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Miranda Lida (2002)

GREGORIO FUNES (1749-1829)


MAYO SEGÚN EL DEÁN FUNES, O LA IMPOSIBILIDAD DE CERRAR EL CICLO REVOLUCIONARIO

En la segunda mitad del siglo XVIII la vida de Gregorio Funes en su ciudad natal se vio signada por las transformaciones introducidas
por los Borbones españoles. En este contexto, el clero se convirtió en centro de innumerables querellas entre clientelas que se disputaban
los cargos locales. Entre ellas puede mencionarse la que Funes llevó adelante para que la Universidad pasara a manos del clero secular,
en lugar de permanecer bajo los franciscanos. A pesar de apelar constantemente al monarca para que intercediera en esta disputa, ella no
se resolvió sino hasta 1807-1808, cuando el deán se hizo cargo del Colegio de Monserrat y de la Universidad, gracias a la intervención de
Santiago de Liniers. En efecto, fue durante el virreinato de Liniers cuando se inició para el deán una vida política que le ofrecía la
oportunidad de escapar a una carrera eclesiástica en la que sentía que su talento y energía se estaban desperdiciando. Tras elogiar el
proceso de militarización abierto con las Invasiones Inglesas, podía anhelar, pues, que con la formación del primer gobierno
revolucionario se les pusiera fin a las luchas facciosas a las que estaba habituado. No obstante, los desarrollos posteriores de la política
revolucionaria no pudieron menos que decepcionarlo. La sublevación de Córdoba, culminó con el fusilamiento de Liniers. A partir de allí,
Funes pasó al centro de la escena: fue nombrado diputado por Córdoba y, luego del desplazamiento de Mariano Moreno, se hizo cargo de
la Gaceta. Así, desde diciembre de 1810, la Junta Grande lo tuvo como protagonista en Buenos Aires. El mal de toda revolución se
hallaba para Funes en las pasiones facciosas que ella desencadenaba, a las que creía necesario ponerles un término.
Próximo a Saavedra, no sólo fue destituido de su cargo de diputado por Córdoba, sino que también fue acusado en diciembre de 1811 de
promover una conspiración. A pesar de su destitución, expresó públicamente su lealtad al nuevo poder, ya que veía en éste la única
manera de prevenir la guerra civil y la fragmentación que tanto temía. Fue luego de la caída de Alvear cuando Funes reapareció en la
escena política, hasta culminar con su intervención en el Congreso de Tucumán. Si bien fue convocado repetidas veces como diputado
por el cabildo de Córdoba, no estaba dispuesto a responder al llamado de una ciudad cuya política continuaba regida por las disputas
facciosas que tenían sus raíces en la época colonial y que implicaban a su hermano Ambrosio, gobernador intendente entre 1816 y 1817.
Su intervención tardía en el Congreso de Tucumán, plasmada en el Manifiesto de su pluma que acompañó a la Constitución de 1819, sin
duda contribuyó a sostener un poder que aspiraba, tanto como el propio Funes, a concluir el proceso abierto en 1810. No obstante, a su
vez, también apelaba a forjar una identidad política que tuviera como centro a Mayo. Su casi furiosa enemistad hacia los españoles,
destinada a sostener un ideario construido por oposición al Antiguo Régimen, buscaba evitar el disenso, a la vez que sentar las bases de la
unidad política. 1819 se revelaba así como la meta de una revolución que habría de instalar el orden de la mano de un Estado custodio de
aquellos intereses particulares encaminados a poner en marcha la expansión ganadera. Por ello, luego de la crisis del año 20, tanto Funes
como Pueyrredón apoyaron a Martín Rodríguez. A la par que las nuevas reformas buscaban asegurar la lealtad política al orden y
disciplinar el trabajo, Funes se dedicaba a la traducción de la obra de Pierre Daunou, Ensayo sobre las garantías individuales. En febrero
de 1823 Funes homenajeó la figura de Bolívar en las páginas del Argos, que desde comienzos de aquel año había quedado bajo su
dirección. Pocos meses después se iniciaron sus primeras negociaciones con Bolívar. Pronto Funes se convirtió en si Encargado de
Negocios en Buenos Aires, y poco tiempo después obtuvo el deanato de La Paz. A medida que se agitaba la política porteña, su
acercamiento a Bolívar sería producto de su percepción de que el grupo gobernante había perdido su carácter compacto y el anhelo de que
con ello acabaran “mis sobresaltos de verme hecho el juguete de las facciones y disturbios”.
De acuerdo con Sarmiento, toda una generación de unitarios (entre ellos, Juan Cruz Varela y Salvador María del Carril) fue discípula del
deán, fallecido en enero de 1829. Recuerdos de Provincia muestra que la Córdoba colonial sólo habría conocido la filosofía del siglo
XVIII gracias a su influencia, la de “una persona que es el término medio entre la Colonia y la República”. Esbozar su biografía deja
entonces abierta la pregunta acerca de la continuidad entre ambos momentos, antes y después de Mayo. Si bien atravesado por un
insuperable temor por la política facciosa que tenía sus raíces en la época colonial, para Funes 1810 constituyó una ruptura destinada a
inaugurar una nueva época cargada de expectativas.

[Miranda Lida, “Gregorio Funes (1749-1829) Mayo según el deán Funes, o la imposibilidad de cerrar el ciclo revolucionario”, en
Nancy Calvo, Roberto Di Stefano y Klaus Gallo (Idea y Coordinación), Los curas de la revolución. Vidas de eclesiásticos en los
orígenes de la Nación, Emecé, Buenos Aires, 2002.]