLICANO

COMPONENTES:

1. Ideal de un mundo rural estable y armónico

2. Imagen de una republica amenazada por una conspiración unitaria

3. Defensa del “sistema americano”

4. Adaptación entre teoría y realidad política = orden (económico, político y social)

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EL SENTIDO DEL ORDEN EN EL DISCURSO ROSISTA

IMPOSICIÓN EXTERNA POR SOBRE LA NATURALEZA HUMANA (DESORDENADA) Desorden


como
algo
innato al
RESTAURAC IÓN DE LA OBEDIENCIA A LAS LEYES MÁS QUE LAS LEYES EN SI MISMAS individuo

VISIBILIDAD EN EL APOYO AL RÉGIMEN POLÍTICA DE REPRESIÓN FEDERALISMO “O RGANICO” Y


Y CONTROL SOCIAL CENTRALIZAC IÓN

Domesticación de las pasiones


a través de la virtud

ciudadanos racionales